Tenía tan solo ocho años cuando oí hablar por primera vez sobre la reputación de mi madre, aunque por aquel entonces no entendía lo que contaban. Estábamos fuera de palacio y yo iba andando detrás de Ariadna y mi madre. Con once o doce años, que debía de tener entonces, Ariadna era ya alta como una mujer. Desde mi posición rezagada, observando las piernas de ambas moverse al mismo tiempo y su cabellera cobriza rozando sus caderas, me pregunté si algún día llegaría a ser tan esbelta y elegante como ellas.
No recuerdo dónde íbamos. Lo que sí recuerdo es que mi padre estaba fuera y que estábamos escoltadas por soldados y guardias, hombres armados con lanzas que en aquel momento ni siquiera me dirigían la mirada, aunque cuando estábamos en palacio sí me sonreían a menudo, me ofrecían un caramelo cuando mi madre no prestaba atención y me contaban cosas sobre las niñas pequeñas que habían dejado en su casa. A Ariadna, sin embargo, aun siendo más guapa que yo, nunca le contaban esas cosas. Entonces, Ariadna se volvió y me fulminó con la mirada.
—No te quedes atrás, Fedra —dijo.
Mi madre se paró y se volvió hacia mí. El parecido entre ellas era asombroso: los ojos de color avellana brillando al sol, la piel bronceada y resplandeciente; era como si mi hermana no fuese la hija de mi madre, sino mi madre misma, como si el paso del tiempo no la hubiera afectado. Quizá fue entonces cuando comprendí que por mucho que creciera, mi persona pálida y rolliza nunca se convertiría en una belleza como mi madre y mi hermana.
—Fedra, caminas muy lento. ¿Necesitas que alguno de los guardias te cargue a su espalda para llegar a palacio?
Estoy segura de que mi madre lo dijo porque estaba preocupada, pero incluso ahora siento la punzada de humillación que me atravesó cuando me imaginé cruzando las puertas de palacio cargada a la espalda de uno de aquellos hombres como si fuera un saco de cereales. Ariadna sonrió con suficiencia. Y yo respondí moviendo la cabeza con un firme gesto de negación.
—No, mamá.
—Pues entonces, no te quedes atrás.
Se volvió de nuevo y siguió caminando. Pero la distracción había sido suficiente para atraer la atención de un grupo de campesinos que estaban trabajando en un campo, que se acercaron y se quedaron mirándonos, boquiabiertos. Recuerdo que no tenía miedo. ¿Qué podían hacernos esos campesinos? Íbamos acompañadas nada menos que por ocho hombres armados, todos los cuales sujetaban en su mano derecha una espada o una lanza. Éramos la realeza. Nadie podía tocarnos.
Y entonces, uno de los campesinos gritó alguna cosa. No entendí lo que dijo, una palabra que no había oído en mi vida. Mi madre tropezó cuando su paso, de repente, no pisó el suelo como debería. Perpleja, fruncí el entrecejo. Desde detrás parecía como si hubiera reaccionado a lo que había dicho el campesino, incluso como si aquella palabra la hubiera herido, aunque eso era imposible. Corrí a su lado y vi que se había quedado blanca y Ariadna, que la sujetaba por el brazo, me miró con confusión.
—¡Muestra respeto hacia tu reina! —gritó uno de los soldados.
Aporreó el suelo con la lanza y levantó una nube de polvo que me obligó a toser y farfullar. Mi madre parpadeó un par de veces y luego, despacio, volvió a enderezarse.
—Déjalo correr, por favor. No peleamos con campesinos.
El soldado saludó con brusquedad y nos pusimos de nuevo en marcha. Sin dejar de mirarnos, Ariadna y yo flanqueamos a nuestra madre. Me sorprendió captar cierto matiz de miedo en su voz. Nunca la había visto tan perturbada. Pero ni siquiera así llegué a la conclusión correcta: que a pesar de ser miembros de la realeza y estar rodeadas de hombres cuyo único deber era velar por nuestra seguridad, la gente podía hacernos daño.
Aquella noche mi madre entró en nuestra habitación mientras nos preparábamos para acostarnos. Ariadna, que se había pasado toda la tarde sin dirigirme la palabra, se estaba cepillando el pelo. Yo tenía la mirada clavada en el espejo y me esforzaba por entrecerrar mis ojos azules para que parecieran de color avellana, sin conseguir el resultado deseado. Mi madre se sentó en mi cama y, sin más preámbulos, se lanzó directa al mensaje que quería transmitir.
—Chicas, os estáis haciendo mayores y empezaréis a oír rumores por la corte. Rumores difundidos por nuestros criados, incluso por nuestros súbditos. Palabras como la que ha pronunciado hoy a gritos ese hombre. Quiero que sepáis que esos rumores carecen de fundamento.
Me volví hacia ella, desconcertada. Ariadna dejó de cepillarse el pelo y dijo:
—¿Qué rumores, mamá? ¿Te refieres a alguna cosa en particular?
Mi madre inspiró hondo y dijo:
—Corren rumores de que le he sido infiel a vuestro padre. Son rumores que persiguen a toda reina que sea bella, como temo que algún día las dos descubriréis, y que rara vez son ciertos. En mi caso es evidente que no lo son. ¿Entiendes lo que digo, Ariadna? Jamás le he sido infiel a vuestro padre, con ningún hombre ni… —Se interrumpió y bajó la vista antes de continuar—. Ni de ninguna forma.
—Lo entiendo, mamá —respondió Ariadna—. Nunca me he creído nada de lo que dicen.
Yo no tenía ni idea de lo que hablaban. Las miré a las dos, confusa. Sabía que mi hermana estaba empezando a despertar la admiración de muchos cortesanos, o eso al menos me había contado cuando se dignaba a dirigirme la palabra. ¿Admirarían esos cortesanos también a mi madre? No por primera vez deseé no ser una niña y no ser una hermana menor, y poder ser, en cambio, un niño y tener ante mí un mundo repleto de posibilidades. Deseé que el futuro pudiera ofrecerme algo más que llegar a ser reina; una reina, además, inferior a las dos mujeres que tenía delante de mí.
Mi madre se marchó tan de repente como había llegado. Ojalá hubiera tenido conmigo alguna muestra de afecto, aunque tan solo hubieran sido unos golpecitos cariñosos en la coronilla. Pero no hizo nada de nada, y Ariadna se metió en la cama de espaldas a mí, dando a entender con ello que no le apetecía hablar. Me quedé sentada en la cama y empecé a darle vueltas a la palabra en cuestión: ktenobátes. ¿Tendría algo que ver con animales? ¿Qué querría decir?
De aquel día podría haber extraído dos conclusiones, y elegí la incorrecta. Había percibido miedo en el tono de voz de mi madre, en la incomodidad con la que se había dirigido a nosotras, y yo lo relacioné con la vergüenza. Aquellos campesinos, sin armas y sin poder, habían sido capaces de desestabilizar a la reina del palacio. De haberle sido fiel a los dioses, los dioses la habrían protegido. De haber sido inocente, no habría temido lo que la gente pudiera decir sobre ella.
Y no fue hasta diez veranos más tarde, cuando Teseo llegó a Creta en busca de más poder del que nosotros podíamos darle, que me enteré de la verdad: que los hombres pueden lanzar libremente palabras al aire y que las mujeres son las que lo acaban pagando cuando esas palabras llegan al suelo.
Luego borré aquel incidente de mi memoria. Ya tenía suficientes cosas con las que mantenerme ocupada. Ariadna y yo teníamos un tutor que intentaba enseñarnos los conceptos básicos del conocimiento. Era un capricho de mi padre, que mi madre consentía aun sabiendo que no había ninguna razón por la que tuviéramos que aprender nada aparte de los secretos del maquillaje y cómo garantizar que un palacio estuviera bien gestionado, los invitados bien atendidos y los esclavos dirigidos correctamente.
Pero mi padre, que echaba de menos el hijo varón que había muerto antes de que yo naciera, quiso que aprendiéramos el arte del buen gobierno, cómo garantizar la protección del reino y cómo asegurar que los campesinos pagaran debidamente sus deudas a la corte. Conocimos a todos los esclavos que trabajaban duro para que Creta siguiera funcionando, así como a los nobles que asesoraban a mi padre y que a veces llegaban a la corte acompañados por sus hijos con la intención de que nos conocieran y la esperanza, si el hijo era varón, de que nosotras cayéramos en la tentación de enamorarnos, o víctimas de un deseo inoportuno, y su posición en palacio se viera mejorada en consecuencia.
Aprendimos nociones de contabilidad, aunque tanto mi hermana como yo nos resistimos a aprender la anotación que se esperaba que dominaran los esclavos contables. Aquellas clases eran insoportables y me temo que debíamos de ser espantosas con nuestro tutor, un esclavo anciano. Porque, pese a toda su belleza, lo que más le apetecía a Ariadna era estar al aire libre y disparar con flecha contra cualquier blanco. ¿Y yo? Yo también tenía un deseo muy poco femenino: quería pintar.
Creta era famosa por muchas cosas. Los visitantes que llegaban a Cnosos, nuestro palacio, se quedaban impresionados por su magnificencia, sus piscinas subterráneas, sus señoriales estancias e incluso por el agua corriente. A veces sospechábamos que los visitantes simplemente elogiaban el palacio para adular a mi padre, pero luego los veíamos metiendo las manos en las fuentes de agua y exclamando con admiración al ver que el agua sucia desaparecía y era sustituida por el agua limpia que llenaba enseguida las piletas de piedra. Cnosos era el centro de la civilización y sabíamos que éramos afortunados por vivir allí. O pensábamos que lo sabíamos; porque nunca sabemos lo afortunados que somos de tener algo hasta que nos lo quitan.
Pero por encima de todo, Cnosos era conocido por sus murales. Decoraban absolutamente todas sus paredes, imágenes de gran tamaño tan coloridas y pintadas de forma tan detallada que no era extraño descubrir a visitantes que acariciaban las hojas para ver si eran blandas al tacto, o incluso pegaban la lengua a una cuchara de miel para intentar saborear su dulzura. Los ingredientes de las pinturas eran un secreto, conocido tan solo por los pintores nacidos en Cnosos, que se negaban a compartir su receta con nadie.
Supliqué y lloré hasta que mi padre acabó permitiéndome pintar un mural, el de la pared exterior de la habitación que compartía con mi hermana. Mi madre estaba horrorizada. Pintar no era un pasatiempo adecuado para una joven respetable. Pero mi mosaico le encantó, en especial los tonos rosados y melocotones que elegí para representar unos grifos con unas curvas en absoluto naturales. Todos los momentos libres que tenía los pasaba detrás de los pintores, deseosa de que me permitieran trabajar con ellos.
La mayoría de los murales incluían el famoso símbolo de Creta: el toro cretense. A mí ese símbolo no me interesaba para nada, aunque ni en sueños se me ocurriría expresar mi opinión en voz alta, porque, según nuestro tutor nos había repetido una y otra vez, éramos descendientes de ese toro, la forma que Zeus, el dios de todos los dioses, había adoptado cuando se unió con nuestra abuela, Europa, para engendrar a mi padre.
Minos era hijo del dios Zeus y por eso éramos la familia reinante en Cnosos. Nadie se atrevía a desafiar nuestro poder, por mucho que mi padre se estuviera haciendo mayor y tuviera solo hijas como sucesoras. Todo el mundo sabía que los dioses cuidaban de los suyos.
Y nosotras estábamos doblemente bendecidas, puesto que mi madre era también hija de un dios, Helios, el dios del sol. Yo prefería esta historia, puesto que era un relato más agradable, sin engaños ni seducción. Helios se había casado con una ninfa del mar que dio a luz a cuatro hijos, siendo mi madre una de ellos. Ariadna, por otros motivos, prefería también esta historia. Así, cuando se cansaba de las clases de nuestro tutor, decía astutamente: «Tengo que ir a adorar a mi abuelo». Y salía al patio, se tumbaba en la hierba y su piel morena se ponía aún más morena. Y cuando nos cansábamos de estar al aire libre, teníamos la tentación del laberinto y sus placeres ocultos, un segundo palacio bajo nuestros pies, con sus propias reglas y su propio gobernante.
Y así iban pasando los días, una feliz combinación de horas de adoración al sol, de intentar zafarnos siempre que fuera posible de nuestras clases y del potente olor a plomo de la pintura. Los dioses nos habían bendecido y yo, a cambio, les era fiel. Mi madre intentaba controlarme, alertarme de que pronto llegaría un día en el que tendría que casarme y vivir la vida con más restricciones de una reina. Pero yo no quería creerla. Porque creía que mi vida seguiría así eternamente, no solo para mí, sino también para Ariadna, que ambas viviríamos detrás del velo que nos escondía de la verdadera fealdad del mundo. Y tal vez habría seguido así de no haber llegado los tributos de Atenas. Y entre ellos, claro está, Teseo. El peor monstruo imaginable.
Los tributos, catorce varones jóvenes —si acaso a Teseo podía calificársele como joven— y catorce mujeres jóvenes, esperábamos en el salón principal del palacio de Creta. Cnosos lo llamaban. Era la sala más bella que había visto en mi vida. El techo era muy alto, sustentado por columnas y pilares magníficos, tan enormes que, de haberlo intentado, no habría podido abarcarlos con los brazos. Las paredes estaban decoradas con pinturas, que alguien posteriormente me comentó que se denominaban murales, en las que se representaban escenas de la vida de los dioses. Me había criado escuchando esas historias —historias que hablaban sobre cómo Zeus derrotó a los titanes y sobre cómo los dioses yacían a veces con determinadas mujeres para engendrar semidioses, como los reyes que ahora nos gobernaban—, pero nunca hasta aquel momento había percibido a los dioses con tanta energía, pintados en una pared y rodeados de celestes, verdes nebulosos, amarillos, rojos sangre y morados intensos y oscuros como el vino. La fundación de Creta ocupaba la escena central, Zeus representado en forma de toro blanco poseyendo a Europa, la madre del rey Minos, que en unos momentos llegaría para hablar con nosotros. Nunca antes le había dado muchas vueltas al tema, ni siquiera cuando me ocupaba del toro y de las vacas de mi padre, pero cuando observé aquella imagen me di cuenta de que aquel toro era tres veces más grande que yo y al menos el doble de grande que la esbelta mujer que aparecía representada en la pintura. Tal vez, me dije, yacer con un dios no era en realidad una gran bendición.
Me cayó un mechón de pelo en los ojos y me lo aparté. En la plataforma elevada que teníamos delante se encontraban sentadas las tres, la reina y las dos princesas. La reina y la princesa mayor estaban a la altura de los rumores que habíamos oído sobre ellas. Eran altas, mucho más altas que yo, más altas que cualquiera de los hombres de nuestro grupo, excepto Teseo. Su cabello era grueso y brillante y les caía sobre la espalda peinado en sofisticadas trenzas. «Ariadna, la del hermoso cabello», había oído que decían de la princesa. Los ojos de color avellana de las mujeres brillaban con intensidad y sus dientes eran blancos como el mármol. Cuando se acercaron a nosotros, todos los chicos del grupo enderezaron la espalda.
¿Y la princesa más joven, Fedra? En Atenas se hablaba poco de ella. También se decía que era una belleza, pero en un sentido más colectivo —«las bellas mujeres de Creta»—, no por derecho propio.
La observé, caminando detrás de su madre y su hermana. Y a regañadientes, me vi obligada a reconocer que aun sin ser tan hermosa como su hermana, tenía algo. Algo indefinible. Tenía el cabello claro, una característica que veíamos muy excepcionalmente en Atenas, y los ojos de color azul. Su boca se torcía en un gesto, como si estuviera riendo para sus adentros. Si tuviera que decir qué era ese «algo»; bueno, inocencia, supongo.
Mis padres se sintieron muy satisfechos cuando fueron informados de que había sido seleccionada para representar a Atenas como tributo. Era una entre siete hijos, y chica, además. Era imposible que nuestra granja pudiera sostenernos a todos. O me casaba con otro campesino o, lo más probable, me habrían enviado a trabajar a palacio como criada. Y todo el mundo sabía a qué trabajo acababan dedicándose las criadas jóvenes en palacio y en qué condiciones tenían que hacerlo.
En Creta, los tributos atenienses recibían comida, alojamiento y trabajo, trabajo de verdad. Siempre nos habían contado que su palacio era mucho más palaciego que el nuestro. Y estaba comprobando por mí misma que lo que se decía era cierto. Cuando llegamos, cansados y sucios, nos condujeron a una sala al fondo de la cual había un abrevadero y nos dijeron que nos laváramos. Nos miramos entre nosotros, puesto que nadie quería ser el primero en profanar el receptáculo de mármol.
Pero en cuanto los guardias repitieron la orden, me arrodillé y me lavé la cara con agua. La suciedad se arremolinó ante mis ojos, se oyó un sonido similar al de una ola cuando rompe contra las rocas, y el agua sucia desapareció de repente para ser sustituida por agua limpia. Casi caigo de espaldas y los guardias se echaron a reír sin malicia. Uno de ellos tenía incluso acento ateniense. Se parecía un poco a mi amigo y vecino Tritos, y he intentado recordar si Tritos tenía un hermano o un primo que hubiera sido elegido tributo en alguna convocatoria anterior. ¡Pensar que era posible que un tributo ateniense llegara a guardia de un palacio cretense! Creta era un lugar de oportunidades en comparación con la pobre y desdichada Atenas.
Pero Teseo, el príncipe salido de la nada, se había dirigido de un modo muy convincente a la multitud antes de partir de casa. ¿Por qué Atenas tenía que enviar a sus mejores jóvenes a Creta por el simple hecho de que Androgeo, el hijo del rey Minos, hubiera sido asesinado por unos bandoleros en el transcurso del viaje que había realizado a Atenas años atrás? Tantos años, que yo ni siquiera había nacido. ¿Qué me importaba a mí el hijo del rey? Y todos estábamos tan concentrados en los puestos que ocuparíamos después de la prueba que ni siquiera nos preguntábamos acerca de la misma.
Antes de integrarnos en la corte de Creta, tendríamos que pasar la noche en el laberinto. Que los cretenses nos dijeran que hacía tiempo que no moría nadie en el laberinto, no significaba que nos dijeran la verdad. Porque ni siquiera los cretenses negaban que en el centro de aquella estructura vivía un monstruo.
Teseo, el nuevo príncipe, de quien nadie en Atenas había oído hablar antes de que apareciese un día en palacio con el manto y la espada de Egeo y acompañado por un hijo adolescente, se presentó voluntario para ser tributo. Pensaba matar al monstruo y poner de esta manera fin al sacrificio de jóvenes atenienses. Corrían también rumores en este sentido, sobre todo entre la generación de mis padres. Como he dicho, haber sido seleccionado como tributo se consideraba un honor. ¿No estaba, pues, aquel tal príncipe Teseo, un hombre veinte años mayor de lo que se entendía como un joven ateniense, usurpando una plaza que podría haber ido a parar a alguien que no tuviera ningún futuro en ese reino agotado que él pretendía heredar? Supongo que lo habríamos entendido un poco mejor de haber sido el hijo de Teseo el que se hubiese presentado voluntario, aunque lo único que le apetecía al parecer a aquel chico era montar a caballo. Y, por lo tanto, había vuelto a la silla casi antes de que su padre hubiera terminado su discurso.
El rey Egeo había bendecido el plan de Teseo, aunque todo el mundo había visto que se aferraba brevemente a su túnica, como si le diera miedo perder al hijo que hacía tan poco había descubierto que tenía, y después de eso habíamos embarcado para zarpar desde Atenas con una misión totalmente cambiada. En los años anteriores, yo misma había ido a vitorear y arrojar flores a los tributos que partían hacia Creta. Pero este año la multitud había intercambiado miradas aburridas, había lanzado algún grito apagado de «Buena suerte» y «Hasta pronto, esperamos» y se había marchado incluso antes de que leváramos anclas.
Seguí observando a las princesas. Yo iba limpia, por una vez, pero la limpieza de aquellas chicas era más limpia que la de cualquier persona que hubiera visto en mi vida y sus rostros resplandecían, mientras que la capa de mugre que cubría mi cara no conseguiría eliminarse nunca por mucho que frotara. Miré de reojo a los guardias. No se habían mostrado en ningún momento desagradables, cierto, pero tampoco habían bajado las lanzas.
Pero si uno de esos guardias era ateniense, quería decir que se había enfrentado al laberinto y al monstruo que moraba en su interior y había sobrevivido.
El monstruo era el centro de todo. Porque si existiese un monstruo de verdad, un monstruo real y amenazador, como Escila o Caribdis, la que intentó acabar con nosotros durante nuestra travesía, los cretenses serían malvados y ninguna perspectiva de crecimiento personal valdría para compensarlo. Si esta noche alguno de nosotros o todos nosotros perdíamos la vida, Teseo tendría razón. Mejor quedarse en Atenas; perder la virginidad pero conservar la vida. Aunque en la corte ateniense perdías ambas cosas.
Miré a Teseo y me di cuenta de que la princesa mayor, Ariadna, también estaba mirándolo. Cuando ella ladeó la cabeza y sus trenzas de color castaño rojizo siguieron su gesto dibujando una ondulación hipnótica, comprendí que intentaba llamar la atención de Teseo. Era como si fueran las dos únicas personas presentes en el salón.
Los cretenses se movieron con nerviosismo y enderezaron la espalda mientras nosotros, los atenienses, nos apiñamos un poco más, manteniendo a Teseo en el centro de nuestro variopinto grupo. «Seguro que está a punto de llegar alguien importante», pensé, y efectivamente, el rey hizo su entrada instantes después. Pensé en Egeo cuando vino a despedirnos en Atenas y en que me había parecido un viejo espantapájaros que caminaba arrastrando los pies. Incluso el rey de los cretenses tenía más categoría que el nuestro. Minos era un hombre alto, rubio como su hija menor, con la musculatura todavía fuerte aun teniendo ya más de sesenta años. Portaba un hacha, un arma especial con dos cabezas, que más tarde supe que se conocía como labris y que era otro símbolo de Creta.
Pero el hacha era solo ceremonial, puesto que casi de inmediato se la entregó a un guardia, que la transportó con el mismo cuidado con que transportaría a un bebé para depositarla en un soporte situado justo delante del estrado. El guardia saludó con una reverencia a Minos, que inclinó la cabeza con elegancia a modo de respuesta. Sin poder evitarlo, miré de reojo a Teseo y capté un destello de anhelo en sus ojos. Tal vez Minos fuera el tipo de rey que había esperado que fuese su padre, en vez de aquel —¿me atrevería a decirlo?— borracho tembloroso que había enviado a la muerte a los mejores jóvenes de la ciudad despidiéndolos con poco más que un breve «Buena suerte».
Minos ocupó su puesto en el centro del estrado. La corte se había quedado inmóvil, a la espera de que el rey tomara la palabra. Minos sonrió y extendió los brazos.
—Jóvenes de Atenas, sed bienvenidos. Habéis viajado desde muy lejos para venir a nuestra corte y os damos las gracias por ello. —Hizo una pausa y miró a sus hijas. La más joven estaba absorta, escuchando con atención las palabras que pronunciaba su padre, pero la mayor no estaba en absoluto concentrada. Era como si no pudiese despegar los ojos de Teseo—. Debéis de haber oído ya algo sobre lo que se espera de vosotros aquí. Pero dejadme antes que nada poner fin a rumores y chismes. Para demostrar vuestra valía, esperamos de todos vosotros que paséis una noche en nuestro famoso laberinto, construido por el genial inventor Dédalo, una estructura cuyo nombre proviene del hacha que tenéis ante vosotros. El laberinto es un lugar oscuro y húmedo. Me han dicho que en su interior se escuchan ecos extraños, tal vez los sonidos de los fantasmas que habitan entre sus paredes. No es tarea para cobardes, evidentemente, pero todo aquel que demuestre con éxito su valía, recibirá a cambio la ciudadanía cretense.
No sé si alguno de nosotros sería capaz de reconocer haber emitido un sonido, pero es innegable que hubo un grito contenido colectivo. ¿La ciudadanía? Como campesina, y además mujer, jamás habría soñado en conseguir una cosa así en Atenas. Lo que se nos ofrecía era un regalo. Por una vez, mis padres tenían razón.
—Pero ¿y el monstruo? —preguntó una voz alta y clara. Teseo. Cuando lo miré, vi que seguía sin despegar los ojos de Ariadna.
—El monstruo —repitió Minos, pensativo. Se pasó la lengua por los labios y de pronto su mandíbula me pareció más grande y más lobuna—. Sí, en el laberinto hay un monstruo, no lo negaré. Pero si sois jóvenes inteligentes, conseguiréis no cruzaros con él.
Cuando Minos se marchó, seguido por su reina y sus hijas, nos condujeron hasta una sala más pequeña con bancos adosados a sus paredes. Unas criadas nos trajeron vino, higos bañados en miel y pan untado con aceite de oliva. Lo devoramos con avidez. Teseo fue el único que no comió. Se sentó a un lado, solo, y con el fantasma de una sonrisa dibujada en los labios.
Observé los murales que cubrían también aquella estancia. En la pared más alejada de mí había una imagen que no había visto nunca: un hombre con cabeza de toro y torso humano y musculoso. El hombre parecía querer salir de la pared. La pintura estaba aún fresca. La imagen me llenó de preocupación; había oído hablar de dioses que adoptaban formas humanas, pero nunca una forma como esa, una forma tan depravada. Aquello solo podía ser una representación de…
—El monstruo. —Fue como si Pallas, un joven pastor al que apenas conocía, me hubiera leído los pensamientos—. ¿Cómo es?
Los guardias intercambiaron miradas, y el que no se parecía a Tritos dijo:
—Es un monstruo aterrador, de los que te hielan la sangre.
Intercambiamos miradas, puesto que aquella información no nos aportaba nada que no supiéramos ya.
—Pero hay monstruos de muchos tipos —dijo Pallas, intentándolo de nuevo—. ¿Es un gigante, como los cíclopes; una mujer bella, como la sirena, o…?
—No es una mujer bella —dijo rápidamente el otro guardia, hablando con un acento ateniense más marcado aún que antes. Estaba ya segura de que era uno de los nuestros—. Eso sí que no lo es, tenlo claro. No te hagas ilusiones.
—¿Habéis visto al monstruo? —pregunté, y cometí la tontería de llamar la atención hacia mi persona cuando lo más probable era que Pallas estuviera a punto de formular la misma pregunta.
—Por supuesto que lo hemos visto —dijo el guardia cretense, con un énfasis excesivo, y exhalamos un suspiro de alivio. Estaba claro que no lo habían visto.
Noté que en el grupo se había instalado un nuevo estado de ánimo. Ya no éramos tributos, sino revolucionarios, combatientes, unidos para respaldar al buen príncipe Teseo.
—Necesitamos que alguien se lleve todo esto a las cocinas —dijo de repente el guardia cretense—. ¿Quién…? —Fijó la vista en nosotros. No me atrevía a prestarme voluntaria, pero me incliné sutilmente hacia delante y lo miré a los ojos cuando vi que nadie observaba. Funcionó—. Tú, chica.
Me hizo una seña. Me levanté, intentando que no se me viera demasiado impaciente.
—Lleva estos platos a las cocinas —me ordenó.
Lo miré con expresión de perplejidad.
—La chica no tiene ni idea de dónde están las cocinas —dijo el guardia ateniense con amabilidad—. Sigue el pasillo y cuando llegues a la fuente, gira a la derecha y luego otra vez a la derecha en cuanto veas el mural del toro…, del toro blanco con cuernos plateados —añadió rápidamente, sin que me diera tiempo a repetir mi expresión de perplejidad. Porque allí, en todos los murales había un toro—. Aunque, de todos modos, en cuanto estés a un tiro de piedra de la cocina y te vean con todos esos cuencos, saldrá alguien a recogerlos.
Me cargaron con los cuencos. Podía haber pedido que alguien me echara una mano, pero no lo sugerí porque no quería que nadie me acompañase. Al fin y al cabo era una oportunidad para explorar el lugar.
Avancé con tiento por el pasillo, estirando el cuello para poder ver por encima de los cuencos y localizar la fuente y luego el mural del toro. La fuente era enorme, la cosa hecha por la mano del hombre más bonita que había visto en mi vida, con gotas incandescentes de agua que brillaban bajo el sol. Y el guardia tenía razón: en cuanto pisé el pasillo de las cocinas, apareció una criada para recoger los cuencos. Mi tarea había acabado.
Debería haber vuelto directamente, el camino era sencillo, pero pensé que siempre podía alegar ignorancia y explorar un poco más. Tampoco es que fuera mi intención perderme mucho. Pero en vez de volver por donde había venido, giré a la derecha y luego de nuevo a la derecha, hasta que me encontré frente a frente con otro toro, una bestia encabritada sobre sus patas traseras. Di media vuelta para regresar a la estancia donde estaban esperando los demás tributos, pero de pronto choqué contra el sólido cuerpo de un hombre.
En cuanto me agarró por el brazo supe que no saldría de allí tan fácilmente. Me maldije por haber bajado la guardia de aquella manera. En el palacio de Atenas jamás habría cometido un error de aquel nivel, pero, claro, en un cuchitril como ese era fácil asumir que todos los hombres eran unos cerdos. Me había dejado influir por la evidente sofisticación de Cnosos, me había dejado engañar por el agua corriente y las paredes pintadas, pero los hombres seguían siendo hombres.
Me tiró por el brazo con fuerza y me miró con desdén. Abrí la boca para gritar, pero de pronto se oyó una cálida voz femenina.
—¡Suéltala de inmediato!
Mi atacante y yo nos volvimos en dirección a la voz, y no sé quién de los dos se quedó más sorprendido. El hombre me soltó e inclinó torpemente la cabeza hacia la persona que corría por la columnata en dirección a nosotros.
—Princesa —dijo el hombre.
Y al instante dio media vuelta y se marchó. Me apoyé en la pared y bajé la vista hacia el brazo, hacia la desagradable marca roja que lo envolvía.
—Debe de doler —dijo la chica—. Tendrías que ir a que te lo viera un médico.
La miré. Era una de las princesas, la más joven. La menos bella, pensé horriblemente.
—Sí, princesa —dije.
Me separé de la pared para irme de allí, pero ella siguió sin moverse delante de mí.
—¿Conoces a ese hombre?
—No, princesa.
¿Por qué, por Zeus y por todos los dioses olímpicos, debería yo conocerlo?
—¿Piensas contarle a alguien lo que ha pasado? —me preguntó con tono autoritario.
—¿Contárselo a alguien? —Me esforcé por no echarme a reír—. ¿Contárselo a quién? ¿Y contarle qué?
Debíamos de ser de la misma edad, pero su ingenuidad hacía que pareciese una niña.
—Te ha hecho daño de verdad. ¡Y este tipo de conducta no está permitida en Cnosos!
—No lo sabía, princesa. Acabo de llegar de Atenas.
Intenté mantener la voz firme. No quedaría nada bien que viera que me estaba riendo de ella.
—Pues, en ese caso, debes saber que aquí exigimos un código de conducta elevado. Es uno de los hombres de mi padre. Y solo por ello debería cuidar sus modales.
—Debo irme, princesa. Tengo que volver con los demás tributos —dije, haciendo un gesto vago para indicar el lugar por donde imaginaba que había venido.
—No entiendo por qué no estás más enojada por lo que te acaba de pasar —dijo la princesa—. Ese hombre te ha hecho daño. ¿Querías que te lo hiciese?
—No, princesa —respondí.
Pero esta vez no pude impedir que mi tono de voz fuera de exasperación. Porque una cosa era no enojarme por un tipo que me había sobado un poco y al final la cosa había quedado en nada, pero otra muy distinta era que me estuviera insinuando que todo había sido consecuencia de una provocación por mi parte.
—Entonces ¿qué es lo que no me estás contando?
Estaba frunciendo el ceño y su naricilla de melocotón se arrugaba de un modo que a los cortesanos debía de parecerles encantador, tal vez incluso hubieran compuesto una poesía al respecto, pero yo no era una cortesana, sino una simple campesina y por eso lo cuento tal y como lo vi.
—Princesa, es posible que los hombres de vuestro padre tengan un código de conducta elevado en público o cuando están en presencia de mujeres que consideran de su misma escala social. Pero de puertas para adentro os aseguro que son tan animales como los hombres que se pueden encontrar en el campo. Y peores si cabe, porque los hombres del campo tienen esposa e hijos, mientras que esos que se hacen llamar «cortesanos» han abandonado a sus esposas para venir a palacio a beber, adular a sus superiores y frecuentar prostitutas.
Vi que su cuello se cubría con un feo rubor.
—Podría ordenar que te matasen por hablarme así —dijo muy despacio.
—Podríais. Y de hacerlo, me haríais mucho más daño que el que pudiera haberme hecho el hombre del que me habéis rescatado —repliqué, y levanté la barbilla en un gesto desafiante.
—¿Y qué puedo hacer? —preguntó, sin apenas voz y dejando caer los hombros.
Negué con la cabeza; de repente me sentía agotada.
—Nada, princesa. No os preocupéis.
No había nada más que decir. La princesa se quedó mirándome cuando pasé por su lado para regresar con los demás tributos. Eché a andar siguiendo la columnata, hasta que me volví para mirarla. Parecía tan triste que deseaba poder decirle algo que la consolara.
—Princesa, sois… bondadosa y siento mucho haber sido tan brusca. Cnosos es un lugar muy bello. Me alegro de estar aquí.
La princesa sonrió y dijo:
—Pero ese hombre…
Reí, un sonido amargo carente por completo de alegría.
—Cnosos tiene secretos ocultos, como ese laberinto que hay bajo tierra. Pero Atenas no esconde nada bajo su superficie. La rabia, la avaricia y la lujuria están a la vista de todo el mundo. Y allí nadie está seguro.
Me mordí la lengua por miedo a haber hablado demasiado. Vi que la princesa volvía a abrir la boca para decir algo, pero entonces, a lo lejos, oímos que alguien la llamaba y dio rápidamente media vuelta y desapareció, dejándome sola en el pasillo, con mis pensamientos girando como motas de polvo en un haz de luz.
Creta, Creta, Creta. Siempre tan limpia, tan brillante. Sus ciudadanos son hombres honestos y rectos. Pero todos sabemos lo que esconde bajo su superficie. Y no nos referimos solo al laberinto.
Los honorables ciudadanos vienen a visitarnos. Dejan a sus esposas en sus granjas y sus fincas y disfrutan de las instalaciones de Cnosos. Se lavan las manos en nuestras fuentes. Comen la exquisita comida del rey. Recorren nuestros cuerpos con sus manos. Para ellos no somos otra cosa que un servicio más, un entretenimiento más.
Y luego, revitalizados, vuelven con sus esposas. Listos para servir a Creta. Para servir a Minos. Sin darnos ni siquiera las gracias.
Volví a la sala, más consciente esta vez de los peligros ocultos que acechaban detrás de los bellos murales. Cuando entré, todo el mundo dejó de hablar un instante para retomar enseguida las conversaciones, aliviados, sin duda, al ver que solo era yo. Entre los murmullos, solo logré distinguir una palabra: Minotauro.
—¡Parad! —Levanté la mano—. ¿De qué estáis hablando?
Miré a Teseo, que guardó silencio y perdió la mirada en la lejanía. Sentí una punzada de rabia; no sé por qué razón la magia de Teseo nunca funcionó conmigo, tal vez fuera por esa expresión voraz que adoptaba su mandíbula.
De modo que mientras Teseo seguía con la mirada perdida y a buen seguro soñando con la princesa cretense, Aias, un joven alto y delgaducho con la barbilla llena de granos, me habló sobre el Minotauro.
—Dicen que tiene cuerpo de hombre y cabeza de toro —me contó con emoción.
Asentí; eso ya lo veía en la pintura de la pared que el chico tenía justo detrás.
—Pero hay mucho más. Nunca te imaginarías quién es su madre.
Enarqué una ceja.
—Alguna diosa, sin duda.
—¡Te equivocas! ¡Su madre es la reina de Creta, la reina Pasífae!
Estaba tan satisfecho que parecía que la hubiera preñado él.
—¿En serio? Entonces, el padre debe de ser un dios, ¿no? —dije llena de curiosidad aun sin quererlo.
—¡Pues te equivocas de nuevo! La reina se enamoró perdidamente de un toro. ¡De un toro de verdad, de los que corren por el campo! ¿A que es increíble? Entonces le pidió a Dédalo que le creara un disfraz de vaca, y así fue como acabó dando a luz un monstruo.
Miré a mi alrededor. Los hijos de campesinos éramos, sin duda alguna, los más escépticos. Sabíamos que las cosas no funcionaban así.
—A lo mejor es que hizo enfadar a algún dios —se aventuró a decir por fin Circe, hija de un campesino de los alrededores del Ática.
—Debió de ser eso —dije, coincidiendo con su opinión.
Todo el mundo sabía que los dioses se enfadaban con facilidad. Pero ¿por qué una mujer mantenía relaciones sexuales con Zeus en forma de toro y daba a luz al rey Minos, mientras que otra hacía prácticamente lo mismo y daba a luz a un monstruo? Me parecía inexplicable. Los otros empezaron a hacer chistes obscenos sobre los murales del palacio llenos de toros, pero yo me quedé pensando en la bella y elegante reina que acababa de ver, en sus exquisitas hijas. Imaginar que una misma mujer pudiera ser madre de aquellas hermosas chicas y del monstruo con cabeza de toro me parecía imposible. ¿Y cómo debía de haberlo parido? Había visto a muchas vacas de parto. Una mujer pariendo ese monstruo se habría partido por la mitad. Me estremecí e intenté distraerme con otra cosa. Me di cuenta de que Teseo estaba mirándome. Su mirada gélida no me hizo sentir mejor. Me levanté del banco y me acerqué a los guardias.
—¿Qué quieres? —dijo el guardia cretense; habría preferido que me hubiese hablado el otro.
—Simplemente estaba preguntándome si conocéis a Tritos.
Sonreí, lo hice solo para charlar un poco con alguien, a pesar de que el guardia sostenía una lanza y yo estaba desarmada.
—Yo sí lo conozco —respondió el guardia ateniense—. Es mi primo. ¿Cómo es que lo conoces? ¿Ha preguntado por mí?
—No exactamente —reconocí—. Es mi vecino. Te pareces a él.
—Ah, el pequeño Tritos. Me sorprende que no esté aquí. Porque le correspondería este año, ¿no?
Pensé en Tritos, con el pecho regordete y con grasa infantil. Tal vez, en otro año, habría sido seleccionado —su destreza con el arco no estaba nada mal—, pero este año ni siquiera se había tomado la molestia de presentarse. Intenté contestar con tacto.
—Creo que este año su familia necesitaba más ayuda con la cosecha.
«Ayudar con la cosecha» era la excusa que solía darse y daba a entender que la familia había tenido una cosecha tan extraordinaria que no necesitaba desprenderse de un hijo para poder sobrevivir.
El guardia entendió la insinuación, puesto que se limitó a asentir y no hizo más preguntas. Lo que dijo entonces fue:
—Me llamo Kitos y este es Palos.
—Se supone que no debemos confraternizar con los tributos —protestó Palos, aunque con escaso entusiasmo.
—La chica es vecina de mi primo, lo cual la convierte en mi vecina —dijo Kitos.
Noté que me miraba de arriba abajo, pero, a diferencia del encuentro que había tenido por los pasadizos, esta vez no me importó. Al fin y al cabo, yo había hecho lo mismo con él.
—Así que, si eres de Atenas, significa que sobreviviste a la noche en el laberinto —dije, y el chico rio.
—No hagas caso a las tonterías que cuentan esos sobre un monstruo.
Señaló al resto del grupo, cuya conversación había dejado ya atrás los encuentros sexuales de la reina para pasar de nuevo a la bestia a la que teníamos que enfrentarnos.
—¿Así que no hay ningún monstruo? —pregunté.
Kitos miró a Palos.
Palos se encogió de hombros.
—Creo que sí que hay un monstruo. Las cocinas envían al laberinto carne y otras exquisiteces todas las noches. Pero… —Se interrumpió.
—¿Pero?
—Hace mucho tiempo que nadie ve al monstruo. Muchísimo tiempo. Por lo que es posible que actualmente sea un monstruo viejo y que tenga poco interés por nosotros.
Kitos asintió.
—No deberíamos estar contándote todo esto…
—Pues no lo hagas —dijo Palos interrumpiéndolo, pero de nuevo con tono lánguido y sin hacer ningún esfuerzo por acallar al ateniense.
—Mantente cerca de la entrada del laberinto —continuó Kitos. Fijé la mirada en su rostro esculpido, lo cual no era precisamente difícil. El parecido con Tritos menguaba a cada palabra que pronunciaba—. El verdadero peligro no es el monstruo, sino el laberinto. Si te pierdes en su interior, pueden pasar días hasta que te localicen.
—Se sabe de gente que se ha vuelto loca allí dentro —dijo Palos interviniendo.
—¿Y por qué me cuentas todo esto? —le pregunté a Kitos.
Kitos sonrió.
—Porque me gustaría verte salir de allí.
Noté que mi cara esbozaba también una sonrisa. Esta desapareció por completo en el instante en que recordé que Teseo pensaba llevarnos a todos de vuelta a Atenas, donde la única salida posible era dedicarse a servir vino a los señores borrachos de la corte y luego aspirar su repugnante aliento.
A la hora del crepúsculo nos llevaron hasta la entrada del laberinto. Estaba, inesperadamente, justo en la parte central del palacio. Me estremecí al pensar que el laberinto y el monstruo habían estado todo aquel tiempo justo debajo de nuestros pies.
Bajamos una escalera y entramos en la cueva que daba acceso al laberinto. Las reglas eran muy sencillas. Teníamos que andar, de uno en uno, en la oscuridad. Y a pesar de que no nos estaba permitido esperarnos, sí que podíamos sumar fuerzas si casualmente nos encontrábamos en los serpenteantes caminos del laberinto. Nos recordaron que allí dentro había un monstruo y que no podíamos quedarnos quietos en ningún lugar. Debíamos permanecer en el laberinto hasta el amanecer, momento en el cual sonaría una corneta y regresaríamos a la entrada. Entonces encenderían una luz en la cueva para mostrarnos el camino.
Si salíamos antes, los guardias se encargarían de devolvernos a la oscuridad. Y eso era todo, muy simple. Lo más escalofriante, sin embargo, era lo que no nos dijeron: ¿qué pasaría si no conseguíamos salir? Resultaba evidente que no mandarían a nadie a buscarnos. El monstruo no me preocupaba. Lo que más me preocupaba era morir sola en la oscuridad.
Por esa razón decidí hacer caso omiso a la orden de no quedarnos quietos en un solo lugar. Y recordé lo que Kitos me había dicho. Cuando llegó mi turno, entré en el laberinto. Y me puse a temblar cuando la cueva empezó a volverse más oscura y más húmeda. Giré a la izquierda, luego otra vez a la izquierda, y después a la izquierda una vez más. Ya no veía la entrada, pero sabía con exactitud dónde estaba. Encontré un pequeño hueco y me metí en él. Me planteé la posibilidad de dormir, pero hacía demasiado frío. Me envolví bien con mi manto y esperé a que amaneciera.
Mis ojos se acostumbraron poco a poco a la oscuridad, aunque no perfectamente. Solo alcanzaba a ver a un par de metros por delante de mí y más allá de eso la negrura se extendía hasta el infinito. Al cabo de un rato comencé a tener la sensación de que me había calado agua en los huesos, como si me estuviera congelando desde dentro hacia fuera. Ese era el origen del agua corriente de la que disfrutaba el palacio, comprendí de repente; de algún lado tenía que salir y a algún lado tenía que ir a parar. Y entonces fue cuando lo olí, un hedor asqueroso que me perforó las fosas nasales y me llenó el cerebro. Jamás conseguiría quitarme aquel hedor de la piel, estaba segura, ni siquiera con aquellos contenedores mágicos de agua cretense.
Y luego llegaron los ruidos, sonidos que a la luz del día habría interpretado correctamente como el viento que soplaba por los túneles, pero que a oscuras sonaban como si los fantasmas de los antepasados de los cretenses lloraran y gimotearan. Y empecé a oír también los gritos de los vivos: de los demás tributos, que circulaban por los pasadizos y lloraban muertos de miedo.
Seguí inmóvil, pero enseguida comprendí que me enfrentaba a otro problema: sin la luz del sol era imposible intuir el paso del tiempo. Probablemente había transcurrido menos tiempo del que me imaginaba, pero ¿y si al final me perdía el sonido de la corneta? ¿Cómo sabría cuándo volver a la superficie? Estaba lo bastante cerca de la entrada como para oír el regreso de los demás tributos, pero ¿y si se equivocaban? De repente me di cuenta de que debería de haberle formulado a Kitos muchas más preguntas. Me acurruqué en el hueco e intenté borrar de mi mente la imagen de aquel mural, de aquella espantosa figura deformada con cuernos que sobresalían de su cabeza como un par de espadas cortas.
Pero no debería haberme preocupado tanto porque al final caí presa del sueño. Dormité débilmente, consciente del perfil rugoso de la piedra húmeda que me presionaba la parte baja de la espalda. Después de lo que podían haber sido tanto minutos como horas, me despertó un grito horroroso, un alarido como no había oído nunca y como esperaba no volver a oír jamás. Era el sonido de una criatura torturada por el dolor, un dolor terrible y desgarrador. Parecía un animal, una bestia. Aquel sonido no podía ser humano, aunque al principio me pareció entender que estaba llamando a su madre. Los túneles volvían a jugarme una mala pasada.
Me olvidé por completo del mandato de no ir en busca de mis compañeros y eché a correr hacia el origen de aquel sonido, segura de que uno de los tributos estaba siendo descuartizado por un monstruo aterrador con cuerpo de hombre, cabeza de toro y corazón de demonio.
Pero, para mi sorpresa, no llegué muy lejos antes de ser adelantada por un grupo de guardias con las lanzas preparadas y las espadas desenfundadas. Me quedé tan pasmada que tropecé y me paré en seco. En teoría, los guardias no tenían que venir a ayudarnos porque eso destruiría por completo el objetivo de aquella prueba.
Sin embargo, allí estaban, sus pasos retumbaban por todos los pasadizos. Para evitar que me atropellasen, corrí a esconderme en otro hueco. Cuando hubieron pasado todos, decidí seguirlos, despacio, para no desorientarme, y preguntándome qué podría hacer yo que un grupo de hombres armados no pudiera hacer. Y por esa razón, porque estaba caminando muy despacio, fui la primera en verlo después de que esquivara a los guardias y se dirigiera hacia la entrada de la cueva.
El corazón se me paró por completo. Era imposible entender lo que estaba viendo: tenía piernas humanas, largas y nervudas, pero allí donde debería estar el cuerpo de un hombre, solo se veían cuernos, más grandes que mi propio torso.
Deslicé las manos hacia mi espalda y palpé el vacío en busca de la pared. No tenía armas y esta vez no acudiría ninguna princesa en mi rescate. Pero la bestia pasó por mi lado sin percatarse de mi presencia, con las piernas firmes y la cabeza bamboleándose frenéticamente. Solté el aire que había estado conteniendo y me dispuse a seguirla, con la idea de que si la tenía en mi campo de visión, al menos sabría que no estaría detrás de mí. Y a medida que nos acercábamos a la entrada del laberinto y a la luz, el rompecabezas que tenía delante empezó a resolverse. Vi entonces que no estaba siguiendo a un monstruo deforme, sino a un hombre que cargaba con la cabeza de una bestia y el cuerpo de un ser humano, y que equilibraba ambas cargas de tal modo que la cabeza de la bestia colgaba hacia un lado y las piernas del hombre hacia el otro. Y que, además, aquella cosa estaba muerta, que la cabeza de la bestia se bamboleaba de lado a lado. Y finalmente, cuando emergió al último pasadizo, en cuyo extremo había un grupo de gente esperando, vi que el hombre era Teseo y que cargaba con el Minotauro.