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REGINA

Nací napolitana.

En el corazón de la Camorra que se vestía de firma y fingía ser honrada. Que pasaba los domingos en el club de campo y se codeaba con la alta sociedad. La misma que era admirada por los ciudadanos decentes e incluso alcanzaba ministerios. Esa Camorra que nadie nombraba porque no creían tenerla enfrente.

Pero Nápoles era como una herida sangrante. Y nunca cicatrizaría, porque sus hombres jamás lo permitirían.

La bestia dal cuore nero. Así la llamaban los guardias que trabajaban en la mansión Fabbri, mi hogar. Ellos lo sabían bien porque habían crecido en sus entrañas y no conocían la paz. Por eso solían reírse de mí cuando mitificaba sus calles, porque yo todavía ignoraba que Nápoles daba poco y quitaba demasiado. Era un reino atroz que devoraba incluso a aquellos que la dominaban.

La mafia era para la ciudad lo que el oxígeno para el ser vivo. Y yo formaba parte de ella, aunque me hubiera pasado media vida preguntándome en qué maldito momento se había convertido en aquella perversa jungla. Ahora la observaba desde el ático suite del hotel Romeo. Y la detestaba. Con todas mis fuerzas. Porque, a pesar de que había aprendido a ignorar parte de lo que me rodeaba, sabía demasiado como para poder escapar de sus fauces.

—¿Por qué no vuelves a la cama?

Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Por un momento olvidé que había reservado aquella habitación junto a un tipo que había conocido esa misma noche.

Giré la cabeza en su dirección, a tiempo de verlo caminar hacia el minibar. Estaba completamente desnudo y un poco erecto. No recordaba su nombre ni tampoco qué me había tentado de él al cruzarnos en el pub al que me había arrastrado Elisa. Pero su atractivo era evidente y solo quería follar, así que me bastaba.

Cogió una copa, abrió una nueva botella y vertió el contenido. Se lo tragó de un golpe antes de mirarme con una sonrisa.

—Y bien, ¿vas a volver o no? —preguntó de nuevo.

—¿Para qué?

Me crucé de brazos y di la espalda a la panorámica de la ciudad. Había hecho bien en ataviarme con un albornoz. De lo contrario, dudaba que ese tío me mirara a la cara.

—No me obligues a decirlo. Estoy intentando ser un caballero.

Me uní a su sonrisa y decidí acercarme a él. Desde luego, sabía cómo ser un descarado sin parecer un capullo. Sorteé el de­sorden mientras él preparaba otra copa. Esa vez le añadió un comprimido blanco que previamente había convertido en polvo, machacándolo entre sus dedos.

—No sabía que tirarse a una mujer que está a punto de casarse fuera propio de caballeros —bromeé.

—Por eso he dicho que lo intento, y no que lo soy.

Me alargó la copa.

—¿Qué le has echado?

—Alegría.

Di un sorbo. El sabor no había variado, pero seguía sin gustarme. Sonreí complacida y me acerqué un poco más hasta sentir su boca casi pegada a la mía. Con la otra mano acaricié su erección.

—Espero que esta vez tu polla sepa hacerme olvidar y no me hagas arrepentirme de haberte engatusado —le advertí.

Él torció el gesto al tiempo que sus manos se clavaban en mis caderas.

—¿Qué quieres olvidar? —quiso saber.

Ojalá hubiera sido tan sencillo de explicar.

—Todo.

Otra sonrisa.

—Entonces bebe un poco más.

Acercó la copa a mis labios y fue empujándola hasta asegurarse de que había tragado todo el contenido. A continuación, dejó el vaso en la barra y deshizo el nudo de mi albornoz. La prenda cayó al suelo, y a mí se me erizó la piel ante aquella mirada animal que me regaló.

—Y ahora déjame comerte.

Follamos como salvajes. Allí mismo, de pie contra la barra. Fue sucio y excitante. Me dejé llevar por aquel placer tosco y áspero. Y no fue culpa suya que no pudiera olvidar. No lo conseguí porque Nápoles me observaba con descaro y con la promesa de un amanecer insoportable.

Repetimos dos veces, hasta que las piernas comenzaron a fallarnos y nuestros pulsos parecían haberse convertido en una única palpitación. No me despedí de él. Lo dejé durmiendo junto a una nota en la que le informaba de que podía disfrutar de la habitación hasta mediodía. No volvimos a vernos nunca más. Pasó a formar parte de esa lista de olvidados que intentaron hacerme sentir especial y jamás lo lograron.

Los primeros destellos de ese maldito amanecer de octubre me facilitaron el trayecto hacia la entrada a mi casa en cuanto me bajé del taxi. Me quité los tacones para poder arañar un poco más de estabilidad y sentir la hierba húmeda bajo mis pies.

Allí, escondida entre sombras y frondosos árboles, estaba la mansión más prominente del barrio de Posillipo. Una enorme residencia sobre un terreno verde salpicado de vegetación y estanques que abarcaba más de diez mil metros. Disponía incluso de cala privada y embarcadero, y gozaba de un servicio de sesenta y tres empleados solo para atender a los siete miembros que vivían allí dentro. Todo un despliegue de ostentosidad que buscaba dejar muy claro la gran influencia de su propietario.

Me decanté por el acceso al salón para evitar al guardia que vigilaba la puerta principal. Deslicé la puerta corredera. Solo quería subir a mi habitación y enterrarme en la cama, pero unos fragmentos de cristal me dieron la bienvenida, además de un desorden que reconocía muy bien.

—Pareces una vulgar zorra del gueto. —La voz de mi padre desveló demasiado, y me asombró casi tanto como la ausencia de molestia por mi parte ante su comentario.

Lo miré a través de la penumbra. Desde que Camila nació, papá no solía beber fuera de su despacho o sala de juegos. Sin embargo, allí estaba, todavía vestido con su traje. Sin la chaqueta, la camisa medio desabotonada y la corbata tirada en el suelo. Se había descalzado y no llevaba el cinturón. Lo busqué con un vistazo nervioso, pero no di con él y me hubiera gustado creer que se debía a que no disponía de luz suficiente.

—Y tú un puto borracho sintecho. —Señalé nuestro alrededor—. Veo que has sacado a pasear tu mal carácter. Espero que hayas tenido la amabilidad de ahorrárselo a Camila.

Mi hermana era demasiado pequeña para entender el intrincado carácter de Vittorio Fabbri. A veces ni siquiera yo lo lograba.

—O de lo contrario, ¿qué? —se jactó.

Decidí tomármelo con calma, y agarré la pequeña escultura de bronce que había sobre el mueble más cercano.

—Creo que podría partirte la cabeza con esto, pero es demasiado temprano para despertar a Ferruccio y pedirle que te lleve al hospital. —Le sonreí segura de que él me devolvería el gesto. Solo entonces, cuando coloqué la escultura de nuevo en su lugar, cogí aire—. ¿Vera ha dormido aquí?

Quería oírle decir que no. Que, tras aquel severo enfrentamiento, mi madrastra había tenido el valor de coger a su hija y alejarse de ese hombre de una maldita vez. Pero supe que no tendría tanta suerte, esa mujer no podía dejar de ver a través de los ojos de su esposo.

—Dónde quieres que haya dormido si no, ¿eh?

Acababa de despertar sus ganas de contienda y hubiera respondido de haber sabido que contaba con todas mis facultades. En cambio, lo miré en silencio. En el pasado, me había sorprendido preguntándome si le quería porque se lo merecía, o si simplemente me obligaba el hecho de que fuera mi padre.

Me encaminé hacia la escalera. Por un instante, creí que podría subirla sin tener que oírle de nuevo. Ambos sabíamos cuándo dejarnos ir, pero olvidé que eso solo sucedía cuando estaba sobrio.

—He invitado a Marco Berardi. Llegará sobre las diez.

Me quedé congelada. Ese nombre me alteraba. Sabía que debía acostumbrarme a él, pero era demasiado pronto para aceptarlo. Mi futuro esposo era un hombre de belleza magnética y ojos de un azul sobrecogedor que atravesaban. Atraía irremediablemente, pero también inquietaba. Marco Berardi no solía sonreír. Tampoco hablaba para rellenar silencios. Empleaba la diplomacia y la introversión en sus versiones más intimidantes, y vivía bajo esa máscara de turbadora entereza que lo mantenía perfectamente alejado del resto de la gente. Era tan complejo como un laberinto y tan gélido como el hielo. Yo sospechaba que ni siquiera su propia familia lo conocía de verdad. Pero decían que manejaba la mafia como ningún otro. Era lo más cerca del mal tangible que yo estaría nunca.

—Dime, ¿te satisface el hombre en el que te has convertido, papá? —Escupí esas palabras con más rabia que ganas.

Vittorio Fabbri se puso en pie, tambaleándose. Tiró de la cinturilla de sus pantalones y me mostró una sonrisa. Ni siquiera le conmovía saber que iba a entregarme a un ser despiadado solo por salvar a nuestra familia.

Su familia.

Alcé el mentón y le eché valor. No me amedrentaría, a pesar del recelo que me causó ver cómo se acercaba a mí.

—Cuando lo pongo en duda, miro a mi alrededor. Mis hijas viven como reinas.

—Pero tú no eres un rey —mascullé—. Y tu hermano es el único que está pagando ese castigo. Por egoísmo y torpeza.

—Nadie le pidió que se entregara.

—Quizá lo hizo porque creyó que tu cinismo lo salvaría de terminar en la cárcel. Pero ninguno de los dos pensasteis que ni siquiera te dejarían capital para la fianza. Siempre os habéis creído intocables.

De pronto, me cogió del cuello y me estrelló contra la columna más cercana. Los zapatos se me resbalaron de la mano un instante antes de decidir engancharme a su brazo para contrarrestar el dolor que lentamente se iba expandiendo por mi tráquea. Era una mujer menuda y lo bastante delgada como para que mi padre me trincara el gaznate con total facilidad. Me hizo daño, pero no le importaba. Ahora mismo solo podía mirarme como si fuera un insecto al que quisiera aplastar. Jadeaba como un animal salvaje, sus ojos azules se convirtieron en dos pozos negros.

—Hablas como si te hubiera obligado.

—No hacía falta que lo hicieras —rezongué asfixiada.

—Podrías haber escogido otra salida.

Me dolió que realmente lo creyera. Y me hirió aún más que me echara la culpa de una situación que él mismo había provocado. No fui yo quien le obligó a tratar con la Camorra hasta formar parte de ella, ni mucho menos quien le pidió al tío Alberto que se entregara a la policía.

—No abandonaré a mi familia.

—Vera no es tu madre —se mofó.

—Es la mujer que quiso serlo y la persona que me dio a Camila. Vigila cómo hablas de ella, sigue siendo tu esposa —contraataqué.

Vera Bramante llegó a mi vida cuando más convencida estaba de que una madre no servía para nada. Tenía nueve años. Le costó muchísimo ganarse mi cariño, pero cuando lo logró, ya no pude alejarme de ella. Ni tampoco de esa niña que más tarde trajo al mundo. Mi padre no se merecía una mujer como ella.

Quise gritarle todas esas cosas a la cara. Quise decirle que dudaba que existiera redención para él. De haberla deseado de verdad, quizá todo habría sido diferente. Más amable, menos tortuoso. Quizá entonces no me habría importado entregarme a un hombre que no amaba. Porque querría que mi padre sobreviviera a sus malas decisiones. Sin embargo, en ese momento me hubiera gustado que fuera él quien estuviera entre rejas, y no su hermano.

—¿Cuánto perderemos por el camino si te muestras tan altiva, Regina? —Seguía apretando. Sus ojos disfrutaban con mi asfixia—. Ya hemos hablado de esto. Serás la esposa de un Berardi, la heredera del imperio Sacristano. Obedece y vencerás. Obedece y lo lograrás. Obedecer. —Lo mencionó con un gruñido—. Esa es la clave.

—Me haces daño, suéltame —le rogué, a punto de arañarle la cara.

Tal vez eso fue lo que produjo el cambio. De pronto, observó la sujeción, abriendo mucho los ojos y claramente aturdido. Me soltó a toda prisa, como si le ardieran las manos, y yo rompí a toser, aspirando todo el oxígeno que mis pulmones fueron capaces de acoger.

—Mi pequeña... —Acarició mi cabeza con manos torpes y temblorosas—. Lo siento... Lo siento tanto.

Entonces, hundió el rostro en mi cuello y rompió a llorar. Nunca dejaría de sorprenderme que un hombre tan grande se hiciera tan pequeño en solo cuestión de segundos. Una parte de mí quería alejarlo con todas sus fuerzas, pero venció esa incómoda necesidad de abrazarlo. Suficiente castigo tenía ya con la situación.

—Ya está, papá. Ya está... —le dije.

—Lo siento tanto...

Froté su espalda mientras él se abandonaba entre mis brazos. Pero todavía notaba los estragos de la asfixia y mis fuerzas flaquearon, así que no pude evitar deslizarme hacia el suelo y arrastrarlo a él conmigo. A papá no le importó, no me soltó. Me abrazó como en realidad debía abrazar un padre.

—Señorita, ¿va todo bien? —preguntó Attilio Verni.

Era uno de los guardias principales de la familia, el único de los hombres que trabajaban para mi padre capaz de mostrar honor sin temor a las consecuencias. Dudo que, al intercambiar una mirada, imaginara el alivio que me produjo verle.

—Solo hemos tenido un encontronazo —lo tranquilicé, y él fingió creerme—. Ha bebido demasiado. ¿Podrías llevarlo a su habitación? Necesita descansar.

Con una mueca seria y sin quitarme ojo de encima, asintió con la cabeza y se acercó a su jefe.

—Yo me ocupo.

—Gracias. —Forcé una sonrisa y observé cómo se lo llevaba, casi a rastras.

Pensé en ponerme de pie y encerrarme en mi habitación. Todo por lo que me había desinhibido aquella noche regresó a mí, de golpe y con fiereza. Hizo que me sintiera sucia y desgraciada. Doblé mis piernas, me aferré a ellas y miré hacia el jardín. El amanecer ya era un hecho a través de las tímidas y furiosas lágrimas.

«Serás pasto de una miseria de la que no podrás escapar». Sabía que mis instintos no se referían a la pobreza. Era algo mucho más intrincado y feroz. Algo que ya me había atrapado.

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MARCO

Me gustaba Roma. Era el único rincón del mundo que podía observar sin que los estragos de mi vida me hostigaran por mi incapacidad para lamentar las aberraciones que yo mismo cometía. Ella no me reprendía ni me cuestionaba por ser quien era, por como era y por todo lo que mi apellido implicaba. Simplemente con sus vistas me devolvía una calma sobrecogedora y cálida, y me regalaba la oportunidad de alejarme de mi usual indolencia. Era consciente de que solo se trataba de un espejismo, pero me bastaba para sentirme humano, aunque sus calles supieran tan bien como yo lo lejos que estaba de serlo.

El humo del cigarrillo salió de entre mis labios y empañó por un instante la preciosa panorámica nocturna del jardín privado de la suite Nijinsky del hotel de Russie. No era la primera vez que me hospedaba allí. De hecho, casi se había convertido en mi hogar durante mis visitas a la capital italiana. Bastaba con avisar de mi llegada a recepción para que el servicio acomodara la habitación teniendo en cuenta mis preferencias: una botella de Macallan, dos vasos, hielo, fruta fresca y mezcla de frutos secos, un par de toallas de tocador húmedas y los ventanales de la terraza abiertos. Me agradaba sentir el frío, como aquella madrugada en que corría una brisa gélida, casi incómoda.

—¿Marco? —me llamó el doctor.

Por un momento, había olvidado que tenía compañía.

—Sí... —Lo miré por encima del hombro.

Ricardo Saviano estaba sentado en el sillón, como acostumbraba a hacer durante nuestras sesiones, ya que desde ese asiento disfrutaba de una visión casi completa del salón. Le gustaba, además, apoyar los codos en los brazos acolchados. Solía observarme con esa mueca interrogante suya que desvelaba su deseo de acceder a mi mente. Como si eso fuera a darle respuestas. Estaba seguro de que él no imaginaba siquiera el enorme y yermo páramo que era mi interior. Sin embargo, Saviano ya se había habituado a mis silencios después de haberlos soportado durante los tres últimos años. Sabía que yo no era muy hablador.

—¿Va todo bien?

Apagué el cigarrillo en el cenicero y di un último sorbo a mi copa de whisky escocés antes de servirme otra. Me tomé mi tiempo, detestaba precipitarme. Le miré y eché otro trago. Al principio, al doctor le molestaba que bebiera durante nuestros encuentros, pero pronto descubrió que esa reprochable costumbre nos regalaba las mejores conversaciones.

—Marco...

Pronunció mi nombre con seriedad, bajo la máscara del buen profesional que era, una maldita eminencia que se ceñía al código deontológico como si este fuera su propia piel. Catedrático en la Facultad de Psicología de La Sapienza, Ricardo Saviano no veía en mí al sobrino de la reina de la mafia de Cerdeña, sino a un hombre que sufría un claro trastorno de falta de empatía.

—¿Sabes lo que es una Bacanal Negra, Saviano? —le pregunté casi en un susurro.

—No. ¿Por qué no me lo explicas? —No había duda de que mi pregunta había captado su atención.

Saviano era un hombre de rasgos amables. La sesentena le había procurado unas profundas arrugas y un cabello blanquecino, además de una curiosa y elegante corpulencia. Tenía una voz cálida y una paciencia infinita. Era, para mí, lo más cercano a un amigo que tenía, a pesar del precio que conllevaba arrastrarlo hasta allí en plena madrugada al menos dos veces al mes.

Bebí una vez más y deposité el vaso sobre la mesa. Me aflojé un poco la corbata, metí las manos en los bolsillos del pantalón y dejé que mi cuerpo oscilara hasta apoyarse en el marco del ventanal. Estaba a tiempo todavía de reservarme semejante discurso. No tenía ni idea de por qué lo había mencionado, pero yo no solía recular, así que aquella sería la primera vez que le hablaría de la cara más salvaje de mi vida sin ahorrarme detalles. Aunque ya sabía de antemano cuál sería la reacción de Saviano: se centraría en analizar cómo reaccionaba yo con mi propio relato.

—El Verkhovnyy es un yate joven, apenas tiene trece meses. —Empecé con voz suave y embriagadora. Sabía que así captaría toda su atención—. Ciento cincuenta metros de eslora, treinta y dos camarotes, doce suites, cuatro plantas, casino, helipuerto y, entre otros muchos lujos más, no nos olvidemos de la red room. El barco necesita al menos veinticinco miembros de tripulación para navegar, su valor asciende a más de quinientos millones de euros y fue diseñado por el reputado arquitecto naval Michail Novikov como un regalo personal para Saveria Sacristano. —Torcí el gesto y sonreí mordaz—. Ya la conoces, hemos hablado de ella, ¿cierto?

Saviano asintió.

—La hermana de tu madre.

—Y la poderosa propietaria del resort más exclusivo de Europa. —Logré sonar grandilocuente. Algo dentro de mí tenía ganas de jugar con la ironía.

—En efecto —suspiró el doctor.

—Continuemos. El Verkhovnyy celebra una vez al mes unas veladas un tanto cuestionables. El gran resort Marsaskala, en cambio, no ofrece este servicio a sus huéspedes. Pero, verás, la idea de recibir sugerencias de «mejora» atrae bastante, y mi tía, como buena empresaria que es, no desaprovecha ocasión alguna.

Saviano tragó saliva. Se le había enfriado el café, pero, aun así, recurrió a él para humedecerse la garganta. Empezaba a sospechar hacia dónde se dirigía el asunto. Yo sonreí de nuevo, admirando su serenidad.

—La Bacanal Negra. Fue mi propio hermano quien le dio ese nombre —confesé.

Sandro tenía veintiséis años, dos menos que yo, y una de las cosas que más le agradaban en la vida, además de empolvarse la nariz y regocijarse en su insaciable promiscuidad, era disfrutar de las numerosas ventajas que le había dado nacer con nuestro apellido, lo que le había llevado a desarrollar una incontenible creatividad para el desvarío.

—Imagina un lujoso yate que zarpa desde la Costa Esmeralda hacia las preciosas playas escarpadas de la isla de Capri. La Bacanal Negra se lleva a cabo en plena noche, mar adentro, justo cuando se cruza el punto más deprimido. Hablo de más de trece mil pies de profundidad, doctor. —Lo miré con fijeza—. La imagen impacta, ¿no te parece? Tengo la sospecha de que los cadáveres que caen por la borda no llegan a tocar fondo nunca...

Lo había conseguido. Saviano se movió incómodo en su asiento. A pesar de la tenue luz, pude advertir el temblor en su mandíbula. A duras penas podía soportar mis palabras.

—Se coloca una mesa redonda y acolchada en la popa del barco —continué, bien atento a las sutiles reacciones del hombre—. El público toma asiento alrededor, como si aquello fuera una especie de gradería. Unos ocho tipos esperan desnudos, son los directores de orquesta, para que nos entendamos. Luego entran, de dos en dos, las personas que se dejarán follar, ya que no les queda más remedio, mientras los espectadores vitorean, beben, esnifan y apuestan. Sin embargo, lo mejor del evento no es la orgía en sí, sino un revólver con un tambor de seis orificios que tan solo dispone de tres balas. ¿Empiezas a hacerte una idea, Saviano?

Le vi tragar saliva, y fue entonces cuando suspiré y le di la espalda. Ya no necesitaba ver lo cruel que le parecía mi relato. Me bastaba con saber que seguía escuchándome.

—Las probabilidades de salir vivo de allí son del cincuenta por ciento, y son los mismos participantes, hombres, mujeres, da igual, quienes tienen que apretar el gatillo mientras son vejados sin escrúpulos. El chasquido de un revólver vacío produce alivio. Lo contrario... quién sabe. —Me encogí de hombros—. Nadie ha sobrevivido para contarlo.

»Los cantos son cada vez mayores. El alboroto de puro regodeo. Esa gente entiende que el dinero les da ventaja sobre el resto, y no les falta razón. Disfrutan del espectáculo que supone ver morir a una joven indefensa mientras es violada o del misterioso y encubierto placer que experimentan cuando los cadáveres se hunden en esos más de trece mil pies de profundidad. Salen veinte esclavos de Porto Cervo, y a Capri apenas llegan cinco o seis. La Bacanal Negra es un exterminio. Y una vez allí...

Oí que el doctor cogía aire.

—¿Adónde quieres llegar, Marco?

Me giré para encararlo de nuevo. Mis manos seguían escondidas en los bolsillos, pero no entendía por qué estaba apretando los puños.

—¿Acaso imaginas que todo esto esconde algo mucho más profundo?

—Tú no hablas para rellenar silencios. Eres bastante más preciso de lo que ambos creemos.

Nos desafiamos con la mirada. Desde luego, Saviano era muy hábil en su campo. Ninguno de los dos sabíamos qué intenciones escondía yo al contarle aquello, pero él supo aprovechar la oportunidad para escarbar en mis entrañas. Y decidí consentírselo.

—He sabido que dos ratoncitos han logrado escapar del juego —confesé y alcé el mentón—. Uno ha muerto en el golfo de Nápoles, pero el otro ha huido, y esto carecería de importancia excepto por el pequeño detalle de que nadie sale vivo de nuestra red. Imagínate la catástrofe que supondría que el mundo descubriera todo lo que se cuece en el paraíso.

—¿Me estás contando esto porque te incomoda la idea de visitar Nápoles o porque quieres evitar que hablemos de tu esposa? —Noté cómo con tan solo su voz Saviano lograba alcanzar esos puntos ocultos de mí que me hacían vibrar.

«Ambas cosas».

—Todavía no nos hemos casado —espeté.

—Lo haréis en dos días.

Entorné los ojos. Aquella era una realidad que aún no había asimilado. Atar mi vida a una maldita cría de la alta burguesía napolitana era, para mí, casi como un castigo. Pero Saveria Sacristano no creía en eso de la estima conyugal. A la llamada Viuda Verde —por sus ojos y porque había enterrado a tres esposos— no le interesaba que algún día yo compartiera con mis nietos una bonita historia de amor. Ella sabía que mi corazón tan solo latía para mantenerme con vida.

Mi tía deseaba gobernar sobre el reino ingobernable que era Nápoles solo porque un día pensó que podría hacerlo. Y yo lo haría posible para ella. Le daría todo lo que me pidiera, a pesar de cuánto odiaba involucrarme con esa tierra de violencia encarnizada y aroma a miseria.

—Me asombra que hables con tanta frivolidad. No te favorece nada.

Sonreí.

—No estamos aquí para debatir mis opiniones.

—¿Y si te lo pidiera? ¿Y si quisiera oírte decir lo que realmente piensas?

Saviano me lanzó una mirada firme y severa, pero mi intención no era enzarzarnos en una incómoda discusión. Aquella no era más que nuestra forma de conversar. Nos poníamos a prueba el uno al otro. Sus sutiles reacciones ante mis comentarios me enseñaban cuán diferente era a los demás, y lo complejo que me resultaba tener conciencia y escrúpulos. No pretendía erradicar ese sentimiento, pero deseaba entender qué significaba ser compasivo.

—¿Qué quieres que diga? —cedió al fin.

—Que soy un monstruo porque detesto la idea de solventar un problema que otros han provocado —rezongué con aspereza—. Que lo soy aún más porque no me importa lo que suceda en esas bacanales. Que lo único que me enerva es tener que buscar a ese crío y traerlo de regreso solo porque mi tía ansía devorarlo.

—¿Porque es su nuevo esclavo?

—Sí, Saviano, porque el príncipe de Secondigliano se ha convertido en un esclavo al servicio de las bestias.

—Tú eres una de esas bestias, Marco.

Me agradó que no lo preguntara, todo sea dicho.

—Así es.

Luego, el silencio se instaló entre nosotros. No me molesté en indagar en sus ojos. Los había visto aturdidos y amargos en demasiadas ocasiones. A veces ni siquiera entendía por qué seguía aceptando nuestras sesiones.

Me acerqué de nuevo a la mesa y di un sorbo largo a mi copa. Había empezado a amanecer, y en apenas unas horas me enfrentaría a la desafiante mirada azul de mi prometida.

—Reconozco que todo lo que me cuentas hace que se me erice la piel siempre —comentó Saviano en un tono de voz con el que pretendía resolver nuestro pequeño encontronazo, pero olvidaba que yo nunca podría enfadarme con él y que le respetaba más de lo que me respetaba a mí mismo—. Tengo dos hijas, Marco, y nietas. Me cuesta imaginar que, tras la vida de comodidad y tranquilidad que les he ofrecido, existan semejantes barbaries.

Le miré y me topé con unos ojos tan amables que a punto estuvieron de provocarme un escalofrío. «Qué diferente sería todo si tú fueras mi padre», pensé.

—Pero debo recordarte que no estoy aquí para cuestionarte o darte lecciones de moralidad. Contigo no funcionarían.

—Entonces ¿por qué sigues reuniéndote conmigo? Sé que el dinero no te hace falta.

—También sabes que no habrías contactado conmigo aquella primera vez de no haber sido por tu empeño en escapar de ti mismo.

Tragué saliva. Me asombraba la habilidad que Saviano había desarrollado para ponerme un poco nervioso.

—Ambos sabemos cómo eres, y lo reconoces. Tu notable ausencia de empatía ha facilitado el proceso, pero jamás habrías recurrido a mis servicios de no intuir que todo tu mundo no es más que un sofisticado infierno que nadie te ha permitido escoger.

—He tenido la oportunidad de escapar —suspiré.

—Eso también lo sé.

—¿Y por qué no lo he hecho?

—Me temo que esa es una pregunta que solo tú puedes responder.

—Conozco bien la respuesta, doctor —le aseguré acercándome a él—. Y también sé que, en cierto modo, dentro de ti sientes una extraña simpatía por mí y que por eso no me das por perdido.

Tomé asiento y me crucé de piernas. Me apetecía otro cigarrillo y continuar bebiendo, pero preferí observar los primeros destellos de luz que acariciaban los macizos del jardín.

—No estás enfermo, Marco —me recordó Saviano por enésima vez.

—Creo que muchas personas no opinan lo mismo.

—¿Como Regina Fabbri?

Volví la cabeza hacia él de inmediato. Me asombró que recordara su nombre y que lo mencionara con tanta delicadeza, como si una parte de él intuyera la compleja carga que iba a tener que soportar aquella joven de cabello trigueño y belleza cautivadora.

—Si es verdad que me odia, no hará falta que lo diga con palabras. Lo sabré como lo he sabido con todos los demás. Y su opinión me importará tan poco como la del resto.

—Marco...

—Ambos hemos entendido que esto es una mera transacción entre familias —le recordé—. Será la alianza más importante del sur. Este matrimonio es un negocio más que salvará a su familia del desastre jurídico y económico, y que pondrá a los Sacristano en el mapa de la península.

—¿A costa de un enlace tan controvertido?

—No pretendo que lo entiendas, Saviano.

—¿Que sacrifiques tu propia vida por las decisiones que toman otros? Desde luego que me cuesta entenderlo, pero no me refiero a eso. —Se inclinó hacia delante con los ojos clavados en los míos—. Cuando hablamos de sentir empatía o no, no solemos pensar en nosotros mismos. Y tú te has olvidado de ti.

Aquella confesión fue como recibir un inesperado puñetazo en la entrepierna. Podría haberle recriminado el descaro con el que a veces me hablaba, aunque me habría contradicho a mí mismo, porque yo realmente necesitaba aquellos toques de atención para discernir la realidad en la que estaba atrapado.

—Mi opinión... —comencé bajito y tragué saliva. Iba a ser más sincero que nunca, y eso me aturdía—. No la conozco, Saviano. Soy incapaz de oírla.

Quizá ese era realmente mi castigo.

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GENNARO

No quería desmayarme.

Resultaba muy irónico hacerlo bajo un cielo nocturno salpicado de estrellas y tendido al lado de un cadáver dentro de un bote que navegaba a la deriva en pleno mar abierto.

Pero la inconsciencia tiene un punto macabro y ni siquiera me dio la oportunidad de aterrorizarme por todo lo que volvería a ver.

Así que caí sin remedio en esa insoportable oscuridad y regresé al instante en que percibí la vibración del móvil en el bolsillo trasero de los vaqueros.

Reconocí de inmediato el comienzo de aquella pesadilla: Lel­luccio me escribía después de dos meses sin dirigirme la palabra. Era un mensaje muy corto. Me pedía que nos reuniéramos donde siempre a las siete, una hora antes de tener que incorporarse al recién estrenado emplazamiento que se había habilitado en via Abruzzi, junto a la circunvalación de Melito-Scampia.

Me sorprendió que contactara conmigo precisamente entonces, que era día de mercancía y los soldados tenían demasiado trabajo empaquetando la droga antes de abrir la plaza al consumidor. Lo sabía bien porque mi padre era su jefe y nunca había sido lo que se dice amable con su gente.

Lelluccio tenía treinta años y vivía atrapado en Secondigliano. Ni siquiera le habían dado la gestión de una zona. Pasó de ser el chico de los recados a soldado raso y, desde los veintiuno, no había ascendido más. Supuse que seguían viéndolo como el problemático hijo de Malammore, uno de los hombres de confianza de mi padre.

Él me propinó la primera paliza.

A los nueve años me cazó jugando con unas niñas en el descampado que había cerca de mi casa. Le molestaron el pintalabios y la peluca que me pusieron. No se creyó que fuera un inofensivo juego de críos para paliar las tardes de calor de agosto. Al llegar a casa, encubrí las heridas con la excusa de que me había caído y, como era muy torpe, nadie le dio importancia.

Creí que sería cosa de una sola vez. En realidad, no volvió a repetirse hasta los diecisiete, cuando me pilló atrapado entre los brazos de un tipo que ejercía la prostitución en los aledaños de la piazza Bellini.

Lo curioso es que Lelluccio jamás me delató, pero yo vivía con ese terror constante. Todo el mundo sabía que en la mafia no se podía ser maricón, y mucho menos si eras el maldito heredero del reino.

«El príncipe», así me llamaban desde que tenía uso de razón. Apelativo que mi hermana detestaba con todas sus fuerzas. Ella era la primogénita, pero había nacido con la desgracia de ser mujer.

Me dirigí hacia Scampia, al último edificio de las Velas. Desde que la ciudad se había propuesto demoler la zona, pocas personas resistían en aquel lugar, así que no corríamos riesgos.

Ese maldito y decadente rincón del mundo había sido testigo de nuestros encuentros en los últimos dos años, cuando, después de haberme apalizado, Lelluccio me arrastró hasta allí y me folló con toda la rabia que le despertaban sus deseos.

Entonces lo supe, que yo no era el único que cargaba con la tediosa desgracia de haber nacido diferente en un lugar que castigaba la diferencia.

Recuerdo que me quedé mirando el mugriento techo de aquel zulo de paredes de hormigón, tan dolorido como desconcertado. Después de aquella primera vez, no me atrevía siquiera a compartir espacio con él en la misma calle. Pero caí en todas sus trampas, y pronto se volvió un hábito, porque entendí que no habría forma de saciar mis necesidades si no era con él.

Y no me equivocaba.

No me había tocado nadie más.

Aparqué mi escúter sobre la acera y atravesé el túnel principal del edificio sin bajarme la capucha de la sudadera. Traté de esquivar las goteras de agua podrida que salpicaban el asfalto. Las tuberías ya no aguantaban más, se mostraban roídas y oxidadas. En un entorno tan desolado, esto solo era un detalle más.

Se escuchaba el rumor lejano de una radio. Un poco más distante, los gritos de una cruenta discusión, y olía tanto a maría que me daban arcadas. Que hubiera pocos residentes no quería decir que no existieran, pero nunca contarían que me habían visto, porque temían más volver a sus orígenes que hacer la vista gorda.

Descendí unas escaleras, crucé un amplio espacio de columnas, que en el pasado servía de aparcamiento, y me encaminé hacia los trasteros.

Todo a mi alrededor era pura decrepitud. Restos de jeringuillas, grafitis, sangre seca y tufo a orín, a vómitos y a excrementos. La poca luz que entraba casi producía escalofríos, a pesar del reconfortante sol de septiembre que brillaba esa tarde.

Odiaba aquel lugar casi tanto como mi apellido. Cattaglia.

Unos lo admiraban. Otros lo temían. La mayoría lo despreciaban o les producía desidia. Éramos los reyes de Secondigliano, pero nos consideraban monos porque no sabíamos hacer otra cosa que devorarnos entre nosotros.

Llegué a mi destino, un hueco que había al final de un pasillo laberíntico. Golpeé tres veces la puerta de metal, esperé un instante y rematé con dos golpes más. Era la clave.

Lelluccio tardó un instante en abrir. No me saludó. Nunca lo hacía. Solo me cogió de la solapa de la chaqueta y me arrastró dentro antes de cerrar. Estaba tan concentrado en comprender qué demonios pasaba que ni siquiera me fijé en si había bloqueado la puerta.

Me miró. Estaba guapo. No era un hombre muy atractivo, pero resultaba agradable a la vista con aquellos ojos negros, la piel tostada, la nariz prominente y el mentón marcado cubierto por una barba exuberante. Era muy masculino y tenía un toque salvaje que, en realidad, escapaba a mis preferencias. Quizá porque era demasiado agresivo y no sabía acariciar.

Pero me había acostumbrado a él y aquellas últimas semanas lo había echado de menos.

—Dejaste bien claro que esto había terminado. Así que ¿qué hacemos aquí, Lelluccio? —exigí saber cruzándome de brazos.

No me hacía falta mirar alrededor, conocía muy bien el entorno.

La única luz que penetraba desde el exterior provenía de una pequeña ventana rectangular en el techo, enrejada y con los cristales agujereados. Un portalámparas pendía de un cable pelado, pero no tenía bombilla.

Detrás de mí esperaba un catre sin sábanas custodiado por un cuadro de san Genaro, el patrón de Nápoles. Mi madre me puso su nombre porque era una acérrima y obsesa devota. Me parecía bastante irónico que la Camorra fuera tan religiosa cuando se saltaban cada mandamiento con solo respirar.

El cuartucho también disponía de una mesa con restos de papel de aluminio, una goma y una cucharilla. Y junto a ella, una papelera que era mejor no valorar.

Lelluccio seguía mirándome. No me gustaba cómo lo hacía, parecía querer devorarme, y yo sabía que podría hacerlo. Era veinte centímetros más alto y mucho más corpulento que yo. Su mano era perfectamente capaz de abarcar mi cuello casi al completo.

Empezó a acercarse con lentitud. Retrocedí casi por instinto notando el maldito cosquilleo en la nuca que me indicaba peligro. Tragué saliva. No me apetecía su rudeza en ese momento. Pero la puerta estaba a su espalda y sabía que no podría escapar. Además, estaba demasiado centrado en reprenderme por haber caído en la estúpida tentación de ir a verlo.

Apenas tuve tiempo de pestañear cuando, de pronto, sentí su boca pegada a la mía, tan cruel como él. Su lengua dura se abrió paso entre mis labios y me invadió como si yo fuera de su propiedad. Quizá lo fui antaño, pero ahora detestaba esa idea.

Apoyé las manos en sus hombros e hice presión. Lelluccio insistía en aquel beso torturador. Sus manos se movían demasiado rápido y me provocaban dolor. Me pellizcaban los pezones, se me clavaban en la cintura y me apretaban las nalgas. Todo esto antes de comenzar a colarse bajo mi ropa.

Entonces sentí la callosidad de sus dedos, que me raspaban la piel mientras su aliento se derramaba sobre mí.

Noté su erección pegada a mi pelvis. Conocía muy bien a ese hombre y sabía que no necesitaría de preparaciones. Solo me arrancaría la ropa y se bajaría la cremallera de los vaqueros. Me empujaría y me hundiría la cabeza en el colchón. Se pondría un condón y se clavaría en mí, y yo gritaría de dolor, un dolor que él confundiría con placer. Me montaría durante unos largos minutos hasta que sus sentidos explotaran y se derramara dentro. Después, se adecentaría y me dejaría allí, solo, dolorido, sin aliento y lloroso ante la mirada de ese santo que no había hecho nada por evitarlo.

—Espera... Estate quieto... —jadeé nervioso.

Su boca acababa de deslizarse por mi cuello. Había empezado a empujarme hacia la cama.

—¡Para! ¡He dicho que pares, joder! —No supe cómo logré apartarlo de mí—. ¡¿Qué te pasa?!

Descubrí unos ojos nublados por el deseo más maníaco. Apretaba con fuerza sus puños mientras resollaba.

—Quiero follarte —gruñó.

Tragué saliva. No era bueno contradecirle.

—Me he dado cuenta. Pero intento hablar contigo.

Torció el gesto.

—¿Cuándo hemos necesitado hablar, Gennà?

—Ahora. ¿Por qué me has escrito? —Le encaré. No quería amedrentarme.

Yo era un chico frágil y enjuto. Mi padre no lo soportaba porque a mis diecinueve años todavía parecía un crío débil. También era prudente y comedido, aborrecía el enfrentamiento y no me manejaba bien en momentos de tensión. Vomité la primera vez que me obligaron a usar una navaja.

Otros días habría permitido que la cobardía se apoderara de mí, pero esa tarde no tenía ganas de obedecer. Así que esperé a que Lelluccio hablara mientras ese pozo negro que tenía por ojos me desafiaba y prometía mucho sufrimiento.

Fue muy curioso verlo ceder.

—Quería tener un rato contigo... —Se rascó la nuca y desvió la mirada—. Estos días he estado sometido a... mucho estrés. Ya sabes lo que pasó en la anterior plaza. Eso me tenía muy tenso. Pero... me gustaría compensarte.

La compensación de la que hablaba solo le favorecía a él. Y por supuesto que sabía lo ocurrido con la plaza de la via dello Stelvio. Las fieras del barrio de Aranella asaltaron la zona con una tormenta de disparos. Cayeron once, y cuatro más fueron detenidos. Las pérdidas fueron muy problemáticas para mi padre, que tenía ganas de venganza, pero sabía que no podía dejar a su gente sin cobrar.

—Echándome un polvo a tu manera y luego marchándote sin tan siquiera decir adiós —protesté, y me detuve para coger aire—. Mira, no soy ambicioso. Ambos sabemos que no puedo serlo en mi situación. Pero... esto que tenemos... no me hace... bien.

Lelluccio alzó las cejas, incrédulo. Jamás le había hablado así.

—¿Estás poniéndome condiciones? —Sonrió. Se acercó a mí y apoyó las manos en mis caderas—. No eres de los que se quejan mientras la meto, Gennà.

Qué ciego estaba y cuán necio era.

—Basta. —Me alejé de nuevo—. Se acabó. De verdad.

No se interpuso cuando me encaminé hacia la puerta. Pero apenas había logrado dar un par de pasos cuando su voz me detuvo de súbito.

—Escápate conmigo.

Fruncí el ceño, lo miré por encima del hombro y un fuerte escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

—¿Qué?

—He estado ahorrando durante estos dos meses. Ya tenía algo de dinero. Pero ahora he reunido una buena cantidad —explicó y se acercó para cogerme de las manos y acariciar mis nudillos. Hablaba bajito, sus palabras sonaban íntimas pero insólitas también—. Tengo un colega en Roma que nos puede echar una mano para empezar. Ven conmigo. Soy un bruto y quizá un mal hombre, pero quiero algo serio contigo y sé que aquí no podemos siquiera imaginarlo.

No me lo podía creer. Era demencial. Lelluccio intentaba ofrecerme una salida. No obligaba ni ordenaba, sino que sugería. Él no era así. Parecía un tipo diferente, casi me hizo imaginar que podíamos ser una pareja real, de iguales. Compañeros.

Estupefacto, cogí aire y me humedecí los labios.

—¿Me estás pidiendo que me vaya con un hombre que ni siquiera está enamorado de mí?

—Es que no sé si te quiero —protestó—. ¿Has oído lo que acabo de decirte? ¿Cómo esperas que exista amor en este lugar de mierda, Gennà, donde todo está podrido?

Señaló nuestro alrededor. El gesto iba más allá, se alejaba de aquellas paredes y abarcaba todo nuestro mundo. La droga, la mafia, las muertes, el miedo. Éramos gais en un lugar prohibido.

—Te propongo experimentar lejos de aquí. Tampoco es que tengas muchas alternativas. Sabes que tu padre sospecha de tu potencial, y tú odias esta vida. Eres un príncipe miserable.

Resoplé y esbocé una sonrisa triste. Piero Cattaglia no sospechaba de mi inutilidad, sino que la reconocía a leguas y me torturaba continuamente por ello. Yo sabía que moriría joven porque era incapaz de pensar como él. Por eso la propuesta de Lelluccio me parecía tan imposible.

—Por un momento has hecho que me lo piense —le aseguré.

—Tienes que creerme cuando te digo que puedo llegar a quererte. Por ahora deberías conformarte con que quiera cuidar de ti. —Casi rogó. Apoyó la frente en la mía con los ojos cerrados—. Vamos, Gennà. Vamos...

No podía pedirle amor cuando ni siquiera yo sabía qué sentía por él. Pero quizá en un futuro ambos aprenderíamos a ser felices, aunque fuera por caminos diferentes. Lo que me ofrecía podía ser una oportunidad, una parte de mí vibraba con ello. Debía de ser una señal.

—Roma... —suspiré, y él sonrió.

—Sí, Roma... Estamos un tiempo allí. Y después nos vamos adonde tú quieras.

Sus manos rodearon mi cintura, me acercaron un poco más a él. Noté su pecho acelerado contra el mío. Era la primera vez que me tocaba de ese modo tan cálido y protector. Así que reuní el valor necesario para que mis manos escalaran por su pecho y rodearan su cuello. Me gustó la sensación que me produjo. Era tan bonita.

—Siempre he querido vivir en Roma —le confesé.

—Pues vayámonos. Podría funcionar.

—Está bien...

Me besó despacio. Me saboreó, y yo me deshice porque no sabía que un beso podía ser tan delicioso.

Sus labios todavía estaban sobre mí, prometiéndome miles de cosas, cuando se oyó un disparo. La bala, en su funesta elegancia, le atravesó el cráneo y la sangre me salpicó la cara.

Chillé su nombre antes siquiera de comprender que Lelluccio acababa de morir. El ruido de su cuerpo al caer al suelo fue tan horrible como el chasquido de su cabeza al ser perforada.

Me hinqué de rodillas. Fue estúpido el modo en que mis manos intentaron taponar el agujero, como si eso fuera a evitar la realidad. Y quizá fuera un poco demente, pero una parte de mí reaccionó así porque acababa de entender que no podía albergar esperanzas. Las había tocado con la punta de mis dedos apenas unos segundos atrás, y eso era lo más cerca que estaría de algo hermoso.

Jamás saldría de aquella maldita cloaca.

—Vaya, vaya. Me alegra ver que no me equivocaba, hermano. —Esa voz... Sí, aquella voz precipitó mis lágrimas.

—Inma... —sollocé antes de mirarla.

Ella desveló una gloriosa sonrisa que enseguida incrementó el brillo de sus ojos castaños. Estaba en el umbral de la puerta, con los tacones clavados en una pose que intimidaba y atraía al mismo tiempo. Su característica chaqueta de lentejuelas dorada destellaba con cada exhalación. Era espantosa, pero a ella le quedaba bien. Siempre fue la más guapa de los dos. Había heredado todo lo bueno de nuestros padres, desde el magnetismo hasta la inteligencia necesaria para ser una criminal.

No estaba sola. Su novio, Antonino, y sus habituales secuaces acababan de entrar en la habitación. Me observaron con desprecio y un poco de expectación. Supuse que mi apellido les hacía creer que era cuestión de tiempo ver cómo me convertía en un carnicero.

Pero yo tenía más miedo que rabia.

—Un maricón en la familia, qué puto asco das —espetó Antonino caminando a mi alrededor.

Fue él quien disparó a Lelluccio.

De repente, me dio una patada en la barbilla. La inercia me lanzó al suelo y la boca se me llenó de sangre. No tuve tiempo de quejarme por el dolor cuando me asaltó una lluvia de golpes. Me hice un ovillo pese a saber que no serviría de nada, que no me ahorraría los porrazos.

Les daba igual dónde alcanzaban. Cabeza, vientre, piernas, pecho. Los sentía por todas partes, me invitaban a acariciar la inconsciencia. Fui incapaz de pensar en otra cosa que no fueran las ganas que tenían de matarme.

—¡Basta! —ordenó mi hermana, y todo se detuvo.

Logré verla por entre la niebla enrojecida de mis ojos.

—Quiero ver cómo se lo toma papá —sonrió.

Sabía que eso me haría desear haber sido apaleado por sus amigos hasta la muerte.

Fueron ellos los que me arrastraron afuera.

Grité de nuevo.

El eco de mi voz reverberó en cada rincón de aquel decadente edificio.

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REGINA

Continuaba tensa, incluso después de haber tomado una ducha rápida. Salí a toda prisa de la residencia. No quería llamar la atención durante el cambio de guardia y, mucho menos, dar explicaciones.

Estaba cansada. Me hubiera gustado dormir para recuperarme de los estragos de una noche de excesos. Sabía que mi cansancio añadiría más razones a la vorágine de complicaciones en que se había convertido mi vida.

Detuve el coche en doble fila al otro lado de la calle. Esperé un buen rato, aferrada al volante y con la vista clavada al frente. No me apetecía mirar la fachada de la cárcel de Poggioreale. De hecho, ni siquiera sabía por qué había ido hasta allí.

Mi tío no querría verme y, para colmo, era demasiado temprano para intentar hacerle cambiar de opinión.

Suspiré, me froté la cara y cerré los ojos. Quizá lo mejor fuera marcharme. Podía llamar a Elisa, pasar un rato con ella y olvidarme de todo por un instante.

La puerta del copiloto se abrió de golpe. Contuve el aliento y volví la cabeza, aturdida. Creía que había echado el seguro. Lo último que necesitaba en ese momento era un maldito enfrentamiento con algún imbécil.

Ver a Attilio tomando asiento a mi lado me alivió bastante hasta que me clavó una mirada severa. Tragué saliva. Me había obligado a prometerle que nunca iría sola a un lugar tan ajeno a mí debido al peligro que esto podía acarrear. Si me atrevía a de­sobedecerle, me castigaría con su silencio. Sabía bien cuánto detestaba que me negara la palabra.

—No te enfades conmigo. —Le di un empujoncito con el brazo—. En realidad, no tenía pensado venir aquí.

—¿Eres consciente de la atención que atrae un Maserati de estas características en un barrio como este? —resopló, invitándome a prestar atención a nuestro alrededor.

Los comercios se preparaban para abrir, los bares de la zona ya estaban inmersos en el ajetreo de la mañana. Los viandantes me observaban de reojo entre asqueados y curiosos. De haber tardado unos minutos más, seguramente habría tenido algún encontronazo. En el mejor de los casos, solo me habrían robado el coche. En el peor... Prefería no pensarlo. El barrio de Poggioreale era un territorio inestable y muy conflictivo.

—Ya te lo he dicho, mocosa. —Me revolvió el cabello—. Puedo traerte las veces que quieras. Solo tienes que decírmelo.

Tenía un punto tierno que a mis veintidós años siguiera tratándome como si fuera una cría. Attilio tenía solo treinta, pero se comportaba como alguien de más edad.

—¿Y ese pañuelo? —inquirió, y yo revelé una amplia sonrisa.

—Ha vuelto la moda de los cincuenta.

Mi respuesta no le convenció, porque escudriñó bajo la tela para descubrir el rastro de unos dedos sobre mi piel. Enseguida me aparté.

—Atti...

—Vamos.

Saltó fuera del coche. No tardé en seguirle.

Apenas eran las ocho de la mañana. Las visitas no comenzaban hasta las nueve, pero ya habían empezado a formarse las variopintas colas de familiares. Fue una suerte que el guardia nos diera acceso preferente pese a las protestas de la gente.

Attilio me siguió de cerca y se acomodó a mi lado en cuanto el funcionario se marchó a informar de mi visita. Se cruzó de brazos y apoyó la cabeza en la pared. Tenía los ojos cerrados, así que no vio las entusiastas miraditas que le dedicaba la limpiadora ni el ataque con la fregona que recibieron mis pies por haber sonreído.

Cuando la mujer se marchó, Atti se echó a reír y yo le di un codazo. Fue lo más cerca que estuve de sentirme cómoda. Aquella maldita sala de espera con aroma a desinfectante, ubicada en medio de un largo pasillo blanco, me ponía nerviosa. En realidad, no distaba en apariencia de cualquier otro edificio gubernamental, pero desprendía una energía casi siniestra. Sobre todo porque el silencio era abrumador.

—Cien pavos a que no quiere verme —le dije a Atti.

—Subo a quinientos.

Lo miré de reojo y él sonrió intrigante.

—¿Los tienes?

A ojos de cualquier persona, yo podía resultar frívola e incluso cínica. Pero él me conocía bien —demasiado bien— y sabía que solía emplear la ironía cuando más perdida y acojonada estaba. No soportaba la idea de ver a mi tío encerrado en una maldita celda. Era la máxima representación de todo aquel maldito desastre.

Ese día no sentí aprensión. Ya la había masticado lo suficiente semanas atrás, cuando todo estalló. Sin embargo, por más que intentara aferrarme a la normalidad de antaño, ya no podía. No la encontraba. Nunca la aprecié, pero era mi normalidad y había creído tener el control sobre ella.

Le guardaba rencor a mi tío por haber caído en las mieles de la mafia. Coquetear con ella no te hace partícipe. Todos llevamos un corrupto dentro en mayor o menor medida. Pero Alberto no había flirteado con el crimen, sino que formaba parte de él. Él, que conocía los riesgos y cómo escapar del peligro. Y se había dejado atrapar para asumir una culpa que no era toda suya. Estaba en cárcel preventiva por malversación, tráfico de influencias, contrabando y corrupción, además de por conexiones con la Camorra y el crimen organizado de al menos cuatro países.

Mi padre figuraba en esa mezcolanza de delitos que quizá alcanzaban niveles mucho más graves. La fiscalía lo tenía en el punto de mira. No entendía que Vittorio Fabbri desconociera detalles claves de las transacciones que se llevaban a cabo siendo el mayor accionista de la empresa familiar.

Era toda una hazaña que hasta el momento solo hubieran incautado cuatro buques mercantiles provenientes de China plagados de material destinado al mercado negro europeo. Sin embargo, era cuestión de tiempo que la investigación empezara a desvelar más agujeros si no se detenía a tiempo.

Yo no quería saber nada de esto, no quería estar al corriente de aquellos asuntos. Era una maldita hipócrita y lo lamentaba, pero desconocía cómo evitar el infierno sin formar parte de él. Tal vez por eso mi tío no quería verme. Le era demasiado complicado aceptar que mi sacrificio conllevaba razones que él no había tenido en cuenta. La familia había dejado de ser lo más importante para los respetados hermanos Fabbri a medida que se adentraban más y más en las garras de la Camorra.

Sonó un timbre. La puerta se abrió con un chasquido y tras ella apareció el guardia, que se acercó a nosotros con un sobre en la mano y una mueca de fastidio en el rostro.

—Señorita Fabbri. —Me puse en pie de inmediato—. Lamento comunicarle que el recluso Alberto Fabbri no quiere verla en este momento.

—Recluso... —resoplé. Esa gente ya lo había sentenciado.

—Me ha entregado esto.

Tomé el sobre y fruncí el ceño porque el pliegue del cierre ya estaba rasgado.

—¿Lo han leído? —Agité el sobre.

—Es por seguridad. Recuerde que su tío está en plena investigación. Cualquier cosa puede suponer una prueba trascendental.

Asentí con la cabeza y forcé una sonrisa irónica. Eran muy curiosas las formas con las que un hombre uniformado podía tratar a una mujer vestida de firma.

—Qué bueno que me lo recuerde, a mí, que soy una cría estúpida.

El comentario le pilló por sorpresa. Era evidente que no estaba acostumbrado a que le replicaran o a que le señalaran lo ofensiva que era su actitud. Atti apoyó en ese momento una mano en la parte baja de mi espalda. Fueron su calor y delicadeza los que me hicieron coger aire.

—Discúlpeme, señorita. No era esa mi intención —dijo el guardia, pero no le creí. Señaló el pasillo—. Los acompañaré a la salida.

Abandoné el recinto, cabizbaja y estrujando la carta con tanta fuerza que temí destrozarla antes siquiera de haberla leído.

A la salida nos esperaban las increpaciones de la gente. Entendía sus frustraciones. La mayoría eran mujeres que vivían del sustento que les procuraban los delitos cometidos por sus hombres. Además, esas personas iban a tener una oportunidad que a mí se me negaba. Ellas verían a sus familiares o amigos, aunque fuera con un cristal de por medio y en una sala plagada de cámaras.

Me subí al asiento del acompañante e invité a Atti a ocupar el lugar frente al volante. Unos segundos después, aceleraba por via Nuova Poggioreale, casi en paralelo al tranvía, mientras yo extraía el papel del sobre.

«Vive esa vida que dices haber elegido. Solo espero que algún día no te arrepientas».

Percibí de inmediato que Alberto había escrito con prisa, por impulso, tal vez en el momento en que el guardia le había anunciado mi visita. Podía imaginarlo indignado mirando por la ventanilla enrejada de la puerta de la celda que compartía con otros cinco reclusos.

Su letra era veloz y exaltada. Y había trazos a los que les faltaba tinta, como si al bolígrafo que había empleado apenas le quedaran un par de usos.

Doblé la nota y la introduje en el sobre, la apoyé en el regazo y miré al frente. Apenas pesaba unos gramos y, sin embargo, sentía una enorme carga.

—Al menos ha tenido el detalle de escribirme —suspiré.

—Yo haría lo mismo —comentó Atti con los ojos fijos en la carretera.

—¿El qué, darme la espalda?

—Frustrarme con tus decisiones.

No había leído las palabras de Alberto Fabbri, pero las suscribía. Le odié un poco por su capacidad para leer las intenciones de la gente. Atti siempre había sido de lo más perspicaz.

—Mis decisiones mantendrán tu sueldo y le asegurarán a mi tío una buena defensa, además de estabilidad a su familia —gruñí molesta.

—No le has preguntado si la desea a costa de ti misma. Y a mí tampoco.

—¿Te gustaría volver a las cloacas?

—¿Acaso he salido de ellas?

Me miró de reojo y quise mandarlo a la mierda, pero su sonrisa lograba cualquier cosa.

—Capullo —resoplé.

—Ponte el cinturón.

Eso hice, y apoyé la cabeza en el cristal de la ventanilla para contemplar las calles, que ya empezaban a hervir de ajetreo. No iba a echar de menos Nápoles.

—Me hubiera gustado despedirme de él antes de trasladarme a Porto Cervo —confesé, asombrada por haber mencionado ese pensamiento en voz alta.

Debió de sonar a un lamento, porque Atti enroscó sus dedos en los míos con afecto.

—Se le pasará, ya lo verás.

—No sé qué tipo de hombre conoces tú, pero el que yo conozco es testarudo como una roca. Un hijo de puta insoportable.

Alberto ni siquiera permitía las visitas de su esposa. Tan solo se reunía con mi padre y sus abogados. Y, por lo que la prensa contaba, durante aquellos encuentros se hablaba de la injusticia que se estaba cometiendo con una familia tan reputada y respetada como la nuestra.

Si los periodistas tenían o no razón, eso era otra historia.

—Le he pedido al jefe que me traslade a tu residencia conyugal —me anunció Atti.

Volví la cabeza hacia él de inmediato.

Con el tiempo, habíamos aprendido que era mejor no dar rienda suelta a las emociones. Solía manejarlas bastante bien, pero en ese momento me moría de ganas de pedirle que detuviera el coche y me dejara abrazarle hasta olvidarme de todo.

Ese hombre pertenecía al reducido grupo de personas que realmente me importaban. Serio y estricto. Mordaz e introvertido. Atti era todas esas cosas que lo hubieran convertido en alguien reputado de no haber nacido en el lugar equivocado.

Respiré hondo. Me consintió observarlo un rato. Su poderoso perfil, su mentón varonil, sus brazos y muslos fornidos, fruto de peleas no deseadas y de ejercicio para evadirse. Sus labios finos escondidos bajo la barba, la nariz cincelada y unos ojos castaños tan dulces como salvajes. Era atractivo, lo sabía y se aprovechaba poco de ello.

—¿Recuerdas cuando te tiraba los tejos? —comenté todavía aferrada a su mano.

Si bien platónico, Attilio fue mi primer amor. Vivía espiándole a todas horas. Cualquiera que no fuera un hombre corpulento de metro ochenta y cinco me parecía insuficiente.

—Creo que todavía conservo alguna que otra carta de amor.

—No eran cartas de amor. Eran notitas picantonas.

—Que si tu padre las hubiera descubierto, me habría mutilado la entrepierna. Solo tenías catorce años.

—Y me encantaba el trasero que te marcaban aquellos vaqueros ajustados.

Nos echamos a reír, y me resultó un sonido de lo más aliviador para afrontar el descenso por la pendiente que llevaba a la residencia Fabbri.

Era una carretera privada que formaba parte del pequeño conglomerado de mansiones que había en la zona más próxima al mar. Me gustaba observar la pared escarpada y la vegetación que oscilaba al borde del precipicio ante la atenta mirada de la bahía.

Cerdeña estaba un poco más allá en el horizonte. Me sorprendió que pudiera observar el paisaje sin el recelo habitual de los últimos días. Que Atti fuera a cruzarlo conmigo aliviaba mi tensión.

Detuvo el vehículo un instante para dar tiempo a que los guardias abrieran la verja. Luego, cruzó lentamente hasta el patio del garaje exterior. El sol salpicaba la zona a través de las copas de los árboles. Era una luz amable y acogedora, que jugaba con los chorros de agua que emanaban de la fuente de piedra y con los macizos de flores que delimitaban el camino hacia la entrada oeste.

Seguíamos en silencio. Ninguno de los dos hizo el amago de abandonar el coche. Deduje que Attilio sospechaba la pregunta que siempre pendía de mis labios. No habíamos hablado de mi decisión porque yo temía su punto de vista. Pero lo necesitaba. Algo dentro de mí quería conocer su opinión.

—¿Realmente crees que me he equivocado? —me atreví a decir, cabizbaja. Tenía el pulso acelerado.

Attilio apagó el motor, suspiró y se volvió lentamente hacia mí. Se tomó su tiempo para evitar pronunciar las palabras equivocadas.

—No has tenido elección, Regina.

El modo en que su voz derramó mi nombre me calmó.

—Resignación es una palabra más adecuada. Pero si lo que buscas es que te dé mi opinión, creo que me incomoda más que finjas sarcasmo cuando es evidente que todo esto te asusta.

Quise decirle que prefería ser sarcástica a dejarme morder por la impotencia. En cambio, tragué saliva. No había duda en sus ojos castaños. Él se había dado cuenta de que contenía hasta mis propios pensamientos para soportar la situación, pero también de las brechas que empezaban a formarse. Del miedo que tenía a equivocarme y a hundirnos aún más en aquel precipicio.

—¿Cuánto sabes? —le interrogué.

—¿Cuánto te han contado a ti?

Me habían presionado con unas obligaciones disfrazadas de peticiones. Me habían transmitido palabras que sonaban a manipulación, porque realmente aquello era una manipulación, pero que acepté precisamente porque tenía miedo.

La muerte y la mafia van ligadas. No se puede escuchar a una sin pensar en la otra. Eso era lo que mi padre me había expuesto con la sabiduría de quien siempre conseguía lo que quería.

El tiempo corría en nuestra contra. No debía temer las condenas que impusiera la justicia, sino los socios con los que trabajaba mi padre. Y estos no estaban dispuestos a perder porque alguien se hubiera equivocado. El castigo era un puto disparo en la nuca.

Millones de euros, kilos y kilos de cargamento, decenas de acuerdos, territorios enteros a la espera de recibir la orden para cazar al culpable. Tenían nuestros nombres en una maldita lista.

Yo sabía poco, no había querido preguntar. De todos modos, tampoco habría obtenido todas las respuestas. En la Camorra, una mujer solo sirve para callar y obedecer. Son pocas las que se atreven a lo contrario. Pero yo no era una necia.

—Regina... —Atti suspiró, acariciando mis nudillos con el pulgar.

—Quiero creer que lo hago para preservar el estatus de mi familia —le confesé.

Un enlace con Marco Berardi nos daría una alianza con Sa­veria Sacristano y nos facilitaría la protección y los medios que requería mi padre para librarnos de un destino fatal.

—No eres tan frívola.

—Pero podrías ayudarme a convencerme de ello.

Los ojos se me empañaron, detalle que provocó que Attilio apretara los dientes.

Nunca había soportado verme llorar y no me atreví a decirle que, a partir de ese momento, quizá lo vería demasiado.

—¿Qué harás cuando no puedas soportar la realidad? —inquirió llevándose mis nudillos a los labios.

—Te tendré a ti, ¿verdad?

—Ni se te ocurra dudarlo.

No pude evitar darle un abrazo como tampoco el escalofrío que recorrió mi cuerpo al ser correspondida. Por primera vez, a Atti le dio igual que alguien pudiera vernos y confundiera la realidad.

Me recompuse, me coloqué unas gafas de sol y bajé del vehículo para enfilar el camino hacia el jardín, donde me esperaban las mujeres de mi familia, y no quería que me vieran desolada. Sería la última vez que desayunaría con ellas en la residencia. Aquella misma tarde partiríamos hacia Porto Cervo.

La mesa ya estaba lista, cubierta por un mantel de seda blanco sobre el que habían dispuesto un bonito centro de mesa floral y un suculento y variado desayuno.

—Vaya, ¡menudo banquete habéis organizado! —exclamé toda alegre. Cuanto más énfasis pusiera, menor sería la alarma.

Mi abuela fue la primera en ponerse en pie. Lo hizo con ayuda de mi tía Mónica, y enseguida me aferré a ella.

—Mi niña... ¿Cómo es posible que hayas crecido tan rápido?

—Cada día me dices lo mismo, abuela.

Se apartó un poco para echarme un vistazo. A veces, parecía que me veía por primera vez, y eso me dolía.

—Eres tan preciosa.

Me tragué el nudo que se me había formado en la garganta y la abracé de nuevo. Ese aroma a limones y jazmín era casi narcótico. La de tardes que me había dormido sobre el regazo de esa mujer acariciada por ese olor tan maravilloso.

Era el turno de mi tía, que me rodeó los hombros y me estrujó con afecto. Me encantaba cuando lo hacía porque la oscilación de nuestros cuerpos siempre me sacaba una sonrisa.

—Voy a echarte tanto de menos —gimió—. Esto ya no será lo mismo sin ti.

—Camila y Damiano no te lo pondrán fácil —bromeé. A pesar de los doce años de mi primo y los ocho de mi hermana, esos dos monstruitos eran inseparables y un auténtico huracán de energía.

Mónica había perdido peso y estaba un poco más demacrada de lo normal. Yo fingía que no me había dado cuenta de su creciente tendencia a beber y de que no descansaba. La situación le causaba un gran sufrimiento. Era una suerte que contara con el apoyo de su cuñada. Casi todas sus amigas le habían dado la espalda y ahora solo la tenía a ella para mantenerse a flote. Y es que Vera era como el sol cálido después de una tormenta fría.

Ella no se creía merecedora de tal reconocimiento. No quería admitir que alumbraba el lugar al que iba, quizá porque los años como segunda esposa de Vittorio Fabbri empezaban a pasarle factura.

Pero su naturaleza vibrante y maravillosa se imponía. Entre sus brazos me sentía su verdadera hija, a pesar de las pocas ocasiones en que me había permitido llamarla mamá.

—¿Has ido a verle? —inquirió mi tía en cuanto tomé asiento y me serví un café. No hubiera hablado de su esposo de no haber sido porque los niños estaban en el colegio.

—Hoy estaba inspirado —comenté antes de entregarle la carta que me había escrito Alberto.

Las tres resoplaron frustradas. Pero solo una me observó escudriñadora.

—¿Y ese pañuelo? —preguntó Vera. Le clavé la mirada.

Siempre decía que mis ojos azules podrían arrancarle el alma hasta a un demonio. No estaba muy segura de tener tanto poder, pero traté de ponerlo a prueba para evitar que se sintiera culpable de los motivos por los que su esposo me atacó.

—¿Y esas ojeras? —Le guiñé un ojo.

Ella lo entendió, agachó la cabeza y frunció los labios. Detestaba que la favoreciera más que a mi padre.

—No podemos ver las tuyas bajo esas gafas de sol —se mofó Mónica.

—Tuve un merecido homenaje anoche —dije socarrona antes de que mi tía me mirara por encima de su taza de té.

—No preguntaré de qué tipo, porque temo la respuesta.

—Bien pensado.

—Deberías contenerte un poco, Regina. Los excesos nunca fueron buenos.

—Claro que sí, abuela. No te preocupes. —Le di un beso en la sien y ella frunció el ceño.

—Abuela, dice. Qué graciosa.

Me puse tensa. Esto pasaba con frecuencia. Sus pensamientos y recuerdos bailaban al antojo de una sombra hostigadora. Azzurra no se daba cuenta porque los demás fingíamos la mayoría del tiempo, pero cada vez costaba más disimular el dolor que me causaba saber que lentamente me iría olvidando.

Cogí aire, me aferré a ella y me inventé una sonrisa gloriosa de esas que tanto le gustaban.

—Eso digo yo, abuela. Tú, que todavía eres una colegiala.

Explotaron las risas y rematé el momento untando mi dedo en la florecilla de nata que adornaba un pastelillo para pintarle la nariz. Con lo que a ella le gustaba, sabía que engrandecería sus carcajadas. Y eran tan preciosas que ya no importó el sutil lapso que había tenido. Vendrían más, y yo volvería a hacerla reír de nuevo.

Pero nuestro regocijo no duró tanto como hubiera querido.

Mi padre nos observaba de tal modo que lentamente fue matando nuestras sonrisas. Solo entonces decidió acercarse y tomar asiento en la cabecera de la mesa. Nadie había ocupado ese lugar, porque todos nos creíamos igual de importantes. Pero Vitto necesitaba recordar constantemente el poder que ejercía sobre los demás.

Una sirvienta se acercó de inmediato a él.

—Le serviré el café, señor.

—Es un servicio libre, Teresa —comentó Vera ganándose una severa mirada de su esposo.

—Deja que haga su trabajo.

Vera no era una mujer del todo sumisa. A veces, derrochaba un valor muy inesperado.

—Porque tú ya te has encargado de hacer el tuyo, ¿cierto?

De pronto, papá golpeó la mesa y provocó que el temblor tuviera su réplica en cada una de las copas que había sobre ella. Odié que Vera reaccionase con un pequeño temblor, pero detesté aún más que mi abuela apretara el antebrazo de su hijo como si quisiera contenerlo.

—Vittorio —le amonestó con un gruñido—. Basta.

Él asintió con la cabeza. Me sorprendía que su madre tuviera tanta influencia sobre él.

—Disculpe la interrupción, jefe —intervino uno de los guardias, que se acercó con timidez a la mesa—. El señor Berardi acaba de llegar.

—Gracias. —Lo despidió al tiempo que me clavaba una mirada desafiante—. Será mejor que salgas a recibirle, Regina.

Resistí bien aquellos ojos. Me obligué a recordar lo importante que era caminar hacia el altar a su lado. Debía preservar la seguridad de mi gente, aunque la de mi padre, a veces, me importara un carajo.

Sonreí, alcé el mentón y me puse en pie.

—Cómo no.