PRÓLOGO
por Sherlock Holmes, 1889

Aquellos de vosotros que ya conozcáis mi distinguida carrera como primer detective privado del mundo no habréis pasado por alto la sensacional irrupción en la escena de Londres de otro Holmes, de índole similar: mi hermana mucho más joven, Enola. Muchos consideraréis escandalosa y deplorable a partes iguales su descarada conquista de la atención del público, y algunos os preguntaréis cómo he podido fracasar en el control de su comportamiento. Es por esta razón que agradezco la oportunidad de plasmar por escrito, de forma lógica y calmada, el relato de mi relación con Enola Eudoria Hadassah Holmes.
Para absolverme de inmediato de cualquier sospecha de sentimentalismo, permitidme confesar que no guardo ningún recuerdo infantil de mi hermana Enola; de hecho, apenas la conocía antes del mes de julio de 1888. En 1874, año en que nació, me encontraba a punto de abandonar el hogar para establecerme por mi cuenta y dedicarme por completo a mis estudios; a decir verdad, adelanté mi partida a causa de la desagradable interrupción de las rutinas del hogar que supuso su llegada. En los años que siguieron, coincidimos de forma ocasional y con la natural repulsa que un caballero siente hacia tal desordenado y subdesarrollado espécimen de la humanidad. En el funeral de nuestro padre, ella tenía cuatro años y seguía siendo incapaz de mantener limpia la nariz. No recuerdo haber entablado una conversación razonable con ella en aquella ocasión. Pasaron diez años antes de que volviese a verla, en julio de 1888.
No fue a raíz de un acontecimiento corriente. La inesperada e inexplicable desaparición de su madre —nuestra madre— empujó a la joven Enola a emplazarnos a mi hermano, Mycroft, y a mí a venir desde Londres. El tren se detuvo en nuestro destino rural y allí estaba Enola, esperándonos en el andén con un aspecto no muy alejado del de una cría de cigüeña. Extraordinariamente alta para sus catorce años, iba ataviada con un vestido que no ocultaba sus zancas huesudas y no llevaba ni guantes ni sombrero; de hecho, el viento había convertido sus cabellos en un nido de grajos. Mycroft y yo pensamos que era una huérfana vagabunda y fuimos incapaces de reconocerla hasta que nos dirigió la palabra: «¿Señor Holmes? ¿Y, ejem, señor Holmes?».
Con menos modales que un potrillo, parecía confundida ante las preguntas de Mycroft y, a decir verdad, cuando llegamos a Ferndell Hall, nuestra casa solariega, pensé que mi hermana albergaba menos masa cerebral de lo que ya era habitual en cualquier representante del género femenino.
Una vez allí, Mycroft y yo llegamos a la conclusión de que nuestra madre no había sido secuestrada, sino que, como buena sufragista, había huido. Este hecho no nos preocupó demasiado, puesto que Madre ya había cumplido con su deber reproductivo y era, a su edad, inútil e incorregible a partes iguales. Sin embargo, y visto que se tenía que hacer algo con respecto a Enola, consideramos que quizá no fuera demasiado tarde para enmendarla. Ignorando sus ridículas protestas, adoptamos las disposiciones necesarias para ubicarla en una excelente escuela, con la esperanza de casarla al cabo de un tiempo.
Mycroft y yo regresamos a Londres con la sensación de haber cumplido con nuestro deber.
Sin embargo, nuestra hermana jamás llegó a la escuela. En el viaje, se las arregló para esfumarse.
¡Qué atrevimiento! ¡Qué ingratitud la suya!
Durante los días posteriores, yo, Sherlock Holmes, el mayor detective del mundo, dediqué todas mis habilidades a rastrear a una estúpida chiquilla fugada, que casi con toda probabilidad iba disfrazada de chico. Sin embargo, no pude encontrar ni rastro de ella. Y entonces, muy a mi pesar, el inspector Lestrade, de Scotland Yard, me hizo llegar noticias de ella.
Se hacía pasar por una viuda.
¡Una viuda! Por primera vez, me percaté de que la había subestimado. Tenía, cuando menos, un poco de cerebro, puesto que, al convertirse en viuda, ocultaba en gran medida sus rasgos faciales, añadía una década o más a su edad y desalentaba cualquier interacción social.
Sin embargo, vestía de luto, algo que se podía identificar con facilidad. Seguí su rastro por todo Londres, incapaz de creer en su temeridad al haberse aventurado hasta allí, ¡y en Scotland Yard me topé con un joven aristócrata que había sido rescatado de un secuestro por una muchacha disfrazada de viuda! Sin embargo, el chiquillo me informó de que, en aquel momento, llevaba unos quevedos sobre la nariz y tenía el aspecto de una joven trabajadora de la ciudad.
Redoblé mis esfuerzos por encontrarla y salvarla de los peligros de Londres. Desafortunadamente, no disponía de ninguna imagen suya que pudiera mostrar. Jamás había posado para una fotografía. Pero sí tenía en mi poder un cuadernillo de acertijos y claves de lo más interesante y revelador que nuestra madre le había regalado. Al descubrir que se comunicaban en secreto a través de los anuncios clasificados de la Pall Mall Gazette, envié mi propio mensaje al periódico fingiendo que era Madre y pidiéndole a Enola que se encontrara conmigo. Pero, de algún modo, me desenmascaró. Mientras estaba en el Museo Británico esperándola para abalanzarme sobre ella en cuanto apareciese, ¡se coló en mi piso y recuperó el cuadernillo! Cuando mi casera la describió como una pobre vendedora que tiritaba a causa del frío otoñal, me di cuenta de que, en realidad, ¡me había cruzado con ella al salir de casa!
Con mi preocupación por la joven Enola en aumento, empecé a temer que se hubiera convertido en una indigente. Así que centré mi búsqueda en los barrios marginales, donde una helada noche de invierno conocí a la Hermana de las calles, una monja muda envuelta en un hábito negro que ayudaba a los pobres. De hecho, incluso me dio algo de comer. Poco tiempo después, esa misma monja depositó entre mis brazos a una joven dama desmayada y me proporcionó de forma lacónica la identidad del villano culpable del ataque. Al reconocer la voz de la monja «muda», entendí, no sin gran sorpresa, que la hermana era ¡mi hermana! Intenté atraparla, pero rechazó el ataque con una daga y desapareció en las sombras de la noche. Todos los cuerpos de policía de Londres fueron incapaces de encontrarla. Cuando al amanecer, regresé derrotado a mi residencia, ¡me encontré con su hábito, tirado en medio de la habitación! ¡Qué osadía, qué sangre fría, qué desfachatez! ¡Se había escondido en mi casa mientras yo la buscaba por toda la ciudad!
Y, dicho sea de paso, para rescatar a la dama, había atacado ferozmente a un villano asesino con su daga. Aunque resultaba evidente que mi hermana, Enola, podía cuidar de sí misma a la perfección, no podíamos permitir que aquella maldita chiquilla creciera asilvestrada en las calles de Londres. Mi única opción era salvarla. Sin embargo, y pese a mis mejores intenciones y esfuerzos, el invierno dio paso a la primavera sin que tuviera la más mínima señal de ella.
Entonces, la inexplicable desaparición de mi querido amigo, el doctor Watson, acaparó toda mi atención. Aunque, al igual que mi hermano Mycroft, no comí ni dormí durante una semana entera, fuimos incapaces de dar con una pista de su paradero. De hecho, no fuimos nosotros quienes lo salvamos, sino ¡nuestra hermana! Un mensaje en el periódico nos condujo directamente al pobre Watson, que estaba retenido en un manicomio. El mensaje llevaba la firma de «E. H.», Enola Holmes.
Me sentí bastante humillado; no tenía ni idea de cómo había conseguido aquella proeza.
Tampoco tenía ni idea de dónde vivía en Londres ni de cuál era su forma de sustento. Aunque seguro que recordaréis a la dama desmayada que, en una ocasión, depositó entre mis brazos. Poco después del regreso de Watson, esa misma dama fue víctima de un secuestro cuyo fin era un matrimonio forzoso, y me contrataron para rescatarla. Aquello supuso una furtiva visita nocturna a la mansión en la que, según creía, la tenían retenida. Completamente vestido de negro y con el rostro cubierto de sombras, entré con sigilo en el jardín trasero y… ¡acabé cayéndome por un precipicio! Al llegar al fondo de lo que resultó ser una zanja bastante honda, me lastimé gravemente el tobillo.
Y también el orgullo. Nadie espera encontrarse con un «salto de lobo» en el centro de la ciudad y, sin embargo, allí estaba yo, atrapado, incapaz siquiera de trepar hasta la superficie.
Tenía el tobillo tan inflamado que me senté sobre una piedra de lo más incómoda y saqué la navaja, con la que corté el cordón de la bota para poder quitármela. Mientras me esforzaba por lograrlo en la más completa oscuridad, no dejaba de maldecir entre dientes.
Sobre mi cabeza, oí la distintiva voz de una muchacha que se mofaba: «Vergüenza debería darte». Estoy seguro de que me quedé boquiabierto. Mi sorpresa fue tan grande que apenas pude pronunciar: «¿Enola?».
Sí, era ella, y me arrojó unas vendas y un frasco de brandi, y después trepó por un árbol imposible con una cuerda —¡con una cuerda!— entre los dientes. Una vez que la hubo amarrado, se lanzó como si fuera un mono de gran tamaño hasta alcanzar el otro lado de la zanja en la que yo permanecía atrapado.
Confiaba en que me ayudaría a salir con la cuerda, pero no; continuó en solitario, partiendo con determinación y a todo correr a liberar a la dama cautiva, y yo podría haberme quedado toda la eternidad en aquel hoyo de no ser porque el señor de la mansión ¡salió con una escopeta y empezó a dispararnos! En aquellos momentos de tensión, Enola me ayudó a salir de la zanja y juntos —yo cojeando, con el pie lastimado tan inútil que necesité apoyarme a ella—, nos alejamos. Estoy convencido de que mi hermano Mycroft jamás me perdonará ni entenderá el hecho de que, al llegar a un lugar en el que nos vimos a salvo, le permití marcharse. Pero me vi obligado por la gratitud y mi sentido del honor. Mi hermana y yo nos estrechamos la mano y, a continuación, como un poni salvaje espantado, se marchó, con su melena al viento corriendo en busca de libertad. Me sentí aliviado al comprobar que, en aquella ocasión, no llevaba pantalones, sino una falda.
Dos días más tarde, me encomendó el cuidado de la desafortunada dama después de haberla rescatado de aquel matrimonio forzoso. Tras aquello no volví a saber de ella, excepto cuando nos topamos por accidente al cabo de un mes en la casa de Florence Nightingale. Enola llevaba gafas, un sombrero de corte masculino, guantes manchados de tinta y un vestido sencillo y estricto de tono oscuro que la hacían pasar por una librepensadora, aunque, para tan anhelado mérito mío, la reconocí de inmediato. Huyó. Le di caza por las plantas superiores, pero se escabulló por una ventana, descendió por un enorme roble y, a continuación, escapó como una liebre.
Enojado y admirado a partes iguales, me dediqué al asunto por el que la señorita Nightingale me había contratado: encontrar a una mujer desaparecida que se apellidaba Tupper. Tras hacer mis averiguaciones, a la noche siguiente fui a merodear alrededor de cierta mansión disfrazado de un pobre viejo con barba gris que hurgaba en las alcantarillas en busca de algún objeto de valor. Imaginad mi asombro al reparar en una dama vestida con sencillez, pero con evidente porte aristocrático que cruzaba la calle ante mí, subía la escalinata de mármol de la mansión y llamaba a la puerta principal. ¡Era Enola! Incapaz de detener su entrada en aquel lugar peligroso, me mantuve alerta y la vigilé a través de las ventanas; a decir verdad, estaba tan preocupado por su bienestar que, al ver que la conducían escaleras arriba, trepé hasta el segundo piso. Mientras me aferraba a la enredadera y pegaba la cara contra el cristal para ver qué sucedía en el interior, ella me miró ¡y me guiñó un ojo! Estupefacto, perdí el control y por poco no caí. Como ya era su costumbre, había conseguido superarme de nuevo. Cuando la puerta principal se abrió y tuve que ocuparme de darle unos cuantos golpes de jiu-jitsu al villano, Enola aprovechó para desaparecer por la puerta trasera con, por supuesto, la señora Tupper, a la que acompañó sana y salva a la casa de la señorita Nightingale.
Al día siguiente, y después de una conversación a gritos a través de una trompetilla para el oído, deduje que la pobre, sorda y anciana señora Tupper había sido la casera de Enola y, entusiasmado, conjeturé que quizás Enola la visitaría en la residencia Nightingale. Así que me aposté, acechando su llegada, junto a un fiel compañero llamado Reginald. Aquella casa recibía docenas de visitas diarias y, esperando que mi hermana apareciera bajo su habitual aspecto común y sencillo, no presté ninguna atención a una encantadora dama ataviada con un elaborado vestido de color azul cerúleo, ¡aunque Reginald, el perro collie que había acompañado a mi hermana durante toda la vida, sí lo hizo! Al ver que ladraba y tiraba de la correa, lo solté y pude contemplar, atónito, cómo la «dama» abrazaba al perro entre risas y lágrimas, ¡sentada en el suelo! Cuando se percató de que la observaba, me dedicó una sonrisa y aceptó la mano que le tendía para ayudarla a ponerse en pie. Creo que sintió que ya no la miraba por encima del hombro ni la menospreciaba.
Y así fue nuestro reencuentro. Aunque no faltaron las complicaciones: volvió a darme esquinazo ese mismo día. Sin embargo, mantuvimos el contacto y unos pocos días después me las ingenié para que, en su disfraz más elegante y femenino, compartiera el mismo taxi que mi hermano Mycroft. Tras pasar una noche con su asombrosa hermana, ayudándola a localizar a una duquesa desaparecida en el laberinto de los muelles de Londres, Mycroft llegó a las mismas conclusiones a las que ya había llegado yo:
Enola no necesitaba protección.
Enola no necesitaba ir al internado.
Y Enola tampoco necesitaba un marido. A decir verdad, que Dios se apiade del incauto que quiera casarse con ella.
Al día siguiente, los tres celebramos el decimoquinto cumpleaños de Enola en mi casa tomando té y tarta. Gracias a una carta recibida recientemente, sabíamos por qué había huido nuestra madre: sus días estaban contados y había decidido pasar los pocos que le quedaban en libertad, lejos de los dictados de la sociedad, antes de fallecer. Enola derramó algunas lágrimas, pero también esbozó unas cuantas sonrisas: su madre se había ido para siempre, pero en aquel momento tenía a sus hermanos. Había hecho las paces con Mycroft y yo me había encariñado con ella. Todo estaba en orden.
O eso pensaba yo con una satisfacción cegadora, tan cegadora que me impedía prever que iba a meter su nariz de proporciones considerables en uno de mis casos…
1
Después de la reconciliación con mis hermanos en el verano de 1889, pasé un feliz mes de agosto con Reginald Collie en Ferndell Hall, la casa de mi infancia en la campiña. Además, tras regresar a Londres y a mi inexpugnable y espartana habitación en el Club para Mujeres Profesionales, me compré un precioso vestido nuevo de color damasco, con los hombros ligeramente abullonados y una estrecha falda con godets, que lo que hacía era realzar mi delgadez y ¡disfrazarme de mí misma! Por fin, y por mera casualidad, la figura del «reloj de arena» estaba pasando de moda, ¡justo en el preciso momento en que empezaba a prescindir de los aumentadores de busto y los reguladores de caderas que utilizaba para esconderme de Sherlock y Mycroft! Anhelaba que llegara el momento de encontrarme de nuevo con ellos bajo la apariencia de la auténtica Enola Holmes.
Sin embargo, los días se convirtieron en semanas, y las semanas, en quincenas. Agosto dejó paso a septiembre, y seguía sin noticias de ellos.
Me desanimé. Una vez más, me encontraba completamente sola, tal como parecía indicar mi destino y mi nombre, que, leído del revés y en inglés es alone, y significa precisamente eso: «sola». Quería comprar un sombrero que combinara con el vestido de color damasco, pero incluso la perspectiva de aquel placentero paseo no logró sacarme de mi inercia. Así que, en lugar de disfrutar de una soleada de tarde de compras, estaba medio deprimida en una sala del club cuando una doncella me trajo una nota en una bandeja de latón.
—El caballero dijo que esperara su respuesta, señorita.
Como ya imaginaréis, los integrantes del género masculino no tenían la entrada permitida en el Club para Mujeres Profesionales. Ningún otro caballero me había escrito antes, así que deduje que la nota procedía forzosamente de uno de mis hermanos, casi con toda probabilidad de Sherlock, puesto que Mycroft apenas salía de la órbita que constituía su alojamiento en Pall Mall, su despacho gubernamental en Whitehall y el Club Diógenes. Así que, con el corazón desbocado, tendí la mano para coger la hoja de papel común en la que estaba escrita y la desdoblé. Aunque, antes de leerla, comprobé quién la firmaba. ¡Rayos! Tan solo era el doctor Watson.
Querida señorita Enola:
Estoy convencido de que su hermano Sherlock deploraría mi osadía al escribirle esta carta, pero me siento obligado como amigo y como médico a poner en su conocimiento esta alarmante situación. Quizá no sepa que el señor Sherlock es propenso a sufrir ataques de melancolía. No dudo que, en cuanto pueda, reprobará mi intromisión. Aun así, debo suplicarle que venga para verlo, con la esperanza de que su presencia provoque cierta mejoría en su estado. A la espera de su respuesta le saluda.
Su humilde servidor,
Dr. John Watson
Mi corazón se desbocó de nuevo. ¿Sherlock en una situación alarmante? ¿Qué había querido decir Watson?
Tenía que ir a verlo de inmediato.
—Transmítale al caballero que iré enseguida —dije a la criada, recuperando la compostura.
Y salí disparada hacia mi cuarto para ponerme las botas más nuevas que tenía —había estado usando unas delicadas zapatillas de seda solo aptas para interior que habrían quedado completamente destrozadas de haber pisado la calle con ellas—, encontrar un par de guantes a juego, tratar de peinar mis cabellos imposibles en un moño para coronarlo después con un sombrero y hacerme con una sombrilla. Una dama elegante no debía salir nunca a la calle sin parasol, abanico o, al menos, un pañuelo u otro complemento bonito, y estoy segura de que, a estas alturas, ya habréis advertido que me había aficionado a aparentar ser una mujer de mundo, joven y distinguida.
De hecho, tanto era así que tuve el deseo de cambiarme de vestido, pero descarté la idea. En lugar de dejar al doctor Watson esperando en la acera soleada durante más tiempo del necesario, me convencí a mí misma de que el vestido de tafetán y punto suizo que llevaba era lo suficientemente elegante.
Cuando atravesé a toda prisa la puerta principal del Club para Mujeres Profesionales, el fiel doctor me esperaba en un cabriolé, al que me ayudó a subir entre varias frases de saludo convencionales, tras las cuales se sentó a mi lado y le ordenó al taxista que nos llevara a Baker Street.
Por descontado, en aquel momento me vi obligada a hacer las preguntas de rigor: ¿qué tal estaban el doctor Watson y su mujer? El doctor Watson me era muy simpático y esperaba que el afecto que sentía hacia él se reflejara en la calidez de mi voz. De no haberlo apreciado como lo hacía, me habría saltado sin contemplaciones y con bastante grosería aquellos preliminares, puesto que estaba ansiosa por saber qué le sucedía a mi hermano.
—¿Y Sherlock? ¿Hay algo en especial que le inquiete, doctor?
El buen doctor suspiró, y la preocupación se reflejó en sus honestos ojos castaños.
—Durante los últimos diez días, Holmes ha dedicado hasta la extenuación sus asombrosas habilidades en un caso en el que se han visto involucrados unos documentos secretos sustraídos de la Oficina del Almirantazgo, el naufragio del Princess Alice y una rara especie de araña de Malasia. Ha trabajado día y noche sin descanso, ha llevado su extraordinaria constitución hasta el límite y, ahora que ha resuelto el asunto, se ha sumido en la más profunda de las depresiones. En el momento del triunfo, de cosechar los elogios que los líderes de la nación le profesan en los pasillos y salas del Parlamento, se niega a abandonar sus aposentos y a comer, y esta mañana me he visto obligado a utilizar todo mi poder de persuasión para que saliera de la cama. —El doctor Watson, que había estado hablando todo el tiempo hacia el suelo del vehículo, alzó en aquel momento su mirada resuelta sin hacer ningún esfuerzo por ocultar la angustia que sentía—. Le ordené que se afeitara y se vistiera como primer paso hacia su recuperación, pero fue en vano. Me despachó sin pronunciar palabra. Giró la cabeza y me ignoró.
El cabriolé se detuvo frente al 221 de Baker Street.
—No subiré hasta entender cuál es mi cometido —anuncié, plantándome en la acera en cuanto el vehículo se hubo alejado traqueteando.
—¿No está usted familiarizada con la melancolía, señorita Enola?
—No del todo —respondí, esbozando una sonrisa que acabó por convertirse en una mueca—. Yo misma he sufrido alguno de esos sombríos ataques, así que supongo que es predisposición familiar. En mi caso, tengo la sensación de que su origen se encuentra en el bazo, y creo que sacar el genio, es decir, una buena rabieta, puede ser el mejor remedio. ¿Qué opina usted, señor Watson?
Watson se mostró un tanto desconcertado ante aquellas opiniones, pero respondió con firmeza.
—Cualquier cambio estimulante suscitará, con toda probabilidad, una mejora.
—En ese caso, mi querido doctor, le sugiero que regrese a sus asuntos. Creo que tendré más suerte con Sherlock si estoy sola.
La señora Hudson, la amable y sufrida casera de Sherlock, me guiñó un ojo y sonrió al abrirme la puerta de los aposentos de mi hermano.
Al entrar, me topé con una melancolía que se manifestaba en forma de penumbra. Las cortinas corridas y las lámparas apagadas hacían de la sala de estar de Sherlock un lugar oscuro y lúgubre, parecido al Leteo, cuyas sombras apenas dejaban entrever a mi hermano, o, como mínimo, a una figura larguirucha, inmóvil y sin rasgos definidos, recostada en el sofá.
—Dios mío, qué ánimos más crepusculares tenemos hoy —le reprendí al cruzar la habitación para descorrer las cortinas.
La luz del día inundó la estancia y me volví para mirar de nuevo a mi hermano. Enfundado en una bata de color gris ratón, Sherlock yacía en el sofá con las extremidades inferiores estiradas y cruzadas a la altura del tobillo; aunque llevaba zapatillas, sus tobillos desnudos y huesudos me parecieron extrañamente vulnerables. Junto a él, en el suelo, había una pila de periódicos que, sin lugar a dudas, el fiel doctor Watson había dejado allí para que se entretuviera. Sin embargo, advertí que no los había tocado. Sherlock se recostó en el brazo acolchado del sofá, posando las manos alargadas sin fuerza en el regazo. Había girado la cabeza hacia mí, pero tenía una mirada tan desenfocada que apenas parecía verme. Con un dolor agudo en el pecho, eché de menos sus ojos, siempre tan penetrantes e intensos. Estaba pálido, ojeroso y no se había afeitado.
—Mi querido hermano, ¿qué haces ahí sentado en la oscuridad? ¿Qué te ocurre? —dije con maneras solemnes y con la voluntad de irritarlo—. Al parecer, tenemos un caso claro de hermano deprimido que necesita tratamiento, ¿no es así? Bien, vamos a ponerle remedio.
Me quité los guantes, los puse a un lado junto al parasol y, a continuación, tomé un lápiz y una libreta de un papel bastante caro de su escritorio.
—Si estuvieras en un manicomio —continué, escudriñando su rostro hirsuto y asintiendo con gravedad—, te darían hidrato de cloro y eléboro negro para sacarte la bilis, aunque supongo que será mejor purgarla primero… —Empecé a garabatear sobre el bloc que tenía en el regazo, murmurando para mí misma—: láudano, belladona, antimonio…, todos ellos muy eficientes siempre y cuando no causen una muerte prematura… Estoy segura de que el doctor Watson podría recomendarnos algo. ¡O tal vez podríamos probar a sacar la hiel sudando, Sherlock! —Lo miré, no tanto buscando una reacción, sino para que él viera mis ojos resplandecientes, porque, en aquel momento, mi sentido del melodrama ya había tomado posesión de mi ser y seguro que estaba representando a la perfección el papel de una apasionada fémina decidida a ayudar al enfermo a toda costa. Regresé mi atención a la perversa lista que había confeccionado y añadí un par de elementos—: Sudor, baño turco. ¡No, mejor inmersión total en agua fría! Tónico, baño de sudor, agua helada —garabateé—, o… —Como si me hubiera atravesado un relámpago de genialidad, me enderecé—. ¡Uno de esos nuevos baños galvánicos! Seguro que has oído hablar de ellos, Sherlock. Lo introducen a uno en el agua y pasan electricidad a través de…
—Déjame en paz o seré yo quien te galvanice.
¡Oh, qué alegría! ¡Me había interrumpido!
Sonreí de oreja a oreja ante aquellos ojos tempestuosos que en aquel momento se clavaban en los míos.
—¿Sabes? También hay cinturones galvánicos. Los venden en algunas tiendas con los últimos avances. Te traeré uno para que puedas llevarlo hasta que te sientas mejor.
—¡Enola, lárgate de aquí y déjame en paz!
—¿Dejarte en paz, como si fueras un topo comiendo gusanos en la oscuridad? Ni hablar, querido hermano. Es mi misión y mi obligación cuidar de ti.
—¡Maldita sea tu misión! —Se incorporó, con las dos manos sobre el sofá como garras, y, gracias a Dios, ¡me levantó la voz!—. ¡Mujer entrometida! —gritó—. ¿Qué tengo que hacer para que…?
—¡Justo eso! —dije, sonriéndole—. La galvanización es justo lo que tienes que hacer. Y además del cinturón galvánico, podría también comprarte unas cataplasmas de mostaza. He oído que para la melancolía, un buen antirritante…
—¡Tú ya eres bastante irritante! ¿Te importaría marcharte?
—No hasta que no te vea vestido y sentado a la mesa para comer, querido hermano —dije con mi tono más amable.
Sherlock me dio la espalda.
—No.
—Sherlock…
—No —dijo, en tono monótono y hundiéndose de nuevo en el sofá—. No. Ve a meter tu nariz, cabeza, sombrero y todo lo demás en el Támesis, Enola. Déjame en paz por favor.
—Sherlock… —lo reprendí, con una actitud más persuasiva que molesta.
Pero no respondió. Me acerqué a él y vi que había cerrado los ojos, probablemente con la intención de ignorarme a partir de aquel momento.
Suspirando, volví a mi silla. Aunque estaba decidida a no darme por vencida, no tenía ni idea de cuál podía ser el siguiente paso. Había disparado mi último cartucho y no me quedaban más. «Excepto mi presencia obstinada», supuse.
Así que me quedé allí, sentada.
Las horas transcurrieron en silencio, mientras trataba sin éxito de pensar en qué decir o hacer a continuación. Sherlock permaneció acostado, tenso e inmóvil, pero sin dormir; apenas parecía respirar, y el tictac del reloj sobre la repisa de la chimenea se oía más que él, al igual que lo hacía el traqueteo del tráfico sobre los adoquines de Baker Street. Al cabo de un rato, oí que alguien llamaba a la puerta principal y que la señora Hudson se dirigía a abrir con sus andares de mujer mayor, pero no le di mayor importancia…, hasta que, unos momentos después, oí a la señora Hudson de nuevo, ¡subiendo las escaleras! Como era su costumbre, llamó a la puerta con un par de golpes secos, entró y dijo, dirigiéndose hacia la forma inmóvil sobre el sofá:
—Señor Holmes, una joven quiere que la reciba. Está pálida, tiembla como una hoja y no acepta un no como respuesta. Ya sé cuáles son sus órdenes, señor Holmes, pero… —Su voz se detuvo de forma entrecortada al ver que él abría los ojos y la fulminaba con una mirada, tan afilada como una daga, que era una respuesta tan clara como como si fueran palabras—. Pero no puedo ponerla de patitas en la calle… —suplicó la señora Hudson con innegable angustia.
Me levanté y caminé hacia ella.
—No se preocupe, señora Hudson —la tranquilicé, cogiendo la tarjeta que había en la bandeja—. Haga subir a la joven dama. Dígale que la hermana del señor Holmes y su socio estarán encantados de ayudarla.