Patricia Mora
ilustraciones de Laura García
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Ana se limpió la frente con el dorso de la mano. No sabía a cuántos grados estaban, pero nunca había pasa-do tanto calor. Llevaba su usual maraña de pelo castaño recogido, pantalones cortos y una camiseta de tirantes y, sin embargo, no paraba de sudar.
También era posible que llevar una hora en el jardín con el rastrillo inten-tando tapar to-dos los agujeros que Jack había hecho no hubie-
Capítulo 1
El día más caluroso
Capítulo 1 El día más caluroso
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ra sido la mejor de las ideas con aquel calor, pero, si no, ¿qué iba a hacer? Se suponía que ella era la responsable de que Jack se portara bien, pero el día anterior estaban disfrutando tanto los dos con la manguera que había dejado que su perro hiciera lo que quisiera.
Ana vislumbró una cabeza con unos rizos como los suyos acercándose al jardín. Se apresuró a tirar el rastrillo y se sentó sobre el último agujero que quedaba sin tapar.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó su madre.
Ana esbozó la mejor de sus sonrisas.
—N-nada.
Su madre frunció el ceño mientras escrutaba el jar-dín con la mirada. No pareció ver nada extraño, porque se dio la vuelta y se encaminó hacia la casa. Ana se le-van-tó enseguida para terminar de tapar el agujero, pero su madre se dio la vuelta un mo-mento y ella no tuvo más reme-dio que tirarse a toda velocidad sobre el agujero y acariciar a Jack como si tal cosa.
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Su madre dudó si indagar más sobre el extraño compor-tamiento de su hija, pero por fin dijo:
—Vas a llegar tarde a casa de la señora Robinson.
Ana asintió diligentemente, mientras Jack corría en círculos a su alrededor con la simple mención de su vecina, la señora Robinson. En cuanto su madre desa-pareció dentro de la casa, se levantó de un salto y tapó el agujero con las manos. Luego le dirigió una mirada a Jack:
—¡Casi nos pillan! Más te vale dejar de hacer agu-jeros.
Jack se sentó y agitó la cola como respuesta, así que Ana aprovechó y le enganchó la correa. Ya estaban listos para el paseo. Bueno, tenía las manos y la ropa llenas de tierra, pero sus perritos la esperaban y ¡ella era una pa-seadora profesional y puntual!
Cuando llegaron, la señora Robinson no estaba en el porche como era costumbre y Jack empezó a tirar de la correa, impaciente. Los dos se adentraron en casa de su anciana amiga. ¿Le habría pasado algo?
—¡Señora Robinson!
No obtuvo respuesta humana, pero la pequeña Loli-ta, con su cabecita redonda y blanca, se asomó tímida-mente.
—¿Dónde está la señora Robinson, Lolita?
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La caniche emi-tió un ladrido es-tridente y los guio hacia el salón lleno de plantas que ha-bía al fondo del pasillo. Y allí estaba la señora Robinson, en me-dio de la sala, dentro de una piscina hinchable para niños, abanicándose sin parar.
—Ay, Ana, menos mal que has venido —exclamó cuando vio a la chica con los brazos en jarras en el mar-co de la puerta—. Yo no me atrevo a salir con el calor que hace, así que Lolita está encantada de que vengas. ¿Qué te parece mi piscina cubierta?
Ana revisó la minipiscina peligrosamente llena, casi a punto de rebosar, que la señora Robinson había colo-cado delante de la tele. Era de color amarillo y tenía fi-guritas hinchables de patos y cisnes. Estaba claro que, además, Lolita también se había dado un baño, porque se veían pequeñas huellas de agua por el suelo. Ana son-rió de oreja a oreja.
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—¡Me parece la mejor de las ideas! Ojalá mi madre me dejara hacer lo mismo.
—Bueno, tú y tus amigas estáis invitadas siempre que queráis, ya lo sabes —dijo la señora Robinson abanicán-dose con fuerza con el abanico rojo que tenía en la mano—. ¡Acuérdate de llevarte un par de botellas de agua para el paseo!
Ana metió dos botellas de agua congelada en la mo-chila, enganchó a Lolita en su perricinturón y fue en busca de los demás perros.
Cuando llegó a casa de los señores Collins, Rosie ya estaba allí con su grandullón amigo Hamlet y la mastina Dana, que saltó al verla llegar. Se repartieron a los pe-rros por tamaño y fueron en dirección al parque, donde las esperaban Violet y Ruby con el resto de los perros: Lily, Rose, Paul y Maxi.
Ya hacía unos meses que Ana y sus amigas se habían repartido el tra-bajo en el club de las paseado-ras: cada una recogía a uno de los perros que tenían a su car-go y, junto a los suyos, les da-ban un paseo y jugaban con ellos en el parque. Ana estaba encantada con el club y cami-
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naba con una sonrisa de oreja a oreja. Todo era perfecto, excepto el horrible calor que hacía, claro.
Al llegar al parque, Ana soltó a Jack y a Dana, que inmediatamente salieron a correr hacia los árboles para jugar con los demás bajo la sombra. Sus amigas se habían sentado bajo un alto arce y el enorme Maxi estaba a los pies de Violet, moviendo la cola, mientras esta lo acariciaba casi sin pensar y hablaba de las vaca-ciones.
—Mis padres aún están decidiendo cómo ir. —Hizo una pausa para limpiarse el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Yo quiero ir en avión, pero a mi hermana le da miedo.
—Qué suerte —intervino Rosie, apurando lo que le quedaba de agua en su cantimplora—. Nosotros lleva-mos dos años yendo al mismo sitio…
—¡No te quejes! Al menos no estarás aquí para sufrir este horrible calor —dijo Ru-by, que no paraba de moverse los rizos de un lado a otro en un intento fallido de que no le dieran calor.
—¿Y cuándo os vais? —pre-guntó Ana.
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—La primera quincena de agosto —respondieron to-das a la vez.
Ana se quedó con la boca abierta y los ojos como platos. ¡¿Todas sus amigas se iban a la vez?! ¿Qué iba a hacer ella sola todos esos días? Ni siquiera tendría que cuidar a los perros, porque sus dueños también se irían de vacaciones. ¡Un agosto caluroso! ¡Ella sola! ¡Y sin perritos! Ni tan siquiera todos los juegos de mesa de su pa-dre podrían salvarla del más mortal de los aburrimien-tos veraniegos.
—Eh, chicas —Violet interrumpió sus pensamientos fatalistas—, creo que a Maxi le pasa algo.
Todas se volvieron corriendo para observar al gigan-tón del grupo. Seguía tumbado a los pies de Violet, pero apenas se movía; solo respiraba cada vez más deprisa y tenía la lengua pegada al suelo.
—Puede que esté cansado —dijo Rose dubitativa.
—¿De qué? —soltó Violet algo nerviosa—. Ha venido desde su casa casi arrastrándose. ¡Y vive aquí mismo!
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La preocupación se reflejó en el rostro de sus amigas. Ruby se acercó a Maxi con paciencia y le puso la mano en la frente con delicadeza.
—Está ardiendo —murmuró.
—¿Tendrá fiebre? —preguntó Ana tocándolo también.
Era cierto. Su querido grandullón tenía todo el cuer-po como si estuviera a pleno sol, pero no se había mo-vido de la sombra en ningún momento.
—Es posible que le vaya a dar un golpe de calor —con-cluyó Ruby rascándose la frente con preocupación.
Se pusieron en pie rápidamente. Rosie se hizo un moño.
—¿Qué podemos hacer?
—Yo leí una vez que masajear las patitas siempre iba bien —respondió Violet.
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—Id a las fuentes y traed las cantimploras llenas de agua —ordenó Ana—. ¡Tenemos que bajarle la tempera-tura antes de que le dé el golpe de calor!
Ana se metió los dedos en la boca y silbó a los perros, que vinieron corriendo a su llamada. Ellos también se dieron cuenta de que a Maxi le pasaba algo, y Lily perma-neció junto a su amigo, dándole lametones para animarlo.
Violet se quedó con Maxi y Lily mientras las demás iban a las distintas fuentes que había por el parque para llenar las cantimploras. Ana llegó corriendo con Jack y Paul, el galgo de la señora Tucker, que derrapó junto a la fuente de piedra de la velocidad a la que iba. Los dos perritos se in-clinaron para beber en el abrevadero, pero por mucho que Ana giró los grifos, de allí no salió ni una gota de agua.
—Lo siento, chicos, espero que Ruby y Rosie hayan tenido más suerte —les dijo, y ellos ladearon la cabeza al unísono como respuesta.
Por desgracia, cuando volvió donde estaba Violet, es-cuchó con horror que ninguna de las fuentes funcionaba.
—Pero ¿cómo es posible? ¡En pleno verano! —es-talló Rosie con su moño de pelo negro totalmente al-borotado.
—Voy a ir en busca del señor Carter —sentenció Ruby y, sin esperar respuesta de sus amigas, echó a correr con su pastora alemana, Rose, pisándole los talones.
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Violet se había arrodillado junto a Maxi y no paraba de acariciarlo en un intento de que dejara de respirar tan rápido. Y, entonces, Ana se acordó. Abrió la mochila y sacó las dos botellas de agua congelada que le había dado la señora Robinson, que, para entonces, estaban más que derretidas.
Mientras sus amigas la miraban sin poder creérselo, Ana le echó agua fresca a Maxi por encima de la cabeza y el lomo. El perro abrió los ojos y la miró de reojo.
—¿Estás mejor así? ¿Más fresquito? —le susurró Vio-let al grandullón de pelo largo y, ahora, mojado.
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Por toda respuesta, Maxi empezó a mover la cola débilmente.
—¡Sí! —gritó Rosie de la emoción.
Entre las tres vaciaron lo poco que contenían sus cantimploras y la botella de agua fría sobre Maxi. Al cabo de unos minutos, lograron que este se incorporara un poco. Violet se puso de rodillas y empezó a masajear-le las patotas peludas con movimientos rápidos pero delicados. Parecía que al terranova le estaba sentando bien todo aquello, porque empezó a respirar más lento y a mover la cola. Rosie sacó su cuaderno de dibujo, arrancó varias hojas y todas se pusieron a abanicarlo. El resto de los perros no estaban seguros de qué estaba pasando, pero todos se pusieron cerca para beneficiarse de esa corriente de aire extra. Jack incluso pe-gaba mordiscos al aire para intentar cazar la corriente.
Fue entonces, en plena danza del viento, cuando vie-ron llegar al señor Carter y a Ruby a toda velocidad. Bueno, a
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toda la velocidad que permite un carrito de golf destar-talado, que no debía de ser mucha, porque Rose iba co-rriendo a su lado sin apenas esfuerzo.
Sorprendentemente para su edad, el señor Carter se bajó de un salto bastante ágil cuando llegó junto a Maxi, que lo recibió poniéndose en pie y sacudiéndose toda el agua que le habían echado por encima.
—Ay, mi Maxi, ¿qué te ha pasado? —le dijo dándole un abrazo a su mejor amigo peludo.
—Lo sentimos mucho, señor Carter, no tuvimos en cuenta lo mucho que podría afectarle el calor —respon-dió Ana—. Creíamos que le iba a dar un golpe de calor, pero ya se está recuperando un poco.
—No te preocupes, hija, ha sido culpa mía —replicó con su sonrisa amable, que hacía que le desaparecieran los ojos tras dos finas rendijas—. No tendría que haber-lo dejado salir hoy. Además, parece que habéis cuidado muy bien de él.
—¡Gracias a la señora Robinson y a sus botellas de agua congelada! —exclamó Ana, contenta de haber re-cordado que las tenía.
—Bueno, yo os traigo otro regalo —afirmó el señor Car-ter. Y dicho eso, fue al maletero del carrito de golf y repar-tió botellas entre las niñas. Al ver sus caras de desconcier-to, añadió—: No vais a dejar a los demás sin refrescar, ¿no?
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Las niñas se miraron con picardía y, acto seguido, empezaron a esparcir el agua por los aires, haciendo que los perros se volvieran locos cazando agua y remoján-dose sin parar.
Cuando todos estuvieron empapados, pero, sin duda, más frescos, el señor Carter se llevó a Maxi en el carrito de golf. A Ana se le ocurrió una idea.
—Deberíamos quejarnos de la falta de fuentes.
—¿A quién? —preguntó Ruby.
—No sé —admitió Ana—. Supongo que al ayunta-miento, ¿no?
—¡Sí, claro! —soltó Rosie—. Como si fueran a hacer caso a cuatro niñas con ocho perros.
—Sí nos harán caso —respondió Violet con una son-risa misteriosa.
—¿Por qué lo dices? —quiso saber Ana.
—Porque la alcaldesa es mi madre.
—¡Pero si conocimos a tu madre! —exclamó Ana, sor-prendida—. ¿Por qué no nos dijiste que era la alcaldesa del pueblo?
—Porque no preguntasteis —respondió Violet como si fuera lo más normal del mundo—. ¿Queréis ir ahora al ayuntamiento?
—¡Por supuesto! —gritaron todas.
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El ayuntamiento estaba en la plaza del pueblo. Era un edificio antiguo, de piedra grisácea y puertas de made-ra maciza. En la entrada se veía un vaivén de personas que no cesaba ni un momento. Parecía que todos esta-ban muy ocupados.
—¿Dónde está el despacho de tu madre? —preguntó Ruby.
—Pues no tengo ni idea —contestó Violet con una risilla. Sus amigas la miraron fijamente—. ¡Es que solo lleva un año en el cargo! Solo he ido a su despacho una vez y no me acuerdo de dónde está.
—Entonces, ¿qué hacemos? —inquirió Ana.
—Pues lo que se ha hecho toda la vida —dijo ella alegremente—. Entrar por la puerta y preguntar.
Las chicas estaban tan acostumbradas a ir a todas partes con los perros, que no se daban cuenta de que no podían entrar con ellos en algunos si-tios, como en el ayun-tamiento, por ejemplo.
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Sin embargo, ellas entraron tan panchas por la puerta con siete perros a su alrededor.
Las chicas se dieron cuenta de las miradas y los de-dos acusadores de la gente que las rodeaba, pero Violet iba tan decidida a Dios sabe dónde que la siguieron fingiendo que no oían ningún comentario. Habrían se-guido así, pero el grito de la mujer de seguridad las hizo detenerse en seco.
—Pero ¡¿cómo entráis en el ayuntamiento con una jauría de perros?!
—Lo siento, estábamos buscando a la alcaldesa —dijo Rosie con su mejor cara de niña buena. No funcionó.
—Sí, hombre —reaccionó la mujer—. Y yo quiero que el presidente me haga una visita, pero aquí estamos. ¡Salid de aquí ahora mismo!
—No vamos a tardar nada, de verdad —intentó justifi-carse Violet—, pero es im-portante que la alcaldesa escuche lo que tenemos que decirle.
—¡He dicho que salgáis ahora mismo!
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Las chicas agacharon la cabeza, dispuestas a irse para casa, pero, justo en ese instante, una cabeza rubia se asomó desde el piso de arriba.
—¿Violet? ¿Qué está pasando ahí abajo?
—¡Mamá! —respondió ella contenta—. Queríamos subir a verte un momento, pero la señora de seguridad no nos deja pasar con los perros.
—Rita, no se preocupe —le dijo amablemente a la mujer—, es mi hija y sus amigas. No tienen con quién dejar a los perritos. Déjelas pasar, por favor.
La tal Rita resopló con todas sus fuerzas, pero las dejó pasar.
—Primera planta, despacho central —murmuró.
—¡Gracias, Rita! —le gritaron las chicas mientras su-bían las escaleras en tropel.
Cuando llegaron al piso de arriba, no tuvieron duda de cuál debía ser el despacho de la alcaldesa. Solo una de las estancias tenía doble puerta, flores y decoraciones en la puerta, así que tenía que ser esa.
La madre de Violet estaba detrás del enorme escrito-rio de su despacho. Como era muy bajita, había subido la silla todo lo que había podido, pero los pies le colga-ban y no le llegaban al suelo. Y la mesa era tan grande que no alcanzaba la mitad de las cosas que tenía encima.
—¿En qué os puedo ayudar? —dijo diligentemente.