«¿Cuánto tiempo más voy a tener que soportar esto?».
No dejaba de repetirme esa pregunta aquella noche, mientras Gwendoline Finn, la mejor amiga de mi madre, me examinaba de pies a cabeza. Con menosprecio, desvió la mirada de mi pelo negro recogido en una cola de caballo a mi vestido Louis Vuitton hasta llegar a mis zapatos, unos viejos Jimmy Choo de la colección de la primavera pasada.
Arrugó la nariz, lo que en su petrificada cara de bótox pareció un ligero espasmo. Pero he vivido desde pequeña en este mundo y con el tiempo he aprendido a leer las caras inmóviles de la alta sociedad.
—He oído que no va a ir a Yale —dijo la señora Finn.
Su tono de voz era exageradamente amable y a la vez distante, como si no me conociera desde mi nacimiento. Me había visto hacerme pis encima cuando era bebé y atiborrarme de bizcocho cuando era niña.
—Ha oído bien —respondí.
Me sentía como Sam Winchester en la serie Sobrenatural, condenado a ver morir a su hermano una y otra vez de formas diferentes. Mi maldición de esa noche, en cambio, era mantener una y otra vez la misma conversación. Variaba la elección de palabras, pero todas terminaban de la misma manera: sin comprensión y con desprecio.
—Entonces, ¿de verdad va a asistir a la universidad local?
Miré impaciente hacia una de las puertas de salida antes de asentir con la cabeza.
La señora Finn se quedó mirándome perpleja y con un aire de repugnancia, como si temiera que fuese a pillar una enfermedad contagiosa en la MFC, la Universidad de Mayfield.
Estuve a punto de decirle que la MFC gozaba de muy buena reputación, pero de todos modos no lo hubiera comprendido. Era de suponer que todo lo que no fuera Yale, Brown, Dartmouth, Harvard o Princeton no estaba a la altura para esa gente; tan solo un semestre en Europa sería aceptable.
—Pero sí sigue pensando estudiar Derecho, ¿no?
—Por supuesto —respondí con una risa falsa e intenté no pensar en lo mucho que odiaría el próximo curso.
Lo cierto era que no me interesaban ni la política ni las leyes ni nuestro Estado de derecho. Aunque la abogacía en teoría proporcionaba justicia al mundo (lo que era una bonita idea), en la práctica significaba hacer a las personas ricas cada vez más ricas y a las pobres cada vez más pobres, al menos según mis observaciones de los últimos años.
—Seguro que sus padres se alegran —comentó la señora Finn, pero lo que en realidad quería decir era: «Al menos no manchas el nombre de tu familia estudiando Bellas Artes»—. ¿Y su hermano? Está viajando por Europa, ¿no?
—Sí —contesté aburrida.
¡Cuánto me sacaba de quicio esa mujer con preguntas cuya respuesta ya conocía! Bueno, al menos sabía las mentiras que mis padres habían divulgado. La verdad era demasiado vergonzosa desde su punto de vista para hacerla pública. Pero precisamente era de ellos de quienes debía sentirse vergüenza.
—Mi hijo mayor, Carter, ha pasado unos meses en Italia. Una experiencia maravillosa.
La señora Finn levantó una mano para llamar a una camarera y la joven, vestida con unos pantalones negros, una camisa blanca y unos tirantes oscuros, cruzó enseguida la sala. Llevaba el pelo recogido hacia atrás y, aunque sonreía, su mirada era ausente. Tenía tantas ganas de estar allí como yo. No obstante, le ofreció a la señora Finn su bandeja sin vacilar, para que pudiese dejar la copa de champán vacía y coger otra llena.
—¿Quedan más bocaditos de langosta?
—Voy a mirar en la cocina. —La camarera también me ofreció a mí la bandeja.
La rechacé negando con la cabeza, aunque un poco de alcohol habría hecho más soportable aquella noche. Pero cuando una es la hija de dos abogados no es muy aconsejable infringir la ley respecto al consumo de bebidas alcohólicas, sobre todo en presencia de clientes que les confían sumas millonarias.
—¡Ah, Michaella, estás aquí!
La voz de mi madre, que venía corriendo directamente hacia nosotras, nos hizo alzar la mirada a la señora Finn y a mí. Llevaba un traje de chaqueta oscuro, con una falda plisada, y sus zapatos de tacón alto repiqueteaban en el suelo de mármol pulido. A diferencia de muchas de sus amigas, mi madre todavía no se había inyectado bótox en la cara, pero varias capas de maquillaje le tapaban las arrugas y le cubrían las pecas que yo también lucía en la nariz.
—Llevo mucho rato buscándote para presentarte a alguien. ¿Ya conoces a Marshall Millington? —Señaló de manera significativa al joven al que llevaba a remolque.
El chico debía de tener mi edad, dieciocho o diecinueve años, pero su traje gris era idéntico al que vestía esa noche mi padre.
—Me alegro de conocerte por fin —dijo Marshall, y me tendió la mano. Tenía una sonrisa mona.
Yo le estreché la mano.
—Marshall Millington. Bonita aliteración. ¿Eres un superhéroe?
—¿Perdón?
—Bueno, como Peter Parker o Wade Wilson —le aclaré.
—¿Quién es esa gente? —preguntó sin comprender.
En busca de ayuda, miró a mi madre, que me lanzó una mirada admonitoria y negó con la cabeza casi imperceptiblemente. Una señorita no tenía que hablar de superhéroes ni de cómics. Eso quedaba reservado para la infancia, y en especial para chicos, al menos en la Edad Media en la que vivían mis padres.
—¿Spiderman? ¿Deadpool? ¿O Hulk? Bruce Banner.
La confusión en la mirada de Marshall había aumentado aún más. ¿Cómo podía esa gente ser supuestamente tan sofisticada y al mismo tiempo estar tan fuera de onda? Si hubiera iniciado una conversación sobre Wall Street, seguro que Marshall podría haber estado una hora hablando de acciones, cotizaciones y el mercado mundial.
—No te preocupes —dijo mi madre, acudiendo en su ayuda—. A mí tampoco me dicen nada esos nombres. Michaella siempre ha tenido un gusto muy especial. Tremendamente encantador.
Le dio unas palmaditas en el hombro a Marshall y las pulseras de oro que llevaba en la muñeca tintinearon al chocar unas contra otras.
—¿Señora Finn? —La camarera estaba de vuelta. Había cambiado la bandeja de copas de champán por una de bocaditos.
La señora Finn, mi madre y Marshall cogieron un platito de porcelana cada uno y se sirvieron los aperitivos.
—¿No quieres comer nada? —me preguntó mi madre.
—No, gracias, no tengo hambre —mentí.
La verdad era que estaba muerta de hambre, pero no quería volver a explicar por qué la langosta y el caviar no entraban en mi alimentación vegetariana, así que ahorré saliva.
Con fingido interés, escuché a Marshall hablar de sus prácticas en un periódico y la entrevista que le había hecho a Donald Trump Jr. Naturalmente, era republicano, ¿qué si no? Me quedé hasta que llevó la conversación a nuestro presidente y ya no aguanté ni un segundo más. Con la excusa de ir al servicio, hui antes de que pudieran dirigirse a mí más clientes y socios de mis padres.
Atravesé el salón de techos altos, con el tresillo oscuro y la gigantesca ventana salediza que daba al jardín, y en vez de ir al cuarto de baño me refugié en la cocina. Detrás de mí, el vocerío y las carcajadas bajaron de volumen, y yo respiré profundamente por primera vez en dos horas, aliviada.
Aunque mis padres nunca estaban en la cocina, era tan grande como un apartamento de una habitación y estaba provista de un horno profesional como el que querría todo cocinero en su restaurante de cinco estrellas. Pero ahí, por supuesto, solo cocinaba Rita, nuestra asistenta. Ni siquiera los canapés que repartía el personal de catering se habían preparado ahí. Por todas partes había fiambreras y bandejas cubiertas con film transparente.
Abrí la nevera, una monstruosidad de acero con dos puertas y espacio suficiente para guardar alimentos para una familia de diez miembros. Sin embargo, reinaba dentro un vacío absoluto, a excepción de unos batidos y más entremeses. Después de cerrar de nuevo la nevera, me quité los Jimmy Choo y me subí al aparador, lo que resultó un desafío total para el vestido de corte estrecho. Como mis padres no permitían nada de azúcar industrial en casa, Rita me escondía siempre al fondo de uno de los armarios un par de chocolatinas. Pero mi almacén estaba vacío.
—Estupendo —mascullé molesta, y allí estaba, subida al aparador, cuando la puerta se abrió detrás de mí.
Me sobresalté y tuve que agarrarme al armario de la cocina para no caerme. «Mierda». Me di la vuelta despacio esperando que mi madre me hubiera seguido. Desde un incidente ocurrido hacía dos años no me quitaba el ojo de encima en fiestas como aquella. Pero no era mi madre la que había entrado en la cocina, sino un camarero.
Lo había pillado por sorpresa y me miraba con los ojos muy abiertos. Al intentar bajar del aparador se me subió el vestido, de modo que mi ropa interior roja de encaje quedó a la vista y el camarero se quedó contemplándome sin pestañear, descaradamente.
Arqueé una ceja de modo desafiante.
—¿Disfrutas del panorama?
Alzó la mirada de mi trasero a mi cara. Se encogió de hombros, indiferente.
—Hubiera preferido de color negro, para serte sincero, pero el rojo no está mal.
Su grosera respuesta me dejó totalmente desconcertada. La mayoría de las personas que trabajaban para mis padres me tenían en palmitas. O porque me consideraban una ingenua tontaina o porque temían que la mocosa malcriada pudiera echarlos. Por ese motivo, en mi presencia prácticamente solo decían lo que ellos pensaban que yo quería oír.
Salté del aparador, me bajé el vestido hasta los muslos y examiné con más detalle al camarero. Estaba segura de que no me había importunado ese día ofreciéndome champán. Me habría acordado de sus facciones angulosas y los labios carnosos, que ahora sonreían de medio lado. Y aunque la nariz puntiaguda era un poco grande para su cara, no cambiaba el hecho de que era, con diferencia, el hombre más atractivo de la noche. Llevaba un poco largo aquel pelo castaño que recordaba al caramelo oscuro, como si se le hubiera olvidado la última cita con el peluquero, y se lo peinaba hacia atrás de una manera descuidada que a mi madre no le habría gustado.
—El negro es aburrido —repuse finalmente.
—El negro es elegante.
—¿Llevas ropa interior negra?
Incliné la cabeza e intenté desde lejos distinguir el color de sus ojos, lo que bajo la luz artificial de los focos era casi imposible. Pero estaba segura de que eran azules o verdes, y no castaños, como los míos.
Por la expresión del camarero, debió de hacerle gracia y le aparecieron unos hoyuelos en las mejillas bien afeitadas. Con toda tranquilidad dejó la bandeja vacía, como si viera todos los días a mujeres desnudas en la cocina.
—¿Quién dice que llevo ropa interior?
—Está claro que estás aquí para servir comida, ¿no?
—Pero eso lo hago con las manos y no con la… —Se calló, apretó los labios para contener la palabra que claramente tenía en la punta de la lengua y se aclaró la garganta—. Y por cierto, ¿qué haces aquí? ¿Buscas algo? —Señaló el armario abierto.
—Comida.
—De eso tenemos un montón.
Resoplé.
—Eso ya lo veo, pero ¿tenéis algo sin caviar, langosta u otros animales muertos?
—Me temo que no.
—Maldita sea.
Con un gemido, me apoyé en el aparador y me llevé las manos al torso como si así pudiera evitar que me rugiera el estómago. ¿Por qué no había parado en Whole Foods de camino a casa?
—A lo mejor puedo ayudarte.
El camarero se acercó hasta que pude ver que tenía los ojos verdes. No tan claros como los brotes de primavera, sino oscuros como las hojas justo antes de volverse marrones y caer de los árboles. En vez de quedarse delante de mí, pasó por mi lado hacia la despensa, donde normalmente solo se almacenaban conservas y alimentos secos. Pero ese día había dentro amontonados varios bolsos y chaquetas. El chico se puso de rodillas y revolvió en la montaña de tela. No pude ver lo que buscaba hasta que se incorporó y se acercó a mí con un sándwich. Me lo ofreció sin mediar palabra.
No vacilé.
—Gracias, te debo una.
—Acepto con gusto una propina.
—Pues la tendrás.
Le quité el film transparente al sándwich y, después de asegurarme de que no había carne de ningún tipo, le di un mordisco voraz y suspiré con fuerza. Estaba riquísimo, y no solo porque estuviese muerta de hambre. El pan estaba esponjoso, como recién horneado, y en vez de llevar solo una loncha de queso y mayonesa encima había lechuga, pepinillo y tomate, todo aderezado con un poco de mostaza y algo dulce que no supe clasificar.
El camarero me observaba. Lenta pero a la vez insistentemente paseó la mirada por mi cuerpo, como si no solo quisiera ver el exterior, sino también la personalidad que se escondía debajo. Aquella noche, muchos hombres me habían pegado un repaso con la mirada, pero su curiosidad me había dejado indiferente. En cambio, ahora se me aceleraba el corazón.
—¿Cómo te llamas? —pregunté con la boca llena—. En mi cabeza me he referido a ti todo el rato como «el camarero».
—Me han llamado cosas peores. —La respuesta le salió como si nada, pero vi algo oscuro en sus ojos que no pegaba en absoluto con su tono de voz.
Esperé, confusa, a que se presentara, pero no habló más.
—Dímelo —le insté.
No sé por qué era tan importante para mí saber cómo se llamaba, pues lo más seguro era que no volviéramos a vernos. Aquellas empresas de catering cambiaban continuamente de personal. Los estudiantes iban y venían, según les convenía durante el curso. No obstante, yo no sabía si era estudiante o no. Era un poco mayor, de unos veintialgo, aunque tal vez estudiara una carrera muy exigente como Medicina o estuviera haciendo el doctorado en otra especialidad.
—Julian —contestó finalmente.
Y eso fue todo: Julian. Ni título, ni segundo nombre, ni apellido para distinguirse y para que yo supiera cuánto dinero tenía su familia.
Sonreí y me subí al aparador. Los pies quedaron balanceándose en el aire.
—Yo soy Micah.
—Ya sé quién eres. Michaella Rosalie Owens.
—No sé por qué suena terrorífico al decirlo así. Como si fueras un acosador.
—No soy un acosador. Solo un camarero con buen oído. La gente habla de ti.
—¿Y qué dicen?
—Esto y lo otro. Sobre todo especulan acerca de por qué no vas a ir a Yale. Suponen que estás embarazada, como le pasó a la pequeña Lilly Sullivan. Probablemente el padre sea el hijo de vuestra asistenta, con el que tuviste una aventura.
Julian negó con la cabeza, como si lo hubiera decepcionado.
Puse los ojos en blanco y le di un bocado al sándwich, como si pudiera tragarme mis emociones con el pan. Para esa gente era como si el mundo se desmoronase solo porque yo había decidido no asistir a una universidad de la Ivy League. Pero ¿cómo iba a ir con toda tranquilidad a Yale sin saber qué le había ocurrido a Adrian? Pues igual que yo no estaba embarazada, él no había ido a Europa, sino que mis padres lo habían echado después de sorprenderlo en la cama con otro chico hacía un mes. La homosexualidad no encajaba con la ideología convencional de nuestros padres y sus socios, pese a que ninguno de sus clientes había osado jamás expresar nada abiertamente en contra de la orientación sexual de Adrian. Nadie quería quedar como un ignorante. Pero con el tiempo la mayoría habría encontrado excusas para distanciarse del bufete de mis padres. Por miedo a que ciertos rumores mancharan el nombre de su familia.
Desde entonces no había vuelto a ver a Adrian. Tan solo una vez había entrado a hurtadillas en la casa por la noche para recoger un par de cosas y dejar sus llaves. La primera semana tras el «incidente», no había hablado ni una palabra con mis padres y había dedicado todas mis energías a buscar a mi hermano mellizo. Sin éxito. No estaba por ninguna parte. Ni con sus amigos. Ni en su cafetería preferida. Ni tampoco en el Museo de Arquitectura Moderna, que consideraba su oasis particular. Dondequiera que estuviese, no quería que lo encontraran. Ni siquiera yo. Pero no podía haber ido muy lejos, porque nuestros padres le habían cerrado todas sus cuentas. Debía de estar cerca, y ese era el motivo por el que no iba a dejar Mayfield para irme a Yale. Adrian había anulado su matrícula, aunque siempre había soñado con ir a una universidad de élite, incluso más que yo. Jamás habría seguido su sueño sin él, no podría haberlo dejado en la estacada. Quería estar ahí cuando decidiese volver y no a cinco mil kilómetros de distancia. Necesitaba al menos mi apoyo, ya que no recibía el de nuestros padres.
Nunca entendería qué los había llevado a echar a Adrian, y una parte de mí nunca se lo perdonaría, pero dentro de lo que cabía no eran malas personas. Siempre nos habían dado todo lo que necesitábamos: ropa, comida, un techo sobre la cabeza y amor. Aunque trabajaban mucho, al menos una vez a la semana se tomaban tiempo para pasar una noche con nosotros. Hasta hace un mes. Esperaba de corazón que todo volviera a ser como antes y que nuestros padres llegaran algún día a aceptar a Adrian tal y como era. Ya me tenían a mí para ser todo lo que ellos querían que fuera: estudiante de Derecho, abogada, socia del bufete y heredera.
—¿No te gusta el sándwich?
La voz de Julian me sacó de mis pensamientos. Parpadeé.
—Sí, está bueno. ¿Por qué?
—Porque has puesto una cara como si te hubieran obligado a comer una porquería.
—Ay, perdona, eso no ha sido por el sándwich. —Sonreí, pero noté que había parecido más forzado que hacía un par de minutos. Pensar en Adrian y en mi futuro tenía ese efecto sobre mí. Tenía que distraerme. En ese estado no podía regresar al salón—. ¿Dónde escondéis el champán?
Julian levantó la tapa de una caja de poliestireno y surgió una nube de niebla de los recipientes en los refrigeradores que mantenían frío el alcohol. El chico sacó una botella y la abrió hábilmente con un gran estallido.
Los ojos se me fueron solos a sus brazos y al movimiento de sus músculos debajo de la camisa blanca. Julian no era un adicto al gimnasio, pero saltaba a la vista que se cuidaba. Tenía el cuerpo delgado y fibrado.
Advirtió que lo estudiaba con la mirada, pero en vez de contestar o tomar nota con una sonrisa de suficiencia, se apartó de mí y fue a por una copa. La llenó hasta el borde y me la pasó.
—Gracias.
—Solo hago mi trabajo.
Pero no era su trabajo darme un sándwich que había traído para él ni hacerme compañía mientras me escondía de los demás invitados. Y eso yo sabía apreciarlo.
—Sírvete tú también una copa y brindemos.
—No puedo.
Fruncí el entrecejo. ¿Me había equivocado con su edad?
—Venga ya. Solo una copa. —Estiré el pie, con las uñas de los dedos pintadas de rojo, y le di un golpecito—. En realidad, yo tampoco puedo beber.
—No es por mi edad, sino porque estoy trabajando.
—Para mis padres.
—Eso no cambia nada.
—Por favor. —Puse un puchero—. Beber sola no es divertido.
Julian vaciló y me miró pensativo, como si estuviera sopesando si merecía la pena infringir las reglas por mi ruego.
Y justo en ese momento empecé a arrepentirme de mis palabras. No debía poner en peligro su trabajo por mi culpa. Pedírselo era presuntuoso e impertinente y algo que habría hecho mi madre, no yo. Quería decirle a Julian que se olvidara del asunto mientras él soltaba un suspiro, cogía una copa de champán y la llenaba hasta la mitad.
—La mitad bastará —dijo—. ¿Por qué vamos a brindar?
—Porque esta noche termine pronto —respondí, y deseé con todas mis fuerzas que mi madre no escogiera precisamente ese instante para entrar en la cocina—. ¡Salud!
—¡Salud! —repitió Julian mientras chocaba su copa contra la mía y la manga se le subía un poco.
Creí ver una cicatriz que asomaba bajo la camisa, pero la tela volvió tan rápido a su sitio que no supe si habían sido imaginaciones mías. Para no parecer insensible, cerré el pico y le di un sorbo a mi copa. Estaba notando el cosquilleo del champán como una bengala en la garganta, cuando de repente se oyó un fuerte zumbido. Por instinto me tensé, pero no era más que el móvil de Julian.
Dejó su copa, sacó el smartphone del bolsillo de sus pantalones y se quedó mirando con el ceño fruncido la pantalla antes de contestar la llamada.
—Eh, ¿qué hay? —Me dio la espalda y se alejó unos cuantos pasos, mientras contestaba a la persona que llamaba.
Mastiqué diligentemente el sándwich, como si al hacerlo pudiera emitir bastante ruido para no oír a Julian.
—Pues cógelo y siéntalo en el váter.
Arrugué la frente. ¿Con quién demonios estaba hablando?
—En cuanto a eso, no puedo hacer nada.
—…
Julian lanzó un suspiro.
—Cassie lo limpiará.
—…
—Entonces, déjalo hasta que yo vuelva. —Empezó a apilar en la caja de poliestireno las copas sucias que otro de los camareros había dejado mal puestas sobre la encimera—. Dos o tres horas.
—…
Julian soltó un gruñido de frustración y se frotó el puente de la nariz con el pulgar y el índice, mientras la persona al otro lado de la línea claramente continuaba hablándole. Al final bajó la mano.
—Gracias, hasta luego.
Colgó y volvió a guardarse el móvil en el bolsillo del pantalón, lo que formó un bulto bajo la tela negra. Se volvió hacia mí despacio y vio mi mirada inquisitiva, pero no dijo nada.
Cuando me quedó claro que no iba a explicar esa llamada telefónica, insistí:
—¿Quién era?
—Mi compañero de piso.
—¿Tienes que marcharte? —pregunté, sorprendida por lo mucho que quería que la respuesta fuese «No».
Julian negó con la cabeza y le cayó en la cara un mechón de pelo castaño.
—Mi gato se ha cagado debajo del sofá. Mi compañero de piso no quiere limpiarlo, pero tampoco quiere dejarlo ahí. Lo tengo en casa desde hace una semana.
—¿Al gato o al compañero de piso?
Julian esbozó una sonrisa.
—Al gato.
—¿Cómo se llama?
—Laurence.
Le pegué un último bocado al sándwich y le ofrecí a Julian la mitad restante. Ya que tenía que trabajar el resto de la noche, no quería que pasara hambre por mi culpa.
—Siempre he querido tener un gato, pero mis padres nunca me han dejado.
—¿Por qué no?
—Temen que les llene de pelos sus trajes caros.
—¿Para qué sirven los rodillos quitapelusas?
Me encogí de hombros, y mientras Julian se comía el resto de su sándwich, le hablé del acuario que me habían regalado mis padres cuando tenía siete años. Pero Julian se comió el bocadillo demasiado rápido y nuestras copas de champán estaban vacías. Ya no tenía motivos para quedarme más rato en la cocina, excepto que quería hacerlo. De todos modos, mi madre pronto se daría cuenta de mi desaparición.
Salté del aparador y volví a ponerme los zapatos.
—Creo que ya ha llegado el momento de salir otra vez ahí fuera —dije, aunque no me moví.
—¿Por qué vas a una fiesta en la que no tienes ganas de estar? —preguntó Julian, y recogió nuestras copas con la naturalidad de quien lleva mucho tiempo haciendo ese trabajo.
—Porque no tengo otra opción.
Julian enarcó una ceja de manera inquisitiva.
—Quiero mudarme y ya estoy buscando piso. Pero no me puedo permitir pagarlo yo sola y por eso he llegado a un acuerdo con mis padres. Ellos me pagan un apartamento y la carrera a cambio de que yo aparezca una vez a la semana a cenar y me deje ver durante un tiempo razonable en todos los actos sociales importantes.
—Suena a un trato justo.
—Ya. —Era más que justo. Unas cuantas horas de mi tiempo a cambio de miles de dólares. Sin embargo, odiaba cada segundo—. ¿Y por qué estás aquí? —pregunté.
Julian parecía tener tan pocas ganas de estar allí como yo y no se había acercado al salón ni siquiera un poco.
—¿No es evidente? Para ganar dinero. Laurence quizá sea pequeño, pero cuesta un dineral.
—¿Cuánto te pagan?
—Setenta y cinco dólares.
—¿Por hora?
Se rio.
—Por toda la noche.
—Pues no es mucho.
—Es más de lo que se gana en otros sitios.
—No lo sabía. —¿Por qué iba yo a saberlo? No había tenido que trabajar ni un segundo en toda mi vida. No obstante, sabía que setenta y cinco dólares era muy poco por tener que servir durante toda la noche a personas como Gwendoline Finn. Le hice una señal a Julian para que me siguiera—. Ven conmigo.
—¿Adónde?
—Ahora lo verás.
Vaciló, pero no opuso resistencia durante mucho rato. Al cabo de un instante salió conmigo de la cocina, me siguió por el pasillo y pasamos por delante del salón hasta llegar al guardarropa.
En aquella pequeña habitación olía a la piel cara de los bolsos nuevos y a los abrigos perfumados de los invitados. Busqué la parka púrpura que me había regalado mi madre hacía tres meses para mi cumpleaños. Del perchero de al lado colgaba mi bolso de fiesta, que con la libreta que le había metido estaba lleno a rebosar.
—Aguanta. —Le pasé la libreta a Julian.
La cogió y la puerta se cerró detrás de él.
La luz era tenue y, en comparación con la cocina, el cuarto era más bien pequeño. Entre todos los abrigos y las chaquetas estábamos muy pegados. No me pasó inadvertido el agradable olor a abeto y tierra que desprendía, aunque había estado toda la noche llevando bandejas de aquí para allá.
—¿Qué es esto? —preguntó Julian.
Alcé la cabeza y, para mi sorpresa, me encontré con él a la altura de los ojos. Ya con solo dieciséis años estaba acostumbrada a levantar la mirada hacia los demás con mis sandalias de tacón alto, pero no me ocurría lo mismo con Julian.
Hojeó mi libreta y le echó un vistazo a mis bocetos.
—Es algo en lo que estoy trabajando.
—Tiene buena pinta. —La había abierto por la página del primer esbozo de La Dama Pesadilla—. ¿Es un cómic?
—Tal vez —contesté, y saqué diligentemente el monedero de mi bolso para no tener que seguir respondiendo.
Me encantaban los cómics, las novelas gráficas y los mangas. Me sentía con ellos como en casa, pero hablarle de eso a otras personas y hacérselo entender era todo un reto. Sobre todo en los círculos en los que se movía mi familia. A la mayoría de la gente mi pasión le importaba un comino.
Abrí el monedero, saqué varios billetes y se los di a Julian.
—Toma.
El chico levantó la vista de la libreta y se quedó mirando el dinero. Con los ojos muy abiertos.
—Eso es demasiado.
—No lo es. —Eran doscientos treinta dólares. El bolso de fiesta había costado más—. Cógelo.
Negó con la cabeza.
—No puedo.
—¿Por qué no? —Abrió la boca para responder, pero yo me adelanté—. Y no me digas que es demasiado.
—Yo… —Julian no prosiguió, pues en ese momento se abrió la puerta del guardarropa.
El chico se quedó de piedra y yo, de forma instintiva, volví a guardar el dinero en mi clutch.
—¡Michaella! —A nadie se le daba tan bien como a mi madre poner tanta indignación, decepción y rabia en una única palabra—. ¿En serio? ¿Otra vez?
Apartó la vista de mí para mirar a Julian y el desprecio en sus ojos aumentó al ver lo juntos que estábamos. No me hacía falta ser pitonisa para prever lo que se le estaba pasando a mi madre por la cabeza: la imagen que dábamos Julian y yo estaba clara. Los dos metidos en un guardarropa cerrado, poco iluminado, con la culpabilidad reflejada en el rostro.
—Le quería dar una propina —me justifiqué.
—Una propina. —Mi madre escupió la palabra, por así decirlo—. Ese tipo de «propina» te la podrías ahorrar, Michaella. Ya hemos hablado de esto, ¿o acaso lo has olvidado?
—No, pero es que de verdad solo quería… —Levanté mi bolso para sacar de nuevo el dinero.
Pero mi madre ya estaba girada hacia Julian. Esbozó con sus labios pintados de rojo una sonrisa furiosa con la que solo confundía al contrario.
Noté que Julian se ponía tenso a mi lado, pero su rostro no se inmutó mientras miraba a mi madre con verdadera indiferencia. Una expresión que a ella no le gustó nada.
—Y usted… Usted está despedido. Largo de aquí.
Me quedé sin aliento.
—¡Mamá! No puedes despedirlo sin más.
—Sí puedo. Y lo haré —replicó—. No sé qué estabais haciendo, pero no pagamos a esta gente para que se esconda contigo en el ropero. Debería estar ahí fuera sirviéndonos a nosotros.
—No ha sido idea suya. Yo…
—Olvídalo, Micah —me interrumpió Julian.
Con una expresión ausente me pasó mi libreta y retrocedió un paso.
Se me encogió el corazón. Tenía que pensar en Laurence. ¿Podría ahora Julian permitirse tenerlo?
Pasó junto a mi madre, cuando esta de repente movió la mano hacia delante, lo agarró del brazo y se inclinó arrugando la nariz.
—¿Ha bebido?
—Yo… Sí —admitió Julian en voz baja—. Media copa.
Mi madre sacudió la cabeza, indignada, aunque ella había tomado al menos cuatro copas de champán.
—Informaré a su jefe. Cuando haya terminado con usted, no volverá a contratarlo ninguna empresa de catering en esta ciudad.
Julian tensó la mandíbula y apretó los puños.
Me habría gustado ayudarlo, pero conocía a mi madre demasiado bien. Era testaruda, tenía una gran determinación y sus decisiones quedaban grabadas en piedra, lo que la convertía en la brillante abogada que era. Todo lo que yo hubiera dicho en defensa de Julian habría empeorado aún más la situación. Lo único que podía hacer era callarme y esperar que mi madre no le dijera nada a su jefe y se olvidara de desacreditar a Julian.
Julian se alejó y se marchó del guardarropa sin dignarse a dirigirme la mirada. No podía tomármelo a mal. Al fin y al cabo, yo lo había metido en esa situación y encima no había cogido el dinero que yo le había ofrecido. Seguramente ya estaba arrepintiéndose de su falsa modestia.
Callada y con una extraña sensación en el estómago lo vi después ir a la cocina para recoger sus cosas. Luego probablemente se marcharía por la entrada de servicio y no lo volvería a ver nunca más.
—¡Ven! —me gritó mi madre con la voz aguda.
No era una petición sino una orden. Mantuvo la puerta del guardarropa abierta para que pasara y, como tantas otras veces la semana anterior, me mordí la lengua y obedecí… por Adrian.
Volví a colgar el clutch en su sitio y pasé junto a mi madre en dirección al salón. Ella me siguió inmediatamente como si quisiera asegurarse de que no iba detrás de Julian. Durante todo el rato, sentí su mirada acusadora clavada en la espalda.
Dos meses más tarde
Retrocedí un paso y contemplé mi obra de arte: un fuerte construido con cajas de la mudanza. Llegaba hasta por debajo del techo de mi nuevo piso y por la abertura de la parte derecha se podía entrar a gatas. Construir aquel fuerte me había costado tres horas de mi vida y estaba empapada de sudor después de haber amontonado las cajas, pero había valido la pena.
Me sequé la frente con el antebrazo antes de sacar el móvil y tomar un par de fotos de mi construcción para enviárselas a Adrian. Por lo visto le llegaban mis mensajes, pero no sabía si los leía porque nunca recibía una respuesta. Aun así, lo mantenía al tanto de nuestras noticias. El hecho de continuar escribiéndole me daba la sensación de formar todavía parte de su vida, aunque hiciera tres meses que no nos veíamos. Lo echaba de menos y cada vez estaba más preocupada, aunque resultaba evidente que yo era la única. Nuestros padres llevaban su vida como si nunca hubiera existido Adrian y parecía que nadie se interesaba por él. Fue inteligente abandonar la idea de denunciar su desaparición hacía unas semanas. La policía se había negado a hacer nada. Adrian era un hombre adulto en su sano juicio. Había recogido sus cosas y se había ido más o menos por su propia voluntad. A ojos de la policía, pues, no había sucedido nada alarmante ni ilegal.
Negué con la cabeza y reprimí aquel recuerdo que siempre me hacía estallar de rabia. Era una emoción que últimamente sentía con frecuencia con relación a mis padres, por lo que me hacía más feliz el hecho de haberme ido de su casa. Había tardado más de lo que esperaba en encontrar un apartamento adecuado, pero desde ese día oficialmente tenía un piso en la avenida Copper, pagado por mis padres, pues yo no tenía nada ahorrado. No había sido necesario. Antes de lo de Adrian, nunca se me había ocurrido que algún día pudiera llegar a ser desagradable vivir del dinero de mi familia.
Pero mi dependencia económica tenía una parte positiva: mis padres y yo teníamos que hablarnos. Aunque en esos momentos no me apetecía nada mantener una conversación con ellos, los quería y tenía la esperanza de que algún día nuestra familia se reconciliara. Ni idea de si sería posible o solo se trataba de una ingenua ilusión, pero al menos tenía que intentarlo. Y eso solo se conseguía manteniendo el contacto. Yo sería el vínculo entre nuestros padres y Adrian, en cuanto lo encontrase.
Le eché un último vistazo a la foto que le había enviado a Adrian e iba a guardarme el móvil de nuevo en el bolsillo de los pantalones cuando empezó a sonar. De repente me inundó una mezcla de miedo y esperanza. No podía ser una coincidencia, ¿no? Con las manos temblorosas levanté el móvil y miré la pantalla solo para comprobar, decepcionada, que en ese instante no era Adrian quien me llamaba. Pero no lo descartaba del todo.
«Número desconocido».
Enseguida pasé el pulgar por la pantalla, antes de que la persona al otro lado de la línea colgara.
—¿Hola?
—Buenos días. ¿Micah Owens? —preguntó una voz grave que no conocía.
Desilusionada, encorvé los hombros.
—Sí, soy yo.
—Soy Patrick Walsh, el director de Rainpride Center. Hablamos hace tres semanas cuando viniste por aquí a buscar a tu hermano.
—Sí, me acuerdo.
¿Cómo iba a olvidarlo? Después de que la policía rechazara mi denuncia de desaparición, me había puesto a investigar por mi cuenta. Había recorrido todos los puntos de encuentro LGTBQ que conocía en la ciudad, desde consultorios hasta clubs nocturnos, para los que además me había hecho un carné falso. Mis padres me matarían si llegaran a enterarse, pero valía la pena arriesgarse.
—¿Hay novedades? —pregunté sin mucha esperanza.
El tono serio del señor Walsh no indicaba que fuese a transmitirme buenas noticias.
Suspiró.
—Lamentablemente no. Le he comentado a mis empleados lo de tu hermano, pero no ha venido al Rainpride. —El señor Walsh hizo una breve pausa—. ¿Estás segura de que sigue en la ciudad?
«No».
—Sí —respondí tenaz.
No quería pensar en la posibilidad de que hubiera conseguido dinero y salido de Mayfield porque, en ese caso, no tendría modo de dar con él. ¿Y si no solo había dejado la ciudad, sino que se había marchado de Washington? ¿O de Estados Unidos? Quizá se había ido a Canadá. Ante aquella idea me flaquearon las rodillas y me apoyé en mi fuerte con la mano que tenía libre.
—¿Ya has ido a la policía? —preguntó el señor Walsh, pensativo.
Asentí con la cabeza hasta que me di cuenta de que no podía verme.
—Sí. No pueden ayudarme.
—Lo siento. —En sus palabras percibí una compasión sincera—. Espero que encuentren a tu hermano. Tiene suerte de tenerte.
¿De verdad tenía suerte? Algunos días no estaba segura de haberme comportado siempre como la hermana que quería ser. Estaba claro que algo había hecho mal. ¿Por qué si no había salido huyendo de mí al igual que de nuestros padres? Cada vez que se me pasaba esa idea por la cabeza era como si me clavaran un cuchillo.
—Gracias por su ayuda, señor Walsh.
—No hay de qué. Si me entero de algo, te avisaré.
—Gracias —repetí, y terminé la llamada telefónica.
Bajé el móvil despacio, con el brazo agarrotado por la tensión, y me quedé mirando el fondo de pantalla que había puesto. Era una foto en la que salíamos Adrian, nuestros padres y yo abrigados con unas chaquetas gruesas, en la cubierta de un barco que nos había llevado por el helado paisaje de Groenlandia hacía cuatro años. Había escogido esa foto por el impresionante glaciar de fondo, pero en ese instante me recordaba algo perdido que quería recuperar.
Volví a guardarme el móvil en el bolsillo del pantalón y saqué el portátil de la maleta en la que había puesto las cosas importantes para tenerlas a mano en la mudanza. Junto a mi MacBook había algo de ropa y un neceser, así como mi tablet para dibujar, cinco cómics y dos libretas de mi marca preferida. En una de ellas solo quedaban cuatro páginas en blanco y la otra estaba sin estrenar. Apenas podía esperar a llenarla de pensamientos e ideas para La Dama Pesadilla.
Con el portátil en la mano, di una vuelta por el fuerte y me senté en una de las dos cajas que flanqueaban la entrada al interior. Visité la página web del Rainpride Center y me dio la bienvenida una foto del sonriente señor Walsh que seguramente era de hacía unos años. Al lado encontré un texto breve en el que contaba sus experiencias personales y por qué había decidido crear Rainpride. Ya había leído aquellas líneas y cliqué directamente en «Donativos» en las opciones del menú. Le eché una ojeada a la letra pequeña, donde se detallaba para qué se utilizaba el dinero, y fui a lo importante: «Por favor, elija un importe». Introduje una suma de cuatro cifras y cliqué en «Continuar». Después introduje el número y el dígito de verificación de mi tarjeta de crédito, que ya desde mi décimo año de vida me sabía de memoria. Los gastos de la tarjeta los pagaban mis padres todos los meses.
—Gracias por su donación, señor y señora Owens —murmuré.
Si no tenían la decencia de preocuparse por su único hijo, su dinero al menos ayudaría a otros jóvenes que se hallaban en una situación similar.
Abrí el Messenger y le envié un mensaje a mi mejor amiga, Lilly: ¿Cenamos juntas?
No tuve que esperar demasiado para recibir su respuesta.
Lilly: No puedo. He quedado por Skype con Tanner.
Yo: ¿Mañana? ¿En el B & B?
Lilly: Vale.
Yo: ¿A las 16:00?
Lilly: A las 17:00, he quedado antes para estudiar.
Yo: Perfecto. ¡Me hace ilusión!
Lilly: Y a mí. ¡Hasta mañana!
Yo: Hasta mañana. ¡¡¡Y que vaya muy bien!!!
Lilly: Gracias <3
Sonreí, orgullosa de mi mejor amiga. Lilly era con diferencia la persona más valiente, ambiciosa y encantadora que conocía, y apenas podía esperar a verla con la toga y presenciar su graduación en el instituto dentro de unos meses; seguramente con matrícula de honor, por lo que sabía de ella.
De repente llamaron a la puerta y, aturdida, levanté la mirada de mi portátil. Debía de ser algún vecino que quería presentarse. Hasta el momento solo Lilly y mis padres conocían mi nueva dirección.
Cerré el portátil y lo dejé a un lado antes de dirigirme a la puerta. Me alisé rápidamente mi camiseta de Wonder Woman, que me había comprado en la última Comic Con, y me pasé los dedos por el pelo. En mi piso aún no había ningún espejo, lo que casi era mejor, pues así podía imaginarme que no estaba tan sucia y sudorosa como me sentía. Abrí la puerta, lista para lanzarle un cordial «¡Buenas tardes!» al vecino, pero no me salió ni una palabra al ver quién venía a visitarme.
Ante mi puerta había una joven y un hombre, que no podían haber sido más diferentes. Ella era baja y delicada, pelirroja y con la piel tan blanca que me dieron ganas de ofrecerle un poco de mi crema solar. El tipo que estaba a su lado, por el contrario, era negro y le sacaba al menos dos cabezas. Era ancho de espaldas y tenía unos ojos oscuros que me miraban con interés. Pero no fueron sus aparentes diferencias las que me dejaron sin habla, sino la característica que tenían en común: ambos iban vestidos de elfos.
Los dos sonrieron porque seguramente les hacía gracia ver mi sorpresa.
Poco a poco fui recuperando el habla.
—Hola, Tauriel. Hola… —Me callé, pues no me venía a la memoria ningún personaje moreno de El señor de los anillos. ¿Había alguno? Desde la última vez que había visto las películas habían pasado años—. El que no es Tauriel —acabé diciendo de forma patética mientras ponía un mohín de disculpa con los labios.
—No pasa nada. Es una metedura de pata de Tolkien, no tuya —dijo el tipo, que se tocó nervioso las orejas en punta.
Llevaba un disfraz de piel marrón que recordaba un uniforme de guerra, con muchas hebillas y cinturones que sujetaban todo tipo de armas. Estaba segura de que no eran de verdad, aunque lo parecieran.
—Él se lo pierde. Tienes una pinta estupenda. —Miré a su acompañante y enseguida rectifiqué—: Los dos estáis fantásticos.
La chica llevaba un vestido de algodón verde, con puños de piel oscura, y una aljaba con flechas que se bamboleaba en su cadera. Solo le faltaba el arco a juego.
—Gracias, muy amable. —Hizo una reverencia apropiada para los disfraces medievales que ambos llevaban—. Debes de ser Michaella. Al menos ese es el nuevo nombre que aparece en el timbre de la puerta.
—Micah. Solo mis padres me llaman Michaella.
—Vale, pues Micah. Yo soy Cassie. —Señaló al hombre—. Y este es Auri.
—¿Auri? —pregunté con las cejas levantadas, aunque estaba segura de que no lo había entendido mal.
Aquel nombre tan mono no le pegaba nada a la persona que tenía delante. El tipo era enorme y, a juzgar por sus brazos inmensos, levantaba mi peso en el gimnasio solo para calentar.
—En realidad me llamo Maurice, pero Auri también está bien.
—Auri es un nombre genial —terció Cassie, y dirigió hacia él sus grandes ojos verdes.
Ambos estaban tan pegados que la chica casi tuvo que echar la cabeza totalmente para atrás. Seguro que no era nada fácil besarse con aquella diferencia de altura.
—Patrick Rothfuss sí pensó en él —dijo Cassie de forma resuelta y me lo explicó con soltura—: Auri es un personaje de El nombre del viento, nuestro libro preferido. ¿Lo conoces?
Negué con la cabeza.
—No, lo siento.
—Puedo prestarte mi edición del aniversario con ilustraciones, si me prometes no doblar las páginas.
Le lanzó a Auri una mirada acusadora.
—No se me ocurriría en la vida —respondí de inmediato.
La verdad es que no era una gran lectora, al menos de libros, pero trataba mis cómics con gran cuidado y casi me daba un ataque al corazón cada vez que rompía por error una página de mis libretas o de mi cuaderno de dibujo.
—¿Vives aquí sola? —quiso saber Auri, y se inclinó hacia delante con curiosidad.
Era lo bastante alto para asomarse por encima de mi cabeza y ver el apartamento. Aunque no había mucho que ver, salvo por el fuerte, los cartones de los muebles y el sofá cubierto con plástico.
—Sí —contesté, y cambié de tema antes de que pudiera preguntarme de dónde sacaba el dinero. Hasta entonces nunca me había resultado incómoda la fortuna de mis padres, pero en aquel momento me avergoncé de ella, seguramente porque una parte de mí sabía lo mal que estaba aceptar sus cheques y tarjetas de crédito mientras los detestaba en secreto por el asunto con Adrian—. ¿Estudiáis?
Cassie asintió con la cabeza.
—Yo estoy en tercero de Ciencias de la Literatura.
—Diseño gráfico —contestó Auri—. Y Educación Física.
—¿Fútbol americano?
Esbozó una sonrisa.
—Sí, tengo una beca.
—Fanfarrón —masculló Cassie, por lo que Auri le dio un suave golpecito en el costado—. ¿Y tú?
—Derecho —respondí, e intenté no sonar demasiado amargada.
Ya había pasado la semana de presentación y habían empezado las clases. Después del primer día, me había rendido a la loca idea de que quizá no iba a ser tan malo como esperaba. Pero el segundo día recibí un escarmiento. Lo odiaba. Odiaba cada minuto. Odiaba cada palabra que decían mis profesores. Y odiaba el sistema judicial estadounidense. Solo mi compañera Aliza hacía que fuera más soportable.
—¿En qué curso estás? —preguntó Auri.
—En primero.
Cassie dio una palmada.
—Oh, una novata. Puedo enseñarte esto si quieres.
Sonreí.
—Muy amable por tu parte, pero soy de Mayfield.
—Ah. —Se quedó mirándome y parpadeó, desconcertada—. Entiendo. Creía que como tenías un piso para ti sola y eso…
—Sí… No. Simplemente, estaba preparada para marcharme de casa de mis padres. —Si no hubiera pasado lo de Adrian, seguramente seguiría viviendo con ellos. O no, porque si Adrian estuviera aún con nosotros nos habríamos ido los dos juntos a Yale y no estaría estudiando sola en la MFC—. ¿Dónde…? —Me callé al oír algo de pronto.
Conteniendo la respiración, escuché atentamente: por lo visto, estaban rascando en el piso de al lado. Un maullido lastimero se mezcló con los arañazos.
—Vaya, alguien tiene hambre —comentó Auri.
Cassie torció el labio al sentirse culpable.
—Teníamos que haberle dado de comer hace dos horas.
—¿Es vuestro gato? —pregunté encantada.
Al parecer, había encontrado a los vecinos perfectos. Aunque ahora por fin podía tener un animal doméstico, no quería precipitarme. Tal vez más adelante, cuando me hubiera adaptado y superado el primer curso.
Cassie sacó las flechas de la aljaba antes de meter la mano para coger un manojo de llaves.
—Laurence es de nuestro compañero de piso, pero los sábados trabaja hasta tarde, así que nos ocupamos nosotros de él.
Miré a Cassie, desconcertada.
—¿Qué has dicho? ¿Cómo se llama el gato?
—Laurence. —Se rio—. Lo sé, es un nombre bastante curioso para un gatito.
Asentí con la cabeza, dándole la razón, pero mis pensamientos iban un paso más allá. No podía ser una coincidencia. Ni hablar. ¿Cuántos gatos llamados Laurence podía haber en Mayfield? No muchos, lo que significaba que el camarero de la fiesta de aquella noche en casa de mis padres tenía que ser el compañero de piso de Cassie y Auri. Julian. ¿Acaso lo había mencionado Cassie? Ya no estaba segura, pero fuera como fuese no esperaba volver a verlo. Desde aquella noche de hacía dos meses, había pensado en él muchas veces por mi mala conciencia. Pero si vivía ahí, significaba que tenía una segunda oportunidad para enmendar lo que había estropeado.
—Por casualidad, ¿vuestro compañero de piso se llama Julian? —pregunté, intentando ocultar mi entusiasmo.
Cassie arrugó la frente.
—Sí. Julian Brook. ¿Os conocéis?
—Por así decirlo —contesté avergonzada, y me pregunté si les habría hablado de mí. ¿Habían oído hablar de la imbécil arrogante por culpa de la cual lo habían despedido? ¿O había omitido aquella parte de la noche?—. Nos conocimos en una fiesta.
Las cejas de Auri salieron disparadas hacia arriba.
—¿En serio? —Parecía sorprendido.
—Sí.
Ambos intercambiaron una mirada cargada de significado y la mantuvieron varios segundos antes de que Cassie se dirigiese otra vez a mí, con las flechas todavía en la mano.
—¿Qué tipo de fiesta?
—Una aburrida —respondí reservada—. Él estaba trabajando allí.
—Aaah. —Con aquella aclaración se le iluminó la cara—. Entiendo.
—¿Qué entiendes?
Auri resopló.
—Julian no iría nunca a una fiesta de manera voluntaria.
—¿Nunca? —pregunté asombrada.
Cassie negó con la cabeza.
—Jamás.
—Es un adicto patológico al trabajo —explicó Auri, y cruzó los brazos sobre el pecho—. No dejo de decirle que debería bajar un poco el ritmo, pero cuando no está en la MFC, está en uno de esos miles de trabajos que tiene.
«Miles de trabajos». Y yo, encima, le había quitado los setenta y cinco dólares de mis padres.
—¿Sigue siendo camarero? —pregunté con una vaga esperanza.
Al fin y al cabo era sábado por la noche, el momento perfecto para servir un catering. Y, a lo mejor, a mi madre se le había olvidado hablarle mal de él a su jefe.
Cassie frunció pensativamente los labios.
—No estoy segura.
—No, ya no es camarero —dijo Auri—. El señor Gordon lo despidió. ¿No te acuerdas? Por eso ya no trae canapés a casa.
—Es verdad, los canapés que nunca comí.
—Dijiste que no te gustaban.
—No me gustaban los de pescado crudo, pero sí los otros.
—Ah, entonces te entendí mal.
Cassie puso los ojos en blanco.
—Claro, claro.
Era divertido ver cómo se peleaban de forma cariñosa, pero poco a poco fui teniendo la sensación de que no conocían muy bien a Julian. ¿Quién sabía si habían despedido o no a su compañero de piso basándose únicamente en los canapés que faltaban? Mi mala conciencia no se había descargado lo más mínimo, pero el gato de Julian no tenía que esperar más a que le dieran de comer por mi culpa. Se había pasado toda nuestra conversación arañando la puerta sin parar.
—Será mejor que vayáis a dar de comer a Laurence.
—¡Ay, Dios, sí!
Cassie metió rápidamente las flechas en la aljaba y se puso a toquetear las por lo menos doce llaves que colgaban del llavero.
—Somos unos padres de gato horribles —señaló Auri y tiró de Cassie, que continuaba buscando la llave correcta para meterla en la cerradura de su apartamento.
—Si fuera nuestro gato, sería distinto.
—No tendríamos un gato sino un perro.
En vez de replicar a ese comentario, Cassie se volvió hacia mí por última vez.
—Encantada de conocerte, Micah. Seguro que pronto nos vemos.
—¡Claro! Igualmente.
Me despedí de los dos con un gesto de la mano y entraron rápidamente a través de la estrecha rendija que habían dejado para que Laurence no saliera al pasillo.
Me quedé allí parada un momento mirando la puerta cerrada de su apartamento. Julian Brook. ¡Quién se lo habría imaginado!
—¡Por fin!
Lilly se levantó repentinamente de su silla mientras yo entraba con un cuarto de hora de retraso en Beans & Bread, nuestra cafetería preferida desde los doce años.
La habíamos descubierto por casualidad un día que yo había ido a llevar unas prendas de ropa a la tienda de segunda mano que se encontraba al lado. Aquella tienda ya no existía y la extravagante cafetería estaba ahora flanqueada por un oscurecido sex shop y un salón de manicura, cuyo escaparate estaba adornado con unas molestas luces parpadeantes.
—Perdona, había mucho tráfico.
Saludé a Lilly con un abrazo, antes de inclinarme hacia Lincoln para darle un beso en su pelo castaño claro.
Alzó la mirada y me sonrió.
—¡Micah!
—Bueno, ¿qué tal está mi grandullón?
—Mi madre me ha dicho que te haga un dibujo.
Cogió con ganas la hoja que tenía delante en su silla infantil y me la enseñó muy orgulloso.
Y allí estaba… Ni idea de lo que representaba su dibujo. ¿Un león? ¿Un alienígena explotando? ¿Una representación abstracta del universo? No lo sabía, pero esbocé una sonrisa y elogié el detalle.
Le brillaron aún más los ojos y enseguida continuó con su obra, poniéndose a rayar a lo loco el papel con un lápiz de color.
Miré a Lilly de manera inquisitiva.
A simple vista mi mejor amiga era justo lo opuesto a mí. Tenía los ojos azules y el pelo rubio, que con la ayuda de un secado brasileño le caía liso sobre la espalda. Nada que ver con mis mechones naturales que nunca quedaban como yo quería. Controlar mi flequillo era un desafío y cada mañana tenía la misma pelea de siempre con él y la plancha.
Se encogió de hombros y negó con la cabeza.
Más tranquila porque ni la madre de Link reconocía lo que había dibujado el niño, me senté y saqué la carta del soporte. Pura costumbre, porque a Rick siempre le pedía lo mismo.
—No adivinarías nunca quién vive en el piso de al lado del mío.
—¡Nick Robinson!
Resoplé.
—Claro, y debajo vive Keinan Lonsdale.
—¡Qué lástima, habría estado bien!
—Pues sí —admití, como si de verdad fuese posible que viviera en mi barrio el actor de Con amor, Simon—. Una pista: no es ningún famoso.
—Hummm. —Pensativa, se dio unos toquecitos con las uñas en la barbilla—. ¿Alexandra Courtin?
Alex había asistido varios años al mismo colegio privado que Lilly y yo, hasta que detuvieron a su padre por blanqueo de dinero y la familia perdió toda su fortuna. Después, por lo visto, había desaparecido. En realidad no se habían marchado de Mayfield, sino que se habían retirado de los círculos de la autoproclamada High Society.
Negué con la cabeza.
—No, tampoco es Alex. Te lo voy a decir: Julian Brook.
Lilly arrugó la frente.
—¿Quién?
Volví a colocar la carta del menú en el soporte.
—Julian. El camarero.
—Ah. ¿El que despediste? —preguntó Lilly, y al mismo tiempo cogió su bolso para sacar un pañuelo con el que limpiarle la nariz a Link.
—Yo no lo despedí. Una serie de circunstancias desafortunadas llevaron a mi madre a despedirlo —contesté, pero enseguida volvió mi sentimiento de culpa y me vino a la cabeza la expresión fría y reservada con la que Julian nos había dado la espalda.
—¿Y qué ha dicho Julian al verte?
—Nada. No nos hemos encontrado. —Cogí un lápiz de color que amenazaba con caerse de la mesa rodando y se lo pasé a Link, que enseguida empezó a dibujar unas rayas moradas sobre su león-alienígena reventado—. Sus compañeros de piso aparecieron en mi puerta y así fue como me enteré por pura casualidad.
—¿Y no fuiste a hablar con él en el acto?
Puse los ojos en blanco. Me conocía demasiado bien.
—Estaba trabajando.
—¿Y esta mañana?
—Quería dejarlo dormir. —Lilly enarcó una ceja de manera inquisitiva y yo suspiré—. Tal vez sí o tal vez no estuviera anoche hasta las dos de la madrugada despierta y me enteré por casualidad de que no había llegado a casa. O pasó por delante de mi piso muy en silencio.
—O se quedó a dormir en casa de su novia.
—O eso. —Me callé al ver por el rabillo del ojo que Rick, el propietario de Beans & Bread, se acercaba a nuestra mesa.
—Buenos días, chicas —nos saludó con un fuerte acento escocés—. ¿Cómo estáis?
—Magníficas. ¿Y tú? —preguntó Lilly con una sonrisa.
Link había apartado la vista de su dibujo y miraba a Rick. Tenía cincuenta y tantos, una barriga incipiente, el pelo canoso y una barba igual de blanca que le hacía parecer todo el año Papá Noel.
—No puedo quejarme. —Sonrió—. ¿Qué os pongo?
—Un zumo de manzana para Link. Un chai latte para mí y… —Lilly se calló, miró hacia la vitrina de pastas que estaba detrás de Rick y contempló con anhelo las magdalenas de limón.
No soportaba verla dudar. Quería la magdalena, pero pensaba que no se la merecía. Durante el embarazo se había engordado trece kilos y desde entonces cuatro kilos y medio más. Lo que no estaba mal, sobre todo si se tenía en cuenta que no solo criaba a un niño pequeño, sino que al mismo tiempo se sacaba el certificado escolar. Pero Lilly se autoflagelaba mucho por su peso.
Al final negó con la cabeza.
—Nada más. Eso es todo.
Rick asintió.
—¿Y para ti?
Sonreí.
—Lo mismo de siempre.
—Un café solo doble y un bollo con mermelada. Enseguida.
Se fue pitando a la cocina, de donde salía un aroma a azúcar caramelizada que inundaba toda la cafetería.
El mobiliario en Beans & Bread era una locura. Mesas verdes, sillas rojas, sillones amarillos de diferentes formas y matices. No pegaban unos con otros, como si Rick y su mujer hubieran ido equipando el establecimiento poco a poco con artículos de la tienda de segunda mano que había al lado.
Cogí uno de los lápices de colores de Link y un trozo de papel.
—¿Cómo está Tanner? —le pregunté a Lilly y empecé a dibujar el boceto de una mujer.
Tenía la manía de ponerme a garabatear, por lo que mis padres a menudo me reprendían. Creían que era una forma de expresar aburrimiento o desinterés, pero no se trataba de eso. Por lo general, los dibujos precisamente me ayudaban a concentrarme mejor.
—Princeton lo agobia. La verdad es que quería venir a casa el fin de semana, pero los profesores lo han cargado de trabajo. Lo más seguro es que no venga antes de final de mes. —Lilly miró con una sonrisa triste a Link, que había cogido otra hoja de papel y se había puesto a pintar círculos negros con impetuosos movimientos—. Pregunta todas las tardes por su padre.
—Es natural. Lo echa de menos. Pero Tanner vendrá pronto.
Lilly suspiró.
—Eso espero.
Me incliné hacia delante y coloqué las manos sobre las suyas. Rara vez la veía mostrar debilidad, pues quería ser fuerte por Lincoln. Pero tenía los ojos vidriosos y sabía lo mucho que echaba de menos a Tanner. No solo al Tanner padre de su hijo, sino a Tanner, el chico al que amaba desde hacía ya media década.
Tenía tres años más que ella y era su tercer año en Princeton. Ya lo habían aceptado allí antes de que Lilly se enterara de su embarazo, y para estar en el parto había empezado la carrera un curso más tarde de lo planeado. Había pensado trasladarse a la MFC, pero un título de una universidad de élite le abriría luego más puertas. Además, estudiar la carrera en Princeton era una tradición de su familia y romperla solo habría hecho más mala sangre. El embarazo no deseado de una menor de edad ya era desde el punto de vista de los padres de ambos bastante malo para la reputación de las familias.
—Seguro que sí. Ya verás como las próximas semanas pasan volando.
—Sí, y luego pasaremos tres bonitos días juntos, antes de volver a pasar un mes sin vernos. —Lilly respiró profundamente y se recostó en su asiento, por lo que alejó la mano de la mía—. A veces me pregunto si tomé la decisión correcta.
—Claro que sí —le aseguré con un convencimiento que salía de lo más profundo de mi corazón.
Lilly no dudaba de la decisión de haber tenido a Link, sino del deseo de terminar secundaria. Por ese motivo no se había ido con Tanner a Nueva Jersey, pues entonces tendría que haberse ocupado ella sola de Link además de todo el plan de estudios. Aquí, en Mayfield, tenía el apoyo de su familia y amigos. Y hasta los padres esnobs de Tanner se habían entusiasmado con el nacimiento de su nieto.
—Ahora mismo es duro, pero cuando eches la vista atrás más adelante, estarás orgullosa de lo que hiciste.
—O me arrepentiré de no haber pasado más tiempo con el amor de mi vida.
Hice un gesto despectivo con la mano.
—No te preocupes por eso. Aún sois jóvenes y todavía tenéis cincuenta o sesenta años para poder hartaros el uno del otro. Lo de ahora no es más que un preludio.
Lilly resopló.
—Un preludio bastante largo.
Me encogí de hombros y me puse de nuevo con mi dibujo.
—Antes era una cualidad que valorabas en Tanner.
Me pegué a la puerta para asomarme por la mirilla y ver el pasillo de mi escalera. Era lunes por la mañana y debería estar ya de camino a mis clases, pero me había dado cinco minutos más para esperar a Julian. El tiempo pasaba. Lilly se habría reído de mí si me hubiera visto, pero no podía hacer otra cosa. Quería volver a ver a Julian para disculparme.
En los días posteriores a la fiesta había estado pensando mucho en él y en Laurence. Me habría gustado llamar a la empresa de catering para localizarlo y darle el dinero que no había aceptado aquella noche. Pero para eso tenía que preguntarle a mi madre el nombre de la empresa y no era una opción. Habría sabido enseguida para qué lo quería y me habría echado un sermón que habría metido más en la mierda a Julian. Así que tendría que cargar con mi mala conciencia hasta que mi preocupación por Adrian la sustituyera. Sin embargo, ahora que tenía una segunda oportunidad quería arreglar lo que había estropeado.
—¡Vamos! —mascullé.
Seguí mirando impaciente el pasillo vacío. Tarde o temprano Julian tendría que ir a una clase o al trabajo.
Cuando oí el chasquido de una puerta al abrirse, me sobresalté, aunque llevaba todo el rato esperando ese ruido. El pulso se me disparó y apreté el ojo más contra la mirilla, pero la vista era bastante reducida. Al principio, solo percibí una sombra borrosa a mi derecha, pero un segundo más tarde lo vi: Julian. Pasó por delante de mi piso hacia la escalera.
Cogí rápidamente la mochila que tenía a los pies y abrí la puerta.
Julian se volvió, asustado, y se quedó de piedra.
La mirada de sus ojos verdes me resultó desconocida y familiar al mismo tiempo. Lo había visto en mis recuerdos montones de veces, con su nariz puntiaguda, sus labios carnosos y sus hoyuelos en las mejillas, aunque llevaba el pelo más corto que en nuestro primer encuentro y en vez del uniforme de camarero vestía unos vaqueros desteñidos y un jersey negro, que parecía abrigar demasiado para finales de verano en Washington.
—¡Eh! —saludé con una sonrisa y me esforcé por sonar lo más casual posible.
—¡Eh! —respondió Julian con un gesto de la cabeza.
Parecía que lo había cogido por sorpresa, pero no estaba extrañado, como si Auri y Cassie ya le hubieran hablado de mí.
Le dediqué una sonrisa.
—¿Qué tal?
—Bien. —Vaciló—. ¿Y tú?
Pensé un instante en decirle la verdad, pero enseguida deseché la idea. Probablemente me habría tomado por una chiflada.
—No puedo quejarme.
—Estupendo —respondió impasible, y antes de que pudiera decir nada más me dio la espalda y continuó caminando. Así sin más.
Me quedé mirándolo, consternada. ¿Qué había sido eso? Después de haberlo esperado más de media hora, sin saber si nos llevaría a algo. Después de todo el sentimiento de culpa durante esos dos últimos meses por lo que había pasado, ¿iba a ser solo eso? No podía ser. A lo mejor no me había reconocido y había reaccionado así porque le había resultado embarazoso que me hubiera dirigido a él. Entre el vestido Louis Vuitton de aquel día y mi camiseta de cómic de ese momento había un abismo.
Me apresuré a cerrar con llave la puerta de mi apartamento y corrí tras Julian. Los escalones crujían bajo mis veloces pasos, que fueron más lentos una vez lo alcancé.
—Eh —repetí—. ¿Te acuerdas de mí?
Me di cuenta de lo insegura que sonaba, pues no tenía ni idea de qué hacer si decía que no. Sin detenerse, se colocó bien la correa del bolso en bandolera y me miró por encima del hombro.
—Sí.
Me sentí aliviada. Y, a la vez, en cierta manera lo contrario. Me quedé mirándole el cogote, expectante, y conté los segundos con la esperanza de que añadiera algo más. Pero permaneció en silencio, y a cada peldaño que bajábamos me ponía más nerviosa.
—¿Y? —pregunté al final.
—¿Y qué?
—¿No quieres insultarme?
Se quedó delante de los buzones en la planta baja y abrió la pequeña puerta en la que se leía Brook, King y Remington.
—La verdad es que no.
—¿En serio? —pregunté con insistencia mientras miraba cómo sacaba un montón de cartas del buzón. Las hojeó, cogió una con su nombre y las otras las volvió a dejar donde estaban—. Te despidieron por mi culpa.
—Es cierto —respondió Julian con voz calmada.
Arrugué la frente. ¿Cómo podía quedarse así? Yo en su lugar me habría subido por las paredes.
—¿No estás enfadado?
Julian suspiró y se volvió hacia mí. Era la primera vez desde el incidente en el guardarropa que estábamos el uno frente al otro. Entonces había estado tan cerca que habría sentido su presencia aunque hubiera cerrado los ojos.
Me estudió con la mirada.
—¿Acaso parezco enfadado?
Negué con la cabeza. Se lo veía tranquilo, quizá incluso un poco aburrido.
—No.
—Pues ahí tienes tu respuesta.
Esbozó una sonrisa sin alegría que duró un latido e igual de rápido pasó por mi lado, empujó la puerta para abrirla y me dejó allí sola.
Odiaba Derecho, pero me encantaba la Universidad de Mayfield y no podía imaginarme un lugar más bonito donde estudiar. Sin lugar a dudas, Yale era maravillosa y tenía mucho que ofrecer. Los mejores profesores del país daban clase allí, y el campus, que Adrian y yo habíamos ido a visitar en primavera para familiarizarnos con nuestro futuro, era impresionante. Los edificios antiguos de ladrillo trasladaban a uno a otro tiempo y podía sentirse realmente la genialidad y el talento de personas, como Sinclair Lewis, Judith Butler y Meryl Streep. A Adrian, en cambio, le había entusiasmado la buena reputación de la facultad de Arquitectura. A decir verdad, era la razón principal por la que elegimos Yale frente a Columbia, Dartmouth o Harvard, por no mencionar que la facultad de Bellas Artes de Yale tampoco estaba nada mal. Por aquel entonces, todavía pensaba que podría convencer a mis padres para que me dejaran estudiar arte y, en concreto, pintura. Pero a pesar de las ventajas de una universidad de élite, también estaba contenta por asistir a la MFC. Pegaba más conmigo. La gente ahí estaba más relajada. No se agobiaban por ser eficientes cada segundo de cada día, ni tampoco les preocupaba su repleto plan de estudios a las dos semanas de haber empezado las clases, como a Tanner y al resto de los estudiantes de la Ivy League que conocía. Al fin y al cabo, para ganar dinero no solo se tiene que recibir una educación necesaria, sino también poner uno algo de su parte. Probablemente ninguno de ellos se habría atrevido a estar por el campus sin hacer nada, como yo en aquellos momentos.
Después de las dos primeras clases del día, me senté a la sombra de un árbol, con la espalda apoyada en el tronco, y me puse a leer una novela gráfica mientras esperaba a Aliza. Asistíamos al mismo curso y habíamos hecho migas desde que el primer día ambas nos habíamos saltado las clases. Yo porque básicamente no tenía ningún interés en la carrera, y ella porque era el primer día de Pascua. Aliza no era religiosa, pero los musulmanes socializaban y para el resto de su familia aquel día festivo significaba mucho, por lo que no se negaba a festejarlo con ellos. Ajenas a todo y sin plan, aparecimos al día siguiente en clase y así nos pusimos a hablar.
Cerré mi libro y apoyé la cabeza en el tronco del árbol. No podía concentrarme en las ilustraciones ni en los bocadillos. Los pensamientos se me iban todo el rato a Julian y a nuestro peculiar encuentro, que no podía clasificar. Podía lidiar con la ira, pero aquella indiferencia me había pillado fuera de juego.
—¡Ya estoy aquí!
Al alzar la mirada, me deslumbró el azul brillante del cielo. Apreté los ojos y parpadeé por la luminosidad. Aliza llevaba puesta una blusa clara y unos vaqueros negros. El pelo oscuro le caía en ondas naturales por encima de los hombros y al cuello llevaba varias cadenas largas. Los ojos estaban perfilados a la perfección y no me quedó claro si llevaba rímel o no, pues sus pestañas eran por naturaleza increíblemente largas. Yo no conseguía ese efecto ni con tres capas de rímel.
—¿Nos vamos? —pregunté.
Asintió con energía.
—Me muero de hambre.
—Pues venga.
Guardé la novela gráfica en mi mochila y me levanté de un salto. El estómago llevaba protestando media hora, pero Aliza estaba en una clase a la que yo no asistía y prefería esperarla en lugar de comer sola.
Me sacudí la hierba del trasero y nos dirigimos a Wild Olive, un restaurante vegetariano tan solo a dos calles de la MFC, donde se nos podía encontrar casi a diario, pues no nos fiábamos de la comida que servían en la universidad.
—¿Te has leído el texto para esta tarde? —preguntó Aliza, y sacó unas gafas de sol de su bolso en bandolera.
Con las prisas y la excitación de pillar a Julian, se me habían olvidado, naturalmente, las mías y apretaba los ojos, cegada.
—¿Tú qué crees?
Torció los labios.
—¿Tú tampoco?
—Meeeh —dije, imitando el sonido de un timbre en un concurso cuando alguien se equivoca—. Mal. Por supuesto que he leído esa parida. No creerías en serio que te iba a dejar tirada en una clase de la profesora Lawson, ¿verdad?
Lawson nos odiaba. Por faltar a clase el primer día nos había echado una bronca para todo el curso. Al parecer, no le daba importancia a una asistencia continua, pero quien no estaba lo bastante motivada para empezar la carrera puntualmente, algo en lo que hizo muchísimo hincapié, no era digna de sus esfuerzos como docente. La verdad es que en mi caso tenía parte de razón, pero Aliza sí había tenido un buen motivo para faltar. Sin embargo, Lawson tan solo había respondido con un resoplido despectivo. Un resoplido como el que habría soltado mi madre.
—Gracias, eso me tranquiliza bastante. Ya temía tener que presentarlo sola.
Me encogí de hombros.
—A lo mejor no nos llama.
Aliza puso los ojos en blanco.
—Sigue soñando.
Solté un gruñido. Desde que Lawson creía que no éramos dignas para la carrera de Derecho, estaba centrada en nosotras y se había empeñado en que no nos perdiéramos nada y que oyéramos todo lo que tenía que decir. No en vano nos había puesto de manera permanente en la primera fila, donde no dejaba de llamarnos.
Llegamos a Wild Olive, un restaurante modesto y bueno, situado en la planta baja de un edificio con la fachada desconchada y los marcos de las ventanas descoloridos. El cartel con el nombre, que colgaba encima de la puerta, estaba levantado por el viento y roto por algunos sitios, pero nada de eso nos desalentaba a Aliza ni a mí. Entramos y sentí un escalofrío cuando me envolvió una ráfaga helada que salía del aire acondicionado.
—Hola, chicas —nos saludó Kimberly con una amplia sonrisa. Era la hija del dueño y llevaba el restaurante. Durante el día también hacía de camarera, pues no salía rentable tener personal para el puñado de clientes de mediodía. Cogió dos menús del montón junto a la entrada y nos llevó a nuestra mesa de siempre delante del ventanal, desde donde teníamos una vista inmejorable de una zona verde con un parque infantil—. ¿Os traigo algo de beber?
—Una Coca-Cola.
—Y para mí una infusión de hierbas.
Negué con la cabeza.
—No entiendo cómo puedes beber té con este calor.
—Refresca el cuerpo por dentro y, además, aquí no es que haga precisamente calor.
Tenía razón. Estaba temblando de frío en camiseta y pensé en sacar la chaqueta de punto de la mochila. Me encantaba el verano y el calor. Si de mí dependiera, tacharía el invierno de las estaciones, por lo que tampoco entendía por qué bajaban la temperatura de los locales como si estuviéramos en la era glacial, pues tarde o temprano se enfriarían solos. O como solían decir en la Casa Stark: «Winter is coming…». Seguramente en tres o cuatro meses.
Aliza abrió su carta.
—¿A quién le toca pagar hoy?
—A la que pregunta, siempre —respondí con una sonrisita. Desde el inicio del curso íbamos allí con regularidad y habíamos decidido que cada vez le tocaba pagar a una, pues no tenía sentido pagar a medias todos los días—. Creo que pediré el rollo de hummus con aguacate.
—Buena elección. Está muy rico.
—¿Y tú qué?
Aliza miró la carta. Se había propuesto hacerlo por orden cronológico, pues no era muy amiga de las decisiones.
—Chips de verduras con ensalada y aliño de cacahuete y yogur. Suena bien.
Decidida, cerró la carta y la dejó sobre la mía.
—¿Qué tal tu fin de semana? —le pregunté.
Aquel día no habíamos tenido tiempo aún para charlar, pues había llegado tarde por esperar a Julian, apenas puntual para la primera clase.
—He estudiado, cocinado, horneado, y he trabajado en un nuevo diseño para mi blog, pero no he llegado muy lejos porque estuve mucho rato actualizando Instagram. Tengo casi doscientos cincuenta mil seguidores.
Soltó un grito de entusiasmo y me reí. Desde que nos conocíamos, se moría de ganas por alcanzar esa cifra con su blog de comida.
—¿Cuántos te faltan?
—Espera un momento. —Aliza sacó el móvil—. Poco menos de dos mil.
—Los conseguirás como muy tarde pasado mañana.
Suspiró.
—Sería genial. Entonces, tendría el cuarto de millón para los tres años que cumple el blog. ¿Sabes cuántas personas es eso? ¡Muchísimas! ¿Y sabes a quién le gustó hace poco una de mis fotos? A Gwyneth Paltrow.
—Pero ¡si odias su libro de cocina! —exclamé.
Yo tampoco era fan de ella, pero se merecía mi respeto por su papel en las películas de Iron Man.
Aliza se encogió de hombros.
—Puede, pero no deja de ser Gwyneth Paltrow.
Asentí dándole la razón justo cuando Kimberly llegaba con nuestras bebidas y tomaba nota del resto de nuestra comanda.
—¿Qué te parecieron las novelas gráficas que te pasé? —le pregunté a Aliza y le di un sorbo a mi cola—. ¿Ya les has echado un vistazo?
—Sí.
—¿Y? —Me quedé mirándola llena de expectación.
Se quedó mirándome también y entonces, sin decir nada, cogió el azúcar para echarle al té y comenzó a removerlo lentamente hasta que el agua caliente fue poco a poco oscureciéndose por las hierbas.
—Eran bastante entretenidas.
«¿Bastante entretenidas?». ¿Eso era todo? ¡Le había dado mis favoritas! Es cierto que Wytches y The Walking Dead no son para todo el mundo, con tanta sangre, pero también le había prestado Ms. Marvel y los dos primeros volúmenes de Saga. Incluso había también un libro de Sarah Andersen. ¿Cómo no le iba a gustar?
Aliza se rio.
—No me mires tan sorprendida. Estaban bien, pero los cómics no son mi rollo.
—Novelas gráficas —la corregí—. ¿Qué es lo que no te ha gustado?
—No es que no me hayan gustado. Es que no me emociono tanto con estas cosas como tú.
Puse morritos y Aliza me miró con compasión.
—Lo siento.
—No tienes por qué. Al fin y al cabo no todo el mundo tiene buen gusto —dije para tomarle el pelo mientras le daba un sorbo a mi refresco. Al menos había intentado llevármela a mi terreno.
Tampoco había conseguido que Lilly ni Adrian se entusiasmaran por mis aficiones, pero de vez en cuando me acompañaban a las tiendas de cómics. Y siempre habían apoyado mi sueño de estudiar Bellas Artes y publicar algún día una novela gráfica. No podría desear más. Pero desde hacía varios meses, tres para ser precisos, avanzaba muy despacio en mi proyecto La Dama Pesadilla. Me faltaba inspiración y creatividad. Era como si Adrian se hubiera llevado esa parte de mí. Y la echaba de menos casi tanto como echaba de menos a mi hermano.