Traducción de Maia Figueroa

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Título original inglés: Amelia Fang and the Naughty Caticorns.

Publicado originalmente en inglés en 2020

por Farshore, ahora HarperCollinsPublishers Ltd,

The News Building, 1 Londong Bridge St, London, se1 9gf

con el título Amelia Fang and the Naughtiest Caticorns.

Traducido por acuerdo con HarperCollins Publishers Ltd.

© del texto y las ilustraciones: Laura Ellen Anderson, 2020.

Todos los derechos reservados. La autora hace valer sus derechos morales.

© de la traducción: Maia Figueroa Evans, 2021.

© de esta edición: RBA Libros, S. A., 2021.

RBA Libros es una empresa del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

Travessera de Gràcia, 47-49 - Barcelona 08021

Primera edición: septiembre de 2021.

molino

ref.: odbo914

isbn: 978-84-2729-932-0

preimpresión el taller del llibre

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Para Janet.

Gracias por ser siempre tan amabley por tu dedicación a Amelia Fang.Besos y abrazos de calabaza para siempre.

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ÍNDICE

MAPA DE NOCTURNIAviii

¡SALUDEOS ESPELUZNANTES!x

1. TARTAS Y TORTAS1

2. GERARDO, BENITO Y MONA21

3. HEMOS PREPARADO UNA PUERTA37

4. NOS HA SALVADO EL GONG49

5. TARRO DE UUUH63

6. BASTA77

7. EXHAUSTOS Y DESESPERADOS91

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8. ATENCIÓN99

9. ¿HAY ALGO MURIÉNDOSE?109

9. NADIE ME LO HABÍA PREGUNTADO125

11. ODIO LA ZARTANZARZA143

12. DESCANSA EN PAZ, ZAPATO BONITO157

13. ACABAMOS DE SALVARTE EL PELLEJO REAL171

14. UTILCORNIOS181

15. VINCENT189

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Sala de

Yoga para

Zombis

MAPA DE NOCTURNIA

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Sala de

Yoga para

Zombis

Puente

del Sapo

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¡Saludos espeluznantes!

Tufón

y Pumpy

Florencia

LE GUSTA:

Su figurita especial de calabaza

Montar espectáculos con sus amigos

NO LE GUSTA:

La posibilidad de ser muy mala hermana

Le gusta:

Cantar ópera

Ponerse los zapatos

de la condesa Frivoletta

No le gusta:

Que Pumpy corra peligro

Perder zapatos valiosos

Le gusta:

Los muñecos de Unicornelio Pino

Bailotear con un tutú

No le gusta:

Los gaticornios traviesos

Que se metan con Unicornelio Pino

Le gusta:

Las tortitas tóxicas

Extender mermelada

de dedo gordo con la guadaña

No le gusta:

Que lloren muchas criaturas a la vez

Los sobresaltos

¡SALUDEOS ESPELUZNANTES!

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La tía Lavitora

Le gusta:

Ayudar a Amelia y a sus amigos

Su colección de cascos de motocicleta

No le gusta:

Que lo aspiren

Que lo congelen en un tarro

Le gusta:

Monroe, el cuervo mensajero

Su negocio Morgues y Mansiones

No le gusta:

Las medias baratas

Que la molesten cuando cuenta

LeS gusta:

Bailar y trepar por los sitios

Tocar música y dibujar

No leS gusta:

Que no les hagan caso

Que les den juguetes nuevos

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CAPÍTULO 1

tartas

y tortas

Era una tarde de sábado y el cielo estaba de un gris maravilloso. Amelia Fang devoraba un cuenco de cereales Monstruos Mancos con sus mejores amigos, Florencia y Grimaldi. La enor-me yeti peluda y la parca diminuta se quedaban todo el fin de semana con ella en la mansión de los Fang para pasar unos días de diversión.

—¡POR TODAS LAS FOSAS! —exclamó Flo-rencia, y cogió la caja de Monstruos Man-cos—. ¡NO ME DIGAS QUE SE PUEDE GANAR UN MUÑECO DE EDICIÓN LIMITADA DE UNICORNELIO PINO!

Grimaldi Guadaña cogió aire de golpe y estu-vo a punto de atragantarse con la tortita tóxica.

1. TARTAS Y TORTAS

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—¡SOY MUY FAN de Unicornelio Pino de Río Arcoíris! —soltó entre escupitajos—. He visto todos los episodios en Muerflix, y Grim-mama dice que si apruebo el examen de sa-pos, ¡me comprará un jersey de Unicornelio Pino para Halloween!

Amelia leyó la parte trasera de la caja de ce-reales:

—«Para ganar un muñeco de Unicornelio Pino, DEBES ENCONTRAR un cuerno de uni-cornio de plata en tu paquete de cereales».

Florencia le arrebató la caja, le dio la vuelta y la vació. Los cereales con forma de bracitos de color verde y azul se derrama-ron por toda la mesa y por el suelo. Entre ellos, justo al lado del cuenco de Grimaldi, brilló algo pequeño y reluciente. Florencia ahogó un grito, se abalanzó hacia el objeto y lo cogió.

—¡PERO ESTO NO ES UN CUERNO! ES UNA ESTRELLA —se quejó Florencia alicaída—. ¿QUÉ TE DAN POR UNA ESTRELLA?

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Amelia estudió la caja de cereales y, al fi-nal, encontró la respuesta escrita en letra pe-queña.

—«Si encuentras una estrella preciosa, SONRÍE. ES TUYA, porque para Unicornelio Pino ¡TODOS sois estrellas!».

Grimaldi sonrió.

—¡Somos estrellaaaaas! —exclamó con ale-gría—. ¡Es el mejor premio!

—CREO QUE VOY A VOMITAR —dijo Flo-rencia, que no estaba contenta—. NO QUIERO

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QUE ME DIGAN QUE SOY BRILLANTE Y ALU-CINANTE. QUIERO EL MUÑECO.

Gruñó y se puso a comer puñados de cerea-les directamente de la mesa.

—Bueno, ¿qué queréis hacer primero? —pre-guntó Amelia—. Podríamos llevar a Pulposi a dar unos brincos por el Huerto de Calabazas. ¡Me han dicho que están brotando un montón de pequeñas calabazas nuevas!

Pulposi, la calabaza de compañía de Ame-lia, meneó el rabillo con entusiasmo porque le gustaba la idea.

—Hablando de cosas pequeñas y nuevas —contestó Grimaldi—. ¿Cuánto falta para que llegue tu hermanito o hermanita?

—Pues espero que... —empezó a decir ella, pero la interrumpió una voz familiar.

—¡El asiento del váter todavía NO BRILLA LO SUFICIENTE!

La voz estridente de la condesa Frivoletta hizo eco por la mansión de los Fang.

Amelia se estremeció.

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—Espero que el bebé nazca pronto —res-pondió en voz baja—. Desde que espera un bebé, mi madre se comporta de forma muy rara. No para de comer tocinillos de pies, ¡y eso que antes no le gustaban! Y luego está con-tenta y riéndose y, de repente, se echa a llo-rar. Y ya NADA brilla lo suficiente. ¡NADA!

Grimaldi miró nervioso la hoja de la guada-ña, que tenía manchitas de mermelada de dedo gordo y no brillaba mucho.

Amelia dio un respingo nervioso.

—Espero que el bebé SE MUCHA PRISA, ¡porque tengo muchas ganas de ser la herma-na mayor!

—¡QUÉ EMOCIONANTE, JOLINES! —bra-Florencia con la boca llena de cerea-les—. OJALÁ YO TUVIERA UN HERMANITO. LE ENSEÑARÍA A HACER LOS MEJORES BAILOTEOS DE TODOS LOS REINOS.

A pesar de que Florencia era enorme, baila-ba como si fuera ligera como una pluma. Era digno de ver.

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—Si yo tuviera un grimhermano o hermana, le enseñaría a barrer sapos muertos sin dejar restos pegajosos —dijo Grimaldi, y se puso más mermelada de dedo gordo en la tortita tóxica.

—ESTUPENDO —respondió Florencia son-riendo de oreja a oreja—. ¡PERO ACABAS DE UNTAR LA MERMELADA CON LA MISMA GUADAÑA QUE USAS PARA RECOGER LOS SAPOS APLASTADOS!

—Primero la he limpiado con la capucha de la capa —contestó Grimaldi, y miró a Floren-cia con cara inocente.

Amelia se rio.

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—Estoy ansiosa por presentaros a mi her-manito o hermanita —dijo.

Pulposi se subió al regazo de Amelia con un ¡poing! y les hizo una pedorreta.

—Y, cómo no, ¡el bebé estará muy ansioso por conoceros a VOSOTROS! —continuó Amelia, y le hizo cosquillas en la barriga a su calabaza.

Pulposi soltó un chillido y sonrió.

La madre de Amelia entró en la cocina an-dando como un pato. Tenía la tripa muy gran-de, el moño cardado, que siempre llevaba im-pecable, estaba hecho una maraña de pelos y llevaba los ojos en las cuencas equivocadas. Fue directa al frigorífico.

—¿Y MIS TOCINILLOS DE PIES? —graznó mientras rebuscaba entre los tarros a medio co-mer de salpicón de bilis y de albóndigas de sesos.

—Ay, ay, ay... —les susurró Amelia a sus amigos—. Creo que a mi padre se le ha olvida-do comprar tocinillos de pies.

La condesa Frivoletta se volvió y fulminó a Amelia con la mirada torcida.

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—¿QUIÉN se ha terminado mi...?

Por suerte, justo en ese momento, el padre de Amelia entró corriendo en la cocina con una caja grande de rayas en las manos.

—¡AQUÍ TIENES, mi rascaverrugas desas-trosa! —anunció el conde Drack, intentando recobrar el aliento.

Abrió la caja y le mostró unos tocinillos de pies recién hechos.

—He ido corriendo a tu pastelería favorita Tartas y Tortas. Mira, tienen trocitos supercru-jientes de las pelusillas de los dedos, ¡como a ti te gusta!

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A la condesa Frivoletta le tembló el labio in-ferior. Entonces se sentó a la mesa y rompió a llorar.

El conde Drack rodeó a su esposa con un brazo.

—¿Por qué lloras, horrorcito? Pensaba que los tocinillos crujientes te alegrarían.

—¡NO! No es eso... —respondió la condesa con un hilillo largo de mocos colgando de la nariz—. Es que acabo de acordarme de algo que vi la se-mana pasada. Fuera, en el suelo, había una alu-bia llena de moho. Estaba sola. Tan pequeña... y tan llena de moho... ¡y tan como una alubia!

Soltó un lamento sonoro. Amelia, Florencia y Grimaldi hicieron lo que pudieron para no reírse.

¡GOOOOOONG!

El gong de la puerta se oyó por toda la man-sión de los Fang y disimuló las risitas que se les habían escapado por lo bajini a la pandilla de amigos.

—¿Hemos invitado a alguien? —preguntó el

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conde Drack, que parecía aliviado por la dis-tracción.

—A lo mejor Uuuh ha vuelto pronto de casa de su hermano —dijo Amelia.

Uuuh era el mayordomo fantasma de la fa-milia Fang y mantenía la mansión en orden; sin embargo, una vez al año se tomaba un pe-queño descanso muy merecido y visitaba a su hermano errante Fantomás. Cuando Uuuh no estaba en casa, a veces reinaba el caos y el desorden, sobre todo ahora que los padres de Amelia estaban distraídos con las preparacio-nes para la llegada del bebé.

La condesa Frivoletta dejó de llorar de re-pente. Abrió tanto los ojos que Amelia tuvo miedo de que se le cayesen de las cuencas.

—¡Mecachis en el hombre del saco! —chilló la condesa—. Será mi hermana Lavitora. Se me había olvidado por completo que accedí a cuidar de sus gaticornios mientras ella hace un importante viaje de trabajo. —Empezó a echar-se puñados de tocinillos de pies a la boca—.