RBA
Ilustraciones de Lachlan Creagh
Traducción de Núria Saurina Eudaldo
LA GRUTA SECRETA
Portadilla
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ÍNDICE
1 El río 7
2 La subida 24
3 Siete soldados 32
4 La señal 50
5 Salvia de bosque 65
6 Demasiados gatos 79
7 Una noche en los árboles 92
5
8 Una segunda oportunidad 106
9 En la oscuridad 118
10 La caverna 132
11 Un plan descabellado 144
12 Un destello de blanco 162
13 Tras la tormenta 175
14 El chal 192
6
7
el RÍO
Oía el estruendo de los soldados que avanza-ban por el bosque a nuestra espalda, pero el río nos cortaba el paso.
1
1 El río
8
Los perros olfateaban el aire entre ladridos y gimoteos.
Los bípedos están a punto de alcan-zarnos, ladró Trufo.
¡Deberíamos dar media vuelta y en-frentarnos a ellos!, exclamó Mini con sus ladridos agudos.
Tienen armas, gruñó Amanecer.
A mí nunca me darán, dijo Mini, pegando brincos, ¡soy demasiado pequeño y rápido!
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Debía tomar una decisión. Eché un vistazo a izquierda y a derecha del barranco, pero las dos direcciones parecían iguales.
Águila planeó por encima de nuestras cabe-zas y viró hacia la izquierda.
—¡Hacia allí! —dije, y me precipité tras ella.
¡IIIIIIIIC!
Corrimos por una estrecha franja de tierra entre los matorrales y el precipicio. Crucé los dedos para que el suelo no se desmoronara bajo nuestros pies.
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—¡Id con cuidado, chicos! —grité por encima del hombro.
G!
N
¡B
A
Nos acercábamos a un recodo cuando oí que justo detrás los sol-dados salían disparados del bosque.
—¡Allí! —vociferó Fran, enfada-da—. ¡No dejéis que escapen!
Mientras las balas volaban, describimos la curva. Delante, vi hacia dónde nos había esta-do guiando Águila... ¡Un puente!
G!
N
¡B
A
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13
«Gracias, Águila».
Al acercarnos, me di cuenta de que el puen-te estaba muy desvencijado. Las tablas estaban podridas y se desmenuzaban.
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acerca de haber visto a mis padres en el cam-pamento de adultos. No tenía tiempo para sus titubeos.
Pisé las tablas, que crujieron estrepitosamente.
—¡Vamos, chicos!
—No parece muy seguro —dijo Rupert—. O sea, nada seguro.
—¡No tenemos elección! —espeté. Todavía estaba enfadada con él por haberme mentido
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Amanecer, mi leal sombra, me acompañó pe-gada a los talones. La seguían Brutus y Rupert, y después Trufo, que iba andando con cuidado. A medida que cada uno añadíamos nuestro peso al puente, el crujido aumentaba peligrosamente.
Se levantó el viento y toda la estructura em-pezó a balancearse de un lado a otro por encima de la caída. Más que cualquier otro, Mini estaba en apuros.
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Águila aleteó por encima de nuestras cabe-zas y tomó a Mini entre sus garras. «¡Un trabajo formidable, Águila!».
Rayo iba a la cola: avanzaba despacio y gemía asustado. Con un ojo herido, sumado a su pési-ma vista, la experiencia era un suplicio para él. Clavaba los dedos en las tablas y a duras penas avanzaba. Andando justo delante de él, Trufo daba pequeños ladridos tranquilizadores.
Continúa, Rayo. Estoy aquí. Una pata delante de la otra.
¡IIIIIIIIC!
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Al fin, logré cruzar el puente y, de un brinco, alcancé un rellano de tierra rodeado de matas. Amanecer me adelantó de un salto, luego Brutus y después Rupert, que jadeaba a más no poder.
En el otro extremo, unos soldados aparecie-ron por la curva.
—¡Agachaos! —grité.
La manada se zambulló entre los matorrales y yo me puse en cuclillas detrás de una estaca del puente. Las balas empezaron a volar. Una de ellas dio contra una cuerda, que se deshila-chó. El puente tembló.
—¡Alto el fuego! —dijo Fran a voz en cuello—. ¡Si destruís el puente, jamás los atraparemos!
—¡Deprisa! —grité, mientras Trufo se ponía a salvo a rastras y giraba sobre sus talones, la-drando a Rayo.
¡Ya casi estás, Rayo!
El primer soldado pisó las tablas podridas. Había siete, incluyendo a Fran, y pesaban más que cualquiera de nosotros. Al juntarse, el puen-te sufrió una fuerte sacudida.
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Rayo casi perdió pie, pero clavó la quijada en una cuerda para recuperar el equilibrio. Sos-teniéndome en la estaca del puente, alargué el brazo hacia él, pero no se soltaba. Vi que su ojo bueno chispeaba, parecía furia. Un instante después, ¡estaba mordiendo la cuerda!
¡Rayo estaba intentando echar el puente abajo!
Era una jugada peligrosa, y no sabía si debía permitírselo. También era consciente de que así cortábamos el camino de regreso a la carre-tera, y al convoy de camiones donde podían es-tar mis padres.
Amanecer tomó la decisión por mí. ¡Pasó como un bólido y se puso a morder la cuerda opuesta a la de Rayo!
—Chicos —murmuré— estad listos para sal-tar cuando oigáis...
C!
A
C
R
¡
C!
A
C
R
¡
19
20
Los soldados, gritando, cayeron en picado hacia el agua. Amanecer se impulsó en las ta-blas que se despeñaban justo a tiempo para so-brevolar mi cabeza y aterrizar en tierra firme detrás de mí. Con la mandíbula, Rayo intentó agarrarse a la cuerda colgante que acaba de tri-turar, pero no atinó. ¡Me abalancé hacia delan-te y lo agarré al vuelo en el último momento! Se estampó contra las tablas que ya pendían sobre el peñasco, y el collar fue ciñéndole el cuello a medida que me arrastraba más y más hacia el borde.
La mano con la que me sujetaba a la estaca empezó a resbalar y chillé presa del pánico. Unas manos me agarraron un tobillo y una boca me apretó el otro.
Los soldados emergieron del agitado río es-cupiendo y revolviéndose. En cuanto a Fran, la última que quedaba en el puente, fue la única que había logrado sujetarse a la estructura cuando se desmoronó. Colgaba de los restos al otro lado, aferrándose con todas sus fuerzas.
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Uno de los soldados consiguió sujetarse a una roca mientras la corriente se embravecía a su alrededor.
—¿Ahora podemos disparar, señora?
—¡Sí, idiotas! —se desgañitó Fran—. ¡Disparad!
Las tablas en las que Fran se sujetaba se le hicieron añicos en las manos y, aullando, cayó al agua con gran estrépito.
El soldado me apuntó con la pistola chorrean-do mientras Rupert y Amanecer nos subían a
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rastras. No iba a soltar a Rayo. Lo único que podía hacer era agarrarlo con fuerza y esperar a que el soldado fallara.
El soldado apretó el gatillo...
¡Clic!
... no ocurrió nada. Frunció el ceño, sacudió la pistola y de ella cayó un chorro de agua.
—¡Está empapada! —gruñó.
Rupert y Amanecer tiraron de nosotros y nos remontaron. En cuanto estuvimos en tierra fir-me, solté el collar de Rayo y este se despatarró a mi lado, sin aliento.
—Lo siento, Rayo —dije, dándole unas pal-maditas en el costado. Entonces miré a Rupert y Amanecer—. Gracias.
Cruzaron una mirada, como si les sorpren-diese haber trabajado codo a codo.
Rayo se puso en pie tambaleándose y se sa-cudió. Tosía un poco, pero no había tiempo para recuperarse. Pronto los soldados cruzarían el río y buscarían la manera de subir por el terraplén.
—Debemos seguir avanzando —dije.
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la subida
Nos dirigimos hacia la penumbra del bosque más frondoso, donde penetraba menos luz por entre los árboles. De vez en cuando me encara-maba a una rama para poder ver, desde lo alto, qué camino debíamos tomar.
Pronto, los soldados volvieron a seguirnos la pista; se iban llamando unos a otros mientras avanzaban dando traspiés por entre la maleza.
Delante había una colina escarpada cubier-ta de plantas que asomaban entre las rocas musgosas. ¡Era un obstáculo perfecto para in-terponer entre nosotros y los soldados! Avancé
2
2 La subida
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como una flecha por entre los árboles y les hice señas para que todos me siguieran.
Brinqué a una gran roca y empecé a escalar.
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Llegué a un hueco profundo y di un salto para agarrarme a una rama que sobresalía. Abajo, los perros zigzagueaban para subir por distin-tas rutas.
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Pero faltaba alguien.
Rayo se había quedado atrás, más receloso de brincar por rocas cubiertas de musgo de lo que solía. Más atrás, Rupert seguía en la falda de la colina, con la vista alzada hacia mí y aire de preocupación.