Tenía dieciocho años, súmale o quítale un siglo de cuento de hadas, cuando me besé con alguien por primera vez.
Estaba en el último curso de un instituto de Brooklyn, donde me había matriculado poco después de dos caóticos años en el Interior. Ansiaba la normalidad, ansiaba la rutina. Para ser sincera, me veía con un jersey color verde hoja y estudiando en una biblioteca forrada de madera, algo que me dio vergüenza reconocer más tarde, cuando me encontré leyendo El corazón es un cazador solitario bajo los parpadeantes fluorescentes de nuestro instituto, siempre falto de recursos. Lo único que hacía que todo aquello fuese soportable era Nieves Blancas.
Quizá «soportable» no sea la palabra adecuada. Ella era lo único que hacía que la situación fuese «interesante». Irritante sería otra forma de decirlo.
Nieves era una exHistoria, como yo, otro despojo del Interior. De ojos grandes y constitución de bailarina huesuda, con el pelo negro que se movía sin cesar como los juncos en el agua. Tenía una de esas caras que parecen hologramas, diferentes según el ángulo desde donde las mires, de las que dan ganas de escudriñar hasta haber descubierto todos sus secretos. De las que, cuando por fin te das cuenta de que nunca adivinarás qué esconden, ya te han robado la cartera del bolsillo o el reloj de la muñeca.
A los chicos les gustaba Nieves. No solo a los chicos, pero era con ellos con los que salía, bueno, con los que tenía una especie de «no citas» deprimentes en las que se dedicaban sobre todo a beber y dar vueltas. Durante un tiempo, dejé que me arrastrara con ella, porque hubo una fase en la que sentía que nada de lo que hubiera en la Tierra podría herirme. Me sentía valiente, pero también implicaba que estaba a un par de clics de sentirme abotargada, «inhumana», y quería apartar esa sensación a toda costa.
Total, que una noche estábamos junto al río. Al otro lado veíamos el resplandor geométrico del Distrito Financiero y yo me puse a contemplar todas las ventanas pequeñas como cabezas de alfiler, recordándome que detrás de cada luz podía haber una persona y que cada persona tenía una historia y que la ciudad estaba llena de gente cuya vida no tenía nada que ver con la mía. Supongo que con eso pretendía sentirme menos sola, pero en lugar de eso acabé pensando que ninguna de esas personas, ni una sola, podría entender qué era yo ni qué había visto ni de dónde procedía. Los únicos que sí podían, Nieves entre ellos, estaban destrozados. Algunos se habían roto como el cristal, en añicos relucientes, pero otros se habían ido resquebrajando hasta acabar convertidos en piezas polvorientas que la ciudad barría de un plumazo. Estaba un poco borracha de Coca-Cola con alcohol caliente y me preguntaba en cuál de esas categorías acabaría convertida yo. Sentía tanta lástima por mí misma que debería haberme dado vergüenza.
Uno de los chicos de Nieves (esa noche nos acompañaban tres, dos que tal vez le gustaban más uno que se había apuntado) se sentó junto a mí. Era uno de los principales, bastante guapo, con dos líneas afeitadas en la ceja. Eso significaba algo, pensé, pero no me acordaba de qué.
Nos quedamos un minuto entero sentados en silencio.
—¿Sabes qué? A veces te miro.
Ese comentario no merecía respuesta, así que no dije nada.
—Eres callada, pero eso me gusta. Tienes un alma profunda, ¿a que sí?
Sonrió ante su propio comentario, de esa manera con la que sonríen los tíos cuando dicen cosas falsamente emotivas que creen que harán que las chicas se quiten la ropa allí mismo. Que no me hubiera besado nunca con nadie no quería decir que no me sonara ya esa canción.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Eres tan pequeña —dijo de un modo críptico. Desde luego, se había leído el manual hasta el final—. Pero lo sé, tienes un alma profunda.
—Si te soy sincera, ni siquiera sé si tengo alma —contesté mirando el perfil de la ciudad—. Si el alma es lo que nos hace humanos, entonces lo más probable es que no la tenga. A menos que el alma sea algo que puedes construirte, es decir, a posteriori. Y no creo que lo sea. Así que: no tengo alma. Te lo digo para que veas por qué esa frase para ligar no va a funcionarte conmigo.
Era lo más sincero que le había dicho a alguien desde hacía mucho tiempo y casi lo único que había dicho en toda la noche. Pensé que quizá se levantaría y se iría, o que se confundiría y me llamaría zorra. En lugar de eso, sonrió.
—Joder, eres rara de cojones —dijo.
Luego me besó.
No fue tan sencillo. Primero me puse tensa, luego agaché la cabeza y la aparté. Al final, volví a mirarlo e intenté ponerme de pie, porque no había pillado mi tremenda indirecta.
—Espera, espera —me pidió entre risas.
Me pasó un brazo por la cintura y el chico era tan fuerte que el hecho de retenerme sentada pareció un gesto natural. Yo no tenía miedo exactamente, pero tampoco me podía apartar de él aunque quisiera. El aliento le sabía a Coca-Cola y ajo, y tenía la lengua áspera, como la piel muerta.
La parte de mí que lo habría matado por eso, en un tiempo remoto (que habría convertido su sangre en hielo con solo tocarlo), siseó dentro de mi pecho. La parte del Interior que había en mí se había secado y evaporado, apenas quedaban restos. Quizá habitara en el lugar que debería haber albergado mi alma, si hubiera sido humana de verdad. Ahora, en el fondo, no era ninguna de las dos cosas (ni del Interior, ni humana) y el chico aplastó la cara contra la mía de tal modo que me costaba respirar.
Entonces, de repente, me puse a jadear como si me faltara el aire y él empezó a gritar y los puntos de su piel que había frotado contra la mía se humedecieron con un sudor frío. Tardé un confuso segundo en entender qué estaba viendo: Nieves lo había agarrado por el pelo para apartarlo de mí y luego lo había tirado al suelo. Le dio dos patadas, eficaces y bien elegidas, mientras los amigos de él decían «¡mierda!», pero no hacían nada para ayudarlo. Durante todo ese tiempo, Nieves mantuvo el cigarrillo encendido en la boca, como si no valiera la pena ni dejar de fumar para deshacerse de él.
Al final, le puso la zapatilla de deporte sucia en la garganta. Debió de apretar bastante fuerte, porque él intentaba soltar toda clase de tacos pero no se oía nada. Cuando trató de quitársela de encima agarrándola por la pierna, ella dio un paso atrás y le arreó otra patada, luego se agachó y lo miró a la cara.
—Te morirás antes de cumplir los treinta —le dijo antes de echarle el humo a los ojos. No lo dijo como una amenaza, sino como un hecho—. En un accidente. Rápido, por lo menos. Si eso te consuela.
Entonces sus amigos sí lo ayudaron a levantarse y llamaron a Nieves loca y cosas peores, pero se aseguraron de no acercarse mucho a ella.
—¿Qué? —repetía el chico, con la cara teñida de miedo—. Pero ¿de qué hablas? ¿Por qué me has dicho eso?
Nieves no contestó, se quedó mirando cómo se largaban con el rabo entre las piernas, gritando insultos por encima del hombro.
Cuando se marcharon, se dirigió a mí.
—¿Ese capullo es el primero que te ha besado?
Puede. En cierto modo. Por lo menos, en esta versión de mi vida. Era demasiado complicado para entrar en detalles, así que me limité a asentir con la cabeza.
Se arrodilló junto a mí, me puso las manos en los hombros y me dio un beso en la boca. Sabía a humo y azúcar, y por debajo noté una cosquilleante corriente de color verde eléctrico que debía de ser el último rastro del Interior, o la clase de magia que le permitía, todavía, mirar a la gente y saber cosas que no debería saber. Como, por ejemplo, cuándo y cómo iba a morir alguien.
—Ya está —dijo mientras se apartaba—. Olvídate de ese tío. Este ha sido tu primer beso.
En eso es en lo que me gusta pensar cuando pienso en Nieves Blancas. En esa pequeña y esperanzadora prueba de que no todo lo que hacían los habitantes del Interior estaba destinado a hacer daño. Pero no pertenecían a este mundo y no había vuelta de hoja. Las fracturas que provocaban eran pequeñas, pero muchas fracturas juntas pueden derrumbar una ciudad.
Y, si ellos no pertenecían a este sitio, yo tampoco. Éramos depredadores a quienes habían soltado en un mundo que no estaba hecho para comprendernos. Al menos, hasta el verano en que nos convertimos en presas.
Un día después de que muriera Hansa la Viajera, yo estaba sentada en un húmedo auditorio de Brooklyn, asfixiada dentro de una toga de poliéster.
Nieves se había matriculado en el instituto conmigo, pero no había llegado hasta la graduación. Apenas había durado un mes en el centro. Había rumores contradictorios acerca de por qué la habían echado: pequeños hurtos; vandalismo no tan pequeño; un lío con un profesor; su terrorífica confianza, fruto de un cerebro antiguo y unos deseos de muerte escalofriantes que se removían dentro de la carcasa de una adolescente.
Esa razón fue la principal, creo yo, pero todas ellas eran una de las posibles versiones de la verdad. Tal vez me hubiera ido con Nieves de no haber sido por Ella. Mi madre, incandescente de orgullo al ver a su hija recibir el título de graduada. Había conseguido aprobar por los pelos, había recibido un par de menciones en educación física y había recogido una toga azul almidonada en la secretaría que siseaba como un vestido de fiesta y sentaba como un hábito.
Era un domingo de junio opresivamente caluroso cuando crucé el escenario para llegar al director con su pila de diplomas falsos, porque los de verdad los enviarían por correo electrónico. Sentí algo extrañísimo mientras me acercaba a él: orgullo. Lo había logrado. ¡Había conseguido algo! Había escapado con mucho esfuerzo del bucle de los cuentos fantásticos, había bajado la cabeza y había conseguido algo que no estaba pensado para mí. Paseé la mirada entre el auditorio y busqué a Ella con su vestido de fiesta negro y sus botas de cordones nada acordes con la estación del año.
La encontré casi al fondo, con los dedos en la boca, lista para silbar. Levanté la mano para lanzarle un beso al aire y entonces vi a la mujer que había sentada justo detrás de mi madre. Tan cerca que, si alargaba la mano, podría tocarla.
La mujer tenía una melena de un rojo sangre tan brillante como una gorra de mozo de estación, y ocultaba los ojos tras los cristales ahumados de unas gafas de sol de puesto ambulante. Sonrió cuando se dio cuenta de que la miraba y se inclinó hacia delante hasta que casi rozó el hombro de mi madre con la mejilla. Entonces sacó un dedo y lo dobló. «Ven aquí».
El ambiente del auditorio se enrareció un poco cuando las dos mitades de mi vida se acercaron y se repelieron como dos imanes por el mismo polo. Regresé trastabillando a mi asiento y de pronto me sentí estúpida. Volví la cabeza hacia ellas una vez sentada, pero no vi nada por encima del océano de birretes de graduación.
La mujer era del Interior. Se llamaba Daphne y era el motivo por el que me había apartado del camino de otras exHistorias desde hacía meses.
Los aplausos me sacaron de mis pensamientos. Había terminado la ceremonia y mis compañeros se reían y gritaban como si hubieran hecho algo grande. Por un segundo, yo había sentido lo mismo.
Corrí al vestíbulo en cuanto me liberé para buscar a Ella. La encontré sonriéndome de oreja a oreja por detrás de un ramo de hibiscos azules.
—Oye, oye —dijo cuando la agarré y la abracé muy fuerte.
—Hola. ¿Estás bien?
—¿Que si estoy bien? Estoy pletórica.
Se separó un poco, pero no me soltó. Aunque me había dejado crecer el pelo y me lo había teñido más oscuro, seguíamos sin parecernos en nada. Es curioso qué cosas pasamos por alto cuando no queremos verlas.
—Bueno, ¿y qué hacemos ahora? —Estaba casi demasiado eufórica—. Yo me he puesto un vestido y tú te has puesto... ¿Qué llevas debajo de la toga?
—Eh... es que hoy tocaba colada.
Hizo una mueca.
—No sé qué quieres decir con eso, pero yo llevo vestido y no pienso desaprovecharlo. Elige un sitio bueno, que nos vamos a comer juntas. ¡Tomaremos helado!
Tendría que haberlo hecho. Tendría que haber impostado una sonrisa y haber dejado que mi madre me llevara a comer y tomar helado para celebrar el día que ninguna de las dos creíamos que llegaría jamás. Pero no pude. Porque Daphne estaba allí. Se había puesto al alcance de la mano. Y la necesidad de saber qué quería de mí era como una astilla clavada en la piel.
—¿Y mañana? —pregunté de forma abrupta, sin dejar de observar la sala por encima del hombro de Ella. Cuando vi que se ponía triste, añadí—: Hoy tengo que trabajar. Se me olvidó decírtelo. ¿Vamos mañana?
—Vale.
Se forzó a sonreír para camuflar su verdadera expresión, cosa que me dejó claro que se había olido mi mentira barata. Luego me cogió de nuevo para darme otro abrazo.
—Gracias por venir —murmuré.
Me sacudió por los hombros con cariño.
—Soy tu madre. No me des las gracias por estar aquí. Pero vuelve enseguida después de trabajar, ¿de acuerdo? Hoy encargaré comida para llevar de la buena.
Me puso las manos frías sobre las mejillas. Después, se dio la vuelta con rapidez y se perdió entre la multitud sin volver a mirar atrás. Eso también era nuevo: cuando notaba que se iba a desmoronar, Ella cortaba por lo sano. Eso siempre me dejaba con una sensación de abandono, arrepentida por no haberla abrazado un poco más. Ojalá no le hubiera mentido y ahora estuviéramos yendo juntas a un restaurante de postín. Pero lo había hecho y no íbamos a ir, así que, en cuanto se marchó, yo también me dirigí a la salida.
Pensaba que Daphne estaría esperándome, pero no la vi. Las familias moteaban la calle, hermanos que se daban golpes y madres con pintalabios veraniego y padres con pantalones de color caqui que miraban el móvil. Pululé entre ellos como un espectro. Cuando pasé por una papelera, me quité la toga y la tiré. El cielo estaba despejado y bajo, de un modo que hacía que creyeras que estabas dentro de él, cuando no era así. Y se notaba algo en el ambiente, una sensación de espera. Como si el retazo de ciudad en el que me hallaba fuera un ratón y la garra de un gato pendiera en el aire justo encima.
Ahora las cosas eran distintas, me repetí. Nuestras vidas habían cambiado. De no haberlo hecho, habría dado otro nombre a esa sensación: la sombra de la mala suerte.
He aquí una historia que no me gusta contar.
Empezó un día feo de la primavera pasada, glacial y tan brillante que olía a asesinato. Llegué tarde a una reunión de antiguos habitantes del Interior, con la melena recién lavada convertida en estalactitas de hielo. Cuando me enteré de que hacían esas reuniones semanales para exHistorias inadaptadas, en la segunda planta de la consulta de una vidente, donde también había una tienda esotérica, de la Avenida A, pensé que me habían salvado... de la soledad de ser singular. De ser la criatura más rara que conocía. Y es cierto que las reuniones me salvaron. Pero también me liaron la cabeza. Evitaron que pudiera esforzarme demasiado, supongo, en ser normal. Que dejara de verme con tanta naturalidad, porque ¿quién iba a esperar mucho de una chica creada para vivir en un cuento fantástico y que ahora trataba de inventarse una vida sin magia?
Estaba acostumbrada a meterme en el mismo cajón de sastre que otras lunáticas exHistorias. Incluso los que me resultaban insoportables eran a la vez tan reconfortantes como el papel de pared viejo; bebían café instantáneo y parloteaban de una cosa u otra semana tras semana. Pero aquel día, una mujer que no había visto antes se sentó delante de todos. Tenía la belleza dura y pintada de un retrato de Egon Schiele: de labios oscuros y piel pálida como el papel, con un pelo de heroína perfecta que se mecía y se ondulaba por su espalda de un color rojo plano. Estaba en un taburete alto con las rodillas levantadas y unas mangas que le llegaban por los codos. Se puso a hablar. Su charla transformó el ambiente adormilado de la habitación en algo crepitante.
—Aquí somos unos infiltrados —comentó—. Y siempre lo seremos.
Dentro hacía muchísimo más calor que fuera y yo no paraba de sudar debajo de todas mis capas de ropa. Intenté desembarazarme del abrigo mientras mantenía en equilibrio una taza de café a rebosar. Pero el fervor de sus palabras me dejó de piedra.
—Este mundo es un lugar gris. Un lugar de vidas pequeñas y desperdigadas. Desordenadas. Feas. Caóticas. —Apoyó un puño en la rodilla—. ¿Y nosotros? ¡Nosotros deslumbramos! Destacamos en esta grisura como un lazo rojo.
Su voz era una droga. Densa como la niebla, frotaba su espalda contra nuestros oídos igual que un gato. La gente se acercaba cada vez más a ella, se calentaba las manos con su ferocidad. Incluso yo: me daba rabia reconocerlo, pero también despertó algo en mí.
Entonces miró a alguien sentado a sus pies, un chico con quien yo no había hablado nunca. Siempre tenía la cabeza gacha y no paraba de mover los labios, sin hacer ruido. Sospechaba que la mayor parte de su mente continuaba atrapada en su cuento roto.
—¿Qué eras tú? —le preguntó—. Cuando estabas en el Interior, ¿qué eras?
No podía ver la cara del muchacho, pero sí vi el pánico en sus hombros al levantarse.
—Era un príncipe. Hechizado por una bruja de dientes de león y sangre, para embaucar a una princesa. —Miró alrededor con nerviosismo—. A veces todavía noto el sol del Interior sobre mi piel. Oigo los insectos que susurran en el barro. No comprendo por qué sigo siendo un chico.
La mujer lo miró con una ferocidad impresionante.
—No lo eres. Eres magia, de la cabeza a los pies. Todos lo somos. Deberías estar orgulloso.
Entonces había levantado la mirada y había clavado los ojos en mí.
—No somos como las criaturas creadas en este mundo. No estamos hechos para «degradarnos» y mimetizar con ellos. Vivir una vida humana es olvidar quiénes somos. Olvidar quiénes somos es ser enemigo de nosotros mismos. Y enemigo del resto. —Luego añadió, señalando a un hombre con un ajado jersey blanco tejido a mano—: Tú, levántate.
El hombre se incorporó despacio, temblaba dentro de las botas manchadas de escarcha. Se me cayó el alma a los pies.
Porque el caso era que esas reuniones no estaban dirigidas únicamente a exHistorias. Eran para todos los que se sentían desubicados después de haber dejado atrás el Interior. Personas de este mundo que habían encontrado sus propias puertas de entrada y salida, diferentes a nosotros, pero al mismo tiempo vinculados. El hombre del jersey que parecía un copo de nieve era uno de ellos. No del Interior, sino humano.
—Yo no pretendía... —tartamudeó—. No he venido para...
—Chist. —La mujer se llevó un dedo a la boca pintada de carmín, y luego sonrió sin quitar el dedo—. Caminas por un sendero muy estrecho. Y los bosques están llenos de lobos. Y los lobos tienen colmillos afilados. Y hace mucho, mucho tiempo que no hincamos el diente a nada.
Cerró los ojos.
—Quiero vivir en un mundo de lobos. Cuando abra los ojos, no quiero ver ni un solo cordero.
Jersey de Copo de Nieve agarró el abrigo y se marchó. Un par de adolescentes con pintalabios negro lo siguieron, cogidas de la mano, y un hombre con rastas escondidas bajo un sombrero amorfo también. Una anciana con gafas metálicas se marchó después arrastrando los pies, sin prisa, como si quisiera dejar claro que no se iba por propia voluntad.
Dejé que una mitad de mí se marchara con ellos. La mitad de mí que abría los ojos para mirar el rostro de mi madre cuando me despertaba de una pesadilla. La que había excavado todo el camino hasta el corazón del Interior para acabar encontrando el camino de vuelta hacia Ella, cuando el Interior trató de arrebatármela. Pero no me moví. Esperé a ver qué ocurriría a continuación.
Cuando se hubieron ido, la mujer abrió los ojos con un clic propio de una muñeca de porcelana. Sonrió y sus dientes afilados relucieron.
—Hola, lobos.
La reunión se había disuelto bastante rápido después de eso, todo el mundo vibraba aún con una energía renovada. Aborrecía verlos tan bravucones y animados, como si acabasen de ganar algún tipo de guerra. Traté de escabullirme sin hablar con nadie, pero la mujer recién llegada me pilló en las escaleras.
—Eres Alice, ¿verdad?
De cerca era aún más desconcertante. Tenía los ojos del azul plateado del agua poco profunda, como los de la Hilandera de Historias. Más de una exHistoria poseía esos ojos.
—Un buen espectáculo —le dije—. Muy dramático. ¿Se te ocurrió toda esa chorrada de los lobos en el momento?
Arrugó un poco la nariz, como si estuviéramos tomándonos el pelo la una a la otra.
—He oído hablar de ti. La chica con el poder del hielo. La que nos liberó.
Lo dijo con tanta malicia que era imposible saber si hablaba en serio. Sí, yo había sido la primera en salir del Interior. La que, según me había enterado, con su huida había provocado un desgarrón en la costura entre los mundos, lo cual permitió que otras Historias se escabulleran detrás. Aunque nadie me había dado las gracias.
—Exacto. De nada.
Hice ademán de pasar y dejarla atrás.
—¿Es cierto el rumor de que vives con cierta mujer?
Me detuve. Parte del murmullo hipnótico había desaparecido de su voz. Me di cuenta de que podía encenderlo y apagarlo a voluntad.
—En Brooklyn, ¿verdad? ¿Un piso coqueto en la segunda planta? Me gusta. Me gustan las cortinas azules de la ventana del dormitorio de esa mujer.
La agarré del brazo. En parte para sujetarla y en parte para mantener el equilibrio.
—¿A dónde quieres ir a parar?
Me miró la mano y luego levantó la vista hasta mis ojos.
—Ya no queda nada, ¿verdad? ¿Del hielo?
La maliciosa ligereza había desaparecido por completo de su voz. Me miró con algo similar al desagrado y habló lo bastante alto para que todos los rezagados pudieran oírlo.
—He dicho que no quería ver corderos por aquí.
Más tarde me enteré de que se llamaba Daphne. Fue la última habitante del Interior en marcharse. La que apretaba las filas y despedazaba todos los intentos de asimilarse a los seres humanos aplastando esos deseos contra las rocas. En cuestión de semanas, según me contó Nieves, consiguió que todos comieran de su mano. Incluso Nieves, creo. Aunque ella no hablaba mucho de eso.
No me quedé por ahí para comprobarlo. Hasta el día de la graduación no había vuelto a ver en persona a Daphne, aunque me visitaba de vez en cuando en sueños. Hubo una noche en la que me desperté jadeando, con el pecho encogido y aplastado, como si el diablo se hubiera sentado encima. Juro que la vi de pie junto a la cama, con los colmillos puntiagudos y el pelo rojo iluminados por las farolas de la calle. Sin embargo, cuando encendí la lámpara no había nadie.
Al final las amenazas de Daphne fueron positivas: me llevaron a hacer lo que tendría que haber hecho siglos antes. Dejé atrás el Interior para siempre y me empeñé en llevar una vida enteramente humana.
Eran las once y media de un domingo. Si Daphne no me estaba esperando, sabía dónde encontrarla: imbuida en el aire viciado de la tienda esotérica, junto con Nieves y todos los demás. Era día de reunión.
Se me hizo un nudo en el estómago al aproximarme al edificio por primera vez desde hacía meses. Era de ladrillo deslucido y tenía una puerta de cristal esmerilado, con un cartel de quiromancia encima y una escalera justo detrás. Pero lo único que vi mientras caminaba hacia allí fue a Daphne. Apoyada contra la pared de ladrillo con las piernas cruzadas, los ojos escondidos por los cristales redondos y ahumados de las gafas de sol baratas.
Cuando me vio llegar, me hizo un gesto para que me diera prisa.
—Ey, hola —dijo con su típica voz de fumadora bromista—. Ha empezado hace un minuto.
Me acerqué despacio y me detuve a unas baldosas de distancia.
—¿Qué quieres?
—Hacer las paces —contestó—. Creo que te has llevado una idea equivocada de mí.
—Estoy bastante segura de que me he llevado la correcta. Dime qué quieres de verdad.
—Qué ceremonia tan bonita. Ella está muy orgullosa, ¿verdad?
Esa cosa oscura que vivía debajo de mi esternón se removió.
—Quítate el nombre de mi madre de la boca. Si quieres algo, si quieres hablar conmigo o sacarme cualquier cosa, no vuelvas a nombrarla. No vuelvas a acercarte a ella. Jamás. ¿Me has oído?
Rápida como un látigo, me agarró la mano. La apretó una vez y luego la soltó. Supongo que quería comprobar algo. No debería haberme importado qué pensaba de mí, pero por un instante me arrepentí de no estar como solía estar: llena de hielo hasta las yemas de los dedos y lista para enterrarla en mi frialdad.
—Si fueras mi hija, ¿sabes qué es lo primero que te enseñaría? Nunca dejes que sepan cómo darte donde más duele.
Noté que se me enrojecían las mejillas.
—Joder, has ganado tú. Me diste un aviso. Me he mantenido al margen. ¿Por qué sigues perdiendo el tiempo conmigo?
Se levantó las gafas y me atrapó en los rayos tractores gemelos que eran sus ojos.
—Ay, cariño. ¿Qué te hace pensar que vigilarte es una pérdida de tiempo?
Un hombre que pasaba bajó el ritmo y se dio la vuelta para poder contemplar a Daphne mientras andaba. Sin bajarse las gafas, ella le sonrió con dulzura y se quitó la funda dental superior, para dejar al descubierto una fila doble de colmillos afilados como los de un tiburón.
—¡Madre de Dios! —exclamó el hombre aterrorizado, que estuvo a punto de tropezarse con un peldaño. Al instante echó a correr despavorido.
Con el dedo meñique se recolocó la funda para ocultar los colmillos y volvió a centrar la atención en mí.
—Hagamos borrón y cuenta nueva. No quiero ser tu enemiga. Quiero que vengas porque la sangre del Interior es muy preciada, ahora más que nunca. A pesar de lo que puedas pensar, todavía eres de las nuestras. Y necesito que estés aquí para nosotros, igual que nosotros estaremos aquí para ti.
La miré a los ojos. La mitad de las criaturas reunidas en lo alto de esa escalera me acuchillarían a cambio de un perrito caliente.
—¿A qué viene eso? Y ¿por qué ahora?
—Estas semanas ha habido algunas muertes.
—¿Algunas... muertes?
Daphne lo había dicho como el que dice «ha habido algunas tormentas».
—Tres desde el principio del verano.
—¿Quién ha muerto? ¿Cómo...?
—Asesinados. El Príncipe del Bosque fue el primero. Después Abigail.
Al príncipe lo conocía de vista. De una belleza agresiva, con el pelo como la crin de un poni y un bloque de dientes tan blancos que deslumbraban. Pero Abigail... Me sentía fatal porque ni siquiera podía ponerle cara a ese nombre.
—Y anoche mataron a otra más: Hansa la Viajera.
Me quedé de piedra. Había conocido a Hansa en el Interior. Sabía que ahora estaba en Nueva York, pero lo último que había oído sobre ella era que vivía con dos exHistorias mayores e iba a un colegio concertado en el Lower East Side. La noticia me sobresaltó tanto que me olvidé de con quién estaba hablando.
—Pero si Hansa era una cría. Y en realidad tiene... bueno, tenía una oportunidad. ¿Quién atacó a Hansa?
—¿Qué tiene que ver lo de ser una cría o no en todo esto?
—Es horrible —dije en voz baja. Hansa era una niña cuando la conocí en el Bosque Intermedio. La nieta de la luna—. ¿Qué ocurrió? ¿Cómo murió?
Unas nubes se desplazaron por detrás de los ojos azules de Daphne. Si los mirabas demasiado tiempo te sentías como si mirases un agua infestada de alimañas.
—La muerte es la muerte.
—¿Qué significa eso?
Pasó por alto mi pregunta y se volvió hacia la puerta, impaciente.
—Ahora ya lo sabes. Y ahora ya hemos hecho las paces. Vamos, únete a tu gente.
Oteé a través del cristal hacia la escalera que había detrás; salpicada de agua, ascendía hasta perderse entre las sombras del segundo piso. Con un anhelo tan palpable como la sed, supe que no quería subir ahí ni en sueños.
—Gracias por invitarme. Pero ahora mismo no puedo. Tengo que trabajar.
Repetí la misma mentira por segunda vez ese día.
—No es verdad. —Abrió la puerta—. Tu último turno fue el jueves y vuelves a trabajar mañana. Pero hoy no te toca.
No sabría decir qué aspecto tenía mi cara cuando Daphne se dio la vuelta para sonreírme.
—Me preocupo por los míos, aunque sean hijos pródigos. No te preocupes por nada, princesa. Siempre tendré ojos para ti.
La seguí escaleras arriba, porque ¿qué otra cosa podía hacer?
«Correr. Esconderme». Los pensamientos eran innumerables.
«No hay ningún lugar en el que pueda estar a salvo de ellos».
Las palabras se formaron sin previo aviso, un duro atisbo de realidad que me provocó un cosquilleo en la sangre. Sentí náuseas de tantos nervios, pero entré en el ambiente con aroma a té de la tienda esotérica.
Había aprendido enseguida a quién evitar cuando tenía por costumbre ir a las reuniones todas las semanas. Los más espeluznantes no eran los que llevaban tatuajes hasta en los párpados ni los que abrían y cerraban una navaja automática sin parar, como si estuvieran en una película mala ambientada en la cárcel. Era, por ejemplo, ese hombre de ojos amables con un traje bien hecho, con un leve tono azulado en su barba negra recortada. O el chico con la sonrisa forzada, no más alto que yo. La mujer con el pelo como alambre que susurraba que tenía una línea de teléfono directa con la Hilandera, quien le había dicho que iba a dejarnos volver cualquier día.
Se me encogió el corazón cuando vi a Nieves sentada con las piernas cruzadas cerca de la ventana, al fondo, junto a un tipo con los labios más preciosos que había visto en mi vida. Yo había sido una amiga bastante penosa desde primavera: cortar con el Interior había implicado también arrancarla de mi vida. Al volver a estar ahí después de tantos meses me sentí igual, pero diferente. El ambiente estaba levemente electrificado, las personas se removían como el ganado justo antes de una tormenta. Cabezas gachas, bocas pegadas a la oreja de otro para susurrar.
Me miraban. Con descaro o con sospecha. Dudo que fueran imaginaciones mías. Cuando llegué a donde estaba Nieves, me repasó de arriba abajo.
—¿Qué demonios haces aquí? —murmuró.
Parpadeé un par de veces, sorprendida.
—Hola a ti también.
Me miró con dureza, pero pasó el brazo por el mío.
—¿Qué le ocurre a todo el mundo? —pregunté en voz baja—. ¿Qué he hecho?
—Hay muchas cosas que no tienen que ver contigo.
Después de hablar con Daphne me sentí incómoda; ahora notaba que algo reptaba por mi piel.
—¿Te has enterado de las muertes?
—Luego.
Escupió la palabra como si fuese una bala.
No iba a conseguir sonsacarle mucho más. Miré a la parte delantera de la sala, donde un tipo de unos cuarenta había salido a hablar. Supuse que Hansa había sido el primer punto del día; el resto de la reunión se desarrollaría como todas, igual que cualquier otro grupo de apoyo a la gente con problemas.
El hombre que se disponía a hablar era un desconocido, pero a simple vista noté que era de los que daban miedo. Su talla y su constitución estaban sacadas de una pesadilla: el hombre del callejón, el cuerpo que se abalanza sobre el tuyo en la oscuridad... Hacía mucho calor, pero aun así llevaba una gorra de lana sucia y un peto demasiado grande.
—Y así fue como acabé de nuevo aquí —dijo entonces—. Otra mujer... Siempre es culpa de una maldita mujer. Encima, cada vez me cuesta más ocultarlo. Cada vez que una de ellas me obliga a hacerlo, tengo que mover ficha, empezar de nuevo. Quiero vivir en algún sitio pequeño, algún sitio donde pueda estar a solas. Como cuando estaba en el Interior. Solo yo, y una mujer cuando me apetezca. Pero aquí son diferentes, aquí todo es diferente, y una vez tras otra tengo que ocultarlo.
Miré alrededor. Casi todas las personas estaban de espaldas a mí, observándolo, pero las caras que sí veía ocultaban sus propios secretos.
—Con que se me ocurrió volver —siguió—. A un lugar donde nadie se fije en nadie. Aquí las mujeres son todavía peores, pero por lo menos es más fácil deshacerse de ellas cuando te has hartado. No hay que preocuparse de tantas cosas. Ni siquiera tengo que marcharme, puedo quedarme en el mismo sitio.
De haber querido, podría haber interpretado mal sus palabras. Pero yo era una mujer del Interior que escuchaba a un hombre del Interior. Sabía perfectamente que él había hecho daño a distintas mujeres y que continuaría haciéndolo si podía. Cuando miré a Daphne, tenía una expresión tranquila. Impasible. Podría haber estado escuchando cualquier cosa.
—Me alegro de haber vuelto —dijo. Se removió dentro del peto e hizo una mueca muy fea—. Aquí son guapas, eso hay que reconocerlo. Y en esta habitación me siento un poco como en casa.
Nadie aplaudió ni dijo nada, pero a pesar de todo él se quitó el sombrero con una filigrana e hizo una pequeña reverencia. Mientras volvía a su asiento, un mechón pelirrojo y sucio le cayó sobre la frente.
Entonces noté de nuevo, con una claridad perfecta, la podredumbre de su boca en el Interior. El sabor a muerte y a odio y a los restos rancios de su última comida.
Conocía a ese hombre, porque su cuento había sido el mío.
«Alice Triple» se titulaba el relato. Una y otra vez lo había revivido en el Interior, un lugar que subsistía a base de repetir cuentos. Lo había escrito décadas antes la madre de mi madre, Altea Proserpina, y se había publicado en un libro: Cuentos desde el Interior. Yo era la princesa del cuento y aquel hombre era el pretendiente que me había ganado como trofeo. Para que fuera su mujer, o su sirvienta, o algo peor. En el relato, yo lo mataba antes de que llegáramos a poder averiguarlo, inoculando hielo en sus venas con un beso. No sabía más que eso, porque alguien había acometido la misión de liberarme de la historia.
Sin embargo, en este mundo, fuera de las fronteras rotas del lugar que nos unía a aquel hombre violento y a mí, eché a correr. Me agaché para que no me vieran y me escabullí entre la multitud de mis congéneres. Pasé por delante de Daphne, que me miró con severidad, y luego bajé a toda prisa las escaleras hacia la calle.
El cielo gris y plomizo por fin se había quebrado. Las nubes se habían separado unas de otras como el papel disuelto por el agua y dejaban caer una lluvia constante. Continué corriendo al llegar a la acera. En otras circunstancias, las gotas de lluvia habrían podido resultar limpiadoras, pero las notaba calientes como lenguas, calientes como la sangre. Me detuve bajo el toldo verde de una bodega y traté de recuperar la compostura.
Había luchado para tener esta vida. Normal. Aburrida. Para que todos los días se sucedieran de un modo ordenado. Me había visto encarcelada por luchar por esto, y de paso le había roto el corazón a mi madre, había rasgado paredes cósmicas para obtener la tranquilidad. Los odiaba a todos ellos por recordarme lo enclenque que era mi normalidad: a Daphne, a ese odioso hombre, a quien fuera que hubiese matado a la pobre Hansa.
¿Y si había sido el hombre de mi relato el que lo había hecho? Parecía plausible. Solo había conocido a otro personaje de mi cuento en este mundo: el hermano menor y mejor de ese despiadado. Una vez, cuando yo tenía seis años, me había invitado a entrar en un coche robado, y había vuelto a verlo a los diecisiete. Pero desde entonces, no había sabido de él. No todos nosotros salimos del Interior después de que mi cuento se desmoronara como un dominó y arrastrara al resto del mundo al caos. Después de escapar de allí (mejor dicho, después de que alguien me ayudara a salir de allí) los cuentos se destrozaban a tal velocidad que la Hilandera de Historias no tenía tiempo de volverlos a tejer. Hubo un tiempo en el que creí que el Interior había desaparecido por completo, pero luego me enteré de que continúa ahí, sigue desangrándose, igual que una manzana mágica aplastada que no parase de soltar jugo. Lo único que estaba cerrado ahora eran sus puertas.
Me quedé junto a una nevera con melones cortados por la mitad y ordenados como las ostras en hielo, mientras olía la lluvia y unos tulipanes cortados y medio mustios. Cerré los ojos el tiempo suficiente para reseguir el recuerdo de su cara: el chico que me había ayudado a escapar.
Cuando este lugar me resultaba demasiado caluroso y brillante, demasiado bullicioso, o furioso o irritante por las luces eléctricas, pensaba en Ellery Finch, viajando a través de otros mundos. Podía encontrarlos detrás de puertas escondidas, bajo unas bellotas, dentro de baúles antiguos. Ahí se estaba bien, dentro de esa ensoñación. Antes no solía permitirme pensar en él, pero desde hace un tiempo pensaba: ¿qué tiene de malo? Es mejor que una aplicación para meditar.
Cuando volví a estar tranquila, después de endurecer la piel frente al trío de muertes, frente a las palabras del hombre y la violencia que contenían, me puse a andar. Y cuando estuve segura de que ningún asistente a la reunión me seguía, me metí en el metro.
Y le di vueltas. Le di vueltas a qué decía de mí el hecho de que hoy hubiera huido del hombre de la reunión, cuando en el Interior lo había matado.