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Artagnan había salido unos días antes de su pueblo de la Gascuña e iba camino de París con una carta de recomendación de su padre para el señor de Tréville, capitán de la guardia del rey, con quien había tenido cierta amistad años atrás. En la carta, solicitaba al capitán que admitiera al muchacho en sus filas. ¡El sueño de D’Artagnan era convertirse en mosquetero! El joven llevaba unos cuantos días cabalgando, por eso decidió detenerse y descansar unas horas en Meung. Sin perder de vista a dos caballeros que charlaban con un tercero elegantemente vestido y con una cicatriz en la cara, D’Artagnan se dispuso a descabalgar para atar su caballo. Los tres hombres comenzaron a reír.—¿Qué os hace tanta gracia? —exclamó D’Artagnan.—¡Ja, ja, ja! Nunca habíamos visto un caballo de semejante color —consiguió decir el tipo de la cicatriz.—Si os burláis de mi caballo, también os burláis de mí, ¡no lo voy a consentir! —D’Artagnan estaba muy ofendido.—¿De veras? No me hagáis reír más… —continuó desternillándose el tipo.4