
MI PADRE ERA UN PEQUEÑO PROPIETARIO de la ciudad de Nottingham y yo era el tercero de sus cinco hijos. A los catorce años me envió a Cambridge, donde estuve estudiando hasta los diecisiete. Pero los gastos eran excesivos y entré como aprendiz en la consulta del señor Bates, un eminente médico de Londres con el que permanecí cuatro años. Las pequeñas cantidades que mi padre me mandaba las dediqué a aprender navegación y matemáticas, conocimientos siempre útiles para los que se proponen viajar, que es a lo que me creía destinado.
El señor Bates me recomendó al capitán Abraham Pannel, que estaba al mando del Swallow, un mercante con el que estuve navegando durante tres años y medio. Al regresar, decidí establecerme como médico en Londres y me casé con la señorita Marie Burton, segunda hija de un próspero comerciante.
Pero no conseguí reunir demasiados clientes y, a los dos años, después de consultar el asunto con mi esposa y con algunos conocidos, decidí volver al mar. Así, durante seis años trabajé como médico en dos mercantes e hice varios viajes a las Indias Orientales y Occidentales en los que gané algún dinero. Pasaba el tiempo libre leyendo a los mejores autores, antiguos y modernos y, cuando desembarcábamos en algún país, me dedicaba a observar las costumbres y el modo de ser de la gente, además de aprender su idioma.
Sin embargo, después de un viaje nada provechoso, me cansé de navegar y decidí quedarme en casa con mi familia. Creí que podría hacerme una clientela entre los marineros, pero las cosas no salieron tal como esperaba. De modo que tres años más tarde, cuando el capitán William Prichard, que mandaba el Antelope, me ofreció un puesto muy ventajoso, decidí volver a embarcarme. Salimos el 4 de mayo de 1699 con destino a los mares del Sur.
En nuestra travesía hacia las Indias Orientales, un fuerte temporal nos empujó al noroeste de la Tierra de Van Diemen. Doce marineros murieron debido al exceso de trabajo y a la mala alimentación, mientras que el resto de la tripulación quedó muy debilitada. El 5 de noviembre, que en aquella parte del mundo es cuando comienza el verano, a través de una neblina densa avistamos un escollo a unos doscientos metros de distancia del barco. Pero el viento era tan fuerte que no pudimos cambiar de dirección y chocamos contra él. Seis tripulantes conseguimos echar un bote al mar y apartarnos del barco y del escollo. Remamos hasta que el agotamiento nos impidió seguir y quedamos entonces a merced de las olas. Una media hora después, una repentina ráfaga procedente del norte volcó el bote. No sé qué les ocurrió a mis compañeros, pero supongo que todos murieron.
En cuanto a mí, nadé como pude y el viento y la corriente me llevaron. De vez en cuando bajaba las piernas, pero no conseguía tocar el fondo. Cuando estaba al límite de mis fuerzas, al fin pude hacer pie. Entonces la tormenta ya había amainado mucho y pude llegar a la orilla. Anochecía y no veía por ninguna parte la menor señal de casas o de personas. Exhausto, me tumbé sobre la hierba, que era muy baja y suave, y caí en el sueño más profundo de mi vida. Cuando desperté estaba amaneciendo.
Traté de levantarme, pero no pude moverme. Estaba tumbado boca arriba y noté que mis brazos y piernas y hasta mis cabellos, que eran largos y gruesos, estaban sujetados al suelo. Tenía, además, varias pequeñas ligaduras por todo el cuerpo, desde las axilas hasta los muslos. Oí un ruido confuso cerca de mí, pero en la postura que estaba solo podía ver el cielo. Al poco rato noté que algo vivo se movía sobre mi pierna izquierda y, después de pasar suavemente sobre mi pecho, llegó casi hasta mi barbilla. Bajé los ojos tanto como pude y descubrí que se trataba de un ser humano de menos de quince centímetros que llevaba un arco y una flecha en las manos y un carcaj en la espalda. Enseguida me di cuenta de que le seguían otros cuarenta individuos del mismo tamaño. Quedé asombrado y solté un grito tan fuerte que retrocedieron asustados y algunos, por lo que me contaron luego, se hicieron daño al saltar al suelo desde mi cuerpo.
Sin embargo, no tardaron en volver. Uno de ellos se aventuró a acercarse a mi cara y, levantando las manos, gritó con voz aguda pero clara:
—Hekinah degul.
Y los demás repitieron estas palabras varias veces.
Yo estaba muy incómodo e hice un esfuerzo para soltarme. Conseguí arrancar las estacas que con multitud de cuerdecillas sujetaban mi brazo izquierdo al suelo. Al mismo tiempo, con un tirón que me hizo mucho daño, aflojé un poco las ligaduras que me sujetaban el pelo, de modo que pude girar la cabeza unos cinco centímetros. Pero aquellas criaturas se escaparon antes de que pudiera atraparlas. Enseguida una de ellas gritó:
—Tolgo phonac.
Y al instante dispararon un centenar de flechas que se clavaron en mi mano izquierda como si fueran agujas. Cuando terminó esta lluvia de proyectiles, gemí de dolor. Volví a intentar soltarme y me lanzaron otra descarga mayor que la primera. Algunos de ellos intentaron clavarme sus lanzas en los costados, pero por suerte llevaba un jubón de cuero que no pudieron perforar. Decidí que más valía quedarme quieto y esperar hasta que anocheciera. Entonces, con la mano que tenía libre, me sería fácil desatarme. En cuanto a los habitantes de aquel lugar, si todos eran del mismo tamaño que los que había visto, ni el mayor de sus ejércitos se me podría resistir.
Cuando aquellas criaturas vieron que no me movía, dejaron de disparar flechas. Pero, a mi derecha, empecé a oír un ruido de martillazos que duró mucho rato. Giré la cabeza hacia ese lado, tanto como me permitieron las estacas y las cuerdas, y vi que habían levantado una plataforma de casi medio metro de altura, en la que debían de caber cuatro de aquellos seres, a la que se subía por dos o tres escaleras.
Desde la plataforma, uno de ellos, que parecía ser una persona importante, me gritó:
—Landro dehul san.
Y luego me dirigió un largo discurso del que no entendí nada, aunque por el tono deduje que formulaba amenazas y promesas, además de palabras de compasión y de simpatía. Le respondí en pocas palabras y en un tono muy sumiso. Dado que estaba casi desfallecido de hambre, me llevé un dedo a la boca para indicar que quería comer. El hurgo (así, como luego aprendí, es como llaman a un gran señor) me entendió perfectamente. Descendió de la plataforma y mandó que apoyaran varias escaleras a mis costados por las que subieron un centenar de aquellos hombrecillos que se acercaron andando hasta mi boca cargados con cestos llenos de carne. Se trataba de carne de distintos animales, pero no pude reconocerlos por el sabor. Había espaldas, muslos y lomos como de cordero, muy bien aderezados, pero más pequeños que las alas de una alondra. A cada bocado me comía dos o tres y me tragaba de una vez tres hogazas de pan que eran del tamaño de balas de mosquete. Luego les hice un gesto para indicar que quería beber. Entonces izaron con gran destreza uno de los mayores toneles que poseían, lo llevaron rodando hasta mi mano y lo destaparon. Me lo bebí de un solo trago, pues apenas contenía un cuarto de litro. Sabía un poco a borgoña, pero era mejor. Me trajeron un segundo tonel, que bebí del mismo modo, y les hice señas de que trajeran más, pero ya no tenían otro.
Al verlos ir y venir por encima de mi cuerpo, tuve la tentación de agarrar a cuarenta o cincuenta de ellos y arrojarlos al suelo. Pero me acordé del daño que me habían hecho y pensé que seguramente eran capaces de cosas aún peores. Además, mi comportamiento sumiso hasta el momento equivalía, a mi entender, a haberles dado mi palabra de honor sobre que no les iba a agredir. Por todo ello, abandoné aquellos pensamientos.
Al poco rato, cuando vieron que no pedía más comida, se presentó ante mí una persona de alto rango. Subió por mi pierna izquierda y se acercó a mi cabeza acompañado de doce personas más. Presentó sus credenciales con el sello real, que me acercó a los ojos, y habló un rato con aire muy decidido. Señalaba a menudo hacia adelante, hacia lo que luego supe que era la capital, donde el Consejo de Su Majestad Imperial había decidido que se me llevara.
Contesté con pocas palabras y con la mano que tenía suelta fui señalando la otra mano, mi cabeza y todo el resto del cuerpo para dar a entender que quería que me dejaran libre. Me respondió haciendo gestos negativos con la cabeza y me indicó por señas que sería transportado como prisionero. Entonces intenté de nuevo romper mis ataduras, pero volví a sentir de inmediato el escozor de sus flechas en la cara y en las manos, que ya tenía llenas de ampollas y con muchas pequeñas armas aún clavadas. Como vi, además, que aumentaba el número de enemigos, les di a entender que podían hacer conmigo lo que quisieran.
Entonces el hurgo y su séquito se retiraron con mucha educación y aire satisfecho. No tardaron en acercarse algunas de aquellas criaturas. Me untaron la cara y las manos con un ungüento de olor muy agradable que en pocos minutos me quitó el escozor causado por las flechas. El alivio que esto me causó y la comida que había tomado hicieron que me entrara sueño. Dormí más de ocho horas seguidas, lo que no debe sorprender, porque, según me contaron después, los médicos, por orden del emperador, habían mezclado unos narcóticos con el vino.
Mientras dormía, trajeron un enorme artefacto de madera. Se trataba de un armazón de unos ocho centímetros de altura que tenía una longitud de unos dos metros, una anchura de poco más de un metro y se desplazaba sobre veintidós ruedas. Lo pusieron paralelo a mí. Pero la mayor dificultad consistió en levantarme y colocarme sobre ese vehículo. Alzaron ochenta postes de unos treinta centímetros y utilizaron unos cordeles muy fuertes que sujetaron usando garfios a las numerosas tiras que me habían puesto alrededor del cuello, las manos, el cuerpo y las piernas. Novecientos hombres de los más fuertes tiraron de las cuerdas con ayuda de poleas fijadas a los postes. Y así, en menos de tres horas, me levantaron y me dejaron sobre la máquina, a la que me ataron fuertemente. Se emplearon mil quinientos caballos de los mejores y mayores que tenía el emperador, de unos doce centímetros de altura, para arrastrarme hasta la capital, que estaba a menos de un kilómetro.

Cuando desperté, el vehículo se había detenido delante de un antiguo templo, el más grande del reino, que había dejado de utilizarse para fines religiosos. El gran portal encarado al norte tenía un metro veinte de altura y más de medio metro de anchura, lo que me permitía entrar con cierta facilidad. A cada lado del portal, a unos quince centímetros del suelo, había una pequeña ventana que los herreros del emperador aprovecharon para dejarme bien amarrado: hicieron pasar a través de ella noventa y una cadenas del grueso de las que en Europa se usan para los relojes de bolsillo y las ataron por el otro extremo a mi pierna izquierda con treinta y seis candados. Frente al templo, a unos seis metros al otro lado de la carretera, se alzaba una torre de metro y medio de altura. Me dijeron que el emperador había subido a ella acompañado de muchos dignatarios de la corte para observarme, pero yo no pude verlos a ellos. Se calcula que más de cien mil personas salieron de la ciudad con el mismo fin y creo que no menos de diez mil ascendieron sobre mi cuerpo con la ayuda de escaleras. Cuando los trabajadores estuvieron seguros de que no podría soltarme, cortaron las cuerdas con las que estaba atado y pude levantarme. Las cadenas que me sujetaban la pierna izquierda eran de unos dos metros de longitud y dejaban que anduviera adelante y atrás en semicírculo y, al estar fijadas a unos diez centímetros de la puerta, me permitían entrar en el templo, donde podía echarme del todo.

CUANDO ESTUVE DE PIE, miré a mi alrededor y la verdad es que nunca había contemplado una vista tan hermosa. El campo que me rodeaba parecía un jardín sin límites y sus parcelas cercadas, que solían tener una docena de metros de ancho, eran como macizos de flores. Los campos alternaban con bosques en los que, por lo que pude calcular, los árboles más altos medían dos metros. Miré hacia la capital, que estaba a mi derecha: parecía el decorado de una ciudad pintada en el telón de fondo de un teatro.
El emperador había bajado ya de su torre y se acercaba a mí a caballo. El animal, aunque estaba bien adiestrado, al ver una especie de montaña que se movía, se encabritó. Su Majestad demostró ser un excelente jinete y se mantuvo en su silla hasta que unos criados lo ayudaron a desmontar. Me miró entonces de arriba abajo con gran admiración manteniéndose más allá de donde me dejaban llegar mis cadenas. Ordenó a unos cocineros y mayordomos, que ya estaban preparados, que me dieran comida y bebida. Me la acercaron en unos carritos: veinte estaban llenos de comida y veinte de vino. Cada uno de los primeros me proporcionó dos o tres buenos bocados. Me trajeron vino en diez recipientes de barro y cada uno me lo bebí de un trago.
La emperatriz y los miembros de la familia real estaban un poco alejados en sus palanquines. Pero, al ver el incidente con el caballo, se apearon y corrieron hacia el emperador. Este superaba en altura a todos sus cortesanos y tenía una cara de rasgos duros y masculinos con el labio inferior saliente, la nariz arqueada y la piel morena. Andaba muy derecho moviendo con gracia sus bien proporcionados miembros. Tenía entonces veintiocho años y llevaba siete en el trono. Para verlo mejor me tumbé de lado de modo que mi cara quedase a su altura. Vestía con sencillez, con un estilo entre asiático y europeo, aunque llevaba un casco dorado con joyas incrustadas y rematado por una pluma. Iba armado con una espada de siete centímetros por si se me ocurría desatarme. Me habló con su voz aguda y yo le respondí en todas las lenguas que más o menos hablo: holandés, latín, francés, español e italiano. Pero no conseguimos entendernos en ninguna de ellas.
Se hizo de noche y, con ciertas dificultades, conseguí entrar en la casa que habían dispuesto para mí. Durante dos semanas dormí en el suelo de ese edificio. Mientras tanto, el emperador había ordenado que me fabricaran una cama. Transportaron seiscientas de sus minúsculas camas en carros y con ellas consiguieron hacer un lecho a mi medida en el que se dormía casi tan mal como en el suelo. Trajeron, también, sábanas, mantas y colchas, tolerables para quien está acostumbrado a las asperezas.
Se eligieron seiscientas personas para servirme que vivían en tiendas levantadas a ambos lados de mi puerta. A trescientos sastres se les ordenó que me hicieran un traje a la moda del país. Finalmente, se ordenó a seis de los más grandes sabios del imperio que me enseñaran su idioma. El emperador me visitaba con frecuencia y colaboraba en mi aprendizaje. De modo que en unas tres semanas había hecho grandes progresos. Las primeras palabras que dirigí a Su Majestad fueron para pedirle que me dejaran libre. Me respondió, según creí entender, que era cuestión de tiempo y que había que esperar la opinión de su Consejo, pero para quedar libre debería lumos kelmin pesso desmar lon emposo, o sea, jurar la paz con él y con su reino. Me prometió que me tratarían siempre con amabilidad y me pidió que no me tomara a mal si mandaba a algunos de sus funcionarios para me registraran, porque en caso de que llevara armas encima podían ser muy peligrosas para ellos si se correspondían con mi enorme tamaño.
Dos enviados imperiales se encargaron de este trabajo. Los levanté delicadamente y los metí, primero, en los bolsillos de la casaca y, luego, en todos los demás que tenía, con la excepción de dos pequeños en los que no quería que se introdujeran. Los dos hombres, que llevaban consigo papel, tinta y pluma, hicieron un inventario completo de lo que encontraron y se lo entregaron al emperador. Decía lo siguiente:
En el bolsillo derecho del Hombre-Montaña tan solo encontramos un gran trozo de tela que, por su tamaño, podría servir como alfombra en el salón de Su Majestad. En el bolsillo izquierdo había un enorme cofre de plata lleno de un polvo que a ambos nos hizo estornudar varias veces. En el bolsillo derecho del chaleco encontramos un montón de cosas blancas y finas del tamaño de tres hombres. Estaban sujetas mediante un cable grueso y tenían unos signos negros que quizás eran escritos con letras de medio palmo. En el bolsillo izquierdo descubrimos una especie de máquina con unos veinte postes largos, parecidos a los de la empalizada que rodea el palacio real, con la que según parece el Hombre-Montaña se peina. En el bolsillo grande del lado derecho de sus pantalones había un tubo de hierro, de la altura aproximada de un hombre, sujeto a un trozo de madera maciza. De un lado del tubo sobresalían grandes trozos de hierro de formas extrañas que no sabemos para qué sirven. En el bolsillo izquierdo encontramos trozos redondeados y planos de metal de colores rojo y blanco. Los trozos blancos parecían de plata y eran tan grandes que tanto a mi compañero como a mí nos resultó difícil levantar uno. En el mismo bolsillo encontramos unos largos instrumentos, cada uno de ellos contenía una gigantesca placa de acero. Nos los mostró y nos explicó que en su país era muy corriente afeitarse con uno de ellos y cortar los alimentos con el otro. En dos bolsillos fuimos incapaces de entrar: consistían en dos cortes alargados, pero apretados y casi juntos por la presión del vientre. Del bolsillo derecho salía una cadena grande de plata con una prodigiosa máquina en la parte inferior. Le indicamos que sacara lo que colgaba de la cadena, que parecía una esfera hecha de plata y de algún metal transparente. En un lado vimos unos dibujos en círculo y pensamos que podíamos tocarlos, pero nos lo impidió la sustancia transparente. La máquina emitía un ruido continuo como el de un molino de agua. Suponemos que se trata de algún animal desconocido o del Dios al cual adora, aunque la segunda opción es la más probable, porque el Hombre-Montaña nos aseguró que antes de hacer algo siempre consultaba este artefacto. Nos dijo que señalaba el tiempo en el que hay que hacer cada cosa. Del bolsillo izquierdo sacó una red grande como la de un pescador que se abría y cerraba como una bolsa. Dentro llevaba varios trozos grandes de metal amarillo.
Después de haber registrado minuciosamente todos los bolsillos, siguiendo las órdenes de Su Majestad Imperial, advertimos que llevaba un cinturón fabricado con la piel de alguna bestia descomunal del que colgaba un sable tan largo como cinco hombres. En la parte derecha del cinturón llevaba sujeto un zurrón con dos compartimentos: en uno, se encontraban varios pedazos redondeados de un metal muy pesado que tenían el tamaño de nuestras cabezas y que nos costó gran trabajo levantar; en el otro, había un montón de granos negros y poco pesados, ya que pudimos sostener hasta cincuenta en la palma de la mano.
Una vez leído este inventario al emperador, este me ordenó que entregara las diversas pertenencias. En primer lugar, el sable. Pero antes se le ocurrió pedirme que lo desenvainara. Cuando lo hice, todos los presentes soltaron un grito de terror y de sorpresa cegados por los rayos del sol que se reflejaban en la hoja de acero que blandí en todas direcciones. Su Majestad, que mostró menos sorpresa de lo que yo esperaba, me ordenó que introdujera de nuevo el arma en la vaina y que la tirara al suelo con la máxima delicadeza posible. A continuación me pidió que sacara mi tubo de hierro (se refería a mi pistola de bolsillo). Obedecí y, a solicitud del emperador, le expliqué su uso y manejo. La cargué solo con pólvora, que se había salvado de la humedad gracias a estar cerrada herméticamente en mi bolsillo y, después de advertir que iba a hacer mucho ruido, disparé al aire. Se produjo una conmoción tremenda. Centenares de cortesanos cayeron al suelo como si hubieran recibido un balazo e incluso el emperador tardó en recuperarse de la impresión. Entregué la pistola, la bolsa de pólvora, las balas y el reloj, que interesaba mucho al emperador. Su ruido ininterrumpido y el movimiento del minutero, que él podía ver con claridad, le dejaban pasmado. Entregué, también, las monedas de plata y de cobre, la bolsa con algunas piezas de oro grandes y pequeñas, el cuchillo y la navaja, el peine y la tabaquera de plata, el pañuelo y el diario. Unos carros se llevaron el sable, la pistola y el zurrón a los almacenes imperiales. Finalmente, se me indicó que podía conservar el resto de mis pertenencias.

GRACIAS A MI BUEN COMPORTAMIENTO, el emperador y su corte estaban muy favorablemente predispuestos hacia mí y empecé a tener esperanzas de que pronto me otorgarían la libertad. Procuré ser muy amable y dócil con todo el mundo para que no me tuvieran miedo. Por eso, a veces me tumbaba en el suelo y dejaba que cinco o seis de ellos bailaran sobre mi mano. Y, al final, algunos chicos se atrevieron a jugar al escondite entre mis cabellos.
Un día el emperador quiso ofrecerme varias exhibiciones de destreza para que me divirtiera. La que más me gustó fue, sin duda, la de los funambulistas que caminaban sobre un hilo blanco suspendido a unos treinta centímetros del suelo. Este tipo de exhibición la ofrecían, entre otros, los aspirantes a cargos importantes en la corte. Cuando un puesto oficial quedaba vacante (por fallecimiento o porque alguien había caído en desgracia), algunos candidatos pedían al emperador que organizara una sesión de cuerda floja. Conseguía el puesto el que saltaba más arriba sin caerse de la cuerda. Con frecuencia, además, se exigía a los ministros que demostraran ante el emperador que seguían teniendo la destreza que les había permitido alcanzar el cargo. Eran admirables las cabriolas con que Flimnap, el tesorero, se elevaba dos o tres centímetros más arriba que ningún otro señor del imperio.
Algunas veces los que participaban en estas sesiones sufrían accidentes. Yo mismo vi cómo dos o tres candidatos se rompían algún hueso. Pero el peligro era mayor cuando eran los ministros los que se veían obligados a demostrar su habilidad, porque para superar a los demás se esforzaban tanto que casi todos habían sufrido caídas, algunas de ellas graves.
Había otra diversión que solo se realizaba ante el emperador, la emperatriz y el primer ministro. El emperador colocaba sobre una mesa tres finos hilos de seda de quince centímetros de longitud: uno azul, otro rojo y otro verde. Estos hilos eran los premios. Para obtenerlos, se celebraba en una gran sala de palacio una prueba de destreza muy distinta de la anterior. El emperador sostenía un bastón, que mantenía en posición horizontal, y los candidatos, avanzando uno tras otro, tenían que saltar por encima del bastón o arrastrase por debajo, según si el bastón subía o bajaba. A veces el emperador aguantaba un extremo del bastón y el primer ministro, el otro; en otras ocasiones, lo sostenía solamente el primer ministro. A quien mostraba más agilidad y aguantaba más tiempo saltando y arrastrándose se le premiaba con el hilo azul. El segundo recibía el hilo rojo y el tercero, el verde. Todos los llevaban ceñidos a la cintura con dos vueltas y se consideraba un signo de gran distinción.
Cada día traían ante mí los caballos del ejército y los de las caballerizas del emperador. Se acostumbraron, así, a mi presencia y dejaron de tenerme miedo. Los jinetes los hacían saltar sobre mi mano, que yo dejaba plana en el suelo. Uno de los mejores jinetes del emperador saltó por encima de mi pie calzado, lo que se tuvo por un salto prodigioso.
Un día, para entretener al emperador, le pedí que ordenara que se me trajeran unos cuantos palos de medio metro de altura. Al día siguiente llegaron seis carros cargados con lo que le había solicitado. Clavé ocho palos en el suelo formando un cuadrado y até en ellos mi pañuelo, lo extendí cubriendo todo el espacio hasta que estuvo tan tenso como un tambor. A continuación, coloqué cuatro palos horizontales para que sirvieran de bandas laterales.
Pedí, entonces, al emperador que enviara un grupo de veinticuatro jinetes elegidos para que hicieran sus ejercicios sobre aquella tela. Recibida la imperial aprobación, yo mismo subí los caballos de uno en uno y a los oficiales que debían montarlos.
Una vez sobre mi pañuelo, los jinetes se dividieron en dos grupos, simularon ataques, se dispararon flechas sin punta, desenvainaron las espadas y se persiguieron unos a otros, en lo que fue una excelente exhibición de disciplina militar. Los palos horizontales impedían que los jinetes y los caballos se cayeran. El emperador aplaudió a rabiar y ordenó que el espectáculo se repitiera varias veces. En una ocasión un caballo fogoso, al golpear con fuerza mi pañuelo con sus cascos, lo rasgó y se abrió un agujero por el que cayó junto con su jinete. Los socorrí enseguida, tapé el agujero con una mano y bajé al resto de la tropa con la otra. El caballo que había caído se lesionó en la pata delantera izquierda, pero el jinete resultó ileso. Después de este incidente, aunque remendé el pañuelo, no quise usarlo más en juegos de tanto riesgo.
A los dos días, el emperador dispuso que los soldados de la capital estuvieran prevenidos porque iban a participar en una diversión extraordinaria. A mí me dijo que me colocara de pie con las piernas abiertas, como un coloso, y a continuación indicó al general que alineara a sus soldados en orden de batalla y que, al son de los tambores, los hiciera desfilar entre mis piernas, con las banderas enarboladas y las armas en posición; la infantería formó columnas de veinticuatro de frente y la caballería de dieciséis. Aquel ejército consistía en tres mil hombres de a pie y mil de a caballo.
Finalmente, después que yo solicitara mi libertad en muchas ocasiones, Su Majestad llevó el asunto al Consejo. Allí nadie se opuso, excepto el almirante Skyresh Bolgolam que, sin que yo le hubiera hecho nada malo, se había convertido en mi enemigo mortal. Este hombre gozaba de la total confianza de su señor, por lo que consiguió fijar las condiciones bajo las cuales se me pondría en libertad y que yo debería jurar. El almirante en persona me trajo las condiciones por escrito. Después de leérmelas, me pidió que jurara cumplirlas. Primero, debía jurarlo a la manera de mi país y, luego, a la manera del país en el que me encontraba, que era la siguiente: tenía que agarrarme el pie derecho con la mano izquierda, ponerme al mismo tiempo el dedo corazón de la mano derecha en la coronilla y el pulgar en la punta de mi oreja derecha.
Para que el lector se haga una idea de la forma de expresarse de aquel pueblo, he traducido el documento que juré para recuperar mi libertad:
Golbasto Momaren Evlame Gurdilo Shefin Mully Ully Gue, poderoso emperador de Liliput, maravilla y terror del universo, cuyos dominios se extienden hasta los extremos del globo, monarca de monarcas, más alto que todos los hijos de los hombres, propone al Hombre-Montaña, recién llegado a su imperio, las siguientes condiciones que jura solemnemente cumplir:
Primero. El Hombre-Montaña no saldrá de nuestra tierra sin nuestro permiso.
Segundo. No se atreverá a entrar en la capital sin nuestra orden expresa.
Tercero. Paseará con sumo cuidado por las carreteras principales y no pisará ni se tumbará ni en los prados ni en los campos de cereales.
Cuarto. Al andar por las susodichas carreteras pondrá mucha atención en no pisar a ninguno de nuestros amados súbditos, sus caballos o sus carruajes y no tomará en sus manos a ningún súbdito sin su consentimiento.
Quinto. En los envíos de extraordinaria urgencia, el Hombre-Montaña llevará en su bolsillo al mensajero y su caballo y lo devolverá sano y salvo en caso de que así lo requiriese Nuestra Imperial Presencia.
Sexto. Será nuestro aliado contra nuestros enemigos de la isla de Blefuscu y se esforzará en destruir su armada, que se está preparando para invadirnos.
Séptimo. En sus ratos de ocio ayudará y colaborará con nuestros constructores en levantar algunos grandes bloques de piedra.
El Hombre-Montaña recibirá una asignación diaria de alimento y bebida suficiente para sustentar a 1.728 de nuestros súbditos. Firmado en el palacio de Belfaborac, el duodécimo día de la nonagésima primera luna de nuestro reinado.
Una vez juré, me soltaron las cadenas y quedé libre por completo. El emperador en persona estuvo presente durante la ceremonia y yo demostré mi reconocimiento postrándome a sus pies. Me ordenó que me levantara y, después de dirigirme algunas palabras muy amables, añadió que esperaba que iba a ser un servidor útil, merecedor de todos los favores que ya me había concedido y de los que en un futuro me podía llegar a conceder.
Un tiempo más tarde pude esclarecer un punto del documento que al principio me dejó perplejo: cómo se había conseguido calcular que para alimentarme se necesitaba lo mismo que para alimentar a 1.728 liliputienses. Un amigo de la corte me explicó que los matemáticos imperiales habían determinado la altura de mi cuerpo con la ayuda de un cuadrante y habían descubierto que yo era doce veces más alto que ellos. Vista la similitud de nuestros cuerpos, concluyeron que el mío debía de equivaler a un volumen de, como mínimo, 1.728 de los suyos (es decir, doce elevado al cubo). Yo necesitaría, por lo tanto, tanta comida y bebida como la que hacía falta para alimentar a esa cantidad de liliputienses. En esto puede verse el ingenio de aquel pueblo, además de la exactitud con que procedía su monarca.