rugido-4
rugido-5

Ilustraciones de Ben Mantle

Traducción de Ángela Esteller García

PORTADILLA

rugido-6

Título original inglés: Return to Roar.

Autora: Jenny McLachlan.

© del texto: Jenny McLachlan, 2019.

© de las ilustraciones: Ben Mantle, 2019.

Todos los derechos reservados.

Publicado originalmente en inglés por Egmont Books UK Limited,

ahora HarperCollinsPublishers Ltd, 1 London Bridge Street,

Londres SE1 9GF, Reino Unido

© de la traducción: Ángela Esteller García, 2021.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2021.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

rbalibros.com

Primera edición: junio de 2021.

rba molino

ref.: obdo899

isbn: 978-84-272-9629-9

el taller del llibre • realización de la versión digital

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del

editor cualquier forma de reproducción, distribución,

comunicación pública o transformación de esta obra, que será

sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse

a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos,

www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento

de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Todos los derechos reservados

CRÉDITOS

rugido-7

Para la salvaje y maravillosa Mara

DEDICATORIA

rugido-8

MITCH

MAPA

rugido-9

por RUTH

Y GIDO

EL LADOMALO

EL FIN

RUGIDO

ELNIDO DEL CUERVO

MASMORA

rugido-10
rugido-11

9

CAPÍTULO 1

El ejercicio de la pizarra digital sugiere que la señorita Kimble no se está tomando esta clase muy en serio. Pero ¿quién va a repro-chárselo? Estamos a punto de empezar las vacaciones y en el aula hay un ambiente muy relajado.

Suena música, por encima de nuestras cabezas pasan lápices y gomas y todo el mundo habla. La señorita Kimble está recogiendo

COMPLETA EL ENUNCIADO: Estas vacaciones voy a...

Describe qué vas a hacer durante estas vacaciones y señala los adjetivos y frases descriptivas que has utilizado.

E IRME A ESQUIAR.

¡¡JA’ JA' JA!!

rugido-12

10

su mesa frenéticamente porque, como no deja de repetir, tiene que tomar un avión, y mi hermana está trenzándole el pelo a Harriet Scott. Nadie está haciendo la tarea.

Excepto yo.

Bolígrafo en mano, empiezo a escribir. La señorita Kimble no es la única que va a ir a un lugar apasionante estas vacaciones.

Estas vacaciones, voy a visitar la Tierra de Rugido con mi hermana melliza, Ruth. No sabemos exactamente dónde está Rugido, pero para lle-gar allí tenemos que meternos dentro de una vieja y roñosa cama plegable que está en el desván de la casa de nuestro abuelo. No es que sea muy glamuroso como portal de un mundo fantástico, pero funciona, y eso es lo importante.

Una vez en Rugido, iremos a dar una vuelta con mi mejor amigo, Wininja. Win es tan sigiloso como un zorro, tan flexible como una goma elástica y tan mágico como una varita porque es mitad ninja y mitad mago.

Después de explorar Rugido, subiremos a lomos de un dragón. Aunque volar sobre un dragón es más flipante que beberse un granizado de colores, los dragones siempre tienen el cuerpo caliente, como si fuera un horno. En algún momento, visitaremos el Nido del Cuervo, que es un castillo terrorífico en medio del mar. Ahora está habitado por una panda de niñas salvajes, pero antes allí vivía nuestra némesis, Crowky.

Crowky es un auténtico villano. También es tan listo como un cuervo y tan espeluznante como un espantapájaros. Esto es debido a que es un espan-tapájaros con alas de cuervo (aunque puede que ahora no le funcionen las alas porque la última vez que estuvimos en Rugido un dragón se las quemó... aunque eso es otra historia).

También tengo muchas ganas de nadar junto a unos hombres-pez super-tatuados. La única razón por la que estoy haciendo este ejercicio es para distraerme, porque ESTOY IMPACIENTE por oír el timbre. Cuando suene,

rugido-13

11

voy a salir zumbando hacia la casa del abuelo (tan veloz como un guepardo) y ¡será el momento de que empiece la aventura!

—Gido, ¿qué estás haciendo?

Al levantar la mirada, me encuentro con mi hermana, en pie junto a mí.

—¿Qué pasa? —respondo, tapando lo que he escrito con la mano—. La señorita Kimble no va a corregirlo nunca. Se va a esquiar.

Ruth se desliza en el asiento hacia mí y deposita una caja de mag-dalenas sobre el pupitre.

—Sí, pero ¿y si alguien lo lee? ¡Pensarán que estás loco!

Esbozo una sonrisa.

—Pero no lo estoy, ¿a que no, Ruth? Estamos a punto de volver a Rugido. ¡Hoy!

—¡Chist! —Ruth mira a su alrededor para cerciorarse de que nadie nos escucha.

Aunque mi hermana no soporta hablar de Rugido en la escuela, ahora mismo estoy tan excitado que no puedo acatar sus normas.

—Ruth, ¡esta tarde estaremos volando a lomos de un dragón!

Ruth sonríe. No puede evitarlo.

—Lo sé. ¡Ojalá ya estuviéramos allí!

La pasión con la que pronuncia estas palabras me sorprende. A Ruth, como a mí, le encanta Rugido, pero también le encanta el instituto Langton. Aunque acabamos de llegar, ya tiene un montón de amigas con las que se pasa todo el día, y, gracias al móvil, también toda la noche. En cambio, yo solo he hecho un amigo, Adam Zeng. Es un chico genial, pero ahora le están sacando las anginas y por eso estoy yo solo en el pupitre.

—¿Qué será lo primero que hagas cuando lleguemos a Rugido? —le pregunto.

rugido-14

12

Ruth me mira como si fuera estúpido.

—Pues ir a ver a Mitch, claro.

Si Win es mi mejor amigo en Rugido, Mitch es la mejor amiga de Ruth. Es una sirenuja que vive en su propia isla, aunque la última vez que estuvimos por allí descubrimos que había desaparecido. Justo antes de irnos, distinguimos algo que nadaba en el agua y Ruth dijo muy convencida que era Mitch, aunque podría haber sido cualquier otra cosa. Así que digo:

—Ruth, ¿te has planteado que quizá Mitch no haya vuelto todavía?

Se abraza a la caja de magdalenas.

—¡Imposible! Mitch desapareció porque me olvidé de ella, pero ahora soy capaz de recordarla con total claridad: los dedos palmea-dos, los tatuajes, la melena. Era de un azul brillante.

—Del mismo color que el helado de chicle —añado.

Ruth sonríe.

—¡Exacto!

—Pero, Ruth, si Mitch no ha regresado, podemos hacer otras co-sas increíbles.

Ruth niega con la cabeza tercamente.

—No. Solo quiero ver a Mitch. Tengo tanto que contarle...

A continuación, mira a sus nuevas amigas en el extremo opuesto del aula. Están todas reunidas en torno a Harriet Scott —la que más se oye del grupo—, que está contando algo tan impactante que el resto de las chicas se han quedado boquiabiertas.

Todas las chicas que conforman la pandilla de Ruth tienen el mis-mo aspecto, y no solo por sus bocas abiertas. Todas llevan la corbata corta con un nudo regordete y los calcetines subidos hasta las rodi-llas, y todas ellas, Ruth incluida, se peinan en una larga trenza. Ella dice que lo hacen para demostrar lo buenas amigas que son. Ruth

rugido-15

13

tamborilea con los dedos en el contenedor. Esa es otra manera de demostrar lo buenas amigas que son: con la repostería.

—¿Me das una? —le pido.

Ruth abre el envase y muestra unas filas de perfectas magdalenas. Todas tienen un emoji diferente glaseado en la parte superior.

—Lo siento, pero no hay suficientes.

De repente, la voz de Harriet resuena desde el otro extremo de la clase.

—¡Ruth, ven aquí! ¡Queremos enseñarte algo!

Ruth duda un momento. Supongo que no quiere dejarme solo.

—Estoy bien —afirmo.

Agradecida, me sonríe y sale disparada hacia el grupo.

Compruebo el reloj. Solo faltan seis minutos para que suene el timbre. Tengo el corazón encogido por la emoción. No estoy seguro de cuánto más podré aguantar. Delante de mí, Tariq se inclina hacia su mochila y se come la mitad de un sándwich de huevo de un boca-do. Las clases terminan a la hora de comer, pero es evidente que no puede esperar.

El aroma del huevo viaja hasta mí, y respiro profundamente cerran-do los ojos. «Dragones», pienso, y de repente estoy de vuelta en Ru-gido, volando a lomos de Vlad sobre el Océano Sin Fondo. Las olas rompen unas contra otras debajo de nosotros y Vlad suelta un gru-ñido, lanzándome una llamarada de fuego con olor a azufre.

Noto que algo me golpea en la cabeza y, al abrir los ojos, me en-cuentro con una goma sobre el pupitre. Desde el otro extremo del aula, Harriet grita:

—¡Lo siento, Gido! ¡Quería darle a Tariq!

La señorita Kimble alza la mirada y se percata de que la clase está sumida en el caos.

rugido-16

14

—A ver —dice, dando palmadas—, ¿a quién le gustaría compartir uno de sus enunciados descriptivos con el resto de la clase? —Todo el mundo se calla, incluso Harriet. Entonces, como si fuera un dragón que ha distinguido una presa, la señorita Kimble clava sus ojos en mí—. Gido Trout, escuchemos uno de los tuyos.

—Hum... —Trago saliva y busco a la desesperada una frase que no incluya ningún elemento mágico—. «También tengo muchas ganas de nadar» —leo en voz alta, saltándome el trozo de los hombres-pez supertatuados.

La señorita Kimble frunce el ceño.

—Bueno, es un enunciado, aunque yo no lo llamaría precisamen-te descriptivo. Léenos otro.

Ruth se da la vuelta y me mira enfadada. Solo faltan unos se-gundos para acabar el trimestre y estoy a punto de meterme en un buen lío.

—Ehhh... —balbuceo.

Y en ese preciso momento, de forma bastante literal, me veo sal-vado por la campana.

Todos estallamos en una algarabía, nos levantamos arrastrando las sillas, guardamos los libros en las mochilas y nos ponemos el abrigo.

—¡Llevaos los deberes! —grita la señorita Kimble, corriendo hacia la puerta—. Y terminadlos durante las vacaciones, ¡MIENTRAS YO ES-TOY ESQUIANDO!

Arrugo el trozo de papel y me lo meto en el bolsillo. No necesito escribir sobre Rugido porque, finalmente, después de semanas so-ñando, esperando y haciendo planes, voy a regresar.

rugido-17

15

CAPÍTULO 2

Ruth empieza a repartir las magdalenas entre su pandilla, y yo me uno al barullo de estudiantes que se dirigen hacia el exterior.

Mamá ha aparcado justo donde dijo que lo haría y, al ver que Ruth todavía no ha llegado, me apodero del asiento del copiloto.

—¡Hola, Gido! —saluda, sacudiéndome el pelo—. ¿Preparado para pasar las vacaciones con tu abuelo?

—Sí —respondo, tratando de evitar la enorme sonrisa que amena-za con abrirse paso en mi rostro. Mamá y papá son bastante guais, pero no aceptarían de ninguna de las maneras que Ruth y yo pasára-mos nuestras vacaciones en un mundo fantástico. Así que piensan que disfrutaremos de una semana de descanso en casa del abuelo mientras ellos hacen senderismo por Escocia. Para que mamá conti-núe con esa idea, le cuento todo lo que hemos planeado—: El abuelo ha prometido que nos llevará a pescar y montaremos en bici, ah, y ha acabado nuestro refugio del desván, así que Ruth y yo ya no tendre-mos que compartir habitación.

—Hablando de Ruth, ¿dónde está? —Mamá dibuja un círculo en el cristal empañado del coche—. Si no llega pronto, papá y yo vamos a perder el tren.

rugido-18

16

—Voy a buscarla —anuncio, desabrochándome el cinturón y apeándome del vehículo con un brin-co. ¡No entiendo cómo puede preferir repar-tir magdalenas a llegar a Rugido!

Atravieso corriendo el patio cuando una sombra oscura pasa por delante de mí. Ahogo un grito y aguanto la respiración hasta que me doy cuenta de que solo ha sido un cuervo que se ha abalanzado so-bre un bocata a medio comer. Cuando entro en la escuela, sigo sin-tiendo los latidos sordos de mi corazón. Me sucede a menudo: cuan-do veo a alguien que lleva un abrigo negro u oigo un aleteo, un fogonazo de miedo me atraviesa. De hecho, hace unos días, en clase de historia, una gaviota golpeó el cristal de la ventana y pegué un chillido.

Hay una buena razón para estos sobresaltos. La última vez que vi a Crowky —quemado y descompuesto sobre la cubierta del Corvus— este llevaba puesta la camiseta «¡NO PROB-LLAMA!» de mi abuelo.

rugido-19

17

Crowky no lo sabe, pero los objetos de este mundo permiten que los que viven en Rugido salgan de allí, así que no necesita más que esa camiseta para esca-par. La idea de Crowky arrastrándose por el túnel de Rugido con la camiseta y apareciendo a continuación en el desván de mi abuelo me horroriza. ¿Qué haría primero? ¿Dise-car al abuelo o venir a por Ruth y a por mí?

Al principio, no mencioné nada de la camiseta a Ruth ni al abue-lo. Para ser sincero, quería olvidarme del tema. Pero, entonces, un sábado un grajo se posó sobre el comedero para pájaros del abue-lo y me asusté tanto que se me cayó la taza de chocolate caliente que sostenía en las manos. Ruth preguntó qué sucedía, y le dije que Crowky se había quedado con la camiseta del abuelo. El asunto no pareció preocuparlos tanto como a mí. Ruth dijo que la última vez que habíamos visto a Crowky, la camiseta estaba hecha jirones y que, seguramente, a estas alturas, se encontraría en el fondo del Océano Sin Fondo, y el abuelo le dio la razón. Pero yo no lo tengo tan claro...

Doblo una esquina y casi choco con Harriet y el resto de las ami-gas de Ruth. Sus brazos están entrelazados y Harriet se está riendo.

—¿Dónde está Ruth? —pregunto.

La sonrisa de Harriet desaparece.

—Gido, es terrible. ¡Se le han caído todas las magdalenas!

—Sigo pensando que deberíamos ayudarla a limpiarlo —dice Nisha.

Conozco a Nisha desde la escuela y puedo afirmar sin miedo a equivocarme que está preocupada.

Harriet mira su teléfono.

—No tenemos tiempo. Si perdemos el autobús, nos perderemos la peli. La Pez lo entenderá. —A continuación, pasa a mi lado

17

rugido-20

18

y las otras la siguen—. ¡Adiós, Gido! ¡Que disfrutes de tus vacaciones! —me grita por encima del hombro.

Encuentro a Ruth a cuatro patas en el pasillo del aula de Geo-grafía. Sus magdalenas están por todas partes: hechas puré en el suelo, pegadas a las taquillas e incluso embadurnadas en el tablón de anuncios.

—¿Qué ha ocurrido? —le pregunto—. ¡Parece que hayan explotado!

Ruth niega con la cabeza con aspecto completamente abatido.

—Los de último curso pasaron a toda prisa y la caja se me escapó de las manos. Las magdalenas salieron volando.

Empiezo a recoger trocitos de magdalenas y los meto dentro del envase.

—Las chicas deberían haberte ayudado.

Ruth se encoge de hombros.

—No tenían tiempo. No pueden perder el autobús.

«Aun así, deberían haberte ayudado», pienso. Pero no lo digo en voz alta porque parece que Ruth va a ponerse a llorar de un momen-to a otro, y Ruth odia llorar. Así que continúo recogiendo puñados de magdalenas, tratando de acabar lo antes posible.

Enseguida salimos de la escuela, y yo me voy comiendo una mag-dalena que he encontrado sobre un radiador casi entera.

—Esta está buenísima, Ruth.

Ella esboza una pequeña sonrisa.

—Gracias, Gido.

Mastico una de las bolitas plateadas.

—¿Por qué Harriet te llama «la Pez»?

Ruth pone los ojos en blanco.

—Por nuestro apellido, Trout, «trucha», idiota.

—¡Ah, vale! Entonces..., ¿puedo llamarte Pez?

rugido-21

19

—No —responde, dándome un empujón.

Entramos apresuradamente en el coche de mamá, sin aliento y muertos de risa. Hemos hecho una carrera para ver quién se queda-ba con el asiento del copiloto y, por supuesto, ha ganado Ruth.

—Ya era hora —dice mamá—. ¿Les han gustado las magdalenas a tus amigas, Ruth?

Se produce un silencio breve e incómodo y entiendo que Ruth no quiere entrar en los detalles de la caída de las magdalenas, así que digo:

—Yo me he comido una y estaba deliciosa.

Entonces, suena Adele en la radio y mamá se despista.

Mientras nos alejamos de la ciudad en dirección a la costa, mamá canta acompañando la melodía de la radio y Ruth apoya la cabeza en la ventanilla. Yo chupo el glaseado que todavía me queda en los de-dos y trato de no pensar en el cuervo que acabo de ver, solo e inmó-vil en medio de un campo.

rugido-22

20

CAPÍTULO 3

—¡Muy bien, hora del sermón! —dice mamá nada más entrar en el acceso al garaje de la casa del abuelo—. Lavaos los dientes al menos una vez al día, comed fruta y verdura dos veces al día y, Ruth, no estés todo el día pegada al teléfono.

Los arbustos y ramas de los árboles sin podar arañan los laterales del coche. Como es habitual, Ruth tiene el móvil en la mano.

—De hecho, mamá —dice—, creo que estas vacaciones voy a apa-garlo. Voy a hacer una desintoxicación digital completa.

—¿¡Cómo!?

Mamá está tan sorprendida que casi acaba metiendo el coche dentro del bebedero para pájaros del abuelo. Ruth adora su móvil. Puede pasarse un día entero sin mirarme, pero no podría pasar ni un minuto sin mirar su teléfono.

Ruth se encoge de hombros, como diciendo que no es algo tan grave.

—Vi un vídeo en YouTube que decía lo malos que eran los te-léfonos para la felicidad, así que he pensado que estaría bien des-cansar.

Mamá detiene el coche y se abraza a Ruth.

—¡Estoy tan orgullosa de ti...!

rugido-23

Por encima del hombro de mamá, Ruth me mira y sonríe de oreja a oreja. Entonces suelta:

—Creo que tendrías que hacer lo mismo, mamá. Tú y papá os vais a Escocia para alejaros de todo, así que... ¿por qué no apagáis vuestros teléfonos? Si pasa algo, el abuelo puede contactaros al hotel.

—Si tú puedes, nosotros también —dice mamá, estrujando a Ruth—. ¡Qué lista es mi niña!

Más bien astuta, diría yo, admitiendo la rapidez mental de Ruth. Queremos pasar todas las vacaciones en Rugido y ahora no tendre-mos que preocuparnos por si mamá o papá llaman para hablar con nosotros.

De repente, un golpe me hace dar un respingo. Abu ha salido a hurtadillas de la casa y acaba de pegar su cara contra la ventanilla.

Mamá está horrorizada.

—¿En serio? ¿De verdad está chupando el cristal?

Sí, lo está haciendo, y es desternillante. Ruth y yo salimos corrien-do del coche y enseguida nos lanzamos hacia él para recibir uno de sus abrazos peludos. A Abu no le gusta mucho afeitarse. Ni tampoco le gustan mucho los pantalo-nes largos. Como cualquier otro día del año, lleva unas bermudas y sandalias, que muestran unas uñas de los pies largas y retorcidas.

—Ya falta poco —susurra, y duran-te un instante los tres nos dejamos llevar por la emoción de nuestro secre-to compartido.

Mamá hace sonar la bocina del coche.

rugido-24

22

—¡Vamos, mellizos, coged vuestras mochilas!

Sacamos nuestro equipaje del maletero. Está lleno de ropa que no nos vamos a poner y de libros que no vamos a leer, pero teníamos que hacerlo para que mamá y papá no sospecharan.

Después de sacar el coche torpemente del acceso, mamá se asoma a la ventana y nos mira con severidad.

—No os paséis la semana tirados en el sofá.

Yo niego con la cabeza.

—No vamos a estar tirados, ¿a que no, Ruth?

—Claro que no. Vamos a nadar...

—Y a montar en bici... y a correr —digo.

Durante un momento, mamá nos observa, entornando los ojos con recelo, y después dice:

—De acuerdo, pero no veáis mucho la tele.

Entonces, tras dar un bocinazo y despedirse con un gesto de la mano, se marcha.

Todos suspiramos aliviados.

—Bueno, no dijo nada de subirse a lomos de un dragón —dice Abu.

—O de ir por ahí con magos-ninja —intervengo yo.

—O de tirarse a bomba desde lo alto de una cascada —añade Ruth.

Abu levanta las manos hacia el cielo y suelta una ruidosa carcajada.

—¡Entonces, me parece que estáis listos!

rugido-25

23

CAPÍTULO 4

—¡Ta-chán!

Abu abre de par en par la puerta del desván.

Es increíble. Ha transformado lo que era una habitación polvo-rienta y llena de trastos en el refugio que nos prometió. Hay un sofá muy blandito, pufs, libros y juegos; incluso una máquina de hacer palomitas. En las paredes, Abu ha colgado fotos enmarcadas en las que aparecen él y Nani en Mauricio, y veo también dos dodos de porcelana que pertenecieron a Nani. Toda la habitación tiene un aspecto genial y es muy acogedora, un cambio considerable y a mejor con respecto al desván atestado de basura del pasado.

Ruth y yo correteamos, nos tiramos sobre el sofá y abrimos los cajones. El viejo caballito de madera de Ruth, Prosecco, me lanza miradas de odio desde su puesto ante la ventana. Al parecer, nada ha cambiado. El Prosecco de Rugido también me odia, solo que allí re-sulta más amenazante porque es un semental con unos dientes enor-mes y una cola que pincha solo a los chicos.

—Gido, ven a ver esto —dice Ruth.

Ha encontrado un baúl repleto de nuestros viejos juguetes. Saco un disfraz de ninja, que es exactamente igual a la ropa que lleva Win, una bolsa de piratas de Lego y, a continuación, un dragón rojo de plástico.

rugido-26

24

—Pensaba que lo habías llevado todo a la tienda de beneficencia —digo, dirigiéndome a Abu.

Abu se encoge de hombros.

—Me supo mal tirarlos.

Sé a qué se refiere. Fue al jugar con estos juguetes cuando Rugido apareció en el interior de la cama plegable. Aunque no sabemos cómo ocurrió, o por qué razón, algunos cobraron vida en Rugido, mientras que otros no se movieron ni un milímetro del mundo real, estos juguetes son el origen de todo.

Ruth dobla con cuidado la cola de una sirena y la coloca de nue-vo en el baúl. A continuación, echa un vistazo al desván.

—¡Abu, me encanta!

—Y todavía no habéis visto lo mejor —dice, y a continuación se agacha y pulsa un interruptor. Una cuerda de lucecitas empieza a destellar sobre una de las vigas de madera, y debajo, cubierta con el sedoso sari de Nani, está la cama plegable. Al ver la forma cuadrada, un escalofrío me recorre el cuerpo.

Abu sonríe con orgullo.

—Pensé que un portal mágico necesitaba ocupar un lugar especial —dice y entonces, como si fuera un mago, levanta el sari.

Me quedo mirando fijamente el familiar colchón de flores y los muelles oxidados. Las lucecitas se reflejan en el cabezal de plástico. Repaso con los dedos las palabras que escribí en él hace años...

... y siento cómo se me hace un nudo en la garganta de la emoción. Pronto atravesaremos gateando el colchón. ¡Pronto estaremos en Rugido!

rugido-27

25

—He lijado el cabezal y he puesto aceite en las ruedas —anuncia Abu, empujando la cama hacia el centro de la estancia.

—Pero no la has abierto, ¿verdad? —pregunta Ruth.

Siempre ha creído que, si se abre la cama, todo lo que hay dentro desaparecerá. No sabemos si es cierto, pero tampoco deseamos con-firmarlo.

—No la he abierto ni se me ha ocurrido asomar la cabeza ahí dentro —asegura—. Solo voy a meterme por ese plegatín si no estáis de vuelta el próximo domingo.

Entiendo que Abu no quiera entrar. Solo han pasado unos me-ses desde que Crowky me lo arrancó de los brazos y se lo llevó a Rugido. Crowky encerró a Abu en el Nido del Cuervo, donde lo disecó con su técnica de estrujar el cuerpo con sus dedos de rami-tas hasta consumirlo. Abu se habría quedado así para siempre —un espantapájaros sin vida— de no ser porque Ruth y yo lo encontra-mos a tiempo.

Solo de pensar en Crowky, el nudo de emoción que siento en el estómago se convierte en uno de preocupación. Me alejo un paso de la cama, como si esperara que la mano de Crowky apareciera y me agarrara o, aún peor, que agarrara a Abu.

—¿Estás bien, Gido? —dice el abuelo.

Fuerzo una sonrisa.

—Sí, solo muy emocionado.

—No, no lo está —dice Ruth—. Está preocupado por la camiseta.

Mi hermana es capaz de leerme la mente. Es una cosa de melli-zos. Sabe cuándo estoy contento, triste, preocupado o cuándo mien-to. Es un rollo, de verdad.

Abu me da unas palmaditas en el hombro.

—No tienes por qué preocuparte por esa antigualla, Gido. Ya es-

rugido-28

26

taba hecha jirones cuando Crowky la cogió. Era mi camiseta para pintar, ¿recuerdas?

—Además, Crowky no tiene ni idea de lo que puede hacer con ella —añade Ruth—. Por lo que a él respecta, es solo una vieja camise-ta, ¡y no una llave con la que, por arte de magia, puede salir de Rugi-do y venir a este mundo!

Sus palabras no me consuelan. Más bien al contrario, hacen que me sienta peor.

—Pero cabe la posibilidad de que Crowky se arrastre por el túnel con la camiseta puesta, ¿no?

—Gido, es una posibilidad ínfima —dice Abu—. No vale la pena preocuparse.

—¡Genial! —exclama Ruth—. En ese caso, ¿nos vamos?

Abu se ríe.

—Ni hablar. Vosotros dos no vais a ninguna parte hasta que yo os haya dado un par de consejos.

—¿En serio? —dice Ruth, pero Abu ya está sacando una vieja pizarra y nos hace señas para que vayamos al sofá.

Una vez que nos hemos sentado, busca una tiza de color amarillo y escribe «LOS SUPERCONSEJOS DE ABU» en la parte superior de la pizarra.

—No os preocupéis —dice—. No nos llevará mucho tiempo.

Tiene razón. No nos lleva mucho tiempo porque solo nos da tres superconsejos:

1) No corráis encima de los dragones. Montadlos CON PRU-DENCIA.

2) Volved a casa el domingo sobre las tres de la tarde o iré a buscaros. (Teniendo en cuenta que mamá y papá tienen pensado venir a recogernos a las cuatro, lo veo un poco justo).

rugido-29

27

3) ¡¡No hagáis nada que yo no haría!!

La número tres parece darnos permiso para hacer cualquier cosa que nos apetezca porque Abu es un hombre con una habilidad para evaluar el riesgo bastante pobre. En una ocasión, me animó a que saltara del cerezo directamente a la cama elástica, y cree que cual-quier colina, por muy empinada que sea, puede bajarse en bici «si muestras la actitud correcta».

—Abu, ¿estás diciendo que podemos trepar a los árboles altos? —pregunto.

—Sí —responde, asintiendo con seriedad.

—¿Y hacer hogueras?

—¡Pues claro! Todas las que queráis.

(A Abu le encantan las hogueras).

Ruth ve dónde quiero llegar.

—¿Puedo galopar a lomos de Prosecco, nadar en la laguna de las sirenas e irme a dormir a la hora que quiera, o incluso no irme a dormir?

—¡Sí, sí y SÍ! —Abu ríe—. Únicamente no corráis encima de los dragones. Es peligroso. Ah, y hay una última regla.

Abu selecciona una nueva tiza, esta vez de color rojo y escribe:

4) Si no es necesario, no os metáis con Crowky. Está débil.

—Eso está hecho —dice Ruth—. Bueno, ¿podemos irnos ya a Rugido?

—¡Sí! —dice Abu, y Ruth se siente tan feliz que hace algo total-mente inesperado: se abalanza sobre mí y me da un abrazo.

rugido-30

28

CAPÍTULO 5

No tardamos mucho en prepararnos. Abu nos obliga a comer unos bocatas de queso y pepinillo y después insiste en que hagamos una «visita al baño». A continuación, Ruth se pone su pija-ma de una pieza con estampado de leopardo y yo me cepillo los dientes porque sé que pasará tiempo antes de que pueda volver a hacerlo.

Nos reunimos en la cocina del abuelo.

—¿Tienes el mapa, Gido? —pregunta Ruth.

Lo saco del bolsillo trasero. Lo he guardado en una de esas fun-das de plástico resistentes al agua porque en Rugido siempre acaba-mos empapados.

—Pero no vamos a llevarnos nada más, ¿verdad?

Ruth asiente y empezamos a vaciarnos los bolsillos, depositando los objetos que sacamos de ellos en el frutero de Abu. Ruth deja allí su teléfono, algunas diademas y un caramelo Tic Tac recubierto de pelusa, y yo añado al conjunto un lápiz regordete y una moneda de veinte céntimos. Hemos acordado hacer esto para evitar dejar un rastro de «llaves mágicas» por Rugido.

—¿Le podéis dar esto a Win, por favor? —dice Abu, sosteniendo un paquete envuelto en papel de cocina—. Es empedrado de chocolate. Le

rugido-31

29

hablé de él cuando estábamos en su cueva y me dijo que quería probar algo «tan malo que seguro que le provocaba dolor de cabeza».

—Lo siento, pero no podemos llevarlo —digo.

Pero Abu insiste y mete el paquete en el bolsillo de mis pantalo-nes, junto al mapa.

—No pasa nada: es un bien consumible. Después de que Win se lo haya comido, podéis quemar el papel de cocina. ¡Seguro que a Crowky no se le ocurrirá utilizar las «piedras» de mi empedrado de chocolate para salir de Rugido! —Abu se ríe de su propia broma, aunque yo solo consigo esbozar una débil sonrisa—. Bueno, ¿os vais ya o qué?

—¡Sí! —grita Ruth.

Ambos subimos las escaleras de dos en dos y Abu nos sigue. Cuanto más cerca estamos del desván, más noto que se me retuerce el estómago, y cuando veo el plegatín, me mareo de verdad. ¿Es emo-ción o miedo? Resulta difícil saberlo.

—¿Estás segura de que funcionará? —le pregunto a Ruth, mirando de reojo el colchón—. La última vez me costó un buen rato entrar en Rugido.

—Pues claro que funcionará —responde con confianza—. Tú pien-sa solo en Rugido y encontrarás la manera de llegar.

—¿Y qué pasa con la ropa interior? —suelto.

De repente, tengo la sensación de que quiero aplazar al máximo el momento de meter la cabeza en el interior de la cama.

—¿Qué pasa? —dice Ruth.

—Bueno, no podemos llevar la misma ropa interior toda la sema-na, ¿no? ¡Qué asco!

Ruth niega con la cabeza.

—Gido, ¿sabes lo ridículo que sería que Crowky consiguiera esca-parse de Rugido porque tú necesitaras calzoncillos limpios?

rugido-32

Abu suelta una risita y, gesticulando como si fuera un anun-cio, dice:

—«¡La humanidad, destruida por la obsesión de Gido Trout con sus calzoncillos limpios!». No te preocupes por tus gayumbos, colega. Puedes lavarlos en la cascada. Bueno, ¿quién entra primero?

—¡Yo! —exclama Ruth y, tras darle un fuerte abrazo a Abu, se arro-dilla ante la cama.

Abu y yo la observamos mientras introduce la cabeza y los brazos

rugido-33

31

por el hueco en el centro del colchón y luego empieza a avanzar re-torciéndose. Durante un instante, pensamos que se ha quedado atas-cada, pero después de contonearse un poco más, consigue meter las piernas y los pies. Su cuerpo queda completamente oculto en el in-terior del colchón doblado.

Abu y yo estamos de pie, el uno junto al otro, contemplando el bulto con forma de Ruth. Al principio no ocurre nada. Pero, enton-ces, el plegatín empieza a vibrar, se oye un chirrido de muelles oxida-dos... y Ruth desaparece.

—¡Caramba! —exclama Abu, rodeando la cama—. Jamás había vis-to cómo pasaba. ¡Debí darte un susto de muerte cuando desaparecí!

—Más o menos —respondo.

Abu me mira.

—¿No crees que deberías ponerte en marcha, Gido? Prefiero que no os separéis por nada del mundo allí dentro. No quiero que Ruth esté sola en Rugido.

—Claro que no —digo—. Vale, allá voy.

Solo que no voy. Me quedo allí quieto, observando la cama plega-ble, con los sordos latidos de mi corazón retumbándome en los oídos.

—Ven aquí —me ordena Abu, atrayéndome hacia él.

Pego el rostro contra su pecho ligeramente agitado y huelo el aroma del café y el olor de su sudadera.

—Abu, creo que tengo miedo.

Él me abraza con fuerza.

—Mejor, porque así es como empiezan algunas de las mejores aventuras. —A continuación, me obliga a girarme hacia la cama—. ¡Ahora, ve y vive tu aventura, Gido Trout, señor de Rugido!

Respiro hondo, le echo un último vistazo al rostro sonriente de Abu, me arrodillo y meto la cabeza dentro del colchón.

rugido-34

32

CAPÍTULO 6

Lo primero que noto es el olor a polvo y humedad que desprende el colchón; y a continuación, la oscuridad. Es una oscuridad den-sa y aterciopelada que trata de envolverme por completo. Introduzco el resto de mi cuerpo en el interior del colchón y me hago un ovillo. Entonces, pienso en Rugido.

Trato de imaginar las montañas y la cueva de Win, pero mi men-te no deja de volver atrás, hacia el hecho de que Abu y el desván es-tán justo ahí, al otro lado de la cama plegable. Así que me concentro en algo que he mirado fijamente durante horas: la hoguera de Win. Me imagino las llamas y puedo oír los crujidos y el crepitar de la madera al prender fuego. Puedo ver las chispas, que se elevan hacia el cielo oscuro. Unas chispas brillantes y naranjas... hacia un cielo del color del agua más profunda...

Y entonces Rugido me inunda como si fuera una ola del Océano Sin Fondo. Veo árboles y lagos tan deslumbrantes que podrían estar sacados de un dibujo animado, y un río que brilla con los colores del arcoíris. Huelo a... sol, a madera quemada y a manzanas. Me imagi-no montado en una bici atravesando un bosque, con las hojas abo-feteándome el rostro. Delante de mí va Win, y su capa ondea tras él. «Espérame, Win —pienso—. Ya voy». Y empiezo a gatear.

rugido-35

33

No me doy cuenta del momento en que el colchón se convierte en rocas y piedras, ni de cuándo el aire que respiro se vuelve fresco y frío, pero lo que sí que noto es la luz. Empieza con un pequeño pun-to de color verde y se hace más grande a medida que me arrastro hacia allí.

Pronto llego a la cortina de hiedra que cubre la entrada del túnel. Estoy a punto de apartarla y meter la cabeza cuando me doy cuenta de que afuera, sobre la cornisa, no hay nadie.

¿Dónde está Ruth? ¿Se ha adelantado y me ha dejado solo? Y en-tonces, otra idea me pasa por la cabeza. ¿Y si Crowky la ha capturado? Retrocedo, alejándome de la abertura. No sería la primera vez que se ha metido en el túnel. ¡En la anterior consiguió apresar a Abu!

Aguanto la respiración y escucho. Silencio... Y entonces noto un suave roce en la oreja. ¡Una pluma! Suelto un grito y me golpeo la cabeza con el techo del túnel.

De repente, se oye una carcajada, y Ruth sale retorciéndose de la risa de un pequeño hueco en la roca.

—Soy yo, idiota —me dice—. Bueno, yo con una pluma.

La agita ante mi rostro. Es negra y está deshilachada, y sé a quién perteneció en el pasado.

Se la arrebato de las manos y la estrujo entre mis dedos.

—¡Ruth, esa ha sido una de las cosas más espeluznantes que me has hecho!

—Gracias —responde, sonriendo—, pero ¿sabes, Gido? Creo que te estás concentrando en el aspecto equivocado.

—¿Qué quieres decir?

—¡Ya estamos en Rugido! —exclama—. Y tengo un muy buen pre-sentimiento sobre Mitch. —La voz de Ruth estalla de la emoción—. ¡Ha vuelto! ¡Sé que ha vuelto!