
Arturo cayó de espaldas y, al chocar con el suelo, se oyó un fuerte estruendo metálico. No podía moverse debido al peso de la armadura que llevaba puesta, así que se quedó quieto mientras su hermano Kay, que había estado observando todo el entrenamiento, se partía de la risa.
—Y tú, ¿de qué te ríes? —soltó Arturo, algo molesto por la mofa de su hermano, mientras intentaba ponerse en pie con la ayuda de su instructor.
Luchar con armadura no era lo que mejor se le daba ni lo que más le gustaba a Arturo. Se sentía mucho más ágil si solo llevaba una malla protectora y un escudo. Pero su maestro de lucha, sir Vick, siempre le insistía en que un rey tenía que dominar todos los tipos de combate. Aunque destacara más en alguno en concreto debía conocerlos, incluso dominarlos, y saber defenderse con todos ellos puesto que eso siempre le proporcionaría ventaja ante cualquier enemigo.

—No hagáis caso de vuestro hermano, majestad —le dijo sir Vick para animarlo—. Habéis demostrado un gran avance hoy. Hace unos meses os hubiera derrotado en treinta segundos, y hoy hemos llevado a cabo una pelea digna de expertos luchadores.
—Eso también debe ser mérito del instructor —le respondió Arturo. Sus padres le habían enseñado a reconocer los méritos ajenos y a sentirse agradecido.
—Pues dejémoslo en que es mérito de los dos —puntualizó sir Vick—. Creo que por hoy ya es suficiente. Mañana os libero de la armadura. Practicaremos el uso de la espada y del escudo.
—Estoy de acuerdo: eso me parece mucho mejor —se alegró Arturo mientras se sacaba el corpiño metálico con la ayuda de Kay.
El maestro se despidió de los chicos con un ligero gesto de inclinación con la cabeza y se retiró de la pista de entrenamiento.
—Sir Vick es uno de los mejores luchadores que jamás he visto —dijo Kay, con admiración en el rostro mientras observaba cómo el instructor se alejaba.
—Vaya, por fin estamos de acuerdo en algo —confirmó Arturo con ironía—. La verdad es que es increíble lo mucho que he aprendido con él en pocos meses.
La formación del futuro rey era algo que todos se habían tomado muy en serio. Merlín el primero, con el apoyo del Consejo. Un rey bien formado en todas las disciplinas era una garantía para el país, y por este motivo sus instructores no eran simples maestros de cada especialidad, sino que la mayoría eran destacados caballeros en lo que refería al arte de la lucha, y sabios en lo que tenía que ver con la adquisición de conocimientos y el desarrollo intelectual del joven Arturo en las más variadas disciplinas. «Una cosa sin la otra no sirve de nada», le había dicho Merlín infinidad de veces.
El anciano mago había observado también una parte del entrenamiento de Arturo desde la ventana de la alcoba que ocupaba en el castillo de Londres, y también había soltado una carcajada que nadie había podido oír al verlo caer. Al igual que le había dicho sir Vick a Arturo, Merlín también creía que el chico había progresado mucho en esos meses de formación intensiva.
Después de la pelea contra el Caballero Negro, Arturo había madurado a un ritmo inusual en todos los sentidos. Llevar a cabo esa gran hazaña, haber notado en su propia piel que su vida estaba en peligro y, aun así, no haber dudado en luchar por defender a su pueblo, le había hecho sentir por primera vez la responsabilidad y la envergadura de su condición. Después de todos esos meses de aprendizaje y esfuerzo, quedaba ya muy lejos el recuerdo de aquel chico que se entrenaba con su hermano en el patio trasero de su casa, y que sacó la espada de la roca sin saber que ese pequeño gesto le estaba cambiando la vida para siempre.
—Me estoy muriendo de hambre —anunció Arturo a Kay—. Vamos a comer, que seguro que Lancelot ya está en la mesa. Y como no lleguemos rápido se zampará lo mejor.
Los dos hermanos salieron corriendo hacia el castillo como cuando su madre los llamaba para comer en familia.
Hacía semanas que ni Arturo ni Kay veían a sus padres. Aunque la pareja solía visitarlos siempre que podía, las obligaciones de la casa y las tierras de sir Héctor los mantenían alejados de la capital del país, donde ahora residían sus dos hijos la mayor parte del tiempo.
Como Arturo y Kay siempre competían, empezaron a correr para ver quién llegaba antes al comedor.

Lancelot estaba a punto de darle un bocado a una pata de pollo cuando se sobresaltó por el estruendo de la puerta del comedor, que se abrió de par en par y chocó contra la pared. Arturo y Kay entraron uno detrás del otro como si los persiguiera un fantasma.
Cuando Arturo llegó hasta la mesa dio un fuerte manotazo sobre esta, que hizo rebotar los vasos, y soltó con voz ahogada y jadeando: «¡Te gané!».
Acto seguido los dos se dejaron caer en las sillas agotados y con la respiración agitada.
—¿Siempre competís? —preguntó Lancelot, que por fin pudo hincar el diente a su pata de pollo.
—Más o menos —dijo Arturo, ya algo recuperado—. Aunque Kay no tiene nada que hacer cuando se trata de competir contra mí —añadió el futuro rey dirigiéndole una mueca burlona a su hermano.
—Eso es lo que tú crees, hermano. Pero no pienso discutir contigo ahora. Prefiero llenarme la boca de comida —respondió admirando todo lo que había para comer en la mesa.
Cada día a la misma hora los chicos encontraban la mesa servida con varias viandas para elegir; carnes y aves asadas, potajes de legumbres, sopas y frutas, por ejemplo, moras y fresas silvestres o uvas que acompañaban postres dulces, como leche cuajada de oveja. Estar bien alimentados era una condición sine qua non para tener una buena preparación física como buenos caballeros que debían ser, así que los chicos comían hasta que el cuerpo les decía basta. Después se tomaban un merecido descanso para volver más tarde a las clases o a los entrenamientos.
Durante el rato en que comían se hacía una especie de silencio que solo se rompía con el sonido de los vasos y los platos chocando con la mesa. Ya estaban terminando de comer cuando entró en el comedor un soldado, con una carta en la mano, y se dirigió a Arturo.
—Señor, ha llegado esta carta —anunció el soldado al tiempo que se la alargaba e inclinaba un poco la cabeza como muestra de respeto.
—¿De quién es? —preguntó Arturo mientras la cogía.
—No lo sé. No hay remitente, señor. Pero ha llegado de un correo fiable.
—¿Y eso qué significa? —se interesó Kay, mientras Arturo ya se disponía a abrirla.
—Entre reyes o caballeros que quieren mantener cierta discreción por distintos motivos, las cartas se mandan sin remitente para que nadie, excepto quien debe leerlas, sepa quién las envía —respondió el soldado. Y tras una pausa añadió—: Hay canales seguros para ello, como los soldados correo que utilizan unas señas secretas que aseguran su fiabilidad.
—Vaya, qué misterioso y emocionante a la vez —dijo Lancelot, que había estado escuchando las explicaciones del soldado con interés. Desde que se había unido a Arturo no dejaba de aprender cosas nuevas y fascinantes del mundo de la nobleza y la caballería.
—Gracias, ya puedes retirarte —pidió Arturo al chico, que volvió a saludar con una ligera inclinación de cabeza y se marchó por donde había venido.
Arturo se puso a leer la carta enseguida mientras sus compañeros lo miraban expectantes y en silencio. Al cabo de unos segundos levantó la mirada y, sin pronunciar palabra, volvió a doblar el papel que había desplegado para leer el mensaje. Los dos compañeros de mesa hicieron un gesto de incomprensión al ver que no decía nada.
—¿Nos piensas decir qué pone en ese mensaje y de quién es? —le pidió Kay.
Arturo lo miró mientras se metía un grano de uva en la boca lentamente, como si quisiera hacerlos esperar. Entonces Lancelot cogió otro grano y se lo lanzó desde el otro lado de la mesa.
—¡No te hagas de rogar! —le gritó su amigo—. Dinos de una vez quién lo manda y qué dice.
Arturo rio y por fin dijo:
—Es del rey Leodegradance…
—Un momento, ¿ese no es el padre de Ginebra, la chica que conocimos en la celebración por la batalla contra el Caballero Negro? —preguntó Lancelot.
—Así es —confirmó Arturo.
—¿Y qué es lo que te dice en la carta? —siguió preguntando Lancelot.
—Me pide que vaya a verlo a Tintagel, su castillo en los acantilados blancos. Asegura que tiene algo que era de mi padre y que ahora me pertenece. También me pide que sea discreto y que vaya con poca compañía, que sea de fiar. Los caminos hacia su castillo están llenos de jinetes con malas intenciones y de asaltantes…
—¡Guau!, he oído hablar de ese lugar y de los acantilados. Me han contado que es de lo más espectacular del país —añadió Kay—. Por cierto, ¿quién es Ginebra?
—Eso digo yo, ¿quién es Ginebra? —La voz de Merlín inundó la sala como un trueno mientras entraba caminando apoyado en su bastón.
—¡Merlín! —dijeron los tres muchachos al unísono al verle.
Cuando el mago estuvo a su lado, junto a la mesa, Arturo le puso al día de los acontecimientos.
—Me ha escrito el rey Leodegradance para que vaya a su castillo. Dice que tiene algo para mí.
—Pues entonces deberías ir, hijo. Leodegradance era muy amigo de tu padre. Puedes fiarte de él. Y será mejor que lo hagas cuanto antes ya que pronto tendrás que emprender el viaje hacia las Tierras Altas —Merlín usó un tono de voz más grave al decir esto último. La gran prueba era, sin duda, un peligro enorme y el mago no podía disimular su preocupación.
—Lo sé —respondió Arturo, también con un tono de voz más serio—. Saldremos mañana hacia Tintagel, entonces. El rey me pide que no llamemos la atención con este viaje porque el camino hacia sus tierras esconde muchos peligros. Avisaré al mando de los soldados para que lo prepare todo.
—Id con mucho cuidado —aconsejó Merlín.
—¡Yo también iré! —soltó Lancelot poniéndose de pie. Por si alguien tenía alguna duda, él no pensaba perderse ninguna de las aventuras de su amigo y futuro rey.
—¡Y yo! —le siguió Kay—. Si ese camino está tan lleno de amenazas como dice Leodegradance y tenemos que ser discretos, es mejor que seamos nosotros quienes te acompañemos.
—De acuerdo, hermano. Tienes razón.
—Muy bien, chicos. Id a prepararos y procurad descansar bien antes de vuestra partida. Y, sobre todo, durante el trayecto, id con los ojos bien abiertos.
—Así lo haremos, Merlín. Todo irá bien.
Arturo percibía siempre la preocupación en el anciano mago que, desde que el chico conocía su verdadera identidad y había tenido que enfrentarse a duras pruebas para demostrar su valía como rey, no podía apenas disimular. Desde la muerte de Uther Pendragón, el padre de Arturo y legítimo rey de Inglaterra, Merlín había velado por la seguridad y la educación del chico. En él recaía toda la responsabilidad de que llegara a ser el rey del país, y eso le causaba una enorme preocupación. Sabía que Arturo tenía dotes especiales y que era capaz de conseguir todo lo que se propusiera, de hecho, haber vencido al Caballero Negro decía mucho de su fuerza como caballero y de sus posibilidades de salir victorioso de cualquier otra hazaña. No en vano las pruebas a las que le habían obligado a enfrentarse eran colosales y encerraban grandes peligros, en especial el Gigante de las Tierras Altas, y no se podían subestimar de ninguna manera.
—Estoy seguro de ello —dijo el mago, poniéndole la mano en el hombro.
Merlín se despidió de los chicos y se retiró, como siempre, con pasos silenciosos.
—¿Vamos? —propuso Arturo. Y los tres se levantaron de la mesa y salieron del comedor cada uno por su lado. La idea del viaje y de esa pequeña aventura les había llenado el pecho de emoción.

Arturo no había visto nunca los acantilados de esa parte de la costa oeste de su país. De hecho, tanto él como Kay solamente habían visto el mar una vez en que sus padres los habían llevado al sur para que lo descubrieran.
Aprovechando que una hermana de Flavila vivía con su familia en un pueblo de la costa, viajaron todos hasta allí para pasar unos días con ellos. Habían comido pescado, algo poco habitual en su dieta puesto que los chicos vivían en el interior, habían encendido magníficas hogueras en la playa y habían corrido por la orilla mojándose los pies con el agua helada del inmenso océano.
Cuando la mañana fría y nebulosa en que partían hacia Tintagel, Arturo recordó la impresión que le había causado ver ese infinito manto de color azul oscuro, el vaivén de las olas y el olor a sal y a peces que traía la brisa marina, se estremeció.
—¿Te acuerdas, Kay, de cuando fuimos a ver el mar? —le preguntó a su hermano, que cabalgaba a su lado cuando apenas habían abandonado las murallas de la ciudad.
—Por supuesto… —respondió Kay mirando al frente, como si estuviera también recordando ese espectacular paisaje marino que hacía años habían visto juntos.
Los tres amigos habían partido nada más amanecer con una pequeña comitiva de soldados de la máxima confianza del capitán del ejército de Londres. Además, los acompañaban Mordred, el hijo de Morgana y Lot, y este último. Arturo le había prometido a su media hermana, cuando se conocieron, que permitiría que Mordred aprendiera a ser un caballero a su lado. Lo acompañaría en sus gestas, puesto que parecía que el chico y sus padres deseaban que algún día fuera un caballero de confianza del rey, y esa era la mejor manera de adquirir experiencia.
Aunque en realidad eso era solo lo que le habían hecho creer a Arturo, ya que los planes de Morgana y Lot iban por otros cauces, nada favorables para el futuro rey. Su ambición y sus ilegítimos anhelos de que su hijo fuera rey algún día, fruto de su odio hacia Uther Pendragón, ya les habían llevado a atentar contra Arturo en ocasiones anteriores, por suerte, sin éxito. Pero no pensaban detenerse, y tanto él como ella habían visto en ese viaje a los acantilados otra oportunidad de atentar contra el futuro rey.
Tanto Morgana como Lot insistían siempre que podían en inculcar en Mordred el desprecio hacia Arturo a quien, a pesar de que hacía poco que sabían de su existencia, odiaban por el simple hecho de ser hijo del fallecido rey. De hecho, a Mordred le habían hablado siempre mal de Uther. Sin embargo, ahora que el chico ya empezaba a razonar por sí mismo, aunque por un lado creía lo que sus padres le decían y quería complacerles, por otro veía que Arturo no era el malvado traidor que ellos le decían, sino todo lo contrario. Siempre lo trataba bien, casi como a un hermano pequeño, le gastaba bromas, e incluso en alguna ocasión lo había invitado a salir a caballo junto con Kay y Lancelot. Además, Mordred tampoco veía maldad en sus palabras ni en sus hechos. La contradicción entre lo que le decían sus padres y lo que él veía empezaba a desorientarlo. Cuando el día antes, sus padres le contaron que aprovecharían el viaje para intentar deshacerse de él, al chico le había inundado una sensación muy extraña que se reflejó en su rostro.
—¿Qué te pasa, hijo? No pareces contento de pensar en que cuando Arturo ya no se interponga en nuestro camino, tendrás acceso al trono por vínculo de sangre directo y seguro que acabarás siendo el rey. Después de todo lo que sufrí por culpa de Uther, nos lo merecemos —le había dicho Morgana al percibir las dudas en la mirada de su hijo.
—Pero Arturo no tiene la culpa de lo que hizo su padre. A mí no me parece que sea malvado… —se atrevió a decir Mordred a sus padres.
Los dos se quedaron perplejos con el comentario. Su hijo, ahora que había conocido a Arturo y que había compartido ratos con él, se estaba ablandando hasta el punto de cuestionarse todo aquello que ellos le habían intentado grabar a fuego, y eso no podían permitirlo.
—Mira, hijo —le dijo Morgana—. Puede que Arturo te parezca algo que no es, todavía sois jóvenes y no veis la maldad, pero yo sé que lleva en la sangre el odio de su padre, sé que es ambicioso y no permitiré que se haga con lo que nos pertenece. Su padre mató al mío y nos condenó a mis hermanas y a mí a un destino que no era el que deseábamos. Tiene una deuda conmigo y la pagará con la misma moneda. Que tú acabes siendo el rey será una justa venganza que dejará en equilibrio lo que Uther desestabilizó. ¿Lo entiendes, hijo? Solo luchamos por lo que creemos que te mereces. —Morgana acompañó sus últimas palabras, casi susurros, de una dulzura exagerada y le dedicó una mirada tierna aunque a la vez incisiva a su hijo.

Luego lo abrazó y Mordred pensó que quizá tenía razón, nadie lo quería más que sus padres y seguro que hacerles caso era lo mejor para él. Además, aunque Arturo no le cayera mal, las obligaciones por honor de un caballero pasaban por encima de todo. Debía ser más frío y no dejarse llevar por las apariencias. Ya se estaba haciendo mayor y debía ser más duro y velar por sus intereses. Igual que Arturo velaba por los suyos propios y quería ser rey, él también tenía derecho a hacerlo, ¿no? Sus padres habían luchado mucho por su futuro y él no podía defraudarlos por defender a alguien a quien en realidad hacía bien poco que conocía.
Todos esos argumentos que pasaron por la cabeza de Mordred sirvieron para ahuyentar sus dudas y reafirmarse en la misión que llevaba a cabo con sus padres.
Arturo, que por supuesto no conocía los malvados planes de Morgana y Lot, había accedido a que Mordred les acompañara en el viaje a Tintagel cuando ella se lo había pedido el día anterior. Aunque el camino era peligroso, pensó Arturo, el chico había demostrado durante los meses que llevaban instalados en la corte de Londres que tenía cualidades y valentía, cosa que el futuro rey, que lo trataba casi como a un hermano pequeño, valoraba mucho. Además, Lot velaría por su hijo durante el viaje y eso justificaba su incorporación al grupo.