© de la adaptación de los cuentos: Varda Fiszbein, 2009.© de las ilustraciones del interior y de la cubierta: Lorena Azpiri, 2019. © de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.www.rbalibros.comDiseño de cubierta y de interior: lookatcia.comPrimera edición: mayo de 2019.RBA MOLINO REF.: ODBO495ISBN: 978-84-272-1854-3Composición digital: Newcomlab S.L.L.Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.
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Ilustrado por Lorena Azpiri
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La Cenicienta Aladino y la lámpara maravillosa Pedro y el lobo Ricitos de Oro El flautista de Hamelín El gato con botas La Bella y la Bestia Eloldadito de plomo El patito feo La bella durmiente Elastrecillo valiente Losietes cabritillos Blancanieves y losietes enanitos Juanin miedo La liebre y la tortuga Caperucita Roja Simbad, el Marino Laatita presumida Laeina de las nieves El traje nuevo del emperador Los Musicos de emen 101622283440465258647076828894100106112118124130
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Pulgarcita Los tres cerditos Las habichuelas mágicas La princesa y el guisante El enanoaltarín La cigarra y la hormiga La Sirenita El zapatero y los duendes Elatón de campo y elatón de ciudad Hansel y Gretel El príncipeapo Eluiseñor Rapunzel y el huerto de las manzanas El molino mágico Piel de Asno La lechera La pastorcilla y el deshollinador Alí Babá y los cuarenta ladrones Las doce princesas bailarinas Las hadas Pulgarcito 136142148154160166172178184190196202208214220226232238244250256
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rase una muchacha muy desdichada porque su madrastra y sus dos hermanastras eran muy malas, además de feas. Y como le tenían envidia porque ella era guapa y de buen corazón, se aprovechaban a su costa todo lo que podían.Barría, fregaba y guisaba, mientras ellas vivían como reinas.—¡Quiero ver esta casa brillar como un espejo! —¡Sírveme el desayuno en la cama!—¡Plánchame el traje nuevo!Cuando acababa sus tareas, la joven caía agotada y tenía que acostarse en el suelo, duro y frío, de la cocina.Para calentarse, se echaba entre las brasas apagadas del fogón, pero, ¡ay!, su pelo y sus ropas se llenaban de ceniza. Por eso, sus hermanastras la apodaron Cenicienta.—Cenicienta, ¡saca brillo a la plata!—¡Date prisa en prepararme el baño! —¡Espabila, Cenicienta!
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—¡La sopa está fría, Cenicienta, y la limonada, caliente. Eres muy torpe!Pero por más que la fastidiaban, ella se tomaba todo con buen humor. Para alegrarse inventaba canciones para sus amigos, los animales. Al gatazo pelirrojo que dormía junto a ella en la cocina, lo acunaba:Duérmete, gatito, que es de noche ya,y unueño bonito esperando está.En el huerto tenía conejos, y cuando los alimentaba les decía llena de melancolía:—Ay, si pudiera cambiar mi suerte por la vuestra... ¡Qué feliz sería! Un buen día, los heraldos del rey anunciaron que se iba a celebrar un baile de gala en el palacio para festejar el cumpleaños del príncipe. Y como el heredero estaba buscando esposa, estaban invitabas todas las muchachas casaderas.—Hijitas, hijitas —chilló la madrastra—. ¡Esta es nuestra oportunidad!Comenzó un ir y venir a tiendas, modistos y lujosas joyerías porque las feísimas hermanas querían emperifollarse para enamorar al príncipe. ¿Y quién era la que tenía que ayudar en todo? Cenicienta, ¡por supuesto!Cuando por fin llegó el día del baile y oyó que la codiciosa madrastra, antes de salir, decía:—¡Sin duda, queridas hijas, seréis las más hermosas del baile! ¡El príncipe caerá enamorado a los pies de una de vosotras!Cenicienta ya no pudo aguantar más y se echó a llorar.Y entonces apareció ante sus ojos una sonriente dama de aspecto bondadoso. Cenicienta creyó que estaba soñando. u v11
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Pero no: ¡había recibido la visita de su hada madrina!, que le aseguró:—¡No llores más, querida, también tú irás al baile!Y la tocó con su varita mágica, transformando su horrible delantal en un elegante traje de seda bordado con hilos de oro y plata y cambiando sus gastados zuecos por unos delicados zapatitos de cristal.—Y bien, necesitamos un carruaje... —dijo el hada.Le preguntó si cultivaba calabazas en el huerto.—Oh, sí, señora, ¡muy gordas y hermosas! —respondió Cenicienta. —¡Corre a traer una! —pidió el hada mientras miraba al gato pelirrojo.Cenicienta trajo la calabaza y el hada… ¡Flim! la convirtió en una carroza. Dio un toque de varita al gato y… ¡Flam! lo transformó en un elegante cochero. Y también tocó a los conejitos que lo observaban todo, llenos de curiosidad, y… ¡Flum!, se trocaron en ¡preciosos caballos blancos para tirar de la carroza!Ya estaba a punto de marcharse la joven, cuando el hada le advirtió:—Mmmm, irás al baile, pero… con una condición... Antes de que suene la última campanada de medianoche deberás regresar a toda prisa porque en ese instante volverás a ser la Cenicienta, la carroza volverá a ser calabaza, el gato, gato será y, los caballos, otra vez los conejitos.Cuando Cenicienta llegó al baile, todos se quedaron mudos por la sorpresa al ver a aquella bellísima dama que nadie conocía.Al rey se le cayó el monóculo del ojo, la orquesta dejó de tocar y el príncipe se enamoró a primera vista.El príncipe la invitó a bailar y siguió bailando y bailando con ella, aunque el bastonero que dirigía la danza, a cada tanto le tiraba de la manga de la chaqueta para que bailara también con las otras muchachas. u v12
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Pero el príncipe no hacía caso y miraba embelesado los hermosos ojos de su pareja.En lo mejor de la fiesta, Cenicienta oyó sonar la primera campanada de medianoche y, sin despedirse, echó a correr tan rápido, que al bajar a toda prisa las escalinatas del palacio, perdió uno deus zapatitos de cristal.El príncipe salió tras ella de inmediato, pero lo único que encontró fue el zapato perdido. Lo recogió con tristeza, dio por terminado el baile y se fue a dormir apenado.Al día siguiente anunció que solo se casaría con la misteriosa desconocida. Pero nadie sabía dónde encontrarla.La reina, que era muy práctica, tuvo una idea y le dijo a su hijo:—Si encontramos el pie que calce ese zapatito, encontrarás a su dueña, la dama que se te escapó, de los pies a la cabeza.Entre tanto, Cenicienta había vuelto a sus pesadas labores y estaba muy abatida. ¡Ella también estaba enamorada del príncipe!Entonces, los heraldos del rey recorrieron las calles anunciando que dos pajes irían casa por casa para que todas las jóvenes se probaran el zapato. Y aquella en quien encajara la horma, se casaría con el príncipe. Cuando llegaron a casa de Cenicienta con el zapatito de cristal puesto en un cojín de seda, las hermanastras se empujaron una a otra groseramente para ponérselo. Pero a ninguna le encajaba.—¿Vive aquí alguna otra joven? —preguntaron antes de marcharse:Y Cenicienta, que había visto todo escondida tras una cortina, salió y dijo:—Sí, y quiero probarme el zapato.—¡Oh! ¡Qué insolente! —gritó la madrastra.Y las hermanastras chillaron furiosas:—¿Ehhh? Pero ¿qué te has creído, tú, fregona?Los pajes ofrecieron el zapatito a Cenicienta, que se lo puso y, por u v14
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supuesto, le calzó perfectamente, porque era suyo. Las tres mujeres se quedaron boquiabiertas por el asombro y amarillas de rabia.Cenicienta y el príncipe se casaron y, como ella era tan bondadosa y no guardaba rencor a su madrastra, la invitó a su boda y también a sus hermanastras, que allí conocieron a dos caballeros con los que pronto se casaron.
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n una pequeña aldea de Oriente, vivían Yasmín y su hijo Aladino.El chico iba cada día al mercado para hacer cualquier faena, por más pesada que fuera y ganarse unas monedas.Cierta mañana, un desconocido, vestido con capa y turbante, cuya barba le llegaba al ombligo, le propuso: —Si me ayudas, te daré una moneda de plata.«¡Hoy es mi día de suerte!», se dijo el joven, y aceptó.Viajaron en un carruaje hasta una distante región donde el viejo se acercó a una montaña en la que consiguió hallar una estrecha abertura. Entonces ordenó:—Debes entrar en esta cueva, porque yo no podría atravesar el
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u v17pasadizo. Pero veas lo que veas —advirtió—, no debes tocar nada. Solo coge una vieja lámpara de aceite. ¿Has entendido?El joven, aunque empezaba a desconfiar de aquel hombre que parecía un brujo, obedeció.¡La cueva lo deslumbró! ¡Estaba llena de tesoros, oro, plata y piedras preciosas! No pudo evitar la tentación de ponerse un anillo en el pulgar.Aladino tomó la lámpara y la guardó en su bolsillo, pero antes de salir sacó una mano por la abertura y dijo:—¡Ya la tengo! Y ahora, dame la moneda.—No —dijo el forastero—, primero la lámpara.El chico se negó, porque algo en su corazón le decía que, si entregaba la lámpara, el hombre lo abandonaría en ese remoto lugar.—¡No saldrás vivo de ahí! —dijo el brujo, y empujando una roca selló la salida de la cueva.Temblando de miedo y de frío, sin saber qué hacer, Aladino se frotó las manos para calentarlas y súbitamente la cueva se iluminó con una luz verdosa, y apareció una figurita gordinflona, que le habló:—Soy el Genio del anillo, amo, ¡pídeme un deseo!El pobre chico pensó que era una alucinación, pero susurró:—Solo quiero estar en casa con mi madre...Y un instante después allí estaba, contando sus desventuras.Su madre lo abrazó emocionada por tenerlo otra vez a su lado, y lo consoló:—Oh, hijito, no te preocupes, lo importante es que has vuelto sano y salvo; quizás si limpiamos un poco esa vieja lámpara que has traído, se pueda vender.Aladino comenzó a frotar la lámpara con un paño y se quedó atónito al ver que en medio de chispazos azules
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u v19aparecía otro genio, mucho mayor que el otro: ¡su cabeza rozaba el techo de la choza! El gigante se inclinó servicial y anunció: —¡A tus órdenes, amo!—Tenemos hambre... —atinó a decir el muchacho.Y apareció una mesa colmada de bebidas y manjares suculentos. Desde entonces, madre e hijo ya no pasaron necesidades. Aladino ya no iba al mercado a trabajar sino a pasear por sus callejuelas, charlar con los comerciantes y admirar las finas telas y los objetos de los tenderetes.Y allí estaba cuando pasaron cuatro esclavos portando en una estera a la mujer más hermosa que había visto nunca. Vestía un delicado traje de gasa roja y una tiara que no conseguía eclipsar el brillo de sus negros ojos. Ella le lanzó una pícara mirada, bajó de inmediato la vista y desapareció entre la multitud conducida por sus criados.Desde aquel momento Aladino no tuvo un instante de paz; a todo el que pasaba le preguntaba por la muchacha por ver si alguien sabía quién era. Pero le respondían con sonoras carcajadas, palmaditas de consuelo y miradas de pena. Por fin, un domador de elefantes se apiadó:—Muchachito, olvídala, es Amira, la hija del sultán, y está tan lejos de ti como la mismísima luna.Cabizbajo, Aladino se fue a su casa y le habló a su madre de su amor recién hallado.—¡Probar no cuesta nada! —lo animó ella—. Pídele al genio un regalo para tu enamorada y yo iré a ver a su padre para pedirla en matrimonio.Yasmín se presentó ante el sultán con un brazalete de oro y rubíes para la princesa y a él le ofreció un cofre cargado de perlas.El monarca quedó impresionado y aceptó los regalos, pero dijo que solo casaría a su hija con un hombre realmente rico:—Solo accederé si tu hijo me envía mañana, a esta misma hora, veinte
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caballos blancos, cada uno con un cofre de monedas de oro, y otros veinte negros, portando cofres con monedas de plata —dijo.Una vez más Aladino y su madre frotaron la lámpara maravillosa y el genio hizo aparecer caballos, cofres y monedas en un santiamén.Poco después los jóvenes se casaron muy enamorados y vivían en un hermoso palacio. Pero hete aquí que esta historia fue muy comentada, hasta que, al final, llegó a oídos del brujo. Este comprendió que el joven que creía atrapado en la cueva, tenía en su poder la Lámpara Maravillosa; y que por eso había podido conquistar a la princesa y obtener la confianza del sultán. Volvió entonces a la aldea disfrazado de vendedor de lámparas y pregonó de puerta en puerta:—Cambio lámparas viejas por otras nuevas, ¡relucientes como el sol!Amira, que había visto una antigua lámpara junto a la cama de su esposo,
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u v21pero desconocía su poder, decidió cambiarla por una nueva y la ofreció al vendedor ambulante.¡¡Era lo que el brujo quería!! Pero... al ver a la hermosa joven, tomó la lámpara, la frotó y, ¡qué horror!, le ordenó su deseo:En instantes, palacio, muchacha, lámpara y él mismo estaban muy lejos de allí.Cuando Aladino regresó, ¡no había nada de cuanto tenía! Desesperado, comenzó a girar el anillo mágico y una vez más apareció el geniecillo:—¿Adónde vamos, mi amo?—Solo quiero estar con mi amada... —lamentó Aladino. Y en un soplo, fue trasladado al remoto rincón donde se ocultaba el brujo. Una vez en el palacio robado, Aladino consiguió entrar sigilosamente y encontró a su esposa. Estaba llorando de tanto como lo echaba de menos.Pero cuando él la estrechó entre sus brazos tuvo una gran alegría y luego, más tranquilos, idearon un plan. Aquella noche, Amira se sentó a cenar con el brujo y le sirvió un elixir en una copa de cristal azul, en la que había echado polvos adormecedores. Cuando el malvado apuró el bebedizo empezó a roncar como un lirón, lo que aprovechó Aladino, que esperaba oculto, para liarlo en una alfombra y dirigirse a la orilla del mar, donde arrojó el fardo.Allí mismo, convocaron al genio que los llevó de vuelta a ellos y al palacio a su aldea.Desde entonces nada volvió a turbar la dicha de Aladino y Amira. Hay quien dice que hasta hoy, por las estrechas callejuelas de la aldea, corretean risueños sus nietos y bisnietos, contándole a los forasteros que deseen oírla su maravillosa historia de amor.
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abía una vez una pequeña aldea situada en un hermoso valle rodeado por altas montañas. Allí vivía un niño que se llamaba Pedro y, como se dedicaba a cuidar de un rebaño de ovejas, todos le conocían como Pedro, el Pastorcillo. El pequeño tenía un carácter alegre y era muy charlatán. Todas las mañanas se levantaba muy temprano. Recogía a sus ovejas del corral, donde habían pasado la noche, y contento se marchaba al campo. Mientras iba saliendo de la aldea, Pedro saludaba a todas las personas que se cruzaban con él.—¡Buenos días, señor boticario! —le decía al farmacéutico.22
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u v23—¡Qué tal, amiguitos! —saludaba a los niños que iban a la escuela. —¡Que pase usted un buen día, señora! —le deseaba a una vecina.Sin embargo, como todos tenían mucha prisa y estaban ocupados pensando en el trabajo que les esperaba, casi nadie le respondía nunca al saludo y mucho menos se detenían a conversar con él.De modo que el niño no tenía más remedio que quedarse calladito todo el día o hablarle a sus ovejas. Y como todo el mundo sabe, las ovejas no son muy charlatanas, más bien son bastante aburridas.Él las llamaba:—Ven, bonita. —Y se le acercaba una oveja gorda y de rizos muy apretados, que lo único que sabía decir era:—Beeee..., beee...
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u v24O tomaba en sus brazos a un corderito de pelo muy suave y le preguntaba:—¿Qué, te gusta esta hierba tan verde y fresquita?Y el corderito lo miraba con sus grandes ojos inocentes y respondía:—Bee, bee, bee.Por supuesto, aquello no satisfacía a Pedro, ya que realmente no era el tipo de conversación que esperaba. Cierto día, mientras descansaba bajo la sombra de un árbol, viendo volar y oyendo gorjear a los pajarillos, sin dejar de vigilar a su rebaño que pastaba algo más lejos junto a un arroyo, se le ocurrió una idea. —Si le cuento a la gente algo interesante, me harán caso y hablarán conmigo —se dijo—. ¡Eso es! Tengo que pensar en algo que llame su atención. «¡Ya lo tengo», pensó. Y al caer la tarde, recogió a sus ovejas y, en cuanto estuvo cerca de la aldea, se puso a correr y empezó a gritar:—¡Ay de mí! ¡Socorro, auxilio! ¡Casi pierdo a mi rebaño! ¡Hay un lobo merodeando por el prado! ¡Nos ha perseguido y por poco se come a mis ovejas! En aquel pequeño pueblo se formó un gran alboroto. Todos los aldeanos querían hablar con el pastorcillo y preguntarle por el lobo. Cundió el pánico y toda la aldea estaba muy preocupada. Un grupo de hombres salió al campo
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u v25en busca del peligroso animal. Pero, por más que buscaron y buscaron casi hasta la media noche, no pudieron dar con él, y ni siquiera encontraron huellas de la fiera, por lo que volvieron muy afligidos.Pero al día siguiente, cuando Pedrito salió como todas las mañanas con sus ovejas, vio que había tenido una buena idea, porque todos los vecinos con los que se cruzó le hablaron.Uno le dijo:—Ten mucho cuidado, Pedrito.Y otro:—Apenas veas la sombra del lobo, tú corre y ¡avísanos! ¡Enseguida vendremos ayudarte! Pedro estaba loco de alegría, ¡por fin había conseguido llamar la atención de toda la aldea! Durante los tres días siguientes repitió la mentira que se había inventado. Cada vez hablaba más y más del lobo que, según decía, lo perseguía. Y explicaba que aunque sentía mucho miedo, lo primero que hacía siempre era proteger a sus ovejas. Entonces los aldeanos decían:—¡Qué valiente es Pedro! ¡Debemos capturar al lobo antes de que pase una desgracia! Y cada noche volvían a salir al campo, dispuestos a buscar al lobo y a acabar con el peligro.Sin embargo, cuando al cabo de varios días vieron que era inútil y que el lobo no aparecía por ninguna parte, empezaron a sospechar que aquello era un cuento de Pedrito, y ya no volvieron a creerse la historia del lobo.
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u v27Pero lo que el niño nunca pudo imaginar es que días después, cuando ya todos dejaron de hacerle caso y, como ocurría antes del cuento del lobo, no le prestaban ninguna atención, ¡zas!, apareció de verdad un lobo enorme. Entonces Pedrito no tuvo que inventar nada. Empezó a gritar pidiendo ayuda, muerto de miedo. Chilló y lloró con todas sus fuerzas. Sus gritos se oían perfectamente en la aldea, pero nadie le hizo ni caso. Todos pensaron que una vez más les estaba engañando. Menos mal que un cazador que pasaba por allí se acercó hasta donde pastaban las ovejas y comprobó que era cierto. Se enfrentó al lobo y lo atrapó. Pedro pasó mucho, muchísimo miedo, pero aprendió la lección y dijo en voz alta:—¡Nunca más volveré a mentir para llamar la atención ni por ninguna otra cosa! ¡No volveré a decir una mentira en toda mi vida!
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una simpática niña que tenía el pelo rubio y muy rizado la llamaban todos cariñosamente Ricitos de Oro. Todos los días, después de peinarla, su mamá lo adornaba con un bonito lazo azul. Era una niña alegre, inquieta y muy curiosa. Una tarde se fue a recoger flores al bosque. Comenzó a andar, cogiendo una flor aquí y otra allá y, sin darse cuenta, cada vez se internaba más en la frondosa arboleda. Hasta que, de pronto, llegó a un claro y se detuvo, pensando que era hora de volver a casa. Pero cambió de idea porque al final de un camino que nacía allí mismo vio una casa muy bonita.Y llena de curiosidad fue derecha a la cabaña, que era grande, estaba hecha de madera y tenía el tejado pintado de rojo, las ventanas de verde y la puerta de azul.
Page 31 of 265
u v29Ricitos de Oro decidió llamar a la campana que había junto a la puerta. Pero aunque la campana sonó varias veces, nadie contestó ni salió a recibirla. Entonces empujó la puerta y, como no estaba cerrada con llave, se abrió. Entró pasito a pasito, caminando de puntillas, y empezó a mirar a su alrededor. Le pareció que la cabaña era todavía más bonita por dentro que por fuera y decidió recorrerla.
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Lo primero que vio fue la cocina, donde había una mesa cubierta por un mantel a cuadros, y encima de la mesa, había tres tazones. Pero no eran tres tazones iguales. Uno era grande, otro mediano y el tercero, pequeñito. Los tres estaban llenos de leche con miel, y como Ricitos de Oro tenía mucha hambre, decidió tomar un poco.Probó la leche del tazón grande, pero enseguida lo volvió a dejar encima de la mesa:—Ay —exclamó—. ¡Qué caliente está!Luego probó la leche del tazón mediano, pero también lo dejó.—Puaj —chilló—. ¡Qué dulce está!Y al final, probó la leche del tazón pequeñito y le gustó tanto que se la tomó toda y quedó muy satisfecha.Siguió mirando, haciendo honor a su curiosidad, y vio una sala donde había tres sillas muy bonitas con asientos de terciopelo. Ricitos de Oro los tocó y eran muy suaves. Pero las tres sillas no eran iguales. Una era grande, otra mediana y la tercera, pequeña.La niña quiso sentarse en la silla grande, pero no pudo, porque el asiento estaba muy alto y no consiguió alcanzarlo. Luego, quiso sentarse en la silla mediana, pero su asiento era muy ancho y resbaló hasta el suelo.Y al final, se sentó en la silla pequeña, pero cayó encima del asiento con tanta fuerza que la silla se partió en mil pedazos.Entonces se fue corriendo de aquella sala, asustada y siguió curioseando el resto de la cabaña. Y así fue como encontró un cuarto en el que había tres camas. Pero no eran tres camas iguales. Una cama era grande, otra mediana y la tercera, pequeña.