pRólogo

Agosto de 2005

La calle estaba llena de sueños y algunos eran peligrosos. Varios troles surgían de los socavones del asfalto del Southbank y se enfrentaban a manadas de gatos salvajes. Cucarachas y ratas se acercaban en hordas a los soñadores aprensivos. El chorro de un espiráculo de ballena ascendió trazando un arco desde el Támesis y llegó a la balaustrada, salpicando a Una con agua tibia del río.

Sin embargo, lo que Una temía no era un sueño ni mucho menos. El treitre la había seguido desde Trafalgar Square hasta el río y a través del agua repleta de residuos. Una pensaba que le había dado esquinazo al meterse bajo tierra, pero ahora volvía a sentirlo cerca. La conciencia del peligro reptó por sus brazos y le subió hasta la nuca. En algún lugar, la vigilaba.

Había sido una insensata al optar por una ruta subterránea, donde no tenía una idea clara de la orientación. Con eso solo había conseguido dificultar todavía más el último trecho de su periplo. Debía regresar a Tower Hill, lo cual significaba que tendría que cruzar el río una vez más y aproximarse a su portal desde el sur en lugar de hacerlo desde el norte, como había planeado. Bueno, no servía de nada obsesionarse por eso ahora. Le había entrado el pánico al ver al treitre, tan sencillo como eso, y ni un solo caballero podría haberla culpado.

Una dobló la esquina y echó un vistazo. Sobre ella, una bandada de buitres volaba en círculos sobre un par de soñadores. Los buitres de este mundo no solían esperar a encontrar carroña: se la procuraban ellos mismos.

No, no podía ayudarlos. No debía. Ya no formaba parte de la orden de caballería. Ahora su obligación era proteger a su familia. No. Desde luego que no podía intervenir. «Ni se te ocurra, Una».

«Maldita sea».

Agarró una pesada piedra del suelo, salió de su escondrijo y echó a correr con zancadas sobrehumanas hacia los soñadores. ¿Lo que había visto bajo el arco a su izquierda era un resplandor de oro o era su mente, que le jugaba una mala pasada? La cicatriz del brazo —apenas visible en Ithr pero todavía abultada y fresca en Annwn— le escoció cuando recordó cómo se la había hecho. Si era el treitre, más le valía lograr que ese estúpido lanzamiento fuese certero. Midió sus pasos conforme se acercaba a los soñadores. Los buitres se cernían con esa calma grupal que precede a un ataque. Sujetó mejor la piedra, echó el brazo hacia atrás...

Toc, toc, toc, toc.

Mierda. El treitre le pisaba los talones. La bilis le llegó a la boca, pero no se amedrentó. La piedra golpeó de lleno en el pecho a uno de los buitres y con una explosión digna de un fuego artificial explotó para convertirse de nuevo en «inspyro». Una no se quedó a contemplarlo: echó a correr como una flecha por la ribera del río para huir del estruendoso paso del treitre. Un chillido múltiple le indicó que los demás buitres también habían desviado la atención hacia ella. Sus sombras creaban torbellinos en el asfalto alrededor de Una, cada vez más oscuras y más densas conforme los animales descendían. Uno de ellos se lanzó en picado y le rozó el pelo con las garras. La joven se lo quitó de encima y apretó el paso. Dejó atrás varias bicicletas, saltó por encima de algunos soñadores y coches en movimiento... Más rápido, más rápido, cada vez más lejos del treitre dorado y de las pesadillas que lo acompañaban.

Un humano gritó detrás de ella. Miró hacia atrás. El treitre se le acercaba, pero, aunque Una no paraba de correr, no pudo evitar ver el amasijo de ropa y pelo amontonado en el suelo detrás de aquel ser infernal. Uno de los soñadores que acababa de salvar de los buitres apenas unos segundos antes, cortado por la mitad solo por hallarse en medio del camino del treitre. Un hilillo de sangre había empezado a bajar desde aquel cuerpo inerte hasta la agitada vida del Támesis.

El terror de Una se expresó con un grito gutural. Se dio la vuelta y corrió, más rápido de lo que había corrido nunca, en este mundo y en el otro, dejando atrás a los buitres, pero incapaz de sacudirse ese incesante toc, toc, toc de las zarpas del treitre al tocar el suelo.

Ya empezaba a amanecer: los dedos otoñales convertían el río en llamas y el perfil de la ciudad en una sombra. Un viento ártico que soplaba corriente arriba le dejó la cara helada. Con un crujido, parte del río se congeló. Allí se formaron varios sueños: patinadores con bufanda; osos polares y pingüinos. Una aprovechó la oportunidad: se deslizó por la placa congelada e intentó llegar al centro del río. Si el treitre la seguía, seguro que el hielo se rompería bajo su peso. Más allá de la zona de escarcha, un velero surcaba las frías aguas. Con un gran esfuerzo, Una saltó hacia la cubierta de la embarcación y se subió a bordo dándose impulso. Sueños y soñadores por igual se apelotonaban en la popa y la proa o estaban encaramados a los palos, pero Una fingió no verlos. Trepó con agilidad al mástil más alto y miró hacia atrás, hacia la costa. Allí estaba el treitre: volvió hacia ella su cara, lisa e inexpresiva salvo por dos puntos negros que eran los ojos. Mujer y monstruo se miraron mutuamente. Entonces el barco viró hacia el este y perdió de vista al treitre.

Una no pensaba permitirse reconocer que ahora tenía una muerte más de la que sentirse responsable. Ya habría tiempo para eso cuando estuviera en Ithr, cuando hubiera dejado atrás todo esto. En su lugar, se empapó de la visión privilegiada de la ciudad que se abría ante ella. Unas gaviotas tan grandes como helicópteros planearon a su alrededor y se lanzaron en picado a la caza de los delfines que jugaban en la estela del barco. A lo lejos, los rascacielos de Canary Wharf surgieron y cobraron vida igual que flores que brotan de la tierra, antes de desplomarse y reconvertirse en los antiguos muelles que algunos soñadores todavía recordaban. Nunca se cansaba de observar cómo la ciudad que tanto amaba mutaba y creaba espejismos ante sus ojos. Pero esta sería la última vez que disfrutara de aquel espectáculo de un modo distinto al de una soñadora cualquiera.

La vida normal. Se acabó la responsabilidad sobre millones de desconocidos. Las únicas personas de las que tendría que preocuparse a partir de ese momento serían su pequeña familia y ella misma. Angus, en cuya hermosa cara empezaban a formarse las primeras arrugas. Ollie y Fern, con las manos poco más grandes que zarpas de gato. Los había dejado en cunitas iguales, balbuceando como si conversaran. Algunas veces, el amor hacía que le entrasen ganas de abrirse la barriga de un tirón para empujarlos de nuevo dentro, donde estarían a salvo. No sería capaz de protegerlos para siempre, pero tenía el presentimiento de que no haría falta. Por lo menos, a Fern, no. Tendría que esperar quince años, pero entonces podría contarle todo a su hija. Quizás incluso pudiera unirse a ella. Menudas aventuras vivirían juntas.

A lo lejos, el llanto de un bebé resonó en Annwn. Una estaba segura de que era uno de sus hijos que la llamaba, al otro lado de la línea divisoria entre los sueños y la realidad. Estaba tan cerca... La Torre de Londres emergió en la orilla y Tower Bridge estaba justo detrás. Lo único que tenía que hacer era trepar por uno de los pilares del puente cuando el barco pasara por debajo, sortear la propia Torre y así llegar al portal que la devolvería a su habitación. Angus todavía estaría durmiendo a su lado, con un brazo bajo del cuello de Una y el otro apoyado en su cintura.

En el puente, la inspyro se metamorfoseó en una manada de lobos, con las bocas abiertas en una parodia de sonrisa. Otra silueta se colocó a su lado. Alta, delgada, afilada. El sol naciente convirtió al monstruo dorado en una criatura de humo. El treitre había vuelto a encontrarla.

Como si tejieran una voz a partir del terror de Una, los lobos abrieron la boca y aullaron; su canción se propagó por el viento y le recorrió la columna vertebral.

«Vamos».

Ahora no podía recurrir al puente. Tendría que atravesar la Torre por dentro. Una se zambulló en el agua y rezó para no llamar la atención de los tiburones o de sus compañeros más grandes que merodeaban por el lecho del río. No hubo salpicaduras ni reverberación en el agua tras ella. El treitre había elegido otra ruta.

Una puso rumbo a la orilla, luchando contra las corrientes subacuáticas y las olas de la superficie. Los cimientos de la Torre surgieron entre la oscuridad antes de lo que esperaba y se golpeó fuerte contra ellos, tanto que el dolor le machacó una muñeca. Fue tanteando para encontrar el camino hasta que la piedra dio paso a la madera. Era la Puerta de los Traidores: la antigua entrada a la Torre para los sentenciados a muerte. Tendría que esperar allí hasta que se abriera. Contó los segundos, obligando a su mente a evitar el tortuoso baile de no saber dónde estaba el treitre y a controlar su creciente desesperación por salir a la superficie para tomar aire.

Vio un resplandor en el agua: la delatora luz azul de un sueño en gestación. La quilla infestada de algas de un barco surcó las olas. La puerta se abrió con un gemido para dejar paso a la embarcación. Una se coló por el otro lado y asomó la cabeza a la superficie con un jadeo. Estaba dentro de la Torre.

Haciendo oídos sordos a los sollozos del sueño en el barco que había debajo, Una acabó de salir del agua y tomó una escalera de caracol. Intentó imaginarse que estaba seca, pero no podía concentrarse lo suficiente. La Torre siempre le había dado escalofríos: habían pasado doce años desde que había empezado a hacer turnos de vigilancia allí, pero los gritos de los condenados seguían pareciéndole espeluznantes. Incluso las joyas encerradas en el estómago de la Torre parecían frías y malditas. Aunque ahora no podía pensar en eso. Estaba tan cerca...

Procedentes del puente, los aullidos de los lobos se distorsionaban dentro de la piedra caliza convertidos en una sirena, en una advertencia.

Una subió los peldaños de cinco en cinco. Las aspilleras rodeaban la torre igual que soldados. Las vistas se sucedían, de manera secuencial, desde el río hasta el puente y desde allí hasta el patio interior, y vuelta a empezar. Una mujer con un voluminoso brocado se deslizó por el recinto inferior; las cicatrices de su garganta resplandecían como rubíes. Una siguió subiendo peldaños, más y más. Otro vistazo. La cara de la mujer estaba a un palmo de la suya.

Una se echó hacia atrás y se tropezó con un escalón. Se estremeció al notar el dolor en la espinilla y se esforzó por ponerse de pie. Agarró el alféizar de la ventana para darse impulso.

«Fern y Ollie», pensó Una y visualizó sus rostros como un latido. «No pierdas el control».

La mujer de la ventana se dividió en mil pedazos como un diente de león. Una deseó poder hacer lo mismo. El miedo la arrastraba hacia abajo, como una capa enorme. Sus retoños volvieron a gritar, a través del portal que había justo al otro lado de la Torre.

Un paso arriba, luego dos, más rápido, más rápido. Echó un vistazo al río.

En lugar de agua, vio un pelaje dorado. Antes de que pudiera reaccionar, una zarpa irrumpió por la ventana y le abrió la piel de la cara como si fuera una cremallera.

El terror le agudizó los sentidos y la fortaleza. Se limpió la sangre de la frente de un manotazo y siguió corriendo. La escalera reverberaba con una cacofonía de ladrillos resquebrajados y plomo: por fuera, el treitre igualaba su ascenso. Una salió a la azotea y se lanzó con un gran impulso desde la cornisa. El aire cambió junto a sus piernas y supo que el treitre había tratado de apresarla.

Con la atención dividida, se esforzó por mantener la altura mientras sobrevolaba el patio interior. Tenía que obligarse a no pensar en su perseguidor y a concentrarse en la tarea que tenía entre manos.

Fern y Ollie volvieron a llamarla.

«Ya casi estoy ahí, pequeñines».

Sentía tanto pánico que no pudo sortear la pared de la Torre. En lugar de eso, chocó contra ella y utilizó el hombro para paliar el grueso del impacto. Se agarró a las piedras con las uñas, haciendo caso omiso del dolor que le subía por el brazo magullado, y trepó hasta la escarpadura.

El tejado estaba vacío. La calle, despejada. Más allá atisbó el portal, apenas a una buena zancada de distancia. Escaló hasta el borde de la almena midiendo la distancia, calibrando sus fuerzas.

—¿Una?

La voz era suave, curiosa, familiar. Era de un ser querido. Pero ¿quién podía ser?

Una se dio la vuelta y sonrió. Alargó el brazo, asombrada. Entonces, el corazón le dio un vuelco al darse cuenta de la horrenda verdad.

Los gritos de Fern, adentrándose en el portal abierto, siguieron resonando alrededor de la Torre mucho después de que su madre desapareciera.

pesadilla-6

 

Quince años, dos meses y trece días después

UNA KATHLEEN KING

1978-2005

«Nunca hubo mujer más amada»

Hay colillas de cigarrillo alrededor de la tumba. El cementerio es el lugar favorito de reunión de los chavales del barrio a quienes les da pereza desplazarse hasta el centro de Londres para divertirse, y salta a la vista que aquí se han divertido mucho. Le doy una patada a una lata, que acaba sobre otra tumba, y me desplomo en la hierba. Para cuando me doy cuenta de que aún está húmeda del rocío de la mañana ya es tarde. Genial. La humedad se me cuela por los pantalones del uniforme, pero hay más gente pululando y no quiero que me vean levantarme de repente. No quiero que nadie piense que soy rara. Ja, ja. Como si no lo pensaran ya solo con mirarme.

Cuando era pequeña no entendía por qué papá siempre quería traerme aquí. No era consciente de que una madre muerta era alguien que tenías que visitar, aunque ni siquiera te acordases de ella. «Hazlo por mí, Ferny, ¿eh?», me decía con tono seco, mientras se calzaba unas botas tan destrozadas que bien podría haber llevado sandalias. «A tu madre le gustará verte». Pero las tumbas me daban miedo. No soportaba imaginarme que caminaba encima de cadáveres. Seguro que es una de las muchas razones por las que papá y yo no nos entendemos.

Hundo los dedos en las letras esculpidas y me pregunto, por millonésima vez, cómo era mi madre. Una vez oí por casualidad al abuelo llamarla «furcia gitana». En las fotos, tiene aspecto salvaje: ojos oscuros, boca grande y piel pálida. Papá siempre canta sus virtudes, repite lo amable y cariñosa que era, cosa que me enfada aún más. No puedo evitar preguntarme si, en caso de que hubiera vivido más, yo habría sido la favorita de mi madre, igual que Ollie es el de papá. Podríamos haber hecho juntas todas las cosas que se supone que deberíamos hacer, como comprar ropa y maquillaje, o ir a ver comedias románticas al cine y sentirnos incómodas porque las dos nos comeríamos con los ojos al protagonista.

Pero claro, tampoco me gustaría esa versión de mi madre. La verdad es que nunca me ha ido el rollo del maquillaje... Soy tan rara que un poco de rímel no iba a hacer que la gente me mirase tipo: «Guau, qué guapa está», sino más bien: «¿Qué le ha pasado en la cara?».

«¿Qué quieres sacar de ella, Fern? Está muerta», me preguntó Ollie una vez en medio de una de nuestras típicas discusiones periódicas.

La verdad es que no lo sé. En lo que a mamá se refiere, nada tiene sentido. Me han contado tantas versiones distintas sobre ella que es como un cuadro abstracto. Divertida, reservada, apasionada, gélida... ¿Cómo puede ser todas esas cosas una misma persona? Y si no puedo averiguar cómo era, ¿cómo voy a averiguar quién habría sido yo si mamá viviera? Tantos interrogantes y tan poca información.

La campana de la iglesia da las ocho, que es mi aviso para marcharme. Tendré que ir rápida si quiero llegar a tiempo a clase.

—Adiós, mamá —susurro, mientras toco la lápida por última vez y me cuelgo la mochila de un hombro.

Cuando me estoy subiendo la capucha de la sudadera para que me tape la cara, lo veo. Ollie está fisgando a lo lejos, con una expresión tan inescrutable como siempre. De pronto, soy mucho más consciente del silencio del cementerio. No me haría nada aquí, me digo. Ni siquiera Ollie caería tan bajo, ¿o sí?

Me armo de valor y zigzagueo entre las tumbas en lugar de tomar el camino en el que está Ollie. No lo miro, pero percibo que también se aleja de mí en dirección a mamá. Somos dos lunas que orbitan alrededor del planeta de nuestras diferencias. Un odio brumoso llena el espacio que nos separa y me empuja por la espalda mientras me marcho.

Si nos vieran así, nadie diría que somos gemelos.

Opto por las calles laterales para no pasar por Wanstead Flats. Mis pensamientos vuelven a Ollie como un bumerán. ¿Cuándo empezó a visitar la tumba de mamá por su cuenta? Mi guapo y popular hermano nunca ha tenido tiempo para la pena, hasta ahora nunca había necesitado contarle sus secretos a una mujer muerta.

Justo cuando llego a la estación y paso por las barreras de control, me vibra el teléfono que llevo en la mochila: un mensaje nuevo. Seguro que es papá con otro de sus intentos de motivarme mediante una broma, pero luego pienso otra vez en Ollie y lo compruebo por si acaso. Quizá sea una explicación para su comportamiento o, lo que es más probable, un comentario borde diciendo que mi madre muerta es mi única amiga.

«Pensaré en ti esta noche».

No es de Ollie ni de papá. Enarco las cejas mientras contesto al desconocido que lo ha mandado.

«Te has equivocado de número».

Esta noche es Halloween y me da la impresión de que algunos tienen grandes planes. Pues mejor para ellos. Los míos son ponerme el pijama en cuanto sea humanamente posible y empollar para el examen de historia.

En el metro evito a conciencia las miradas curiosas y lastimeras de mis compañeros de vagón y observo fijamente la primera plana del diario Metro. El titular dice: LAS ENCUESTAS SE DISPARAN A FAVOR DE SEBASTIEN MEDRAUT. La foto no hace justicia al político; o, por lo menos, no a sus ojos. Lo he visto en persona, a la salida del instituto. Sus profundos iris de color violeta (a medio camino entre el tono amatista y el zafiro) hicieron que un ciclista se empotrara contra una farola a causa de una segunda mirada a destiempo. Siempre ha negado entre risas que sean lentillas y yo siempre lo he creído. Sé mejor que nadie que los ojos pueden ser de todos los colores.

Solo alcanzo a leer un trocito del artículo.

«En los últimos años, Medraut ha realizado un regreso escalonado para capturar de nuevo el corazón y la mente de una nación...».

Vaya, el típico reportaje pelotero.

La persona cuyo periódico he estado leyendo me mira a los ojos y sacude las páginas con aire irritado. Contengo las ganas de recordarle que los periódicos pueden (socorro, horror) leerse más de una vez y saco el cuaderno de dibujo de la mochila. La misma cara, plasmada en óleos, carboncillo, acuarelas, lo que sea que tenga a mano, en realidad, ocupa casi todas las páginas: una mujer de edad indeterminada, con facciones delicadas pero surcadas de cicatrices y la cara enmarcada por un pelo salvaje y encrespado. Me dispongo a pintarle la melena, pero creo que me he dejado el color naranja en casa. Maldita sea.

Cuando salgo a tomar aire en Sloane Square, hurgo en la mochila para mirar en el móvil qué hora es. El número desconocido me ha mandado otro mensaje.

«¿Nunca te has preguntado cómo murió tu madre, Fern?».

Me quedo de piedra en mitad de la acera y un hombre me mira fijamente y me adelanta con un empujón.

«¿Quién eres?», respondo, tan descolocada que noto los dedos torpes.

Pero nadie contesta. Tampoco me ha contestado cuando llego al Bosco College, ni cuando me veo obligada a apartar el móvil porque empieza la clase doble de biología. No contesta antes de la hora de la pausa, cuando Lottie Medraut y su séquito interrumpen mi momento de relax en el lavabo, ni cuando termina el recreo y me siento en la última fila de la clase de latín. ¿Por qué iba a preguntarme cómo murió mi madre? Fue muy sencillo: falleció mientras dormía. Síndrome de la muerte súbita. Raro, trágico, pero ocurre a toda clase de personas. Nunca ha habido nada que preguntarse.

Mi teléfono no vuelve a vibrar hasta que estoy en la cola del comedor. Se me sonroja todo el cuerpo cuando leo las palabras en la pantalla.

«Tu madre me conocía con otro nombre, pero puedes llamarme Archimago».

Luego, al cabo de poco: «Ella y yo fuimos caballeros juntos en Annwn».

¿Archimago? ¿Annwn? Buf, debo de seguir en la clase de latín, porque esas palabras no tienen ningún sentido para mí. Sin embargo, por fin he tenido tiempo de ordenar las ideas y sé qué quiero decirle. No pienso dejar que ese vocabulario extraño me distraiga. «¿A qué venía ese comentario sobre la muerte de mi madre?».

Esta vez la respuesta llega casi de inmediato.

«Una no murió de manera tranquila. Todo lo contrario. Alguien la asesinó».

Es como si el misterioso Archimago hubiera atravesado la pantalla de móvil, se hubiera metido en mi caja torácica y me estuviera estrujando el corazón. Me llevo una mano a la boca para no demostrar demasiada emoción. Aunque nadie más de la cola parece haberse dado cuenta de mi reacción. La mitad de la gente está pegada a la pantalla del móvil, igual que yo. Repaso las caras una por una, preguntándome si se trata de una broma de mal gusto por parte de uno de mis compañeros.

«¿Cómo lo sabes?», respondo y, al cabo de un momento, deliberadamente meto el teléfono otra vez en la mochila. Si Archimago me está observando, no quiero darle la satisfacción de ver lo afectada que estoy. Miro al frente, con el codo aplastado contra la bolsa para notar la vibración en caso de que llegue otro mensaje. Elijo el pollo al curri y el bizcocho de chocolate, y me llevo la comida a mi mesa de siempre, donde todo el mundo sabe que no debe molestarme. Esas palabras («Alguien la asesinó») me rebotan por todo el cráneo hasta que se desintegran. «Alguien la asesinó». «La asesinó alguien». «Alguien asesinó la». No puedo evitarlo: dejo el teléfono junto al plato. En algún otro punto del comedor, la risa cantarina de Lottie Medraut se destaca sobre las demás voces.

Una cucharada de curri se detiene a medio camino antes de llegar a mi boca cuando la pantalla se enciende de nuevo. Archimago ha contestado. Me acerco el teléfono y los granos de arroz se derraman como gusanos sobre mi regazo.

«Porque la maté yo».

pesadilla-7

 

La comida que tengo delante se enfría mientras miro fijamente el mensaje de Archimago. Tiene que ser una broma. Sí, tiene que serlo. Mamá murió de manera injusta pero natural. Murió mientras dormía. Papá se despertó y se la encontró fría entre sus brazos. Es imposible que la asesinaran.

El móvil repica contra la mesa y me doy cuenta de que me tiembla la mano. Dejo el teléfono y me estrujo los dedos entre las rodillas. «Piensa, Fern».

Me incorporo con torpeza y salgo del comedor dando zancadas; de paso, dejo la bandeja de comida todavía llena en el carrito de los platos sucios. Necesito aire fresco. Una vez fuera, intento llamar a Archimago, pero me ha escrito desde un número oculto. Tengo que serenarme antes de contestarle con otro mensaje. «Mientes», tecleo. «Voy a llamar a la policía».

Por supuesto, no hago nada parecido. Inseguridad, confusión y rabia se arremolinan en mi cuerpo. Me planteo llamar a mi padre, pero no me parece bien. Papá y yo nunca hemos sido capaces de hablar de mamá. Mencionárselo a Ollie queda descartado. Y ya no tengo a nadie más, la verdad.

El clinc clonc de los cubiertos y los platos reverbera desde el comedor del colegio. Los estudiantes se ríen, cotillean, comparan ejercicios de los deberes. Los profesores me saludan con la cabeza al pasar.

«Porque la maté yo».

No puedo estar aquí.

Hago oídos sordos a las preguntas perplejas de la secretaria, y salgo volando del Bosco para perderme en la calle y corro dirección sur hasta el Támesis. Al llegar me inclino sobre la barandilla, aguanto el pinchazo de las barras que se me hincan y tomo grandes bocanadas de aire del río. Una gaviota solitaria se ve arrastrada por el agua, aleteando en balde. Me mira a los ojos un instante y muevo la cabeza, empática.

«Alguien la asesinó».

Vuelvo a comprobar el móvil. Archimago no ha contestado a mi amenaza. Quizá se haya asustado. Quizá ya se haya divertido suficiente y me deje en paz, aunque con un interrogante perpetuo en un rincón de la mente.

Abro una búsqueda en el móvil y tecleo «Archimago». Lo único que me aparecen son referencias a un personaje de un poema antiguo y un montón de alias de internet. A continuación, pruebo con «Annwn», después de comprobar cómo se escribe en el mensaje de Archimago. Esta vez los resultados son más interesantes: «Ah-noon» es el nombre del Inframundo en el folclore galés. Donde viven los muertos. Unos dedos espectrales parecen darme golpecitos en la nuca. De todas formas, sigo sin entenderlo.

Releo los mensajes de Archimago. «Ella y yo fuimos caballeros juntos en Annwn». Vale. Tecleo «caballeros Annwn». Internet me devuelve un puñado de resultados y, arriba, el enlace a un vídeo. Se titula La verdad sobre tus pesadillas. Clico encima, pasando por alto las miradas irritadas de la gente que me rodea cuando el sonido empieza a atronar. Una mujer joven (pelo oscuro, piel morena, ojos penetrantes) me mira fijamente desde la pantalla.

«¿Crees que estás a salvo mientras duermes?», pregunta. «Bueno, piénsalo mejor. Los caballeros no son solo...».

Es inexplicable, pero el vídeo se corta en mitad de la frase y me deja con un recuadro en blanco y una barra de progreso que sigue avanzando en la nada.

Vuelvo a cargar la página e incluso pruebo a apagar el teléfono y encenderlo otra vez, pero nada revela el resto del vídeo. Perpleja, entro en el metro y tomo el siguiente tren de vuelta a Stratford.

—¡No la mires así! Qué maleducado eres —susurra una mujer a su novio al otro lado del vagón.

Miro a los ojos al novio. Sonríe con aire de superioridad. El desconocido que tengo sentado enfrente también me mira con fijeza. Ya me conozco el percal. Quiere hacer un concurso de aguantar la mirada para poder meterse conmigo. Desde hace un tiempo me pasa con frecuencia. Cierro los ojos para evitarlo.

El metro se mece con suavidad. La cara de mamá, con el pelo oscuro alborotado sobre unos ojos entrecerrados, me atormenta. «Me asesinaron, Fern», parece susurrar. «¿Es que no vas a hacer nada?». La atronadora nana de los túneles del metro me zambulle en la sonrisa de mi madre. Aterrizo en una pesadilla de un bosque. Jenny, con su cara de pan, está ahí, igual que Ollie. La cara de mi hermano es la que veo con más nitidez cuando se aparta, cómplice de la emboscada. Entonces es Jenny la que se me planta delante. «Eres una bruja, Fern King, y todos sabemos lo que hacían antes con las brujas...».

Se enciende la cerilla. Las hojas de otoño que crujen bajo mis pies ya están listas para las llamas. Grito, suplico, me humillo, pero los nudos de mis ataduras son tan fuertes y Jenny está tan ansiosa por saborear mi miedo... Salvo que ya no es Jenny; es mi madre, mi padre, mi hermano, gritando uno detrás de otro que debo arder en la hoguera.

Sin embargo, el dolor exquisito e íntimo del fuego no me alcanza. Esta vez no. Esta vez, un par de brazos revestidos de metal me levantan de las chispas. Creo ver una cara, con pecas por detrás de las cicatrices y enmarcada en pelo rojo, antes de que me arroje hacia atrás. Me caigo como si fuese desde un acantilado y me despierto de un brinco. Todavía estoy en el vagón del metro. La gente sigue mirándome. Pero ahora tengo una pregunta más por contestar.

Busco el bloc de dibujo en la mochila y paso rápido las páginas. Mi ángel guardián.

Resigo con los dedos el pelo salvaje y encrespado que he esbozado en cada página. Por encima de su cara atemporal, surcada de cicatrices, y de la armadura que da la impresión de haber pertenecido a alguien mucho más corpulento en otros tiempos. Ha estado rondando mis sueños desde que tengo uso de razón. En mis pesadillas (y tengo muchas pesadillas), esta guerrera siempre ha llegado a tiempo para salvarme.

«Caballeros». Eso es lo que dijo Archimago, y la mujer del vídeo mencionó «el sueño» y «los caballeros» antes de que se cortara la imagen. ¿Podrían estar relacionados con esta misteriosa guardiana armada?

—Pero no eres más que un sueño, ¿verdad? —susurro.

Sus impenetrables facciones me devuelven la mirada y con un escalofrío me doy cuenta de que la única respuesta posible («Por supuesto que es solo un sueño») no me parece nada cierta.

pesadilla-8

 

La casa debería estar vacía a estas horas. Papá vuelve a tener un turno de noche largo, trabaja de conserje rotativo en un edificio de apartamentos pijos a unos kilómetros de aquí. Enciendo la calefacción de la planta baja y me preparo un té. La única taza que ahora mismo no está en el fregadero, esperando a que alguien la lave, es una que hice para Ollie cuando teníamos ocho años. Unas letras de distintos tamaños cubren la circunferencia: «Mejor ta». Tenía el «to» preparado, pero me quedé sin sitio. De todas formas, en realidad funciona mejor así, porque ahora todos podemos fingir que simplemente quería poner «Mejor taza».

Sin embargo, no tengo la suerte de disfrutar de mi soledad durante mucho tiempo. Apenas acabo de encender el hervidor para prepararme la segunda taza cuando se abre la puerta principal e irrumpe Clemmie; luego cuelga la monstruosidad morada que tiene por abrigo en una percha libre. Clemmie es la novia de papá desde hace cinco años y dice mucho sobre qué clase de persona es el hecho de que lleve tanto tiempo atrapada en esta relación, aunque es evidente, incluso para alguien con tan pocas dotes sociales como yo, que mi padre la ve más como una mejor amiga en la que puede confiar que como una pareja estable en potencia.

—¿Fern? ¿Qué pasa? —me pregunta cuando por fin se fija en mí.

—Eh... —No sé qué decir.

No estaba preparada para esto. Tengo que decirle algo a Clemmie o le contará a papá que me he saltado las clases.

—Oye, ¿y tú qué haces aquí, por cierto?

Esa soy yo, poniéndome a la defensiva.

—Tu padre me comentó que no había tenido tiempo de dejar nada hecho para Ollie y para ti —responde Clemmie—, así que se me ocurrió prepararos una lasaña.

El estómago me ruge de agradecimiento y me recuerda que apenas he comido.

—¿Ha sido Jenny otra vez? —pregunta Clemmie.

Niego con la cabeza, furiosa al notar que las lágrimas amenazan con bloquearme la garganta. Mientras Clemmie me rodea con los brazos, me siento abrumada de nuevo, igual que en el comedor del colegio, y suelto a bocajarro la verdad: le hablo del mensaje de Archimago.

—Dice... dice que mató a mamá.

A eso sigue un largo silencio. El espectro de mamá siempre ha sido todavía más incómodo cuando está Clemmie.

—Cariño mío, eso es imposible —dice Clemmie al final.

—Pero en aquella época no conocías a papá, ¿o sí? —La miro a la cara—. Me refiero a que, ¿alguna vez te contó...?

—No soy yo la que tiene que hablarte de esas cosas, Fern. Ahora vamos, ven a sentarme conmigo.

Mientras me acompaña al sofá y me pone casi a la fuerza un vaso de refresco entre las manos, me doy cuenta de que evita mirarme a los ojos.

—¿Te ha contado algo mi padre? ¿Algo que no me haya dicho a mí?

Otra pausa mientras toma una manta del respaldo del sofá y me arropa con ella. Muy, muy de vez en cuando desearía poder ser como Ollie. Siempre sabe qué decir exactamente para conseguir que la gente haga lo que él quiere.

—Por favor, Clemmie —le pido—, no le diré a papá que me lo has contado. Merezco saber qué le ocurrió a mi madre.

—Seguramente no sea nada —me dice por fin, y se deja caer en el sofá a mi lado—. Es solo que tu padre me contó una vez que ella tenía un montón de marcas por todo el cuerpo. Desaparecieron unas horas después de que la encontrara, pero al parecer le resultaron... muy alarmantes.

—¿Qué clase de marcas?

—Cariño, no estoy segura. Solo me dijo que era como si le hubieran hecho cortes por todas partes, pero al mismo tiempo no, ¿sabes a qué me refiero? «Como una operación que ha salido mal». Eso es lo que me dijo, si la memoria no me falla.

Pienso en las cicatrices del rostro de mi ángel guardián. A papá nunca le han gustado mis dibujos de ella. Siempre ha evitado mirarlos. Ahora entiendo por qué. No vale la pena que pierda el tiempo preguntándome por qué no me contó la razón por la que lo entristecían. En esta casa no funcionamos así.

El corazón me late tan fuerte que parece que vaya a salírseme del pecho.

—¿Fern? ¿Quieres denunciar a esa persona? —me pregunta Clemmie mientras me aprieta la rodilla—. Puedo acompañarte durante el proceso. Quizá podamos averiguar quién se esconde detrás de esos mensajes.

Clemmie es sargento de policía, así que es un tema en el que quizá sí podría serme útil. Pero no tengo interés en poner una denuncia. La última vez que tuve tratos oficiales con la policía (después de que intentaran quemarme en la hoguera, cuando las autoridades prometieron juzgar a Jenny y Ollie por lo que me habían hecho) todo quedó en agua de borrajas. Lo único que ocurriría ahora sería que papá y Clemmie pulularían por aquí diciendo lo que hay que decir, pero en realidad no harían nada para protegerme. Además, si averiguan quién es Archimago, podría perder la única oportunidad que tengo de descubrir más información sobre los misteriosos caballeros y sobre mamá. Puedo encargarme de esto yo solita.

—No, pero gracias por ofrecerte —le digo a Clemmie.

Luego finjo estar cansada para evitar seguir con la conversación. Ella se queda trajinando en la cocina un ratillo más, hasta que la casa se llena del olor a queso fundido, después coloca la lasaña en la encimera para que se temple y me da un beso en la frente antes de marcharse.

Tengo sentimientos encontrados hacia la dulce y discreta Clemmie, pero una vez que se va, la casa me intimida de un modo que antes no hacía. El pasillo está repleto de mis viejas obras de arte: caras serias y paisajes solitarios. La puerta del dormitorio de Ollie está cerrada con llave. Mi habitación es una nevera porque el radiador está estropeado. Vuelvo al sofá y continúo buscando en el portátil viejo de papá.

Necesito varias horas y tres raciones de lasaña para encontrar algo más: una entrevista con una mujer huesuda y arrugada que asegura que en tiempos fue uno de los caballeros de Annwn. Tiene la boca hundida, porque le faltan casi todos los dientes, así que cuesta bastante entenderla. «Ocurre durante tu decimoquinto Samhain», dice, señalando con un dedo a la cámara. Frunce la boca al pronunciar la palabra, que suena a «Sowain». «Las luces cambian, ¿sabes? Las luces de Annwn. Entonces es cuando los caballeros se te llevan. Las luces cambian y lo sabes».

El vídeo se para en seco, justo igual que el anterior. Una imagen pixelada que de repente se vuelve negra. No encuentro nada más. De todas formas, encaja con lo que ya sabía por la mención a Annwn y los caballeros, y ahora tengo una nueva pista que seguir. Busco «Samhain» y descubro que, básicamente, es otra palabra para Halloween. Echo un vistazo a la lámpara de la mesilla que tengo al lado. Se niega a hacer algo fuera de lo común. Archimago también mencionó esta noche. «Ocurre durante tu decimoquinto Samhain». Tengo quince años. ¿Lo sabía Archimago?

A mi espalda, la luz del recibidor parpadea. Alguien introduce con fuerza una llave en la cerradura de la puerta principal y al cabo de poco entra Ollie. Tiene el uniforme manchado de barro e incluso desde donde estoy me llega el olor a tabaco.

—Vaya, ¿me has esperado despierta, Ferny? Qué detalle...

Encuentra los restos de la lasaña de Clemmie y mete un plato en el microondas sin añadir nada más. Yo tampoco digo nada. Intento batir mi récord de tiempo sin hablar con Ollie, que en la actualidad está en once días. Ahora voy por el noveno día, así que tengo esperanzas de lograrlo. Pero, a la vez, me muero de ganas de contarle lo que he averiguado. De todas las personas que conozco, él es el único que podría entender qué se siente y saber qué hacer al respecto. Sin embargo, las palabras se me atascan en la garganta. El espectro de la hoguera se interpone entre los dos. No ha sido capaz de mirarme a los ojos desde que ocurrió; no desde que vi el destello de la culpa en sus ojos mientras se escabullía, una vez finalizada su parte de la emboscada.

Para ser gemelos, es imposible encontrar a dos personas más diferentes que Ollie y yo. Podríamos haber sido idénticos y, si se nos mira con atención, se advierte que la barbilla, los ojos y la nariz de los dos tienen la misma forma. Pero Ollie es un rompecorazones y yo solo soy... rara. Mi hermano tiene la piel dorada, como si acabara de llegar navegando desde España, una abundante mata de pelo oscuro y brillantes ojos azules que hacen que parezca una estrella del cine de las de antes. Mientras que yo... bueno, digamos que cuando papá me describe como «desconcertante» está siendo amable. Mi pelo rubio claro y mi piel pálida no tienen nada de especial, así que cuando llevo gafas de sol, puede que pase desapercibida. Pero poca gente puede seguir llevando gafas cuando acaba el verano, así que la mayor parte del año mi deformidad es más que visible. Tengo los iris de color escarlata. Los médicos les dijeron a mis padres que no era más que una anormalidad genética. «Una de esas cosas que pasan». Cuando era pequeña no me importaba demasiado porque Ollie siempre estaba conmigo. Mi gemelo y yo, enfrentándonos al mundo, y si Ollie decía que yo era aceptable, entonces los demás le hacían caso. Durante los primeros diez años de vida fuimos los mejores amigos, además de hermanos. Luego, llegó la secundaria y todo cambió. Tal vez haga solo un año que he añadido la cicatriz de la quemadura a mi cara, pero las diferencias entre mi hermano y yo se cimentaron varios años antes del tormento de la hoguera.

—Me pones los pelos de punta —dice Ollie, todavía de espaldas a mí.

—¿Qué?

Maldita sea.

—No me mires así. No me extraña que la gente te odie.

—No te estaba mirando. No seas tan creído.

Me doy la vuelta y empiezo a subir la escalera. Los insultos cansados de Ollie han acabado con toda esperanza de poder confiar en él.

Fuera, las campanas de la iglesia empiezan a dar la medianoche. La tumba de mi madre está en algún lugar cerca de esas campanas. Bueno, si la mataron bastará con que descubra más información por mi cuenta.

Tan, tañen las campanas. Tan, tan, tan.

La bombilla del descansillo parpadea.

Tan.

—¡Para ya, Fern! —me grita Ollie desde la cocina.

—¡No estoy haciendo nada!

Si hay una subida de tensión, Ollie es el que está más cerca de la caja de los fusibles. Ya lo arreglará él. Me voy a la cama. La bombilla que tengo encima vuelve a parpadear. Esta vez brilla con más intensidad. Mi sombra se extiende de un modo alarmante a lo largo de la pared.

«Las luces».

Bajo la escalera otra vez dando zancadas. Es como si entrara en una discoteca: todas las luces se encienden y se apagan de forma desacompasada. La lámpara que está junto al sofá ilumina como el sol la pila de deberes que hay debajo. Las luces de la cocina parlotean en código morse. No es una subida de tensión. La cara de susto de Ollie, vista como si pasara rápido las páginas de un libro, es casi cómica. Él no sabe lo que significa esto, pero yo sí.

«Las luces de Annwn. Entonces es cuando los caballeros se te llevan. Las luces cambian y lo sabes».

«Samhain. Halloween. Esta noche».

Es cierto. Es todo cierto.

Tan, tan.

Otra clase de ruido repica en los tablones del suelo por encima de nosotros. Subo a toda prisa la escalera. Es el ventilador del cuarto de baño: gira tan rápido que unas nubecillas de polvo salen flotando de la rejilla.

Ollie aparece detrás de mí.

—¿Qué demonios pasa aquí?

Me río. No pienso explicárselo. Los caballeros deben de estar cerca. Tal vez me estén esperando. Tengo que encontrarlos.

Algo me llama la atención en la ventana del dormitorio y me vuelvo como un resorte. Las farolas brillan con una intensidad imposible. Empujo a Ollie para pasar y bajo la escalera como el rayo. Abro la puerta de par en par. Todas las imperfecciones del asfalto se destacan con esa luz castigadora. Escudriño los árboles, la acera, los coches aparcados. La calle está vacía. ¿Dónde están?

—¡Fern!

El pánico en la voz de Ollie me hace regresar al pasillo. Está de pie junto al sofá. Tardo un momento en asimilar lo que veo.

Está bañado en luz. Todas las bombillas de la sala son cegadoras, pero ninguna de ellas es equiparable al resplandor de origen desconocido que surge tras él y lo convierte en una sombra. Baja la mirada hacia los dedos extendidos, en torno a los cuales juguetea la luz igual que la energía estática.

No puedo respirar.

—¿Qué es? —oigo la voz de Ollie, como si estuviéramos en extremos opuestos de una cueva profunda. Desprende una belleza oscura y poderosa—. ¿Qué me está ocurriendo?

La luz que lo rodea empieza a titilar, como si la fuente energética fallara. Ollie sacude la cabeza, parece mareado.

—Me... me hace cosquillas —dice.

Su miedo se ha transformado en una somnolienta curiosidad. Su silueta resplandece, la luz lo va erosionando, como si quisiera arrastrarlo.

—¡No! —grito, y acorto la distancia que nos separa.

¿Por qué la luz lo rodea a él y no a mí? Las bombillas brillan todavía más, como si quisieran verter el resto de su energía.

—¡Espera!

Alargo el brazo hacia Ollie, pero llego tarde. Las bombillas se hacen añicos, las luces se apagan y me quedo en medio de la oscuridad rodeada de cristales rotos.

pesadilla-9

 

Me ovillo en el suelo de la sala de estar a oscuras, salpicada de arañazos en los puntos en los que las bombillas me han bañado con una lluvia de diminutas esquirlas de cristal. Mi hermano, tumbado como una damisela en el suelo ante mí, parece profundamente dormido.

—¿Ollie? —susurro, y lo toco con cautela.

No se inmuta.

—¡Despierta! —digo más alto, pero sigue sin reaccionar.

Aparte de los cortes de cristales a juego con los míos, parece estar bien. Respira con normalidad, el sonido de su plácido sueño es una burla de mi propio pánico y confusión. Agarro el teléfono para pedir ayuda, pero ¿qué podría decir? «¿Mi hermano estaba dentro de una luz rara y ahora está dormido?». Suena ridículo.

Empujo a Ollie unas cuantas veces más y le doy una patada, fuerte, para asegurarme de que no va a despertarse. Entonces me echo a llorar. Nada de lo que ha ocurrido hoy tiene sentido, pero cuando cambiaron las luces estaba tan segura de que tenía las respuestas al alcance de la mano... Ahora me las han arrebatado.

Sin dejar de sollozar de un modo patético, cojo una bayeta de la cocina y limpio los fragmentos de cristal de los brazos y la cara de Ollie. Me pregunto qué estará soñando, aunque tengo la fuerte intuición de que lo que lo mantiene dormido es una fuerza que supera cualquier entendimiento común.

Ollie no se despierta cuando lo levanto para subirlo al sofá. Prefiero no dejarlo en el suelo. Solo serviría para que papá me hiciese mil preguntas para las que no tengo respuestas plausibles. Después de solucionar lo de Ollie, deambulo por el piso de arriba, voy a la ducha y me quito con agua los cristalitos que aún llevo clavados en el cuerpo. La piel del costado izquierdo todavía presenta un tono diferente al del resto de mi torso, pero las marcas no son tan profundas como la cicatriz de la cara. La ropa me protegió un poco de las llamas aquella noche, pero aun así, no me gusta mirar esa parte de mi cuerpo.

Me cepillo los dientes y el pelo, me hidrato a conciencia la cicatriz. La crema adormece la quemadura del mismo modo que mis emociones se sienten adormecidas. Pero no me veo con fuerzas de subir a la cama. Necesito respuestas.

Tengo que arrastrar una silla de la cocina escaleras arriba para llegar al pomo de la trampilla del desván. Cuando tiro de ella, una cantidad de polvo considerable sigue a la escalerilla que cae hacia mí. Una vez en la buhardilla, trepo por unos pequeños salientes de madera para alcanzar un montón de cajas encastradas en un rincón, detrás de la decoración navideña. Aquí arriba hace todavía más frío, así que cargo con las cajas una por una y las bajo a mi habitación. No puedo dejar que papá se entere de que he estado husmeando en las cosas de mamá.

De vuelta en mi habitación, con un batido caliente en la mano y la colcha sobre las piernas para combatir el frío, abro la primera caja. Dentro hay una elegante grabadora digital. Le cambio las pilas, pero el mecanismo debe de ser demasiado viejo, porque no funciona.

La siguiente caja está llena de fotografías descoloridas, casi todas de la infancia de mamá. La tercera caja es justo lo que quiero: una serie de diarios convenientemente etiquetados. «A vuestra madre no le gustaba tirar nada», nos dijo una vez papá. «Se entretenía repasando los diarios de vez en cuando. Para acordarse de quién era, según decía».

Tardo un momento en calcular en qué año cumplió los quince mamá, y todavía más rato en repasar la montaña de diarios hasta encontrar el que lleva la pegatina de «1993». Por supuesto, ya he leído la mayor parte de estas entradas otras veces, pero hay una diferencia entre leer los diarios de una quinceañera cuando solo tienes once años y volver a leerlos cuando tú también tienes quince. Algunos fragmentos me llaman la atención: «Laura ha vuelto a cabrearse conmigo hoy. No puedo evitar que a las dos nos guste Toby...». Luego, unos meses más tarde: «¡Toby me ha regalado entradas para ver a Take That! ¡¡ES EL MEJOR NOVIO DEL MUNDO!! ¡¡¡Voy a ir con Laura!!!».

En fin. Mamá no se parecía en nada a mí, ¿a que no?

Me apresuro para llegar a la fecha de hoy, 31 de octubre. Su decimoquinto Samhain. No ha escrito nada especial, solo una lista de deberes y un recordatorio para comprarle una postal de cumpleaños a su abuelo. Decepcionada, estoy a punto de cerrar el diario cuando me fijo mejor. Un asterisco en la esquina de la página. Mamá no era una persona aficionada a los dibujitos. Escribía las cosas a vuelapluma, pero aparte de esa especie de estrella, no hay corazones, ni personas hechas con cuatro palos, ni bordes decorados...

Paso la página. Supongo que esperaba alguna especie de explosión de texto: ¿QUÉ DEMONIOS PASÓ ANOCHE?, por ejemplo, garabateado en tinta roja y subrayado tres veces. En lugar de eso... nada. El resto de esa semana está completamente en blanco.

Diez días más tarde mamá empieza a escribir otra vez, pero hay un cambio brutal en el tipo de cosas que anota. Se acabó la cháchara sobre novios y peleas con amigas. Se limita a los hechos: más listas de deberes, más recordatorios. En diciembre escribe: «Hoy he roto con Toby. Ha sido duro».

Cojo el diario de 1994. Más de lo mismo: listas aburridas que casi hacen que eche de menos que las salpique un poco con cotilleos juveniles. Pero entonces, el 1 de febrero, ocurre algo interesante. Empieza a escribir un absoluto galimatías:

¡Que caiga otro luego pierde pues

Que caiga

Siempre pues otro aquello caiga siempre pues luego

Aquello pues otro

Caiga siempre siempre caiga otro!

Desde luego, mi madre no iba a ganar ningún premio de poesía con ese poema. Salta a la vista que debía de ser un código o algún tipo de adivinanza; ojalá no estuviera tan cansada y tuviera alguna posibilidad de descifrarlo. Saco una libreta en blanco del escritorio y escribo el mensaje secreto.

Sin embargo, cuando abro el diario otra vez, me fijo en que este cuaderno tiene una sobrecubierta: una funda hecha a mano de papel estampado sujeto con celo. Saco la funda y me quedo mirando con un agridulce asombro la cubierta que hay debajo. En el liso cartón gris, con la letra atrevida y puntiaguda de mi madre, pone: «Diario de caballería de Una».

De todas las cosas estrambóticas que han ocurrido hoy, esta es la más estrambótica de todas. Es la prueba más concreta de que había algo de verdad en lo que me dijo Archimago, y noto un escalofrío de determinación que me recorre los huesos.

Sigo mirando.

Cuando oigo llegar a papá ya he repasado hasta 2001 y tengo un puñado más de poemas garabateados en mi cuaderno. Mamá no escribía mensajes cifrados muy a menudo, lo que me hace pensar que solo lo hacía cuando ocurría algo especialmente importante. Oigo que papá le dice con pocas ganas a Ollie que se vaya a la cama pero, por supuesto, se da por vencido y sube la escalera al ver que Ollie no se mueve. Demasiado tarde, me doy cuenta de que habrá visto la luz por debajo de la puerta y me apresuro a apagar la lámpara.

—¿Fern? —pregunta papá en voz baja al otro lado de la puerta de mi habitación.

Quiero abrirla de par en par, abrazarlo y pedirle que me cuente todo lo que sepa de mamá. Contarle lo de los mensajes de Archimago y hablarle de los diarios de mamá. Pedirle que me ayude a resolver este entuerto.

Me quedo totalmente quieta. La puerta que nos separa bien podría ser de cemento. Desde que se negó a castigar a Ollie por su participación en la quema de la hoguera, sé muy bien lo mucho que papá quiere a mi hermano y lo poco que me quiere a mí. Al final, sigue avanzando hacia el cuarto de baño y al cabo de unos minutos oigo que cierra la puerta del dormitorio. Enciendo de nuevo la luz.

Cuando el sol empieza a colarse por las cortinas y noto los dedos entumecidos por el frío, llego al último diario de mamá. 2005. El año en que murió. Los poemas son más frecuentes en esa época, su letra es menos contenida. Paso las páginas hasta la última entrada: el 2 de agosto. No hay poema alguno, solo una cita médica para ponernos vacunas a Ollie y a mí. Debíamos de tener dos meses.

—¿Qué te sucedía? —pregunto en voz alta.

Me entran ganas de poder colarme entre las páginas de esos diarios y entrar en la mente de la mujer que las escribió. La mujer que pareció volverse aún más impenetrable conforme transcurrían los años.

Un ruido en la planta baja me saca de mi ensoñación. Ollie debe de haberse despertado. Bajo sigilosamente la escalera y observo desde la puerta cómo se sirve un vaso de leche.

Vacilo. Si me equivoco, solo conseguiré quedar todavía más en ridículo. Pero no tengo nada que perder.

—¿Eran los caballeros? —le pregunto.

Se vuelve como un resorte, con los ojos muy abiertos, y ya no me hace falta oír su respuesta.

—No tengo ni idea de qué me hablas, Fern.

—¿Sabías que mamá era una caballera? —le pregunto—. ¿Sabías que la asesinaron?

Ni siquiera la habitual cara de póquer de Ollie puede camuflar el sobresalto que le cruza las facciones.

—Habría que contárselo a papá —digo.

Ollie cruza la habitación en cuatro zancadas y me agarra por la muñeca.

—No seas imbécil.

Me retuerzo para librarme de él.

—¿Eran ellos? —siseo—. ¡Dime la verdad!

—No disgustes a papá. Por el amor de Dios, Fern, ¿qué te hace pensar que te va a creer, eh?

—Yo sí lo creo. Y tengo pruebas. ¡Mensajes de quien la asesinó!

Le pongo el teléfono delante de las narices y se queda mirando, anonadado, la confesión de Archimago. Cuando vuelve a mirarme, su cara solo expresa desprecio.

—Pues entonces llama a la policía. ¿Qué crees que harán?

—¿Por qué no quieres contarme si es verdad? —susurro mientras se aparta de mí.

—Deja el tema, Fern —dice, también en voz baja—. Acepta que mamá murió mientras dormía y punto. Ella era normal. Igual que yo, igual que papá.

No hace falta que añada: «No como tú».

pesadilla-10

 

Por primera vez desde hace años estoy deseando la distracción del colegio. Me pongo una sudadera con capucha encima del uniforme y arrastro mi maltrecha mochila por el tonificante frío de primera hora de la mañana en Londres. Antes del curso pasado, nunca había soñado siquiera con ir al Bosco College, una escuela privada en Chelsea donde los políticos y los millonarios envían a sus retoños. Por norma general, la única forma que tiene la gente como yo de entrar ahí es para limpiar los retretes o servir la comida.

Teniendo en cuenta que su hija, Lottie, va al Bosco, parece irónico que fuese uno de los contrincantes de Sebastien Medraut quien me metió en la escuela. Después del incidente de la hoguera, Jenny se libró a cambio de unos cuantos meses de trabajos comunitarios y al resto de la banda se les permitió quedarse en el St. Stephen. Papá escribió una carta muy enfadado a la parlamentaria local. «¿Cómo se atreven a decir que no pueden hacer nada?», siseó mientras la escribía. Recuerdo que ese fue el momento en el que entró en erupción la rabia que yo llevaba dentro.

«¡Tú sí que puedes hacer algo!», le grité. «¡Haz que encierren a Ollie!».

Pero papá se había limitado a prometerme castigos que no significaban nada para mí y a sacudir la cabeza cuando intenté contarle que Ollie me había llevado al lugar en cuestión y me había dejado allí tirada sin mirar atrás siquiera.

«Tu hermano simplemente se dejó llevar por las malas influencias, cariño, eso es todo. Ollie no es como los otros, ellos son malvados de verdad. Cambiará de colegio y ya está...».

A partir de entonces le di la espalda en todos los sentidos. Pasé de él cuando me dijo que la parlamentaria había contestado e iba a visitarnos. «Ella sí podrá mover algunos hilos», me había dicho mi padre con tono suplicante desde el otro lado de la puerta cerrada de mi habitación. No le creí, pero cuando por fin conocí a la muy honorable Helena Corday, representante de Newham, tuve que admitir a regañadientes que no estaba mal. Me sostuvo la mano con afecto y su sonrisa no estaba bañada en lástima. «Me frustra tanto que no haya nada que yo pueda hacer para revocar la decisión del juez», me había dicho, dirigiéndose a mí en lugar de a papá, «pero quizá sí haya algo que pueda hacer por ti. Mi antigua alma mater tiene un programa de becas».

«Mis notas no serán lo bastante buenas», le había contestado yo.

«Pero puede que tus dibujos sí». Había señalado los cuadros y bocetos que forraban las paredes de nuestra casa. «Tengo nociones de arte. También pinto en mi tiempo libre. Veo que tienes un talento extraordinario, Fern. Estoy segura de que el Bosco College lo tendría en cuenta, sobre todo si te recomiendo yo».

Así pues, me mandaron al Bosco con una beca completa de arte y a Ollie lo cambiaron a otro centro junto a nuestra casa, Upton Academy. Por muy agradecida que le estuviera a Helena Corday, no podía sacudirme la rabia por lo injusto que era que mi vida hubiese sufrido este revés tan monumental y la vida de todos los demás hubiera seguido prácticamente igual. Tal vez nadie se metiera conmigo en el Bosco, pero el mero hecho de tener que cruzarme la ciudad para llegar al colegio era un recordatorio constante de la traición de Ollie y de papá.

Hoy, sin embargo, en lugar de recrearme en lo distinta que es mi vida en comparación con las vidas fáciles y pijas de mis compañeros de clase, en lo único en lo que puedo pensar es en mamá y en lo que le ocurrió a Ollie anoche. Les doy vueltas a los mensajes de Archimago. Anoche le pasó algo muy raro a mi hermano gemelo y su reacción de esta mañana no ha hecho más que confirmar la existencia de los caballeros de Annwn. Tengo que saber más. La cuestión es: ¿cómo demonios se supone que voy a conseguirlo?

—Ya lo solucionarás —dice alguien. Al principio creo que habla conmigo, pero entonces me doy cuenta de que es Lottie Medraut, consolando a esa drama queen que es Beth Goodman—. Mi padre siempre dice que no puedes aceptar un no por respuesta, y punto —le dice a su amiga.

Alguien más del grupo enarca una ceja y dice:

—Ojalá él no aceptara un no por respuesta conmigo.

Lottie finge tener arcadas, Beth sonríe y el resto de las chicas se echan a reír como bobas.

«No aceptes un no por respuesta». Eso es lo que tengo que hacer: lograr que Ollie me cuente lo que sabe, cueste lo que cueste.

Después de clase, me cuelo en el cuarto de mi hermano. Vuelve a llegar tarde: supongo que estará por ahí con sus amigos. Ya contaba con eso. El olor de su aftershave, penetrante y con aroma de whisky, aún se nota en el aire. A diferencia de mi habitación, la suya es meticulosa. Los recuerdos de su escritorio están ordenados. Los archivadores están apilados con precisión uno encima de otro, con el nombre de cada asignatura en letras mayúsculas. Solía haber fotos de Ollie con Jenny y su pandilla pinchadas en el corcho que tiene encima de la mesa, pero ahora está vacía, salvo por unas cuantas notas adhesivas.

Abro sus cajones en busca de algo que pueda decirme qué le sucedió anoche. Hace años que no entraba en la habitación de Ollie y nada está donde solía estar. De niños, estaba abarrotada de mis obras de arte y sus historias, de montones de castañas u hojas que recogíamos en el parque. Ahora en los cajones solo encuentro material de oficina y los cuadernos con apuntes de clase escritos con letra pulcra. Es rarísimo. Aquí no hay ni rastro de Ollie, como si después de que papá le dijera que debía romper la amistad con Jenny se hubiera limitado a... borrar su personalidad de su propio cuarto.

Rozo con la mano algo que hay al fondo de un cajón y saco una fotografía arrugada. Me da un vuelco el corazón al reconocerla. Ollie y yo sentados en el jardín, cubiertos de arena, sonriendo a la cámara. En el dorso pone la fecha: junio de 2012. Tenemos siete años. Esos dos niños felices no tenían ni idea de que unos cuantos años después todo iba a desmoronarse.

Cuando entramos en secundaria fue cuando nuestro aspecto físico empezó a importar. Lo noté de inmediato. Todo el mundo quería quedar con Ollie, pero siempre se inventaban excusas para justificar por qué yo no podía acompañarlos también: no había sitio, no quedaban asientos libres, ya iban demasiadas chicas, y tal y tal. Ollie lo toleraba. Luego, poco a poco, el rechazo se volvió más descarado. Al principio Ollie no participaba de las burlas. Se sentía cohibido cuando sus nuevos amigos me daban de lado. Luego empezó a reírse cuando me gastaban una buena «broma». Después empezó a ser él quien hacía las bromas. Más adelante...

Una llave se introduce en la cerradura de la puerta principal y me devuelve bruscamente al presente. Mierda. Me escondo en el armario justo a tiempo. Es más pequeño de lo que recordaba: el espacio para colgar la ropa es tan estrecho que no puedo cerrar la puerta del todo. Tendré que confiar en que no mire hacia aquí. La puerta del cuarto se abre con un chirrido.

La rendija del armario solo me deja ver una franja de la habitación, así que tardo un momento en identificar el extraño sonido que procede de la cama de Ollie. Es tan débil que casi podría ser alguien dando patadas a las hojas caídas en la calle. Fis, fas, ay, fis, fas... ¿Acaso Ollie está haciendo algo que de verdad no quiero presenciar? No, ahora caigo en la cuenta. Está llorando.

Abro un pelín más la puerta y consigo ver la espalda de Ollie. Encogido como una tortuga, tiembla. No quiero verlo ni oírlo. Eso complica las cosas.

Cuando Ollie se yergue, por un momento temo que haya notado mi presencia, pero no. Está sacando algo de debajo de la cama. No veo lo que es ni puedo moverme para ver mejor sin llamar su atención, y me entran ganas de darme un bofetón por no haber tenido la ocurrencia de mirar ahí. Ollie parece estar realizando algún tipo de ritual de espiritismo, respira muy fuerte por la nariz. Qué ridículo. Ojalá sus colegas pudieran verlo ahora. Entonces, la lamparita de la mesilla parpadea. Está ocurriendo otra vez.

Ollie sujeta algo en la palma de la mano y contempla la luz, brillante como el sol, que emana el objeto. Es exactamente igual que la luz que pareció consumirlo anoche. No me esperaba esto... Creía que tendría que chantajearlo, pero esto es mucho mejor. Una oportunidad de conocer la fuente de esa luz. Abro de repente la puerta y llego hasta él antes de que levante la vista siquiera.

—Pero ¿qué hac...? —empieza a preguntar mientras intento arrebatarle el objeto de la mano—. ¡No, no puedes!

Me da una patada en la espinilla durante el forcejeo y yo le clavo las uñas en el brazo.

—¡Tengo que entender qué pasa! —exclamo y lo obligo a abrir el puño como si fuera una ostra.

En la palma tiene un medallón dorado con forma de rosa, el que papá le compró a mamá para la boda. Se lo arranco de la mano.

—¡Devuélvemelo!

Ollie me agarra las manos en el momento en que abro la tapa del medallón. Los dos lo tenemos sujeto, ambos más que conscientes de su fragilidad, enzarzados en un delicado forcejeo. La luz se derrama fuera del medallón abierto como si fuera aceite sobre mi piel.

Algo falla.

Noto un dolor punzante, se me parte la cabeza, se me retuerce el corazón. Es como si me acribillaran con un millón de agujas. Ollie me observa con una expresión de terror en los ojos, pero advierto que no siente el mismo dolor que yo. La habitación se funde en la oscuridad, luego otra vez luz, como si estuviéramos en un tren que pasa un túnel tras otro. Veo retazos de un suelo de madera flanqueado de columnas griegas, una cúpula de piedra, pájaros inmensos en el cielo. El edificio me resulta familiar, pero no acabo de ubicarlo. Noto el medallón muy caliente en la mano. La presión aumenta dentro de mi pecho, como una burbuja atascada. Crece, crece y crece. Es excesiva. Grito y la burbuja explota.

Vuelvo a estar en la habitación de Ollie. He dejado de notar las agujas por la piel, la presión se ha aligerado. La ha sustituido el vacío. Mi pecho es un hueco inmenso y la habitación se ha quedado sin aire. Ollie está tumbado en el suelo, profundamente dormido. Aprieta fuerte el medallón con la mano.

No hay nada que hacer. La luz que deseaba a Ollie no me desea a mí, salta a la vista. Estoy vacía. Seca. Agrietada. Voy a mi habitación y me tapo la cabeza con la colcha. Una calma oscura me inunda; la señal de que estoy adentrándome en mis sueños. Entonces se apoderan de mí.

Vuelvo a estar en Wanstead Flats, de nuevo atada como carne a punto de ser asada en la parrilla. Un nudo del árbol se me clava en la espalda. Jenny está allí, por supuesto, con esa sonrisita medio coqueta medio malvada. Aunque, en lugar de encender la cerilla, abre mucho la boca. Es más grande de lo que sería un ser humano real. De sus fauces abiertas saca una forma inmóvil. Por el aspecto, es un bebé, pero no se parece a ningún recién nacido que yo haya visto antes. Tiene la piel arrugada tras la larga gestación en la boca de Jenny y los ojos saltones y blancos, un híbrido entre ser humano e insecto. Jenny me lo arroja y la criatura extiende sus brazos sin huesos hacia mí, mientras sus ojos claros brillan con malevolencia. Grito, me echo hacia atrás contra el árbol y me despierto.

Con el corazón desbocado, tanteo hasta encontrar la lámpara que hay junto a la cama. Mi habitación tiene el desorden habitual: blocs de dibujo desperdigados y lápices de colores que alfombran el suelo. Una escultura de la cabeza de mi ángel guardián descansa en el escritorio, y parece mirar por la ventana. En la oscuridad, con el recuerdo de la pesadilla todavía fresco, resulta espeluznante. Si no fuera porque sé que estoy despierta, me aterraría que pudiera moverse. Qué curioso, porque no recuerdo haber hecho ninguna escultura.

La cabeza se vuelve para mirarme. Aplastada contra la pared que hay junto a la cama, me quedo de piedra. Muevo la boca.

—Ha llegado la hora, Fern —me dice, marcando mucho las sílabas—. Ahora despierta.

Lo hago. La habitación vuelve a estar a oscuras, solo un rayo de luz de luna se cuela por las ventanas. Pero no estoy sola. Alguien arrastra los pies por el suelo. «Es otra pesadilla», me digo. Temblando, vuelvo a buscar la lamparita de noche. El intruso se da la vuelta al instante. Está agarrando uno de mis bocetos. Pelo rojo y alborotado, cicatrices que le surcan la cara, una armadura que no le sienta bien. El boceto se parece mucho a la cara. La cara que me dijo que me despertara hace apenas unos segundos ya no está únicamente en mis sueños. Está aquí. Mi ángel guardián ha venido a buscarme.