PRÓLOGO

Septiembre de 2009: «recortes»

La lectora era una profesora de Lengua de primaria ya jubilada cuya madre se había ido a vivir a la residencia en el año 2001. Cada semana, durante los siguientes cinco años, la lectora condujo media hora desde Alachua hasta Gainesville para visitar a su madre. Cuando el tiempo lo permitía, se sentaban en el patio adoquinado encajonado entre los dos edificios residenciales del geriátrico, donde ahora ella se sentaba conmigo. Una fuente borboteaba en el centro del patio, rodeada por mesas de cafetería por tres de sus lados, pintadas y repintadas para frenar los efectos corrosivos del clima tropical de Florida. Incluso ahora, a finales de septiembre, el aire estaba cargado de humedad y la temperatura fluctuaba alrededor de los treinta grados, y eso a la sombra.

Su madre había fallecido en el año 2006, pero la lectora todavía regresaba cada semana como voluntaria para leer a los residentes que no tenían familia o que tenían una que apenas iba de visita, si es que lo hacía alguna vez. El director del centro me había proporcionado su nombre y su número de teléfono. Según me había dicho, el hombre que se hacía llamar William James Henry no tenía amistad con ningún otro residente. Las únicas visitas que recibía eran las de la voluntaria que estaba sentada frente a mí, bebiendo té helado de un vaso alto en el que no quedaba hielo. El director me había dicho que quizás ella pudiera ayudarme.

—No puedo ayudarlo —me dijo la lectora.

—¿Nunca comentó nada? —pregunté.

—Solo su nombre y el año en que nació.

—1876.

—Le tomaba el pelo. Le decía: «Venga ya, William, no puede usted haber nacido en ese año». Él asentía y lo repetía.

—¿Qué hacía cuando le leía?

—Se quedaba mirando al vacío. A veces se dormía.

—¿Alguna vez le dio la impresión de que la escuchaba de verdad?

—Eso no era lo importante.

—¿Qué era lo importante?

—La compañía. No tenía a nadie. Salvo los martes a las dos, que me tenía a mí.

Bebió de su té. La fuente borboteó. El agua de su pileta se derramaba por un borde y salpicaba las piedras. La fuente se había hundido varios centímetros en la blanda tierra arenosa por un lado. En el otro extremo del patio, dos residentes, un hombre y una mujer, estaban sentados juntos a otra mesa, cogidos de la mano, observando (o eso parecía) el efecto de la luz sobre la cascada de agua. Mi acompañante los señaló con la cabeza.

—Bueno, durante un tiempo también la tuvo a ella.

—¿Que la tuvo? ¿Quién es?

—Se llama Lillian. Era la novia de William.

—¿Su novia?

—No solo la suya. Desde que vengo por aquí, ha tenido unos doce novios. —La lectora dejó escapar una risita—. Tiene alzhéimer, la pobre, así que va de hombre en hombre, se pega a ellos como una lapa durante unas semanas, y después pierde interés y elige a otro. El personal la llama la Rompecorazones. Algunos de los residentes se lo toman muy mal cuando los deja.

—¿William se lo tomó mal?

Ella negó con la cabeza.

—Cuesta saberlo. William era... —Se calla un momento, en busca de la palabra adecuada—. Bueno, a veces me daba la impresión de ser autista. Que lo suyo no era demencia, sino otra cosa que había sufrido durante toda la vida.

—No era autista.

Ella apartó la mirada de Lillian y su compañero para examinarme mientras arqueaba una ceja.

—Ah, ¿no?

—Después de su muerte, encontraron unos viejos cuadernos ocultos bajo su cama. Una especie de diario o autobiografía que debió de escribir antes de llegar aquí.

—¿En serio? Entonces sabe más sobre él que yo.

—Sé lo que escribió sobre sí mismo, pero no sé nada sobre él —respondí con precaución—. Solo he leído los tres primeros cuadernos y... Bueno, la verdad es que es bastante inverosímil. —Su mirada me estaba poniendo incómodo. Me rebullí en la silla y miré hacia el otro lado del patio, donde estaba Lillian—. ¿Lo recordará ella? —Me pregunté en voz alta.

—Lo dudo.

—Supongo que debería preguntarle —dije sin mucho entusiasmo.

—Se sentaban juntos durante horas y horas —añadió la lectora—. Sin hablar. Se daban la mano y miraban al vacío. Era dulce, en cierto modo, si no se pensaba en lo inevitable.

—¿Lo inevitable? —pregunté, suponiendo que se refería a la muerte.

—Que después le llamaría la atención otro. ¿El que está sentado ahora con ella? Se llama Kenneth, y llevan juntos como un mes. Les doy otra semana, y después el pobre Kenneth volverá a quedarse solo.

—¿Cómo se lo tomó Will... cuando ella lo dejó?

—No noté que le afectara de ningún modo —respondió la lectora, encogiéndose de hombros.

Seguí observando a Lillian y a su novio durante otro minuto.

—Eso no quiere decir que no lo hiciera —comenté.

—No, es cierto.

Esa misma tarde me reuní con el médico de cabecera de Will Henry, el hombre que había certificado su muerte la noche del 14 de junio de 2007. Había tratado a Will desde su llegada al centro.

—¿Sabe que afirmaba haber nacido en 1876? —me preguntó con ojos traviesos.

—Eso he oído. ¿Cuántos años cree que tenía en realidad?

—Cuesta decirlo. Noventa y tantos. En una forma física excelente, eso sí, para alguien de su edad.

—Salvo por la demencia.

—Bueno, la demencia es inevitable, si vives lo suficiente.

—¿Cuál fue la causa de la muerte?

—La edad.

—¿Ataque al corazón? ¿Infarto?

—Uno de los dos, seguramente. Cuesta saberlo sin una autopsia. Pero había pasado su última revisión médica sin problema alguno.

—¿Alguna vez encontró...? ¿Había algo que fuera...? ¿Vio algo extraño en su...? ¿Me puede decir si alguna vez le tomó una muestra de sangre?

—Por supuesto. Forma parte de la revisión.

—¿Y encontró algo... poco habitual?

El médico ladeó la cabeza, burlón y curioso, y me dio la impresión de que reprimía una sonrisa.

—¿Como qué?

Me aclaré la garganta. Al decirla en voz alta, la idea resultaba todavía más absurda.

—En los diarios, Will Henry cuenta que se... infectó con un parásito a los once o doce años. Un invertebrado como la tenia, salvo que mucho más pequeño, que, de algún modo, otorga a la gente una vida más larga de lo normal.

El médico asentía. Por una fracción de segundo malinterpreté el gesto como una señal de aprobación, una indicación de que había oído hablar de tal criatura simbiótica. Y, si esa parte de la fantástica vida de Will Henry era cierta, ¿qué más podía serlo? ¿Sería posible que, a finales del siglo XIX, existieran hombres como su tutor, el sabio y enigmático Pellinore Warthrop, que practicaran la monstrumología? ¿Sería posible que tuviera en mi posesión no solo una obra de ficción sino la autobiografía de una vida realmente extraordinaria que se había prolongado durante más de un siglo? La pregunta esencial, lo que me despertaba en plena noche entre temblores y sudor frío, la idea que me perseguía cuando intentaba volver a dormirme... ¿Eran reales los monstruos?

Mi esperanza (si es que se la podía llamar así) no duró mucho. El gesto del doctor no pretendía indicar reconocimiento; era, más bien, su forma de ser amable.

—Sería bonito —comentó—, pero no, su sangre era completamente normal. El colesterol algo alto. Por lo demás... —Se encogió de hombros.

—¿Y un tac o una resonancia?

—¿Qué pasa con ellos?

—Que si alguna vez le hizo uno.

—El Estado no financia procedimientos innecesarios en un caso como el del señor Henry. Mi trabajo consistía en asegurarme de que estuviera lo más cómodo posible en sus últimos días, y eso es lo que hice. ¿Le importa que le haga una pregunta? ¿Adónde quiere ir a parar con esto?

—¿Quiere decir que por qué me importa?

—Sí, ¿por qué?

—No estoy seguro. Supongo que, en parte, por el misterio. ¿Quién era este hombre? ¿De dónde vino y cómo acabó en esa cuneta? ¿Y por qué escribió ese diario, novela o lo que sea? Aunque supongo que la razón principal tiene que ver con una promesa que hice.

—¿A Will Henry?

Vacilé.

—Al director. Me dio los diarios y me pidió que los leyera para ver si encontraba pistas que nos ayudaran a localizar a sus parientes. En alguna parte tiene que haber alguien que lo conociera antes de que llegara aquí. Todo el mundo tiene a alguien.

El doctor sonreía. Lo entendía.

—Y, por ahora, usted es el único alguien que tiene.

Dejé las notas de mis entrevistas a la lectora y al doctor en la abultada carpeta de información sobre Will Henry, y después la metí en un cajón y me prometí de nuevo que no me obsesionaría; que trabajaría en ello según me lo permitiera mi agenda. Tenía que entregar un libro, obligaciones familiares, preocupaciones propias. Los antiguos cuadernos de cuero, con sus cubiertas cuarteadas y sus hojas amarillentas, seguían en una pila sobre mi escritorio. Iba a publicar los primeros tres con el título de El monstrumólogo al año siguiente, con la esperanza de que algún lector reconociera algo familiar en ellos.

Era mucho pedir. Por razones legales, los cuadernos debían presentarse como ficción. Aunque alguien reconociera el nombre de William James Henry, lo tomaría como una coincidencia, pero algo en su historia quizá despertarse un recuerdo; tal vez el anciano hubiera regalado a sus hijos o nietos el relato sobre unas criaturas extrañas y horrendas llamadas anthropophagi. Estaba claro que era un hombre cultivado. Puede que incluso publicara algo en el pasado lejano, probablemente con otro nombre... Si es que William James Henry era su verdadero nombre, claro. Después de encontrarlo en la cuneta, la policía comprobó sus huellas dactilares. La persona que afirmaba ser William James Henry no había sido detenida nunca, no había servido en el ejército y no había tenido ningún trabajo en el que se exigiera por ley tomarle las huellas.

Creía que, si aquellos tres cuadernos eran una obra de ficción (y, dada la temática, tenían que serlo), el autor, en su estado senil, podría haberse identificado tanto con el protagonista que acabara por convertirse en él. Cosas más extrañas les han ocurrido a los autores más extravagantes.

Me había pasado el verano entero navegando por internet, haciendo llamadas, entrevistando a cualquiera que pudiera tener una pizca de información, la clave aún sin descubrir que liberaría la verdad de los tozudos confines del pasado.

A finales de septiembre, mientras estaba en mi escritorio sufriendo de otro caso grave de página en blanco, mi mirada tropezó con los diarios. Siguiendo un impulso, saqué el cuarto volumen y lo abrí por una página al azar. Sorprendido, vi que un recorte de periódico* caía sobre la mesa. El corazón se me aceleró y ojeé todo el volumen, donde encontré otros recortes entre las páginas, como si aquel cuaderno hubiera servido tanto de diario como de álbum de recortes de Will Henry.

A lo largo de los tres días siguientes encontré más recuerdos metidos entre las páginas de los demás diarios. Empecé un archivo nuevo al que llamé «Recortes», organizado siguiendo su ubicación en los diarios (en otras palabras, por volumen y número de página), con notas que señalaban las posibles vías de investigación. Mientras que puedo garantizar la autenticidad de algunos de ellos (los artículos de The New York Times, por ejemplo), otros, como la tarjeta de visita de Abram von Helrung, todavía no están del todo verificados. No puedo asegurar al cien por cien que no se trate de falsificaciones o que no formen parte de un extraño ejercicio creativo del autor de los diarios.

R. Y.

Gainesville (Florida)

Septiembre de 2009


* Reproducido en el texto preliminar de este libro.

wendigo-7

 

«A veces, la lógica engendra monstruos».

HENRI POINCARÉ

wendigo-8

INFOLIO IV

Desolación

«Porque el pánico de la naturaleza lo había llamado con aquella voz lejana, con el poder de la distancia indómita, con la seducción de la desolación destructora».

ALGERNON BLACKWOOD

wendigo-9

UNO

«¿Qué soy yo, Will Henry?»

No deseo recordar estas cosas.

Deseo librarme de ellas, librarme de él. Dejé la pluma hace casi un año, jurando que jamás volvería a levantarla. Que muera conmigo, pensé. Soy un anciano. No le debo nada al futuro.

Pronto me quedaré dormido y despertaré de este horrible sueño. La noche eterna caerá, y yo resurgiré.

Anhelo esa noche. No la temo.

He sentido miedo de sobra. He contemplado el abismo durante demasiado tiempo, y ahora el abismo me devuelve la mirada.

Está ahí, entre el sueño y el despertar.

Está ahí, entre el quehacer y el descanso.

Siempre está ahí.

Me roe el corazón. Me mastica el alma.

Me vuelvo y lo veo. Me tapo los oídos y lo oigo. Me cubro y lo siento.

No existen palabras humanas para expresar lo que quiero decir.

Es el idioma de la rama desnuda y la piedra fría, pronunciado con el susurro taciturno del viento del páramo y el goteo metronómico de la lluvia. Es la canción que canta la nieve al caer, y el discordante clamor de la luz del sol desgarrada por el dosel arbóreo y filtrada con avaricia en su descenso.

Es lo que ve el ojo ciego. Es lo que oye el oído sordo.

Es la romántica balada del abrazo de la muerte; el solemne himno de las vísceras que gotean de los dientes ensangrentados; el lamento del cadáver hinchado que se pudre al sol; y el elegante ballet de los gusanos que se retuercen entre las ruinas del templo de Dios.

Aquí, en esta tierra gris, no tenemos nombre. Somos los despojos reflejados en el ojo amarillo.

Nuestros huesos se blanquean bajo la piel; nuestras cuencas vacías miran al cuervo hambriento.

Aquí, en este país de las sombras, nuestras diminutas voces arañan el aire inmóvil como las alas de una mosca.

Nuestro es el idioma de los imbéciles, la jerigonza de los idiotas. La raíz y la vid tienen más que decir que nosotros.

Quiero enseñarte algo. No tiene nombre; no tiene símbolo humano. Es antiguo, y su memoria, larga. Conocía el mundo antes de que le pusiéramos nombre.

Lo sabe todo. Me conoce a mí y te conoce a ti.

Y te lo enseñará.

Te lo enseñaré.

Vamos, pues, tú y yo, como Alicia por la madriguera del conejo, a una época en la que todavía existían lugares oscuros en el mundo y hombres que se atrevían a indagar en ellos.

Ya anciano, vuelvo a ser niño.

Ya muerto, el monstrumólogo vive.

Era un hombre solitario, un morador del silencio, un genio esclavizado por su propio pensamiento despótico, meticuloso en su trabajo, descuidado en su apariencia, dado a sufrir ataques de melancolía debilitante e impulsado por demonios tan formidables como las monstruosidades físicas que perseguía.

Era un hombre duro, obstinado, frío hasta la crueldad, con motivos impenetrables y expectativas inflexibles, un capataz estricto y un profesor exigente cuando me prestaba algo de atención. Podíamos pasarnos días enteros sin intercambiar más de un par de palabras. Tal como se comportaba, yo bien podría haber sido otro mueble polvoriento en una habitación olvidada de su hogar ancestral. De haber huido, no me cabe duda de que habría tardado varias semanas en enterarse. Hasta que, de repente, sin previo aviso, me convertía en el único blanco de su atención, un fenómeno particularmente desagradable que generaba un efecto similar a la sensación de ahogarse o ser aplastado por una roca de media tonelada. Aquellos extraños ojos, iluminados desde dentro, se volvían hacia mí; el ceño se fruncía; los labios se apretaban y palidecían; era la misma cara de concentración intensa que había visto cien veces junto a la mesa de autopsias mientras abría alguna criatura sin nombre para explorar sus entrañas. Con una sola mirada, me dejaba expuesto. Me pasaba muchas horas inútiles debatiendo a solas qué era peor, si su atención o la falta de ella.

Pero me quedaba. Él era lo único que tenía, y no me halagaré diciendo que yo era lo único que tenía él. El hecho es que, hasta el día de su muerte, no disfrutó de la compañía de nadie más.

No siempre había sido así.

Era un hombre solitario, pero no un eremita. En aquellos últimos años del siglo, el monstrumólogo estaba muy solicitado. Todos los días llegaban cartas y telegramas del mundo entero en los que se le pedía consejo, se le invitaba a hablar o se solicitaban sus servicios. Prefería el trabajo de campo al laboratorio, así que lo dejaba todo en un segundo para investigar el avistamiento de cualquier especie única; siempre tenía preparada una maleta y un equipo de campo en su armario.

Contaba los días que faltaban para el coloquio anual de la Sociedad Monstrumológica de la ciudad de Nueva York, donde, durante dos semanas, los científicos de su misma inclinación filosófica presentaban estudios, intercambiaban ideas, informaban de sus descubrimientos y, como dictaba su contradictoria costumbre, cerraban todos los bares y tabernas de la isla de Manhattan. Tal vez no fuera tan incongruente, la verdad. Se trataba de hombres que perseguían criaturas de las que la amplia mayoría de sus congéneres huiría lo más deprisa que le permitieran sus piernas. Las adversidades que soportaban durante esa persecución prácticamente exigían una liberación dionisíaca. Warthrop era la excepción. Nunca tocaba ni el alcohol ni el tabaco, ni ninguna droga que pudiera alterar su mente. Se burlaba de aquellos a los que consideraba esclavos de sus vicios, aunque él no era distinto; lo que variaba era el vicio. De hecho, podría argumentarse que el suyo era el más peligroso, de lejos. Al fin y al cabo, no fue el fruto de la vid lo que mató a Narciso.

La carta que llegó a finales de la primavera de 1888 no era más que una de las muchas que recibió aquel día, una misiva alarmante que, tras acabar en su posesión, no tardó en poseerlo.

Con matasellos de la ciudad de Nueva York, decía:

Mi querido doctor Warthrop:

Sé de buena tinta que nuestro honorable presidente Von Helrung tiene la intención de presentar la propuesta que le adjunto en el Congreso Anual de Nueva York, que se celebra este mismo noviembre. Estoy convencido de que él es el autor de esta indignante tesis; no le molestaría con algo así si tuviera la más mínima duda al respecto.

El hombre se ha vuelto loco, está claro. Eso me importa tan poco como me importa él, pero mi miedo no está injustificado, creo. Considero que su pérfido argumento podría condenar nuestra obra al olvido, o peor, condenarnos a compartir espacio en la mente colectiva con el charlatán y el mercachifle. Por tanto, me temo que no exagero al afirmar que el futuro de nuestra disciplina está en juego.

Cuando lea esta estupidez ofensiva, estoy convencido de que coincidirá conmigo en que nuestra única esperanza consiste en presentar una vigorosa respuesta cuando concluya su presentación. Y no se me ocurre nadie mejor para rebatir las alarmantes y peligrosas disquisiciones de nuestro estimado presidente que usted, doctor Warthrop, el filósofo más prestigioso de nuestra generación dentro del campo de la Historia Natural Aberrante.

Quedo a su disposición, etc., etc.

Su atento servidor,

Un colega preocupado

Una sola lectura del artículo de Abram von Helrung convenció al doctor de que el remitente de la carta estaba en lo cierto, al menos en un aspecto: la propuesta suponía, efectivamente, una amenaza a la legitimidad de su amada profesión. No era necesario convencerlo de que él era la mejor elección (y la más obvia) para refutar las afirmaciones del monstrumólogo más reconocido del mundo. Parte de la sabiduría de Pellinore Warthrop consistía en la profunda convicción de poseer dicha sabiduría.

Así que lo aparcó todo. Rechazó visitas. Dejó cartas sin responder. Declinó todas las invitaciones. Abandonó sus estudios. Redujo las horas de sueño y el alimento al mínimo imprescindible. Su artículo de treinta y siete páginas, que atendía al poco manejable título de «¿Deberíamos condenar la Filosofía Natural de la Monstrumología al cubo de la basura de la Historia? Una respuesta al honorable presidente, doctor Abram von Helrung, ante su propuesta de investigar y considerar como posibles inclusiones en el Catálogo de Especies Aberrantes ciertas criaturas de origen sobrenatural hasta ahora míticas en el Congreso CX de la Sociedad para el Avance de la Ciencia de la Monstrumología», pasó por múltiples revisiones y ajustes a lo largo de aquel frenético verano.

Me alistó para su causa, por supuesto, como su ayudante de investigación, lo que se sumaba a mis tareas como cocinero, doncella, ayuda de cámara, lavandero y chico de los recados. Buscaba libros, escribía al dictado y le servía de público para su presentación, que era rígida, excesivamente formal y, a veces, torpe hasta el absurdo. Permanecía tieso como un palo, con los brazos desgarbados cruzados detrás de la espalda, los ojos siempre fijos en el suelo y la barbilla inclinada hacia abajo, de modo que sus rasgos oscuros, que podían resultar muy convincentes, se perdían en las sombras.

Se negaba a leer directamente del papel, así que a menudo sufría un bache, como se dice en la jerga teatral, y perdía por completo el hilo de su argumentación, tras lo cual se revolvía como su tocayo, el rey Pellinore, perdido en el denso matorral de sus pensamientos, en busca de la esquiva Bestia de su razonamiento.

En otras ocasiones, se embarcaba en disquisiciones inconexas que llevaban al público desde el nacimiento de la monstrumología a principios del siglo XVIII (empezando con Bacqueville de la Potherie, considerado el padre de esta curiosa disciplina esotérica) hasta la actualidad, con referencias a desconocidos personajes cuyas voces había extinguido hacía tiempo el asfixiante abrazo del Ángel de la Muerte.

«Bueno, ¿por dónde iba, Will Henry?», me preguntaba después de una de estas amplias extemporaneidades. Estas preguntas las planteaba, sin excepción, en el preciso momento en que mi mente empezaba a vagar hacia temas más interesantes, como las actuales condiciones meteorológicas o el menú para la muy atrasada cena.

Como no deseaba provocar su inestimable ira, mascullaba una respuesta que consistía en mi mejor suposición y solía incluir en alguna parte el nombre de Darwin, el héroe personal de Warthrop.

La treta no siempre funcionaba.

—¡Darwin! —exclamó el monstrumólogo en una de estas ocasiones, mientras se golpeaba la palma de una mano con el puño de la otra, muy agitado—. ¡Darwin! De verdad, Will Henry, ¿qué tiene Darwin que ver con el folclore nativo de los Cárpatos? ¿O con el mito de Homero? ¿O con la cosmología nórdica? ¿Acaso no te he recalcado lo suficiente la importancia de esta misión? ¡Si fracaso en este, el momento más trascendental de mi carrera, no solo acabaré hundido en la humillación y el descrédito, sino que conmigo caerá toda la institución! El final de la monstrumología, la pérdida inmediata e irrevocable de casi doscientos años de devoción altruista de unos hombres que dejan a la altura del betún a todos los que vinieron tras ellos, yo incluido. Incluso a mí, Will Henry. ¡Piénsalo!

—Creo que era... Estaba hablando de los Cárpatos, creo...

—¡Por Dios bendito! Ya lo sé, Will Henry. ¡Y la única razón por la que tú lo sabes es que acabo de decírtelo!

A pesar de todo el empeño que dedicaba a la tarea de su presentación oral, más aún trabajaba en su respuesta por escrito, de la que redactó al menos doce borradores, todos ellos en su apenas legible caligrafía y todos ellos entregados a mí para su transcripción a una forma comprensible, ya que, de haber llevado la respuesta a la imprenta en su estado original, el impresor la habría enrollado y me la habría lanzado a la cabeza.

Tras concluir mi labor, encorvado sobre mi escritorio como un monje medieval con dedos doloridos y manchados de tinta, y los ojos ardiendo y escocidos, el monstrumólogo recogía el producto de mi temblorosa mano y lo comparaba con el original a la caza y captura del más nimio de los errores, que, por supuesto, siempre encontraba.

Al final de este esfuerzo hercúleo, después de que el impresor entregara el producto final y quedara poco más que hacer (y quedara poco del monstrumólogo, puesto que debía de haber perdido más de seis kilos desde el inicio del proyecto) que esperar a la reunión del otoño, el doctor se sumió en una depresión profunda. Se retiró a su estudio a oscuras, donde rumiaba en una negrura tanto real como metafísica, y se negaba a prestar atención a mis tímidos intentos por aliviar su sufrimiento. Le llevaba bollitos de frambuesa (sus favoritos) de la panadería. Le contaba los últimos cotilleos de las páginas de sociedad (ya que sentía una extraña fascinación por ellos) y los quehaceres locales de nuestra pequeña aldea de New Jerusalem. Nada lo consolaba. Incluso perdió interés por el correo, que disponía para él, sin leer, en su escritorio, hasta que la superficie de aquel mueble quedó tan cubierta como el lecho del bosque por las hojas del otoño.

A finales de agosto llegó un paquete grande de Menlo Park y, por unos instantes, volvió a ser él mismo, encantado con el regalo de su amigo. Junto con él había una breve nota: «Todo mi agradecimiento por tu ayuda con el diseño. Thos. A. Edison». Jugó una hora entera con el fonógrafo y después no volvió a tocarlo. Se quedó sobre la mesa, a su lado, como una reprimenda silenciosa. Ahí estaba el sueño hecho realidad de Thomas Edison, un hombre destinado a ser reconocido como una de las mentes más brillantes de su generación, si no de toda la historia, un verdadero hombre de ciencias cuya mera existencia había cambiado el mundo en el que vivía.

—¿Qué soy yo, Will Henry? —me preguntó sin venir a cuento una tarde lluviosa.

Respondí con la literalidad de un niño, lo que, por supuesto, era en aquel momento.

—Es un monstrumólogo, señor.

—Soy una mota de polvo. ¿Quién me recordará cuando ya no esté?

Miré hacia la montaña de cartas de su escritorio. ¿A qué se refería? A mí me parecía que lo conocía todo el mundo. Aquella misma mañana había llegado una carta de la Real Sociedad de Londres. Intuí que hablaba de algo más profundo, así que añadí:

—Yo, señor. Yo lo recordaré.

—¡Tú! Bueno, supongo que no te quedará más remedio. —Sus ojos vagaron hasta el fonógrafo—. ¿Sabes que no siempre quise ser un científico? Cuando era mucho más joven, mi mayor ambición era convertirme en poeta.

Mi estupor no habría sido mayor de haber afirmado que su cerebro estaba hecho de queso suizo.

—¿Poeta, doctor Warthrop?

—Oh, sí. Ya no siento ese deseo, pero el carácter persiste, como habrás visto. Era un romántico, Will Henry, aunque parezca mentira.

—¿Qué ocurrió?

—Crecí. —Colocó uno de sus delicados y finos dedos sobre el cilindro de ceresina, y acarició con la punta los huecos y ranuras como un ciego que leyera braille—. No tiene futuro, Will Henry —comentó, pensativo—. El futuro pertenece a la ciencia. El destino de nuestra especie lo decidirán personas como Edison y Tesla, no como Wordsworth y Whitman. Los poetas yacerán en las orillas de Babilonia y llorarán, envenenados por los frutos que crecen en la tierra en la que se pudren los cadáveres de las musas. Los engranajes del progreso ahogarán sus voces. Preveo el día en que todos los sentimientos se reduzcan a ecuaciones químicas en nuestros cerebros, la esperanza, la fe e incluso el amor, con sus ubicaciones exactas localizadas e indicadas, de modo que podamos señalarlas y decir: «Mira, aquí, en esta región de nuestra corteza cerebral, reside el alma».

—Me gusta la poesía.

—Sí, y a algunos les gusta tallar, Will Henry, así que siempre encontrarán árboles.

—¿Ha guardado alguno de sus poemas, doctor?

—No, y esa suerte que tienes. Eran horribles.

—¿Sobre qué escribía?

—Sobre lo que escriben todos los poetas. Will Henry, no acabo de comprender tu insólito don para fijarte en el aspecto más tangencial de un asunto y machacarlo hasta la muerte.

Para demostrarle que se equivocaba, respondí:

—Yo nunca me olvidaré de usted, señor. Nunca. Ni tampoco el resto del mundo. Será más famoso que Edison y Bell, y que todos los demás juntos. Me aseguraré de ello.

—Me perderé en el olvido, volveré al polvo vil del que surgí sin que me lloren, sin honor y sin fama... Eso es poesía, por si te lo preguntabas. De sir Walter Scott.

Se levantó, y ahora su semblante brillaba con la profundidad de su pasión, tan aterradora como curiosamente bella, la expresión de un místico o un santo en un trance que lo liberaba de los límites de su ego y de todos los deseos de la carne.

—Pero no soy nada. Mi memoria no es nada. La obra lo es todo, y no permitiré que se burlen de ella. Aunque me cueste la vida, lo impediré, Will Henry. Si Von Helrung tiene éxito, si dejamos que nuestra noble causa se reduzca al estudio de las estúpidas supersticiones de las masas, si nos dedicamos a parlotear sobre la naturaleza del vampiro o del zombi, como si se encontraran a la misma altura que la mantícora o el Anthropophagus, la monstrumología estará tan muerta como la alquimia, será tan ridícula como la astrología y tan seria como uno de los espectáculos de feria del señor Barnum.

»Hombres hechos y derechos, hombres cultivados, sofisticados y distinguidos, se santiguan como el más ignorante de los campesinos cuando pasan delante de esta casa. “¡Qué extraños y antinaturales tejemanejes se traen ahí, en la casa de Warthrop!”. ¡Cuando tú mismo eres testigo de que no hay nada ni extraño ni antinatural en ello, de que trato con asuntos completamente naturales y que, si no fuera por mí y por hombres como yo, esos idiotas tal vez acabarían ahogándose en sus propias entrañas o digeridos en el vientre de alguna bestia tan insólita como la mosca común!

Respiró hondo, una pausa antes del inicio del siguiente movimiento de su sinfonía, pero de repente se quedó inmóvil y ladeó la cabeza. Yo procuré escuchar, pero no oí nada más que el suave beso de la lluvia en la ventana y el metronómico tictac del reloj de la chimenea.

—Ha venido alguien —dijo.

Se volvió y se asomó a través de las láminas de las persianas. Yo no vi nada más que el reflejo de su rostro anguloso. ¡Qué huecas estaban sus mejillas! ¡Qué pálida, su carne! Había hablado con audacia de su destino final, pero ¿sabía lo cerca que estaba de aquel polvo vil desde mi perspectiva?

—Deprisa, ve a la puerta, Will Henry. Sea quien sea, recuerda que estoy indispuesto y no puedo recibir visitas. Bueno, ¿a qué esperas? ¡Espabila, Will Henry, espabila!

El timbre sonó un segundo después. El doctor cerró la puerta de su estudio. Encendí las lámparas de gas del vestíbulo para alejar las sombras preternaturales que se acumulaban en la entrada y abrí la puerta de par en par a la mujer más bella que he visto en mi muy larga vida.

wendigo-10

DOS

«No puedo hacer nada por ti»

—Vaya, hola —me dijo con una sonrisa perpleja—. Me temo que me he perdido. Estoy buscando la casa de Pellinore Warthrop.

—Esta es la casa del doctor Warthrop —respondí con una voz estable solo a medias.

Más impresionante que su extraordinario aspecto era el hecho de su mera presencia en nuestra puerta. Durante todo el tiempo que había vivido con él, el doctor jamás había recibido una visita femenina. Era algo que no ocurría, sin más. La puerta del 425 de Harrington Lane no era la clase de lugar que frecuentaría una dama de buena reputación.

—Ah, bien. Creía que me había equivocado.

Entró en el vestíbulo sin preguntar, se quitó la capa de viaje gris y se recolocó el sombrero. Un mechón de pelo caoba se le había escapado del pasador y le caía sobre el elegante cuello. Su rostro lucía radiante al resplandor de las lámparas, húmedo de lluvia y sin defecto alguno (a no ser que el delicado ramillete de pecas sobre la nariz y las mejillas pudiera considerarse como tal), aunque reconozco que quizá no fueran las luces las que le otorgaran la perfección.

Me resulta de lo más inusitado que a mí, que soy capaz de describir las más variopintas manifestaciones de la espantosa labor del doctor, los horripilantes moradores de la oscuridad en todos sus grotescos detalles, ahora me falte el léxico y acabe usando palabras tan efímeras como el fuego fatuo para hacer justicia a la mujer que conocí aquella tarde de verano de hace setenta años. Podría hablar del modo en que la luz se reflejaba en su reluciente melena, pero ¿de qué serviría? Podría explayarme sobre sus ojos de color avellana salpicados de deslumbrantes motitas de un verde intenso..., pero me quedaría corto. Hay recuerdos tan terribles que deseas olvidar y otros tan maravillosos que la memoria no les hace justicia.

—¿Podrías decirle que la señora Chanler ha venido a hablar con él? —me preguntó mientras me regalaba una cálida sonrisa.

Tartamudeé algo completamente ininteligible que no apagó su sonrisa.

—Está aquí, ¿verdad?

—No, señora —conseguí decir—. Quiero decir, sí, está aquí, pero no está... El doctor está indispuesto.

—Bueno, quizás esté dispuesto a hacer una excepción si le comentas que estoy aquí.

—Sí, señora —respondí, y añadí a toda prisa—: Está muy ocupado, así que...

—Oh, siempre está ocupado —exclamó ella con una risita de placer—. Nunca lo he visto de otro modo. Ay, ¡olvido mis buenos modales! No nos hemos presentado formalmente.

Me ofreció la mano. La tomé y no me pregunté hasta más tarde si su intención era que se la besara. Mi ignorancia sobre las costumbres sociales era palmaria, por desgracia. Al fin y al cabo, me estaba criando Pellinore Warthrop.

—Me llamo Muriel.

—Yo soy William James Henry —respondí con torpe formalidad.

—¡Henry! Así que de ahí vienes. Debería haberme dado cuenta. Eres el hijo de James Henry. —Me puso su fresca mano en el brazo—. Lamento mucho tu pérdida, Will. ¿Y estás aquí porque...?

—El doctor me acogió.

—Ah, ¿sí? Qué extraordinariamente poco propio de él. ¿Seguro que hablamos del mismo doctor?

La puerta del estudio se abrió detrás de mí y oí decir al monstrumólogo:

—Will Henry, ¿quién era...?

Me volví y vi en su rostro una profunda conmoción, aunque la sustituyó a toda prisa por una máscara de fría indiferencia.

—Pellinore —lo saludó Muriel Chanler en voz baja.

El doctor se dirigió a mí, pero sus ojos no se apartaron de ella.

—Will Henry, me parece que mis instrucciones no eran nada ambiguas.

—No lo culpes, Pellinore —comentó ella con aire juguetón—. Le dio lástima verme en tu portal bajo la lluvia, como un gato mojado. ¿Estás enfermo? —preguntó de repente—. Pareces tener fiebre.

—Estoy mejor que nunca. No me quejo de nada.

—Eso es más de lo que yo podría decir. ¡Estoy calada hasta los huesos! ¿Es mucho pedir que me invites a una sidra caliente o a una taza de té antes de echarme a patadas? He hecho un largo viaje para verte.

—Nueva York no está tan lejos. A no ser que vengas a pie.

—¿Es eso un no, entonces?

—Decir que no sería una estupidez por mi parte, ¿no es así? Nadie le dice que no a Muriel Barnes.

—Chanler —lo corrigió ella.

—Por supuesto. Gracias. Creo que recuerdo quién eres. Will Henry, acompaña a la señora... Chanler —dijo, escupiendo el apellido— a la sala de estar y prepara el té. Lo siento, señora... Chanler, pero no tenemos sidra. No es temporada.

Unos minutos después, cuando salía de la cocina en dirección a la sala, me paré antes de entrar porque oía que habían entablado una vehemente discusión; la voz del doctor era aguda y tensa, mientras que la de nuestra invitada era más baja pero no menos apremiante.

—Aun aceptándolo tal como lo presentas —decía él—, aun creyendo en semejantes disparates..., no, incluso si existiera a pesar de mis creencias..., hay un buen puñado de expertos a los que recurrir.

—Puede ser —concedió ella—, pero solo hay un Pellinore Warthrop.

—¿Adulación? Me sorprendes, Muriel.

—No es más que prueba de mi desesperación, Pellinore. Créeme, si pensara que existe otra persona capaz de ayudarme, no te lo pediría.

—Siempre tan diplomática.

—Siempre tan realista... No como tú.

—Soy un científico y, por tanto, un realista de pies a cabeza.

—Entiendo que estés resentido...

—Suponer que estoy resentido demuestra tu falta de comprensión. Significa dar por hecho que todavía albergo un atisbo de afecto, y te aseguro que no es así.

—¿Podrías dejar al margen quién es la persona que te pide ayuda y pensar en la persona que la necesita? Una vez lo quisiste.

—No es asunto tuyo a quién haya querido yo o no.

—Cierto. Pero sí es asunto mío a quién quiero yo.

—Entonces, ¿por qué no lo buscas tú misma? ¿Por qué has venido hasta aquí para molestarme con esto?

Al estirar más el cuello para oír mejor, perdí el equilibrio y estuve a punto de dejar caer la bandeja; me golpeé con el marco de la puerta como un borracho, el té se derramó por la boquilla de la tetera y las tazas tintinearon sobre sus platillos. Vi que el doctor estaba de pie junto al fuego. Muriel se encontraba sentada, muy erguida, en un sillón a poca distancia de él, con una carta en la mano.

Warthrop expresó su desaprobación con un chasquido de la lengua, dio un paso adelante y le quitó la carta de la mano. Dejé la bandeja en la mesa, junto a la dama.

—Su té, señora Chanler —le dije.

—Gracias, Will.

—Sí, déjanos solos —intervino el doctor, con la nariz metida en la misiva.

—¿Puedo traerle alguna otra cosa, señora? —pregunté—. Tenemos algunos bollitos recién horneados...

—¡Ni se te ocurra traer los bollitos! —gruñó el doctor desde detrás del papel.

Después resopló y tiró la carta al suelo. La recogí y, olvidándome por un momento del calor de su vis a vis, la leí.

Querida señora John:

Perdone mi inglés, no está muy bueno. Vuelvo de RP esta mañana y vengo directo a enviar esto. No hay buena forma de decirlo, lo siento. El señor John... desapareció. Lo llamó y la cosa se lo llevó. Le cuento a Jack el Violinista y él seguirá buscando, pero se lo llevó y ni siquiera el viejo Jack puede traerlo ahora. Le dije que no fuera, pero lo llamaba noche y día, así que fue. El señor John ahora cabalga a lomos del viento y Boca de musgo no lo dejará irse. Lo siento, señora.

P. Larose

—¡Will Henry! —me gritó el doctor—. ¿Qué estás haciendo? ¡Dame eso! —Me quitó la carta de la mano—. ¿Quién es Larose? —le preguntó a la señora Chanler.

—Pierre Larose, el guía de John.

—¿Y ese tal Jack el Violinista al que menciona?

Ella negó con la cabeza.

—Jamás había oído antes el nombre.

—«Ahora cabalga a lomos del viento —leyó el doctor— y Boca de musgo no lo dejará irse». ¡Supongo que no! —Se rio sin ganas—. Doy por hecho que habrás alertado a las autoridades competentes.

—Sí, por supuesto. La partida de búsqueda regresó a Rat Portage hace dos días... —Negó con la cabeza, incapaz de seguir hablando.

—Entonces no veo cómo voy a serte de ayuda. Salvo para expresar mi opinión de que no se trata de un asunto relacionado con la monstrumología. Sea lo que sea lo que se llevó a tu marido «a lomos del viento» no era «Boca de musgo», aunque la imagen me resulta curiosamente atractiva. Jamás había oído ese apodo para un Lepto lurconis. Debe de ser una invención del buen monsieur Larose y no, sospecho, la única. No sería la primera vez que se atribuye al wendigo una muerte en la naturaleza salvaje.

—¿Crees que miente?

—Creo que afirma una falsedad, aunque no sé decir si intencionadamente o no. El Lepto lurconis es un mito, Muriel, tan real como el hada de los dientes... Y eso es lo más extraño de todo este asunto, porque ¿qué hacía John buscando algo que no existe?

—Lo... animaron a hacerlo.

—Ah. —El monstrumólogo asentía—. Fue Von Helrung, ¿verdad? Von Helrung le pidió que fuera...

—Lo sugirió.

—Y como buen perrito faldero que es, John fue.

Ella se tensó.

—Estoy perdiendo el tiempo, ¿no? —le preguntó al doctor.

—Ese es el quid de la cuestión, Muriel. ¿Cuánto hace que desapareció?

—Casi tres meses.

—Entonces, sí, estás perdiendo el tiempo. No puedo hacer nada por ti... ni por John. Tu marido está muerto.

Aunque las lágrimas le asomaron a los ojos, la dama no se derrumbó. Aunque cada fibra de su ser daba cuenta de su desespero, se mantuvo firme frente a la escueta afirmación del doctor. Puede que los hombres sean el sexo fuerte, ¡pero las mujeres están hechas de una pasta mucho más dura!

—Me niego a creerlo.

—Te equivocas al conservar la fe.

—La fe no, Pellinore. La esperanza de que el único hombre en el que creía poder confiar..., en el que creía que John podía confiar...

Warthrop asintió. Apartó la mirada del encantador rostro alzado de Muriel y habló con aquel tono seco, de sermón, que yo tantas veces había escuchado:

—Una vez, en los Andes, en el campamento base a las faldas del monte Chimborazo, me encontré cara a cara con un macho adulto de Astomi, una criatura con la desconcertante capacidad de gritar a los decibelios suficientes como para reventarte los tímpanos; he visto hombres a los que, literalmente, se les salía el cerebro por las orejas después de encontrarse con uno. Había tropezado con nuestro campamento en plena noche y estaba tan sorprendido como yo. Por un momento nos miramos, con los rostros a menos de medio metro de distancia. Yo tenía mi revólver; él tenía su boca; y, en cualquier momento, ambos tuvimos la oportunidad de usarlos. Nos quedamos así varios minutos de tensión hasta que por fin le dije: «¡Bueno, amigo mío, aceptaré no disparar si tú aceptas no soltar la lengua!».

A la dama no se le escapó la moraleja de aquella parábola improvisada. Asintió despacio, dejó su taza y se levantó. Aunque no avanzó hacia ninguno de nosotros, tanto el monstrumólogo como yo dimos un paso atrás. A veces la belleza es tal que apacigua como el cálido beso del sol de primavera en la mejilla, mientras que otras veces es tan aterradora como el grito de Ozymandias, que invita a la desesperación.

—Soy una idiota —dijo—. Nunca cambiarás.

—Si esa era tu esperanza, entonces, sí, eres bastante idiota.

—No soy la única. Me das pena, Pellinore Warthrop. ¿Lo sabías? Pena. El hombre más inteligente que he conocido, pero también el más presumido y vengativo. Siempre has estado un poco enamorado de la muerte. Eso es lo más sorprendente. Cabría pensar que abrazarías la oportunidad de verla cara a cara. Es el único motivo por el que elegiste tu repugnante «profesión».

Nos dio la espalda y se apresuró a abandonar la habitación con una mano sobre la boca, como si pretendiera acallar lo que pudiera salir después por ella.

Miré al doctor, pero se había girado; su rostro estaba medio iluminado, medio envuelto en sombras. Corrí detrás de Muriel Chanler y la ayudé a ponerse la capa. Una ráfaga de viento entró por la puerta al abrirla, y la lluvia salpicó y tamborileó en el suelo del vestíbulo. En la acera, a través de la cortina gris de la tormenta, vi el reluciente cabriolé negro con el chófer encorvado en su asiento y la cruz del enorme caballo de tiro gris lustrosa de agua.

—Ha sido un placer conocerte, Will —me dijo la dama antes de salir. Apoyó una de sus manos en mi hombro durante un instante y añadió—: Rezaré por ti.

En la sala, el doctor no se había movido, ni tampoco lo hizo a mi regreso. Guardé silencio durante unos horrorosos minutos, sin saber qué decir.

—¿Sí? —me preguntó en voz baja.

—La señora Chanler se ha ido, señor.

No contestó. Ni se movió. Recogí la bandeja, me fui a la cocina, lavé la porcelana y la dejé en el fregadero para que se secara. Cuando volví, el doctor seguía inmóvil, en la misma posición exacta. Lo había visto así en multitud de ocasiones: la reticencia de Warthrop se solidificaba en proporción directa a la intensidad de sus sentimientos. Cuanto más poderosa era la emoción, menos la revelaba. Su rostro estaba tan sosegado (e inexpresivo) como una máscara funeraria.

—¿Sí? ¿Qué ocurre ahora, Will Henry?

—¿Le gustaría cenar algo, señor?

No contestó. Se quedó donde estaba, y yo también.

—¿Qué haces ahora? —preguntó.

—Nada, señor.

—Perdona, pero ¿me equivoco al aventurar que podrías hacer eso mismo en cualquier otra parte?

—Sí, señor. Lo... lo haré, señor.

—¿El qué? ¿El qué harás?

—Nada... No haré nada en cualquier otra parte.

wendigo-11

TRES

«Es un cazador paciente»

El grito surgió poco después de las cuatro de la mañana siguiente, y, por supuesto, respondí. Me lo encontré en su dormitorio, temblando sin parar bajo las sábanas, como si la fiebre se hubiera apoderado de él. Su rostro estaba tan pálido como el de un cadáver. El sudor le perlaba la frente y el labio superior.

—Will Henry —graznó—, ¿por qué no estás en la cama?

—Me ha llamado, señor.

—Ah, ¿sí? No lo recuerdo. ¿Qué hora es?

—Las cuatro pasadas, señor.

—Las cuatro... ¿de la mañana?

—Sí, señor.

—Parece mucho más temprano. ¿Estás seguro?

Le dije que lo estaba y me dejé caer en la silla, junto a su cama. Guardamos silencio un momento, él, temblando; yo, bostezando.

—Temo haberme acatarrado —dijo.

—¿Quiere que vaya a buscar al médico, señor?

—O el pato. ¿Cuándo compraste el pato, Will Henry? Tal vez estuviera pasado.

—No lo creo, señor. Yo también comí un poco y no estoy enfermo.

—Pero eres un niño. El estómago de los niños es más fuerte. Es un hecho por todos conocido, Will Henry.

—Yo diría que el pato estaba muy bueno, señor.

—Sí, me di cuenta. Te atiborraste de tal modo que parecía que llevabas una semana sin comer. Te lo he dicho muchas veces, Will Henry: si no controlas tus apetitos, tus apetitos te controlan. Ya sabes que Dante dedicó más de un círculo del infierno a los deseos desenfrenados, ¿verdad? Por tu transgresión de la carne, te condenaría al tercer círculo, donde yacerías en la oscuridad más absoluta mientras te llueve mierda del cielo.

—Sí, señor.

—«Sí, señor»... ¿Acaso te parece una perspectiva agradable, Will Henry? ¿Pasarte la eternidad bajo una lluvia de mierda?

—No, señor.

—Pero no es eso lo que has contestado. Has dicho: «Sí, señor». Como si te resultara aceptable.

—Estaba aceptando su apreciación, doctor Warthrop, no la idea de la mierda.

—«La idea de la mierda»... Will Henry, empiezo a creer que eres demasiado servil para tu bien... y sin duda, demasiado para el mío. La adulación te lleva al octavo círculo, donde nadarás por un río formado por tus excrementos.

—Entonces no parece haber demasiada esperanza para mí, señor.

—No mucha, no —gruñó él.

Reprimí un bostezo.

—¿Te doy sueño, Will Henry?

—Sí, señor. No, señor. Perdone, señor.

—¿Por?

—No me acuerdo.

—¿Que te perdone porque no te acuerdas de algo?

—No, señor. Es que se me ha olvidado lo que tiene que perdonarme.

—Me estás provocando un buen dolor de cabeza, Will Henry. Conversar contigo es como atravesar el laberinto del Minotauro.

—Sí, señor.

—«¡Sí, señor! ¡Sí, señor!» —se burló de mí, alzando la voz una octava—. Si te dijera que los duendes danzan gigas por la faz de la tierra, me responderías: «¡Sí, señor!». Si la casa estuviera ardiendo y te dijera que lanzaras gasolina sobre las llamas para sofocar el incendio, gritarías: «¡Sí, señor! ¡Sí, señor!». ¡Y los dos volaríamos por los aires! ¿Es que no dispones de mente propia, Will Henry? ¿Es que naciste sin ese apéndice tan indispensable?

Las palabras me asomaron a los labios («¡Sí, señor!»), pero conseguí tragármelas a tiempo. No obstante, él se percató. El monstrumólogo estaba en racha.

—¿Acaso todos mis esfuerzos han sido en vano? —le gritó al techo mientras golpeaba la almohada con un puño—. Sacrificar mi tiempo y mi intimidad, la paciencia para enseñar y guiar, la consideración especial que he demostrado en honor a los servicios prestados por tu padre... ¿Todo en vano? De verdad, ¿qué beneficios me han reportado mis esfuerzos, Will Henry? Llevas casi dos años conmigo y, cuando te pongo a prueba, tu respuesta es el obsequioso eco que cabría esperar del más humilde lacayo. Así que, te lo preguntaré de nuevo: ¿tienes cerebro?

—S-sí, señor —tartamudeé.

—¡Por amor de Dios, lo has vuelto a decir! —rugió.

—¡Claro que lo tengo! —bramé a mi vez.

Por fin había alcanzado el límite de mi resistencia. No era la primera vez que se me llamaba al agudo grito de «¡Will Henryyy!» para que acudiera junto al lecho de un lunático egocéntrico que apenas parecía tolerar mi existencia. ¿Qué quería de mí? ¿No era más que su chivo expiatorio, un perro que le resultaba útil para patearlo cuando la frustración y la angustia infantil se apoderaban de él? Lo poseían unos demonios oscuros, no lo negaré, pero aquellos demonios no eran míos.

—Lo que he dicho sobre tu apetito también se aplica a las emociones, Will Henry —dijo despacio, sorprendido por mi reacción—. No es necesario perder los nervios.

—Usted ha perdido los suyos.

—Tenía motivo —contestó, lo que daba a entender que yo no—. En cualquier caso, no te aconsejaría que siguieras mi ejemplo en todo. Bueno, en realidad, mejor no lo sigas en nada. —Se rio con ironía—. Si estudias la monstrumología...

«Preferiría no hacerlo», pensé, pero me mordí la lengua.

—Creo que ya te he dicho, Will Henry, que no hay ninguna universidad que ofrezca instrucción en la ciencia de la monstrumología... Al menos, todavía no. Por eso recibimos las enseñanzas de un maestro reconocido. Aunque mis estudios comenzaron bajo el tutelaje de mi padre, que en su día fue un monstrumólogo extraordinariamente dotado, los acabé con Abram von Helrung, el presidente de nuestra Sociedad y el autor del desafortunado tratado que parece haber enviado a John Chanler a su muerte. Estudié con Von Helrung casi seis años, e incluso viví con él durante ese tiempo; los dos lo hicimos, John y yo. Y como la relación con mi padre no era fluida, por decirlo con suavidad, Von Helrung no tardó en convertirse en un padre para mí, ya que llenaba el vacío paternal igual que yo creo que llenaba el suyo filial.

Suspiró. A pesar del cálido brillo de la lámpara, su rostro estaba mortalmente pálido. Sus mejillas eran hondonadas repletas de sombras, y los ojos se le hundían en las cuencas y estaban bordeados de un gris oscuro.

—Es una pérdida muy dolorosa, Will Henry, y no solo para la monstrumología —siguió diciendo. Supuse que se refería a John Chanler, su colega monstrumólogo, a quien, según Muriel, él quería. Pero no—. En astronomía, botánica, psicología, física..., si alguien puede considerarse el Leonardo da Vinci de esta época, sería Von Helrung. Su salón de la Quinta Avenida ha acogido a los científicos más notables de Norteamérica, como Edison y Tesla, Kelvin y Pasteur. Era consejero especial de la corte del zar Alejandro y miembro de honor de la Royal Society de Londres. Sus dones para la oratoria estaban a la altura de los de Cicerón. Bueno, recuerdo su presentación sobre las diferencias anatómicas de las seis especies del género Ingenus durante el congreso de 1879, que mantuvo al público fascinado durante tres horas enteras... Fue una de las experiencias más estimulantes a nivel intelectual de toda mi vida, Will Henry. Y ahora... esto. Escapa a mi comprensión que un científico con la perspicacia de John Chanler cayera bajo el hechizo de unas tonterías tan evidentes. Me atrevería a decir, incluso, que un niño de inteligencia media sería capaz de refutarlas. Hasta tú podrías, Will Henry, con lo que no pretendo sembrar dudas sobre tu intelecto, sino señalar el paralelismo obvio con el clásico cuento del emperador desnudo.

—¿El emperador desnudo, señor?

—Sí, sí, ya sabes cuál es —respondió, molesto—. No hace falta que me subestimes. Mientras las masas vitoreaban su maravilloso traje de gala, un niño gritó entre la multitud: «¡Pero si va desnudo!». Del mismo modo, Chanler siempre estuvo encandilado con Von Helrung; aunque no era el único, de ningún modo. En más de un congreso, hombres adultos han recibido sus comentarios como si fueran Moisés encogido ante la zarza ardiente. Con razón Chanler corrió a Rat Portage para ofrecerle a su amado mentor la prueba de su dudosa propuesta: un espécimen de Lepto lurconis.

—¿Qué es un Lepto lurconis, doctor Warthrop?

—Ya te lo he dicho: un mito.

—Sí, señor, pero ¿qué clase de criatura es exactamente?

—Está claro que deberías repasar tus conocimientos sobre lenguas clásicas, Will Henry —me reprendió—. Su nombre formal es Lepto lurconis semihominis americanus. Lepto viene del griego. Significa «demacrado» o «excepcionalmente delgado», raquítico. Lurconis significa «glotón» en latín. Por tanto: «el glotón famélico». Confío en que seas capaz de descifrar lo de semihominis americanus.

—Sí, señor. Pero ¿qué es exactamente?

Guardó silencio un instante. Dejó escapar un profundo suspiro. Se pasó una mano por el pelo enmarañado.

—El hambre —susurró.

—¿Hambre?

—El hambre, Will Henry. La que nunca se satisface.

—¿Qué hambre es esa que nunca se satisface?

—Cabalga a lomos del viento —dijo el monstrumólogo con la mirada perdida—. En la oscuridad absoluta de la naturaleza, una voz lejana te llama, la voz del deseo de la perdición, desde la desolación destructora...

Me estremecí. No sonaba como el doctor, en absoluto. Vi que sus ojos oscuros volaban adelante y atrás, que su mirada se paseaba por el techo y veía algo que yo era incapaz de ver.

—Se llama Atcen..., Djenu..., Outiko..., Vindiko. Tiene una docena de nombres en una docena de tierras y es más antiguo que las colinas, Will Henry. Se alimenta y, cuanto más se alimenta, más hambre tiene. Está famélico incluso mientras se atiborra. Es el hambre que no se puede satisfacer. En la lengua algonquina, su nombre significa literalmente «el que devora a toda la humanidad».

»Eres joven, todavía no lo habrás oído llamarte. Pero, en cuanto te conoce, estás condenado. ¡Condenado, Will Henry! No hay modo de escapar. Es un cazador paciente y soportará cualquier dificultad para atacar cuando menos te lo esperes, y una vez que te encuentras entre sus heladas garras, no hay esperanza de salvación. Te eleva a unas alturas inimaginables y te lanza a insondables profundidades. Te aplasta el alma; te rompe el aliento por la mitad. Y, mientras te come, compartes con él el banquete. ¡Sí! Mientras te alzas hasta las mismas puertas del cielo, mientras caes al círculo más recóndito del infierno, disfrutas de la tristeza que te embarga... Te conviertes en el hambre. Al volar, caes. Al atiborrarte, mueres de inanición...

El doctor respiró hondo. Aunque cueste creerlo, Pellinore Warthrop se había quedado sin palabras. Esperé a que siguiera, desconcertado por su críptica tesis sobre la naturaleza de la bestia. Primero lo había llamado mito y, un segundo después, lo había descrito como si fuera completamente real. «Eres joven, todavía no lo habrás oído llamarte». ¿Qué significaba eso? ¿Qué era lo que tenía que llamarme?

El aire de la habitación era sofocante (incluso en las noches más cálidas, el doctor se negaba a dormir con las ventanas abiertas, una costumbre que seguramente sería común entre los monstrumólogos), así que yo había empezado a sudar bajo el camisón. Aunque sus ojos permanecían fijos en el techo, tuve la desagradable sensación de que me observaban. Se me erizó el vello de la nuca y se me aceleró el pulso. Allí había algo, al borde mismo de mi campo visual, incorpóreo y muerto de hambre.

—Tiene razón, ¿sabes? —dijo en voz baja—. Soy presumido y vengativo, y siempre he estado algo enamorado de la muerte. Quizá la perdiera porque eso era lo único que ella no podía darme. Nunca lo había pensado. Es difícil, Will Henry, muy difícil pensar en aquello en lo que no queremos pensar. Algún día lo comprenderás.

Rodó para ponerse de lado y me dio la espalda.

—Ahora apaga la luz y vete a la cama. Saldremos para Rat Portage por la mañana.

Me retiré a mi pequeño desván, donde estuve dando vueltas al menos una hora sin ser capaz de encadenar más que unas cabezadas intermitentes y efímeras. No me libraba de la sensación de que algo acechaba donde no podía verlo, de que las sombras ocultaban algo, y que ese algo sabía mi nombre.

Vi a Muriel de pie bajo la lluvia, una visión surgida de mi fecunda memoria, con el chal gris perlado de agua, la luz correteándole por las pestañas mojadas y los labios entreabriéndose al verme en el umbral, y se apoderaron de mí el asombro y la consternación.

De repente se marcha, y yo estoy junto a la cama de mi madre, donde me siento a sus pies y la observo peinarse la larga melena, y en algún punto del dormitorio está mi padre, aunque no lo veo, y la luz dorada brilla sobre el pelo castaño de mi madre. Tiene los pies descalzos, y sus muñecas son finas y delicadas, y el ritmo hipnótico del cepillo obliga a la luz a inclinarse en hileras perfectas. Y la luz es dorada a su alrededor.

El doctor me llamó desde su dormitorio, y yo me levanté de golpe, jadeando como un hombre a punto de ahogarse que lograr salir a la superficie. Empecé a bajar las escaleras porque sus gritos eran fuertes y desesperados, y no del todo imprevistos, pero me detuve al llegar al último escalón porque no me llamaba a mí. Era el nombre de alguien, aunque no el mío.