Me llamo Nelson. Hasta hace muy poco, era un niño normal, tal vez incluso algo rarito... y ya me parecía bien.

Pero el día en que cumplí diez años, todo cambió: descubrí que era el último ninja de la Tierra.
Así que ahora... ¡soy NINJA KID!

El problema es que no se me da muy bien. Todavía me siento más como el bobalicón de siempre que como un ninja.
En realidad, podría ser el ninja más BOBALICÓN del mundo.
A veces, sin darme cuenta, me pongo los calzoncillos del revés...
Me dan miedo las arañas...
Me dan miedo las alturas.
A veces sueño con ser el ninja más GUAPO...
O el ninja más GUAY...

Pero no soy ni tan guapo ni tan guay, así que por ahora tendré que conformarme con ser un ninja algo bobalicón.
La verdad es que hasta ahora lo que me ha funcionado es utilizar la cabeza. Como la semana pasada, cuando una orda de arañas de la medida de un camión de basura invadió la ciudad.
Ser guapo o guay no habría servido de mucho...
Pero ser listo resultó muy útil, porque, usando la cabeza, encontré el modo de encoger esas arañas y devolverlas a su tamaño normal.
Y también conseguí empequeñecer al malo hasta que no fue mayor que una mosca.
Pero lo más curioso es que el malo ¡era una versión más flaca y más perversa de mi padre!
Bueno, el caso es que esto de ser un ninja es muy emocionante, pero al mismo tiempo me parece una locura. Menos mal que mamá, la abuela Pat y el primo Kenny ¡me ayudan a superar esta nueva situación!
Los cuatro vivimos en un vertedero, en la ciudad de Duck Creek. Mamá trabaja de mujer de la limpieza y la abuela, que se encarga de llevar el vertedero, es ante todo una inventora.
Es genial que Kenny también viva con nosotros, porque es mi mejor amigo.
—Mamá, abuela —les dije esta mañana, al sentarme a desayunar—, ¿sabéis ese tío del helicóptero? Bueno, pues antes de que levantara el vuelo y se marchara, le vi la cara y me resultó muy familiar... ¿Es mi padre?
—¡No! —exclamó mamá.
—No es tu padre —confirmó la abuela—. Pero hay una razón de que se parezca tanto a él...
La abuela hizo una pausa.
—Es el hermano gemelo de tu padre.
—Se llama Doctor Andrew Kane —prosiguió la abuela.
—Entonces... ¡¿es mi tío?! —deduje—. ¿También es un ninja?
—No —respondió la abuela—. Él y tu padre son gemelos idénticos. Eran casi iguales... hasta que cumplieron diez años.
—Entonces tu padre desarrolló las capacidades de un ninja, pero Andrew no. Eso lo disgustó muchísimo. Se sintió engañado.
—Y ¿lo habían engañado? —pregunté.
—En absoluto. Todos tenemos habilidades y capacidades distintas y, a pesar de que Andrew no era veloz ni fuerte, tenía una inteligencia prodigiosa. Se convirtió en mi aprendiz y se lo enseñé todo sobre la ciencia y el arte de la invención.

—Andrew, no obstante, nunca estuvo satisfecho con lo que era. No veía su gran inteligencia como un don. Siempre se sintió menos que tu padre y ansiaba tener su poder.
—Y ¿qué ocurrió luego, abuela?
—Me robó todas mis investigaciones y huyó para hacerse más poderoso...
—... Y ahora ha regresado.
—Bueno, tampoco hay de qué preocuparse —saltó Kenny—. ¡Es pequeño como una chuche!
—No, Kenny: hay mucho de lo que preocuparse —replicó la abuela—. Seguro que Andrew inventará el modo de recuperar su tamaño... y entonces regresará ¡más enfadado que nunca!
—Pero ¿qué quiere? ¿Por qué sigue merodeando por Duck Creek?
—Quiere poder. Quiere control. Ha dejado que su rabia lo cambie. Y cree que el secreto para conseguir ese poder está en las piedras púrpura.

Me acordé de la curiosa piedra que encontré en el bosque. ¡No puedo creer que se la arrojara a una araña para ahuyentarla!
—Pero ¿cómo puede una piedra proporcionarte poder, abuela? —le pregunté.
—Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero hay quien cree que el que posea esas piedras podrá controlar la mente de los demás —me respondió la abuela.
—Por eso ha regresado a Duck Creek después de tanto tiempo —dijo mamá—. Cree que esas piedras están por aquí y quiere encontrarlas.
—Y ¿cómo vamos a DETENERLO? —quise saber.
—Tenemos que estar preparados —advirtió la abuela—. Vamos, chicos, ¡a entrenar!