1
Hoy se celebra el ritual de la pureza.
Un pensamiento me atormenta cuando salgo aprisa hacia el granero cogiendo el tabardo para resguardarme del frío. Es temprano y el sol todavía no asoma tras los árboles espolvoreados de nieve que rodean nuestra pequeña granja. Las sombras se arrebujan en la penumbra, adueñándose del tenue charco de luz que proyecta mi quinqué. Siento un hormigueo aciago bajo la piel. Es como si hubiera una presencia que escapa a mi mirada...
«Serán los nervios», digo para mis adentros. He sentido este mismo hormigueo muchas otras veces y nunca he observado nada extraño.
La puerta del granero está abierta y hay un farol colgado del poste. Padre ya está dentro, esparciendo el heno. La oscuridad lo reduce a una silueta frágil, con su cuerpo alargado hundido en sí mismo. Hace apenas tres meses estaba sano y fuerte, sin que se contara una sola cana en sus cabellos rubios. Pero entonces llegó la viruela roja y tanto él como madre cayeron enfermos. Ahora está encorvado y consumido, y tiene los ojos llorosos y el pelo ralo propios de un hombre varias décadas mayor.
—Ya te has levantado —dice a media voz posando en mí su mirada gris.
—No conseguía volver a dormirme —respondo cogiendo un balde de leche y acercándome a Norla, nuestra vaca más grande.
Se supone que debería estar descansando a solas, al igual que las otras muchachas que van a participar en el ritual, pero en la granja hay demasiado trabajo pendiente y pocas manos para hacerlo. Desde que madre falleció hace tres meses no damos abasto. Las lágrimas me empañan los ojos al recordarla y parpadeo para ahogarlas.
Padre echa más heno en el pesebre con la ayuda de la horca.
—Benditos sean aquellos que al despertar presencian la gloria del Padre Infinito —dice con voz áspera recitando el Saber Infinito—. Y bien, ¿estás preparada para el día de hoy?
Asiento.
—Sí, estoy preparada.
Esta tarde el anciano Durkas me someterá a la prueba del ritual de la pureza junto con las demás muchachas de dieciséis años. Una vez que se demuestre que somos puras, nos convertiremos oficialmente en miembros de la aldea. Por fin pasaré a ser una mujer, y podré casarme y formar mi propia familia.
Me sacude otra oleada de ansiedad de solo pensarlo.
Miro a padre de soslayo. Lo veo tenso; se maneja con dificultad. Él también está preocupado.
—Padre, me preguntaba... —comienzo—. ¿Y si...? ¿Y si...? —Me interrumpo dejando que la pregunta inconclusa flote entre nosotros con pesadez. Un miedo indescriptible se despliega en la luz mortecina del granero.
Padre intenta consolarme con una sonrisa, pero las comisuras de sus labios no lo acompañan.
—Y si ¿qué? —dice—. Puedes contármelo, Deka.
—¿Y si mi sangre no manara pura? —susurro soltando aprisa las horribles palabras—. ¿Y si los sacerdotes se me llevaran y me... desterraran?
A menudo tengo pesadillas en las que así sucede, visiones terroríficas que se entremezclan con mis otros sueños, aquellos en los que me encuentro en medio de un mar negruzco, mientras la voz de madre me llama.
—¿Es eso lo que te inquieta?
Asiento.
Aunque no sea lo habitual, todo el mundo sabe de la hermana o la pariente de alguien que resultó ser impura. La última vez que sucedió algo así en Irfut fue hace décadas, durante la prueba de una prima de padre. Aún circulan por la aldea murmuraciones sobre el día en que los sacerdotes se la llevaron a rastras; después nadie volvió a verla. Desde entonces, ha pesado una especie de sombra sobre la familia de padre.
Por eso sus miembros se muestran siempre tan devotos (mis tías, las primeras en llegar al templo, llevan un velo que les cubre incluso la boca). El Saber Infinito lo advierte: «Solo la mujer impura, blasfema e impúdica se descubre bajo los ojos de Oyomo». A pesar de que este aviso se refiere solo a la mitad superior del rostro, desde la frente hasta la punta de la nariz, mis tías se tapan también los ojos con unas finas franjas de tela vaporosa.
Cuando padre regresó del puesto militar junto con madre, la familia lo repudió al instante. Era demasiado arriesgado aceptar en el seno del clan a una mujer de pureza incierta, una forastera, además.
Después llegué yo, una niña negra que habría pasado por una habitante del sur de no haber sido por los ojos grises, la barbilla hendida y el cabello de suaves rizos que heredé de padre.
Llevo en Irfut toda la vida; aquí es donde nací y donde me he criado, pero, aun así, me siguen tratando como a una extranjera; aun así, me siguen mirando y señalando; aun así, me siguen excluyendo. Si por algunos parientes de padre fuese, ni siquiera se me permitiría entrar en el templo. Tal vez mi cara sea la viva imagen de la de él, pero eso no basta. Debo superar la prueba para que la aldea me acepte, para que la familia de padre nos acoja a los dos. Una vez que mi sangre fluya pura, ocuparé al fin mi lugar.
Padre se acerca con una sonrisa tranquilizadora en los labios.
—¿Sabes lo que significa ser pura, Deka? —me pregunta.
Le respondo con un pasaje del Saber Infinito.
—«Benditas sean las dóciles y las sumisas, las humildes y verdaderas hijas del hombre, porque se mostrarán inmaculadas a ojos del Padre Infinito».
Todas las niñas se saben este fragmento de memoria. Lo recitamos siempre que entramos en un templo para no olvidar que la mujer fue creada para atender al hombre, para satisfacer sus deseos y acatar sus órdenes.
—¿Eres humilde y todo lo demás, Deka? —me pregunta padre.
Asiento.
—Creo que sí —respondo.
Veo un atisbo de incertidumbre en su mirada, pero aun así me sonríe y me besa en la frente.
—Entonces todo irá bien.
Continúa esparciendo el heno. Me siento delante de Norla, todavía afligida: al fin y al cabo, hay aspectos en los que me parezco a madre y de los que padre no está al tanto, aspectos que, de llegar a saberse, me valdrían el desprecio aún más profundo de los aldeanos.
Tengo que procurar mantenerlos en secreto. Los aldeanos no deben conocerlos nunca.
Jamás.
Corren todavía las primeras horas de la mañana cuando llego a la plaza de la aldea. Una brisa helada rasga el aire y de los tejados de las casas cercanas penden hileras de carámbanos; el sol, sin embargo, brilla con llamativa intensidad para esta época del año y sus rayos se reflejan en las altas columnas del templo de Oyomo y sus arcos. Estas columnas representan una plegaria, una forma de meditar sobre el camino que el sol de Oyomo recorre cielo a través cada día. Los sumos sacerdotes las emplean para elegir los dos días del año en los que celebrar los rituales de primavera e invierno. Con solo verlas siento otra puñalada de angustia.
—¡Deka! ¡Deka! —Una silueta desgarbada me saluda con entusiasmo desde el otro lado de la calle.
Elfriede corre hacia mí. Va tan bien envuelta en su tabardo que solo acierto a distinguir sus destelleantes ojos verdes. Ambas procuramos cubrirnos la cara siempre que llegamos a la plaza de la aldea; yo, por el color de mi tez y Elfriede, por la marca rojiza de nacimiento que le cruza el lado izquierdo del rostro. Está permitido que las chicas lleven la cara descubierta hasta que se someten al ritual, pero no conviene llamar la atención, sobre todo en un día como el de hoy.
Esta mañana centenares de visitantes abarrotan la pequeña plaza adoquinada de Irfut, y con cada minuto que pasa llegan aún más. Proceden de toda Otera: han venido habitantes del sur, altaneros hombres de tez negra y cabello de prietos rizos; del oeste, conocidos por su carácter afable, sus largos cabellos negros color azabache, siempre recogidos en un moño, y su piel dorada cubierta de tatuajes; del norte, gente presuntuosa de piel sonrosada y melena rubia y reluciente por el frío; y del este, tranquilos y de rostros variopintos, desde el oscuro color marrón hasta la palidez de la cáscara de huevo, todos con una larga y sedosa cabellera negra derramándose en sus espaldas.
Si bien Irfut se ubica en un paraje remoto, también es célebre por la belleza de sus muchachas, de ahí que los hombres acudan desde las poblaciones más recónditas para conocer a las solteras antes de que se pongan la máscara. Muchas de estas chicas encontrarán marido hoy, si no lo han encontrado ya.
—¿Verdad que es emocionante, Deka? —dice Elfriede, soltando una risita nerviosa.
Señala la plaza, decorada festivamente para la ocasión. La puerta de la casa de cada una de las jóvenes solteras está pintada de un relumbrante color rojo; las banderas y los banderines ondean joviales al pie de las ventanas y coloridos faroles engalanan los portales. Hay incluso bailarines zancudos y tragafuegos que serpentean entre la multitud, compitiendo con los mercaderes que venden nueces asadas, muslos de pollo ahumados y manzanas caramelizadas.
La escena me abruma.
—Sí que lo es —respondo con una sonrisa, pero Elfriede ya está tirando de mí.
—¡Vamos! ¡Date prisa! —me apremia según se zambulle en la multitud de visitantes. Muchos se detienen y desaprueban con la mirada que hayamos acudido sin compañía masculina.
Son muy pocas las aldeas que permiten que las mujeres salgan de casa si no es con un hombre. Irfut, no obstante, es una población pequeña en la que no abundan varones. Muchos de los solteros se han alistado en el ejército, como hiciera padre de joven. Algunos incluso han superado la instrucción necesaria para incorporarse a los jatu, la guardia de élite del emperador. Hay un contingente distribuido en torno a la plaza, todos ataviados con sus relucientes armaduras rojas, siempre alerta.
Cuento al menos doce, muchos más que el par que el emperador suele enviar para el ritual de invierno. Quizá sea cierto lo que se rumorea: que este año ha cruzado la frontera un número mucho mayor de mortaulladores.
Estos monstruos llevan siglos asediando la frontera sur de Otera, pero en los últimos años se han vuelto mucho más agresivos. Acostumbran a atacar en las vísperas de los rituales, arrasando aldeas enteras y raptando a las jóvenes impuras. A decir de algunos, la impureza hace que la carne de esas muchachas les resulte aún más deliciosa.
Por suerte, Irfut se halla en una de las regiones más remotas del norte, rodeada de montañas nevadas y de unos bosques impenetrables. Los mortaulladores nunca conseguirán abrirse paso hasta aquí.
Elfriede no repara en mi silencio introspectivo; está demasiado ocupada sonriéndoles a los jatu.
—¿Verdad que están guapos, con esos trajes rojos? Tengo entendido que son reclutas nuevos que están recorriendo todas las provincias. ¡Qué gran gesto por parte del emperador haberlos enviado aquí para el ritual!
—Supongo que sí... —mascullo.
A Elfriede empiezan a rugirle las tripas.
—Corre, Deka —me urge, arrastrándome consigo—. Dentro de nada habrá una cola interminable en la panadería.
Tira de mí tan fuerte que me tropiezo y acabo chocando con alguien de gran corpulencia.
—Perdón —jadeo levantando la vista.
Uno de los visitantes me fulmina con la mirada, con un gesto lobuno en los labios.
—¿Qué tenemos aquí? ¿Otro pastelito? —Sonríe y se me acerca un paso.
Me apresuro a retroceder. ¿Cómo he podido ser tan estúpida? Los hombres de las aldeas vecinas no están acostumbrados a ver a las mujeres sin compañía y enseguida hacen las peores suposiciones.
—Lo siento, tengo que irme —susurro, pero el visitante me agarra y desliza ansioso los dedos hasta el botón que cierra la pechera de mi tabardo.
—No seas así, pastelito. Vamos, pórtate bien y quítate el abrigo para que podamos ver lo que hemos venido a... —Unas manos enormes lo apresan y lo apartan de mí sin darle ocasión de terminar la frase.
Cuando me vuelvo, veo a Ionas, el primogénito del anciano Olam, el jefe de la aldea, fulminando al visitante con una mirada feroz; no hay en su faz el menor rastro de su habitual expresión afable.
—Si buscas un burdel, tienes uno en esa dirección, en tu pueblo —le espeta, mirándolo con sus ojos azules—, adonde creo que harías bien en volver.
La diferencia de estatura basta para que el visitante titubee. Ionas es uno de los muchachos más bien parecidos de la aldea (todo hoyuelos y cabello rubio), pero también uno de los más fornidos; es imponente como un toro e igual de intimidante.
El visitante escupe en el suelo, fastidiado.
—Tampoco hace falta ponerse así. Solo quería divertirme un poco. Por Oyomo, si esta ni siquiera es del norte...
Hasta el último de los músculos de mi cuerpo se tensa al oír el desagradable comentario. Por muy recatada que me muestre, por muy inofensiva que parezca, mi piel oscura siempre me señalará como alguien del sur, un miembro de las odiadas tribus que antaño conquistaran el norte y lo obligaran a anexionarse al Reino Único, ahora llamado Otera. Solo el ritual de la pureza puede garantizarme el lugar que me corresponde.
«Por favor, que sea pura, por favor, que sea pura», le rezo atropelladamente a Oyomo.
Me ciño un poco más el tabardo, deseando que me trague la tierra, pero Ionas se acerca otro paso al visitante, con una mirada combativa en los ojos.
—Deka nació y se ha criado aquí, igual que los demás —gruñe—. Que no se te ocurra volver a tocarla.
Miro a Ionas boquiabierta, sobrecogida por su inesperada actitud protectora. El visitante resopla.
—Ya te he dicho que solo quería divertirme un poco. —Se vuelve hacia sus amigos—. Vamos, busquemos algún lugar donde tomar un trago.
El grupo se retira, refunfuñando por lo bajo.
En cuanto nos quedamos a solas, Ionas se vuelve hacia nosotras.
—¿Estás bien? —me pregunta con un gesto de preocupación.
—Sí. Un poco sobresaltada, nada más —acierto a decir.
—Pero no te han hecho daño. —Ancla los ojos en mí y tengo que poner todo mi empeño para no estremecerme ante la sinceridad de su mirada.
—No. —Meneo la cabeza.
Ionas asiente.
—Lamento lo ocurrido. Algunos hombres se comportan como animales, sobre todo con las muchachas hermosas como tú.
«Las muchachas hermosas como tú».
Embriagada por el cumplido, tardo un momento en darme cuenta de que sigue hablando.
—¿Adónde ibais? —nos pregunta.
—A la panadería —responde Elfriede al ver que yo me he quedado muda. Señala el edificio pequeño y acogedor que hay justo al otro lado de la calle.
—Me quedaré aquí vigilando —se ofrece— para asegurarme de que no te pase nada.
Vuelve a mirarme.
Las mejillas me arden.
—Muchas gracias —digo echando a correr hacia la panadería mientras Elfriede suelta una risita.
Fiel a su palabra, Ionas no aparta sus ojos de mí ni por un momento.
Tal y como Elfriede había predicho, la panadería ya está llena. Las mujeres se apretujan hasta en el último rincón de la diminuta tienda; sus máscaras relucen bajo la luz tenue mientras compran delicados pastelillos rosas de la pureza y panes del Infinito con forma de sol para celebrar la ocasión. Por lo general, las máscaras son objetos muy sencillos: están hechos de finísimas láminas de madera o pergamino, y se pintan con los símbolos de distintas oraciones para atraer la suerte. Los días festivos como hoy, sin embargo, las mujeres eligen los modelos más extravagantes, aquellos que, inspirados en el sol, la luna y las estrellas, se decoran con motivos geométricos de oro o plata. Oyomo no es solo el dios del sol, sino también el de las matemáticas; de ahí que las máscaras de las mujeres suelan emular la divina simetría para complacer a sus ojos.
A partir de mañana yo también me vestiré con este complemento, una robusta media máscara blanca hecha de pergamino y ligeras tiras de madera, que me cubrirá el rostro desde la frente hasta la nariz. No se trata de un modelo demasiado valioso, pero es el mejor que padre ha podido permitirse. Quizás Ionas solicite cortejarme cuando empiece a ponérmela.
Enseguida me saco de la cabeza esta idea tan absurda.
Me ponga lo que me ponga, nunca seré tan bonita como las otras muchachas de la aldea, con sus contornos esbeltos, sus sedosas melenas rubias y sus mejillas sonrosadas. Yo soy mucho más fornida y mi piel, mucho más oscura; lo único que tengo a mi favor son mis suaves cabellos negros, que me enmarcan el rostro con nubes de rizos.
Una vez, madre me contó que a las jóvenes que se parecen a mí se las considera muy agraciadas en las provincias del sur, pero no he oído decírselo a nadie más. Lo único que ven todos los demás es lo distinta que soy de ellos. Necesitaría tener mucha suerte para encontrar un marido en alguna de las aldeas colindantes, pero debo intentarlo. Si alguna vez le ocurriera algo a padre, sus parientes buscarían cualquier excusa para deshacerse de mí.
Siento escalofríos solo de pensar en lo que me esperaría entonces: una vida de obligada devoción y trabajos fatigosos como doncella en algún templo o, peor aún, de sometimiento en las mancebías de las provincias del sur.
Elfriede se vuelve hacia mí.
—¿Viste cómo te miraba Ionas? —susurra—. Por un momento creí que se te llevaría con él. Habría sido tan romántico...
Me paso los dedos por las mejillas para enfriármelas mientras una sonrisa se asoma a mis labios.
—No digas tonterías, Elfriede. Solo quería ser amable.
—Pero es que esa manera de mirarte, era como...
—¿Cómo? ¿Cómo era, Elfriede? —Una vocecita afectada nos interrumpe, arropada por un coro de risitas.
Me quedo paralizada. Por favor, hoy no.
Al volverme, me topo con Agda y un grupo de chicas de la aldea que la acompaña. Al instante sé que me ha visto hablando con Ionas, porque está crispada, incapaz de ocultar la rabia. Quizás Agda sea la muchacha más guapa de la aldea, con su tez clara y su luminosa cabellera rubia, pero sus delicadas facciones esconden un corazón envenenado y un carácter malicioso.
—¿Crees que porque hoy demuestres tu pureza los chicos van a empezar a creer que eres hermosa? —Aspira por la nariz—. Por mucho que quieras cambiar la realidad, Deka, una máscara no te servirá para ocultar esa horrible piel del sur que tienes. Me pregunto qué harás cuando no encuentres a ningún hombre que quiera meterte en su casa y te conviertas en una solterona fea y desesperada, sin marido ni familia.
Aprieto los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavan en la carne.
«No le contestes, no le contestes, no le contestes».
Con aire despectivo, Agda desliza la mirada hacia Elfriede.
—Esta, por lo menos, se puede tapar la cara, pero tú ya puedes cubrirte todo el cuerpo si quieres, que todo el mundo sabrá lo que hay debajo de...
—Mide tus palabras, Agda —la interrumpe una mujer de voz firme desde el otro lado de la tienda.
Es el ama Norlim, su madre. Al acercarse a nosotras, las abundantes joyas que decoran su máscara dorada despiden destellos deslumbrantes. El ama Norlim es la esposa del anciano Norlim, el hombre más rico de la aldea. A diferencia del resto de las mujeres, que solo pueden permitirse medias máscaras de oro o máscaras completas de plata, el ama Norlim luce un modelo formal que le cubre todo el rostro, con una reproducción de los rayos solares alrededor de sus ojos azul claro. También las manos las lleva adornadas, en este caso con espirales de oro y piedras semipreciosas adheridos a los dedos.
—Las palabras de una mujer deben transmitir la misma dulzura que la fruta y que la miel —le recuerda a Agda—. Así lo reza el Saber Infinito.
Agda agacha la cabeza, avergonzada.
—Sí, madre —responde.
—Además —añade el ama Norlim con una mirada triste que contrasta con la alegre sonrisa de su máscara—, Deka no puede evitar que su piel sea tan sucia como lo era la de su madre, del mismo modo que Elfriede no puede disimular su marca de nacimiento. Así es como nacieron, las pobres desgraciadas.
Aunque en un primer momento le he agradecido su intervención, ahora me hierve la sangre. ¡Qué furiosa estoy con ella! ¿Piel sucia? ¿Pobres desgraciadas? Podría haberme llamado impura sin rodeos y así habría terminado antes. Me cuesta forzar un gesto dócil al dirigirme hacia la puerta, pero al final lo consigo.
—Gracias por tus amables palabras, ama Norlim —me obligo a decir con los dientes apretados antes de salir.
Hago acopio de toda mi fuerza de voluntad para no dar un portazo.
Una vez fuera, empiezo a aspirar y espirar aceleradamente, en un intento de serenarme, tratando de contener las lágrimas de rabia que me irritan los ojos. Apenas soy consciente de que Elfriede ha salido detrás de mí.
—¿Deka? —me llama—. ¿Estás bien?
—Sí, no pasa nada —murmuro mientras me ciño el tabardo para que no me vea al borde del llanto.
Para que no me vea a punto de montar en cólera.
No importa lo que el ama Norlim ni nadie diga, me digo a mí misma. Se demostrará que soy pura. Por un momento, no obstante, me asaltan las dudas: al fin y al cabo, al igual que madre, soy diferente. Me las saco de la cabeza. Madre supo ocultarlo hasta el día en que falleció y yo haré lo mismo. Tan solo necesito aguantar unas horas más y entonces todos sabrán que soy pura.
Después, al fin, estaré a salvo.
2
El resto de la mañana lo dedico a prepararme para el ritual de la pureza, planchando la ropa de padre y la mía, y lustrando los zapatos de ambos. Incluso he confeccionado una guirnalda de flores secas para adornarme el pelo; sus vivas tonalidades rojizas combinarán de maravilla con el azul ceremonial de mi vestido. En cuanto termine el ritual, asistiré al banquete de la aldea y debo tener el mejor aspecto posible. Es la primera vez que me invitan a un banquete; de hecho, nunca había tomado parte en las celebraciones de la aldea.
A fin de sosegarme, me centro en los pasteles de grosella que llevaré al banquete. Quiero que queden perfectos, con los bordes bien definidos y los botones de nata montada en el lugar exacto, pero me cuesta conseguirlo sin la ayuda de un cuchillo. Desde que cumplimos los quince años hasta el día siguiente al ritual de la pureza, a las muchachas no se nos permite tener cerca utensilios cortantes. El Saber Infinito lo prohíbe y, aunque no fuera así, pocos hombres se casarían con una mujer que tuviera cicatrices.
—«Despreciables son las muchachas que en su piel conservan marcas y cicatrices, las que están heridas y las que sangran, porque han mancillado el templo del Padre Infinito». Es una idea que llevan inculcándome desde que nací.
Si padre tuviera más dinero, me habría enviado a una Casa de Pureza para que pasase el año previo a la ceremonia entre sus blandas paredes acolchadas, a salvo de todo objeto punzante. Pero solo las jóvenes de familias pudientes como la de Agda pueden permitirse ingresar en este tipo de instituciones. Las demás debemos arreglárnoslas evitando en lo posible el uso de cuchillo alguno.
Estoy tan ensimismada que no oigo acercarse a padre.
—¿Deka? —me llama. Al volverme, lo veo agitarse intranquilo, con una caja entre las manos. Enseguida la abre, con una sonrisa titubeante entre los labios—. Es para ti —dice ofreciéndome el elaborado vestido que hay dentro.
Suelto un jadeo y los ojos se me empañan de lágrimas. Está teñido del azul marino propio del ritual y, en el dobladillo, tiene bordada una hilera de minúsculos soles dorados. Pero no es eso lo que más me entusiasma. Por debajo asoma una delicada media máscara azul con unas cintas de seda blanca con las que sujetarla. Es la máscara más fina que he visto nunca; a pesar de ser de madera, su factura es ligera y elegante.
—¿Cómo? —pregunto estrechándola contra el pecho. No tenemos dinero para ropa nueva, y menos aún para máscaras. Hube de modificar uno de los viejos vestidos de madre para el ritual.
—Tu madre lo preparó todo para ti en secreto el año pasado —responde sacando algo más de la caja.
—El collar favorito de madre... —musito. Suelto un sollozo de emoción al acercar los dedos a la fina cadena de oro. Está minuciosamente labrada y de ella pende una delicada esfera trabajada en el mismo material, con esa vieja figura que tan familiar me resulta grabada a través. Se asemeja al kuru, el símbolo sagrado del sol, aunque hay algo más, otra marca, tan desgastada que, en todos estos años, no he logrado distinguirla. Madre no se quitaba nunca esta cadena. Bajo ningún concepto.
Me cuesta creer que lo dejara todo preparado para mí hace tanto tiempo.
Siento una opresión en el pecho y tengo que frotármelo para contener las lágrimas. La echo muchísimo de menos; extraño su voz, su olor, la sonrisa que le iluminaba el rostro cada vez que me veía.
Me seco los ojos antes de volverme hacia padre.
—Se aseguró de que yo lo guardara todo para ti —explica. Después carraspea y, con las mejillas encendidas, extrae un último complemento de la caja: una guirnalda de flores frescas de un intenso color rojo que todavía parece más vivo bajo la luz—. Las flores, sin embargo, son una aportación mía. El mercader me dijo que durarían mucho tiempo.
—¡Son preciosas! —exclamo, abrumada, con los ojos clavados en él. Es la primera vez que recibo tantos presentes—. Todo es precioso. Gracias de corazón, padre.
No sin cierto apuro, me da una palmada en la espalda.
—Ahora prepárate, rápido. Hoy vas a demostrarle a todo el mundo que eres una más.
—Sí, padre.
Me apresuro a seguir sus indicaciones, cada vez más determinada. Se lo demostraré. Me pondré mi nuevo vestido y mis flores, y entonces, cuando el ritual haya concluido, completaré el conjunto con mi nueva máscara. La luciré con tanto orgullo que ni siquiera Agda se atreverá a rechazarme.
Sonrío solo de pensarlo.
Cae la tarde cuando llegamos al templo. La plaza de la aldea está ya repleta; los admiradores de las muchachas y los curiosos buscan un hueco a empujones, y las jóvenes, vestidas de un azul ceremonial, aguardan formando una fila ante las escaleras del templo, flanqueadas por sus progenitores. Padre se coloca a mi lado cuando empiezan a redoblar los tambores. Los jatu marchan solemnes hacia las escaleras para recibir al anciano Durkas: sus armaduras rojas son un destelleante contrapunto frente al mar de vestidos azul claro y sus nudosas máscaras de guerra refulgen bajo la débil luz vespertina. Cada una de estas protecciones representa el rostro aterrador de un demonio y puede acoplarse y desacoplarse del yelmo con facilidad.
Como las puertas aún están cerradas, me fijo en las austeras paredes blancas del templo y en el tejado rojo. El rojo simboliza lo sagrado. Será el color de la sangre de las muchachas puras cuando el anciano Durkas las someta a la prueba.
«Por favor, que mi sangre sea roja, por favor, que mi sangre sea roja», ruego para mis adentros.
Veo a Elfriede al frente, toda rígida. Debe de estar deseando lo mismo que yo. Al igual que el resto de las muchachas, es la última vez que lleva el rostro al descubierto, aunque encorva un tanto el cuerpo para ocultar su marca de nacimiento.
Cuando las puertas del templo se abren con un chirrido, la multitud enmudece. El anciano Durkas aparece en lo alto de las escaleras con su habitual gesto de desaprobación en la cara. Su cometido, como es frecuente entre los sacerdotes de Oyomo, consiste en extirpar la impureza y las abominaciones. Esa es la razón de que esté tan delgado y de que tenga una mirada tan penetrante. El fervor religioso no deja espacio ni para los alimentos ni para nada más. Un tatuaje dorado del kuru, el símbolo del sol, brilla en medio de su cabeza, afeitada a conciencia.
Extiende los brazos por encima del gentío.
—El Padre Infinito os bendice —salmodia.
—El Padre Infinito nos bendice a todos. —La respuesta de la multitud reverbera por la plaza.
El anciano Durkas alza hacia el cielo la cuchilla ceremonial. Está hecha de marfil y corta mucho mejor que el más afilado de los aceros.
—«Y al cuarto día —recita con la voz profunda y resonante que siempre emplea en estas ocasiones— creó a la mujer, el báculo que habría de ayudar al hombre a cultivar su potencial sagrado, a alcanzar la gloria divina. La mujer es la dádiva más importante que el Padre Infinito le haya hecho jamás. Es su consuelo en las horas más negras. Es su alivio en...».
Vuelvo a sentir un hormigueo por todo el cuerpo, como si la sangre me raspara la piel, y el sermón del anciano Durkas se diluye en un murmullo monótono.
De pronto, tomo conciencia de algo más: de la quietud del aire, del crepitar de los carámbanos al fundirse y, en la distancia, de los crujidos que unos pasos contundentes le arrancan a la hojarasca.
«Algo se acerca». El pensamiento pasa revoloteando por mi cabeza.
Lo ignoro. ¿Por qué me pasa esto ahora?
Padre debe de haber reparado en mi expresión ausente: deja escapar un suspiro afligido entornando los ojos para protegerse del sol.
—Siempre andas vagando entre tus ensueños, Deka —me susurra con la voz apagada para que nadie lo oiga—. No sabes cuánto te pareces a tu madre.
Cuando sus labios se comban en un mohín triste, lo miro con el ceño fruncido.
—Te van a salir arrugas —le digo.
Ahora sonríe, recuperando de pronto la imagen del hombre lozano que era tiempo atrás, antes de que la viruela roja y el fallecimiento de madre conspiraran para reducirlo a una mera sombra de sí mismo.
—Esto me recuerda al río que reprende al riachuelo por correr con demasiado ímpetu, ¿no te parece? —bromea cuando la fila se desplaza hacia adelante.
Asiento y vuelvo a concentrarme en las escaleras del templo. El anciano Durkas ha concluido la oración. A continuación, dará comienzo el ritual de la pureza.
Agda es la primera de las muchachas en entrar al templo; tiene el rostro lívido de lo nerviosa que está. ¿Obtendrá el favor de Oyomo o tal vez la deidad la rechazará por impura? La multitud observa, expectante. Las conversaciones triviales, los cuchicheos..., todo se dispersa en un profundo silencio que solo interrumpen los gemidos de los perros, confundidos, y los resoplidos de impaciencia que sueltan los caballos, atados en las cuadras circundantes.
Momentos más tarde, un grito escapa del interior del templo. Agda sale poco después, con su pañuelo azul presionado contra el pecho, allí donde el anciano Durkas le ha practicado el corte con la cuchilla ceremonial. Cuando Agda se sitúa en lo alto de las escaleras, levanta el pañuelo y lo sostiene por encima de la cabeza para mostrar la sangre roja que lo empapa. Un clamor de alivio se propaga entre la muchedumbre. Es pura. Corren a abrazarla su madre y su padre, quien, con orgullo, le coloca su primer antifaz. Es una delicada media máscara de oro con la forma de una luna nueva, una figura con la que anunciar su recién estrenada condición de mujer. Agda desliza una mirada victoriosa entre los congregados y contrae los labios en una mueca de satisfacción cuando la detiene en mí.
En cuanto baja las escaleras, la siguiente chica entra en el templo y el ritual de la pureza se reanuda.
Levanto la mirada hacia la puerta. Solo verla, enorme, roja e imponente, me desazona, se me encoge el estómago y me empiecen a sudar las palmas de las manos. El hormigueo se intensifica, convertido ahora en un rumor grave que me eriza el vello y me obliga a estar más alerta.
Algo se acerca. El pensamiento vuelve a colarse en mi cabeza.
«No tiene importancia», repito con decisión para mis adentros. Me he sentido así en muchas otras ocasiones y nunca he visto nada raro.
El pánico se apodera de mí tan de súbito, de forma tan arrolladora, que se me doblan las rodillas. Me cojo de la mano de padre para no caerme. Él me mira extrañado.
—Deka, ¿te encuentras bien?
No le respondo. El miedo me ha congelado los labios y lo único que puedo hacer es contemplar con espanto el tentáculo de niebla que serpentea en torno a los pies de padre. Un manto vaporoso se desliza hacia la plaza, helando el aire. El sol huye a la carrera, perseguido por unas nubes que comienzan a adueñarse del cielo.
Padre frunce el ceño.
—Se ha nublado.
Sin embargo, yo ya no miro el cielo. Tengo la vista puesta en las afueras de la aldea, donde los árboles desvestidos por el invierno crujen bajo el peso de la nieve y el hielo. La niebla procede de ahí, llena de un olor acre y frío, y de algo más: un sonido distante y afilado que aviva mi desasosiego.
Cuando ese sonido deriva en un aullido ensordecedor, la multitud se paraliza, convertida en una colección de estatuas bajo la nieve. Un susurro empieza a reptar por la plaza:
—Mortaulladores...
Y, sin más, el silencio estalla en mil pedazos.
—¡Mortaulladores! —alerta el comandante de los jatu desenvainando la espada—. ¡En guardia!
La multitud se disgrega cuando los hombres corren hacia las cuadras a por las armas, y las mujeres se llevan a sus hijos de vuelta a casa. Los jatu dejan atrás la multitud, corriendo hacia el bosque, donde unas moles grisáceas anuncian su llegada con una explosión de aullidos aterradores.
El más voluminoso de los mortaulladores es el primero en llegar al límite del bosque. Es una bestia descomunal, pero está demacrada, casi esquelética; lleva las garras a rastras, a la altura de las rodillas, y una hilera de púas recorre su angulosa columna vertebral. Casi parece humana: escudriña la aldea con sus ojos negros, parpadeantes, mientras hincha sus fosas nasales. Se vuelve hacia la plaza. Yo estoy en medio, paralizada por el miedo; mi respiración es cada vez más agitada.
La criatura abre la boca, toma aire...
Un aullido retumba en mi cráneo y una agonía me abrasa todo el cuerpo. Aprieto los dientes; los músculos se me petrifican. Padre se desploma y empieza a sangrar por los oídos y la nariz. Hay más aldeanos retorciéndose en el suelo, con el rostro contraído en gestos de pánico y angustia.
Aparte de mí, solo los jatu permanecen de pie, con los yelmos insonorizados puestos para protegerse de los baladros de los mortaulladores. Aun así, los ojos se les ponen en blanco tras sus máscaras de guerra y las manos con que empuñan las espadas empiezan a temblarles. Tal como había dicho Elfriede, los jatu que hay aquí apostados son en su mayor parte reclutas recién incorporados a filas. Todavía no han combatido en las fronteras del sur, sometidas al asedio incesante de los mortaulladores; de hecho, lo más probable es que hasta este momento nunca hayan visto un mortaullador. Sería un milagro si alguno de ellos sobreviviera a este ataque.
Sería un milagro si alguien sobreviviera a este ataque.
La idea me saca de la conmoción y es entonces cuando me vuelvo hacia padre.
—¡Tenemos que salir de aquí! —grito tirando de él con tal fuerza que a punto estoy de lanzarlo por los aires. El miedo ha robustecido mis músculos, los ha dotado de una fuerza sobrenatural—. ¡Tenemos que irnos! —De nuevo, miro al líder de los mortaulladores, cuyo pelaje se agita por el viento.
Como si supiera que lo estoy observando, se vuelve, y en ese momento su mirada se encuentra con la mía a pesar de la distancia. Hay algo en sus ojos... Un atisbo de inteligencia. Mis pulmones se vacían por completo. De pronto, hasta el último de mis músculos se queda sin fuerzas, sobrecogidos por su mirada negra de depredador. Cuando al fin reacciono y empiezo a temblar, veo que la criatura se me acerca junto con las otras que la acompañan. Son muchas. Esos seres de un gris coriáceo emergen de la niebla con un aire amenazador. Algunos saltan de los árboles y aterrizan al suelo, rastrillando el manto de nieve con las garras al echar a correr a cuatro patas.
—¡Defended la aldea! —brama el comandante de los jatu con la espada en alto—. ¡Por el Padre Infinito!
—¡Por el Padre Infinito! —repiten los jatu mientras corren hacia las bestias.
Un grito de espanto escapa de mi pecho cuando padre se levanta tambaleante y se une a los demás hombres de la aldea, que se apresuran a enrollarse pañuelos y cinturones en la cabeza para protegerse los oídos.
—¡Refúgiate en el templo, Deka! —me ordena a voz en cuello.
Por delante de él, el comandante de los jatu se lanza a por el líder de los mortaulladores, pero la criatura no se amedrenta; de hecho, se detiene y ladea la cabeza. Por un instante, me parece ver asomar un destello de jovialidad en sus ojos. Una jovialidad letal. A continuación, la criatura gira de pronto sobre sí misma y, con un violento revés, manda al jatu hasta al otro lado de la plaza. Su cuerpo cruje por la violencia del impacto, envuelto en una celosía de sangre.
Es la señal para que la horda de mortaulladores inicie el ataque.
Las bestias corren hacia la aldea destrozando los escudos de los jatu y destripándolos con sus afiladísimas garras. Los gritos resuenan entre los edificios, la sangre mana a borbotones y un hedor a orín infesta la plaza. Los jatu intentan contraatacar, pero son demasiado pocos y carecen de experiencia para enfrentarse a la monstruosidad de los mortaulladores.
Presa del pánico, los veo mutilar cuerpos con inhumana indiferencia, arrancar cabezas con un regocijo atroz. En cuestión de minutos, la tropa de los jatu sucumbe al completo; luego les llega el turno a los hombres de la aldea.
—¡Que no pasen! —exclama el anciano Olam, pero ya es demasiado tarde.
Los mortaulladores zigzaguean entre los aldeanos, algunos abalanzándose sobre sus presas y otros hundiendo en ellas garras y colmillos. Cuantos más gritos profieren los hombres, más enloquecen las criaturas. Los chorros de sangre forman en el suelo charcos rojos que contrastan de forma escalofriante con el blancor de la nieve; los cadáveres yacen en una maraña de vísceras y hojas secas.
Es una masacre.
Con el corazón atenazado por el miedo, me vuelvo hacia padre. Otros dos aldeanos y él pelean con un mortaullador, tratando de hacerlo retroceder con sus espadas y horcas. No ve a la otra bestia que corre hacia él, sedienta de sangre. No ve como extiende las garras, como se le echa encima.
—¡NOOO! —El grito desesperado salta de mi pecho antes de poder reprimirlo, tan potente que parece nacer de algún lugar incierto. De algún lugar muy profundo—. ¡BASTA, POR FAVOR! ¡Dejad en paz a mi padre! ¡Por favor, dejadnos en paz!
Los mortaulladores se vuelven hacia mí con los ojos nublados y ennegrecidos de rabia. El tiempo parece congelarse cuando el líder se adelanta y se acerca, cada vez más, hasta que...
—¡¡DETENTE!! —le grito; mi voz es todavía más firme que antes.
El cuerpo del mortaullador se tensa de súbito, mirándome con los ojos cada vez más apagados. Por un instante, parece un ser más inerte que vivo. El resto de los monstruos tienen el mismo aspecto: son ya meras estatuas bañadas por la última luz de la tarde.
Un silencio se asienta en la aldea. La sangre me martillea los oídos cada vez con más fuerza. Y entonces...
Algo se mueve.
El líder de los mortaulladores se vuelve y regresa tambaleante al bosque, seguido de los demás. La niebla se retira con ellos, como si fuera su estela. En menos de un minuto, se pierden de vista.
El alivio me embriaga, como si apenas siguiera conectada a mi cuerpo. Me invade a continuación una sensación imprecisa, como si mi cuerpo no pesara.
Corro a atender a padre con una sonrisa llorosa en el rostro. Sigue en el mismo sitio que antes, pero no parece tan aliviado como yo. Se ha quedado pálido y tiene el cuerpo bañado en sudor. Diría que está... aterrorizado.
—¿Padre? —digo tendiéndole la mano.
Para mi sorpresa, retrocede.
—¡Demonio inmundo! —grita—. ¿Qué le has hecho a mi hija?
—¿Padre? —repito. Me aproximo otro paso y vuelve a apartarse. ¿Qué ocurre?
—¡No te atrevas a llamarme así, alimaña! —bufa.
Los demás hombres se han distribuido a su alrededor. Las mujeres han empezado a salir de las casas, Elfriede entre ellas. Tiene en el rostro una expresión que nunca había visto en ella: es miedo.
—Tus ojos, Deka. ¿Qué te pasa en los ojos? —susurra con espanto.
Su voz acalla las voces que me rodean. ¿Mis ojos? Me vuelvo hacia padre, pero al ir a preguntarle qué están diciendo todos, él asiente, mirando a alguien que está a mis espaldas. Cuando me vuelvo, veo a Ionas: empuña una espada destelleante. Lo miro confundida; ¿habrá venido a protegerme, como dijo que haría?
—¿Ionas? —pregunto.
Él me hunde la espada en el estómago. El dolor es tan afilado, tan limpio, que apenas reparo en la sangre que me baña las manos.
Al principio no puede manar más roja, pero no tarda en mostrar otro color, en empezar a brillar. Así, momentos después, el rojo se torna dorado, el mismo dorado que ahora me riega la piel.
La vista se me nubla a medida que se me vacían las venas. Lo único que sigue circulando es el río de oro, que se cuela entre mis dedos y resbala poco a poco por mi piel.
—Lo que siempre había sospechado —anuncia alguien a lo lejos. Cuando levanto la cabeza, veo al anciano Durkas inclinado sobre mí con la cara ensombrecida por un gesto de satisfacción—. Es impura —declara.
Es lo último que oigo antes de morir.