Julio, 1889

—Señor Sherlock, estoy tan contenta de verlo, de verdad, y tan agradecida de que...

La fiel sirviente de la familia Holmes, la señora Lane, que conoce al detective desde que era un niño con pantalones cortos, no puede disimular la emoción en su voz ni detener las lágrimas que brotan de sus viejos ojos velados.

—... de que haya venido...

—Tonterías —interrumpe Sherlock, encogiéndose de hombros para rechazar, como ya es habitual en él, cualquier muestra de emoción y examinando el mobiliario oscuro de Ferndell Hall—. Celebro la oportunidad de visitar mi casa solariega.

Ataviado con el atuendo habitual para el campo, un traje de lino beis de verano combinado con unas botas y unos guantes de entretiempo de piel de cabritilla de color canela y un gorro escocés, deposita los guantes y el sombrero, así como su bastón, sobre la mesa de la sala y pasa directamente a tratar el asunto:

—El telegrama del señor Lane era bastante enigmático. ¿Serían tan amables de explicarme qué hay de extraño en ese paquete que tanto dudan en abrir?

Antes de que la señora Lane pueda responder, su esposo, el mayordomo de cabello canoso, irrumpe en el salón con mucha menos dignidad de lo que es habitual en él.

—¡Señor Sherlock! ¡Qué amable por su parte!

Y se reproduce un parloteo similar.

—... todo un placer para estos ojos cansados míos... muy amable por su parte... un día con una temperatura estupenda. ¿Me permite, señor, sugerirle que se instale en el exterior?

Y así, con hospitalidad, se acomoda a Sherlock Holmes a la sombra del porche, donde la brisa mitiga el calor, y la señora Lane le ofrece limonada fría y macarons antes de que Holmes logre abordar de nuevo el asunto.

—Lane —pregunta al venerable mayordomo—, en realidad, ¿qué es lo que tanto les inquieta de ese paquete que han recibido recientemente?

Con décadas de experiencia en la gestión de irregularidades y trastornos domésticos, el señor Lane responde de forma metódica.

—Ante todo, señor Sherlock, la manera en que llegó en mitad de la noche y que no sepamos quién lo dejó allí.

El gran detective se muestra interesado por primera vez y se inclina hacia delante desde los almohadones de su silla de mimbre.

—¿«Allí» dónde?

—Delante de la puerta de la cocina. No lo habríamos encontrado hasta la mañana siguiente de no ser por Reginald.

Al oír su nombre, el peludo perro collie, que está tumbado de costado por allí cerca, levanta su cabeza chata.

—Como también empiezan a pesarle los años como a nosotros, lo dejamos dormir en el interior —explica la señora Lane mientras se acomoda, todo lo grande que es, en otra silla.

Reginald vuelve a reposar la cabeza y golpea su espesa cola contra los tablones de madera del porche.

—Ladró, ¿no es así?

Sherlock Holmes se impacienta.

—Oh, sí, ladró como un tigre —asiente la señora Lane categóricamente—. Pero incluso así, no creo que lo hubiésemos oído si yo no hubiera estado durmiendo en el sofá Davenport de la biblioteca, y le pido disculpas de antemano, señor Sherlock, porque las escaleras me destrozan las rodillas.

—Yo estaba en nuestras dependencias —enfatiza el mayordomo—, y no me enteré de nada hasta que la señora Lane hizo sonar la campanilla.

—¡Se ponía a dos patas y arañaba la puerta, ladrando como un león! —exclama la señora Lane, presumiblemente refiriéndose al perro. Sus comentarios entusiastas contrastan bastante con la meticulosidad informativa de su esposo, en especial si se tiene en cuenta que los tigres y los leones no ladran—. No me atreví a hacer nada hasta que el señor Lane bajó.

Sherlock Holmes se vuelve a reclinar en la silla, y sus rasgos aquilinos retoman su expresión habitual de decepción ante la estupidez humana.

—Así que cuando al final decidieron indagar qué pasaba, descubrieron el paquete, pero ni una señal de la persona o personas misteriosas que lo habían dejado allí a las... ¿qué hora era?

Lane responde.

—Las tres y veinte de la madrugada del jueves, más o menos, señor Sherlock. Salí y rastreé el exterior, pero era una noche oscura, nublada, y no se veía nada.

—Por supuesto. Así que recogieron el paquete y lo llevaron al interior, pero no lo abrieron. ¿Por qué no?

—Supusimos que no era para nosotros, señor Sherlock. Y, además, el paquete en sí es bastante peculiar en más de un aspecto. Resulta difícil de explicar...

Aunque Lane parece dispuesto a explicarlo de todos modos, Sherlock Holmes alza una mano autoritaria para detenerlo.

—Me basaré en mis propias impresiones. Les ruego que me traigan ese paquete misterioso.

Más que de un paquete, se trata de un sobre plano, enorme, confeccionado con trozos de papel grueso de color marrón que han sido adheridos entre sí, tan liviano que parece que no contenga nada en su interior. Sin embargo, las inscripciones que hay sobre el papel hacen que incluso Sherlock Holmes clave sus ojos en él. Hasta el último centímetro de la parte delantera del sobre está cubierto por unos rudimentarios adornos hechos en negro. Zigzags, espirales y serpentinas bordean hasta la saciedad los cuatro lados del rectángulo, mientras que, en diagonal, de esquina a esquina, unos dibujos en forma de círculos y almendras, muy destacados, lo recorren como si fueran unos ojos primitivos que observan.

—Me ponen los pelos de punta, se lo aseguro —comenta la señora Lane sobre estos últimos, a la vez que se santigua.

—Es muy probable que ese sea precisamente su propósito. Pero ¿quién...?

Sherlock Holmes deja que la pregunta se extinga en sus labios mientras examina con atención las otras marcas en el sobre: dibujos toscos de pájaros, serpientes, flechas, los signos del zodiaco, estrellas, lunas crecientes y explosiones solares llenan cada centímetro del papel como si tuvieran miedo de que algo más pudiera caber..., excepto en un gran círculo central. Encuadrado con unas hileras de líneas entrecruzadas a más no poder, este espacio al principio parece que esté vacío. Sin embargo, Sherlock Holmes, que ha sacado la lupa y está inspeccionando cuidadosamente el sobre, se concentra sobre esta área en concreto con una intensidad notable, incluso para él.

Después de unos momentos, deposita la lupa, aparentemente sin darse cuenta de que lo ha hecho sobre el plato de macarons, y se queda sentado, con el sobre en el regazo, observando pensativo los lejanos bosques de robles de Ferndell.

El señor y la señora Lane intercambian una mirada. Ninguno de los dos pronuncia palabra. En el silencio que sigue se pueden oír los ronquidos de Reginald Collie.

Sherlock Holmes parpadea, mira el perro dormido y, a continuación, se dirige al mayordomo y su esposa.

—¿Alguno de ustedes dos ha advertido el dibujo a lápiz? —pregunta el detective.

—Sí, señor, lo hemos visto —responde Lane con un tono extrañamente formal, casi con cautela.

—Mis viejos ojos lo pasaron por alto por completo —dice la señora Lane como si confesara un pecado—, hasta que el señor Lane, a la luz matinal, me lo enseñó. Cuesta distinguirlo sobre el papel marrón.

—Imagino que debía de verse mucho mejor antes de que alguien añadiera todo este tosco carboncillo a su alrededor.

—¿Carboncillo? —exclaman tanto el mayordomo como la cocinera.

—Sin lugar a dudas. Al inspeccionarlo de cerca, se puede observar el grano y las manchas. El polvo del carboncillo casi ha borrado el dibujo, el cual, estoy seguro, se realizó en primer lugar. Y en lo que respecta al dibujo, ¿qué les parece?

El señor y la señora Lane intercambian una mirada incómoda.

—Un refinado y bonito dibujo de una flor... —responde el mayordomo.

—De un crisantemo —interrumpe Sherlock con cierta aspereza en la voz.

—... en medio de una guirnalda de hojas.

—Hiedra —dice Sherlock todavía más bruscamente—. ¿Alguno de ustedes sería capaz de reconocer el estilo del artista?

Silencio. El matrimonio Lane parece, sin duda, muy apenado.

—Bueno... —dice la señora Lane al final—, me recuerda algo...

No obstante, es incapaz de decir el qué.

—No creo que nos corresponda a nosotros decirlo, señor Sherlock —aduce Lane.

—Oh, por el amor de Dios. —El tono de Sherlock refleja un estado de ánimo altamente voluble—. Ambos saben tan bien como yo que mi madre realizó este dibujo.

Se refiere a Lady Eudoria Vernet Holmes, que lleva desaparecida casi un año, aunque no se sospecha que se trate de un crimen; al parecer, la excéntrica anciana simplemente ha huido.

Y poco después de que eso ocurriera, su hija, la hermana mucho más pequeña de Sherlock, Enola Eudoria Hadassah Holmes, de catorce años, hizo lo mismo.

Se produce una pausa considerable, tras la que la señora Lane pregunta con timidez:

—Señor Sherlock, ¿ha tenido noticias de Lady Holmes o de la señorita Enola?

—Ah... —Aunque el gran detective siente una extraña constelación de emociones al oír el nombre de su hermana, ninguna de ellas se manifiesta en su rostro de halcón—. Sí, me he topado con Enola varias veces en Londres, aunque nunca para mi satisfacción.

—Pero ¿se encuentra bien?

—Se encuentra fenomenal. Y al principio parecía estar conchabada con su madre, con la que se comunicaba a través de mensajes en clave que aparecían en las columnas de anuncios personales de la Pall Mall Gazette.

La señora Lane mira al señor Lane, que carraspea antes de atreverse a preguntar:

—¿Y pudo descifrar usted la clave?

—Varias claves. Por supuesto que las descifré. Es decir, todas menos una, de la que todavía no he podido sacar nada en claro. —Esta confesión hace que la voz del detective se vuelva más grave—. Sin embargo, puedo asegurar sin equivocación alguna que el nombre en clave de mi madre es Crisantemo, y que el de mi hermana es Ivy, hiedra.

Y con la punta del dedo, da unos golpecitos sobre el tenue dibujo a lápiz del sobre que reposa sobre su regazo.

Ambos Lane profieren un grito ahogado tan agudo que Reginald Collie abandona su siesta, irguiéndose a cuatro patas con su cabeza inteligente alerta, sus orejas peludas levantadas y la nariz en funcionamiento.

—Reginald... —Sherlock se dirige al perro con la misma seriedad que si estuviera explicándole un caso a Watson—. Han pasado meses sin noticia alguna de Lady Holmes. ¿Por qué, precisamente ahora, llegan bajo esta forma? —Hace tamborilear los dedos sobre el paquete de papel marrón—. ¿Y qué hay dentro?

—¿Desea que vaya a buscar un abrecartas, señor? —se ofrece Lane.

—No. No puedo abrirlo. —Como buen caballero, jamás se atrevería a fisgonear el correo de otra persona—. Va dirigido a Enola.

Sherlock Holmes guarda la lupa en el bolsillo y se pone en pie, alerta, como el perro junto a él. Como un sabueso que ha encontrado un rastro.

—Me lo llevaré a Londres y haré que se lo entreguen.

El señor y la señora Lane, también en pie, lo observan. El mayordomo manifiesta en voz alta la duda que ambos albergan.

—Pero, señor Sherlock, ¿sabe cómo o dónde encontrarla?

—Sí —responde el detective con un destello penetrante en sus ojos y casi sonriendo—. Sí, creo que sí.

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Capítulo primero

Aquella fatídica mañana, para acudir a trabajar a mi despacho (es decir, al despacho del Dr. Leslie T. Ragostin, perditoriano científico, mi jefe ficticio), iba ataviada con un vestido estilo princesa de faille de color verde muérdago con un ancho cuello de organdí que se ajustaba a mi silueta a la perfección y con un sombrero a juego sobre el peinado (peluca) de color rojizo, rematado todo ello por una alianza en el dedo adecuado.

—¡Buenos días, señora Jacobson! —exclamó el paje mientras me sostenía la puerta.

—¡Buenos días, Joddy!

Sonreí. De hecho, le dediqué mi sonrisa más radiante. Por fin, después de un mes, aquel chico ingenuo había logrado entenderlo. Algo notablemente diferente de lo que había ocurrido la primera mañana en que me había presentado en el trabajo con un vestido confeccionado a medida por una costurera (una fina muselina de color ciruela adornada con motivos hechos de ganchillo con punto de red) y el anillo. «De ahora en adelante, debéis llamarme señora Jacobson —expliqué con firmeza a los asombrados empleados del doctor Ragostin allí reunidos: la señora Fitzsimmons, la casera, la señora Bailey, la cocinera, y Joddy—. Señora de John Jacobson». Extendí la mano izquierda para mostrarles la alianza, que había obtenido la noche anterior en una tienda de empeños.

—¡Por los clavos de Cristo! —exclamó Joddy con los ojos abiertos de par en par debajo de aquel sombrero ridículo que debían llevar los pajes—. Es oro, ¿verdad? ¿Oro auténtico?

—Ejem... Enhorabuena —balbució la señora Fitzsimmons—. Disculpe nuestra sorpresa, pero la noticia nos ha dejado perplejos.

No tanto como yo lo estaba, aunque, evidentemente, no podía explicarles que la noche anterior, y por culpa de que mi hermano Sherlock se había enterado de demasiados detalles de mi vida durante el asunto de Lord Whimbrel y el enigma en el miriñaque, me había visto forzada a huir del East End, dejando atrás toda la ropa preconfeccionada de Ivy Meshle, sus vulgares extensiones de pelo rubias y las baratijas, a sabiendas de que sería necesario adoptar una nueva identidad.

—No ha mostrado ninguno de los, ejem, síntomas habituales —arguyó la señora Fitzsimmons.

—Tonterías —explotó la más comunicativa cocinera, la señora Bailey—. Ese señor Jacobson vive justo aquí, con el doctor Ragostin, ¿verdad?

Los otros dos ahogaron un grito. Aquella era la primera vez que alguno de ellos se atrevía a decirme algo así a la cara, dando a entender la extensión de mis invenciones, el blanco castillo de mentiras sobre el que había erigido mi carrera. Ciertamente, debí haberla amonestado con más firmeza, pero henchida de orgullo como estaba la cocinera, como si fuera un erizo, me divertía y me hacía tanta gracia que solté una carcajada.

Los tres me miraron boquiabiertos, lo que me pareció apropiado.

—No se podría haber expresado con mayor certeza y valentía, señora Bailey —dije entre cacareos, todavía sonriendo, pese a que trataba de mantener la seriedad—. Y ahora, decidme, ¿os ganáis bien la vida aquí? ¿Recibís un buen trato? ¿Es un buen lugar para trabajar?

Los interrogué uno a uno, paseando la mirada por sus rostros con las cejas alzadas.

Todos ellos asintieron con fervor, tal vez pensando en las extremadamente generosas gratificaciones que habían recibido por Navidad.

—Bien, entonces, ¿cómo me llamo? —pregunté, en esta ocasión mirando en particular a la señora Bailey.

Agradecida sin duda al considerar a posteriori que su arrebato no hubiese acabado en un despido, contestó como si de una cómplice conspiradora se tratara:

—Seguro, su nombre es... es... Maldita sea, lo he olvidado.

—Señora de John Jacobson.

Un nombre muy común, para que mi esposo ficticio no fuera el mismo John Jacobson conocido por mi interlocutor ocasional.

De hecho, la señora Bailey incluso me hizo una reverencia.

—Sí, señora, señora Jacobson.

—Muy bien. ¿Señora Fitzsimmons?

—Mi sincera enhorabuena, señora Jacobson.

—Mil gracias. —No solo había cambiado mi apariencia; también me permitía un acento más aristocrático—. ¿Joddy?

—Ejem, como usted diga, mi señora.

Suspiré. ¿Es que nunca iba a aprender aquel chico de cabeza de chorlito?

—¡No debes dirigirte a mí como «mi señora»! ¿Cómo me llamo ahora?

—Mmm... ¿Señora Jacobs?

—Jacobson.

—Sí, mi señora. Señora Jacobson.

—Muy bien. Por cierto, ya no ejerzo de secretaria del doctor Ragostin. Ahora soy su asistente personal.

—Que así sea, señora Jacobson.

Todos aprobaron el ascenso que me acababa de dar a mí misma.

—En realidad, no supondrá ninguna diferencia —admití—. Vosotros limitaos a continuar con vuestros quehaceres como antes.

Sin más preámbulos, así lo hicieron. Sabía que cuchichearían con los otros miembros del servicio doméstico del vecindario. Afortunadamente, estaba situado a bastante distancia tanto del vecindario de Sherlock como del de Mycroft, y más afortunadamente, ninguno de mis hermanos disponía de servicio doméstico. Aun así, suspiré preocupada por si les llegaba algún rumor que atrajera su poco deseada atención.

Sin embargo, mi preocupación se fue desvaneciendo al convertirse junio en julio y cuando el único acontecimiento digno de mención fue que en mi nuevo alojamiento comía lo suficientemente bien como para que mi rostro, y otras partes de mi cuerpo, se redondearan un poco y no necesitara ya de tantos rellenos y postizos. Había alquilado una costosa habitación en el Club para Mujeres Profesionales, al que me había asociado y el cual no permitía a ningún hombre el acceso a sus instalaciones bajo ninguna circunstancia; me sentía segura allí. Esta situación, combinada con el cambio de apariencia, hizo que me durmiera en unos laureles complacientes que pronto se desmoronarían haciendo que me derrumbara sobre mi pequeño trasero engreído.

Sin embargo, eso sucedió después de que se produjera una interesante coincidencia.