—Ya han pasado más de ocho meses desde que la niña desapareció...
—«La niña» tiene nombre, querido Mycroft —interrumpe Sherlock disimulando la crispación en su voz para no ofender a su hermano, que lo ha invitado a cenar. A pesar de su carácter ermitaño y solitario, Mycroft es un anfitrión excelente y ha esperado hasta terminar el pastel de pichón con salsa de grosellas para sacar a colación el problema poco agradable de su hermana pequeña, Enola Holmes—. Enola. Por desgracia, no se puede decir que desapareciera en el sentido exacto del término —añade Sherlock en un tono más calmado, casi enigmático—. Se rebeló, huyó a la velocidad del rayo y, hasta el día de hoy, ha estado eludiéndonos deliberadamente.
—No es eso lo único que ha hecho deliberadamente... —Con un gruñido provocado por las molestias que su amplitud frontal le ocasiona al incorporarse, Mycroft extiende la mano hacia el decantador de cristal tallado.
Consciente de que tiene algo importante que decir, Sherlock espera en silencio mientras su hermano vuelve a llenar las copas con la excelente bebida que está haciendo posible y aceptable su conversación. Ambos hombres se han aflojado las corbatas negras y los cuellos almidonados de sus camisas.
Mycroft bebe varias veces de la copa antes de continuar con su habitual tono cargante y enojoso.
—Durante estos ocho meses, ha contribuido decisivamente a rescatar a tres personas desaparecidas y a llevar ante la justicia a tres peligrosos criminales.
—He reparado en ello —reconoce Sherlock—. Y eso, ¿qué importa?
—¿No detectas un patrón de comportamiento de lo más alarmante?
—En absoluto. Tropezó por casualidad con el caso del marqués de Basilwether, encontró a Lady Cecily Alistair mientras ayudaba a los pobres de las calles disfrazada de monja, y...
—Y también fue capaz de identificar a su captor casualmente.
Sherlock baja la mirada ante el ácido comentario de Mycroft.
—Y, como iba diciendo, en lo que respecta a la desaparición de Watson, dudo que se hubiese involucrado si nuestra relación no fuera de dominio público.
—No sabes ni cómo ni por qué se involucró en ese caso.
—Cierto —admite Sherlock Holmes—. No lo sé. —Gracias en parte a la influencia balsámica del oporto añejado que ha servido su hermano y en parte al paso del tiempo y a ciertos acontecimientos ocurridos recientemente, los pensamientos sobre su hermana ya no le causan aquel profundo dolor, ni siquiera una intensa ansiedad—. Y no es la primera vez que me supera en inteligencia —dice casi con orgullo.
—¡Bah!, ¿de qué le servirán esos trucos y su temeridad cuando se convierta en una mujer?
—De muy poco, supongo. Lo que sí es cierto es que, como hija, honra a la sufragista de nuestra madre. Pero al menos, de momento, no temo por su seguridad. Resulta evidente que es bastante capaz de cuidar de sí misma.
Mycroft hace un gesto como si tratara de espantar a un insecto molesto.
—Esa no es la cuestión. Lo que está en juego no es la supervivencia inmediata de la muchacha, sino su futuro. ¿Qué será de ella en unos cuantos años? ¡No habrá caballero, con o sin ingresos, que quiera casarse con una jovencita tan independiente que además muestra interés por las actividades criminales!
—Solo tiene catorce años, Mycroft —puntualiza con paciencia Sherlock—. Cuando alcance la edad de merecer, dudo que todavía oculte una daga en el escote.
—¿De verdad crees que acabará por ceder a las expectativas de la sociedad? —dice Mycroft alzando sus pobladas y puntiagudas cejas—. ¿De verdad piensas tú eso, tú, que rechazaste estudiar una profesión reconocida y que, en su lugar, te inventaste tu propio oficio y vocación?
El primer y único detective privado del mundo gesticula con desdén.
—Es una mujer, querido Mycroft. Los imperativos biológicos de su género la impulsan a construir un nido y a procrear. Los primeros azotes de la madurez femenina la llevarán a...
—¡Bah!, ¡tonterías! —Mycroft ya no puede disimular su acritud—. ¿De verdad piensas que la renegada de nuestra hermana echará raíces y se casará con...?
—¿Y por qué no? ¿Qué crees tú que hará? —replica Sherlock, algo dolido; el gran detective no está acostumbrado a que califiquen sus argumentos de «tonterías»—, ¿crees que se dedicará de por vida a buscar a personas perdidas y a atrapar a malhechores?
—Es posible.
—¿¡Cómo!? ¿De verdad crees que se establecerá por su cuenta? ¿Haciéndome la competencia?
El enfado de Sherlock se convierte en diversión y empieza a reírse entre dientes.
—Yo no lo descartaría —dice Mycroft con calma.
—¡Sí, y lo siguiente que hará será fumar puros! —Sherlock ríe ahora a carcajadas—. ¿Has olvidado que nuestra hermana no es más que una chiquilla rebelde? Es imposible que tenga tal determinación. ¡Ridículo, querido Mycroft, completamente ridículo!
Hasta aquel momento, los únicos clientes que había tenido como «Dr. Leslie T. Ragostin, perditoriano científico» habían sido una viuda robusta y entrada en años ansiosa por encontrar a su perrito faldero, una mujer aterrada que no podía localizar un rubí en forma de corazón que le había regalado su marido, y un general del ejército cuyo recuerdo más preciado de la guerra de Crimea —concretamente, su tibia, agujereada por las balas y con el autógrafo del médico de campaña que se la amputó— había desaparecido.
Todos ellos casos insignificantes. Debería haber empleado mi energía en un objetivo mucho más importante: encontrar a mamá. Sabía que mi madre estaba vagabundeando en compañía de los gitanos y me había prometido a mí misma que, nada más llegar la primavera, me dispondría a averiguar su paradero, no para reprocharle algo o coaccionarla, sino únicamente para volver a reunirme con mi... con mi miembro amputado de la familia, por decirlo de algún modo.
Sin embargo, había llegado el mes de mayo y yo todavía no había hecho el más mínimo esfuerzo por encontrar a mamá, y no tenía excusa para ello, excepto que los negocios me retenían en Londres.
¿Negocios? ¿Un perrito faldero, una piedra preciosa y una tibia?
«Un cliente es un cliente», me dije a mí misma. Evidentemente, ninguno de ellos tuvo necesidad (ni ocasión) de conocer en persona al ilustre (y ficticio) doctor Ragostin. Fue más bien la «señorita Ivy Meshle», su ayudante de confianza, la que retornó la mascota, un spaniel adorable de pelo rizado, a su agradecida propietaria, una vez que lo hubo recuperado en el barrio de Whitechapel a un tratante de perros de pura raza robados. De forma similar, la «señorita Meshle» resolvió con agilidad el asunto de la joya perdida cuando hizo que un mozo trepara por el tilo que asomaba por la ventana de la alcoba de la dama y mirara en el interior del nido de una urraca. (Qué sencillo hubiera sido para mí trepar a aquel árbol, ¡y cómo me apetecía hacerlo! Pero el sentido del decoro me lo prohibía.) Y en lo que respectaba a la tibia del general, estaba siguiéndole el rastro con poco entusiasmo cuando, por casualidad, me vi envuelta en un caso bastante más enigmático y, como resultó más tarde, mucho más urgente.
Me avergüenza confesar que el encuentro inicial ocurrió en un establecimiento de Oxford Street de reciente apertura, el cual no solía aparecer en las conversaciones civilizadas, aunque en él concurrieran habitualmente las damas respetables que van de compras en ese barrio pudiente: los primeros Baños Públicos para Damas de Londres.
Aquella espléndida innovación, que reconocía de forma tácita que las mujeres de buena familia ya no pasaban sus días en casa a unos pocos pasos de sus propios inodoros, costaba un penique, bien invertido en caso de necesidad, incluso a sabiendas de que la misma cantidad habría proporcionado un día de pan, leche y educación a una criatura del East End. Aquella tarifa básicamente garantizaba que solo las mujeres de las clases más altas tuvieran acceso, aunque en ocasiones también podía aventurarse en su interior alguna chica trabajadora, como, por ejemplo, Ivy Meshle, con sus rizos falsos y atuendo barato, de confección y a la moda.
Sin embargo, aquel día no iba disfrazada de la algo ordinaria Ivy Meshle. Más bien al contrario: mis pesquisas me habían conducido al vecindario del Museo Británico —frecuentado por mis dos hermanos, para mi fastidio— e iba vestida de estudiante, con mi pelo carente de atractivo recogido en un sencillo moño y mi rostro amarillento y alargado escondido tras unos anteojos con montura de marfil que, aunque minimizaban el efecto de mi alarmante nariz, también me hacían pasar desapercibida, ya que ninguna dama elegante que se preciase habría llevado gafas. Enfundada en un vestido de sarga de buena calidad, aunque también algo provinciano, lóbrego y sin adornos, y con un sombrero igualmente oscuro y sencillo sobre la cabeza, me había sentado para descansar un instante en el cómodo salón de los Baños Públicos para Damas, decorado con mármol falso y piel de color marrón oscuro, agradeciendo la seguridad de que ni Sherlock ni Mycroft iban a entrar allí dentro persiguiéndome.
Hasta aquel momento, el día estaba resultando un calvario —las estudiantes no levantan mucha admiración entre la población masculina de Londres—, pero allí dentro no llamaba la atención: era bastante habitual que una compradora extenuada descansara al cobijo de la serenidad y frescura que ofrecían las sombras de las molduras de yeso de aquel salón antes de aventurarse de nuevo al polvo y al calor de la calle.
Al sonido de una campanilla, una doncella cruzó el salón de los baños para abrir la puerta y entraron tres damas. Pasaron muy cerca de mí, puesto que yo ocupaba un canapé afelpado de color rojizo al lado de la entrada. Por descontado, no levanté la mirada del periódico que tenía entre las manos, y no les habría prestado mayor atención de no ser porque, desde el instante en que llegaron, noté que algo ocurría, algo grave. Se percibía una gran tensión entre ellas.
Cuando pasaron ante mí, no oí más que el crujido de las enaguas de seda, nada más. No se dirigían la palabra.
Preguntándome qué podía suceder, alcé la mirada sin mover la cabeza (hubiese sido de muy mala educación husmear abiertamente), pero no logré extraer muchas conclusiones desde la perspectiva que me ofrecían sus espaldas: dos damas vestidas suntuosamente, con sus voluminosas faldas arrastrándose por el suelo, flanqueaban a una mujer más joven y delgada, ataviada con la última moda de París —de hecho, era la primera vez que veía una falda acampanada en una persona real y no en un maniquí de un escaparate. Aunque unos enormes lazos de color amarillo se ahuecaban y colgaban a modo de polisón o de cola, la falda en sí misma, de un color más oscuro entre el amarillo y el verde, estaba recogida con cintas que no se veían para simular una segunda cintura a la altura de las rodillas. Debajo de esta, se extendía de nuevo para formar una «campana» guarnecida con volantes que escondía los pies de la muchacha; a decir verdad, sus pies apenas movían los fruncidos cuando caminaba, pues la falda limitaba la longitud de su zancada a tal vez no más de veinticinco centímetros. Hice una mueca mientras observaba cómo se alejaba torpemente; aunque su esbelta silueta no se acomodaba exactamente al canon de belleza del «reloj de arena», a mi parecer era una criatura muy hermosa. Se parecía a un ciervo al que le hubiesen causado una cojera. Por supuesto, siempre se ha sacrificado el sentido común en aras del estilo —faldas anchas, polisones—, pero pensé que aquella muchacha ¡debía de ser una chiflada de la moda para llevar un vestido en el que apenas podía mantener el equilibrio!
Cuando el trío se aproximó a la entrada del sanctasanctórum de los baños, la joven se detuvo en seco.
—Date prisa, niña —ordenó una de las mujeres.
En lugar de eso, sin pronunciar palabra, la muchacha de la falda acampanada se sentó con poca elegancia. De hecho, se desplomó, casi cayendo al suelo, en uno de los sillones de piel oscura al otro lado de la estancia en la que yo estaba.
Y cuando su rostro se volvió hacia mí, tuve que ahogar un grito ante la impresión y sorpresa que me llevé: ¡conocía a aquella chica! No podía estar equivocada: nuestras aventuras, el sentimiento fraternal que había experimentado por ella, mi miedo cuando el estrangulador la había atacado, todo aquello permanecía de forma indeleble en mi memoria; ante la visión de sus delicados y refinados rasgos, quedé magnetizada. Era la hija del baronet, la dama zurda que había encontrado y rescatado en el pasado... Era la ilustre Cecily Alistair.
Sin embargo, no reconocí a las mujeres que la acompañaban. ¿Dónde estaba la madre de Cecily, la hermosa Lady Theodora?
Y en lo que respectaba a Lady Cecily, a pesar de que el pasado invierno la había visto muerta de frío, hambrienta, vestida con harapos y sin brillo en sus ojos resplandecientes, nada me hubiese podido preparar para la preocupación que me sobrevino al examinar la apariencia que presentaba en aquel momento. Su rostro parecía incluso más demacrado que cuando la vi por última vez, y su expresión, más afligida. Con la mandíbula apretada, sus carnosos labios afilados con desafío y una rebeldía salvaje y desesperada en su mirada, se enfrentó a las dos mujeres que se elevaban como dos torres sobre su cabeza.
—No, de ningún modo, señorita —dijo una de ellas en un tono autoritario que la posicionaba como algo más que una simple acompañante (¿una abuela, tal vez, o una tía?)—. Tú vienes con nosotras.
Agarró de un codo a la muchacha, que permaneció sentada, mientras la otra mujer la sujetó por el otro.
En aquel momento, yo ya había levantado la cabeza y observaba sin disimulo la escena con la boca abierta. Por suerte, aquellas dos señoronas miraban hacia el otro lado y centraban toda su atención en la muchacha de dieciséis años que estaba en el sillón.
—No podéis obligarme —replicó Lady Cecily en voz baja a la vez que se hundía más y más en el asiento, arruinando sus adornos amarillos y dejándose caer, encorvada y cabizbaja hasta tal punto que si las dos mujeres querían que se incorporara, tendrían que ponerla en pie a la fuerza, algo que habría provocado un escándalo, aunque de no haber sido por mi presencia, por la manera en que miraron a su alrededor para ver quién las observaba, creo que habrían obrado de tal modo. Rápidamente, clavé mis ojos de nuevo en el periódico, pero no eran estúpidas.
—Bien —escuché que decía una de ellas con voz quebrada—, supongo que tendremos que hacer turnos.
—Ve tú —respondió la otra—. Yo me quedaré con ella.
A continuación, una de ellas entró en el baño y al oír cómo se cerraba la puerta, volví a levantar la vista. La segunda señorona se había sentado en otro sillón y observaba con interés las telas sedosas que conformaban la decoración. Justo en aquel instante, Lady Cecily alzó la cabeza y, como si fuera una prisionera consciente de una posible oportunidad de escapar, me miró directamente.
Y me reconoció. E incluso a pesar de solo haber coincidido en una ocasión en el pasado —la noche en que su secuestrador casi la asesina—, supo quién era. ¡Chas! Nuestras miradas se cruzaron con la fuerza de un latigazo y también con su velocidad; rápidamente inclinó la cabeza hacia el suelo, sin duda para ocultar a su carabina la expresión de asombro en sus ojos.
Yo hice lo mismo mientras me preguntaba si sería capaz de recordar mi nombre, que le revelé de forma tan impulsiva e irreflexiva: Enola Holmes. Experimenté un sentimiento de fraternidad hacia aquella mente tan genial como infeliz, hacia la hija de un baronet con doble personalidad: la artista zurda que era capaz de compadecerse y plasmar la difícil situación de los pobres en unos extraordinarios dibujos en carboncillo, pero que estaba obligada a ser la dócil y diestra Lady Cecily de cara a la sociedad.
Sin embargo, yo conocía muchos más detalles de su vida que ella de la mía; me imaginaba que la aparición en aquella peligrosa noche de aquella chica misteriosa envuelta en una capa negra debió de parecerle un sueño y que, en aquel momento, al verme de nuevo a plena luz del día, debió de sentir una intensa incredulidad. Y tal vez también esperanza ante la posibilidad de que pudiera ayudarla de nuevo, por muy difícil que fuera su situación.
¿De qué podía tratarse? Como si estuviera cansada de leer, dejé el periódico a un lado y consideré la desesperación que había observado en los oscuros ojos de Lady Cecily, en la palidez de su rostro demacrado, en lo poco lustroso que parecía su cabello de color castaño dorado, que habían peinado hacia atrás desde la frente y habían cubierto con un sencillo sombrero, un canotier de paja chato. Cuando, un instante después, me arriesgué a alzar la mirada de nuevo, Lady Cecily sujetaba un abanico.
Un abanico de lo más peculiar, ya que era enteramente de color rosa chicle —abominablemente común— y no combinaba en absoluto con los lazos de color limón, la falda lima y los guantes y las botas de piel de cabritilla de color crema. Por otro lado, aunque su nueva y cara falda estaba confeccionada con sarga de dos caras de color entre el verde y el amarillo de la mejor y más suave calidad, el abanico estaba hecho sencillamente de papel doblado y pegado a unas simples varillas y en los extremos presentaba como remates unas plumas tintadas de rosa que resultaban bastante vulgares.
Su señorona escolta, sentada en ángulo a su lado para poder vigilarla, dijo con mal humor:
—Nunca entenderé por qué te obstinas en llevar esta cosa espantosa a todos lados cuando tienes aquel abanico tan bonito que yo misma te di, aquel de terciopelo de color crema con varillaje de marfil tallado y delicadas incrustaciones. ¿No lo habrás olvidado?
Ignorándola, Lady Cecily abrió el abanico rosa y comenzó a usarlo como si quisiera refrescarse el rostro. Me di cuenta de que estaba empleando su mano izquierda... Muy significativo: había escogido ser ella misma en lugar de obedecer las normas del decoro. También advertí que situaba el abanico a modo de frágil barrera entre ella y su guardiana. Detrás de aquel pequeño escondite, nuestras miradas se cruzaron, y justo en aquel instante, el abanico, casi como por accidente, le golpeó la frente.
Comprendí enseguida su advertencia: «Cuidado. Nos vigilan». El lenguaje del abanico había sido inventado por jóvenes amantes con el objetivo de poder cortejarse en presencia de las carabinas, y aunque yo nunca había tenido un pretendiente —ni esperaba tener ninguno—, en aquellos días inocentes de mi infancia en Ferndell Hall y bajo la irónica tutela de mi madre, me había entretenido observando cómo lo hacían.
Sin hacer ninguna seña, me limité a suspirar como si estuviera acalorada o cansada, alcancé un gran bolsillo situado debajo de la parte frontal de los adornos de mi vestido y saqué mi abanico, que llevaba conmigo con el propósito de refrescarme, no para flirtear o por elegancia. Era de batista marrón, sencillo pero con gusto, y lo abrí lo suficiente —más de la mitad— para indicar amistad.
Mientras tanto, la señorona que había entrado en los baños propiamente dichos regresó, y la otra se incorporó para hacer lo propio. Lady Cecily aprovechó aquel instante de distracción para empezar a mover el abanico con un aleteo frenético, en una clara señal de inquietud y angustia.
Dejé que mi abanico descansara en mi mejilla derecha durante un momento: «Sí». Le estaba diciendo que lo había entendido; algo no iba bien.
—Utiliza la mano derecha —espetó la señorona que en aquel instante tomaba asiento—. Y guarda ese estúpido trasto.
Aunque Lady Cecily se quedó helada, inmóvil, no obedeció.
—He dicho que lo guardes —le dijo su... ¿captora? Aquel parecía ser el papel de la señorona.
—No. Me divierte —dijo Lady Cecily.
—¿Ah, sí? —El tono de aquella enorme mujer ya entrada en años se tornó peligroso, pero entonces se suavizó—: Oh, muy bien, desafíame..., pero solo lo harás en esto.
La señorona, en lugar de alzar la voz, la moderó y continuó hablando con determinación, pero también con tanta calma que no pude escuchar nada. Erguida en su asiento —el corsé en el interior del vestido ceñía al máximo su robusta cintura—, solo podía ver su perfil. Y mientras que de puertas para afuera daba la imagen de estar sentada con formalidad mientras me abanicaba, en mi interior todos los sentidos estaban alerta como si fuera un perro de caza preparado para salir tras la presa.
Al estudiar a la mujer ante mí para poder reconocerla si la veía de nuevo, me di cuenta de que sería difícil diferenciar una de la otra; a pesar de la anchura y corpulencia de sus caras, ambas tenían unos rasgos extrañamente delicados: cejas arqueadas y frágiles, narices pequeñas, labios delgados. De hecho, ambas se parecían tanto que era bastante probable que fueran hermanas, puede que incluso gemelas. El pelo de la que tenía ante mí tal vez se estaba tornando gris más rápidamente que el de la otra, o al menos el que sobresalía de un magnífico sombrero tan inclinado y recargado que incluso un puñado de violetas diente de perro asomaban por debajo de su ala.
—... incluso si nos lleva todo el día. —Su voz se elevó un poco al subir también la intensidad—. Necesitas un ajuar y tendrás un ajuar.
—No podéis obligarme a ponérmelo —dijo Lady Cecily.
—Ya veremos. Venga, vamos —dijo al ver que la otra señorona salía del baño y señalaba su disposición para marcharse con un gesto de su parasol.
Sin pronunciar palabra, Cecily se incorporó, pero, al hacerlo, sostuvo el abanico abierto delante del rostro. Aquel gesto significaba «Acércate a mí» y servía para animar a un pretendiente. Sin embargo, en aquellas circunstancias, con sus grandes ojos oscuros suplicando por encima de las plumas rosas, el abanico transmitía..., ¿el qué?
«No me abandones».
«Ayúdame».
«Con mucho gusto», pensé mientras golpeaba mi mejilla para señalar un «Sí». Pero ¿cómo?
«Rescátame».
¿De qué?
—¡Guarda de una vez ese espantoso trasto en el bolsillo!
Mientras las dos señoronas escoltaban de nuevo a Cecily hacia la puerta justo al lado de donde yo estaba abanicándome lánguidamente pero con la mente acelerada, ella se limitó a dejar caer el abanico a un costado. Lo llevaba sujeto del cordón y lo hacía girar: una señal clara de peligro. «Cuidado. Nos vigilan».
Deseaba que me comportara con discreción. Por tanto, cuando pasaron ante mí, fingí estar absorta en un horrible bodegón de marco dorado colgado de la pared de enfrente. Sin embargo, solo pensaba en cómo seguirlas, cómo descubrir dónde...
¡PUM! Un impacto sacudió el canapé en el que yo estaba sentada, y por el rabillo del ojo vi una mancha de color amarillo... Era Lady Cecily, que había tropezado a causa de su absurda falda en forma de campana, casi abalanzándose sobre mí. Al instante, sus dos escoltas, con el ceño fruncido, la pusieron en pie y la apremiaron hacia la salida sin tan siquiera disculparse.
De haber mirado en mi dirección unos segundos, habrían podido ver lo mismo que vi yo: junto a mí, sobre el canapé, se hallaba aquel peculiar abanico rosa de papel.