Marzo, 1889

«Los lunáticos carecen de sentido común —piensa la enfermera jefe—. Aunque, por otro lado, ¿no es justamente esa falta de sentido común la que deteriora sus facultades? Tomemos el ejemplo del nuevo interno: si tuviera algo de raciocinio, estaría con el resto ejercitándose al aire libre en el patio, y más en este día tan soleado y bonito, el primero en que en verdad parece primavera; seguiría las instrucciones (“¡En pie, arriba! ¡Respiren profundamente! ¡Miren hacia el cielo y contemplen las maravillas del firmamento! ¡Ahora, en marcha! ¡Pie izquierdo primero, y... un, dos, tres, cuatro!”) y le haría algo de bien, pero en lugar de eso...».

—Déjenme salir —exige por enésima vez—. ¡Soy inglés! Tratar así a un ciudadano británico es, sencillamente, intolerable.

Aunque su tono de voz denota enfado, la enfermera tiene que admitir que, al menos, no maldice. Ni siquiera lo hizo en su peor momento, cuando se enfrentó a los celadores y le produjo al director un ojo a la funerala. Tampoco lo hace ahora; solo se queja con vehemencia.

—Déjenme salir. Como súbdito leal a la corona, exijo mis derechos. ¡Sáquenme de este maldito ataúd de una vez!

—No es un ataúd, señor Kippersalt —dice la enfermera jefe con un tono de voz aburrido, pero tranquilizador, desde su silla de madera poco cómoda, tapizada por su propia amplitud mientras teje un calcetín en su regazo—. Quizás el extremo superior y el inferior se parezcan a los de un ataúd, pero sabe perfectamente que no tendría esa celosía de pequeños barrotes a los lados para que usted pueda respirar y yo, asegurarme de que no se encuentra en problemas...

—¿Que no me encuentro en problemas? —De forma inesperada, el hombre tumbado en el interior de la caja de confinamiento estalla en una carcajada. Al oír el sonido de su risa, a la enfermera jefe se le escapa un punto, frunce el ceño y deja a un lado la labor, sustituyéndola por lápiz y papel—. ¿Que no me encuentro en problemas metido dentro de este ingenio diabólico? —chilla el hombre entre aullidos y risotadas poco naturales.

—No parece estar físicamente indispuesto —responde la enfermera jefe con amable dignidad—, está tumbado sobre un catre limpio, puede cambiar de posición y mover sus manos. Le aseguro que la cuna es preferible a la camisa de fuerza.

—¡¿La «cuna»?! ¿Así es cómo se llama?

El hombre sigue riendo sin motivo alguno; la enfermera lo observa con atención, consciente de que debe tener cuidado con él: para ser un tipo tan corpulento, se mostró inesperadamente rápido y con recursos. A punto estuvo de alcanzar la valla.

Escribe fecha y hora en el historial sin apenas anotaciones del señor Kippersalt, y a continuación: «El paciente se ríe, aparentemente histérico».

Las notas precedentes señalan que el señor Kippersalt se negó en rotundo a ponerse el uniforme gris de lana cuando se llevaron sus pertenencias para guardarlas a buen recaudo; que rechaza la comida; que su orina es ligera y clara; que sus movimientos intestinales son regulares y que parece tener cuidado de su aseo personal; que no presenta deformidad alguna en la cabeza, tronco o extremidades; que demuestra cierta inteligencia y que utiliza un pañuelo.

—¿Una cuna, para quitarme mi libertad? —La risa inquietante del hombre se va aplacando. Es de mediana edad, tal vez soldado de profesión, no carece de atractivo y se atusa el bigote con sus dedos como si quisiera calmarse o pensar—. ¿Cuándo van a dejarme salir de aquí?

—Después de que lo examine el médico.

«Después de que, con toda seguridad, le administren hidrato de cloral», piensa la enfermera.

El mismísimo doctor del manicomio es un adicto al láudano y a otras sustancias similares, así que no se preocupa por los internos más allá de administrarles medicación.

—¿Médico? ¡Yo soy médico!

El lunático recién internado empieza de nuevo a aullar de risa.

La enfermera jefe escribe: «Persiste en sus delirios de grandeza».

Depositando el historial a un lado, retoma la labor. Conseguir tejer correctamente el talón de un calcetín puede llegar a ser un fastidio, pero así son las cosas cuando se está casada con el director de un manicomio: siempre hay que hacer siete cosas a la vez y sin un momento de quietud para, sencillamente, descansar el alma, ir a dar un paseo u hojear el periódico. Las enfermeras requieren tanta supervisión como los pacientes: la influencia de Florence Nightingale no ha llegado hasta aquí y en el mejor de los casos, no tienen conocimientos, eso si no han caído en algún vicio, normalmente la bebida.

La enfermera jefe suspira. Al tratar de recuperar el punto que se le ha escapado, no puede evitar que su voz muestre cierto tono ofendido.

—¿Médico? Eso no es cierto, señor Kippersalt. En su hoja de admisión consta claramente que usted es dueño de una tienda.

—¡No me llamo Kippersalt! ¡No soy la persona que usted afirma que soy! ¿Por qué nadie en este lugar infernal entiende que estoy aquí a causa de un absurdo malentendido?

La enfermera sonríe con cansancio mientras nota la mirada del hombre desde el interior de aquella caja con forma de ataúd en la que está tumbado.

—Señor Kippersalt, según mi experiencia de los últimos treinta años, es común que los pacientes crean que se ha producido un error, aunque nunca ha sido así. —¿Cómo iba a producirse, con todas aquellas considerables sumas de dinero cambiando de manos?—. Tomemos ahora el caso de caballeros como usted. Algunos han llegado aquí afirmando que son Napoleón... Es el personaje más frecuente, aunque también hemos tenido un príncipe Alberto, un sir Walter Drake y un William Shakespeare...

—¡Le estoy diciendo la pura verdad!

—... y algunas de esas pobres mentes perturbadas han llegado a curarse —continúa la enfermera ignorando la interrupción—, pero otros aún siguen aquí. ¿Es eso lo que desea, señor Kippersalt? ¿Quedarse aquí durante el resto de su vida?

—¡No me llamo Kippersalt! ¡Me llamo Watson!

Incluso a través de los barrotes de la celosía, puede ver cómo se le eriza el bigote.

—Tenemos a un Sherlock Holmes en una de las otras alas. Me pregunto si no le importaría confirmar lo que dice.

—¡Está loca! ¡Soy John Watson, doctor en medicina y escritor! Todo lo que tiene que hacer es telefonear a Scotland Yard...

¿Telefonear? Como si en aquella alejada zona al norte de Londres hubiese alguien que hubiese visto o empleado un artilugio tan moderno. Llamar a Scotland Yard... Delirios de grandeza de nuevo.

—... y preguntar por el inspector Lestrade. Él le confirmará mi identidad...

—Tonterías —murmura la enfermera—. Tonterías. —¿De verdad cree el hombre que el director realizará las pesquisas necesarias, devolverá un importe considerable y lo dejará libre? Sin duda, está desvariando—. Chist, ahora cállese.

La enfermera jefe le habla con voz queda, como si fuera un bebé al que calmar, y con aire preocupado. Si no se sosiega, todo ese ímpetu puede provocarle encefalitis. Ya han pasado dos días y el señor Kippersalt persiste en seguir vociferando los mismos disparates que cuando lo internaron. Un caso triste, indudablemente. La enfermera jefe ha tratado a muchos perturbados, pero se siente particularmente apenada por este en concreto, como si percibiera toda la bondad que podría albergar en su interior si estuviera en sus cabales.

holmes-5

Capítulo primero

No resulta fácil elegir un nuevo nombre para una misma. Supongo que es incluso más difícil que escoger el nombre de un recién nacido, puesto que, con una misma, se tiene cierto nivel confuso de intimidad, mientras que a un bebé que acaba de llegar al mundo apenas se lo conoce. Seguramente, un capricho artístico hizo que mamá me llamara Enola, que, al revés y en inglés, significa «sola».

«No pienses en mamá».

Aunque el gran moratón de mi rostro ya se había desvanecido, mis sentimientos seguían heridos. Así que permanecí en mi alojamiento durante aquel primer día soleado de marzo de 1889. Provista de lápiz y papel, me senté en el alféizar de la ventana abierta (¡qué agradable es el aire fresco, incluso el de la variedad londinense, después de un largo invierno!) y contemplé la agitada calle del East End. Una escena justo debajo de mí atrajo mi atención: un rebaño de corderos cruzaba la calle, y todo tipo de vehículos, entre los que se encontraban carromatos de carbón, carros tirados por burros y carretillas de vendedores ambulantes, habían quedado obstruidos.

A mis oídos llegaban las terribles maldiciones que los conductores se gritaban unos a otros. Algunos casacas rojas que buscaban nuevos reclutas para las filas del ejército británico y otros transeúntes observaban la escena con una sonrisa mientras un mendigo ciego guiado por un chiquillo harapiento intentaba abrirse camino entre el atasco; los golfillos callejeros se subían a las farolas para mirar y burlarse, y las mujeres con aquellos chales llenos de hollín se apresuraban hacia sus quehaceres.

A diferencia de mí, ellas, las tristemente explotadas mujeres de los suburbios tenían un lugar adonde ir.

Bajé la vista hacia el papel que tenía en el regazo y vi que había escrito:

Enola Holmes

Enérgicamente, taché mi verdadero nombre con rapidez. Era el único que no podía usar bajo ningún concepto. Como sabréis, mis hermanos Mycroft y Sherlock no deben encontrarme, obstinados como están con hacerse cargo de mí y transformarme, por medio de lecciones de canto y otras locuras similares, en un adorno para la sociedad gentil. Algo que, legalmente, podrían hacer. Quiero decir que podrían obligarme a ir a un internado. O a un convento, a un orfanato, a la Escuela de Decoración de Porcelana para señoritas o allí donde decidieran. Legalmente, Mycroft, el mayor, podría incluso encerrarme de por vida en un sanatorio para enfermos mentales. Dicho confinamiento únicamente requería la firma de dos médicos, uno de los cuales sería sin duda «el loquero», que lo único que buscaba era un cheque que le permitiera seguir dirigiendo el centro. Con aquellas firmas y la del propio Mycroft... Lo creía capaz de cualquier argucia para privarme de mi libertad.

Escribí:

Ivy Meshle

Aquel era el nombre que había utilizado durante los últimos seis meses como fugitiva, por mi cuenta. «Ivy» simbolizaba la fidelidad, «Meshle» era un juego con «Holmes» («Hol mes», «mes Hol», «Meshel»), y me gustaba.[1] Deseaba fervientemente conservarlo. Pero tenía miedo: Sherlock había descubierto que utilizaba Ivy como nombre en clave cuando me comunicaba con mamá por medio de las columnas de anuncios personales en los periódicos.

¿Qué más sabía mi astuto hermano Sherlock, quien, a diferencia del enorme e inflexible Mycroft, estaba realmente dispuesto a darme caza? ¿Qué más sabía Sherlock sobre mí? ¿Qué había averiguado en el transcurso de nuestra intermitente y anómala relación?

Escribí:

Sabe que me parezco a él.

Sabe que trepo a los árboles.

Sabe que monto en bicicleta.

Sabe que me hice pasar por una viuda.

Sabe que me hice pasar por una mujer pobre que vendía limpiaplumas.

Sabe que me disfracé de monja.

Sabe que daba comida y mantas a los pobres.

Sabe que llevo una daga oculta en mi corsé.

Sabe que he localizado a dos personas desaparecidas.

Sabe que, gracias a mí, la policía ha atrapado a dos malhechores.

Sabe que me he colado en su casa en Baker Street en dos ocasiones.

Sabe que utilizo el nombre de Ivy.

Sospecho que ahora sabe, gracias al doctor Watson, que una joven llamada Ivy Meshle trabajaba para el primer y único perditoriano científico del mundo.

Suspiré al escribir aquel último enunciado porque admiraba bastante al doctor Watson, aunque solo había coincidido con el buen médico en tres ocasiones: la primera, cuando vino a la consulta del perditoriano —un buscador profesional de personas perdidas— por el bien de su amigo Sherlock Holmes; la segunda, cuando fui a formularle una pregunta y él me dio un bromuro para el dolor de cabeza; y la tercera, cuando algo apresuradamente dejé a una dama herida a su cargo. El doctor Watson era el paradigma del caballero inglés galante y fornido, siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitara. Me caía muy bien, casi tanto como mi hermano, puesto que, pese a todo, adoraba a Sherlock, aunque solo lo conociese principalmente por las populares historias que su amigo Watson escribía sobre él y que yo leía con la misma avidez que cualquier otro ciudadano de Inglaterra.

¿Por qué, por qué aquellos que me importaban siempre parecían traerme la ruina?

Suspiré, apreté los labios y con varias líneas gruesas de lápiz taché el nombre de Ivy Meshle.

Y entonces, ¿cuál?

El hecho de tener que escoger un nuevo nombre no era lo único que me frustraba; era el problema general de qué hacer y quién ser. ¿Bajo qué identidad femenina debería esconderme a continuación? ¿La de una plebeya llamada Mary o Susan? Qué aburrido. Además, los nombres de las flores que me gustaban, como Rosemary, símbolo del recuerdo, o Violet, símbolo de la belleza escondida y de la virtud, estaban descartados, puesto que Sherlock conocía el código que utilizábamos mi madre y yo.

Tampoco podía recurrir a uno de mis segundos nombres; por supuesto, contaba con la habitual retahíla aristocrática y había sido bautizada como Enola Eudoria Hadassah Holmes. Enola E. H. Holmes. E. E. H. H. Eehh. Justo como me sentía. Hadassah era el nombre de la difunta hermana de mi padre, y Sherlock lo reconocería al instante, mientras que Eudoria era todavía peor, puesto que era el nombre de pila de mi madre.

No es que me importara hacerme llamar como mi madre.

¿O tal vez sí?

—¡Maldita sea! ¡Por Dios! —mascullé desvergonzadamente mientras escribía:

Violet Vernet

Vernet era el apellido de soltera de mi madre, y Sherlock también lo descubriría al instante. Pero ¿y si probaba al revés?

Tenrev

Bueno, no. Pero ¿y si jugaba un poco con las letras?

Netver

Never

Every

Ever

Nunca nunca en la vida.

¿Una vida de qué?

¿Una vida de soledad?

¿De abandono?

«De rebeldía —me dije a mí misma con dureza—. Una vida para seguir siendo... la que soy». Una rebelde, una soñadora y una perditoriana, que encuentra aquello que se pierde. Se me ocurrió que, si quería continuar aquel camino, para conocer las noticias que nunca llegaban a publicarse, debía tratar de encontrar trabajo en alguno de los periódicos de Fleet Street...

Casualmente, justo cuando pensaba en ello, oí los pasos de tortuga de mi casera subiendo las escaleras.

—¡Los perióóódicos, señorita Meshleee! —gritó incluso antes de haber alcanzado el rellano. Como estaba sorda como una tapia, la señora Tupper creía necesario hacer mucho ruido.

Me incorporé, crucé la habitación y lancé todo lo que había escrito a las llamas justo en el momento en que ella golpeaba la puerta con suficiente fuerza como para cascar nueces.

—¡Los perióóódicos, señorita Meshleeee! —me gritó a la cara cuando le abrí.

—Gracias, señora Tupper. —Evidentemente, no podía oírme, pero sí podía ver cómo se movían mis labios en lo que confié que se asemejara a una sonrisa mientras tomaba el fardo de diarios de sus manos.

Sin embargo, no se retiró inmediatamente. Al contrario, enderezó su figura menuda y encorvada lo más que pudo y clavó sus ojos acuosos en mí.

—Señorita Meshle —declaró con el atrevimiento de alguien que ha decidido llevar a cabo un deber moral—, no es bueno para usted encerrarse así. Sea lo que sea que haya pasado, cosa que no es de mi incumbencia, no sirve de nada quedarse entre cuatro paredes. Afuera hace muy buen día, luce el sol y el tiempo ya empieza a ser primaveral. ¿Por qué no se pone su bonete y sale a dar un paseo, al menos...?

Creo que dijo algo por el estilo. Yo apenas la escuchaba, y siento decir que le cerré la puerta en las narices. Mi mirada había quedado atrapada en el titular de la portada del Daily Telegraph y no se movía de allí.

En él se decía:

EL COLEGA DE SHERLOCK HOLMES DESAPARECE MISTERIOSAMENTE. EL DOCTOR WATSON EN PARADERO DESCONOCIDO.