
SEIS SEMANAS DESPUÉS
Beatrice nunca había visto el palacio sumido en tanto silencio.
Por lo general sus pasillos eran un hervidero de actividad: mayordomos dándoles órdenes a los criados, guías turísticos aleccionando a grupos de estudiantes, embajadores o ministros tras la pista del lord chambelán para implorar audiencia con el rey.
Ese día todo estaba en calma. Las fundas para el polvo que recubrían los muebles emitían un resplandor espectral en la penumbra. Incluso la multitud que solía agolparse ante las puertas principales se había disuelto, y el lugar había quedado abandonado, como una isla desierta en medio de un mar de aceras vacías y césped pisoteado.
Beatrice oyó que su madre se apeaba del coche a su espalda. Sam y Jeff habían decidido quedarse otra noche en la casa de campo. Cuando eran más jóvenes, los tres hermanos acostumbraban a ir juntos allí (en un SUV oscuro, viendo películas en el televisor desplegable), pero Beatrice ya no podía viajar con su hermana. Por razones de seguridad, se desaconsejaba que la monarca y la primera en la línea de sucesión al trono estuvieran juntas en el mismo vehículo.
Solo había cruzado la mitad del recibidor cuando se le enganchó el tacón en una alfombra antigua. Tropezó... y una mano firme apareció de la nada para sujetarla.
Al levantar la cabeza, Beatrice vio los fríos ojos grises de su guardia de honor, Connor Markham.
—¿Estás bien, Bee?
Sabía que debería regañarlo por utilizar ese apelativo cariñoso en vez de su título, sobre todo en público, donde cualquiera podría oírlo, pero a Beatrice le costaba pensar con claridad con la mano de Connor sobre la de ella. Después de todas esas semanas de distanciamiento, el contacto era una chispa que desencadenaba una llamarada feroz por sus venas.
Resonó el eco de unas voces en el pasillo. Connor frunció el ceño, pero dio un rápido paso atrás justo cuando dos lacayos doblaban la esquina acompañados por un hombre de rasgos sombríos y pelo entrecano: Robert Standish, antiguo lord chambelán del padre de Beatrice, y ahora de ella.
El hombre hizo una reverencia formal.
—Disculpas, majestad. No os esperábamos hasta mañana.
Beatrice intentó no dar un respingo al oír su título. Seguía sin acostumbrarse a que por «majestad» se refirieran a ella.
Los criados empezaron a ir de una habitación a otra, retirando las fundas para el polvo y acumulándolas en una pila. El palacio cobró vida conforme las ornamentadas mesas de centro y las delicadas lámparas de bronce quedaban al descubierto.
—He decidido adelantar mi regreso. Es solo que... —Beatrice se interrumpió antes de decir «es solo que necesitaba alejarme de todo». Ese último mes en Sulgrave, la casa de campo de los Washington, se suponía que iba a ser una escapada. Pero incluso rodeada por toda su familia, se había sentido sola. Y exhausta.
Todas las noches Beatrice procuraba aguantar despierta tanto tiempo como le era posible, porque los sueños volvían en cuanto se quedaba dormida. Unos sueños retorcidos y horribles en los que tenía que ver morir a su padre una y otra vez, sabiendo que ella tenía la culpa.
La culpa de que su padre hubiese muerto era suya. Si no le hubiera gritado aquella noche, si no hubiera amenazado con casarse con su guardia de honor y renunciar al cargo de reina, quizás el rey George todavía siguiera con vida.
Beatrice se mordió los labios para reprimir un suspiro. Sabía que no debería pensar así. De lo contrario su mente se hundiría como una piedra, sumergiéndose cada vez más en un pozo de pesadumbre sin fondo.
—Majestad. —Robert miró de reojo a la tableta que portaba siempre con él—. Me gustaría tratar unos cuantos asuntos con vos. ¿Queréis que vayamos a vuestro despacho?
Beatrice tardó unos instantes en comprender que se refería al antiguo despacho de su padre. Que ahora se había convertido en el suyo.
—No —replicó con cierta aspereza. No estaba lista para enfrentarse a esa habitación y a todos los recuerdos atrapados en ella—. ¿Por qué no hablamos aquí? —añadió, indicando una de las salas de estar con un gesto.
—Muy bien. —Robert entró detrás de ella y cerró las puertas de doble hoja tras ellos, dejando a Connor en el pasillo.
Mientras se acomodaba en el diván con rayas verdes, Beatrice echó una rápida ojeada a las tres ventanas mirador que daban al camino de acceso principal. Un tic nervioso adquirido a la muerte de su padre, inspeccionar las ventanas de todas las habitaciones en las que entraba. Como si la iluminación natural pudiera ayudarla a sentirse ligeramente menos asfixiada.
O como si estuviera buscando una vía de escape.
—Majestad, vuestro calendario para la semana que viene. —Robert le tendió una hoja de papel estampada con el escudo real.
—Gracias, lord Standish —dijo Beatrice, e hizo una pausa. Siempre se había dirigido a él por su título completo, desde que lo conoció siendo una adolescente, pero ahora...—. ¿Puedo llamarte Robert?
—Sería un honor —respondió él obsequiosamente.
—En tal caso, tú deberías empezar a llamarme Beatrice.
El chambelán jadeó con voz ronca.
—Oh, no, majestad. Jamás osaría hacer algo así. Y os sugiero —añadió— que no volváis a hacerle una oferta parecida a nadie, sobre todo si esa persona trabaja a vuestro servicio. Sencillamente, no es apropiado.
Beatrice detestaba sentirse reprendida como una colegiala, como si volviera a tener siete años y su maestro de etiqueta acabara de golpearle los nudillos con una regla en castigo por una reverencia mal ejecutada. Se obligó a estudiar el papel que tenía en el regazo, tan solo para levantar la cabeza casi de inmediato, desconcertada.
—¿Dónde está el resto de mi calendario?
Los únicos eventos enumerados eran apariciones en público de escasa importancia: un paseo por la naturaleza fuera de la capital, en compañía de un grupo de ecologistas, y un encuentro con las chicas exploradoras de la zona; el tipo de actividades positivas para su imagen pública que Beatrice solía desempeñar cuando todavía era la heredera al trono—. Debería reunirme con todos los líderes políticos del congreso. ¿Y por qué no hay ninguna reunión del gabinete prevista para el jueves?
—No es preciso que abordéis todas esas situaciones de inmediato —respondió Robert, con tacto—. Habéis permanecido en la sombra desde el entierro. En estos momentos, lo que el pueblo necesita de vos es que lo tranquilicéis.
Beatrice combatió una sensación de desasosiego. La monarca debía gobernar, no ir por ahí repartiendo apretones de manos como si fuese la mascota de América. Para eso estaba la heredera al trono.
Pero ¿qué podía decir? Todo lo que sabía de este papel se lo había enseñado su padre. Ahora él ya no estaba, y la única persona que quedaba para aconsejarla era Robert, su mano derecha.
El chambelán sacudió la cabeza.
—Además, seguro que queréis dedicar los próximos meses a vuestros preparativos de boda.
Beatrice intentó hablar, pero su garganta parecía haberse cerrado herméticamente.
Seguía estando prometida con Theodore Eaton, el hijo del duque de Boston. Desde hacía ya un mes, sin embargo, cada vez que empezaba a pensar en Teddy su mente cambiaba bruscamente de rumbo. «Lo solucionaré cuando vuelva —se había prometido a sí misma—. Ahora no puedo hacer nada al respecto».
Qué fácil había sido permitirse olvidar a Teddy en Sulgrave. Ningún miembro de su familia había hablado de él. No habían hablado de gran cosa, en realidad, ensimismados como estaban todos en su propio proceso de duelo.
—Preferiría no concentrarme todavía en la boda —dijo por fin, incapaz de disimular la tensión en su voz.
—Majestad, si empezamos a planear ahora la ceremonia, podremos celebrarla en junio —replicó el chambelán—. Luego, después de vuestra luna de miel, podréis dedicar el resto del verano al tour que establece el protocolo para los recién casados de la familia real.
«Será mejor contar la verdad cuanto antes», pensó Beatrice, y se armó de valor.
—No vamos a casarnos.
—¿A qué os referís, majestad? —preguntó Robert, con los labios fruncidos por la confusión—. ¿Ha ocurrido... algo entre su ilustrísima y vos? —Al ver que Beatrice inspiraba una temblorosa bocanada de aire, lord Standish levantó las manos en un gesto de conciliación—. Os ruego que me disculpéis si estoy siendo indiscreto. Necesito conocer la verdad para desempeñar correctamente mi labor.
Connor todavía estaba en el pasillo, vigilando la puerta. Beatrice podía imaginárselo congelado en la pose de la Guardia de Honor, con los pies plantados con firmeza en el suelo y una mano cerca de su arma enfundada. Se preguntó, con una punzada de pánico, si podría oírlos a través de las recias hojas de madera.
Abrió la boca, dispuesta a hablarle a Robert de Connor. No debería ser tan difícil; ya había tenido esa misma conversación con su padre (había irrumpido en su estudio para informarle de que estaba enamorada de su guardia de honor) la noche de su fiesta de compromiso con Teddy. ¿Qué le impedía decir ahora lo mismo?
«Necesito conocer la verdad», había insistido Robert. Solo que..., ¿cuál era la verdad?
Beatrice ya no lo sabía. Sus sentimientos por Connor se habían embrollado con sus sentimientos por todo lo demás, formando una dolorosa e inextricable madeja de deseo, arrepentimiento y pesar.
—Había aceptado casarme mientras mi padre estuviera con vida —consiguió decir—, porque quería ser él quien me llevara al altar. Ahora que yo soy la reina, sin embargo, no hay necesidad de precipitar los acontecimientos.
Robert sacudió la cabeza.
—Majestad, precisamente porque ahora vos sois la reina, mi consejo es que os caséis lo antes posible. Sois el símbolo vivo de América y su futuro. Además, dada la situación actual...
—¿«La situación actual»?
—Este es un periodo de transición e incertidumbre. La nación no se ha recuperado del fallecimiento de vuestro padre con la facilidad que cabría esperar. —El tono de Robert carecía de inflexión y emoción—. El mercado de valores ha sufrido un mazazo. El congreso está en punto muerto. Varios embajadores extranjeros han presentado su dimisión. Pocos —añadió al ver la cara que ponía Beatrice—. Pero una boda representaría una ocasión única para el reencuentro, para reunificar a todo el país.
Beatrice entendía el mensaje implícito que se ocultaba bajo esas palabras. Ahora era la reina de América..., y América tenía miedo.
Era demasiado joven, estaba demasiado verde. Y, lo peor de todo, era una mujer. Intentando dirigir un país en el que hasta entonces solo habían gobernado los hombres.
Si había inestabilidad en América en esos momentos, la responsable era ella.
Antes de poder replicar, las puertas dobles de la habitación se abrieron de súbito.
—¡Beatrice! Aquí te habías metido.
Su madre estaba en el umbral. Se veía elegante incluso con la ropa de viaje (pantalones azul marino ceñidos y un jersey azul celeste), aunque las prendas le quedaban más holgadas de lo habitual. El dolor pesaba sobre sus hombros como una manta mojada.
La reina Adelaide titubeó al reparar en la presencia de Robert.
—Perdón, no quería interrumpir.
El chambelán se puso de pie.
—Majestad, por favor, sentaos con nosotros. Estábamos hablando de la boda.
Adelaide se volvió hacia Beatrice y, con una nueva calidez en la voz, preguntó:
—¿Teddy y tú ya habéis fijado una fecha?
—Lo cierto es que... no sé si estoy preparada para casarme. —Beatrice le lanzó una mirada suplicante a su madre—. Me parece demasiado precipitado. ¿No crees que deberíamos esperar hasta que hayamos tenido tiempo para llorar su muerte?
—Ay, Beatrice. —Su madre se hundió en el diván con un hondo suspiro—. Nunca dejaremos de llorar su muerte y lo sabes —dijo en voz baja—. Quizá nos duela menos con el paso del tiempo, pero eso no significa que vayamos a dejar de lamentar su pérdida. Sencillamente se nos dará un poquito mejor soportarla.
Robert asintió vigorosamente con la cabeza al otro lado de la habitación. Beatrice intentó ignorarlo.
—A todos nos vendría bien tener un motivo de alegría, de celebración, en estos momentos. No hablo solo de América, sino de nuestra familia. —Los ojos de Adelaide brillaban de anhelo. Había querido a su marido con toda su alma, y ahora que él ya no estaba, parecía haber volcado toda esa emoción en Beatrice, como si la historia de amor entre esta y Teddy fuese la única fuente de esperanza que le quedara.
—Necesitamos esta boda ahora más que nunca —apostilló el chambelán.
Beatrice los observó de soslayo, abatida.
—Lo entiendo, pero..., quiero decir..., Teddy y yo no hace tanto tiempo que nos conocemos.
La reina Adelaide se rebulló en su asiento.
—Beatrice. ¿No estarás arrepintiéndote de haber accedido a casarte con Teddy?
Beatrice bajó la mirada al anillo de compromiso que llevaba en la mano izquierda. Llevaba todo el mes sin quitárselo, más por inercia que por otra cosa. No le había parecido apropiado cuando Teddy se lo regaló, pero en algún momento debía de haberse acostumbrado a su presencia. Lo que demostraba que, con el tiempo, una era capaz de acostumbrarse literalmente a todo.
La alianza era preciosa, un diamante solitario engastado en un anillo de oro blanco. Había pertenecido originalmente a la reina Thérèse, hacía más de cien años, aunque estaba bruñido con tanta pericia que el resplandor de su superficie ocultaba cualquier desperfecto.
Como ocurría con la misma Beatrice.
Se dio cuenta de que Robert y su madre estaban esperando una respuesta.
—Es que..., echo de menos a papá.
—Ay, cariño. Ya lo sé. —Una lágrima se deslizó por la mejilla de su madre, dejando una estela de maquillaje corrido.
La reina Adelaide no lloraba nunca; no en público, al menos. Incluso durante el funeral había disimulado sus emociones tras una pálida fachada de resuelto estoicismo. Siempre le había dicho a Beatrice que las lágrimas de una reina debían derramarse en privado, para poder ser una fuente de fortaleza cuando llegara el momento de dirigirse a la nación. La aparición de esa lágrima era tan surrealista y sorprendente como si una de las estatuas de mármol de los jardines de palacio hubiera empezado a llorar.
Beatrice tampoco había sido capaz de llorar desde que murió su padre.
Quería llorar. Sabía que era antinatural, pero una parte de ella daba la impresión de haber sufrido una fractura irreparable, y sus ojos sencillamente se negaban a formar lágrimas.
Adelaide rodeó a su hija con un brazo para atraerla hacia ella. Beatrice apoyó la cabeza instintivamente en el hombro de su madre, como hacía cuando era pequeña. Sin embargo, no la consoló como antes.
De súbito, lo único que podía percibir era lo frágiles que parecían los huesos de su madre bajo el jersey de cachemira. La reina Adelaide estaba temblando a causa del dolor reprimido. Parecía tan frágil... y, por primera vez que Beatrice recordara, parecía mayor.
Lo que quedaba de la resolución de Beatrice se desmoronó.
Intentó, por última vez, imaginarse hablando con Connor: diciéndole que aún lo quería, que quería escapar de su vida y estar con él, sin importarle las consecuencias. Pero no lo consiguió. Era como si el futuro que había soñado hubiera muerto junto con su padre.
O quizás hubiera muerto con la antigua Beatrice, la que solo era una princesa, no una reina.
—De acuerdo —murmuró—. Hablaré con Teddy.
Podía hacerlo, por su familia y por su país. Podía casarse con Teddy y proporcionarle a América el romance de cuento de hadas que tan desesperadamente necesitaba el país.
Podía despedirse de la niña que había sido y darle la bienvenida a la reina Beatrice.

Nina Gonzalez se tensó al retirar un bloque de madera de la torre, cada vez más inestable. Todos contuvieron el aliento alrededor de la mesa. Con extraordinario cuidado, colocó la tablilla de jenga en lo alto de la improvisada estructura.
Sin saber muy bien cómo, aguantó.
—¡Sí! —Nina levantó las manos y lanzó un grito victorioso... pero entonces un par de bloques se escaparon del montón y cayeron repiqueteando en la mesa—. Me parece que he hablado demasiado pronto —se corrigió con una carcajada.
Rachel Greenbaum, que vivía en el mismo pasillo que Nina, barrió las tablillas caídas en su dirección.
—Mira, te ha salido BUSCA UN SOMBRERO y EL TANGO DE LA PRISIÓN.
Estaban jugando al Party Jenga, tan popular en King’s College, con las piezas garabateadas con rotulador. Era idéntico al jenga normal, solo que cada tablilla contenía una orden distinta (CHUPITOS DE SKI, KARAOKE, DEDOS DE MANTEQUILLA) y todos los jugadores debían seguir las reglas escritas en las piezas que se les cayeran. Cuando Nina preguntó cuántos años tenía ese juego de jenga, nadie supo decírselo.
Era el último fin de semana de las vacaciones de primavera y los amigos de Nina habían quedado en Ogden, la cafetería que había debajo del edificio de Bellas Artes. Por su ubicación atraía sobre todo a la gente de teatro, algo que siempre había sorprendido a Nina, porque en Ogden se servían galletas gratis con la consumición.
—BUSCA UN SOMBRERO es fácil. Basta con que te pongas cualquier cosa en la cabeza —explicó su otra amiga, Leila Taghdisi. Nina dobló obedientemente una servilleta de papel hasta formar un triangulito y se lo colocó en la cabeza—. En cuanto al TANGO DE LA PRISIÓN, tienes que dejar el móvil a la vista de todos hasta que termine la partida para que podamos leer tus mensajes de texto.
Leila le lanzó una mirada de disculpas a Nina. Todas sus amigas sabían lo celosa que era de su intimidad; de su intimidad y de su relación con la familia real.
Pero Nina había decidido que ese semestre sería normal. Así que, como cualquier otra universitaria normal, sacó el teléfono y lo dejó encima de la mesa.
Rachel suspiró.
—No me puedo creer que el lunes se reanuden las clases. No estoy preparada.
—Pues no sé, a mí me alegra haber vuelto. —Lo cierto era que Nina estaba entusiasmada ahora que podía pasear por el campus sin preocuparse de que la siguieran los paparazzi. Seguía captando algún que otro susurro, todavía pillaba ocasionalmente a los otros alumnos observándola durante un instante de más, con el ceño fruncido por la confusión, como si la hubieran visto antes pero no lograran recordar dónde.
Sin embargo, era una mejoría considerable en comparación con la pesadilla que había vivido a principios de curso, cuando salía con el príncipe Jefferson.
La gente tenía memoria de pez para ese tipo de cosas. Y después de la devastadora noticia de la muerte del rey, la breve relación de Nina con Jeff era la menor de las preocupaciones para una población desconsolada. Para el inmenso alivio de Nina, estaba claro que el mundo se había olvidado de ella.
—A mí no. Ojalá pudiera haberme quedado en Virginia Beach para siempre —comentó Leila—. Si siguiéramos allí todavía, ahora mismo estaríamos en la arena, contemplando la puesta de sol y devorando el adictivo guacamole de Nina.
—Es la receta de mi mamá. El secreto está en el ajo —explicó Nina.
Se alegraba de que Rachel la hubiera arrastrado a ese viaje. No se parecía en nada a las vacaciones que había conocido como invitada de los Washington: habían alquilado una casa decrépita, sin aire acondicionado, y había tenido que dormir en el sofá de la sala de estar. Sin embargo, le había encantado. Estar allí sentada con las otras chicas de su pasillo, bebiendo cerveza barata y contando historias alrededor de una fogata en la playa, le había parecido infinitamente más satisfactorio que cualquier viaje real de cinco estrellas.
—Yo no os puedo ofrecer guacamole, por desgracia. —Jayne, otra de sus amigas, salió de la cocina de la cafetería sosteniendo una bandeja con las manos enfundadas en guantes para el horno—. Pero a lo mejor esto os sirve de consolación.
Las tres muchachas se abalanzaron de inmediato sobre las galletas.
—¿Te he dicho ya cuánto me alegro de que trabajes aquí? —preguntó Nina.
—¿En vez de contigo en la biblioteca? —Jayne y Nina formaban parte del mismo programa de trabajo y estudio, el cual requería que desempeñasen una actividad laboral en el campus a cambio de las becas que les habían concedido.
—En la biblioteca nadie podría apreciar tu talento para la repostería. Están deliciosas —replicó Nina con la boca llena. Su mamá la habría regañado, pero ahora no estaba en casa. Y tampoco en ninguna de esas estiradas galas reales.
Jayne dejó las galletas encima del mostrador antes de coger una silla. No se molestó en quitarse el delantal oficial de la universidad, estampado con la mascota de King’s College: un caballero medieval con un reluciente yelmo plateado.
—Esa soy yo, la chef gourmet de las galletitas.
El teléfono de Nina, todavía en el centro de la mesa, se iluminó al recibir un nuevo mensaje de texto. Rachel se apresuró a cogerlo y lo deslizó en dirección a su amiga.
—De momento, tus mensajes son siempre un rollo.
Era la mamá de Nina. «¿Te animarás a venir a cenar algún día de estos? ¡Haré paella!».
Las madres de Nina, Isabella y Julie, vivían en una casa adosada de ladrillo rojo a escasos kilómetros de distancia. Era una residencia de gracia y favor: una propiedad que pertenecía a la familia real y se concedía libre de alquiler a quienes les servían. En este caso la mamá de Nina, Isabella, que había sido chambelán del difunto monarca antes de ocupar su actual cargo como secretaria del Tesoro. Nina se esforzaba para que no la molestara el hecho de que el hogar donde se había criado perteneciera ahora a la familia de Sam, la familia de Jeff.
Había pasado mucho tiempo en esa casa tras su ruptura con Jeff. Era tan reconfortante disfrutar de los platos de sus madres y dormir en la cama de su niñez... Evitar las inquisitivas miradas de sus compañeros de campus.
Pero ahora tenía más amigos, se había labrado un lugar para ella. Ya no sentía esa desesperada necesidad de escapar.
«Gracias, mamá, pero por ahora voy a quedarme en el campus —escribió a modo de respuesta—. ¡Te quiero!».
Rachel recogió las migas con una servilleta.
—La próxima vez deberíamos traer una botella de vino para tomar algo mientras jugamos.
—Ya sabes que no puedo beber estando de servicio —protestó Jayne.
—No te pueden pillar bebiendo mientras estés de servicio. No es lo mismo —replicó Rachel con una sonrisita traviesa. Todas se rieron.
Reanudaron el juego. La torre de jenga era cada vez más alta y peligrosamente inestable. Rachel sacó una tablilla en la que ponía «CASTING» EN EL EXTRANJERO, lo que aparentemente significaba que debía hablar con acento hasta terminar la partida. No se dejó amilanar y empezó a contarles una historia sobre un chico al que había conocido hacía poco, adoptando un acento entre europeo oriental y francés.
Nina estiró los brazos sobre la cabeza. Se sentía perezosa y placenteramente cansada.
—Total, que me mandó un mensaje para preguntarme si quería salir con él —estaba diciendo Rachel.
—¡Ese acento! —la reprendió Jayne.
—Con perdón —se corrigió Rachel, con el acento cockney más atroz que Nina hubiera oído en su vida—. En fin, chicas, ¿creéis que debería decirle que sí?
Les enseñó el móvil, cuya carcasa de plástico estaba cubierta de dibujitos de piñas. Las otras chicas se inclinaron obedientemente hacia delante para estudiar la foto de perfil: una imagen artística en blanco y negro de un chico con el labio perforado por lo menos en seis sitios distintos.
—Parece muy distinto de Logan —se aventuró a decir Nina, mencionando al exnovio de Rachel.
—¡Exacto! —A Rachel se le había vuelto a olvidar el acento, pero esta vez no la regañó nadie—. Eso es lo que busco ahora mismo, algo distinto. Seguro que tú me entiendes, después de lo que ha pasado con Jeff.
Nina se tensó, aunque una parte de ella aceptaba a regañadientes la verdad que entrañaban las palabras de Rachel.
Había conocido a los mellizos reales hacía más de una década, cuando su mamá empezó a trabajar como chambelán del rey. La princesa Samantha y ella habían sido amigas inseparables desde entonces, tan unidas como hermanas.
El año anterior, sin embargo, Nina había empezado a verse en secreto con el hermano de Sam. Todo iba tan bien cuando estaban solos los dos... Pero cuando el resto del mundo se enteró, se había convertido en el blanco de las críticas de todo el país.
Eso era lo malo de la nobleza: polarizaba las opiniones como un imán. Durante años Nina había visto a la gente juzgar a Sam sin conocerla siquiera, decidiendo instantáneamente si la odiaban o la adoraban, si no querían tener nada que ver con ella o si pensaban utilizarla para lograr sus propios objetivos.
Cuando Nina salía con Jeff, había ocurrido lo mismo con ella.
Había intentado ignorar los desagradables comentarios online y las provocaciones de los paparazzi. Se había dicho que podía soportar lo que fuera, que Jeff merecía la pena. Hasta que la exnovia del príncipe, Daphne, se encaró con Nina y reveló que ella había orquestado el abuso: había contratado un fotógrafo para que se apostara frente a la habitación de la residencia de estudiantes de Nina y vendiera a los tabloides su relación con el príncipe.
Cuando Nina intentó hablar de ello con Jeff, este se había puesto de parte de Daphne.
Solo lo había visto una vez desde que rompieron, al otro lado de la habitación en el funeral del monarca. Después los Washington se habían marchado a Sulgrave, y Nina había terminado las clases de invierno y se había ido a Virginia Beach para intentar valientemente borrar a Jeff de sus pensamientos. Aunque no era nada fácil olvidar a tu ex cuando este era el hermano de tu mejor amiga..., además del hombre más famoso de todo el país.
—Lo siento, Nina —continuó Rachel—, pero a las dos nos vendría bien diversificar y distanciarnos de los grupos de las fraternidades. ¡Piensa en todas las clases de chicos que ni siquiera hemos empezado a explorar todavía! Músicos, alumnos de último año...
Lanzó una mirada implorante a las demás chicas, que se apresuraron a intervenir.
—Esos profesores de apoyo tan guapos que vienen en bici desde la residencia para graduados —ofreció Leila.
—¡O los escritores! —exclamó Jayne—. Como esos que conocerás en clase de periodismo.
—No voy a estudiar periodismo para conocer chicos —les recordó Nina.
—Por supuesto que no —dijo rápidamente Rachel—. Vas a estudiar periodismo para que yo pueda conocer chicos.
Nina resopló.
—Vale —claudicó—. Intentaré «diversificar», signifique eso lo que signifique.
—Lo único que digo es que deberías dejarte ver más, acompañarnos a alguna fiesta de vez en cuando. Venga ya, Nina —le suplicó su amiga—. Tu nuevo look es demasiado espectacular para malgastarlo en la biblioteca.
Nina se atusó las puntas del pelo, corto desde hacía muy poco tiempo, aunque ya le llegaba casi a los hombros. Sentía la cabeza curiosamente despejada sin el peso de todos esos mechones. Se había dejado llevar por un impulso tras la ruptura: necesitaba un cambio desesperadamente, y ese era el más drástico que se le había ocurrido sin tener que recurrir a hacerse otro tatuaje.
Ahora, cuando se miraba en el espejo, Nina encontraba una nueva y sorprendente versión de sí misma. Los huesos de su cara se habían vuelto más prominentes, sus ojos castaños brillaban más intensos que antes. Parecía mayor, más fuerte.
La Nina que se había pasado años bebiendo los vientos por Jefferson (que se había transformado en alguien irreconocible en su intento por ganarse la aceptación popular como novia de la realeza) había desaparecido. Y esta Nina renovada, más valiente, sabía que no merecía la pena dejarse partir el corazón por nadie. Ni siquiera por un príncipe.
Cuando su móvil zumbó con una llamada entrante, Nina dio por sentado que sería una de sus madres, hasta que echó un vistazo a la pantalla y vio el nombre de Samantha. Se apresuró a ocultar el teléfono sobre su regazo.
Rachel la miró.
—¿Va todo bien?
—Lo siento, tengo que contestar. —Nina se levantó, se puso la chaqueta vaquera y salió por la puerta de doble hoja de la cafetería—. Sam. ¿Cómo estás?
Hizo una mueca inmediatamente ante la pregunta. Sam solo podía estar de una manera, por supuesto; estaba de luto.
—Cansada. Lista para ir a casa. —El tono de la princesa era normal (valiente, incluso), pero Nina la conocía lo suficiente como para detectar la emoción que se ocultaba tras él. Sam distaba de ser tan dura como pretendía.
—¿Cuándo vuelves? —preguntó Nina, sujetando el teléfono con el hombro.
—Estamos en camino, de hecho.
Nina odió cómo se fijaba su mente en ese plural. Se imaginó a Jeff sentado junto a su hermana melliza, escuchando a medias la conversación de Sam.
—Jeff está aquí, pero se ha quedado dormido —añadió Sam, leyéndole el pensamiento a su amiga—. Con los cascos puestos.
—Me..., vale. De acuerdo.
Era doloroso pensar en Jeff: un dolor sordo y persistente, como si Nina estuviera presionando sobre una magulladura que aún no se había curado. Las cosas habían terminado tan bruscamente entre ellos... Tan pronto estaban en el salón de baile del palacio, envueltos el uno en los brazos del otro, como sin darse cuenta, y esa misma noche su relación sencillamente se había acabado.
A una parte de Nina le gustaría odiarlo: por permitir que Daphne los separara, por dejar que su relación se desmoronara en vez de luchar por ella. Aunque no podía estar así de enfadada con un chico que acababa de perder a su padre. Desearía reunir el valor necesario para preguntarle a Sam cómo estaba Jeff, pero no se sentía capaz de pronunciar su nombre.
Se oyó un ruidito al otro lado de la línea.
—Vamos, Nina, cuéntamelo todo. ¿Qué ha sido de ti desde...? —Sam se interrumpió antes de decir «desde que murió mi padre»—. Desde la última vez que te vi —se corrigió.
Ambas sabían que esa no era la dinámica habitual de su relación. Normalmente era Sam la que no paraba de hablar: debatiendo, teorizando y contando historias a su enrevesada manera, lo cual siempre era más satisfactorio que si las hubiera contado directamente desde el principio hasta el final. Pero ese día Sam necesitaba que fuese Nina la que llenara el silencio.
Nina tenía el corazón en un puño. Cuando alguien sufría de esa manera, una no podía hacer nada para arreglarlo. Solo podías intentar compartir su congoja.
Pese a todo, carraspeó y probó a imprimirle un tono más animado a su voz.
—¿Te había dicho que me he cortado el pelo?
Sam jadeó.
—¿Cuántos centímetros?
—Te mando una foto —le aseguró Nina—. Y acabo de volver de las vacaciones de primavera, he hecho un viaje con unas amigas de la residencia. Te habría encantado, Sam. Hemos recorrido la costa en kayak, y encontré un tiki bar en el que servían bebidas heladas a mitad de precio...
Se sentó en un banco mientras hablaba. Varios estudiantes pasaron frente a ella, camino de los dormitorios o de la Cuchara Rota, donde habrían quedado con sus amigos para comprar un helado.
—Nina —dijo por fin Sam, con una vacilación impropia de ella—, me preguntaba... ¿Te gustaría acompañarme mañana al Real Descenso del Potomac?
Nina se quedó inmóvil, con el corazón martilleando en el pecho. Sabiendo exactamente lo que significaba ese silencio, Sam se apresuró a explicarle:
—Lo entiendo si no quieres estar cerca de Jeff. Es solo que se trata de mi primera aparición en público desde... —Hizo una pausa antes de obligarse a seguir—. Desde el entierro de mi padre, y significaría mucho para mí que estuvieras allí.
¿Cómo podría negarse Nina a una petición semejante?
—Estaré allí, por supuesto —le prometió.
Y así de fácil, pensó con una mezcla de cansancio y resignación, era sumergirse de nuevo en el mundo de su mejor amiga..., el mundo de la realeza de América..., como si no hubiera pasado nada.

A Daphne Deighton nunca le había gustado el Real Descenso del Potomac. Las carreras eran tan escandalosas, tan irremediablemente vulgares... Aunque, por otra parte, ¿qué cabía esperar de un evento público gratuito?
Miles de personas se habían dado cita a lo largo del río, transformando sus orillas en un festival de vivos colores. Las familias hacían pícnic sobre toallas de playa, chicas con gafas de sol posaban para fotos que se apresuraban a subir a internet... Tras los bares dispersos que servían julepes de menta se habían formado unas colas interminables. Los bares se quedaban inevitablemente sin hielo en cuestión de horas, pero la gente seguía haciendo cola para comprar bourbon caliente con unos pocos trocitos arrugados de menta.
Por suerte, Daphne nunca se aventuraba en esos tramos del río. El Real Descenso del Potomac tenía otra cara, una donde todavía se respetaba cierta noción de jerarquía y exclusividad. Al fin y al cabo, la gente realmente importante no iba a ver las carreras desde una sucia manta de pícnic.
Cerca de los coloridos banderines de la línea de meta, tras barreras de cuerda y agentes de seguridad con cara de pocos amigos, se alzaban las gigantescas tiendas de campaña blancas de los recintos privados: respaldados al fondo del todo por el mismísimo Recinto Real, abierto exclusivamente a la familia Washington y sus invitados.
A diferencia de las otras tiendas, donde los aristócratas menos prominentes y la gente de negocios deambulaba con etiquetas de plástico con su nombre, en el Recinto Real nadie las necesitaba. Se daba por sentado que, si estabas allí, debías de ser alguien con cuyo nombre merecía la pena estar familiarizado.
Y Daphne los conocía a todos. Podía trazar el tortuoso laberinto genealógico de la familia Washington, que se extendía por todo el planeta. Seguro que nadie más era capaz de distinguir a la princesa heredera Elizabeth de los Países Bajos (prima del rey) de lady Elizabeth de Hesse (tía del monarca por parte de madre) o de la gran duquesa Elizabeth de Rumanía (sorprendentemente, sin relación alguna con él).
Eso era lo que distinguía a Daphne de todas esas otras chicas tan monas que habían puesto el punto de mira sobre el príncipe Jefferson a lo largo de los años. En su experiencia, la mayoría de ellas intentaban salir adelante en la vida confiándolo todo a su cara bonita. Carecían de luces e iniciativa, cualidades de las que Daphne andaba sobrada.
Resonó un clamor de trompetas y todos los miembros de la multitud miraron con expectación río abajo, donde los banderines de la barcaza real restallaban recortados contra el firmamento.
El sol rutilaba sobre el Potomac, arrancando destellos a sus aguas de peltre. Los ojos de Daphne localizaron automáticamente a Jefferson, que estaba junto a su hermana melliza con una mano levantada a medias, como si quisiera saludar pero le faltaran las fuerzas. El viento agitaba sus mangas y le alborotaba los cabellos oscuros. En la proa de la embarcación, con una frágil sonrisa en el rostro, estaba Beatrice.
Las riberas estallaron en silbidos y aplausos. La gente llamaba a gritos a Beatrice y, casi con la misma insistencia, a Jefferson. Los padres sentaban a sus hijos sobre los hombros para que pudieran divisar a la nueva reina.
En los altavoces empezó a sonar una canción, y enseguida se acallaron los vítores. Daphne tardó unos instantes en distinguir algo más aparte de los primeros acordes por encima del siseo del viento y el ronroneo constante del motor de la barcaza. Después, miles de voces se entretejieron cuando todo el mundo empezó a cantar a la vez.
De costa a costa y por todos los mares
resuenan en nuestro país, como es de ley,
gritos de amor y lealtad a raudales.
¡Os rendimos el corazón a vos, nuestra reina!
Hasta ahora, la letra siempre había terminado con «nuestro rey»; el intento de rima entre «ley» y «reina» no funcionaba tan bien.
La barcaza atracó en el muelle y el lord chambelán salió a su encuentro para ayudar a desembarcar a la familia real. Todos los cortesanos que estaban en la orilla se apresuraron a hacer inclinaciones y reverencias. Con sus vestidos pastel y sus trajes mil rayas, parecían una indolente bandada de mariposas.
Daphne se tomó su tiempo. Se inclinó con la delicadeza de una flor mustia y mantuvo la pose durante un momento lánguido y prolongado. Había aprendido ballet de pequeña, y en ocasiones como esta le gustaba demostrar que era una bailarina consumada.
Cuando volvió a incorporarse por fin, Daphne deslizó las manos sobre la parte delantera de su vestido, que seguía las estrictas normas del recinto y se acababa exactamente a la altura de las rodillas. Caía alrededor de sus piernas como un sorbete de melocotón. En lo alto de su espléndida melena roja y dorada había prendido un tocado hecho a medida del mismo tono delicado que su vestido. Era tan agradable lucir de nuevo algo de color, después de todas las semanas que se había pasado vistiendo sobriamente, respetando el periodo de luto oficial del difunto monarca...
Aunque, para ser justos, Daphne también estaba espectacular de negro. Estaba espectacular de cualquier manera.
Se dirigió al lugar donde se encontraba Jefferson, en lo alto de la ribera cubierta de hierba cuya ladera descendía hasta sumergirse en el río. Al verla, el príncipe la saludó asintiendo con la cabeza.
—Hola, Daphne. Gracias por venir.
A Daphne le habría gustado decir «te he echado de menos», pero habría sido un coqueteo excesivo, demasiado egoísta después de todo por lo que Jefferson había pasado.
—Me alegro de verte —decidió contestar.
El príncipe metió las manos en los bolsillos.
—Se me hace un poquito raro estar aquí, ¿sabes?
A Daphne no, en absoluto. Antes bien, se sentía como si Jefferson y ella hubieran vuelto al lugar que les correspondía: juntos. Al fin y al cabo, sus vidas habían estado entrelazadas desde que Daphne tenía catorce años.
Había sido entonces cuando decidió que se casaría con él y se convertiría en princesa.
Durante más de dos años, todo había salido según sus planes. Se había arrojado a los brazos de Jefferson y no habían tardado en empezar a salir. Él la adoraba y, no menos importante, América la adoraba también porque Daphne se había ganado a la población con sus elegantes sonrisas, con sus refinados modales y con su belleza.
Hasta que Jefferson puso fin a todo sin previo aviso el día después de su fiesta de graduación.
Cualquier otra chica habría aceptado la ruptura y habría pasado página, pero Daphne se negaba a aceptar la derrota. No podía hacerlo, no después de los extremos a los que había llegado por su relación.
Ahora, gracias al cielo, el príncipe estaba soltero de nuevo. Aunque no por mucho tiempo, si Daphne tenía algo que decir al respecto.
¿No se daba cuenta Jefferson de lo fáciles que serían las cosas si seguía su plan y le pedía salir otra vez? Podrían estudiar juntos en King’s College cuando llegara el otoño (el príncipe se había tomado un año sabático, lo que significaba que empezaría con la promoción de Daphne) y, una vez graduados, él se declararía y la boda tendría lugar en palacio.
Y por fin, después de tanto esperar, Daphne sería la princesa en la que estaba predestinada a convertirse.
—Siento mucho lo de tu padre. No puedo imaginarme lo que estarás pasando. —Le tocó el brazo en un gesto silencioso de apoyo—. Si quieres hablar, me tienes aquí.
Jefferson asintió distraídamente con la cabeza, y Daphne bajó la mano mientras él murmuraba:
—Perdona, es que..., debo saludar a unas personas.
—Por supuesto. —Daphne se obligó a permanecer inmóvil, con expresión plácida y despreocupada, mientras el príncipe de América se alejaba de ella.
Armándose de valor para soportar una jornada interminable de conversaciones intrascendentales, Daphne reprimió un suspiro y se mezcló con la multitud. Divisó a su madre al otro lado del césped, conversando con el propietario de una cadena de tiendas. Qué típico. Rebecca Deighton poseía un olfato infalible para detectar a las personas que podría utilizar algún día.
Daphne sabía que debería acercarse, sonreír con su dentadura perfecta y encandilar a otro futuro candidato a ingresar en su club de fans. Miró atrás de reojo por encima del hombro, hacia Jefferson..., y se quedó petrificada.
Estaba hablando con Nina.
Era imposible oírlos por encima del sordo clamor de la fiesta, pero eso no importaba; podía ver la expresión suplicante y apenada en los ojos del príncipe. ¿Estaría pidiéndole a Nina que lo perdonara por cómo la había tratado? ¿Que le diera otra oportunidad?
¿Y si Nina decidía dársela?
Daphne se obligó a apartar la mirada antes de que alguien la descubriera observándolos y se dirigió sin pensar al frío interior de la tienda, dejando atrás delicadas mesas cubiertas con pirámides de flores. Siguió caminando hasta llegar al tocador de señoras, situado al fondo.
Apoyó las manos en el lavabo y se obligó a respirar lentamente, con bocanadas entrecortadas. No se sorprendió cuando, apenas unos instantes más tarde, oyó el sonido de unos pasos tras ella.
—Hola, madre —dijo con voz grave.
Daphne esperó mientras Rebecca inspeccionaba el cuarto de baño, asegurándose de que la hilera de cubículos estuviera completamente vacía antes de volverse hacia su hija.
—¿Y bien? —le espetó Rebecca—. Está hablando con esa chica otra vez. ¿Cómo has podido permitir que suceda?
—Estaba con él, pero...
—¿Te das cuenta de lo caro que es pasar aquí esta tarde? —la interrumpió su madre. En ocasiones así, cuando se alteraba, el acento original de Nebraska volvía a insinuarse en su voz. Como si se le hubiese olvidado quién era (Rebecca Deighton, lady Margrave) y estuviese recayendo en su antigua identidad: la de Becky Sharpe, modelo de lencería.
Daphne sabía que sus padres habían conseguido acceso al Recinto Real de la forma más burda, como patrocinadores de la regata. Aunque la suma seguramente no habría hecho ni parpadear a los aristócratas más adinerados, cada centavo que gastaban les dolía a los Deighton. Y mucho.
—Soy consciente de lo caro que es —musitó Daphne, y no se refería únicamente al cheque que había firmado su familia. Ni siquiera sus padres sabían todo lo que había hecho en sus intentos por recuperar a Jefferson..., y conservarlo.
Por un momento las dos mujeres se limitaron a observarse mutuamente en el espejo. Había una mezcla de reserva y cautela en sus expresiones que les hacía parecer más adversarias que madre e hija.
Daphne casi podía oír cómo giraban los engranajes de la mente de su madre. Rebecca nunca se dejaba frenar por los obstáculos durante mucho tiempo; no pensaba en cómo eran las cosas, sino en cómo podrían serlo. Mientras que el resto del mundo vivía en la realidad, Rebecca Deighton habitaba en una fluctuante realidad paralela repleta de infinitas posibilidades.
—Tendrás que librarte de ella —concluyó su madre, y Daphne asintió a regañadientes.
Nina había estado enamorada de Jefferson, lo había querido de veras, lo que la convertía en una oponente más peligrosa que cualquiera de las aristócratas de la corte, con su belleza estéril cortada por el mismo patrón. El ingenio y el encanto de Daphne podían eclipsar a esas chicas cuando quisiera. Pero alguien a quien genuinamente no le importaba el cargo de Jefferson..., alguien que lo amaba a pesar de él, de hecho..., representaba una amenaza real.
—Sé que se te ocurrirá algo. —Su madre giró sobre los tacones, tan deprisa que la falda se arremolinó alrededor de sus piernas.
Mientras la puerta del aseo traqueteaba, Daphne empezó a rebuscar en su bolso de cuero. Las manos solo le temblaban un poquito cuando se aplicó una sombra de corrector antiojeras y una línea de rímel. Se sentía como una guerrera amazona preparándose para la batalla.
Una vez lista, se examinó en el espejo (las cejas altas y arqueadas, los labios carnosos, el verde reluciente de sus tupidas pestañas) y exhaló un hondo suspiro. Su reflejo siempre lograba tranquilizarla.
Era Daphne Deighton y sus acciones debían impulsarla siempre hacia delante, sin piedad ni remordimientos..., sin importar qué, o quién, se interpusiera en su camino.

A la princesa Samantha le estaba costando disfrutar del Real Descenso del Potomac ese año.
Por lo general le encantaba ese día. No por el mismo motivo que a otras personas, que lo aprovechaban para ver y dejarse ver: era el primer evento del calendario social de primavera y señalaba el retorno de las galas y los encuentros que se suspendían durante el invierno. No, Sam siempre había disfrutado de las carreras por la energía que se desprendía de ellas. El espectáculo era tan trepidante, tan puramente americano, con su ambiente contagioso y festivo...
Pero ese año los colores parecían más apagados, como si una manta muy gruesa envolviera sus sentidos. Incluso la banda sonaba curiosamente desafinada. O quizá fuera ella la que no estaba en sintonía con nada.
Allí donde miraba, lo único que veía era el lugar dolorosamente vacío que debería haber ocupado su padre.
Sam recordaba que una vez, de pequeña, le había dicho a su padre que quería hacerse mayor y ser tan fuerte como los remeros.
—Pero si tú ya eres muy fuerte —había replicado él.
—¿Cómo de fuerte? —Sam nunca había entendido por qué la gente no utilizaba sus adjetivos dentro de unos parámetros definidos—. ¿Tan fuerte como un león? ¿Más fuerte que Jeff?
Con una carcajada, el rey George se agachó para plantarle un beso en la coronilla.
—Eres todo lo fuerte que necesitas ser. Y yo me siento más orgulloso de ti de lo que podrás imaginarte jamás.
Sam parpadeó varias veces seguidas para exorcizar el recuerdo y se abrazó como si estuviera aterida a pesar de la tarde tan soleada que hacía. Se le cortó la respiración al distinguir una cabeza rubia al fondo de la multitud.
Estaba más arrebatador que nunca, con una chaqueta de lino del mismo intenso color azul que sus ojos. Completaba el look un pañuelo de bolsillo a juego, con sus iniciales bordadas. De no ser porque su proximidad hacía que hasta la última célula de su cuerpo vibrara, Sam le habría tomado el pelo por lo absurdo y emperifollado de su aspecto.
Nunca había planeado enamorarse del prometido de su hermana. Cuando conoció a Teddy Eaton, la química entre ambos había sido instantánea y eléctrica. Ninguno de ellos sabía que Teddy se iba a casar con Beatrice. Después del anuncio, Sam había intentado mantenerse alejada de él..., pero para entonces ya era demasiado tarde.
Cuando Teddy la vio dirigiéndose a él, un instante de sorpresa, o quizás incluso dolor, ensombreció sus facciones, pero enseguida recuperó la compostura con una sonrisa. Lo mismo que siempre hacía Beatrice. La idea hizo que Sam sufriera un escalofrío.
Apenas había sabido de Teddy en el último mes, pero había supuesto que estaría guardando las distancias por respeto a su dolor; que, cuando volvieran a verse, todas las piezas encajarían de nuevo en su sitio. Ahora no podía evitar temerse que su silencio tuviera otro significado.
—Me alegro mucho de verte —susurró cuando por fin hubo llegado a su lado. Tenía la voz ronca de anhelo. Esto era lo más cerca que habían estado desde el funeral de su padre.
—Samantha.
La sonrisa de la muchacha se tambaleó ante su tono distante y formal.
—¿Qué ocurre?
—Pensaba..., quiero decir, no estaba seguro... —Teddy estudió su rostro durante unos instantes interminables. Con los hombros hundidos, preguntó—: ¿No te lo ha contado Beatrice?
En el estómago de Sam se formó un nudo de temor.
—¿Qué debería haberme contado?
Con gesto abatido, Teddy se pasó una mano por el pelo, que se recompuso de inmediato en las mismas ondas impecables de siempre.
—¿Podemos hablar a solas en alguna parte?
Ante la sugerencia de ir juntos donde nadie pudiera verlos, el corazón de Sam se animó, tan solo para volverse a encoger de inmediato al comprender lo que realmente significaba aquella pregunta: «tenemos que hablar». Las tres palabras más ominosas que contenía su idioma.
—Pues..., vale. —Sam lanzó a Teddy una mirada de nerviosismo mientras lo guiaba hasta el estrecho pasillo que discurría entre el Recinto Real y Bryonia, el pabellón adyacente. No había nadie en los alrededores, tan solo unos cuantos generadores cuyos gruesos cables se encargaban de introducir el aire acondicionado en las tiendas.
—¿Qué sucede? —preguntó Sam, nerviosa, con los talones hundidos en el barro.
Una sombra de remordimiento empañaba todo el rostro de Teddy.
—En realidad me alegro de que la reina no te haya dicho nada. Supongo que es mejor... que te enteres por mí.
Sam sintió que todo su cuerpo se ponía en tensión, encogiéndose como si se estuviera preparando para recibir un mazazo.
—Vamos a casarnos en junio.
—No —se le escapó sin poder evitarlo. No podía ser cierto. La noche de la fiesta de compromiso, Beatrice había salido con Sam a la terraza para confesarle que iba a cancelarlo todo. Iba a hablar con su padre, idear un plan para anunciarlo a la prensa...
Solo que lo habían perdido antes de que a Beatrice le diera tiempo a hacer eso. Y ahora que ella era la reina, estaba claro que su hermana se sentía obligada a seguir adelante con ese compromiso tan desafortunado.
—Entonces, ¿me engañaste al decir que estábamos juntos en esto? ¡Teddy, me lo prometiste! —Igual que se lo había prometido Beatrice.
Sam debería haber sabido que no podía fiarse de la palabra de su hermana.
Teddy apretó los puños a los costados en señal de impotencia, pero cuando habló de nuevo, su voz sonaba curiosamente formal.
—Lo siento, Samantha, pero la reina y yo hemos llegado a un acuerdo.
—¡Deja de llamarla «la reina»! ¡Tiene nombre!
El muchacho hizo una mueca de dolor.
—Te debo una disculpa. La forma en que he llevado todo esto... No he sido justo con Beatrice, y menos todavía contigo.
Su confesión era tan testarudamente adorable que Sam no pudo por menos de pensar en lo acertada que había estado al decirle a Beatrice, en un arrebato de resentimiento, que Teddy y ella eran tal para cual.
—¡Tampoco es justo para ti! —exclamó Sam—. ¿Por qué haces esto?
Teddy agachó la cabeza y jugueteó con uno de los botones de su chaqueta.
—Son muchas las personas que cuentan conmigo.
Sam rememoró lo que él le había dicho en Telluride, hacía una eternidad: que la fortuna de los Eaton se había esfumado de la mañana a la noche. Casarse con Beatrice, obtener el apoyo de la corona, salvaría a su ducado de la bancarrota. Porque no se trataba únicamente de la familia de Teddy: los Eaton llevaban más de doscientos años siendo uno de los principales pilares de Boston, generando puestos de trabajo y garantizando su estabilidad financiera.
Teddy, que se había educado para ser el próximo duque, se sentía obligado a cargar con esa responsabilidad sobre sus espaldas.
—No deberías casarte porque tú creas que se lo debes a la gente de Boston —dijo Sam con vehemencia.
Teddy levantó la cabeza para mirarla a los ojos. El azul de los suyos parecía más penetrante de lo habitual, intensificado su color por la confusión, o tal vez por el arrepentimiento.
—Te garantizo que es una decisión meditada. Tengo mis motivos, y estoy seguro de que con tu hermana ocurre lo mismo.
—¡Si tanta prisa tiene por subir al altar, dile que elija a otro! En América hay millones de hombres. ¿No podría casarse con cualquiera de ellos?
Teddy negó con la cabeza.
—Ya sabes que no funciona así. Beatrice no puede ir y proponerse a cualquiera. Daría la impresión de ser caprichosa y voluble.
La verdad que entrañaban sus palabras golpeó a Sam como un mazazo tremendo. Teddy tenía razón. Si Beatrice anulaba su compromiso público y empezaba a salir con otra persona, corroboraría las críticas de todos esos detractores que ya estaban esperando a que diera el menor paso en falso. América empezaría a preguntarse: si Beatrice ni siquiera era capaz de gobernar su propia vida privada, ¿cómo podría esperarse de ella que tomara las decisiones por todo un país?
—Me cuesta creer que vayas a seguir adelante con esto —insistió.
—Sé que no lo entiendes...
—¿Por qué, porque solo soy una segundona?
En algún momento Sam había dado un paso adelante, cerrando así la distancia que mediaba entre ellos, por lo que ahora se encontraban a escasos centímetros de distancia. Los dos tenían la respiración entrecortada.
—Yo no he dicho eso en ningún momento —replicó con suavidad Teddy, y la rabia incandescente que corría por las venas de Sam se redujo un poquito.
—Lo vas a hacer de verdad —murmuró—. Vas a elegir a Beatrice. —Como siempre hacían todos.
—Voy a elegir hacer lo correcto. —Teddy le sostuvo la mirada, implorándole en silencio que lo comprendiera. Que lo perdonara.
No iba a obtener ninguna de las dos cosas. De ella, no.
—Bueno, pues me alegro. Espero que hacer lo correcto te haga feliz —dijo con voz cáustica.
—Sam...
—Beatrice y tú estáis cometiendo un error monumental. Pero ¿sabes qué? Me trae sin cuidado. Esto ya no es asunto mío —añadió, en un tono tan cruel que a punto estuvo de creerse sus propias palabras—. Si los dos queréis echar a perder vuestras vidas, yo no puedo hacer nada para evitarlo.
Una sombra de dolor empañó las facciones de Teddy.
—Por si te sirve de algo, lo siento en el alma.
—No me sirve de nada. —No quería las disculpas de Teddy, lo quería a él. Y como todo lo demás que había querido alguna vez, no podía tenerlo, porque Beatrice lo había reclamado primero.
Giró sobre los talones y regresó a la fiesta con paso airado, agarrando sobre la marcha un julepe de menta de la primera bandeja con la que se cruzó. Por lo menos ahora que tenía dieciocho años, podía beber legalmente en estos eventos en vez de tener que escabullirse de los fotógrafos para tomarse una cerveza a hurtadillas.
Sam entornó los párpados para escudriñar el gentío en busca de Nina o Jeff. El sol le parecía excesivamente brillante de súbito, o quizá fuera una ilusión provocada por las lágrimas que le anegaban los ojos. Por una vez deseó haberle hecho caso a su madre y haberse puesto un sombrero, aunque solo fuese para que nadie pudiera verle la cara. Todo había empezado a dar vueltas sin control a su alrededor.
Sin pensar adónde la llevaban sus pasos, bajó a la ribera, donde se sentó en el suelo y se quitó los zapatos.
Le daban igual las manchas verdes que la hierba estaba estampando en su vestido de alta costura, que la gente la viera allí, sola y descalza, y cotilleara. «La princesa de las fiestas ha vuelto —murmurarían— y ya está borracha, en su primera aparición en público desde la muerte de su padre». Bueno, pensó con amargura. Que hablen.
El agua chapoteaba con delicadeza entre los juncos. Sam mantuvo la mirada furiosamente fija en su superficie para no tener que ver juntos a Teddy y Beatrice, pero eso no le impedía sentirse como la pieza de un puzle que alguien hubiera guardado por error en la caja equivocada: no encajaba en ninguna parte, con nadie.
—Ahí estás —dijo Nina mientras se sentaba a su lado.
Las dos se quedaron un rato contemplando en silencio las embarcaciones. Los remos formaban remolinos de agua y luz fracturada.
—Perdona —musitó Sam—. Es solo que..., necesitaba alejarme de todo.
Nina recogió las piernas y jugueteó con la tela de su largo vestido de punto.
—Conozco esa sensación. Acabo de hablar con Jeff, por cierto.
Sam jadeó, alegrándose de tener algo que la distrajera de sus propios problemas.
—¿Y qué tal? —preguntó. Nina se encogió de hombros.
—Ha sido incómodo.
Sam la observó de reojo, pero Nina arrancó una brizna de hierba y empezó a formar un lacito con ella, rehuyendo la mirada de su amiga. Quizá se hubiera dado cuenta de que Daphne Deighton también estaba allí.
—Seguro que le gustaría intentar que fuerais amigos —se aventuró a decir Sam.
—¡Pero es que yo no sé ser su amiga! —Nina levantó los brazos para juguetear con su coleta antes de recordar que ahora llevaba el pelo más corto. Las manos cayeron a sus costados de nuevo, impotentes—. Es evidente que no voy a dejar de tropezarme con él porque es tu hermano, pero no puedo fingir que nunca ha pasado nada entre nosotros. ¡No es normal tener que seguir viendo a alguien después de haber roto con él! ¿O sí?
—No lo sé. —En realidad Sam nunca había experimentado una ruptura convencional, puesto que sus relaciones nunca habían sido ni remotamente convencionales. Dejó escapar un suspiro—. Aunque supongo que ya lo averiguaré. Acabo de ver a Teddy.
Con voz ronca, Sam le explicó a su amiga lo que le había dicho su exnovio: que Beatrice y él pensaban seguir adelante con la boda.
—Ay, Sam —dijo Nina en voz baja cuando Sam hubo acabado—. Cuánto lo siento.
Sam asintió y apoyó la cabeza en el hombro de Nina. Pasara lo que pasara, pensó, siempre sería capaz de hacer esto: cerrar los ojos y acurrucarse contra su mejor amiga.

Cuando entró en el despacho, Beatrice vio que nadie había tocado nada desde que falleciera su padre.
Todas sus pertenencias seguían estando en su lugar de costumbre sobre el escritorio: el papel estampado con sus iniciales; una estilográfica ceremonial de oro; el sello real con su pistola de lacre, parecida a las de cola adhesiva, solo que se cargaba con una barrita de cera roja en vez de pegamento... Era como si su padre acabara de salir y pudiera volver de un momento a otro.
Ojalá fuera así.
Beatrice pensaba que se había acostumbrado a ser el foco de todas las miradas, pero no se imaginaba cuánto empeorarían las cosas cuando ostentara la corona. Le parecía injusto que solo se le hubieran concedido seis semanas para procesar la pérdida de su padre antes de verse empujada de nuevo al centro de la atención del país. Pero ¿qué elección tenía? El periodo de luto oficial había concluido y el inagotable carrusel de funciones de la corte debía reanudar su funcionamiento. Su calendario ya estaba repleto de compromisos: fiestas benéficas, apariciones en público..., incluso una gala inminente en el museo.
Y ella no estaba lista. El día anterior, en las carreras, cuando sonó el himno nacional, había abierto la boca automáticamente para entonarlo con todos los demás antes de darse cuenta de que ya no podía hacerlo. No cuando la canción estaba dedicada a ella.
Su posición siempre la dejaba sintiéndose igual: más sola que nunca cuantas más personas hubiera a su alrededor.
El crujido de unos pasos le hizo levantar la cabeza de golpe.
—Perdón. —Connor hizo una mueca cuando el suelo volvió a crujir bajo sus pies. Era lo malo de vivir en palacio: las tablas de más de doscientos años no sabían guardar secretos.
El guardaespaldas cerró la puerta y se apoyó en ella.
—Es solo que..., quería ver cómo estabas.
Un nudo de culpa se retorció en el estómago de Beatrice. Había estado evitando a Connor..., o al menos, evitando quedarse a solas con él, puesto que siempre estaba cerca de ella: observando entre los bastidores de su vida mientras ella ocupaba el escenario principal.
Seguía sin saber que Teddy y ella se iban a casar de verdad. Tenía que decírselo, y pronto: el palacio planeaba anunciar la fecha de la boda esa misma semana. Pero cada vez que se disponía a sacar el tema, se descubría esquivándolo como una cobarde.
—Estoy cansada, eso es todo —murmuró, lo cual era cierto. Seguía sin dormir bien por las noches.
—No hagas eso. No hace falta que te muestres fuerte delante de mí, ¿recuerdas? —Connor cubrió la distancia que los separaba, la abrazó y la estrechó contra él.
Por un momento Beatrice se permitió relajarse entre sus brazos. Siempre se le olvidaba lo alto que era hasta que estaban así, con la mejilla de ella cómodamente apoyada entre los prominentes pectorales de él.
—Estoy aquí para lo que necesites —dijo Connor, con los labios enterrados entre sus cabellos—. No hace falta que te comportes como una reina conmigo, ¿sabes? Puedes ser tú misma.
—Lo sé. —A Beatrice le resultaba muy sencillo ser ella misma en su compañía, aunque quizás ese fuera el problema. Quizá con Connor fuera demasiado ella misma y no lo suficientemente reina.
Se zafó de su abrazo y elevó el rostro para mirarlo a los ojos.
—Connor..., necesito contarte una cosa.
El guardaespaldas asintió con la cabeza, visiblemente alertado por su cambio de tono.
—De acuerdo.
El mundo entero pareció detenerse. De súbito, Beatrice se volvió consciente de todos los detalles: el roce de su blusa de seda sobre las clavículas, las motas de polvo que flotaban en los rayos de sol del atardecer..., la devoción en los ojos de Connor.
No volvería a mirarla de esa manera cuando descubriera a lo que ella había accedido. Beatrice respiró hondo y rompió el silencio con la dolorosa verdad.
—Teddy y yo vamos a casarnos en junio.
—Que... ¿Qué?
—El compromiso no es ninguna fachada. Es..., vamos a seguir adelante con ello.
Connor retrocedió.
—No lo entiendo. La noche de la fiesta de compromiso, los dos convinisteis en cancelar la boda en cuanto fuera apropiado. ¿Qué ha ocurrido?
«Que mi padre ha muerto y todo es culpa mía».
—Ahora soy la reina, Connor. —Las palabras parecieron estrangular a Beatrice conforme escapaban de sus pulmones—. Eso lo cambia todo.
—¡Precisamente! ¡Ahora puedes cambiarlo todo, a mejor!
Oír esa emoción, su fe en ella, estuvo a punto de destrozarla.
—No es tan simple. Que sea reina no significa que pueda reescribir las reglas. —Al contrario, era más esclava de ellas que antes.
Connor tomó las manos de Beatrice en las suyas.
—Te quiero y sé que podemos encontrar una solución. A menos..., a menos que tus sentimientos hayan cambiado.
Las lágrimas ardían en los ojos de Beatrice.
—¿Quieres que lo diga? ¡Pues está bien, lo diré! ¡Te quiero! —exclamó, con tanta rabia que lo mismo podría haber estado diciendo «te odio»—. ¡Pero eso no es suficiente, Connor!
—¡Claro que lo es!
Con cuánta convicción hablaba, como si sus palabras entrañaran una verdad incuestionable. Como si amarla fuera tan fácil y simple como que el sol salía por el este y se ponía por el oeste.
Pero su relación nunca había sido sencilla. Desde el primer momento habían tenido que verse a hurtadillas, alimentándose de los contados momentos dispersos que podían pasar juntos: el roce secreto de la mano de Connor en su espalda cuando montaba en el coche, el encuentro de sus miradas en una habitación llena de gente, prolongado durante un instante de más... Las horas intempestivas a las que él se colaba en su dormitorio, tan solo para volver a irse antes del amanecer.
Nadie sabía que estaban juntos, a excepción de Samantha, y esta no tenía ni idea de quién era Connor, únicamente sabía que Beatrice estaba enamorada de otro hombre en vez de Teddy.
Durante meses Beatrice se había dicho que esos momentos robados representaban algo que merecía la pena proteger. Pero ahora se daba cuenta de que con eso no era bastante.
Rememoró con una punzada de dolor lo que le había dicho su padre la noche que le confesó que amaba a su guardia de honor: que, si arrastraba a Connor a su vida en la corte, terminaría odiándola por ello..., y, peor aún, se terminaría odiando a sí mismo.
Soplaba una brisa helada procedente del río. Beatrice tuvo que contenerse para no cerrar la ventana.
—No ha sido una decisión fácil, evidentemente. Pero es lo mejor. Para ambos.
—¿Por qué tienes que ser tú la que decida qué es mejor para ambos? —replicó Connor con aspereza—. ¡Si nuestro futuro está en juego, quiero mi voto!
Antes de que Beatrice pudiera decir nada, la agarró por los hombros y la besó.
Fue un beso carente de delicadeza o ternura. El cuerpo de Connor presionaba contra el de ella y sus manos le oprimían la espalda con firmeza, como si le aterrara la posibilidad de que Beatrice quisiera escapar. Ella se puso de puntillas, sin embargo, y clavó los dedos en el uniforme de su guardaespaldas.
Los dos tenían la respiración entrecortada cuando se separaron por fin. El cabello de Beatrice caía en mechones húmedos que le enmarcaban el rostro. Levantó la cabeza y vio la angustia muda que anidaba en los ojos de Connor. La conocía lo suficiente como para saber que ella no solía besar de esa forma, con ese abandono tan salvaje y desesperado.
Comprendió que había sido un beso de despedida.
—Hablas en serio, ¿verdad? —exhaló.
—Sí —dijo Beatrice. Se le ocurrió que esa era la palabra que debería pronunciar el día de su boda, una palabra que por lo general simbolizaba el amor eterno. Y allí estaba ella, usándola para informar a Connor de que debía olvidarla.
El guardaespaldas apretó los dientes y consiguió asentir con la cabeza. Beatrice deseó casi oírlo gritar, cubrirla de insultos crueles. Habría sido mucho más fácil soportar su rabia. Cualquier cosa habría sido más fácil que esto: saber que Connor estaba sufriendo, y que ella era la causante de su dolor.
—En tal caso, majestad, os ruego que aceptéis mi dimisión. Renuncio a seguir estando a vuestro servicio. Y esta vez será de forma definitiva.
Hizo una pausa, como si esperara que ella protestase, que le suplicara quedarse como ya había hecho una vez.
Beatrice no dijo nada. No podía pedirle a Connor que continuara siendo su guardia de honor mientras ella se casaba con Teddy.
Si se lo pedía, cabía la posibilidad de que aceptara. Y él se merecía mucho más que eso.
—Lo entiendo. —Para su sorpresa, habló como si no hubiera ningún problema a pesar de todo lo que le dolía..., en lo más hondo de su ser, en ese lugar hueco y solitario que nunca le permitía ver a nadie.
Los ojos de Connor se clavaron en los suyos, tan fríos como un lago de montaña bajo el cielo gris.
—Informaré al jefe de seguridad.
Beatrice se sentía aterida y, al mismo tiempo, tan empapada de sudor como si estuviera sufriendo un ataque de fiebre. Permaneció curiosamente inmóvil mientras Connor se daba la vuelta para lanzarle una última mirada de reojo por encima del hombro.
—Adiós, Bee.
Cuando se hubo marchado, Beatrice dejó que sus pasos la condujeran alrededor del escritorio de su padre. Seguía sin llorar. Era como si un manto de escarcha hubiera cubierto sus emociones. Como si nunca pudiera volver a sentir nada de nuevo.
Se detuvo detrás del sillón de su padre, con las manos ligeramente apoyadas en el respaldo. No se había sentado allí nunca, ni siquiera cuando los mellizos y ella solían colarse allí de pequeños para robar caramelos de limón del cajón secreto y hacer que el gigantesco globo terráqueo girara. Por algún motivo, ocupar el escritorio del rey siempre les había parecido algo absolutamente prohibido, tan sacrílego como encaramarse a su trono.
Muy despacio, Beatrice se sentó en el sillón.