Esta es una obra de ficción. Todos los hechos, diálogos y personajes, con la excepción de algunos históricos y públicos conocidos, son productos de la imaginación de la autora y no deben interpretarse como reales. En los momentos en que aparecen personajes históricos o figuras públicas, las situaciones, hechos y diálogos que conciernen a estas personas son inventados, y no pretenden describir situaciones actuales ni cambiar la naturaleza de ficción de la obra. En todos los demás aspectos, cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.
Título original inglés: American Royals.
Autora: Katharine McGee.
Publicado originalmente en Estados Unidos por Random House Children’s Books, un sello de Penguin Random House LLC, Nueva York.
Producido por Alloy Entertainment, LLC.

alloyentertainment.com
© Katharine McGee y Alloy Enterntaintment, 2019.
© de la traducción: Manuel de los Reyes García Campos, 2020.
© del arte de la cubierta: Carolina Melis, 2019.
Diseño de la cubierta: Alison Impey.
Adaptación de la cubierta: Lookatcia.com.
© de esta edición: Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.
Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona.
Primera edición: febrero de 2020.
ISBN: 978-84-272-2161-1
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PARA ALEX
Ya conoces la historia de la Guerra de Independencia y el nacimiento de la monarquía americana.
Puede que la aprendieras en los libros ilustrados que leías en la infancia. En las representaciones del colegio, esas en las que habrías deseado interpretar al rey George I o a la reina Martha, pero acabaste siendo un cerezo. La conoces por las canciones, las películas y los libros de historia, y por aquel verano que visitaste la capital y te sumaste a la visita guiada al Palacio de Washington.
Has escuchado la historia tantas veces que podría contarla tú mismo: después de la batalla de Yorktown, el coronel Lewis Nicola se postró ante el general George Washington y le suplicó, en nombre de toda la nación, que se convirtiera en el primer rey americano.
Evidentemente, el general accedió.
A los historiadores les encanta debatir sobre lo que podría haber sucedido en unas circunstancias diferentes. ¿Y si el general Washington se hubiera negado a ser rey porque prefería ser un representante elegido democráticamente? Un primer ministro... o incluso inventarse un nuevo nombre para ese puesto, como presidente. Quizás, inspiradas por el ejemplo americano, otras naciones (Francia, Rusia y Prusia, Austria-Hungría, China y Grecia), acabarían por abolir sus monarquías y darían lugar a una nueva era democrática.
No obstante, todos sabemos que eso nunca sucedió. Y tampoco has venido aquí para leer un cuento inventado. Lo que buscas es lo que sucedió a continuación, el aspecto que tiene América doscientos cincuenta años después, con los descendientes de George I todavía en el trono.
Es una historia de salones de baile inmensos y pasadizos ocultos. De secretos y de escándalos, de amor y de corazones rotos. Es la historia de la familia más famosa del mundo, que representa sus dramas en el mayor escenario de todos.
Esta es la historia de la familia real americana.

ÉPOCA ACTUAL
Beatrice conocía bien su linaje, que se remontaba al siglo X.
En realidad, solo era por parte de la reina Martha, aunque la mayoría prefería no mencionar ese detalle. Al fin y al cabo, el rey George I no había sido nada más que un hacendado advenedizo de Virginia hasta que tuvo buen ojo para casarse y mejor aún para luchar. Tan bien luchó que ayudó a lograr la independencia de América y su pueblo se lo agradeció con una corona.
No obstante, a través de Martha, al menos, Beatrice era capaz de retroceder más de cuarenta generaciones por su árbol genealógico. Entre sus antepasados se contaban reyes, reinas y archiduques, eruditos y soldados, incluso un santo canonizado. «Tenemos mucho que aprender de nuestro pasado —le recordaba siempre su padre—. Nunca olvides de dónde vienes».
Costaba olvidar a tus antepasados cuando llevabas sus nombres contigo, como le sucedía a Beatrice: Beatrice Georgina Fredericka Louise de la Casa de Washington, princesa real de América.
El padre de Beatrice, su majestad el rey George IV, le lanzó una miradita. Ella se enderezó en el asiento por acto reflejo para escuchar al alto condestable repasar los planes para el Baile de la Reina, que se celebraba al día siguiente. Tenía los dedos entrelazados sobre su recatada falda de tubo y las piernas cruzadas a la altura de los tobillos, porque, como le había grabado a fuego su profesora de etiqueta (golpeándole la muñeca con una regla cada vez que se equivocaba), una dama nunca cruza las piernas a la altura de los muslos.
Y las normas eran más estrictas para Beatrice que para nadie, puesto que no solo era una princesa, sino también la primera mujer que heredaría el trono americano. La primera mujer que sería reina por derecho propio: no una reina consorte, casada con un rey, sino una verdadera soberana reinante.
De haber nacido veinte años antes, la sucesión se la habría saltado para recaer en Jeff. Pero era por todos sabido que su abuelo había abolido aquella ley centenaria y había dictado que, en todas las generaciones subsiguientes, el trono pasara al descendiente de mayor edad, no al mayor de los varones.
Beatrice dejó vagar la mirada por la mesa de reuniones que tenía ante sí. Estaba cubierta de papeles y tazas de café cuyo contenido se había enfriado horas antes. Era el día de la última sesión del gabinete hasta enero, lo que significaba que habían revisado multitud de informes anuales y largas hojas de cálculo de análisis.
Las reuniones del gabinete siempre se celebraban allí, en la Cámara Estrellada, que recibía su nombre por las estrellas doradas pintadas en sus paredes azules y por el famoso óculo con forma de estrella del techo. El sol invernal entraba a través de él y derramaba tentadores charcos de luz sobre la mesa. Aunque no es que Beatrice fuera a tener la oportunidad de disfrutar de él. Rara vez le quedaba tiempo para pisar el exterior, salvo en los días en que se levantaba antes del alba para unirse a su padre en su recorrido por la capital, flanqueada por sus agentes de seguridad.
Durante un breve e inusitado instante, se preguntó lo que estarían haciendo sus hermanos, si ya estarían de vuelta de su viaje relámpago a Asia Oriental. Samantha y Jeff, mellizos y tres años menores que Beatrice, formaban una pareja peligrosa. Eran alegres y espontáneos, rebosaban malas ideas y, a diferencia de la mayoría de los adolescentes, contaban con el poder necesario para llevarlas a cabo, para desgracia de sus padres. Seis meses después de terminar el instituto, estaba claro que ninguno de los dos sabía qué hacer con su vida, salvo celebrar que habían cumplido los dieciocho y ya podían beber alcohol legalmente.
Nadie esperaba nada de los mellizos, nunca. Todas las expectativas, tanto en la familia como, en realidad, en el mundo entero, se centraban en Beatrice como si la apuntaran con un foco al rojo vivo.
El alto condestable terminó su informe al fin. El rey asintió con elegancia y se levantó.
—Gracias, Jacob. Si no hay ningún otro asunto que tratar, daremos por concluida la reunión de hoy.
Todos se pusieron en pie y empezaron a salir de la sala charlando sobre el baile del día siguiente o sus planes para las vacaciones. Parecían haber dejado al margen, por el momento, sus rivalidades políticas (el rey procuraba que la composición de su gabinete se repartiera de manera equitativa entre federalistas y republicanos demócratas), aunque Beatrice estaba segura de que la lucha continuaría con energía renovada al año siguiente.
Su guardaespaldas personal, Connor, levantó la mirada en su puesto, a las puertas de la sala, junto al encargado de la seguridad del rey. Ambos hombres eran miembros de la Guardia de Honor, el cuerpo de élite dedicado al servicio de la Corona.
—Beatrice, ¿puedes quedarte un minuto? —le preguntó su padre.
—Por supuesto —respondió ella, deteniéndose en el umbral.
El rey se sentó de nuevo, y ella lo imitó.
—Gracias de nuevo por ayudarme con las nominaciones —le dijo el monarca.
Los dos miraron hacia el papel que tenía delante, en el que se veía una lista de nombres en orden alfabético.
—Me alegro de que los hayas aceptado —repuso ella sonriente.
La fiesta navideña anual del palacio, el Baile de la Reina, se celebraba al día siguiente; el nombre conmemoraba el primer baile de Navidad, en el que la reina Martha había instado al rey George I a que ennobleciera a decenas de americanos que habían ayudado en la guerra. La tradición se mantenía desde entonces. Todos los años, en el baile, el rey concedía títulos nobiliarios a aquellos americanos que habían destacado por su servicio al país, de modo que pasaban a ser lores y ladies. Y, por primera vez, había permitido que Beatrice sugiriera a los candidatos a nobles.
Antes de poder preguntar qué quería de ella, alguien llamó a la puerta. El rey dejó escapar un profundo suspiro de alivio cuando la madre de Beatrice entró en el cuarto.
La reina Adelaide procedía de la nobleza por ambos lados de la familia. Antes de su matrimonio con el rey había heredado el ducado de Cañaveral y el de Savannah. La gente la llamaba la Doblemente Duquesa.
Adelaide había crecido en Atlanta y nunca había perdido su etéreo encanto sureño. Sus gestos seguían teniendo un toque de elegancia: la forma en que ladeaba la cabeza cuando sonreía a su hija, el giro de la muñeca al acomodarse en la silla de nogal a la derecha de Beatrice. Unas mechas de color caramelo iluminaban su melena castaña, que se rizaba todas las mañanas con rulos térmicos para después recogérsela con una diadema.
Por la forma en que se habían sentado, con un progenitor a cada lado, enjaulándola, le daba la clara sensación de haber caído en una emboscada.
—Hola, mamá —la saludó algo sorprendida, ya que la reina no solía participar en sus debates políticos.
—Beatrice, tu madre y yo esperábamos poder hablar un momento sobre tu futuro —empezó a decir el rey.
La princesa parpadeó, desconcertada, puesto que ella siempre estaba pensando en el futuro.
—A un nivel más personal —le aclaró su madre—. Nos preguntábamos si en estos momentos hay alguien... especial en tu vida.
Beatrice se sobresaltó, ya que, a pesar de que se esperaba aquella conversación tarde o temprano y había hecho todo lo posible para prepararse mentalmente para ello, pensaba que no ocurriría tan pronto.
—No, nadie —les aseguró.
Sus padres asintieron con la cabeza, distraídos; ambos conocían la respuesta de antemano. El país entero la conocía.
—A tu madre y a mí nos gustaría que consideraras la posibilidad de empezar a buscar pareja —dijo su padre tras aclararse la garganta—. A la persona con la que pasarás el resto de tu vida.
Sus palabras parecieron rebotar, amplificadas, por la Cámara Estrellada.
Beatrice apenas tenía experiencia en temas románticos, por mucho que varios príncipes extranjeros de su edad lo hubieran intentado. El único que había llegado a una segunda cita era el príncipe Nikolaos de Grecia. Sus padres lo habían instado a participar en un programa de intercambio en Harvard durante un semestre, con la evidente intención de que la princesa americana se volviera loca de amor por él. Beatrice salió con él para agradar a ambas familias, pero no sacó nada en claro del asunto, aunque, como el hijo menor de una familia real, Nikolaos era uno de los pocos hombres disponibles para ella. La futura monarca solo podía casarse con alguien de sangre noble o aristocrática.
Beatrice siempre había sabido que tenía prohibido salir con la persona equivocada; ni siquiera se le permitía besar a la persona equivocada, como parecía hacer todo el mundo en la universidad. Al fin y al cabo, nadie quería ver a su futura reina volviendo de una noche de juerga con la ropa sospechosamente arrugada.
No, era mucho más seguro que la heredera al trono no tuviera un pasado sexual que después la prensa le echara en cara: nada de antiguos novios, ningún ex que vendiera secretos íntimos en una autobiografía sin censurar. En las relaciones de Beatrice no podía haber altibajos. Una vez que empezase a salir en público con alguien, se acabó: tendrían que ser felices y estables, y mostrarse entregados el uno al otro.
No había necesitado más aliciente para renunciar casi por completo a las citas.
La prensa llevaba muchos años aplaudiéndola por cuidar tan bien su reputación. Sin embargo, desde que cumplió los veintiuno, había notado un cambio en la forma en que hablaban de su vida amorosa. En vez de dedicada y virtuosa, los periodistas empezaban a llamarla solitaria y digna de compasión, o peor aún: frígida. Se quejaban de que, si nunca salía con nadie, ¿cómo iba a casarse y dar inicio al importantísimo trabajo de procrear al siguiente heredero al trono?
—¿No pensáis que soy demasiado joven para preocuparme por eso? —preguntó Beatrice, aliviada al comprobar que hablaba con mucha calma. Aunque, en fin, la habían educado desde pequeña para ocultar sus emociones del ojo público.
—Yo tenía tu edad cuando tu padre y yo nos casamos. Y me quedé embarazada de ti al año siguiente —le recordó la reina.
Una idea realmente terrorífica.
—¡Eso fue hace veinte años! —protestó Beatrice—. Nadie espera que... Quiero decir, los tiempos han cambiado.
—No estamos diciendo que tengas que subir al altar mañana mismo. Lo único que te pedimos es que empieces a pensar en ello. No será una decisión fácil, y queremos ayudarte.
—¿Ayudarme?
—Hay varios jóvenes que nos encantaría presentarte. Los hemos invitado a todos al baile de mañana por la noche.
La reina abrió su bolso de cuero granulado y sacó una carpeta de la que asomaban etiquetas de plástico de colores. Se la entregó a su hija.
En cada etiqueta se leía un nombre: lord José Ramírez, futuro duque de Texas; lord Marshall Davis, futuro duque de Orange; lord Theodore Eaton, futuro duque de Boston.
—¿Estáis intentando buscarme novio?
—Solo te ofrecemos algunas opciones. Queremos presentarte a algunos jóvenes que podrían encajar.
Beatrice hojeó la carpeta, aturdida. Había todo tipo de información: árboles genealógicos, fotos, expedientes académicos del instituto, e incluso la altura y el peso de cada chico.
—¿Habéis usado vuestra autorización de seguridad para conseguir todo esto?
—¿Qué? No. —El rey parecía escandalizado ante la mera sugerencia de que hubiera abusado de sus privilegios en la Agencia de Seguridad Nacional—. La información nos la han proporcionado de buen grado estos jóvenes y sus familias. Saben dónde se meten.
—Así que ya habéis hablado con ellos —repuso Beatrice, envarada—. ¿Y queréis que mañana por la noche, en el Baile de la Reina, me entreviste con estos... maridos en potencia?
—¡Así dicho suena muy impersonal! —se quejó su madre, que arqueó las cejas para demostrar su disgusto—. Lo único que te pedimos es que charles con ellos, que los conozcas un poco mejor. ¿Quién sabe? Puede que uno de ellos te sorprenda.
—Puede que sí sea como una entrevista —reconoció el rey—. Beatrice, cuando por fin elijas a alguien no será tan solo tu marido, sino también el primer rey consorte de América. Y casarse con la monarca reinante es un trabajo a tiempo completo.
—Un trabajo que no se acaba nunca —añadió la reina.
A través de la ventana, Beatrice oyó carcajadas y parloteo en el Patio de Mármol, y una única voz que luchaba con gallardía por alzarse por encima del estrépito. Seguramente se trataba de la visita guiada de algún colegio, el día antes de las vacaciones de invierno. Aquellos adolescentes no eran mucho menores que ella, y sin embargo Beatrice se sentía a una distancia irrevocable de ellos.
Usó el pulgar para levantar las hojas de la carpeta y después dejarlas caer de nuevo en cascada; en total, se trataba de tan solo una docena de chicos.
—Esta carpeta es bastante fina —comentó en voz baja.
Evidentemente, siempre había sabido que tendría que pescar en un estanque muy pequeño, que sus opciones románticas eran en extremo limitadas. No tanto como hacía cien años, cuando el matrimonio de un rey era un asunto de política pública más que del corazón. Al menos no tendría que casarse para sellar un tratado.
No obstante, parecía mucho pedir que fuera capaz de enamorarse de una de las personas de aquella lista tan corta.
—Tu padre y yo hemos sido muy exhaustivos. Hemos examinado a todos los hijos y nietos de la nobleza antes de reunir estos nombres —respondió su madre en tono amable.
—Tienes unas cuantas opciones estupendas, Beatrice —dijo el rey asintiendo—. Todos los muchachos incluidos en la carpeta son inteligentes, considerados y de buena familia; la clase de hombres que te apoyarán sin dejar que su ego se inmiscuya.
«De buena familia». Beatrice sabía qué significaba aquello. Eran los hijos y los nietos de importantes nobles americanos, aunque solo porque los príncipes extranjeros que rondaban su edad (Nikolaos, Charles de Schleswig-Holstein o el gran duque Pieter) ya habían quedado descartados.
Beatrice miró primero a su madre y después a su padre.
—¿Y si mi futuro marido no está en la lista? ¿Y si no quiero casarme con ninguno de ellos?
—Ni siquiera los conoces todavía —repuso su padre—. Además, a tu madre y a mí nos presentaron nuestros padres, y mira lo bien que ha salido —añadió mirando a la reina a los ojos mientras esbozaba una dulce sonrisa.
La joven asintió, algo más tranquila. Sabía que su padre había elegido a su madre justo así, de una corta lista de opciones aprobadas previamente. Solo se habían reunido una docena de veces antes del día de su boda. Sin embargo, su matrimonio concertado había acabado floreciendo en una auténtica unión por amor.
Intentó considerar la posibilidad de que sus padres estuvieran en lo cierto: de que ella pudiera enamorarse de uno de los jóvenes incluidos en aquella carpeta de tamaño aterrador.
No parecía probable.
Todavía no conocía a aquellos nobles, pero ya se imaginaba cómo eran: la misma clase de chicos mimados y egocéntricos que llevaban años revoloteando a su alrededor. La clase de chicos que había rechazado con mucha precaución en Harvard cada vez que la invitaban a la fiesta de uno de sus exclusivos clubes masculinos o a la fiesta de una fraternidad. La clase de chicos que la miraban y no veían a una persona, sino una corona.
A veces, a Beatrice se le ocurría una idea traidora: que sus padres también la veían así.
El rey apoyó las palmas de las manos en la mesa de reuniones. Sobre la piel bronceada de sus manos brillaban un par de anillos: la sencilla alianza dorada de su boda y, a su lado, el pesado aro que llevaba grabado el Gran Sello de América. Sus dos matrimonios: con la reina y con su país.
—Nuestra esperanza siempre ha sido que te enamores de alguien que, además, sea capaz de hacer frente a las exigencias que vienen aparejadas con esta vida —le dijo el rey—. Alguien que sea la elección adecuada tanto para ti como para América.
Beatrice escuchó el significado implícito: que, si no encontraba a alguien que encajara en ambos papeles, América siempre debía ser lo primero. Más importante que seguir los dictados de su corazón era que se casara con alguien capaz de encargarse de aquel trabajo y hacerlo bien.
Lo cierto era que Beatrice había renunciado a su corazón tiempo atrás. Su vida no le pertenecía, sus elecciones nunca eran del todo suyas; lo había sabido desde niña.
Su abuelo, el rey Edward III, se lo había dicho en su lecho de muerte. El recuerdo permanecería siempre grabado en su cerebro: el olor aséptico del hospital, las luces amarillas fluorescentes, el tono imperioso con el que su abuelo había echado a todo el mundo de la habitación. «Tengo que decirle un par de cosas a Beatrice», había anunciado con aquella voz profunda y aterradora que usaba solo con ella.
El rey moribundo había arropado las manitas de Beatrice en las suyas, ya frágiles.
—Hace mucho tiempo, las monarquías existían para que el pueblo sirviera al monarca. Ahora es el monarca el que debe servir al pueblo. Recuerda que ser una Washington y dedicar tu vida a esta nación es un honor y un privilegio.
Beatrice asintió con aire solemne. Sabía que su deber consistía en poner siempre primero al pueblo; todo el mundo se lo repetía desde que nació. Las palabras «para servir a Dios y el país» estaban pintadas en las paredes de su dormitorio, literalmente.
—A partir de ahora serás dos personas a la vez: Beatrice, la niña, y Beatrice, la heredera de la Corona. Cuando esas dos personas deseen cosas distintas, la Corona debe ganar. Siempre —añadió su abuelo, muy serio—. Júramelo.
Sus dedos se cerraron sobre los de la niña con una fuerza sorprendente.
—Lo juro —había susurrado Beatrice.
No recordaba haber decidido pronunciar aquellas palabras conscientemente; era como si una fuerza mayor que ella, quizás el espíritu de la misma América, se hubiera apoderado de ella por un momento y se las hubiera arrancado del pecho.
Beatrice vivía para honrar aquel juramento sagrado. Siempre había sabido que la decisión a la que se enfrentaba la esperaba en el futuro. Sin embargo, estaba siendo todo tan repentino que se quedó sin aliento: sus padres esperaban que empezara a elegir marido al día siguiente y, además, de entre una lista muy reducida de candidatos.
—Ya sabes que esta vida no es fácil —le dijo el rey con amabilidad—. Que, a menudo, lo que se ve desde fuera no tiene nada que ver con lo que es desde dentro. Beatrice, es esencial que encuentres al compañero adecuado para compartirla. Alguien que te ayude a superar los retos y a disfrutar de los éxitos. Tu madre y yo somos un equipo. No podría haber hecho nada de esto sin ella.
Beatrice tragó saliva para intentar deshacer el nudo de su garganta. Bueno, si necesitaba casarse por el bien de país, bien podía intentar elegir a uno de los chicos aprobados por sus padres.
—¿Queréis que revisemos los candidatos antes de conocerlos mañana? —preguntó al fin, y abrió la carpeta por la primera página.

Nina González subió las escaleras de la parte trasera del aula en dirección a su asiento de siempre, en el palco. Ante ella se extendían los cientos de sillas rojas del auditorio, cada una de ellas con su escritorio de madera integrado. Casi todas estaban ocupadas. Se trataba de Introducción a la Historia Mundial, una clase obligatoria para todos los alumnos de primer año de King’s College: el rey Edward I lo había decretado cuando fundó la universidad en 1828.
Se arremangó su camisa de franela y dejó al descubierto el tatuaje de la muñeca, con sus líneas angulares grabadas en su luminosa piel color siena. Se trataba del carácter chino que significaba «amistad». Samantha había insistido en tatuárselo juntas para celebrar su decimoctavo cumpleaños. Por supuesto, a Sam no podían verla con tatuajes, así que el suyo estaba en un lugar mucho más íntimo.
—Te vienes esta noche, ¿no? —le preguntó su amiga Rachel Greenbaum, sentada en el asiento de al lado.
—¿Esta noche?
Nina se recogió un mechón de su oscura melena detrás de la oreja. Un chico guapo del extremo de la fila la estaba mirando, pero ella no le prestó atención. Se parecía demasiado al joven del que intentaba olvidarse.
—Hemos quedado en la sala común para ver la cobertura del Baile de la Reina. He preparado pasteles de cereza con la receta oficial, la del libro de cocina de los Washington. Incluso he comprado las cerezas en la tienda de regalos de palacio, para que sean auténticas de verdad —añadió, entusiasmada.
—Seguro que están deliciosos.
Aquellos pasteles de cereza eran famosos en todo el mundo: el palacio llevaba varias generaciones sirviéndolos en todas sus fiestas al aire libre y galas. Nina se preguntó qué diría Rachel si supiera lo mucho que los Washington odiaban en secreto aquellos dulces.
Lo cierto era que, para lograr una mayor autenticidad, lo suyo habría sido una barbacoa. O tacos de desayuno. La familia real comía ambas cosas con una frecuencia pasmosa.
—Entonces vienes, ¿no? —insistió Rachel.
—No puedo —respondió Nina procurando parecer compungida—. Me toca turno de noche.
Trabajaba en la biblioteca de la universidad ordenando los libros como parte del programa de ayudas al estudio que financiaba su beca. En cualquier caso, de haber estado libre, tampoco tenía intención de ver el Baile de la Reina por la tele. Había asistido a aquella gala varios años seguidos, y siempre era más o menos lo mismo.
—No sabía que la biblioteca abriera los viernes por la noche.
—Pues deberías venir conmigo. Algunos de los de último curso todavía tienen exámenes finales; a lo mejor conoces a un chico interesante —bromeó Nina.
—Solo tú serías capaz de fantasear con un encuentro romántico en una biblioteca —repuso Rachel negando con la cabeza, antes de dejar escapar un suspiro anhelante—. ¿Qué se pondrá la princesa Beatrice esta noche? ¿Recuerdas el vestido del año pasado, el del escote ilusión? Era muy elegante.
Nina no quería hablar de la familia real, y menos con Rachel, que estaba un poco obsesionada con ella. Una vez le había contado a Nina que le había puesto Jefferson a su carpa dorada... Bueno, a las diez carpas doradas que había tenido. Sin embargo, su profunda lealtad a Samantha la impulsó a preguntar:
—¿Qué me dices de Samantha? También va siempre muy guapa.
Rachel dejó escapar un vago ruidito para expresar su desacuerdo, sin prestar atención a la pregunta. Era una reacción muy típica. El país adoraba a Beatrice, su futura soberana... o, al menos, la mayoría de la gente la adoraba, salvo los grupos machistas y reaccionarios que todavía protestaban contra la Ley de sucesión a la Corona. Esas personas odiaban a Beatrice simplemente por tener la osadía de ser la mujer que heredaría un trono que siempre había pertenecido a los hombres. Constituían una minoría, pero eran agresivos y ruidosos, y siempre troleaban las fotos de Beatrice que aparecían en las redes y la abucheaban en los mítines políticos.
No obstante, si la mayor parte de la nación quería a Beatrice, lo que sentían por Jefferson era una adoración absoluta; a veces parecían dejar escapar un suspiro de amor colectivo. Era el único chico de la familia, y el mundo estaba dispuesto a perdonárselo todo, aunque Nina no.
En cuanto a Samantha... En el mejor de los casos, entretenía a la gente. En el peor, que era bastante frecuente, no aprobaban su comportamiento. El problema era que no la conocían. No como Nina.
Se salvó de responder gracias al profesor Urquhart, que empezó a subir al podio con pasos pesados. Se oyó un revuelo cuando los setecientos estudiantes dejaron de charlar entre murmullos y colocaron sus portátiles ante ellos. Nina, que debía de ser la única persona que todavía tomaba notas a mano, en un cuaderno de espiral, preparó el lápiz sobre una hoja nueva y alzó la vista, expectante. Las motas de polvo flotaban en los haces de luz solar que entraban por las ventanas.
—Como hemos visto durante todo el semestre, las alianzas políticas a finales del siglo XIX solían ser bilaterales y se rompían con facilidad. Por eso, muchas de ellas se sellaban a través de matrimonios —dijo el profesor—. Todo cambió con la creación de la Liga de los Reyes: un tratado entre varias naciones para asegurar la seguridad y la paz colectiva. La Liga se fundó en 1895, con el Acuerdo de París, del que fue anfitrión...
«Luis», terminó Nina la frase para sí. Era la parte más fácil de la historia francesa: sus reyes siempre se llamaban Luis algo, hasta llegar al actual, el rey Luis XXIII. La verdad era que los franceses eran peores con sus Luis que los Washington con sus George.
Copió las palabras del profesor en su libreta mientras deseaba que dejara de hablar de los Washington. Se suponía que la universidad iba a ser borrón y cuenta nueva, una oportunidad para descubrir quién era realmente, libre de la influencia de la familia real.
Nina había sido la mejor amiga de la princesa Samantha desde que eran pequeñas. Se habían conocido hacía ya doce años, cuando entrevistaron a la madre de Nina, Isabella, en palacio. El anterior rey, Edward III, abuelo de Samantha, acababa de fallecer, y el nuevo rey necesitaba un chambelán. Isabella había estado trabajando en la Cámara de Comercio y, de algún modo, por puro milagro, su jefe se la recomendó a su majestad. Porque una no se postulaba para un trabajo en palacio, sino que en palacio elaboraban una lista de candidatos y, si eras una de las pocas afortunadas, eran ellos los que iban a buscarte.
La tarde de la entrevista, la otra madre de Nina, Julie, estaba fuera de la ciudad, y la niñera habitual canceló su cita en el último momento, de modo que mamá Isabella no tuvo más remedio que llevarse a Nina con ella. «Quédate aquí», le pidió, y la llevó hasta un banco en un pasillo de la planta baja.
A Nina la sorprendió que a su madre la entrevistaran en el palacio de verdad, pero, como averiguaría después, el Palacio de Washington no eran tan solo el hogar de la familia real en la capital, sino también el centro administrativo de la Corona. De las seiscientas habitaciones del edificio, casi todas eran despachos o espacios públicos. Los aposentos privados de la planta de arriba estaban marcados con pomos ovalados, en vez de redondos, como los de abajo.
Nina se sentó con los pies debajo del cuerpo y, sin hacer ruido, abrió el libro que había llevado consigo.
—¿Qué estás leyendo?
Un rostro coronado por una montaña de cabello castaño se asomaba por una esquina. Nina reconoció a la princesa de inmediato. Samantha, aunque no parecía una princesa con sus leggins de estampado de cebra y su vestido de lentejuelas. Tenía las uñas pintadas como un arcoíris, cada una de un color primario.
—Pues...
Nina escondió la cubierta en su regazo. El libro era sobre una princesa, aunque imaginaria, pero era raro confesárselo a una de verdad.
—Mi hermano pequeño y yo estamos leyendo una serie sobre dragones —le dijo Samantha, y ladeó la cabeza—. ¿Lo has visto? No lo encuentro.
—Pensaba que erais mellizos —dijo sin poder evitarlo, tras negar con la cabeza.
—Sí, pero yo soy cuatro minutos mayor, lo que convierte a Jeff en mi hermano pequeño —contestó Samantha con una lógica irrefutable—. ¿Quieres ayudarme a buscarlo?
La princesa era una tormenta de energía cinética que saltaba por los pasillos y no dejaba de abrir puertas ni de asomarse detrás de los muebles en busca de su mellizo. Mientras tanto, soltaba una interminable retahíla de palabras, su propia visita guiada de los grandes éxitos del palacio.
—Esta habitación está poseída por el fantasma de la reina Thérèse. Sé que es ella porque el fantasma habla francés —anunció en tono lúgubre mientras señalaba al salón de abajo, que estaba cerrado—. Antes patinaba por estos pasillos, hasta que mi padre me pilló y me dijo que no podía hacerlo. Beatrice también lo hacía, pero no importa lo que haga ella. —No sonaba resentida, sino pensativa—. Algún día será reina.
—¿Y qué serás tú? —le preguntó Nina, curiosa.
—Todo lo demás —respondió Samantha sonriendo.
Condujo a Nina de un lugar increíble a otro, a través de almacenes llenos de servilletas de lino planchadas a una cocina del tamaño de un salón de baile en la que el chef les dio unas galletas que sacó de un tarro pintado de azul. La princesa le dio un bocado a la suya, pero Nina se la guardó en un bolsillo. Era demasiado bonita para comérsela.
Cuando regresaban al banco, a Nina le sorprendió ver que su madre bajaba por el pasillo charlando tranquilamente con el rey. Sus ojos dieron con Nina, que se quedó paralizada.
El rey sonrió, una sonrisa genial, infantil, que le iluminaba la mirada.
—Bueno, ¿a quién tenemos aquí?
Nina no había conocido nunca a un rey, pero un instinto espontáneo (puede que por haberlo visto tantas veces en la televisión) la impulsó a hacerle una reverencia.
—Esta es mi hija, Nina —murmuró Isabella.
Samantha trotó hasta su padre y le tiró de la mano.
—Papá, ¿puede volver Nina otro día? —le suplicó.
El rey volvió su cálida mirada hacia la madre de Nina.
—Samantha tiene razón. Espero que traiga a Nina por las tardes. Al fin y al cabo, nuestra jornada laboral no es corta.
—¿Majestad? —preguntó Isabella, sorprendida.
—Está claro que las niñas se llevan bien, y sé que su esposa también está muy ocupada. ¿Por qué dejar a Nina en casa con una niñera cuando puede venirse con usted?
Nina era demasiado pequeña para comprender la vacilación de Isabella.
—Ay, sí, mamá, por favor —intervino, la viva imagen del anhelo, así que Isabella cedió, suspirando.
Y, sin más, Nina acabó metida en las vidas de los mellizos reales.
Se convirtieron al instante en un trío: el príncipe, la princesa y la hija de la chambelana. Por aquel entonces, Nina ni siquiera se sentía cohibida por las diferencias entre su vida y la de Samantha. Porque, aunque fueran mellizos y realeza, Jeff y Sam jamás la hicieron sentir fuera de lugar. Si acaso, a los tres se los excluía por igual del mundo glamuroso e inaccesible de los adultos, incluso del de Beatrice, que, a sus diez años, ya tenía que recibir clases privadas que se sumaban a las asignaturas de la escuela.
Sam y Jeff siempre eran los instigadores de sus planes, mientras que Nina intentaba, sin éxito, evitar que se desmadraran. Se escapaban de la niñera de los mellizos y montaban alguna escapada: a nadar a la piscina climatizada interior o a buscar las habitaciones seguras y refugios antiaéreos sobre cuya existencia se rumoreaba y que, supuestamente, estaban repartidos por el palacio. Una vez, Samantha los convenció para ocultarse bajo un mantel y escuchar a escondidas una reunión privada entre el rey y el embajador austriaco. Los descubrieron al cabo de un par de minutos, cuando Jeff tiró de la tela y tumbó una jarra de agua, pero, para entonces, Samantha ya había pringado de miel el zapato del embajador. «Si no quieres mancharte los zapatos de miel, no te los quites debajo de la mesa», diría después con un brillo malicioso en los ojos.
El hecho de que la amistad de Samantha y Nina hubiera sobrevivido a lo largo de tantos años era fiel reflejo de la tozudez de la princesa. Se negaba a permitir que la vida las separase, a pesar de asistir a distintos colegios e incluso después de que la madre de Nina dejara su puesto como chambelana y fuera nombrada ministra de Hacienda. Samantha seguía invitando a Nina a palacio para fiestas de pijamas o a las casas de vacaciones de los Washington para pasar los fines de semana festivos o como su acompañante para los distintos acontecimientos oficiales.
Las madres de Nina tenían sentimientos encontrados sobre la amistad de su hija con la princesa.
Isabella y Julie se habían conocido hacía años, durante sus posgrados, y ahora eran una de las parejas más poderosas de la capital: Isabella trabajaba como ministra de Hacienda, mientras que Julie era la fundadora de un exitoso negocio de comercio electrónico. No discutían a menudo, pero la complicada relación de Nina con los Washington era algo en lo que nunca se ponían de acuerdo.
—No podemos permitir que Nina vaya a ese viaje —había protestado Isabella después de que Samantha invitara a la niña a la casa de la playa en la que veraneaba la familia real—. No quiero que pase demasiado tiempo con ellos, y menos cuando no estamos nosotras.
Nina aguzó el oído para escucharlas, puesto que sus voces rebotaban a través de las anticuadas tuberías de calefacción del edificio. Ella estaba en su dormitorio de la segunda planta, bajo el desván. No pretendía espiarlas, pero tampoco les había confesado nunca lo bien que las oía cuando hablaban en el salón, que se encontraba justo debajo.
—¿Por qué no? —había contestado Julie con la voz distorsionada por los viejos tubos de metal.
—¡Porque me preocupo por ella! El mundo en el que habitan los Washington, con sus aviones privados, sus galas en la corte y su protocolo..., no es la realidad. Y por muy a menudo que la inviten o por mucho que le guste a la princesa Samantha, Nina jamás será una de ellos. —La madre de Nina suspiró—. No quiero que se sienta como la parienta pobre de una novela de Jane Austen.
Nina se acercó más a la pared para oír la respuesta.
—La princesa siempre ha sido una buena amiga —protestó su madre—. Y tú deberías tener un poquito más de fe en la forma en que la hemos educado. De hecho, creo que Nina será una influencia positiva para Samantha y que le recordará lo que existe fuera de las puertas de ese palacio. Es probable que la princesa necesite una amiga normal.
Al final, las dos habían decidido dejarla ir, con la condición de que se mantuviera alejada del ojo público y que la prensa jamás la citara ni fotografiara en su cobertura de la familia real. El palacio había accedido de buena gana. Tampoco les gustaba demasiado que los medios se centraran en la princesa Samantha.
Cuando empezaron en el instituto, Nina ya se había acostumbrado a los excéntricos planes de su mejor amiga y a su contagioso entusiasmo. «¡Vamos a sacar a Albert de paseo!», le decía Sam en un mensaje de texto, puesto que así era como había bautizado al jeep amarillo limón que había suplicado a sus padres como regalo para su decimosexto cumpleaños. Tenía el coche, pero no dejaba de suspender la parte de aparcar en paralelo del examen de conducir, así que todavía no tenía el carné. Lo que significaba que Nina acababa conduciendo aquel horrendo todoterreno amarillo por toda la capital, mientras Samantha se sentaba en el asiento del copiloto, con las piernas cruzadas, y le imploraba que se pasara por un McDonald’s. Al cabo de un tiempo, a Nina dejó de molestarle el guardaespaldas que les lanzaba miradas asesinas desde el asiento de atrás.
Sam le ponía demasiado fácil olvidarse de las innumerables diferencias que las separaban. Y Nina la quería incondicionalmente, igual que habría querido a una hermana de haberla tenido. El problema es que su hermana resultaba ser la princesa de América.
No obstante, su relación había sufrido un sutil cambio a lo largo de los últimos seis meses. Nina nunca le había contado a Sam lo sucedido la noche de la fiesta de graduación... Y, cuanto más lo guardaba en secreto, mayor parecía la distancia que se abría entre ellas. Después, Sam y Jeff se marcharon en su viaje relámpago posgraduación, y Nina empezó su primer año de universidad; y quizá fuera lo mejor. Era su oportunidad de adaptarse a una vida más normal, una sin aviones privados, galas en la corte y el protocolo que tanto preocupaban a Isabella. Podía volver a ser una chica normal en el mundo real.
Nina no le había contado a nadie de King’s College que Samantha era su mejor amiga. Lo más probable era que pensaran que era una mentirosa o, si la creían, quizá la intentaran usar para aprovecharse de sus contactos. No sabía cuál de las dos cosas era peor.
El profesor Urquhart apagó el micrófono, dando por concluida la clase. Empezó el murmullo de las conversaciones en voz baja y los portátiles al cerrarse. Nina garabateó unas cuantas notas más en su cuaderno antes de meterlo en la bandolera y seguir a Rachel escaleras abajo hasta salir al patio.
Unas cuantas chicas de su pasillo se les unieron, todas hablando con emoción de la fiesta para ver el Baile de la Reina. Dirigieron sus pasos al centro de estudiantes, donde todo el mundo solía comer después de clase, pero Nina frenó el ritmo.
Le había llamado la atención un movimiento cerca de la calle: un coche negro estaba aparcado junto a la acera, con el motor encendido. Apoyada en la ventana del coche había una hoja de papel blanco con el nombre de Nina escrito a mano.
Habría reconocido aquella letra en cualquier parte.
—¿Nina? ¿Vienes? —la llamó Rachel.
—Lo siento, tengo una reunión con mi tutor —mintió ella.
Después esperó unos segundos antes de correr por el césped hacia el coche.
En el asiento de atrás estaba la princesa Samantha, vestida con pantalones de deporte de terciopelo amarillo y una camiseta blanca a través de la que se le veía el sujetador rosa. Nina corrió a sentarse a su lado y cerró la puerta antes de que las viera alguien.
—¡Nina! ¡Te he echado de menos! —exclamó Sam mientras la rodeaba con sus brazos en uno de sus típicos saludos efusivos.
—Y yo a ti —murmuró Nina contra el hombro de su amiga.
Un millón de preguntas le ardían en los labios.
Por fin, Samantha se apartó y se acercó al chófer.
—Puedes dar vueltas por el campus durante un rato —le dijo. Típico de Sam, querer estar en movimiento constante aunque no fuera a ninguna parte.
—Sam, ¿qué estás haciendo aquí? ¿No deberías estar preparándote para esta noche?
—¡Te estoy secuestrando para arrastrarte al Baile de la Reina como mi acompañante! —respondió ella bajando la voz, como una conspiradora.
—Lo siento, tengo que trabajar —respondió ella.
—Pero tus madres estarán allí... ¡Seguro que les encantará verte! —Sam dejó escapar un suspiro—. Por favor, Nina. No me vendría mal el apoyo, con mi madre y mi padre.
—¿No acabas de llegar a casa?
¿Cómo era posible que ya estuvieran enfadados con ella?
—La última noche en Tailandia, Jeff y yo huimos de nuestros guardaespaldas —reconoció Sam mientras miraba por la ventana.
Estaban pasando por College Street, en dirección a la arquitectura gótica de Dandridge Library.
—¿Os librasteis de los guardaespaldas? ¿Cómo?
—Huimos de ellos —repitió Samantha, incapaz de reprimir una sonrisa—. Literalmente. Jeff y yo dimos media vuelta y salimos corriendo hacia el tráfico, nos metimos entre los coches e hicimos dedo hasta un sitio en el que alquilaban quads. Los condujimos por la jungla. Fue increíble.
—Parece peligroso —comentó Nina, y su amiga se rio.
—¡Hablas como mis padres! Por eso te necesito. Esperaba que, si venías conmigo esta noche...
—¿Te mantuviera controlada? —terminó Nina por ella.
Como si alguna vez hubiera sido capaz de controlar a la princesa. No había poder sobre la Tierra capaz de evitar que Samantha hiciera lo que fuera que se hubiera propuesto.
—¡Ya sabes que tú eres la buena!
—Solo soy «la buena» comparada contigo. Lo que no es decir mucho.
—Deberías agradecerme que te deje el listón tan bajo. Mira, podemos largarnos de la recepción pronto, coger masa de galletas casera de la cocina y quedarnos hasta tarde viendo realities malos en la tele. ¡Hace siglos que no hacemos una fiesta de pijamas! Por favor —repitió—. Te he echado mucho de menos.
Costaba no atender a una súplica así de tu mejor amiga.
—Supongo que... podría pedirle a Jodi que me cambiara el turno —transigió Nina después de un instante de vacilación tan efímero que lo más probable era que Samantha no lo hubiera notado.
—¡Gracias! —chilló la princesa, emocionada, y se inclinó hacia delante para informar al chófer de su nuevo destino. Después se volvió hacia Nina y se puso su amorfo bolso de cuero en el regazo—. Por cierto, te he traído una cosa de Bangkok.
Rebuscó en el bolso hasta que por fin sacó un paquete de M&M’s Pretzel. La bolsa azul chillón estaba cubierta de los preciosos bucles y florituras de la escritura tailandesa.
—Te has acordado.
Los M&M’s eran la golosina favorita de Nina. Sam siempre le compraba una bolsa cuando viajaba al extranjero; había leído en alguna parte que la fórmula variaba según el país, y había decidido que Nina y ella tenían que probarlos todos.
—¿Bueno? ¿Qué tal están? —le preguntó cuando Nina se metió una de las chocolatinas en la boca.
—Deliciosos.
En realidad estaban un poco rancios, pero no era de sorprender dado el número de kilómetros que habían recorrido, aplastados en el bolsillo lateral del bolso de Samantha.
Doblaron una esquina, y el palacio apareció ante ellas; demasiado pronto, a decir de Nina, aunque, al fin y al cabo, King’s College solo estaba a unos tres kilómetros de distancia. Los pinos de Virginia se alzaban, altos y arrogantes, a cada lado de la calle, que estaba repleta de despachos burocráticos y abarrotada de gente. El palacio era de un blanco deslumbrante contra el esmalte azul del cielo. Su reflejo bailaba en las aguas del Potomac, así que parecía haber dos palacios: uno sólido, y otro desvaído y onírico.
Los turistas se pegaban a las puertas de hierro del palacio, donde una hilera de guardias permanecía en posición de firmes, con las manos alzadas para saludar. Por encima del acceso circular, Nina vio el borde ondeante del Estandarte Real, la bandera que indicaba que el monarca se encontraba oficialmente en la residencia.
Respiró hondo y se preparó. No había querido volver a palacio por no arriesgarse a verlo a él. Todavía lo odiaba por lo sucedido la noche de la fiesta de graduación.
Sin embargo, lo que más odiaba Nina era la pequeña parte de ella que, en secreto, deseaba verlo, incluso después de todo lo que él le había hecho.

Daphne Deighton giró la llave de su puerta principal y se quedó inmóvil un instante. Por costumbre, volvió la vista atrás, sonriendo, aunque hacía meses que los paparazzi no se arremolinaban en su patio, como hacían cuando salía con Jefferson.
Al otro lado del río veía una esquina del Palacio de Washington. El centro del mundo o, al menos, el centro de su mundo.
Desde aquel ángulo era precioso, con la luz de la tarde derramándose sobre sus ladrillos de arenisca blanca y sus altas ventanas arqueadas. Sin embargo, como Daphne bien sabía, el palacio no estaba tan ordenado como parecía. Construido en la ubicación original de Mount Vernon, el hogar del rey George I, lo habían restaurado una y otra vez, y todos los monarcas habían intentado dejar su impronta en él, de modo que al final era un desconcertante nido de galerías, escaleras y pasillos que siempre estaba lleno de gente.
Daphne vivía con sus padres al borde de Herald Oaks, el barrio de mansiones aristocráticas al este del palacio. A diferencia de las propiedades de sus vecinos, que habían pasado de generación en generación a lo largo de los dos últimos siglos y medio, el hogar de los Deighton era bastante nuevo. Igual que su título nobiliario.
Por lo menos su familia tenía un título, gracias a Dios, aunque en un escalafón demasiado bajo en la jerarquía, para el gusto de Daphne. Su padre, Peter, era el segundo baronet de Margrave. La dignidad de baronet se la había concedido el rey Edward III al abuelo de la chica por su «servicio personal diplomático» a la emperatriz Anna de Rusia. En su familia nadie le había explicado con exactitud de qué clase de servicio se trataba. Y, como es natural, Daphne había sacado sus propias conclusiones.
Cerró la puerta después de entrar, se quitó la mochila de cuero del hombro y oyó la voz de su madre en el comedor:
—¿Daphne? ¿Puedes venir un momento?
—Por supuesto —respondió obligándose a borrar la impaciencia de su tono.
Esperaba que sus padres convocaran un cónclave familiar aquel día, como tantas veces antes: cuando Jefferson le pidió que saliera con ella o cuando la invitó a pasar las vacaciones con su familia, o el impensable día que el príncipe había roto con ella. Todos los hitos de su relación con Jefferson habían conllevado una de aquellas charlas. Su familia funcionaba así.
Tampoco era que sus padres hubieran aportado demasiado al tema. Todo lo que Daphne había conseguido con el príncipe había sido gracias a su esfuerzo y al de nadie más.
Se sentó en la silla que había frente a sus padres, a la mesa del comedor, y fue a coger la jarra de té helado, como si nada, para servirse un vaso. Ya sabía cuáles serían las siguientes palabras de su madre.
—Regresó anoche.
No era necesario aclarar a quién se refería. El príncipe Jefferson George Alexander Augustus, el más joven de los tres hermanos de la casa real y el único varón.
—Lo sé.
Como si Daphne no hubiera configurado una docena de alertas de internet con el nombre del príncipe, como si no consultara constantemente las redes sociales en busca de cualquier pizca de información sobre su paradero. Como si no conociera al príncipe mejor que nadie, es probable que mejor que su propia madre.
—No has ido a recibirlo al avión.
—¿Al lado de todas sus admiradoras chillonas? No, gracias. Veré a Jefferson esta noche, en el Baile de la Reina.
Se negaba a llamar Jeff al príncipe, como hacía todo el mundo. Sonaba muy poco monárquico.
—Han pasado seis meses —le recordó su padre—. ¿Seguro que estás lista?
—Supongo que tengo que estarlo —contestó ella en tono cortante.
Pues claro que estaba lista.
—Solo intentamos ayudar, Daphne —se apresuró a intervenir su madre—. Esta noche es importante. Después de todo lo que hemos hecho...
Un psicólogo daría por sentado que Daphne había heredado la ambición de sus padres, pero sería más acertado decir que la ambición de sus padres se había magnificado y concentrado en ella, del mismo modo que una lente curva es capaz de concentrar los rayos solares dispersos.
La escalada social de Rebecca Deighton había comenzado antes del nacimiento de Daphne. Becky, que era como se hacía llamar entonces, abandonó su pequeña ciudad natal de Nebraska a los diecinueve años armada tan solo con su imponente belleza y un ingenio muy afilado. Firmó un contrato con una de las agencias de modelos más importantes del país en cuestión de semanas. Su rostro no tardó en aparecer en las revistas y las vallas publicitarias, los anuncios de lencería y los de coches. América se encaprichó de ella.
Al final, Becky se reinventó como Rebecca y se estableció el objetivo de conseguir un título. Después de conocer al padre de Daphne, era cuestión de tiempo que se convirtiese en lady Margrave.
Y si todo seguía según el plan y Daphne se casaba con Jefferson, seguro que sus padres obtenían algo mejor que una humilde dignidad de baronet. Quizá se convirtieran en condes... Puede que incluso en marqueses.
—Solo queremos lo mejor para ti —añadió Rebecca mirando a su hija a los ojos.
«Querrás decir lo mejor para vosotros», pensó Daphne, y sintió la tentación de responder con esas palabras.
—Me irá bien —acabó por decir.
Daphne sabía desde hacía años que se casaría con el príncipe. Esa era la palabra correcta: sabía. No esperaba ni soñaba, ni siquiera era que estuviera destinada a casarse con él, puesto que todas aquellas palabras implicaban la intervención del azar, de la incertidumbre.
Cuando era pequeña, le daban lástima las niñas de su colegio que estaban obsesionadas con la familia real: las que copiaban todo lo que vestían las princesas o pegaban la foto del príncipe Jefferson en sus taquillas. ¿Qué hacían cuando se quedaban extasiadas con su póster y fingían que el príncipe era su novio? Fingir era para bebés e idiotas, y Daphne no era ninguna de las dos cosas.
Entonces, en octavo, la clase de Daphne fue de excursión al palacio, y ella se percató de por qué sus padres se aferraban con tanta obsesión a su posición aristocrática: porque ese estatus era su ventana a aquello.
Mientras contemplaba el palacio en toda su inaccesible grandeza, mientras escuchaba a sus compañeras susurrar lo maravilloso que era ser princesa, Daphne comprendió, sorprendida, que tenían razón. Ser princesa era, sin duda, maravilloso. Por eso, a diferencia de ellas, se convertiría en una.
Después de la excursión, Daphne decidió que saldría con el príncipe y, como ocurría con todos los objetivos que se marcaba, lo logró. Solicitó el ingreso en St. Ursula, el instituto privado para chicas a la que asistían las hijas de la familia real desde tiempos inmemoriales. Las hermanas de Jefferson estaban allí. Tampoco le iba mal que el instituto de Jefferson, la Academia Forsythe, solo de chicos, estuviera justo al lado.
Efectivamente, antes de que terminara el año, el príncipe ya le había pedido una cita, cuando ella estaba en primer curso y él en segundo.
No siempre resultaba sencillo manejar a alguien tan espontáneo y despreocupado como Jefferson. Sin embargo, ella era todo lo que debería ser una princesa: atenta, cultivada y, por supuesto, bella. El pueblo y la prensa del país la adoraban. Incluso se ganó la aprobación de la reina madre, y era por todos conocido que a la abuela de Jefferson no le caía bien nadie.
Hasta la noche de la fiesta de graduación del instituto de Jefferson, que fue cuando todo salió fatal. Cuando Himari se hizo daño y Daphne fue a buscar a Jefferson... y se lo encontró en la cama con otra chica.
Era el príncipe, no cabía duda; la luz se reflejaba en el bonito tono castaño de su pelo de un modo inconfundible. Daphne intentó respirar. Empezó a ver puntitos negros flotando en el aire. Después de todo lo que había pasado, después de todos sus esfuerzos...
Dio un paso atrás, tambaleante, y huyó de la habitación antes de que la viera alguno de los dos.
Jefferson la llamó a la mañana siguiente. Por un momento, Daphne sintió una punzada de pánico: temía que él se hubiera enterado de todo, que supiera de su terrible e impensable acción. Sin embargo, se limitó a soltarle la charla de la ruptura, tartamudeando, un discurso que bien podrían haber escrito sus empleados de relaciones públicas. No dejaba de repetir que ambos eran muy jóvenes: que Daphne todavía no había terminado el instituto y que él no sabía lo que iba a hacer al año siguiente. Que lo mejor para los dos sería pasar un tiempo separados, aunque esperaba que pudieran seguir siendo amigos. Daphne habló con una calma espeluznante y le dijo que lo entendía.
En cuanto Jefferson colgó, ella llamó a Natasha, del Daily News, y filtró la historia de la ruptura. Había aprendido tiempo atrás que la primera versión era siempre la más importante, puesto que marcaba la tónica de las que vinieran después. Así que se aseguró de que Natasha informara de que la ruptura era por mutuo acuerdo, que Daphne y Jefferson habían decidido que era lo mejor.
Al menos, según insinuaba el artículo de un modo muy sutil, por el momento.
En los seis meses transcurridos desde la ruptura, Jefferson había estado fuera de la ciudad, en una gira real y después en un disperso viaje posgraduación con su hermana gemela, lo que le había proporcionado a Daphne tiempo de sobra para pensar sobre su relación..., sobre lo que habían hecho y sobre el precio que había pagado la joven por ello.
Incluso después de todo lo sucedido, incluso sabiendo lo que sabía, aún quería ser princesa. Y pretendía recuperar a Jefferson.
—Solo queremos cuidar de ti —siguió diciendo Rebecca, con la misma seriedad con la que habría hablado de un diagnóstico médico potencialmente letal—. Sobre todo ahora...
Daphne sabía a qué se refería su madre: ahora que Jefferson y ella habían roto, se abría la temporada de caza, en la que las bandadas de chicas empezarían a perseguirlo. «Las cazadoras furtivas», las llamaban los periódicos. En privado, a Daphne le gustaba llamarlas Jefferzorras. Daba igual en qué ciudad se encontraran, siempre eran iguales: vestían faldas cortas y tacones altísimos, y se pasaban horas esperando en los vestíbulos de los hoteles o en los bares con la esperanza de verlo. El príncipe, que no se enteraba nunca de nada, revoloteaba felizmente de un lado a otro, cual mariposa, mientras aquellas chicas lo perseguían con sus redes.
En realidad, las cazadoras furtivas no eran competencia; ninguna de ellas estaba a la altura de la hija del baronet. Aun así, cada vez que veía una foto de Jefferson rodeado de una bandada de muchachas, Daphne no podía evitar preocuparse. Es que eran muchas...
Por no mencionar la chica de la cama de Jefferson, quienquiera que fuera. Su parte masoquista deseaba desesperadamente saberlo. Después de aquella noche esperaba que la chica apareciera con algún artículo sórdido contando todos los detalles, pero eso no había pasado.
Levantó la mirada hacia el espejo que había sobre el aparador para calmarse.
No se podía negar que era preciosa, que poseía una belleza única y deslumbrante que parecía justificar todos los éxitos y excusar buena parte de los fracasos. Había heredado los rasgos vivaces de su madre, su cutis de alabastro y, sobre todo, sus ojos: aquellos ojos verdes con un toque dorado que parecían insinuar secretos jamás revelados. Pero el cabello era el de su padre, un glorioso revuelo de color, una mezcla infinita de todo, del cobre al grosella, pasando por el tono de la madreselva, que le caía en cascada casi hasta la cintura.
Esbozó una leve sonrisa, apaciguada, como siempre, por la promesa encerrada en su propio reflejo.
—Daphne —le dijo su padre sacándola de su ensoñación—, suceda lo que suceda, debes saber que estamos de tu lado. Siempre.
«Suceda lo que suceda». Daphne lo miró. ¿Acaso sabía lo que había hecho aquella noche?
—Me irá bien —repitió, y lo dejó así.
Sabía lo que se esperaba de ella. Si un plan no funcionaba, tenía que organizar otro; si resbalaba y caía, debía caer siempre hacia delante. Daphne solo podía avanzar y seguir subiendo.
Sus padres no tenían ni idea de lo que su hija era capaz de hacer, ni idea de lo que ya había hecho por conseguir la Corona.