
«SE VENDE ISLA AL CONTADO, SIN GASTOS Y AL MEjor postor», repetía una y otra vez el comisario de la subasta en la que se discutían las condiciones de una venta tan sorprendente.
—¡Se vende una isla! ¡Se vende una isla! —insistía con voz chillona el pregonero de la sala mientras iba y venía entre una muchedumbre muy excitada, que se apiñaba en el inmenso salón de la casa de subastas de la ciudad de San Francisco, en California.
Había gente venida de todas partes: estadounidenses, franceses, mexicanos, chinos, indígenas norteamericanos y del Pacífico…
En el momento en que empieza esta historia, San Francisco ya se había convertido en una gran ciudad, con más de cien mil habitantes y tendencia a seguir expandiéndose.Tenía ya muy poco que ver con el lugar de paso para buscadores y negociantes atraídos, veinte años atrás, por la famosa Fiebre del Oro que se había desatado en California entre 1849 y 1852.
El día de la subasta, 15 de mayo, aún hacía frío en el exterior, pero no se notaba dentro del salón donde se celebraba. La gran afluencia de público hacía sudar a los asistentes.Y eso que muchos no habían acudido con la intención de comprar nada. La mayoría estaba allí solo para curiosear.
Porque claro, ¿quién iba a estar lo bastante loco, y ser lo bastante rico, como para comprar una isla del Pacífico que el gobierno había decidido vender en pública subasta? La idea general era que nadie querría o podría cubrir el precio en que se había valorado.
—¡Una isla! ¡Se vende una isla! —repetía el pregonero.
Todo el mundo se reía, pero nadie hacía ofertas.
—Es una isla con selvas vírgenes todavía —gritaba el pregonero—, con prados, colinas, manantiales de agua...
—¿Garantizados? —interrumpió un francés que parecía poco dispuesto a comprar.
—Sí, garantizados —respondía el comisario—. ¡Una isla de novecientos diez kilómetros cuadrados, en la que no hay un solo animal dañino, ni fieras ni reptiles! ¡Y que cuesta solamente un millón cien mil dólares!
—¡Que se muestre el objeto! —exclamó uno,como si se tratase de un cuadro.
Toda la sala estalló en risas, pero nadie ofreció ninguna cantidad.
El objeto de subasta, la isla, no podía pasar de mano en mano, pero su mapa estaba a disposición del público y los interesados podían saber perfectamente su situación, relieve, red hidrográfica…, todo se podía comprobar de antemano.
No era posible cometer ningún error.
Además, todas las publicaciones de Estados Unidos llevaban meses llamando la atención sobre la isla, cuya subasta había sido autorizada por el Congreso.
Se trataba de la isla Spencer, situada en el oeste-sudoeste de la bahía de San Francisco, a unos ochocientos cincuenta kilómetros del litoral californiano.
Es imposible imaginar una isla más alejada del tráfico marítimo y comercial, y eso a pesar de encontrarse a una distancia relativamente corta y próxima de la costa americana.
Su aislamiento se debía a que las corrientes marinas habían formado una especie de lago de aguas tranquilas, conocido como recodo de Fleurieu.
La isla Spencer se hallaba en el centro mismo de ese enorme remolino y, por lo tanto, muy pocos barcos pasaban por allí.
Las grandes rutas del Pacífico que unían América con China y el Japón, discurrían todas más al sur.
Así que nadie se interesaba por la isla Spencer.Y por eso mismo,no existiría un lugar mejor para alguien que quisiese huir del mundo, buscando la quietud en una absoluta soledad. ¡Para un Robinson Crusoe voluntario, aquella isla sería ideal! Para un Robinson sí; pero seguramente para nadie más.
De hecho, el gobierno de Estados Unidos ya hacía tiempo que consideraba la isla Spencer como una posesión completamente inútil: formalmente declarada sin interés por el Ejército y la Armada, y desechada por la industria y el comercio, la isla permanecía abandonada y desierta desde tiempo inmemorial.
En consecuencia, el Congreso había resuelto venderla en pública subasta. Había fijado su precio inicialmente en un millón cien mil dólares, a pagar al contado, y había impuesto las siguientes condiciones: solamente podía ser adjudicada a un ciudadano americano y el comprador no podía proclamarse rey, ni presidente de una república, ni ostentar ningún cargo vitalicio.
Quedaba claro que Estados unidos no toleraría en aguas americanas, ni en broma, la fundación de un estado, por pequeño que este fuese.
El tiempo pasaba,el pregonero se esforzaba en vano por provocar las pujas, que es como se denominan las ofertas en las subastas, y el comisario empleaba sin resultado todos sus recursos.
—Si nadie puja ni siquiera un centavo más por encima del precio de tasación, se va a declarar desierta la subasta... ¡A la una...! ¡A las dos...!
—¡Un millón doscientos mil dólares!
Estas palabras retumbaron en toda la sala y todo el mundo se volvió con asombro hacia quien se había atrevido a ofrecer tal cantidad.
Era nada menos que William W. Kolderup, de San Francisco.

WILLIAN W. KOLDERUP ERA UN HOMBRE EXTRAORdinariamente rico. Había amasado su incalculable fortuna en los primeros tiempos de la Fiebre del Oro.Él fue el principal socio del capitán suizo Sutter, en cuyos terrenos se descubrió, en 1848, la primera mina de oro.
Desde entonces había multiplicado una y otra vez su fortuna, gracias a su inteligencia, interviniendo en todos los grandes negocios comerciales e industriales de la época.
Se decía de él lo que se dice de muchos multimillonarios, que no saben lo que tienen; pero no era cierto, ya que él conocía perfectamente su fortuna.
Sus fondos inagotables alimentaban centenares de máquinas, y sus barcos exportaban los productos de aquellas máquinas a todas las partes del mundo. William W. Kolderup poseía dos mil oficinas repartidas en todos los puntos del globo; ochenta mil empleados en sus diversas agencias de Europa, América y Australia; trescientos mil corresponsales y una flota de quinientos barcos que cruzaban constantemente los mares en su provecho.
Era considerado como el orgullo de la opulenta ciudad de San Francisco.
Una puja hecha en la subasta por William W. Kolderup tenía que ser tomada en serio. Cesaron como por encanto todas las bromas y estallaron grandes «hurras» y aplausos.
Después la multitud enmudeció, expectante, por si otro interesado se atrevía a ofrecer una cantidad superior a la postura de Kolderup, aunque muchos lo consideraban poco probable,y otros creían que era absolutamente imposible.
Además, bastaba con examinar detenidamente a William W. Kolderup para llegar a la convicción de que no cedería jamás en una cuestión en que su capacidad económica estuviese en juego.
Era un hombre alto, robusto, fuerte, de cabeza voluminosa, anchas espaldas y miembros bien desarrollados. Su mirada era tranquila pero resuelta; su cabellera, entrecana y abundante, le daba un aspecto venerable. Su barba formaba dos largos mechones que partían desde las comisuras de la boca y subían por las mejillas para adornar la cara con dos patillas magníficas.
—¡Un millón doscientos mil dólares! ¡Un millón doscientos mil dólares! —gritó el comisario, animado al ver que, al fin, su trabajo iba a dar resultado—. ¿No hay quien ofrezca más? —preguntó.
Nadie contestó.
—¡A la una! ¡A las dos...!
—¡Se va a adjudicar!
Pero antes de que se oyese el golpe seco de la maza que todo el mundo esperaba, tronó una voz que pronunció estas palabras:
—¡Un millón trescientos mil dólares!
Se oyó entonces un «¡ah!» general de estupefacción ¡Se había presentado un nuevo postor y la batalla iba a ser dura!
El temerario que osaba competir era nada menos que J. R.Taskinar, de Stockton, una de las ciudades más importantes de California.Taskinar era muy rico, y aún era más gordo que rico. Se dedicaba a la minería, el petróleo y el comercio de cereales. Era también una mala persona, nada honorable, y hacía un uso demasiado fácil de su revólver, un derringer.
J. R. Taskinar detestaba a William W. Kolderup. Le envidiaba por su fortuna, por su situación y por su honorabilidad,y no era la primera vez que trataba de arrebatarle algún negocio, bueno o malo, por puro espíritu de rivalidad. Kolderup lo conocía bien y siempre lo trataba con desdén.
Había, sobre todo, un hecho que Taskinar no podía olvidar y por el que no podía perdonar a su contrincante: la derrota que había sufrido luchando con él en las últimas elecciones del estado. A pesar de sus esfuerzos, de sus amenazas, de sus difamaciones y de los miles de dólares gastados, fue William W. Kolderup el que ocupó un escaño en el Consejo Legislativo del estado, en Sacramento.
Ahora bien, J. R. Taskinar se había enterado, no sabemos cómo, de que William W. Kolderup tenía el propósito de adquirir la isla Spencer, y a pesar de creer que aquella adquisición era tan inútil para él como para su rival, vio que podía ser una nueva ocasión de luchar, de vencer quizá, y no quiso dejarla escapar. Y por eso J. R. Taskinar había acudido a la sala de subastas y se encontraba en medio de aquella multitud de curiosos y en el momento en que Kolderup se creía más seguro de su triunfo, había aparecido, como por encanto, gritando con voz atronadora:
—¡Un millón trescientos mil dólares!
A los espectadores de la sala de subastas les emocionaba ver en abierta lucha a aquellos dos gigantes y enemigos mortales.
El comisario interrumpió el silencio de la sala.
—¡Un millón trescientos mil dólares ofrecen por la isla Spencer! —gritó, levantándose al mismo tiempo, con el objeto, sin duda, de poder apreciar mejor la marcha de las apuestas.
Kolderup se había vuelto hacia el lado de donde había salido la voz de Taskinar. Los asistentes se esforzaron por dejar en un círculo cerrado, solos y juntos, a los dos adversarios. El hombre de Stockton y el hombre de San Francisco se colocaron frente a frente, dispuestos a no bajar los ojos ante la mirada del otro.
—¡Un millón cuatrocientos mil dólares! —dijo entonces Kolderup.
—¡Un millón quinientos mil dólares! —contestó Taskinar.
—¡Un millón seiscientos mil dólares!
—¡Un millón setecientos mil dólares!
—¡Un millón ochocientos mil dólares! —gritó impasible Kolderup.
—¡Un millón novecientos mil dólares! —añadió enseguida Taskinar.
—¡Dos millones! —gritó inmediatamente Kolderup, sin detenerse ni un solo momento.
Su rostro palideció ligeramente cuando esas últimas palabras salieron de sus labios; sin embargo, su actitud siguió siendo la de un hombre que no tiene intención de abandonar la lucha.
Taskinar se puso tan rojo como un tomate maduro. Miró fijamente a su adversario,cerró enseguida los ojos y a los pocos instantes volvió a abrirlos, llenos del odio más enconado.
—¡Dos millones quinientos mil dólares! —dijo por último, creyendo intimidar a su adversario con este salto prodigioso.
—¡Dos millones setecientos mil dólares! —respondió Kolderup seguidamente con voz muy reposada y tranquila.
—¡Dos millones novecientos mil dólares!
—¡Tres millones!
En efecto, Kolderup había ofrecido ¡tres millones de dólares!
Hubo un momento en que parecía que todos en la sala iban a estallar en aplausos, pero se contuvieron para escuchar la voz del comisario, que repetía la puja, y cuya maza levantada esperaba…
Todas las miradas se dirigieron hacia Taskinar y el voluminoso personaje sentía más el peso de estas que el de los tres millones de dólares.

Por último,se oyó su voz, muy apagada,y murmuró casi entre dientes:
—¡Tres millones quinientos mil dólares!
—¡Cuatro millones! —respondió enérgicamente Kolderup.
Este fue el golpe de gracia. Taskinar se hundió. Y la maza del comisario, al fin, terminó con la subasta.
La isla Spencer quedó oficialmente adjudicada en cuatro millones de dólares a William W. Kolderup, de San Francisco.
—Me vengaré —murmuró Taskinar.
Y después de dirigir a su vencedor una última mirada cargada de odio, se volvió a su hotel.
Los aplausos más ruidosos y los «hurras» más expresivos celebraron la victoria de William W. Kolderup, a quien todos acompañaron por la calle.

WILLIAM W. KOLDERUP HABÍA VUELTO A ENTRAR EN su residencia de la calle Montgomery, una gran avenida de San Francisco repleta de lujosas tiendas, donde se respira constantemente movimiento y animación.
Su casa era un gran palacio, opulento pero cómodo y práctico. Entre otras dependencias, contaba con un magnífico salón de recepciones, en el que había un piano. Sus acordes sonaban a través de la cálida atmósfera de la casa en el momento de la llegada de Kolderup.
—¡Bueno! —murmuró en voz baja—. Ahí están juntos los dos. Después de hablar con el contable hablaré
con ellos.
Y se dirigió a su despacho con el propósito de concluir aquel pequeño negocio de la isla Spencer y no volver a pensar más en ella.
En el salón se encontraban las dos personas a quienes el empresario se había referido. Ella, sentada delante de su piano; él, medio tendido sobre un canapé, escuchando distraídamente las notas de la melodía que se escapaba de los dedos de aquella encantadora señorita. —¿Me escuchas? —preguntó ella.
—Por supuesto. —¿Pero me oyes?
—Sí te oigo, Phina. Jamás has tocado con más gusto y afinación esa melodía.
La joven levantó ambas manos y detuvo la melodía. Después, dando media vuelta sobre el taburete en que estaba sentada, se colocó frente al impasible Godfrey, que evitaba mirarla.
Phina Hollaney era la ahijada de William W. Kolderup.
Huérfana y educada a su cargo, se consideraba como hija suya y le quería como a un padre. Era una encantadora joven, una rubia de dieciséis años con los arranques apasionados de una morena.
Tenía un gran corazón, y al mismo tiempo tenía también un gran espíritu práctico, y no era fácil que se dejase llevar por las ilusiones y sueños propios de la juventud. Pensaba que los sueños eran naturales y aceptables cuando se dormía, pero no estando despierta; y en aquellos momentos la joven no dormía.
—¿Godfrey? —volvió a decir. —¡Phina! —contestó el joven. —¿Dónde estás en este momento?

—Cerca de ti, en este salón.
—No; no estabas cerca de mí, ni en este salón... Creo que estás lejos, muy lejos, casi al otro lado de los mares, ¿no es cierto?
Godfrey Morgan tenía veintidós años y era sobrino de William W. Kolderup. Su madre era la hermana del empresario,y desde muy pequeño había quedado huérfano. Así es que Godfrey había sido,como Phina,criado en la casa de su tío, que era soltero. Una vez terminada su educación se había entregado a la ociosidad, como aburrido de la vida. Parecía que el título obtenido en la universidad no le había servido de gran cosa y, por otra parte, no necesitaba esforzarse, ya que tenía una vida fácil, agradable y sin obstáculos. Su figura era agraciada y su aspecto, elegante y distinguido.
Godfrey y Phina estaban prometidos. Su tío consideraba que el matrimonio de ambos era de lo más conveniente porque así conseguía que su inmensa fortuna fuese a parar, íntegra y sin problemas de contabilidad, a los dos seres que más quería en el mundo y, sobre todo, porque él sabía perfectamente que Phina y Godfrey se gustaban.
El empresario quería que ese matrimonio se realizara enseguida, pero había un problema que Kolderup desconocía: Godfrey no estaba decidido a casarse tan rápidamente.
Como nada le hacía falta, ni deseaba ni le apetecía nada, le había invadido la idea de viajar y se obsesionó pensando que ya no podría aprender nada si no era recorriendo mundo. Lo cierto era que nunca se había movido del lugar donde había nacido, San Francisco, y estaba seguro de que explorar otros países y otras gentes era necesario para completar su educación.
Preocupado con este deseo, hacía un año que solo leía relatos de viajes, actividad que había alimentado aún más su empeño.
Tenía que satisfacer ese deseo de vivir aventuras, aunque tuviese que luchar con piratas o naufragar y verse obligado a llevar la vida de un Robinsón Crusoe...
Estaba convencido de que, antes de emprender una vida seria y tranquila, debía enriquecerse con un gran viaje, y que ese viaje debía hacerlo solo y no en pareja.
Phina, joven seria y reflexiva, lo había comprendido todo perfectamente. La inquietud de Godfrey le había molestado, pero, acostumbrada a mirar las cosas por el lado práctico y positivo, lo había aceptado, pensando que era mejor que quien iba a ser su pareja no renunciase a una experiencia que él consideraba importante. Incluso estaba dispuesta a ayudarle. Por eso le acababa de decir:
—¡No! Tú no estabas conmigo, sino al otro lado de los mares.
En este crítico momento se abrió la puerta y entró Kolderup.
—¡Bueno! —dijo el magnate—.Ya no hay que pensar en nada más que no sea fijar definitivamente la fecha.
—¿Qué fecha? —exclamó Godfrey con inquietud.
—La fecha de vuestra boda —contestó Kolderup.
—Padrino Will —intervino Phina—, no creo que debamos ocuparnos hoy de fijar la fecha de ningún matrimonio, sino de la fecha de una partida.
—¿De una partida?
—Sí, de la partida de Godfrey —añadió Phina—, que parece que antes de casarse desea recorrer un poco de mundo.
—¿Te quieres marchar? —exclamó Kolderup, dirigiéndose hacia el joven y agarrándolo por el brazo.
—Sí, tío Will —contestó resueltamente Godfrey.
—¿Y por cuánto tiempo?
—Por año y medio o dos años.
—¿De verdad?
—Sí; siempre que tú y Phina estéis de acuerdo.
—¿Y Phina tiene que esperarte todo el tiempo que a ti te convenga? —preguntó Kolderup, molesto.
—Considero necesario dejar en completa libertad a Godfrey, padrino Will —dijo la joven—. He reflexionado seriamente sobre este asunto, y creo que somos demasiado jóvenes. Si Godfrey desea viajar es su decisión, y yo estoy de acuerdo. Si quiere viajar ahora, pues que viaje; después sentirá la necesidad de descansar, y aquí me encontrará a su vuelta.
Dicho esto, Phina volvió a su piano y, quizá con toda la intención o tal vez de forma inconsciente, empezó a tocar una pieza un tanto melancólica.
Godfrey parecía muy apenado y no despegaba los labios. Su tío le cogió la cabeza con las dos manos, y colocándola de frente a la luz, lo miró atentamente. De este modo le interrogó sin necesidad de hablar, y él pudo contestarle sin pronunciar una palabra.
—¿Es esto formal y serio? —preguntó el empresario.
—Muy serio y muy formal —contestó Phina, mientras Godfrey se limitaba a hacer con la cabeza una señal afirmativa.
—All right! —replicó entonces Kolderup, fijando en su sobrino la mirada. Y al mismo tiempo murmuró entre dientes—: ¿Conque quieres viajar antes de casarte con Phina? Pues bien, yo te prometo que vas a hartarte de viajes, sobrino mío.
En voz más alta, añadió:
—¿Y adónde quieres ir?
—A cualquier parte.
—¿Y cuándo quieres marcharte?
—Cuando tú digas, tío Will.
—Pues bien, será lo más pronto posible.
Al oír estas últimas palabras, Phina se detuvo bruscamente. Tenía el corazón muy agitado, pero cumplió el propósito que se había hecho de no decir ni una palabra.