Índice
PRIMERA PARTE. Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
SEGUNDA PARTE. Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15




—SEÑOR, UN NUEVO MENSAJE.
—¿De dónde viene?
—De Tomsk.
—¿Quiere decir que está cortada la comunicación más allá de esa ciudad?
—Sí, señor, desde ayer.
—General, envíe un mensaje a Tomsk para que, cada hora, me mantengan al corriente de lo que ocurre.
—Sí, señor —respondió el general Kissoff.
Esta conversación se producía a las dos de la madrugada del 16 de julio, en el interior de un gran palacio donde se estaba celebrando una fiesta deslumbrante.
Las grandes duquesas cubiertas de diamantes y las damas de honor, luciendo sus vistosos trajes de gala, servían de ejemplo a las mujeres de los altos funcionarios militares y civiles.
La mezcla de las largas faldas con volantes de encaje y de los uniformes cubiertos de condecoraciones se multiplicaban en los espejos del gran salón, el más hermoso de todos los que poseía el Palacio Nuevo.
En el exterior, bajo los esculpidos balcones, los centinelas paseaban silenciosamente con el fusil al hombro, mientras las patrullas marcaban el paso sobre la grava. Cada cierto tiempo se repetía la alerta de la guardia y, de vez en cuando, un toque de corneta se mezclaba con los acordes de la orquesta.
A lo lejos, sobre la luz de las ventanas del palacio se percibían las sombras de los barcos que descendían el río. Sus aguas, iluminadas por la luz oscilante de algunos faroles, bañaban los primeros escalones de piedra de los muelles.
La principal personalidad del baile, el anfitrión de la fiesta, al que el general Kissoff se había dirigido llamándole señor, era poco amigo del lujo y la ostentación. Iba ataviado con un uniforme de oficial de cazadores de la Guardia Imperial, cuya sencillez contrastaba con los magníficos trajes de sus invitados.
De estatura elevada, ofrecía un aspecto afable y un rostro sereno de ceño ligeramente fruncido. Hablaba poco y no parecía prestar mucha atención a las conversaciones de los altos funcionarios oficiales o civiles, ni a las de los miembros del cuerpo diplomático que representaban a los principales Estados de Europa en su corte. Algunos de aquellos políticos habían creído observar en su anfitrión ciertos síntomas de inquietud pero, aunque ignoraban la causa, ninguno se permitió interrogarle al respecto.
El general Kissoff aguardaba a que el hombre a quien había entregado el telegrama, le diese la orden de retirarse. Pero este permanecía silencioso y sombrío.
—Es decir que… ¿desde ayer estamos sin comunicación con mi hermano, el gran duque? —preguntó mientras conducía al general Kissoff hacia una ventana—.
—Sí, señor, y me temo que, en breve, los mensajes no puedan pasar la frontera de Siberia.
—¿Pero las tropas de las provincias del Amur y de Yakutsk, así como las de la Transbaikalia, han recibido ya la orden de marchar sobre Irkutsk?
—Esa orden fue comunicada en el último mensaje que hemos enviado más allá del lago Baikal.
—En cuanto a las provincias de Yeniséisk, de Omsk, de Semipalatinsk, de Tobolsk, ¿seguimos manteniendo comunicación directa con ellas?
—Sí, señor, reciben nuestros despachos y estamos seguros de que en este momento los tártaros no han avanzado más allá de los ríos Irtish y Obi.
—¿Y del traidor Iván Ogaref, no hay ninguna noticia?
—Ninguna —respondió el general Kissoff—. El director de la policía no tiene forma alguna de asegurar si ha pasado o no la frontera.
—Que sus señas se transmitan inmediatamente a todas las estaciones telegráficas con las que todavía mantenemos comunicación.
—Las órdenes de vuestra majestad serán ejecutadas al instante —respondió el general Kissoff.
—¡Ni una palabra de todo esto!
Tras un gesto de respetuosa aprobación y una profunda reverencia, el general se retiró confundiéndose entre la multitud y abandonó el baile.
El zar permaneció pensativo algunos instantes, pero cuando volvió a mezclarse entre los invitados, su rostro había recobrado la calma.
Aunque no se hablaba oficialmente de ello, algunos altos funcionarios ya habían sido informados de los graves acontecimientos que se estaban desarrollando al otro lado de la frontera.
Dos invitados civiles, ambos altos y delgados, uno inglés y otro francés, hablaban de ello en voz baja como si manejasen sobrada información.
Harry Blount, el inglés, pelirrojo, era un individuo de carácter moderado y distante, parco en movimientos y palabras, que parecía hablar y gesticular por medio de un resorte artificial que funcionaba a intervalos regulares. El francés Alcide Jolivet era moreno y locuaz, y para comunicarse usaba al mismo tiempo los ojos, la cabeza y las manos.
Ambos eran periodistas: Blount, corresponsal del Daily Telegraph. Y Jolivet lo era del…No sabemos de qué periódicos, porque no lo decía, y cuando se lo preguntaban, siempre respondía, riéndose, que era corresponsal de su prima Magdalena.
En realidad, aquel francés, bajo su apariencia superficial, que a menudo parecía hablar a tontas y a locas, seguramente para ocultar su deseo de información, nunca dejaba adivinar sus intenciones.
Aquellos dos hombres eran apasionados de su trabajo, que era proporcionar las noticias más recientes sobre asuntos políticos o sociales, nunca privados. Ningún obstáculo les amedrentaba para conseguirlas y poseían el aplomo y la valentía de los auténticos periodistas.
Sus jefes no les regateaban el dinero, que es el elemento de intercambio de información más seguro y más rápido que se conoce hasta hoy.
Cada uno, a su manera, tenía una forma singular de relatar los acontecimientos y, sobre todo, sus consecuencias, pero siempre actuaban de forma transparente por lo que no existía razón para censurarlos.
Acababan de conocerse en aquella fiesta y, aunque por sus diferencias de carácter y por su rivalidad profesional, todo indicaba que no simpatizarían, no solo no habían evitado el encuentro, sino que cada uno de ellos puso al otro al corriente de sus informaciones.
—¡Qué fiesta tan encantadora! —exclamó con generosidad Jolivet.
—Así lo he telegrafiado yo también: ¡espléndida! —respondió fríamente Harry Blount.
—Sin embargo —añadió Alcide Jolivet—, he considerado mi deber informar a mi prima…

—¿Su prima? —repitió Harry Blount con sorpresa, interrumpiendo a su colega.
—Sí… —repuso Alcide Jolivet—, mi prima Magdalena, a quien envío mis crónicas. Ella desea que la informen pronto y bien… Por eso he creído mi deber notificarle que durante la fiesta cierta nube parece ensombrecer la frente del zar.
—Pues a mí me ha parecido radiante —respondió Harry Blount, tratando de disimular su pensamiento sobre el asunto.
—¿Recuerda usted, señor Blount —preguntó Alcide Jolivet— lo que ocurrió en Zakret en 1812?
—Lo recuerdo como si hubiera estado allí —respondió el inglés.
—Entonces —prosiguió—, sabrá usted que en el transcurso de una fiesta celebrada en honor de Alejandro I, se le anunció que Napoleón acababa de invadir su país, pero no dio muestras de inquietud, a pesar de la extrema gravedad de una noticia que podía costarle el imperio…
—De la misma manera que nuestro anfitrión no ha parpadeado cuando el general Kissoff le notificó que acaba de ser cortada la comunicación entre la frontera y el gobierno de Irkutsk.
—¡Ah! ¿Sabía usted eso?
—Lo sabía. Me sería difícil ignorarlo, pues mi último cable solo ha llegado a Udinsk —observó Alcide Jolivet con cierta satisfacción.
—Y el mío solo hasta Krasnoiarsk —respondió Harry Blount en tono no menos satisfecho.
—¿Entonces también sabrá usted que se han enviado órdenes a las tropas de Nikolaevsk?
—Sí, señor, y que los cosacos de la provincia de Tobolsk han recibido la orden de concentrarse.
—Tenemos, pues, una interesante campaña que cubrir, señor Blount.
—Yo la cubriré, señor Jolivet.
—Entonces es posible que volvamos a encontrarnos en un terreno menos seguro que este salón.
—Menos seguro sí, pero…
—Pero también menos resbaladizo —le interrumpió Alcide Jolivet, sosteniendo a su colega justo cuando estaba a punto de perder el equilibrio al dar unos pasos hacia atrás.
Después, ambos corresponsales se separaron, satisfechos ambos al saber que el otro no le aventajaba en información.
En aquel momento se abrieron las puertas de las salas contiguas al gran salón, mostrando las grandes mesas sobre las que lucían las suntuosas vajillas de valiosas porcelanas y oro en las que se había servido la cena.
Los invitados del Palacio Nuevo comenzaron entonces a dirigirse hacia allí. El general Kissoff, que acababa de entrar, se acercó con paso rápido al oficial de cazadores de la Guardia.
—¿Qué hay? —le preguntó este, con la misma preocupación con que lo había hecho la primera vez.
—Los telegramas no pasan ya de Tomsk, señor.
—¡Al instante un correo!
Aquel oficial era el zar, que abandonó el gran salón y se dirigió a una amplia pieza situada en uno de los ángulos del palacio. Era un gabinete de trabajo muy sencillo, amueblado con sobrias sillas de roble.
El oficial abrió la ventana como si le faltase el oxígeno y salió al gran balcón a respirar el aire puro de aquella hermosa noche de julio.
Bañado por los rayos de la luna, se perfilaba ante él un recinto fortificado, el Kremlin y, alrededor, toda la ciudad de Moscú. El zar la contempló, mientras la luna se reflejaba en el sinuoso río Moskova.

SI EL ZAR HABÍA ABANDONADO DE FORMA REPENTINA LOS salones del Palacio Nuevo en el momento en que la fiesta estaba en pleno apogeo era porque al otro lado de los montes Urales, la frontera natural entre Europa y Asia, se estaban desarrollando graves acontecimientos. ¡Ya no había duda! Una terrible invasión amenazaba las posesiones del Imperio ruso en Siberia.
La Rusia asiática, o Siberia, cubría una superficie enorme: más de dos millones setecientos mil kilómetros cuadrados, poblados solamente por menos de tres millones de habitantes. Se extendía desde los montes Urales hasta el estrecho de Bering y Japón. Estaba dividida en provincias: Tobolsk, Yeniséisk, Irkutsk, Omsk y Yakutsk. Comprendía también los distritos de Okhotsk y Kamschatka, y dominaba el país de los kirguises, junto a China; y el de los chutches o chukchis, en el mar de Bering.
Esta inmensa extensión era uno de los lugares habituales de deportación y exilio para criminales y disidentes políticos y, en general, para todos los condenados a destierro.
Dos gobiernos generales representaban la autoridad suprema de los zares en este extenso país, de los cuales uno residía en Irkutsk, capital de la Siberia oriental; y el otro, en Tobolsk, capital de la Siberia occidental. El río Chuna, afluente del Yeniséi, separaba las dos Siberias.
Ningún ferrocarril surcaba todavía estas inmensas llanuras, algunas de las cuales eran muy fértiles, ni facilitaba la explotación de los yacimientos de minerales que hacen a Siberia más rica por su subsuelo que por su superficie. Se viajaba pues, en barco, en diligencia o en carros durante el verano, y en trineo durante el invierno.
Lo único que la mantenía unida a Europa y al resto de Asia era cable del telégrafo que cruzaba toda Siberia.
Este cable es el que había sido cortado más allá de Tomsk y, pocas horas después, entre Tomsk y Kolyvan.
Por eso, el zar, después de haber recibido un segundo parte del general Kissoff, había respondido con estas únicas palabras: «Un correo, rápido».
Hacía solo unos momentos que el zar se había acercado a la ventana de su gabinete, pensativo, cuando los ujieres abrieron de nuevo la puerta, dando paso al jefe superior de policía.
—Entra, general —pidió el zar con voz grave—, y dime todo lo que sepas de Iván Ogaref.
—Es un hombre muy peligroso, señor —respondió el jefe superior de policía.
—¿Tenía el grado de coronel?
—Sí, señor.
—¿Era un jefe inteligente?
—Muy inteligente, pero desobediente, y de una ambición desenfrenada incapaz de retroceder ante ningún obstáculo. Pronto se mezcló en intrigas y, como consecuencia, fue destituido por su alteza el gran duque y, después, desterrado a Siberia.
—¿Cuándo?
—Hace dos años. Indultado tras seis meses de destierro, volvió a Rusia.
—Y desde entonces ¿no ha vuelto a Siberia?
—Sí, señor. Volvió pero, esta vez, voluntariamente —respondió el jefe superior de policía.
Y añadió en voz baja:
—En otro tiempo, señor, el que iba a Siberia no volvía.
—Pues bien, mientras yo viva, Siberia será una región de donde se vuelva.
El zar tenía motivos para pronunciar estas palabras con verdadero orgullo, pues en numerosas ocasiones había demostrado su voluntad de perdonar.
El jefe superior de policía no respondió, pero tampoco escondió su desacuerdo. En su opinión, el hombre que era desterrado a Siberia, no debía volver nunca. Lo que ya no ocurría en el nuevo régimen, y este alto funcionario lo lamentaba sinceramente. Ahora solo se mantenían los destierros perpetuos para crímenes no políticos. Guardó silencio, esperando que el zar le interrogase de nuevo.
—Iván Ogaref —continuó preguntando el zar—, ¿ha vuelto por segunda vez a Rusia después de este viaje a Siberia, cuyo motivo desconocemos?
—Ha vuelto.
—¿Y después de su vuelta, la policía perdió su pista?
—No, señor, porque un condenado se vuelve verdaderamente peligroso el día en que recibe el indulto.
El zar frunció por un momento el ceño. Quizá el jefe superior de policía había llevado muy lejos la crítica a su modo de gobernar. Pero decidió continuar con sus preguntas:
—¿Dónde estaba últimamente Iván Ogaref?
—En el gobierno de Perm.
—¿En qué ciudad?
—En la misma Perm.
—¿Qué hacía allí?
—No parecía que tuviese ocupación alguna, y su conducta no levantaba sospechas.
—¿No estaba bajo la vigilancia de la policía?
—Ya no, señor.
—¿Cuándo salió de Perm?
—Hacia el mes de marzo.
—¿Y a dónde se dirigió?
—Se ignora.
—¿Y desde esa época, no se sabe de él?
—No, señor.
—Pues bien, yo lo sé —respondió el zar—. He recibido personalmente algunos avisos anónimos y, en vista de lo que está sucediendo, tengo motivos para darles crédito.
—¿Quiere decir —exclamó el jefe superior de policía— que Iván Ogaref tiene algo que ver con la invasión tártara?
—Sí. Y voy a comunicarte lo que ignoras: después de salir del territorio de Perm, Ogaref pasó los montes Urales, entró en Siberia, hasta las estepas kirguises, y allí trató de sublevar, y lo consiguió, a sus poblaciones nómadas. Después se dirigió algo más al sur, hasta el Turquestán y el Uzbekistán, que todavía no hemos anexionado, y allí, en los kanatos de Bujara, de Khokhand y de Kunduze, encontró kanes, es decir, jefes, dispuestos a invadir con sus hordas tártaras el Imperio ruso en Asia. El movimiento ha sido fomentado con el máximo secreto, pero acaba de estallar y ahora las vías de comunicación están cortadas entre Siberia occidental y Siberia oriental. Además, Iván Ogaref, sediento de venganza, quiere atentar contra la vida de mi hermano.
El zar, que se había ido excitando mientras hablaba, no dejaba de pasearse por la estancia. El jefe superior de policía no respondió pero, en su interior, se decía que los proyectos de Iván Ogaref no hubieran podido realizarse en los tiempos en que los emperadores nunca indultaban a un desterrado.
—Sin duda, vuestra majestad habrá dado órdenes para que la invasión sea rechazada lo más pronto posible.
—Sí —respondió el zar—. El último mensaje que ha podido llegar a Nijni-Oudinsk ordenaba movilizar las tropas acantonadas. Al mismo tiempo, regimientos de Perm y Nijni-Novgorod, así como los cosacos de la frontera, se dirigen a marchas forzadas hacia Siberia. Pero, por desgracia, están obligados a cruzar los montes Urales y tendrán que pasar algunas semanas antes de que puedan hacer frente a las columnas tártaras.
—¿Y su hermano, su alteza el gran duque, aislado en este momento en el gobierno de Irkutsk, no mantiene comunicación directa con Moscú?
—No.
—Pero, por los últimos despachos, debe conocer las medidas que vuestra majestad ha tomado y los auxilios que puede esperar de los gobiernos más cercanos al de Irkutsk.
—Las conoce —respondió el zar—, pero ignora que Iván Ogaref jugará el papel de traidor, y que es su más encarnizado enemigo personal. El excoronel Ogaref atribuye al gran duque su primera desgracia, a pesar de que nunca han estado cara a cara. El proyecto del traidor es entrar en Irkutsk y, allí, bajo un nombre falso, ofrecer sus servicios al gran duque. Y cuando haya conquistado su confianza y los tártaros cerquen la ciudad, él la entregará. Y con ella a mi hermano, por eso su vida está directamente amenazada.Tales son mis noticias. Esto lo que ignora el gran duque, y es lo que debe saber cuanto antes.
—Pues bien, señor, un correo inteligente…
—Lo estoy preparando.
—Y que actúe con rapidez —añadió el jefe superior de policía— porque,vuestra majestad me permitirá añadir, que Siberia es tierra propicia a las rebeliones.
—¿Quiere decir, general, que los desterrados harían causa común con los invasores? —exclamó el zar, a punto de perder el control ante las insinuaciones del jefe superior de policía.
—Perdonadme, vuestra majestad —respondió balbuceando el jefe superior, porque eso era justo lo que temía.
—Creo que entre los desterrados hay más patriotismo que todo eso —respondió el zar.
—No todos los desterrados son políticos. En Siberia los hay también de otras clases —respondió el jefe superior de policía.
—¡Los criminales! ¡Oh, general! ¡A esos los dejo de su cuenta! Pero la sublevación no se hace contra el emperador, sino contra Rusia, contra ese país que los desterrados esperan volver a ver… y que, sin duda, volverán a ver.
El zar tenía razones para creer en el patriotismo de los disidentes políticos a los que mantenía temporalmente desterrados. La clemencia, que era la base de su justicia, cuando podía controlarla por sí mismo, y el ablandamiento de los terribles y ofuscados ucases —aquellas órdenes ejecutivas del gobierno de otros tiempos—, le protegían, creía, de equivocarse en ese sentido.
Pero incluso sin su apoyo a la invasión tártara, las circunstancias no dejaban de ser gravísimas, porque era de esperar que una gran parte de los kirguises se uniese a los invasores.
De sus diversas tribus, algunas son independientes y otras reconocen o bien la soberanía de Rusia, o bien la de los kanes de Khiva, Khokhand y de Bujara, es decir, de los jefes tártaros más temibles.
Si las tribus kirguises más numerosas se sublevaran y se unieran a los invasores, la situación sería catastrófica para los intereses de los colonos rusos en Asia. Es verdad que estos kirguises no son expertos en las modernas técnicas de guerra, y un ejército bien organizado, equipado y entrenado, podría vencerlos con cierta facilidad. Pero para eso, dicho ejército tenía que llegar hasta ellos en óptimas condiciones de combatir. Y eso era lo más difícil: las estepas, con frecuencia pantanosas, a menudo se volvían impracticables, a excepción del camino directo entre Ekaterinburg, Omsk e Irkutsk y, ciertamente, debían transcurrir varias semanas antes de que las tropas rusas pudieran hallarse en condiciones de rechazar a las hordas tártaras.
Omsk es el centro de la organización militar de Siberia occidental, y su misión es mantener a raya a las poblaciones nómadas kazakas, uzbekas, kirguises y tártaras que ocupan un inmenso territorio. Sus puestos avanzados con guarniciones cosacas sufren a veces ataques de las hordas insumisas. En el ministerio de la Guerra se temía, no sin razón, que Omsk estuviera seriamente amenazada, y que su línea meridional de defensa hubiera sido ya cortada en varios puntos. Los nómadas de ese territorio eran musulmanes, como los tártaros, y no debe extrañar que, forzosamente sometidos al poder cristiano ortodoxo de Rusia, prestaran atención a sus llamamientos de hermandad.
En la época de esta historia, el kanato tártaro más importante y temible era el de Bujara. Moscú ya se había enfrentado varias veces con sus jefes, debido, precisamente, al reciente dominio ruso sobre los kirguises. El jefe actual, el emir Feofar-Khan, seguía la misma línea política que sus predecesores.
Su kanato tiene una población de dos millones y medio de habitantes, un ejército regular de sesenta mil hombres de infantería –que puede triplicarse en tiempo de guerra-, y una temible fuerza estable de caballería de treinta mil jinetes.
Es un país rico y en crecimiento,situado en plena Ruta de la Seda,en la complicada frontera entre las zonas de influencia rusa, china y británica. Posee ciudades tan importantes como Bujara, una de las más célebres y hermosas del Asia central, centro además del saber musulmán; y Samarcanda, donde se encuentran el sepulcro del gran conquistador mongol Tamerlán y un famoso palacio donde se conserva la piedra azul sobre la cual debe sentarse todo nuevo khan.
Este kanato de Bujara, protegido por sus montañas y aislado en medio de sus estepas es, pues, un estado verdaderamente temible, y Rusia, para dominarlo, se vería obligada a emplear fuerzas muy numerosas.
A la larga, era una locura pensar que Bujara pudiera descomponer el Imperio ruso. Sin embargo, con el apoyo brillante y decidido del renegado Iván Ogaref, el emir había podido lanzar sus hordas sobre la Siberia rusa. Había cruzado primero la línea de los fuertes cosacos de Semipalatinsk, cuyas modestas guarniciones se vieron obligadas a batirse en retirada; y, después, había avanzado sublevando a las poblaciones kirguises a su paso, saqueando y asolando; alistando en sus filas a los que se sometían y capturando a los que se resistían; y trasladándose de una ciudad a otra con la audacia de un moderno Gengis Khan, del que era descendiente.
No podía saberse hasta dónde había llegado FeofarKhan, ya que las comunicaciones telegráficas estaban cortadas.
Solo un correo podría reemplazar la corriente eléctrica interrumpida.
Habría que darle tiempo para recorrer los 5.532 kilómetros que separan Moscú de Irkutsk, cruzando, casi con seguridad, las columnas y avanzadillas de insurgentes e invasores. Necesitaría también disponer de un valor y un talento excepcionales. Pero con inteligencia y corazón se llega lejos.
«¿Encontraré esa cabeza y ese corazón?» —se preguntaba el zar.

POCO TIEMPO DESPUÉS SE ABRIÓ LA PUERTA DEL GABINETE imperial y el ujier anunció al general Kissoff.
—¿Y ese correo? —preguntó el zar.
—Espera fuera, señor —respondió el general Kissoff.
—¿Has encontrado al hombre que necesitamos?
—Me atrevo a responder por él ante vuestra majestad.
—¿Le conoces tú?
—Personalmente, y muchas veces ha desempeñado, con éxito, misiones difíciles.
—¿En el extranjero?
—En la misma Siberia.
—¿De dónde es?
—De Omsk. Es siberiano.
—¿Tiene sangre fría, inteligencia y valor?
—Sí, señor, tiene todo lo necesario para vencer obstáculos que tal vez otros no podrían vencer.
—¿Edad?
—Treinta años.
—¿Tiene un cuerpo de hierro?
—Sí, señor.
—Y un corazón…
—Un corazón de oro.
—¿Y se llama?…
—Miguel Strogoff.
—¿Está dispuesto a partir?
—Espera en la sala de guardias las órdenes de vuestra majestad.
—Que pase —dijo el zar.
Pocos momentos después, el correo entró en el gabinete imperial.
Miguel Strogoff era alto, vigoroso, ancho de espaldas y de complexión robusta. Su poderoso rostro presentaba los hermosos caracteres caucásicos y sus miembros estaban bien proporcionados.
Sobre su cabeza, de frente ancha, se encrespaba una abundante cabellera, cuyos rizos sobresalían bajo su casquete moscovita. Su tez, normalmente pálida, se transformaba cuando se aceleraba su corazón. Sus ojos, de un azul oscuro y de mirada franca e inalterable, brillaban bajo sus cejas. Su nariz, poderosa, de anchas ventanas, dominaba una boca simétrica de labios ligeramente prominentes, que denotaban generosidad y bondad.
Miguel Strogoff tenía el temperamento del hombre valeroso que no vacila en tomar sus propias decisiones y que jamás se muestra vulnerable. Sobrio en ademanes y en palabras, sabía permanecer inmóvil ante su superior; pero cuando caminaba lo hacía con firmeza de movimientos, indicio de su férrea voluntad y de su confianza en sí mismo.
Vestía un elegante uniforme militar, botas, espuelas, calzón ajustado, un dolmán, que es un tipo de pelliza con bordados de pieles y cordones amarillos sobre fondo pardo. Sobre su pecho brillaban una cruz y varias medallas.
Lo que transmitían sus gestos y toda su persona, y lo que el zar detectó a primera vista, fue su capacidad para ejecutar órdenes.
Si había un hombre que pudiera realizar con éxito el viaje de Moscú a Irkutsk a través de un territorio invadido, y superar los peligros de toda índole que encontraría en este viaje, ese sería Miguel Strogoff.

Conocía bien el país que iba a atravesar y comprendía a sus gentes, porque él mismo era siberiano: su padre, el anciano Pedro Strogoff, que había fallecido diez años antes, vivía en la ciudad de Omsk, situada en la provincia del mismo nombre; y su madre, Marfa Strogoff, todavía vivía allí.
Su padre había sido cazador profesional. Tanto en invierno como en verano, y lo mismo durante las épocas de los calores tórridos como durante los fríos inviernos en que la temperatura bajaba a más de cincuenta grados bajo cero, recorría la dura planicie, internándose en la espesura de la maleza o en los bosques de abedules, tendiendo sus trampas o acechando a la caza menor con el fusil, y a la mayor con el cuchillo.
Su hijo le acompañaba en las cacerías desde que cumplió once años. A los catorce, ya había abatido a su primer oso y, demostró un vigor poco común cuando, después de haberlo desollado, había arrastrado la piel del imponente animal hasta la casa paterna.
Este tipo de vida le fortaleció y, al llegar a adulto, era capaz de soportar cualquier inclemencia, tanto el frío como el calor, el hambre, la sed o el cansancio. Era un hombre de hierro. Podía estar veinticuatro horas sin comer, diez noches sin dormir y era capaz de construir un refugio en medio de la estepa, allí donde otros habrían tenido que dormir al raso.
Dotado de gran finura de sentidos, encontraba el camino donde otros no hubieran podido orientar sus pasos. Habiendo aprendido todos los secretos de su padre, sabía guiarse por las más imperceptibles señales, como la proyección de las agujas del hielo o la disposición de las ramas menudas de un árbol. Distinguía la naturaleza de unas hierbas pisadas en el bosque, de los imperceptibles sonidos que cruzaban el aire, de los ruidos más lejanos o del vuelo de los pájaros entre la bruma.
Gozaba de una salud de hierro, tal como había asegurado el general Kissoff, y también, tal como había añadido, de un corazón de oro.
La única pasión de Miguel Strogoff era su madre, la vieja Marfa, que nunca había querido abandonar la antigua casa familiar a orillas del río Irtish, donde el viejo cazador y ella habían vivido juntos durante tanto tiempo. Cuando su hijo se fue, se le oprimió el corazón, pero él le prometió que regresaría siempre que pudiera, y nunca había dejado de cumplir su promesa.
Se había decidido que Miguel, a los veinte años, entraría al servicio del zar. El joven siberiano, audaz, inteligente, aplicado y de buena conducta, tuvo ocasión de distinguirse en diferentes viajes a territorios peligrosos o remotos. En ellos había demostrado sangre fría, prudencia y coraje, cualidades que le valieron la aprobación y la protección de sus jefes y, como consecuencia, había ascendido rápidamente.
Llevaba sin ver a su madre tres años que le habían parecido tres siglos. Nunca había pasado tanto tiempo lejos de ella. Precisamente cuando fue convocado por el general Kissoff, estaba haciendo los preparativos para viajar a Omsk, aprovechando un permiso reglamentario que acababan de concederle.
El zar, sin dirigirle la palabra, le observó durante algunos momentos con mirada penetrante, mientras él permanecía absolutamente inmóvil.
Después, satisfecho por los resultados de su examen, se acercó a la mesa de despacho y, haciendo una señal a Kissoff para que se sentase, le dictó en voz baja una carta que solo contenía algunas líneas. Después la leyó con atención y la firmó, tras escribir de su puño y letra «Byt po iemou», la fórmula ritual de los zares rusos, que significa «así sea».
Kissoff introdujo la carta en un sobre y, después de cerrarlo, le estampó el sello imperial. El zar se levantó y ordenó al correo que se acercara. Le miró otra vez cara a cara y le interrogó:
—¿Cómo te llamas?
—Miguel Strogoff, señor.
—¿Tu grado?
—Capitán del cuerpo de correos del zar.
—¿Conoces Siberia?
—Soy siberiano.
—¿Dónde naciste?
—En Omsk.
—¿Tienes parientes en Omsk?
—Sí, señor.
—¿Quiénes?
—Mi anciana madre.
El zar se interrumpió durante un instante y, luego, mostrando la carta que tenía en la mano, añadió:
—Aquí tienes esta carta. Te encargo que la entregues en propia mano al gran duque, y a ninguna otra persona que no sea él.
—Se la entregaré, señor.
—El gran duque está en Irkutsk.
—Iré a Irkutsk.
—Tendrás que cruzar un país plagado de rebeldes e invadido por los tártaros, que querrán interceptar esta carta.
—Lo cruzaré.
—Desconfiarás, sobre todo, de un traidor llamado Iván Ogaref, con el que es posible que te encuentres en el camino.
—Desconfiaré.
—¿Pasarás por Omsk?
—Necesariamente, señor.
—Si vas a visitar a tu madre, podrías ser reconocido. Es preciso que no la veas.
Miguel Strogoff vaciló un momento y, después, añadió:
—No la veré.
—Júrame que nada podrá hacerte confesar ni quién eres, ni a dónde te diriges.
—Lo juro.
—Miguel Strogoff —repuso entonces el zar entregando el sobre al joven correo—, toma la carta de la cual depende la salvación de toda Siberia y quizá también la vida de mi hermano, el gran duque.
—Esta carta será entregada en mano a su alteza el gran duque.
—¿A pesar de todo?
—A pesar de todo, si no me matan.
—Necesito que vivas.
—Viviré —respondió Miguel Strogoff.
El zar pareció satisfecho de la seguridad sencilla y firme con que el capitán le había respondido.
—Anda, pues, Miguel Strogoff, vas a hacer un servicio a Dios, a Rusia, a mi hermano y a mí mismo.
El capitán Strogoff saludó militarmente, salió del gabinete imperial y pocos instantes después del Palacio Nuevo.
—Creo que has tenido buen ojo, general —admitió el zar.
—Yo también lo creo, señor —respondió el general Kissoff—.
—Es un hombre íntegro —aseguró el zar.