—¡ES EL MONSTRUO!... —exclamó Shade Darby, dirigiéndose a nadie en particular.
El monstruo era una chica que parecía adolescente, pero que en realidad solo tenía unos cuantos días. Era conocida en el mundo entero porque la habían grabado en vídeo cuando le arrancó el brazo a un hombre y se lo comió. Con el hombre mirando, horrorizado y agonizando.
Ahora la chica, la criatura, el «monstruo», estaba cubierta de sangre de arriba abajo, en mitad de la carretera.
No había tráfico en aquella carretera. Desde hacía un año. Ese era el tiempo transcurrido desde que la cúpula cubrió la 101 de Perdido Beach y generó el desvío más largo del mundo.
Un día apareció la cúpula, así, de repente. Su esfera perfecta de más de treinta kilómetros de diámetro se extendía bajo tierra y se alzaba hasta el cielo. En medio de la cúpula había una central nuclear, pero abarcaba grandes extensiones de bosque, colinas, tierras cultivadas, el océano, y casi toda la ciudad de Perdido Beach, California, que quedaba en el extremo sur.
En cuanto apareció la cúpula, opaca e impenetrable a las personas, taladros, láseres y cargas huecas por igual, todos los mayores de quince años salieron expulsados de ella.
Expulsados.
Y reaparecieron en la playa, en la carretera, en el césped, en las casas, en las piscinas de la gente. Algunos resultaron heridos o murieron, al reaparecer justo delante de camiones que avanzaban a toda velocidad. Otros se ahogaron, al encontrarse de repente un par de kilómetros mar adentro. Algunos reaparecieron donde había objetos sólidos, con lo que un hombre quedó ensartado en una farola, como un kebab humano. Y otros quedaron del revés, por motivos que nadie entendió ni entonces ni más tarde.
Uno de los primeros científicos a quien llamaron para tratar de explicar este fenómeno increíble, imposible, y sin embargo espantosamente real, fue la doctora Heather Darby de la Northwestern University de Evanston, a las afueras de Chicago. Ella entendió enseguida que no sería cosa de un día, sino que tendría que dedicar meses o incluso años a estudiar la cúpula.
Así que la doctora Heather Darby hizo que su hija la acompañara, y juntas se alojaban en un complejo construido a toda prisa por los militares.
Shade Darby, de trece años, estaba encantada. Primero, porque allí estaba la playa. Evanston tenía playa, pero no podía compararse con los extensos arenales dorados al sur de Perdido Beach. Y luego por la emoción de encontrarse en un extenso complejo prefabricado que era un hervidero de soldados, policías, científicos y medios de comunicación, y donde por supuesto también se encontraban las familias de los cautivos en la cúpula.
Las familias. Todo el mundo sabía a qué se referían, con lo de «las familias». Salían todo el tiempo por la tele, las familias. Primero, histéricas; luego, enfadadas, y finalmente, deprimidas, resignadas y abatidas.
Pero lo que más impresionaba a Shade era la presencia abrumadora de la propia cúpula. Se trataba de un misterio tan profundo que ningún ser humano había llegado a entenderlo, ni siquiera su madre.
Después de varios meses, decidieron en secreto hacer explotar un pequeño dispositivo nuclear —esa era su denominación oficial, aunque para la gente normal sería una bomba— en el extremo oriental de la cúpula que daba al desierto. Fue lo primero que impactó realmente en la cúpula. Y el efecto que tuvo fue que... bueno, pues se convirtió en el mayor espectáculo del mundo, porque, de repente, la cúpula se volvió... transparente.
Cuando apareció la cúpula y expulsó a todos los mayores de quince años, se especuló que todos los menores debían de seguir dentro, pero nadie estaba seguro de ello. Muchos pensaban que la cúpula era una enorme bola sólida, como si fuera el cojinete más grande del mundo, ahí quieto. Pero la mayoría creía que unos 332 chavales, de catorce años a recién nacidos, estaban atrapados dentro.
¡Volaban las teorías!
La que más le gustaba a Shade Darby era la de que todos estaban dentro, todos esos niños. Quería creer que un poder benévolo cuidaba de ellos. Como la mayoría de la gente, Shade esperaba que, de algún modo, todos estuvieran bien.
Y entonces la cúpula se volvió transparente, y el mundo pareció centrarse en un solo lugar, pues todos los canales de televisión y páginas web de noticias del mundo enfocaron sus cámaras montadas en furgonetas, drones, helicópteros y satélites, y ya no hablemos de millones de teléfonos móviles individuales, hacia lo que quedaba al descubierto.
Sí, los niños estaban dentro. Pero no estaban bien. En absoluto. Estaban sucios, hambrientos, afectados mental y físicamente, e iban armados con todo tipo de cosas, desde bates de béisbol con pinchos hasta tuberías de plomo, cuchillos de cocina y lanzallamas caseros, escopetas y armas automáticas.
Y quedaban vivos muchos menos que 332.
Convertidos en niños salvajes, los chavales miraron fijamente a través de la cúpula, y el mundo les devolvió la mirada.
Una locura, un mundo distópico y salvaje que se remontaba a los orígenes del hombre.
Todo aquello no tardó en convertirse en un meme de moda en Twitter e Instagram: #cupula, #PerdidoBeach, #SDLM #niñosburbuja. Y entonces, cuando los de dentro consiguieron comunicarse con notas garabateadas que sujetaban ante las cámaras, el mundo descubrió cómo llamaban al interior de la cúpula y nació una nueva etiqueta: #ERA, el acrónimo mordaz que significaba Espacio Radiactivo Adolescente.
Pero la cúpula no había sido lo único en trastocar la realidad, porque enseguida quedó claro que los de dentro, no todos, pero sí algunos, habían adquirido poderes fantásticos. Poderes sobrenaturales. Poderes propios de un cómic. Poderes que no siempre usaban para el bien.
Shade había ido cada día desde que la cúpula se volvió transparente, y los observaba embelesada y a menudo horrorizada. Su madre le había prohibido acercarse a la cúpula, pero la chica era hija de dos científicos, por lo que llevaba la curiosidad en los genes. Así que cada día, en cuanto se aseguraba de que su madre estaba ocupada, Shade se hacía un moño para que no destacara su pelo caoba, se lo cubría con una gorra, y se escabullía de los lúgubres barracones en dirección a la cúpula, donde se sumaba a la multitud de familias.
Eran las familias quienes evitaban que todo aquello fuera solamente un espectáculo. Las familias sostenían carteles como «¿Conocéis a Mónica Cowell?» o «¿Está James Tipton a salvo?». Por favor, dime si mi hijo, mi hija, mi hermana, mi nieto, están sanos y salvos.
#Diquienhamuerto.
Muchos padres y abuelos se enteraron de que seguían rezando por alguien que hacía meses que había fallecido. De hambre. Del ataque de un animal. Por haberse suicidado. O porque lo habían asesinado.
Una chica flaca y pícara que se hacía llamar Brisa, y que se movía a una velocidad imposible, escribía carteles y los sostenía en alto para que les hicieran fotos.
«Lo siento. Su hijo, Hunter, está muerto».
«Lo siento. Su hija, Carla, murió hace ocho meses».
«Lo siento, lo siento, lo siento».
La vida no había resultado pacífica dentro de lo que los medios de comunicación, las autoridades, e incluso el presidente de Estados Unidos llamaban la Anomalía de Perdido Beach, la APB. El acrónimo APB carecía del humor seco y amargo de la ERA, un término que resultaba demasiado frívolo para los adultos.
Anomalía: algo que se desvía del estándar, de lo normal o esperado. Sinónimos: singularidad, peculiaridad, anormalidad, irregularidad, incongruencia, aberración, rareza. «APB» era un término seguro, sin sangre, que sonaba científico, pero Shade sabía que quería decir «No sabemos».
Teorías había muchas, pero entenderlo, como que no.
Shade lo había observado todo, había oído los gritos desgarrados, y visto los rostros surcados de lágrimas. Era horrible, pero fascinante, por lo que resultaba imposible apartar la vista.
Dentro de la cúpula, niños asustados se acurrucaban en su lado del campo de fuerza transparente. Dos mundos muy distintos se miraban mutuamente, como monos en una jaula, aunque no estaba claro en qué lado estaban los monos.
Fuera de la cúpula, los padres sostenían carteles para que los leyeran niños de seis años armados con cuchillas de carnicero mientras roían pescado seco. Niños de diez años, hoscos y apáticos, bebían de botellas de whisky. Y no se podía hacer nada. Una tristeza y una desesperación inmensas se adueñaban del exterior. Pero bajo la tristeza y la desesperación, a una distancia segura a la que pudieran negarse hipócritamente, dominaban la excitación y las expectativas.
Era el mayor espectáculo del mundo.
Shade se sentaba con las piernas cruzadas sobre una manta doblada que se había traído, a poca distancia de la pared de la cúpula. Y justo delante, donde podría haberles dado la mano si no existiera la barrera, se sentaba media docena de chavales, que iban del parvulario a la adolescencia. Y había más detrás de ellos, y más aún, extendiéndose al norte y al sur. Refugiados que no podían atravesar la frontera invisible. Que se morían mientras el mundo los miraba con fascinación morbosa.
Era extraño e inquietante encontrarse tan cerca, verlo todo y no oír nada. Pocos días antes, Shade se encontraba en ese mismo lugar, comiéndose una barrita de cereales, y los chavales del otro lado observaban cada mordisco con intensidad depredadora, salivando como perros. La chica no había vuelto a cometer ese mismo error.
Luego empezaron a circular los rumores de un horror que eclipsaba a todos los demás de la cúpula. Un horror llamado Gaya, aunque los carteles de dentro lo escribían de media docena de formas distintas: Guyu, Gayu...
#Gaya.
Se crearon múltiples cuentas falsas en Twitter, Facebook e Instagram con ese nombre, pues les parecía una idea tremendamente divertida. Hasta que la grabaron.
Poco después de la detonación del arma nuclear, el campo de fuerza de la cúpula desapareció durante medio segundo, y por motivos que nadie entendió entonces ni más tarde, un joven llamado Alex, un adulto, intentaba trepar por la cúpula. En ese instante sin cúpula, Alex cayó en su interior y se convirtió en el único adulto que había dentro. Qué mala suerte.
Fue su brazo el que arrancó Gaya, y el que cocinó con una llamarada que le salió de las manos hasta dejarlo poco hecho, masticándolo y tragándoselo mientras Alex yacía traumatizado y llorando a sus pies. Y todo esto quedó grabado en vídeo. Por poco cae Internet, pues todas las personas del planeta Tierra que no vivieran en una cueva o estuvieran en coma lo vieron, horrorizadas y fascinadas a la vez.
Y así, lo de #Gayapresidenta dejó de resultar divertido.
Y fue precisamente esa chica, el monstruo Gaya, quien apareció harapienta en el extremo sur de la cúpula, cubierta de sangre y quemaduras.
Entonces el sonido del teléfono de Shade Darby la sobresaltó. Era su madre, claro. Ya sabía por qué la llamaba. La doctora Heather Darby quería asegurarse de que su hija estaba a salvo en los barracones, porque aunque en ese momento se encontraba a pocos metros de distancia, en una tienda repleta de material científico, sabía que su hija no siempre la escuchaba.
Shade dejó que saltara el buzón de voz. No tenía ninguna intención de marcharse. No quería perdérselo. Sentía que el espectáculo estaba a punto de alcanzar su punto culminante. Que iba a pasar algo importante.
Shade oyó el aviso de un mensaje de texto, pero ni lo miró.
Y entonces Gaya miró torvamente a la masa apiñada de niños asustados pegados a la pared de la cúpula y alzó las manos ensangrentadas.
—¡Shade, Shade Darby! —la voz de Heather casi no se oía entre los gritos de los que lloraban y señalaban.
Gaya alzó las manos, de las que salieron rayos de luz tan brillantes que Shade casi no podía mirarlos, y los dirigió hacia la multitud indefensa de niños acurrucados en el interior de la cúpula.
Los minutos parecieron transcurrir muy despacio mientras Shade observaba todo aquello sin poder creérselo. Los rayos atravesaron a algunos niños. Los niños ardieron. Un chico de no más de siete años se derritió como una vela en un microondas, ardió y se fundió, y a Shade se le escapó un lamento convertido en grito, y a su alrededor gritaban y aullaban de horror, cada vez más alto, porque el sonido no podía traspasar la cúpula... ¡pero la luz sí!
—¡Shade!
Los rayos asesinos de Gaya segaban a los niños de la cúpula, pero también la barrera transparente. La luz del láser quemó a polis, turistas y medios de comunicación. A miembros de las familias. Y los puestos de recuerdos horteras con llaveros de plástico de la cúpula.
La gente se convirtió en ganado, como un rebaño de ñus que viera a una leona saliendo de entre la hierba alta. La gente reculaba, se apartaba, veía a la persona que tenía al lado decapitada, y corría presa del pánico, sin pensar, empujando y aplastando a los demás, mientras los rayos mortales barrían de izquierda a derecha, atravesándolos. Brazos y cabezas caían como basura macabra, y los torsos corrían dos pasos antes de desmoronarse. La carne humana chamuscada y humeante hedía a barbacoa.
Shade sintió un cosquilleo por todo el cuerpo, como si se le parara el corazón y luego se le acelerara, sintió el eco de sus propios gritos en la cabeza mientras yacía boca abajo, pero sin apartar la vista. No apartó la vista cuando, gritando con las bocas abiertas, pero sin que pudiera oírlos, los niños atrapados morían ante ella, tan cerca que podría haber sentido su último aliento.
Luego, detrás de Gaya apareció una criatura que parecía hecha de grava. La criatura bajó torpemente por la colina, como una piedra grande con piernas gruesas y brazos que giraban como molinos de viento. Arremetió contra Gaya, y el monstruo empapado de sangre salió volando por los aires. Se oyeron vítores entrecortados procedentes de los que miraban agachados en el suelo como Shade, o de quienes se encogían a lo que consideraban una distancia segura, tras vehículos de urgencias y de la Guardia Nacional.
Dentro de la cúpula, apareció entonces un chico guapo de cabello oscuro y aire dominante. Iba armado con lo que debía de ser un misil portátil como los que se ven en los noticiarios de guerras lejanas. El chico apuntó y disparó el misil en dirección a Gaya. El proyectil salió volando dejando un rastro de humo y chispas, recorrió un corto camino y no alcanzó su objetivo, con lo que acabó chocando en silencio en el interior de la barrera, más de tres metros y medio por encima de la cabeza de Shade. La chica reaccionó reculando, apretando la cara contra el suelo, con las manos pegadas a los oídos, aunque no hubo onda expansiva.
La explosión dentro de la cúpula hizo añicos a la criatura de piedra, despojándola del recubrimiento exterior, por lo que, solo durante un instante, casi pareció que tenía forma humana. De chico. Pero de chico muerto. La criatura cayó junto a los demás cuerpos, y la sangrienta Gaya aulló rabia silenciosa y una risa salvaje.
Shade pensó que era la criatura más increíble que había visto o imaginado: intrépida, loca, malvada y poderosa. Una joven diosa demente. Fascinante.
Detrás de ella, el chico que había disparado el misil pareció encogerse de hombros. Estaban hablando, Gaya y ese chico, y parecía una conversación casi normal. Otros que había en el interior los miraban, tensos, pero manteniendo las distancias. El chico era un adolescente no mucho mayor que Shade, pero su mirada no era juvenil.
Entonces estalló una ráfaga tan intensa que a Shade le ardieron las retinas, cegándola temporalmente. Se frotó los ojos y parpadeó, y cuando volvió a ver, tanto el chico de cabello oscuro como la sangrienta Gaya estaban hechos cenizas.
De repente, Shade oyó ruidos procedentes de otro lugar, ¡de dentro! Gritos. Lloros. Gemidos de dolor y tartamudeo de puro terror. Shade olió el bosque que se quemaba en un extremo de la ERA. Olió el final, las secreciones nauseabundas de los muertos tan cerca del final. Sintió el hedor salobre de la sangre recién vertida.
Un niño muerto cayó desplomado y quedó tendido en el límite de la pared de la cúpula, con la mano extendida, casi a punto de tocar a Shade.
¡La cúpula había... desaparecido!
La muchedumbre aterrorizada que formaban los habitantes hambrientos, sucios, harapientos, roñosos y fuertemente armados de la Anomalía de Perdido Beach salió disparada hacia delante sin fijarse en nada. Muchos de ellos se encaramaron como locos sobre sus amigos muertos y heridos. Presa del pánico, una chica golpeó a Shade en la cabeza y la dejó aturdida. Shade trató de levantarse para que no la pisotearan, y entonces una niña, que no debía de tener más de diez u once años, pasó corriendo y gritando, apuntando con un machete en dirección a los que creía que la perseguían. El filo rozó un lado de la garganta de Shade.
Al principio la chica no sintió nada, solo el susto al llevarse la mano a la herida y ver, boquiabierta, el rojo que le caía hasta la muñeca.
Shade volvió a desplomarse en el suelo. Quería gritar y pedir ayuda, quería llamar a su madre, a una madre que ya no la llamaba.
Entonces, de repente, se sintió mareada, grogui, y que las manos y los pies ya no le respondían... La chica se dio la vuelta y alzó la vista hacia el cielo sin nubes. Qué raro, el cielo. Y sintió que el latido rítmico de su vida abandonaba los límites de sus arterias.
Shade parpadeó, pensó en la palabra «mamá» y sintió que se desmayaba.
Diez minutos más tarde, se despertó y se encontró sobre una camilla, con linternas por todas partes, la visión borrosa, la cabeza martilleándole, agujas en el codo, un manguito para tomarle la presión en la muñeca, y vendajes gruesos en la garganta. Un técnico de urgencias apretaba una bolsa de plasma para que el fluido salvavidas le entrara en las arterias a punto de colapsarse. Shade parpadeaba furiosa para ver bien, limitada por la conciencia paralizante y pesadillesca. Lo último que vio fue una bolsa de plástico negra para transportar cadáveres, y la mano enguantada de un bombero cerrando la cremallera... sobre el rostro de su madre.

—EL PRIMER SUPERHÉROE no fue Superman —le dijo Malik Tenerife a Shade Derby—. Fue Gilgamesh. Hará, no sé, cuatro mil años. Superfuerte, superlisto, imparable en la batalla. —Malik señaló cada idea levantando un dedo.
—¿De nombre Gil, de apellido Gamesh?
—Qué graciosa, Shade. Seguro que le hacían la misma broma hace cuatro mil años. Gilgamesh, nena: el primer superhéroe.
—¿Y no eliges a Jehová?
—No creo que los dioses cuenten como superhéroes —señaló Malik.
—Mmmm... Sí, si no son dioses de verdad —reflexionó Shade—. Quiero decir, que la Mujer Maravilla es una amazona, Thor es uno de los dioses de Asgard, y ¿no era Storm de X-Men una especie de deidad africana?
Malik se recostó, negando con la cabeza.
—Ya sabes lo que me molesta que hagas eso.
—¿El qué? —la expresión inocente de la chica no resultaba convincente, y no quería que lo fuera.
—Cuando finges que no sabes algo, y luego vas y me machacas —Malik protestaba mucho, pero sonreía de oreja a oreja.
Shade sonrió encantada, cosa que hacía rara vez.
—Pero es que es tan divertido...
Entonces, el chico se puso serio y se inclinó hacia delante al otro lado de la mesita.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo, Shade? Sabes que es delito, ¿verdad? Un delito federal. Peor aún, es un tema de seguridad nacional.
Shade se encogió de hombros. Estaban en un Starbucks de Dempster Avenue en Evanston, Illinois. Estaba lleno, repleto de los típicos clientes matutinos: mamás con coleta, dos mujeres con chalecos fluorescentes que estaban trabajando en la carretera, y chavales de bachillerato como Shade o universitarios como Malik, todos soltando vaho y con los zapatos húmedos, abasteciéndose de cafeína para calentarse.
Había suficiente ruido como para que pudieran hablar sin preocuparse demasiado por si los oían, pero Shade lamentaba que Malik hubiera utilizado la palabra «delito», porque era precisamente la clase de palabra que la gente tendía a oír.
Se bebieron los cafés, un latte grande para Malik y un americano largo con leche y crema de leche para Shade, miraron la hora y se fueron. Malik era un chico negro, alto y ágil de diecisiete años, cuyo cabello de rizos sueltos tendía a caerle por la cara, lo que lo hacía atractivo, y él era plenamente consciente de ello. Los ojos en ocasiones cubiertos por los rizos siempre estaban medio caídos, como para ocultar la inteligencia penetrante que había tras ellos. Su expresión en reposo era escéptica, como si no fuera a creerte pero manteniendo una actitud abierta.
Shade era una chica blanca, de diecisiete años, con cabello color caoba cortado de tal forma que pareciera alguien propenso a decir tacos, fumar marihuana, y en general, a meterse en líos. Pero solo hacía dos de esas cosas.
Shade tenía los ojos marrones, unos ojos que a veces parecían animados y afectuosos, y otras, muy fríos e inquietantes, y tendía a desplegar cada efecto según su conveniencia. Era alta, medía uno setenta y cinco, y su estructura ósea habría hecho que la gente dijera «Eh, deberías ser modelo», si no fuera por la impresionante cicatriz que le empezaba justo debajo de la mandíbula en el lado derecho de la cara y le llegaba hasta detrás de la oreja, con lo que parecía una espadachina. Si alguna vez llegaban a hacer una película sobre la sobrina pirata de Barbanegra, Shade tendría que protagonizarla.
No le costaba resultar carismática, e incluso tenía un aire regio. Pero pese a su encanto y sus pómulos, no era una chica popular en la escuela. Le gustaban demasiado los libros, se fijaba demasiado en todo, era demasiado impaciente, y estaba demasiado dispuesta a hacer saber a los demás que era más lista que ellos. Y, aún más, proyectaba una imagen demasiado mayor, demasiado seria, demasiado oscura, puede que incluso un poco peligrosa.
Malik sabía de donde procedía esa sensación de peligro: Shade estaba obsesionada. Como un adicto a los juegos en línea, pero la chica se obsesionaba con algo muy real, con el miedo, la muerte y la culpa. Y eso no era ningún juego.
Hacía frío en la calle, no el frío de verdad de Chicago, que estaba por llegar, pero sí lo bastante como para exhalar vahos y que les chorreara la nariz. El rinconcito de negocios de Dempster —el Starbucks, la pizzería, la óptica, la pescadería, y el venerable Blind Faith Café— quedaba al oeste de la esquina con Hinman Avenue. Shade vivía en Hinman, una calle de casas victorianas bien cuidadas, situadas tras céspedes extensos y sin vallar. A los olmos y robles adultos ya se les habían caído muchas hojas, doradas con toques verdosos, y seguían cayendo sobre la hierba, las aceras, la calle y sobre los coches aparcados; los parabrisas se cubrían del arte de la naturaleza.
Shade y Malik iban juntos caminando por Hinman en dirección a la parada del autobús, donde ya había seis chavales pululando alrededor.
—Bueno, pues nos vemos, Shade —dijo Malik. Había algo raro en su tono de voz, una tensión, una preocupación.
Shade lo notó y comentó:
—Deja de preocuparte por mí, Malik. Puedo cuidar de mí misma.
Él se rio. Tenía una risa inusual, hacía el ruido de una foca hambrienta. A Shade siempre le había gustado ese rasgo de él: la risa idiota de una persona inteligente. Y también su sonrisa.
Y también sentir sus brazos, y su pecho y sus labios y... Pero todo eso había quedado atrás. Todo eso había terminado, aunque seguían siendo amigos.
—Seguramente no saldrá bien —añadió Malik.
—¿Te estás poniendo en mi contra? —preguntó Shade en tono arrogante.
—Nunca —esa sonrisa... y entonces el chico la saludó llevándose el puño al corazón, algo que debía de haber visto en Juego de tronos. Pero a Shade le gustó. Lo que hacía Malik solía gustarle.
—Lo voy a hacer, Malik. Tengo que hacerlo.
El chico suspiró.
—Sí, Shade, ya lo sé. Es una obsesión.
—Pensé que eso era un perfume —bromeó la chica, sin esperarse una risa. En vez de eso, Malik la miraba muy serio.
—Sabes que siempre puedes llamarme, ¿verdad?
Shade levantó el vaso para dar un golpecito al de Malik, y brindaron con sus respectivos cartones.
—No deberías tirarles los trastos a las chicas del instituto —añadió la muchacha.
—¿Y qué quieres que haga? Las de Northwestern no son tan tontas como para creerse mis gilipolleces —se excusó el chico, y se dispuso a marcharse, comenzó a alejarse de ella, en dirección al campus que quedaba a pocas manzanas hacia el norte—. Sea como sea, el año que viene irás a la universidad.
Malik tenía seis meses más, por lo que siempre iba un curso por delante de ella.
—Y oye... ¿Sandman no sería un dios? —exclamó Shade.
—Que me voy a clase —replicó Malik, tapándose las orejas—. ¡No te oigo, lalalala!
Pero Shade ya había pasado a fijarse en un chico nuevo en la parada del autobús. Latino, le pareció. Alto, de casi metro noventa, bastante guapo.
Espera, no. Puede que no fuera un chico.
Qué interesante.
Él, o probablemente ella, parecía... nerviosa, la chica nueva. Su mirada oscura era desconfiada, estaba alerta. E iba maquillada, con un poquito de lápiz marrón y un toque delicado de rímel...
En la parada también había un par de chicos de primero que parecían aún de primaria; un chico negro llamado Charles o Chuck o algo así —no se acordaba— a quien nunca había visto nadie sin auriculares, y dos miembros enormes y musculados del equipo de fútbol, uno blanco y el otro negro, ninguno de los dos con cuello identificable.
—Va a haber un lío... —murmuró Shade. Los gemelos musculados estaban mirando a la nueva. Aburridos, pero ya en modo depredador.
Nadie hablaba con Shade, ya que estaba un poco apartada, en la acera, desde donde podía mirar. La chica sorbía café y esperaba, observando a los chicos del fútbol, fijándose en cómo se codeaban y se guiñaban el ojo. Shade notaba la violencia en el aire, el tufillo a testosterona, a sudor, a agresión animal.
También percibió que la nueva era consciente de que podía haber un lío. Cuando los jugadores de fútbol se colocaron tras ella, Shade volvió la mirada hacia los chicos, y casi podía ver cómo se le erizaba el pelo de la nuca.
Evanston siempre había destacado por su tolerancia progresista, pero puede que un muchacho gay o transexual y unos jugadores de fútbol aburridos, atiborrados de esteroides, no combinaran bien. Y últimamente Evanston había empezado a cambiar, a tensarse, a estropearse un poco, como una película cuyo proyector tuviera una bombilla que parpadeara.
—Oye, contéstanos a una pregunta —se dirigió el jugador blanco a la nueva. Shade la vio estremecerse, retraerse un poco, hasta que, con esfuerzo, se adelantó de nuevo y miró al jugador varios centímetros más bajo que ella, pero más pesado: la superaba en cincuenta kilos de músculo.
—Vale —dijo una voz inconfundiblemente femenina. Shade inclinó la cabeza y escuchó.
—¿Tú qué eres?
Durante medio segundo, la nueva se planteó huir. Incluso echó un vistazo rápido en busca de una ruta de huida. Pero no retrocedió.
—Me llamo Cruz —acabó diciendo. Llevaba el cabello negro largo y suelto, casi hasta los hombros, peinado hacia un lado. Shade meneó la cabeza de manera imperceptible, mirando, analizando.
—No te he preguntado cómo te llamas, te he preguntado qué eres —intervino el jugador negro—. Oye, he oído que estás loco. Que te crees chica.
Shade asintió. Ah, pues eso era. Shade se alegró de oír la respuesta. Nunca había hablado con una persona transexual, por lo que igual debería esforzarse por conocer a Cruz... si es que sobrevivía a los siguientes minutos.
Y pensó: ¿es chico o chica? Shade decidió preguntarle qué prefería. Y también utilizar pronombres femeninos en su monólogo interno. Aunque no es que su monólogo interno o los pronombres que usara en él fueran a importar a una chica que todo parecía indicar que estaba a punto de meterse en un gran lío.
Cruz se pasó la lengua por los labios, miró en dirección a la calle y suspiró con alivio: el autobús escolar se acercaba resollando y traqueteando. Shade calculó que tardaría treinta segundos. Cruz pensó que estaba a salvo, pero Shade no estaba tan segura.
—No es que crea que soy chica, ni que crea que soy chico, solo soy quien soy —resumió Cruz, algo desafiante.
Qué valiente. Cruz no era ni pequeña ni débil, pero sí comparada con los jugadores de fútbol.
—O tienes polla o no tienes —insistió el chico blanco. Menudo filósofo. A Shade le sonaba que se llamaba Gary. ¿Gary, Greg? Algo con G.
—Te interesa mucho lo que tengo en los pantalones —señaló Cruz.
Shade se estremeció.
—Uy, allá vamos... —murmuró.
El autobús se acercó salpicando agua de la alcantarilla. Fue el muchacho negro (que para entonces Shade pensaba que se llamaba Griffin... ¿o se estaba confundiendo con los nombres con G?) quien empujó a Cruz hacia el autobús aún en marcha.
Cruz perdió el equilibrio, se tambaleó hacia delante y extendió las manos demasiado tarde para evitar el impacto del aluminio pintado de amarillo sobre su cara. Se oyó, desde luego, el golpazo del hueso recubierto de carne sobre el aluminio, y el autobús provocó que Cruz diera un giro violento, se desplomara y cayera de rodillas en la alcantarilla.
El vehículo se detuvo, se abrió la puerta, y el gnomo del conductor lo obvió todo y les increpó:
—Vamos, gente, arriba.
El chico de los auriculares y los dos chicos de primero asustados, así como los dos matones corpulentos, corrieron a subirse.
—Hay una chica herida abajo —le dijo Shade al conductor.
—Pues dile que se suba, que vea a la enfermera cuando llegue a la escuela.
—No creo que pueda —comentó Shade.
Cruz estaba sentada en el bordillo. Le sangraba la nariz, y lágrimas de espanto le marcaban surcos en lo rojo, con lo que tenía un aspecto horripilante.
«No pienses en la cara cubierta de sangre. No vuelvas a pensar en eso».
Shade tomó una decisión rápida, instintiva.
—Adelante, hoy estoy enferma —le dijo al conductor. El autobús se alejó soltando vapor y gases a su paso.
—Oye... ¿quieres que llame a la policía?
Cruz negó con la cabeza. Su respiración entrecortada amenazaba con convertirse en sollozos.
—Ven conmigo, te conseguiré una tirita.
Cruz se levantó y casi se incorporó del todo, hasta que gritó de dolor al tratar de mover el tobillo izquierdo.
—Vete, me pondré bien. No es la primera vez que me pegan.
Shade soltó una risa sorda.
—Sí, te veo muy bien. Venga, pásame un brazo por los hombros. Soy más fuerte de lo que parezco. —Las dos se miraron por primera vez. Los ojos marrones, expresivos, llorosos, heridos y furiosos de Cruz y la mirada más curiosa de Shade se encontraron—. Vivo al final de la manzana. Tú no puedes caminar y tienes la cara cubierta de sangre. Así que, o me dejas llamar a la policía, o te vienes conmigo.
Shade le dijo todo esto de forma amable y simpática, pero muchas veces no lograba evitar un tono imperativo, como si hablara con un niño o un perro. Nunca había tenido problemas de falta de confianza en sí misma.
Casi se caen varias veces, pues Cruz había tenido que apoyarse mucho en Shade, pero al final consiguieron llegar al final de la acera y girar a la izquierda por el camino que conducía, pasada una verja, bajo los zarcillos de un macizo demasiado crecido y desvaído de hortensias, hasta la puerta trasera de Shade.
Entraron por una cocina que se parecía a muchas otras de aquel barrio adinerado: con mostradores de granito, una cocina con seis quemadores digna de un restaurante, y el inevitable refrigerador doble de Sub-Zero, del que Shade sacó una bolsa de plástico llena de hielo y se la pasó a Cruz.
—Vamos.
Subieron las escaleras. Cruz se agarraba a la barandilla de madera tallada y subía a la pata coja, con Shade detrás dispuesta a cogerla si se caía.
La habitación de Shade estaba en el segundo piso. Tenía las paredes de un amarillo alegre, y un baño de mármol gris visible a través de una puerta estrecha. Su cama de tamaño queen estaba cubierta por un edredón blanco. Tenía un escritorio pegado a la pared y una ventana mirador con un asiento acolchado.
Y había libros. En estanterías pulcras a ambos lados del escritorio, entre la ventana y la esquina suroeste, apilados junto al asiento, sobre una poltrona, sobre la mesita de noche...
Shade quitó la pila de la poltrona para que Cruz se sentara en ella. A continuación, entró en el baño y volvió con una botella de alcohol, pañuelos de papel, un tubo amarillo de Neosporin, una caja de vendas y un vaso de agua.
—Sube la pierna a la cama —indicó. Cruz le hizo caso, y Shade le puso una bolsa de hielo sobre el tobillo torcido—. Tómate esto, es ibuprofeno; así no se te hinchará tanto, y te dolerá menos.
—Eres demasiado maja —comentó Cruz—. Ni me conoces.
—Ya, sí, eso es lo que dicen todos de mí —replicó Shade con una sonrisa peculiar, sarcástica—. Que soy demasiado maja.
Cruz se limpió la sangre con cuidado, utilizando el teléfono como espejo. Entonces, se acordó de repente y sacó una libreta Moleskine pequeña y morada del bolsillo trasero. Se había hinchado por el agua del bordillo en una esquina, pero por lo demás estaba intacta. Aliviada, Cruz se la metió en un bolsillo seco de la chaqueta, y Shade le acercó la papelera para que tirara en ella los clínex ensangrentados.
—Shade Darby, por cierto. Así me llamo.
—Buen nombre.
—Tiene que ver con cómo me concibieron. Supongo que había árboles. No es que haya preguntado mucho al respecto, ya me entiendes. Y tú eres Cruz.
Cruz asintió.
—Y por si te lo preguntas, tengo polla.
Shade soltó una risotada repentina, lo que provocó que Cruz esbozara una sonrisa inquietante rojiblanca.
—¿Y eso no se cura? —preguntó Shade.
Cruz se encogió hombros.
—Así, rápido, no sé qué decirte.
—Pues no me lo cuentes rápido. Ya te aviso si me aburro. —La chica se dejó caer en la cama.
—Ya. Vale... ya sabes que todo está en un espectro, ¿verdad? Quiero decir, que hay gente —la mayoría— que nace o bien hombre o bien mujer, y les va muy bien así. Y algunos nacen con un cuerpo, pero con una mente totalmente distinta, ¿cierto? Saben, ya de pequeñitos, que están en el cuerpo equivocado. Pues yo... es que no soy ninguna de las dos cosas. O las dos. O algo.
—Pues eres todas las anteriores. De respuesta múltiple, pero en un test de verdadero o falso.
Así, Shade consiguió arrancar otra sonrisa ensangrentada a Cruz.
—¿Me dejas usar esa frase?
—Entiendo lo de los espectros, e incluso entiendo que el sexo y el género son cosas distintas —Shade se incorporó—. A fin de cuentas, esto no es Alabama. O no solía serlo. Nuestra educación sexual no termina con Adán y Eva.
—Eres... inusual —comentó Cruz.
—Mmmm...
—Me gustan sobre todo los chicos —afirmó Cruz, encogiéndose de hombros—. Si eso te aclara algo.
—Y a mí —intervino Shade. Y entonces, algo escéptica, añadió—: En teoría. No siempre, en realidad.
Cruz la miró de reojo.
—Te he visto con ese chico alto, moreno y guapo a rabiar.
—¿Con Malik? —Durante un instante, Shade se quedó descolocada. No estaba acostumbrada a personas tan observadoras como ella misma.
—Le gustas.
—Le gustaba, en pasado. Ahora solo somos amigos.
Cruz negó con la cabeza despacio.
—Se ha vuelto a mirarte como tres veces.
—¿Así que eres una chica hetero atrapada en el cuerpo de un chico gay? Ayúdame a entenderlo.
Shade desvió la conversación a propósito hacia Cruz, y le encantó y agradeció que Cruz entendiera lo que estaba haciendo.
«Qué lista», pensó Shade. «¿O demasiado? ¿O lo bastante?».
—Pues soy todas las anteriores, atrapada en un test de verdadero y falso. Puedes decir que lo he dicho yo.
—¿Y cómo te llamo?
Cruz se encogió de hombros.
—Más chica que chico. No soy muy maniática con eso, pero, ya sabes, si puedes... —Ahora le tocaba a ella cambiar de tema—. Lees mucho...
—Sí, pero solo para ser popular —Shade lo dijo sin cambiar de tono de voz, y durante un instante notó que Cruz no entendía nada, pues no sabía si era verdad, hasta que se dio cuenta de que era ironía.
Cruz había tardado un segundo o segundo y medio en procesarlo. Había sido más lenta que Shade, más que Malik, pero no estúpida, en absoluto. Solo que no era genial.
—Diré que estamos enfermas —Shade se dispuso a llamar por teléfono.
—No creo que puedas.
—Por favor —Shade marcó el número, esperó y dijo—: Hola, soy Shade Darby, estudiante de último curso. Hoy me encuentro un poco mal, y también... —tapó el teléfono y preguntó—: ¿Cuál es tu nombre legal?
—Hugo Cruz Martínez Rojas.
—Hugo Rojas. Sí, se ha hecho daño. Dos de nuestros futbolistas estrella le han dado una paliza. Sí. No. Ajá. —Shade colgó—. ¿Lo ves? No ha pasado nada. La escuela ya ha sufrido un incidente con una esvástica. No quieren más mala fama.
—¿Un incidente con una esvástica?
—Pintaron con espray en un lado del edificio temporal, el que usan para la clase de música. Una esvástica y otros insultos habituales, la mitad mal escritos. Una cosa es «negrata», y otra es «Nigeria». «Nigrata» no existe. Qué triste que escriban eso, y aún más triste que no sepan escribir.
Cruz se había limpiado casi toda la sangre de la cara, pero Shade se le acercó con un pañuelo de papel y se inclinó para limpiar una mancha huidiza que tenía en la comisura de los labios.
Cruz se incomodó un poco ante su gesto, y dirigió de nuevo la atención hacia la estantería que quedaba junto a ella.
—Verónica Rossi. Andrew Smith. Lindsay Cummings. Dashner. Marie Lu. Daniel Kraus —leía los nombres de los autores en los lomos de los libros—. ¿Y Dostoievski? ¿Faulkner? ¿Gertrude Stein? ¿David Foster Wallace? ¿Virginia Woolf?
—Tengo un gusto ecléctico —repuso Shade. Y esperó a ver qué pensaba Cruz del resto de su colección.
—La ciencia de la Anomalía de Perdido Beach. —Cruz frunció el ceño—. Poderes y posibilidades: el significado de la Anomalía de Perdido Beach. Uf, qué dramático. La física de la Anomalía de Perdido Beach. Demasiadas mates para mí. Nuestra historia: sobrevivir a la ERA. Este sí que lo leí, supongo que todos. Pero no me gustó la peli: estaba claro que era una versión moderada.
—Mmmm...
—Estás muy metida en lo de Perdido Beach.
Shade asintió.
—Algunos dirían que obsesionada.
«Algunos. Como Malik».
—Y te gusta la ciencia.
—Mi padre es profesor en Northwestern, jefe de astrofísica. Me viene de familia.
—¿Y tu madre?
—Está muerta. —Shade se reprendió en silencio a sí misma. Llevaba cuatro años diciendo esas palabras, y aún no conseguía hacerlo sin que le temblara un poco la voz.
—Lo siento. —Cruz frunció la frente.
—Gracias. —Shade no cambió el tono de voz. Tenía la capacidad de poner un «punto y aparte» gigantesco en cualquier tema del que no quisiera seguir hablando, y Cruz se dio cuenta de ello.
—Mi padre trabaja en fontanería —comentó Cruz—. Antes vivíamos en Skokie, pero, en fin, tuve problemas en la escuela. Era una escuela católica, y supongo que les gusta que sus estudiantes sean masculinos o femeninos, pero no todas las anteriores, o ninguna de ellas, ni tampoco, en fin, de respuesta múltiple. Al principio yo llevaba el uniforme de chico, y no les gustó que pasara a llevar falda.
—¿No?
—Me quedaba un poco corta —admitió Cruz con malicia—, pero es que no hacen muchas faldas a cuadros de mi talla.
—¿Y qué es lo que haces cuando no causas violencia en las paradas de autobús?
Cruz se rio en silencio, una risa interna que se reflejaba en resoplidos, resuellos y amplias sonrisas, opuesta, casi diametralmente, a la de Malik.
—¿Me preguntas qué quiero hacer cuando sea mayor? Pues ese es mi otro secreto. Ya ha llegado un punto en el que aguanto lo del género la mayor parte del tiempo, pero escribir... Quiero decir, que le dices a la gente que quieres escribir y ponen los ojos en blanco.
—Ya me aseguraré de apartar la mirada cuando ponga los ojos en blanco —prometió Shade.
—Sí, de mayor quiero ser Verónica Ruth. Ya sabes que es de aquí, ¿verdad? Que fue a Northwestern.
—¿Y sobre qué quieres escribir?
Cruz se encogió de hombros, incómoda.
—Pues no lo sé. Seguramente solo sea terapia, ¿sabes? Para enfrentarme a mis cosas, pero con personajes de ficción.
—¿No es eso lo que hacen todos los escritores?
Cruz ofreció una versión resumida de su risa interna.
Shade asintió con la cabeza ladeada, mirándola fijamente.
—Eres... interesante.
Y lo dijo de una manera que parecía una bendición, una declaración, con lo que hizo que se dibujara una sonrisa agradecida en los labios de Cruz.
Tras hablar de libros, comieron patatas fritas con salsa y bebieron zumo de naranja. Estuvieron viendo un rato la tele, y Shade dejó que Cruz eligiera qué ver porque, claro, la estaba poniendo a prueba, o estudiándola, al menos.
«O sea que Cruz sí que es interesante. Y será... ¿útil?».
El día continuó, y la hinchazón del tobillo de Cruz fue menguando hasta quedar al doble de su tamaño normal, y entonces empezó a desinflarse como un globo que tuviera un agujerito. El dolor también disminuyó, gracias al ibuprofeno, el hielo y el poder recuperativo de la juventud.
Mientras tanto, Shade pensaba. Le gustaba esa persona extraña, esa persona que era «todas las anteriores» en un mundo de verdadero o falso, esa persona que intentaba ponerse falda en una escuela católica, esa persona lista pero no demasiado, divertida, que se reía de sí misma, esa criatura en apariencia sin rumbo, que deseaba ser escritora.
«Persona», se riñó Shade a sí misma. «No es una criatura, es una persona». Sabía que tendía a analizar a la gente con la intensidad y la distancia emocional de una científica que contara bacterias en un portaobjetos.
«Es que lo llevo en el ADN...».
Shade necesitaba ayuda, respaldo, apoyo, sabía que lo necesitaba, y que ahora solo podía contar con Malik, quien se resistiría, lo retrasaría y más bien trataría de interferir en sus cosas. Malik era un rescatador crónico, uno de esos chicos, o más bien muchachos, que pensaba que su misión en la vida era interponerse entre todo matón y su víctima, entre cada idiota y su destino. Si Malik hubiera estado en la parada de autobús, se habría metido entre los dos jugadores y habría recibido, y sería su sangre la que estaría limpiando ahora, haría las bolsas de hielo para él, y sería él quien estaría en su dormitorio...
«No te hagas esto, Shade».
Se habían sentido atraídos mutuamente desde el principio, cuatro años atrás, cuando Shade volvió a vivir con su padre tras el desastre que le cambió la vida en Perdido Beach. Al principio se hicieron amigos. Él la visitó en el hospital tras la segunda cirugía, la que sirvió para arreglarle los nervios del lado derecho de la cara, porque no se sentía la mejilla. Años después, se habían convertido en mucho más que eso... había sido la primera experiencia para ambos.
Fue Shade quien decidió cortar, no Malik. Él quería más de ella, más compromiso, más apertura. Pero a Shade le gustaba tener secretos. Le gustaba tener intimidad, controlar su vida.
Continuar con su obsesión.
Shade había llegado a una conclusión: era la hora de abrir la granada de mano, o de encender la mecha, o algún símil parecido.
«El que no arriesga no gana, o algo así».
—Mi padre está trabajando en algo para el Gobierno —comentó Shade.
—¿Para la NASA?
—Mmmm... bueno, no exactamente. ¿Cómo se te da guardar secretos, Cruz?
Cruz se pasó una mano lánguida por el cuerpo.
—Soy un chico de género fluido que parecía muy macho hasta hace seis meses. Puedo guardar un secreto.
—Sí —asintió Shade, ladeó la cabeza y reflexionó: quería mantener la expresión alegre en el rostro para ocultar la frialdad con la que estaba examinando a Cruz.
«Me lo debe. La he rescatado. No tiene amigos. Lo hará».
—Pues mi padre se dedica a... rastrear el recorrido de lo que llaman un OEA... un Objeto Espacial Anómalo. De varios, en realidad. De siete, para ser exactos, del OEA-2 al 8.
Cruz alzó una ceja depilada.
—¿Y qué pasó con el OEA-1?
—Ah, el OEA-1 cayó en la Tierra hace años. Creen que los ocho fragmentos de OEA proceden de la misma fuente, de un asteroide o planetoide que estalló y al hacerlo nos mandó metralla interestelar. Uno de los fragmentos, el OEA-1, consiguió engancharse a la gravedad de Júpiter y se adelantó a los demás, diecinueve años. Los demás fragmentos siguieron una trayectoria más larga. Pero está previsto que del 2 al 8 intercepten la Tierra durante las próximas semanas.
Shade vio que Cruz no lo había pillado, que no lo había entendido, y eso la decepcionó un poco. Pero entonces Cruz parpadeó, frunció el ceño, la miró a los ojos y preguntó:
—¿Diecinueve años? ¿No fue entonces...?
Shade asintió despacio.
—Sí, hace diecinueve años OEA-1 entró en la órbita de la Tierra y alcanzó la central nuclear al norte de la ciudad de Perdido Beach, California.
Cruz se quedó paralizada durante un minuto largo. Se dedicó a escudriñar el rostro de Shade para intentar discernir si le estaba tomando el pelo. Aquello no era un secretillo del tipo «Estoy colgada de...», sino un secreto que dos adolescentes que casi ni se conocían no deberían conocer.
Cruz tragó saliva.
—¿Estás hablando de la roca extraterrestre?
—La que cambió el mundo —confirmó Shade—. La que obligó a replantearse las leyes de la física. La que convirtió a unos adolescentes sociópatas en asesinos con superpoderes. Esa roca.
—Y lo que... ¿lo que estás diciendo es que vienen más?
—Según los cálculos de mi padre, y su trabajo se le da muy bien. Está rastreando las rocas. Una caerá hoy en la costa de Escocia. Esa es el OEA-2. La otra, el OEA-3, llegará dentro de pocos días.
Cruz se removió en su asiento, inquieta, pues se daba cuenta de que Shade ya no le estaba dando conversación por dársela. Le había transmitido un mensaje. Y una pregunta estaba en el aire.
—Se suponía que iba a caer en Iowa. O eso parecía —añadió Shade—. Ahora, con los datos actualizados, creen que caerá en Nebraska. Habrá un destacamento del Gobierno para recogerla: el Destacamento de Seguridad Nacional 66. Sí, estarán allí con helicópteros, escolta policial y varios científicos. En Nebraska.
El aire entre las chicas parecía vibrar.
—Nebraska —dijo Cruz.
Shade asintió.
—Ajá. —Había llegado la hora de contárselo todo, de confiar en su instinto—. Pero la verdad es que caerá en Iowa, tal y como se calculó en principio.
—Así que...
—Así que... alguien cambió los datos —comentó Shade, en voz baja y suave—. Alguien con acceso al ordenador de mi padre. Mi padre es un genio, pero no se le dan bien los detalles, así que pega un pósit en el teclado. Ya te lo puedes imaginar, con la contraseña.
A Shade le fascinaba observar la emoción cambiante en el rostro de Cruz. Primero le pareció haberla entendido mal. Luego creyó que Shade le estaba tomando el pelo. Y finalmente, aun antes de preguntarle, supo que le decía la verdad.
Shade pensó que Cruz nunca debería jugar al póker, que su rostro lo revelaría todo. Casi vio el escalofrío que le recorrió la espalda.
—Fuiste tú —dijo Cruz. Y no era una pregunta.
—Se me dan muy bien las mates —aclaró Shade—. Y Wolfram Alpha ayuda.
—¿Cambiaste los cálculos de tu padre?
Shade asintió e inclinó la cabeza para adoptar una actitud socarrona:
—La pregunta, Cruz, es ¿por qué cambié los datos?
Era una pregunta clara, un desafío claro, y Cruz lo superó, al responder:
—Vas a intentar llevarte la roca.
—No, no voy a intentarlo, lo conseguiré —y luego, tras un segundo, añadió—: Sobre todo, si tú me ayudas.