
Era una mañana tranquila en la ciudad de Múnich. Aún era temprano, y en las calles apenas había actividad. En una de las casas, una chica de nombre Elena, pero a la que todo el mundo llamaba «Nené», se acababa de despertar y miraba por la ventana. A pesar de estar todavía en la cama, parecía que ya se hubiera peinado. Tenía la costumbre de dormir con su pelo castaño oscuro recogido en trenzas para evitar que se le enredara. Bostezó, tapándose la boca con educación, a pesar de que nadie estuviera mirando. Miró a su derecha, donde esperaba encontrar a su hermana aún durmiendo. Pero esta tenía los ojos bien abiertos.
—¡Sissi! —dijo Nené un poco sobresaltada por la sorpresa. Sissi tenía la costumbre de despertarse siempre mucho después que su hermana mayor. Aunque luego era un torrente de energía, por las mañanas le gustaba remolonear en la cama—. ¿Qué haces ya despierta? ¿No has dormido bien?
—No pasa nada —respondió Sissi rápidamente—. He dormido bien, ¿y tú?
Nené miró con atención a su hermana. Tenía, como cada mañana, su melena ondulada encrespada, lo que le daba un aspecto de león. Pero la expresión de su cara no era la de siempre.
—Tú ocultas algo —dijo Nené saliendo de su cama y acercándose a Sissi—. ¿Qué has hecho esta vez?
—¡Nada, nada! —respondió Sissi, que no pudo evitar empezar a sonreír.
—No conozco a nadie que mienta peor que tú —dijo Nené sonriendo también.
Intentó destapar a Sissi, pero esta se aferraba a las sábanas con fuerza. Sissi era fuerte, pero Nené sabía muy bien dónde encontrarle las cosquillas.
Nené se lanzó encima de Sissi. Tenía la intención de debilitarla haciéndole cosquillas para luego quitarle de un tirón las sábanas, pero enseguida olvidó su plan. Notaba las piernas de Sissi bajo las sábanas y le parecían rarísimas. Más grandes de lo habitual, era como si se doblaran en ángulos imposibles.
—¿Qué te pasa? —preguntó Nené asustada.
—No me pasa nada —respondió Sissi intentando disimular—. ¿Por qué no te vas a desayunar?
Pero Nené se agachó para levantar las sábanas por uno de los laterales de la cama. El perro de la familia, que estaba acurrucado a los pies de Sissi, sacó la cabeza y le dio un lametón en la cara. Nené no pudo contener un grito.
—¡Nené, para! —dijo Sissi saliendo de su cama—. Solo es Irwing...
—Ya veo que es Irwing —respondió Nené limpiándose la cara con el borde de su camisón—. ¡Sabes perfectamente que no nos dejan meter ningún perro en las habitaciones!
—Lo sé, lo sé —respondió Sissi—. Pero esta noche oí a Irwing arañando la puerta y gimoteando, y...
Nené miró a Sissi, y luego al perro. El perro, que sabía que había actuado mal, se mostraba dócil, con las orejas echadas hacia atrás. Miró a Nené con sus grandes ojos brillantes. Nené intentó mantener su cara de enfado, pero no aguantó ni dos segundos. Le acarició la cabeza. Sissi sonrió.
—Tenemos que sacarlo de aquí antes de que nadie lo vea —dijo Sissi—. Pensaba levantarme antes que nadie para llevármelo, pero me he dormido...
—Pues a estas horas va a ser un poco difícil sacarlo sin que nadie lo vea —respondió Nené—. Con esto de los preparativos del viaje hay más movimiento en casa de lo habitual.
—Bueno, pero eso también puede jugar a nuestro favor —respondió Sissi optimista—. Todos están muy ocupados, no creo que nadie preste mucha atención a Irwing...
—Eso es cierto—dijo Nené con expresión pensativa—. Bastaría con que no haya gente en el pasillo... Me voy a asomar.
Nené se acercó a la puerta mientras Sissi sujetaba el perro justo detrás. Estaba a punto de coger el pomo de la puerta cuando se oyó «toc, toc». ¡Alguien llamaba a la puerta!
—¿Hola? ¿Ya estáis levantadas? —dijo la voz de Magda al otro lado de la puerta.
Sissi y Nené se miraron con miedo y sorpresa, ya que no se atrevían a emitir ningún sonido. Nené se apoyó de espaldas contra la puerta para evitar que Magda pudiese entrar. Notó que intentaba abrir.
—¿Qué estáis haciendo ahí dentro? —preguntó Magda con un tono de voz irritado.
—¡Nada, nada! —respondió Nené mientras señalaba a Sissi uno de los baúles que había en la habitación.
Sissi abrió el baúl. Estaba totalmente lleno de cosas, listo para el viaje. Rápidamente abrió otro. Ahí sí que había sitio. Empujó como pudo a Irwing para que se metiera dentro.
—¡Tranquilo! —le susurró—. No hagas ruido...
Sissi dejó casi cerrado el baúl para que el perro no pudiera ser visto desde fuera, pero sí respirar.
Nené se separó de la puerta y la abrió. Magda llevaba un cesto vacío en las manos. Sopló hacia arriba para intentar quitarse de la cara uno de sus rizos rubios y entró en la habitación con rapidez.
—¡Menos mal que ya os habéis levantado! —dijo—. Así puedo deshacer las camas... ¡Hay muchas cosas que hacer hoy!
Sissi se mantenía en pie junto al baúl en el que se encontraba Irwing. Nené estaba al lado de la puerta, aún un poco nerviosa. Pero Magda estaba muy ocupada deshaciendo las camas y metiendo las sábanas en el cesto. Cada año, cuando la familia se iba a pasar el verano al palacio, en la casa de Múnich se vivía una auténtica mudanza. Eran unos días de caos.
Con las camas ya deshechas, Magda se agachó para coger por las asas el cesto lleno de ropa.
—¿Y ese baúl? —preguntó mirando hacia Sissi.
Sissi y Nené se pusieron blancas.
—Yo... —intentó responder Sissi.
—¡Ese baúl ya está listo para el viaje! ¿Qué hace abierto? —dijo Magda y, tras acercarse al baúl que Sissi había encontrado lleno de cosas, lo cerró—. Por favor, no enredéis con el equipaje. ¡Bastantes cosas tengo ya por hacer!
Magda sopló otra vez hacia arriba para apartar su mechón rubio, que rebotó sobre su cara mientras salía de la habitación de las chicas a toda velocidad. Ellas respiraron aliviadas en cuanto se quedaron solas.
—¡El desayuno ya está listo abajo! —gritó Magda mientras se alejaba por el pasillo—. Cuando estéis listas para vestiros, avisadme...
—¡Sí, Magda! —respondieron Nené y Sissi a coro.
Irwing escogió ese momento para empujar la tapa del baúl con la cabeza. Sissi asomó la cabeza por la puerta abierta y vio que el pasillo estaba desierto.
—¡Vamos! —le indicó Sissi.
Irwing salió de la habitación meneando la cola, contento. Dormir en una cama, por una vez, había estado bien.

—¡Buenos días! —dijeron Sissi y Nené cuando llegaron al comedor donde estaban desayunando sus hermanos Karl y Ludwig y su madre Ludovica.
—Buenos días, buenos días... —respondió Ludovica distraídamente, sin levantar la vista de un cuaderno en el que estaba haciendo algunas anotaciones. Su desayuno estaba ante ella, pero aún no lo había tocado. Se frotó los ojos con cansancio—. ¡Hay tantas cosas por hacer antes de marcharnos! Estoy tomando nota para no olvidarme de nada. Pero hay que dejar la casa bien limpia, estaremos fuera todo el verano... Si las cosas quedan manga por hombro, cuando volvamos será un desastre...
—¿Te podemos ayudar en algo? —preguntó Nené.
—Gracias, pero no hace falta —respondió Ludovica con una sonrisa—. Con que cada uno se ocupe de su equipaje, ya me ayudáis de sobra.
—Pero ¿no está listo ya? —preguntó Sissi—. He visto muchos baúles en la entrada...
—Eso son solo las cosas más importantes... —respondió Ludovica mientras volvía a mirar su cuaderno de apuntes—. Ropa, ropa de cama, menaje, aseo... Pero de vuestras cosas, tenéis que ocuparos vosotros.
—Yo ya tengo preparados mis libros preferidos..., y mis soldados —dijo Karl orgulloso de su eficiencia.
Con su pelo peinado con una raya en medio y su ropa impoluta, parecía un niño perfecto.
Ludwig miró a su hermano, sonriendo ante sus gustos infantiles. Se echó hacia atrás el pelo, que llevaba un poco largo. Aunque su ropa se limpiaba y planchaba exactamente igual que la del resto de sus hermanos, él se las arreglaba siempre para que no pareciera tan rígida y almidonada. Como a Karl, le gustaban los libros, pero, mientras que el pequeño se inclinaba por los de biología, a Ludwig le atraían más los de poesía y teatro.
—Yo tengo que coger mi material para escribir, mis libros ya están en un baúl.
Sissi pensó en las cosas que quería llevar a Possi. Evidentemente, no podían faltar algunos libros, pero lo primero en lo que pensó fue en sus botas para caminar por el bosque. Esto le hizo recordar de repente algo importante.
—Habrá luna llena es muy pronto, ¿no? —preguntó.
—Sí —respondió Ludovica—, prácticamente habrá luna llena en cuanto lleguemos a Possi. Si es que no tenemos que retrasar la salida, claro.
—¿Cómo que retrasar la salida? —se preocupó Sissi.
—Bueno, aquí hay mucho por hacer—dijo Ludovica levantándose de la mesa—. Si no estáis todos listos a primera hora, no podremos salir hoy.
Ludovica abandonó el comedor en dirección a la cocina, de donde comenzó a llegar un barullo considerable por las idas y venidas de los criados que cumplían sus instrucciones.
—Pero si llegamos tarde, tendremos que esperar casi un mes a la próxima luna llena —le susurró Sissi a Nené, que estaba acabando el desayuno a su lado.
Sissi y sus hermanos tenían la tradición de ir a dar un paseo por el bosque de noche la primera luna llena del verano, cuando llegaban a Possi. Generalmente ya llevaban unos días allí para cuando sucedía eso, pero este año parecía que, o lo harían enseguida, o les tocaría esperar un mes.
—No te preocupes —respondió Nené—. Estará todo listo. Mamá siempre se preocupa más de la cuenta.
Sissi trató de engullir su desayuno a toda velocidad, agobiada por lo que había dicho su madre. Nené le dio unas suaves palmadas en la espalda, riendo.
—¡Tampoco tengas tanta prisa! No llegaremos a ningún lado si te ahogas.

—¿Estos son los vestidos que vamos a llevar? ¿No hay otros? —preguntó Sissi un poco decepcionada tras ver la elección que había hecho Magda, un vestido gris para Nené y otro marrón para ella.
—La mayoría de la ropa de verano ya está guardada en los baúles —respondió Magda—. Sé que no es tu vestido preferido, pero he pensado que sería el más cómodo para el viaje.
Sissi empezó a ponerse el vestido y se miró en el espejo. Aunque a ella le gustaban más los colores alegres, pensar en el viaje le hacía verlo de otra manera. Sonrió.
Magda empezó a peinar la larga melena de Sissi mientras Nené preparaba sus cosas para el viaje.
—¿Tú ya lo tienes todo listo, Magda? —preguntó Nené.
—¡Por supuesto! —respondió Magda—. No es que me cueste mucho, no tengo tantas cosas como vosotras... La que no sé si estará preparada para salir hoy es Marie. Antes he pasado por el cuarto de los pequeños y no he conseguido ni sacarla de la cama. Y dudo mucho que tenga su equipaje listo...
Sissi se alarmó al oír eso. En el desayuno su madre parecía desbordada, y Marie podía ser muy tozuda cuando quería. Si era Ludovica quien tenía que encargarse de sacar a Marie de la cama, podría acabar tirando la toalla y retrasando el viaje.
Magda estaba empezando a hacer una pequeña trenza en la cabellera de Sissi como primer paso para un peinado más elaborado. Sissi era la que tenía el cabello más largo y Magda solía decir que daba mucho juego para hacer peinados creativos. Sissi se movió inquieta en su asiento.
—Por favor, Magda, hazme una trenza sencilla —dijo Sissi—. Aún hay que ayudar a Nené a prepararse y yo... —Magda vio el gesto serio de Sissi en el espejo, pero no hizo preguntas—, tengo algo que hacer.

Sissi entró en la habitación de las pequeñas. Era una habitación grande con tres camas: la de Carlota, la de Mathilde y la de Marie. Las ventanas estaban abiertas para que la habitación se ventilara. A las camas de Mathilde y Carlota ya les habían quitado las sábanas, y todo a su alrededor estaba bastante despejado.
Sissi miró hacia la cama de Marie. Nunca la había visto tan llena de cosas. Las sábanas tapaban un gran bulto que, por lo que se podía ver, estaba formado por una pila de libros y juguetes.
—¡Vete! —dijo el bulto bajo la sábana.
Sissi suspiró.
—¡Ya me gustaría irme! —respondió acercándose a la cama—. Me gustaría irme a Possi. Pero si tú no sales de ahí, no vamos a poder ir a ningún lado.
—¿Y qué? —respondió Marie—. Aquí estamos bien, no sé por qué tenemos que pasar el verano fuera todos los años.
—Aquí estamos bien, pero en Possi estamos mejor —intentó razonar Sissi.
—Tú estarás mejor...
—¡Tú también lo pasas bien! —Sissi suavizó su tono—. ¿No recuerdas el año pasado, cuando papá nos llevó a pescar al lago? Tú pescaste el pez más grande, ¿te acuerdas?... ¡Eso no lo puedes hacer en la ciudad!
—Estuvo bien —respondió Marie bajando un poco la sábana para poder mirar a Sissi. De todas las hermanas, Marie era la que tenía el cabello más claro, de un castaño casi rubio. Su nariz, pequeña y respingona, estaba cubierta de pecas—. Pero este año no me apetece ir a pescar. ¡Aquí tengo todas las cosas que me gustan!
—¡Pero si te las puedes llevar contigo! —respondió Sissi, que perdió la paciencia otra vez. Miró el enorme montón de cosas que Marie había puesto en la cama y alrededor—. Bueno, algunas cosas las puedes llevar...
—¡No quiero solo algunas cosas, lo quiero todo! —Marie volvió a taparse la cabeza con la sábana—. Solo hay una cosa que no quiero: ¡viajar!
—No se puede razonar contigo —dijo Sissi poniendo los brazos en jarras—. Así que lo voy a dejar de intentar, ¡ahora verás!
Sissi cogió la sábana y tiró de ella bruscamente. Marie gritó y la agarró con todas sus fuerzas. Pero Sissi podía con ella. Cuando Marie vio que no iba a ganar esa pelea, decidió soltar de golpe la sábana. Sissi acabó en el suelo y la ropa de la cama cayó sobre ella. Marie aprovechó el momento para salir corriendo de la habitación. Casi tropezó con Nené, que se acercaba en ese momento para ver cómo iba todo, pero la esquivó y desapareció corriendo por el pasillo.

—¡Sissi! ¿Estás bien? —dijo Nené acercándose para ayudarla.
—Sí... —respondió Sissi frotándose el trasero—. ¡Qué bruta es Marie cuando quiere!
—Bueno, por lo menos has conseguido sacarla de la cama —rio Nené.

El sonido de un llanto hizo que Sissi se temiera lo peor. Bajó las escaleras en busca del origen del sonido. En el saloncito que había junto a la entrada, Marie estaba llorando, sentada en el regazo de su padre, Maximiliano. Marie había puesto en marcha una de sus actuaciones, y lo estaba haciendo muy bien, tenía los ojos rojos y hablaba con voz entrecortada. Maximiliano la miraba perplejo. Le encantaba jugar con los niños, pero, cuando alguno se ponía a llorar, nunca sabía muy bien qué se suponía que debía hacer.
—Ea, ea... Tranquilízate... —Maximiliano daba palmaditas en la espalda de Marie, como si las lágrimas se solucionaran de manera parecida a un atragantamiento—. Si no dejas de llorar, no puedo entender lo que ha pasado.
—Es que..., no me encuentro bien —respondió Marie—. Estaba en la cama, y Sissi me ha sacado a la fuerza... —Marie gimoteó un poco más—. Yo... creo que hoy no puedo ir de viaje.
Maximiliano miró hacia Sissi con gesto serio. Pudo ver en la cara de Sissi que estaba indignada por la acusación que acababa de hacer Marie. Pero, sabiendo que Marie tendía a exagerar, Maximiliano no le dio mucha importancia. Puso la mano en la frente de Marie.
—Yo diría que no tienes fiebre, Marie —dijo—. Es muy raro que hoy estés tan mal, ayer estabas perfectamente...
—Pero... —dijo Marie, sin saber cómo continuar.
—Aún faltan unas horas para salir, quizá te encuentres mejor para entonces, ¿no crees? De todas maneras, si hay que retrasar el viaje, tampoco es para tanto. ¿Qué más da salir hoy que mañana? —dijo Maximiliano abrazando a Marie.
Marie sonrió ante esa pequeña victoria.
—Eso, ¿qué más da? —dijo mirando de reojo a Sissi.
Sissi abrió la boca para decir algo, pero se sentía demasiado enfadada con Marie. «Mejor me voy—pensó—. Pero esto no acaba aquí».

Sissi encontró a Nené en la sala de juegos y lectura. Nené estaba entretenida jugando con el pelo oscuro de la pequeña Mathilde, mientras esta a su vez peinaba a una de sus muñecas. Karl también se hallaba en la sala, agachado frente a una estantería de la que estaba sacando algunos libros.
—Ya está, con esto ya puedo decir que estoy preparado para marcharnos —dijo el chico levantando la pequeña pila de libros que había seleccionado.
—¿No estabas preparado ya hace un rato? —preguntó Nené levantando una ceja.
—Pero ahora estoy preparado del todo —respondió el chico, orgulloso. No era fácil hacer que Karl reconociera algún error.
—Quizá no hacía falta darse tanta prisa para prepararse —respondió Sissi de mal humor.
Nené dejó el pelo de Mathilde y la miró con preocupación.
—¿Y eso? ¿Qué ha pasado?
—¡Marie, eso es lo que ha pasado! —respondió Sissi sentándose al lado de Nené—. Como ella no quiere ir a Possi, le ha dicho a papá que se encuentra mal..., ¡y él ha dicho que no pasa nada si hay que retrasar el viaje!
—¡No! —se quejó Mathilde, abrazando a su muñeca. La cara de Mathilde era tan blanca y perfecta como la de la muñeca que tenía en sus manos.
—¿Qué dices? Eso no puede ser... —comentó Karl acercándose a ellas.
—Bueno, bueno, ¡tranquilos! —medió Nené—. Después de todo, papá no ha dicho que no vayamos a salir hoy. No es algo definitivo.
—Pero Marie puede fingir encontrarse mal durante todo el día. Y, aunque no lo haga, ya has oído lo que ha dicho mamá, si no estamos listos a primera hora, no saldremos. Y ella no tiene nada preparado... —respondió Sissi desanimada.
Todos se quedaron un momento pensando. Karl rompió el silencio.
—Pero preparar las cosas no es algo que lleve tanto tiempo —dijo sonriente—. Podemos preparar el equipaje de Marie nosotros.
—No es mala idea, pero lo veo difícil... —objetó Nené—. Marie no dejará que nadie se acerque a sus cosas.
—¡Marie no está en su cuarto! —dijo Sissi animada también con la idea de Karl—. Si alguien la mantiene entretenida, yo podría preparar su equipaje.
—Yo me pondría nerviosa si fuera a su cuarto a escondidas, pero supongo que puedo intentar entretenerla... —dijo Nené. Miró pensativa los libros que Karl llevaba en la mano—. Quizá con alguno de los libros que tienes ahí...
—A mí se me ocurre algo mejor para entretenerla —dijo Mathilde. Luego cuchicheó en el oído de Nené la idea que había tenido.
—Está muy bien —dijo Nené contenta—. Pues quedamos así: Mathilde y yo nos encargaremos de Marie, y vosotros de hacerle la maleta.
—Perfecto —respondió Sissi.
Sissi y Karl intentaron llegar directamente a la planta de arriba, donde estaban las habitaciones. Pero Karl vio que, por ese camino, se encontrarían con Marie. Cogió a Sissi de la mano.
—¡Por aquí! —susurró.
Ambos hermanos se escondieron detrás de una esquina. Oyeron como Nené y Mathilde hablaban con Marie. Le pedían que las acompañara al jardín. Karl y Sissi estaban muy cerca de la puerta acristalada que llevaba al exterior.
—Si nos quedamos aquí, Marie nos verá —susurró Karl.
Sissi asintió, señalando la dirección en la que podían ir. De puntillas, empezaron a avanzar. No podían ir deprisa, ya que no querían hacer ningún ruido. Casi no se atrevían ni a respirar. Acababan de doblar una esquina cuando oyeron que sus hermanas abrían la puerta de cristal.
—¡Por poco! —dijo Sissi.
Karl asintió, aliviado. Ahora que el peligro había pasado, ambos notaron cómo sus corazones habían acelerado el ritmo. Corrieron apresurados hacia las escaleras para no ser vistos.

Sissi y Karl entraron en la habitación. La cama estaba hecha un desastre después del forcejeo que las hermanas habían mantenido antes.
—Vamos a quitar las sábanas primero, así ayudaremos un poco a Magda —propuso la chica.
—¡Sí que tiene juguetes Marie! —comentó Karl apartando algunos con el pie para poder acercarse al colchón.
—En realidad no hace caso a la mayoría. Pero no sé qué le ha pasado hoy... —comentó Sissi mientras metía la sábana en un cesto junto a la ropa de las otras camas.
—Bueno, el año pasado se mareó mucho en el viaje de vuelta, ¿no te acuerdas? Puede que le haya cogido miedo a viajar...
Sissi calló. No había pensado en eso.
—¿Qué le preparamos para el viaje? —preguntó Karl con un pequeño tren de madera que había cogido del suelo—. ¿Cualquier cosa valdrá?
—No, hombre, cualquier cosa no —dijo Sissi—. Vamos a estar unos meses fuera, debería llevar con ella las cosas que más le gustan.
—¿Y tú sabes cuáles son las cosas que más le gustan?
—Bueno, lo que tienes en la mano seguramente te gusta más a ti que a ella —dijo Sissi. Miró hacia la cama y cogió una pequeña caja de música que había sobre ella, ignorando las cosas que había por el suelo—. Seguramente lo que más le gusta son las cosas que ha metido en la cama con ella.
Sissi y Karl decidieron guardar las cosas que había por el suelo en su sitio y meter las que había sobre la cama en un pequeño baúl de viaje. Había muchas muñecas con elegantes vestidos de colores, un peluche con forma de gato y algunos libros de cuentos ilustrados. Pero los objetos más preciados por Marie estaban debajo de la almohada: un timbre con forma de tortuga, un diario cerrado con candado y una muñeca con forma de bebé. La gran particularidad de esa muñeca era que su cabeza tenía dos caras: una alegre y otra triste. La cabeza se podía girar para poner delante la que se quisiese mientras la otra quedaba tapada por un gorrito de bebé. En ese momento la muñeca mostraba su cara llorona. Sissi miró el reloj de la habitación: como había dicho Karl, no habían tardado demasiado en prepararlo todo.
—¡Bueno, ya podemos bajar el baúl de Marie! —dijo Sissi cogiendo el asa de uno de los lados del equipaje.
—¡Cómo pesa! —dijo Karl cogiendo la otra asa.
—Anda, no seas quejica —respondió Sissi—. ¡Solo será un momento!
Sissi guio a Karl escaleras abajo, intentando que el baúl no les hiciera caer. Les costó un esfuerzo considerable y, cuando finalmente lo dejaron en el suelo junto al resto del equipaje, no pudieron evitar resoplar.
—¡Lo que hay que hacer por Marie! —dijo Karl.
—¿Por quién? —preguntó una voz proveniente del jardín. Marie estaba bajo el marco de la puerta. Llevaba una corona de flores sobre sus grandes tirabuzones y parecía un hada de la primavera. Un hada con expresión furiosa—. ¿Qué habéis hecho?
Sissi y Karl se miraron sin saber qué decir. Karl optó por la sinceridad.
—Te hemos preparado el equipaje, Marie.
—¿Qué? ¿Habéis puesto las manos en mis cosas? —preguntó Marie acercándose hacia el baúl con paso decidido.
—¡Sí! Pero no lo hemos hecho por gusto, ¡sino porque tú no has querido hacer tu parte del trabajo! —dijo Sissi, interponiéndose en el camino de su hermana.
—¡Quita de en medio! —gritó Marie—. Eso no es mi equipaje, ¡no lo he hecho yo! Voy a deshacerlo...
—Pero ¿qué es todo este jaleo? —preguntó Ludovica, que acababa de aparecer por la puerta.
Estaba ya preparada para salir, con su libreta de notas en la mano. Los niños se quedaron helados. Su rostro serio no presagiaba nada bueno.
—Sissi y Karl han cogido mis cosas para hacer el equipaje... —empezó a explicar Marie.
Ludovica cogió su lápiz e hizo un tachón en su libreta.
—Pues ¡perfecto! —dijo sonriendo—. Era lo último que faltaba, ¡ya podemos salir!
—Yo... —Marie no sabía qué decir, incrédula—. Pero yo me encuentro mal...
Ludovica se acercó a Marie y se inclinó para mirarla de cerca.
—Pero ¡qué dices! Yo te veo muy bien. —Ludovica pellizcó la nariz pecosa de Marie, sonriendo—. Con las flores en el pelo pareces un hada del bosque, estás preciosa.
—Pero ¡no sé qué han puesto en mi maleta!
—Eso te pasa por no hacer la maleta tú misma —respondió la madre cogiéndola de la mano—. Pero estoy segura de que no te faltará nada importante.
Ludovica salió por la puerta principal y bajó las escaleras de la casa con la niña de la mano en dirección a uno de los carruajes. Mientras tanto, Marie miraba hacia sus hermanos, enfadada pero al mismo tiempo demasiado sorprendida como para reaccionar.
—Ya se le pasará —dijo Karl encogiéndose de hombros para tranquilizarla.
—Eso espero —respondió Sissi.
Nené y Mathilde se acercaron a ellos y Sissi los intentó rodear a todos en un abrazo. A pesar del esfuerzo que habían supuesto los preparativos, volvía a estar muy contenta.
—¡Ya estamos listos!

Lejos de allí, más allá de los edificios grises de la ciudad, más allá de las montañas, se extendía el gran bosque. El palacio de Possenhoffen era como una isla perdida en medio de un océano verde. Un océano que, a pesar de su apariencia tranquila, estaba densamente poblado por criaturas pequeñas, y no tan pequeñas, que lo recorrían de un lado a otro, ya fuera volando, ya fuera corriendo, pero siempre a gran velocidad. Criaturas a las que recientemente se les había sumado un nuevo habitante, que corría entre los árboles como un rayo blanco...