capítulo uno

ZELIE

Intento no pensar en él.

Pero cuando lo hago, oigo las mareas.

Baba estaba conmigo la primera vez que oí las olas.

La primera vez que las noté.

Me atraían hacia ellas como una nana, alejándonos del camino del bosque para dirigirnos al mar. La brisa del océano alborotaba los rizos sueltos de mi melena. Los rayos del sol se colaban por las hojas cada vez más escasas.

Ignoraba qué encontraríamos. Qué extraña maravilla escondería esa nana. Lo único que sabía era que tenía que acercarme a ella. Era como si las mareas contuvieran una pieza perdida de mi alma.

Cuando por fin vimos el mar, mi manita se soltó sin querer de la de Baba. Me quedé boquiabierta de asombro. Había magia en aquellas aguas.

La primera magia que había notado desde que los hombres del rey mataron a Mama.

—Zélie rọra o —me llamó Baba al ver que me dejaba llevar por la marea.

Me estremecí cuando la espuma de la orilla empezó a lamerme los tobillos. Los lagos de Ibadan siempre estaban muy fríos. Sin embargo, esa agua era cálida, como el aromático arroz de Mama. Tan cálida como el brillo de su sonrisa. Baba me siguió y levantó la cabeza hacia el cielo.

Como si pudiera saborear el sol.

En ese momento me tomó de la mano; entrelazó sus dedos vendados en los míos y me miró a los ojos. Fue entonces cuando supe que, aunque Mama ya no estuviera con nosotros, al menos nos teníamos el uno al otro.

Podríamos sobrevivir.

Pero ahora...

Abro los ojos hacia el cielo frío y gris; hacia el océano que aúlla y rompe contra los acantilados pedregosos de Jimeta. No puedo quedarme en el pasado.

No puedo mantener vivo a mi padre.

El ritual que le costó la vida a Baba me atormenta mientras me preparo para darle el descanso eterno. Mi corazón soporta ahora todo el dolor que él sufrió; todos los sacrificios que hizo para que yo pudiera devolver la magia a Orïsha.

—Tranquila.

Mi hermano mayor, Tzain, está a mi lado y me ofrece la mano. Una barba incipiente cubre su piel oscura; el vello nuevo casi enmascara lo tensa que tiene la mandíbula.

Presiona mi palma con la suya mientras la suave llovizna se transforma en una lluvia afilada. La tormenta nos cala hasta los huesos. Es como si también los dioses quisieran llorar su muerte.

«Lo siento», digo en voz baja al espíritu de Baba, a falta de no poder decírselo a la cara. Mientras tiramos de la cuerda que mantiene su ataúd atado a la rocosa costa de Jimeta, me pregunto por qué creí que enterrar a un progenitor me prepararía para enterrar al otro. Todavía me tiemblan las manos cuando pienso en todas las cosas que han quedado por decir. Me arde la garganta por los gritos que acallo y convierto en silenciosas lágrimas. Trato de guardármelo todo mientras alargo el brazo para coger la jarra que contiene lo que queda de nuestro aceite funerario.

—Ten cuidado —me advierte Tzain cuando mi mano temblorosa derrama unas gotas de aceite por el borde.

Después de tres semanas de trueques y regateos para conseguir suficiente cantidad para empapar el féretro de Baba, el resbaladizo líquido parece más preciado que el oro. Su olor fuerte me abrasa la nariz por dentro mientras vierto lo que queda en nuestra antorcha funeraria. Las lágrimas resbalan por el rostro de Tzain mientras enciende la mecha. Sin tiempo que perder, preparo las palabras del ìbùkún, una bendición especial que una Parca como yo debe dedicar a los muertos.

—De los dioses proviene el regalo de la vida —susurro en yoruba—. A los dioses hay que devolver dicho regalo.

El encantamiento suena extraño en mis labios. Hasta hace unas semanas, ninguna Parca había contado con la magia necesaria para llevar a cabo un ìbùkún desde hacía once años.

—Béèni ààyé tàbí ikú kò le yà wá. Béèni ayè tàbí òrun kò le sin wá nítoríèyin lè ngbé inú ù mi. Èyin la ó máa rí...

En cuanto la magia respira bajo mi piel, dejo de oír mi propia voz. La luz morada de mi ashê brilla alrededor de mis manos, el poder divino que alimenta nuestros dones sagrados. No he sentido su calor desde el ritual que devolvió la magia a Orïsha. Desde que el espíritu de Baba se rasgó y se introdujo en mis venas.

Trastabillo mientras la magia borbotea dentro de mí. Tengo las piernas entumecidas. La magia me transporta al pasado y me arrastra hacia abajo por más que intento tirar hacia arriba...

—¡No!

El grito reverbera contra las paredes del ritual. Mi cuerpo se desploma en el suelo de piedra. Un golpe seco se oye cuando Baba cae a plomo, tieso como una tabla.

Me muevo para protegerlo, pero tiene los ojos congelados en una mirada vacía. Del pecho le sobresale una flecha.

La sangre empapa su túnica rasgada...

—¡Zél, ten cuidado!

Tzain se inclina hacia delante para intentar agarrar al vuelo la antorcha que se me ha caído de las manos. Es rápido, pero no lo suficiente. La llama se apaga en cuanto la tea cae en la marea embravecida.

La recoge al instante y se esfuerza por encenderla de nuevo, pero la llama no prende. Me encojo al verlo tirar el palo inútil a la arena.

—Y ahora ¿qué hacemos, eh?

Dejo caer la cabeza, ojalá tuviera una respuesta. Con todo el reino inmerso en el caos, conseguir más aceite puede llevarnos semanas. Entre los altercados y la carencia de alimentos, ya es bastante difícil proveerse de un mísero saco de arroz.

El sentimiento de culpa me constriñe como un ataúd, me atrapa en la tumba de mis propios errores. Tal vez sea una señal de que no merezco enterrar a Baba.

No cuando soy la razón por la que está muerto.

—Lo siento —dice Tzain.

Suspira y se pellizca el puente de la nariz.

—No lo sientas. —Se me hace un nudo en la garganta—. Es todo culpa mía.

—Zél...

—Si no hubiera tocado nunca ese pergamino... Si no hubiera averiguado la existencia de ese ritual...

—No te culpes —insiste Tzain—. Baba entregó su vida para que pudieras devolver la magia.

«Ahí está el problema», pienso, y me encojo de hombros. Yo quería devolver la magia para mantener a Baba a salvo. Lo único que conseguí fue mandarlo a la tumba antes de tiempo. ¿De qué me sirven estos poderes si soy incapaz de proteger a las personas que amo?

¿Para qué sirve la magia si no puedo devolverle la vida a Baba?

—Si no dejas de cargar con toda la culpa, nunca saldrás del pozo, y necesito que salgas. —Tzain me agarra por los hombros y, en su mirada, veo los ojos marrones de mi padre; ojos que perdonan aun cuando no deberían—. Ahora solo estamos tú y yo. Somos lo único que nos queda.

Suelto el aire y me enjugo las lágrimas mientras Tzain me abraza con fuerza. Incluso empapado como está, su abrazo me resulta cálido. Frota los dedos arriba y abajo por mi espalda como solía hacer Baba cuando me arropaba en sus brazos.

Vuelvo a mirar el ataúd de Baba, que flota junto a la orilla, esperando un fuego que nunca llegará.

—Si no podemos incinerarlo...

—¡Esperad! —grita Amari a nuestra espalda.

Baja como el rayo por la pasarela metálica del barco de guerra que nos ha servido de hogar desde el ritual sagrado. La túnica blanca y empapada es una reliquia descolorida de los ornamentados tules y vestidos que lucía cuando era la princesa de Orïsha. La prenda le cuelga andrajosa de la piel color roble cuando se encuentra con nosotros junto a las fuertes olas.

—Tomad.

Amari le ofrece a Tzain una antorcha oxidada del camarote del capitán y una jarra llena de aceite de su propia y escasa ración.

—¿Y el barco? —pregunta Tzain con el ceño fruncido.

—Sobreviviremos.

Mientras Amari habla, mis ojos se entretienen un segundo en el nuevo mechón de pelo blanco aplastado contra su mejilla a causa de la lluvia. Un signo de la magia que corre por sus venas. Un cruel recordatorio de los cientos de nobles de toda Orïsha que ahora poseen mechones y poderes mágicos como los suyos.

Aparto la mirada antes de que Amari pueda ver mi dolor. Se me encoge el corazón ante el constante recordatorio del ritual que le otorgó a Amari su don, ante el recuerdo del chico que me rompió el corazón.

—¿Lista? —me pregunta Tzain, y asiento con la cabeza, aunque no es verdad.

Esta vez, cuando enciende la mecha, bajo la antorcha hacia la cuerda. Prende al instante.

Me abrazo mientras la línea de fuego corre por los filamentos empapados de aceite de la cuerda hasta alcanzar el féretro de Baba. Me agarro el pecho con fuerza en cuanto él estalla en llamas. Tonos rojos y anaranjados refulgen contra el horizonte gris.

—Títí di òdí kejì.

Tzain baja la cabeza por respeto mientras susurra el sacramento.

Yo aprieto los dientes y hago lo mismo.

—Títí di òdí kejì.

«Hasta el otro lado».

Pronunciar en voz alta el sacramento me remite al entierro de Mama. Vuelvo a ver su cuerpo presa de las llamas. Cuando termina la oración, pienso en todos los que podrían descansar con ella en el alâfia. En todos los que murieron para que lográsemos devolver la magia.

Lekan, el sêntaro que se sacrificó para despertar mi don. Mis amigos, Zulaikha y Salim, asesinados cuando la monarquía atacó nuestro festival.

Mama Agba, la Vidente que dedicó su vida a protegernos a mí y a las demás divîners de Ilorin.

Inan, el príncipe que creí amar.

«Títí di òdí kejì», me dirijo a sus espíritus. Un aliciente para continuar en la brecha.

Nuestra lucha no ha terminado.

Al contrario, acaba de empezar.

virtud-8

capítulo dos

amari

Padre siempre decía que Orïsha no espera a nadie.

A ninguna persona.

A ningún rey.

Eran las palabras que empleaba para justificar cualquier acción. Una excusa para justificarlo todo.

Mientras las llamas que rodean el ataúd de Baba arden ante mí, la espada que clavé en el pecho de mi propio padre me pesa en el cinturón. El cuerpo de Saran no fue recuperado nunca del terreno del ritual.

Aunque hubiera querido enterrarlo, no habría podido.

—Deberíamos irnos —dice Tzain—. El mensaje de vuestra Madre no tardará en llegar.

Me quedo unos pasos rezagada por detrás de Tzain y Zélie mientras nos alejamos de la costa y entramos en el barco de guerra que robamos para acceder al lugar donde se celebró el ritual. Hemos vivido en ese acorazado desde que devolvimos la magia al país hace unas semanas y, sin embargo, los leopardarios de nieve grabados por toda la quilla aún me ponen los pelos de punta. Cada vez que paso por delante del antiguo emblema de Padre, no sé si llorar o gritar. No sé si tengo permitido sentir algo.

—¡Todos a bordo!

Vuelvo la mirada al oír el grito agudo del capitán. Varias familias hacen fila en el muelle y entregan monedas de oro antes de embarcar en un pequeño barco mercenario. Los cuerpos se apretujan bajo la cubierta oxidada, con el fin de escapar de las fronteras de Orïsha en busca de paz a través de aguas extranjeras. Cada rostro hundido es como un alfiler de culpabilidad que se clava en mi corazón. Mientras me curo y me lamo las heridas, el reino entero sigue padeciendo por culpa de las atrocidades de Padre.

No me queda tiempo para esconderme. Debo ocupar mi lugar en el trono de Orïsha. Soy la única que puede gobernar en una era de paz. La reina que puede reparar todo lo que su padre estropeó.

Esa convicción me calienta el pecho mientras me uno al resto en el desangelado camarote del capitán. Es una de las pocas estancias del barco que no tiene majacita: el metal especial que la monarquía utilizaba para quemar a los maji y neutralizar sus poderes. Todas las comodidades que en otro tiempo engalanaban el camarote han sido arrancadas, vendidas para que pudiéramos sobrevivir.

Tzain se sienta en la cama pelada y araña los últimos granos de arroz de una taza de hojalata. Zélie descansa en el suelo de rejilla metálica, medio enterrada en el pelaje dorado de su leonaria. El impresionante animal está tumbado y cubre el regazo de Zélie. Levanta la cabeza para lamer las lágrimas que caen de los ojos plateados de su ama. Me obligo a apartar la mirada y alargo el brazo para coger mi escasa ración de arroz.

—Toma.

Le entrego la taza a Tzain.

—¿Estás segura?

—Los nervios me han cerrado el estómago —contesto—. Si como, seguro que acabo vomitándolo todo.

Solo hace media luna desde que mandé un mensaje a Madre, que sigue en Lagos, pero parece que lleve una eternidad esperando su respuesta. Con su apoyo, podré ascender al trono de Orïsha. Por fin podré enmendar los errores de Padre. Juntas podremos crear un país en el que los maji no tengan que vivir con miedo. Podremos unificar este reino y borrar las divisiones que han castigado Orïsha desde hace siglos.

—No te preocupes. —Tzain me aprieta el hombro—. Diga lo que diga tu madre, nos las apañaremos.

Cuando se desplaza para comprobar si Zélie está bien, el nudo que siento en el pecho me oprime aún más; odio la parte de mí que odia lo que ellos aún tienen. Apenas han transcurrido tres semanas desde que el filo de Padre le cortó las entrañas a mi hermano y ya empiezo a olvidar la voz seca de Inan. Cada vez que me doy cuenta, tengo que apretar los dientes para impedir que el dolor de mi corazón se manifieste. Quizá cuando Madre y yo estemos juntas de nuevo ese agujero lacerante de mi corazón comience por fin a cerrarse.

—Ya está aquí.

Zélie señala la silueta que se desplaza por los pasillos oscuros del barco. Me pongo tensa cuando la deslustrada puerta se abre con un gemido de los goznes y aparece nuestro mensajero. Roën se sacude las gotas de lluvia del pelo moreno, los mechones sedosos se agrupan en ondas que caen por su mandíbula cuadrada. Con la piel del color de la arena del desierto y ojos como lágrimas, el mercenario siempre parece fuera de lugar en una sala llena de orïshanos.

—¿Nailah?

La leonaria levanta las orejas cuando Roën se arrodilla y saca un paquete grande de la bolsa de cuero. Nailah casi tumba a Roën de la emoción al verlo desenvolver el paquete y dejar a la vista una reluciente provisión de pescado. Me sorprende la sonrisilla que se abre paso hasta los labios de Zélie.

—Gracias —susurra.

Roën asiente y le aguanta la mirada. Tengo que carraspear para que el recién llegado se digne a levantar la vista hacia mí.

—Cuéntanos. —Suspiro—. ¿Qué ha dicho?

Roën aprieta la lengua contra la parte interna de la mejilla y desvía la mirada al suelo.

—Hubo un ataque. La capital está incomunicada.

—¿Un ataque? —Se me encoge el corazón al pensar en Madre acorralada en el palacio—. ¿Cómo? —Me pongo de pie—. ¿Cuándo? ¿Por qué?

—Se hacen llamar la Iyika —explica Roën—. La «revolución». Los maji irrumpieron en Lagos cuando recuperaron los poderes mágicos. Corre el rumor de que su ataque llegó nada menos que hasta el palacio.

Me apoyo contra la pared y deslizo la espalda hasta quedar sentada en el suelo de rejilla. Los labios de Roën continúan en movimiento, pero ya no distingo las palabras. He dejado de oír.

—¿La reina? —me esfuerzo en decir—. ¿La han... está...?

—Nadie ha sabido de ella desde entonces. —Roën aparta la mirada—. Como estás aquí escondida, la gente piensa que el linaje de la realeza ha muerto.

Tzain se incorpora airado, pero yo levanto una mano para obligarlo a permanecer al margen. Notar su respiración a mi lado bastaría para hacerme estallar. Si me desmorono no quedará de mí ni la carcasa vacía en la que me he convertido. Todos los planes que había hecho, todas mis esperanzas... En cuestión de segundos, se han esfumado. Si Madre está muerta...

Cielos.

Estoy sola de verdad.

—¿Qué pretende la Iyika? —pregunta Tzain.

—Es difícil de saber —dice Roën—. Son pocos, pero letales. Han asesinado a muchos nobles por toda Orïsha.

—Entonces ¿buscan derramar sangre real?

Zélie arruga la frente mientras ella y yo nos miramos a los ojos. Apenas hemos hablado desde el catastrófico final del ritual. Me alegra saber que todavía se preocupa por mí.

—Eso parece —dice Roën encogiéndose de hombros—. Pero a causa de la Iyika, el ejército ha empezado a cazar maji igual que una jauría de perros. Pueblos enteros han sido devastados. El nuevo almirante ha estado a punto de declarar la guerra.

Cierro los ojos y me paso las manos por las ondulaciones nuevas de mi pelo. La última vez que Orïsha estuvo en guerra, los Abrasadores aniquilaron a toda la familia real. Años después, Padre contratacó con el Asalto. Si vuelve a estallar una guerra, nadie estará a salvo. El reino acabará hecho trizas.

«Orïsha no espera a nadie, Amari».

El fantasma de la voz de Padre resuena en mi mente. Le clavé la espada en el pecho para liberar a Orïsha de su tiranía, pero ahora el reino está sumido en el caos. No hay tiempo de llorar a los muertos. No hay tiempo de secarme las lágrimas. Prometí ser una reina mejor.

Si Madre ya no está aquí, cumplir esa promesa recae en mí.

—Me dirigiré al pueblo —decido—. Tomaré el control del reino. Devolveré la estabilidad al país y pondré fin a esta guerra.

Me incorporo de nuevo y antepongo mis planes a mi dolor.

—Roën, sé que estoy en deuda contigo, pero si pudiera pedirte una vez más que me ayudases...

—Supongo que es una broma. —Cualquier rastro de compasión desaparece del tono de voz del mercenario—. ¿Eres consciente de que, si no puedes acceder a tu madre y sus arcas, no tendrás forma de pagarme mi peso en oro?

—¡Te he dado este barco! —grito.

—¿El barco que habéis ocupado vosotros? —Roën arquea una ceja—. ¿El barco que robamos mis hombres y yo? Tengo familias esperando para escapar por mar. Este barco no sirve de pago. ¡Hace aumentar la deuda!

—Cuando ascienda al trono, tendré acceso a los tesoros reales —contesto—. Ayúdame a organizar un discurso real y te pagaré el doble de lo que te debo. Espera unos cuantos días más, ¡y el oro será tuyo!

—Te concedo una noche. —Roën se sube la capucha del sobretodo—. Mañana este barco zarpará. Si no te has bajado antes, irás al océano. No puedes pagarte el pasaje.

Le corto el paso, pero eso no impide que salga y dé un portazo. El dolor que intento contener amenaza con aflorar cuando los pasos de Roën desaparecen bajo la lluvia incesante.

—No lo necesitamos. —Tzain se me acerca—. Puedes acceder al trono sin ayuda.

—No tengo ni una moneda de oro a mi nombre. ¿En qué mundo habría alguien que creyera que soy la legítima heredera?

Tzain se queda callado un instante mientras Nailah pasa junto a nuestros pies. Olfatea el suelo de rejilla con el hocico mojado en busca de más pescado fresco. Pienso en la comida que le ha ofrecido Roën y miro a Zélie, pero esta niega con la cabeza.

—Ya ha dicho que no.

—¡Porque se lo he pedido yo! —Cruzo a toda prisa la habitación—. Tú lo convenciste para que llevara a una tropa de hombres hasta una isla mítica en medio del mar. Serás capaz de persuadirlo para que nos ayude a organizar un discurso.

—Ya le debemos bastante oro —contesta Zélie—. ¡Tenemos suerte de poder salir de Jimeta con la cabeza sobre los hombros!

—Sin su ayuda, ¿qué otra opción nos queda? —le pregunto—. Si Lagos fue tomada cuando regresó la magia, Orïsha lleva sin gobernante casi un mes. Si no tomo el control ahora, ¡no podré llegar al trono nunca!

Zélie se rasca la nuca y se pasa los dedos por encima de las recientes marcas doradas que le recorren la piel. Los antiguos símbolos que presenta desde el ritual, cada curva y cada delicado punto, relucen como si estuvieran tatuados por una aguja finísima. Aunque son hermosos, Zélie se los cubre igual que se cubre las cicatrices. Con vergüenza.

Como si verlos le causara dolor.

—Zélie, por favor. —Me arrodillo ante ella—. Tenemos que intentarlo. El ejército está matando a los maji...

—No puedo cargar con el destino de mi pueblo para siempre. No es justo.

Su frialdad me pilla desprevenida, pero no me rindo.

—Entonces hazlo por Baba. Hazlo porque entregó su vida por esta causa.

Zélie deja caer los hombros y cierra los ojos antes de respirar hondo. Mis latidos se aceleran y resuenan en mi pecho cuando por fin se pone de pie.

—No prometo nada.

—Haz lo que puedas, con eso basta. —Le cojo una mano entre las mías—. Hemos sacrificado demasiado para resignarnos a perder esta lucha.

virtud-9

capítulo tres

ZELIE

Las lluvias nocturnas de Jimeta borran el peso del día mientras Nailah y yo abandonamos el barco de guerra. El aullido del viento nos azota y nos trae el dulce aroma de la salmuera y las algas; lo único que he olido durante nuestro hacinamiento en esos camarotes ha sido madera quemada y ceniza. Las zarpas carnosas de Nailah dejan huellas en la arena cuando salimos del muelle de madera y nos adentramos en las serpenteantes calles de tierra de Jimeta. Su inmensa lengua le cuelga de la boca por el esfuerzo de la carrera. No recuerdo la última vez que galopamos al raso bajo la luna llena.

—Muy bien, Nailah.

Tiro de las riendas mientras nos abrimos paso por los recovecos y los valles de los acantilados de piedra caliza que componen Jimeta. Las casas protegidas por los altos despeñaderos se oscurecen cuando los aldeanos apagan los quinqués, para racionar el preciado aceite que les queda. Doblamos una esquina justo cuando unos navegantes desmontan las plataformas de madera que los transportan arriba y abajo por los acantilados. Abro mucho los ojos al ver un nuevo mural pintado en rojo contra la pared de una cueva. El pigmento encarnado brilla a la luz de la luna y forma una I creada por una serie de puntos de distintos tamaños.

«Se hacen llamar la Iyika». Las palabras de Roën repican en mi cabeza. «La “revolución”. Los maji irrumpieron en Lagos cuando recuperaron los poderes mágicos. Corre el rumor de que su ataque llegó nada menos que hasta el palacio».

Tiro de las riendas de Nailah y me imagino a los maji que han pintado eso. Por cómo habló Roën, la Iyika no sonaba a una simple banda de rebeldes.

Sonaba a auténtico ejército.

—¡Mama, mira!

Una niña aparece por la calle cuando me acerco a un cúmulo de gastadas tiendas de campaña. Se aferra a una muñeca negra de porcelana, la cara pintada y el vestido de seda de la muñeca son la única marca de la herencia noble de la niña. Esa chiquilla no es más que una de las nuevas residentes que abarrotan las angostas calles de Jimeta, caminos de tierra estrechados aún más por las tiendas montadas en fila a lo largo de sus aceras. Mientras veo correr a la niña bajo la lluvia, me pregunto qué clase de vida noble llevaba antes. De qué tormento tuvo que escapar para acabar aquí.

—Nunca he visto una leonaria.

Extiende su manita hacia los imponentes cuernos de Nailah. Sonrío al ver el brillo en la mirada de esa niña, pero cuando se acerca, veo el mechón blanco.

«Otra tîtán».

El resentimiento me provoca un escalofrío al verlo. Según el informe de Roën, alrededor de una de cada ocho personas tiene poderes mágicos en la actualidad. Casi un tercio de ellas cuentan con la magia de los tîtáns.

Los tîtáns, que se distinguen por sus mechones blancos, aparecieron entre la nobleza y los soldados después del ritual, y su magia es equiparable a la de uno de los diez clanes de los maji. Pero, a diferencia de nosotros, sus poderes no requieren de ningún encantamiento para aflorar. Igual que Inan, sus capacidades en bruto son bastante fuertes.

Sé que el despertar de su magia debió de producirse a raíz de algo que hice mal durante el ritual, pero verlos siempre hace que se me forme un nudo en la garganta.

Me cuesta ver sus mechones blancos y no verlo a él.

—¡Likka!

La madre de la chiquilla sale corriendo y se pone el grueso chal amarillo encima de la cabeza para protegerse de la lluvia. Agarra a su hija por la muñeca y se le tensan los músculos cuando advierte mi melena blanca.

Chasqueo la lengua y emprendo mi camino. Luego bajo de Nailah cuando llego al final del camino y me encuentro delante de la guarida de Roën. Es posible que la hija de esa mujer haya adquirido la magia, pero no puede evitar seguir odiándome por la mía.

—Pero qué ven mis ojos...

Una voz áspera me saluda cuando me acerco al escondite en el que residen los hombres de Roën. Pongo los ojos en blanco en cuanto el mercenario se quita la máscara negra y deja al descubierto las facciones de Harun, el sicario de Roën. La última vez que ese mercenario y yo nos encontramos, lo tiré al suelo. Roën me dijo que le había roto las costillas. Harun no se ha acercado más a mí desde aquel día, pero ahora el peligro danza en su mirada.

—Cuéntame. —Me pasa una pesada mano por encima de mis hombros—. ¿Qué ha llevado a mi larva favorita a salir arrastrándose del barro?

Me sacudo para liberarme y despliego el palo.

—No estoy de humor para tus juegos.

Me sonríe mientras lo penetro con la mirada y muestra unos dientes amarillentos.

—Estas calles pueden ser peligrosas por la noche. Sobre todo para una larva como tú.

—Como vuelvas a llamarme larva...

Siento un cosquilleo en las cicatrices de la palabra que el rey Saran me grabó a fuego en la espalda. Aprieto con fuerza el palo al ver a más mercenarios que salen de entre las sombras. Antes de que me dé cuenta, cinco me han acorralado contra la pared de la cueva.

—Han puesto precio a tu cabeza, larva. —Harun da un paso adelante, y detiene la mirada sobre las nuevas marcas doradas de mi piel—. Siempre pensé que darían un buen rescate por ti, pero nunca imaginé que la recompensa pudiera ser tan alta.

Su sonrisa desaparece y entreveo el brillo de una navaja.

—La chica que devolvió la magia. Aquí, delante de nuestras narices.

Con cada amenaza que pronuncia Harun, la magia de la que habla borbotea en mi sangre. Mi ashê reluce como el relámpago que se forma en una nube de tormenta, a la espera de ser liberada con un hechizo.

Sin embargo, por muchos mercenarios que aparezcan, no la soltaré. No puedo. La magia es la razón por la que Baba ha muerto. Sería una traición usarla ahora...

—¿A quién tenemos aquí?

Roën inclina la cabeza, procedente de las calles de Jimeta. Mientras se aproxima a la puerta de la guarida, un rayo de luz de luna ilumina una mancha de sangre que le cruza la mejilla. No sé si la sangre es suya o no.

La pose de Roën y su sonrisa de zorronte denotan tranquilidad, pero sus ojos grises de tormenta me atraviesan como cuchillos.

—Confío en que no pensarais hacer una fiesta sin mí —dice—. Ya sabéis lo celoso que me pongo.

El círculo de mercenarios se aparta de manera instintiva para dejar paso a su líder mientras este camina hasta la puerta. Harun aprieta la mandíbula cuando Roën saca una navaja automática y la abre con un movimiento. Utiliza la punta para sacarse la mugre de debajo de las uñas.

Harun me mira de arriba abajo antes de alejarse. Su amenaza me deja un regusto amargo en la lengua, que dura mientras los demás mercenarios también se retiran y no desaparece hasta que Roën y yo nos quedamos a solas.

—Gracias —le digo.

Roën se mete la navaja en el bolsillo y me mira, las arrugas surcan su frente. Hace un gesto con la cabeza para indicarme que lo siga.

—No sé qué has venido a decirme, pero la respuesta es no.

—Solo te pido que me escuches —le suplico.

Roën camina con brío y me obliga a seguir sus largas zancadas. Pensaba que me haría entrar en la guarida de los mercenarios, pero en lugar de eso toma un sendero empinado, poco más que una cornisa, que rodea la parte posterior de la cueva, con un precipicio al otro lado. Aunque el camino serpenteante se estrecha conforme subimos, Roën no afloja el ritmo. Me aprieto contra el muro de la cueva al ver las olas blancas que rompen contra las rocas varios metros por debajo.

—Hay una razón por la que me aventuré bajo la lluvia para llegar a ese barco —dice Roën—. Parece que se te ha olvidado que a mi tropa no le gusta tanto como a mí tu cara de malas pulgas.

—¿A qué se refería Harun? —le pregunto—. ¿Alguien ha puesto precio a mi cabeza?

—Zïtsōl, hiciste que volviera la magia. No falta gente que quiera pagar por tenerte entre sus garras.

Llegamos al final del saliente y Roën salta a una enorme caja de madera reforzada por planchas de hierro. Me indica que me una a él y dudo un momento mientras sigo con la mirada el amasijo de cuerdas que sujetan su rudimentario sistema de poleas a algo que hay arriba.

—Ya sabes que, cuando lo digo yo, Zïtsōl es un término cariñoso. Significa «la que no teme lo que no puede herirla».

Pongo los ojos en blanco y subo a los tableros que crujen. Roën sonríe mientras tira de la cuerda. Un contrapeso cae al otro lado y el montacargas se sacude conforme subimos, ascendiendo como dos pájaros en el cielo.

Mis dedos vuelan al borde desgastado del cajón cuando la altura me permite ver todas las tiendas de campaña que acaban de montar en Jimeta. Desde el acorazado, conté docenas alrededor del muelle norte, pero hay centenares más que recorren toda la costa escarpada.

A lo lejos, una larga fila de personas avanzan con dificultad, maji de pelo blanco y kosidán de pelo oscuro que embarcan en un humilde navío. Me cuesta no sentirme responsable cuando las familias desaparecen bajo la cubierta de ese barco. No puedo creer que el caos causado por el regreso de la magia haya empujado a tantos orïshanos a huir de su patria.

—No pierdas el tiempo mirando hacia abajo —me indica Roën—. Mira hacia arriba.

Me quedo boquiabierta al alzar la vista y contemplar el panorama desde los treinta metros que hemos subido. A semejante altura, los imponentes acantilados de Jimeta son siluetas oscuras que se recortan contra el cielo. Las estrellas brillantes cubren la atmósfera como diamantes bordados en el tejido de la noche. La estampa hace que piense en Baba; ojalá estuviera vivo. Le encantaba mirar las estrellas.

Sin embargo, mientras continúa nuestro ascenso, bajo la mirada hacia la gente de la playa. Casi desearía embarcar con ellos. ¿Cómo sería navegar hacia la promesa de la paz? ¿Vivir en una tierra en la que los maji no fuesen el enemigo? Si pudiera dejar atrás todo esto, ¿todavía me dolería tanto respirar?

—¿Crees que les irá mejor si cruzan el mar? —le pregunto.

—Lo dudo —responde Roën—. No importa mucho dónde estás, si eres débil.

El pozo de culpabilidad que siento en el estómago de endurece y aplasta mi ilusión. Pero ese mismo pozo se vuelve un aleteo cuando Roën desliza una mano por mi cintura.

—Además, ¿quién podría estar mejor tan lejos de mí?

—Tienes tres segundos antes de que te corte ese brazo.

—¿Tres segundos enteros?

Roën sonríe mientras el cajón de madera llega al final del recorrido. Nos deja en el saliente más elevado, desde el que se accede a una modesta cueva. Me abrazo el cuerpo al entrar y capto las formaciones rocosas esculpidas que crean una mesa y una silla. Unas cuantas pieles de pantenaria componen su cama. No imaginaba que su casa fuera tan sencilla.

—¿No hay más?

—¿Qué? ¿Esperabas un palacio?

Roën se acerca al único mueble auténtico que tiene, un armario de mármol lleno de diferentes armas blancas y de fuego. Se saca un par de nudillos de pinchos del bolsillo y los deja en una estantería. La sangre todavía se aprecia en los anillos pulidos.

Intento no imaginarme la cara contra la que los habrá estampado Roën mientras trato de buscar las palabras acertadas para lograr que nos dé lo que necesitamos. No quiero estar demasiado tiempo a solas con él. A pesar de los avances de Roën, confío en mí misma aún menos de lo que confío en él.

—Valoramos mucho todo lo que has hecho —empiezo a decir—. La paciencia que has tenido con nosotros...

—Por favor, dime que Amari te ha enseñado un discurso mejor que ese.

Roën se dispone a sentarse en la silla, pero entonces hace una mueca y se lleva las manos a la nuca. Se saca la camisa por la cabeza y mi rostro se calienta al ver sus músculos esculturales, cruzados por cicatrices nuevas y antiguas. Al instante veo el corte que tiene debajo del hombro.

Recojo un trapo sucio del suelo y me arriesgo a acercarme. Roën entrecierra los ojos cuando lo aclaro en un cubo de agua de lluvia antes de limpiarle la herida.

—Qué dulce eres, Zïtsōl. Pero no pienses que voy a entrar en el intercambio de favores.

—No es un favor —le digo—. Ayúdanos con el discurso de Amari y te ganarás el doble de lo que ya tienes.

—Ilústrame. —Roën inclina la cabeza—. ¿Cuánto es el doble de nada?

—Si el ritual hubiera salido como estaba previsto, Amari ya estaría sentada en el trono. Ya tendrías tu oro.

«Baba estaría vivo».

Aparto el pensamiento antes de que pueda atormentarme de nuevo. Pensar en lo que podría haber ocurrido no me ayudará a convencer a Roën para que diga que sí.

—Zïtsōl, por muy encantador que pueda ser, no te conviene tener a hombres como Harun o como yo a tu lado. Y desde luego, no te conviene estar en deuda con nosotros.

—Si Amari no reclama el trono que merece, otra persona se hará con el poder.

—Pues ese es su problema, ¿no? —Roën se encoge de hombros—. ¿Por qué te preocupas?

—Porque...

Las palabras adecuadas se me quedan en la punta de la lengua. «Porque es lo mejor para este reino. Es la única que puede detener la caza del ejército contra los maji».

Pero cuando miro a Roën a los ojos, no quiero mentir.

En cierto modo, es como mentirme a mí misma.

—Pensaba que las cosas irían mejor. —Muevo la cabeza—. Se suponía que la magia debía lograr que la situación mejorase.

Decir en voz alta la verdad hace que me sienta frágil. Me duele el corazón al pronunciarla.

—La muerte de Baba, los tîtáns, los maji capturados... —Suspiro—. Todas esas personas que huyen de su hogar. Ni siquiera ha transcurrido una luna desde el ritual y da la impresión de que la magia ha destruido el reino entero. Todo está peor que antes. —Escurro el trapo hecho jirones, deseando poder retroceder en el tiempo—. Ahora que la magia está aquí, no la quiero. Ojalá nunca la hubiera deseado.

Suelto un profundo suspiro y me dispongo a limpiarle mejor la sangre, pero Roën me apresa por la muñeca y me obliga a mirarlo. Su tacto me provoca un cosquilleo en la piel. Es la primera vez desde la noche en el barco de guerra en la que hemos estado a solas de verdad. En aquella ocasión, compartimos pesadillas y cicatrices bajo la luna amarilla.

El modo en que Roën me mira hace que se me erice la piel, pero también hace que desee acercarme más. Es como si sus ojos tormentosos penetraran en mi caparazón, vieran mi desbarajuste interior.

—Si ya no quieres la magia, ¿qué es lo que quieres?

Me quedo callada ante su pregunta. Lo único que quiero es recuperar a las personas que he perdido. Pero cuanto más lo pienso, más recuerdo el abrazo de Mama. El calor que sentí al acercarme a la muerte.

—Quiero ser libre —susurro—. Quiero romper con todo.

—Pues rompe con todo. —Me acerca a él y me analiza como si fuese un nudo que hay que deshacer—. ¿Por qué me pides ayuda si puedes cortar las cuerdas y decir que se acabó?

—Porque si Amari no se sienta en ese trono, todo habrá sido en balde. Mi padre habrá muerto para nada... Y si eso ocurre... —Se me encoge el estómago al pensarlo—. Si eso ocurre, nunca seré libre. No con semejante culpa.

Roën se me queda mirando y percibo las objeciones que tiene en la punta de la lengua. Pero parece contenerlas detrás de los dientes cuando tomo su mejilla entre las manos y le limpio la sangre seca.

Baja la mirada y veo las marcas seguidas que le recorren el brazo, sus peores cicatrices. Una vez me dijo que sus torturadores le habían hecho un corte por cada uno de los miembros de su tripulación que mataban delante de sus ojos; veintitrés marcas de venganza a cambio de veintitrés vidas. En el fondo, creo que esas cicatrices son la razón por la que Roën abandonó su patria. La razón por la que me comprende mejor que nadie.

—Yo no doy segundas oportunidades, Zïtsōl. Y esta sería tu tercera.

—Puedes confiar en mí. —Extiendo una mano—. Te lo prometo por la vida de Baba. Ayúdanos a poner fin a esto y te bañarás en oro.

Roën sacude la cabeza, pero siento una oleada de alivio cuando pone una mano encima de la mía.

—De acuerdo —me dice—. Nos vamos esta misma noche.

virtud-10

capítulo cuatro

amari

A la mañana siguiente, mi voz se hace eco en el estrecho camarote del capitán. Mientras el acorazado se aproxima a las costas de Zaria, me esfuerzo por escribir el discurso con el que convenceré al pueblo de Orïsha de que merezco reclamar el trono.

—Me llamo Amari Olúborí —declaro—. Soy hija del rey Saran. Hermana del difunto príncipe heredero.

Me planto delante de un espejo resquebrajado e intento notar el poder contenido en esas palabras. Da igual cuántas veces las pronuncie, siguen sin convencerme.

Nada lo hace.

Me saco el dashiki negro por la cabeza y lo arrojo en la pila creciente de ropa que hay encima de la cama. Tras semanas de vivir con lo que podía llevar a cuestas, el exceso de bienes rapiñados por los hombres de Roën me resulta extraño.

Me devuelve a las mañanas en palacio; a cuando me mordía la lengua mientras las sirvientas me obligaban a probarme un vestido tras otro siguiendo órdenes de Madre. Ella nunca estaba satisfecha con mi ropa. A sus ojos ambarinos, siempre me veía demasiado oscura. Demasiado voluminosa.

Alargo el brazo para recoger del suelo un gele teñido de dorado. A Madre le encantaba ese color. Coloco el gele junto a mis mejillas y la voz de Madre me perfora los oídos.

«Esa birria no serviría ni para limpiarle el culo a un leopardario».

Se me seca la garganta y dejo el tocado en la cama. Hace tanto tiempo que tengo ganas de hacerla callar... Ahora no me queda más remedio.

«Concéntrate, Amari».

Cojo una túnica azul marino y estrujo la seda para contener las lágrimas. ¿Qué derecho tengo a llorar a mis muertos cuando los pecados de mi familia han provocado tanto sufrimiento a este reino?

Deslizo la túnica sobre mi piel y vuelvo a mirarme al espejo. No hay tiempo para llorar.

Hoy es el día de borrar todos esos pecados.

—Me presento ante vosotros para declarar que las divisiones del pasado se han terminado —proclamo—. Ahora es el momento de unirse. Juntos, podremos...

Me falla la voz cuando cambio de postura y analizo mi reflejo fragmentado. Veo una cicatriz nueva que se extiende sobre mi hombro, un corte definido como un rayo contra mi piel marrón roble. Con los años, me he acostumbrado a esconder la cicatriz que mi hermano me dejó en la espalda. Esta es la primera vez que tengo que ocultar la que me dejó Padre.

Hay algo en la marca que parece tener vida propia. Es como si su odio todavía corriese por mi piel. Ojalá pudiera borrar ese odio. Ojalá pudiera borrarlo a él...

—¡Cielos!

Mis dedos relucen con la luz azul de mi ashê y me estremezco de dolor. Trato de reprimir ese brillo azulado que relumbra por toda mi mano, pero la habitación empieza a dar vueltas conforme se acumula mi magia recién despertada.

Unos filamentos de color azul medianoche salen de las yemas de los dedos, como chispas de un pedernal. Noto pinchazos en las palmas y se me cuartea la piel. Mis cicatrices se abren por las suturas. Gimo de dolor.

—¡Que alguien me ayude! —grito mientras me abalanzo contra el espejo.

Unas manchas encarnadas aparecen en mi reflejo. La agonía es tan inmensa que no puedo respirar. La sangre me chorrea por el pecho y caigo de rodillas. Jadeo exhausta, aunque quiero gritar...

—¡Amari!

La voz de Tzain es como un cristal hecho añicos. Su presencia me libera de mi jaula mental. El dolor se mitiga y mis miembros dejan de sufrir poco a poco.

Parpadeo y me encuentro ovillada en el suelo de rejilla, a medio vestir y con las manos aferradas a la túnica de seda. La sangre que manchaba la imagen del espejo no se ve por ninguna parte.

Mis cicatrices continúan cerradas.

Tzain me cubre con un chal antes de cogerme en brazos. Me cobijo en su pecho y noto pesadez en los músculos, agotados por el arrebato de magia.

—Es la segunda vez en una semana —me dice.

«En realidad, es la cuarta». Pero me muerdo la lengua para callar la verdad cuando veo la preocupación en su mirada. No hace falta que Tzain sepa que la cosa va a peor. Nadie tiene por qué saberlo.

Todavía no sé cómo enfocar estos nuevos dones. Qué significa ser una Conectora; ser una tîtán. A los maji les fueron devueltos los poderes mágicos después del ritual, pero los tîtáns como yo nunca habíamos tenido magia hasta ahora.

Por lo que sé, los tîtáns pertenecen a la nobleza: personas nobles o de sangre real que ignoraban sus ancestros maji. ¿Qué diría Padre si supiera que sus propios hijos llevaban la sangre de aquellos a quienes más odiaba? ¿De esas personas que consideraba unas larvas?

—Por los dioses —masculla Tzain cuando me inspecciona la mano. Tengo la piel roja y tierna al tacto, moteada de ampollas amarillas—. La magia no tendría que hacer daño. Si fueras a hablar con Zél...

—Zélie ni siquiera quiere usar su propia magia. Lo último que necesita es ver la mía.

Me aparto el mechón blanco, cuando lo que de verdad querría es arrancarme ese rizo. Tal vez Tzain no se haya dado cuenta de cómo lo mira Zélie, pero yo siempre me percato de la mueca que hace al verlo. Durante mucho tiempo, tuvo que sufrir por sus poderes especiales. Ahora, las personas que más daño le han hecho poseen la misma magia.

Comprendo por qué lo desprecia, pero en ocasiones me siento como si me despreciara a mí. Y se suponía que era mi mejor amiga. ¿Cómo se sentirán los demás maji cuando se enteren de que me he convertido en una tîtán?

—Ya lo averiguaré. —Suspiro—. Cuando ocupe el trono.

Vuelvo a enterrarme en el cuello de Tzain y recorro con los dedos la barba incipiente que le cubre las mejillas.

—¿Intentas insinuar algo?

Una sonrisa maliciosa se dibuja en mis labios.

—Creo que te queda bien. Me gusta.

Pasa el pulgar por mi mandíbula y enciende un ansia casi tan poderosa como mi magia. Contengo la respiración cuando me levanta la barbilla para que lo mire. Pero antes de que nuestros labios puedan unirse, el barco da una brusca sacudida y nos separa.

—¿Qué ha sido eso?

Me incorporo y aplasto la cara contra el mugriento cristal del ojo de buey. Durante las últimas tres semanas, lo único que se veía eran los mares grises. Ahora unos vistosos arrecifes de coral brillan entre las aguas color turquesa.

La costa de Zaria llena el horizonte mientras el barco de guerra navega junto a los acantilados cubiertos de algas que sobresalen del océano. Se me forma un nudo en la garganta al ver la cantidad de aldeanos congregados en las arenas blancas. Hay cientos de personas.

Puede que miles.

—Estás preparada.

Tzain se coloca detrás de mí y me pasa los brazos por la cintura.

—Ni siquiera sé qué ponerme.

—Si quieres, te ayudo —contesta Tzain.

—¿Vas a ayudarme a elegir mi ropa?

Arqueo una ceja y Tzain se echa a reír.

—He dedicado mucho tiempo a contemplarte, Amari. Estás preciosa te pongas lo que te pongas.

El calor me sube a las mejillas cuando Tzain mira la montaña de prendas descartadas encima de la cama.

—Pero hoy, nada de túnicas. Estás a punto de proclamarte reina de Orïsha.

Me conduce hacia la armadura que me puse durante el ritual, cuando devolvimos la magia. Está cubierta de la sangre de todos los oponentes que atravesé con la espada. La sangre de Padre mancha la pechera, la mancha más oscura sobre el sello de la monarquía.

—No puedo ponerme eso —exclamo—. ¡Aterraría a la gente!

—De eso se trata. Antes, cuando veía ese sello, se me encogía el corazón. Pero cuando lo llevas tú... —Tzain hace una pausa y una sonrisa dulzona aparece en sus labios—. Si tú estás detrás de ese emblema, no tengo miedo. Al contrario, me siento a salvo.

Apoya la mejilla en la parte superior de mi cabeza y me coge la mano de nuevo.

—Eres la reina, Amari. Que todos vean el nuevo rostro que hay detrás de ese emblema.

virtud-11

capítulo cinco

ZELIE

Cuando la pasarela del acorazado cae sobre la arena mojada, los habitantes de Zaria no vitorean. No se mueven. No parpadean.

Se limitan a mirarnos.

Los nobles han formado un pasillo que lleva hasta el lugar donde se pronunciará el discurso; entre el pelo negro predominante se destaca aquí y allá algún mechón blanco propio de los tîtáns. Los kosidán carentes de magia se arraciman detrás de ellos, los soldados y los mandos militares también se hallan entre la multitud. Encuentro a mi gente de pie en los extremos, con el pelo blanco apenas escondido bajo unas grandes capuchas.

La quietud de la muchedumbre expresa la gravedad del momento, este capítulo de la historia que estamos a punto de crear. No puedo creer que, después de todo lo acontecido, por fin hayamos logrado llegar aquí. «Por todos los dioses», pienso.

Vamos a hacerlo de verdad.

—No me noto las piernas.

Amari se coloca a mi lado, imponente con su armadura. Las manchas de sangre todavía ensombrecen el sello real. Un casco le cubre el pelo oscuro, colocado de forma estratégica para ocultar el mechón blanco.

Yo luzco la coraza robada, con el palo de combate en el lugar en el que el antiguo propietario guardaba la espada. Siento náuseas, pero no hace falta que Amari se entere.

—Te has enfrentado a cosas peores. —Le doy una palmadita en el hombro—. Puedes enfrentarte a esto.

Amari asiente, pero no dejan de temblarle las manos. No he visto este terror en ella desde que éramos un par de desconocidas en el mercado de Lagos. Por aquel entonces, ella no era más que una princesa a la fuga. Yo no era más que la hija de un pobre pescador. Ella irrumpió en mi vida y ahora todo el reino se ha puesto patas arriba.

—Puedes hacerlo.

Paso por alto el dolor que me produce mirarla a los ojos. Por suerte, con el mechón tapado, me resulta más fácil ver su cara y no la del hermano que me rompió el corazón.

—Padre e Inan se prepararon durante toda su vida para este papel —dice Amari—. Yo apenas he tenido una luna.

—Y, sin embargo, ya has ofrecido más a este reino que cualquier hombre o mujer que te haya precedido. Yo no habría sido capaz de devolver la magia de no haber sido por ti. —Le cojo las manos y entrelazo sus dedos en los míos. Los aprieto con cariño—. Los dioses te eligieron. Te han elegido ahora del mismo modo que te eligieron para robar aquel pergamino.

Aunque sonrío, me duele pronunciar esas palabras. Si los dioses la eligieron, entonces también eligieron que yo sufriera.

Eligieron que perdiera a Baba.

—¿De verdad lo piensas? —Amari aparta la mirada—. ¿Aunque sea una tîtán?

Tenso los labios al oír su pregunta, pero no importa lo que yo opine de su calaña. El coste de mis cicatrices, el precio de la sangre de Baba... Una vez que Amari sea reina, todo cobrará sentido. Cuando sea reina, no tendré que cargar con todo este peso. Por fin seré libre de todo este dolor.

—Lo sé. —Me inclino hacia ella—. Es el destino. Los dioses no se equivocan.

Amari me abraza con tanta fuerza que estoy a punto de perder el equilibrio. Me río y la abrazo por la cintura. Se me había olvidado lo bien que me sentía al estrecharla así.

—Gracias —me susurra enterrada entre mis trenzas. La voz se le quiebra por la amenaza de las lágrimas.

—Estás preparada —susurro como respuesta—. Serás la mejor reina que Orïsha ha visto desde...

—No os olvidéis de la parte más importante. —Roën interrumpe nuestro abrazo y se pasea junto a nosotras con un cigarrillo entre los dientes—. En cuanto seas reina, tendrás pleno poder sobre las arcas reales.

—Como si me dejaras olvidarlo... —Amari pone los ojos en blanco—. ¿Están tus hombres en posición?

—Hemos despejado el camino. —Roën hace un gesto hacia la pasarela antes de guiñarme un ojo—. Estaremos listos cuando vos estéis lista, mi reina.

Amari suelta el aire y sacude las manos. Repite su discurso en un murmullo.

—Me llamo Amari Olúborí. Me llamo Amari Olúborí.

Mientras ella deambula por la sala, me llevo dos dedos a la boca y silbo. En segundos, se abalanza sobre nosotras el sonido de unas garras que arañan los suelos metálicos del barco. Nailah galopa desde mi habitación y derrapa para detenerse junto a mí.

—¿Qué haces?

Amari arquea las cejas cuando desabrocho el cinturón que mantiene en su sitio la silla de montar y las riendas de Nailah.

—Te proporciono una entrada digna de una reina. —Entrelazo las manos y las bajo para ayudarla a subir—. Eres la Leonaria. Lo menos que puedes hacer es aparecer montada en una.

Un suspiro colectivo se propaga entre la multitud cuando Amari desciende la pasarela metálica a lomos de Nailah. Incluso yo me maravillo al verla. Detrás de mí, Tzain parpadea para quitarse la lágrima que tiene en el rabillo del ojo.

—Los rayos del sol rebotan en la imponente armadura de Amari, que centellea cada vez que se mueve Nailah. Con las manos alrededor de los cuernos de mi leonaria, parece mucho más que una reina.

—Parece mágica.

—No te emociones —me susurra Roën al oído—. Esto no es una coronación.

—Sigo su mirada hasta un flaco soldado en medio de la masa, con la mano en la empuñadura de la espada. Se abre paso entre los nobles y los kosidán que hay a ambos lados del camino de Amari, la luz del sol se refleja en el sello real que también lleva en la pechera. En cuanto Roën hace un gesto con la cabeza, Harun intercepta al guardia y lo aparta a rastras antes de que pueda acercarse más.

—No lo entiendo —digo—. Pensaba que solo teníamos que preocuparnos por la Iyika...

—No todo el mundo está tan emocionado de saber que su reina sigue viva —me aclara Roën—. Los militares saben que simpatiza con los maji. A casi todos les caía mejor cuando estaba muerta.

Se me tensa el cuerpo y levanto la mirada con la esperanza de que Amari no se haya dado cuenta. Aunque los demás soldados no empuñan la espada, tampoco hacen una reverencia para saludar a su nueva reina, precisamente. Patrullan junto a la multitud por parejas a ambos lados del camino de arena blanca, y saludan con la cabeza cada vez que se cruzan con un noble tîtán. En contraste, observan a los maji con ojos de sospecha y tocan la hoja de majacita de sus espadas al verlos.

«El ejército ha empezado a cazar maji igual que una jauría de perros. Pueblos enteros han sido devastados. El nuevo almirante ha estado a punto de declarar la guerra».

Las palabras de Roën vuelven a mí mientras fijo la mirada en mi pueblo de maji, al borde de la multitud, demasiado temerosos para acercarse. Aunque el caliente sol pega con fuerza, casi todos se ocultan bajo túnicas estampadas con capucha. Nuestros dones han regresado, pero mi pueblo aún se acobarda.

—Ya casi hemos llegado.

Roën señala con la cabeza hacia un enorme pabellón con una cúpula de arena que hay a menos de cien metros, junto a la costa. La estructura se alza entre las corrientes que fluyen. Olas de espuma blanca rompen contra la cenefa rectangular grabada en sus laterales. La imponente cúpula es tan inmensa que casi eclipsa el sol.

—Es perfecto —susurra Amari desde arriba.

Un destello de alegría la ilumina desde dentro, pero su luz se apaga cuando nos acercamos a los manchurrones de color rojo que surcan el lateral del pabellón, en la pintura emborronada todavía se adivina una I.

Amari me mira a los ojos y le aprieto el tobillo para darle ánimos.

—No te preocupes. No dejaré que ningún miembro de la Iyika pase por delante de mí.

—¡Jagunjagun!

Bajo la mirada y me topo con un joven maji de orejas grandes con una peca en la barbilla. A diferencia de los demás, se ha plantado en la primera fila; una capucha oculta sus menudos rizos blancos. Aunque ha susurrado la palabra yoruba para «soldado», no parece referirse al emblema real de mi coraza. Le sonrío y abre tanto los ojos que temo que se le salgan de las órbitas.

«Baba se sacrificó por ese muchacho», pienso como una revelación al pasar delante del chico. «Por él y por todos sus semejantes». Basta de esconderse a partir de hoy. Es el momento de que mi pueblo se alce bajo el sol.

Amari detiene a Nailah al llegar al arco resquebrajado de la entrada de la cúpula y desciende hasta la arena. Respira hondo antes de dar un paso adelante.

Le cubro las espaldas y juntas entramos al pabellón, listas para el discurso.

virtud-12

capítulo seis

amari

Cuando entramos en el pabellón de la cúpula, la imagen es tan impresionante que me quedo sin palabras. Hay infinidad de personas, muchas más de las que había tenido delante jamás.

Un mural esculpido ocupa las paredes de arena del pabellón, cuerpos tallados que se entrelazan en medio de bailes y canciones. Una gran abertura en el lateral del edificio permite ver el mar. Las mareas besan la arena a nuestros pies.

—Uau... —murmura en voz baja Tzain, que camina a mi lado.

Levanto la cabeza hacia la luz del sol que entra con el inmenso óculo del techo. Baña a la multitud con sus cálidos rayos e ilumina una tribuna de madera erigida por los hombres de Roën.

El mar de personas se divide cuando me dirijo al estrado en el centro del pabellón. Me abren paso igual que abrían paso a Padre.

«Ataca, Amari».

Oigo su voz mientras asciendo los peldaños del estrado. A ojos de Padre, este no era mi destino y, sin embargo, es casi como si me hubiera formado para este día. Él fue quien me enseñó a deshacerme de cualquier oponente que se presentara en mi camino, incluso si el oponente era alguien a quien quería.

«Lucha, Amari».

Respiro hondo, cuadro los hombros y saco pecho. Le hice un juramento a Padre cuando le clavé la espada. Ahora es el momento de asegurarme el trono o perderlo para siempre.

—Me llamo Amari Olúborí. —La declaración retumba contra las paredes curvadas—. Soy hija de vuestro rey caído. Hermana del difunto príncipe heredero.

Alguien se aproxima a mí desde la multitud y se me acelera el pulso; me preparo para su ataque. Pero cuando el joven kosidán se arrodilla, abro la boca sin querer.

No estoy preparada para que me haga una reverencia.

—Su Majestad.

Se agacha tanto que toca la arena con la cabeza. Su reverencia provoca una oleada dentro de la cúpula y cada vez más personas se arrodillan ante mí. Siento una ola de calor que irradia a través de mi piel cuando otros ciudadanos las imitan desde la costa de Zaria.

Hay algo sagrado en el modo en que se agachan ante mí. Algo que deseo merecer a toda costa. Cuando me marché de palacio, era una princesa asustada a la fuga.

Ahora solo un discurso me separa del trono.

—Hace dos lunas estaba sentada en el salón cuando mi padre asesinó a mi mejor amiga. Se llamaba Binta y era una divîner cuyo único delito había sido poseer la magia que corría por sus venas. —Carraspeo y me obligo a continuar pese a que el dolor regresa con cada palabra que pronuncio—. Mi padre obligó a Binta a despertar sus poderes en contra de su voluntad. Luego, cuando esos poderes se revelaron, la mató allí mismo sin contemplaciones.

Unos murmullos de desaprobación se oyen entre la muchedumbre. Algunos lloran, otros menean la cabeza. Al fondo del templo, un grupo de maji se abre paso a codazos para entrar. A los lados, dos corpulentos soldados intercambian miradas.

Nuestra paz parece tan frágil como el cristal, pero no puedo amedrentarme y huir de la verdad. Ya no. Los maji llevan demasiado tiempo silenciados. Si yo no hablo en su nombre, ¿quién lo hará?

—Puede que hasta ahora no conocierais el nombre de Binta, pero sé que sí conocéis su historia. Es la historia a la que se han enfrentado innumerables orïshanos, una persecución injusta que ha diezmado a nuestros divîners y maji desde hace décadas. Durante generaciones la historia de Orïsha ha sido la historia de la división. Una historia de violencia y persecución que debe terminar hoy mismo.

El timbre de mi voz me sorprende: casi veo cómo se propaga por la cúpula. Alguien grita en aquiescencia y otros súbditos se suman. Parpadeo cuando oigo aún más vítores.

La pequeña muestra de fe en mí me da valor mientras recorro todo el estrado. La Orïsha con la que he soñado está al alcance de mi mano.

Entonces veo a un miembro de la Iyika.

La rebelde se encuentra en medio de la sala, una gruesa cicatriz le cruza el ojo izquierdo. A diferencia de los demás maji del pabellón, su bosque de rizos blancos se muestra en todo su esplendor y le cae por encima de los redondeados hombros morenos. Tiene las manos manchadas de pintura roja, el mismo color que la pintada emborronada de las paredes del templo. Aunque está quieta, la mofa que aprecio en su rostro me dice todo lo que necesito saber.

No quiere que yo tome el trono.

El sudor se me acumula bajo el casco mientras escudriño la multitud en busca de más rebeldes como ella. Alargo la mano para asegurarme de que el metal todavía cubre mi mechón, pero en cuanto vuelvo a mirar a la maji cambio de opinión.

Ella no se esconde de mi vista. No esconde quién es. ¿Por qué iba a hacerlo yo?

«Ataca, Amari».

Se me tensan los dedos cuando agarro el casco y me preparo para el revuelo que puedo provocar. Revelar mi transformación es ir muy lejos en mi primer movimiento. Pero si me acobardo y oculto la verdad, no seré mejor que Inan.

«Sé valiente, Amari».

Respiro hondo por última vez. Mi mechón blanco queda liberado cuando el casco toca el suelo.

«¡Es una de ellos!».

«¡La reina es una tîtán!».

Los suspiros se contagian entre la multitud. Un puñado de maji avanzan como pueden hasta la primera fila. La incomodidad se palpa en la cúpula cuando unos soldados se zambullen en su búsqueda.

Mi voz se quiebra al ver que los mercenarios de Roën forman un círculo alrededor de la tribuna, pero la sangre seca de la armadura me recuerda mi fortaleza. Yo soy la única capaz de unir Orïsha. Soy la reina que puede mantener a salvo a todas estas personas.

—Quería ocultar la verdad —grito—. Ocultar mi aprensión ante lo que me he convertido. ¡Pero el regreso de la magia y el nacimiento de los tîtáns son la prueba viviente de que por fin nos dirigimos a la Orïsha que los dioses siempre han querido para nosotros! Estamos tan llenos de odio y miedo que hemos olvidado la bendición que supone tener estas habilidades. Durante siglos los poderes mágicos han sido la fuente de nuestros altercados, ¡pero los dioses nos entregaron la magia para que el pueblo de Orïsha pudiera prosperar!

La conmoción cesa al instante, pues la gente queda embelesada con mis palabras. Tal vez nuestra paz sea frágil, pero mientras me escuchen, tendremos una oportunidad.

—Pensad en cómo los Terreros podrían cultivar nuestras tierras. En que los Amos de las Mareas podrían unir esfuerzos para reducir a la mitad el trabajo de los pescadores —continúo—. Los Soldadores podrían erigir ciudades en cuestión de días. ¡Los Sanadores podrían asegurarse de que nuestros seres queridos no perecen a causa de heridas o enfermedades!

Me dirijo a la maji rebelde con la cicatriz encima del ojo. La joven soldado me mira con una mueca en los labios. Mediante mis palabras, dibujo una visión para cada persona que disiente, hasta que ven mis sueños casi con la misma claridad que el mural grabado en el techo de la cúpula.

—Bajo mi mandato, este será un país en el que incluso los aldeanos más pobres tengan casa, ropa y alimento. Un reino en el que todo el mundo estará protegido, ¡todo el mundo será aceptado! ¡Se acabaron las divisiones del pasado! —Extiendo las manos y elevo la voz—. ¡Hay una nueva Orïsha en el horizonte!

Esta vez, cuando comienzan los vítores, son ensordecedores. Me hincho de orgullo al oír el eco que recorre la cúpula, los gritos altos y potentes a favor de la unificación.

—¡Kí èmí olá ó gùn Ayaba! —grita alguien, un cántico que se propaga por toda la multitud.

—Kí èmí olá ó gùn Ayaba —repite Zélie, y lo traduce—: «Larga vida a la reina».

Siento tal ligereza en el cuerpo que estoy segura de que podría volar por encima de la tribuna. El cántico del gentío reverbera dentro de mí y despierta partes que no sabía que tenía. Me devuelve a aquel momento mágico en Chândomblé, la maravilla del arte a la que Lekan dotó de vida. Ahora veo esa misma paz y prosperidad. La misma magia está al alcance de nuestra mano...

—¡Mentira!

La voz atruena por encima de las masas, su fría rotundidad acalla a la multitud en un instante. Muchos vuelven la cabeza hacia el arco del pabellón. Agarro la empuñadura al oír unas botas metálicas que aplastan la arena con cada zancada.

Miro a Zélie a los ojos y ella asiente, lista para el combate. Pero cuando el mar de gente se divide y la persona que lo ha provocado aparece ante nosotros, se me cae la espada de la mano.

Incluso con el casco puesto, reconozco la provocación en su forma de caminar. El acero en sus venas.

—¿Madre?

Me llevo la mano al pecho. Se me escapa una risa de los labios.

Hago ademán de acercarme a ella, incapaz de creer lo que veo. Pero cuando levanta la cabeza, el odio que arde en sus ojos ambarinos me deja de piedra.

virtud-13

capítulo siete

ZELIE

No hace falta fijarse mucho en la expresión del rostro de Amari para reconocer al instante de quién ha heredado sus ojos color ámbar. La reina Nehanda comparte la belleza de su hija, pero donde Amari tiene suaves curvas, esta mujer es toda ángulos y líneas rectas. Igual que su hija, Nehanda viste una armadura de cuerpo entero, pero la suya es de oro brillante. Las placas pulidas de la coraza se curvan por encima de su pecho, complementadas con unas hombreras dentadas y unos guanteletes forjados.

—¿Qué hacemos? —susurra Tzain, y aprieta con más fuerza la empuñadura del hacha.

En contra de lo que nos dijo Roën, la reina Nehanda todavía vive. La monarca resplandece en medio de la arena, una capa morada oscura ondea a su espalda con la brisa del mar. Su precisión me resulta letalmente familiar.

Me provoca un cosquilleo en las cicatrices de la espalda.

—¡Habéis sobrevivido! —exclama Amari con una sonrisa, pero Nehanda no se digna siquiera a mirar a su hija.

Cuando entra en el pabellón, parece más que consciente de cómo el ágora entera está pendiente de su propia respiración.

Consciente de cómo una simple palabra le ha bastado para acaparar la atención de un público fervoroso con la rapidez de un latigazo.

—Promesas atrevidas —dice al fin la reina Nehanda—. Elegantes mentiras. No son las palabras de una líder entregada a su pueblo. No es más que el veneno de una tirana ávida de poder.

Su acusación es como una bofetada. Amari se tambalea de verdad. Una oleada de murmullos se extiende entre el público y la desaprobación se va colando como el agua por una presa rota.

—Madre, ¿a qué viene eso? —Amari da un paso al frente—. Pensaba que estabais muerta...

—¡Ya te gustaría! —corta de cuajo la reina—. ¡Mandaste a maji y mercenarios a por mi cabeza!

—No es ci...

—Le dices a esta gente que su rey ha caído, pero ¿se te olvida mencionar el crimen de regicidio que cometiste con tus propias manos? ¿Hablas de tu difunto hermano sin admitir que fuisteis los maji y tú quienes matasteis al legítimo heredero al trono?

Unos suspiros horrorizados se oyen a nuestro alrededor y reverberan por la cúpula. El aire limpio que hace un instante contenía esperanza y promesas se ha contaminado bajo una nueva nube de sospecha y disgusto.

—¡No es verdad! —chilla Amari.

—¿Niegas que mataste a tu propio padre?

—No, yo... —Amari se ruboriza y respira hondo—. El rey murió por mi mano, sí, pero yo no maté a In...

No tiene oportunidad de acabar la frase. Lo que fuera que Amari había conseguido instilar en su pueblo se evapora.

—¡Traidora! —grita alguien.

—¡Mentirosa! —se le une otro.

Su furia crece y se encabrita como una ola que intenta tumbar a Amari. Me tiemblan las manos al ver cómo se propaga esa rabia y salpica a los maji repartidos por el pabellón.

Amari levanta las manos con un débil propósito de contener esa furia. En tal situación, parece un indefenso cachorro delante de una guarida de leopardarios de nieve.

—Ante vosotros tenéis a una traidora. —Nehanda avanza orgullosa—. Una rebelde que se alía con embusteros y ladrones. Una niña insolente que nos ha puesto en peligro a todos con la magia... ¡solo para poder ser reina!

—Madre, por favor —suplica Amari—. ¡Dejad que os lo explique!

Pero su voz es como un golpe de bastón, mientras que su madre golpea con la fuerza del acero.

Las súplicas de Amari se ahogan todavía más cuando los guardias de la reina entran en la cúpula; se distinguen por sus armaduras doradas y sus espadas con punta afilada. En el brillo de sus emblemas también dorados, veo el cuerpo inerte de Mama.

Noto el calor de las llamas que rodearon el ataúd de Baba.

—No permitiré que tú y tus maji insurgentes llevéis a la ruina a este reino —grita Nehanda—. ¡Estás detenida por tus crímenes contra la corona! ¡Cualquiera que te ayude será eliminado!

El pánico se extiende conforme sus guardias avanzan con pasos rotundos, armados con frasquitos redondos de cristal llenos de un líquido negro como la noche.

—¿Qué llevan ahí? —pregunto a gritos mirando a Tzain.

—No lo sé, pero ¡tenemos que sacar a Amari de aquí!

Tzain corre hacia la tribuna, aunque no es lo bastante rápido.

Nehanda se coloca una mascarilla dorada encima de la cara mientras sus soldados rompen los frasquitos en la arena.