Índice
CLANES DE LOS MAJI
CAPÍTULO UNO. ZELIE.
CAPÍTULO DOS. ZELIE
CAPÍTULO TRES. AMARI
CAPÍTULO CUATRO. ZELIE
CAPÍTULO CINCO. ZELIE
CAPÍTULO SEIS. INAN
CAPÍTULO SIETE. ZELIE
CAPÍTULO OCHO. INAN
CAPÍTULO NUEVE. ZELIE
CAPÍTULO DIEZ. ZELIE
CAPÍTULO ONCE. INAN
CAPÍTULO DOCE. ZELIE
CAPÍTULO TRECE. ZELIE
CAPÍTULO CATORCE. INAN
CAPÍTULO QUINCE. AMARI
CAPÍTULO DIECISÉIS. INAN
CAPÍTULO DIECISIETE. AMARI
CAPÍTULO DIECIOCHO. ZELIE
CAPÍTULO DIECINUEVE. INAN
CAPÍTULO VEINTE. ZELIE
CAPÍTULO VEINTIUNO. INAN
CAPÍTULO VEINTIDÓS. AMARI
CAPÍTULO VEINTITRÉS. ZELIE
CAPÍTULO VEINTICUATRO. INAN
CAPÍTULO VEINTICINCO. ZELIE
CAPÍTULO VEINTISÉIS. INAN
CAPÍTULO VEINTISIETE. AMARI
CAPÍTULO VEINTIOCHO. AMARI
CAPÍTULO VEINTINUEVE. ZELIE
CAPÍTULO TREINTA. AMARI
CAPÍTULO TREINTA Y UNO. ZELIE
CAPÍTULO TREINTA Y DOS. AMARI
CAPÍTULO TREINTA Y TRES. ZELIE
CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO. AMARI
CAPÍTULO TREINTA Y CINCO. INAN
CAPÍTULO TREINTA Y SEIS. ZELIE
CAPÍTULO TREINTA Y SIETE. AMARI
CAPÍTULO TREINTA Y OCHO. ZELIE
CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE. INAN
CAPÍTULO CUARENTA. ZELIE
CAPÍTULO CUARENTA Y UNO. INAN
CAPÍTULO CUARENTA Y DOS. AMARI
CAPÍTULO CUARENTA Y TRES. INAN
CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO. ZELIE
CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO. INAN
CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS. AMARI
CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE. INAN
CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO. ZELIE
CAPÍTULO CUARENTA Y NUEVE. AMARI
CAPÍTULO CINCUENTA. INAN
CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO. ZELIE
CAPÍTULO CINCUENTA Y DOS. AMARI
CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES. ZELIE
CAPÍTULO CINCUENTA Y CUATRO. INAN
CAPÍTULO CINCUENTA Y CINCO. ZELIE
CAPÍTULO CINCUENTA Y SEIS. ZELIE
CAPÍTULO CINCUENTA Y SIETE. AMARI
CAPÍTULO CINCUENTA Y OCHO. INAN
CAPÍTULO CINCUENTA Y NUEVE. ZELIE
CAPÍTULO SESENTA. AMARI
CAPÍTULO SESENTA Y UNO. ZELIE
CAPÍTULO SESENTA Y DOS. AMARI
CAPÍTULO SESENTA Y TRES. ZELIE
CAPÍTULO SESENTA Y CUATRO. INAN
CAPÍTULO SESENTA Y CINCO. AMARI
CAPÍTULO SESENTA Y SEIS. INAN
CAPÍTULO SESENTA Y SIETE. INAN
CAPÍTULO SESENTA Y OCHO. AMARI
CAPÍTULO SESENTA Y NUEVE. INAN
CAPÍTULO SETENTA. ZELIE
CAPÍTULO SETENTA Y UNO. ZELIE
CAPÍTULO SETENTA Y DOS. ZELIE
CAPÍTULO SETENTA Y TRES. ZELIE
CAPÍTULO SETENTA Y CUATRO. INAN
CAPÍTULO SETENTA Y CINCO. ZELIE
CAPÍTULO SETENTA Y SEIS. AMARI
CAPÍTULO SETENTA Y SIETE. ZELIE
CAPÍTULO SETENTA Y OCHO. ZELIE
CAPÍTULO SETENTA Y NUEVE. ZELIE
CAPÍTULO OCHENTA. ZELIE
CAPÍTULO OCHENTA Y UNO. INAN
CAPÍTULO OCHENTA Y DOS. AMARI
CAPÍTULO OCHENTA Y TRES. AMARI
CAPÍTULO OCHENTA Y CUATRO. ZELIE
CAPÍTULO OCHENTA Y CINCO. ZELIE
EPÍLOGO
NOTA DE LA AUTORA
AGRADECIMIENTOS
NOTAS



Para mamá y papá,
que lo sacrificaron todo para darme
esta oportunidad.
Y
Para Jackson, quien creyó en mí
y en esta historia antes de que lo hiciera yo.


CLANES DE LOS MAJI
CLAN IKÚ: MAJI DE LA VIDA Y LA MUERTE
TÍTULO DE LOS MAJI: PARCAS
DEIDAD: OYA
———
CLAN ÈMÍ: MAJI DE LA MENTE, EL ESPÍRITU Y LOS SUEÑOS
TÍTULO DE LOS MAJI: MEDIADORES
DEIDAD: ORÍ
———
CLAN OMI: MAJI DEL AGUA
TÍTULO DE LOS MAJI: AMOS DE LAS MARCAS
DEIDAD: YEMOJA
———
CLAN INÁ: MAJI DEL FUEGO
TÍTULO DE LOS MAJI: ABRASADORES
DEIDAD: SÀNGÓ
———
CLAN AFÉFÉ: MAJI DEL AIRE
TÍTULO DE LOS MAJI: AMOS DEL VIENTO
DEIDAD: AYAO
CLAN AIYE: MAJI DEL HIERRO Y LA TIERRA
TÍTULO DE LOS MAJI: SOLDADORES Y TERREROS
DEIDAD: ÒGÚN
———
CLAN ÌMỌLÉ:: MAJI DE LA OSCURIDAD Y LA LUZ
TÍTULO DE LOS MAJI: HACEDORES DE LUZ
DEIDAD: OCHUMARE
———
CLAN ÌWÒSÀN: MAJI DE LA SALUD Y LA ENFERMEDAD
TÍTULO DE LOS MAJI: SANADORES Y CÁNCERES
DEIDAD: BABALÚAYÉ
———
CLAN ARÍRAN: MAJI DEL TIEMPO
TÍTULO DE LOS MAJI: VIDENTES
DEIDAD: ORÚNMILA
———
CLAN ẸRANKO: MAJI DE LOS ANIMALES
TÍTULO DE LOS MAJI: DOMADORES
DEIDAD: OXOSI


Intento no pensar en ella.
Pero cuando lo hago, pienso en arroz.
Cuando Mama estaba aquí, la cabaña siempre olía
a arroz jollof.
Pienso en cómo brillaba su piel oscura, igual que el sol de
verano, en cómo su sonrisa devolvía la vida a Baba. Pienso en
cómo se le crespaba y rizaba el pelo blanco, una corona indomable
que respiraba y crecía fuerte.
Oigo las leyendas que me contaba por las noches.
La risa de Tzain cuando jugaban al agbön en el parque.
Los gritos de Baba cuando los soldados le pusieron una
cadena en el cuello. Los alaridos de Mama cuando se la
llevaron a rastras en la oscuridad.
Los encantamientos que salieron a borbotones de su boca,
igual que la lava. La magia de la muerte que la llevó por
el mal camino.
Pienso en cómo colgaba su cuerpo de aquel árbol.
Pienso en el rey que se la llevó.


«Elígeme».
Tengo que contenerme para no gritar. Clavo las uñas en la madera de roble marula de mi palo y aprieto los dedos para evitar moverlos con nerviosismo. Unas gotas de sudor me resbalan por la espalda, pero soy incapaz de decir si es por el calor que ha llegado con el amanecer o porque el corazón me late desbocado en el pecho. Luna tras luna no me ha elegido.
Hoy no puede ocurrir lo mismo.
Me sujeto un mechón de pelo blanco como la nieve por detrás de la oreja y hago lo que puedo para estar quieta. Como siempre, Mama Agba hace que la selección sea agotadora, va mirando una por una a todas las chicas durante tanto rato que nos entra vergüenza.
Junta las cejas con concentración y se pronuncian aún más las arrugas de su cabeza afeitada. Con la piel marrón oscura y el kaftán de tonos apagados, Mama Agba se parece a cualquier anciana de la aldea. Nadie adivinaría que una mujer de su edad pudiera ser tan letal.
—Ejem.
Yemi carraspea al frente de la ahéré, un recordatorio nada sutil de que ella ya ha pasado esta prueba. Nos sonríe con petulancia mientras hace girar su palo tallado a mano, ansiosa por saber a cuál de nosotras podrá vencer en el combate de graduación. Casi todas las chicas se acobardan ante la posibilidad de enfrentarse a Yemi, pero hoy yo me muero de ganas de hacerlo. He practicado mucho y estoy preparada.
Sé que puedo ganar.
—Zélie.
La voz curtida de Mama Agba rompe el silencio. Una exhalación colectiva sale como un eco de las otras quince chicas a las que no ha elegido. El nombre rebota por las paredes de junco trenzado de la ahéré hasta que caigo en la cuenta de que Mama Agba me ha llamado a mí.
—¿De verdad?
Mama Agba chasquea los labios.
—Puedo elegir a otra...
—¡No! —Me pongo de pie de un brinco y hago una rápida reverencia—. Gracias, Mama. Estoy lista.
El mar de rostros oscuros se parte en dos mientras avanzo entre la multitud. A cada paso, me concentro en el modo en que mis pies descalzos se arrastran sobre los juncos del suelo de Mama Agba, compruebo la fricción que me hará falta para ganar este combate y graduarme por fin.
Cuando llego a la estera negra que marca la zona de combate, Yemi es la primera en hacer una reverencia. Espera sin moverse de posición a que yo haga lo mismo, pero su mirada solo sirve para avivar el fuego de mi corazón. No hay respeto en su postura, no expresa la promesa de un combate limpio. Piensa que, como soy una divîner, soy inferior a ella.
Cree que voy a perder.
—La reverencia, Zélie.
Aunque la advertencia está clara en la voz de Mama Agba, soy incapaz de moverme. A tan escasa distancia de Yemi, lo único que veo es su atractivo pelo negro, su piel de color marrón coco, mucho más clara que la mía. Su piel tiene el marrón suave de los orïshanos que nunca han pasado un día trabajando de sol a sol. Lleva una vida privilegiada gracias al dinero sucio de un padre al que nunca ha conocido. Algún noble que compró el silencio de Yemi, cuando desterró a su hija bastarda a nuestra aldea para evitar la vergüenza.
Echo atrás los hombros y saco pecho, estiro el cuerpo, aunque sé que tengo que inclinarme. Las facciones de Yemi destacan entre la multitud de divîners con el pelo blanco como la nieve. Unas divîners que se han visto forzadas a hacer reverencias una y otra vez ante quienes tienen el mismo aspecto que ella.
—Zélie, no me obligues a repetírtelo.
—Pero Mama...
—¡Haz una reverencia o sal de ahí! Nos estás haciendo perder el tiempo a todas.
Al ver que no me queda otra opción, aprieto la mandíbula y me inclino para hacer una reverencia, que provoca que la prepotente sonrisa de Yemi aflore aún más.
—¿Tanto te costaba? —Yemi hace otra reverencia para mantener las formas—. Si vas a perder, hazlo con orgullo.
Unas risitas ahogadas se oyen entre las chicas, pero una tajante sacudida de la mano de Mama Agba las silencia al instante. Las aniquilo con la mirada antes de concentrarme en mi oponente.
«Veremos quién se ríe cuando gane yo».
—Tomad posiciones.
Nos retiramos para colocarnos en los extremos de la zona de combate y levantamos los palos del suelo con un golpe seco. La sonrisa de Yemi desaparece mientras entrecierra los ojos y emerge su instinto asesino.
Nos miramos fijamente, esperando la señal del inicio del combate. Tengo miedo de que Mama Agba prolongue esta tortura para siempre cuando por fin grita:
—¡Comenzad!
Y al instante me pongo a la defensiva.
Antes de que pueda pensar siquiera en golpearla, Yemi blande el palo con la rapidez de un guepardario. El palo gira por encima de su cabeza un segundo, y al segundo siguiente lo noto pegado al cuello. Aunque las chicas que tengo detrás suspiran, yo no me inmuto.
Puede que Yemi sea rápida, pero yo lo soy aún más.
Cuando me acerca el palo, arqueo la espalda todo lo que puedo y esquivo el ataque. Todavía estoy agachada cuando Yemi ataca de nuevo, y esta vez intenta golpearme con la fuerza que tendría una chica el doble de corpulenta que ella.
Me tiro de lado y ruedo por la estera justo a tiempo, de modo que su palo impacta contra las tiras de junco. Yemi retrocede para tomar impulso de nuevo mientras yo procuro reincorporarme como sea.
—Zélie —advierte Mama Agba, pero no necesito su ayuda.
Con un movimiento fluido, me pongo de pie y blando el palo hacia arriba para interceptar el siguiente golpe de Yemi.
Nuestros palos chocan con un crujido audible. Las paredes de la cabaña de juncos tiemblan. Mi arma todavía reverbera después del golpe cuando Yemi gira para golpearme en las rodillas.
Lanzo una pierna hacia delante, balanceo los brazos para coger impulso y doy una voltereta lateral en el aire. Mientras salto por encima de su palo extendido, veo la primera brecha: mi oportunidad de pasar a la ofensiva.
—¡Ja! —exclamo, casi con un gruñido, y utilizo el impulso de la voltereta aérea para aterrizar dándole una estocada. «Vamos...».
El palo de Yemi impacta contra el mío y mi contrincante detiene el ataque antes siquiera de que haya comenzado.
—Paciencia, Zélie —indica Mama Agba—. No es tu hora de atacar. Observa. Reacciona. Espera a que tu oponente golpee.
Reprimo un gruñido, pero asiento con la cabeza, y me aparto con el palo. «Tendrás tu oportunidad», me repito. «Solo espera tu tur...».
—Eso es, Zél. —Yemi habla casi en un susurro, tan bajo que solo yo puedo oírla—. Escucha a Mama Agba. Sé una larva obediente.
Y ahí está.
Esa palabra.
Ese insulto miserable y degradante.
Susurrado con desprecio. Envuelto en esa sonrisita arrogante.
Antes de poder contenerme, lanzo el palo hacia delante, y queda a un pelo del estómago de Yemi. Después tendré que soportar uno de los infames azotes de Mama Agba por esto, pero el miedo en los ojos de Yemi hace que valga la pena con creces.
—¡Eh!
Aunque Yemi se vuelve hacia Mama Agba para que intervenga, no tiene tiempo para quejarse. Hago girar el palo con tal rapidez que sus ojos se abren como platos antes de que le lance otro ataque.
—¡El ejercicio no es así! —chilla Yemi, mientras salta para evitar el golpe en las rodillas que quiero propinarle—. Mama...
—¿Es que tiene que sacarte ella las castañas del fuego? —pregunto entre risas—. Vamos, Yemi. Si vas a perder, ¡hazlo con orgullo!
La rabia destella en la mirada de Yemi como si fuera una leonaria con cuernos de toro lista para embestir. Agarra con fuerza el palo, dispuesta para la venganza.
Ahora es cuando empieza el combate de verdad.
Las paredes de la ahéré de Mama Agba zumban mientras nuestros palos chocan una y otra vez. Devolvemos golpe por golpe mientras ambas buscamos el fallo de la otra, una oportunidad de atestar la estocada definitiva. Veo una posibilidad cuando...
—¡Aaaaah!
Doy un traspiés y me ovillo hacia delante, tambaleándome mientras las náuseas me suben por la garganta. Por un momento temo que me haya roto las costillas, pero el dolor en el abdomen acalla ese miedo.
—Alto...
—¡No! —interrumpo a Mama Agba con voz áspera. Obligo al aire a entrar en mis pulmones y me ayudo del palo para incorporarme—. Estoy bien.
No he terminado todavía.
—Zélie... —empieza a decir Mama Agba, pero Yemi no espera a que termine.
Se abalanza sobre mí ardiendo de furia y deja el palo a apenas un dedo de mi cabeza. Cuando se inclina hacia atrás para atacar, doy un brinco y me aparto de su alcance. Antes de que ella pueda girar, la rodeo y la azoto con el palo en el esternón.
—¡Ah! —gime Yemi.
Su rostro se contorsiona por el dolor y el sobresalto mientras se encoge y retrocede tambaleándose lejos de mí. Nadie la había golpeado en uno de los combates de Mama Agba. No sabe lo que se siente.
Sin darle tiempo a recuperarse, giro y le clavo el palo en el estómago. Estoy a punto de propinarle la ansiada estocada definitiva cuando las cortinas rojizas que cubren la entrada de la ahéré se abren de par en par.
Bisi cruza corriendo el umbral de la puerta, con la melena blanca flotando al viento. Su pequeño pecho agitado sube y baja sin parar mientras mira a los ojos a Mama Agba.
—¿Qué ocurre? —pregunta Mama.
A Bibi se le acumulan las lágrimas en los ojos.
—Lo siento —solloza—. Me quedé dormida, yo... No estaba...
—¡Suéltalo ya, niña!
—¡Vienen! —exclama por fin Bisi—. Están cerca, ¡casi han llegado!
Por un momento dejo de respirar. Creo que todas nos hemos quedado sin aliento. El miedo paraliza cada centímetro de nuestro ser.
Después se impone el deseo de sobrevivir.
—Rápido —sisea Mama Agba—. ¡Tenemos poco tiempo!
Tiro de Yemi para que se ponga de pie. Todavía le cuesta respirar, pero no hay tiempo de comprobar si está bien. Agarro su palo y me apresuro a recoger los demás.
La ahéré se ve inmersa en un caos borroso, mientras todas corren para ocultar la verdad. Metros y metros de tela brillante vuelan por el aire. Un ejército de maniquíes de junco emerge de la nada. Ocurren tantas cosas en el mismo momento que no hay modo de saber si vamos a ser capaces de esconderlo todo a tiempo. Lo único que puedo hacer es concentrarme en mi tarea: arrojar todos los palos debajo de la estera de la zona de combate, donde no puedan verlos.
En cuanto termino, Yemi me lanza una aguja de madera a las manos. Todavía no he llegado al lugar que tengo asignado cuando las sábanas que cubren la entrada de la ahéré se abren de nuevo.
—¡Zélie! —ladra Mama Agba.
Me quedo de piedra. Todas las miradas de la ahéré se vuelven hacia mí. Antes de que pueda hablar, Mama Agba me da un coscorrón; un latigazo con el que solo ella es capaz de hacer que las lágrimas me bajen por la espina dorsal.
—Ve a tu sitio —sisea—. Te hace falta practicar mucho.
—Mama Agba, yo...
Se me acelera el pulso cuando veo que se inclina hacia delante. Entonces comprendo la verdad que esconde el brillo de sus ojos.
«Una distracción...».
Una forma de ganar tiempo.
—Lo siento, Mama Agba. Perdonadme.
—Vuelve a tu sitio.
Me muerdo el labio para no sonreír e inclino la cabeza a modo de disculpa. Me agacho lo suficiente para poder estudiar a los guardias que acaban de entrar. Igual que casi todos los soldados de Orïsha, el más bajo de los dos tiene un color de piel similar al de Yemi: del mismo tono que el cuero curtido y enmarcado por un grueso pelo negro. Aunque solo somos un puñado de chicas, el soldado mantiene la mano en la empuñadura de la espada. La agarra cada vez con más fuerza, como si temiese que en cualquier momento una de nosotras pudiera golpearle.
El otro guardia, más alto, permanece erguido, solemne y serio; su piel es mucho más oscura que la de su compañero. Se queda cerca de la entrada, con los ojos fijos en el suelo. Tal vez tenga la decencia de sentir vergüenza, por lo que sea que se dispongan a hacer.
Ambos lucen el sello real del rey Saran, austero e impactante en sus pecheras de hierro. Basta con echar un vistazo al leopardario de nieve para que se me revuelva el estómago, un duro recordatorio del monarca que los envía.
Hago mucho teatro mientras me dirijo con cara enfurruñada al maniquí de junco que me corresponde, pero las piernas me tiemblan del alivio. Lo que antes parecía un club de lucha ahora tiene un aspecto de taller de costura bastante convincente. Los vistosos tejidos tribales adornan los maniquíes que hay delante de cada una de las chicas, prendas cortadas y sujetas con alfileres con los estampados característicos de Mama Agba. Damos puntadas en los bajos de los mismos dashikis que llevamos años cosiendo, movemos la aguja en silencio mientras esperamos a que los guardias se marchen.
Mama Agba se pasea entre las filas de muchachas para inspeccionar el trabajo de sus aprendices. A pesar de los nervios, sonrío al ver que hace esperar a los guardias, negándose a reconocer su inoportuna presencia.
—¿Puedo ayudaros en algo? —pregunta al fin.
—Hora de los impuestos —gruñe el guardia más oscuro de piel—. Paga de una vez.
El ánimo de Mama Agba cae en picado como el calor por la noche.
—Ya pagué los impuestos la semana pasada.
—Los impuestos de hoy no son por tu negocio. —La mirada del otro guardia recorre a todas las divîners con largas melenas blancas—. Las tasas de las larvas han subido. Y como tienes tantas, debes pagar más.
«Por supuesto». Agarro la tela del maniquí con tanta fuerza que me duelen los nudillos. Al rey no le basta con tener sometidos a los divîners. Tiene que hacer la vida imposible a todos los que deciden ayudarnos.
Tenso la mandíbula mientras intento olvidarme del guardia, olvidarme de cómo ha salido la palabra larvas de su boca, igual que un aguijón. No importa que nunca vayamos a convertirnos en los maji que estábamos destinados a ser. A sus ojos, seguimos siendo larvas.
Eso es lo único que serán capaces de ver en su vida.
Mama Agba aprieta los labios y su boca forma una línea fina y tensa. Es imposible que tenga el dinero que le piden.
—Ya subisteis la tasa de los divîners la luna pasada —se queja—. Y la luna anterior a esa.
El guardia de piel más clara da un paso al frente, se lleva la mano a la empuñadura, listo para atacar al menor signo de desafío.
—Quizá no deberías codearte con las larvas.
—Quizá deberíais dejar de robarnos.
Las palabras se me escapan antes de que pueda detenerlas. La sala contiene la respiración. Mama Agba se pone rígida, sus ojos oscuros me suplican que me calle.
—Los divîners no producimos más dinero. ¿De dónde esperáis que salgan esos nuevos impuestos? —pregunto—. No podéis pasaros el día subiendo los impuestos una y otra vez. Si no paráis de subirlos, ¡no podremos pagarlos!
El guardia camina hacia mí con una pose que hace que me arrepienta de no tener a mano el palo. Con un golpe certero podría tirarlo al suelo; y con el latigazo adecuado, podría romperle la garganta.
Es entonces cuando me fijo en que el guardia no empuña una espada cualquiera. La hoja negra reluce dentro de la funda, un metal más preciado que el oro.
«Majacita...».
Una aleación convertida en un arma y forjada antes del Asalto. Creada para debilitar nuestra magia y quemarnos la piel.
Igual que la cadena negra con la que rodearon el cuello de Mama.
Un maji poderoso podría combatir el efecto del arma, pero ese metal tan raro resulta debilitante para casi todos nosotros. Aunque yo no tengo ninguna magia que la piedra pueda anular, la proximidad de la hoja de majacita me provoca un cosquilleo en la piel a medida que el guardia me acorrala.
—Más te valdría mantener el pico cerrado, niña.
Y tiene razón. Más me valdría. Cerrar el pico, tragarme la rabia. Vivir para ver un día más.
Pero cuando lo tengo a un palmo de la cara, me cuesta horrores contenerme para no clavarle la aguja de costura en su reluciente ojo marrón. Quizá debería callarme.
O quizá él debería morir.
—Que te...
Mama Agba me aparta con tanta fuerza que caigo al suelo del empujón.
—Tomad —me interrumpe con un puñado de monedas en la mano—. Tomadlas y basta.
—Mama, no...
Se da la vuelta como el rayo y me mira con tal furia que me quedo petrificada. Cierro la boca y me pongo a gatas, me encojo bajo la tela estampada del maniquí.
Las monedas tintinean mientras el guardia cuenta las piezas de bronce que le ha colocado en la palma. Suelta un gruñido al terminar.
—No es suficiente.
—Tendrá que serlo —dice Mama Agba, con desesperación en la voz—. No hay más. Es todo lo que tengo.
El odio me hierve bajo la piel, noto un picor agudo y caliente. Esto no está bien. Mama Agba no debería tener que suplicar. Levanto la mirada para buscar la del guardia. Un error. Antes de que pueda volver la cara o enmascarar mi asco, el guardia me agarra por el pelo.
—¡Ah! —grito cuando el dolor me atraviesa el cráneo.
En un segundo, el guardia me tira al suelo de bruces y me quedo sin aire.
—Puede que no tengas más dinero. —El guardia me hinca la rodilla en la espalda—. Pero tienes larvas más que de sobra. —Me agarra del muslo con una mano áspera—. Empezaré por esta.
Me abrasa la piel y respiro con dificultad. Aprieto las manos para ocultar el temblor. Quiero gritar, romperle todos los huesos del cuerpo, pero a cada segundo que pasa, me marchito un poco más. Su tacto borra todo lo que soy, todo lo que he luchado tanto por conseguir ser.
En ese momento vuelvo a ser aquella niña pequeña, indefensa, mientras un soldado se lleva a mi madre a la fuerza.
—Ya basta. —Mama Agba empuja al guardia y tira de mí hacia su pecho, amenazadora como una leonaria con cuernos de toro que quisiera proteger a su cachorro—. Ya tenéis mis monedas, y eso es todo lo que os vais a llevar. Fuera de aquí. Ahora mismo.
La rabia del guardia hierve ante su audacia. Se dispone a desenvainar la espada, pero el otro guardia lo retiene.
—Vamos. Tenemos que cubrir toda la aldea antes del anochecer.
Aunque el guardia más moreno habla con tono despreocupado, se le tensa tanto la mandíbula que se le marca el músculo. Puede que en nuestros rostros vea a una madre o una hermana, un recordatorio de alguien a quien le gustaría proteger.
El otro soldado se queda quieto un instante, tan quieto que ignoro qué va a hacer a continuación. Al final, suelta la empuñadura de la espada y, en lugar de atacarnos, nos atraviesa con la mirada.
—Pues enseña a estas larvas a mantenerse a raya —advierte a Mama Agba—. O lo haré yo.
Su mirada se desplaza hacia mí; aunque me chorrea el cuerpo de sudor, por dentro estoy helada. El guardia repasa mi silueta de arriba abajo, una advertencia de lo que puede hacerme si quiere.
«Inténtalo», me entran ganas de gritarle, pero tengo la boca tan seca que no me salen las palabras. Nos quedamos plantadas de pie hasta que los guardias salen y los pisotones de sus botas con suela de metal se pierden en la distancia.
La templanza de Mama Agba desaparece entonces como una vela que el viento hubiera apagado. Se sujeta a un maniquí para no perder el equilibrio, la guerrera letal que conozco va menguando hasta convertirse en una vieja y frágil desconocida.
—Mama...
Me dispongo a ayudarla, pero me aparta dándome un golpe en la mano.
—Òd !
«Tonta», me recrimina en yoruba, la lengua de los maji prohibida después del Asalto. Hace tanto tiempo que no oigo nuestro idioma que tardo unos segundos en recordar incluso qué significa esa palabra.
—Por el amor de los dioses, ¿se puede saber qué te pasa?
Una vez más, todas las miradas de la ahéré están clavadas en mí. Incluso la pequeña Bisi me mira con curiosidad. Pero ¿cómo puede chillarme Mama Agba? ¿Por qué insinúa que es culpa mía cuando los ladrones son esos guardias tramposos?
—Solo intentaba protegeros, Mama Agba.
—¿Protegerme a mí? —replica Mama Agba—. Sabías que tus impertinencias no iban a cambiar nada, maldita sea. ¡Podrías haber hecho que nos mataran a todas!
Me tambaleo, aturdida por la dureza de sus palabras. Nunca había visto semejante decepción en sus ojos.
—Si no puedo luchar contra ellos, ¿para qué estamos aquí? —Se me quiebra la voz, pero me trago las lágrimas—. ¿Qué sentido tiene entrenar si no podemos protegernos? ¿Por qué hacemos esto si no podemos protegeros a vos?
—Por el amor de los dioses, ¡piensa, Zélie! ¡Piensa en algo más que en ti misma! ¿Quién iba a proteger a tu padre si atacaras a esos hombres? ¿Quién mantendría a salvo a Tzain cuando los guardias fueran a tu casa con sed de sangre?
Abro la boca para responder, pero no puedo decir nada en mi defensa. Tiene razón. Aunque consiguiera tumbar a unos cuantos guardias, nunca podría eliminar a todo el ejército. Tarde o temprano, me encontrarían.
Tarde o temprano destrozarían a las personas que amo.
—¿Mama Agba? —pregunta Bisi con su vocecilla aguda, temerosa como un ratón. Se cuelga de los pantalones drapeados de Yemi mientras las lágrimas se le acumulan en los ojos—. ¿Por qué nos odian?
Una fatiga nueva aparece en la expresión de Mama. Abre los brazos hacia Bisi.
—No os odian, niña mía. Odian lo que estabais destinadas a ser.
Bisi se entierra dentro de la tela del kaftán de Mama, que amortigua los sollozos. Mientras llora, Mama Agba repasa la sala y ve todas las lágrimas que el resto de chicas trata de contener.
—Zélie ha preguntado para qué estamos aquí. Es una pregunta válida. A menudo hablamos de cómo debéis combatir, pero nunca hablamos de por qué. —Mama aparta con cariño a Bisi y hace un gesto hacia Yemi para que le acerque un taburete—. Chicas, tenéis que recordar que el mundo no siempre ha sido así. Hubo un tiempo en el que todos estaban del mismo bando.
Mientras Mama Agba se acomoda en el asiento, las chicas se reúnen a su alrededor, ansiosas por escuchar sus palabras. Día tras día, las lecciones de Mama terminan con un relato o una fábula, una enseñanza de otra época. En otras circunstancias, me apresuraría a abrirme paso para sentarme en primera fila y saborear cada una de sus palabras. Hoy me quedo al margen, demasiado avergonzada para acercarme a ella.
Mama Agba se frota las manos de manera lenta y metódica. A pesar de todo lo que ha ocurrido, una fina sonrisa se adivina en sus labios, una sonrisa que solo un relato puede provocar. Incapaz de resistirme, doy un paso adelante y me cuelo por entre unas cuantas chicas. Esta es nuestra historia. Sí, nuestra Historia con mayúsculas.
Una verdad que el rey intentó enterrar junto con nuestros muertos.
—Al principio de los tiempos, Orïsha era una tierra en la que prosperaban los maji, especiales y sagrados. Cada uno de los diez clanes había sido dotado por los dioses celestiales y había recibido un poder diferente sobre la tierra, un don. Había maji que podían controlar el agua, otros que gobernaban el fuego. Había maji con el poder de leer la mente ¡e incluso maji que podían atisbar a través del tiempo!
Aunque todas hemos escuchado esa historia en un momento u otro —de boca de Mama Agba, de unos padres que ya no tenemos—, volver a escucharla no hace que desaparezca la maravilla de esas palabras. Se nos iluminan los ojos mientras Mama Agba describe a los maji que tenían el don de sanar y la capacidad de causar enfermedades. Nos encogemos cuando nos habla de los maji que domesticaban a las bestias salvajes del país, los maji que emanaban luz y oscuridad de la palma de la mano.
—Todos los maji nacían con el pelo blanco, señal de que habían sido tocados por los dioses. Utilizaban sus dones para cuidar de la gente de Orïsha y eran venerados por todo el territorio. Pero no todo el mundo había recibido poderes de los dioses. —Mama Agba mueve la mano de lado a lado de la estancia—. Debido a eso, cada vez que nacía un nuevo maji, provincias enteras se regocijaban y lo celebraban en cuanto veían el primer indicio de sus mechones blancos. Los niños elegidos no eran capaces de hacer magia antes de los trece años, así que hasta que se manifestaban sus poderes, recibían el nombre de ibawi, «los divinos».
Bisi levanta la barbilla y sonríe al recordar el origen de nuestro título de divîners. Mama Agba alarga la mano hacia la niña y le acaricia un mechón de pelo blanco, un indicador que todas hemos aprendido a ocultar.
—Los maji se propagaron por toda Orïsha y se convirtieron en los primeros reyes y reinas. En esa época todo el mundo vivía en paz, pero dicha paz no duró. Quienes estaban en el poder empezaron a abusar de su magia y, como castigo, los dioses les arrebataron sus dones. Cuando la magia se secó de su sangre, como señal de su pecado también desapareció su pelo blanco. Con el paso de las generaciones, el amor hacia los maji se transformó en miedo. Y el miedo se transformó en odio. El odio se transformó en violencia, en el deseo de eliminar a los maji de la faz de la tierra.
La habitación se oscurece con el eco de las palabras de Mama Agba. Todas sabemos lo que sigue a continuación; la noche de la que nunca hablamos, la noche que nunca podremos olvidar.
—Hasta esa noche, los maji fueron capaces de sobrevivir porque utilizaron sus poderes para defenderse. Pero hace once años, la magia desapareció. Solo los dioses saben por qué. —Mama Agba cierra los ojos y suelta un profundo suspiro—. Un día la magia respiraba. Al día siguiente, murió.
«¿Solo los dioses saben por qué?».
Por respeto a Mama Agba, me como las palabras. Habla del mismo modo que hablan todos los adultos que vivieron el Asalto. Resignados, como si los dioses se hubieran llevado la magia para castigarnos, o como si hubieran cambiado de opinión en un arrebato.
En el fondo de mi ser, conozco la verdad. La adiviné en cuanto vi encadenados a los maji de Ibadan. Los dioses murieron con nuestra magia.
Nunca regresarán.
—En aquel día aciago, el rey Saran no vaciló —continúa Mama Agba—. Se aprovechó del momento de debilidad de los maji para atacar.
Cierro los ojos para contener las lágrimas. La cadena con la que apretaron el cuello de Mama. La sangre que goteaba en el suelo.
Los recuerdos silenciosos de aquella noche llenan la cabaña de juncos e inundan el aire de dolor y pena.
Todas nosotras perdimos a los miembros maji de nuestras familias aquella noche.
Mama Agba suspira y se pone de pie, aúna la fuerza que todas sabemos que posee. Mira una por una a todas las muchachas como si fuese un general que pasa revista a sus tropas.
—Enseño a utilizar el palo a todas las chicas que quieran aprenderlo, porque en este mundo en el que vivimos siempre habrá hombres que quieran haceros daño. Pero empecé estos entrenamientos para los divîners, para todos los hijos de los maji caídos. Aunque haya desaparecido vuestra capacidad para convertiros en maji, el odio y la violencia contra vosotros permanece. Por eso estamos aquí. Por eso entrenamos.
Con vigor, Mama sacude su sólido palo y golpea el suelo con él.
—Vuestros contrincantes llevan espadas. ¿Por qué os ilustro en el arte del palo?
Nuestras voces pronuncian como un eco el mantra que Mama Agba nos ha hecho repetir una y otra vez.
—Evita en lugar de herir, hiere en lugar de lisiar, lisia en lugar de matar... El palo no destruye.
—Os enseño a ser guerreras en el jardín para que nunca tengáis que ser jardineras en la guerra. Os doy la fortaleza de la lucha, pero todas debéis aprender la fortaleza de la contención. —Mama se dirige a mí. Echa los hombros hacia atrás—. Debéis proteger a aquellos que no pueden defenderse por sí mismos. Esa es la filosofía del palo.
Las demás chicas asienten, pero yo no puedo hacer nada salvo mirar al suelo. Una vez más, lo he mandado todo al traste. Una vez más, he decepcionado a los demás.
—Muy bien —dice Mama Agba, y suspira—. Suficiente por hoy. Recoged vuestras cosas. Mañana lo retomaremos donde lo hemos dejado esta mañana.
Las chicas salen a toda prisa de la cabaña, agradecidas de poder escapar. Intento hacer lo mismo, pero la mano arrugada de Mama Agba me agarra por el hombro.
—Mama...
—Silencio —me ordena.
Las últimas chicas en salir me miran con compasión. Se frotan el trasero, probablemente calculando cuántos latigazos recibirá el mío.
«Veinte por desobedecer durante la práctica... Cincuenta por hablar cuando no tocaba... Cien por provocar que casi nos maten...».
No. Cien latigazos por eso sería poco.
Ahogo un suspiro y me encojo, intentando prepararme para el escozor. «Será rápido», me animo. «Antes de que me dé cuenta habrá...».
—Siéntate, Zélie.
Mama Agba me ofrece una taza de té y se sirve otra para ella. El aroma dulce se me mete en la nariz y el calor de la taza me templa las manos.
Enarco las cejas.
—¿Le habéis puesto veneno?
Mama Agba mueve un ápice las comisuras de los labios, pero oculta la diversión tras una cara seria. Yo oculto la cara dando un sorbo de té y saboreo el toque de miel en la lengua. Le doy vueltas a la taza en las manos y repaso con los dedos las bolitas plateadas que lleva incrustadas en el borde. Mama tenía una taza igual que esta: las bolitas de mi madre eran de color lavanda, decoradas en honor de Oya, la Diosa de la Vida y la Muerte.
Por un instante, el recuerdo me distrae de la decepción de Mama Agba, pero en cuanto desaparece el sabor del té, el regusto amargo de la culpa vuelve a acecharme. Ella no tendría que pasar por esto. No por culpa de una divîner como yo.
—Lo siento. —Sigo tocando las bolitas de la taza para evitar levantar la mirada—. Sé que... sé que no os pongo las cosas fáciles.
Igual que Yemi, Mama Agba es una kosidán, una orïshana que no tiene el potencial de hacer magia. Antes del Asalto, creíamos que los dioses eran los que elegían quién nacía siendo divîner y quién no, pero ahora que la magia ha desaparecido, no comprendo qué importancia puede tener la distinción.
Desprovista del pelo blanco de los divîners, Mama Agba podría mezclarse con otros orïshanos y evitar la tortura de los guardias. Si no se relacionase con nosotras, los guardias no la molestarían en absoluto. Parte de mí desea que nos abandone, que se ahorre el dolor. Con sus buenas dotes de modista, probablemente podría convertirse en comerciante, ganarse la vida y tener la bolsa llena de monedas en lugar de ver cómo se las arrebatan todas.
—Cada vez te pareces más a ella, ¿lo sabías? —Mama Agba da un sorbo al té y sonríe—. El parecido es escalofriante cuando chillas. Has heredado su rabia.
Me quedo boquiabierta; a Mama Agba no le gusta hablar de las personas a las que hemos perdido.
A pocos nos gusta.
Oculto mi sorpresa con otro sorbo de té y asiento.
—Sí, lo sé.
No recuerdo cuándo ocurrió, pero el cambio en Baba fue innegable. Dejó de mirarme a los ojos, incapaz de observarme sin ver el rostro de su mujer asesinada.
—Estupendo. —La sonrisa de Mama Agba se transforma en una mueca de preocupación—. Eras muy pequeña cuando ocurrió el Asalto. Temía que te hubieras olvidado.
—No podría olvidarme aunque quisiera.
No, cuando Mama tenía una cara radiante como el sol.
Es esa cara la que intento recordar.
No el cadáver que goteaba sangre por la garganta.
—Sé que luchas por ella. —Mama Agba pasa la mano por mi pelo blanco—. Pero el rey es despiadado, Zélie. Estaría dispuesto a masacrar todo el reino antes que tolerar que un divîner le llevase la contraria. Cuando tu contrincante no tiene honor, debes luchar de otras formas, con más astucia.
—¿Y alguna de esas formas implica aplastarles el cráneo con el palo a esos malnacidos?
Mama Agba chasquea la lengua y entrecierra los ojos color caoba, en los que aparecen unas arrugas.
—Prométeme que tendrás cuidado. Prométeme que elegirás el momento idóneo para luchar.
Agarro las manos de Mama Agba e inclino la cabeza. Hago una marcada reverencia en señal de respeto.
—Os lo prometo, Mama. No volveré a decepcionaros.
—Bien, porque tengo algo y no quiero arrepentirme de mostrártelo.
Mama Agba mete la mano dentro del kaftán y saca un delgado tubo negro. Lo sacude con firmeza. Doy un respingo al ver que el tubito se extiende y se convierte en un reluciente palo de metal.
—¡Por todos los dioses! —exclamo mientras trato de contenerme para no arrebatarle esa obra maestra.
Unos símbolos antiguos cubren cada centímetro de la superficie de metal negro, y cada uno de esos grabados remite a alguna de las lecciones que nos ha enseñado Mama Agba. Igual que una abeja que va hacia la miel, lo primero que ven mis ojos es la akofena, las puntiagudas hojas cruzadas, las espadas de la guerra. «El coraje no siempre ruge», nos dijo aquel día. «El valor no siempre brilla». Mis ojos se posan luego en el akoma que hay junto a las espadas, el corazón de la paciencia y la tolerancia. Aquel día... estoy casi segura de que aquel día me gané unos azotes.
Cada uno de los símbolos me remite a una lección u otra, a un relato, a un sabio consejo. Miro a Mama, a la expectativa. ¿Es un regalo o piensa utilizarlo para pegarme?
—Toma. —Coloca el suave metal sobre mi mano. De inmediato noto su poder. Recubierto de contundente acero... Fabricado para romper cráneos.
—¿Habláis en serio?
Mama Agba asiente.
—Hoy has combatido como una guerrera. Te mereces graduarte.
Me levanto para hacer girar el palo y me maravillo al notar lo fuerte que es. El metal corta el aire como un cuchillo, más letal que cualquier palo de roble que he tallado en mi vida.
—¿Te acuerdas de lo que te dije cuando empezamos a entrenar?
Asiento e imito la voz cansada de Mama Agba.
—«Si vas a buscar pelea contra los guardias, será mejor que aprendas a ganar».
Aunque me da un coscorrón en la cabeza, su alegre risa se hace eco por las paredes de junco. Le devuelvo el palo y lo empuja contra el suelo haciendo presión; el arma vuelve a plegarse y se transforma de nuevo en un tubo corto de metal.
—Ahora ya sabes ganar —me dice—. Solo hace falta que te asegures de saber cuándo tienes que pelear.
El orgullo, el honor y el dolor revolotean en mi pecho cuando Mama Agba vuelve a colocar el palo en la palma de mi mano. Como no me fío de lo que pueda decir, me limito a abrazarla con fuerza por la cintura e inhalo ese olor tan familiar a tela recién lavada y té dulce.
Aunque al principio Mama Agba se pone tensa, me aprieta contra su cuerpo hasta que hace desaparecer el miedo con su abrazo. Luego se aparta para decirme algo más, pero se detiene al ver que las cortinas de la ahéré se abren de nuevo.
Agarro el tubo metálico, preparada para desplegarlo, hasta que reconozco a mi hermano mayor, Tzain, de pie en el vano de la puerta. La cabaña de juncos se encoge de inmediato ante su imponente presencia, todo músculo y tensión. Los tendones se le marcan bajo la piel oscura. El sudor cae a chorro de su pelo negro y le empapa la frente. Me mira a los ojos y noto una presión inmensa que me atenaza el corazón.
—Es Baba.

Las últimas palabras que querría oír.
«Es Baba» significa que se acabó.
«Es Baba» significa que está herido, o peor...
«No». Detengo mis pensamientos mientras corremos por entre los puestos de madera del barrio de mercaderes. «Baba está bien», me prometo. «Pase lo que pase, vivirá».
Ilorin se levanta con el sol, que devuelve la vida a nuestra aldea costera. Las olas chocan contra los postes de madera que mantienen a flote nuestro asentamiento y nos salpican los pies de espuma. Igual que una araña atrapada en la telaraña del mar, nuestra aldea se alza sobre ocho patas de madera unidas en el centro. Es a ese centro al que nos dirigimos ahora. Ese centro nos acerca a Baba.
—¡Mira por dónde vas! —me grita una mujer kosidán cuando la adelanto a toda velocidad y casi tiro la cesta de plátanos que lleva en la cabeza, sobre el pelo negro.
Quizá si la mujer fuese consciente de que mi mundo se está desmoronando, sería más comprensiva y me perdonaría.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunto entre jadeos.
—No lo sé —suelta Tzain—. Ndulu se presentó en la práctica de agbön. Me dijo que Baba estaba en apuros. Me dirigía a casa, pero Yemi me contó que tuviste un problema con los guardias o algo así...
«Oh, por los dioses, ¿y si es uno de los hombres que entraron en la cabaña de Mama Agba?». El miedo se cuela en mi conciencia mientras zigzagueamos entre las vendedoras y los artesanos que abarrotan las pasarelas de madera. El guardia que me atacó podría haber ido a buscar a Baba. Y pronto irá a buscar a...
—¡Zélie! —grita Tzain con ese tono irritado que indica que no es la primera vez que trata de llamar mi atención—. ¿Por qué lo dejaste solo? ¡Te tocaba a ti quedarte!
—¡Hoy era el combate de graduación! Si me lo perdía...
—¡Maldita sea, Zél! —el rugido de Tzain hace que algunos aldeanos se vuelvan a mirarnos—. ¿Hablas en serio? ¿Dejaste solo a Baba por un estúpido palo?
—No es solo un palo, es un arma —me defiendo—. Y no lo abandoné. Baba seguía durmiendo. Necesitaba descansar. Y me he quedado todos los días de esta semana...
—¡Porque yo me quedé todos los días de la semana pasada!
Tzain salta por encima de un niño que gatea. Los músculos se le marcan cuando aterriza en el suelo. Una chica kosidán sonríe cuando mi hermano pasa por delante, con la esperanza de que un flirteo pueda detener sus apresuradas zancadas. Incluso ahora, las aldeanas gravitan alrededor de Tzain como si fuesen imanes que buscasen el camino a casa. A mí no me hace falta dar codazos para abrirme paso: en cuanto ven mi pelo blanco, la gente me evita como si fuese una plaga contagiosa.
—Solo faltan dos lunas para los Juegos de Orïshan —continúa Tzain—. ¿Sabes lo que significaría para nosotros si ganara las monedas del premio? Cuando yo practico, tú tienes que quedarte con Baba, ¿de acuerdo? ¿Qué parte de esa frase te cuesta entender? Maldita sea.
Tzain se para en seco ante el mercado flotante del centro de Ilorin. Rodeado por una pasarela rectangular, el retazo de mar abierto es un hervidero de aldeanos que regatean en sus redondos barcos de coco. Normalmente, antes de que empiecen las compras diarias, podemos correr por el puente nocturno hasta nuestra casa en el sector de los pescadores. Pero hoy el mercado ha abierto antes de tiempo y no hay ni rastro del puente. Tendremos que ir por el camino largo.
Tzain, un atleta nato, se pone en marcha de nuevo y hace un esprín por la pasarela que rodea el mercado para llegar cuanto antes junto a Baba. Empiezo a seguirlo, pero me detengo cuando veo los barcos de coco.
Los mercaderes y los pescadores hacen trueques e intercambian frutas frescas por las mejores piezas que se han pescado hoy. En épocas de bonanza, el comercio es benévolo: todo el mundo acepta un poco menos a cambio de dar un poco más a los demás. Pero hoy todos los aldeanos regatean con ferocidad y exigen bronce y plata en lugar de promesas y pescado.
«Los impuestos...».
La despreciable cara del guardia me llena la mente mientras el fantasma de sus garras me quema en el muslo. El recuerdo de su odiosa mirada me da impulso. Salto sobre el primer barco.
—¡Zélie, ten cuidado! —grita Kana mientras protege su preciada fruta como si fuese su hijo.
La jardinera de nuestra aldea se recoloca el pañuelo de la cabeza y frunce el entrecejo cuando salto sobre una barcaza de madera rebosante de peces luna azules.
—¡Lo siento!
Pido disculpas a gritos sin parar mientras salto de barco en barco como una ranaria de nariz roja. En cuanto aterrizo en la plataforma del sector de pescadores, echo a correr, deleitándome en la sensación de los pies al rebotar contra las planchas de madera. Aunque ahora Tzain me va a la zaga, yo continúo a toda velocidad. Tengo que ser la primera en encontrar a Baba. Si la cosa pinta mal, Tzain necesitará que lo mentalice primero.
«Si Baba ha muerto...».
Ese pensamiento da impulso a mis piernas. No puede estar muerto. Ya hace un rato que amaneció; tenemos que cargar el barco y salir a faenar. Cuando consigamos echar las redes, la mejor pesca del día ya se habrá terminado. ¿Y quién me regañará si Baba no está?
Lo visualizo tal como lo dejé al marcharme, dormitando en el vacío de nuestra ahéré. Incluso dormido, se le notaba fatigado, como si ni el más profundo de los sueños fuera capaz de proporcionarle descanso. Confiaba en que no se despertase hasta que yo hubiera vuelto del entreno, pero tendría que habérmelo imaginado. Cuando está en reposo, tiene que lidiar con el dolor, los reproches...
Y conmigo.
Sí, conmigo y mis estúpidos errores.
Me paro en seco al ver una muchedumbre reunida a la puerta de nuestra ahéré. La acumulación de personas me impide ver el océano, señalan y gritan hacia algo que no logro ver. Antes de que me dé tiempo de abrirme paso, Tzain se adentra a codazos en la multitud. Cuando el camino se despeja, se me para el corazón.
Casi medio kilómetro mar adentro hay un hombre que sacude sus oscuras manos presa de la desesperación. Unas olas bravas rompen contra la cabeza del pobre hombre y lo hunden cada vez más con cada envite. El hombre pide socorro a gritos, su voz suena débil y entrecortada. Aun así, es una voz que reconocería en cualquier lugar.
La voz de mi padre.
Dos pescadores reman frenéticos hacia él, dando impulso como pueden a sus barcos de coco. Pero la fuerza de las olas los empuja hacia atrás. Nunca lograrán salvar al hombre a tiempo.
—No... —me lamento horrorizada cuando la corriente empuja a Baba hacia el fondo del mar.
Aunque espero que vuelva a aparecer, nada se abre camino entre las olas vengativas. Hemos llegado tarde.
Baba ha muerto.
La realidad me golpea como un mazazo en el pecho. En la cabeza. En el corazón.
En un instante, el aire se desvanece de mi mundo y me olvido de respirar.
Sin embargo, mientras yo me esfuerzo por mantenerme en pie, Tzain pasa a la acción. Grito al ver que se zambulle en el agua y atraviesa las olas con la potencia de un tiburón de dos aletas.
Tzain nada con un frenesí que no había visto en mi vida. En cuestión de segundos rebasa los barcos. Y unos instantes más tarde llega a la zona en la que se ha hundido Baba y se sumerge.
—Vamos.
El pecho se me tensa tanto que juro que oigo el crujido de mis costillas. Pero cuando Tzain reemerge, tiene las manos vacías. Ni rastro de un cuerpo.
Ni rastro de Baba.
Entre jadeos, Tzain se zambulle de nuevo y esta vez patea el agua con más fuerza. Los segundos sin él se prolongan una eternidad. «Por todos los dioses, por favor...».
Podría perderlos a los dos.
—Vamos —susurro de nuevo mientras miro fijamente las olas en las que han desaparecido Tzain y Baba—. ¡Volved!
No es la primera vez que suplico eso.
De pequeña, una vez presencié cómo Baba rescataba a Tzain de las profundidades de un lago y lo liberaba de las algas que lo habían atrapado bajo el agua. Intentó devolver el aire a su frágil pecho infantil, pero cuando Baba se dio por vencido porque no conseguía que Tzain volviese a respirar, fue Mama y su magia quien lo salvó. Lo arriesgó todo al violar la ley maji de invocar los poderes prohibidos que corrían por su sangre. Tejió el encantamiento sobre Tzain como si fuese un hilo y tiró de él para devolverlo a la vida con la magia de los muertos.
Todos los días deseo que Mama estuviera viva, pero nunca lo había deseado tanto como en este momento. Ojalá la magia que corría por su cuerpo corriese también por el mío.
Ojalá pudiese mantener a Tzain y Baba con vida.
—Por favor.
A pesar de todas mis creencias, cierro los ojos y rezo, igual que hice aquel día. Si queda un único dios ahí arriba, necesito que me escuche en este instante.
—¡Por favor! —Las lágrimas brotan por entre mis pestañas. La esperanza se marchita en mi pecho—. Deja que vuelvan. Por favor, Oya, no te los lleves también...
—¡Aaaaah!
Abro los ojos de golpe cuando Tzain emerge repentinamente del océano, con un brazo alrededor del pecho de Baba. Parece que por lo menos un litro de agua escapa por la garganta de Baba cuando tose, pero está aquí.
Está vivo.
Caigo de rodillas, a punto de desplomarme en la plataforma de madera.
«Por todos los dioses...».
Ni siquiera es mediodía, y ya he puesto en peligro dos vidas hoy.
Seis minutos.
Ese es el tiempo que Baba ha estado ahogándose en el mar.
El tiempo que ha tenido que luchar contra la corriente, el tiempo que sus pulmones han estado faltos de aire.
Una vez que estamos sentados en el silencio de la ahéré vacía, no puedo quitarme ese número de la cabeza. Por cómo tiembla Baba, juraría que esos seis minutos le han robado diez años de vida.
«No debería haber pasado esto». Es demasiado temprano para haber echado a perder el día entero. Yo debería estar fuera, limpiando la pesca de hoy con Baba. Tzain debería estar volviendo de su práctica de agbön, dispuesto a ayudarnos.
En lugar de eso, Tzain observa a Baba, con los brazos cruzados, demasiado enfurecido conmigo para mirarme siquiera de reojo. Ahora mismo mi única amiga es Nailah, la fiel leonaria que he criado desde que era un cachorro herido. Ya no es una cría, desde luego, mi montura se alza como una torre ante mí, y le llega al cuello a Tzain cuando está a cuatro patas. Dos cuernos puntiagudos emergen por detrás de sus orejas, tan cerca de las paredes de junco de nuestra cabaña que amenazan con perforarlas. Levanto el brazo y, de forma instintiva, Nailah agacha su gigantesca cabeza, con cuidado de no hacerme daño con los colmillos curvados que le asoman por encima de la mandíbula. Ronronea cuando le acaricio el hocico. Por lo menos hay alguien que no está enfadado conmigo.
—¿Qué ha pasado, Baba?
La voz ronca de Tzain corta el silencio. Esperamos la respuesta, pero la expresión de Baba continúa en blanco. Dirige la vista al suelo con la mirada tan perdida que me duele el corazón.
—¿Baba? —Tzain se agacha para mirarlo a los ojos—. ¿Recuerdas qué ha pasado?
Baba se arropa aún más con la manta.
—Tenía que pescar.
—¡Pero se supone que no puedes salir solo! —exclamo.
Baba se retuerce de dolor y Tzain me mira con severidad, obligándome a suavizar el tono.
—Cada vez tienes más lagunas, Baba —vuelvo a intentarlo—. ¿Por qué no podías esperar a que yo volviera a casa?
—No tenía tiempo. —Baba sacude la cabeza—. Vinieron los guardias. Dijeron que tenía que pagar.
—¿Qué? —Las cejas de Tzain se juntan tanto que parecen fundirse—. ¿Por qué? Ya les pagué la semana pasada.
—Es un impuesto para los divîners. —Me aferro a la tela drapeada de mis pantalones, todavía contaminada por las zarpas del guardia—. También se presentaron en la cabaña de Mama Agba. Seguro que han entrado en las casas de todos los divîners de Ilorin.
Tzain aprieta los puños contra su frente, como si pudiera atravesarse el cráneo de un puñetazo. Quiere creer que si jugamos según las reglas de la monarquía estaremos a salvo, pero nada puede protegernos cuando esas reglas están enraizadas en el odio.
Resurge mi anterior sentimiento de culpa y me ronda hasta que se me hunde en el pecho. Si yo no fuera una divîner, ellos no sufrirían. Si Mama no hubiese sido una maji, aún continuaría viva.
Me estrujo el pelo con los dedos y, sin querer, me arranco algún mechón. Una parte de mí se ha planteado cortárselo al cero, pero, aunque me deshiciera de esta cabellera blanca, la herencia maji que tengo sería la maldición de mi familia de todos modos. Somos la clase de personas que llenan las celdas del rey, las personas que nuestro reino convierte en trabajadores forzosos. Las personas a quienes no quieren parecerse los orïshanos, las personas cuyo linaje se proscribe como si el pelo blanco y la magia de los muertos fuesen una lacra social.
Mama solía decir que, al principio de los tiempos, el pelo blanco era señal de los poderes de los cielos y de la tierra. Contenía la belleza, la virtud y el amor, significaba que contábamos con la bendición de los dioses celestiales. Pero cuando todo cambió, la magia se convirtió en algo abominable. Nuestra herencia se transformó en algo odioso.
Es una crueldad que he tenido que aceptar, pero cada vez que veo el dolor que infligen a Tzain o Baba, algo me desgarra por dentro hasta límites insospechados. Baba continúa expulsando agua salada al toser y no podemos dejar de plantearnos cómo vamos a salir a flote.
—¿Y si les ofrecemos el pez vela? —pregunta Tzain—. Podemos pagarles con eso.
Camino hasta el fondo de la cabaña y abro nuestra pequeña nevera metálica. En una tina de agua marina casi congelada está el pez vela de cola roja que con tanto esfuerzo logramos pescar ayer; sus escamas relucientes auguran un sabor delicioso. Es una rareza en el mar de Warri, y demasiado valioso para que nos lo comamos nosotros. Pero si los guardias quisieran aceptarlo...
—Se negaron a que les pagara con pescado —refunfuña Baba—. Hacía falta bronce. Plata. —Se masajea las sienes como si así pudiera hacer desaparecer el mundo entero—. Me dijeron que fuese a buscar monedas o le pondrían los grilletes a Zélie.
Se me congela la sangre. Me doy la vuelta de inmediato, incapaz de ocultar mi terror. Dirigidos por el ejército del rey, los condenados a llevar grilletes son quienes realizan los trabajos forzados por todo el reino de Orïsha. Cada vez que alguien no puede afrontar el pago de los impuestos, lo obligan a pagar con su sudor la deuda con nuestro rey. Los presos con grilletes tienen que trabajar de sol a sol, erigen palacios, construyen carreteras, sacan carbón de las minas y hacen cualquier otra cosa que pueda imaginarse.
En otros tiempos, ese sistema funcionaba con sensatez en Orïsha, pero desde el Asalto se ha convertido en poco menos que una sentencia de muerte aprobada por el estado. Una excusa para anular a mi gente, como si la monarquía necesitase excusas... Ahora que todos los divîners nos hemos quedado huérfanos por culpa del Asalto, no podemos permitirnos pagar los altísimos impuestos que fija el monarca. De hecho, somos los verdaderos objetivos de cada subida de impuestos.
«Maldita sea». Lucho por que mi terror no salga a la superficie. Si me obligan a llevar grilletes, nunca volveré a ser libre. Nadie de los que entran a hacer trabajos forzados logra salir. Se supone que esos trabajos deberían durar solo hasta que se saldase la deuda original, pero como los impuestos no dejan de aumentar, la deuda también lo hace. Muertos de hambre, azotados o algo peor, los divîners son transportados igual que el ganado. Obligados a trabajar hasta que se les rompe el cuerpo.
Meto las manos en el agua marina fría para calmar los nervios. No puedo permitir que Baba y Tzain descubran lo aterrorizada que estoy. Solo serviría para empeorar las cosas para todos nosotros. Pero cuando empiezan a temblarme los dedos, ya no sé si es del frío o del terror. ¿Cómo puede estar ocurriendo esto? ¿Cuándo se torcieron tanto las cosas?
—No —susurro casi como si hablase sola.
La pregunta no es esa.
No debería preguntarme cuándo se torcieron las cosas. Debería preguntarme por qué he llegado a pensar alguna vez que se enderezarían en el futuro.
Miro la solitaria cala negra trepadora que se ha enredado en la mosquitera de la ventana de nuestra cabaña, el único vínculo vivo que me queda de Mama. Cuando vivíamos en Ibadan, Mama solía colocar calas en la ventana de nuestra antigua casa para honrar a su madre, un tributo que los maji rinden a sus muertos.
Normalmente, cuando contemplo la flor, recuerdo la amplia sonrisa que se dibujaba en los labios de Mama cada vez que inhalaba el aroma a canela. Pero lo único que veo hoy en sus hojas marchitas es la cadena de majacita negra que ocupó el lugar del amuleto de oro que siempre llevaba en el cuello.
Aun cuando ese recuerdo tiene ya once años, se me presenta con más claridad que la visión de lo que tengo delante.
«Esa fue la noche en que se torcieron las cosas». La noche en que el rey Saran ahorcó a mi gente para escarnio público y declaró la guerra contra los maji de hoy y de mañana. La noche en que murió la magia.
La noche en que lo perdimos todo.
Baba se estremece y corro a su lado, le coloco una mano en la espalda para ayudarlo a incorporarse. En sus ojos no veo rabia, solo derrota. Al verlo aferrado a la manta gastada, me encantaría advertir al guerrero que conocí cuando era pequeña. Antes del Asalto, era capaz de vencer a tres hombres armado solo con un cuchillo de escamar pescado. Pero después de la paliza que le dieron aquel día, tardó cinco lunas en poder volver a hablar siquiera.
Esa noche lo hicieron trizas, le rompieron el corazón y le machacaron el alma. Tal vez se hubiese recuperado si, al recobrar el conocimiento, no se hubiera encontrado con el cadáver de Mama apresado con cadenas negras. Pero así fue.
Desde entonces no ha vuelto a ser el mismo.
—Bueno —Tzain suspira, siempre intenta ver el lado bueno de las cosas—. Pues vamos a buscar la barca. Si nos marchamos ahora...
—No funcionará —le interrumpo—. Ya has visto el mercado. Todo el mundo está arañando lo poco que tiene para poder pagar los impuestos. Aunque consiguiéramos llevar nuestro pescado, a estas alturas las pocas monedas que le quedan a la gente habrán volado ya.
—Y no tenemos barca —murmura Baba—. La he perdido esta mañana.
—¿Qué?
No me había fijado en que la barca no estaba fuera. Miro a Tzain, preparada para escuchar su nuevo plan, pero se derrumba en el suelo de juncos.
«Estoy acabada...». Me apoyo en la pared y cierro los ojos.
Ni barco, ni monedas.
Ni forma de evitar los grilletes.
Un silencio pesado se apodera de la ahéré y sella mi sentencia. «Tal vez me asignen al palacio».
Servir a unos nobles malcriados sería preferible a toser echando polvo de carbón por la boca en las minas de Calabrar o acabar en los otros canales perversos que los carceleros pueden tener reservados para los divîners presos. Por lo que he oído, los burdeles subterráneos no se acercan siquiera a las peores cosas que los carceleros podrían obligarme a realizar.
Tzain se remueve en el rincón. Lo conozco. Va a ofrecerse a ocupar mi lugar. Pero, mientras me preparo para protestar, el pensamiento del palacio real me da una idea mejor.
—¿Y si vamos a Lagos? —pregunto.
—Huir no servirá de nada.
—No me refiero a huir. —Niego con la cabeza—. Ese mercado está plagado de nobles. Puedo vender allí el pez vela.
Antes de que alguno de los dos pueda poner pegas a mi idea brillante, cojo papel de estraza y corro a por el pez vela.
—Volveré con el dinero necesario para los impuestos de tres lunas. Y con monedas para un barco nuevo.
Así Tzain podrá concentrarse en sus partidos de agbön. Baba podrá descansar un poco por fin. «¡Y yo seré útil!». Sonrío para mis adentros. Por fin podré hacer algo bien.
—No puedes ir tú —la voz cansada de Baba interrumpe mis pensamientos—. Es demasiado peligroso para una divîner.
—¿Más peligroso que acabar con grilletes? —pregunto—. Porque, si no hago esto, así es como acabaré.
—Ya voy yo a Lagos —interviene Tzain.
—No, tú no vas. —Meto en la mochila de cuero el pez vela envuelto en el papel de estraza—. Si casi no sabes regatear. Echarías a perder la venta.
—Puede que consiga menos monedas, pero sé protegerme.
—Y yo también.
Blando el palo que me dio Mama Agba antes de meterlo también en la bolsa.
—Baba, por favor. —Tzain me aparta—. Si va Zél, hará alguna tontería.
—Si voy, volveré con más monedas de las que hemos visto en la vida.
Baba arruga la frente mientras delibera.
—Zélie debería hacer la venta...
—Gracias.
—... pero Tzain debería mantenerte a raya.
—No. —Tzain se cruza de brazos—. Baba, necesitas que alguno de los dos se quede aquí por si vuelven los guardias.
—Llevadme a casa de Mama Agba —dice Baba—. Me esconderé allí hasta que regreséis.
—Pero Baba...
—Si no os marcháis de una vez, no podréis volver antes de que anochezca.
Tzain cierra los ojos para reprimir la frustración. Empieza a cargar la montura de Nailah en su inmenso lomo mientras ayudo a Baba a levantarse.
—Confío en ti —murmura Baba, en voz tan baja que Tzain no puede oírlo.
—Lo sé. —Ato la manta gastada alrededor de su enclenque cuerpo—. No volveré a meter la pata.