MANDO DE LA GUARDIA DE LA TIERRA
WASHINGTON, DC
Daniela levantó la mirada hacia el holograma del globo terráqueo que rotaba perezoso sobre la brillante mesa de caoba. Las luces del techo abovedado de la sala de conferencias se apagaban automáticamente cuando se desplegaba el mapa de operaciones, así que allí estaba Daniela, bañada por el intenso brillo azulado de la proyección. Pasó los dedos por el respaldo de una de las veinte sillas de vinilo que había dispuestas alrededor de la mesa. Hacía apenas unos meses, cuando la habían asignado al equipo de «buenas acciones y relaciones públicas» de Melanie Jackson, se había sentado justo allí. Aún se acordaba de la energía positiva que flotaba en el ambiente ese día: todo el mundo sonreía, incluso ella. La Guardia de la Tierra iba a permitirle colaborar en la reconstrucción de la ciudad de Nueva York. Su hogar.
Ahora, en cambio, la sala estaba vacía. No había programada ninguna reunión para ese día y en la sede central de la Guardia los ánimos estaban muy decaídos.
Daniela sacudió la cabeza y se recordó a sí misma que, a pesar del delirio de los últimos tiempos, la vida no estaba nada mal. Esbozó una sonrisa asombrada, como cada vez que pensaba en lo lejos que quedaba Harlem. Aunque no físicamente, al menos no en esos momentos. Al fin y al cabo, Nueva York estaba a tres horas en tren, y podía llegar en menos si la Guardia de la Tierra le asignaba un helicóptero. Cosa que hacía a menudo. ¿No estaba mal, eh? Debería solicitar permiso para ir a visitar a su madre en cuanto dejara de estar confinada en la sede central. Ya había pasado demasiado tiempo y seguro que la mujer estaría preocupada. Sobre todo si había visto las noticias.
Cuando pensaba en su madre, le resultaba difícil asimilar el abismo que había entre su vida actual y la anterior. ¿Dónde estaba hacía dos años? ¿Ligando con chicos en Harlem River Park? ¿Perdiendo el empleo por haber sido maleducada con los clientes? Tal vez, pero seguro que no en una sala de conferencias militar equipada con alta tecnología y situada en un edificio de última generación, a una manzana del Pentágono.
La invasión, por supuesto, lo había cambiado todo. Daniela había desarrollado legados. Había robado un banco —o tal vez no, según cómo se mirara—. Había conocido a John Smith. Había contribuido a salvar a la humanidad.
¿Y últimamente? Había estado por todo el mundo. Había visto cosas que parecían sacadas de esas penosas películas de ciencia ficción que tanto le gustaban a su padrastro (que descansara en paz). Había hecho amigos que no eran humanos. Había ayudado a reconstruir lo que los mogadorianos se habían cargado.
A Daniela le gustaba pensar que lo que hacía era importante, aunque a veces se limitara a estar sentada en una playa, haciendo de niñera de Melanie. Frunció el ceño, todavía contemplando el globo holográfico, todos los lugares a los que podía ir, todo el bien que podría estar haciendo. Pero se encontraba atrapada en esa sede central. Castigada. Al menos hasta que las consecuencias de lo ocurrido en Suiza pasaran al olvido.
En su momento, esa misión le había parecido pan comido: pasar un tiempo en la mansión de Wade Sydal, un millonario gurú de la tecnología que, por supuesto, era amigo de la familia de la bien relacionada Melanie; pasearse en su nueva nave espacial, que había creado con tecnología mogadoriana; y comer langosta.
Daniela aún no comprendía cómo había podido irse todo al garete. Al parecer, Sydal se codeaba con gente turbia que lo había ayudado a conseguir tecnología alienígena en el mercado negro. Sin decirles lo que se traía entre manos, se llevó a Suiza a Daniela y a sus dos compañeros de la Guardia de la Tierra —Melanie y Caleb— para que le hicieran de guardaespaldas. La mujer inglesa que le vendía el lodo mogadoriano también había viajado hasta allí acompañada de algunos mercenarios y un par de miembros de la Guardia —Nigel y Taylor— que, en realidad, eran agentes dobles. Antes de que el trato pudiera cerrarse, el pirado de Número Cinco y ese maníaco de Einar aparecieron con la intención de arrestar a todos los adultos. Y la cosa se les fue de las manos. Se pusieron a pelear unos con otros y aparecieron más miembros de la Guardia que se unieron a la batalla.
—¡Fue de locos! —exclamó Daniela.
Sydal murió mientras trataba de escapar como una rata asustada, dejando en la estacada a su escolta de la Guardia de la Tierra. En televisión le dedicaron un montón de tributos edulcorados. La historia oficial era que lo había matado Einar, pero Daniela estaba bastante segura de que se lo había cargado uno de los mercenarios ingleses con un misil. En la sede central, no obstante, nadie estaba interesado en su versión de lo ocurrido, sobre todo después de haber visto el vídeo del discurso desquiciado de Einar que las noticias por cable retransmitían las veinticuatro horas de los siete días de la semana.
A Daniela le sorprendía lo a menudo que pensaba en la diatriba de Einar. Parecía el tipo de chico capaz de mandar cartas bomba desde el sótano de su casa, pero parte de lo que había dicho tenía sentido, sobre todo después de descubrir que Sydal era un corrupto de altura. Daniela no sabía nada de conspiraciones. Nadie la había informado de ese tipo de cosas cuando trabajaba de compinche de la cara bonita de la Guardia de la Tierra. Aun así, le parecía que Einar y los suyos tenían razón al quejarse del trato que estaba recibiendo la Guardia Humana. Al fin y al cabo, ese chico había convencido a algunos de los miembros de la Guardia para que huyeran con él; y entre esos miembros estaba Caleb, al que Daniela nunca habría creído capaz de romper una sola norma y aún menos de desobedecer a las Naciones Unidas.
Al final, Número Nueve había dejado escapar a Einar y a sus seguidores. Después de haber lidiado una batalla espantosa, ninguno de ellos quería empezar una nueva contra sus compañeros. En aquel momento, Daniela ni siquiera consideró la posibilidad de alinearse con Einar. Su intuición le dijo que se quedara con Nueve y su gente. Él no le fallaría.
Pero Nueve había regresado a la Academia con sus estudiantes y Daniela se había quedado atrapada en la sede central de la Guardia de la Tierra con un montón de adultos que la miraban con suspicacia y que nunca la dejarían marchar.
Resopló por la nariz. ¿Cuándo empezarían a ser más fáciles las cosas?
¿Cuándo le permitirían salir de allí?
El globo terráqueo seguía girando: ahora Daniela tenía Europa justo delante. Presionó un botón y se activaron los indicadores de las operaciones en curso. Un punto empezó a parpadear sobre Suiza. Daniela acercó el dedo al holograma y apareció un texto:
OPERACIÓN DE LIMPIEZA EN PROGRESO.
SE SOSPECHA DE PRESENCIA DE SUSTANCIA EXTRATERRESTRE.
En el holograma, podía consultarse en qué punto se encontraba cualquiera de las operaciones de la Guardia de la Tierra. A veces los detalles eran vagos, debido a los límites de las autorizaciones de seguridad, pero, aun así, podía hacerse una idea bastante aproximada de las misiones en las que trabajaba la Guardia de la Tierra. En ese momento, parpadeaban muy pocos puntos en el mapa. Para empezar, la Guardia Humana solo contaba con unas cuantas decenas de miembros entrenados y el número de operaciones se había reducido sustancialmente desde lo ocurrido en Suiza. Daniela y miembros de la Guardia como ella habían reconstruido de cero todos los lugares del mundo que habían quedado destrozados con la invasión y Melanie había ofrecido siempre la mejor de sus sonrisas ante las cámaras, pero cuando un islandés pirado hablaba de apoderarse del planeta, toda la confianza del público en su incipiente organización se desvanecía.
—No oí que se quejaran cuando me dejé la piel fabricando piedra para ellos —musitó Daniela, pensando en todos los cimientos que había reforzado con su visión pétrea. Pulsó un par de botones de una tableta incrustada en la mesa de conferencias—. Veamos quién sigue queriendo nuestra ayuda…
Los puntos iluminados que aparecían en la proyección se multiplicaron por diez: representaban las peticiones de ayuda que los países le hacían a la Guardia de la Tierra. Daniela contoneó los dedos por encima del mapa y eligió unos cuantos al azar. Enfermedades en Kenia, un campo petrolífero bajo amenaza en Egipto, cárteles de droga en México… Todo eso eran trabajos potenciales para la Guardia de la Tierra. Más de los que podían atender.
—Oh, ¿en Puerto Rico hay un puente que está a punto de venirse abajo? —preguntó en la sala vacía—. En eso podría ayudar, si no estuviera aquí encerrada, contestando las mismas preguntas estúpidas una y otra vez.
Llevaban dos semanas interrogándola casi a diario sobre lo ocurrido en Suiza. Había visto montones de caras de integrantes de varios gobiernos y agencias de inteligencia; algunos eran amables, otros, ariscos, y uno incluso trató de atiborrarla de galletas como si fuera una niña de cinco años. Las preguntas, no obstante, eran siempre las mismas.
¿Qué pasó en Engelberg?
¿Tienes idea de dónde podrían esconderse los miembros descarriados de la Guardia?
¿Crees que el lórico conocido como Número Nueve tuvo algo que ver con el ataque?
¿Te había contado Caleb Crane que planeaba desertar?
Daniela hizo girar el globo transparente con los dedos, visiblemente frustrada. Los mapas del holograma se desdibujaron y las líneas titilaron.
Siempre respondía a todas las preguntas con sinceridad. O al menos lo intentaba. Lo cierto era que no sabía demasiado. La única vez en la que maquilló un poco la verdad fue cuando le preguntaron por Caleb. ¡Pues claro que había notado que tenía un comportamiento raro! Sabía que Caleb y su grupito de amigos de la Academia estaban metidos en algo extraño. Hacía apenas un par de meses, la Guardia de la Tierra la había mandado a rescatarlos de una secta religiosa de desquiciados, ¿no? Y recordaba que, de camino a Suiza, Caleb había tratado de advertirle que podía ocurrir algo gordo.
Pero Daniela se hacía la tonta. No era una chivata. Caleb le caía bien. Él, Nigel, Ran y ella habían sobrevivido juntos en Patience Creek.
El hecho de que en Suiza hubieran elegido un bando diferente no los convertía en malas personas, en desertores, en terroristas o en lo que insinuaran las preguntas de aquellos diplomáticos y generales tan serios.
Daniela se preguntaba —y no por primera vez— qué debía de estar respondiéndoles Melanie a los interrogadores. En Engelberg, se había quedado tan conmocionada que no había dicho nada cuando Nueve dejó marchar a Caleb y a los demás. Sin embargo, durante el vuelo de regreso, Daniela se había fijado en la expresión sombría del rostro de la muchacha.
—No puedo creer que los haya dejado escapar.
Eso fue todo lo que le dijo a Daniela.
Las habían mantenido separadas desde su regreso. A Daniela la habían encerrado en los barracones, pero estaba bastante segura de que Melanie había regresado a casa de su padre en Maryland. O quizá solo la estuviera evitando. Probablemente no le había gustado que Daniela la hubiera forzado a participar en la batalla. Sonrió al recordarlo.
—Lloriqueando en un rincón en lugar de usar su superfuerza —musitó Daniela sacudiendo la cabeza sin dar crédito—. ¿Cómo no iba a abofetearla?
—No debería estar aquí —respondió una voz.
Daniela se dio la vuelta y vio entrar a un hombre vestido con un traje de los caros. Era moreno, llevaba el cabello peinado hacia atrás y, a pesar de haber cumplido los cuarenta, tenía el torso radiante y sin una sola arruga. Hablaba con un acento europeo que Daniela no conseguía identificar. Ya lo había visto antes, por los pasillos de la sede central de la Guardia de la Tierra. Era un diplomático o algo parecido. Llevaba una tableta en la mano y le echaba un vistazo cada dos por tres, como si estuviera demasiado ocupado para mantener esa conversación.
—Lo siento. ¿Tú quién eres? —le preguntó Daniela levantando la ceja con desparpajo, incapaz de disimular la aspereza de su voz. Los tíos que se creían superiores siempre la sacaban de quicio—. ¿Desde cuándo no debo estar aquí?
El hombre cruzó la sala y apagó el mapa de operaciones. El brillo azul se desvaneció y la iluminación general se encendió.
—Precisamente queríamos hablar con usted de ello —dijo el hombre, con cierta impaciencia—. La hemos buscado por todas las instalaciones, señorita Morales.
Daniela comprendió el uso de la primera persona del plural al ver a un trío de cascos azules, las fuerzas de paz de las Naciones Unidas. Los miró con los ojos entornados. Sus rostros eran como máscaras, llevaban armadura de combate e iban armados con pistolas inhibitors, los collares de electrochoque que fabricaba Sydal Corp.
A Daniela se le hizo un nudo en la garganta. Algo iba mal.
¿Por qué esos soldados debían llevar armadura de combate dentro del recinto de la sede central?
—¿Acaso nos conocemos? —le preguntó Daniela al hombre del traje, rodeando la mesa con indiferencia.
Él le sonrió.
—Me llamo Greger Karlsson. Acostumbro a trabajar con su amigo Nueve, en la Academia, pero me han pedido que supervise la instalación de los nuevos protocolos de seguridad para los miembros de la Guardia de la Tierra.
—¿Protocolos de seguridad? ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
Greger le echó otro vistazo a su tableta para comprobar algo.
—Mire, de acuerdo con su perfil psicológico, es bastante probable que interprete negativamente lo que voy a decirle. Intentemos mantener la cabeza fría y abordar el tema con una actitud madura, ¿de acuerdo?
—A ver, ya me estás cabreando con el tonito que gastas. Además, no hace ni treinta segundos que nos conocemos, así que no te prometo nada.
A Daniela le pareció que uno de los soldados esbozaba una sonrisa. Greger prosiguió como si no la hubiera oído.
—Las Naciones Unidas han determinado que, a la luz de los acontecimientos recientes, es preciso tomar medidas para asegurarse de que los miembros de la Guardia no se conviertan en una amenaza para la población. A partir de ahora, todos los Guardias tendrán que llevar implantado un chip inhibitor.
Daniela entornó los ojos. En Suiza había oído a Ran diciendo algo acerca de los inhibitors. Al parecer, el Gobierno les había implantado uno a ella y a Kopano sin su consentimiento. Algo le decía que Greger tampoco iba a pedirle el suyo.
—Quieres meterme una de esas cosas en el cerebro —dijo Daniela—. Y ¿se supone que debo aceptarlo con madurez?
—Es un procedimiento muy sencillo. Tenemos a un sanador. En cuanto hayamos terminado, ni siquiera notará que lo lleva.
—No he hecho nada malo —le espetó Daniela, levantando la voz—. Lo único que he hecho es ayudar a la gente.
—Su labor modélica ha quedado recogida en su expediente —repuso Greger con una sonrisa—. Si sigue comportándose del mismo modo, no tendrá nada de lo que preocuparse.
Daniela miró a los cascos azules.
—Esto es un puto atropello.
—No sé a qué se refiere.
—Ya. Claro que no. —Siguió alejándose hasta que la mesa se interpuso entre los soldados y ella—. Entonces ¿me metéis ese chip en la cabeza y me dais una descarga cada vez que llego tarde a una reunión?
Greger se rio.
—No es ningún castigo, señorita Morales. Es una precaución para el peor de los escenarios. Un último recurso. El inhibitor solo se usaría en caso de que su conducta fuera peligrosa.
—¿Y eso quién lo decide? ¿Tú?
—No, en realidad se le asignará un casco azul especialmente entrenado para hacer un seguimiento de su comportamiento y prestarle su ayuda. En realidad hemos sacado la idea de los mismos lóricos. Tenemos entendido que en su planeta natal, sus miembros de la Guardia también tenían un cuidador. Ellos lo llamaban «cêpan».
Daniela inspiró profundamente. Se había quedado sin preguntas, salvo por la más importante. «Allá va —pensó—. El momento de la verdad».
—¿Y si me niego?
—Me temo que no es opcional. El contrato que firmó con la Guardia de la Tierra y el Convenio de la Guardia nos otorgan libertad ilimitada para implementar las medidas de seguridad necesarias con el fin de proteger a la raza humana.
—¿Y a mí quién me protege de ti? —preguntó Daniela con aspereza—. Yo también formo parte de la raza humana.
—Esa, señorita Morales, es una cuestión controvertida.
A Daniela le temblaron las manos. Esa sensación le decía que no era humana.
—¿No necesitas el permiso de mi madre para abrirme la cabeza?
—De nuevo, gracias al acuerdo que firmó con la Guardia de la Tierra, su custodia la tiene la organización, no su madre. —Greger sonrió pacientemente—. ¿Alguna pregunta más?
Daniela se encogió de hombros y los relajó. Uno de los soldados que estaba detrás de Greger se tensó y le clavó la mirada. Ya no tenía modo de evitar lo que estaba a punto de ocurrir.
—Supongo que eso es todo —dijo Daniela con frialdad—. No, una cosa más. ¿Qué has dicho sobre mi perfil psicológico? ¿Sobre cómo procesaría una noticia totalitaria de mierda como esta?
Greger bajó la mirada hacia la tableta.
—He dicho…
Daniela no lo dejó terminar. Con una descarga telequinésica, arrojó la mesa de conferencias contra los cascos azules. Uno de ellos, no obstante, consiguió desenfundar el arma a tiempo y el collar electrificado que disparó su cañón rebotó encima de la mesa sin causar daños. Los ojos de Daniela soltaron destellos plateados cuando desató su corriente de energía pétrea. La mesa de conferencias formó una pieza de piedra con la pared que tenía detrás, atrapando a los cascos azules. Daniela pasó por encima del proyector de hologramas roto y fulminó a Greger con la mirada.
—Sinceramente —dijo él, retrocediendo—, todo esto no servirá de nada.
—A la mierda —replicó Daniela. Le arrebató la tableta y, con un solo movimiento, le cruzó la cara con ella. Greger cayó soltando un grito muy poco digno, mientras se agarraba la nariz rota.
Daniela corrió hacia la puerta, tratando de recordar el plano de la sede central. Habría más guardias en el edificio, pero pensó que podría evitarlos si conseguía bajar a hurtadillas por las escaleras de servicio. El modo más fácil de salir de allí sería por la cafetería. Sabía que a algunos de los empleados les gustaba fumarse un cigarrillo en el muelle de carga. No le causarían ningún problema. Pero tenía que apresurarse.
Salió de la sala de conferencias, enfiló el pasillo y sintió que un peso descomunal se estrellaba contra su pecho.
Oyó que se le quebraban las costillas y soltó un grito sibilante. Se derrumbó en el suelo con tanta fuerza que rebotó contra las baldosas.
Melanie se le había arrojado encima y blandía el puño en alto, dispuesta a atacarla de nuevo. La cara fotogénica de la Guardia de la Tierra tenía un aspecto adusto y llevaba la cabellera rubia recogida en una cola que le daba un aire profesional.
Por supuesto. Era una traidora.
—No te muevas, Daniela —le dijo Melanie. Trató de hablarle con dureza, pero no consiguió engañar a Daniela: sabía que la muchacha se asustaba con facilidad—. No me obligues a golpearte de nuevo.
Daniela no habría podido levantarse aunque hubiera querido. Ni siquiera podía concentrarse para encerrar la dichosa cabeza de Melanie en un bloque de piedra. Era incapaz de respirar.
—Vaya, la has dejado hecha polvo —soltó una muchacha asiática que se acercaba a Melanie. Parecía salir de un desfile de moda, con el pelo recogido en un moño y su cuerpo esbelto enfundado en un vestido metálico sin mangas.
Melanie se miró el puño.
—Me ha dicho que la golpeara si salía de ahí sin escolta.
La chica desconocida se agachó junto a Daniela y posó delicadamente la mano sobre su esternón. Daniela sintió en su interior la familiar presencia de un legado sanador, las cosquillas de los zarcillos de una energía vigorizante, pero en esa ocasión insuficiente. Esa muchacha no la estaba ayudando: solo evaluaba los daños. Daniela seguía sin poder tomar aire. Arqueó la espalda tratando de encontrar un ángulo que le aliviara el dolor.
—Le has perforado el pulmón —anunció la sanadora, haciendo chasquear la lengua—. Madre mía, los de la Guardia de la Tierra sois unos bárbaros.
—Tú limítate a curarla, ¿vale, Jiao? —dijo Melanie, apartando la mirada de los ojos suplicantes de Daniela.
—No hasta que esté sedada —respondió Jiao. Acarició la mejilla de Daniela con el reverso de la mano—. No es nada personal, cariño. Pronto estaremos todos en el mismo bando.
Greger salió entonces de la sala de conferencias. Se sujetaba un pañuelo bajo la nariz ensangrentada. Daniela habría disfrutado más de esa imagen de no haber estado asfixiándose.
—Buen trabajo, chicas —les dijo Greger con voz nasal sacándose una jeringuilla del bolsillo interior de la americana—. Bien hecho.
Daniela cerró los ojos. No tenía modo de salir de aquella situación.
Lo último que pensó antes de sentir el pinchazo en el lateral del cuello y sumirse en la oscuridad fue que debería haberse quedado con Caleb y los demás.
Hacía apenas dos semanas estaba en Suiza.
Hacía apenas dos semanas podría haber escapado.
ACADEMIA DE LA GUARDIA HUMANA
POINT REYES, CALIFORNIA
DOS SEMANAS ANTES
—¡Eh! eres Taylor, ¿verdad? ¿estás bien?
Taylor parpadeó y apartó la mirada de la ventanilla. La chica de la Guardia de la Tierra que acompañaba a Caleb la miraba, preocupada, desde el otro lado del pasillo del avión. Taylor creía recordar que se llamaba Daniela.
—¿Qué? —le preguntó, vencida por el cansancio. Le dolían las comisuras de los párpados y aún tenía las mejillas irritadas por el viento.
—Que si estás bien —repitió Daniela—. Te chirriaban los dientes.
Taylor se tocó la boca.
—¿Ah, sí? ¿De verdad? Dios. —Hizo un esfuerzo consciente para intentar separar las mandíbulas—. Han sido unos… —¿Días? ¿Semanas?—. Estoy muerta —concluyó Taylor—. Y demasiado cabreada para dormir.
—Ha sido de locos —dijo Daniela, riéndose sin dar crédito—. La situación más jodida que he vivido desde la invasión.
—Sí —respondió Taylor—. Sí que lo ha sido.
El profesor Nueve salió de la cabina de mando y se acercó por el pasillo con aire sombrío. Miró a Taylor asintiendo con la cabeza y, a continuación, le dijo a Daniela:
—La Guardia de la Tierra ya se me ha echado encima. Melanie y tú tenéis un transporte preparado en la Academia. Quieren que regreséis a Washington…
Taylor dejó de escucharlos y siguió mirando por la ventanilla: la nave de Lexa había empezado su descenso. Cuando la Academia apareció ante sus ojos, Taylor vio a Maiken Megalos corriendo alrededor de la pista a hipervelocidad. De repente, la muchacha se detuvo y levantó la mirada hacia la nave que se cernía sobre su cabeza. Luego se dirigió a toda prisa hacia el centro estudiantil. Todo el mundo sabía que Maiken era una cotilla. Quería ser la primera en dar la noticia: el profesor Nueve y algunos de sus obstinados seguidores habían regresado al campus. Lo contaría a los cuatro vientos.
Eso significaba que Taylor no disponía de mucho tiempo para encontrar a Miki, si es que aún seguía en el campus. Miki era un primerizo —un alumno que hacía poco que estaba en la escuela— y tenía la capacidad de convertirse en viento, un legado que mantenía en secreto para poder espiar para la Fundación. Cuando Taylor había convencido a esa organización de que estaba de su lado, él la había ayudado a escapar del campus. Estaba impaciente por atraparlo.
Al menos eso sí podría hacerlo. Una pequeña victoria después de tanto fracaso.
Los motores aún no se habían apagado y la rampa apenas había llegado al suelo, pero Taylor salió corriendo de la nave de Lexa sin mediar palabra, camino del centro estudiantil. Los demás estaban tan cansados que siquiera se fijaron. A Nueve lo esperaba un grupo de cascos azules con los que lidiar, y Daniela y una Melanie todavía llorosa lo acompañaron, probablemente para organizar su retorno a la Guardia de la Tierra. Nigel debía ocuparse de Bea, su madre: los zarcillos negros que se abrían paso bajo su piel se parecían mucho a lo que Taylor había visto en Siberia, en las carnes de los soldados. Esa mujer no estaba bien, pero Taylor no se encontraba de humor para ofrecerle su legado sanador. Y luego estaba esa espía, la agente Walker, la responsable de «manipular» a Kopano y a Ran para que trabajaran para ese turbio grupo Watchtower que operaba en el seno de la Guardia de la Tierra. Walker estaba pendiente de Rabiya, la teletransportadora de la Fundación que, al parecer, se había unido a su bando; y la nueva recluta contemplaba la Academia con ojos brillantes, entusiasmada por estar allí.
Así que nadie tuvo la oportunidad de seguir a Taylor.
Bueno, nadie salvo Kopano.
—Conozco muy bien esos andares —le dijo, siguiéndole el paso con sus piernas largas—. Estás a punto de montarla parda.
Taylor levantó la mirada hacia él, demasiado cansada para sus bromas. Lo cierto era que no conseguía comprender cómo podía estar tan animado después de que lo secuestraran, le metieran un chip en la cabeza y se viera envuelto en una lucha durísima contra un lórico de verdad. Pero Kopano era Kopano.
—Voy a buscar a Miki —respondió Taylor con voz chirriante.
—Sí, ya hablamos de él durante la batalla.
—Lo sé.
—Y decidimos no hacer nada imprudente.
Taylor apretó el paso.
—¿Quién lo decidió? Yo no.
Las voces que llenaban el centro estudiantil se silenciaron cuando Taylor abrió las puertas dobles de la entrada con su telequinesia. Maiken estaba en el centro, delante de todos: probablemente acababa de contarle a todo el mundo que había visto aterrizar la nave de Lexa. La muchacha retrocedió poco a poco, mirando a Taylor con nerviosismo.
Taylor no podía reprocharle que la mirara así. Tenía el rostro irritado por el viento y el pelo grasiento y apelmazado, y llevaba un grueso traje de nieve negro, completamente inapropiado para California; parecía que acabara de llegar de escalar el Himalaya o más bien que se hubiera caído de una montaña. Y el traje estaba hecho trizas, embarrado y cubierto de sangre, casi toda suya.
Taylor paseó la mirada por la sala. Maiken, Nicolas Lambert, Omar Azoulay, Simon Clement, una niña de una cabellera azul verdosa cuyo nombre no recordaba y otros cuarenta compañeros más.
¿Dónde estaba?
Simon, el muchacho francés con el legado de transferir conocimiento, rompió por fin el silencio.
—Mon Dieu, Taylor, ¿qué te ha pasado?
Ella no respondió. Su mirada saltaba de una mesa a la otra.
—¡Joder, Kopano! —exclamó Nicolas—. ¿Te han dejado salir de la cárcel?
Kopano había entrado jadeando en el centro, después de tratar de seguirle el paso a Taylor. Iba vestido con traje y camisa de vestir, no con un equipo de alta montaña como ella, pero sus ropas también estaban desgarradas y ensangrentadas. A diferencia de Taylor, él enseguida se dio cuenta de que estaban montando una escena.
—Hola, tíos —saludó, algo avergonzado—. He vuelto. Y, bueno… No estaba en una cárcel. Es una larga historia.
—Creo que hablo en nombre de todos cuando digo que nos encantaría oírla —dijo Maiken, todavía mirando a Taylor de reojo.
Ahí estaba.
En el fondo. En la mesa de los primerizos.
—Bueno… —empezó a contar Kopano.
—¡Tú! —soltó Taylor, señalando a Miki.
Pilló a todo el mundo por sorpresa, salvo quizás al muchacho. Los primerizos que estaban sentados con él lo miraron, pero enseguida se pusieron en pie entre gritos cuando Taylor apartó la mesa de un tirón telequinésico. Luego se encaminó hacia ellos, haciendo caso omiso de sus preguntas y sus quejas, y se plantó amenazante delante de Miki. Él ni siquiera se levantó.
—No pienso luchar contigo —le dijo el muchacho. Todos intercambiaron miradas: ¿por qué iba Taylor a querer pelearse con Miki?
—Bien —respondió ella—. Si estás pensando en huir, no te molestes. Nos hemos pasado todo el viaje de regreso pensando en las formas de detenerte.
Miki la miró entornando los ojos y esbozó una sonrisa incierta.
—Creo que es un farol. Pero no pienso salir corriendo a ninguna parte.
—En realidad, no sería corriendo —puntualizó Kopano, aliviado—. Soplando. Ese sería un término más adecuado.
—Soplando —dijo Miki—. Me gusta. Eso tampoco lo haría.
—¡No me importa en absoluto cómo lo llaméis! —soltó Taylor—. ¿Piensas acompañarme?
—Claro —respondió Miki—. ¿Adónde vamos?
—El profesor Nueve quiere verte.
A sus espaldas, Nicolas dejó escapar un «oooh» exagerado que no consiguió aliviar la tensión del momento.
Taylor agarró al muchacho por la parte superior del brazo y, sin decir una palabra más, salió con él del centro estudiantil.
Kopano se frotó las manos y preguntó:
—Bueno, ¿qué hay para comer?
Una vez fuera, Miki se zafó de Taylor.
—No tienes por qué llevarme cogido hasta allí —protestó mientras ella tiraba de él, cruzando la extensión de césped hacia el edificio administrativo.
Al ver que no le respondía, Miki añadió:
—Me estás haciendo daño.
Ella lo fulminó con la mirada. El muchacho tenía los ojos empañados y la expresión de su rostro era sincera. Taylor no se había dado cuenta de que sujetaba su flaco bíceps con tanta fuerza. Había focalizado toda su atención en plantar un pie delante del otro. Hacía siglos que no dormía. Se había movido por tantas zonas horarias que era difícil de calcular, pero estaba bastante segura de que apenas dos días antes se encontraba en Siberia, luchando contra los mogadorianos. De Siberia se había ido a Suiza. Corriendo peligro en todo momento. Y de Suiza había regresado a la Academia. Había recorrido medio mundo, dando alguna que otra cabezadita en jets privados o naves mogadorianas.
¿De qué había servido tanto esfuerzo? Para empezar, había perdido a tres amigos. Su gran plan para infiltrarse en la Fundación había concluido con un solo miembro de esa organización detenido, y encima era la madre de Nigel. Por no hablar de que al parecer esa mujer quería que la capturasen.
Y ahora tenía a Miki. Ya no había ningún topo en la Academia. Algo era algo. Una pequeña victoria.
Pero ¿de qué había servido todo eso?
Cuantas más cosas conocía del mundo que se extendía más allá de Dakota del Sur, menos sentido le veía. Todo era un desastre y los corruptos que estaban en la cima seguían saliéndose con la suya, poniendo a gente como ella —como Isabela y Caleb y Ran— contra las cuerdas. ¿Hasta dónde tendría que llegar para derrotar una organización exenta de límites y de principios morales como la Fundación? ¿Qué significaría «derrotarla»?
—¡Ay! —protestó Miki—. ¡Jo, Taylor!
Taylor se dio cuenta de que le había hundido las uñas en la piel. Lo soltó.
—Lo siento —se disculpó.
—Tranquila —dijo Miki, frotándose el brazo—. Dime, ¿qué ocurrió? ¿Los pillaste?
Taylor volvió a fulminarlo con la mirada.
Sabía que Miki podía escaparse si se lo proponía. Le había mentido al decirle que tenía un plan para impedirle que usara su legado. Lo mejor que se les había ocurrido era armarse con aspiradoras superpotentes. Si Miki quería salir volando, no podría detenerlo.
Pero el muchacho parecía aliviado de que lo hubiera encontrado.
—Pillamos… —Taylor se pasó la mano por la cara—. Pillamos a uno. Creo que era el líder. Pero no sé si ha servido de mucho.
—Oh… —suspiró Miki, decaído—. Tenía la esperanza de que me dirías que todo había terminado.
—Disculpa, ¿se puede saber por qué te importa tanto? —replicó Taylor—. ¿Tú no trabajas para esos impresentables?
—No por voluntad propia —respondió Miki—. Podría haberles informado de tus planes. De las reuniones secretas que mantenías con el profesor Nueve y los demás, pero no lo hice.
—O puede que todo esto sea una tapadera para estrechar lazos con nosotros y poder hacernos aún más daño.
Miki se rio.
—¿En serio? Estás un poco paranoica, Taylor.
—Tú también lo estarías si hubieras visto la mitad de los horrores que he visto yo.
—No puedo culparte por no confiar en mí —dijo Miki—. Yo tampoco confiaría. Así que, si eso te hace sentir mejor, dejaré que me encerréis en las celdas del sótano del edificio administrativo. Los dos sabemos que podría escapar si quisiera, pero no lo haré. Me quedaré allí sentado hasta que estés lista para confiar en mí.
Cuando ya estaban bastante cerca de la fachada de cristal del edificio de administración, Taylor redujo el paso.
—¿Cómo sabes que hay celdas ahí abajo? —le preguntó.
—Soy el viento. He explorado todos los rincones de este lugar. ¿Tú no lo sabías?
Taylor sacudió la cabeza y respondió:
—No.
—Supongo que allí es donde me encerrará el profesor Nueve. Ya tienen a la doctora Linda y a ese mercenario, Alejandro. —Miki sonrió—. Creo que Isabel le dio una buena paliza. Lo hizo genial. Ese cabrón era mi contacto con la Fundación. Se merecía que le dieran una lección.
La franqueza de Miki la sorprendió de nuevo, como la noche en que se la había llevado de la Academia convertida en aire. Muy a su pesar, el muchacho estaba empezando a caerle bien.
—¿Por qué lo haces? —le preguntó Taylor—. Me refiero a trabajar para ellos.
Miki resopló por la nariz.
—¿Alguna vez has oído hablar de los Nueve de Nome? —le preguntó.
—¿Quiénes son? ¿Una versión del profesor Nueve?
Soltó otro resoplido.
—¡No! Nome es la ciudad de Alaska en la que nací.
—Nunca he estado allí —respondió Taylor.
—Ya. Como la mayoría de la gente. Es una zona protegida para los indígenas. Hace unos años, una de las grandes compañías de gas del país encontró un inmenso filón de petróleo en el mar, justo al otro lado de la frontera de nuestras aguas. Mis padres estaban convencidos de que se había falseado el informe, de que el petróleo estaba en nuestro territorio, pero el Gobierno no los escuchó o, si lo hizo, les dio lo mismo. Dejaron que la compañía siguiera adelante y construyera una de esas enormes plataformas petrolíferas en el mar, a sabiendas de que suelen tener filtraciones y de que mi gente depende de esas aguas para… bueno, para todo.
Taylor asintió con la cabeza.
—Vale… Así que ¿hubo filtraciones?
—Esa cosa no llegó a tener la oportunidad de verter nada en el agua, porque mis padres y algunos de sus amigos la volaron. La prensa los llamó los Nueve de Nome.
—Vaya —repuso Taylor—, qué fuerte.
—Los detuvieron una semana antes de que aparecieran las naves mogadorianas, de modo que la cosa no llegó a ser noticia. Yo estaba en una casa de acogida temporal cuando desarrollé mis legados. Y fue entonces cuando la Fundación me encontró. —Miki cortó el aire con la mano al recordarlo y una descarga telequinésica aplastó la hierba que tenía delante—. Se presentó ese abogado y me dijo que podía sacar a mis padres de la cárcel, a pesar de ser terroristas. Y no solo eso: dijo que podía evitar que la compañía de gas regresara para reconstruir la plataforma petrolífera.
Taylor enseguida comprendió cómo terminaba la historia.
—Y lo único que tenías que hacer era trabajar para ellos.
—Exacto —confirmó Miki—. Entonces no sabía lo que era la Fundación. Apenas existía la Guardia de la Tierra o la Academia. No me importaba en qué bando estaba: solo quería ayudar a mis padres y salvar nuestro hogar.
Una pluma asomaba a través del tejido del mono acolchado de Taylor. La sanadora tiró de ella. Se sentía un poco culpable por haber tratado a Miki con tanta dureza.
—Probablemente yo habría hecho lo mismo —admitió.
—He pensado mucho en la decisión que habrían tomado mis padres en mi lugar. O en lo que pensarían si les hablara del trato que hice. —Miki bajó la mirada hacia sus deportivas—. Creo que se enfadarían conmigo. Se avergonzarían tanto que tal vez incluso insistirían en regresar a la cárcel. Son personas muy íntegras. Por fin estoy dispuesto a hacer lo que debería haber hecho desde un principio. Joder la Fundación. A la mierda con todo. Estoy harto de ser un títere.
La historia de Miki no era fácil de asimilar. Taylor había estado rodeada de muchos mentirosos últimamente, pero ese muchacho parecía sincero.
Al cabo de unos instantes, llegaron al edificio administrativo. El profesor Nueve los esperaba allí, doblando los dedos de su mano cibernética. Como siempre, tenía pinta de querer pegar a alguien. Esa expresión de amargura lo acompañaba desde Suiza, desde que se había enfrentado a su antiguo amigo, Número Cinco. Taylor notó que Miki reculaba ante la mirada de Nueve.
—Vamos —lo instó el lórico, agitando la mano hacia Miki—. Enséñanoslo.
—¿El qué?
—Ya sabes qué. —Nueve chasqueó los dedos—. Me han dicho que nos has estado ocultando cosas, Wendigo.
—Ah, eso.
Miki le lanzó una mirada incierta a Taylor y se transformó. Estaba ahí de pie y, de repente, desapareció… aunque no del todo. Al entornar los ojos, Taylor distinguió las partículas del muchacho arremolinándose en el aire. Miki se parecía a una diminuta nube de polvo. A continuación se convirtió en una brisa y, después de rodear la cabeza de Nueve, reapareció al otro lado de Taylor.
—Guay —exclamó el lórico, aplanándose el cabello—. Podríamos ayudarte con eso. Entrenarte. Imagínate de lo que serías capaz.
—Lo sé —respondió el muchacho—. Me encantaría.
Nueve sujetó el hombro de Miki con su mano robótica.
—Vayamos adentro.
Miró a Taylor y añadió:
—La Guardia de la Tierra quiere hablar contigo. En realidad quieren hablar con todos nosotros. Les he dicho que esperaran. Deberías descansar un poco.
—Aún no —replicó ella—. Hay otras personas con las que debo hablar.
Nueve la miró, entornando los ojos.
—¿Qué? ¿Quién?
Taylor volvió la cabeza y levantó el mentón hacia el centro estudiantil.
—Mi gente.
—Tu gente… —Nueve arqueó una ceja al oír eso—. No sé lo que tienes en mente. Quizá deberíamos hablarlo antes. O, al menos, acompañarte…
—No te ofendas —lo atajó Taylor—, pero creo que es algo que los de la Guardia Humana debemos debatir entre nosotros.
Nueve frunció los labios: era la cara que ponía ese fortachón cuando trataba de entender algo. El autoproclamado profesor era un tipo impulsivo, pero estaba haciendo un esfuerzo para ser más circunspecto. Para ver las cosas desde una perspectiva más amplia.
—No estarás pensando en provocar una rebelión en masa, ¿verdad? —preguntó Nueve—. Solo soy capaz de encargarme de, digamos…, una de esas al mes.
—Ya saben que algo ocurre —dijo Taylor—. No podemos tenerlos a ciegas para siempre.
Nueve meditó un momento.
—Confío en ti —resolvió, al cabo—. Haz lo que tengas que hacer.
Taylor regresó al centro estudiantil. Esta vez no abrió las puertas de par en par, sino que se coló dentro por la entrada lateral. En el interior, todo el mundo seguía pendiente de Kopano. Estaba sentado en una de las mesas del centro, con un enorme plato de burritos delante. Todos hablaban a la vez. Taylor se limitó a contemplarlos y escucharlos.
—Nos dijeron que se te habían llevado para protegerte —le dijo Lisbette a Kopano—. ¿No es cierto?
Taylor empezó a evaluarla. Lisbette era de Bolivia. Podía crear hielo y manipularlo. Acostumbraba a usar su legado para tallar esculturas de escarcha en lugar de, digamos, carámbanos afilados, pero, aun así, era evidente que dominaba su poder. Podía serles útil.
—Bueno, supongo que es un modo de decirlo —respondió Kopano.
Se llenó la boca con arroz y alubias, usando la comida como método de distracción.
—Lo siento, chicos, es que me muero de hambre…
—¡Yo también! —exclamó Maiken—. Siempre estoy hambrienta después de correr. —Alargó el brazo, cogió unos nachos del plato de Kopano y se los comió a toda velocidad—. En serio, Kopano, tienes que contarnos lo que pasa…
Maiken era griega. Charlatana y escandalosa. Y muy rápida.
—No sé hasta dónde puedo contaros —le respondió, tragando. Taylor se dio cuenta de que, en cierto modo, el nigeriano estaba disfrutando de ser el centro de atención—. Es algo así como alto secreto.
—¿Nadie va a decir nada sobre el modo en que Taylor se ha llevado a Miki de aquí? ¡Parecía una especie de policía!
Ese era Danny, un primerizo canadiense al que Taylor había arruinado la comida al apartar de golpe la mesa donde se sentaba Miki.
—Parecía muy enfadada —opinó Greta Schmidt, una miembro de la Guardia de Alemania cuyo legado le permitía ver en todos los espectros de la luz.
—Siempre parece enfadada —replicó Danny.
—No sé —intervino Anika Jindal, dejando en la mesa los cubiertos de plástico que empleaba para comer—. Taylor siempre ha sido muy amable conmigo cuando me ha curado. Si está enfadada con Miki, debe de tener una buena razón.
Anika era nueva en la Academia, incluso más que Taylor. Había nacido en Delhi y su legado era el magnetismo. Todavía no lo controlaba bien y a menudo atraía objetos metálicos afilados. Taylor la había curado en múltiples ocasiones.
—Olvidaos de Taylor y de Miki —tronó Nicolas Lambert, inclinándose imponente sobre Kopano. Era un chico belga con superfuerza—. Yo quiero saber de qué van estas misiones secretas que os traéis entre manos.
—La primera no fue una misión secreta —respondió Kopano con inocencia—. Solo nos metimos en un lío al salir a hurtadillas del campus.
—Merde, Nic, déjalo comer tranquilo —dijo Simon, sentado delante de Omar Azoulay, un chico marroquí con el legado de respirar fuego. Los dos estaban en medio de una partida de ajedrez y Omar parecía más concentrado en su siguiente movimiento que en las conversaciones que tenían lugar a su alrededor.
—¿Es que no te importa que no nos cuenten nada? —le preguntó Nic a Simon.
—No mucho —respondió el chico.
—A mí sí me importa —intervino Maiken.
—Nosotros también estudiamos aquí —prosiguió Nic, fulminando con la mirada a Kopano, que seguía comiendo como si nada—. Tenemos derecho a saber lo que ocurre.
—Jaque mate, franchute —soltó Omar.
—Pero si aún no te toca a ti —replicó Simon, distraído. Alargó el brazo por encima de la mesa y agarró el brazalete de Omar—. ¿Es que te has olvidado de cómo se juega? Deja que te recargue esto.
—Ojalá pudiera contaros algo más —intervino Kopano—. No…
—Podrías contarnos más —replicó Nic—, pero no quieres. Vosotros sois una camarilla. Siempre tratáis de ser el centro de atención.
—¿Cuánto tiempo llevas en la Academia, Nic?
La pregunta la hizo una chica con el cabello pincho teñido de color turquesa. Taylor no la había visto nunca.
—Desde el principio, «Nemo» —respondió Nic, haciendo el signo de las comillas con los dedos—. ¿Qué importa eso?
—Entonces llevas aquí a salvo casi dos años. No sabes lo peligrosa que es ahora la vida en el mundo real —dijo Nemo—. No sé lo que habrán estado haciendo Kopano y los demás, pero seguro que trataban de ayudar a gente como nosotros.
—Aun así, no deberían tenernos a oscuras. No es justo —replicó Nic malhumorado, frunciendo el ceño—. ¿Acaso no soy lo bastante bueno para sus misiones secretas? Mírame. Al menos puedo hacer algo más que nadar durante mucho tiempo.
Nemo levantó la mirada con exasperación, y dijo:
—Discriminación de legados. Muy bonito.
Taylor oyó carraspear a alguien a su lado. Al volverse, vio a Nigel. El muchacho se le había acercado, avanzando a hurtadillas junto a la pared. Tenía los ojos enrojecidos y su cuerpo adoptaba la postura de una flor marchita. Si había alguien que lo hubiera pasado peor que Taylor en las últimas semanas, ese era Nigel. Ella empezó a decirle algo mientras le ponía la mano en el hombro, pero Nigel señaló a Kopano con la barbilla.
—¿Vas a dejar que se coma él solo el marrón?
Taylor se volvió hacia Kopano: se limpió la boca con la servilleta repantingado en la silla mientras Nic seguía plantado a su lado.
—En serio, me encantaría poder contaros más acerca de nuestras aventuras —declaró Kopano, muy solemne—, pero están clasificadas.
—Vamos, eso son chorradas —protestó Nic—. ¿Clasificadas por quién?
—Deberíamos hablar con el profesor Nueve o con alguno de los demás administradores —sugirió Maiken—. Esta situación me está distrayendo de mis estudios.
Taylor dejó escapar un suspiro y se apartó de la pared. Más allá de las mesas abarrotadas de estudiantes que no paraban de discutir, vio a unos pocos miembros del personal de cocina merodeando por la cafetería y a un casco azul vigilando la salida trasera. No sabía a ciencia cierta si estaban escuchándolos, pero no podía arriesgarse.
Se volvió hacia Nigel.
—¿Podrías encerrarnos en una burbuja de sonido para que nadie más pueda oírnos?
—¿A ti y a mí?
—No —respondió Taylor, sacudiendo la cabeza. Señaló a los miembros de la Guardia y las mesas que Kopano tenía alrededor—. A todos nosotros.
—¿Qué vas a hacer?
—Hay demasiados secretos —aclaró Taylor—. Estoy harta.
Dicho esto, se encaminó hacia el grupo de compañeros de clase. Cuando se dieron cuenta de que había estado allí plantada durante buena parte de la discusión, se fueron callando gradualmente. Nic se apartó de Kopano y miró a Taylor de arriba abajo.
—¿Qué querías de Miki? —le preguntó.
Taylor levantó un dedo. Esperó hasta que percibió un cambio en el ambiente y dejó de oír el trinar de los pájaros afuera del centro estudiantil. Nigel había hecho lo que le había pedido.
—¿Queréis saber lo que ha estado pasando?
Taylor miró primero a Nic y, a continuación, a los demás. Todos estaban pendientes de ella.
—Esto, bueno, primero podrías ir a darte una ducha… —sugirió Lisbette en voz baja—. Podemos esperar.
Taylor la ignoró e inspiró profundamente. A juzgar por la mirada expectante de sus compañeros de clase, eran todo oídos.
—Descubrimos la Fundación y me raptaron… —empezó a decir.
Taylor lo contó todo.
Les habló de la Fundación y de Bea Barnaby.
Del topo que había en la Academia.
De Watchtower, la organización clandestina que trabajaba en el seno de la Guardia de la Tierra.
Del vínculo que Sydal Corp y el diseñador de armas tenían tanto con la Guardia de la Tierra como con la Fundación.
De las facciones interesadas en controlarlos, en aprovecharse de ellos o simplemente en erradicarlos.
Y luego les habló de lo que podía ocurrir a continuación.
Ya casi había anochecido cuando terminó por fin de responder las interminables preguntas de sus compañeros. El público no paró de crecer: algunos abandonaban el centro estudiantil para ir en busca de sus amigos o compañeros de habitación y contarles lo que estaba ocurriendo. Los estudiantes se saltaron las clases. Al cabo, todos se presentaron allí. Taylor tenía la sensación de estar repitiendo lo mismo una y otra vez, pero fue paciente. En un momento dado, el profesor Nueve y el doctor Goode aparecieron para echar un vistazo, pero fueron respetuosos y se quedaron fuera de la burbuja de sonido de Nigel.
Taylor tenía la boca seca de tanto hablar. Salió andando fatigosamente hacia los dormitorios, todavía vestida con su traje de nieve maltrecho por la batalla: tenía la sensación de que dormiría un año entero. Por suerte, Kopano la acompañaba, encantado de que ella se apoyara en su hombro.
—Ha sido muy guay —le dijo a Taylor.
—Estoy agotada —repuso ella, frotándose la mandíbula.
—¿Sabes?, cuando la primera generación de la Guardia Humana recibió sus legados, John Smith nos reunió en una visión y nos lo explicó todo sobre los mogadorianos. Durante mucho tiempo creí que lo había soñado.
—Sí —repuso Taylor con cansancio—, ya me lo contaste.
—Esta tarde me has recordado a él —dijo Kopano.
Taylor se rio.
—¿A John Smith? ¿En serio? ¿A tu ídolo?
—Tú eres mi nuevo ídolo.
Taylor le estrechó el brazo.
—Me alegro de que estuvieras pensando en John Smith, porque mientras hablaba yo no podía sacarme a Einar de la cabeza.
—¡Puaj! ¿Por qué?
—Pensaba en su discurso acerca de mantenernos unidos. Acerca de liberarnos. Es un gilipollas, un pirado y un asesino, pero parte de lo que dijo tiene sentido. Quería sacarlo todo a la luz.
—Presiento que ahora viene un «pero» —dijo Kopano—. Espero que haya un «pero».
Cuando ya estaban cerca de la entrada del edificio de los dormitorios, a Taylor se le empezaron a cerrar los ojos. Su cama. Qué cerca estaba. Hizo una pausa larga para ordenarse los pensamientos.
—Pero —dijo al cabo— se equivocaba sobre todo en una cosa. Sobre que necesitamos que nos liberen. No lo necesitamos. Ya tenemos un lugar en el que podemos ser libres.
—¿Ah, sí?
Taylor tendió la mano y la paseó por el aire para señalar los campos, las luces que brillaban en los edificios, los miembros de la Guardia paseándose en grupitos, probablemente hablando de todo lo que les acababa de contar.
—Es esto —respondió—. Este es nuestro lugar. Y vamos a luchar por él.