BANGKOK, TAILANDIA
Duanphen contempló al mendigo que correteaba entre el tráfico con un cubo en una mano y un trapo en la otra. Era un niño menudo, de no más de doce años, con una mata grasienta de pelo negro y una gran habilidad para seleccionar coches: elegía siempre los más relucientes, los de cristales tintados y pasajeros ebrios. Arrojaba sobre los parabrisas el agua sucia que contenía el cubo y se echaba encima del capó para limpiarlos de forma poco efectiva, embadurnando los cristales con más mugre. Los conductores bajaban presurosos la ventanilla para insultarlo, pero casi siempre transigían: le depositaban un billete en la mano para que se fuera y ponían en marcha el limpiaparabrisas.
Era pasada la medianoche y la vida aún bullía en Royal City Avenue. Las motocicletas serpenteaban entre el tráfico, los habituales de los clubes avanzaban a trompicones por las calles y las luces de neón palpitaban al ritmo de los graves de la música de los bares.
Duanphen se ajustó las esposas que le rodeaban la muñeca y la sujetaban al maletín del ejecutivo. El metal la irritaba. Tanto como ese lugar.
Habían pasado tres meses desde la última vez que había estado allí. Y no lo había echado de menos.
El mendigo se fijó en ella y en su limusina. Bueno, en realidad no era exactamente su limusina, sino la del ejecutivo; ella solo la vigilaba. La negra extensión estaba aparcada con descaro, en doble fila, delante de un club en el que varias gogós se contoneaban detrás de los escaparates. El ejecutivo se había emocionado tanto al ver ese lugar que casi se había puesto a babear: hubo que detener el vehículo. Casi todo su equipo de seguridad lo había acompañado dentro, pero Duanphen se había quedado en la limusina. Era demasiado joven.
—Bonito coche —le dijo el mendigo en tailandés cuando se detuvo delante. El muchacho levantó su trapo con aire amenazador—. Pero sucio. Por unos pocos dólares te lo limpio.
Duanphen lo miró con frialdad.
—Vete.
El chico le sostuvo la mirada, como si tratara de decidir si debía tentar a la suerte. Con sus diecisiete años, Duanphen no era mucho mayor que él, pero la expresión glacial de su rostro le daba un aspecto más adulto. Medía algo más de metro ochenta y su cuerpo de miembros alargados recordaba a una navaja. Llevaba siempre el cabello cortado al rape y no se maquillaba, salvo por la línea negra con la que se perfilaba el párpado. Su naricita era un zigzag tortuoso, como si alguien se la hubiera borrado y dibujado de nuevo.
—Te conozco —le dijo el muchacho.
—No.
—Eres una puta —repuso él, soltando una risa—. ¡No! No es eso. ¿Dónde te he visto antes?
—Eso da igual —le soltó Duanphen—. Lárgate.
El mendigo dio un respingo cuando cayó en la cuenta.
—¡Eres una luchadora! —exclamó, señalándola con el trapo tembloroso—. ¡Te conozco! Eres la que hace trampas. La que...
Como por arte de magia, el cubo del chico se inclinó hacia él y el agua que contenía fue a parar encima de sus pantalones. El muchacho soltó un grito ahogado y se calló, mirando fijamente a Duanphen.
No era magia, sino telequinesia.
—Si me conoces —le dijo ella—, entonces sabrás lo que ocurre cuando se me acaba la paciencia.
El mendigo la miró con los ojos como platos y se escabulló a toda prisa entre la multitud soltando un aullido. Duanphen frunció los labios. ¡Mira que llamarla tramposa! ¿Qué sabría ese desgraciado?
Duanphen llevaba practicando la lucha Muay Thai desde que tenía catorce años: lo hacía para complementar lo poco que le pagaban por sus sesenta horas semanales en la fábrica de ropa, un dinero que apenas le bastaba para el alquiler de esa pensión infestada de cucarachas en la que vivía. Antes de que se manifestaran sus legados, había perdido más luchas de las que había ganado y más de una chica que le doblaba la edad había acabado reventándole la cara.
Después de la invasión, con la telequinesia, las luchas ya le resultaron más fáciles: una zancadilla aquí, un bloqueo allí... Empezó a ganar. Y también a creer en sí misma. La competición se fue endureciendo, pero también mejoró su dominio de la telequinesia.
Un día, uno de sus oponentes la sujetó hasta casi ahogarla y la piel electrificada de Duanphen se activó inesperadamente. Los promotores de las peleas descubrieron entonces su secreto y consideraron que lo que había estado haciendo era «robar». Le dieron a elegir: o trabajaba para pagar la deuda o moría. Ella consideró la posibilidad de tratar de huir, pero iban todos armados y detener balas no era lo mismo que bloquear puñetazos.
Pronto se corrió la voz de que la mafia local tenía a un miembro de la Guardia trabajando para ellos. Así fue cómo la encontró el ejecutivo. Ese hombre conocía a un montón de gente, tenía mucha labia y sabía negociar.
De ahí que fuera tan valioso para la Fundación.
La Fundación saldó la deuda de Duanphen y le permitió empezar de cero. Le dieron más dinero del que nunca había soñado ganar con las peleas, además de ropa y un ostentoso apartamento en Hong Kong. Lo único que tenía que hacer a cambio era cuidar de ese ejecutivo zalamero y llevar su maletín arriba y abajo.
El trato no estaba nada mal, pensó. Hasta que empezó a conocer mejor al ejecutivo. Todos los hombres lo adoraban, porque contaba chistes groseros y les pagaba las copas, pero a Duanphen le parecía un tipo muy desagradable, el típico turista de mediana edad con el que se había encontrado millones de veces en Bangkok. Siempre se estaba quejando de la frialdad de su esposa y de que sus hijos no querían hablar con él.
El ejecutivo salió parsimonioso del club, rodeado de una falange de guardaespaldas. Siempre iba acompañado de un equipo de seguridad, que en las últimas semanas había crecido, por razones que nadie había compartido con Duanphen. Sus esbirros le abrieron un camino en la acera, empujando a un lado a los juerguistas de ropas estridentes para escoltarlo hasta su limusina blindada. La gente alargaba el cuello con la esperanza de poder ver al hombre que llevaba ese séquito. El ejecutivo no era gran cosa: mata de pelo rubio empobrecida, bajito, barrigudo, vestido con un traje de diseño arrugado por la humedad y una camiseta de color salmón con manchas de sudor. No era ningún famoso, debieron de pensar los curiosos, decepcionados. Solo un capullo ricachón. En Bangkok los había a montones.
Duanphen le abrió la puerta del coche al capullo ricachón. Él le pellizcó la mejilla cariñosamente y ella sintió que se moría un poco por dentro.
—Te has perdido un rato genial, Dawn —dijo sin apenas poder articular las palabras por el exceso de champán.
—Humm —repuso Duanphen, evasiva. No soportaba esa mala versión farang que empleaba de su nombre.
El ejecutivo interpretó el susurro de Duanphen como una muestra de interés.
—Un día de estos habrás crecido lo bastante para ser una acompañante cañón —le dijo.
Duanphen sonrió con tristeza y apretó el puño. Se acomodó en el asiento trasero, al lado del ejecutivo, mientras otro guardaespaldas se sentaba al volante.
—Quería preguntártelo —dijo el ejecutivo—. ¿Estás contenta de volver a casa?
—No —respondió ella—. No soporto este sitio.
—¿En serio? A mí siempre me ha encantado Bangkok. —Sacó la mano por la ventanilla y la agitó con frivolidad—. Aunque es más divertido cuando no estás tan rodeado de gente.
Duanphen sabía que le irritaba llevar tanta seguridad. Los guardaespaldas del ejecutivo no eran los típicos gorilas que cualquiera podía contratar en Bangkok, sino mercenarios muy bien entrenados. El destacamento del Grupo Blackstone había sido idea de su esposa —o, mejor dicho, lo había ordenado ella. La mujer del ejecutivo también estaba en la Fundación y, al parecer, tenía más poder que su marido. Al menos, ese detalle alegraba un poco a Duanphen.
El resto de los miembros del equipo de seguridad se subió a otros dos coches, uno detrás de la limusina y el segundo, delante. El ejecutivo suspiró cuando sus poco refinadas fuerzas de seguridad emprendieron el camino de vuelta al hotel por las calles repletas de gente.
Le echó un vistazo a su reloj.
—Ah, se ha hecho un poco tarde. —Contoneó los dedos delante de Duanphen y añadió—: Pongámonos a trabajar.
Al parecer, estaba en Bangkok para firmar algunos documentos sobre un hotel en el que había invertido. Sin embargo, a pesar de que ese negocio lo había hecho rico, esa ya no era su auténtica ocupación.
Duanphen le tendió el maletín. El ejecutivo lo abrió con su huella digital y extrajo el contenido: una elegantísima tableta. La desbloqueó con su huella digital y un código de nueve dígitos que Duanphen no podía saber. La tableta se conectaba a un servidor seguro vía satélite. El hombre se repantingó en el asiento, a la espera de que el ordenador estableciera la conexión.
—Hay mucha asistencia —dijo, muy satisfecho. Le gustaba fardar, así que no le molestaba que Duanphen le echara un vistazo a la tableta.
Había veinte personas esperando a que empezara la conferencia electrónica. Cada uno tenía un símbolo que lo representaba: el signo del infinito, un zorro enseñando los dientes, una estrella azul y plateada que a Duanphen le pareció que debía de ser el escudo de un equipo de fútbol. Los prosaicos avatares de gente muy rica en el club del ejecutivo.
Un amasijo de sombras culebreó entre los símbolos: era la representación del ejecutivo, el aspecto que adoptaba siempre el subastador en esos acontecimientos de la Fundación.
—Buenas noches a todos —dijo, después de conectar el micrófono y activar el modulador de voz—. Esta noche se subastan los servicios de Salma G. para el fin de semana del tres al cinco de enero.
El ejecutivo subió la fotografía de Salma y la mandó a los postores. La chica tenía una larga y ondulada melena castaña algo revuelta y un par de cejas muy pobladas y tan juntas que parecía que estuviera pensando en algo profundamente. En la imagen, Salma llevaba una maraña de pañuelos que apenas podían distinguirse de su holgado vestido: todo era estampado. Estaba sentada en la posición de loto, con los extremos de los dedos juntos y la mirada perdida, como si meditara.
El ejecutivo cerró el micrófono para poder decirle a Duanphen con una sonrisa de suficiencia:
—Qué vestido tan bonito lleva, ¿eh? Los de marketing pensaron que sería bueno darle un aire de gitana adivina.
—Ya veo —respondió Duanphen.
—Tú no necesitarás nada de eso cuando salgas a subasta. Tu cara ya deja muy claro lo que haces.
Duanphen se tocó su nariz torcida, pero no respondió. El ejecutivo había abierto el micrófono de nuevo y volvía a hablar a su público internacional.
—Las siguientes especificaciones ya se incluyeron en vuestro dosier, pero os las resumiré. Salma tiene dieciséis años. Es de Marruecos. Habla árabe con fluidez y un inglés y un francés aceptables. No tiene problemas de salud. El comprador debe proporcionarle una dieta halal. El control telequinésico de Salma no es especialmente bueno, de modo que, si es eso en lo que estáis interesados, tenemos otros activos mejores. Su gran atractivo es su capacidad premonitoria. Es ideal para hacer una visita al hipódromo o al casino, aunque no recomendamos usar sus legados para elegir valores u otras inversiones a largo plazo. Salma está georestringida; ya se os ha proporcionado una lista de las localizaciones aprobadas. Se recuerda a los postores que compran únicamente el uso de los legados de Salma y que cualquier comportamiento que la Fundación considere inapropiado o perjudicial para el activo conllevará la inmediata expulsión de la organización.
Duanphen sabía que, en ese caso, expulsión significaba muerte. Por muy rico o poderoso que pudiera ser un miembro de la Fundación, si violaba las normas, era castigado.
—Muy bien. —El ejecutivo se aclaró la garganta—. Como nuestra querida Salma ha despertado mucho interés, creo que deberíamos empezar la puja con cinco millones de euros. ¿He oído cinco millones?
Inmediatamente, un puñado de símbolos se desconectaron de la conferencia. El precio era demasiado elevado para algunos, pero no para todos. Las pujas iban subiendo. Cada vez que uno de los símbolos palpitaba, se oía un suave pitido y la puja se incrementaba 250.000 euros.
Al cabo de cinco minutos, la subasta había terminado. El fin de semana con Salma se había adjudicado por 10,6 millones de euros. El ejecutivo comprobó su cuenta bancaria. El pago ya había llegado.
—El muy cabrón habrá recuperado el dinero en una noche. —El ejecutivo inspiró por la nariz y le tendió la tableta a Duanphen. Ella volvió a meterla en el maletín—. Deberíamos llevarnos un porcentaje de lo que la chica les hace ganar en las mesas, ¿no?
—Es mucho dinero —dijo Duanphen, asombrada por el precio al que se había vendido el miembro marroquí de la Guardia.
—Eh —repuso el ejecutivo, encogiéndose de hombros—, tampoco es tanto.
Llegaron al hotel del ejecutivo. Era un sitio fastuoso, cuyo personal, vestido con chaleco de seda y pajarita, se paseaba arriba y abajo con toallas calientes y vasos de agua de rosas. Al ejecutivo le encantaba. Tenía reservada toda la planta del ático para él solo. Bueno, no exactamente toda. Duanphen dormía en una habitación contigua a la gran suite y en el pasillo había siempre un puñado de guardaespaldas.
Algunos de los hombres del ejecutivo se quedaron en el vestíbulo; los demás se subieron al ascensor con ellos dos. Cuando llegaron al último piso, vieron allí a otros dos guardaespaldas, haciendo guardia delante de la puerta de la suite.
—Vigilando un pasillo vacío —protestó el ejecutivo—. ¡Una forma magnífica de aprovechar nuestros recursos!
Sin embargo, cuando estuvo más cerca de la suite, se puso de repente a silbar una alegre tonadilla. Duanphen levantó una ceja. El hombrecillo se contoneaba, balanceando los brazos hacia delante y hacia atrás, como si estuviera de muy buen humor. Quizás había bebido más de lo que ella creía.
—Vamos, ya sé que estáis haciendo vuestro trabajo, chicos —dijo el ejecutivo—. No quería ser desagradable. Acabo de ganar un montón de dinero esta noche, ¿sabéis? Debo repartir la riqueza, como les encanta decir a los pobres. —Se detuvo abruptamente en medio del pasillo—. ¡Vamos, tíos! —los instó—. ¡Acercaos!
Los guardaespaldas hicieron lo que les pedía. Solían ser siempre un grupo muy estoico, pero de repente se les veía tan animados como al propio ejecutivo. Algunos sonreían mientras se apiñaban de forma improvisada. Duanphen arqueó una ceja: los mercenarios del Grupo Blackstone solían ser mucho más profesionales.
—No es nada fácil el trabajo que hacéis y quiero mostraros mi agradecimiento. —El ejecutivo se sacó del bolsillo el generoso fajo de billetes que llevaba sujeto con un elegante clip y empezó a llenar de bahts tailandeses las palmas extendidas de sus guardias de seguridad—. Bangkok es un lugar ideal para un grupo de machos fornidos como vosotros. Vamos, tomaos la noche libre. Salid a divertíos. Invito yo, por supuesto.
Como si no hubiera bastado con el dinero, el ejecutivo le entregó su tarjeta de crédito a uno de los guardias y luego le lanzó la cartera a otro. Les guiñó el ojo y les hizo señas para que se fueran. Cuando los duros mercenarios se encaminaron a trompicones hacia los ascensores, cogidos del brazo, riéndose y bromeando, él se los quedó contemplando como un padre generoso.
Duanphen observó la escena con la boca abierta, sin dar crédito.
—Pero ¿qué...? —Estaba desconcertada—. ¿Se puede saber qué demonios está haciendo?
El ejecutivo le dedicó una sonrisa.
—¿Dónde está el problema, Dawn? ¿No quieres irte con ellos? Vamos, mujer. Ve a divertirte. —Se llevó las manos a los bolsillos—. Aunque me temo que me he quedado sin dinero...
Duanphen le miró al fondo de los ojos; parecían ausentes.
—Está usted...
Decidió no perder más tiempo con ese ejecutivo que le sonreía con aire estúpido.
—¡Eh, esperad un momento! —gritó yendo tras los mercenarios.
El ascensor, no obstante, ya se había cerrado. ¿Se habían vuelto todos locos?
—Señor —le dijo Duanphen al ejecutivo, apretando los puños—. Se comporta usted de un modo muy extraño.
—No digas tonterías —repuso él, pasando la llave por el lector.
En cuanto el ejecutivo abrió la puerta de su suite, Duanphen supo que algo iba mal. El ambiente estaba cargado, a demasiada temperatura, no a los grados marcados en el termostato que exigía el ejecutivo. Y ¿de dónde procedía esa brisa?
El ejecutivo se detuvo de golpe y se pellizcó el puente de la nariz. Sacudió la cabeza, como si acabara de despertar de una pesadilla.
—Dawn, ¿qué...? ¿Acaban de robarme nuestros hombres? O... ¿Qué me ha pasado?
La respuesta estaba plantada en medio de la suite.
Era un joven delgado, castaño, peinado con esmero, con la raya a un lado y una onda impecable fijada con gomina en el otro. Llevaba ropa cara: pantalones de vestir grises, chaqueta negra y una elegante camisa blanca. A Duanphen le dio la sensación de que tenía aspecto de mago; una impresión adecuada, porque se las había arreglado para burlar el cinturón de seguridad del ejecutivo. El cristal roto de la puerta del balcón probablemente era la explicación... Aunque ¿cómo se las había apañado para escalar el edificio hasta ahí arriba?
El ejecutivo estaba paralizado.
—Tú...
—No ha sido fácil convertirte en un hombre generoso y forzar a esos idiotas del Grupo Blackstone para que actuaran como adolescentes —dijo Einar. Estaba muy ojeroso y le faltaba el aliento, como si hubiera hecho un gran esfuerzo. Levantó un dedo y añadió—: Dadme un minuto, por favor.
Duanphen no titubeó. Estaba claro que ese Einar era una amenaza. Quizá fuera incluso la razón por la que el ejecutivo había necesitado reforzar la seguridad. Cargó contra él, levantando el maletín metálico del ejecutivo por encima de la cabeza, a modo de arma.
¡Bum! No lo había visto venir. Un segundo intruso se estrelló contra ella desde el lateral, la levantó del suelo y la arrojó contra la mesa del café. Era un tipo fornido y encorvado, que se ocultaba tras la capucha del deslucido chándal gris que llevaba puesto.
Einar se sentó en una mullida butaca y extendió las piernas.
—No eres el único que tiene guardaespaldas. ¿Quieres ver cómo se desarrolla la escena? —le dijo dedicándole una sonrisa.
Duanphen se puso en pie de un salto y se enfrentó al tipo amenazante del chándal. Era imponente, pero ella aún lo era más cuando luchaba. Activó su legado y un campo eléctrico crepitó por todo su cuerpo. Solo una de sus descargas ya tenía voltaje suficiente para dejar inconsciente a un buey.
Los brazos de Duanphen eran más largos que los del bruto del chándal, que enseguida recibió varios golpes en la cara: un jab seguido de un buen tortazo con el maletín. El tipo se balanceó hacia atrás, manteniendo la distancia mientras los puños cargados de electricidad de su oponente chisporroteaban delante de sus narices. Duanphen solo lo estaba poniendo a prueba, calibrando su habilidad.
—¡Ja!
De pronto descargó una violenta patada circular. El tipo del chándal apenas levantó el antebrazo, indiferente, y bloqueó el golpe.
Duanphen soltó un grito y se desplomó en el suelo, con la espinilla doblada en un ángulo imposible. Se había roto la pierna contra el antebrazo de su atacante. Había sido como darle una patada a una pared de ladrillos.
Le dolía tanto que perdió el control de su legado. Enseguida tuvo encima al tipo del chándal, que la agarró por el cuello, la levantó del suelo sin ningún esfuerzo y echó el puño hacia atrás.
—¡Detente! —le chilló Einar—. ¡No la mates! ¡Ni siquiera deberías haberle roto nada!
Tal como le habían ordenado, el hombre del chándal soltó a Duanphen. La muchacha se retorcía en el suelo, gimoteando, con el cuerpo doblado alrededor de la pierna rota.
Einar miró al ejecutivo.
—A ese, en cambio...
Duanphen vio cómo ocurría. El ejecutivo consiguió volverse y echar a correr, pero ya era demasiado tarde. El tipo del chándal lo agarró por el pescuezo, lo levantó del suelo y luego —crac— le rompió la espina dorsal contra su rodilla, como si hubiera sido una rama seca.
En las múltiples peleas que había perdido, Duanphen había vivido siempre el mismo momento, la sensación previa a la pérdida de conocimiento, cuando todo el daño se disipa con la oscuridad. El dolor de la pierna era agudo e intenso... Demasiado intenso como para soportarlo. Se dejó ir...
Y entonces alguien la despertó a bofetones. ¿Cuánto tiempo había estado inconsciente? ¿Segundos? ¿Minutos? Aún seguía en la habitación del hotel y la brisa que se colaba por la ventana rota le daba escalofríos a pesar de la humedad. Cada vez que movía levemente su cuerpo, una nueva esquirla de dolor se abría paso por su pierna maltrecha. Duanphen quería evitar esa agonía, escabullirse, pero temía que si volvía a desmayarse, tal vez ya no se despertaría.
Einar estaba inclinado encima de ella. Dejó de abofetearla en cuanto Duanphen enfocó la mirada.
—Hola de nuevo —le dijo entonces. Levantó la tableta del ejecutivo que tenía en la mano—. ¿Cómo puedo acceder?
Con un dedo tembloroso, la muchacha señaló el cadáver del ejecutivo y musitó:
—Huella dactilar.
Sintió un calor pegajoso bajo su cuerpo, algo tibio que se iba expandiendo. ¿Era...?
—Sí, ya sé lo de la huella dactilar. Ya nos hemos encargado de eso. —Einar le mostró la mano cercenada del ejecutivo.
Duanphen sintió náuseas. Estaba echada encima de un charco de sangre que se expandía rápidamente desde el cuerpo del ejecutivo. En un momento de pánico, la muchacha comprobó sus propias muñecas y respiró aliviada al ver que estaban intactas. Se habían limitado a abrir el maletín mediante telequinesia.
Detrás de Einar, el tipo del chándal se estaba limpiando las manos ensangrentadas con una sábana. Algo raro le ocurría a su piel. Duanphen aguzó la mirada, pero Einar chasqueó los dedos delante de sus narices.
—¿Sabes el código? —le preguntó.
Ella sacudió la cabeza y respondió:
—Solo lo sabía él.
Einar frunció el ceño.
—Vaya. Nos hemos entusiasmado demasiado, ¿verdad? —Se puso en pie—. Bien: esta es la situación, Duanphen. ¿Lo he pronunciado bien?
—Sí —respondió, asintiendo.
—Nosotros somos como tú. Miembros de la Guardia. Seguro que habrás notado que los otros guardaespaldas de tu equipo han empezado a actuar de forma extraña ahí en el pasillo. He sido yo. Puedo controlar las emociones. —Duanphen se encogió cuando Einar alargó el brazo, pero lo único que hizo el muchacho fue tocarle la nariz con delicadeza—. Pero no voy a hacerlo contigo, cariño.
—¿P-por qué?
—Mi nueva política es no usar mi legado contra los que son como yo a no ser que sea absolutamente necesario. Tampoco los mato. Buenas noticias para ti, ¿no? Pero aún debes hacer una elección. Opción uno: entregas un mensaje de mi parte. Les dices a los de la Fundación que sé quiénes son y que voy a ir a por ellos. Te dejamos aquí. Los guardias no tardarán en regresar, te llevarán al hospital, te curarán la pierna, y luego descubrirás lo que hace la Fundación con los activos que no cumplen con su trabajo.
Duanphen le echó un vistazo al cuerpo destrozado del ejecutivo. La Fundación no iba a perdonarle ese fracaso, seguro.
—¿Opción dos?
—La opción dos —prosiguió Einar— es que te vengas conmigo y me ayudes en lo que estoy haciendo.
Duanphen ya sabía qué opción iba a elegir, pero aún tenía una pregunta.
—¿Qué... qué estás haciendo?
—Muy sencillo. Estoy rehaciendo el mundo.
BAJO TIERRA - ACADEMIA DE LA GUARDIA HUMANA - POINT REYES, CALIFORNIA
—Tienes que despatarrarte bien —dijo Nigel, relajándose en la chirriante silla plegable metálica en la que estaba sentado mientras hacía su demostración—. Como si tuvieras las pelotas demasiado grandes para los pantalones que llevas.
Justo delante, Taylor Cook levantó una ceja.
—No me parece tu mejor consejo, Nigel.
—Eh, no te obsesiones con el equipamiento, cariño —repuso él—. Se trata más bien de un estado mental.
Taylor se recogió un mechón de pelo rubio detrás de la oreja y trató de reproducir lo mejor que pudo la postura pasota de Nigel: apoyó un brazo en el respaldo de la silla y separó las piernas de forma ofensiva.
—No está mal —opinó él. Rebuscó en el bolsillo de su chaleco y le arrojó a Taylor un paquete de chicles de manzana ácida—. Y ahora mastica un par de estos con la boca bien abierta. Como si no soportaras los chicles.
Taylor siguió las instrucciones de Nigel y lo miró con desdén por encima del globo verde fluorescente. Él se echó a reír.
—Brillante, ha sido brillante —dijo—. Te miro y no sé muy bien si quiero abofetearte o ser tu mejor amigo.
—¿Gracias? —respondió Taylor, enderezándose un poco.
—En primaria, tenía un profesor que no soportaba cuando hacía el número del chicle. Se ponía de los nervios. Me llamaba indolente.
Debajo de la mesa a la que estaban sentados, Isabela Silva levantó la mirada de las llamativas tarjetas que empleaba para aprender inglés.
—«Indolente» —repitió, articulando la palabra—. ¿Qué significa?
—Significa que todo te la trae al pairo —respondió Nigel.
Isabela se quedó estudiándolo unos instantes y bostezó.
—Sí. Es una buena palabra para describirte. Sobre todo en materia de ropa e higiene.
Nigel sonrió con suficiencia y se alisó las arrugas de su apolillada camiseta de los Misfits. Tal vez no fuera el tío más refinado de la Academia, pero no se veía como alguien indolente, ya no. Se preocupaba por las cosas.
Le importaba ser miembro de la Guardia.
Durante la invasión mogadoriana, había sido el primer humano en responder a la petición de ayuda de los lóricos y, después de que ganasen la guerra, uno de los primeros estudiantes inscritos en la Academia. No todo había sido juego y diversión. Tuvo que aguantar también clases soporíferas, entrenamientos agotadores y pasarse muchas horas de brazos cruzados. Ah, y alienígenas malvados asesinaron a algunos de sus nuevos amigos, fanáticos religiosos quisieron cargarse a los de su grupo y un miembro de la Guardia psicópata casi consiguió ahogarlo.
Las había pasado canutas, de eso no cabía duda. Y aún tenía pesadillas.
Pero no cambiaría esas experiencias por nada. Y menos ahora que a sus amigos y a él les habían encomendado su primera misión de verdad: desmantelar en secreto a una camarilla de ricachones consagrados a secuestrar y explotar los talentos de la Guardia Humana. Estaba encantado de apoyar esa causa.
Y encima tenían un escondite secreto brutal.
Estaban debajo del centro de entrenamiento, ocultos entre los mecanismos de la dura carrera de obstáculos que había construido el profesor Nueve. Accedían a su guarida a través de una trampilla oculta detrás del muro de piedra. Una vez dentro, el techo era un imponente engranaje de titanio reluciente y toda una colección de poleas, correas y piñones que accionaban las acechantes trampas mortíferas instaladas en el suelo de arriba. Ahí abajo había además un despliegue de paneles de control y cajas de fusibles, marañas de cables y cuerdas, y algunos motores que no paraban de ronronear.
Y también estaban las piernas de Kopano, que colgaban del techo. Al verlas, Nigel hizo una pausa y parpadeó varias veces.
Kopano estaba arriba, usando su legado, distorsionando su masa física o lo que fuera. Nigel aún no había conseguido hacerse a la idea de lo que hacía su amigo, ni siquiera después de haber visto las imágenes del microscopio de alta potencia que Malcolm Goode —su profesor de ciencias— había grabado. El vídeo mostraba que Kopano podía separar sus partículas atómicas para atravesar materia sólida o, alternativamente, endurecer esas mismas partículas para que su piel fuera impenetrable. Gracias a ese poder, Kopano le había salvado la vida a Nigel.
También había dejado de usar la puerta para entrar en su habitación: hacía ya tiempo que se limitaba a pasar a través de ella.
—¿Lo encuentras? —le preguntó a Kopano el profesor Nueve. También estaba en el techo, usando su legado antigravedad para colgarse de ahí arriba, sujetando a Kopano del tobillo. Nigel sabía que su amigo había estado trabajando en ese ejercicio: mantener una parte del cuerpo sólida y la otra, intangible.
Al cabo de un segundo, Kopano sacó la mitad superior de su cuerpo de los engranajes. El muchacho respiraba agitadamente y sudaba, sujetando con la mano una pieza de metal retorcida.
—He encontrado el problema —dijo, dejando caer el trozo de chatarra. El metal repiqueteó contra el suelo—. ¿Tienes una de recambio?
—Ahí abajo —respondió Nueve, señalando la caja de herramientas que había en el suelo.
Kopano dejó escapar un suspiro e hizo levitar la pieza hasta el lugar del techo donde se encontraban. El profesor Nueve nunca desaprovechaba una oportunidad para entrenarlos.
Nadie ajeno al grupo conocía ese escondite. Desde su enfrentamiento con la Fundación, bajaban a hurtadillas a ese lugar al menos una vez por semana, cuando el resto del campus dormía. Eso no significaba que el profesor Nueve fuera más considerado con ellos. Aunque hubiesen celebrado una de sus reuniones secretas hasta tarde, al día siguiente los despertaba para que asistieran a su sesión de entrenamiento de las cinco de la mañana, parte de su castigo por haber salido a hurtadillas de la Academia.
La trampilla del techo se abrió y Ran Takeda se descolgó. La japonesa le había salvado la vida a Nigel tanto como Kopano. Por la noche, después de una de sus frecuentes pesadillas, Nigel se despertaba frotándose el esternón: aún sentía un dolor fantasma cada vez que se imaginaba a Ran haciéndole explotar el corazón para devolverlo a la vida. Cada vez que la veía le entraban ganas de abrazarla.
Ran lo miró asintiendo con la cabeza y se sentó a su lado.
—¿Me he perdido algo? —quiso saber.
—Aún no hemos empezado —respondió Nigel y, gesticulando hacia la desparramada Taylor, añadió—: Le estaba dando algunas lecciones sobre cómo actuar como una auténtica delincuente.
Como respuesta, Taylor hizo estallar un globo de chicle.
Todo formaba parte del plan que estaban trazando.
—Ya veo —dijo Ran. Bajó la mirada hacia la mesa—. Creo que uno de los guardias de patrulla nocturna me ha visto venir hacia aquí.
—No, no te ha visto —respondió la voz de una mujer desde detrás de una batería de ordenadores portátiles—. Yo también me he fijado en él. Tengo pinchada su radio. No ha dado ningún aviso.
Esa era Lexa.
Antes de que empezara todo el asunto de la Fundación, Nigel había visto a esa mujer por el campus un par de veces y, por supuesto, la había reconocido. Era la piloto de la nave lórica que lo había rescatado —a él y a otros miembros humanos de la Guardia— en las cataratas del Niágara, durante la invasión de los mogadorianos. Nigel sabía que venía de Lorien y que, sin embargo, no tenía legados como la Guardia: era solo una extraterrestre corriente. El resto de estudiantes y profesores de la Academia, no obstante, no conocían los orígenes de Lexa. Después de una breve conversación con el profesor Nueve, Nigel no tuvo ningún problema en guardarse ese pedacito de información para él. Para todos los demás, Lexa no era más que la experta en ciberseguridad de la escuela y la única directora del departamento de Tecnología de la Información.
Cada vez que el grupo convocaba una reunión, Lexa se aseguraba de que ninguna de las cámaras que había instaladas por la Academia los grabara escabulléndose hacia su escondite. Ponía las grabaciones en bucle, un proceso sin interrupciones e imposible de detectar.
El doctor Malcolm Goode y Caleb Crane fueron los últimos en aparecer. Ellos dos bajaron por la escalera. Al verlos entrar, el profesor Nueve y Kopano interrumpieron la reparación y se sentaron con los demás alrededor de la mesa.
—¿A alguien le apetece un té? —preguntó Malcolm encaminándose tranquilamente hacia el microondas de la pequeña cocina que habían instalado ahí abajo. Ran alzó la mano. Nigel resopló y levantó la mirada con exasperación. Té. ¡Qué remilgada era esa costumbre inglesa!
Taylor también resopló y levantó la mirada, imitando a Nigel.
Caleb se sentó a su lado. El duplicador y compañero de habitación de Nigel tenía las ojeras muy marcadas: parecía cansado.
—Tío, estás hecho polvo —le dijo Nigel.
—Tenemos la sensación de que los ojos se nos van a caer de las órbitas —respondió Caleb—. Quiero decir...
—Ya lo he pillado —lo interrumpió Nigel—. No pretendías hablar en plural. Entonces ¿has encontrado algo?
Con la excusa de estar realizando un estudio independiente, Caleb y el doctor Goode habían invertido muchas horas revisando los archivos online de todas las fuentes de información, los foros de discusión de la red oscura e incluso los blogs de la teoría de la conspiración en busca de cualquier mención de la Fundación o su penoso nombre completo: Fundación para un Mundo Mejor. Caleb era especialmente indicado para esa tarea, porque su equipo de clones podía revisar seis veces más material que cualquier otra persona en el mismo tiempo.
—Esta noche nos hemos concentrado en los mercenarios del Grupo Blackstone —dijo Caleb—. Hemos hecho una cronología de sus operaciones de los últimos años.
—¿Y?
—Yo crecí entre militares, pero ¿esa gente? —Caleb tuvo un escalofrío—. Llevan años esquivando cargos por crímenes de guerra internacionales.
—Parecían tan buenos chicos cuando trataban de dispararnos —ironizó Taylor.
Caleb le dedicó una sonrisa y empezó a decirle algo, pero entonces Kopano se dejó caer en la silla que Taylor tenía al lado.
—Debo de ser un genio de la mecánica —declaró el chico, limpiándose las manos con un trapo.
Taylor se volvió hacia él y le limpió una mancha de grasa de la mejilla.
—¿No eres el mismo que ha necesitado mi ayuda para imprimir el trabajo de literatura hace solo un rato?
—Nunca se preocuparon de incluir los atascos de papel en nuestros entrenamientos —repuso Kopano.
Nigel se fijó en el modo en que Kopano miraba a Taylor. Caleb la miraba igual. Los dos estaban embobados contemplándola con ojos de enamorados. Eran incapaces de disimular. ¡Qué obvio!
—Muy bien —dijo el profesor Nueve dando una palmada que, gracias a su brazo metálico, hizo un ruido parecido al de los platillos—. ¿Ya estamos todos? Empecemos pues.
El doctor Goode regresó con su té y le dio la vuelta a la pizarra blanca con la mano que tenía libre. Toda la información que habían conseguido reunir sobre la Fundación estaba allí pegada. Nigel ya la había visto antes —y prácticamente la había memorizado—, pero sus ojos seguían devorando ese misterio en busca de algo que se le pudiera haber pasado por alto.
Había una foto granulada de Einar (el miembro de la Guardia capaz de controlar la mente que estuvo a punto de asesinar a Nigel) que había tomado una cámara de tráfico en Los Ángeles días antes del asalto que orquestó con los Segadores para secuestrar a Taylor. Junto a la cabeza de Einar, había un pósit en el que se leía: «Manipulación emocional. ¿Se ha desviado del camino? Gilipollas».
Einar no estaba solo en esa foto. A su lado, en el coche, aparecía Rabiya. Él la había abandonado, esos pirados de los Segadores la habían secuestrado, le habían dado una paliza, y luego Einar se la había llevado de nuevo. Al lado de la muchacha había escrito: «Se teletransporta. Paradero desconocido. ¿Hermano = Príncipe?».
Junto a esta última nota habían pegadas la foto de un joven príncipe árabe muy atractivo y una noticia de periódico acerca de su milagrosa recuperación de una leucemia. Taylor estaba bastante segura de que se trataba del mismo muchacho que había ayudado a curar en Abu Dabi.
Había también una foto de Vincent Iabruzzi, el sanador al que la Fundación había secuestrado mientras participaba en una misión con la Guardia de la Tierra, en Filipinas.
No habían conseguido encontrar fotos de algunos de los implicados, así que pegaron sus nombres en la pizarra, escritos en una ficha. Taylor había identificado a otros dos sanadores que trabajaban para la Fundación: Jiao, una muchacha china que, al parecer, no colaboraba con la organización en contra de su voluntad, y un chico discapacitado cuyo nombre desconocían y al que la Fundación había torturado para que obedeciera. Y luego estaba la misteriosa «B» que le había pegado la bronca a Einar en una conversación por vídeo y que, muy probablemente, era la misma persona que le mandó a Taylor la nota de agradecimiento que recibió después de haberse escapado de Islandia. También habían pegado la nota en la pizarra. Taylor, que le había oído la voz, estaba convencida de que B era británica.
Claro. La mayoría de los británicos que Nigel conocía eran unos gilipollas.
—La verdad es que por una vez tenemos buenas noticias —dijo el profesor Nueve—. Bueno, si realmente consideráis que convivir con una rata de la Fundación son buenas noticias. ¿Lexa? ¿Se lo quieres decir tú?
La experta en ciberseguridad levantó la mirada de sus ordenadores.
—En la última reunión de los administradores de la Academia, mencioné que un hacker trató de infiltrarse en nuestros sistemas y que, después de eso, decidimos reubicar los datos de todos nuestros estudiantes en un servidor nuevo y más seguro.
—Apasionante —musitó Isabela, mezclando sus fichas.
—Este hacker... ¿Ha conseguido descubrir algo? —preguntó Kopano.
—En realidad no había ningún hacker —repuso Lexa—. Al menos ninguno nuevo. Me limité a dar la información sobre el nuevo servidor a los demás administradores.
Nigel enseguida vio por dónde iban los tiros.
—Menuda pájara —dijo, con una sonrisa—. Dime que ha funcionado.
Lexa le guiñó el ojo.
—¿Tú qué crees?
Malcolm dejó la taza de té en la mesa y empezó a pegar un nuevo grupo de fotos en la pizarra.
—Lo siento —dijo Caleb, levantando la mano—. Me he perdido.
—Era una prueba —aclaró Lexa—. Una trampa. Queríamos descubrir si alguien trataba de hackear este servidor nuevo, que en realidad no contiene información real. Ni siquiera esperaron veinticuatro horas.
—El topo es un administrador —concluyó Ran.
Taylor miró a Nueve y le soltó:
—Creía que habías dicho que eran buenas noticias. ¿Te parece una buena noticia que la Fundación haya llegado a comprar a alguien con un cargo de tanta responsabilidad en la Academia?
Nueve se encogió de hombros.
—La buena noticia es que ahora podremos pillarlo por los huevos.
Malcolm había terminado de colgar las imágenes en la pizarra. Eran todas fotos de las tarjetas identificativas de la plantilla de la Academia.
DOCTORA SUSAN CHEN. DECANA DE ASUNTOS ACADÉMICOS.
CORONEL RAY ARCHIBALD. JEFE DE SEGURIDAD.
DOCTORA LINDA MATHESON. JEFA DE SALUD Y BIENESTAR.
GREGER KARLSSON. ENLACE CON LA GUARDIA DE LA TIERRA.
—Una de estas personas —sentenció Lexa— trabaja para la Fundación.
—Solo tenemos que descubrir cuál —prosiguió Nueve. Luego miró a Taylor y añadió—: Y entonces le tendemos la trampa.
Nigel se frotó las manos.
—Eso es —dijo—. Vayamos de caza.
CENTRO DE ENTRENAMIENTO ACADEMIA DE LA GUARDIA HUMANA POINT REYES, CALIFORNIA
Ran tenía la frente cubierta de gotas de sudor: dejaba que la energía emanara de sus palmas para trasladarla al bloque de cemento. Probablemente había usado su legado miles de veces, pero la sensación seguía sorprendiéndola. Era parecida a un cosquilleo. ¿Cómo era posible que algo potencialmente tan destructivo le hiciera cosquillas?
Una vez cargada con su energía, la piedra empezó a soltar un brillo carmesí: sus moléculas estaban vibrando. A veces Ran se preguntaba de dónde debía de proceder esa energía. Era una fuerza desestabilizante y al parecer brollaba de una fuente interminable que albergaba en su interior.
¿Qué decía eso sobre ella?
Había pasado algún tiempo con otros compañeros cinéticos, miembros de la Guardia cuyos legados les permitían generar energías y elementos de la nada. Uno de ellos era Omar Azoulay, que escupía fuego. Otra, Lisbette Zabala, que creaba y manipulaba hielo. A Ran le parecía que esos legados tenían sentido: no eran intrínsecamente violentos. El fuego podía dar calor en invierno y el hielo, refrescar en verano. La energía caótica de Ran, en cambio, simplemente estallaba, estuvieran en la estación que estuvieran.
No procedía de ninguna parte. Y no producía nada.
Ran la sentía bajo la punta de los dedos. La carga en el bloque de cemento iba creciendo. Si retiraba las manos en ese momento, dispondría de unos cinco segundos para buscar refugio. Transcurrido ese tiempo, las moléculas desestabilizadas se repelerían mutuamente y saldrían despedidas con violencia. La piedra estallaría, los fragmentos resultantes volarían por los aires y las personas que estuvieran cerca resultarían heridas.
Pero eso no tenía por qué ocurrir.
—Muy bien, Ran. —La voz del doctor Goode llegó a sus oídos desde un altavoz—. Ya tengo los datos que necesitaba. Puedes parar.
El científico la observaba desde una sala adyacente, protegido detrás de un cristal a prueba de explosiones. Estudiaba la actividad de Ran a través de unas lentes muy potentes que le permitían recoger datos en una amplia variedad de espectros. Junto a Malcolm estaba sentada Lexa. Como era habitual, tenía delante un ordenador portátil, pero sus ojos no se apartaban del bloque resplandeciente que Ran había cargado. Lexa no acostumbraba a asistir a esas sesiones, pero, después de la reunión que habían celebrado hacía un par de días, a medianoche, lo seguía todo más de cerca.
Ran soltó un gruñido, concentrada en lo que hacía, y apretó los dientes.
—Ahora... la voy a... absorber.
—Ten cuidado.
Ran asintió. Un mechón de su corta cabellera negra se le había pegado en la mejilla, que tenía empapada en sudor. Esa era la parte más difícil.
Trataba de absorber de nuevo la energía que había descargado, pero al parecer esa fuerza no quería regresar a su cuerpo, quería liberarse. Esta parte no le hacía cosquillas: le escocía. Era como tragarse el propio vómito con todo el cuerpo.
Si depositaba una cantidad suficiente de energía en un huevo y luego la reabsorbía, lo que conseguía era un huevo duro. Se había hartado de comérselos hacía unas semanas.
También había aprendido que si, en un momento de desesperación, vertía su energía en el cuerpo de un tío británico cuyo corazón se había detenido y la absorbía de nuevo, lo que conseguía era a un amigo que volvía a respirar. Ese truco lo había aprendido en Islandia. Pero todos preferían pensar que no tendría que repetirlo a menudo, especialmente después de haber visto los moretones en el esternón de Nigel. Era de esperar que no volvería a hacer de desfibrilador en algún tiempo.
Y si vertía su energía en un bloque de cemento, ¿qué conseguía? ¿Algo útil? Estaba a punto de descubrirlo.
El único problema era que su energía —su caos interior— seguía queriendo liberarse. Toda esa violencia tenía que ir a alguna parte.
El resplandor se fue apagando. El cemento ya no tenía energía. A Ran empezaron a temblarle mucho las manos y tuvo que abrazarse con fuerza.
Sintió como si una mano enorme hecha de burbujas le diera un guantazo y salió disparada hacia atrás, mientras su cuerpo se sacudía y se retorcía. Ya habían hecho ese mismo experimento con distintos objetos inanimados, de modo que, conscientes de lo que iba a suceder, habían instalado una red para recoger a Ran. Aun así, explotar era muy doloroso.
Como las demás veces, Malcolm abandonó rápidamente su área de seguridad y corrió a su lado.
—¡Ran! ¿Estás bien?
La muchacha tenía la ropa cargada de electricidad estática y, cuando abrió la boca para responder, un hilo de humo se elevó desde su lengua. Sus manos, por donde la energía había salido y había entrado, estaban en muy mal estado: ya se le habían empezado a poner moradas y las tenía muy hinchadas, como si hubiera aporreado una puerta con ellas una y otra vez. No cabía duda de que necesitaría ver a Taylor.
Ran asintió cuando Malcolm la ayudó a levantarse.
—Estoy bien.
—Has utilizado mucha... más energía de lo que habíamos hablado.
—Quería saber lo que ocurriría —respondió Ran.
Malcolm se subió las gafas hasta lo alto de la nariz.
—Ya sé que a Nueve le gusta enseñaros que el mejor modo de hacer evolucionar vuestros legados es que os forcéis, que trabajéis al límite, pero en tu caso... Debemos ser precavidos. Es lo único que digo.
Ran se miró las manos. Las tenía delgadas, con los dedos largos; cuando era joven, había asistido a clases de piano en Japón. Ahora las venas le sobresalían, oscuras e irritadas. Se preguntó, no por primera vez, qué ocurriría si se soltaba por completo. Nunca conseguiría alcanzar ese «límite» del que Malcolm hablaba. ¿Cuánta energía tenía en su interior? ¿De cuánta destrucción era capaz?
Se obligó a abandonar esos pensamientos. No quería descubrirlo.
Lexa asomó la cabeza desde el área de seguridad.
—¿Estás bien, Ran? —preguntó.
—Estoy bien —repitió.
Se aproximó al bloque de cemento, sacudiéndose las manos, aún doloridas, y le dio un empujoncito con el dedo del pie. Levantó una nube de polvo. Aparte de eso, la piedra seguía sólida.
—¿No ha habido ningún cambio? —preguntó Ran, volviéndose hacia Malcolm.
El científico se aproximó al bloque de cemento con un martillo en la mano y le asestó algunos golpes contundentes. Después de que se soltaran algunos pedazos pequeños, Malcolm le echó un vistazo a la tableta que sostenía con la otra mano.
—Apenas ninguno —respondió—. Has cargado los átomos, como siempre, pero cuando has retirado la energía, el cemento ha regresado a su estado inerte. Al parecer, tu legado solo tiene un efecto transformador en el tejido orgánico e incluso en esos casos es difícil de cuantificar.
A Ran se le contrajeron las comisuras de los labios.
—Que no sirve para nada, vaya.
—Bueno, sabemos que eso no es del todo verdad —trató de consolarla Malcolm.
—Puedo hacer un huevo duro. Puedo reactivar un corazón como último recurso. Estas cosas no tienen... mucho valor, doctor Goode. ¿Cómo se supone que voy a ayudar a la gente con este legado? Básicamente soy una bomba con un cerebro.
—Humm. —Malcolm buscó entre varias lecturas en su tableta y luego se acercó a Ran—. Aquí lo tienes.
La pantalla de la tableta exhibía una imagen del bloque de cemento captada por uno de los muchos objetivos con los que Malcolm había grabado el área de prueba. A Ran no le parecía más que una masa resplandeciente, al menos hasta que Malcolm acercó el dedo a una sombra oscura en medio del cubo.
—¿Ves esto? ¿Donde no se ha acumulado tu energía?
—¿Sí?
—Es una grieta —le aclaró. Malcolm le hizo rodear el bloque de cemento para que comprobara que no había fisuras visibles en la superficie de la roca—. Una grieta en el interior del cemento. A veces ocurre, cuando queda aire en el vertido. Si ejerciéramos presión suficiente, me refiero a mucha presión, ese sería el punto por el que se rompería el hormigón.
Ran estudió la sombra afinada que aparecía en la imagen, frunciendo los labios.
—En Japón, los terremotos eran siempre un dolor de cabeza. Mi padre... —Se aclaró la garganta—. Mi padre era ingeniero y se encargaba de comprobar que los edificios aguantarían. Tal vez...
—Tal vez podrías usar tu legado para esto —dijo Malcolm desarrollando el pensamiento de Ran, con una sonrisa de oreja a oreja—. Tu energía, o la ausencia de ella, podría emplearse para detectar la debilidad estructural que se nos pasaría por alto con los métodos tradicionales.
La expresión de Ran se agrió cuando Malcolm intentaba destacar un hecho positivo.
—Pero ¿y si cometo un error? ¿Me cargo un edificio? ¿Lo echo a perder? —preguntó.
La sonrisa de Malcolm se esfumó.
—Bueno, por supuesto, deberíamos abordar el proceso con cautela...
—Lo más seguro para todos es que no utilice mi poder para nada —concluyó Ran.
—¿Lo más seguro? ¿O lo más egoísta?
Ran y Malcolm se volvieron. Greger Karlsson estaba apoyado en la entrada del centro de entrenamiento, con una insufrible sonrisa petulante en los labios. Como siempre, el enlace con la Guardia de la Tierra iba vestido con un traje de marca y llevaba el pelo meticulosamente peinado: todo en él rezumaba una seguridad en sí mismo que bordeaba la arrogancia. Ran había estado tan absorta en la prueba que no se había dado cuenta de que estaba ahí plantado.
No era extraño que Greger fuera a verla entrenar. Por el rabillo del ojo, Ran vio que Lexa desaparecía de nuevo detrás de su portátil.
—¿Perdona? —le replicó Ran.
—Greger, puede que este no sea el mejor momento... —intervino Malcolm con diplomacia.
Greger hizo caso omiso de la objeción agitando la mano y se adentró en la sala para acercarse a Ran.
—Debo admitir que su insistencia con el pacifismo tiene algo de admirable, señorita Takeda, pero me temo que está siendo un poco obtusa.
Ran frunció los labios: admirable y obtusa. Un cumplido seguido de un insulto.
—No tiene por qué esforzarse tanto en estos entrenos, ni tampoco negar lo que es. Podría hacerse mucho bien usando sus legados tal como estaba previsto.
—Humm. Greger, no creo que podamos saber cómo tenía previsto usar estos legados la entidad Lorien —replicó Malcolm.
Ran no estaba de humor para tratar el tema como un debate intelectual, así que, antes de que Greger hubiera tenido tiempo de acercársele demasiado, le arrebató el martillo a Malcolm, lo cargó y se lo arrojó al enlace.
—¡Demuéstramelo! —le soltó con aspereza—. Demuéstrame cómo usarías esto para hacer el bien.
Greger se apartó del objeto resplandeciente. Se metió la mano en el interior de la chaqueta y extrajo su teléfono móvil sin apartar sus ojos de Ran ni un solo instante.
—Lo haré —le aseguró—. Un momento, por favor.
Mientras Greger abría un buscador de internet, Ran arrojó el martillo cargado en el cajón de arena que había en la carrera de obstáculos. Allí explotó, levantando una tímida nube de escombros.
Greger le tendió el teléfono. En la pantalla había un titular del periódico The Guardian: «SOLDADOS AUSTRALIANOS MASACRADOS EN YEMEN».
—Esto ocurrió la semana pasada —explicó Greger—. Un helicóptero australiano sobrevoló un baluarte terrorista en un vuelo rutinario de reconocimiento. Gracioso, ¿verdad?, que después de una invasión alienígena y un cambio completo de los límites de la realidad, estas insignificantes diferencias humanas como la religión y las fronteras sigan siendo tan importantes.
—Para troncharse —repuso Malcolm con sequedad.
Sin pedirle permiso, Ran le arrebató el teléfono y le echó un vistazo al artículo, a pesar de que Greger le explicaba el contenido.
—Después de un fallo en el motor, el helicóptero se vio obligado a hacer un aterrizaje de emergencia —prosiguió el enlace, hablando más para Ran que para Malcolm—. El enemigo tenía a los australianos acorralados. Estaban en una posición de difícil acceso. Recurrir al apoyo aéreo tradicional, misiles y ese tipo de recursos, era demasiado arriesgado. El rescate era imposible. Así que esos valientes hombres y mujeres fueron abandonados a su suerte.
Ran levantó la cabeza y miró a Greger a los ojos.
—¿Qué podría haber hecho yo? ¿Acaso tengo más recursos que los militares?
—Una joven con tus habilidades podría haber hecho detonar las barricadas de los enemigos con más precisión que la balística tradicional —le aclaró Greger—. Tus explosiones controladas podrían haber salvado a esos soldados y, al mismo tiempo, minimizar los daños en la infraestructura local y las bajas civiles.
Ran le lanzó a Lexa una mirada. El movimiento fue muy sutil, pero la lórica lo percibió y asintió con la cabeza.
—Sigues sin entenderlo —le dijo entonces Ran a Greger arrojándole el móvil al pecho—. Mis explosiones no son siempre controladas, ni tampoco predecibles.
—Francamente, creo que te vendes fatal —repuso Greger—. He visto muchos de tus entrenamientos. Es más, he visto grabaciones de tus actuaciones en el campo de batalla. Eres increíblemente buena.
—Se me ocurre una expresión —le respondió Ran con frialdad, haciendo caso omiso del cumplido—. Cuando tu única arma es un martillo, todos los problemas te parecen clavos. Ya te lo he dicho antes: no quiero ser el martillo de la Guardia de la Tierra.
Greger esbozó una sonrisa de suficiencia y se volvió hacia la metralla en que se había convertido el martillo que Ran había hecho estallar.
—Una metáfora muy adecuada, supongo. Aun así, mi recomendación para la Guardia de la Tierra sigue intacta. Estás lista, Ran. Deberías graduarte y empezar tu servicio en el mundo. Por muy destructivo que pueda parecer tu legado, al final servirá para salvar vidas.
De pronto, Ran se sintió exhausta. Cada vez que el enlace pasaba por la Academia tenían esa misma discusión. Ya estaba harta. No había tantas maneras de decirle a un tonto que no estaba dispuesta a hacer saltar a gente por los aires por un bien mayor. Ran le dio la espalda y colocó la mano en el brazo de Malcolm.
—Gracias por trabajar conmigo, doctor Goode. ¿Podemos seguir con la prueba mañana?
—Por supuesto —respondió el hombre con una sonrisa empática—. Ve a ver a Taylor para que te cure.
Ran asintió con la cabeza. Sin decir una palabra más, rodeó a Greger con toda la intención y se encaminó hacia la salida del centro de entrenamiento. Cuando empujó la puerta, los oyó hablando de ella.
—Un día —le dijo Greger a Malcolm— tendrá que aceptar lo que es.
—Creo —repuso Malcolm, muy seco— que es exactamente lo que está haciendo.

—Ha sido más fácil de lo que creía —les dijo Ran a los demás esa noche, cuando volvieron a reunirse debajo del centro de entrenamiento—. Me ha tendido el móvil.
—Como se había conectado al wifi y no estaba pendiente de su teléfono, he podido acceder —aclaró Lexa—. Y he descargado todos sus contactos, sus correos electrónicos, todo.
—¿Has encontrado algo sospechoso? —preguntó Kopano.
—Por desgracia, no —respondió la lórica.
—Puede que ese capullo tenga un segundo móvil —aventuró Nigel lanzándole una mirada a Ran.
Sabía lo mucho que Greger había presionado a su amiga y no le gustaba. Ran valoraba que fuera tan protector con ella, pero no dijo nada. No le parecía probable que Greger fuera el topo. Era tan rastrero que resultaba difícil imaginar que escondiera aún más bajezas.
—Oh, un tío como él seguro que tiene un segundo teléfono —aseguró Isabela, soplándose las uñas—. Uno para los negocios y la familia, y otro para sus asuntos.
—Pero si ni siquiera está casado —objetó el profesor Nueve.
Isabela se encogió de hombros e insistió:
—Ya verás.
—He observado algo curioso —dijo Lexa—, aunque no veo que necesariamente tenga que ver con la Fundación.
Ran se inclinó hacia delante y preguntó:
—¿Qué es?
—Había llamadas, tanto recibidas como enviadas, a varios números encriptados. Me ha costado un poco, pero al final me han conducido hasta la CIA. —Lexa se fijó en la mirada desorientada de Isabela y aclaró—: La agencia de espionaje de los Estados Unidos.
—Oh —repuso la brasileña.
—Ya sabes, como Jason Bourne —añadió Kopano tratando de ayudar.
—¿Quién es ese tío? —preguntó Isabela.
Taylor intervino antes de que se desviaran demasiado del tema.
—Greger es sueco, ¿verdad?
—Suizo —dijo Nueve.
—No, es sueco —lo corrigió Malcolm.
Nueve levantó ambas manos y suspiró:
—Este planeta tiene demasiados países.
—¿Por qué hablaría un sueco con la CIA? —preguntó Taylor—. Es un poco raro, ¿no?
—Puede que esté relacionado con su trabajo en la Guardia de la Tierra —aventuró Caleb—. Es fácil que haya organizaciones de todo tipo interesadas en nosotros.
—Demasiadas —dijo Taylor.
Mientras los demás hablaban, Nigel se levantó y se encaminó hacia la pizarra. Cogió un rotulador negro y dibujó un bocadillo junto a la cabeza de Greger. Dentro escribió: «¿Soy malo?».
Al verlo, Ran soltó una carcajada, probablemente más entusiasta de lo que el dibujo de Nigel se merecía. Se sintió bien: se había liberado de la presión, casi como cuando cargaba un objeto.
Malo o no, Greger se equivocaba con ella.
Se lo demostraría. Sus capacidades no se limitaban a hacer estallar cosas.