LAGOS (NIGERIA)
LA SEMANA ANTERIOR A LA INVASIÓN, EL padre de Kopano, Udo, vendió su televisor. A pesar de las fervientes plegarias de su madre para que su marido encontrara trabajo, Udo seguía en el paro, y ya eran tres los meses de alquiler que debían. Kopano, sin embargo, estaba muy tranquilo: sabía que pronto aparecería un nuevo televisor en casa. Faltaba poco para que empezara la temporada de fútbol y su padre no se la perdería.
Cuando las naves alienígenas llenaron el cielo, toda la familia de Kopano se reunió en el salón del apartamento de su tío. La primera reacción del muchacho fue dedicarles una sonrisa a sus dos hermanos pequeños.
—No seáis tontos —les dijo—, esto es una de esas películas americanas.
—¡Está en todos los canales! —gritó Obi.
—Vamos, chicos, tranquilos —les soltó el padre de Kopano.
Vieron las imágenes de un hombre de mediana edad, al parecer un alienígena, dando un discurso delante del edificio de las Naciones Unidas, en Nueva York.
—¿Lo veis? —insistió Kopano—. Os lo he dicho: ese es un actor. ¿Cómo se llamaba?
—¡Chist! —protestaron todos sus hermanos al unísono.
El caos no tardó en imperar. Nueva York estaba sufriendo el ataque de criaturas humanoides blanquecinas que derramaban sangre negra y se convertían en cenizas al morir. De repente, entró en escena un atajo de adolescentes con poderes parecidos a los efectos especiales y empezó a atacar a los alienígenas. Esos adolescentes eran solo un poco mayores que Kopano y, a pesar del caos que había provocado su llegada, el muchacho enseguida comenzó a infundirles ánimos. En los días siguientes, Kopano supo cómo se llamaba cada uno de los dos bandos. Los lóricos contra los mogadorianos. John Smith y Setrákus Ra. Estaba claro quiénes eran los buenos.
—¡Alucinante! —exclamó Kopano.
No todo el mundo compartía su entusiasmo. Su madre se arrodilló y se puso a rezar; estuvo mascullando insistentemente palabras acerca del Juicio Final hasta que su marido se la llevó con cariño a su dormitorio.
El más pequeño de sus hermanos, Dubem, estaba muy asustado y se pegó a sus piernas. Kopano era corpulento, como su padre, pero allí donde Udo tenía barriga, él tenía músculos. Enseguida cogió a Dubem en brazos y, mientras le daba un par de palmaditas en la espalda, le dijo:
—No te preocupes, Dubem. Esto está pasando muy muy lejos de aquí.
Se quedaron pegados al televisor de su tío todo el día, hasta que anocheció. Ni siquiera Kopano consiguió conservar su habitual buen humor cuando retransmitieron las imágenes de la destrucción de Nueva York. Apareció en pantalla un mapamundi con muchísimos puntos rojos concentrados en más de veinte ciudades: eran naves alienígenas.
Su padre hizo una mueca burlona cuando vio esa imagen.
—¿El Cairo? ¿Johannesburgo? ¿Estos sitios se merecen una nave y nosotros no? —Dio una palmada y añadió—: ¡Nigeria es el gigante de África! ¡Qué falta de respeto!
Kopano sacudió la cabeza.
—Eso que has dicho no tiene ningún sentido. ¿Qué harías si los mogadorianos se presentaran aquí? Supongo que esconderte debajo de la cama.
Udo le levantó la mano, como si fuera a pegarle, pero Kopano ni siquiera pestañeó. Padre e hijo se fulminaron con la mirada hasta que Udo soltó un resoplido y se volvió hacia el televisor.
—Me cargaría a unos cuantos —murmuró, al cabo.
Kopano sabía que su padre era un fanfarrón y un intrigante rematado, y ya llevaba años respondiendo con una risa burlona a sus palabras grandilocuentes. Sin embargo, cuando lo oyó hablar de matar a mogadorianos, ni siquiera esbozó una sonrisa. Él sentía lo mismo. Kopano tenía que hacer algo, salvar el mundo como los chicos que había visto luchando delante de las Naciones Unidas. Se preguntó qué debía de haber sido de ellos. Esperaba que aún estuvieran ahí, peleando, convirtiendo en polvo a esos gusanos alienígenas.
Los lóricos. ¡Eran fantásticos!
La segunda noche de la invasión, Kopano se quedó en el porche de su tío. Lagos nunca había estado tan tranquila. Todo el mundo contenía la respiración, a la espera de que ocurriera algo terrible.
Kopano entró en casa. Sus hermanos y su tío aún seguían delante del televisor, medio adormilados, viendo las noticias horribles acerca del asalto chino fallido a una de las naves mogadorianas. Su padre estaba repantigado en un sillón, roncando. Kopano se dejó caer en el futón: estaba exhausto.
Soñó con el planeta Lorien. En realidad, fue más una visión que un sueño: se fue desplegando como una película. Vio el origen de la guerra que se había extendido por la Tierra, descubrió quién era el líder mogadoriano, Setrákus Ra, y también cómo los valientes miembros de la Guardia se habían enfrentado a él. La epopeya parecía sacada de la mitología griega.
Y entonces, de pronto, se despertó. Pero no se encontraba en el futón de su tío, en Lagos, sino en un anfiteatro descomunal, junto a otros jóvenes procedentes de otros países. Algunos hablaban entre sí; muchos de ellos asustados, todos confundidos. No había ni uno que no hubiera tenido la misma visión. Kopano oyó lo que contaba un muchacho: al parecer, mientras cenaba con su familia, tuvo una sensación extraña y, a continuación, se despertó allí, en esa gran sala.
—¡Qué sueño tan raro! —observó Kopano.
Algunos de los chicos que tenía cerca asintieron entre murmullos, y la niña que estaba sentada a su lado se volvió para mirarlo y le preguntó:
—Pero ¿este es mi sueño o el tuyo?
De pronto, varias personas se materializaron de la nada, sentadas alrededor de una mesa, profusamente decorada, que ocupaba el centro de la sala. Con las numerosas imágenes de ellos que habían visto en televisión y en YouTube, todos los presentes reconocieron a John Smith y a los demás lóricos. Empezaron a oírse preguntas en voz alta: «¿Qué pasa?», «¿Por qué nos habéis traído aquí?», «¿Vais a salvar el planeta?». Kopano no abrió la boca. Estaba demasiado asombrado y quería saber lo que tenían que decirles sus nuevos héroes.
John Smith les habló. Transmitía seguridad y confianza, pero, en cierto modo, su actitud era humilde. A Kopano le cayó bien de inmediato. Se dirigió a todos los humanos allí presentes y les comunicó que todos tenían legados.
—Ya sé que parece una locura y, probablemente, pensaréis que no es justo —reconoció John Smith—. Hace solo unos días, llevabais una vida normal, y ahora, sin previo aviso, vuestro planeta está lleno de alienígenas y podéis mover objetos con la mente. Es así, ¿verdad? A ver... ¿Cuántos de vosotros habéis descubierto que tenéis telequinesia?
Muchas manos se levantaron, entre ellas la de la muchacha japonesa. Kopano miró alrededor con envidia. Estaba decepcionado. Mientras él había estado repantigado delante de la tele, los demás habían aprendido a dominar la telequinesia.
Sentada a la mesa había una muchacha lórica que desprendía luz por los ojos. Cuando habló, su voz resonó como un eco. Desplegó un mapa en el que había marcadas varias localizaciones. La loralita, una piedra originaria de Lorien, estaba creciendo en esos lugares. Los que tenían legados —miembros humanos de la Guardia, al parecer como el mismo Kopano— podrían usar esas piedras para teletransportarse por todo el planeta. Y colaborar en la lucha.
—Por supuesto, no puedo obligaros a uniros a nosotros —prosiguió John Smith—. Dentro de unos minutos, os despertaréis exactamente donde estabais antes de acudir a esta reunión. En un lugar seguro, espero. Y quizá con los que estamos luchando y la ayuda de los ejércitos de todo el mundo... sea suficiente. Tal vez consigamos expulsar a los mogadorianos y salvar la Tierra. Pero si fracasamos, aunque os hayáis quedado al margen de esta batalla..., vendrán a por vosotros. Así que, a pesar de que no me conocéis, a pesar de que hemos puesto vuestras vidas patas arriba, os lo pido: quedaos con nosotros. Ayudadnos a salvar el mundo.
Kopano se animó. Apretó y relajó los puños. ¡Estaba listo!
De repente, Setrákus Ra empezó a gritar amenazas, mientras escaneaba la sala con sus ojos negros, escrutando a los presentes con la mirada. Y la gente fue desapareciendo, fue abandonando ese sueño. Kopano se despertó con un sobresalto, empapado en sudor y con un terrible dolor de cabeza.
El pequeño Dubem era el único que aún seguía despierto y lo miraba fijamente, con los ojos muy abiertos.
—Kopano —le susurró—, ¡desprendías luz!
Al día siguiente, cuando toda la familia se había reunido de nuevo delante del televisor, Kopano hizo la siguiente declaración.
—Los lóricos me han visitado en sueños. El mismísimo John Smith me ha pedido que me uniera a ellos para ayudar a defender la Tierra. Nos han enseñado un mapa del mundo en el que había señalada la localización de unas piedras que podríamos usar para teletransportarnos junto a ellos. Una de esas piedras se encuentra en Zuma Rock. Tengo que ir enseguida para seguir mi destino.
Dubem asentía solemnemente con la cabeza mientras el resto de la familia lo miraba con los ojos muy abiertos. Y entonces su padre y su tío se echaron a reír, y su hermano Obi enseguida los imitó.
—¡Esta sí que es buena! —gritó su padre—. ¡«Seguir su destino»! Vamos, cállate ya: no podemos oír las noticias.
—Pero yo lo vi —intervino Dubem, con voz temblorosa—. ¡Kopano desprendía luz!
Su madre se persignó y suspiró:
—El diablo se ha apoderado de esta casa.
Udo miró a su hijo con los ojos entornados. Kopano estaba de pie, con el pecho henchido, dispuesto a luchar con quien fuera.
—Muy bien, señor Superhéroe —le dijo Udo comedido—. Si eres un alienígena, adelante, enséñanos cuáles son tus poderes.
Kopano inspiró profundamente y bajó la mirada hacia sus manos. No se sentía distinto, pero eso no significaba que los asombrosos poderes de los lóricos no corrieran por sus venas, ¿no?
Con un movimiento digno de una película de artes marciales, lanzó ambas manos hacia su padre. Esperaba que la fuerza telequinésica saliera disparada hacia delante e hiciera caer a su viejo de la silla, pero aunque Udo se encogió ante el gesto repentino de su hijo, no ocurrió nada.
El tío de Kopano se echó a reír de nuevo y le asestó a su hermano una palmada en la espalda.
—¡Menuda cara has puesto! —le espetó—. ¡Parece que te hayas cagado en los pantalones!
Udo frunció el ceño y se volvió hacia Kopano para resoplarle:
—¿Lo ves? No ha pa...
De repente, empezó a retorcerse de dolor: se agarró el pecho y pateó el aire con movimientos espasmódicos. Luego abrió los ojos como platos, presa del pánico.
—¡Estoy...! ¡Estoy...! —gritó—. ¡Estoy hirviendo por dentro!
La madre de Kopano comenzó a gritar.
Kopano y sus hermanos corrieron junto a su padre, y su tío retrocedió un paso, aterrado.
—¡Papá, lo siento! —se lamentó el muchacho, agarrándolo del brazo—. No sabía que...
Su padre le dio una colleja y, mientras le sonreía de oreja a oreja, se recuperó milagrosamente y se volvió hacia el televisor. Todo había sido una broma práctica.
—Serás tonto... ¡Estoy bien! O quizá mis poderes alienígenas son mejores que los tuyos, ¿qué te parece? —Y, agitando la mano hacia su hijo, lo instó—: Vamos, ve con tu madre. Le has dado un susto de muerte.
Kopano se escabulló. ¿Había sido solo un sueño? Al fin y al cabo, ¿qué habría hecho él de haber tenido legados? ¿Un muchacho de Lagos corriendo a salvar el mundo? Ni siquiera Nollywood hacía películas con hipótesis tan inverosímiles.
El pequeño Dubem lo cogió de la mano.
—Yo te creo, Kopano —le susurró el menor de sus hermanos—. Se lo demostrarás a todos.
Por suerte, durante los días siguientes a su embarazosa declaración, la familia de Kopano estuvo demasiado pendiente de las noticias como para reírse de él. Pero entonces la invasión terminó de forma repentina y brutal: las naciones de la Tierra se coordinaron para atacar simultáneamente las naves mogadorianas. Mientras, los miembros de la Guardia, los que habían invadido los sueños de Kopano y le habían prometido cosas mejores que Lagos, entraron en la base secreta que los mogadorianos tenían en Virginia Occidental y mataron a Setrákus Ra. Kopano se imaginó allí, luchando codo con codo con los miembros de la Guardia y abrasando a Setrákus Ra con su aliento llameante.
Aliento llameante, ese sería su legado, decidió Kopano.
Cuando las noticias anunciaron que la Tierra estaba fuera de peligro, todos salieron a celebrarlo. Su padre lo abrazó con fuerza y ambos bailaron calle abajo, mientras los fuegos artificiales estallaban encima de sus cabezas. Kopano no conseguía recordar la última vez que Udo lo había abrazado de ese modo tan afectuoso, al menos desde que había dejado de ser un niño.
Al día siguiente, empezó.
«Hijo alienígena, ¡ve al mercado antes de ir a la escuela y recoge las cosas en las que estoy pensando! ¡Usa tu telepatía!».
«Hijo alienígena, ¿has terminado tus deberes?».
«Hijo alienígena, usa tu telequinesia para servirme una cerveza».
Kopano sonreía cuando le hacían esos comentarios, pero por dentro bullía de rabia. Su padre desempleado se pasaba el día ahí sentado, buscando modos de humillarlo.
Y, lo que era peor: su hermano Obi había hecho correr la noticia por toda la escuela. Los compañeros de clase de Kopano no tardaron en mofarse de él. Uno de los puestos del mercado había empezado a vender máscaras mogadorianas de goma, unas caras grisáceas horrendas con los ojos vacíos y unos dientecitos amarillentos, y algunos de sus compañeros de clase más mayores se dedicaban a perseguirlo por los pasillos ataviados con esas caretas; cuando lo pillaban, lo ataban a la portería del campo de fútbol con cinta de embalar y le iban lanzando pelotas por turnos.
Hasta que un día Kopano detuvo una en el aire. Cuando eso ocurrió, todos salieron corriendo despavoridos.
—Por fin —susurró Kopano para sí, retorciéndose para liberarse—. Por fin.
Habían transcurrido ya tres meses desde la invasión. Al parecer, Kopano había florecido tarde.
Al regresar a casa, se encontró a su padre durmiendo en el sofá. Delante de sus hermanos pequeños, Kopano usó su fuerza telequinésica para levantar el mueble del suelo. Y entonces comenzó a gritar:
—¡Fuego! ¡Fuego! ¡Papá, despierta!
Su padre se incorporó de un salto, sacó las piernas fuera del sofá y cayó al suelo desde un metro y medio de altura. El hombre soltó un gruñido y se puso en pie, contemplando, horrorizado, el sofá que flotaba encima de su cabeza, mientras Obi y Dubem se desternillaban de risa. Kopano se limitó a dedicarle una sonrisa, con la misma actitud noble de esa mañana humillante de hacía unos meses.
—¿Lo ves, viejo? ¿Qué te había dicho?
Udo se acercó presuroso a su hijo mientras sus labios iban dibujando una sonrisa, le pellizcó las mejillas y le dijo:
—Mi hermoso hijo alienígena: eres la respuesta a todos nuestros problemas.
Al cabo de unos meses, cuando Kopano ya había llegado a Estados Unidos, la psicóloga Linda Matheson le preguntó acerca de la vida que llevaba en Lagos antes de incorporarse a la Academia de la Guardia Humana.
Kopano estuvo sopesando su respuesta durante un buen rato.
—Bueno —dijo, por fin—, supongo que durante un tiempo fui un criminal.
UN PARADERO SIN DESVELAR
LA INVASIÓN NO FUE LA GLORIOSA EXPERIENCIA que Kopano había imaginado para esos miembros de la Guardia que respondieron a la llamada en sueños de John Smith.
Lo que ocurrió en Patience Creek no apareció en las noticias, y la batalla que tuvo lugar allí no se incluyó en ninguno de los relatos sobre la invasión: se mantuvo en secreto y solo fue recordada por los supervivientes.
Patience Creek, unas instalaciones secretas que el Gobierno tenía en Michigan, sirvieron de refugio a los lóricos tras la invasión. Fue allí donde planearon el contraataque a los mogadorianos. Se unió a ellos un buen número de militares, así como un puñado de miembros humanos de la Guardia, integrado por algunos de los que habían respondido a la llamada telepática de John Smith y otros que se habían cruzado en su camino de algún modo.
Daniela Morales: visión pétrea.
Nigel Rally: manipulación sónica.
Caleb Crane: duplicación.
Ran Takeda: detonación cinética.
Había otros, pero no sobrevivieron al asalto cuando los mogadorianos descubrieron la guarida de Patience Creek. La mayoría de los militares tampoco salió con vida. El mismo John Smith estuvo a punto de morir. La batalla fue sangrienta, brutal y nada heroica. Después de eso, John Smith se dio cuenta de que los humanos que había reclutado no estaban listos para una guerra a gran escala. Necesitaban un entrenamiento que los lóricos no habían tenido tiempo de ofrecerles, al menos hasta entonces. Había que protegerlos.
Así que John Smith decidió prescindir de ellos.
—¡Puta bahía de Guantánamo! —protestó Nigel.
Daniela levantó la mirada con exasperación y repuso:
—Vamos, que esto no es Cuba.
Nigel se agachó y cogió un puñado de arena blanca y reluciente. Luego separó los dedos y los granos volaron por encima del agua cristalina del océano azul. Los rayos del sol caían a plomo sobre la cabeza del muchacho. Era delgaducho, de tez pálida, con las mejillas grabadas con persistentes marcas de acné y la cabeza coronada con una cresta blanquecina cuya piel de alrededor empezaba a quemarse por el sol. Llevaba una camiseta negra sin mangas de los Misfit que desafiaba el calor. Alargó la mano hacia las olas y la fue desplazando hacia la austera base militar que se levantaba a unos doscientos metros (el lugar donde se habían alojado durante los últimos días).
—Una base militar de mal agüero en una isla tropical —contraatacó mirando a Daniela.
—Tampoco es de tan mal agüero —dijo Caleb. Se pasó la mano por sus cabellos cortísimos y arrojó una piedra al agua. Biscuit, la quimera de Daniela, uno de los animales lóricos de forma cambiante que solía adoptar el aspecto de un golden retriever, corrió hacia el mar en busca de la piedra—. Tiene bar.
—No será de mal agüero para ti —replicó Nigel—. Tú creciste en un lugar como este, ¿verdad? Además, tu tío dirige el cotarro.
—Guantánamo es donde llevan a los malos —le recordó Daniela a Nigel—. Nosotros no somos prisioneros. Esto es solo una parada provisional. —Luego se volvió hacia Caleb y añadió—: ¿Verdad?
El tío de Caleb era el general Clarence Lawson. Estaba retirado, pero durante la invasión, lo habían puesto al cargo de la coordinación de los ejércitos de la Tierra junto a los lóricos. Desde entonces, Caleb tenía la sensación de que su tío estaba esperando órdenes. Como si no supiera lo que iba a ocurrir a continuación.
En Patience Creek, Caleb se había convertido en su guardaespaldas.
—Si estos alienígenas se pasan de la raya, contigo siempre tendré un as en la manga —le dijo Lawson a su sobrino. Caleb no creía que pudiera enfrentarse nunca a John o a cualquiera de los lóricos, pero no discutió. Lo de tener un gemelo falso había sido idea de su tío. A Caleb le costaba controlar su legado duplicador (de repente, había generado un segundo cuerpo), así que el mejor modo de ocultar a su clon sería dejarlo a la vista de todos.
Desde que habían llegado a la isla, Caleb cenaba cada noche con su tío, en su despacho privado de ventanas. Eran comidas silenciosas, especialmente después de que uno de los duplicados de Caleb apareciera de repente y le arrojara a su tío un plato de comida a la cara. Desde lo ocurrido en Patience Creek, esos inocentones resultaban cada vez más difíciles de controlar. Eran más alborotadores. Pensaban por sí mismos.
Caleb, no obstante, había decidido mantenerlo en secreto. No abrió la boca, como un buen soldado.
Miró a Daniela, asintiendo con la cabeza, y repuso:
—Supongo que tienes razón.
Nigel resopló. No se creía nada de lo que había dicho Caleb. Dio media vuelta y se quedó contemplando a Bandido, su propia quimera, en forma de mapache, que escarbaba la arena en busca de conchas.
Daniela batió las palmas.
—Yo solo quiero volver a Nueva York —dijo—. Encontrar a mi madre. Hacer algo útil.
Todos asintieron con la cabeza, incluso Ran Takeda, la callada chica japonesa que estaba sentada junto a su quimera, una tortuga llamada Gamora, acariciándole su áspero caparazón con la palma de la mano. Esta era la vida que llevaban: ver noticias acerca de las consecuencias de la invasión, alimentarse con la comida de la base militar cocinada en microondas y pasar el rato en la playa. A veces, practicaban la telequinesia y reproducían algunos de los juegos rudimentarios que Nueve les había enseñado apresuradamente durante las breves sesiones de entrenamiento que habían tenido con él. Miraban hacia delante, con la esperanza de que, en el futuro, pudieran serles de alguna utilidad. Y ponían todo su empeño en no pensar en Patience Creek.
Al cabo de un rato, Daniela y Caleb se marcharon, dejando a Nigel y a Ran a solas en la playa.
La muchacha japonesa miró a su compañero y, tras una larga pausa, le dijo:
—No creo que nadie sepa quiénes somos.
Nigel le sonrió. Aún no podía creerse que Ran hablara tan bien en inglés. Cuando la conoció en la piedra loralita de las cataratas del Niágara creyó que era muda; y estuvo convencido de ello durante todo el órdago de Patience Creek. En realidad, todo el mundo daba por sentado que no sabía ni una palabra de inglés.
Ran le había salvado la vida en Patience Creek, quizás en más de una ocasión, así que Nigel decidió no separarse de ella. Poco a poco, el muchacho empezó a darse cuenta de la mirada sagaz con que la japonesa seguía las conversaciones que se entablaban a su alrededor.
Hasta que un día la pilló sonriendo mientras él soltaba una de sus coloridas invectivas. Cuando se enfrentó a ella, Ran acabó admitiendo que sabía hablar inglés. ¿Por qué no había dicho nada hasta entonces? Porque nadie se había molestado en preguntárselo. Por lo que Nigel sabía, los demás seguían creyendo que la japonesa o era muda, o no entendía una palabra de inglés..., o quizás ambas cosas.
Y así fue como empezó su alianza. Al no tener nada más que hacer aparte de esperar noticias sentados en la playa, tras la confesión de la japonesa, Nigel y Ran empezaron a conocerse. Él le habló de su triste pasado en Londres y ella le contó la vida difícil que había llevado en Tokio. Y descubrieron que tenían algo en común: ninguno de los dos quería volver a su antigua vida.
Nigel se agachó junto a Ran y acarició a Gamora debajo de la barbilla.
—Te dieron la quimera que lleva el nombre de uno de los monstruos de Godzilla, ¿eh? Un poco estereotípico, ¿no te parece? Creía que los refugiados de la avanzada sociedad alienígena serían mejores.
—No me importa. Siempre me han gustado las tortugas. —Ran lo miró apacible—. No tienes que quejarte de todo, Nigel.
El muchacho dejó escapar un suspiro y se volvió para contemplar a Daniela y Caleb, que se alejaban por la playa.
—Pero estarás de acuerdo conmigo en que esta situación en la que nos encontramos es de locos.
—Sí —respondió Ran.
—Entonces podrías decir algo al respecto —la instó Nigel—. Podrías apoyarme cuando uno de los chicos soldados me dice que todo es genial. Bueno, algún día tendrás que empezar a hablar con los demás, ¿no?
Ran se quedó mirando las olas, pensativa.
—No creía que fuera a sobrevivir a la invasión —dijo, al cabo—. Lo único que quería era luchar. No tenía sentido hablar y hacer amigos. —Se quedó en silencio unos instantes—. Después de que llegáramos aquí, seguí así para que el general Lawson y todos los que nos vigilaban hablaran con libertad cuando yo estuviera cerca. Ahora, como bien has dicho, estamos en una situación de locos. Tenemos que descubrir en quién podemos confiar, nakama.
Los cuatro estuvieron semanas en esa isla, viviendo en un extraño limbo. Mientras, el resto del mundo se recuperaba a duras penas de la invasión.
Hasta que un día, estando en la playa, vieron llegar a la base a un escuadrón de helicópteros negros. En ellos viajaba personal militar, varios tipos trajeados y otros con pinta de investigadores que iban cargados con cajas de equipamiento de alta tecnología.
—El terrible triunvirato —observó Nigel—. Soldados, senadores y científicos.
—Hoy ocurrirá algo —anunció Caleb.
—¿No me digas? —repuso Daniela con ironía.
El general Lawson se pasó todo el día reunido con los recién llegados. Los miembros de la Guardia estuvieron mano sobre mano hasta el anochecer, cuando el general solicitó por fin su presencia en una de las soporíferas salas de conferencias de la base. En la mesa había dispuestos varios folletos lustrosos, en cuya portada aparecía una atractiva adolescente rubia levantando un pedazo de pared bajo el que había quedado atrapada una familia. El titular rezaba: «NUESTRO PLANETA. NUESTROS PROTECTORES. LA GUARDIA DE LA TIERRA».
—Hoy ha llegado una delegación de las Naciones Unidas —empezó a decir el general Lawson con ostentación—. Se ha tomado una decisión en relación con...
—Un momento —lo interrumpió Daniela, dando un golpecito con el dedo a uno de los folletos—. ¿Por qué esta chica me resulta tan familiar?
—Es Melanie Jackson —respondió Caleb.
Daniela se lo quedó mirando, visiblemente perpleja.
—¿La primogénita? Ya sabes, ¿de nuestro presidente?
—Oh, sí —repuso Daniela—. Es fuerte, ¿eh?
Nigel entornó los ojos, escrutando con la mirada su copia del panfleto de la Guardia de la Tierra.
—Lleva mucho maquillaje para ser un acto de heroísmo espontáneo —observó.
El general Lawson se llevó los dedos al puente de la nariz y prosiguió:
—La señorita Lawson es la primera en inscribirse en el programa de la Guardia de la Tierra, una iniciativa administrada por las Naciones Unidas para entrenar e implementar a los TAL... perdón, a los miembros humanos de la Guardia.
TAL era un término que había acuñado el Ejército de Estados Unidos, probablemente el mismo Lawson. Significaba Terrícolas Aquejados de Legados.
Daniela sonrió con suficiencia.
—¿Así es como nos llaman ahora? ¿Miembros humanos de la Guardia?
Lawson dejó escapar un suspiro.
—Es sencillo y menos... ofensivo que TAL, al parecer. Hay gurús de las relaciones públicas que lo prefieren así. Yo no soy un experto en la materia.
—Eh —saltó Nigel de repente—. ¿Ha dicho «implementar»? ¿Como los guardias de asalto?
Lawson empezó de nuevo. Su paciencia a la hora de lidiar con las continuas interrupciones había crecido exponencialmente desde que había empezado a trabajar con la Guardia.
—Entre los países participantes están Inglaterra y Japón... —Se volvió hacia Ran y soltó—: Vaya, me he olvidado de llamar al intérprete.
—No hace falta —repuso Ran—. Por favor. Continúe.
Todos se quedaron mirándola, atónitos. Todos salvo Nigel, que no pudo contener la risa. El general Lawson hinchó los carrillos y sacudió la cabeza, tomándose con calma la revelación de Ran.
—Como iba diciendo, el programa para la Guardia de la Tierra se ha pactado entre la mayoría de los países de las Naciones Unidas. Todos los miembros humanos de la Guardia originarios de esos países tendrán la obligación de inscribirse como miembros de la Guardia de la Tierra y someterse al entrenamiento y la observancia de las normas de la Academia de la Guardia Humana, que ahora se está construyendo en California. —Lawson dejó en la mesa un montón de papeles entre los que había informes y densos contratos—. Los detalles legales están aquí. Si queréis, podemos facilitarles billetes de avión a vuestros padres para que vengan hasta aquí antes de que firméis.
—¡A la mierda! —exclamó Nigel con un resoplido, hojeando las páginas.
Caleb intercambió una mirada con su tío y, sacudiendo la cabeza, dijo:
—No hace falta.
Ran y Daniela no abrieron la boca: no se sabía nada de sus familias desde la invasión.
—En cuanto os hayáis sometido a los entrenamientos de la Academia y hayáis demostrado que no sois un peligro para la sociedad, se os incluirá en una unidad de la Guardia de la Tierra. No como tropas de asalto —dijo Lawson, lanzándole a Nigel una mirada—. Nadie se enfrentará a una situación de combate hasta que no haya cumplido dieciocho años, momento en el que esperamos que los pocos mogadorianos que queden se hayan retirado y el mundo sea una utopía. —El viejo militar esbozó una sonrisa de suficiencia—. Como ya he dicho, el tiempo que estaréis con la Guardia de la Tierra lo dedicaréis a labores humanitarias. Ahora mismo, Melanie Jackson está ayudando en los trabajos de limpieza de Nueva York. Daniela, sé que eres de allí y tú ya has demostrado que tienes un excelente control de tus poderes. He dispuesto que puedas saltarte el período de entrenamiento en la Academia y que vayas directamente a la Guardia de la Tierra para ayudar a reconstruir tu ciudad.
Daniela abrió los ojos como platos. A pesar de que no hablaba mucho de ello, todos sabían que aún albergaba esperanzas de encontrar a su madre entre los escombros de Manhattan. Allí los hospitales estaban desbordados, algunos de los barrios todavía no tenían electricidad y aún se seguían encontrando supervivientes. Era posible.
Miró a los otros tres miembros de la Guardia. En Patience Creek, le había prometido a John Smith que los protegería. Pero la invasión había terminado. Había mantenido su palabra. Nigel le sonrió y Ran asintió con la cabeza.
Daniela alargó el brazo hasta el otro lado de la mesa para coger un bolígrafo.
—¿Dónde tengo que firmar?
Nigel se reclinó en la silla y, estudiando a Lawson, le preguntó:
—Bien, entonces, ¿quién estará a cargo de este rollo de la Academia? ¿Tú?
Lawson sacudió la cabeza.
—No. Mi trabajo era ocuparme de la guerra y la guerra ha terminado. Las Naciones Unidas han asignado a alguien más adecuado para entrenar a personas con vuestras capacidades únicas.
—¿Ah, sí? ¿A quién?

Los estadounidenses hicieron mucha presión para que la Academia estuviera en el interior de sus fronteras. Después de todo lo que Estados Unidos había hecho para coordinar el ataque contra las naves mogadorianas, ninguno de los demás líderes mundiales estaba en posición de contradecirlo. Técnicamente, la Academia estaría en suelo internacional, financiada con fondos de las Naciones Unidas y protegida por tropas de cascos azules que velarían por su total seguridad.
La apartada zona de Point Reyes, situada unos setenta y cinco kilómetros al norte de San Francisco, fue la ubicación elegida para la Academia: la gente de San Francisco y del Nacional Park cedió generosamente los terrenos a las Naciones Unidas. Tras comprometerse a ser tan respetuosos como les fuera posible con la naturaleza, los responsables empezaron las obras en los acantilados de la antigua reserva natural.
—Tío, este lugar será enorme —dijo el joven mientras vigilaba la construcción: cientos de trabajadores ya estaban despejando el área y preparando los cimientos, mientras los buldócer rugían y las grúas recorrían el terreno—. ¿Cuántos estudiantes se espera que vengan?
El hombre que tenía al lado levantó la mirada de la tableta y, subiéndose las gafas de la punta de la nariz, repuso:
—En el último recuento se registraron más de cien miembros humanos de la Guardia, pero cada día aparecen más.
El joven soltó un silbido. Llevaba su larga cabellera negra recogida en un moño improvisado. El viento soplaba con fuerza y el chico no paraba de apartarse mechones rebeldes de delante de los ojos. Había visto el proyecto y, ahora, contemplando el terreno, trataba de imaginarse cómo sería la Academia. Dos residencias, cada una con capacidad para alojar a quinientos estudiantes, una calle sin salida flanqueada de casas para los profesores, un aulario equipado con ordenadores y laboratorios de última generación, un centro recreativo, un complejo de entrenamiento diseñado por los militares, un estadio, energía solar y un generador alimentado por la marea. Todo enclavado entre los bosques de abetos del valle y los acantilados rocosos de Drake’s Bay. No era tan raro que una escuela privada se encontrara en medio de la nada; esta, sin embargo, estaba rodeada de miles de vallas electrificadas con alambre de espinos y varias patrullas vigilaban el perímetro las veinticuatro horas del día.
—¿Qué está pensando, profesor? —preguntó el doctor Malcolm Goode, enfatizando el título por el que había negociado su joven amigo, a pesar de no haber acabado el instituto.
El muchacho se frotó el punto en el que su brazo protésico se le unía al hombro. Aún le escocía como un demonio.
—No es un ático —observó Nueve—, pero supongo que servirá.
TURNER COUNTY (DAKOTA DEL SUR)
EN TODA LA INVASIÓN, TAYLOR COOK SOLO vivió un momento que tuviera que ver remotamente con la acción: la aparición en la granja de su familia de un camión cargado de jóvenes de la zona con la intención de animar a su padre a ir a la guerra.
—Nos vamos a Chicago, por si el ejército necesita nuestra ayuda —anunció el conductor, Dale, el encargado del colmado del pueblo—. Vamos a matar a algunos de esos putos alienígenas.
—Ajá —repuso Brian, el padre de Taylor—. Comprendo.
Brian estaba de pie en el porche, con los brazos cruzados en actitud escéptica. Taylor llevaba ayudando a su padre con la granja desde que su madre se había marchado, y sabía muy bien lo que significaba esa pose: la adoptaba cada vez que uno de los trabajadores de la granja hacía alguna estupidez. Taylor no acababa de compartir esa paciencia infinita que su padre tenía con la idiotez.
La muchacha, que se había detenido unos pocos pasos por detrás de su padre, examinó el contenido del camión. Había tres chicos apretujados en la cabina y otros cuatro en la parte trasera, y todos iban armados con rifles y vestidos con ropa de caza. Había algo casi cómico en ese grupo de hombres, dispuestos a combatir a los alienígenas con reflectores naranja brillantes pegados a los hombros. Taylor tenía la sensación de que ese día —con las naves, los invasores y los superpoderes— era una especie de sueño desquiciado. Por supuesto, estaba asustada (habría sido de locos no estarlo), pero eso no le impidió esbozar una sonrisa burlona al ver la patrulla que habían improvisado sus vecinos.
Uno de los muchachos de la parte trasera del camión vio la cara de mofa de Taylor y le soltó:
—¿Qué es lo que te parece tan gracioso?
Era Silas, el principal trabajador de su padre. Apenas tenía veinte años, era moreno y llevaba el cabello peinado hacia atrás con una tonelada de gomina, y un cigarrillo entre los labios. Taylor se echó la cabellera rubia por encima del hombro y se cruzó de brazos, copiando intencionadamente la postura de su padre.
—¿Habéis visto lo que miden esas naves? —le preguntó a Silas, mirándolo a los ojos—. ¿De qué van a servir vuestros rifles de caza contra eso? Por favor, ¡si tienen gente que sabe volar!
—El que vuela está de nuestro lado —puntualizó Silas.
—Bueno, eso da igual —replicó Taylor—. Seguro que está esperando que vayas a salvarlo, Silas.
—Mejor eso que quedarnos aquí sin hacer nada —musitó él.
—Lo único que vais a conseguir es que os maten —aseguró Taylor—. Si antes de llegar a la frontera del estado ya os habréis caído de la camioneta.
Algunos de los muchachos que también estaban de pie en la parte trasera descubierta del vehículo soltaron una risita. Silas estaba furioso, pero no abrió la boca.
—En las noticias han dicho que deberíamos quedarnos en nuestras casas —observó Brian con frialdad, mirando a Taylor por encima del hombro—. Volved con vuestras familias, ¡por el amor de Dios! Estamos a diez horas en coche de Chicago y quién sabe lo que podéis encontraros. Es más seguro esperar.
—Pero es que es el fin del mundo —replicó Dale; su brazo rollizo colgaba fuera de la ventanilla—. Nosotros al menos moriremos luchando. No nos ha parecido de buenos vecinos marcharnos sin venir antes a preguntarte si querías unirte a nosotros.
—Bien —repuso Brian soltando un suspiro—, pues ya lo habéis hecho. Yo me quedaré aquí, con mi hija. Si vosotros insistís en enfrentaros al peligro, bien, pues rezaré por vosotros. Espero volver a veros.
—Me alegro de haberte conocido, Brian —dijo Dale, poniendo en marcha la camioneta.
—Mañana no voy a ir a trabajar, señor Cook —gritó Silas cuando el vehículo arrancó.
—Tampoco lo esperaba, hijo —respondió Brian.
Taylor y su padre se quedaron allí de pie, en silencio. La camioneta enfiló a toda velocidad el camino de tierra hasta alcanzar la carretera por la que había venido; cuando desapareció en la lejanía, la paz volvió a reinar en la granja. Una mariposa revoloteó por el aire y se oyeron de nuevo los gruñidos revoltosos de los cerdos en el establo. Taylor no tenía en absoluto la sensación de que el planeta estuviera amenazado.
—Tú no crees que esto sea el fin del mundo, ¿verdad? —le preguntó a su padre.
—No lo sé, cariño —respondió Brian con tranquilidad. Su padre no se sentía afectado por nada, ni siquiera por esos llamados mogadorianos—. ¿Quieres un helado? Será mejor que nos los comamos antes de que nos quedemos sin electricidad.
Así que Taylor y su padre se pasaron toda la invasión delante del televisor, con la nariz pegada a las noticias que llegaban de las principales ciudades. De vez en cuando, cuando la corriente fallaba, se entretenían jugando al cuatro en raya y al Scrabble. Dejaron de hacer todas las tareas (salvo alimentar a los animales) y se quedaron en casa zampándose toda la comida basura que tenían. Taylor trató de llamar a algunos de sus amigos para saber cómo se encontraban, e intentó dejarles mensajes, pero las redes móviles habían caído. La granja parecía una isla a años luz de las batallas que se estaban lidiando en todo el mundo.
Y entonces, de repente, todo se terminó. El líder mogadoriano murió, las naves cayeron y los lóricos fueron aclamados como héroes. El precio en vidas que se pagó fue muy elevado, en especial en las ciudades más importantes, pero a Taylor esas cifras le parecían ilusorias, como si esa invasión hubiera ocurrido en un universo diferente. En Turner County no murió nadie. Una semana después de la invasión, cuando Silas regresó muy circunspecto a la granja, Taylor se enteró de que la Guardia Nacional había interceptado a esos tontos del culo que habían salido para Chicago en una gasolinera en la frontera con Minnesota: se habían pasado la invasión emborrachándose.
Al cabo de unas semanas, las cosas habían vuelto a la normalidad, al menos en el rincón del mundo en el que vivía Taylor. Había llegado a sus oídos que algunos adolescentes humanos habían desarrollado legados, que los mogadorianos habían empezado una guerra de guerrillas en Rusia y que se habían redactado leyes para dictaminar cómo debían comportarse en la Tierra extraterrestres como los lóricos. Sin embargo, nada de eso había modificado su rutina diaria: tira y afloja con el despertador, unas pocas tareas rápidas en la granja, clases, cena, deberes y vuelta a empezar.
En la escuela, se había convocado una reunión (todos los ciento cincuenta y ocho estudiantes de instituto metidos en el gimnasio como sardinas) para hablar acerca de la Guardia de la Tierra. De acuerdo con una nueva ley, cualquiera que desarrollara legados tenía que informar de ello a las autoridades locales. Taylor había leído algo acerca de la Academia que se estaba construyendo en California para los miembros humanos de la Guardia. No entendía por qué razón las Naciones Unidas habían tenido que ubicarla en América, ni tampoco por qué el presidente y otros políticos habían insistido hasta la saciedad en que estuviera en suelo estadounidense. Ahora cualquiera que tuviera legados se veía obligado a abandonar toda su vida para acudir allí.
El consejero académico preguntó si alguno de los estudiantes había tenido «visiones» o «experiencias extracorpóreas», fenómenos que, al parecer, habían pasado a ser factibles. Taylor no podía creerse que los profesores hablaran de ese tipo de cosas con tanta naturalidad; cualquiera diría que los habían sacado de un cómic.
Más tarde, en el vestíbulo, algunos muchachos bromearon acerca de sus «visiones nocturnas» y Taylor soltó un gruñido de exasperación; en el fondo, sin embargo, estaba aliviada de que en la escuela todo el mundo fuera normal.
—Este fin de semana nos vamos de excursión a Chicago para ver las naves que se estrellaron —le dijo su amiga Claire en el autobús, unos meses después de la invasión.
—¿Qué? —saltó Taylor—. ¿En serio?
—Vi las fotos de unas chicas en Instagram. Estuvieron a punto de morir: ¡esa nave horripilante estaba justo detrás de ellas! Tenían muchos «me gusta». —Claire prosiguió—: Quizá si me acerco lo bastante, desarrollaré algún legado.
Taylor puso cara de fastidio y repuso:
—No creo que funcione así, la verdad.
—¡Son poderes alienígenas! ¡Nadie sabe cómo funcionan! —se rio Claire. Y, dándole a Taylor un puñetazo juguetón en las costillas, añadió—: Vamos, como si no quisieras tener telequinesia o algo parecido.
—¿Y que me mandaran a esa Academia alienígena de raros? —bufó Taylor—. No, gracias.
—Seguro que allí conocerías a John Smith —observó Claire—. ¡Está tan bueno!
—¿En serio? En las fotos que he visto de él siempre me da la sensación de que está a punto de echarse a llorar.
—¡Es que es sensible! ¡Mira que eres aguafiestas! —exclamó Claire sin malicia—. Bueno, ¿te quieres venir el fin de semana o no?
Taylor sabía que iba a quedar como una sosa si le confesaba a su amiga que le encantaba la calma que reinaba en la burbuja de Turner County, así que le mintió, arguyendo que tenía demasiado trabajo por hacer y que su padre necesitaba su ayuda. No quería ver una nave alienígena de cerca. Demasiado real.
—Es como si a todo el mundo le pareciera de lo más normal lo que ha ocurrido —le dijo Taylor a su padre esa noche, mientras cenaban.
—Son gente, cariño —repuso él encogiéndose de hombros—. Con tiempo, se adaptan a lo que sea. Hace unos siglos, si le hubieras enseñado un avión o un teléfono móvil a alguien, le habría explotado la cabeza. Yo creía que tener internet en la granja sería la cosa más alucinante que vería en mi vida. Está claro que me equivocaba.
—No creo que a la gente que murió le pareciera tan alucinante —observó Taylor, paseando los granos de maíz por el plato.
—Sí, eso es cierto —admitió su padre—. Aún nos queda mucho por comprender. Pero aquí estamos a salvo. Lo sabes, ¿verdad? Nadie presta atención a nuestro pequeño Turner County.
Su padre tenía toda la razón. A Taylor le tranquilizaba que su pueblo apenas hubiera cambiado en ese nuevo mundo. Los artículos que había leído acerca de los adolescentes con legados especulaban que todo el que estaba destinado a tener esos poderes ya los había desarrollado: al parecer eran un efecto secundario de la guerra desencadenado por los lóricos, e iba a detenerse a partir de entonces.
Pero se equivocaban.
Y, al cabo, su padre se daría cuenta de que él también se había equivocado con respecto a Turner County.
ARNHEM LAND (AUSTRALIA)
EL CESSNA SOBREVOLÓ UN PEQUEÑO POBLADO aborigen, buscó la pista polvorienta y aterrizó rebotando en la dura superficie del suelo. Cerca de allí, un grupo de lugareños estaba reunido alrededor de un fuego, preparando la cena, una tortuga marina que acababan de cazar. Taponaron con ramitas los agujeros que los arpones le habían hecho al caparazón y enterraron al animal bajo el carbón para que la carne se cociera. Cuando el motor del avión se detuvo con un ruido sordo, todos intercambiaron varias miradas. Estaba anocheciendo y no esperaban visitas.
Decir que ese era un pueblo pequeño era un eufemismo. Allí, a apenas un tiro de piedra del mar de Timor, solo vivían cincuenta aborígenes, todos en casas en forma de vagón. Las paredes eran de chapa ondulada, ornamentada con imágenes de tortugas y rayas, y figuras geométricas de todos los colores. Varios perros que no se sabía si tenían dueño le ladraban al avión, paseándose entre los mangos y los bananeros.
Jedda, la matriarca del poblado, escrutó el aeroplano con tiento desde las escaleras de su casa, fumando una pipa. Era ella quien tenía el único teléfono con conexión vía satélite del lugar.
Aunque hubiera pedido auxilio en ese momento, la ayuda no habría llegado a tiempo.
Einar contemplaba a los lugareños desde el interior del avión. Le pareció que estaban inquietos. Él también lo estaba. Era su primera operación en nombre de la fundación y quería que todo saliera perfecto. Lo necesitaba. Se preguntó si en ese pequeño poblado sabían siquiera que había habido una invasión alienígena, que el mundo había cambiado en los últimos cuatro meses. Le pareció distinguir el brillo de un televisor dentro de una de las casas: eso indicaba que en ese rincón de mundo no estaban totalmente desconectados de la sociedad.
Aun así, dudaba mucho que comprendieran lo que tenían.
Einar se fijó entonces en un árbol de hojas enormes. Se movían de un modo extraño agitadas por el viento. No eran hojas. Eran murciélagos. Docenas de ellos colgaban cabeza abajo de las ramas delgadas.
Sintió un escalofrío. No era bueno mostrar debilidad. Y aún menos teniendo en cuenta la compañía a la que representaba.
Embutidos con él en ese avión diminuto había seis hombres de aspecto desagradable. Mercenarios. Todos iban vestidos con un traje negro a prueba de balas y llevaban armas excesivamente grandes. Su líder era un noruego llamado Jarl. Tenía la barba pelirroja, los músculos del cuello prominentes y una cicatriz le cruzaba la cara desde el extremo del ojo hasta la boca. Ni él ni sus hombres habían hablado demasiado durante el viaje. El grupo Blackstone no estaba acostumbrado a obedecer las órdenes de un muchacho de diecisiete años. Einar se preguntó cuánto debía de pagarles la Fundación.
El muchacho se puso en pie y se arremangó con delicadeza las mangas de la camisa. Miró a Jarl. El hombre sabía lo que debía hacer; no tenía que repetírselo de nuevo. Así que se limitó a señalarle el cuchillo de combate dentado que el mercenario llevaba sujeto en el cinturón.
—¿Puedo? —le preguntó.
Jarl se lo tendió cogiéndolo por la hoja. Einar apretó los dientes y, con determinación, se clavó el cuchillo en el antebrazo.
A los habitantes del lugar les pilló por sorpresa la visión de Einar saliendo a trompicones del avión. Un joven de tez pálida con pantalones bien planchados, camisa blanca de vestir, elegante maletín y el cabello peinado con raya al lado. ¿Sería algún blanco rico cuyo avión se había perdido? ¿Un becario de alguna de esas compañías mineras que trataban de comprar sus tierras con tanta insistencia?
Y tenía un corte que sangraba en el brazo. Era profundo y la sangre le manchaba toda la camisa. El muchacho se sujetaba el antebrazo.
—¿Hola? Disculpen... ¿Alguien sería tan amable de ayudarme?
Solo la mitad de los aborígenes hablaba inglés, pero todos captaron el mensaje. Se miraron unos a otros. Uno de los chicos que se ocupaba de la tortuga —un muchacho de no más de catorce años de piel oscura y cabello negro y rizado— enseguida se le acercó. Jedda le ladró algo en yolngu matha, una advertencia, pero el chico agitó la mano, sin hacerle caso.
No podía explicarlo, pero sentía una urgencia apabullante por ayudar a ese muchacho blanco herido. Tenía la sensación de que ese forastero era un viejo amigo.
—Soy Einar —dijo—. ¿Hablas inglés?
—Sí. Soy Bunji —respondió el aborigen. Cogió el brazo de Einar con ambas manos, con delicadeza, a pesar de los callos que recubrían sus palmas—. ¿Qué haces por aquí?
—Perdido —repuso Einar—. Perdido y herido, como puedes ver.
—No por mucho tiempo —declaró, incapaz de ahogar el orgullo y la excitación que expresaba su voz.
Algunos de los lugareños se habían acercado. Siempre habían querido ver a Bunji usando ese don que había descubierto cuando su hermano mayor se había hecho un corte en la mano con hilo de pescar.
Bunji colocó la palma en el brazo de Einar y presionó, haciendo caso omiso de la sangre. Cuando el muchacho entornó los ojos, Einar tuvo la sensación de que lo invadía una cálida oleada de energía. Y, a continuación, lo recorrió un agradable cosquilleo.
Bunji retiró la mano.
—Increíble —dijo Einar, sonriéndole, al ver que el corte había desaparecido—. Amigo mío, ¿puedes hacer esto?
Einar levantó su maletín y lo soltó en el aire. La cartera se quedó suspendida, flotando, gracias a la telequinesia. Algunos de los lugareños ahogaron un grito. Bunji, en cambio, esbozó una sonrisa y soltó una carcajada.
—¡Eres como yo! —exclamó.
El aborigen activó su propia telequinesia e hizo levitar unas cuantas piedras. Las hizo flotar alrededor de ambos, como si fueran meteoritos diminutos orbitando alrededor de un planeta.
—Sí —repuso Einar, abriendo el maletín flotante. Extrajo una pistola tranquilizante del interior y disparó a Bunji en el cuello. Todas las piedras se desplomaron en el suelo.
En cuanto aterrizaron en la arena, Jarl y sus hombres salieron del avión y desactivaron el seguro de sus armas con un clic. Mientras ellos se ocupaban de los lugareños, Einar metió a Bunji en el aeroplano.
La Fundación estaría encantada.
UN LUGAR NO DESVELADO
DESPUÉS DE QUE DANIELA SE MARCHARA a Nueva York, los otros miembros humanos de la Guardia pasaron tres meses ociosos en la base militar de la isla; estaban en una especie de limbo, esperando a que se terminara la construcción de la Academia. Ran y Nigel se pasaban largas horas jugando al ajedrez, usando su telequinesia para mover las piezas encima del tablero. Caleb empezó a dejarse crecer el pelo y apenas se relacionaba con los demás. Ran dormía en la habitación contigua y por la noche lo oía hablando solo, discutiendo con alguno de sus clones; la japonesa, sin embargo, nunca se lo contó a nadie.
Poco más pasó en la base. Al parecer, el único cometido del personal militar allí apostado era vigilar a Ran, Nigel y Caleb. Los miembros humanos de la Guardia de otros países del mundo llevaban una vida similar, esperando a que la Academia abriera oficialmente. Todos los días eran parecidos.
Hasta que, cuarenta y ocho horas antes de emprender el viaje hacia California, fueron a por las quimeras.
—El coronel Ray Archibald ha sido nombrado responsable de la seguridad de la nueva Academia. Es un buen hombre. Estuvo al cargo de la Defensa Aeroespacial estadounidense durante la invasión. Le informé de las tres criaturas extraterrestres que tenéis tú y los demás. La opinión del coronel (y la Guardia de la Tierra lo apoya) es que esos animales suponen una gran responsabilidad.
Esas fueron las palabras que el general Lawson le dijo estoicamente a Caleb desde la butaca de su escritorio. Su sobrino estaba sentado justo enfrente, prestando atención, como siempre. Regal, su quimera, había adoptado su habitual forma de halcón y se sujetaba al brazo de su dueño. Caleb, que sentía la agradable presión de sus garras, le acarició perezosamente las plumas.
El par de científicos que había mandado las Naciones Unidas esperaban en el fondo de la sala. Uno de ellos sostenía una jaula realizada con un cristal a prueba de balas, repleto de agujeritos del diámetro de la punta de un alfiler. El otro llevaba unos guantes de látex y blandía una jeringuilla cargada con algún tipo de sedante. Los dos miraban a Regal visiblemente nerviosos, a pesar de que la quimera no les hacía el menor caso.
—Oh.
Eso fue todo lo que Caleb consiguió responderle a su tío.
—Durante las próximas seis semanas, llegará a la Academia más de un centenar de miembros humanos de la Guardia, un montón de adolescentes zopencos procedentes de países distintos. Será una pesadilla logística garantizar la seguridad de ese sitio. ¡Solo nos faltaría tener a unos cuantos monstruos de forma cambiante rondando por allí! ¿Comprendes?
Caleb asintió con la cabeza.
—Además, desconocemos las enfermedades que podrían llegar a transmitir estas quimeras. Se pueden transformar casi en cualquier cosa. Los lóricos no pensaron demasiado en nuestro entorno cuando las soltaron —prosiguió Lawson.
Caleb miró a Regal a los ojos. El ave inclinó su cabecita y movió el pico. No parecía que estuviera enfermo, pero seguro que su tío sabía más de esas cosas.
—Muy bien —accedió Caleb, incapaz de ocultar su pesar.
—Es solo temporal —aseguró Lawson—. Hasta que los del laboratorio tengan la oportunidad de hacerles un chequeo y se aseguren de que no representan ningún peligro. Te devolveremos a Regal en cuanto lo hayamos examinado.
—Comprendo... —respondió Caleb, tragando saliva—. Esto... ¿Habéis hablado ya con Ran y Nigel? No... No creo que les haga mucha gracia.
—Esperaba que pudieras ayudarnos a convencerlos —dijo Lawson—. Sé que esos dos son... muy cabezotas.
Caleb resopló.
—No creo que me escuchen.
—Bueno, esto no es objeto de discusión —precisó Lawson encogiéndose de hombros con rigidez—. Ya está decidido. Van a entrar en cintura.
En cuanto Lawson les hizo una seña con la mano, los dos científicos se acercaron a Caleb. El muchacho sintió que Regal le presionaba el brazo con las garras, moviéndose con nerviosismo, y alzó la mano para detener al científico que sujetaba la inyección.
—Será mejor que lo haga yo —repuso—. No confía en vosotros.
El doctor le tendió la jeringuilla a Caleb, al parecer aliviado. Los ojos oscuros de Regal parpadearon y el halcón inclinó la cabeza. Primero miró a Caleb y, a continuación, a la aguja.
—Lo siento, chico. Sé que esto es una mierda —le susurró el muchacho a su quimera, con la esperanza de que su tío no lo oyera o, al menos, que no lo juzgara por ser tan blando—. Supongo que es mejor de este modo.
Regal soltó un graznido cuando la aguja se hundió en sus carnes. A Caleb le pareció más un lamento que un grito de dolor, pero enseguida trató de detener ese pensamiento. Del mismo modo que frenó al clon que intentó salir de su cuerpo y agarrar a Regal con la intención de huir tan lejos como pudiera.
En cuanto el halcón estuvo dormido en su jaula, todo el grupo salió en busca de los demás miembros de la Guardia y sus quimeras. Caleb tuvo que hacer un gran esfuerzo para no mostrarse decaído durante el camino.
Primero encontraron a Nigel: estaba echado en la hamaca que se había instalado en su habitación, escuchando una chirriante música punk con sus enormes auriculares puestos. Bandit se había tendido en la barriga de su dueño, con sus patas peludas en el aire, contemplándolo con aire malhumorado.
—Señor Rally, tendríamos que hablar un momento... —empezó Lawson.
Nigel se fijó en los dos científicos (en los guantes, la jaula, la jeringuilla), e interpretó al vuelo la mirada de ese santito de Caleb. Enseguida entendió lo que ocurría.
—¡Y un huevo! ¡Corre, Bandit! ¡Escapa de estos putos fascistas!
Su quimera lo escuchó. Saltó en el aire y se transformó en un ratoncillo diminuto que corrió hacia la rejilla de ventilación más cercana a toda velocidad. Los científicos, maravillados por la transformación, no tuvieron tiempo de reaccionar.
Pero Caleb, sí. Tenía órdenes. Con su telequinesia, cerró la rejilla y, con ella, la vía de escape de Bandit. Luego levantó a la quimera, sosteniéndola en el aire con delicadeza, mientras el ratoncito agitaba sus patitas. Enseguida empezó a adoptar una forma mayor: pelaje oscuro, garras y colmillos. Antes de que las cosas se le escaparan de las manos, Lawson le arrebató la jeringuilla al científico paralizado que la sostenía y la clavó en la cadera del cuerpo en transformación de Bandit.
—Jovencito, aprecio la lealtad que demuestras tener hacia este animal, pero la Guardia de la Tierra ha decidido...
Lawson interrumpió aquí su discurso: Nigel le había arreado un buen puñetazo en la mandíbula. Era un chico delgaducho y no había dado muchos guantazos en su vida, pero la pasión compensó toda la fuerza que le faltaba. Aunque el factor sorpresa también ayudó. Ese ataque había pillado a Lawson con la guardia baja: el general retrocedió a trompicones y acabó echado en la hamaca de Nigel, con las piernas levantadas en el aire de un modo extraño.
Dos duplicados surgieron del cuerpo de Caleb y agarraron a Nigel por los brazos hasta inmovilizarlo contra la pared.
—¡Así no haces más que empeorar las cosas, Nigel! —le gritó Caleb, y los dos duplicados pronunciaron las mismas palabras, como un eco.
—¡A tomar por el culo, traidor de mierda! —replicó Nigel.
Luego tomó aire y, gracias a la manipulación sónica, uno de sus legados, pronunció sus siguientes palabras a tanto volumen que las paredes temblaron y las personas que había en la habitación se doblaron de dolor y trastabillaron.
—¡RAN! ¡NOS ROBAN LAS QUIMERAS!
El chillido de Nigel, parecido al de una sirena, recorrió la distancia que los separaba de la playa hasta alcanzar los oídos de Ran. La muchacha japonesa estaba tranquilamente sentada, con las piernas cruzadas, mientras Gamora disfrutaba del sol, a su lado. Al oír el grito de Nigel, la quimera estiró su cuello rugoso para mirar a Ran. La muchacha frunció el ceño con preocupación y le rascó a Gamora la barbilla.
—Será mejor que te metas en el agua —le dijo en japonés—. Ven a buscarme cuando haya pasado el peligro, amiga mía.
Al parecer, Gamora la entendió. Avanzó con dificultad hacia la orilla y, después de volver la cabeza una vez, se sumergió en el océano. Ran dejó escapar un suspiro.
Su traslado a la Academia no había empezado con muy buen pie.