Gracias a todas las niñas que han participado en este proyecto: Mª Rosa, Ana, Marta y Elisenda,CuentOs Clasicos para siempre© de la adaptación de los cuentos, Varda Fiszbein, 2008 © de las ilustraciones, Marta Chicote, 2008© de esta edición, RBA Libros, S.A., 2008Pérez Galdós, 36 08012 Barcelonawww.rbalibros.com / rba-libros@rba.esPrimera edición: octubre 2008Edición gráfica y diseño: Elisenda NoguéLos derechos de traducción y reproducción están reservados en todos los países. Queda prohibida cualquier reproducción, completa o parcial, de esta obra. Cualquier copia o reproducción mediante el procedimiento que sea, constituye un delito sujeto a penas previstas por la Ley de la Propiedad Intelectual.Referencia: ODBO318ISBN: 9788427215450Composición digital: Newcomlab S.L.L.

sumario
Aladino y la lámpara maravillosa ································8Los tres cerditos ························································14La Cenicienta ···························································20Caperucita roja ·························································27Juan sin miedo ·························································32Blancanieves y los siete enanitos ·······························38Ricitos de Oro ··························································44La princesa y el guisante ···········································50Elfl autista de Hamelín ·············································56La bella durmiente ···················································62La ratita presumida ···················································68Hansel y Gretel ······················································· 74La lechera ·································································80El gato con botas ······················································85


·8·
E
n una pequeña aldea de Oriente, vivían Yasmín y su hijo Aladino.El chico iba cada día al mercado para hacer cualquier faena, por más pesada que fuera y ganarse unas monedas. Cierta mañana, un desconocido, vestido con capa y turbante, cuya barba le llegaba al ombligo, le propuso: —Si me ayudas, te daré una moneda de plata.—¡Hoy es mi día de suerte! —se dijo el joven, y aceptó.Viajaron en un carruaje hasta una distante región donde el viejo se acercó a una montaña en la que consiguió hallar una estrecha abertura. Entonces ordenó:—Debes entrar en esta cueva, porque yo no podría atravesar el pasadizo. Pero veas lo que veas—advirtió—, no debes tocar nada. Sólo coge una vieja lámpara de aceite. ¿Has entendido?El joven, aunque empezaba a desconfi ar de aquel hombre que parecía un brujo, obedeció.¡La cueva lo deslumbró! ¡Estaba llena de valiosos tesoros, oro, plata y piedras preciosas! No pudo evitar la tentación de ponerse en el pulgar un pequeño anillo.Aladino tomó la lámpara, la guardó en su bolsillo, pero antes de salir, sacó una mano por la abertura y dijo:—¡Ya la tengo! Y ahora, dame la moneda.—No —dijo el forastero— primero la lámpara.El chico se negó, porque algo en su corazón le decía que si entregaba la lámpara, el hombre lo abandonaría en aquel remoto lugar.—¡No saldrás vivo de ahí! —dijo el brujo—. Y empujando una roca, selló la salida de la cueva.
A
ladino
y la lámpara maravillosa
·11·Temblando de miedo y de frío, sin saber qué hacer, Aladino se frotó las manos para calentarlas y súbi-tamente la cueva se iluminó con una luz verdosa, apareciendo una figurita gordinfl ona, que le habló:—Soy el Genio del anillo, amo, ¡pídeme un deseo!El pobre chico pensó que era cosa de su imaginación, pero susurró:—Sólo quiero estar en casa con mi madre...Y un instante después allí estaba, contando sus desventuras.Su madre lo abrazó emocionada por tenerlo otra vez a su lado, y lo consoló:—Oh, hijito, no te preocupes, lo importante es que has vuelto sano y salvo; quizá si limpiamos un poco esa vieja lámpara que has traído, se pueda vender.Aladino comenzó a frotar la lámpara con un paño y se quedó atónito, al ver que en medio de chis-pazos azules aparecía otro Genio, mucho mayor que el otro: ¡su cabeza rozaba el techo de la choza! El Gigante se inclinó servicial y anunció: —¡A tus órdenes, amo!Y el muchacho sólo atinó a decir:—Tenemos hambre...Y apareció una mesa colmada de bebidas y manjares suculentos. Desde entonces, madre e hijo ya no pasaron necesidades. Aladino ya no iba al mercado a traba-jar sino a pasear por sus callejuelas, charlar con los comerciantes y admirar las fi nas telas y los objetos que exhibían los tenderetes.Y allí estaba cuando pasaron cuatro esclavos portando en unas andas a la mujer más hermosa que había visto nunca. Vestía un delicado traje de gasa irisada y se coronaba con una tiara que no conseguía eclipsar el brillo de sus negros ojos. Ella le lanzó una cálida mirada, bajando de inmediato la vista, y desapareció entre la multitud conducida por sus criados.Desde aquel momento Aladino no tuvo un instante de paz; a todo el que pasaba le preguntaba por la muchacha intentando dar con alguien que supiera quién era.


Pero le respondían con sonoras carcajadas, palmaditas de consuelo y miradas de pena. Por fin, un domador de elefantes, se apiadó:—Muchachito, olvídala, es Amira, la hija del sultán, y está tan lejos de ti como la mismísima luna.Cabizbajo, Aladino se fue a su casa y le habló a su madre de su amor recién hallado.—¡Probar no cuesta nada! —lo animó ella—. Pídele al Genio un regalo para tu enamorada y yo iré a ver a su padre para pedirla en matrimonio.Yasmin se presentó ante el sultán con un brazalete de oro y rubíes para la princesa y a él le ofreció un cofre cargado de perlas.El monarca quedó impresionado y aceptó los regalos, pero dijo que sólo casaría a su hija con un hombre realmente rico:—Sólo accederé si tu hijo me envía mañana, a esta misma hora, veinte caballos blancos cada uno con un cofre de monedas de oro y, otros veinte negros, portando cofres con monedas de plata —dijo. Una vez más Aladino y su madre frotaron la lámpara maravillosa y el Genio hizo aparecer caballos, cofres y monedas, en un santiamén.Poco después los jóvenes se casaron muy enamorados y vivían en un hermoso palacio. Pero hete aquí que esta historia fue muy comentada; de pueblo en pueblo, de aldea en aldea y de ciudad en ciudad hasta que, al final, llegó a oídos del brujo. Éste comprendió que el joven que había encerrado en la cueva había hecho uso de la lámpara maravillosa; y que por eso había podido conquistar a la princesa contando con la confi anza del sultán. Volvió entonces a la aldea, disfrazado de vendedor de lámparas, y prego-nó de puerta en puerta:

·13·—Cambio lámparas viejas por otras nuevas, ¡relucientes como el sol!Amira, que había visto una antigua lámpara junto a la cama de su esposo, pero desconocía su poder, decidió cambiarla por una nueva y la ofreció al vendedor ambulante.¡Era lo que el brujo quería! Pero... al ver a la hermosa joven, tomó la lámpara, la frotó y, ¡qué horror!, le transmitió su deseo:En un instante, palacio, muchacha, lámpara y brujo estuvieron muy lejos de allí.Cuando Aladino regresó ¡no había nada de cuanto tenía! Desesperado, hizo a girar el anillo mágico y una vez más apareció el geniecillo bonachón:—¿Adónde vamos, mi amo?—Sólo quiero estar con mi amada... —lamentó Aladino. Y en un soplo, fue trasladado al remoto rincón donde se ocultaba el brujo. Una vez en el palacio robado, Aladino consiguió entrar sigilosamente y encontró a su esposa. Estaba llorando, tanto era lo que lo echaba de menos.Pero cuando él la estrechó entre sus brazos tuvo una gran alegría y luego, tranquilizados, idea-ron un plan. Aquella noche, Amira se sentó a cenar con el brujo y le sirvió un elixir mezclado con polvos de adormidera en una copa de cristal azul. Cuando el malvado apuró el bebedizo empezó a roncar como un lirón. Aladino, que esperaba oculto, lo lió en una alfombra y se diri-gió a la orilla del mar, donde lo arrojó.Allí mismo, convocaron al Genio, que los llevó a ellos y al palacio nuevamente a su aldea.Desde entonces nada volvió a turbar la dicha de Aladino y Amira. Hay quien dice que hasta hoy, por las estrechas callejuelas de la aldea, corretean risueños sus nietos y bisnietos, contando a los forasteros que deseen oírla, su maravillosa historia de amor.



E
sto es lo que les ocurrió a tres cerditos hermanos. Cuando eran pequeños vivían con su madre, pero cuando les tocó hacerse ma-yores, cada uno quiso tener su propia casa en el bosque.Su mamá los despidió con cariño, pero les advirtió: —Hijos míos, tened mucho cuidado, en el bosque acechan muchos peligros y no estaré yo para protegeros. Y, sobre todo, ¡no confiéis jamás en el mayor enemigo, el lobo!Los tres dijeron:—Sí, mamá, queda tranquila, ya somos mayores y sabremos cuidarnos muy bien.Después salieron juntos los tres. Sin embargo, al llegar a la primera encrucijada del camino, cada cual tomó una senda diferente para elegir el lugar donde quería vivir.El primero de los cerditos era muy perezoso. Apenas dio unos pocos pasos se sintió cansado y se detuvo:—Aquí mismo haré mi casa. ¡Qué más dará cerca o lejos!Escondido tras un árbol, el astuto lobo lo miraba atento.—Además —pensó este cerdito— la haré con paja trenzada. La paja es ligera y no tendré que hacer mucho esfuerzo para cargarla. Así acabaré de construirla más pronto que con otro material. Fue a buscar unas cuantas brazadas de paja y enseguida tuvo su casa lista. Entonces se metió dentro y se echó a dormir.
Los tr
es cer
ditos