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Altea Proserpina cría a su hija con cuentos de hadas. Había una vez una niña llamada Anna Parks, que luego se convirtió en Altea. Formaba parte de la legión de soñadores de mediados de siglo que llegaron a Manhattan con todas sus esperanzas metidas en una maleta. Luego se perdió. Más tarde reapareció y consiguió una extraña clase de fama, pues, según el ángulo desde el que se la mirara, tenía unas facetas resplandecientes y otras oscuras. Ahora ha desaparecido de nuevo, oculta en una casa fortificada dentro de un bosque sombrío y tenebroso, en la que vive con su hija de cinco años y su marido, verdadero miembro de la realeza... Sí, no puede evitar vivir en un cuento. Cuando la llamo por teléfono, me responde con una voz tan seductora como la imagen de su fotografía más famosa, en la que aparece con un anillo y un cigarro en la mano. Le pregunto si puedo ir a hablar con ella en persona y su risa es como el whisky caliente con hielo. «Se perdería por el camino si intentase encontrarme —me contesta—. Necesitaría miguitas de pan, o una madeja de hilo».

«La reina del Interior», Vanity Fair, 1987

Mi madre se crio con cuentos de hadas, pero yo me crie en la carretera. Mi primer recuerdo es el olor del asfalto caliente y el cielo que entraba por el techo solar, fragmentado pero interminable como un río de color azul. Mi madre dice que es imposible: nuestro coche no tiene techo solar. Sin embargo, cuando cierro los ojos aún veo la imagen, así que me aferro a ella.

Hemos cruzado el país cientos de veces en nuestro trasto, que huele a patatas fritas, a café rancio y a fresas de plástico, desde el día en que metí el pintalabios de Campanilla entre las rejillas de la calefacción. Hemos dormido en tantos sitios, en casa de tantas personas distintas, que nunca he llegado a experimentar el miedo a los desconocidos.

Por eso, cuando tenía seis años, me metí en un viejo Buick azul con un hombre pelirrojo que no conocía de nada y viajé con él en coche durante catorce horas seguidas (más dos paradas técnicas para ir al lavabo y una para comprar tortitas) antes de que nos pillara la poli, a quien dio la voz de alarma una camarera que reconoció la descripción que habían dado de mí en la radio.

A esas alturas, yo ya había adivinado que el hombre no era quien decía ser: un amigo de mi abuela, Altea, que me llevaba a verla. En esa época Altea ya estaba recluida en su mansión y yo ni siquiera la conocía. No tenía amigos, solo admiradores, y mi madre me dijo que ese hombre era uno de ellos. Un fan que quería utilizarme para acceder a mi abuela.

Después de asegurarse de que no me había agredido, después de identificar al hombre como un vagabundo que había robado un coche a pocos kilómetros del lugar en el que vivíamos entonces, en Utah, mi madre decidió que no volveríamos a hablar del tema. No quiso escucharme cuando le aseguré que el hombre había sido amable, que me había contado historias y que tenía una risa cálida que me hizo creer, en mi corazoncito de seis años, que en realidad era mi padre, que había ido a buscarme. Le pidieron a mi madre que confirmara si reconocía al hombre detenido a través de un cristal doble, pero juró que no lo había visto jamás.

Durante unos cuantos años, me empeñé en creer que era mi padre. Cuando nos marchamos de Utah después de que lo arrestaran, para ir a vivir unos meses a una colonia de artistas a las afueras de Tempe, me preocupaba que no fuera capaz de volver a encontrarme.

Nunca lo hizo. Cuando cumplí los nueve, ya había asimilado que mi corazonada secreta era lo que era, una fantasía infantil. La aparqué como hacía con todas las cosas que ya no necesitaba: los juguetes viejos, las supersticiones nocturnas, la ropa que se me quedaba pequeña. Mi madre y yo vivíamos como dos vagabundas, nos quedábamos en casa de amigos hasta que la bienvenida empezaba a desgastarse por los codos, dormíamos un par de noches en sitios precarios y luego volvíamos a la carretera. No podíamos permitirnos el lujo de sentir nostalgia. No teníamos opción de aposentarnos. Hasta que cumplí diecisiete años y Altea murió en el Bosque de Avellanos.

Cuando mi madre, Ella, recibió la carta, le recorrió un violento escalofrío. Eso fue antes de abrirla siquiera. El sobre era de un color verde cremoso, y llevaba impreso su nombre y la dirección del lugar en el que nos alojábamos. Acabábamos de llegar la noche anterior, así que me pregunto cómo pudieron localizarnos.

Sacó un abrecartas de marfil de la mesa que tenía al lado, porque estábamos de invitadas en casa de una de esas personas que tienen pedazos de elefantes asesinados a modo de decoración. Con manos temblorosas, rasgó el sobre con brusquedad por el centro. Llevaba las uñas pintadas de un rojo tan intenso que parecía que se había cortado.

Cuando sacó la carta, le dio la luz, así que pude ver varios párrafos de texto negro por detrás, pero no logré leerlos.

Ella emitió un sonido que no le había oído hacer nunca, un suspiro de extraño dolor que me dejó sin respiración. Colocó el papel tan cerca de su cara que le tiñó la piel de un verde apio descolorido. Movía la boca mientras leía el mensaje una y otra vez. Luego hizo una bola con el papel y lo tiró a la basura.

No nos dejaban fumar dentro de ese sitio, un apartamento pequeñajo del Upper West Side de Nueva York que olía a jabón francés caro y a terriers de Yorkshire mojados. A pesar de eso, Ella sacó un cigarrillo y lo encendió con un mechero antiguo de cristal. Aspiró el humo como si sorbiera un batido de chocolate, mientras daba golpecitos con los dedos contra la pesada piedra verde que llevaba colgada a la altura de la garganta.

—Mi madre ha muerto —dijo al exhalar el humo. Luego tosió.

La noticia me impactó igual que un puñetazo a traición, se me hizo un nudo de dolor en el estómago que se fue expandiendo. Pero hacía mucho tiempo que ya no me pasaba las horas soñando con Altea. La noticia no debería haberme dolido tanto.

Mi madre se puso de cuclillas delante de mí y apoyó las manos en mis rodillas. Le brillaban los ojos, pero los tenía secos.

—Esto no... Perdóname, pero no es una mala noticia. Qué va... Podría hacer que las cosas cambiaran para nosotras, podría...

Se le quebró la voz antes de poder acabar la frase. Bajó la cabeza hasta mis rodillas y sollozó un momento. Fue un sonido desolado que pertenecía a otro entorno, al exterior, como los caminos lúgubres y el olor a hojas muertas, no a esta habitación luminosa en medio de una ciudad también luminosa y llena de bullicio.

Cuando le di un beso en la coronilla, noté que olía a café de bar y al humo que subía del cigarrillo. Mi madre inspiró y espiró el aire una vez antes de subir la cabeza para mirarme.

—¿Sabes lo que significa esto para nosotras?

Me la quedé mirando. Luego observé la sala en la que estábamos: recargada, opulenta y ajena.

—Espera. ¿Significa que ahora el Bosque de Avellanos será nuestro?

El terreno de mi abuela, que solo había visto en fotos, era para mí como una especie de lugar que recordaba de otra infancia alternativa e imaginaria. Un lugar en el que yo montaba a caballo e iba de campamento. Era la ensoñación en la que me perdía siempre que necesitaba descansar del interminable ciclo de autopistas, colegios nuevos y olores de casas extrañas. Me plantaba mentalmente en ese mundo de fuentes y setos, whiskies con soda y una piscina tan reluciente que había que entrecerrar los ojos para que no te deslumbrase.

Pero la mano huesuda de mi madre, que me cogía por la muñeca, me sacó de esos prados en Tecnicolor del Bosque de Avellanos.

—No, por dios. Significa que somos libres.

—¿Libres de qué? —pregunté como una boba, pero no me contestó.

Se incorporó, tiró el cigarrillo a medias a la basura, justo encima de la carta, y salió de la habitación con la espalda muy tiesa, como si tuviera algo que hacer.

En cuanto se marchó, eché café frío en el cubo de la basura, que se estaba quemando, y saqué la carta mojada. Algunas partes se habían convertido ya en cenizas, pero alisé los restos empapados contra las rodillas. El tipo de letra era tan grueso y con unos espacios tan raros como los de las palabras de los telegramas viejos.

De hecho, la carta no parecía nueva. Incluso olía igual que si la hubieran enviado desde el pasado. Me imaginaba a alguien escribiéndola en una antigua máquina Selectric, como la de la postal de Françoise Sagan que me gustaba colgar encima de la cama en todos los sitios en los que nos quedábamos a dormir. Respiré su olor a ceniza y a perfume en polvo mientras intentaba descifrar lo poco que quedaba de ella. No era mucho: «Nuestro más sentido pésame» y «Venga lo antes posible».

Y una palabra abandonada en un mar de papel chamuscado: «Alice». Mi nombre. No conseguí leer nada de lo que ponía delante ni detrás, y no vi ninguna otra referencia a mí. Tiré esa porquería mojada en la basura.

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Hasta que Altea Proserpina (Anna Parks de soltera) murió totalmente sola en la enorme finca a la que había dado el nombre de Bosque de Avellanos, mi madre y yo habíamos vivido siempre como si fuésemos pájaros de mal agüero. Nos mudábamos por lo menos dos veces al año, y a veces incluso más, pero la mala suerte siempre nos alcanzaba.

En Providence, donde mi madre daba clases de arte a jubilados, todo el primer piso de la casa que habíamos alquilado se inundó mientras dormíamos, en una noche de agosto sin lluvia. Un gato salvaje se coló por la ventanilla de la caravana que teníamos en Tacoma, se meó encima de todas nuestras cosas y se comió los restos de mi tarta de cumpleaños.

Intentamos quedarnos todo un curso en una casa de huéspedes de Los Ángeles que Ella alquiló a una auténtica hippie con un fondo fiduciario, pero cuando llevábamos cuatro meses allí, el marido de la hippie empezó a presentar síntomas de fatiga crónica. Cuando Ella se mudó a la casa principal para ayudar a la pareja, el techo del dormitorio se derrumbó con el señor en la cama, y la hippie caminó sonámbula hasta la piscina y se ahogó. No queríamos empezar a contar los muertos, así que nos largamos de allí.

Cuando viajábamos, yo no quitaba ojo a los coches que llevábamos detrás, como si la mala suerte pudiera tomar forma humana y perseguirte en una minicaravana. Pero la mala suerte era mucho más lista y escurridiza. Era imposible burlarla, lo máximo que podías hacer era largarte cuando te tenía en el punto de mira.

Después de la muerte de Altea, dejamos de cambiar de casa cada dos por tres. Mi madre me sorprendió con la llave de un piso de Brooklyn, al que nos mudamos con nuestra ridícula cantidad de pertenencias. Las semanas iban pasando, luego pasaron los meses. Yo seguía alerta, pero las maletas continuaban debajo de la cama. La luz del apartamento tenía todos los tonos del metal: platino cegador por la mañana, dorado por la tarde, bronce de las farolas por la noche. Era capaz de pasarme horas observando cómo giraba la luz y cambiaba de color en las paredes. Era mía.

Sin embargo, seguía viendo la sombra de la mala suerte: un día una mujer me persiguió por una librería de segunda mano y me susurró algo obsceno al oído mientras me quitaba el móvil del bolsillo. Las farolas guiñaban el ojo una tras otra por encima de mi cabeza conforme avanzaba por la calle si era más tarde de medianoche. Durante una semana entera, me fui encontrando siempre al mismo músico callejero con la guitarra en todos los trenes, cantando «Go Ask Alice», como si quisiera preguntarme algo, con su espeluznante voz de tenor.

«¡Bah! —dijo Ella—. Eso no es mala suerte. Eso es Nueva York».

Desde que su madre había muerto, estaba distinta. Fumaba menos, había engordado. Se compró varias camisetas que no eran negras.

Más adelante, una noche, al volver a casa, nos encontramos las ventanas del apartamento hechas añicos como estrellas relucientes. Mi madre frunció los labios y me miró. Me preparé para escuchar sus órdenes y ponerme en marcha, pero negó con la cabeza.

«Nueva York —insistió con voz dura y convencida—. Se acabó la mala suerte, Alice. ¿Me has oído? Se acabó».

Así que empecé a ir a un instituto público. Coloqué luces de Navidad alrededor de la repisa de escayola que había detrás de nuestra cama y me puse a trabajar en una cafetería que se convertía en bar cuando caía el sol. Ella comenzó a hablar de cosas de las que no había hablado nunca: pintar las paredes, comprar un sofá. Hacer la preinscripción para la universidad.

Fue esto último lo que nos metió en un lío: el sueño de Ella de que yo llevara una vida normal, una vida con futuro. Porque si te pasas la vida entera corriendo, ¿cómo aprendes a asentarte? ¿Cómo averiguas la manera de convertir tu casa de paja en una de ladrillos?

Mi madre hizo lo mismo que habíamos visto en las películas, en todas esas maratones de pelis en blanco y negro de la cadena AMC que nos habíamos tragado en habitaciones de motel, en bungalós de alquiler, en casetas de jardín reconvertidas, en casas de huéspedes e incluso, una vez, en una residencia de estudiantes.

Se casó con un hombre rico.

La afilada luz de octubre me perforó los ojos cuando el tren cruzó traqueteando el puente de Brooklyn. Tenía la cabeza llena de malos pensamientos sobre el fracaso del matrimonio de mi madre y, en la boca, la sensación de haberme roto cinco dientes. Toda mi vida he tenido ataques de rabia; por eso Ella me trataba con cintas de meditación, terapia de reiki barata que había aprendido con un libro y la férula dental que se suponía que yo tenía que llevar pero que no soportaba. Durante el día, me tragaba todas las cosas desagradables que se me ocurrían sobre mi padrastro. Por la noche, las devolvía a la boca para triturarlas con los dientes.

El hombre con el que mi madre se casó unos cuatro meses después de que le pidiera salir en un cóctel en el que ella trabajaba de camarera vivía en un dúplex de un edificio que daba a la Quinta Avenida. Se llamaba Harold, era tan rico como Creso y pensaba que Lorrie Moore era una cadena de pintura para paredes. Con eso, ya sabes todo lo que hace falta saber sobre Harold.

Iba de camino al Salty Dog, donde me habían dado el primer empleo que había tenido oportunidad de conservar en lugar de tener que salir huyendo a otra ciudad. Era una cafetería de una pareja de Reikiavik, que me hizo un cursillo de seis horas sobre cómo servir las tazas antes de dejarme siquiera limpiar la máquina de café. Era el trabajo ideal para mí: podía implicarme tanto como quisiera. Podía currármelo y preparar un café perfecto y ser amable con todos los clientes que entraban. O podía hacerlo todo con el piloto automático puesto y no hablar con nadie, y las propinas apenas variaban.

Ese día decidí perderme en los reconfortantes ritmos de la cafetería y me dediqué a tirar de las palancas, preparar cafés llenos hasta rebosar, coger bollitos con las pinzas plateadas y aspirar el aroma a caramelo quemado de los granos molidos.

—No mires ahora, pero el Tío del Sombrero está aquí —me dijo Lana, mi compañera de trabajo, en un susurro que me calentó la oreja.

Lana era ceramista y estudiaba segundo en la escuela Pratt. Parecía hermana de David Bowie, pero todavía más guapa, y llevaba una ropa horrorosa que, a pesar de todo, le sentaba bien. Hoy se había puesto un chándal ancho de color anaranjado que recordaba a la Alianza para Restaurar la República de Star Wars. Olía igual que debía de oler Miguel Ángel: a polvo de escayola y a sudor. Y no me preguntes cómo, eso también le sentaba bien.

El Tío del Sombrero era el cliente que más tirria nos daba. Lana fingió estar ocupada limpiando el caño de la leche caliente, así que, por supuesto, me tocó a mí lidiar con él.

—Eh, hola, Alice —dijo esforzándose en leer la placa con el nombre, aunque venía a la cafetería a diario. Meneó la cabeza al ritmo de la canción de T. Rex que sonaba en el móvil de Lana—. Qué música tan guay. ¿Qué es? ¿Los Stone Roses?

—Pero por favor... —dijo Lana en un susurro dramático.

Estudió la carta de arriba abajo durante por lo menos dos minutos, mientras aporreaba la barra como si fuera un tambor. La rabia se fue acumulando debajo de mi piel mientras esperaba y empecé a notar un cosquilleo. Al final, acabó pidiendo lo mismo de siempre. Le metí el bollito en una bolsa, le pasé por encima del mostrador una botella de Pellegrino y me coloqué detrás de la máquina registradora para que no pudiera obligarme a chocar los cinco con él de esa forma tan complicada que había intentado enseñarme durante los últimos turnos.

Lo observé mientras se alejaba. Me daba repelús su cuello corto, los pelos rubios finos de los brazos, la manía de chasquear los dedos a destiempo cuando intentaba seguir el ritmo de la música. Noté que me hervía la sangre cuando pasó junto a una mujer que estaba sentada y la rozó, para luego apretarle con fuerza el hombro con la mano con intención de pedirle disculpas de forma exagerada.

—Ostras, qué capullo —soltó Lana a todo volumen mientras miraba al Tío del Sombrero, que se tropezó con la puerta al salir. Me dio un golpe con la cadera—. Eh, Alice, afloja. Parece que tengas ganas de estrangularlo. Seguro que ese sombrero es de Fedora Closet.

La rabia remitió y me dejó un poso de vergüenza.

—No es que fuera a... —empecé a decir, pero Lana me cortó en seco. Se le daba genial hacerlo.

—Oye, ¿te conté que vi a Christian desnudo?

Apoyó la barbilla en la mano.

Christian era nuestro jefe. Tenía una mujer guapa y minúscula, y un bebé enorme de cara roja que parecía un demonio sacado de un libro de grabados. Intenté pensar una razón inocente por la que Lana pudiera haberlo visto en bolas, pero no se me ocurrió ninguna.

—¿Estáis...? ¿Es que te has acostado con él?

Se rio como si yo fuera mucho menos cosmopolita que ella, cosa que vale, sí, era cierta, pero joder, Lana...

—¿Te lo imaginas? Luisa le mandaría a su hijo que me atacase a la yugular. No, me encargó que hiciera una escultura de la familia.

—¿Desnudos?

—Sí —contestó. Empezaba a perder interés en su propia historia.

—Ah, vaya. Y... ¿la tenía grande?

Se encogió de hombros, mientras consultaba algo en el móvil.

Cuando Ella empezó a salir con Harold, se me ocurrió ganarme a Lana para que fuese mi amiga y estuviese pendiente de mí, pero me salió el tiro por la culata. Lo que Lana buscaba era más un público que una colega.

Cogí un paño y salí a limpiar mesas, solo para obligar a Lana a preparar algunas bebidas, para variar. Mientras me movía entre las mesas, tuve esa sensación de cosquilleo y peso en los omóplatos que notaba cuando alguien me observaba. No soy Lana (por norma general, paso inadvertida), así que me puse nerviosa. Como una patosa, tiré una taza de té, maldije en voz alta y limpié enseguida el desaguisado. Mientras lo hacía, fui repasando a los clientes.

Había una mesa de mujeres con relucientes anillos de compromiso, apiñadas alrededor de varias tazas de té verde y una única rosquilla de coco con cuatro tenedores. Dos tíos idénticos con camisa de cuadros en mesas separadas, encorvados sobre Macs a juego, que no se habían fijado en la presencia del otro. Una mujer que intentaba leer Jane Eyre a la vez que vigilaba con el rabillo del ojo a la madre desbordada y al niño que blandía una cuchara en la mesa de al lado. Y un hombre con una chaqueta de Carhartt y gafas de sol sentado junto a la puerta. Llevaba un gorro de punto a pesar de la humedad del ambiente y bebía un vaso de agua.

Entonces ocurrieron tres cosas: a Lana se le cayó el plato que llevaba en la mano, que aterrizó con un crujido en las baldosas blancas y negras; el hombre de Carhartt miró por encima de las gafas de sol, y una escalofriante ola me recorrió al reconocerlo y me puse a temblar de la cabeza a los pies.

El hombre y yo nos miramos a la cara y se dio cuenta de que me acordaba de él. Cuando nuestras miradas se cruzaron, recordé cosas que había olvidado: hace diez años, su coche olía a árbol de Navidad. Había pedido tortitas y huevos cuando paramos a desayunar. Yo llevaba una chaqueta de pana violeta sobre una camiseta y unos leotardos de rayas, además de unas botas blancas con tachuelas plateadas de las que me sentía muy orgullosa. Me contó muchas historias, algunas que me sonaban y otras que no. Nunca conseguí acordarme de qué trataban, pero sí recordaba el sentimiento que despertaron en mí: esa sensación que te deja la poesía buena, la poesía «de verdad», de esa que te provoca un hormigueo en el cuello y te llena los ojos de lágrimas.

Era el hombre que me había raptado en su Buick azul, el hombre que yo había imaginado que era mi padre. Ese día llevaba el pelo rojo tapado, pero reconocí sus ojos. Entonces yo era pequeña y solo sabía que él era un adulto. Ahora me daba cuenta de lo joven que era: tendría veinte o veinticinco años, como máximo. Habían pasado diez años desde que lo vi por primera vez, pero estaba exactamente igual: increíblemente joven. ¡Era imposible! Sin embargo, sabía a ciencia cierta que era él, y que había vuelto para verme a mí.

Mientras asimilaba todo eso, el hombre pelirrojo ya se había puesto de pie, había cogido el libro que tenía en la mesa y había empezado a avanzar hacia la salida dando zancadas. Antes de que dejaran de tintinear las campanillas de la puerta, salí corriendo tras él. Me tropecé con el cable del portátil de algún cliente y estuve a punto de mandar por los aires el cacharro; cuando por fin terminé de disculparme y abrí de par en par la puerta, el hombre había desaparecido de mi vista. Repasé la acera de arriba abajo, casi no había gente, y me picaban las manos porque me faltaba el cigarrillo: mi madre y yo habíamos dejado de fumar cuando nos mudamos a casa de Harold.

Pero ya no estaba. Al cabo de unos minutos, volví a entrar en la cafetería.

El hombre había dejado el vaso vacío en la mesa. Una servilleta hecha una bola. Y una pluma, un peine y un hueso. La pluma era de color dorado oscuro, con una filigrana de color verde botella en la punta. El peine era de plástico rojo. El hueso debía de ser de pollo, pero tenía la forma de una falange humana. Estaba blanqueado y se veía limpísimo. El trío de objetos estaba dispuesto a modo de jeroglífico, con una leve forma de Pi que se me grabó en la retina mientras lo barría todo para metérmelo en el bolsillo del delantal.

—Oye, ¿se puede saber quién era? —Nunca había visto a Lana sentir tanta curiosidad por mí—. Colega, tienes los labios... blancos. ¿Te ha hecho algo ese tío?

«Me raptó cuando tenía seis años. Creo que es un Señor del Tiempo».

—Nadie. O sea, no era nadie. Me he equivocado. Pensaba que lo había reconocido, pero no es quien yo creía.

—Ya, vale. Acabas de soltarme una bola, pero no te preocupes. Ahora siéntate aquí y te traeré algo de comer. No te pongas a trabajar de nuevo hasta que se te quite esa cara de muerta. Ay, bueno, aunque tengo que irme dentro de veinte minutos, así que confío en que te pongas bien antes.

Me dejé caer en la silla. Me fallaban las rodillas. Una de las mujeres con anillo de compromiso frunció el ceño mientras me miraba y dio unos golpecitos en la taza, como si fuésemos uno de esos locales que rellenan gratis las bebidas. «Uf, no me tientes», pensé. Pero me sentía demasiado débil para cabrearme.

Demasiado asustada. Llámalo por su nombre, Alice. Quizá hubiera sido capaz de engañarme para creer lo que tenía tantas ganas de creer: que era un hombre que no había visto en mi vida pero que se parecía a alguien que había visto solo un día hace una década. Y quizá hubiera podido olvidarme del todo de él, de no haber sido por el libro que había visto en sus manos mientras salía a toda prisa por la puerta.

Hacía años que no veía ese libro, pero supe cuál era en cuanto vi de refilón esa cubierta verde que me resultaba tan familiar.

Estaba leyendo Cuentos desde el Interior, por supuesto. Tenía que ser ese.

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La primera vez que vi el libro tenía diez años. Era casi del mismo tamaño que un libro de bolsillo y estaba encuadernado en tapa dura de color verde, con la cubierta estampada en oro. Debajo de su extraño título, el nombre de mi abuela, todo escrito en mayúsculas.

Yo ya era una de esas niñas que cerraban los ojos y daban golpecitos en la parte posterior de los muebles con la esperanza de encontrar una puerta secreta, o que pedían deseos a la segunda estrella de la derecha todas las noches que eran lo bastante oscuras para distinguir las estrellas. Así que me emocioné al encontrar un libro verde y dorado con un título de cuento en el fondo de una cajonera que, por lo demás, era aburridísima. Había estado husmeando en el ático de la familia con la que nos alojábamos esa temporada, una pareja forrada con un niño de dos años a quienes no importó contratar a una niñera interna que llevara a cuestas a su propia hija. Nos instalamos en la habitación de invitados y allí pasamos toda la primera mitad de mi quinto curso, milagrosamente sin que ocurriera ningún incidente, hasta que las confianzas crecientes que se tomaba el marido hacia Ella hicieron que mi madre decidiera salir pitando de allí.

Me senté con las piernas cruzadas en la sucia y desastrada alfombra del ático y abrí el libro con una admiración reverencial. Repasé el índice con el dedo. Por supuesto, ya sabía que mi abuela era escritora, pero hasta ese momento nunca me había picado la curiosidad por saber más sobre ese tema. Casi no me habían contado nada de ella, así que di por hecho que escribía esos rollos para adultos que, de todos modos, no me habría apetecido leer. Pero saltaba a la vista que este era un libro de relatos, y además parecía ser de los mejores: un libro de cuentos fantásticos. En total había doce.

La puerta que no estaba allí

Hansa, la Viajera

La novia puntual como un reloj

Jenny y las Mujeres de la Noche

La Doncella Despellejada

Alice Triple

La casa del hueco de la escalera

Ilsa espera

La bodega del mar

La madre y el puñal

Katherine, Dos Veces Muerta

La muerte y la esposa del bosque

Como me llamo Alice, es natural que fuese directa al relato «Alice Triple». Las páginas se resquebrajaron como si en algún momento se hubieran mojado y ahora estuvieran acartonadas. Olían igual que esos caramelos de violeta con polvillo por encima que pirraban a mi madre y yo no podía ni ver. Todavía me acuerdo de la primera línea del cuento, que fue todo lo que tuve tiempo de leer antes de que Ella entrara en el ático, alertada por su radar materno, y me arrebatara el libro de las manos.

«Cuando Alice nació, tenía los ojos negros por completo, y la comadrona no se quedó el tiempo suficiente para lavarla».

Era tan espeluznante que me dio un vuelco el corazón, y me alegré de ver a Ella. Aunque no entendí por qué le brillaban tanto los ojos, por qué le costaba tanto respirar.

—Este libro no es para niños —dijo con voz aguda.

No supe qué decir. Mi madre nunca me soltaba el rollo de que aún era pequeña para según qué. Cuando en su momento le pregunté de dónde venían los niños, me lo contó con un grado de detalle propio del canal Nature. Si sus amigos intentaban cambiar de tema de conversación cuando yo entraba en la sala, Ella le quitaba hierro al asunto. «Sabe perfectamente lo que es una sobredosis —les decía—. No insultéis a su inteligencia». Y después de decirlo, la mayoría de las veces daba unos golpecitos en el vaso e inclinaba la cabeza hacia la cocina, adonde yo iba, obediente, para prepararle un Martini perfecto.

Al oír que mi madre sacaba la excusa de la edad por primera vez, que yo recordara, me picó tantísimo la curiosidad que las ganas de leerlo me quemaban por dentro. Tenía que leer ese libro. A toda costa. No volví a ver el ejemplar del ático jamás, pero recordé el libro y esperé a que llegara el momento idóneo. Lo busqué en bibliotecas y librerías, además de en las estanterías de todas las personas que nos acogían, pero nunca lo encontré. Una vez me apareció en eBay —tenía puesta una alerta de Google para que me avisara si alguien anunciaba ese título—, pero la puja subió tan rápido que enseguida quedó fuera del rango que yo podía pagar.

Así pues, me dediqué a averiguar más cosas sobre la autora. Y así empezó mi obsesión por mi abuela: Altea Proserpina.

Cuando Lana acabó el turno la sustituyó un tío que se llamaba Norm. Se pasó las siguientes tres horas hablándome de un día que había quedado con Lana, pero que no sabía si había sido una cita o no, que, bueno, en realidad le daba igual, pero ¿yo qué pensaba? Y ¿Lana me había comentado algo?

Intenté contestarle con evasivas, hasta que el final me harté.

—Venga ya, Norm. Haz el baile de «sigue con tu vida». —Fingí bailar como si imitara a un tren—. ¿Qué, te sientes mejor? Te lo juro, Lana nunca ha pronunciado tu nombre en mi presencia.

El aspecto dolido de su cara me inundó de turbia satisfacción.

—Joder, Alice, qué dura eres.

Se quitó el sombrero, dobló el ala para que quedara más ostentoso y volvió a calárselo en la cabeza.

Su silencio voluntario durante el resto de la noche me dejó tiempo para pensar; tiempo para reproducir lo que había visto, una y otra vez. Cuando terminó mi turno, me adentré en la noche con la sensación de haber perdido la piel. Ya no había luz, y las casas que fui dejando atrás de camino al tren parecían cerradas a cal y canto, poco hospitalarias, como la típica casa que te saltas cuando vas de puerta en puerta la noche de Halloween. Di un respingo cuando un hombre pasó tan cerca de mí en la acera que me rozó. Le olía la piel a quemado y sus ojos parecían demasiado claros en la oscuridad.

El hombre continuó caminando, sin percatarse apenas de mi presencia. Me estaba poniendo paranoica. Buscaba en todas partes el gorro de lana, los ojos azules. Nada.

Había mucha gente esperando el tren de la línea Q. Me pegué bastante a una mujer con un carrito de bebé para que pareciera que íbamos juntas. No me miró, pero noté que se le tensaban los hombros. Cuando llegó el tren, entré y luego me bajé de un salto en el último momento, como había visto hacer en las películas.

Pero entonces el andén se quedó todavía más vacío. Me puse uno de los auriculares y encendí la app de ruido blanco que Ella me había puesto en el teléfono y que me obligaba a escuchar cada vez que empezaba a comportarme como una pistola cargada.

Cuando llegó el siguiente tren, prácticamente entré de un brinco. La escena de la cafetería se repetía en mi mente sin parar, como si fuese una película: el plato roto, el azul de sus ojos, el modo en que desapareció por la puerta con el libro en las manos. Sin embargo, los bordes del recuerdo ya empezaban a perder su frescura. Casi notaba cómo se degradaba entre mis dedos.

Me dolía el cuello de tanto mantenerlo en tensión y de girarlo de manera incómoda. La alerta constante se convirtió en un latido detrás de los ojos. Cuando un tipo que llevaba una funda de saxofón abrió con brusquedad la puerta entre un vagón y otro, el pánico me provocó una quemazón horrorosa en el pecho.

¿Y si había una explicación para que el hombre no tuviera arrugas en la cara, para la sensación que me había dado de que no había envejecido ni un solo día? Botox, una crema hidratante francesa, un efecto de la luz... El agujero negro de mi propia mente, que proyectaba una imagen del pasado en el presente.

A pesar de todo, seguía siendo un hombre que tenía un libro imposible de encontrar. Un hombre que diez años antes me había dicho que conocía a mi abuela y que me llevaba a verla. ¿Y si había dicho la verdad? ¿Y si Ella se equivocaba al pensar que era un extraño?

O peor: ¿y si Ella me había mentido?

Años después de que creyera haberla enterrado, la vieja obsesión resurgía. Cuando el tren emergió por fin de la zona subterránea y apareció en el puente, abrí un artículo de Altea en el móvil. En tiempos había sido mi favorito, el reportaje más largo que había encontrado. Incluso tenía un ejemplar original de la revista en la que lo habían publicado, que encontré como si fuese un milagro en una librería de viejo en Salem. Vanity Fair, septiembre de 1987, con un desplegable de seis páginas sobre mi abuela en la finca recién adquirida, el Bosque de Avellanos. En las fotos se la ve tan esbelta como el cigarrillo que fuma. Lleva unos pantalones piratas y pintalabios rojo, y mira con una frialdad que parece capaz de cortar el cristal. Mi madre es un manchurrón de pelo negro junto a sus rodillas, una sombra vacilante que contrasta con el brillo de la piscina.

El artículo arranca así: «Altea Proserpina cría a su hija con cuentos de hadas». Es curioso que empiece con esa frase, porque mi madre apenas vuelve a aparecer en todo el artículo, pero supongo que al periodista le gustó el doble sentido. Mi madre se crio escuchando cuentos de hadas, como todo el mundo, y al mismo tiempo, se crio gracias al dinero procedente de esos cuentos. La propiedad de Altea, el Bosque de Avellanos, también se compró con dinero de los cuentos de hadas.

Antes de escribir ese libro breve y extraño que le dio la fama, mi abuela escribía reportajes para revistas femeninas, en una época en la que los temas no eran del estilo «20 cosas sensuales que puedes hacer con un cubito de hielo», sino más bien «Cómo quitar las manchas de la camisa blanca de tu marido».

Hasta que Altea salió de viaje en 1966. No da nombres, pero no escatima a la hora de contarle al periodista los detalles jugosos: viajaba con un hombre mayor, un editor casado de una revista masculina de tirada mensual, y se dedicaron a recorrer toda Europa con un grupo de turistas estadounidenses aburridos. Después de nueve días bebiendo licor a palo seco (no se fiaban de tomar cubitos de hielo) y escribiendo cartas a sus amigos, las cosas se torcieron entre el hombre casado y ella. Siguió viajando sola. Y algo ocurrió.

No especifica qué sucedió. «Fui detrás de otro tipo de historia a través de una puerta muy antigua», le dijo al periodista. «Tardé mucho en encontrar el camino de vuelta». No añade ni una palabra más sobre lo que hizo entre 1966 y 1969. Mientras tanto, las plantas de su casa se murieron, su trabajo se acabó y su vida en Nueva York enmoheció y terminó por desaparecer.

Cuando regresó a Estados Unidos, el mundo se había olvidado de ella. Según dijo, se sentía «como un fantasma que se paseara por un museo de mi antigua vida». (Su forma de hablar reflejaba que conocía más libros que personas.) Al final, encontró a una amiga que la alojó, una antigua compañera de la escuela femenina Barnard que tenía una habitación libre, y allí se instaló y se puso a teclear doce historias en una máquina de escribir. Las recopilaron en un libro que llevaba por título Cuentos desde el Interior y las publicaron en una diminuta editorial independiente de Greenwich Village que se había especializado en novelas y relatos escritos por mujeres que nadie leía.

Pero por la razón que fuera, el libro de mi abuela sí lo leyeron. Su preciosa cara retratada en la contra tampoco debió de ir mal para las ventas: ojos intensos, de color azul, pero de un gris pálido en la foto en blanco y negro. Tiene enarcada la ceja, los labios perfilados y un poco abiertos. Lleva una camisa blanca de hombre, con demasiados botones desabrochados, y un enorme anillo de ónix en el pulgar de la mano derecha. Por supuesto, tiene un cigarrillo entre los dedos.

Salieron algunas críticas del libro en revistas minoritarias y se convirtió en un fenómeno gracias al boca oreja. Después, un director de cine francés con ganas de hacer su primera producción en Estados Unidos le propuso un proyecto basado en el libro.

El rodaje de la película fue infame, plagado de aventuras escandalosas y riñas profesionales, y quedó oscurecido por la desaparición de dos miembros del equipo en incidentes que no guardaban relación. Sin embargo, el filme en sí fue un éxito de los cines independientes. La historia se había adaptado y reconvertido en un drama psicológico de una mujer que se despierta en el bosque y no recuerda nada de su vida anterior; los relatos de mi abuela se emplearon en las secuencias que plasmaban los sueños, o a modo de flashback. Según las críticas que encontré, no se parecía en nada al material en el que se había basado.

El éxito de la película, alimentado en parte por la infamia, condujo a la realización de varias producciones de teatro que duraron poco, una miniserie que no llegó a estrenarse y la breve y fallida carrera de Altea como asesora de programas de televisión en Los Ángeles. Cuando regresó a Nueva York compró el Bosque de Avellanos por una cantidad ridícula después de que su propietario anterior muriese en extrañas circunstancias en un incendio que abrasó parte del terreno de la finca.

Por el camino se había ligado a un par de maridos. El primero era un actor que había conocido durante el rodaje de la película. El hombre dejó a su mujer por Altea, pero, por desgracia, lo mató un drogadicto en el piso en el que vivían en Greenwich Village cuando Altea estaba embarazada de Ella. Luego conoció en Los Ángeles a su segundo marido, un descendiente desplazado de la realeza griega, y se lo llevó al Bosque de Avellanos.

Así que, sí, podría decirse que mi madre se crio en parte con cuentos de hadas. Pero la muerte también tuvo que ver. Y el dinero. El dinero del marido muerto, y el dinero de los cuentos, por supuesto. Supongo que una cantidad considerable acabó en los bolsillos de mi madre, porque nos permitía ir tirando a pesar del historial de trabajo precario de Ella, y eso sin contar todos los alquileres que habíamos pagado antes de salir huyendo de los sitios. Estar siempre en ruta era una parte tan importante de nuestras vidas como la risa afilada de mi madre o mis ataques de rabia. O como las rachas de mala suerte que se calmaban cada vez que nos mudábamos y luego volvían a aparecer igual que el barro rojizo que nos manchaba los zapatos.

Sin embargo, por muy feas que se pusieran las cosas, el Bosque de Avellanos siempre quedaba a nuestra espalda. Siempre era el lugar al que Ella no pensaba regresar jamás. Mi madre me cuidaba a mí, y yo la cuidaba a ella, en una especie de relación fraterna simbiótica que quedaba bien en la tele pero que resulta agotadora, un coñazo, cuando tienes que mudarte por tercera vez el mismo año y ni siquiera hay una puerta en el dormitorio para poder dar un portazo.

Mientras leía con detenimiento el artículo sobre Altea por enésima vez, me di cuenta de que ya no me transmitía la misma sensación que antes. Al principio me imaginaba a Altea como una estrella distante pero benévola, un hada madrina salida de un cuento que me observaba desde lejos. Mi febril mente infantil había hecho un batiburrillo de cuentos y los había mezclado con mi abuela ausente y con el misterio del hombre que había provocado en mí una superstición que nunca pronunciaba en voz alta. Cuando me miraba en algún espejo, en secreto creía que Altea podía verme. Cuando un hombre me observaba un buen rato desde la ventanilla de un coche o en la verdulería, yo no veía a un pervertido ni el primer aviso de la mala suerte que se avecinaba: era uno de los mensajeros de Altea. Mi abuela me vigilaba y me quería, y un día se mostraría ante mí.

Pero ahora leía la historia con ojos nuevos. No era una fascinante reina de un cuento, era una arrogante escritora de literatura fantástica. Una escritora que ni una sola vez, desde que yo había nacido hasta que ella había muerto, había intentado ponerse en contacto con Ella. Sí, con Ella, que me había tenido a los diecinueve años y desde entonces no había podido contar con nadie salvo conmigo.

Porque eso es lo que no cuenta el artículo. Apenas unos meses después de que se publicara, el segundo marido de Altea se suicidó en el Bosque de Avellanos. Tras su muerte, Altea cerró los límites del bosque. Se encerró con su hija allí dentro, las dos solas, y vivieron de los cuentos de hadas y de dios sabe qué más, mientras solo se tenían la una a la otra para hacerse compañía. Esa era la parte de la que no quería hablar Ella, de los catorce años que pasó merodeando por un lugar desgajado del mundo. Ni siquiera iba al colegio. Quién es mi padre y cómo lo conoció es un secreto tan bien guardado que he dejado de preguntárselo.

Cuando por fin llegué al piso, me martilleaba la cabeza.

Espera. Llamarlo «piso» sería dar una imagen equivocada de cómo era. Eh, ¿la... torre? No tanto, pero casi.

La casa de Harold olía a producto de limpieza discreto; al perfume de Audrey, mi hermanastra, y a la comida preparada que a Ella se le hubiera ocurrido pedir esa noche. Creo que Harold se había imaginado que mi madre cocinaría para él, tal vez siguiendo las recetas de la abollada lata que tenían en la cocina, herencia de la madre de él. Si era así, debía de haberse llevado una decepción: mi madre y yo podíamos vivir semanas enteras comiendo cereales, palomitas y edamame hervidos.

Oí el murmullo de unas voces que iban subiendo de tono al otro lado del pasillo y empecé a seguirlas hasta la puerta de su dormitorio, que estaba cerrada.

—Esta noche no me has dejado en ridículo a mí, te has puesto en ridículo tú.

La voz de Harold terminó en un siseo. Empleé los sonidos que me llegaban por debajo de la puerta para ubicarlos: Harold a mi izquierda, un movimiento suave encima de la cama que debía de ser Ella.

Apoyé la espalda contra la pared que había junto a la puerta del dormitorio. «Como se le ocurra acercarse...».

—Si quieres vestirte como una furcia cuando vayas sola, allá tú. Pero esta noche tenías que ser mi esposa.

La palabra «esposa» me escoció más que «furcia», pero me quedé quieta y mastiqué el sabor frío y metálico de la rabia para tragármelo. Mi madre me había pedido una y mil veces que confiara en ella. Decía que sabía manejar a Harold. Que lo quería. Que esta apuesta por la estabilidad no era solo por mí.

Su silencio sonó más fuerte que la voz de Harold. Era la mejor baza de mi madre, aunque nunca la empleaba conmigo. Se te quedaba mirando mientras intentabas recomponer los pensamientos, decir algo que le afectara, pero mi madre nunca se inmutaba. Había visto como conseguía arrebatarle cosas a la gente (secretos, confesiones, promesas de dejarnos quedar un mes más) solo con el silencio. Lo empuñaba como si fuese un arma.

—Ella. —De repente la voz de Harold sonó desesperada. Me embargó una lástima que no quería sentir—. Ella, di algo, ¡me cago en...!

Oí el roce de su ropa cuando se desplazó por la habitación, hacia mi madre, que seguía en la cama.

Esperé un latido más, una respiración, y luego intenté abrir la puerta de un tirón.

Cerrada con llave.

—¡Mamá! ¿Qué pasa?

—¡Por el amor de dios! ¿Ya está otra vez ahí tu hija?

—Mamá. —Aporreé la puerta con la palma de la mano—. Déjame entrar.

Silencio, un crujido y luego la voz de Ella más cerca.

—Estoy bien, cariño. Vete a la cama.

—Abre la puerta.

—Alice, estoy bien. Estamos hablando, nada más. Si quieres ayudarme, vete a dormir.

La rabia corría por mis venas.

—Te ha llamado furcia. ¡Abre la puerta!

Fue Harold quien la abrió de par en par y di un respingo. Estaba desaliñado, a medio vestir. Se le empezaba a notar una sombra de barba y tenía los ojos inyectados en sangre. Harold tenía los mismos ojos que el Capitán Garfio: lánguidos y del azul intenso del aciano, con un fantasmal brillo encarnado cuando se enfadaba.

Junto a él, con un vestido ajustado sin tirantes y el pelo revuelto, Ella parecía un cachorrillo negro. Daba la impresión de que el vestido estuviera diseñado para llamar la atención sobre el tatuaje que le subía por el brazo casi hasta la garganta: una flor psicodélica con un tallo de espinas que podría haber sido una ilustración botánica de alguna especie encontrada en Marte. Yo llevaba un tatuaje igual pero dibujado en espejo: un regalo del Día de la Madre poco acertado que, en contra de lo que yo creía, no le había hecho ni pizca de gracia a Ella.

Iluminada por la luz tenue del pasillo, mi madre parecía el depredador y Harold la presa. La rabia remitió.

—Yo no la he llamado furcia. Solo he dicho que... —Se pasó la mano por la cabeza gacha—. Esas cenas son importantes. Están llenas de clientes en potencia, determinan el curso de... Uf, por el amor de dios, ¿por qué intento razonar contigo?

Mi madre se apoyó en el marco de la puerta y lo miró con frialdad.

—Llevaba este mismo vestido la noche que me conociste. ¿No te acuerdas?

—Sí, cuando eras camarera de cóctel. Bah, déjalo, no pienso quedarme aquí defendiéndome de las dos. —Harold me miró a la cara—. Alice, no soy un monstruo. ¿Por qué siempre te empeñas en mirarme como si fuese un maldito monstruo?

Se dio la vuelta y entró en el cuarto de baño de la suite.

—Mamá.

Ella inclinó la cabeza al oír mi tono de voz y por un momento pensé que iba a preguntarme algo. En lugar de eso, soltó un suspiro largo y pesado.

—Vete a la cama, Alice. Hablamos mañana por la mañana, ¿de acuerdo?

Acercó la frente a la mía, con cariño, y luego cerró la puerta que nos separaba.

Una calma densa se instaló junto a mis oídos. Era el sonido de vivir en un lugar aislado del resto de la ciudad, en una burbuja de riqueza.

Entré en la cocina con la sensación de ser una ladrona y empecé a rebuscar por los armarios a oscuras.

—¿Qué es eso que oigo? ¿Una ardilla buscando nueces?

Miré la bolsa de nueces pacanas que tenía en la mano y volví a dejarla en la estantería. A Audrey le encantaba poner etiquetas y hacer comentarios sobre lo que comía la gente, con una voz desdeñosa si era menos de lo que comía ella. Estaba sentada en la salita con la luz apagada; su melena negra, recogida en un moño mal hecho que parecía una esponja, apenas asomaba por detrás del sofá. No se dio la vuelta cuando me acerqué a ella, pero se puso tensa.

Mi hermanastra era una cotorra regordeta y mona, atractiva, que me hacía sentir como si fuese un palo de escoba torpe. Estaba repantigada en el sofá con unos vaqueros cortados y una camiseta sin mangas, siempre ligera de ropa, incluso en casa. La miré por encima del hombro mientras se dedicaba a clicar sin descanso en una larga retahíla de mujeres vestidas con ropa carísima, para pedir cosas que apenas reconocería cuando llegaran a casa. Me hizo pensar en las personas que juegan en las tragaperras de los casinos.

—¿Otra vez jugando a superhéroes? —me preguntó con voz demasiado alegre—. ¿Has salvado a tu madre de mi malvado padre?

Me dejé caer en el sillón que había enfrente de ella.

—Harold no es lo bastante interesante para ser malvado. Simplemente no está a la altura de mi madre.

Eso hizo que levantara la mirada, con los ojos faltos de expresión por la luz blanca del ordenador.

—¿Crees que mi padre no está a la altura de tu madre? —Hizo que las dos últimas palabras sonaran como una blasfemia—. Aún viviríais en el coche si no fuera por él. ¡Y llevarías vaqueros cutres de Walmart!

Me impresionó que hubiera oído hablar del hipermercado Walmart, y me dio rabia confesarle algo que era verdad.

—Oye, ¿qué pasa? Algunas veces vivíamos en chozas —le dije—. O en furgonetas. Una vez incluso en un garaje.

Me miró a la cara.

—Una vez esperé tanto rato a que me trajeran la hamburguesa de trufa que cuando llegó a la mesa estaba fría —me dijo—, así que te entiendo perfectamente.

—Una vez se nos rompió la ventanilla del coche y Ella la sustituyó por una plancha de madera pegada con cinta de embalar.

Audrey sonrió levemente, sin separar la mano del portátil.

—Una vez mi padre compró un barco y lo llamó El Audrey, pero se le olvidó poner salón de baile, así que lo hundí.

—Una vez... —La imagen que me vino a la mente en ese momento fue abrupta y rápida, tres fotogramas de la mala suerte que nos había perseguido y obligado a huir de Chicago. Cerré los ojos para protegerme de las imágenes y me levanté de repente—. Tú ganas.

Su expresión se volvió opaca y sonrió con prepotencia mirando hacia el ordenador.

—Buenas noches, hermanita —murmuró cuando pasé por delante de ella.

—Buenas noches, Audrey —respondí, en voz tan baja que no me oyó.

Cuando pasé por delante de la puerta de Ella y Harold, no se oía nada. Intenté interpretar el silencio, pero costaba mucho a través de una puerta de roble labrada. Seguí caminando hacia la habitación de invitados que Harold apenas había adaptado para mí.

Todas las mañanas dejaba el perfilador de ojos en el lavabo del cuarto de baño que había pegado a mi habitación. Dejaba libros abiertos encima de la cama, calcetines metidos debajo de las sábanas, vaqueros arrugados como un acordeón en el suelo. Y todas las noches habían desaparecido, estaban otra vez en el armario del baño, en el cesto de la ropa sucia, en la estantería. Levantarse en casa de Harold era como vivir en la peli Atrapado en el tiempo. Daba igual lo que yo hiciese, nunca dejaba huella.

Evité mirarme a los ojos mientras me lavaba los dientes, después me metí en la cama con un ejemplar de El asesino ciego, porque si no puedes estar con el libro que quieres, más vale que quieras el libro con el que estás. Pero no podía concentrarme en las palabras y al cabo de un rato salí de la cama y recuperé la pluma, el peine y el hueso que aún guardaba en el delantal sucio. Los sostuve en la palma de la mano un momento, antes de meterlos en una bolsita de terciopelo que en origen era para las fichas del Scrabble, y la guardé en la mochila.

Me tumbé de nuevo, convencida de que tardaría horas en conciliar el sueño, pero, sin saber cómo, me desperté de un sueño profundo cuando todavía era de noche. Antes de abrir los ojos por completo, noté la presencia de mi madre en la habitación. Se tumbó sin hacer ruido en la cama junto a mí y solté la colcha para que pudiera taparse también. Me quedé quieta mientras me daba un beso en la mejilla, con los labios secos y olor a ámbar.

Su suspiro fue suave como la seda y me hizo cosquillas en la oreja. Contuve la respiración hasta que no pude más y entonces volví la cara hacia ella.

—¿Por qué él?

Se puso tensa, como si se preparase para un bofetón. Yo no le había pegado desde que tenía diez años, pero al ver que se ponía en guardia, coloqué las manos entre las rodillas por si acaso. Suponía que me diría que aflojase un poco, o que se daría la vuelta en la cama y me pediría que esperase a que se hiciese de día para volver a preguntárselo. No pensaba que fuera a contestarme.

Sin embargo, se volvió hacia mí, con un leve brillo en los ojos que me resultaba familiar.

—Creía que estaba enamorada de él —susurró—. Te prometo que lo pensaba.

—¿Y ahora?

Se tumbó bocarriba y pasó los dedos por la colcha.

—Sienta bien descansar, ¿no crees? Sí, sienta tan bien descansar sin más...

El rugido que atronaba dentro de mí por todo lo que había ocurrido (el hombre de la cafetería, su libro, la pluma, el peine, el hueso) desapareció de pronto como cuando se quita el volumen de la música. Porque Ella se lo merecía, ¿verdad? Paz en una ciudad tan activa y resplandeciente que sus luces se tragaban la mala suerte igual que se tragaban la oscuridad.

Las palabras no pronunciadas florecieron en la parte posterior de mi garganta y luego se enfriaron. Tomé una decisión: le concedería un día más. Una porción más de descanso antes de contarle que la misma maldición de siempre nos había encontrado, adoptando una forma que yo no acababa de comprender.

Nos quedamos en silencio a oscuras un ratito más y nos quedamos dormidas a la vez.