Índice

DEDICATORIA

UNO

DOS

TRES

CUATRO

CINCO

SEIS

SIETE

OCHO

NUEVE

DIEZ

ONCE

DOCE

TRECE

CATORCE

QUINCE

DIECISÉIS

DIECISIETE

DIECIOCHO

DIECINUEVE

VEINTE

VEINTIUNO

VEINTIDÓS

VEINTITRÉS

VEINTICUATRO

VEINTICINCO

VEINTISÉIS

VEINTISIETE

VEINTIOCHO

VEINTINUEVE

TREINTA

TREINTA Y UNO

TREINTA Y DOS

TREINTA Y TRES

TREINTA Y CUATRO

TREINTA Y CINCO

TREINTA Y SEIS

TREINTA Y SIETE

TREINTA Y OCHO

TREINTA Y NUEVE

CUARENTA

CUARENTA Y UNO

CUARENTA Y DOS

CUARENTA Y TRES

CUARENTA Y CUATRO

CUARENTA Y CINCO

CUARENTA Y SEIS

CUARENTA Y SIETE

CUARENTA Y OCHO

CUARENTA Y NUEVE

CINCUENTA

CINCUENTA Y UNO

CINCUENTA Y DOS

CINCUENTA Y TRES

CINCUENTA Y CUATRO

CINCUENTA Y CINCO

CINCUENTA Y SEIS

CINCUENTA Y SIETE

CINCUENTA Y OCHO

CINCUENTA Y NUEVE

SESENTA

SESENTA Y UNO

SESENTA Y DOS

SESENTA Y TRES

SESENTA Y CUATRO

SESENTA Y CINCO

SESENTA Y SEIS

SESENTA Y SIETE

SESENTA Y OCHO

SESENTA Y NUEVE

SETENTA

SETENTA Y UNO

SETENTA Y DOS

SETENTA Y TRES

SETENTA Y CUATRO

SETENTA Y CINCO

SETENTA Y SEIS

SETENTA Y SIETE

SETENTA Y OCHO

SETENTA Y NUEVE

OCHENTA

OCHENTA Y UNO

OCHENTA Y DOS

OCHENTA Y TRES

OCHENTA Y CUATRO

OCHENTA Y CINCO

OCHENTA Y SEIS

OCHENTA Y SIETE

OCHENTA Y OCHO

OCHENTA Y NUEVE

NOVENTA

NOVENTA Y UNO

NOVENTA Y DOS

NOVENTA Y TRES

NOVENTA Y CUATRO

AGRADECIMIENTOS

DEDICATORIA

Para los que heredarán la tierra, especialmente

James, y para Andrew, sin quien este libro no existiría

UNO

UNO

NO ECHARÉ DE menos estas mañanas.

No echaré de menos la arena, el mar, el aire salobre. La madera astillada del paseo marítimo entablado, viejo y carcomido, que se me clava en la piel. No echaré de menos el sol, reluciente y cegador, un foco que me ilumina mientras observo y espero. No echaré de menos el silencio.

No, no echaré de menos estas mañanas en absoluto.

Día tras día, me escabullo hasta el paseo marítimo cuando aún reina la oscuridad. Me he esforzado mucho para que parezca que solo soy una chica a la que le encantan los amaneceres, una chica que nunca te devolvería un empujón. Al menos una de las dos cosas es cierta. Los Lobos que vigilan esta playa ya apenas se inmutan cuando me ven, una extraña muestra de indiferencia lograda gracias a mi constancia y mi paciencia. Dos años de constancia y paciencia, todas y cada una de las mañanas desde que nos arrancaron de las vidas que amábamos y nos metieron en gulags. Me siento donde los vigilantes puedan verme, donde yo pueda verlos, donde pueda verlo todo. Observo el agua, observo las olas. Observo más que el agua, más que las olas. Busco grietas.

No ha habido grietas. La rutina de los vigilantes ha sido siempre sólida, impenetrable, la única razón por la que todavía no me he lanzado. Pero lo haré, sin duda. Soy un ave, decidida a volar a pesar de las alas cortadas y las patas maltrechas. Esta jaula con forma de isla no me retendrá para siempre.

Un día, cuando la guerra termine, volveré a comer helados. Correré descalza por la playa sin miedo a pisar una mina. Entraré en una librería, o en una cafetería, o en cualquiera de los cientos de lugares que ahora están ocupados por los Lobos, y permaneceré allí sentada durante horas solo porque podré hacerlo. Haré todas esas cosas y muchas más. Si sobrevivo.

Siempre estoy lista para escapar, siempre a la espera de huir. Llevo mi pasado dondequiera que quepa: doblado a la espalda, colgado del cuello, bien enterrado en el bolsillo. Un libro amarillo destrozado. Un anillo pesado en una cadena pesada. Un vial de sangre y dientes. Mis manos vacías son mi ventaja: sin nada salvo mi propia piel para clavarme las uñas, sin nadie a quien aferrarme ya, soy libre para reclamar este mundo teñido de guerra. Si todo va según lo planeado, claro.

Puede que no resulte obvio para todo el mundo, pero las cosas están cambiando. Yo veo señales sutiles de ello por todas partes, para mejor y para peor a la vez. Mientras que en este puesto de la playa solía haber solo dos vigilantes, ahora hay cuatro. Mientras que antes los vigilantes caminaban con tranquilidad por ciertas zonas de la arena —se han encargado de advertirnos alto y claro dónde están enterradas las minas—, ahora caminan con precaución, en fila de a uno, si es que llegan a abandonar su puesto. Hasta la semana pasada, su puesto estaba equipado con una lancha motora color rojo sangre. Ahora han sustituido sus líneas puras por sencillez, y un velero verde sin florituras ocupa su lugar, destinado a desfavorecer a cualquiera que intente utilizarlo para escapar. Como si alguno de nosotros pudiera llegar hasta tan lejos sin saltar por los aires hecho pedazos.

Este cambio silencioso de rutina me asegura que los rumores son ciertos.

Alguien escapó la semana pasada, dice la gente. Alguien más planea intentarlo. Hoy, mañana, la semana que viene, el mes que viene, he oído de todo. Los rumores no tienen nada que ver conmigo: de lo contrario, jamás me permitirían estar aquí sentada, observándolo todo, como siempre. Esto ha funcionado exactamente tal como yo esperaba: que esté cerca de la playa les lleva a suponer que no estoy tramando nada, nada fuera de lo normal. Cambiar mi rutina resultaría sospechoso.

Ahora solo espero a que los vigilantes me den la espalda, como hacen a veces cuando van a buscar otra taza de café en el interior de su vieja y escueta torre de la playa. Están demasiado tranquilos con el hecho de que yo parezca tranquila. Demasiado seguros de que no me moveré de mi sitio. Mantienen la mirada clavada en el rompeolas, en aquellos que se han interesado de repente en ver salir el sol.

El paseo marítimo ha estado desierto durante casi dos años, pero ahora ya no. Ni tampoco ayer, o el día anterior. ¿Quién sabe si los demás están ideando una huida o si solo albergan la esperanza de atisbar la de otro? No cabe duda de que esta es la mejor ubicación para cualquiera de las dos cosas, yo lo descubrí durante la primera semana. Desde cualquier otro lugar de esta isla, el agua lleva directamente de vuelta a Texas. Mejor el mar abierto que eso.

Estas caras nuevas que se asoman por encima del rompeolas y desvían la atención de mí... es algo bueno y no lo es. Cualquiera podría intentar escapar a la carrera en cualquier momento. Los Lobos duplicarán sus medidas de seguridad cuando eso ocurra, sin duda, lluvias de balas y bombas por todo el campamento. No puedo estar aquí cuando eso suceda. Tengo que tratar de llegar hasta el barco hoy mismo, esta mañana, ahora, o puede que nunca tenga la oportunidad.

Debo ser la primera.

Llega el amanecer, cien mil matices de luz, tan brillante que el cielo apenas puede contenerlo.

Dos vigilantes entran en el puesto, y el tercero se da la vuelta —es el momento es el momento es el momento—, pero entonces el viento cambia. Comienza con una gaviota, sus alas me advierten mientras vuela en línea recta hacia el océano, como si quisiera irse lejos, muy lejos. Los dos vigilantes que quedan se miran a los ojos. Oigo el estrépito de pasos, no procedentes de la playa, sino del otro lado del rompeolas, a mi espalda, hacia los barracones; vienen de desayunar y del laboratorio de seda que he dejado atrás.

Una explosión distante sacude toda la isla. Dos más se producen poco después, y otras cinco a continuación. Disparos, como una tormenta —tantas balas descargadas que pierdo la cuenta—, gritos, caos. El estruendo aumenta a cada segundo. El estruendo y su cercanía.

Me quedo inmóvil, con todos y cada uno de los músculos del cuerpo en tensión. He llegado demasiado tarde, una milésima de segundo demasiado tarde: alguien debe de haber intentado escapar por el lado equivocado de la isla.

Parece que no soy la única que quería ser la primera.

Ahora los cuatro vigilantes están fuera del puesto, corriendo en zigzag, muy juntos, sobre la arena, en dirección al ruido, con cuidado de no salir volando en pedazos. No miran hacia mí al pasar.

Debería haberlo intentado en plena noche, no debería haber esperado el momento perfecto: la perfección no existe. Estas bombas y proyectiles son la consecuencia, estoy segura, de las medidas de seguridad exacerbadas. He perdido mi oportunidad.

O puede que no.

El velero verde cabecea perezosamente al final del muelle de los Lobos. Nadie se ha quedado allí para vigilarlo.

Me muevo, a punto de echar a correr hacia él... Pero entonces esa gaviota desgraciada se posa en el punto equivocado de la arena y hace estallar una mina. La explosión atronadora se produce lo bastante cerca para paralizarme de miedo. El humo y las plumas ocultan las huellas de los vigilantes en la arena y eliminan mi única pista respecto a dónde se encuentra el camino seguro. Hasta la semana pasada, cuando plantaron centenares de minas nuevas, podría haberlo recorrido hasta con los ojos cerrados. Ahora no.

La gente comienza a arrojarse por el rompeolas, cinco y diez y quince, más a cada segundo que pasa. Si están lo bastante desesperados para correr hacia aquí, directos hacia la arena y las minas, no quiero saber de lo que están huyendo. Gateo hasta el borde del paseo marítimo. Hay una abertura debajo, donde el viento ha apartado la arena de los postes y los tablones. Esperaré y volveré a intentarlo, o moriré. Es una rendija estrecha, del tamaño justo de mi cuerpo, aunque apenas me queda espacio para respirar. De todas maneras, mi respiración es superficial, superficial y rápida. La arena se me pega al sudor pringoso del cuello y las mejillas hasta cubrirme todo el costado derecho. La tengo en todas partes: dentro de la nariz, entre los dientes, bajo los párpados. Pero respiro, pues nunca me había sentido tan viva como en este momento, tan cerca de la muerte.

Ahora el ruido es ineludible, el clamor de los desesperados mientras huyen de la muerte hacia la destrucción. Los pasos retumban sobre el entablado del paseo marítimo y lo sacuden. Si cede, me hará pedazos y quedaré aplastada debajo de él.

La arena se desparrama bajo el primer par de pies valientes, no muy lejos de mí. Lo siguen dos pares más, y otros diez después. Luego veinte.

Las minas rocían el aire de arena y piel. A lo largo y ancho de la playa, las explosiones estallan como fuegos artificiales. Aun así, los pies siguen llegando, serpenteando entre las columnas de humo hasta que —¡pum!— se ven obligados a parar.

No es bonito. Es un desastre nauseabundo, repugnante.

Algo pesado se estampa contra la madera, justo encima de mí. Los tablones crujen, se comban tanto que me presionan los omóplatos. Rápidamente, la presión desaparece, pero entonces hay dedos, largos y bronceados y delicados, aferrándose al borde del entablado, a cinco centímetros de mi cara. Casi se me escapa un ruido; me muerdo para contenerlo.

Los disparos resuenan, la madera cruje, ensordecedora y cercana. No siento nada, pero ¿una bala quemaría como el fuego o sería un impacto que te insensibilizaría? Los dedos se agarran con más fuerza, los nudillos se vuelven blancos a pesar de las sombras, y entonces se desvanecen. Me muevo, todo lo que puedo en este espacio reducido, y veo tres círculos perfectos de luz solar que atraviesan la madera un poco más allá de mi cabeza.

Restalla otro disparo, y entonces, en un abrir y cerrar de ojos, la oscuridad conquista la luz; se oye un golpe seco encima de mí, aún más fuerte que el anterior, y un brazo flácido queda colgando del borde del entablado. Un brazo flácido vestido con un tejido almidonado, de color canela, que se confundiría con la arena si no fuera por la sangre.

Un oficial. Ha caído un vigilante, y lo encontrarán, y si me quedo donde estoy quedaré cubierta por su sangre, que gotea a través de las grietas.

Podría echar a correr ahora. Podría seguir las huellas de los muertos, pisar solo en los lugares donde la arena ya se haya pisado. Podría llegar hasta el velero, si soy lista. Si soy lista y rápida. Al fin podría, al fin, navegar hasta Santuario.

Salgo a rastras de mi escondite, con cuidado de mantenerme agachada. El enemigo de un oficial es amigo mío, pero eso no quiere decir que esté a salvo, debo seguir siendo lo más precavida posible, y silenciosa. Una ráfaga de aire húmedo y salado me golpea, fresca sobre el sudor pegajoso.

—Espera.

Me quedo inmóvil, aunque resulta obvio que ya me han visto.

—Los vigilantes están haciendo rondas —dice la voz, suave, urgente—. No están cerca, pero me verán si sales corriendo.

Vuelvo la cabeza, solo un poco, lo justo para mirarla. Es menuda, asiática, no la reconozco. Con los dedos largos, bronceados, saquea los bolsillos del oficial caído. ¿De verdad había sido capaz de matarlo esa chica, David contra Goliat?

—Toma —dice, y me lanza un cordel atestado de llaves.

Muy inteligente, un intento de repartir la culpa si alguien nos ve, ¿por qué otro motivo iba a entregarme esta libertad si no? Aunque no pienso quejarme: no pretendo seguir aquí cuando se busquen culpables. La chica se mete las placas identificativas del vigilante en los bolsillos y su arma en la parte trasera de los pantalones cortos.

—Voy contigo.

La pistola me pone nerviosa, pero al menos no me está apuntando.

—Ni siquiera sabes adónde voy.

Inclina la cabeza hacia la playa, hacia el repulsivo despliegue de sangre y huesos que tenemos delante.

—Sé que no vas a quedarte aquí —asegura—. Es lo único que necesito saber.

—¿Está ya despejado?

Todavía acuclillada en la parte baja del paseo, lo único que alcanzo a ver es a la chica y al oficial, a sus pies. Toda esta sangre me revuelve el estómago, pero mantengo el tipo. Tengo que hacerlo.

—Lo bastante despejado para que partamos con ventaja. Ahora la gente está evitando esta playa... —Desvía la mirada hacia el caos de muerte que hay en la arena. La marea no está lo bastante alta para arrastrar consigo ni una parte de la sangre, y ninguna de las dos es capaz de soportar la vista durante más de unos segundos—. Es solo cuestión de tiempo que los maten a todos. Los vigilantes no continuarán distraídos mucho más tiempo.

—De acuerdo —digo—. De acuerdo. Podemos hacerlo.

—Tenemos que hacerlo. ¿Hay otra alternativa?

Tiene razón. Y tampoco es que me quede alguien a por quien regresar, ya no. Respiro hondo.

—Síguem...

—Mierda, están en el rompeolas... nos ven. ¡Nos ven! ¡Vamos!

Me levanto de un salto y echo a correr. El humo se ha disipado, no del todo, pero lo suficiente. No miro atrás para ver si la chica sigue allí. No miro a lo que queda de toda la gente con la que podría haber desayunado algo más tarde esta misma mañana. Solo miro hacia delante, a la arena arrasada, culebreando a izquierda y derecha como hicieron los oficiales en cuanto notaron el cambio en el viento.

Las balas horadan la arena, los cuerpos ya muertos, la estela de personas que se arrastran detrás de nosotras. Tantas balas y solo —me arriesgo a echar un vistazo— dos vigilantes. Esquivo sus disparos, continúo corriendo hasta que la arena se extiende lisa ante mí, sin pisadas previas. Me detengo en seco, sin estar segura exactamente de cómo proceder, y la chica del paseo marítimo choca contra mí. Apenas consigo mantener el equilibrio, no dar un paso errado que podría acabar con todo.

Pero de los que se han sumado a nosotras solo paran dos. Los demás siguen adelante, con la vista clavada en el velero. Entre sus pasos y la lluvia de balas que los persigue, la arena se rompe —y ellos mueren— en cuestión de segundos.

Cojo aire con dificultad, trago arena y humo, pero me obligo a seguir adelante. La chica del paseo marítimo me sigue, junto con las otras dos chicas que se detuvieron a nuestro lado. Recuerdo haber visto los rostros de ambas en el rompeolas, asomándose, hoy, ayer y anteayer.

Yo encabezo la marcha, lo más rápido que puedo. La embarcación de los vigilantes ya no está lejos. Si perseveramos, puede que al final lo logremos. Resuenan más disparos, pero esta vez es la chica del paseo quien los efectúa, apuntando al oficial que suele vigilar el velero —bala y sangre, el hombre se desploma antes de poder volver al muelle— y luego a los otros oficiales que nos persiguen, con las pistolas descargadas. Esta chica es una tiradora impresionante, inquietantemente buena. Continúa presionando el gatillo mucho después de haberse quedado sin balas.

Ya nadie nos dispara.

Nadie nos sigue, nadie en absoluto.

Pero yo no dejo de correr. No puedo hacerlo. Ya hemos dejado atrás el campo de minas, nos dirigimos a la zona de los vigilantes —donde estarían si no estuvieran muertos o cazando— y recorremos el muelle interminable al que está amarrado su barco.

Trepo por la borda del velero y me dejo caer sobre la cubierta el tiempo justo para recuperar el aliento. Apenas soy consciente de que las otras tres chicas se unen a mí, una de ellas una rubia que se afana por desatar la cuerda anudada, nuestro único lazo con el muelle. El cielo empieza a bambolearse cuando la corriente nos arrastra hacia mar abierto. Respirar duele, pensar duele. Todo duele.

Merece la pena.

DOS

DOS

NO DISTINGO MIS lágrimas del sudor.

No me costaría pasar varias horas tumbada sin moverme sobre esta cubierta, con aspecto de cadáver, pero al cabo de solo unos cuantos jadeos me fuerzo a despegarme de ella. Se acabó el recreo.

—¿Alguna de vosotras sabe navegar? —pregunta la chica del paseo a las otras dos que nos han seguido hasta aquí.

—Yo sí —intervengo antes de que ninguna de ellas tenga la oportunidad de ponerse al mando. En mis sueños acerca de este momento nunca han aparecido los planes de una persona que no fuera yo.

—Pues hazlo.

La chica del paseo nos da la espalda y se encamina hacia el extremo opuesto del barco, que no es que esté muy lejos, pero probablemente sí a la distancia suficiente para que podamos murmurar de ella sin que nos oiga.

No lo hacemos. Todavía.

Una de las chicas, la rubia, me mira con las cejas arqueadas.

—¿Quieres que te ayude? Solía salir a navegar con mi familia antes de...

Muchas frases terminan de esa manera en nuestro mundo postpaz. Antes de, elipsis. Nadie tiene que añadir nunca nada más. Rellenamos los huecos con nuestros propios recuerdos incalificables.

—Sí. —El tacto de la botavara me resulta familiar, como si nunca hubiera dejado de navegar—. Sí, por favor.

Se mueve para ayudarme, y la otra chica —pelo ondulado del color de una moneda de cobre, una llovizna de pecas oscuras en las mejillas y la nariz, ojos gris plata— nos observa con seriedad.

Antes de, elipsis: días soleados de verano que todos asumíamos que durarían para siempre, llenos de sonrisas que se esbozaban con facilidad. Yo salí a navegar todos los días de aquel verano, a veces con mi padre, y a veces con Emma, pero sobre todo con Birch. Birch era sal y arena y besos a la luz de las estrellas, refrescantes como la lluvia en primavera: sin duda, mi parte favorita de cada día.

Qué cambio tan drástico han dado las cosas.

—Me llamo Hope, por cierto —dice la chica rubia.

Su simpatía me pilla por sorpresa. No es algo que se vea todos los días. En realidad, no es algo que a estas alturas se vea en absoluto.

Le lanzo una mirada a su mano izquierda, por costumbre, y allí está, tatuado en su meñique en letras estrechas y grandes: H-O-P-E. Tinta roja, a diferencia de la mía, que es verde. Entonces, nuestros barracones están en extremos opuestos del gulag de New Port Isabel. No me sorprende. Ninguna de estas chicas me resulta conocida, salvo por los últimos días junto al rompeolas.

—¿Y tú? —me pregunta cuando no digo nada.

—Edén.

«Como el jardín», añado en silencio, tal como solía hacer siempre. Hace tanto tiempo que nadie me pregunta mi nombre, o que se molesta siquiera en usarlo, que casi me había olvidado de la sensación que me provoca pronunciarlo.

Sensación de libertad.

—Nos estás llevando en la dirección equivocada.

Vuelvo la cabeza hacia atrás. La chica del paseo está junto a pelo-de-cobre-llovizna-de-pecas, con los brazos cruzados. A-L-E-X-A, dicen las letras de su meñique. Son violetas: nunca había visto a nadie con letras violetas. Ni siquiera sabía que el violeta fuera una opción.

—Yo diría que cualquier dirección que se aleje de los barracones es la correcta —digo sin realizar ningún movimiento para ajustar la vela.

—Vendrán a por nosotras —dice Alexa sin dudar ni un instante—. Necesitamos una embarcación más rápida.

—¿Y cómo vamos a conseguir un barco más rápido? —La que habla ahora es pelo-de-cobre-llovizna-de-pecas. Había empezado a preguntarme si se habría quedado muda de la impresión, pero no—. ¿Vamos directas al cuartel general y les pedimos uno prestado?

Alexa la fulmina con la mirada.

—Sí. Este es uno de sus barcos, así que creo que podríamos conseguirlo.

—Y después ¿qué? —prosigue la chica. F-I-N-N-L-E-Y. Letras rojas como las de Hope—. ¿Esquivamos sus balas cuando se den cuenta de que no vamos de uniforme? Aunque nos las ingeniemos para robar una de sus lanchas motoras, ¿qué hacemos, intentar correr más que ellos? ¿Qué tienes planeado hacer cuando consumamos todo el combustible de la lancha? Supongo que podríamos nadar hasta que nos fallen los brazos, pero...

—Ya lo pillo —le espeta Alexa—. Tú sabes más que el resto de nosotras. Estoy segura de que tienes una idea mejor.

Finnley aprieta la mandíbula. Le devuelve a Alexa la mirada asesina, un desafío.

—Matamoros.

Trato de contener una carcajada. Aun en el caso de que la Manada no se haya extendido por México, cosa que dudo mucho, la gente dice que lleva siendo un paraíso de los carteles desde que yo nací.

—¿Qué? —pregunta Finnley volviendo su mirada acerada hacia mí—. Funcionaría. Sé exactamente qué ruta...

—Jamás funcionaría —replica Alexa—. Deliras si piensas lo contrario.

—¿Edén? —La voz de Hope es tranquila, pero se abre paso con la misma fuerza que la de Alexa—. ¿Matamoros?

Sus pensamientos se reflejan en su rostro con absoluta claridad: ella y yo somos las únicas que sabemos navegar. Podríamos ignorar a Alexa, si queremos. Si yo quiero.

Me esfuerzo, me esfuerzo mucho, en aparentar que me lo estoy planteando de verdad.

—Conseguiríamos tocar tierra —digo—. Nos dispararían con agujas de heroína, no con pistolas, nos vestirían de gala para luego desnudarnos, y quedaríamos atrapadas en una verdadera pesadilla hasta que acabaran con nosotras. Eso es lo que pienso.

Hope sabe que es verdad, lo veo claro, y Finnley también. Muchas esperanzas para un plan tan endeble.

—Estaba pensando —digo preparándome para un nivel de incredulidad similar al de la propuesta de Matamoros— que podríamos navegar hacia Santuario.

Sus miradas fijas queman más que el sol, sobre todo la de Alexa. Se lleva una mano a la cadera y ladea la cabeza.

—Sabes que Santuario es solo un mito, ¿verdad?

Todo el mundo conoce los rumores. Yo sé la verdad.

—Eso no puedes saberlo —replico.

Ajusto la vela, sobre todo para evitar mirarla.

—¿Y tú sí? —me espeta Alexa.

—Aunque Santuario sea un mito, ¿adónde vamos a ir si no? —pregunta Finnley—. A Matamoros no, al parecer, y por supuesto no vamos a regresar a los barracones. Creo que Edén tiene algo de razón. No deberíamos descartar la posibilidad de la isla de la amnistía... ¿por qué iban a tomarse la molestia de plantar tantísimas minas en la playa si no estaban tratando de evitar que la gente escapara hacia ella?

—¿Porque son unos sádicos? —sugirió Alexa—. ¿Porque, a estas alturas, quién demonios pone algo que tenga algún valor en una isla?

—No es un mito —aseguro, pero no tengo ninguna intención de facilitarles los detalles respecto a por qué lo sé.

No les cuento que mi padre habló conmigo a solas, en secreto, justo antes de que se lo llevara la Manada. Que me explicó que el director de nuestro gulag lo había sometido a un interrogatorio, que había estado horas haciéndole preguntas sobre su experiencia como ingeniero y navegante. Era algo que sucedía a menudo, Antes de, puesto que era el innovador principal del proyecto que puso en marcha el escándalo de Envirotech, del proyecto que puso en marcha la guerra mundial. Lo habían interrogado más veces de las que yo podía recordar. Pero esa no fue como las anteriores.

No les cuento cómo le destellaban los ojos cuando me dijo que preferiría morir a ayudar a la Manada en cualquier cosa, ni siquiera en la propuesta con resonancias esperanzadoras que le habían hecho: querían que desarrollara un territorio neutral en una isla, un lugar aislado donde pudieran llevarse a cabo las negociaciones sobre el fin de la guerra. Sería un sitio para probar que los Lobos no estaban violando nuestros derechos humanos básicos, que eran capaces de ofrecer un gesto de bondad, incluso la amnistía, a al menos varios de sus prisioneros. En otras palabras, un espectáculo endulzado de cara al resto del mundo. Y del que espero formar parte.

Y por supuesto no les cuento que mi padre nunca volvió a casa, que dos oficiales se presentaron en la puerta de mi barracón con su alianza de boda, su guía de supervivencia de bolsillo y un vial con su sangre y sus dientes.

Facilitarles esos detalles concretos sería la manera más segura de poner rumbo a Matamoros, porque ¿quién iba a confiar en mí si supieran la verdad? ¿Que el trabajo de mi padre nos condujo directamente a esta guerra, a todo lo que hemos sufrido a manos de los Lobos? ¿Que era muy posible que Santuario significara nuestra muerte, no una vida mejor?

Yo, claro está, no confiaría en mí.

Alexa se sitúa en un lugar donde no puedo evitarla.

—Aun en el caso de que esa isla exista y el océano no se la haya tragado entera, ¿en serio crees que también existe la libertad?

El anillo que llevo colgado al cuello con una cadena y el vial de muerte en mi bolsillo: ellos dicen que no.

Pero la información que encontré dentro de la guía de supervivencia, escrita con su caligrafía perfecta e inconfundible, dice lo contrario: estoy convencida de que mi padre cambió de opinión, convencida de que de verdad creía que en la isla podía encontrarse la libertad duradera... de que dio su vida para establecerla. De que estaba intentando guiarme hasta allí, si es que era capaz de encontrar una forma de escapar del campamento.

Y lo he conseguido.

—Tengo que creer en algo. —Me atrevo a mirarla a los ojos—. Y creo que tú también. Nadie corre con tanta convicción si no sabe hacia qué corre.

—Te equivocas —contesta manteniéndome la mirada—. Solo estaba escapando.

TRES

TRES

LA PÁGINA CUARENTA y siete de Supervivencia: Una guía ilustrada de bolsillo está cubierta de arriba abajo de marcas de lápiz, letras cursivas, estrechas y alargadas, muy inclinadas hacia la derecha, sin consideración alguna por el texto impreso original. En el libro no quedan páginas en blanco ni márgenes: mi padre utilizó hasta el último hueco libre e incluso más. He leído sus notas tantas veces que casi las he memorizado, pero es un consuelo tocar las mismas páginas que sus manos rozaron, pasar los dedos sobre las zonas teñidas de marrón por la tierra y el sudor.

Isla Santuario, dice arriba del todo, con subrayado doble. El resto de la página es un único párrafo ininterrumpido, pero mi vista se posa de inmediato sobre los pasajes que siempre me han fascinado.

Territorio neutral. Zona libre de armas.

Templos escondidos entre helechos, estructuras formadas por piedras y secretos.

Monjes que garantizan la inmunidad a los refugiados de ambos bandos de la guerra iniciándolos en su monasterio. Tatuajes holográficos para todos los que se aproximan pacíficamente, sin ningún rastro de hostilidad.

Todas esas cosas nos esperan, según las notas de mi padre.

Pero nadie lo sabe a ciencia cierta.

Ajusto las velas de acuerdo con el mapa dibujado a mano al final de la guía de bolsillo, sirviéndome de la puesta del sol para orientarme. Siento que las demás chicas no me quitan ojo, pero ninguna de ellas se opone, así que lo interpreto como una autorización para elegir la dirección que quiero.

—Alexa, ¿había una brújula en ese banco? —pregunto.

Antes, habíamos registrado hasta el último centímetro del velero —las llaves caídas del vigilante ayudaron con solo la mitad de lo que fuimos capaces de abrir— y habíamos encontrado un respetable suministro de raciones de emergencia en forma de barritas, además de una única botella de Aguasana. Está casi vacía, pero debería bastar para tener agua esterilizada y desalinizada unos cuantos días más, si la racionamos de forma correcta. Alexa también dio con un montón de equipamiento de navegación, sobre todo cartas náuticas, manuales de instrucciones y dos chalecos naranja fosforito guardados en uno de los bancos.

Saca una brújula de uno de los bolsillos de su pantalón y me la lanza.

—Sírvete tú misma.

—Podrías ayudar, ¿sabes?

—Sí —responde—, podría.

Pero no lo hace. Se aparta hacia el extremo opuesto del velero, tal como ha hecho a lo largo de todo nuestro primer día de navegación, salvo durante media hora. La oigo rasgar el envoltorio de una barrita de emergencia.

—Seguro que es lo mejor —dice Hope. Su voz es tan suave y dulce que ni siquiera tiene que bajarla—. Hace que me sienta incómoda.

—¿Por la pistola? —pregunto—. No tiene balas, si es por eso.

—No es tanto la pistola como su manera de dispararla —aclara Hope—. Es... todo. Su forma de ser.

Hope es demasiado educada para dar detalles, pero no estoy ciega. Alexa solo reconoce nuestra presencia cuando es estrictamente necesario, no se toma ni la menor molestia a no ser que su propia comodidad se vea amenazada de forma directa.

—Lo entiendo —digo—. A mí también me pone nerviosa.

Tiendo la mano para coger la guía de supervivencia de mi padre del banco sobre el que la he dejado hace un rato, pero ya no está. El pánico me invade de inmediato, estoy dispuesta a hacer virar el barco si es lo que se necesita para encontrarla. Escudriño la cubierta de madera, y los bancos, y al fin la localizo: su cubierta color mostaza centellea, reluciente, entre las manos de Finnley. Algo dentro de mí se rompe al verla sujetándola. No es que sea como Alexa; Finnley es quisquillosa y testaruda, sí, pero Hope la conocía antes de que echaran a correr hacia este barco. Hope confía en ella. El problema no es Finnley, sino que la guía de supervivencia es algo íntimo.

No es más que un libro, me recuerdo. Es solo un libro sobre bichos, y plantas, y cómo hacer un refugio, y encender fuegos, y purificar agua, con las notas personales de mi padre escritas entre sus páginas. Y luego están sus entradas sobre Isla Santuario, sus cartas náuticas y sus mapas, y unos cuantos bosquejos que me recuerdan el año que ganó un premio en el trabajo por sus planos de arquitectura. Me llevó a cenar un solomillo de trescientos dólares con el bonus que le dieron.

El mapa de la isla se hizo de conocimiento público en cuanto me saqué la guía del bolsillo, pero las preguntas que es inevitable que hagan acerca de lo demás... Todavía no estoy preparada para contestarlas.

—¿Qué? —me suelta Finnley por encima de la guía de bolsillo—. ¿Quieres que te la devuelva?

Me entran ganas de decirle: «Es que no se cogen las cosas de los demás sin pedir permiso». Me entran ganas de decirle: «Es que es lo único que me queda de él». Pero lo que me sale es:

—No, no pasa nada.

No debo permitir que me moleste. Esa no era la intención de Finnley.

—De todas formas, ¿de dónde has sacado esto? —Entrecierra los ojos mientras hojea la guía—. Debe de haberte costado mucho trabajo que los Lobos no la vieran.

No tiene ni idea de cuánto.

El mero hecho de que terminara en mis manos debió de ser un error. Jamás me la habrían entregado si se hubieran molestado en abrirla. Pero seguro que la leyeron, ¿por qué no iban a hacerlo?

Pero ese día me la dieron y no volvieron a acordarse de ella. Desde entonces he sido más que precavida.

—Pues yo, eh...

Noto calor en las mejillas. La guía de supervivencia está tan estrechamente vinculada a mi padre que me resulta difícil pensar en algo, en cualquier cosa que decir al respecto. No importa qué respuesta dé, solo desembocará en más preguntas.

—En serio, ¿de dónde? —insiste al mismo tiempo que hace un pliegue nuevo en una de las páginas del libro.

Esbozo una mueca de dolor, a pesar de que yo he doblado tantas esquinas que la guía podría ser papiroflexia deconstruida.

—Venga, Finn, es personal. —Hope le quita el libro de las manos, lo cierra—. Está claro que Edén no quiere hablar de ello. Lo siento —se disculpa cuando me devuelve el libro—. La gente se lo lleva todo. Deberían permitirnos quedarnos con al menos una cosa íntima.

Finnley no vuelve a decir nada al respecto, aunque estoy segura de que lo está deseando. A lo mejor también tiene unas cuantas cosas que le gustaría guardarse solo para ella; todos tenemos nuestros secretos, supongo. Le dedico mil agradecimientos silenciosos a Hope.

—O sea que vosotras dos —señalo el tatuaje del meñique de Finnley, desesperada por cambiar de conversación— sois rojas. ¿Desde dónde os trasladaron?

El color de la tinta varía dependiendo de dónde nos procesaran a cada uno en primer lugar, según lo que los Lobos tuvieran a mano. La mayoría de Texas acabó con el verde.

—Desde Santa Mónica —contesta Hope.

De pronto lo de Matamoros cobra mucho más sentido. Apuesto a que Finnley y ella tenían la esperanza de atravesar México y subir hasta California... Estaban intentando regresar.

Ojalá. Ojalá hubiera un hogar o una familia a la que regresar. Ojalá los Lobos no hubieran sacudido el mundo tan a conciencia, ojalá las cosas no estuvieran tan fragmentadas o rotas. No existe el regreso.

—¿Dónde os pusieron a trabajar? —pregunto.

—Metalistería —contestan Hope y Finnley al unísono, sin ganas.

Al principio no nos destinaron a ninguno a los talleres, no, al inicio preferían fingir que ni siquiera existíamos. Cucarachas. Solo nos condujeron a los talleres cuando intervinieron las Fuerzas Aliadas y los Lobos incrementaron sus esfuerzos bélicos. Nos convirtieron en hormigas, nos obligaron a cargar con cinco mil veces nuestro peso corporal.

Finnley comienza a hablar de lo calientes que estaban los crisoles en sus fundiciones. Levanta las manos.

—¿Ves todas las cicatrices de quemaduras que tengo?

Líneas abultadas, arrugadas, se entrecruzan sobre las palmas de sus manos y sus antebrazos. Una cicatriz gruesa, nudosa, le afea la yema del dedo índice izquierdo.

—Y esas ni siquiera fueron quemaduras graves, en comparación con algunas que hemos visto —intervino Hope—. Como la del tío que volcó su crisol solo para dejar clara su opinión.

No da más detalles. Seguramente sea lo mejor.

—Hemos aprendido a tener cuidado —dice Finnley—. Además, los Lobos amenazaban con verternos plomo fundido en los pies cuando había demasiada gente de baja por las lesiones. Resultaba motivador —ironiza.

Mi puesto en la sala de los gusanos de seda parece un oasis en comparación. Me ocupaba de las larvas, las alimentaba con hojas de morera tres veces al día como si fueran mis mascotas, y luego recogía sus capullos para que los enviaran a los laboratorios de seda. Era un trabajo asfixiante, siempre estaba empapada de sudor, pero no era una fábrica de metales. Aun así, yo también he sufrido bastantes quemaduras. Me encargaba de hervir los capullos al final de cada uno de los ciclos, con las mariposas vivas aún en su interior. Lo odiaba. Cada vez que metía en la cuba a aquellas criaturas que nunca llegarían a ser, a las que se mantenía con vida solo para servir y después morir, era como suicidarme. La seda tecnológica es asombrosa, ha logrado cosas increíbles para el mundo, pero nace directamente de toda esa muerte.

—Crees que las cicatrices son malas —dice Finnley, y solo entonces me doy cuenta de que las estoy mirando con fijeza—. Pero la razón por la que las tenemos es aún peor.

Levanto la vista.

—¿Sí?

—Trabajábamos en una fábrica de balas.

No sé qué es más terrible: si el hecho de que estas chicas quedaran marcadas mientras fabricaban armas para las mismas personas que las tenían esclavizadas o el hecho de que la Manada necesite siquiera una fábrica de balas. Se apoderaron de todas las estanterías de todas las tiendas, y de toda fábrica, y de todo sótano abandonado, y de toda base militar, incluso, gracias a los miles de Lobos bien situados y a la abundancia de estrategia y suerte. Y pensar que han agotado todo ese suministro de balas... O que, si no lo han agotado, planean hacerlo.

Me lo creo. Ojalá no fuera así.

—Entonces —digo, sobre todo para desviar la conversación hacia algo menos horrendo—, está claro que os conocíais antes de hoy.

Hope y Finnley guardan silencio durante varios segundos.

—Nos conocemos desde el Cero —aclara al fin Finnley.

Menos mal que esto iba a ser menos horrendo.

El Cero: el día en que los Lobos se hicieron con el poder... el día en que se hicieron con todo. Yo estaba en la cola de la cafetería del instituto durante la primera semana de mi segundo curso en el Veritas. Había escogido la barra de ensaladas en lugar de la de pizza y patatas fritas para que mi ya ajustada falda morada no se volviera desagradablemente ceñida durante la hora de laboratorio de biología, y acababa de ponerme un tomate cherry entre los dientes cuando se abrieron las puertas. Entraron en tropel: diez, veinte, cincuenta oficiales. Para la cafetería de un instituto.

—¿Desde la alineación? —pregunto—. ¿O desde los barracones?

—Desde un poco antes —interviene Hope—. La había visto por el instituto, pero nunca habíamos hablado. Terminamos en el mismo grupo mientras nos hacían salir a todos.

—Uno de los oficiales la golpeó —explica Finnley—. La golpeó con tanta fuerza que se cayó en el aparcamiento y se arañó las rodillas con la grava. Me quedé rezagada para ayudarla.

—¿Te pegó? —Mirando a Hope, soy incapaz de imaginármelo. No puedo imaginarme por qué iba nadie, ni siquiera un oficial, a levantarle la voz, y mucho menos a pegarle con tanta fuerza como para derribarla—. ¿Por qué?

Se le llenan los ojos de lágrimas.

—Porque dije que no. No, no puedes obligarme a ir.

Con esa pequeña palabra, todo cobra sentido. Nadie dice no. Yo vi a Birch dar sus dos últimos pasos diciendo que no.

—¿Cómo conseguiste...?

—¿Salir con vida?

Recuesta la espalda contra el mástil y se queda mirando al horizonte infinito.

—El oficial era mi hermano mayor.

CUATRO

CUATRO

EL ENEMIGO LUCIÓ pieles de cordero durante muchos años antes de mostrar los colmillos y lanzarse a la yugular.

Padres. Hermanos. El camarero que te preparaba el café a diario, el tipo que atendía en la pescadería del supermercado, la chica de Sephora que te enseñaba a delinearte los ojos. No había ninguna relación entre ellos, en apariencia, hasta que un día se convirtieron en un ejército.

Después del Cero, todo cobró sentido: los folletos fosforitos grapados a los postes de teléfono, el hashtag #manada que todo el mundo suponía que era una especie de club de fans, los colgantes que la gente consideraba, con cierto desprecio, una moda pasajera. Los indicios estaban por todas partes, pero estábamos demasiado absortos en nuestras propias vidas para cuestionárnoslos de verdad.

Y ese, supongo, era precisamente su motivo. Era un buen motivo, en el fondo, aunque un tanto resentido: que había demasiada gente que había perdido el contacto con la realidad, que se aprovechaba del trabajo duro de otros que se mataban solo para sobrevivir. Que demasiados de nosotros nos creíamos con derecho a demasiadas cosas, que éramos demasiado desagradecidos. Que estábamos demasiado acostumbrados a convertir en oro todo lo que tocábamos.

No se equivocaban del todo.

Estos problemas son tan viejos como la propia humanidad, la gente que tiene y la gente que quiere... pero entonces llegaron las inundaciones. «Queremos una vida mejor» se convirtió en «Queremos vivir, punto».

La sociedad hizo implosión.

Comenzó con las islas Kiribati. El aumento del nivel del agua del mar se había tragado poco a poco diecisiete de las treinta y tres islas originales, a lo largo de las décadas anteriores, pero entonces —de repente, por lo que se ve— hasta la última isla desapareció. Primero, se produjo el tifón. Después, el tsunami. Es terrorífico pensar en que la cadena de acontecimientos que desató una guerra mundial comenzó cuando el propio mundo —el océano, más en concreto— destruyó a un pueblo que estaba tan tranquilo ocupándose de sus asuntos en mitad del Pacífico. A cualquiera puede ocurrirle cualquier cosa, se lo merezca o no.

Pero, así las cosas, a nadie le importó hasta que fueron nuestras propias costas las que empezaron a inundarse. Nuestros desastres se acumularon unos encima de otros, San Francisco y la costa de Carolina, y Nueva York. Nuestros turistas morían en los derrumbamientos de los complejos hoteleros ubicados sobre acantilados, nuestras tropas de Girl Scouts en el muelle de pesca de Kure Beach cuando cedieron los postes.

Las inundaciones no fueron importantes, no merecieron aparecer en las noticias nacionales, pero no paraban de sobrepasar sus límites: más de treinta veces solo durante 2049 en algunos lugares. Una y otra vez, daños, ruina y muerte irrumpían con la marea. Las heridas que aún no se habían curado del todo volvían a quedar en carne viva.

Los equipos de control de emergencias no daban abasto. Agua potable contaminada, aguas residuales corriendo por todas y cada una de las calles, enfermedades que se propagaban entre los reaccionarios que se negaban a marcharse. La Agencia Federal para la Gestión de Emergencias (FEMA) distribuyó botellas de Aguasana, un cartucho a repartir entre cada mil personas que no podían permitírselas, un cartucho para cada familia rica que sí podía pagarlas. Una vez que comenzaron a efectuarse las evacuaciones obligatorias, una vez que la economía se colapsó y el dólar perdió las alas...

Entonces fue cuando la gente se dejó llevar por el pánico.

Querían un mundo seguro. Un mundo para siempre. Que no pudiera desaparecer del mapa, en el que no tuvieran que temer que sus hijos pasaran hambre, que sus hijos estuvieran sumergidos hasta el cuello en agua salada contaminada pero nunca pudieran beberla.

El levantamiento comenzó con Kiribati y se selló con una promesa: Envirotech os salvará, Envirotech, el pionero de la fabricación de botellas de Aguasana y de la seda tecnológica y de todos los demás tipos de soluciones eco-salvadoras. Ahí fue cuando mi padre empezó a perder el sueño, cuando el papel de pared que mi madre escogió antes de morir quedó cubierto de planos, investigaciones sobre arrecifes de piedra caliza artificiales y ciudades biosintéticas cultivadas a partir de protocélulas. Ese año, Envirotech le otorgó el premio que nos costeó aquella magnífica cena a base de solomillo y un coche nuevo.

También nos costeó una guerra.

Envirotech planeaba desarrollar el Proyecto Atlas —un hábitat vanguardista, oceánico, cuya dirección le habían encomendado a mi padre—, pero entonces se propagó la noticia de que el número de residencias a bordo sería muy escaso y de que se venderían al mejor postor. Venid unos cuantos, aquí conservaremos la vida: siempre y cuando seáis ricos. Se suponía que esa parte no debía ser de conocimiento público, todavía no, pero no se necesitó más que un empleado resentido —un compañero de trabajo a quien mi padre conocía, no muy bien, del departamento financiero de Envirotech— para verter una avalancha de secretos.

La mezcla del miedo y el resentimiento nunca acaba bien, y ¿la mezcla del miedo y el poder? Acaba con el mundo.

Lo que comenzó siendo del tamaño de una semilla cogió velocidad, cogió fuerza, hasta que se convirtió en una bola de demolición que esperaba el momento perfecto para caer. Ese momento llegó cuando el Tribunal Supremo ratificó el derecho de Envirotech a fijar sus propios precios, en nombre del comercio y el capitalismo, y de sueños con siglos de antigüedad. Sin duda, los honorables magistrados querían envejecer con sus nietos, como todos los demás. La diferencia era que ellos podían permitírselo.

La bola de demolición de la Manada demostró ser rápida y enormemente destructiva, con la potencia y la mano de obra necesaria para hacer añicos todo el país con su impacto. Hasta hoy, todavía los oigo entonar en mis pesadillas sobre el Día Cero: «¡Cárcel para los privilegiados! ¡Fin a Envirotech! ¡Este es nuestro momento!». Este es nuestro momento, este es nuestro momento: tatuado en sus rostros y antebrazos, en sus espaldas como alas de ángeles, en mi memoria para siempre.

Al principio, durante aquellas primeras semanas en el campamento, después de que nos hubieran clasificado y marcado, algunos de los oficiales —Lobos, los llamábamos, aunque no se podía negar que eran humanos hasta la médula— nos saludaban y no nos alzaban la voz. Esos, que habían nacido más del miedo que del resentimiento, se mostraban casi apesadumbrados de que no se les permitiera dejarnos entrar en las zonas acondicionadas que habían reclamado como territorio de los Lobos. Uno incluso tiró su cucurucho de helado a medio comer delante de mí y me dijo que no había ninguna norma que nos prohibiera comer basura. Suena cruel, pero su intención era buena, y yo me lo tomé así.

Pero no todas las facciones fueron creadas iguales. Algunas eran más combativas, con oficiales que se comportaban como auténticos psicópatas con nosotros. Y no solo con nosotros, sino también con el resto del mundo cuando intentaba interponerse en los esfuerzos de los Lobos por invertir el statu quo. Todos los intentos de establecer contacto por parte de la Alianza Global de Territorios y Dominios recibieron como respuesta el silencio radiofónico, y después hostilidad, según se rumoreaba en el campamento. La Manada ya se había apoderado de todas las vidas que deseaba: se habían introducido en todos los sistemas bancarios, habían amontonado a los anteriormente privilegiados en barracones con tablones desnudos a modo de camas. Y más tarde, en fábricas, fundiciones y campos. Todo eso, para que ellos pudieran comer, beber, vivir, amar, dormir, ser como habíamos sido nosotros, Antes de. Dudo que una guerra mundial formara nunca parte de la propaganda motivacional de nadie, pero, bueno... La gente defiende lo que ama. El resto del mundo amaba la justicia, los derechos humanos.

Los Lobos creen que ellos aman la justicia, creen que han generado igualdad invirtiendo la balanza.

Yo creo que los Lobos solo se aman a sí mismos.

Hace casi dos años que me comí el helado de la basura, y casi el mismo tiempo desde que el vial con la sangre y los dientes de mi padre encontró un hogar en mi bolsillo.

Al parecer, dos años pueden eclipsar toda una vida.

CINCO

CINCO

UNA MULTITUD DE estrellas motean el cielo negro, como copos de nieve pegados a las paredes de un globo de cristal. Hace frío para esta época del año, ese frío como de papel de lija que te raspa de manera desagradable con independencia de la postura que adoptes frente a él. Ojalá tuviera algo más que la chaqueta de punto amarilla que me llevé esta mañana al paseo marítimo. Ojalá tuviera a Birch.

Finnley y Hope están acurrucadas juntas en el lado de babor, mientras que yo estoy tumbada sobre el banco de estribor. Se han pasado la mayor parte del día hablando en susurros entre ellas. Mejor dicho, Finnley se ha pasado la mayor parte del día hablando; Hope básicamente escucha, con más paciencia que cualquier otra persona que conozca. Me preocuparía que estuvieran planeando un motín, un cambio de rumbo hacia Matamoros a pesar de que es la peor de las malas ideas, pero Hope no es tan buena con las velas como yo. Sea lo que sea lo que se traen entre manos, no se trata de eso.

Entretanto, Alexa se mantiene al margen, no ha pronunciado ni una sola palabra desde hace horas. Sospecho que está tan despierta como el resto de nosotras.

El océano nos susurra y nos mece, como una nana. Pero no es una madre en la que se pueda confiar. Mañana podría sacudirnos hasta rompernos. Podría agitarnos, inundarnos, devorarnos.

Unas pisadas suaves rozan la cubierta de madera. Alexa.

—Dicen que los tiburones salen por la noche —dice sentándose en medio de todo. Si decide echarse a dormir ahí, Hope y yo tendremos que pasar por encima de ella cuando toque ajustar las velas—. Están sedientos de sangre, y tienen unas reservas ilimitadas de dientes que están tan afilados como cuchillas.

Sus palabras serpentean y constriñen. Permanecemos inmóviles y calladas, como si pudiéramos evitar que nos muerdan si fingimos que no están ahí.

—Tenemos más probabilidades de ahogarnos que de que nos coman los tiburones.

Es la voz de Finnley. Las olas acallan sus palabras casi en cuanto las pronuncia.

Hope cambia de posición.

—¿Cómo creéis que será?

Su voz es queda.

—¿Lo de ahogarse? —pregunta Alexa en un tono demasiado despreocupado—. ¿O lo de los tiburones?

—La isla. Santuario.

¿Las piedras de los templos serán ásperas y grises, nuevas e impolutas, o estarán cubiertas de musgo y despedazándose de viejas? ¿Cómo serán los monjes? Me los imagino vestidos con túnicas largas, anchas, rojas, con las cabezas afeitadas relucientes al sol, salmodiando a un volumen lo bastante alto para congregar a las ballenas y ahuyentar a los fantasmas.

—Si es que existe, cosa que dudo, creo que será una selva —contesta Alexa—. Con boas constrictor que nos estrangularán mientras dormimos, y cientos de clases distintas de bichos a la espera de abrirse camino a bocados hasta nuestro corazón.

Me obligo a desterrar de mi cabeza la imagen de las boas constrictor: puedo tolerar los tiburones, pero no las serpientes. Las serpientes poblaban mis primeras pesadillas, mucho antes de que todas las demás atrocidades dolorosas se sumaran a ellas a hurtadillas.

El velero cruje y se balancea, las olas le lamen los costados. Un cabeceo fuerte y el mar podría tragarnos enteras.

Hasta que Hope habla, no me doy cuenta de que llevamos varios minutos en silencio.

—Creo que comeremos mucho pescado —dice—. Y creo que será un lugar tranquilo. Arena, agua, gaviotas y conchas marinas. Puestas de sol en las que el cielo se vuelve tan rosáceo y anaranjado que ni siquiera eres capaz de acordarte de cómo es cuando es azul.

Desde hacía mucho tiempo, pensaba que era la única que continuaba idealizando las puestas de sol. La mayor parte de la gente no se toma la molestia de contemplarlas: resulta demasiado deprimente, dicen, que te recuerden cosas que perdimos y que nunca recuperaremos. Cosas que nos arrebataron.

A lo mejor es habitual que en el rincón de New Port Isabel donde vivía Hope la gente conserve la esperanza. Pero entonces Finnley dice:

—Lo he estado pensando. Habéis visto el noticiario, ¿no? El que muestra que los Lobos llevan varios meses arrasando ciudades portuarias, llegando incluso hasta Hong Kong. Da la sensación de que las están tomando de una manera bastante agresiva. Vigilantes y armas, eso es lo que creo que encontraremos.

Y entonces obtengo mi respuesta: Finnley es el pragmatismo frente al idealismo de Hope.

El noticiario es algo de lo que intento olvidarme. Todas las noches, después de cenar y antes de acostarnos, es ineludible: pantallas gigantescas donde solía haber vallas publicitarias de alquileres en la playa, propaganda de guerra proyectada sobre todas las paredes de nuestros barracones, anuncios de audio que retumban desde aparcamientos al aire libre, agrietados y llenos de maleza. Ese noticiario nocturno está destinado a los Lobos, no a nosotros. Aun así, está por todas partes.

Algunas personas viven para esas imágenes, personas que deberían sentir la misma repugnancia que yo hacia ellas. Esa forma patológica de telerrealidad es su evasión. Daba igual que nos permitieran vagar a nuestras anchas por New Port Isabel siempre y cuando no estuviéramos de servicio en nuestros puestos: estábamos tan atrapados como las personas sobre las que versaban esos reportajes. Simplemente, nosotros seguíamos vivos para oír hablar de que estaban quemando sus ciudades, de los gaseos, de los contraataques. La gente se olvida de que la única razón por la que aún estamos vivos es que todavía no nos han matado.

El hecho de que la gente prefiera ver el noticiario antes que la puesta de sol —y que considere la puesta de sol más deprimente— es, tal vez, el resultado más trágico de esta guerra.

Alexa se ha incorporado.

—¿Qué opinas? Estás demasiado callada.

En mi cabeza nunca hay silencio, así que a veces no me doy cuenta de que no hablo mucho.

—Pues... —¿Qué opino?—. Opino que será bonito. —Es verdad que lo creo—. Y hay muchas islas en el mundo. Todavía creo que es posible que una de ellas sea un refugio.

Si no es así, mi padre lo dio todo por nada.

Por una vez, Alexa no replica. Tiene los ojos llenos de la luz de las estrellas, destellan con cada cabeceo del barco. Me observa.

Es una forma inquietante de quedarse dormida.

SEIS

SEIS

ME DESPIERTO AHOGÁNDOME en mi propio vómito, echo hasta la primera papilla por la borda de nuestro barco. Las olas lo trituran hasta hacerlo desaparecer, afiladas como cuchillas, e igual de grises.

—¡Lo siento! —El viento arrastra la disculpa de Hope hasta mis oídos y después la tira al mar—. Lo estoy intentando... Lo...

Nuestra vela está tan agitada como las olas, emite el mismo estruendo que un helicóptero. Hope forcejea con la botavara mientras Finnley expulsa cubos de mar de la cubierta. Hasta Alexa está poniendo de su parte.

—¿Por qué no me habéis despertado?

Me recojo el pelo en un nudo y sustituyo a Hope en la botavara.

—Supusimos que necesitarías descansar para hacerte cargo del siguiente turno —contesta.

Una ola penetra por el borde de estribor y deshace todo el trabajo de Finnley.

—Puede que no haya un siguiente turno —le espeto.

La botavara se muestra tozuda. Vuelco todo mi peso sobre ella, clavando los talones en el suelo, hasta que se rinde a mí. La vela se calma bastante. Con un empujón más, deja de hiperventilar y toma una profunda bocanada de aire salado. Aunque las olas siguen encrespadas, ya no son salvajes como un toro de rodeo.

Alexa se desploma contra el mástil y se desliza por él hasta quedar sentada, como si todo el trabajo que he hecho hubiera salido de ella. Por primera vez, veo algo anormal en su comportamiento enojadizo, una suavidad que antes no estaba. O, al menos, estaba escondida. Es como si acabara de descubrir que no es invencible, que esta vida podría acabarse con un único cabeceo demasiado brusco de un barco.

¿Cómo era posible que alguien viviera una guerra y no estuviera íntimamente familiarizado con esa verdad?

Exhalo un suspiro prolongado.

—¿Durante cuánto tiempo hemos perdido el control?

Hope tiene las mejillas sonrojadas a causa del esfuerzo, y seguro que también a causa de una buena dosis de vergüenza.

—No mucho. Te has despertado con el primer cabeceo.

—¿Antes de eso todavía seguíamos el rumbo?

Le lanza una mirada a Finnley, que hace un gesto de asentimiento.

—Ha sido una noche bastante tranquila, hasta que una ráfaga fuerte nos ha pillado por sorpresa.

Analizo la expresión de Hope, trato de ver honestidad en sus ojos.

—¿Me juras que no hemos variado de rumbo? ¿Que aún nos dirigimos a Santuario, no a Matamoros?

—A no ser que haya leído mal la brújula —tartamudea Hope, sorprendida—. No soy tan buena navegante como para encontrar Matamoros desde aquí, no lo conseguiría ni aunque quisiera.

No me resulta tan tranquilizador como debería, dado que el barco ha estado bajo su mando toda la noche, pero estoy casi convencida de que no miente. Al parecer, ni siquiera se le había pasado por la cabeza cambiar el rumbo.

—Lo de Matamoros fue una idea estúpida —afirma Finnley desde la proa del velero—. Ya la hemos superado.

Su tono me pone nerviosa, pétalos de rosa salpicados de espinas. Decido tomarme sus palabras al pie de la letra en lugar de morder el anzuelo: lo último que necesitamos es una pelea.

—Gracias por el esfuerzo —prefiero decirle—. Tiene mucha mejor pinta.

Ha hecho un muy buen trabajo achicando agua. Sobre la cubierta solo queda una capa fina, demasiado poco profunda para poder hacer nada al respecto y para que suponga un problema.

Un destello amarillo me llama la atención desde la parte delantera del barco, cerca de los pies de Finnley.

«No».

—Intenté cogerla —oigo a Hope decir mientras me precipito hacia él—. Se cayó cuando estaba intentando fijar la vela.

La guía de supervivencia de mi padre flota, boca abajo, en la poca agua que queda. Me arrodillo para examinarla. A pesar de que no está hinchada ni anegada, la maltrecha cubierta cede bajo mis dedos. «No pasa nada —me digo—. A mediodía ya estará seca y como nueva, siempre y cuando salga el sol».

—Lo siento —se disculpa Hope—. ¿Edén? Lo siento, lo...

—No pasa nada —le espeto.

Estaba intentando ayudarme. Solo estaba intentando ayudarme. Ya no es algo a lo que esté acostumbrada, la ayuda.

El agua se arremolina en torno a mis rodillas, entre los dedos de los pies. Abro el libro con cuidado y agradezco que lo fabricaran, y bien, para sobrevivir. Sus páginas pesan; a pesar de que están empapadas, apenas se curvan. Y mientras que el agua gotea de los trazos de toda t y toda k, y de que se acumula en cada arruga, el texto impreso no se ha deteriorado, como no se deteriora una chica que sale del mar hacia la arena de la playa.

Las palabras manuscritas de mi padre están borrosas, como si les hubiera brotado moho, pero aún resultan legibles en la mayor parte de los sitios. Solo a lo largo del margen exterior de las páginas se confunden unas con otras. El mapa continúa intacto y, de momento, es lo único que necesitamos. Con un poco de suerte, los fragmentos perdidos no eran esenciales.

Regreso hacia donde están las demás y me las encuentro con cara de muertas. Hope está pálida debido al agotamiento, sus mejillas ya han perdido el rubor. Finnley tiene el pelo lacio y a la vez alborotado, como si unos cuantos mechones rebeldes trataran de escapar volando y los otros estuvieran hartos de intentarlo; las sombras acechan su rostro.

—Vosotras dos deberíais dormir un poco —digo, a pesar de que eso implica emparejarme en la guardia con Alexa, que continúa hecha un ovillo junto a la base del mástil. Tengo la fuerza necesaria para navegar sin ella, pero ninguna de nosotras es lo bastante fuerte para permanecer despierta y alerta indefinidamente.

Finnley le lanza una mirada recelosa a Alexa, que contempla un costado del barco sin inmutarse.

—¿Estás segura? Creo que yo podría aguantar una o dos horas más.

—Ya has pasado toda la noche despierta. Nosotras nos encargamos. —Si Alexa nota que la estamos mirando, no lo demuestra—. Dale la brújula a Alexa. Todo irá bien.

Finnley se saca la brújula del bolsillo y se la tiende.

—Sabes leer una brújula, ¿verdad, Alexa?

La chica se vuelve lo justo para mirar a Finnley a los ojos.

—Pues claro que sé leer una brújula, no soy idiota.

Estira la mano y espera, como una niña mimada pidiendo caramelos.

Finnley consigue, con gran mérito, que la expresión de su rostro no se traduzca en palabras. Deja caer la brújula en la mano de Alexa y se retira hacia babor, donde Hope ya se ha echado a dormir utilizando uno de los chalecos salvavidas naranjas como almohada.

—Despertadnos si nos necesitáis —dice Finnley al apoyar la cabeza sobre los brazos. Las dos se quedan dormidas en menos de un minuto.

La navegación es fluida durante un buen rato. Alexa y yo permanecemos en silencio la mayoría del tiempo; básicamente, nos escondemos en nuestras cabezas. Yo pienso en Birch, en mi padre. En lo mucho que preferiría estar confinada en este barco con personas a las que quiero, personas en las que confío. En que daría cualquier cosa por que ellos estuvieran allí para ayudarme a navegar... en el agua y en todo lo demás.

Al cabo de un par de horas, Alexa se desliza hacia mí sobre nuestro banco.

—Eh —dice—, ¿se supone que la flecha tiene que dar estos saltos de un lado a otro?

La brújula descansa, abierta, sobre la palma de su mano. Me agacho para echar un vistazo. La aguja de la brújula está frenética, oscila a toda velocidad del noroeste al noreste, con algún que otro desvío esporádico hacia el sur.

—Eso no es... normal —contesto.

La aguja salta del oeste al este en lo que tardo en fijarme en la tinta violeta del meñique de Alexa. En la tinta violeta que, ayer mismo, decía con total claridad A-L-E-X-A.

Hoy, la mitad de la X ha desaparecido y la E se ha desvanecido por completo.