Dos meses antes
Esta noche me lo he pasado genial —dijo Zay Wagner mientras acompañaba a Avery Fuller hasta la puerta del ático de su familia. Volvían de visitar el Acuario de Nueva York, situado en la planta 830, donde habían bailado a la luz del delicado resplandor de los tanques de peces, rodeados de caras conocidas. No es que a Avery le interesara demasiado el acuario, pero, como decía siempre su amiga Eris, una fiesta era una fiesta, ¿verdad?
Yo también. —Avery acercó la cabeza, de larga y reluciente melena rubia, al escáner de retina. Cuando la puerta se hubo abierto, miró a Zay con una sonrisa en los labios—. Buenas noches.
Zay le cogió la mano.
Estaba pensando que a lo mejor podría entrar, no sé. Como tus padres no están y eso...
Lo siento —musitó Avery, disimulando su irritación con un bostezo fingido. Debería haberlo visto venir, puesto que Zay se había pasado toda la noche aprovechando la menor excusa para tocarla—.
Estoy agotada.
—Avery. —Zay le soltó la mano, retrocedió un poco y se pasó los dedos por el pelo—. Llevamos semanas así. ¿Es que no te gusto, ni siquiera un poquito?
Avery abrió la boca, pero volvió a cerrarla sin decir nada. No sabía qué responder.
Durante un instante, una sombra (¿de fastidio?, ¿de confusión?) cruzó el rostro de Zay.
—Ya veo. Hasta luego. —El muchacho regresó al ascensor, y una vez allí se giró para observarla una vez más, de arriba abajo—. Estabas muy guapa esta noche, de verdad —añadió.
Las puertas se cerraron con un clic. Avery exhaló un suspiro y se adentró en el imponente recibidor de su apartamento. Cuando la Torre se encontraba aún en fase de construcción, antes de que ella naciera, sus padres habían pujado sin reparar en gastos por conseguir aquel espacio: la última planta al completo, la única de todo el complejo que poseía un vestíbulo de dos plantas. Qué orgullosos estaban de aquel recibidor. Avery, por el contrario, lo aborrecía: desde el sonido hueco del eco de sus pasos, hasta los relucientes espejos que ocupaban todas las superficies. No podía mirar a ninguna parte sin ver su reflejo.
Se quitó los zapatos de tacón de dos puntapiés, los dejó en medio del pasillo y, descalza, se encaminó a su habitación. Ya los recogería alguien por la mañana; alguno de los bots, o Sarah, si llegaba puntual, para variar.
Pobre Zay. Lo cierto era que a Avery le caía bien: era gracioso y tenía un carácter chispeante y jovial que la hacía reír. Solo que, cuando se besaban, ella no sentía nada.
Por desgracia, el único chico al que Avery deseaba besar era, justamente, el único del que jamás recibiría un beso.
Una vez en su cuarto, oyó que el ordenador cobraba vida con un suave zumbido para escanear sus constantes vitales y reajustar la temperatura en consonancia. Un vaso de agua con hielo apareció en la mesa que se encontraba junto a su cama con dosel de época; probablemente, la causa era el champán que aún le daba vueltas en el estómago vacío, algo sobre lo que Avery ni se molestó en preguntar. Había desactivado la función de voz del ordenador después de que Atlas, que lo había programado con aquel acento británico y le había puesto el nombre de Jenkins, abandonara la ciudad. Le deprimía demasiado hablar con Jenkins sin que él estuviera presente.
«Estabas muy guapa esta noche, de verdad». Las palabras de Zay resonaron en su cabeza. Solo intentaba halagarla con un piropo, claro; cómo iba a saber él lo mucho que detestaba Avery aquella palabra. Llevaban toda la vida diciéndole lo guapa que era: sus profesores, los chicos, sus padres... A esas alturas, la frase había perdido todo su significado. Atlas, su hermano adoptivo, era el único que sabía que no era buena idea hacerle cumplidos.
Los Fuller habían invertido muchos años y grandes sumas de dinero en concebir a Avery. Ignoraba con exactitud cuánto les habría costado engendrarla, aunque su valor debía de estar solo ligeramente por debajo del de su apartamento. Sus padres, ambos de mediana estatura, apariencia normal y corriente, y pelo castaño cada vez más escaso, habían costeado el viaje en avión desde Suiza del investigador más prestigioso del mundo, para que les ayudara a analizar su material genético. En alguna parte, entre los millones de posibles combinaciones de su más que ordinario ADN, encontraron la única de la que habría de surgir Avery.
En ocasiones se preguntaba cómo habría salido si sus padres la hubieran concebido de forma natural, o si se hubieran limitado a hacerse pruebas para descartar enfermedades, como hacían casi todos los ocupantes de las plantas superiores. ¿Habría heredado los hombros huesudos de su madre o los grandes dientes de su padre? Como si eso tuviese ahora la menor importancia. Pierson y Elizabeth Fuller habían pagado por esta hija, con el cabello dorado como la miel, unas piernas largas y unos ojos de un azul intenso; una hija con el intelecto de su padre y el agudo ingenio de su madre. Su único defecto era su cabezonería, bromeaba siempre Atlas.
Avery hubiera deseado que eso fuera lo único malo en ella.
Se sacudió el pelo, se lo recogió en un moño desenfadado y, con paso decidido, se dirigió a la cocina. Una vez allí, abrió la puerta de la despensa y buscó la manija oculta del panel de control. La había descubierto por casualidad hacía años, jugando al escondite con Atlas. Ni siquiera estaba segura de que sus padres conociesen su existencia; como si alguna vez pusieran los pies allí.
Cuando Avery empujó el panel metálico hacia dentro, del techo de la estrecha despensa se descolgó una escalera. Utilizó ambas manos para recoger los pliegues de su vestido de seda de color marfil, se encogió para introducirse en el reducido espacio y empezó a subir, contando los peldaños en italiano, por instinto: uno, due, tre. Se preguntó si Atlas habría pasado una temporada en Italia este año, si habría llegado siquiera a visitar Europa.
Mantuvo el equilibrio en el último escalón, se estiró para abrir la trampilla y, extremando las precauciones, salió a la oscuridad azotada por el viento.
Por debajo del rugido atronador del viento, Avery oyó el ronroneo de las distintas máquinas instaladas en la azotea, protegidas bajo cajas impermeables o paneles fotovoltaicos. Notaba en los pies descalzos el frío de las planchas metálicas de la plataforma. Los soportes de acero que se elevaban en forma de arco desde cada una de las cuatro esquinas se cruzaban sobre su cabeza para formar la icónica aguja de la Torre.
El cielo estaba despejado, sin nubes en el aire que le humedecieran las pestañas ni le perlaran la piel con gotitas de condensación. Las estrellas rutilaban como esquirlas de cristal sobre la oscura inmensidad del firmamento nocturno. Si alguien se enterase de que Avery estaba allí arriba, la castigarían de por vida. A partir de la planta 150, el acceso al exterior quedaba prohibido; por encima de ese nivel, unos recios paneles de polietileno transparente protegían todas las terrazas de los vientos huracanados.
Avery se preguntó si alguien habría puesto los pies allí alguna vez, aparte de ella. Unas barandillas de seguridad delimitaban uno de los laterales de la azotea, en teoría por si era necesario llevar a cabo tareas de mantenimiento, pero, que ella supiera, nadie las había realizado nunca.
No le había contado nada a Atlas. Era uno de los dos secretos que le ocultaba. Si se enteraba, se encargaría de que no volviese a subir, y Avery no soportaba la idea de renunciar a aquel placer. Le encantaba aquel sitio; le encantaba sentir los manotazos del viento en la cara, alborotándole el pelo y llenándole los ojos de lágrimas, aullando con tanta fuerza que conseguía amortiguar hasta sus pensamientos más alocados.
Se acercó al borde un poco más, deleitándose con la sensación de vértigo que le encogió el estómago al dejar vagar la mirada por la ciudad, sobre los monorraíles que se curvaban en el aire, a sus pies, como serpientes fluorescentes. El horizonte parecía inalcanzable. Podía ver desde las luces de Nueva Jersey, al oeste, hasta las calles de la Expansión, en el sur. Aún más al este, más allá de Brooklyn, el Atlántico se extendía como una reluciente alfombra de peltre.
Y bajo sus pies descalzos se erguía la estructura más inmensa de la Tierra, tanto que constituía un mundo en sí misma. Qué insólito que hubiera millones de personas debajo de ella en aquel preciso momento, comiendo, durmiendo, soñando, tocándose. Avery parpadeó y de repente se sintió invadida por una intensa soledad. Eran extraños, todos, sin excepción, incluso aquellos a quienes conocía. ¿Qué le importaban todos ellos, qué le importaba ella misma, qué le importaba nada en realidad?
Se acodó en la barandilla con un escalofrío. Un movimiento en falso bastaría para enviarla al otro lado. Se preguntó, no por primera vez, qué se sentiría durante aquella caída de cuatro kilómetros. Se imaginó que la embargaría una extraña serenidad, que experimentaría una sensación de ingravidez al alcanzar la velocidad terminal. Moriría de un ataque al corazón mucho antes de tocar el suelo. Avery cerró los ojos, se inclinó hacia delante y curvó sobre el borde los dedos de los pies, con sus uñas pintadas de plata... Justo entonces, se le iluminó la cara interior de los párpados. Sus lentes de contacto acababan de registrar una llamada entrante.
Titubeó, abrumada por la mezcla de emoción y sentimiento de culpa que la había embargado al ver el nombre. Con lo bien que se le había dado evitar ese instante durante todo el verano, primero distrayéndose con el programa de estudios en el extranjero que la había llevado a Florencia, y luego con Zay. Pero, transcurrido un momento, Avery dio media vuelta y se apresuró a bajar de nuevo por la traqueteante escalera.
—Hola —jadeó, sin aliento, cuando hubo llegado a la despensa, susurrando pese a la ausencia de oídos indiscretos en los alrededores—. Cuánto hacía que no me llamabas. ¿Dónde estás?
—En un sitio nuevo. Te encantaría. —Su voz sonaba igual que siempre en los oídos de Avery, tan cálida y profunda como de costumbre—. ¿Cómo va todo, Aves?
Y allí estaba: el motivo por el que Avery debía exponerse a la furia de un vendaval para huir de sus pensamientos, el fatídico error que se había producido durante su diseño genético.
Quien se dirigía a ella desde el otro lado de la línea era Atlas, su hermano. Y el culpable de que Avery no quisiera besar a ningún otro chico.
Mientras el helicóptero sobrevolaba el East River, en dirección a Manhattan, Leda Cole se inclinó hacia delante y pegó la cara a la ventana de flexiglás para disfrutar mejor de las vistas. Este primer atisbo de la ciudad siempre tenía algo especial, sobre todo en aquel momento, cuando las ventanas de las plantas superiores resplandecían iluminadas por el sol del atardecer. Leda entrevió destellos de color bajo la superficie de neocromo, allí donde los ascensores subían y bajaban como exhalaciones: eran las arterias que bombeaban verticalmente la sangre vital de la ciudad. Todo seguía igual que siempre, pensó, moderno en grado sumo y, de alguna manera, inmune al paso del tiempo. Leda había perdido ya la cuenta de todas las panorámicas antiguas de Nueva York que había visto, las mismas que todo el mundo idealizaba siempre. Pero, en comparación con la Torre, le parecían feas y extrañas.
—¿Te alegras de estar en casa? —le preguntó con cautela su madre, que la observaba de reojo desde el otro lado del pasillo.
Leda asintió con un gesto seco, sin molestarse en responder en voz alta. Apenas había hablado con sus padres desde que la habían recogido en la clínica de rehabilitación aquella misma mañana. De hecho, no lo hacía desde el incidente que en julio la había enviado allí.
—¿Podemos pedir en Miatza esta noche? Llevo semanas deseando zamparme una hamburguesa de dodo —dijo su hermano, Jamie, en un claro intento por levantarle el ánimo.
Leda hizo como si no lo hubiera escuchado. Jamie, al que le faltaba un año para terminar los estudios, solo era once meses mayor que ella, pero no podía decirse que estuvieran muy unidos. Seguramente porque no se parecían en nada.
Con Jamie todo era simple y directo, era como si no tuviera la menor preocupación en absoluto. Ni siquiera se parecían fisicamente: Leda tenía la piel oscura y era vivaz, como su madre, mientras que Jamie tenía la tez casi tan pálida como su padre y, pese a todos los esfuerzos de Leda por evitarlo, siempre andaba hecho un desastre. En esos momentos lucía una barba hirsuta que, al parecer, llevaba dejando crecer todo el verano.
—Lo que prefiera Leda —dijo su padre.
Claro, porque dejándola a ella elegir el menú para llevar se arreglaba todo.
—Me da lo mismo.
Leda se contempló furtivamente la muñeca. Dos punciones diminutas, recuerdo del ceñido brazalete de control que había tenido que llevar puesto todo el verano, eran lo único que atestiguaba su paso por la clínica de rehabilitación Silver Cove. Paradójicamente, el lugar no podría haber estado más alejado del mar, pues se hallaba en el centro de Nevada.1
En realidad, Leda no se lo tenía muy en cuenta a sus padres. Si ella se hubiera tropezado con la escena que ellos habían tenido que presenciar en julio, también se habría enviado a sí misma a una clínica de rehabilitación. Estaba hecha unos zorros cuando llegó: enfurecida y violenta, colocada de xemperheidreno y quién sabía qué más. Había hecho falta un día entero de lo que las demás residentes de Silver Cove denominaban el «zumo de la felicidad» —un potente suero de sedantes combinados con dopamina— para que accediese siquiera a hablar con los médicos.
A medida que el organismo de Leda eliminaba paulatinamente las drogas, también había empezado a desaparecer el amargo sabor de su resentimiento, y había sido sustituido por una oleada de vergüenza: una vergüenza bochornosa e incómoda. Siempre se había prometido que no perdería el control, que no se convertiría en una de aquellas yonquis patéticas que protagonizaban los hologramas de la clase de salud en la escuela. Pero allí había acabado, con la aguja de un gotero clavada en el brazo.
—¿Estás bien? —le había preguntado una enfermera al fijarse en su expresión.
«Que nunca te vean llorar», se había recordado Leda para sus adentros, parpadeando para reprimir las lágrimas.
—Por supuesto —había conseguido responder, con voz firme.
A la larga, Leda encontró algo parecido a la paz en la clínica de rehabilitación: no gracias al inútil de su psicólogo, sino a la meditación. Se pasaba casi todas las mañanas sentada, con las piernas cruzadas, repitiendo los mantras que entonaba el gurú Vashmi. «Que mis acciones tengan un fin. Soy mi mejor aliada. Me basto yo sola». De vez en cuando, Leda abría los ojos y miraba, entre las volutas de humo de lavanda, a las demás chicas del tipi de yoga. Todas tenían el mismo aire: parecían acosadas, hostigadas, como si hubieran llegado hasta allí huyendo de algo y el miedo les impidiera marcharse. «No soy como ellas», se decía Leda para sus adentros mientras enderezaba los hombros y cerraba los ojos de nuevo. Ella no necesitaba las drogas, no era como todas aquellas chicas.
Faltaban escasos minutos para llegar a la Torre. De repente, tuvo un ataque de ansiedad y se le hizo un nudo en el estómago. ¿Estaría preparada para aquello, para regresar y enfrentarse a todo lo que había propiciado su caída?
A todo, no. Atlas aún no había vuelto.
Leda cerró los ojos y musitó unas palabras para sus lentes de contacto, ordenándoles que abrieran el buzón de correo, al cual llevaba asomándose sin cesar desde esa mañana, después de salir por fin de rehabilitación y recuperar el acceso al servicio. Al instante resonó en sus oídos la notificación de tres mil mensajes acumulados, invitaciones y videoalertas que se sucedían y se superponían las unas a las otras, como notas musicales. Por extraño que pareciera, el clamor de toda aquella atención resultaba reconfortante.
En lo alto de la lista había un nuevo mensaje de Avery. «¿Cuándo vuelves?».
Todos los veranos, los padres de Leda la obligaban a acompañarlos en su visita anual al «hogar», que estaba más o menos en el quinto pino: Podunk, Illinois. «Mi hogar está en Nueva York», protestaba siempre Leda, pero su familia no le hacía caso. En realidad, ni siquiera entendía por qué se empeñaban sus padres en perpetuar esas visitas un año tras otro. Si Leda hubiera hecho lo mismo que ellos (trasladarse desde Danville a Nueva York de recién casados, justo cuando acababa de inaugurarse la Torre, e ir ascendiendo de forma paulatina, nivel a nivel, hasta que pudieron permitirse vivir en las codiciadas plantas superiores), jamás habría vuelto a mirar atrás.
En cambio, sus padres se empeñaban en regresar a su terruño todos los años para quedarse con los abuelos de Leda y Jamie, en una casa tecnoscura donde solo había mantequilla de soja y envases congelados de comida preparada. Lo cierto era que Leda se lo había pasado bien allí de pequeña, cuando para ella no era más que otra aventura. Al hacerse mayor, sin embargo, había empezado a suplicar que la dejaran quedarse en casa. Ya no le gustaba estar con sus primos, siempre vestidos con vulgares prendas fabricadas al por mayor, siempre con aquellas inquietantes pupilas sin lentes de contacto. Pero, pese a todas sus protestas, nunca había conseguido escaquearse. Hasta este año.
«¡Ya he vuelto!», respondió Leda, vocalizando el mensaje y asintiendo con la cabeza para enviarlo. En el fondo sabía que debería contarle a Avery lo de Silver Cove: en rehabilitación habían hablado largo y tendido sobre asumir responsabilidades y pedir ayuda a los amigos. Pero la mera idea de explicárselo todo a Avery hizo que Leda se aferrara al asiento hasta que se le pusieron blancos los nudillos. No era capaz; no podía confesarle semejante debilidad a su mejor amiga, con lo perfecta que era. La reacción de Avery sería de lo más diplomática, claro, pero Leda sabía que, de un modo u otro, la juzgaría; que ahora la vería de otra manera. Y eso Leda no podría superarlo.
Avery conocía la verdad a medias: sabía que Leda había empezado a consumir xemperheidreno de vez en cuando, antes de los exámenes, para agilizar la mente... y que en alguna que otra ocasión había tomado cosas más fuertes con Cord, Rick y el resto de la pandilla. Pero Avery no sospechaba siquiera lo grave que se había vuelto la situación hacia finales del año anterior, después de lo de los Andes, e ignoraba por completo lo que había ocurrido este verano.
Llegaron a la Torre. El helicóptero dio un bandazo, como si el piloto estuviera borracho, ante la entrada del helipuerto de la planta 700. Los vientos huracanados que azotaban la Torre zarandeaban el aparato, a pesar de estar equipado con estabilizadores. Tras un último impulso, se posó en el interior del hangar. Leda se despegó del asiento y bajó por la traqueteante escalerilla detrás de sus padres. Mamá ya estaba al teléfono, musitando algo relacionado seguramente con algún negocio que debía de haberse torcido.
—¡Leda!
Un torbellino rubio se abalanzó sobre ella y la envolvió en un abrazo.
—Avery.
Leda esbozó una sonrisa, con el rostro enterrado en el cabello de su amiga, antes de separarse de ella con delicadeza. Dio un paso atrás, levantó la cabeza y... Durante un momento se quedó sin saber qué decir, abrumada por un torrente de antiguas inseguridades. Reencontrarse con Avery siempre era un shock. Leda procuraba que no la afectase, pero a veces no podía evitar pensar en lo injusto que era. Avery ya disfrutaba de una vida perfecta en el ático de la última planta. ¿Tenía que ser perfecta ella también? Cuando la veía junto a los Fuller, a Leda le costaba creer que Avery fuese el fruto de su ADN.
En ocasiones, era un incordio ser la mejor amiga de una chica antinaturalmente libre de imperfecciones. Leda, por su parte, probablemente fue engendrada una noche de chupitos de tequila para celebrar el aniversario de sus padres.
—¿Quieres largarte de aquí? —le preguntó Avery, implorante.
—Sí —fue su respuesta. Haría lo que fuese por Avery, aunque esta vez Leda no necesitaba que nadie la persuadiera.
Avery se giró para abrazar a los padres de Leda.
—¡Señor Cole! ¡Señora Cole! Bienvenidos a casa. —Leda se quedó mirando a sus padres mientras se reían y le devolvían el abrazo a Avery, abriéndose como flores al sol. Nadie era inmune al encanto de Avery—. ¿Puedo robarles a su hija? —preguntó Avery, y los dos asintieron con la cabeza—. ¡Gracias! ¡Se la devolveré a tiempo para la cena! —les prometió, ya cogida del brazo de Leda, tirando de ella con insistencia en dirección al paseo del piso 700.
—Espera un segundo.
En comparación con la elegante falda roja y la blusa corta de Avery, el atuendo de Leda, recién salida de la clínica de rehabilitación con una sencilla camiseta gris y unos pantalones vaqueros, resultaba exageradamente insulso.
—Si vamos a salir, me gustaría cambiarme antes.
—Estaba pensando que podríamos ir al parque, sin más. —Avery pestañeó varias veces seguidas y desvió la mirada de un lado a otro mientras solicitaba un deslizador—. Algunas de las chicas andan por allí y todo el mundo quiere verte. ¿Te parece bien?
—Claro que sí —respondió Leda de forma automática, disimulando la punzada de rabia que le producía el hecho de que no fuesen a salir las dos solas.
Dejaron atrás las puertas dobles del helipuerto y se adentraron en el paseo, un gigantesco centro de transportes que abarcaba varias manzanas. Sobre sus cabezas, los techos, de un cerúleo radiante, resplandecían. A Leda le parecieron tan bonitos como todo lo que había visto en el transcurso de sus paseos vespertinos por Silver Cove. Aunque Leda no era la clase de persona que buscaba la belleza en la naturaleza. «Belleza» era un término que reservaba para las piedras preciosas, los vestidos más caros y las facciones de Avery.
—Cuéntamelo todo —dijo Avery, tan directa como siempre, mientras caminaban por las aceras de compuestos de carbono que discurrían paralelas a las vías plateadas de los deslizadores. Los bots expendedores que circulaban por las calles, cilíndricos y provistos de unas ruedas enormes, vendían frutas deshidratadas y cápsulas de café.
—¿Cómo?
Leda intentó concentrarse. A su izquierda, calle abajo, los deslizadores desfilaban en vertiginosa sucesión. Sus movimientos eran tan veloces y coordinados como los de un banco de peces, iluminados en verde o rojo según estuvieran libres o no. Instintivamente, se acercó a Avery un poco más.
—Illinois. ¿Ha estado tan mal como de costumbre? —quiso saber Avery, con mirada ausente—. Deslizador —dijo en voz baja, y uno de los vehículos se separó del cardumen.
—¿Quieres ir en deslizador hasta el parque? —preguntó Leda a su vez, evitando responder a su amiga y esforzándose por sonar natural.
Se le había olvidado la tremenda cantidad de gente que vivía allí: padres que tiraban de sus retoños, hombres y mujeres de negocios que hablaban a voz en cuello con sus lentes de contacto, parejas cogidas de la mano... Tras la controlada serenidad de la clínica de rehabilitación, resultaba abrumador.
—¡Has vuelto, es una ocasión especial! —exclamó Avery.
Leda respiró hondo y sonrió mientras el deslizador se detenía junto a ellas. El estrecho biplaza, con un mullido interior de un tono blanco roto, flotaba a varios centímetros del suelo gracias a las barras de propulsión magnética de la parte inferior. Cuando Avery se hubo acomodado enfrente de Leda y tecleó su destino, el deslizador reanudó la marcha.
—A lo mejor el año que viene te dejan saltártelo. Así tú y yo podremos hacer algún viaje juntas —dijo Avery, retomando la conversación mientras el deslizador se zambullía en uno de los corredores verticales de la Torre. Las guías luminosas de las paredes del túnel proyectaban danzarines reflejos amarillos sobre sus pómulos.
—A lo mejor. —Leda se encogió de hombros. Le apetecía cambiar de tema—. Tu moreno es una pasada, por cierto. ¿Has estado tomando el sol en Florencia?
—En Mónaco. Las mejores playas del mundo.
—Después de las de la casa que tenía tu abuela en Maine.
Habían pasado allí una semana, después de su primer año en la universidad, tostándose al sol y bebiéndose a hurtadillas el oporto de a abuela Lasserre.
—Cierto. En Mónaco no había ni un solo socorrista medianamente guapo —dijo Avery, con una carcajada.
El deslizador redujo la velocidad y comenzó a desplazarse en horizontal para girar en la 307. Por lo general, visitar una planta tan baja se consideraría una auténtica vulgaridad, pero las visitas a Central Park constituían una excepción. Cuando se detuvieron ante la entrada nororiental del parque, Avery se volvió hacia Leda, con una expresión repentinamente seria en sus ojos azul oscuro.
—Me alegra que hayas vuelto, Leda. Te he echado de menos este verano.
—Y yo a ti —dijo Leda, en voz baja.
Cruzó la entrada del parque tras los pasos de Avery, pasando frente al célebre cerezo recuperado del Central Park original. Unos cuantos turistas se apoyaban en la valla que rodeaba al árbol, fotografiándolo y leyendo su historia en la pantalla táctil interactiva situada a un lado. No quedaba nada más del parque original, enterrado a gran profundidad bajo sus pies, más allá de los cimientos de la Torre.
Dirigieron sus pasos hacia la colina en la que Leda ya sabía que estarían sus amigas. Avery y Leda habían descubierto juntas aquel sitio cuando estaban en séptimo; tras numerosos experimentos, concluyeron que era el mejor sitio para empaparse de los rayos de la lámpara solar, libres de radiación ultravioleta. Mientras caminaban, el espectrocésped que delimitaba el sendero cambió de color, de un verde menta a un delicado tono lavanda. A su izquierda correteaba un gnomo holográfico de dibujos animados, a la cabeza de una hilera de vociferantes chiquillos.
—¡Avery! —dijo Risha, la primera en avistarlas. Las demás chicas, todas ellas tumbadas en toallas de playa de vivos colores, levantaron la cabeza y saludaron con la mano—. ¡Y Leda! ¿Cuándo has vuelto?
Avery se dejó caer en medio del grupo, recogiéndose un mechón de rubísimo pelo detrás de la oreja, y Leda se acomodó junto a ella.
—Ahora mismo. Acabo de bajarme del helicóptero. —Abrió el bolso para sacar las gafas de sol de su madre, de estilo retro. Podría haber activado el modo bloqueo de luz de sus lentes de contacto, por supuesto, pero las gafas constituían algo así como una seña de identidad para ella. Siempre le había gustado el hecho de que, tras ellas, su expresión resultara inescrutable—. ¿Dónde está Eris? —se preguntó en voz alta. No es que la echara especialmente de menos, pero por lo general siempre se podía contar con que Eris hiciera acto de presencia cuando se trataba de broncearse.
—De compras, seguramente. O con Cord —respondió Ming Jiaozu, con una nota de resentimiento contenido en la voz.
Leda guardó silencio, sorprendida. Esa mañana había consultado los agregadores y en ellos no aparecía ninguna mención a Eris ni a Cord. Por otra parte, en realidad era imposible seguirle el ritmo a Eris, la cual ya había salido —o tonteado, al menos— con la mitad de sus compañeros y compañeras de clase, en algunos casos incluso más de una vez. Pero Eris, que era la amiga más antigua de Avery, procedía de una familia tan selecta como adinerada, lo cual significaba que podía hacer lo que le viniera en gana y salirse con la suya.
—¿Qué tal el verano, Leda? —preguntó Ming—. Lo has pasado en Illinois, ¿verdad? Con tu familia.
—Sí.
—Me imagino que habrá sido una tortura, tanto tiempo aislada en mitad de ninguna parte y todo eso.
El tono de Ming, que pretendía ser dulce, resultaba empalagoso.
—Bueno, he sobrevivido —dijo Leda, como si le restase importancia.
Se negaba a permitir que la otra chica la provocara. Ming sabía lo mucho que detestaba Leda hablar de los humildes orígenes de sus progenitores, pues constituía un recordatorio indeleble de que ella, a diferencia de las demás, no pertenecía a este mundo, sino que había llegado a él tras mudarse desde los suburbios del Cinturón de la Torre, cuando aún estaba en séptimo curso.
—¿Y tú? —le preguntó—. ¿Qué tal por España? ¿Te codeaste con la gente de allí?
—No mucho —respondió Ming.
—Qué curioso, porque por lo que salía en los agregadores daba la impresión de que sí has hecho algún que otro amigo, y además de los íntimos.
En la descarga masiva de mensajes que había ejecutado antes, en el avión, Leda había visto unas cuantas instantáneas de Ming en compañía de un chico español. Por su lenguaje corporal y por la ausencia de pies de foto se notaba que había pasado algo entre ellos, pero sobre todo, por el característico rubor que exhibía Ming en las imágenes y que, en ese momento, se le estaba extendiendo por todo el cuello.
Ming optó por quedarse callada. Leda se permitió esbozar una sonrisita victoriosa. Cuando la gente le apretaba las tuercas, saltaba.
—Avery —intervino Jess McClane, inclinándose hacia delante—. No habrás roto con Zay. Es que me lo he tropezado antes y parecía estar de bajón.
—Pues... sí —respondió pausadamente Avery—. Quiero decir, supongo. Me cae bien, pero...
Dejó la frase inacabada flotando en el aire, como si todo aquello no revistiera el menor interés.
—Ay, Dios, Avery. ¡Deberías hacerlo de una vez y quitártelo ya de encima, en serio! —exclamó Jess, cuyas pulseras de oro resplandecían a la luz del panel solar—. Pero ¿se puede saber exactamente a qué estás esperando? O «a quién» estás esperando, mejor dicho.
—Déjalo ya, Jess. Tú no eres precisamente la más adecuada para hablar —saltó Leda.
La gente siempre estaba soltándole a Avery comentarios por el estilo, porque en realidad no tenían ningún otro motivo para criticarla. Pero carecía aún más de sentido viniendo de Jess, que también era virgen.
—Pues mira, sí que puedo —replicó Jess, en tono enigmático.
Sus palabras desencadenaron un coro de grititos escandalizados.
—Espera, ¿tú y Patrick...?
—¿Cuándo?
—¿Dónde?
Jess sonrió de oreja a oreja, claramente ansiosa por compartir los detalles. Leda se recostó y fingió que seguía prestando atención. Por lo que respectaba a las demás chicas, ella también era virgen. No le había contado la verdad a nadie, ni siquiera a Avery. Ni lo haría jamás.
Había ocurrido en enero, durante el viaje anual de esquí a Catyan. Sus familias llevaban años yendo al mismo sitio: al principio solo los Fuller y los Anderton, y luego, cuando Leda y Avery se hicieron tan buenas amigas, también los Cole. Los Andes era la mejor zona de esquí que quedaba sobre la faz de la tierra; hoy en día, incluso Colorado y los Alpes dependían casi por completo de los cañones de nieve. Únicamente en Chile, en las cumbres más altas de los Andes, quedaba suficiente nieve natural como para esquiar de verdad.
En su segundo día de estancia habían salido todos a esquiar con drones —Avery, Leda, Atlas, Jamie, Cord e incluso el hermano mayor de este, Brice— para lanzarse desde los asientos de sus drones, aterrizar en el polvo helado, trazar una línea sinuosa entre los árboles y, tras levantar el brazo, agarrarse de nuevo a los drones justo al filo del precipicio, donde terminaba el glaciar. Leda no era tan buena esquiadora como los demás, pero había ingerido una pastilla de adrenalina en el camino de subida y se sentía de maravilla, casi tan bien como cuando le robaba a su madre otras sustancias más potentes. Estaba siguiendo a Atlas entre los árboles, esforzándose por mantener su ritmo, disfrutando de los zarpazos que descargaba el viento contra su traje de poliplumón. No oía nada más que el susurro de los esquís al deslizarse sobre la nieve y, por debajo de él, el sonido hueco y profundo del vacío. Se le ocurrió que avanzar a toda velocidad entre el aire fino como el papel que se respiraba en lo alto del glaciar, junto al límite mismo del cielo, era como tentar a la suerte.
Fue entonces cuando Avery profirió un alarido.
Después de aquello todo fue una sucesión de imágenes confusas. Leda palpó el interior de su guante para pulsar el botón rojo y llamar a su dron de esquí, pero el de Avery ya estaba recogiéndola a unos metros de distancia. Su pierna sobresalía formando un ángulo extraño.
Para cuando regresaron a la suite del ático del hotel, Avery viajaba ya a bordo de un jet rumbo a casa. Se recuperaría, les aseguró el señor Fuller; solo había que soldarle la rodilla, pero quería que la vieran los expertos de Nueva York. Leda sabía a qué se refería con eso. Después de la operación principal, Avery tendría que someterse al microláser de Everett Radson, no fuera a ser que le quedara el rastro de alguna cicatriz en su perfecta figura.
Algo más tarde, aquella misma noche, se metieron todos en el jacuzzi de la terraza para compartir unas botellas heladas de crema de whisky y brindar por Avery, por los Andes y por la nieve que acababa de empezar a caer. Cuando la nevada se intensificó, sin embargo, los demás acabaron protestando y refunfuñando, y no tardaron en irse a la cama. Pero Leda, que estaba sentada junto a Atlas, decidió quedarse en el agua. Él tampoco se había movido.
Hacía años que fantaseaba con Atlas, desde que Avery y ella se habían hecho amigas; desde la primera vez que lo vio en el apartamento de Avery, cuando Atlas las pilló cantando temas de Disney a grito pelado y ella se puso roja como un tomate, muerta de vergüenza. Solo que Leda nunca había abrigado, en realidad, la esperanza de tener la menor oportunidad con él. Era dos años mayor y, además, Avery y él eran hermanos. En ese momento, sin embargo, cuando todos los demás salían del jacuzzi, ella titubeó y se preguntó si a lo mejor, si tal vez... Percibía con cada fibra de su ser el punto en que su rodilla izquierda rozaba la de Atlas por debajo del agua, provocándole un hormigueo que se le extendía por todo el costado.
—¿Quieres un poco? —murmuró él, pasándole la botella.
—Gracias.
Leda se obligó a dejar de mirarle las pestañas, en las que se posaban copos de nieve que rutilaban como minúsculas estrellas líquidas.
Dio un largo sorbo de la crema de whisky. Era muy suave, tan dulce como un bocado de tarta, pero le dejó un regusto abrasador en la garganta. Se sentía mareada, tanto por el calor que hacía en el jacuzzi como por la presencia de Atlas, tan cerca de ella. Quizá aún no se le hubieran pasado del todo los efectos de la pastilla de adrenalina, o quizá lo que hacía que se sintiera tan inusitadamente atrevida no fuese más que excitación pura y dura.
—Atlas —susurró con un hilo de voz.
Cuando él se giró hacia ella, con una ceja arqueada, Leda se inclinó hacia delante y lo besó.
Él le devolvió el beso tras un instante de vacilación, y le enterró los dedos en la ensortijada mata de rizos espolvoreados de nieve. Leda perdió la noción del tiempo por completo, como perdió también, en algún momento impreciso, la parte de arriba del bikini, primero, y después la de abajo. En fin, tampoco es que fuese abrigada hasta las cejas, después de todo.
—¿Estás segura? —le susurró Atlas al oído.
Ella asintió sin palabras, con el corazón desbocado. Por supuesto que estaba segura. Jamás en toda su vida había estado más segura de nada.
Recordaba haber estado a punto de resbalar cuando entró en la cocina a la mañana siguiente, con el cabello húmedo aún a causa del vapor del jacuzzi y el recuerdo de las caricias de Atlas grabado en la piel, tan indeleble como un tintuaje. Pero él se había ido.
Había tomado el primer jet de regreso a Nueva York. Para ver cómo se encontraba Avery, le dijo su padre. Leda asintió fríamente con la cabeza, pero por dentro se sentía fatal. Sabía la verdad, sabía por qué se había ido Atlas en realidad. Porque no quería volver a cruzarse con ella. «Vale», pensó, dejando que un torbellino de rabia se tragara el dolor de su ausencia. Le daría una lección. A ella tampoco le importaba nada.
Solo que a Leda nunca se le había vuelto a presentar la ocasión de encararse con Atlas, quien desapareció por completo del mapa unos días más tarde, antes de que se reanudaran las clases del que tendría que haber sido el semestre de primavera de su último año en la universidad. Se organizó una búsqueda tan breve como desesperada, limitada en exclusiva a la familia de Avery, que tocó a su fin en cuestión de horas, cuando sus padres comprobaron que a Atlas no le había ocurrido nada grave.
Ahora, casi un año después, la desaparición del muchacho ya era agua pasada. Sus padres se reían en público del incidente, que calificaban de mero pecadillo de juventud: Leda los había escuchado en innumerables reuniones sociales, afirmando que Atlas había decidido tomarse un año sabático para dar la vuelta al mundo, que en realidad ellos mismos le habían propuesto la idea. Aquella era su versión de los hechos y no pensaban cambiar ni una coma, pero Avery le había confesado la verdad a Leda: que los Fuller no tenían ni idea de cuál era el paradero de Atlas, ni de cuándo regresaría, si es que pensaba volver algún día. Cierto era que llamaba a Avery con asiduidad para preguntarle qué tal estaba, pero siempre con su ubicación protegida por infranqueables medidas de encriptación, y si daba señales de vida era porque, de todas maneras, ya debía de estar a punto de saltar a otro sitio.
Leda nunca le había contado a Avery lo que había pasado aquella noche en los Andes. No sabía cómo sacar el tema tras la desaparición de Atlas, y cuanto más guardaba el secreto, más inconfesable se volvía. Le dolía como un mazazo comprender que el único chico que alguna vez le había importado había salido corriendo, literalmente, tras acostarse con ella. Leda se esforzaba por alimentar su rabia; estar enfadada le parecía más seguro que sentirse despechada, un lujo que no se podía permitir en estos momentos. Pero ni siquiera la rabia bastaba para mitigar el dolor que estallaba en su interior cada vez que se acordaba de él.
Y, debido a todo eso, había dado con sus huesos en la clínica de rehabilitación.
—Leda, ¿me acompañas? —La voz de Avery interrumpió sus pensamientos. Leda parpadeó—. A la oficina de mi padre, a recoger una cosa —repitió Avery, con los ojos abiertos de par en par y una mirada elocuente.
La oficina del padre de Avery era una excusa que utilizaban desde hacía años cuando a alguna de las dos le apetecía quitarse de encima a la persona con la que estuvieran en esos momentos.
—¿No tiene tu padre bots mensajeros para eso? —preguntó Ming.
Leda hizo oídos sordos.
—Claro que sí —le dijo a Avery, levantándose y sacudiéndose las briznas de hierba de los vaqueros—. En marcha.
Se despidieron con la mano y tomaron el camino en dirección a la estación de transportes más próxima, donde la transparente columna vertical de la línea C exprés se elevaba como una flecha. Los laterales eran asombrosamente nítidos: Leda vio en el interior a un grupo de señoras mayores con las cabezas muy juntas, enfrascadas en una animada conversación, y a un niño pequeño que se hurgaba la nariz.
—Atlas me dio un toque anoche —susurró Avery cuando llegaron a la plataforma de la Cima de Torre.
Leda se puso tensa. Sabía que Avery había dejado de avisar a sus padres cuando Atlas se ponía en contacto con ella. Aseguraba que al hacerlo solo conseguía que se preocuparan. Por otro lado, a Leda le parecía extraño que Avery no lo compartiera con nadie más que con ella.
Avery siempre se había mostrado muy protectora con Atlas. Cuando su hermano salía con alguien, ella se mostraba siempre cortés, pero un poquito distante; como si no terminase de aprobar del todo la relación o pensara que Atlas en realidad estaba cometiendo un error. Leda se preguntó si aquello tendría algo que ver con el hecho de que Atlas fuese adoptado, si a Avery le preocupaba que el chico fuera más vulnerable por ello, por la vida de la que había escapado, y eso la empujara a protegerlo de todos los males.
—¿De verdad? —preguntó, esforzándose para que no le temblara la voz—. ¿Has averiguado dónde está?
—Se oían muchas voces de fondo. Sería un bar, en alguna parte. —Avery se encogió de hombros—. Ya conoces a Atlas.
«No, en realidad no». Quizá si Leda lo conociera mejor, sería capaz de comprender por qué se sentía tan confusa. Le apretó cariñosamente el brazo a su amiga.
—En cualquier caso —añadió Avery, con fingido optimismo—, volverá pronto a casa, cuando esté listo. ¿A que sí?
Miró a Leda con ojos interrogantes. Por un momento, a Leda la sorprendió lo mucho que Avery le recordaba a Atlas. Pese a no ser hermanos de sangre, compartían la misma mirada intensa y abrasadora. Cuando concentraban todo el peso de su atención en alguien, la experiencia era tan deslumbrante como mirar al sol de forma directa.
Leda se retorció sin moverse del sitio, incómoda.
—Pues claro —dijo—. Volverá pronto.
Rezaba para que no fuese cierto y, al mismo tiempo, deseaba que lo fuera.
Una noche después, Rylin Myers se encontraba ante la puerta de su apartamento, esforzándose por pasar su anillo de identificación sobre el escáner mientras hacía equilibrios con la bolsa de comestibles que sujetaba con una mano y la bebida energética medio llena que sostenía en la otra. Claro, pensó mientras le pegaba una patada a la puerta sin el menor pudor, esto no supondría ningún problema si tuviera un escáner de retina, o unas lentes computerizadas de esas tan chulas que usaban los encumbrados. Pero nadie podía costearse nada por el estilo allí en la 32, donde vivía Rylin.
Justo cuando se disponía a propinarle otro puntapié a la puerta, esta se abrió.
—Por fin —masculló Rylin, apartando de un empujón a su hermana de catorce años.
—Si llevases a arreglar el anillo de identificación —protestó
Chrissa—, como ya estoy harta de repetirte, esto no pasaría. Claro que, ¿qué ibas a decir? «Lo siento, agentes, es que no dejo de usar el anillo para abrir botellas de cerveza y ahora ya no funciona».
Rylin hizo oídos sordos, le pegó un buen trago a la bebida energética, dejó caer de cualquier manera la bolsa de comestibles sobre la encimera y le lanzó a su hermana una caja de arroz con verduras.
—¿Te importaría guardar todo esto? Llego tarde.
El Step, el Sistema de Tránsito Entre Plantas, se había vuelto a parar, así que había tenido que recorrer a pie las veinte manzanas que mediaban entre la parada del ascensor y su apartamento.
Chrissa levantó la cabeza.
—¿Vas a salir esta noche?
Había heredado las suaves facciones coreanas de su madre, la nariz delicada y la frente, alta y arqueada, mientras que Rylin, con su mentón cuadrado, se parecía mucho más a su padre. Pero, de alguna manera, las dos compartían los relucientes ojos verdes de su madre, que resplandecían como el berilo sobre su piel.
—Eeeh, pues sí. Es sábado —respondió Rylin, ignorando a propósito lo que quería decir su hermana.
No le apetecía hablar de lo que había ocurrido tal día como hoy, hacía un año: cuando murió su madre y todo su mundo se había desmoronado. Jamás olvidaría el momento en que, aquella misma noche, los de Servicios de Atención al Menor se habían presentado en su casa, mientras ellas dos seguían llorando abrazadas, para hablarles del programa de acogida familiar.
Rylin los había escuchado un rato, mientras Chrissa sollozaba con la cabeza enterrada en su hombro. Su hermana era lista, inteligente de verdad, y se le daba lo bastante bien el voleibol como para optar con garantías a recibir una beca universitaria. Pero Rylin sabía lo suficiente acerca del programa de acogida como para comprender lo que aquello supondría para ellas. Sobre todo para Chrissa.
Haría lo que fuese preciso para mantener unida a su familia, a cualquier precio.
Al día siguiente se presentó en el juzgado familiar más cercano y se declaró mayor de edad a efectos legales, a fin de poder empezar a trabajar a jornada completa en su espantoso empleo en la parada del monorraíl. ¿Qué otra opción le quedaba? Así las cosas, estaban saliendo adelante solo por los pelos: Rylin acababa de recibir otro aviso de su casero; acumulaban al menos un mes de retraso en el pago del alquiler. Por no hablar de todas las facturas del hospital en el que había estado ingresada su madre. Rylin llevaba un año entero intentando saldar la deuda, pero los intereses eran tan altos que la montaña de impagos, lejos de reducirse, había empezado incluso a crecer. A veces se sentía como si no fuese a poder escapar nunca de aquel atolladero.
Ahora esta era su vida, y no daba la impresión de que fuera a cambiar de un día para otro.
—Rylin. ¿Por favor?
—Ya voy con retraso —dijo Rylin, retirándose a la sección acordonada de su diminuto dormitorio.
Pensaba en lo que iba a ponerse, en el hecho de que disponía de treinta y seis horas enteras para ella sola antes de tener que volver al trabajo... En todo menos en el reproche que anidaba en los ojos verdes de su hermana, tan dolorosamente parecidos a los de su madre.
Rylin y su novio, Hiral, bajaron corriendo por los escalones de la Salida 12 de la Torre.
—Ahí están —murmuró Rylin, levantando una mano para protegerse del resplandor.
Sus amigos se habían reunido en el punto de encuentro de costumbre, un banco metálico calentado por el sol al otro lado de la calle, en la intersección de la 127 con Morningside.
Miró a Hiral de soslayo.
—¿Seguro que no llevas nada encima? —volvió a preguntarle.
No la entusiasmaba la idea de que Hiral hubiese empezado a vender (primero solo a los colegas; después a mayor escala), pero había sido una semana muy larga, y todavía tenía los nervios de punta tras su conversación con Chrissa. Le vendría bien una dosis de lo que fuera, relajantes o alucindedor, cualquier cosa con tal de acallar los pensamientos que revoloteaban sin cesar en el interior de su cabeza.
Hiral negó con la cabeza.
—Lo siento. Esta semana me he ventilado todas las existencias. —La miró de reojo—. ¿Estás bien?
Rylin no respondió, pero dejó que Hiral le cogiera la mano. Tenía las palmas encallecidas a causa del trabajo y las uñas ribeteadas de negras manchas de grasa. Hiral había abandonado los estudios el año pasado para colocarse de ascensorista, y reparar desde dentro los gigantescos elevadores de la Torre. Se pasaba el día suspendido en el aire, a cientos de metros de altura, como una araña humana.
—¡Ry! —exclamó Lux, su mejor amiga, antes de acudir corriendo a su encuentro. Esta semana llevaba el pelo, cortado en mechones irregulares, de color rubio ceniza—. ¡Lo has conseguido! Me temía que no pudieras venir.
—Lo siento —se disculpó Rylin—. Me he entretenido.
Andrés resopló.
—¿Tenías que «embragar» un poco antes del concierto o qué pasa? —dijo, haciendo un gesto obsceno con las manos.
Lux elevó la mirada y abrazó a Rylin.
—¿Cómo lo llevas? —murmuró.
—Bien.
Rylin no sabía qué otra cosa decir. Sintió una confusa punzada de gratitud ante el hecho de que Lux se acordase del día que era, aunque también irritación por el hecho de que se lo recordasen. Se descubrió jugando con el antiguo collar de su madre y se apresuró a soltarlo. ¿No había salido precisamente para evitar pensar en ella?
Sacudiendo la cabeza, Rylin dejó vagar la mirada por el resto de la pandilla. Andrés estaba repantingado en el banco, negándose obstinadamente a quitarse la cazadora de cuero a pesar del calor. Hiral se encontraba ahora en pie junto a él: su piel, intensamente bronceada, resplandecía iluminada por el sol del ocaso. Y en la otra punta del banco esta Indigo, vestida con una camisa que a duras penas había conseguido transformar en vestido y con unas botas tan altas que parecían querer llegar hasta el cielo.
—¿Dónde está V? —preguntó Rylin.
—Buscando la diversión. A menos que tuvieras pensado traerla tú hoy —replicó Indigo, mordaz.
—Solo voy a tomar, gracias —fue la respuesta de Rylin.
Indigo puso los ojos en blanco y luego continuó enviando mensajes con su tableta.
Rylin consumía gran cantidad de drogas ilegales, por supuesto (todos lo hacían), pero se negaba terminantemente a vender o a comprar. A nadie le importaba que un puñado de adolescentes se dedicase a andar fumando por ahí, pero las leyes eran más estrictas con los traficantes. Si ella acababa en la cárcel, Chrissa iría a parar directamente al programa de acogida. Rylin no podía correr ese riesgo.
Andrés apartó la mirada de su tableta.
—V se reunirá con nosotros allí. En marcha.
Un viento abrasador esparció un puñado de desperdicios por toda la acera. Rylin pasó por encima de ellos y respiró hondo, llenándose los pulmones de aire. Quizá aquí el viento fuera abrasador, pero seguía siendo mejor que el aire reciclado, con una altísima concentración de oxígeno, que se respiraba en la Torre.
Hiral se había agazapado ya junto al costado de la Torre, al otro lado de la calle, y estaba deslizando una navaja bajo el canto de un panel de acero, para levantarlo.
—Despejado —murmuró.
Su mano y la de Rylin se rozaron cuando la muchacha se coló en la abertura. Intercambiaron una mirada y Rylin se adentró en el bosque de metal.
Los sonidos del exterior desaparecieron al instante, reemplazados por el murmullo de voces, risas colocadas y el silbido del aire reciclado procedente de la base de la Torre. Se encontraban en el inframundo que se extendía por debajo de la planta baja, una tétrica jungla de tuberías y columnas de acero. Rylin y Lux recorrían las sombras sin hacer ruido, saludando con la cabeza a los otros grupos con los que se cruzaban. Los integrantes de uno de aquellos grupos se arracimaban en torno al tenue resplandor sonrosado de un alucindedor. Los de otro, semidesnudos y despatarrados sobre una montaña de almohadones, se disponían a enfrascarse en una orgía de Oxytosa. Rylin divisó frente a ella el destello delator de la sala de máquinas y apretó el paso.
—Ya podéis empezar a darme las gracias —surgió una voz de las sombras, y Rylin a punto estuvo de dar un respingo.
V.
Aunque no era tan alto como Andrés, V debía de pesar por lo menos veinte kilos más, todos ellos de músculo. Llevaba los anchos hombros y los brazos cubiertos completamente de tintuajes que danzaban sobre su cuerpo en una caótica vorágine de figuras que se agrupaban, se disgregaban y se volvían a recomponer en otra parte. Rylin hizo una mueca de dolor ante la mera idea de inyectarse tanta tinta en la piel.
—A ver, chavales. —V introdujo una mano en su mochila y sacó un puñado de brillantes parches dorados, del tamaño de la uña del pulgar de Rylin—. ¿Quién tiene ganas de comunitarios?
—Hostia puta —exclamó Lux, con una carcajada—. ¿De dónde has sacado eso?
—¡Joder, sí! —dijo Hiral, al tiempo que chocaba los cinco con Andrés.
—¿En serio? —preguntó Rylin, sin unirse a las celebraciones. No le gustaban los comunitarios. El colocón compartido que producían se le antojaba invasivo, como practicar el sexo con un hatajo de desconocidos. Lo peor de todo era que el subidón, incontrolable, la dejaba por completo en manos de otra persona—. Creía que esta noche nos íbamos a dedicar a fumar —protestó.
Incluso se había traído su alucindendor, la diminuta pipa compacta de usos prácticamente ilimitados, pues servía tanto para consumir apagones como crispies y, ni que decir tiene, la hierba alucinógena para la que había sido creada.
—¿Asustada, Myers? —la desafió V, al cabo de un momento.
—No estoy «asustada». —Rylin se irguió cuan alta era y se quedó mirando a V fijamente—. Es solo que me apetecía hacer otra cosa.
La vibración de su tableta le indicó que acababa de recibir un mensaje. Vio que le había escrito Chrissa. «He preparado las galletitas de manzana de mamá —decía—. ¡Por si se te ocurriera venir a casa!».
V no dejaba de observarla, retándola abiertamente con la mirada.
—Paso —refunfuñó Rylin en voz baja—. Qué coño, ¿por qué no? —Extendió la mano para agarrar los parches que sostenía V y se plantó uno en la cara interior del brazo, junto al codo, donde las venas estaban más cerca de la piel.
—Ya me parecía a mí —dijo V, mientras los demás también se abalanzaban ávidamente sobre los parches.
Entraron en la sala de máquinas y la música electrónica se apoderó por completo de los oídos de Rylin, aporreándole el cráneo con una ferocidad que aniquilaba cualquier pensamiento. Lux la agarró del brazo y empezó a saltar como una histérica, profiriendo grititos ininteligibles.
—¡¿Quién tiene ganas de fiesta?! —exclamó el DJ desde su atalaya, en lo alto de un tanque de refrigeración. Su voz, amplificada, se propagó hasta el último rincón de la estancia. La sala, asfixiante y atestada de cuerpos hacinados, prorrumpió en alaridos—. ¡Muy bien! —prosiguió—. El que tenga un dorado, que se lo ponga ahora mismo. Porque soy DJ Lowy y estoy a punto de transportaros a la experiencia más alucinante de vuestras vidas.
La tenue iluminación arrancó destellos a un mar de parches comunitarios. Prácticamente todo el mundo llevaba uno, descubrió Rylin. Esto iba a ser intenso.
—¡Tres! —exclamó Lowy, iniciando la cuenta atrás.
Lux soltó una carcajada, impaciente, y se puso de puntillas, esforzándose por ver sobre las cabezas de la multitud. Rylin lanzó una mirada de soslayo a V, cuyos tintuajes se arremolinaban con una intensidad inusitada en torno al parche que se había puesto, como si hasta su piel supiera lo que estaba a punto de suceder.
—¡Dos!
Casi todo el mundo se había unido a la cuenta atrás. Hiral se situó detrás de Rylin, le rodeó la cintura con los brazos y apoyó la barbilla en su cabeza. La muchacha se apoyó en él y cerró los ojos, preparándose para la activación de los comunitarios.
—¡Uno!
El grito reverberó por toda la sala. Lowy buscó con la mano la tableta que flotaba ante él y activó el pulso electromagnético sintonizado con la frecuencia de los comunitarios. Al instante, todos los parches de la sala vertieron una oleada de estimulantes en el torrente sanguíneo de sus portadores. Era el colocón sincronizado definitivo.
El volumen de la música se intensificó y Rylin levantó las manos de golpe, sumando su voz al ensordecedor griterío que parecía no tener fin. Podía sentir ya cómo el comunitario se iba adueñando de su sistema. El mundo se había alineado con la música, lo había armonizado todo (el destello de las luces sobre sus cabezas, su respiración, los latidos de su corazón y de todos los corazones que la rodeaban) a la perfección con el profundo e insistente palpitar de los graves.
—¿No te encanta? —dijo Lux.
O, al menos, eso parecía haber dicho, porque Rylin no estaba segura. Comenzaba ya a perder el control de sus pensamientos. Chrissa y sus mensajes de texto no importaban, como tampoco importaban su trabajo ni el gilipollas de su jefe. Nada importaba, salvo este momento. Se sentía invencible, intocable, como si pudiera estar así eternamente: joven, bailando, eléctrica y viva.
Luces. Alguien le pasó una petaca de algo potente. Bebió un trago sin saborearlo siquiera. Algo le rozó la cadera. «Hiral», pensó, mientras le tiraba de la mano para acercársela un poco más, a modo de invitación. Solo que entonces vio a Hiral unas cuantas filas por delante, saltando con el puño en alto, al lado de Andrés. Cuando giró sobre los talones, lo único que vio fue el rostro de V, que había aparecido de repente en la oscuridad. Con una ceja arqueada en un gesto seductor, el muchacho le enseñó otro parche dorado. Rylin sacudió la cabeza. Ni siquiera estaba segura de cómo le iba a pagar el que ya había aceptado.
Pero V ya estaba retirando la tira de la cara adhesiva.
—Es gratis —susurró, como si pudiera leerle el pensamiento. ¿O habría expresado Rylin sus dudas en voz alta? V acercó la mano para apartarle el pelo del cuello—. Te contaré un pequeño secreto: cuanto más cerca del cerebro esté el parche, antes notarás sus efectos.
Rylin cerró los ojos, mareada, mientras la segunda tanda de narcóticos se propagaba como el rayo por su interior. El subidón, tan penetrante como el filo de una navaja, le puso al rojo vivo todas las terminaciones nerviosas. Estaba bailando y, de alguna manera, flotando a la vez cuando notó una vibración en el bolsillo delantero. La ignoró y continuó dando saltos, pero allí estaba otra vez, arrastrándola inexorablemente de regreso a su torpe cuerpo físico. Con torpeza, consiguió sacar la tableta.
—¿Diga? —jadeó Rylin, sin aliento.
Su respiración entrecortada había dejado de fluir al compás de la música.
—¿Rylin Myers?
—Pero ¿qué...? ¿Con quién hablo?
No se oía nada. La multitud continuaba zarandeándola de un lado a otro. Se produjo una pausa al otro lado de la línea, como si a su interlocutor le costase creer que Rylin le hubiera hecho aquella pregunta.
—Cord Anderton —llegó por fin la respuesta, y Rylin parpadeó, sorprendida. Antes de enfermar, su madre había trabajado como criada para los Anderton. Rylin comprendió vagamente que reconocía la voz gracias a las pocas veces que había estado en la casa. Pero ¿por qué narices la llamaba Cord Anderton a ella?—. Bueno, ¿podrías venir a servir en mi fiesta?
—Yo no... ¿De qué me está hablando? —gritó Rylin, intentando imponer su voz al clamor de la música, aunque la voz le salió demasiado ronca.
—Te he enviado un mensaje. Celebro una fiesta esta noche —replicó el hombre a toda velocidad, impaciente—. Necesito a alguien aquí para que todo esté limpio, para ayudar con el catering... todas las cosas que antes hacía tu madre. —Rylin dio un respingo al escuchar todo aquello, pero, evidentemente, Anderton no podía verla—. La persona que suele ayudarme me ha dejado tirado en el último momento, pero me he acordado de ti y he buscado tu número. ¿Te interesa el trabajo o no?
Rylin se enjugó una gota de sudor de la frente. ¿Quién se creía que era el tal Cord Anderton para «convocarla» un sábado por la noche? Abrió la boca, dispuesta a decirle a aquel gilipollas ricachón y engreído que se podía meter su oferta de empleo por el...
—Se me olvidaba —añadió el hombre—. La paga es de doscientos nanos.
Rylin se mordió la lengua. ¿Doscientos nanodólares por aguantar a un puñado de pijos borrachos durante una noche?
—¿Cuándo me necesita?
—Pues... hace media hora.
—Voy para allá —declaró Rylin, mientras la sala seguía dando vueltas a su alrededor—. Pero...
—Estupendo —dijo Cord y cortó la conexión.
Con un esfuerzo titánico, Rylin se despegó primero el parche del brazo, y a continuación, con un gesto de dolor, se arrancó también el del cuello. Lanzó una mirada de reojo a los otros: Hiral todavía estaba bailando, en su mundo; Lux estaba enroscada alrededor de un desconocido al que le estaba metiendo la lengua hasta la garganta; Indigo se había sentado en los hombros de Andrés. Se dio la vuelta, dispuesta a marcharse. V continuaba observándola, pero Rylin ni siquiera se despidió de él. Salió a la noche, asfixiante y viscosa, dejando que los parches dorados y usados revolotearan hasta aterrizar en el suelo, tras ella.
Eris Dodd-Radson enterró aún más la cabeza bajo su mullida almohada de seda, furiosa por los pitidos que no dejaban de atronar en sus audiorreceptores. —Cinco minutos más —murmuró. Los pitidos continuaron—.
¡He dicho que cinco minutos más! —saltó, antes de darse cuenta de que no era su alarma. Se trataba del tono de llamada de Avery, que
Eris había programado al máximo hacía tiempo para que la despertara aunque estuviese profundamente dormida—. Aceptar —dijo, a regañadientes.
Estás de camino? —resonó en su oído la voz de Avery, más alta de lo habitual para imponerse al clamor de la fiesta.
Eris consultó de reojo la hora, iluminada en chillones números rosa en la esquina inferior izquierda de su campo visual. La fiesta de
Cord había empezado hacía media hora y ella todavía estaba tirada en la cama, sin tener ni la menor idea de qué se iba a poner.
Evidentemente. —Ya había cubierto la mitad de la distancia que la separaba del armario, desembarazándose de su camiseta holgada mientras se abría paso entre montones de prendas de vestir esparcidas de cualquier manera y cojines desperdigados—. Si es que me a... ¡ay! —exclamó, apretándose el dedo del pie que se acababa de golpear.
—Ay, por favor. Pero si todavía no has salido de casa —la regañó Avery, aunque se estaba riendo—. ¿Qué ha pasado? ¿Otro sueñecito reparador que se te vuelve a ir de las manos?
—Es solo que me gusta hacer esperar a la gente —replicó Eris—, así todos se alegrarán más de verme.
—Y por «todos» te refieres a Cord.
—No, me refiero a todos. Especialmente a ti, Avery —dijo Eris—. No te diviertas demasiado sin mí, ¿vale?
—Prometido. Mándame un parpadeo cuando estés en camino —dijo Avery, antes de interrumpir la llamada.
Esta vez Eris le echaba la culpa a su padre. Faltaban pocas semanas para que cumpliera los dieciocho y hoy había tenido que visitar al abogado de la familia para empezar con el papeleo del fondo fiduciario. El proceso, aburrido en grado superlativo, consistía en firmar una interminable sucesión de documentos en presencia de un testigo oficial y en someterse a pruebas de detección de drogas y de ADN. Ni siquiera se había enterado muy bien de qué iba todo aquello; lo único que sabía era que, si lo firmaba todo, algún día estaría forrada.
La fortuna del padre de Eris era muy antigua; su familia había inventado la tecnología de repulsión magnética que mantenía los aerodeslizadores en el aire, y Everett había contribuido a aumentar su ya de por sí considerable capital convirtiéndose en el plasticirujano más destacado del mundo. Los únicos errores que había cometido en su vida eran dos caros divorcios antes de conocer a la madre de Eris, cuando él contaba ya cuarenta años de edad y ella era una modelo de veinticinco. Ni siquiera hablaba nunca de aquellos matrimonios fallidos y, puesto que de ellos no había salido ningún descendiente, Eris tampoco le preguntaba nunca al respecto. Ni siquiera le gustaba pensar en ello, la verdad.
Entró en el armario y usó un dedo para dibujar un círculo en la pared de espejo, que se convirtió en una pantalla táctil que se iluminó con el inventario completo de su ropa. Todos los años Cord celebraba la misma fiesta de máscaras con motivo del inicio de las clases, y todos los años se desataba una encarnizada pero secreta competición por ver quién llevaba el mejor disfraz. Con un suspiro, Eris empezó a repasar sus distintas opciones: el vestido dorado de época, la capucha de piel sintética que le había regalado su madre, el sensual camisón rosa con lentejuelas del último Halloween. Nada terminaba de convencerla.
Al diablo, concluyó. ¿Para qué se molestaba en buscar un disfraz? ¿No destacaría más si iba sin él?
—El top negro con espalda de nadador —ordenó al armario, que lanzó la prenda por la rampa de salida situada en la parte inferior.
Eris se puso el top por encima del sujetador de encaje que llevaba y se embutió en sus pantalones de ante preferidos, que le hacían un culo sensacional. Se puso un par de brazaletes de plata por encima de los codos y estiró los brazos para deshacerse la coleta, dejando que la indomable melena rubio rojizo le cayera sobre los hombros.
Mordiéndose el labio, se sentó de golpe delante del tocador y apoyó las manos en los electropulsadores del estilista artificial.
—Liso —anunció, al tiempo que cerraba los ojos y se preparaba.
Un cosquilleo se le extendió por las palmas de las manos, le ascendió por los brazos y se propagó por todo su cuero cabelludo cuando la máquina le aplicó una pequeña descarga eléctrica. Las demás chicas del instituto siempre se quejaban del estilista, pero Eris disfrutaba en secreto de la sensación, del modo tan limpio y abrasador, casi doloroso, en que le ponía al rojo vivo todas las terminaciones nerviosas. Cuando levantó la cabeza, el pelo le caía en capas rectas alrededor del rostro. Dio un golpecito en la pantalla del tocador y cerró los ojos mientras la envolvía una fina nube de spray cosmético. Cuando volvió a mirar, el rímel resaltaba ahora las extrañas y arrebatadoras motas ambarinas de sus iris y un delicado rubor le suavizaba los pómulos, realzando las pecas dispersas del puente de su nariz. Pero seguía faltando algo.
Sin darse tiempo a cambiar de opinión, Eris atravesó la oscuridad del dormitorio de sus padres hasta llegar al armario de su madre. Tanteó en busca de la caja fuerte donde guardaba las joyas y tecleó la clave, que ya había descifrado a los diez años. Allí estaban los pendientes de cristal policromado de su madre, junto a un colorido despliegue de gemas y una sarta de gruesas perlas negras. Los pendientes no eran de flexiglás, sino de auténtico cristal antiguo, tan escaso hoy en día; del que realmente se podía romper.
Eran exorbitantemente caros, fabricados a mano con los restos de las cristaleras de una vieja iglesia. El padre de Eris los había adquirido en una subasta y se los había comprado a su esposa por su vigésimo aniversario de bodas. Eris ignoró el incipiente sentimiento de culpa que la mortificaba, extendió la mano y se puso en los lóbulos de las orejas aquellas frágiles lágrimas cristalinas.
Ya casi había llegado a la puerta principal cuando su padre la llamó desde la sala de estar.
—¿Eris? ¿Adónde vas?
—Hola, papá.
Eris se giró en redondo, pero dejó en el pasillo un pie enfundado en un botín, a fin de largarse lo antes posible.
Su padre estaba sentado en su rincón favorito del diván de cuero marrón, leyendo algo en su tableta, seguramente una revista de medicina o el historial de un paciente. Tenía el pelo tupido pero casi enteramente gris, y los ojos ribeteados de arrugas cinceladas por la preocupación que se negaba a eliminar por medios quirúrgicos, como hacían la mayoría de los padres de los amigos de Eris. Según él, a los pacientes sus arrugas les parecían tranquilizadoras. En secreto, Eris opinaba que lo de insistir en envejecer de forma natural era un gesto guay por parte de su padre.
—Voy a la fiesta de un amigo —explicó.
Su padre echó un rápido vistazo a su atuendo, y Eris comprendió un segundo demasiado tarde que no había ocultado los pendientes. Intentó echarse discretamente el pelo hacia delante para esconderlos, pero Everett ya había empezado a menear la cabeza.
—Eris, no te los puedes poner —dijo, en un tono ligeramente risueño—. Son lo más caro que hay en todo el apartamento.
—Eso es una exageración y lo sabes. —La madre de Eris apareció de repente, procedente de la cocina, vestida con un traje de noche. El pelo, recogido en lo alto de la cabeza, formaba una cascada de rizos—. Hola, cariño —dijo Caroline Dodd, volviéndose hacia su hija—. ¿Te apetecen unas burbujitas antes de salir? Iba a abrir una botella de ese Montès rosado que tanto te gusta.
—¿El del viñedo donde nadamos en la piscina?
—El del cartel donde ponía «piscina cerrada», sí.
Su padre curvó las comisuras de los labios en una sonrisita. Aquel había sido un viaje familiar especialmente absurdo. Los padres de Eris le habían dejado beberse los maridajes de vino durante el almuerzo, y fuera hacía tanto calor que Eris y su madre se habían pasado toda la comida intentando abanicarse la una a la otra con las servilletas para después terminar colándose, sin parar de reírse como niñas pequeñas, en la piscina vallada del hotel y tirándose al agua completamente vestidas.
—¡No vimos el cartel! —protestó Caroline, entre risas, y descorchó la botella. El sonido reverberó por todo el apartamento. Encogiéndose de hombros, Eris aceptó la copa que le ofrecía su madre. Después de todo, era su favorito—. Bueno, ¿y quién da esa fiesta?
—Cord. Ya llego tarde...
Eris todavía no le había contado nada a su madre acerca de Cord y de ella. Aunque lo compartían prácticamente todo, nunca hablaban de líos sentimentales.
—Eso se llama llegar tarde con elegancia, creo —añadió su padre—. Además, solo acumularás otro minuto de retraso y seguirás estando igual de elegante cuando hayas dejado los pendientes en su sitio.
—Ay, Everett, venga ya. ¿Qué hay de malo en ello?
El padre de Eris sacudió la cabeza, claudicando, tal y como Eris ya esperaba.
—De acuerdo, Caroline. Si a ti no te molesta, entonces Eris se los puede poner.
—Otra vez en minoría —lo pinchó Eris, e intercambió una sonrisita de complicidad con su padre.
Siempre estaba diciendo, medio en broma, que era la persona menos poderosa del apartamento, en franca desventaja frente a dos mujeres extraordinariamente obstinadas.
—Para variar —se carcajeó Everett.
—¿Cómo podría decirte que no, con lo bien que te quedan? —dijo Caroline. Apoyó las manos en los hombros de Eris y le dio la vuelta para que se mirara en el gigantesco espejo antiguo de la pared.
Eris era como una versión más joven de su madre. Al margen de la edad, las únicas diferencias —minúsculas— eran las sutiles modificaciones que el padre de Eris había accedido a practicarle esa primavera: nada exagerado, tan solo la inserción de aquellas motitas doradas en los ojos y la impresión láser de unas cuantas pecas, para darle textura a la piel. No había nada más que se quisiera hacer, la verdad. Los rasgos de Eris eran exclusivamente suyos: los labios carnosos, aquella nariz respingona tan mona y, sobre todo, el pelo, una lustrosa maraña de color de cobre, miel, fresa y amanecer. El pelo de Eris era su rasgo más preciado, aunque, por otra parte, en realidad no había nada suyo que no fuera precioso, como ella muy bien sabía.
Sacudió la cabeza, impacientándose, y los pendientes danzaron, capturando los gloriosos matices de su cabello, como si estuvieran iluminados por dentro.
—Que te lo pases bien esta noche —le dijo su madre.
Eris la miró a los ojos en el espejo y sonrió.
—Gracias. Cuidaré bien los pendientes. —Se acabó el champán y dejó la copa encima de la mesa—. Os quiero —dijo para despedirse de sus padres mientras salía por la puerta. Los pendientes rutilaban como estrellas gemelas sobre el telón de fondo de su melena.
El ascensor C de la Base de la Torre estaba deteniéndose justo cuando Eris llegó a la estación, y lo consideró una buena señal. Quizá se debiera a que le habían puesto el nombre de una diosa griega, pero el caso es que siempre había atribuido interpretaciones portentosas incluso a los sucesos más nimios. El año pasado había descubierto un churrete con forma de corazón en su ventana. Como no informó de la mancha a los del servicio de mantenimiento exterior, la mancha se quedó allí durante semanas, hasta que el primer día de lluvia la borró al fin. Le gustaba imaginarse que le había traído suerte.
Eris subió a bordo con todo el gentío y se abrió paso hasta el costado del ascensor. Normalmente habría tomado un deslizador, pero llegaba tarde y así era más rápido; además, la línea C siempre había sido su preferida, con sus paneles panorámicos transparentes. Le encantaba ver pasar las plantas a toda velocidad, como una exhalación de luces y sombras que se alternaban con el pesado entramado metálico que separaba cada nivel. Las multitudes de pasajeros que esperaban los elevadores locales se fundían en un indistinguible torrente de color.
El ascensor volvió a detenerse unos segundos después. Eris se abrió paso a través de la vorágine de actividad que rodeaba la estación exprés, entre deslizadores en espera y bots expendedores de agregadores informativos, y se internó en la avenida principal. Al igual que ella, Cord vivía en la lujosa cara norte de la Torre, cuyas vistas no entorpecían los edificios del centro ni la Expansión. Su planta era ligeramente más grande; la Torre se ahusaba a medida que ascendía —hasta terminar en el apartamento de Avery, el único en toda la última planta—, pero incluso esos dieciséis niveles bastaban para que Eris pudiera notar la diferencia. Las calles eran igual de amplias, flanqueadas por diminutas zonas ajardinadas y árboles de verdad, regados por discretos aspersores ocultos. Sobre su cabeza, las lámparas solares se habían atenuado en consonancia con el sol, que solo resultaba visible desde los apartamentos orientados hacia el exterior. Pero aquí abajo la energía era distinta, de alguna manera: más bulliciosa y un poquito más vibrante. Quizá se debiera a la zona comercial que rodeaba la avenida central, aunque no consistiera más que en una cafetería y una boutique de Brooks Brothers.
Eris llegó a la calle de Cord o, mejor dicho, al sombrío callejón sin salida que desembocaba en los escalones de la entrada de los Anderton, puesto que en ese bloque no vivía nadie más. Había un melodramático «1A» inscrito en el dintel de la entrada, como si alguien necesitara que le recordaran a quién pertenecía aquel hogar. Al igual que el resto del mundo, Eris se preguntaba por qué Cord habría seguido viviendo allí después de que sus padres murieran y su hermano mayor, Brice, se mudara. El espacio era excesivo para una sola persona.
Dentro, el apartamento ya estaba abarrotado de gente; pese al sistema de ventilación, hacía cada vez más calor. Eris vio a Maxton Feld en el invernadero cerrado, intentando reprogramar el sistema de irrigación para que lloviera cerveza. Se detuvo en el comedor, donde alguien había apoyado la mesa en unos aeroposavasos para echar una partida de ping-pong flotante, pero tampoco allí vio ni rastro de la inconfundible cabellera negra de Cord. Y no había nadie en la cocina, salvo una chica a la que Eris no reconoció, con el pelo moreno recogido en una coleta y unos vaqueros ceñidos. Eris se preguntó distraídamente quién sería, pero en ese momento la muchacha apiló unos cuantos platos y se los llevó. De modo que Cord tenía una nueva criada... la cual ya se paseaba por ahí sin su uniforme. Eris seguía sin entender por qué contrataba los servicios de una criada; eso ya solo lo hacían personas como los Fuller, o como la abuela de Eris. Todos los demás se limitaban a comprar los distintos bots de limpieza disponibles en el mercado y a soltarlos por la casa cuando parecía que la suciedad comenzaba a acumularse. Aunque quizá en eso estribase precisamente la clave: en pagar por unos servicios más humanos y «desautomatizados».
«¿De qué se supone que vas? ¿De “demasiado guay para disfrazarme”? ¿O de “se me han pegado las sábanas”?», parpadeó Avery en su dirección.
«De “acaparadora profesional de atenciones” me gusta más», replicó Eris, sonriendo mientras paseaba la mirada por la estancia.
Avery estaba junto a las ventanas del salón, vestida con un sencillo camisón blanco con un par de alas holográficas y un halo que flotaba sobre su cabeza. Si se tratara de cualquier otra persona parecería un cutre disfraz de ángel improvisado en el último momento, pero Avery, por supuesto, era etérea. A su lado se encontraban Leda, envuelta en algo negro con plumas, y Ming, vestida con un estúpido disfraz de diablo. Debía de haberse enterado de que Avery iba a ir de ángel y quería dar la impresión de que formaban pareja. Qué patética. A Eris no le apetecía hablar con ninguna de las dos, así que le mandó a Avery el parpadeo de que enseguida volvía y siguió buscando a Cord.
Habían empezado a enrollarse en verano, cuando los dos se quedaron colgados en la ciudad. Al principio Eris se había preocupado un poquito: todos los demás se marchaban a Europa, o a los Hamptons, o a las playas de Maine, mientras que ella tendría que quedarse aquí sola, en la ciudad, de prácticas en la consulta de su padre. Era el trato que él le había impuesto a cambio de las operaciones a las que Eris se había sometido en primavera. «Necesitas experiencia laboral», le había dicho. Como si Eris pensara trabajar un solo día de su vida. A pesar de todo, había accedido. Deseaba aquellas operaciones con toda su alma.
Había sido tan aburrido como se esperaba, hasta la noche en que se tropezó con Cord en el Lightning Lounge. Una cosa llevó a la otra, y pronto se encontraron tomando chupitos atómicos y saliendo a la terraza cerrada. Fue allí, apoyados en el flexiglás reforzado, donde se besaron por primera vez.
Ahora Eris solo podía preguntarse cómo era posible que no lo hubieran hecho antes. Sabía Dios que llevaba una eternidad codeándose con Cord, desde que ella y su familia habían regresado a Nueva York cuando Eris tenía ocho años. Habían pasado una larga temporada en Suiza, para que su padre pudiera estudiar las últimas técnicas quirúrgicas europeas. Eris había cursado los dos primeros años de enseñanza en la American School de Lausanne, pero a su vuelta (hablando una extraña mezcolanza de inglés y francés, y sin tener ni la menor idea de lo que era una tabla de multiplicar), en la Berkeley Academy le habían sugerido diplomáticamente que repitiera segundo.
Jamás olvidaría aquel primer día cuando, recién llegada, había entrado en el comedor sin conocer a ninguno de sus nuevos compañeros de clase. Fue Cord el que se deslizó en el asiento junto a ella, en la mesa vacía. «¿Quieres ver un juego de zombis muy guay?», le había preguntado. Luego le había enseñado cómo programar las lentes de contacto para que la comida de la cafetería pareciera un montón de cerebros. Eris se había reído con tantas ganas que poco había faltado para que se le cayeran los mocos encima de los espaguetis.
Eso había sido dos años antes de que fallecieran los padres de Cord.
Encontró a Cord en la sala de juegos, sentado a la inmensa mesa antigua en compañía de Drew Lawton y Joaquin Suarez, todos ellos con auténticas cartas de cartón en las manos. Era una de las extrañas manías de Cord: insistir en jugar al indolente con aquella baraja vieja. Según él, todo el mundo adoptaba una expresión demasiado ausente cuando jugaban con las lentes de contacto, sentados alrededor de la misma mesa pero sin observarse unos a otros, con la mirada perdida en el espacio.
Eris se quedó un momento donde estaba, contemplándolo. Era increíblemente guapo. No como Avery, con su perfección sin fisuras, sino de un modo más agreste y abrupto; sus facciones eran la combinación idónea de la sensualidad brasileña de su madre y los dos rasgos típicos de los Anderton: la nariz y el mentón. Eris avanzó un paso, y Cord levantó la cabeza. A la muchacha le agradó el destello de admiración que iluminó aquellos ojos azules como el hielo.
—¿Qué tal? —saludó Cord, mientras ella acercaba una silla vacía. Eris se inclinó hacia delante para que el escote de su top descendiera sobre los senos, y estudió a Cord desde el otro lado de la mesa. Había algo estremecedoramente íntimo en la mirada de Cord. Parecía que era capaz de llegar hasta ella y acariciarla solo con los ojos—. ¿Te apetece jugar? —dijo, al tiempo que empujaba una baraja de cartas en su dirección.
—No sé. A lo mejor voy a bailar.
Qué silencioso estaba aquello. Preferiría regresar al estridente caos de la fiesta.
—Venga, una mano. Ahora mismo estoy yo solo contra estos dos. Y jugar solo no tiene gracia —bromeó Cord, con sarcasmo.
—De acuerdo. Pero voy con Joaquin —dijo Eris, sin más motivo que el deseo de presionarlo un poquito—. Y ya sabes que yo siempre gano.
—A lo mejor esta vez no —se rio Cord.
Quince minutos más tarde, como era de esperar, el montón de fichas que ella y Joaquin tenían delante había triplicado su tamaño. Eris estiró los brazos por encima de la cabeza y apartó la silla de la mesa.
—Me voy a beber algo —dijo, en tono deliberado—. ¿Alguien quiere una copa?
—¿Por qué no? —dijo Cord, mirándola a los ojos—. Te acompaño.
Se colaron atropelladamente en el guardarropa y se apretujaron uno contra el otro.
—Esta noche estás espectacular —susurró Cord.
—Basta de hablar.
Eris le sujetó la cabeza con ambas manos y tiró de ella hacia abajo para besarlo con vehemencia.
Cord reaccionó inclinándose hacia delante y apoyó los labios en los de Eris, dándole un beso abrasador. Deslizó una mano en torno a su cintura, jugando con el dobladillo de su top. Eris sintió cómo se le aceleraba el pulso allí donde la muñeca de Cord y su piel desnuda habían entrado en contacto. El beso se volvió más profundo, más insistente.
Eris se apartó y dio un paso atrás. Cord perdió el equilibrio y se tambaleó.
—¿Qué...? —jadeó el muchacho.
—Me voy a bailar —se limitó a decir Eris, mientras se colocaba bien el sostén y se atusaba el pelo con movimientos secos y precisos, fruto de la práctica. Esta era su parte favorita, cuando le recordaba a Cord cuánto la deseaba. Cuando lo hacía desesperarse un poquito más—. Hasta luego.
Mientras se alejaba por el pasillo, Eris notó el peso de la mirada de Cord al reseguir los estilizados contornos de su figura. Se resistió a echar un vistazo atrás, pero curvó hacia arriba, en una sonrisa burlona y triunfal, la comisura de los labios, manchados de carmín corrido.