Índice
CAPÍTULO UNO
CAPÍTULO DOS
CAPÍTULO TRES
CAPÍTULO CUATRO
CAPÍTULO CINCO
CAPÍTULO SEIS
CAPÍTULO SIETE
CAPÍTULO OCHO
CAPÍTULO NUEVE
CAPÍTULO DIEZ
CAPÍTULO ONCE
CAPÍTULO DOCE
CAPÍTULO TRECE
CAPÍTULO CATORCE
CAPÍTULO QUINCE
CAPÍTULO DIECISÉIS
CAPÍTULO DIECISIETE
CAPÍTULO DIECIOCHO
CAPÍTULO DIECINUEVE
CAPÍTULO VEINTE
CAPÍTULO VEINTIUNO
CAPÍTULO VEINTIDÓS
CAPÍTULO VEINTITRÉS
CAPÍTULO VEINTICUATRO
CAPÍTULO VEINTICINCO
CAPÍTULO VEINTISÉIS
CAPÍTULO VEINTISIETE
CAPÍTULO VEINTIOCHO
CAPÍTULO VEINTINUEVE
CAPÍTULO TREINTA
LEGADOS DE LORIEN. LOS ARCHIVOS PERDIDOS
REGRESO A PARADISE
CAPÍTULO UNO
CAPÍTULO DOS
EL LEGADO DE CINCO
CAPÍTULO UNO
LA TRAICIÓN DE CINCO
CAPÍTULO UNO
LOS NOMBRES Y LUGARES CITADOS SE HAN
MODIFICADO PARA PROTEGER A LOS LÓRICOS
QUE SIGUEN OCULTOS.
EXISTEN OTRAS CIVILIZACIONES.
ALGUNAS DE ELLAS PLANEAN DESTRUIROS.
LA PESADILLA YA HA ACABADO. CUANDO ABRO LOS ojos, solo veo oscuridad.
Estoy en una cama, o eso me parece, y no es la mía. El colchón es enorme y se adapta a la perfección a mi cuerpo; por un momento, se me ocurre que tal vez mis amigos me hayan trasladado a una de las camas grandes del apartamento de Nueve. Alargo las piernas y los brazos todo lo que puedo y sigo sin alcanzar los bordes. La sábana que me cubre es suave o, mejor dicho, resbaladiza, casi como una pieza de plástico, e irradia calor. Pero no solo calienta, ahora me doy cuenta, también produce una vibración constante que calma mis músculos doloridos.
¿Cuánto tiempo habré dormido y dónde demonios me encuentro?
Trato de recordar lo que me ocurrió, pero lo único que me viene a la cabeza es mi última visión. Es como si hubiera estado días atrapada en esa pesadilla. Aún no me he librado de la peste a goma quemada que impregnaba Washington D.C. Nubes de humo flotaban sobre la ciudad, como un recordatorio de la batalla que se había librado allí. O que se librará, si es que mi visión acaba haciéndose realidad.
Las visiones... ¿Son acaso parte de un nuevo legado? Claro que a los demás sus legados no los dejan traumatizados por la mañana. ¿Son acaso profecías? ¿Amenazas de Setrákus Ra, como los sueños que solían tener John y Ocho? ¿O tal vez advertencias?
Sean lo que sean, espero que paren de una vez.
Respiro profundamente con la esperanza de echar de mis fosas nasales la peste a quemado de Washington, aunque sé muy bien que en realidad todo está en mi cabeza. Pero lo peor no es ese hedor, sino el recuerdo de hasta el mínimo detalle, incluso la expresión horrorizada de los ojos de John cuando me vio en ese escenario junto a Setrákus Ra, condenando a Seis a morir. Él también se quedó atrapado en esa visión, como yo. Me sentía impotente ahí arriba, encajada entre Setrákus Ra, autoerigido dirigente de la Tierra, y...
Cinco. ¡Está trabajando para los mogadorianos! Tengo que avisar a los demás. Me incorporo de golpe y todo me da vueltas (demasiado deprisa, demasiado pronto). Manchas rojizas nublan mi visión, y parpadeo para ahuyentarlas. Tengo los ojos legañosos y la boca seca, y me duele la garganta.
Esto no es el apartamento de Nueve, en absoluto.
Al moverme, debo de haber accionado algún sensor, porque la habitación se está iluminando poco a poco. La luz se va intensificando gradualmente y, al cabo, la estancia acaba bañada en un resplandor de un rojo pálido. Miro alrededor tratando de localizar la fuente de luz, y la descubro latiendo en un entramado de venas que recorren las paredes, recubiertas de paneles de cromo. Siento un escalofrío cuando me percato del aspecto meticuloso de la habitación, de su austeridad, de su falta absoluta de decoración. El calor que desprende la sábana se intensifica, como si quisiera que me quedara allí, hecha un ovillo. La arrojo a un lado.
Este es un lugar mogadoriano.
Recorro a gatas la cama descomunal (es más grande que un todoterreno, lo bastante para que un dictador mogadoriano de tres metros pudiera dormir a pierna suelta) y, al cabo, me siento, con los pies colgando por encima del suelo metálico. Llevo un largo camisón gris adornado con bordados que representan espinosas vides negras. Siento un escalofrío cuando me los imagino poniéndomelo y acostándome en la cama. Podrían haberme matado y, en lugar de eso, ¿me visten con un pijama? En mi visión, estaba sentada junto a Setrákus Ra y él me llamaba su heredera. ¿Qué significará eso? ¿Es acaso la razón por la que aún sigo con vida?
Da igual. El caso es que me han capturado. Eso lo sé. ¿Qué voy a hacer al respecto?
Supongo que los mogos deben de haberme trasladado a una de sus bases. Esta habitación, no obstante, no se parece a esas celdas diminutas y espantosas en las que, al parecer, encerraron a Nueve y a Seis cuando los capturaron. No, esta debe de ser la idea retorcida de hospitalidad de los mogadorianos. Intentan cuidar de mí.
Setrákus Ra no quiere tratarme como una prisionera, sino como una invitada, porque su intención es que, algún día, acabe gobernando junto a él. La razón aún la desconozco, pero el caso es que ahora mismo eso es lo único que me mantiene con vida.
¡Oh, no...! Si yo estoy aquí, ¿qué ha ocurrido con los demás, con los que estaban conmigo en Chicago?
Empiezan a temblarme las manos y me escuecen los ojos por culpa de las lágrimas. Tengo que salir de este lugar. Y tengo que hacerlo sola.
Trato de apartar mis miedos. Trato de apartar las persistentes visiones de un Washington mermado. Trato de apartar las preocupaciones acerca de mis amigos. Trato de apartarlo todo. Necesito ser una tabla rasa, como lo fui la primera vez que luché con Setrákus Ra en Nuevo México, o durante mis sesiones de entreno con los demás. Me resulta más fácil ser valiente cuando no pienso en nada. Si actúo movida por el instinto, podré hacerlo.
«Corre —imagino que me dice Crayton—, corre hasta que estén demasiado cansados para atraparte».
Necesito algo con que luchar. Echo un vistazo a la habitación en busca de una posible arma. Junto a la cama hay una mesilla de noche, el único mueble del dormitorio. Los mogos me han dejado encima un vaso de agua, pero no seré tan tonta para bebérmela, aunque esté muriéndome de sed. Al lado del vaso hay un libro de las dimensiones de un diccionario, con una cubierta de piel de serpiente, aceitosa. Las palabras allí impresas parecen chamuscadas; sobresalen ligeramente y tienen un perfil irregular, como si se hubieran imprimido con ácido en lugar de con tinta.
El título reza El buen libro del progreso mogadoriano; sorprendentemente, está en inglés. Justo debajo hay una serie de marcas y cajas angulares que supongo que son escritura mogadoriana.
Cojo el libro y lo abro. Cada página está dividida en dos: una parte escrita en inglés y la otra, en mogadoriano. Me pregunto si se espera que me lo lea.
Cierro el libro de golpe. Lo importante es que es pesado y puede servirme. No me permitirá convertir en cenizas a ningún mogadoriano, pero es mejor que nada.
Me bajo de la cama y me encamino hacia lo que me parece que debe de ser la puerta. Es un panel rectangular recortado en la pared cromada, pero no veo ningún pomo ni nada parecido.
Me acerco unos pasos más, sin saber aún cómo voy a abrirla, y oigo un zumbido metálico procedente del interior de la pared. Debe de haber un sensor de movimiento, y otro para las luces, porque, en cuanto me dispongo a tocarla, la puerta se eleva hasta ocultarse en el techo.
No me detengo a preguntarme por qué no estoy encerrada. Agarro el libro mogadoriano con fuerza y salgo al corredor, que es tan frío y metálico como la habitación.
—Ah —exclama una mujer—. ¡Estás despierta!
En lugar de un guardia, veo a una mujer mogadoriana sentada en un taburete, justo enfrente de la habitación; es evidente que me estaba esperando. No estoy segura de haber visto nunca a una mujer mogo, y mucho menos a una como esta. Es sorprendente lo poco amenazador que resulta el aspecto de esta mogadoriana de mediana edad, con la piel de alrededor de los ojos pálida y surcada de arrugas, y su vestido largo de cuello vuelto, como los que llevaban las hermanas de Santa Teresa. Salvo por dos colas larguísimas que cuelgan de la parte trasera de su cráneo, lleva la cabeza totalmente afeitada, y cubierta por un elaborado tatuaje. En lugar de la imagen desagradable y sanguinaria de los mogos con los que me ha tocado luchar, esta mujer tiene un aire casi elegante.
Me detengo a pocos pasos de ella, sin saber muy bien qué hacer.
La mogo le echa un vistazo al libro que llevo en la mano, y sonríe.
—Y, por lo que veo, lista para empezar tus estudios —añade, poniéndose en pie.
Es alta, delgada, y tiene algo que me recuerda a las arañas. Se ha puesto en pie delante de mí y ahora se zambulle en una elaborada reverencia.
—Señorita Ella, yo seré su institutriz mientras...
En cuanto su cabeza mogadoriana alcanza la altura conveniente, le doy en la cara con el libro con todas mis fuerzas.
No lo ve venir, algo que me extraña, porque los mogadorianos con los que me he tropezado hasta ahora estaban siempre listos para luchar. Esta deja escapar un gruñido y acaba cayendo al suelo, envuelta en la tela de su elegante vestido, que aún flota en el aire.
No me detengo a comprobar si la he dejado sin sentido o si está sacando un arma de algún compartimento oculto de su vestido. Echo a correr tras elegir la dirección al azar, precipitándome por el pasillo tan deprisa como puedo. El suelo de metal me aguijonea los pies descalzos y empiezan a dolerme los músculos, pero hago caso omiso: tengo que salir de aquí.
Es una lástima que en estas bases mogadorianas secretas no indiquen nunca dónde queda la salida.
Doblo una esquina, y luego otra, apretando el paso a lo largo de corredores casi idénticos. Sigo esperando que se activen las alarmas ahora que me he escapado, pero no lo hacen. Tampoco oigo las pesadas pisadas de los mogadorianos persiguiéndome.
Cuando empiezo a quedarme sin aliento y me planteo bajar el ritmo, una puerta se abre a mi derecha y dos mogadorianos dan un paso adelante. Esos se parecen más a los mogos a los que estoy acostumbrada: corpulentos, vestidos con su equipo de combate negro, mirándome fijamente con sus ojos negros. Los esquivo rápidamente, a pesar de que ninguno de los dos trata de agarrarme. De hecho, creo que los oigo reírse.
¿Qué está pasando?
Percibo a los dos soldados mogos contemplándome mientras corro, de modo que desaparezco en el primer corredor que encuentro. No sé si estoy describiendo círculos o qué. No veo la luz del sol, ni tampoco se oyen ruidos procedentes del exterior, nada que me indique si estoy acercándome a una salida. Y ni siquiera parece que a los mogos les importe lo que yo haga, como si supieran que no tengo posibilidades de salir de aquí.
Reduzco la marcha para tomar aliento y avanzo lentamente por este último corredor estéril. Sigo agarrando el libro (mi única arma) con la mano, y empiezo a tener calambres. Cambio de mano y prosigo.
Al cabo, un amplio arco se abre con un siseo hidráulico; es distinto de las otras puertas, más ancho, y, al otro lado, me parece distinguir luces que parpadean ligeramente.
No son luces, sino estrellas.
Cuando cruzo el arco, el techo de metal da paso a una enorme bóveda de cristal: la sala está totalmente abierta al cielo, casi como un planetario. Solo que en este caso es real. Hay varias consolas y ordenadores que sobresalen del suelo (tal vez se trate de una especie de sala de control), pero el espectáculo que ofrece esa ventana descomunal es tan sobrecogedor que apenas me fijo en ellos.
Oscuridad. Estrellas.
La Tierra.
Ahora entiendo por qué los mogadorianos no me han perseguido. Sabían que no tenía ningún lugar adonde ir.
Estoy en el espacio.
Me acerco rápidamente al cristal y planto allí ambas manos. Siento el vacío del exterior, el espacio interminable, gélido, sin aire, separándome de esa esfera azul que flota en la distancia.
—Glorioso, ¿verdad?
Su voz profunda es como un jarro de agua fría. Me vuelvo inmediatamente y pego la espalda al cristal, con la certeza de que lanzarme a ese vacío que se extiende tras de mí sería preferible a enfrentarme a él.
Setrákus Ra está de pie, delante de uno de los paneles de control, y me mira con una sonrisita en el rostro. Lo primero que me llama la atención es que no me parece tan descomunal como la vez que luché con él en la base Dulce. A pesar de ello, sin embargo, sigue siendo alto e imponente. Su fornida complexión va ataviada con un rígido uniforme negro, tachonado y decorado con un surtido de dentadas medallas mogadorianas. Tres colgantes lóricos, los que les arrebató a los miembros de la Guardia muertos, adornan su cuello con un tenue brillo azulado.
—Ya veo que has encontrado mi libro —dice, señalando mi arma de la medida de un diccionario. No me había dado cuenta de que lo tenía agarrado contra el pecho—. Aunque no le has dado el uso que yo esperaba. Por suerte, tu institutriz no ha resultado gravemente herida...
De repente, el libro que sostengo en las manos empieza a desprender una luz rojiza, como el pedazo de desecho que recogí en la base Dulce. No sé exactamente cómo lo hago, ni qué hago.
—¡Ah! —exclama Setrákus Ra, mirándome con una ceja levantada—. Muy bien.
—¡Vete al diablo! —le grito, arrojándole el libro luminoso.
Cuando aún está a medio camino de él, Setrákus Ra levanta una de sus manos enormes y el libro se detiene en el aire: el brillo que yo le he infundido se desvanece poco a poco.
—T-t-t-t —me reprende—. Ya está bien.
—¿Qué quieres de mí? —le grito, con lágrimas de frustración en los ojos.
—Ya lo sabes —responde—. Te he mostrado lo que está por venir... Tal como se lo mostré un día a Pittacus Lore.
Setrákus Ra presiona algunos de los botones del panel de control que tiene delante y la nave empieza a moverse. Poco a poco, la Tierra, que me parece terriblemente lejana y, al mismo tiempo, tan cercana como si pudiera alcanzarla con la mano, se desplaza ante mis ojos. La nave no avanza hacia delante: está girando sobre sí misma.
—Estás a bordo del Anubis —entona Setrákus Ra con gravedad y un atisbo de orgullo en la voz—. La nave insignia de la flota mogadoriana.
Cuando el Anubis completa su giro, me quedo sin aliento. Tengo que alargar el brazo y plantar la mano en el cristal para apoyarme: casi se me doblan las rodillas.
Fuera, orbitando alrededor de la Tierra, está toda la flota mogadoriana en peso: cientos de naves —la mayoría alargadas y plateadas, de la medida de pequeños aeroplanos (como aquellas contra las que en su día había luchado la Guardia), pero entre las que cuento al menos veinte que hacen empequeñecer a las demás— atienden, amenazantes, apuntando al planeta desprevenido con los cañones que asoman de sus perfiles angulosos.
—No —susurro—. Esto no puede estar pasando.
Setrákus Ra se me acerca, pero la visión descorazonadora que se despliega ante mis ojos me impide moverme. Su mano me envuelve el hombro con delicadeza y noto el tacto gélido de sus dedos pálidos a través de mi bata.
—Ha llegado el momento —sentencia, contemplando la flota junto a mí—. La Gran Expansión ha alcanzado por fin la Tierra. Celebraremos el Progreso Mogadoriano juntos, nieta.
DESDE LA VENTANA DESVENCIJADA DEL SEGUNDO PISO de una fábrica textil abandonada, veo a un viejo agachándose en el portal del edificio tapiado del otro lado de la calle. Lleva una gabardina harapienta y unos tejanos mugrientos y, después de acomodarse en el escalón, se saca del interior de sus ropas una botella medio oculta en una bolsa de papel y le echa un buen trago. Ya es media tarde —estoy vigilando— y es el único ser vivo que he visto en esta parte olvidada de Baltimore desde que llegamos ayer. Este es un lugar muerto y deshabitado y, sin embargo, es preferible a la versión de Washington D.C. que presencié en la visión de Ella. No parece que los mogadorianos nos hayan seguido la pista desde Chicago, al menos por el momento.
Aunque, técnicamente, no tenían por qué hacerlo: hay un mogadoriano entre nosotros.
Oigo a Sarah dando un pisotón detrás de mí. Nos encontramos en lo que solía ser el despacho del encargado: hay polvo por todas partes y las lamas de madera del suelo están hinchadas y cubiertas de moho. Me vuelvo justo a tiempo de verla frunciendo el ceño ante los restos de una cucaracha que yace en el suelo, justo debajo de su deportiva.
—Cuidado; podrías estar así toda la noche.
—Supongo que era pedir demasiado que todas vuestras bases secretas estuvieran en áticos de lujo, ¿verdad? —repone, mirándome con una sonrisa burlona.

Hemos pasado la noche en esta vieja fábrica, con los sacos de dormir extendidos en el suelo. Los dos vamos muy sucios: hace ya dos días que nos dimos la última ducha decente, y la cabellera rubia de Sarah está hirsuta, impregnada de suciedad. Pero aún me parece hermosa. Si no la tuviera a mi lado, probablemente ya habría perdido la cabeza después de lo de Chicago: los mogos nos atacaron, raptaron a Ella y destruyeron el apartamento de Nueve.
Hago una mueca al recordarlo, y la sonrisa de Sarah se desvanece al instante. Dejo la ventana para acercarme a ella.
—Esto de no saber nada me está matando —le digo, sacudiendo la cabeza—. No sé qué hacer.
Sarah me acaricia el rostro, tratando de consolarme.
—Al menos sabemos que Ella está bien, que no le han hecho nada. Si lo que viste en esa visión es cierto...
—Sí —resoplo—. Solo le han lavado el cerebro y la han convertido en una traidora, como...
Me callo, pensando en el resto de nuestros amigos desaparecidos y en el renegado con el que viajaron. Aún no hemos tenido noticias de Seis y los demás... Claro que tampoco les resultará nada fácil ponerse en contacto con nosotros. Todos sus cofres están aquí y, suponiendo que encontraran la forma de reunirse con nosotros empleando un método más tradicional, no sabrían siquiera por dónde empezar a buscarnos, teniendo en cuenta cómo tuvimos que huir de Chicago.
Lo único de lo que estoy seguro es que tengo una nueva cicatriz en la pierna, la cuarta de este tipo. Ya no me duele, pero es como un peso para mí. Si la Guardia se hubiera quedado al margen, si hubiéramos mantenido intacto el hechizo lórico, esta cuarta cicatriz habría simbolizado mi muerte. Pero es uno de mis amigos el que ha fallecido en Florida, y no sé ni quién, ni cómo, ni tampoco qué habrá sido de todos los demás.
Algo en mi interior me dice que Cinco sigue con vida. Estaba en la visión de Ella, de pie junto a Setrákus Ra: es un traidor. Debe de haber conducido a los demás a una trampa, y ahora uno de ellos ya no volverá. Seis, Marina, Ocho, Nueve... Uno de ellos ha muerto.
Sarah me envuelve la mano con la suya, estrechándomela, tratando de librarme de parte de la tensión que me atenaza.
—No puedo dejar de pensar en esa visión... —empiezo a decir, pero enseguida me interrumpo—. Hemos perdido, Sarah. Y ahora tengo la sensación de que está sucediendo de verdad. Como si esto fuera el principio del fin.
—Esto no significa nada, y lo sabes —me responde—. Piensa en Ocho. Una especie de profecía preconizó su muerte, ¿verdad? Y, sin embargo, sobrevivió.
Frunzo el ceño, sin manifestar lo obvio, que Ocho podría ser el que ha perdido la vida en Florida.
—Ya sé que la situación parece desalentadora —prosigue Sarah— y, bueno, la verdad es que es más bien mala, John. Esto es obvio.
—¡Un gran discurso para levantar el ánimo!
Me estrecha la mano, con fuerza, y me mira con los ojos muy abiertos, como diciéndome: «Cállate».
—Pero esos que están en Florida son de la Guardia —dice—. Y van a luchar, seguirán adelante y ganarán. Tienes que creerme, John. Cuando estabas en coma allí, en Chicago, nunca arrojamos la toalla. Seguimos luchando y mereció la pena. Justo cuando creíamos que te habíamos perdido, tú nos salvaste.
Pienso en el estado en el que se encontraban mis amigos cuando por fin recuperé la conciencia en Chicago. Malcolm estaba moribundo y Sarah, gravemente herida; Sam casi se había quedado sin munición y Bernie Kosar estaba fuera de combate. Lo habían arriesgado todo por mí.
—Vosotros me salvasteis primero —respondo.
—¡Sí, por supuesto! Así que devuélvenos el favor y salva ahora nuestro planeta.
Al oír cómo lo dice, como si fuera una pequeñez, no puedo evitar sonreír. La acerco a mí y la beso.
—Te quiero, Sarah Hart.
—Y yo a ti también, John Smith.
Sarah y yo volvemos la cabeza y nos encontramos a Sam de pie en el quicio de la puerta, con una extraña sonrisa en el rostro. En sus brazos, hecho un ovillo, lleva un enorme gato naranja, una de las seis quimeras que nuestro nuevo amigo mogadoriano se trajo con él. Al parecer, el palo que BK recogió del Cofre de Ocho era una especie de tótem que servía para atraer a las quimeras, como un silbato lórico para perros. Nos dirigimos a Baltimore por carreteras secundarias, asegurándonos en todo momento de que no nos siguieran. Durante el viaje en esa camioneta atiborrada, tuvimos tiempo de sobra para encontrarles nombre a nuestros nuevos aliados. Sam insistió en hacer honor al viejo álter ego de Nueve y llamar Stanley a esa quimera que prefería adoptar la forma de gato rollizo siempre que podía. Si aún sigue con vida, estoy seguro de que Nueve estará encantado de que un gato gordo con un afecto evidente por Sam lleve su nombre.
—Lo siento —se disculpa Sam—, ¿he llegado en mal momento?
—En absoluto —responde Sarah, alargando un brazo hacia él—. ¿Un abrazo de grupo?
—Tal vez más tarde —resuelve Sam, mirándome—. Los demás han vuelto y lo están instalando todo abajo.
Asiento con la cabeza, soltando a Sarah a regañadientes. Luego me encamino hacia la bolsa de lona donde hemos guardado el material.
—¿Algún problema?
Sam sacude la cabeza.
—Tienen que arreglárselas con solo un par de generadores de campaña. No había pasta suficiente para conseguir algo más potente. Pero, en cualquier caso, debería bastar con esa energía.
—¿Y qué me dices de la vigilancia? —pregunto, sacando de la bolsa de lona la tableta localizadora blanca y el cargador.
—Adam dice que no ha visto a ningún vigilante mogo —responde Sam.
—Bueno, él sabrá mejor que nadie cómo localizarlos, ¿no? —comenta Sarah.
—Exacto —repongo con poco entusiasmo, sin confiar aún del todo en ese llamado «buen mogadoriano», aunque no haya hecho más que ayudarnos desde que apareció en Chicago.
Incluso ahora que él y Malcolm están instalando el material electrónico que acabamos de comprar en la planta baja de la fábrica, me siento algo intranquilo al tener tan cerca a uno de ellos. Trato de ahogar mi inquietud y digo:
—Vamos.
Seguimos a Sam por una escalera de caracol medio oxidada, hasta llegar a la planta de la fábrica propiamente dicha. Parece que abandonaron el lugar muy apresuradamente, porque junto a la pared aún hay varios colgadores cargados con americanas de los ochenta enmohecidas y algunas cajas medio llenas de gabardinas abandonadas en una cinta transportadora.
Una quimera en forma de golden retriever que Sarah insistió en llamar Biscuit se cruza en nuestro camino con la manga de una americana atrapada entre los dientes, mientras Dust, el husky gris, tira del otro extremo. Gamera, la quimera a la que Malcolm dio el nombre de un monstruo de una película antigua, trata de alcanzar a las demás, pero le cuesta conseguirlo en su actual forma de tortuga. Las otras dos nuevas quimeras (un halcón que apodamos Regal y un mapache flacucho que llamamos Bandit) contemplan el juego desde una de las cintas transportadoras inactivas.
Es un alivio verlas jugar. Las quimeras no estaban en muy buena forma cuando Adam las liberó de la experimentación mogadoriana y aún no se habían recuperado del todo cuando se las llevó a Chicago. Su mejora era lenta, pero yo usé mi legado sanador para curarlas. En su interior había algo, algo mogadoriano, que luchaba contra mis poderes. Incluso consiguió que mi lumen se iluminara por un momento, algo que no ocurre nunca cuando estoy usando mi poder sanador. Sin embargo, al final, mi legado consiguió librarlas por completo de lo que les metieron dentro, fuera lo que fuera.
Esa noche fue la primera vez en mi vida que usé mi legado sanador con una quimera. Por suerte, funcionó, porque aquella quimera estaba en peores condiciones que cualquiera de nuestros nuevos amigos.
—¿Has visto a BK? —le pregunto a Sam, mientras escruto la habitación.
Lo había encontrado en el tejado del John Hancock Center, acribillado por el fuego de los cañones enemigos, a punto de exhalar el último suspiro. Le apliqué mi poder sanador con la esperanza de que funcionara. A pesar de que ahora está mucho mejor, sigo vigilándolo muy de cerca, probablemente porque la suerte de tantos de mis otros amigos es incierta.
—Ahí —responde Sam, señalando con el dedo.
En un extremo de la habitación, contra una pared recubierta de grafitis conflictivos, hay un trío de cubos de tamaño industrial repletos hasta los bordes de trajes de color caqui. Bernie Kosar reposa en la cima de uno de esos montones, cansado de las bufonadas de Biscuit y Dust. A pesar de haberle curado las heridas que sufrió en la lucha de Chicago, aún está débil (y le falta un pedazo de oreja), pero mi telepatía animal me dice que siente una especie de satisfacción cuando contempla a las demás quimeras. Cuando BK nos ve entrar, su cola empieza a levantar nubes de polvo en el montón de prendas viejas.
Sam deposita a Stanley en el suelo, y el gato se dirige hacia los montones de ropa en los que se ha acomodado BK, para plantarse de un brinco en lo que supongo que debe ser la llamada zona de descanso de las quimeras.
—Nunca imaginé que pudiera tener mi propia quimera —confiesa Sam— y mucho menos media docena.
—Y yo nunca imaginé que trabajaría con una de ellas —respondo, depositando la mirada en Adam.
En el centro de la fábrica hay varios bancos de acero atornillados en el suelo. El padre de Sam, Malcolm, y Adam están instalando el equipo informático que acaban de conseguir a cambio de parte de mi menguante provisión de gemas lóricas. Como en esta vieja fábrica ya no hay electricidad, han tenido que comprar varios generadores a pilas para los tres ordenadores portátiles y la zona wi-fi. Veo a Adam conectando una de las baterías de los ordenadores (su piel lívida, su pelo lacio y negro, y sus rasgos angulosos le dan un aspecto ligeramente más humano que los típicos mogadorianos) y tengo que recordarme a mí mismo que está de nuestro lado. Sam y Malcolm parecen confiar en él; además, tiene un legado que heredó de Uno: el poder de crear ondas sísmicas. Si no le hubiera visto usarlo con mis propios ojos, dudo que nunca hubiera creído que fuera posible. Parte de mí quiere creer —incluso diría que necesita creer— que un mogo cualquiera nunca habría podido apropiarse de un legado, que él tiene que valer la pena. Que eso ocurrió por alguna razón.
—Míralo de este modo —me dice Sam en voz baja mientras nos aproximamos a los demás—. Los humanos, los lóricos, los mogos... Celebramos aquí la primera reunión de las Naciones Unidas Intergalácticas. Es histórico.
Resoplo y me acerco al ordenador que Adam acaba de conectar. El mogo me lanza una mirada... Seguro que ha detectado algo (tal vez no sea tan bueno ocultando mis sentimientos encontrados), porque baja la cabeza y se hace a un lado para hacerme sitio. Sigue con el ordenador de al lado, centrado en la pantalla mientras teclea a toda velocidad.
—¿Cómo ha ido? —pregunto.
—Tenemos gran parte de la energía que necesitamos —responde Malcolm mientras manipula el router inalámbrico. A pesar de la barba, que ya empieza a llevar bastante descuidada, Malcolm tiene un aspecto más saludable que el día que lo conocí—. ¿Ninguna novedad?
—Ninguna —respondo, negando con la cabeza—. Haría falta un milagro para que los miembros de la Guardia que están en Florida nos siguieran la pista hasta aquí. Y Ella... Sigo conservando la esperanza de oír su voz dentro de mi cabeza, de que me diga adónde se la llevaron... Pero de momento no se ha puesto en contacto conmigo.
—Al menos, en cuanto conectemos la tableta, sabremos dónde se encuentran los demás —dice Sarah.
—Con el equipo que hemos comprado, creo que podemos hackear la red telefónica del edificio John Hancock —sugiere Malcolm—. Así, si los demás tratan de llamar desde la carretera, podremos interceptar la llamada.
—Buena idea —respondo, enchufando la tableta localizadora blanca en el ordenador y esperando a que se encienda.
Malcolm se ajusta las gafas y, tras aclararse la garganta, precisa:
—En realidad, ha sido idea de Adam.
—Oh —contesto, tratando de emplear un tono neutral.
—Sigue siendo una gran idea —interviene Sarah.
Mi novia se coloca junto a Malcolm y empieza a trabajar en el tercer ordenador, indicándome con la mirada que debería hacerle algún comentario amable a Adam. Como no lo hago, se instala un silencio incómodo en el grupo. Ha habido muchos como este desde que dejamos Chicago.
Antes de que el ambiente llegue a enrarecerse demasiado, la tableta se enciende y Sam asoma la cabeza por encima de mi hombro para decirme:
—Aún siguen en Florida.
Hay un punto solitario parpadeando en la Costa Este (soy yo) y luego, varios kilómetros al sur, están los cuatro puntos correspondientes a los supervivientes de la Guardia. Tres de esos puntos están muy juntos, superponiéndose en una mancha luminosa, mientras que el cuarto se encuentra a poca distancia. Mi cabeza enseguida empieza a imaginarse un montón de escenarios posibles que expliquen la existencia de ese punto aislado. ¿Acaso uno de nuestros amigos ha sido capturado? ¿Habrán tenido que separarse después de algún ataque? ¿Será Cinco el que no está con los demás? ¿Demuestra eso que es un traidor, tal como mostraba mi visión?
Me distrae de esos pensamientos la imagen del sexto punto, situado literalmente a un océano de distancia de los demás. Se encuentra por encima del Pacífico y su brillo es algo más tenue.
—Esta debe de ser Ella —digo arrugando la frente—. Pero ¿cómo...?
Antes de que pueda terminar la pregunta, el punto de Ella titila y desaparece. Al cabo de un segundo, cuando apenas he tenido tiempo siquiera de procesar mi pánico, Ella vuelve a la vida de nuevo, esta vez encima de Australia.
—Pero ¿qué demonios significa eso? —pregunta Sam, contemplando la pantalla por encima de mi hombro.
—Se mueve muy deprisa —observo—. Tal vez se la llevan a alguna parte.
El punto vuelve a desaparecer y, a continuación, reaparece en un lugar imposible encima de la Antártida, casi fuera del límite de la pantalla de la tableta. En los segundos siguientes, titila para apagarse y aparecer de nuevo en varios lugares distintos del mapa. Le doy a la tableta con la palma de la mano, llevado por la frustración.
—¡Deben de estar distorsionando la señal, vete a saber cómo! —exclamo—. Así no tenemos modo de encontrarla.
Sam señala los puntos que aparecen juntos en Florida y me tranquiliza:
—Si hubieran querido hacerle daño a Ella, ¿no crees que lo habrían hecho ya?
—Setrákus Ra la quiere —afirma Sarah, mirándome.
Les conté todo lo que vi en la pesadilla que transcurría en D.C., incluso que Ella reinaba junto a Setrákus Ra. Aún no acabamos de creérnoslo, pero al menos nos da cierta ventaja: sabemos lo que quiere Setrákus Ra.
—No soporto abandonarla ahí —digo con pesar—, pero no creo que él le haga ningún daño. En cualquier caso, no de momento.
—Al menos sabemos dónde se encuentran los demás —insiste Sam—. Deberíamos ir hasta allí antes de que alguien...
—Sam tiene razón —resuelvo, empujado por el sentimiento de que uno de esos puntos podría apagarse en cualquier momento—. Tal vez necesiten nuestra ayuda.
—Yo creo que sería un error —opina Adam.
Su voz es vacilante, pero hay en ella suficiente firmeza mogadoriana para hacerme apretar los puños: no estoy acostumbrado a tener a uno de ellos cerca.
Me vuelvo y, mirándolo fijamente, le pregunto:
—¿Qué has dicho?
—Es un error —repite—. Es predecible, John. Sería un movimiento retrógrado. Por eso mi gente siempre acaba localizándote.
Siento la presión de mi mandíbula tratando de articular una respuesta, pero lo que más me apetece es asestarle un buen puñetazo en la cara. Justo cuando me dispongo a dar un paso adelante, Sam me coge con suavidad del hombro.
—Tranquilo —me dice en voz baja.
—¿Prefieres que nos quedemos aquí sentados sin hacer nada? —le pregunto a Adam, haciendo un esfuerzo por conservar la calma.
Sé que debería escuchar lo tenga que decirme, pero toda esta situación me tiene angustiado. Y ahora, encima, ¿se supone que debo aceptar los consejos de un tío cuya gente lleva persiguiéndome toda la vida?
—¡Por supuesto que no! —responde Adam, mirándome con sus oscuros ojos mogadorianos.
—¿Entonces? —le suelto—. Dame una buena razón para no ir a Florida.
—Te daré dos —replica él—. Primero: si los demás miembros de la Guardia corren peligro o los han capturado como sospechas, entonces seguirán vivos mientras puedan utilizarlos para atraeros. Solo les resultan útiles como anzuelo.
—Lo que dices es que podría ser una trampa —respondo, con los dientes apretados.
—Si los han capturado, sí, ¡por supuesto que es una trampa! Por otro lado, si siguen en libertad, ¿de qué servirá tu intervención heroica? ¿Acaso no están perfectamente entrenados y son del todo capaces de sacarse las castañas del fuego?
¿Qué puedo decir a eso? ¿Que no? Seis y Nueve, los mejores elementos que conozco, con diferencia, ¿no son acaso capaces de escapar de Florida y seguirnos la pista hasta aquí? Pero ¿y si están ahí esperando a que vayamos a reunirnos con ellos? Sacudo la cabeza, sin haber sofocado del todo las ganas de estrangular a Adam.
—Entonces ¿qué se supone que debemos hacer mientras? —le pregunto—. ¿Quedarnos aquí sentados esperando a que vengan?
—¡No podemos hacer eso! —interviene Sam—. No podemos abandonarlos. No tienen manera de encontrarnos.
Adam le da la vuelta al ordenador portátil para que yo pueda ver lo que aparece en pantalla.
—Después del rapto de Ella y el asesinato de uno de los miembros de la Guardia en Florida, mi gente creerá que estáis huyendo de nuevo. Nunca se esperarán un contraataque.
Adam ha subido al ordenador fotografías satélite de un barrio muy extenso. Parece una comunidad rica totalmente normal. Cuando la examino más de cerca, descubro un número descomunal de cámaras de seguridad instaladas en el imponente muro de piedra que rodea toda la propiedad.
—Esto es Ashwood Estates, en las afueras de Washington D.C. —prosigue Adam—. Es donde viven los mogadorianos que tienen altos cargos en Estados Unidos. Una vez desmanteladas las instalaciones de la Plum Island y recuperadas las quimeras, nuestro siguiente ataque debería centrarse aquí.
—¿Y qué me dices de la base de la montaña en Virginia Oeste? —pregunto.
Adam niega con la cabeza.
—Eso no es más que una instalación militar, más bien apartada para que las fuerzas de mi gente puedan concentrarse allí. Ahora mismo nos costaría demasiado desmantelarla. Además, el poder de verdad, los mogadorianos auténticos, los líderes residen en Ashwood.
Malcolm se aclara la garganta.
—Adam, yo he tratado de transmitirles todo lo que me contaste acerca de los mogadorianos auténticos, pero quizá sería mejor que se lo contaras tú mismo...
Adam nos mira uno a uno, un tanto ansioso.
—No sé por dónde empezar.
—Puedes saltarte todo el rollo de la semillita —apunta Sam, y yo reprimo una sonrisa.
—Tiene que ver con las estirpes, ¿verdad? —digo, dándole pie.
—Sí. Los mogadorianos auténticos son los que proceden de estirpes puras: mogadorianos cuyos padres también lo son. Como yo —dice Adam encorvándose un poco. Su estatus de mogadoriano auténtico no lo llena precisamente de orgullo—. Los demás, los probetas, son los soldados contra los que habéis luchado la mayoría de las veces. No han nacido, sino más bien crecido, gracias a la ciencia de Setrákus Ra.
—¿Por eso se desintegran? —pregunta Sarah—. ¿Porque no son mogadorianos de verdad?
—Se han creado para combatir, no para ser enterrados —responde Adam.
—No me parece una vida propiamente dicha —opino—. ¿Y los mogos adoráis a Setrákus por eso?
—Según relatan las historias que recoge el Buen Libro, nuestra gente moría antes de que apareciera el llamado Querido Líder. Los probetas y las investigaciones genéticas de Setrákus Ra salvaron a nuestra especie. —Adam se detiene y hace una mueca mientras repiensa lo dicho—. Por supuesto, fue Setrákus Ra quien escribió el Buen Libro, así que ¡quién sabe!
—Fascinante —suelta Malcolm.
—Sí, definitivamente he oído más acerca de la reproducción mogadoriana de lo que nunca hubiera querido saber —digo, volviéndome hacia el ordenador—. Si este lugar está lleno de mogos de alto rango, ¿no habrá mucha vigilancia?
—Habrá guardias, sí, pero no tantos que sean capaces de marcar una diferencia —responde—. Tienes que comprender que mi gente se siente segura allí. Están acostumbrados a ser los perseguidores, no los perseguidos.
—¿Y entonces qué? —prosigo—. ¿Matamos a unos cuantos mogos auténticos y listo? ¿Y eso qué cambiará?
—Cualquier pérdida entre los mogos auténticos de la élite dirigente tendrá un gran impacto en las operaciones mogadorianas. Los probetas no son muy buenos dirigiéndose a sí mismos. —Adam pasa el dedo por encima de las extensiones de césped minuciosamente cuidadas de Ashwood Estates—. Además, debajo de las casas hay túneles.
Malcolm rodea la mesa para plantarse delante del ordenador y contempla las imágenes con los brazos cruzados.
—Creía que habías destruido esos túneles, Adam.
—Los asolé, sí —responde el mogo—. Pero se extienden hasta mucho más allá de la habitación en la que nos retuvieron. Ni siquiera estoy del todo seguro de lo que podríamos encontrar ahí debajo.
Sam deja de mirar a Adam para centrarse en su padre.
—¿Es ahí donde...?
—Sí, donde me encerraron —responde Malcolm—. Donde me robaron mis recuerdos. Y donde Adam me rescató.
—Podríamos encontrar la manera de recuperar tus recuerdos —anuncia Adam, ansioso por ayudar a Malcolm—. Si el equipo no estuviese tan dañado.
Lo que dice Adam tiene sentido, pero soy incapaz de admitirlo. Me he pasado toda la vida huyendo y escondiéndome de los mogadorianos, luchando contra ellos, matándolos. Me lo han robado todo. Y ahora, aquí estoy, haciendo planes de guerra junto a uno de ellos. Simplemente algo no encaja. Por no hablar de que estamos pensando en atacar un recinto mogadoriano sin contar con el respaldo de ningún otro miembro de la Guardia.
Justo en ese momento, Dust se acerca poco a poco y se echa a los pies de Adam. El muchacho se agacha para rascarle distraídamente detrás de las orejas.
Si los animales confían en él, ¿no debería yo ser capaz de hacer lo mismo?
—Encontremos lo que encontremos en esos túneles —prosigue Adam, probablemente sabedor de que no estoy convencido—, seguro que nos proporcionará información muy valiosa acerca de sus planes. En cuanto hayamos accedido a los sistemas mogadorianos, sabremos si vuestros amigos han sido capturados o si les han seguido la pista.
—¿Y qué pasa si uno de los miembros de la Guardia muere mientras estamos metidos en esta misión tuya? —pregunta Sam, con la voz rota, asaltado de pronto por ese pensamiento—. ¿Y si mueren porque no hemos ido a rescatarlos cuando teníamos la oportunidad?
Adam hace una pausa para sopesar esa posibilidad.
—Entiendo que esto tiene que ser muy duro para vosotros —dice, mirándonos alternativamente a Sam y a mí—. Lo admito: es un riesgo calculado.
—Un riesgo calculado —repito—. Estás hablando de nuestros amigos, ¿entiendes?
—Sí —responde Adam—. E intento mantenerlos con vida.
La lógica me dice que Adam está tratando de ayudarnos, pero estoy sometido a mucha presión y me han educado para no confiar en los suyos. Antes de darme cuenta de lo que hago, doy un paso adelante y le clavo un dedo en el pecho.
—Espero que valga la pena —le digo—. Y si pasa algo en Florida...
—Yo me responsabilizo —responde—. Será cosa mía. Si me equivoco, John, puedes darme una paliza.
—Si te equivocas, lo más probable es que no haga falta —le advierto, mirándole fijamente a los ojos.
Adam no aparta la mirada.
Sarah se mete los dedos en la boca y suelta un sonoro silbido para conseguir la atención de todo el mundo.
—Si podemos suspender un momento la pelea entre machos, creo que deberíais echarle un vistazo a esto.
Rodeo a Adam tratando de calmarme y me asomo por encima del hombro de Sarah para leer la página web que está consultando.
—Estaba buscando nuevas noticias sobre Chicago y ha aparecido esto —explica.
Se trata de una página web de aspecto bastante serio, excepto por sus titulares en mayúsculas y la buena cantidad de platillos volantes que atiborran las barras laterales. Las historias que aparecen como las más populares, cuyos links están destacados en verde fosforescente para darle un aspecto más alienígena, incluyen: los mogadorianos socavan el gobierno y los protectores lóricos de la tierra se ven obligados a ocultarse. En la página que Sarah tiene abierta ahora aparece una fotografía del John Hancock Center en llamas junto al titular ataque mogo en chicago: ¿ha llegado la hora cero?
La página se llama «Están entre nosotros».
—Dios mío —gruñe Sam uniéndose al grupo que se ha apiñado alrededor del ordenador de Sarah—. Otra vez esos tarados.
—¿Qué es esto? —le pregunto a Sarah, entornando los ojos ante la historia que aparece en la pantalla.
—Esos tíos acostumbraban limitarse al estilo de publicación en blanco y negro de la vieja escuela —dice Sam—. ¿Y ahora están en Internet? No sé si eso los hace mejores o peores.
—Los mogos se los cargaron —observo—. ¿Cómo es posible que salga esto publicado, de una manera o de otra?
—Supongo que debe de haber otro editor —opina Sarah—. Mirad esto.
Clica en uno de los archivos de la web y vuelve a la primera historia que se colgó. El titular reza: instituto de paradise atacado por una invasión alienígena. Debajo hay una foto del campo de fútbol de nuestro instituto totalmente destruido, probablemente tomada con un móvil. Le echo un vistazo rápido al artículo. La cantidad de detalles que se dan es asombrosa. Es como si el autor del escrito hubiera estado allí con nosotros.
—¿Quién es JollyRoger182? —pregunto, leyendo el nombre de usuario.
Sarah me mira y esboza una extraña sonrisa en la que el desconcierto se mezcla con algo parecido al orgullo.
—Vas a decir que estoy loca —susurra.
—A ver, ¿qué es Jolly Roger? —pregunta Sam, pensando en voz alta—. ¿La bandera pirata?
—Sí —responde Sarah, asintiendo con la cabeza—. Como la del equipo de los Piratas del Instituto Paradise. Resulta que esos viejos quarterback son los únicos que saben lo que pasó en el instituto, aparte de nuestro grupo, claro.
Desvío la mirada.
—No puede ser —le digo a Sarah.
—Claro que sí —insiste ella—. Creo que JollyRoger182 es Mark James.