Índice
PRÓLOGO
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VIDA
AGRADECIMIENTOS
Notas
A LA MEMORIA DE MI PADRE,
CUYO AMOR POR LA VIDA Y CORAJE INQUEBRANTABLE
SIGUEN INSPIRÁNDOME CADA DÍA.
El sueño apareció por primera vez durante mi segunda semana en Thurmond, y venía a visitarme al menos dos veces al mes. Supongo que tiene sentido que naciera allí, detrás de la valla eléctrica que zumbaba alrededor del campo. Todo en aquel lugar te marchitaba hasta sacarte lo peor de ti, y no importaba cuántos años pasaran, dos, tres, seis. Con aquel uniforme verde, encerrada en la misma rutina monótona, el tiempo se había detenido y traqueteaba como un coche destartalado a punto de detenerse para siempre. Sabía que me estaba haciendo mayor, veía atisbos de mi rostro cambiante en las superficies metálicas de las mesas del comedor militar, pero yo no lo sentía así. ¿Quién era yo, y por qué había sido desconectada, quedándome varada en medio de ninguna parte? Me preguntaba si seguía siendo Ruby. En el campo, no tenía un nombre escrito en la parte exterior de la puerta de mi compartimento. Yo era un número: el 3285. Yo era una carpeta en un servidor o simplemente estaba encerrada en un archivador de metal gris. Las personas que me habían conocido antes del campo ahora ya no me reconocían.
Siempre empezaba con el mismo trueno, la misma explosión de ruido. Yo era vieja, estaba retorcida, encorvada y dolorida, de pie, en medio de una calle muy transitada. Puede que fuera en algún lugar de Virginia, de donde era yo, pero había pasado tanto tiempo desde que estuve allí por última vez que no podía decirlo con seguridad.
Los coches pasaban en ambas direcciones por un tramo de carretera oscura. A veces oía el trueno de una tormenta que se acercaba, otras veces el estruendo de los cláxones de los automóviles aumentando cada vez más, y más, y más, a medida que se acercaban. A veces no oía nada en absoluto.
Pero, aparte de eso, el sueño siempre era el mismo.
Un grupo de coches negros idénticos frenaban derrapando hasta detenerse cerca de mí, y luego, tan pronto como levantaba la vista, invertían la dirección. Todo lo hacía. La lluvia se elevaba desde el gomoso asfalto negro, flotando en el aire en forma de perfectas gotas brillantes. El sol se deslizaba hacia atrás a través del cielo, persiguiendo a la luna. Y, a medida que pasaba cada ciclo, podía sentir mi vieja y encorvada espalda estirarse hueso a hueso hasta que me ponía de pie, de nuevo erguida. Al elevar las manos hasta mis ojos, las arrugas y las abultadas venas azuladas se desvanecían, mientras la vejez desaparecía de mi cuerpo.
Y luego las manos se me hacían más y más y más pequeñas. Mi visión de la carretera cambiaba; mi ropa parecía tragarme entera. Los sonidos eran ensordecedores, cada vez más molestos y más confusos. El tiempo corría hacia atrás más deprisa, enmarañándome, estrellándose contra mi cabeza.
Solía soñar con que volvía atrás en el tiempo, para recuperar las cosas que había perdido y la persona que yo era antes.
Pero ya no he vuelto a soñar.
El hueco de mi brazo presionaba contra la garganta del hombre, apretando mientras las suelas de goma de sus botas empujaban contra el suelo. Clavó las uñas en el tejido negro de la camisa y de los guantes, arañando desesperadamente. Empezaba a faltarle el oxígeno en el cerebro, pero eso no mantuvo a raya los destellos de sus pensamientos. Lo vi todo. Sus recuerdos y pensamientos ardieron al rojo vivo detrás de mis ojos, sin darme tregua, ni siquiera cuando la mente aterrorizada del guardia de seguridad trajo una imagen de sí mismo a la superficie, con los ojos muy abiertos y fijos en el techo del pasillo oscuro. ¿Muerto, tal vez?
Sin embargo, no iba a matarlo. El soldado me pasaba una cabeza entera, y sus brazos eran del tamaño de mis piernas. La única razón por la que había conseguido saltarle encima era porque estaba de espaldas a mí.
El instructor Johnson llamaba a esa llave el Bloqueo de Cuello, y él mismo me había enseñado toda una colección. El Abrelatas, el Crucifijo, la Maniobra de Cuello, la Doble Nelson, el Tornado, el Bloqueo de Muñeca y el Chasquido de Columna, solo por nombrar unos cuantos. Todos los medios por los que yo, una chica de uno setenta de estatura, podía inmovilizar a alguien que me superara físicamente. Suficiente como para no tener que usar un arma.
Ahora el hombre estaba medio alucinando. Deslizarme en su mente fue rápido y fácil; todos los recuerdos y pensamientos que emergieron a la superficie de su conciencia se tiñeron de negro. El color sangraba a través de ellos como una mancha de tinta sobre papel mojado. Y fue entonces, solo después de haberme introducido en él, cuando aflojé mi brazo en su cuello.
Probablemente eso no era lo que se esperaba cuando salió por la entrada lateral oculta de la tienda para fumarse un cigarrillo.
El mordisco del aire gélido de Pensilvania había enrojecido las mejillas brillantes debajo de la barba pálida de aquel hombre. Dejé escapar un solo resoplido de aliento caliente desde detrás de la máscara de esquí y me aclaré la garganta, con plena conciencia de los diez pares de ojos fijos en mí. Mis dedos temblaban mientras se deslizaban a través de la piel del hombre, que olía a humo rancio y a los chicles de menta que masticaba para tratar de ocultar su mala costumbre. Me incliné hacia delante, presionando dos dedos contra su cuello.
—Despierta —le susurré.
El hombre se esforzó en abrir sus ojos grandes e infantiles. Algo en mi estómago se encogió.
Miré por encima del hombro al equipo táctico detrás de mí, que contemplaba la escena en silencio, los rostros invisibles detrás de sus máscaras.
—¿Dónde está el Prisionero 27? —le pregunté.
Estábamos fuera de la línea de visión de las cámaras de seguridad; razón, supongo, por la que aquel soldado se había sentido lo suficientemente seguro como para salir a tomarse un descanso no programado. Pero yo estaba más que ansiosa por terminar aquella parte.
—¡Date prisa! —dijo Vida a mi lado, con los dientes apretados.
Me temblaron las manos mientras una oleada de calor me subía por la espalda cuando el líder del equipo se puso justo detrás de mí. Pero no me dolió como solía hacerlo. No me estrujó, retorciéndome la mente en nudos de dolor. En cambio, me hizo sensible a los fuertes sentimientos de alguien que se encontraba cerca de mí, junto a la repulsión de aquel hombre. Su odio negro, negro.
Con el rabillo del ojo pude ver el pelo oscuro de Rob. De sus labios estaba a punto de salir la orden de seguir adelante sin mí. De las tres operaciones en las que había participado con él como líder, yo solo había sido capaz de terminar una.
—¿Dónde está el Prisionero 27? —volví a preguntar espoleando los pensamientos del soldado con mi propia mente.
—El Prisionero 27.
Cuando repitió las palabras, un rictus le crispó su poblado bigote. Las canas le hacían parecer mucho más viejo de lo que realmente era. El archivo de la misión que nos habían encomendado en el cuartel general incluía información sobre todos los soldados asignados a este búnker, también sobre este, un hombre llamado Max Brommel. Edad cuarenta y un años, originario de Cody, Wyoming. Se mudó a Pittsburgh, Pensilvania, para trabajar de programador; perdió el puesto cuando se estancó la economía. Una buena esposa, actualmente sin trabajo. Dos hijos.
Ambos muertos.
Una tormenta de imágenes turbias inundó cada rincón oscuro y cada grieta de su mente. Vi a una docena de hombres, todos vestidos con el mismo uniforme de camuflaje y saltando fuera de la parte trasera de una camioneta, y a varios más saliendo de los Humvees* que escoltaban a los vehículos más grandes, llenos de delincuentes, sospechosos de terrorismo, y, si lo que nos había comunicado el de tipo inteligencia de la Liga de los Niños era correcto, a uno de nuestros mejores agentes.
Vi, ahora con más calma, a esos mismos soldados sacar a uno... dos..., no, tres hombres de la parte trasera del camión. No eran oficiales de las Fuerzas Especiales Psi ni del FBI ni de la CIA, y definitivamente no era un equipo del SWAT o de los SEAL, que probablemente podrían haber aplastado nuestra pequeña fuerza con un golpe rápido. No, eran soldados de la Guardia Nacional, llamados de nuevo al servicio activo debido a los terribles tiempos que corrían; nuestra inteligencia había, al menos, acertado con eso.
Los soldados ajustaron firmemente las capuchas sobre las cabezas de los prisioneros, y luego los obligaron a bajar las escaleras de la tienda abandonada hasta la puerta metálica corredera del búnker que se ocultaba debajo.
Después de que gran parte de la ciudad de Washington fuera destruida por lo que el presidente Gray afirmó que era un grupo de retorcidos niños psi, tuvo especial cuidado en construir estas llamadas minifortalezas por toda la costa por si se daba otra emergencia de esa magnitud. Algunos búnkeres se construyeron debajo de hoteles, otros en las laderas de las montañas, y algunos, como este, estaban ocultos a la vista en pequeños pueblos, en tiendas o edificios gubernamentales. Eran para la protección de Gray, para la protección de su gabinete y para la de importantes funcionarios militares, y, al parecer, para encarcelar a «amenazas de alto riesgo para la seguridad nacional».
Incluyendo nuestro propio Prisionero 27, que parecía estar sometido a algún tratamiento especial.
Su celda estaba al final de un largo pasillo, dos pisos más abajo. Era una habitación de techo bajo, solitaria y oscura. Las paredes parecían gotear a mi alrededor, pero el recuerdo se mantuvo estable. Todavía llevaba la capucha, y le habían atado los pies a las patas de la silla metálica que había en el centro de la celda, bajo el halo de luz de una bombilla desnuda.
Me retiré de la mente del hombre, liberándolo a él y a mí misma de mi presa física y mental. Se deslizó hasta el suelo por el grafiti en la pared de la lavandería abandonada, todavía bajo las garras de la niebla de su propio cerebro. Borrarle de la memoria mi cara y las de los hombres detrás de nosotros en el callejón era como sacar las piedras del fondo de un estanque claro, poco profundo.
—Dos pisos más abajo, sala Cuatro B —dije volviéndome hacia Rob.
Teníamos un esbozo esquemático de la disposición del búnker, pero nada en cuanto a los pequeños detalles de dirección; no íbamos a ciegas, pero no es que estuviéramos moviéndonos por aquel espacio con mucha precisión. Sin embargo, el diseño básico de aquellos búnkeres siempre era el mismo. Una escalera o un ascensor que bajaba por un extremo de la estructura y un largo pasillo que derivaba desde allí hacia cada nivel.
Levantó una mano enguantada, interrumpiendo el resto de mis instrucciones y señalando al equipo detrás de él. Yo le di el código que había extraído de la memoria del soldado: 6-8-9-9-9-9-* y me aparté, tirando de Vida hacia mí. Ella me empujó hacia el soldado más cercano, gruñendo.
No podía ver los ojos de Rob detrás de sus gafas de visión nocturna cuando brilló la luz verde, pero no lo necesité para poder leer sus intenciones. No había pedido que viniéramos, y estaba claro que no nos quería por allí porque él —un ex Ranger del ejército, como le encantaba recordarnos— podría haber manejado todo esto fácilmente con un puñado de sus hombres. Más que nada, creo que estaba furioso porque después de todo tenía que hacerlo. La política de la Liga era que, si te capturaban, quedabas automáticamente desautorizado. Y nadie vendría a por ti.
Si Alban quería que este agente volviera, es que tenía una buena razón para ello.
El reloj se puso en marcha en el momento en que se abrió la puerta. Quince minutos para entrar, agarrar al Prisionero 27, y largarnos de allí bien lejos y a toda velocidad. Sin embargo, ni siquiera sabíamos si disponíamos de tanto tiempo. Rob solo había estimado cuánto tiempo tardarían en llegar los de apoyo una vez se activaban las alarmas.
La puerta se abrió a la escalera de la parte trasera del búnker. Sumida en la penumbra, bajaba en espiral, sección por sección, con solo unas pocas luces en los escalones de metal para guiarnos. Oí a uno de los hombres cortar el cable de la cámara de seguridad de la pared, por encima de nosotros, noté la mano de Vida que me empujaba hacia delante, pero tardé mucho, demasiado, en conseguir que mis ojos se acostumbraran. Restos de los productos químicos de la lavandería flotaban en el aire seco reciclado, quemándome los pulmones.
Entonces, empezamos a movernos. Rápido, y tan silenciosamente como un grupo de personas calzadas con pesadas botas militares puede bajar tronando por un tramo de escaleras.
Me zumbaba la sangre en los oídos cuando Vida y yo llegamos al primer rellano. Seis meses de entrenamiento no era mucho tiempo, pero había sido suficiente para enseñarme a cómo mantener alrededor de mi núcleo la ya familiar armadura de mayor concentración.
Algo duro se estrelló contra mi espalda, después algo todavía más duro, un hombro, una pistola, y luego otra, y más, hasta adoptar un ritmo tan constante que me veía obligada a pegarme a la puerta del rellano del búnker para evitar los golpes. Vida dejó escapar un ruido fuerte cuando el último del equipo pasó por delante de nosotros. Solo Rob se fijó en nosotras y se detuvo para hablarnos.
—Cubridnos hasta que hayamos terminado, y luego monitoread la entrada. Ahí mismo. No abandonéis vuestra posición.
—Se supone que nosotras... —comenzó a decir Vida.
Di un paso hacia ella, interrumpiéndola. No, esto no era lo que marcaban los parámetros de operaciones, pero era mejor para nosotras. No había razón alguna para que los siguiéramos por el búnker y, potencialmente, hacer que nos mataran. Y ella sabía —nos lo habían taladrado en el cráneo un millón de veces— que esta noche Rob era líder. Y la primera regla, la única que importaba cuando llega el momento en que el corazón se te sale del pecho de puro terror, era que siempre, incluso frente a un incendio o a la muerte o la captura, siempre, hay que seguir al líder.
Vida estaba detrás de mí, lo suficientemente cerca como para que notara su aliento caliente a través del grueso pasamontañas negro de lana. Lo suficientemente cerca como para que la furia que irradiaba cortara el aire helado de Filadelfia. Vida siempre irradiaba una especie de ímpetu sanguinario, más aún cuando Cate era el líder de una Operación; la excitación por probarse a sí misma ante nuestra cuidadora siempre había hecho que desaprovechara las mejores lecciones de su formación. Esto era un juego para ella, un reto, una ocasión para poder demostrar su perfecta puntería, su entrenamiento de combate, sus poderes, propios de los Azules. A mí me parecía más bien una oportunidad perfecta para conseguir que la matasen. A los diecisiete años, Vida podía haber sido la alumna perfecta, el estándar en el que la Liga podría haber reflejado el resto de sus hijos anormales, pero lo único que contaba era que nunca había sido capaz de dominar su propia adrenalina.
—No vuelvas a tocarme, zorra —gruñó Vida en voz baja, furiosa, y empezó a retroceder para seguirlos por las escaleras—. ¿Eres una maldita cobarde que te vas a quedar aquí quietecita? ¿No te importa que nos haya faltado al respeto? Tú...
La escalera vibró bajo mis pies, como si respirara profundamente solo para dejar salir la explosión inmediatamente después. La detonación pareció detener el tiempo, salí volando, lanzada con tanta fuerza contra la puerta que pensé que me fracturaba el cráneo. Vida se estrelló contra el suelo, y se cubrió la cabeza, y entonces el rugido de la granada de conmoción llegó hasta nosotros al volar en pedazos la entrada de debajo.
El humo y el calor eran lo bastante densos como para someterme por completo, pero la desorientación era mucho peor. Cuando me obligué a abrir los ojos, noté los párpados como si me hubieran arrancado la piel a tiras, en carne viva. Una luz carmesí pulsaba a través de la oscuridad, abriéndose paso entre las nubes de escombros de cemento. Un intenso palpitar me retumbaba en los oídos, pero no eran los latidos de mi corazón. Era la alarma.
¿Por qué habían utilizado la granada cuando sabían que el código para esa puerta sería el mismo que el de fuera? No habían sonado disparos, estábamos tan cerca que habríamos oído al equipo táctico cargando sus armas. Ahora todo el mundo sabría que estábamos allí, y eso no tenía sentido tratándose de un equipo de profesionales.
Me arranqué la máscara de la cara, arañándome la oreja derecha. Sentía un dolor agudo y punzante y la unidad de comunicaciones se desprendió en pedazos. Apreté la mano enguantada contra ella cuando cayó a mis pies, sintiendo una oleada de náuseas tras otra. Pero cuando me volví para buscar a Vida, para arrastrarla por las escaleras hacia la noche helada de Pensilvania, ya se había ido.
Aterrorizada y con los latidos del corazón retumbándome en el pecho busqué su cuerpo a través del hueco de la escalera; vi al equipo táctico pasar al otro lado. Me apoyé en la pared, tratando de mantenerme en pie.
—¡Vida! —Oí la palabra salir de mi garganta, pero desapareció bajo el zumbido en mis oídos—. ¡Vida!
La puerta del rellano estaba destrozada, abollada, chamuscada, pero al parecer todavía funcionaba. Crujió y comenzó a abrirse, solo para bloquearse a mitad de camino con un chirrido horrible. Retrocedí hacia la pared, subiendo dos peldaños por las escaleras rotas. La oscuridad me ocultó con su manto cuando el primer soldado se deslizó a través de la puerta, balanceando el arma de fuego en el estrecho espacio. Respiré profundamente y me puse en cuclillas. Tardé tres parpadeos en aclarar la visión y, para entonces, los soldados ya cruzaban la puerta, saltaban por encima del agujero irregular en la plataforma del rellano y continuaban por las escaleras. Vi a cuatro, luego a cinco, luego a seis, tragados por el humo. Una serie de extraños estallidos y zumbidos parecía seguirlos, y no fue hasta que me puse de pie, deslizando el brazo por encima de mi cara, cuando me di cuenta de que abajo había un tiroteo.
Vida se había ido, el equipo táctico estaba ahora metido en un avispero de su propia creación, y el Prisionero 27...
«Maldita sea», pensé, moviéndome hacia el rellano. Habitualmente había unos veinte o treinta soldados en la dotación de personal de estos búnkeres. Eran demasiado pequeños para albergar a más, ni siquiera temporalmente. Pero, solo porque el pasillo estuviera vacío, no significaba que el tiroteo de abajo hubiera concentrado toda su atención. Si me atrapaban, eso sería todo. Estaría acabada, muerta, de una manera u otra.
Pero estaba ese hombre que había visto, el que llevaba la capucha sobre la cabeza.
No sentía ninguna lealtad particular hacia la Liga de los Niños. Había un contrato entre nosotros, un extraño acuerdo verbal tan formal como sangriento. Aparte de mi propio equipo, no tenía a nadie por quien preocuparme, y ciertamente no había nadie que se preocupara por mí más allá del mínimo indispensable para mantenerme viva y disponible para atacar a sus objetivos como un virus.
Mis pies no se movían, no todavía. Había algo en esa escena que se repetía una y otra vez en mi mente. Era la forma en que le habían atado las manos, en cómo se habían llevado al Prisionero 27 hacia la desconocida oscuridad del búnker. Era el brillo de las armas, la improbabilidad de escapar. Sentí que la desesperación crecía en mi interior como una nube de vapor, esparciéndose a través de mi cuerpo.
Sabía qué se sentía al ser un prisionero. Sabía qué era sentirte capturada por el tiempo y que cada día perdieras un poco más de esperanza de que la situación cambiara, de que alguien viniera a ayudarte. Y pensé que, si uno de nosotros podía simplemente llegar hasta él para demostrarle que estábamos allí, antes de que fallara el Operativo, valdría la pena el intento.
Pero no había manera segura de avanzar hacia abajo, y el fuego cruzado estaba haciendo esos estragos de los que solo son capaces las armas automáticas. El Prisionero 27 sabría que allí hubo alguien, y también que no habían sido capaces de llegar hasta él. Tuve que librarme de esa compasión. Tenía que dejar de pensar en que aquellos adultos merecieran ningún tipo de piedad, especialmente los agentes de la Liga. Para mí, incluso los nuevos reclutas apestaban a sangre.
Si me quedaba aquí, justo donde Rob me había ordenado, nunca podría encontrar a Vida. Pero si me iba y le desobedecía, se pondría furioso.
«Tal vez él quería que estuviera aquí de pie cuando se produjo la explosión —me susurró una vocecita en el fondo de mi mente—. Tal vez él esperaba que...».
No, no iba a pensar en eso ahora. Vida era mi responsabilidad. No Rob, no el Prisionero 27. Maldita Vida la víbora. Cuando yo estuviera fuera de aquí, cuando encontrara a Vida, cuando ambas estuviéramos seguras de vuelta en el cuartel general, valoraría de nuevo la situación en mi mente. No ahora.
Mis oídos todavía zumbaban con su propio pulso, demasiado fuerte para poder escuchar los fuertes pasos procedentes del puesto de vigilancia en la lavandería. Literalmente, chocamos el uno contra el otro cuando mi mano rozó la puerta exterior.
Aquel soldado era muy joven. Si solo me fijara en las apariencias, habría pensado que tenía un par de años más que yo. Ryan Davidson, me dictó mi cerebro, haciendo emerger todo tipo de información inútil desde el archivo de la misión. Nacido y criado en Texas. Guardia Nacional desde que su colegio había cerrado. Estudiante de historia del arte.
Sin embargo, una cosa era tener la vida de alguien impresa en nítidas letras negras, y otra tenerla frente a ti. Era algo completamente distinto a encontrarse cara a cara con la carne y la sangre. Era distinto a notar el olor caliente de su respiración y ver el pulso en su garganta.
—¡A... alto! —exclamó mientras sacaba la pistola, pero le lancé una patada a la mano y envié el arma dando tumbos por el rellano hasta caer escaleras abajo. Ambos nos lanzamos a por ella.
Me golpeé con la barbilla en el metal plateado, y el impacto me sacudió el cerebro. El dolor me cegó durante un segundo, pero entonces vi un prístino destello blanco frente a mis ojos. Y después todo se volvió de color blanco brillante. El dolor empezaba a disiparse cuando el soldado se lanzó encima de mí y me golpeó contra el suelo, haciendo que me clavara los dientes en el labio inferior y se me abriera una brecha. La sangre salió a borbotones, salpicando por el hueco de la escalera.
El guardia me inmovilizó en el suelo con todo su peso. En el instante en que sentí que cambiaba de posición, supe que estaba cogiendo su radio. Pude escuchar la voz de una mujer que decía: «Informe de estado» y «voy a subir», y darme cuenta de lo jodida que estaría si cualquiera de aquellas dos cosas sucedía de verdad me sumió en ese estado que al Instructor Johnson le gustaba definir como un pánico controlado.
Pánico, porque la situación parecía intensificarse rápidamente.
Controlado, porque en aquel contexto yo era la depredadora.
Yo tenía una mano sobre el pecho, y la otra entre mi espalda y su estómago. Usé esta última. Palpé su uniforme lo mejor que pude, en busca de la piel desnuda. Los dedos invisibles de mi cerebro se extendieron por su cabeza y abrieron su camino, uno cada vez. Se deslizaron a través del recuerdo de la expresión de sorpresa de mi rostro detrás de la puerta, de las imágenes azules y cambiantes de mujeres bailando en escenarios con poca luz, de un campo, de otro hombre lanzándole un puñetazo...
Entonces, el peso se aflojó, y el aire, frío y rancio, inundó de nuevo mis pulmones. Me di la vuelta sobre mis manos y rodillas, jadeando en busca de más. La figura que ahora estaba de pie junto a mí había arrojado al soldado por las escaleras como si fuera una bola de papel arrugado.
—¡Arriba! Tenemos que...
Las palabras sonaban como si se pronunciaran debajo del agua. Si no hubiera sido por los mechones de cabello de color violeta intenso que sobresalían por debajo de su máscara de esquí, probablemente no habría reconocido a Vida. Su camisa oscura y sus pantalones estaban rotos, y parecía cojear un poco, pero estaba viva, y allí, y parecía que de una sola pieza. Oí su voz a través del sonido ahogado en mis oídos.
—¡Por Dios, qué lenta eres! —me gritó ella—. ¡Vamos!
Empezó a bajar las escaleras, pero le agarré del cuello de su chaleco de Kevlar y tiré de ella hacia atrás.
—Vamos afuera. Vamos a cubrir la entrada. ¿Tu comunicador sigue funcionando?
—¡Todavía están luchando allá abajo! —gritó—. ¡Podemos serles útiles! ¡Dijo que no abandonáramos nuestra posición!
—¡Entonces considéralo una orden mía!
Y tenía que hacerlo, porque esa era la forma en que esto funcionaba. Eso era lo que ella más odiaba de mí, de todo esto, que tenía el voto decisivo. Que tenía que hacer esa llamada.
Escupió a mis pies, pero oí cómo me seguía escaleras arriba, maldiciendo entre dientes. Se me ocurrió que en ese momento bien podría sacar su cuchillo y clavármelo en la columna vertebral.
Era evidente que el soldado que me encontré fuera no me estaba esperando. Levanté una mano, para apartar las suyas e impedir que él pudiera moverlas, pero el sonido de los disparos del arma de Vida por encima de mi hombro me hicieron apartarme del soldado mucho más rápidamente que las salpicaduras de sangre de su cuello.
—¡Nada de esa mierda! —exclamó Vida, levantando el arma y plantándomela en la palma de la mano—. ¡Vamos!
Mis dedos se curvaron alrededor de su forma familiar. Era la típica arma de servicio, una SIG Sauer P229 DAK negra, que todavía, después de meses de aprender a dispararla, limpiarla y desmontarla y montarla, notaba demasiado grande en mis manos.
Salimos a la noche. Traté de agarrar a Vida de nuevo para frenarla antes de que se encontrara con una situación a ciegas, pero se desembarazó de mí con un gesto rápido. Empezamos a correr por el estrecho callejón.
Alcancé la esquina justo a tiempo para ver a tres soldados, chamuscados y sangrando, sacando a rastras a dos figuras encapuchadas por lo que parecía ser nada menos que la boca de una alcantarilla de la calle. Ese punto de acceso sin duda no estaba en las carpetas que nos dieron los de operaciones.
¿Sería el Prisionero 27? No podía estar segura. Los prisioneros que estaban metiendo en la furgoneta eran hombres de la misma altura, así que aún existía una posibilidad. Y esa posibilidad estaba a punto de entrar en una furgoneta y alejarse para siempre.
Vida se llevó una mano a la oreja, y apretó los labios hasta que se le pusieron blancos.
—Rob dice que quiere que volvamos dentro. Necesita apoyo.
Ella ya se estaba transformando cuando la agarré de nuevo. Por primera vez, yo había sido solo ese poquito más rápido.
—Nuestro objetivo es el Prisionero 27 —le susurré tratando de expresarlo de una manera que me permitiera conectar con su estúpidamente leal sentido del deber para con la organización—. Y creo que ese es él. Para esto es para lo que nos envió Alban, y, si se nos escapa, toda la Operación se habrá fastidiado.
—Él —protestó Vida, y se tragó cualquier palabra que fuera a salir de sus labios. Apretó la mandíbula, pero asintió con un casi imperceptible gesto de la cabeza—: No tendrán mi culo si nos hundes. Que te quede claro.
—Todo será culpa mía —le dije—, no hay nada contra ti.
Ninguna mancha en su prístino historial de operaciones, ninguna cicatriz en la confianza que Alban y Cate habían depositado en ella. En esta situación ella saldría ganando de todos modos, ya fuera consiguiendo la «gloria» del éxito de la Operación o viéndome castigada y humillada.
Mantuve los ojos en la escena que se desarrollaba delante de nosotros. Había tres soldados, abatibles con las armas, pero para salirme con la mía necesitaba acercarme lo suficiente para tocarlos. Ese era el único límite frustrante para mis poderes que todavía no había sido capaz de superar, sin importar lo mucho que la Liga me hubiera forzado a practicar.
Los dedos invisibles que vivían dentro de mi cráneo se agitaban con impaciencia, como si estuvieran disgustados por no poder salir por su cuenta.
Me quedé mirando al soldado más cercano, tratando de imaginar los dedos serpenteando, extendiéndose por el asfalto, llegando a su mente desprevenida. Pensé que Clancy podía hacer eso. Él no tenía necesidad de tocar a la gente para obtener el control de sus mentes.
Me tragué un grito de frustración. Necesitábamos algo más. Una distracción, algo que pudiera...
Vida tiene una espalda tan fuerte y unas extremidades tan ágiles que hacen que incluso sus actos más peligrosos parezcan elegantes y fáciles. La vi levantar la pistola, estabilizarla, apuntar.
—¡Poderes! —le susurré—. ¡Vida, nada de armas, o alertarás a los demás!
Me miró como si se me estuviera saliendo el cerebro por la nariz. Abatirlos de un disparo era una solución rápida, y ambas éramos muy conscientes de eso, pero si fallaba y alcanzaba a uno de los prisioneros, o si ellos empezaban a disparar también...
Vida levantó la mano, y dio un único resoplido, irritada. Luego agitó ambas manos en el aire. Los tres soldados de la Guardia Nacional fueron alcanzados con tanta precisión y fuerza que salieron volando hasta la mitad de la manzana, y se estrellaron contra los coches aparcados allí. Por si no era suficiente que Vida fuera físicamente más rápida o más fuerte o tuviera mejor puntería que todos nosotros, también tenía un mayor y mejor control sobre sus poderes.
Dejé que la parte de mi cerebro que se ocupaba de los sentimientos se apagara. La habilidad más valiosa que me había enseñado la Liga de los Niños fue deshacerme del miedo y reemplazarlo por algo que era infinitamente más frío. Llámalo calma, llámalo concentración, llámalo nervios entumecidos, pero eso es lo que hice incluso cuando la sangre me hervía en las venas mientras corría hacia los prisioneros.
Olían a vómito, a sangre y a suciedad humana. Tan diferente de las estancias limpias y ordenadas del búnker y su olor a lejía. Me dio un vuelco el estómago.
El prisionero más cercano se acurrucó cerca de la cuneta, los brazos atados por encima de la cabeza. Su camisa colgaba a jirones de los hombros, destacando ronchas y quemaduras y contusiones que hacían que su espalda se pareciera más a un plato de carne cruda.
El hombre se volvió al oír el sonido de mis pies, levantó el rostro de la seguridad de sus brazos. Arranqué la capucha de su cabeza. Iba a decirle algunas palabras de consuelo, pero al verlo mi boca se desconectó de mi cerebro. Los ojos azules entrecerrados bajo una mata de pelo rubio desaliñado, pero yo no podía hacer nada, no podía decir nada, no cuando él se inclinó más hacia la pálida luz amarilla de la farola.
—¡Muévete, idiota! —gritó Vida—. ¿Por qué te paras?
Sentí como si hasta la última gota de sangre abandonara mi cuerpo de repente, rápida y limpiamente, como si me hubieran disparado al corazón. Y entonces supe, comprendí, por qué Cate había insistido tanto en que me reasignaran a una misión diferente, por qué me habían dicho que no entrara en el búnker, por qué no me habían dado ninguna información sobre el prisionero. Ni un nombre, ni una descripción, y ciertamente ninguna advertencia.
El motivo era que el rostro que estaba viendo ahora, más delgado, más marcado, y maltratado, era un rostro que yo conocía... que yo... que...
«Él no», pensé, sintiendo que el mundo se tambaleaba bajo mis pies. «Él no».
Al ver mi reacción se puso en pie lentamente y me mostró una sonrisa pícara que luchaba contra una mueca de dolor. Se esforzó hasta erguirse y se tambaleó hacia mí, parecía roto, pensé, entre el alivio y la urgencia. Pero su acento del sur era tan cálido como siempre, aunque su voz era más profunda, más áspera, cuando por fin habló.
—¿Estoy tan guapo... como creo?
Y juro, juro que sentí que el tiempo se desvanecía.
Así es como buscas a la Liga de los Niños: no la buscas.
No preguntas por ahí, porque no hay alma viva en Los Ángeles que admitiera jamás que esa organización existe y que sirve para sacarle las castañas del fuego al presidente Gray. Tener la Coalición Federal ya era bastante malo para sus negocios. Los que podrían decirte cómo dar con la Liga cobraban solo por toser un precio demasiado alto para la mayoría de las personas. No existía una política de puertas abiertas, no había cita previa. Había órdenes de deshacerse incluso de cualquiera que le echara una mirada de reojo a un agente.
La Liga te encuentra a ti. Ellos te meten dentro, si eres lo bastante valioso. Si luchas. Eso fue lo primero que aprendí sentada al lado de Cate cuando... o por lo menos fue el primer pensamiento real que se solidificó en mi mente... cuando el todoterreno en el que íbamos embocó a toda velocidad la recta final de la autovía, en dirección hacia el corazón de la ciudad.
Su base principal de operaciones, el cuartel general, como todo el mundo lo llama, estaba enterrado dos pisos por debajo de una fábrica de botellas de plástico que seguía en funcionamiento, contribuyendo con su propio granito de arena a la congestión de neblina marrón que flotaba por todo el distrito de almacenes del centro de Los Ángeles. Muchos de los agentes de la Liga y altos funcionarios «trabajaban» para Embotellados P & C, Inc., en el papel.
Mantuve las manos apretadas en mi regazo. Al menos en Thurmond podíamos ver el cielo. Había visto árboles a través de la cerca eléctrica. Ahora ni siquiera tenía eso, no hasta que la Liga decidiera si se me permitía moverme por encima del nivel del suelo y mirar.
—Es propiedad de Peter Hinderson. Probablemente lo veremos en algún momento. Él ha sido un firme defensor de los esfuerzos de la Liga desde el principio.
Cate se recogió el pelo en una cola de caballo cuando el coche giró hacia lo que parecía otro más de los muchos garajes de la zona. Así era la ciudad, descolorida bajo los tonos del atardecer y el cemento.
—Construyeron el cuartel general con su ayuda. La estructura se encuentra directamente debajo de la fábrica, por lo que, si los satélites intentaran dar con nosotros, los rastros de calor que puedan registrar procedentes de nuestro sistema de ventilación son directamente atribuibles a la actividad de la fábrica.
Ella sonaba increíblemente orgullosa de aquello, y a mí, sinceramente, no podría importarme menos. El horrible viaje en avión desde Maryland había competido con el mareo que me produjo recorrer el aeropuerto y con el hedor implacable a gasolina que emergía de la ciudad, cosa que me produciría el mayor y más cegador dolor de cabeza de mi vida. Cada poro de mi piel sufría y echaba de menos el aire dulce y limpio de Virginia.
Los demás agentes saltaron de su coche, y el parloteo y las risas cesaron de inmediato cuando nos descubrieron. Me habían estado mirando fijamente durante todo el vuelo. Al parecer, no habían necesitado ningún otro tipo de entretenimiento, más que tratar de averiguar por qué yo era lo suficientemente importante para Cate como para que esta hubiera ordenado una operación de búsqueda para dar conmigo. Las palabras que les invadían la mente flotaban hacia mí como pequeños veleros de juguete en un estanque: «espía», «fugitiva», «Roja». Todas equivocadas.
Nos quedamos atrás mientras los otros agentes avanzaban hacia el ascensor plateado en el otro extremo del aparcamiento, sus pasos resonando en el cemento pintado. Cate fingió que invertía mucho tiempo en sacar nuestras cosas del maletero, haciendo cada movimiento dolorosamente lento, perfectamente coreografiado, para darles una ventaja sobre nosotras. Estreché el abrigo de cuero de Liam contra mi pecho hasta que fue nuestro turno.
Cate pulsó algún tipo de tarjeta de identificación contra el panel negro de acceso al lado de las puertas del ascensor. Eso lo mandó de nuevo hacia nuestra planta. Di un paso adelante, y me metí manteniendo la mirada en el techo hasta que las puertas se abrieron de nuevo y nos encontramos con una pared de aire denso y húmedo.
Antiguamente debió de ser un desagüe. Bueno, no. A juzgar por las ratas, y el olor acre, y la ventilación débil, casi sin duda había sido un colector de aguas pluviales o una cloaca. Nuestro movimiento accionó una especie de detector, porque al salir del ascensor dos hileras tristes de diminutas bombillas que colgaban a lo largo de las dos paredes se encendieron, iluminando ráfagas brillantes de grafitis y charcos de agua en el suelo de cemento que goteaba con fuerza del techo.
Me quedé mirando a Cate, esperando el remate del chiste de lo que evidentemente era una broma pesada. Pero ella simplemente se encogió de hombros.
—Sé que no es un lugar... hermoso, pero aprenderás a... Bueno, en realidad a nadie le gusta este sitio. Ya te acostumbrarás después de entrar y salir de aquí unas cuantas veces.
«Genial». Qué cosa tan fascinante, para esperarla con impaciencia.
Recorrer una sección respirando aquel aire húmedo y mohoso del Tubo era suficiente para revolver el estómago de una persona, y al traspasar las cuatro secciones se llegaba a los límites de la resistencia humana. Los pasillos eran lo suficientemente altos como para que la mayoría de nosotros pudiéramos caminar erguidos, aunque algunos agentes más altos —Rob incluido— tenían que agacharse para pasar por debajo de cada una de las vigas metálicas que sostenían los techos. Las paredes se curvaban a nuestro alrededor como líneas de expresión alrededor de la boca, sumiéndonos en la penumbra. El Tubo no tenía ningún lujo, pero era lo suficientemente amplio para que dos de nosotros pudiéramos caminar uno al lado del otro. Había espacio para respirar.
Cate levantó la mirada y saludó a una de las cámaras negras al pasar por debajo, en dirección a las puertas plateadas del otro extremo del Tubo.
No sé qué había en aquella visión que me hizo volver atrás. La finalidad de la misma, tal vez. La plena realización de lo mucho que tendría que trabajar, lo cuidadosa y paciente que tendría que ser para darle a Liam tiempo para llegar a un lugar donde no pudieran tocarle, hasta que yo pudiera largarme de aquí.
El panel de acceso sonó tres veces antes de emitir un destello verde. Cate devolvió la tarjeta identificación a su cinturón, el sonido de su suspiro de alivio se perdió bajo el silbido del aire tratado que salió ondeando por las puertas.
Me aparté antes de que pudiera tomarme del brazo, obsequiosa ante su sonrisa amable.
—Bienvenida al cuartel general, Ruby. Antes de que hagas el tour completo, me gustaría que conozcas a algunas personas.
—Está bien —murmuré.
Fijé la mirada en la pared del largo pasillo, donde había clavados cientos de papeles amarillentos. No había nada más que ver, las baldosas eran de un negro brillante, y no había más luz que la que salía de los largos tubos fluorescentes que colgaban por encima de nuestras cabezas.
—Son notas de comunicación de los agentes —dijo Cate mientras caminábamos.
El reclutamiento obligatorio impuesto por Gray siguiendo la estela de la crisis significaba que todo el mundo de menos de cuarenta sería llamado en algún momento para servir al país, ya fuera como fuerzas de paz con la Guardia Nacional, con las patrullas fronterizas, o para encargarse del cuidado de niños con poderes en campamentos como las FEP (las Fuerzas Especiales Psi). La primera oleada de reclutas involuntarios estaba formada sobre todo por veinteañeros, demasiado viejos para haber sido afectados por la ENIAA (la enfermedad neurodegenerativa idiopática aguda en adolescentes) y demasiado jóvenes para haber perdido a sus hijos.
—Muchos de los agentes que tenemos aquí son exmilitares, como Rob —dijo mientras caminábamos—. Y muchos de nosotros somos civiles que nos unimos porque creíamos de verdad en la misión de Alban, o porque tratamos de conseguir un poco más de información sobre lo que les estaba pasando a nuestros hijos o hermanos. Hay más de trescientos agentes activos, con un centenar de operaciones monitorizadas en el cuartel general, de adiestramiento, o trabajando en nuestra tecnología.
—Y ¿cuántos niños?
—Veintiséis, Martin y tú incluidos. Seis equipos de cuatro, cada uno asignado a un agente, a un Cuidador, como nos llama Alban. Entrenarás con el resto de mi equipo, y, con el tiempo, te enviarán a realizar operaciones tácticas.
—¿Y la Liga los sacó a todos de los campamentos? —le pregunté.
Tuvo que usar de nuevo su identificación en la siguiente puerta.
—Tal vez a cuatro, como máximo, en los cinco años de existencia de la Liga. Ya verás, estos niños vienen de todas partes del país. A algunos, como Vida y Jude, los verás enseguida, los trajeron cuando empezaron las Recolecciones. Algunos tuvieron la suerte de que los vieran durante el transporte hacia los campamentos o cuando las FEP vinieron a recogerlos. También tenemos algunos bichos raros, como Nico, otro miembro de mi equipo. Él... tiene una historia interesante.
No podría decir si se suponía que eso era el cebo.
—¿Interesante?
—Recuerdas lo que te dije sobre Leda Corporation, ¿verdad? Acerca de cómo el Gobierno les dio la beca de investigación para estudiar el origen del ENIAA. Nico era... —Se aclaró la garganta dos veces—. Él era uno de sus sujetos. Vino hace un par de semanas, así que los dos podréis aprender juntos. Solo te aviso de que todavía está un poco delicado.
De inmediato, pude ver que el pasillo no había sido un indicador preciso de lo que era el resto de la estructura del edificio. Era como si hubieran terminado la entrada y o bien se quedaron sin fondos o habían decidido que no tenía sentido seguir adelante. El aspecto general del lugar era lo que se espera al caminar a través de una obra de construcción a medio terminar. Las paredes estaban desnudas, se veían los bloques de cemento gris, unidos mediante soportes metálicos. El suelo era cemento pintado. Todo era de cemento, por todas partes, todo el tiempo. Tal como me recibía aquel lugar, bien podría estar de vuelta en Thurmond.
Los techos por encima de nuestras cabezas estaban llenos de tubos y de cables eléctricos envueltos en papel brillante. Y, aunque el cuartel no era tan oscuro como el Tubo, no tenía ningún tipo de luz natural, y las luces fluorescentes que parpadeaban lo sumían todo en un anémico resplandor enfermizo.
Lo más interesante del cuartel era su forma, la puerta de entrada se abría directamente a una gran sala central circular encerrada entre paredes curvadas de cristal. El pasillo discurría en forma de anillo alrededor de esa sala, aunque podía ver al menos cuatro pasillos diferentes que se bifurcaban hacia fuera en línea recta.
—¿Qué es él?
Yo seguía mirando hacia la derecha mientras caminábamos, a las figuras que pululaban de un lado a otro por la gran sala. Dentro había un puñado de televisores montados en la pared, por debajo de ellos había lo que parecían mesas de cafetería redondas y una buena variedad de agentes de la Liga jugando a las cartas, comiendo o leyendo.
El pasillo curvado no era estrecho, pero tampoco era enorme. Cada vez que más de una persona trataba de pasar a nuestro lado en dirección opuesta, uno de nosotros tenía que apartarse para dejarle espacio a la otra persona.
Las dos primeras agentes que nos encontramos, mujeres jóvenes vestidas con uniforme militar, confirmaron otra sospecha: mi historia me había derrotado aquí. Todo eran sonrisas amistosas cuando sus ojos se encontraron con Cate, pero, cuando se volvieron hacia mí, las mujeres se apresuraron a rodearnos y continuaron a buen ritmo.
—¿Qué es él? —repetí. Al ver la nube de confusión en los ojos de color azul claro de Cate, le aclaré—: ¿De qué color?
—Oh. Nico es un Verde, es increíble con la tecnología. Parece que lo procese todo como un programa. Vida es una Azul. Jude es un Amarillo. Es el único equipo que tiene mezcla de poderes. Los otros son estrictamente de un solo color cada uno, y sirven para diferentes funciones de apoyo en operaciones.
Las luces del techo convertían su pelo rubio en blanco nacarado.
—Ahora tú eres la única Naranja de aquí.
Genial. Éramos la maldita Conexión Arcoíris. Todo lo que necesitábamos era un Rojo para completar la baraja.
—¿Así que te cuelgan todas las sobras cuando los otros equipos ya están llenos?
Cate sonrió.
—No. Elijo los miembros de mi equipo cuidadosamente.
Por fin salimos del anillo exterior, agachándonos por uno de los pasillos rectos. Ella no dijo nada, ni siquiera a los grupos de agentes que se apartaban a nuestro paso. Sus ojos nos siguieron todo el camino hasta una puerta marcada con el nombre de Cate, y cada vez más sentía como si me clavaran uñas puntiagudas en la columna vertebral.
—¿Lista? —preguntó. Como si tuviera elección.
Hay algo muy íntimo en el hecho de ver el dormitorio de alguien, y en ese momento —incluso ahora— me sentí incómoda al ver las pequeñas chucherías que tenía de allí de contrabando. La habitación era pequeña pero habitable, compacta pero, sorprendentemente, no claustrofóbica. En un rincón estaba el catre, y detrás Cate había clavado una sucia colcha de retales. El estampado de margaritas rojas y amarillas brillantes disimulaba hasta la peor de las manchas de la tela. Había un ordenador en la mesa plegable que servía de escritorio, un bolso, una lámpara y dos libros.
Y por todas partes había imágenes.
Siluetas de personas pintadas con los dedos. Retratos a lápiz de rostros que no reconocía. Paisajes al carboncillo que parecían tan inhóspitos como la vida bajo tierra. Fotografías de rostros cálidos y montañas nevadas estaban colgadas en filas ordenadas, demasiado lejos para que pudiera ver sus hermosos detalles brillantes. Por no hablar de los tres cuerpos en el camino.
Un chico delgado como un palo se paseaba como podía por el escaso metro de espacio que había entre la mesa y la cama, pero se detuvo de golpe en cuanto entramos, balanceando su cabeza llena de rizos de color marrón rojizo hacia nosotros. Su rostro sonreía mientras se arrojó hacia Cate y le rodeó los hombros con sus brazos delgados como lápices.
—¡Estoy tan contento de que estés de vuelta! —dijo aliviado, con la voz quebrada.
—Yo también —dijo—. Jude, esta es Ruby.
Jude era todo piel y huesos, y parecía que había crecido algo así como cinco centímetros en cinco días. No era un chico feo, ni mucho menos, sino que era simplemente evidente que aún no había terminado de crecer. Ya habría tiempo de que su rostro estuviera en proporción con su nariz larga y recta, pero aquellos grandes ojos marrones eran como algo salido de unos dibujos animados.
Por su mirada, tendría unos trece años, tal vez catorce, pero se movía como si todavía estuviera desconcertado porque no sabía cómo debía controlar sus largas extremidades, como si acabara de dar su primer estirón.
—Encantado de conocerte —dijo—. ¿Acabas de volver? ¿Has estado en Virginia todo este tiempo? Cate dijo que os separaron y que estaba muy preocupada por algo que...
El chico no terminaba una palabra antes de comenzar la siguiente. Parpadeé, tratando de zafarme de su abrazo.
—Judith, parece que tu novia ya ha recibido bastantes achuchones —dijo alguien en voz baja en algún lugar más allá de su hombro—. Afloja.
Jude me soltó de inmediato con una risita nerviosa.
—Lo siento, lo siento. Pero es un placer conocerte. Cate nos ha hablado mucho de ti... ¿Estuviste en el mismo campo que Martin?
Detecté una punzada extraña en su voz al pronunciar el nombre del otro Naranja. Su tono subió y chasqueó la lengua al pronunciar la palabra.
Asentí con la cabeza; entonces él sabía lo que era yo. Y aun así me había tocado. Qué chico tan valiente, y estúpido.
—Esa de la cama de ahí es Vida —dijo Cate empujándome hacia la otra chica.
Debí de dar un paso hacia atrás; la fuerza de su mirada me hizo sentir como si me hubieran empujado hasta el otro rincón. No sé cómo no la había visto allí sentada en la cama, con los brazos y las piernas cruzados con total y completa indiferencia. Pero, ahora que la veía, sentí que me encogía un poco.
Era absolutamente encantadora, una mezcla perfecta de etnias, su piel era de un color marrón brillante que me recordó a una cálida tarde de otoño, los ojos almendrados y el pelo teñido de un azul eléctrico. Era el tipo de rostro que se esperaría ver en una revista: pómulos altos y audaces y labios carnosos que siempre parecían mostrar una leve sonrisa.
—Hola. Muy amable de tu parte que por fin hayas arrastrado tu culo hasta aquí. —Su voz era fuerte, intensa, y cada palabra parecía puntuada por un latigazo.
Cuando se levantó para abrazar a Cate, me sentí una enana tan liviana como el aire.
En lugar de reclamar su asiento, se quedó de pie, y luego avanzó hacia Cate para que ella se interpusiera entre nosotras. Yo conocía esa actitud. ¿Cuántas veces había hecho lo mismo frente a Zu o Chubs o Liam? ¿Cuántas veces lo habían hecho conmigo? De espaldas a la mujer, Vida me estudió detenidamente.
—Pobrecita. Si haces lo que te diga, todo te irá bien.
«Es así, ¿no?», pensé con un escalofrío ante el tono de su voz.
Cuando se volvió para mirar a Cate, era todo dulzura de nuevo. Su piel oscura tenía un especial brillo de felicidad.
—El del rincón es Nico —dijo Vida haciéndose cargo de las presentaciones—. Amigo, ¿puedes desconectar durante dos segundos?
Nico estaba sentado en el suelo, con la espalda contra el pequeño aparador de Cate. De algún modo, me pareció pequeño, y de inmediato entendí lo que Cate quiso decir cuando usó la palabra «delicado». No era su estatura o su constitución, que eran pequeñas, sino las líneas de tensión de su rostro. Un mechón de pelo negro azabache se había escapado de las garras de su peinado con gomina cuando dijo:
—Hola. Encantado de conocerte.
Y entonces bajó los ojos hasta el pequeño aparato negro que tenía en las manos, y sus dedos empezaron a volar sobre las teclas. El dispositivo lanzaba contra su piel bronceada un resplandor blanco poco natural, destacando incluso sus ojos casi negros.
—Entonces ¿cuál es tu historia? —preguntó Vida.
Me tensé, crucé los brazos en una imitación de su postura. Y supe, sin ninguna duda, que si esto iba a funcionar, que si yo iba a vivir con estos niños y verlos a diario y a entrenar con ellos, entonces tenía que mantener una distancia prudencial. Durante las últimas semanas lo único que había aprendido era que cuanto más conoces a alguien, más tienes que cuidar de él o de ella. Los límites entre las dos personas se vuelven borrosos, y, cuando llega la separación, para uno es insoportable desentenderse de esa vida.
Incluso si hubiera querido explicarles lo de Thurmond, no había manera de traducir en palabras ese tipo de dolor. No hay manera de hacer que nadie lo comprenda, no cuando solo la idea del Jardín, de la Fábrica, de la Enfermería era suficiente para que la ira me ahogara. La quemadura en mi pecho se había mantenido allí durante días, como la lejía de la colada que nos dejaba ampollas en las manos.
Me encogí de hombros.
—¿Qué pasa con Martin? —preguntó Jude retorciendo los dedos unos contra otros hasta enrojecerse las manos—. ¿Seremos cinco en el equipo?
Cate no cambió de expresión.
—Martin se trasladó a Kansas. Trabajará allí con los agentes.
Vida se volvió hacia ella de nuevo.
—¿En serio?
—Sí —dijo Cate—. Ruby ocupará su lugar como líder del equipo.
Se había acabado tan rápido. Fueran cuales fueran los falsos cumplidos que Vida había logrado reunir para Cate, se esfumaron con una sola respiración, fuerte y profunda, y en ese segundo vi el destello de la traición. La vi tragarse físicamente las palabras y asentir.
—Espera, ¿qué? —dije casi atragantándome.
Yo no quiero esto. Yo no quiero nada de esto.
—¡Genial! ¡Felicidades! —exclamó Jude dándome un puñetazo amistoso en el hombro que me despertó de mi aturdimiento.
—Sé que haréis que Ruby se sienta bienvenida y le enseñaréis cómo va esto —dijo Cate.
—Sí —dijo Vida entre dientes—. Por supuesto. Todo lo que quiera.
—Cenaremos juntos —informó Jude con una voz brillante. Total y felizmente ignorante de la forma en que Vida abría y cerraba los puños a los costados—. ¡Es noche de pasta!
—Tengo que presentarme a Alban, pero vosotros cuatro deberíais ir a cenar juntos, así de paso podréis enseñarle a Ruby dónde están las literas para que pueda instalarse —dijo Cate.
Tan pronto como salió y cerró la puerta sentí que alguien me agarraba por la cola de caballo, me la enrollaba en el cuello y me empujaba contra la pared. Estrellas negras explotaron en mis ojos.
—¡Vida! —jadeó Jude.
El golpe fue lo suficientemente fuerte como para que incluso Nico levantara la vista.
—Si crees por un maldito segundo que no sé lo que ha pasado, te equivocas —me susurró Vida entre dientes.
—Sal de mi cara —le espeté.
—Sé que esa historia de que Cate te perdió es una mierda. Sé que echaste a correr —dijo—. Te haré pedazos antes de que vuelvas a hacerle daño.
—No sabes nada de mí —respondí alimentándome de su ira de una manera que no esperaba.
—Sé todo lo que necesito —escupió Vida—. Sé qué eres. Todos lo sabemos.
—¡Ya está bien! —gritó Jude cogiéndome del brazo y tirando de mí hacia atrás—. Vamos a ir a cenar, Vi. Vengas o no vengas.
—Pues que tengáis una bonita cena de mierda —dijo con su tono de voz más dulce, pero la furia que irradiaba de Vida cortaba el aire entre nosotros y se cerró alrededor de mi cuello como un puño. Como una promesa.
No estoy segura de por qué el círculo de mesas vacías a nuestro alrededor me molestó tanto como lo hizo. Tal vez fue por la misma razón que Jude sintió que tenía que hablar durante toda la comida para compensar su silencio.
Acabábamos de sentarnos a una de las mesas circulares más pequeñas cuando unos cuantos agentes y otros chicos se levantaron de la suya. Unos se llevaron sus bandejas y salieron de la sala, otros se apretujaron en otra de las mesas ya completas que había un poco más allá. Traté de decirme a mí misma que no era por mi culpa, pero algunos pensamientos viven en tu mente como una enfermedad crónica. Crees que finalmente los has aplastado, solo para darte cuenta de que se han transformado en algo nuevo, más oscuro. «Por supuesto que se habían levantado y marchado —me susurró al oído una voz familiar—. ¿Por qué querrían estar cerca de algo como tú?».
—...es donde comemos y pasamos el rato cuando estamos inactivos. Después de que limpien el desorden todo lo que puedes hacer es jugar a las cartas, o al ping-pong, o simplemente ver la televisión —dijo Jude con la boca llena de lechuga—. A veces un agente nos trae alguna película nueva, pero casi siempre estoy en la planta baja, en el laboratorio de los ordenadores.
Sentía una extraña especie de vértigo en aquella sala de forma circular, y la sensación se intensificaba por los diez televisores conectados en todo momento y a la altura de los ojos. Cada uno sintonizado en el único canal de noticias nacionales superviviente (eso solo cambiaría si estuvieras dispuesto a meter la mano en el bolsillo del presidente, porque allí dentro encontrarías algo de dinero) o proporcionando una fascinante visión de la estática en silencio. Yo no tenía estómago para los horrores que los presentadores mostraban a diario. Era un juego mucho más interesante ver a qué mesa separada se sentaba cada nueva tongada. Los chicos, después de haber recogido sus alimentos de las mesas del bufet, se reunían con los demás. Los más robustos, que probablemente eran exmilitares, se sentaban con aquellos que tenían su mismo aspecto, y solo había unas cuantas agentes diseminadas por allí para darle un poco de variedad al ambiente.
Estaba tan concentrada en contar las mujeres que no me di cuenta de que entraba Cate, hasta que se detuvo detrás de Jude.
—A Alban le gustaría verte —dijo mientras cogía mi bandeja.
—¿Qué? ¿Por qué?
Jude debió de confundir mi mirada de sublevación por miedo, porque se acercó y me dio unas palmaditas en el hombro.
—¡Oh, no, no te pongas nerviosa! Es muy majo. Estoy seguro de que... Estoy seguro de que lo único que quiere es conversar, como es tu primer día aquí. Seguro que es solo eso. Una especie de saludo.
—Sí —dije entre dientes haciendo caso omiso de la nota de celos que detecté en su tono de voz. Al parecer, ser convocado por Alban no era algo habitual—. Por supuesto.
Cate me llevó fuera del atrio, me dejó allí en el pasillo, y metió mi bandeja en una cesta junto a la puerta. En lugar de ir a la derecha o a la izquierda, me guio hacia una puerta en la pared de enfrente que no había visto antes, medio arrastrándome por las escaleras que había al otro lado. Pasamos el segundo nivel, serpenteando hacia abajo y alrededor del tercero. A partir de la segunda planta me sentí más a gusto. Se estaba más caliente, más seca, sin la humedad que se aferraba a las paredes de los pisos superiores. Ni siquiera me molestó el olor a plástico caliente, cuando pasamos junto a la gran sala de ordenadores instalada en el atrio de ese nivel.
—Siento todo esto —dijo Cate—. Sé que debes de estar agotada, pero él tiene muchas ganas de conocerte.
Junté las manos a la espalda para esconder los temblores. Durante el vuelo Cate había tratado de esbozar un retrato de Alban que lo mostraba como un hombre noble y amable, muy inteligente, un patriota americano de buena fe. Cosa que evidentemente no concordaba con todo lo que había oído hablar de él: que era un terrorista que había coordinado más de doscientos ataques contra el presidente Gray por todo el país y que había matado a un buen número de civiles en el proceso. Las evidencias estaban por todas partes: los agentes habían clavado en las paredes docenas de artículos periodísticos y capturas de pantalla de los informativos de la televisión, como si la muerte y la destrucción fueran algo que celebrar.
Esto era lo que yo sabía de John Alban por experiencia propia: había formado una organización llamada la Liga de los Niños, pero solo estaba dispuesto a sacar de los campamentos a los niños que tuvieran poderes. A los útiles. Y que, si el tipo era rencoroso, existía la posibilidad de que yo fuera castigada por hacer que el plan resultara lo más difícil posible.
Caminamos hasta el otro lado del círculo. Cate puso su tarjeta de identificación en el panel negro, a la espera del pitido. Una parte de mí ya sabía que lo que esperaba no era una luz verde intermitente.
Cuando avanzamos por las escaleras de cemento ya no quedaba rastro del calor que habíamos dejado atrás. La puerta se cerró automáticamente detrás de nosotras, sellando el espacio con un ruido de succión. Me volví, sorprendida, pero Cate me dio un codazo suave y seguimos adelante.
Había otro pasillo, pero diferente a los que había visto en el primer nivel. Las luces de aquí no eran tan fuertes y parecían estar sometidas a una especie de parpadeo continuo. Una mirada fue todo lo que necesité para que el corazón se me subiera a la garganta. Era Thurmond, era un trozo de lo que había sido para mí. Puertas metálicas oxidadas, paredes de sólidos bloques de hormigón solo interrumpidas por pequeñas ventanas de observación. Pero esta era una prisión con doce puertas en lugar de docenas de ellas, con doce personas en lugar de miles. Los olores rancios disimulados con un toque de lejía, las paredes y los suelos desnudos... La única diferencia era que las FEP nos habrían castigado si hubiéramos intentado golpear contra las puertas de la forma en que los presos lo hacían aquí y ahora. Voces apagadas suplicaban que los dejaran salir, y me pregunté, por primera vez, si alguno de los soldados se sentiría como me había sentido yo, enferma, como si la piel y la carne me apretaran el cráneo. Y lo supe exactamente cuando pegaron sus rostros a las ventanillas, con los ojos inyectados en sangre, siguiéndonos hasta el final del pasillo.
Cate presionó su tarjeta de identificación contra el panel negro de la última puerta a la izquierda, inclinando la cara hacia abajo entre las sombras. La puerta se abrió, ella la empujó hacia dentro y luego señaló la mesa vacía y un conjunto de sillas. La bombilla que colgaba del techo se balanceaba. Me separé de ella y clavé los talones en las baldosas.
—¿Qué demonios es esto? —le exigí.
—No pasa nada —contestó ella, con un tono de voz bajo y tranquilizador—. Usamos esta ala para los activos o los agentes deshonestos que traemos aquí para hacerles preguntas.
—¿Quieres decir para interrogarlos? —le dije.
«No —pensé, la idea floreció como puntos negros en mi campo de visión—. Martin era quien los interrogaba. Y ahora voy a ser yo quien los interrogue».
—Yo no... —empecé a decir.
«No confío en mí misma. No quiero hacer esto. No quiero nada de esto», pensé.
—Estaré aquí con vosotros todo el tiempo —dijo Cate—. No te pasará nada. Alban solo quiere ver qué nivel de poderes tienes, y esta es una de las pocas maneras que podemos usar para saberlo.
Casi me reí. Alban quería asegurarse de que había hecho un buen negocio.
Cate cerró la puerta y me llevó hasta una silla frente a la mesa de metal. Oí pasos e hice ademán de levantarme, pero me indicó que volviera a sentarme.
—Solo serán un par de minutos, Ruby, te lo prometo.
«¿Por qué estás tan sorprendida?», me pregunté. Yo sabía lo que era la Liga, sabía de qué iban. Cate me dijo una vez que había sido fundada para exponer la verdad acerca de los niños en los campamentos; era divertido, entonces, lo lejos que había llegado el mensaje. Había estado aquí menos de medio día, y ya me había dado cuenta de que en cinco años todo lo que habían logrado hacer era convertir a unos cuantos niños en soldados, capturar e interrogar a personas, y derribar algunos edificios clave.
Por el tamaño y la forma de la ventanilla de la puerta, no pude ver mucho más que el rostro oscuro de Alban cuando apareció flanqueado por media docena de hombres. Su voz se filtró a través de un intercomunicador crepitante.
—¿Estamos listos para proceder?
Cate asintió y dio un paso atrás, murmurando:
—Haz lo que se te pida, Ruby.
«Eso es lo que he hecho siempre».
La puerta se abrió y aparecieron tres figuras. Dos agentes masculinos, vestidos muy dignos con sus uniformes verdes, y una mujer bajita entre ellos, a la que llevaban a rastras y que ataron con bridas de plástico a la otra silla. Una especie de capucha de arpillera le tapaba la cabeza, y, a juzgar por los gruñidos y gemidos de protesta, le habían amordazado la boca.
Una punzada de terror me recorrió lentamente la columna vertebral en zigzag hasta la base del cuello.
—Hola, querida. —La voz de Alban se filtró de nuevo a través de la ventanilla—. Espero que estés bien esta noche.
John Alban había sido consejero en el gabinete del presidente Gray hasta su que su propia hija, Alyssa, había muerto de ENIAA. Cate me explicó que no pudo soportar el sentimiento de culpa, y, cuando trató de comunicar la verdad a los principales periódicos, y no la versión edulcorada de los campamentos, nadie estuvo dispuesto a creerse la historia. No cuando el presidente Gray ejercía un férreo control sobre ellos. Ese fue el legado de los atentados de Washington, D. C.: no se escuchaba a los hombres buenos, y los malos se aprovechaban de todas las ventajas.
Su piel oscura y erosionada por el tiempo lo situaban en la edad madura, y las gruesas bolsas debajo de sus grandes ojos hacían que el rostro pareciera hundido.
—Es un placer tenerte aquí, por supuesto. A mis consejeros y a mí nos encantaría ver el alcance de tus poderes y cómo pueden beneficiar a nuestra organización. —Asentí, con la lengua haciendo fuerza contra el paladar—. Creemos que esta mujer ha estado pasando información a los hombres de Gray, saboteando en su beneficio las operaciones para las que fue enviada. Me gustaría que explorases sus recuerdos recientes y me dijeras si eso es cierto.
Él pensaba que era así de fácil, ¿verdad? Un vistazo al interior, y ahí tienes las respuestas. Cuadré los hombros y lo miré a través del cristal. Quería que él supiera que yo era muy consciente del hecho de que él estaba detrás de la puerta no para protegerse de aquella mujer, sino de mí.
Todo lo que tenía que hacer era ganarme su confianza, obtener un poco de libertad. Y, cuando llegara el momento, se arrepentiría por haberme obligado a practicar mis poderes sobre nadie, y se despertaría una mañana y descubriría que me había ido, borrando todo rastro de mí en este agujero en el suelo. Este sería mi juego. Una vez confirmara que los demás estaban a salvo, me largaría. Rompería el trato.
—Tendrás que darme una operación específica que buscar —le dije, preguntándome si aún podía oírme—. De lo contrario podríamos estar aquí toda la noche.
—Entiendo. —Su voz crepitó al otro lado—. No hace falta decir que lo que oigas y veas en esta sala es una información privilegiada a la que tus compañeros nunca tendrán acceso. Porque, si algo de este asunto se comparte, habrá... repercusiones.
Asentí con la cabeza.
—Excelente. Hace poco esta agente se encontró con un contacto para recibir un paquete de información.
—¿Dónde?
—En las afueras de San Francisco. Y eso es todo lo preciso que puedo ser.
—¿El contacto tiene un nombre?
Hubo una larga pausa. No necesité levantar la vista de la cabeza encapuchada de la mujer para saber que los consejeros estaban consultando entre sí. Finalmente, su voz se filtró de nuevo.
—Ambrose.
Los dos soldados que habían traído a la mujer salieron de la habitación. Ella oyó la cerradura de la puerta, pero no fue hasta que me acerqué y le toqué la muñeca cuando reaccionó y trató de librarse de mí.
—Ambrose —le dije—. San Francisco. Ambrose. San Francisco...
Repetí esas palabras, una y otra vez, mientras me hundía en su mente. La presión que había estado acumulando de manera constante desde el momento de abordar el avión en Maryland se liberó con un suave suspiro. Sentí que me adentraba más en ella, y un torrente de pensamientos fluyó en su mente. Eran deslumbrantes, tenían un fulgor dolorosamente intenso, como si cada recuerdo se hubiera sumergido en pura luz del sol.
—Ambrose, San Francisco, Inteligencia, Ambrose, San Francisco...
Era un truco que me había enseñado Clancy: a menudo la simple repetición de una palabra o una frase o un nombre específico a alguien era suficiente para dibujarlo directamente en el pensamiento de esa persona.
La mujer se relajó bajo mis dedos. Ya era mía.
—Ambrose —repetí en voz baja.
Era alrededor del mediodía; yo era el agente y ella era yo, y lanzamos una rápida mirada hacia el sol directamente sobre nosotros. La escena brilló mientras discurría a través de un parque desierto, unas zapatillas de tenis negras se deslizaban a través de la maleza. Había una construcción un poco más adelante, un baño público.
No me sorprendió, entonces, que un arma de fuego apareciera de repente en mi mano derecha. Cuanto más me adentraba en el recuerdo, más sentidos me despertaban las imágenes: un olor aquí, un sonido allí, un roce. Había notado el frío metal metido en la cintura de mis pantalones desde el momento en que entré en el recuerdo.
El hombre que esperaba en la parte trasera del edificio ni siquiera tuvo tiempo de volverse antes de acabar en el suelo, con un agujero del tamaño de una moneda de un dólar en la parte posterior del cráneo. Retrocedí, dejando caer la muñeca de la mujer. La última visión que tuve antes de que se cortara la conexión era una carpeta azul y su contenido esparcido al viento, revoloteando a la deriva hacia un estanque cercano.
Abrí los ojos, y la luz de la bombilla que colgaba del techo iluminó la parte posterior de mis ojos dolorosamente. Por lo menos no era una migraña; y, aunque el dolor disminuiría poco después, la desorientación seguía siendo horrible. Tardé dos segundos en recordar dónde estaba, y otros dos para encontrar mi voz.
—Ella conoció a un hombre en un parque, detrás de los baños públicos. Ella le disparó en la parte posterior de la cabeza después de acercarse por detrás. Los informes de Inteligencia que llevaba estaban en una carpeta azul.
—¿Viste lo que le pasó a la carpeta? —preguntó Alban con un tono de voz teñido de emoción.
—Está en el fondo de la laguna —le dije—. ¿Por qué le disparó? Si él era su contacto...
—Ya es suficiente, Ruby —me interrumpió Cate—. Que pasen, por favor.
La mujer estaba débil, aún medio aturdida por mi influencia sobre ella. No se resistió cuando la liberaron de sus ataduras, la agarraron y la levantaron de la silla. Pero me pareció oír que lloraba.
—¿Qué va a pasar con ella? —presioné volviéndome hacia Cate.
—Ya es suficiente —repitió. Me estremecí ante su tono—. ¿Podríamos tener su permiso para excusarnos? ¿Está satisfecho con sus resultados?
Esta vez Alban nos recibió en la puerta, aunque no dio un paso para acortar el espacio entre nosotros. Ni siquiera me miró a los ojos.
—Oh, sí —dijo en voz baja—. Estamos más que satisfechos. Esto que puedes hacer es algo realmente especial, querida, y no tienes ni idea de la diferencia que puede significar para nosotros.
Pero la tenía.
Liam no me había explicado demasiado sobre el tiempo que había pasado en la Liga, solo que había sido breve y brutal, y tan perjudicial que había aprovechado para escaparse a la primera oportunidad que se le había presentado. Pero, sin que ninguno de nosotros se diera cuenta, me había preparado para la nueva realidad de mi vida. Advirtiéndome una, dos, tres veces de que la Liga controlaría cada movimiento que hiciera, que esperarían de mí que tomara la vida de otra persona, solo porque eso se adaptaba a sus necesidades y era lo que querían. Me había hablado de su hermano, Cole, y en lo que se había convertido bajo la persuasión de las manos ejecutoras de la Liga.
Cole. Yo sabía por los chismes que se contaban en la Liga que era un agente encubierto de eficacia aterradora. Sabía por Liam que había prosperado en el pulso por el poder que te brinda disparar un arma de fuego.
Pero lo que nadie, ni siquiera Liam, había pensado decirme era lo mucho que se parecían.