1

Las sombras se alargaban cada vez más cuanto más me alejaba del centro de la ciudad. Anduve hacia al oeste, en la dirección del sol poniente, que encendía los restos del día. Eso era lo que menos me gustaba del invierno, que la noche parecía llegar cada vez más pronto. El cielo manchado de esmog de Los Ángeles estaba teñido por oscuras pinceladas violeta y ceniza.

En circunstancias normales, habría agradecido la protección extra mientras recorría la sencilla cuadrícula de calles, de regreso a nuestra base. Pero con los escombros producto del ataque, la instalación de estaciones militares y centros de detención, más la congestión de coches inútiles, hechos polvo por el pulso electromagnético y ahora abandonados, el rostro de la ciudad había cambiado de forma tan drástica que el solo hecho de adentrarse un kilómetro a través de aquella devastación bastaba para perderse totalmente. Sin el habitual resplandor neblinoso causado por la contaminación lumínica de la ciudad, si uno de nosotros salía a explorar por la noche debía guiarse por las luces distantes de las caravanas militares.

Eché un rápido vistazo a mi alrededor y me palpé los bolsillos de la chaqueta para asegurarme de que la linterna y la pistola reglamentaria estaban ahí; ambas eran gentileza de una tal soldado Morales y solo debía usarlas en caso de emergencia absoluta. No iba a dejar que nadie me descubriera, que me vieran corriendo en la oscuridad. Debía regresar a la base.

Una hora antes, la soldado Morales había tenido la desgracia de cruzarse en mi camino al salir sola de su coche patrulla. Yo estaba ahí desde el amanecer, situada detrás de un coche volcado, observando el paso elevado de la autovía, que brillaba con una luz trémula, como una corriente eléctrica, en un flujo constante de luz artificial. Cada hora había contado las minúsculas siluetas uniformadas que se movían en el tramo del camino cercano a mí, entrando y saliendo de los camiones, y los Humvees,* alineados parachoques contra parachoques, como otra barrera más. Tenía los músculos acalambrados, pero contuve el impulso de irme a otra parte a esperar a que se me pasara.

La espera había valido mucho la pena. Una soldado había sido suficiente para proporcionarme no solo todas las herramientas que yo necesitaba para volver a la base de forma segura, sino también el conocimiento de cómo podría finalmente, ¡finalmente!, largarme de esa maldita ciudad.

Miré atrás y adelante dos veces antes de trepar por el montón de ladrillos derrumbados de lo que en otros tiempos había sido el frontispicio de la oficina de un banco, y dejé escapar un sonido de dolor contenido cuando algo dentado me rasguñó un lado de la mano. Irritada, aparté de un puntapié el objeto —una C de metal que había caído del nombre de una tienda— y de inmediato me arrepentí. El ruido estrepitoso y chirriante fue rebotando en los edificios cercanos y a punto estuvo de amortiguar el débil sonido de las voces y los pasos arrastrados.

Me lancé hacia el interior de lo que quedaba del edificio y me agazapé detrás de la primera pared estable que encontré.

—¡Despejado! —oí decir.

—Despejado... —oí responder.

Al girarme, observé el progreso de los soldados que avanzaban por el otro lado de la calle. Conté los cascos —doce— que se dispersaban para investigar las diferentes entradas, todas con los cristales rotos de tiendas y edificios de oficinas. ¿Un refugio? Miré a mi alrededor y, rápidamente, evalué el mobiliario caído y chamuscado mientras me desplazaba hacia uno de los escritorios de madera oscura y me deslizaba debajo. En el exterior, el ruido del roce de los escombros sueltos contra la acera ocultaba mi respiración irregular.

Permanecí donde estaba. Me escocía la nariz por el olor del humo, la ceniza y la gasolina. Seguí con atención las voces hasta que desaparecieron. La ansiedad aún me atenazaba el estómago cuando salí de debajo del escritorio y recorrí la distancia hasta la entrada. Todavía veía a la patrulla que zigzagueaba entre los escombros, a medio camino de la avenida, pero ya no podía esperar ni siquiera unos pocos minutos más.

Al hurgar en los recuerdos de la mujer soldado y reunir los retazos de la información que necesitaba, sentí como si por fin me hubieran quitado un bloque de cemento de encima. La soldado me mostró los huecos en las defensas de la autovía con tanta claridad como si me hubiera entregado un mapa señalado con gruesos trazos negros. Después, yo solo había tenido que borrar mi recuerdo de su memoria.

Sabía que los agentes de la antigua Liga de los Niños se enfadarían al saber que esto había salido bien. Nada de lo que ellos habían intentado había funcionado y, mientras tanto, el botín de sus exploraciones en busca de comida había ido mermando. Cole los había presionado cada vez más para que me dejaran intentarlo, pero los demás agentes solo aceptaron con la condición de que lo hiciera sola para evitar todo «riesgo» añadido de captura. Ya habíamos perdido a dos agentes que se habían descuidado al salir de la ciudad.

Yo no era descuidada, pero estaba comenzando a desesperar. Era hora de marcharnos o los militares nos harían salir de nuestro escondite mediante el hambre.

El Ejército de Estados Unidos y la Guardia Nacional habían construido una barrera que prácticamente rodeaba todo el centro de Los Ángeles, sirviéndose del sistema de autovías. Los serpenteantes monstruos de cemento formaban un estrecho círculo que encerraba la zona interior de la ciudad, ahogándonos y aislándonos del mundo exterior. La autovía 101 iba hacia el noreste, la interestatal 10 hacia el sur y la 110 hacia el oeste. Podía haber una posibilidad de escapar si partíamos de inmediato, pero... estaba esa palabra que Chubs siempre utilizaba: «traumatizados». Decía que era asombroso que siquiera uno solo de nosotros pudiera moverse.

Yo debería haberlo hecho. Debería haber hecho que partiéramos, en lugar de haberme derrumbado. Debería... si no hubiera estado pensando en su rostro atrapado en la oscuridad. Me llevé las manos a los ojos, conteniendo la náusea y el dolor punzante que me acuchillaba la nuca. «Piensa en otra cosa. Cualquier cosa». Estos dolores de cabeza eran insoportables, mucho peores que los que solía tener después de intentar controlar mis poderes.

No podía detenerme. Me sobrepuse a la sensación de vacío que notaba en las piernas y las obligué a avanzar a un trote estable. Sentía el dolor del agotamiento en el fondo de la garganta y la pesadez de los párpados, pero la adrenalina me mantenía en movimiento, aun cuando algunas partes de mi cuerpo parecían estar a punto de dejar de funcionar. No podía recordar la última vez que había dormido lo bastante profundamente como para escapar de la vigilia de pesadilla que nos rodeaba.

Las carreteras tenían el asfalto levantado formando ampollas, y estaban cubiertas por montones de cemento que el ejército aún no había despejado. Aquí y allá, se veían brillantes manchas de color: un zapato de tacón, un bolso, la bicicleta de alguien... Todo abandonado y olvidado. Algunos objetos habían caído desde las ventanas situadas en los alrededores; el calor de las explosiones cercanas los había carbonizado hasta dejarlos negros. El despilfarro de la devastación era repulsivo.

Al cruzar corriendo la siguiente intersección, eché un vistazo a la calle Olive y al resplandeciente espacio de luz de la plaza Pershing, tres calles más allá. Habían transformado el antiguo parque en un centro de detención que habían improvisado mientras aún ardían los escombros de la ciudad. La pobre gente encerrada tras el vallado estaba trabajando en los edificios cercanos cuando el presidente Gray había lanzado su ataque contra la Liga de los Niños y la Coalición Federal, el pequeño grupo de ex políticos que se habían unido para hacerle frente. Supuestamente, Gray había tomado represalias porque uno o los dos partidos habían desempeñado un papel destacado en el más reciente atentado contra su vida. Habíamos vigilado estos centros de detención en busca de Cate, observando cómo aumentaba la cantidad de internos a medida que capturaban más y más civiles y los retenían contra su voluntad.

Pero no a Cate. Si ella y los agentes que habían abandonado el Cuartel General antes del ataque no habían conseguido salir de la ciudad, se escondían con tanto éxito que tampoco nosotros podríamos encontrarlos, ni siquiera mediante nuestros procedimientos de contacto de emergencia.

Otro pequeño convoy militar: el zumbido de las radios y el crujido de los neumáticos me pusieron sobre aviso cuando aún estaban a dos calles de distancia. Contuve una exclamación de frustración y me oculté detrás de la carrocería de un todoterreno hasta que los soldados pasaron levantando una nube de polvo gris blancuzco. Me puse de pie, me sacudí y eché a correr.

Nosotros —la Liga o lo que fuera que quedara de nosotros— cambiábamos de sitio cada pocos días; nunca permanecíamos mucho tiempo en el mismo edificio. Cuando nos aventurábamos para buscar agua y alimentos, o salíamos a observar los centros de detención, si advertíamos siquiera el menor indicio de que alguien podía habernos seguido, nos mudábamos de lugar. Era inteligente, eso no se podía negar, pero yo estaba comenzando a perder la pista de dónde estábamos en cada momento.

El silencio, mayor ahora que había cruzado hacia la mitad oriental de la ciudad, era mucho más enervante que la sinfonía del fuego de ametralladoras y disparos de armas que había llenado el aire en los alrededores de la plaza Pershing. Empuñaba la linterna con la mano, pero aún no conseguía obligarme a sacarla del bolsillo; ni siquiera después de arañarme el codo con la pared de estuco contra la cual me tropecé. Miré el cielo. Luna nueva. Por supuesto.

Un sentimiento de inquietud —el mismo que, posado sobre mi hombro, me había estado susurrando palabras oscuras al oído durante semanas— se transformó en un puñal ardiente clavado en el pecho, que se hundía lentamente y lo desgarraba todo a su paso. Me aclaré la garganta intentando expulsar el aire ponzoñoso de los pulmones. En la siguiente intersección me obligué a detenerme y me zambullí en el nicho vacío de un viejo cajero automático.

«Tómate un respiro», me ordené a mí misma. «Pero de verdad». Intenté sacudir los brazos y las manos, pero la sensación de opresión persistía. Cerré los ojos y escuché un helicóptero lejano que cortaba el aire, moviéndose a una velocidad de furia. El instinto —el instinto provocador e insistente— me empujaba a efectuar un temprano desvío a la derecha en la calle Bay, me instaba a no seguir por Alameda hasta llegar a la intersección con la calle Siete. Esta era una ruta más directa hacia nuestra base actual en la calle Jesse con la avenida Santa Fe; la forma más rápida de comunicar los detalles a los demás, de elaborar un plan y largarnos por fin.

Pero si alguien me estaba vigilando o siguiendo, conseguiría perderlo en la calle Siete. Mis pies tomaron el mando y me condujeron hacia el este, hacia el río Los Ángeles.

Avancé una manzana y media antes de ver las sombras que se movían por la calle Mateo, hacia la Siete. Detuve abruptamente mi veloz marcha y alargué las manos para aferrarme a un buzón antes de ir a parar al centro de la calle con todo el cuerpo.

Dejé escapar un resuello. Demasiado cerca. Eso era lo que ocurría cuando no me tomaba el tiempo para reducir la velocidad y asegurarme realmente de que la calle estaba despejada. Sentí el eco de mi pulso acelerado en las sienes y me apliqué un masaje. Algo cálido y pegajoso me manchaba la frente, pero ahora, sencillamente, no podía ocuparme de eso.

Mantuve la cabeza y el cuerpo agachados mientras avanzaba intentando ver en qué dirección iban ahora los soldados. Ya estaban demasiado cerca de nuestra base; si retrocedía, podría adelantarlos, llegar al almacén y advertir a los demás para largarnos.

Pero los soldados acababan de... detenerse.

En la esquina avanzaron directamente hacia la fachada derrumbada de una especie de ferretería y entraron en el edificio por las ventanas reventadas. Oí risas y voces; se me detuvo la sangre en las venas.

No eran soldados.

Avancé por la calle hacia la tienda, manteniendo una mano apoyada en la pared del edificio hasta encontrar las ventanas; entonces me agazapé.

—¿... dónde la has encontrado?

—Joder, tío.

Más risas.

—Oh, Dios, jamás pensé que me haría tan feliz ver unas roscas...

Miré por encima del alféizar. Dentro del edificio, tres de nuestros agentes —Ferguson, Gates y Sen— estaban en cuclillas frente a un pequeño banquete. Gates, el antiguo SEAL de la marina, abrió una bolsa de patatas fritas con tal fuerza que casi la rompió por la mitad.

«Tienen comida». No podía quitarme esa idea de la cabeza. «Están comiéndosela aquí». La incredulidad era tan paralizadora que los pensamientos me venían de uno en uno.

«No están llevando la comida a los demás».

¿Era esto lo que sucedía cada vez que salía un grupo?

Los agentes habían insistido tanto en salir ellos mismos a explorar para conseguir víveres que yo había supuesto que el motivo era su temor a que alguno de los chicos fuera capturado y delatara la posición actual del grupo. ¿Pero lo que acababa de ver era la verdadera razón? ¿Ser los primeros en echar mano a lo que pudieran encontrar?

Una furia fría, helada, me convirtió los dedos en garras. Me clavé las uñas rotas en las palmas; la punzada de dolor no hizo más que aumentar las náuseas que me revolvían el estómago.

—Dios, qué bueno —dijo Sen.

Aquella mujer era una bestia: alta, con los músculos hinchados bajo una piel tirante y coriácea. Siempre tenía esa expresión en el rostro, como... como si supiera dónde estaban enterrados todos los cuerpos porque ella misma los había puesto allí. Cuando se dignaba a hablarnos a los más pequeños, solo era para ladrarnos que cerrásemos la boca.

Esperé en el silencio que siguió, mientras mi furia crecía con cada segundo.

—Deberíamos volver —dijo Ferguson, incorporándose.

—Están bien. Incluso si Stewart vuelve antes que nosotros, Reynolds está ahí para asegurarse de que no se ponga a fardar otra vez.

—Me preocupa más la...

—¿La sanguijuela? —ofreció Gates con una carcajada—. Será la última en volver. Si es que lo consigue.

Al oír eso se me arquearon las cejas. «Sanguijuela». Yo. Esa era nueva. Me habían llamado tantas cosas peores que la única parte que consideraba ofensiva era que pensaran que no podía hacer un viaje de ida y vuelta atravesando la ciudad sin que me atraparan.

—Ella vale mucho más que los otros —dijo Ferguson—, solo es cuestión de...

—No es cuestión de nada. No nos obedece y eso la convierte en una carga.

Carga. Me llevé el puño a la boca para contener el acceso de ira. Yo sabía qué hacía la Liga con las «cargas». También sabía qué haría yo misma con cualquier agente que lo intentara.

Sen se inclinó hacia atrás, apoyándose en las manos.

—Igualmente, el plan sigue siendo el mismo.

—Bien. —Gates hizo una bola con el paquete de patatas que acababa de exterminar—. ¿Cuánto de esto les llevaremos? Podría comerme otra rosca...

Un tarro de pretzels y una bolsa de bollos para perritos calientes. Eso era todo lo que les llevarían a los diecisiete chavales y el puñado de agentes que habían quedado atrás para cuidar de ellos mientras los demás salían en busca de alimento e información.

Cuando los agentes comenzaron a ponerse de pie, me pegué al edificio a la espera de que cruzaran la ventana y luego, en la intersección, miraran a uno y otro lado. Todavía tenía los puños apretados cuando me levanté y los seguí dejando más de media manzana de distancia, hasta que por fin el almacén estuvo a la vista.

Antes de cruzar la última calle, Sen levantó un mechero por encima de la cabeza, una única llama que el agente apostado en el tejado podía ver. Se oyó un suave silbido como respuesta: la señal para acercarse.

Corrí, acortando el último trayecto que me distanciaba de ellos antes de que la mujer pudiera comenzar a subir por la escalerilla de incendios detrás de los otros agentes.

—¡Agente Sen! —Mi voz era un molesto susurro.

La mujer se balanceó hacia un lado, con una mano en la escalerilla mientras con la otra extraía el arma que guardaba en una pistolera de su equipo de combate. Me llevó un momento darme cuenta de que, mientras los seguía por las calles, yo había tenido todo el tiempo la mano en el bolsillo de la chaqueta, empuñando la pistola que llevaba allí.

—¿Qué? —me espetó, haciendo señas a Gates y a Ferguson para que continuaran subiendo.

«No te alegra verme, ¿verdad?».

—Debo decirle algo... Es... —dije, con la esperanza de que creyera que el temblor de mi voz era fruto del miedo y no ira a punto de explotar—. En esto no me fío de Cole.

Eso sí que le interesó. Los dientes le relumbraron en la oscuridad.

—¿De qué se trata? —preguntó.

Esta vez fui yo quien sonrió. Y cuando irrumpí en su mente, no me importó si la destruía. Avancé desgarrando recuerdos de literas, de entrenamientos, del Cuartel General y de agentes. Avancé apartando las imágenes a una velocidad mayor que aquella a la cual se solidificaban en mi mente. La sentí sacudir el cuerpo, temblar ante la potencia de mi ataque.

Cuando encontré lo que buscaba lo supe al instante. Ella lo había imaginado de una manera muy vívida y lo había planeado todo con una maliciosa eficiencia que hasta yo había subestimado. Toda la idea tenía un aspecto lustroso muy poco natural, como de cera caliente. Coches que llegaban a la escena, rostros medio ocultos tras mordazas en los que reconocí a los niños que se encontraban arriba, en el almacén. Uniformes militares de color arena. Uniformes negros. Un intercambio.

Volví a la superficie resollando en busca de aire, incapaz de meter suficiente oxígeno en mis pulmones. El buen sentido me alcanzó justo para alterar su memoria e implantar un recuerdo falso que reemplazase los últimos minutos. No esperé a que se recuperara y la aparté de un empujón para subir por la escalerilla.

«Cole». Mi mente disparaba demasiado rápido y la visión se me iba oscureciendo. «Debo decírselo a Cole».

Además, debía alejarme de la agente antes de sucumbir a la tentación, espantosamente real, de meterle una bala allí mismo, en ese mismo instante.

Porque para ella no había sido suficiente quedarse la comida, o amenazarnos con abandonarnos si no guardábamos silencio, si no nos movíamos más rápido o si no seguíamos su ritmo. Quería deshacerse de nosotros de una vez por todas; entregarle nuestras correas al único grupo que, según creía, podría controlarnos.

Y también deseaba el dinero de la recompensa que le reportaríamos para financiar su siguiente golpe.

2

2

Para cuando llegué al segundo nivel del almacén, me ardía el pecho y mi cabeza era una maraña de miedo y pensamientos oscuros. La salida de incendios repiqueteó cuando Sen comenzó a subir detrás de mí y no me alcanzaban las piernas para llegar a la ventana y alejarme de ella lo bastante rápido. Aparté la chaqueta oscura de operaciones que habían colgado para que la débil luz del interior no se viera desde la calle, deslicé las piernas por encima del alféizar y salté dentro.

Desvié frenéticamente la mirada de un charco de temblorosa luz de vela al otro, ignorando los espacios oscuros que había entre ellos. Parecía que todos los chicos estaban apiñados en el rincón más lejano de la habitación, como si Gates y Ferguson los hubieran hecho retroceder hasta allí a cambio de la comida.

«Cole no está —pensé, pasándome los dedos por el cabello—. Maldición». Necesitaba a Cole. Él debía saberlo; teníamos que resolverlo.

—Un poco de agradecimiento serviría de mucho —se burló Gates.

Era como si sus palabras hubieran levantado una gruesa capa de polvo en la silenciosa habitación. De inmediato surgieron voces suaves que daban rápidamente las gracias, antes de que los chavales volvieran a su sitio, con la mirada clavada en el suelo o en otro chaval. En ese momento comprendí lo que no había querido admitir antes. Al final, todos los meses —años en realidad— que habíamos pasado entrenando con los agentes, combatiendo a su lado... Todo desapareció en el instante mismo en que se convencieron de que éramos talones a la espera de ser cobrados.

Encontré las tres caras que buscaba. Vida había regresado de su exploración con la piel broncínea cruzada por un feo corte que Chubs intentaba vendar. Junto a Chubs había una mochila negra. Me mordí el labio, intentando contener el alivio. Dentro de la mochila estaba toda la investigación que yo había salvado del intento de Clancy de incinerarla; todas las páginas de gráficos, diagramas y palabrería médica que su madre había reunido en su búsqueda de una cura para la ENIAA (la enfermedad neurodegenerativa idiopática aguda en adolescentes).

—Abuelita, te lo juro por Dios, si no dejas de murmurar esas malditas lamentaciones... —dijo Vida entre dientes.

—¡Déjame desinfectarlo! —protestó Chubs.

Liam estaba sentado con la espalda contra la pared, las rodillas flexionadas y los brazos sobre ellas. Observaba a Gates con el rabillo del ojo, con la misma expresión dura que tenía desde el ataque. No cogió comida; cuando le llegó el turno se la pasó a Chubs.

«Los agentes también los entregarán a ellos». ¿Qué habría sucedido si yo no hubiera visto a esos agentes esta noche, si no me hubiera detenido a escuchar lo que Sen y los otros decían? Iban a atacarnos por sorpresa, después de cerrar el trato durante los próximos días. Yo no habría tenido tiempo para hacer nada. ¿Por qué había pensado que podía protegerlos a todos? Ni siquiera había podido proteger a uno solo de los chicos, no cuando fue realmente necesario. Jude...

Sen me golpeó en el hombro al entrar en la habitación detrás de mí. Apenas me percaté de ello.

Estaba en un lugar a varios metros del suelo, era consciente de ello, pero no importaba; en este momento me encontraba en un túnel, abriéndome paso ciegamente entre las paredes derrumbadas que amenazaban con aplastarnos. Perseguida por gritos distantes, ojos que no veían y el estruendo del cemento al hacerse añicos; la tierra caía ahogándolo todo a su paso. El rostro que flotaba ante mis ojos cerrados tenía pecas, y sus ojos marrones y grandes como los de un cervatillo veían cómo se les escapaba la vida. Yo vi todas esas cosas y no hubo nada que pudiera detenerlas. Ningún buen recuerdo era lo bastante intenso como para borrar mis imágenes, imaginarias, de cómo había sucedido. Cómo Jude se había ido para siempre en la oscuridad.

Sentí que me desconectaba. Se encendió cada nervio de mi cuerpo y, en mi interior, todo comenzó a acelerarse, a coger velocidad. La presión dentro de mí creció hasta que estuve segura de que me aplastaría, y la idea de que todos a mi alrededor serían testigos de ello lo hacía diez veces peor.

El contacto sobre mi muñeca fue lo bastante suave como para que la primera vez no lo registrara, pero lo suficientemente firme como para hacerme girar hacia la puerta; lo bastante fuerte, incluso, como para mantenerme erguida cuando las rodillas se me doblaron al dar el primer paso.

Fuera de la habitación, que se me hacía cada vez más pequeña, el vestíbulo estaba por lo menos cinco grados más frío, y tan silencioso y oscuro que no sentía bullir en la piel el fuego que corría por mis venas. Avancé solo unos pocos pasos por la sala, los suficientes como para no resultar visible desde la puerta antes de hacerme un ovillo y apoyar la cabeza, con cuidado, en las rodillas. Unas manos conocidas me colocaron la chaqueta sobre los hombros y me separaron con cuidado el cabello del sudor que me empapaba la nuca.

—Estás bien, cariño —dijo la voz de Liam. Algo helado me tocó el cuello, una botella de agua fría, quizá—. Solo respira hondo.

—No..., no puedo —dije entre jadeos cortos.

—Claro que puedes —respondió él, con calma.

—Debo... —Me llevé las manos al cuello en un intento de arrancarme lo que me atenazaba la garganta. Liam me cogió las manos con una de las suyas y las sostuvo contra su pecho.

—No debes hacer nada ahora mismo —dijo suavemente—. Todo está bien.

«No lo está, no tienes la menor idea», quise decir. Un dolor agudo me atravesaba la sien derecha, palpitando con más fuerza a cada segundo.

Tocar a Liam me ayudó. Me obligué a aunar mi respiración con las subidas y bajadas de su pecho. El aire frío avanzaba lentamente desanudando la maraña de pensamientos enredados en una jaqueca situada en la parte delantera de mi cráneo. Las arrugas de su ceño se suavizaron cuando él mismo liberó el aliento contenido. Cogió la botella de agua y echó un poco sobre el pañuelo que había extraído de su bolsillo. Lentamente, con ternura, me limpió la sangre y la suciedad de las manos y del rostro.

—¿Mejor?

Asentí mientras cogía la botella para beber un trago.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó—. ¿Estás bien?

—Yo... —No podía decírselo.

Él y Chubs se habían pasado días enteros planeando el modo de escapar de los demás cuando llegara el momento de abandonar la ciudad. El poco odio que albergaba en su interior se dirigía claramente a los agentes. Si lo supiera, intentaría hacernos escapar esa misma noche. O, peor aún, podría poner a los agentes sobre aviso por accidente. Nunca había sido capaz de ocultar sus sentimientos como hacía Cole. Leerían en él como en un diario abierto y tomarían medidas rápidamente para evitar que empezara a agitar a los demás chicos.

—Yo solo... me he sentido superada —dije al fin.

—¿Ha estado ocurriendo con mucha frecuencia? —Liam se sentó frente a mí con las piernas cruzadas.

Dios, tampoco quería hablar de estos ataques. No podía hacerlo, ni siquiera con él. Si lo hacía, tendría que hablar de Jude, de lo sucedido, de todo lo que no habíamos tenido tiempo de hablar antes de que las cosas se fueran al infierno. Liam pareció percibirlo, al menos.

—Has estado fuera todo el día —dijo—. Estaba empezando a preocuparme.

—Me llevó un tiempo encontrar a alguien a quien pudiera usar —respondí—. No he estado corriendo por ahí de forma imprudente.

—No he dicho que lo estuvieras haciendo —dijo Liam—. Es solo que me habría gustado que me dijeras adónde ibas.

—No pensé que debiera hacerlo.

—No es que debas hacerlo. Yo no soy tu guardián. Estaba asustado, ¿vale?

No respondí. Ahora, las cosas entre nosotros eran así. Juntos, pero no de la forma importante, como estábamos hacía solo unos meses. Después de que yo traicionara su confianza, no estaba segura de que las cosas pudieran volver a ser como antes. Y no ayudaba el que yo sintiera que recaía en la única forma que conocía de hacer frente a todo eso: luchar con mis pensamientos dentro de mi cabeza, encerrándolos ahí para que no pudieran infectar a nadie más. Yo había construido ese muro invisible entre nosotros cuidadosamente, ladrillo a ladrillo, hasta cuando lo abrazaba, cuando lo cogía de la mano, cuando lo besaba.

Era tan egoísta —yo sabía que lo era— aceptar incluso esos gestos, cuando yo no le devolvía nada... Pero necesitaba que él estuviera ahí. Necesitaba su presencia a mis espaldas, a mi lado. Necesitaba ver su rostro y oír su voz, y saber que estaba a salvo y que yo podía protegerlo. Esa era la única manera de resistir cada día.

Pero resultaba imposible limitar o compartimentar las cosas cuando estaba con él. Liam era un conversador. Sentía las cosas más profundamente que cualquier otra persona que yo conociera. Había estado intentando iniciar esta conversación conmigo desde hacía días. «No eres responsable de lo que le ocurrió a Jude. Sobre lo que pasó en el refugio...».

—Ruby, de verdad, ¿qué ha sucedido? —preguntó, sujetándome suavemente las muñecas con las manos.

—Lo siento —susurré, porque ¿qué más podía decir?—. Lo siento. No era mi intención ser tan... No era mi intención preocuparte. No ocurre nada. Debería habértelo dicho, pero tuve que salir deprisa. —«Y sabía que intentarías decirme que era demasiado peligroso y no quería discutir»—. Pero tengo lo que necesitábamos. Sé cómo conseguir que salgamos de aquí.

Apretó los labios en una delgada línea mientras me estudiaba. Liam no parecía satisfecho en lo más mínimo con mi respuesta, pero estaba más que dispuesto a dejar ese tema y pasar a otro.

—¿Eso quiere decir que finalmente podemos hablar de lo que viene a continuación?

—Cole no nos dejará marcharnos.

«Y aún menos, a ti».

—Podríamos buscar a mis padres...

—¿No es igual de peligroso conducir sin destino en busca de tu madre y de Harry que quedarnos aquí con los demás? —pregunté—. Esta es nuestra lucha..., lo que siempre quisimos, ¿lo recuerdas? Cole y yo acordamos que ahora nos centraríamos realmente en ayudar a los chavales, en liberarlos de los centros de detención.

Por lo menos, eso era lo que queríamos cuando estábamos en East River. Entonces Liam llevaba el timón, conduciéndonos a todos hacia el sueño de liberar a los chicos de los programas de rehabilitación. Tal vez era una tontería por mi parte esperar que lo sucedido allí no hubiera afectado a su sueño. Pero no cabía duda de que había desviado la mirada hacia la puerta de la habitación que solo Cole y yo estábamos autorizados a cruzar, hacia el monstruo que esperaba en su interior.

—Cole dice que es el momento, y que los agentes podrían estar siendo sinceros para variar —dijo Liam—. ¿Pero cuánto tiempo pasará antes de que vuelvan a sus ardides?

Intenté contener una mueca de dolor. «Menos del que piensas».

—Esto ya no es la Liga.

—Exacto. Podría ser algo peor.

—No si estamos aquí para impedir que se transforme en eso —dije—. ¿Podemos al menos darles un poco de tiempo? ¿Ver qué ocurre? Si todo se va al diablo, podemos largarnos, te lo prometo. Pero al menos..., tengo que saber si Cate y los otros lo han conseguido. Si lo han hecho, nos estarán esperando. Ella tiene el lápiz de memoria con la investigación de Leda Corporation sobre la causa de la ENIAA. Si podemos organizar la información con la cura... no solo nos estaremos ayudando a nosotros mismos, sino que estaremos ayudando a todos los chavales que vengan detrás de nosotros.

Liam negó con la cabeza.

—No quiero hacerte sentir que todo ha sido en vano, pero ¿qué sucederá si no hay nada útil en esas páginas que rescataste del fuego? Si dependiera de lo que entendemos de ellas, podríamos hacerlas pedazos ahora mismo y nada en nuestras vidas cambiaría. No quiero que solo... nos apeguemos a la idea de esas páginas con la esperanza de que un día llegaremos a comprenderlas.

Desde un punto de vista objetivo, yo sabía que lo que Liam decía era verdad, pero sus palabras suscitaron tal negación, tal furia en mi interior que casi lo aparté de un empujón. Ahora mismo yo no necesitaba la realidad. Necesitaba la esperanza de que sería capaz de mirar esas páginas chamuscadas y ver más allá de las consabidas palabras: «Proyecto Snowfall. ENIAA. Profesora».

Abandonar ese último jirón de esperanza significaría que el fugaz instante de triunfo sobre Clancy no había sido un pequeño instante de victoria en absoluto. Significaría que, al fin y al cabo, él había ganado. Había sobrevivido a la destrucción del Cuartel General, y la información que él se había esforzado tanto por ocultarnos resultaría inútil.

Necesitábamos todo aquello. Yo lo necesitaba. Los rostros de mi familia surgieron en mi mente, con el sol a sus espaldas. A la misma velocidad, la imagen desapareció y fue reemplazada por otra: Sam y las sombras de la Cabaña 27 sobre sus mejillas mientras ella se desvanecía como un fantasma. Luego se transformó en un interminable desfile de rostros, los que había dejado detrás de la valla eléctrica en Thurmond.

Me clavé los dedos en la parte superior de los muslos y retorcí la tela del pantalón hasta que estuve segura de que se desgarraría. La horrible verdad era que, sin importar hasta qué punto me lo negara, faltaba información decisiva. Y la única persona que poseía esa información era la persona que Clancy se había asegurado de que no encontráramos jamás: su madre, Lillian Gray.

—No voy a rendirme —dijo Liam, con fiereza en la voz—. Si esto no sale bien, pensaremos en otra cosa.

Extendí la mano para acariciarle la mejilla y sentí el bozo áspero que crecía sobre ella. Él suspiró, pero no discutió.

—No quiero pelear —dije con voz queda—. Nunca quiero pelear contigo.

—Entonces no lo hagas. Es así de simple, cariño. —Inclinó la frente hacia la mía—. Pero debemos decidir estas cosas juntos. Todo lo importante. Prométemelo.

—Lo prometo —susurré—. Pero volveremos al Rancho. Tenemos que volver.

Antes de que se construyera el Cuartel General, la Liga había operado en California del Norte desde una base a la cual le habían dado el cariñoso nombre clave de «el Rancho». El sitio en sí ahora estaba ferozmente defendido, lo cual era adecuado dado su calidad de base de «último refugio» al que dirigirse en caso de emergencia. Solo los agentes más antiguos —incluido Cole— habían estado allí en aquella época y sabían realmente dónde se encontraba.

Si Cate había conseguido escapar, estaría esperando ahí. Me la imaginé caminando por una sala vacía, como si esperara que cruzásemos la puerta de un momento a otro. Ahora ya debía de estar loca de preocupación.

Un pensamiento se deslizó en mi mente y ahuyentó cualquier posible esperanza. «Tendré que decírselo a ella».

Oh, Dios, ¿por qué no había pensado en eso? Ella no lo sabía, no podía saberlo. «Ella había confiado en mí. Me había encargado que lo cuidara». Ella no tenía idea de que Jude...

Cerré los ojos, concentrándome en la mano de Liam, que se deslizaba suavemente por mi columna.

—¿... «diablos» es esto? —La voz de Sen restalló en la habitación, recorrió el vestíbulo y reventó nuestra íntima burbuja—. Stewart, has hecho un montón de estupideces, y quiero decir un montón, pero esto es... es...

—¿Un ramalazo de genialidad? —dijo Cole, y casi pude oír la sonrisa en su voz—. De nada.

Ya estaba de pie antes de que Liam pudiera lanzarme una mirada de exasperación.

—Vamos —dije—, algo sucede.

—Ya, ya —dijo Liam, colocando su mano en la parte inferior de mi espalda y conduciéndome hacia la habitación—. ¿Cuándo hay un momento en que no suceda nada con él?

Los agentes se habían dispuesto alrededor de la ventana en un círculo tan estrecho que lo único que podía ver era la gorra negra de punto de Cole, más allá de sus cabezas. Eché un vistazo a los chavales, la mayoría de los cuales estaban de pie, intentando ver qué ocurría.

—¿Ru?

Al oír el nombre, me erguí y algo me oprimió el vientre. Me volví hacia la voz de Nico.

—¿Sí?

—¿Va todo...? —Miró a los agentes—. ¿Va todo bien?

—¿Tú qué crees? —le espeté.

Nico se encogió al oír mi tono, lo cual solo sirvió para irritarme aún más. No me quedaba ni una pizca de compasión por él. El triste, asustado y traicionero Nico.

Cuando advirtieron que los aparatos electrónicos no tenían solución y que no había forma de que los dos Amarillos que habíamos dejado los resucitaran, los Verdes ya no supieron qué hacer consigo mismos. Nico pasaba la mayor parte de su tiempo durmiendo; solo parecía advertir mi presencia y la de Vida con alguna que otra palabra.

La pena que había sentido por él, por cómo Clancy lo había manipulado, se había esfumado al llegar a una sencilla conclusión: si Nico nunca le hubiera dado a Clancy información sobre el proyecto Snowfall y el paradero de su madre, si no hubiera sido tan estúpido como para pedirle al hijo del presidente que nos rastreara, nunca nos habríamos encontrado en esa situación. Jude estaría vivo y nosotros no estaríamos atrapados en el infierno que era Los Ángeles.

—Ruby —comenzó a decir Liam en tono de desaprobación.

No me importaba. Yo no estaba ahí para consolar a ese niño. Alcé los brazos mientras Chubs y Vida se abrían paso entre los agentes que nos separaban, acercándose a nosotros, pero Chubs soltó con tono ansioso:

—¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?

—No, Abu, se está muriendo. Se está desangrando a tus pies. —Vida hizo un gesto de impaciencia—. ¿Conseguiste lo que necesitabas?

—Sí...

—Perdón por mostrar preocupación por mi amiga —gruñó Chubs, volviéndose hacia ella—. Me doy cuenta de que sin duda se trata de un concepto ajeno a todo psicópata...

—Esta psicópata duerme a menos de un metro de ti —le recordó Vida con una voz que era toda dulzura.

—Vaya, tenemos unos amigos encantadores —murmuró Liam.

Yo ya me había desconectado de la conversación. Cole miró en nuestra dirección con las cejas alzadas en una silenciosa pregunta. Asentí con la cabeza y él se volvió para mirar a la mujer que estaba junto a él.

Era una mujer de mediana edad, de piel olivácea y arrugada, que se encontraba en un obvio estado de tensión. Lo que alguna vez debió de ser un caro vestido azul marino tenía la costura de la falda desgarrada. El cabello le colgaba, lacio, de un moño: en algunas zonas lo tenía gris, ya fuera por el polvo de cemento o por la edad. Recorrió la habitación con sus ojos grandes y oscuros y se detuvo al ver a los niños.

—¿Sabéis quién es? —preguntó Cole.

—Una civil que ahora puede identificarnos a todos, volver y dar la información a los militares —le replicó Sen.

—Me llamo Anabel Cruz —dijo la mujer, con una dignidad sorprendente para alguien que iba por ahí cojeando sobre unos tacones rotos.

—Por Dios, si seréis memos —dijo Cole cuando todos se volvieron hacia él con una mirada vacía—. Una de las senadoras de California. El enlace internacional de la Coalición Federal. Ha trabajado estableciendo los contactos necesarios y negociando el posible apoyo por parte de otras naciones.

Sen no parecía impresionada. Se volvió hacia Cole otra vez, con los brazos en jarra.

—¿Te has ocupado siquiera de intentar confirmar su identidad? Si pertenecía a la CF, ¿por qué no está en uno de los centros de detención?

—Puedo hablar por mí misma —dijo la senadora Cruz con los ojos centelleantes—. Cuando comenzaron los ataques, yo estaba en una reunión con los de Amplify, fuera de nuestro cuartel general.

—¿Amplify, la organización clandestina de noticias? —preguntó Gates.

Liam se volvió para mirarme, confuso. Se lo expliqué en voz baja, utilizando el menor número de palabras posible. El grupo existía desde hacía un par de años, tal vez tres. Mi impresión era que se trataba de un grupo de reporteros y editores que habían ido a parar a la lista negra de Gray por cubrir temas «peligrosos», como revueltas y protestas, y después habían tenido que pasar a la clandestinidad.

Liam abrió la boca, con un extraño centelleo en los ojos.

—Lo cual, sí... —dijo Cole, mirando a los demás agentes—. Me doy cuenta de que dice mucho sobre su sentido común, pero...

—¿Perdón? —exclamó la senadora, al tiempo que se cruzaba de brazos.

—Quiere decir que Amplify no tiene un buen historial en lo que se refiere a comprobar sus acusaciones. Consiguen sus segundos de gloria aquí y allá, antes de que Gray los haga callar —dijo Sen, evaluando otra vez a la mujer—. Online, en los medios sociales que aún no han sido bloqueados, panfletos del tipo «rápido y sucio». Tienen muy poca difusión. No consiguen una mierda.

Eso era, claramente, lo único en que Cole y Sen estaban de acuerdo.

—El reportero quedó atrapado con ella en la ciudad —dijo Cole a los demás—. Yo estaba fuera, explorando como siempre, y oí que los militares irrumpían en un edificio cercano. Lo buscaban a él, no a ella. Le dispararon en cuanto lo vieron, y probablemente habrían hecho lo mismo con ella si no se hubiese identificado.

—Y entonces es cuando haces tu entrada triunfal y los salvas a todos —dijo Sen, con un gesto de impaciencia. El odio que yo sentía hacia esa mujer me estaba comenzando a nublar el juicio. Di otro paso al frente—. Y todo lo que conseguiste fue traer otra boca que alimentar.

—Hablando de eso... —Cole se quitó la mochila llena del hombro y se la lanzó a una de las Verdes—. He encontrado una de esas tiendas de zumos que todavía tenía algunos productos decentes en las neveras. No es mucho, pero es mejor que la porquería que hemos estado comiendo.

La chica parecía haber recibido un pastel de cumpleaños hecho y glaseado personalmente para ella por Cole. Chubs ya estaba ahí, abriendo la cremallera tan rápido que pensé que debía de haberse teletransportado. Los demás lo siguieron, dándole las gracias a Cole e intentando hacerle coger una manzana entera.

—Estoy bien. Es igual, gracias.

Cuando se volvió hacia Sen, todavía lucía su sonrisa, ahora más amplia ante la mirada de absoluto desprecio que ella le estaba dirigiendo. Pero yo podía captar algo peligroso en su quietud, en el modo en que inclinaba la cabeza hacia la derecha. Era como una cerilla a la espera de que la frotaran sobre un material un poco más áspero.

—Estoy algo sorprendido, Sen. Imaginaba que te encantaría tener a alguien así en el equipo. Cuando estemos fuera, ella será de increíble utilidad para conectar lo que estamos haciendo con el resto del mundo —dijo por fin, en tono ligero—. Estamos haciendo borrón y cuenta nueva, ¿no?

Sí, bueno. Sen no tenía el menor interés en conectarnos con el mundo. Quería arrasarlo a nuestro alrededor. Con todo, en las palabras de Cole había una pregunta oculta, un reto. Cuanto más se alargaba todo esto, más comenzaban a mover los pies los otros agentes, a mirarse a hurtadillas entre sí. Era obvio que algunos de los Verdes, los de reacciones rápidas, comprendían la situación de forma mucho más profunda que los demás, quienes parecían contentarse con atribuir la consabida tensión a las frustraciones de siempre.

«Lo sabe». La conciencia me aguijoneó en algún rincón de la mente. Cole tal vez no conociera todos los detalles, pero debía de tener la sensación de que los agentes no cumplirían su palabra de ayudarnos a liberar a los chicos de los centros de detención. Le estaba tendiendo una trampa, estaba intentando que Sen lo admitiera delante de los chicos.

—Estaré encantada de conversar sobre mis ideas contigo —dijo la senadora Cruz—. Siempre que podamos salir de la ciudad.

En la habitación, todo el mundo dirigió la atención hacia mí.

—Sí, es lo que pensábamos. No tienen suficientes recursos para patrullar las calles y, además, vigilar tantos kilómetros de autovía. Han dispuesto algunas zonas en las que por la noche no hay más que vehículos vacíos y reflectores.

Me acerqué al mapa callejero de Los Ángeles que habíamos colgado en la pared tras encontrarlo en un coche, cerca de allí. Indiqué los tres puntos que había visto en la mente de la soldado, orgullosa de lo firme que era mi voz mientras unas imágenes imprecisas comenzaban a reptar desde algún rincón de mi mente. FEP (Fuerzas Especiales Psi). Los símbolos psi bordados en rojo. Bridas. Bozal. Dinero. Armas. No podía mirar a ninguno de los agentes. Ahora que sabía lo que querían realmente y cómo iban a recompensarme por sacar sus culos de esta ciudad, en el fondo de mi mente una vocecita oscura empezó a susurrar: «Miente». La vocecita quería que omitiera unos cuantos detalles clave. Dejar que se acercaran lo suficiente al peligro como para magullarse.

—Toma —dijo Cole, pasándome un boli—. Señálalos para que podamos verlos.

Gates masculló algo por lo bajo y me volví hacia él, cruzándome de brazos y mirándolo fijamente a los ojos. Él desvió la mirada de inmediato, mientras se limpiaba la boca y la nariz con la manga. El parpadeo de temor que advertí en su expresión hizo más por mi confianza que la mano tranquilizadora que Cole me puso en la cabeza al inclinarse sobre mi hombro para estudiar las marcas que yo había dibujado.

—Estoy segura de que hay más —dije—, pero estas son las únicas que vi.

Cole recorrió la habitación con la mirada, calculando en silencio cuántos habría en cada grupo si solo disponíamos de tres salidas potenciales. Diecisiete chicos. Veinticuatro agentes, veinte menos con respecto al grupo que había venido a liberar el Cuartel General. Cinco habían muerto durante el ataque inicial y el resto había desertado. Ocho grupos de cinco o algo así. Era factible.

—Tendrá que ser rápido y con una sincronización muy precisa —dijo Sen—. Podría haber cientos de kilómetros antes de encontrar una zona que no haya sido afectada por los pulsos electromagnéticos. Todo a pie.

—Lo tenían señalado en el mapa que vi —dije, destapando otra vez el boli y esbozando el área para que la vieran.

Beverly Hills hacia el oeste, Monterey Park hacia el este, Glendale al norte y Compton al sur. En todo caso, no era una zona tan enorme. Por lo menos, era mucho menor de lo que yo había esperado.

—Asignaremos los grupos esta noche y partiremos dentro de unas horas: ¿a las tres o las cuatro de la mañana?

—Tenemos que discutir bien nuestra estrategia —protestó Gates—. Reunir provisiones.

—No, lo que tenemos que hacer es largarnos de esta maldita ciudad —dijo Cole— tan rápido como sea posible. Los demás nos esperan en el Rancho.

Le cogí la muñeca, indicándole la puerta con la mirada.

Asintió ligeramente antes de dirigir su atención otra vez a la habitación.

—Os tendréis que ir todos a la cama lo antes posible, porque partiremos dentro de unas horas. Sí, eso es Blair —dijo, volviéndose hacia una de las Verdes más jóvenes, quien lanzó un resuello—. Eso es lo que me gusta oír. ¡Entusiasmo! Pronto cambiarán las circunstancias.

—No puedes tomar una decisión como esta sin que el resto de nosotros hayamos participado —lo interrumpió Sen—. Tú no tomas las decisiones.

—¿Sabes qué? —dijo Cole—. Acabo de hacerlo. ¿Alguien tiene un problema con eso?

La habitación estaba en silencio. Los niños negaron con la cabeza, pero los rostros de los agentes se convirtieron en una galería de expresiones adustas y tensas. Sin embargo, nadie dijo nada.

—¿Y qué sucederá con la gente que está en los centros de detención? —preguntó la senadora Cruz, acercándose a nosotros para estudiar el mapa con sus propios ojos—. ¿Sencillamente, los abandonamos a su destino? Preferiría quedarme aquí y...

—¿Hacerse capturar y ser llevada a uno de esos juicios? —la interrumpió Cole—. Usted dijo que estaba en medio de una gran negociación con los líderes del mundo: ¿por qué querría posponer esa conversación cuando llevarla a cabo nos ayudaría a todos? A menos que estuviera mintiendo.

—No estaba mintiendo —le replicó ella con un brillo en sus ojos oscuros—. Esas personas son mis amigos y colegas. Hemos arriesgado nuestras vidas en el intento de enderezar este país.

—La gente sabrá lo que ha ocurrido aquí —prometió Cole—. No los dejaremos mucho tiempo. Me aseguraré de ello y usted me ayudará.

Entonces la conversación se desvió hacia la estrategia, la forma correcta de distribuir los grupos y las rutas que debíamos seguir hacia el norte.

—¿Estáis todos bien? —preguntó Cole a los grupos de niños que avanzaban con lentitud hacia la puerta. Volvió la mirada hacia mí, al tiempo que proseguía—: ¿Tenéis todos comida suficiente?

Se oyó un coro de síes. Mentían, por supuesto. Me pregunté si pensaban que la verdad decepcionaría a Cole o que lo impulsaría a salir otra vez. Aun si restáramos la capacidad de Cole para convencer hasta a un gato de entregar el pellejo, se los habría ganado por el solo hecho de actuar como si los chicos le importaran.

—Todavía quiero participar en ese torneo de ochos locos —añadió, señalando a uno de los Verdes que pasaba junto a él—. Voy a por esa corona, Sean. Cuídate.

—Tú sigue intentándolo, tío —retrucó el chico—. Veamos si puedes mantener el ritmo.

Cole hizo como si le hubieran disparado al corazón.

—¡Sois un montón de mocosos! Podría enseñaros un par de cosas sobre ganar...

—O lo que los demás llamamos hacer trampas —añadió Liam en voz alta.

Se había apostado con Chubs y Vida junto a la ventana, donde conversaban tranquilamente con Nico y otro Verde. Desvié la mirada de sus espaldas a sus manos y, por último, a sus pies. «¿Dónde está?».

—Lo que explica por qué siempre pierde —dijo Cole a los demás, guiñándoles un ojo.

Los agentes habían emigrado hacia el otro extremo de la habitación para estar más cerca del mapa, supongo que con la finalidad de hacer sus propios planes. Daba igual lo que la senadora Cruz intentara decirles en ese momento; ellos la ignoraban.

«¿Dónde está la mochila?». Regresé rodeando a los niños que me bloqueaban el paso, mientras examinaba el suelo, y la encontré colgada del hombro de Ferguson. La temperatura me subió tres grados. Entonces supe, así de fácil, que si quería tener la investigación sobre la cura otra vez en mis manos, iba a tener que obligarlos a que me la dieran: tendría que hacer que todos y cada uno de ellos me la entregara.

Cole llegó a la puerta que conducía al pasillo e inclinó la cabeza. Esperé un minuto más antes de seguirlo. Si los agentes lo advirtieron, no les importó. Les había dado lo que necesitaban para llevar a cabo su plan, ¿no es así?

El pasillo aún estaba unos cinco grados más frío que la habitación; cuando salí del tenue resplandor que se filtraba por la puerta abierta, apenas podía ver a un metro por delante de mí. Por un segundo deseé haber cogido la linterna que había robado, pero parecía que esta era una conversación a la que le iban mejor las sombras. Desprovisto de todo menos del cemento y de las coloridas tuberías, el edificio era como una tumba; ahí dentro hasta el aire era rancio.

Conté mentalmente cien pasos, y estaba segura de que ya me encontraba cerca del final del pasillo, cuando una mano surgió de la oscuridad y me cogió. Me arrastró hacia el interior de un espacio pequeño y estrecho. ¿Un armario? El corazón todavía me palpitaba cuando la puerta se cerró detrás de mí.

—Bueno, Joyita... —comenzó a decir Cole—. Una noche agitada, ¿eh?

La única manera en la que había sido capaz de mantenerme entera esas últimas dos semanas había sido sellando en mi interior cada aterrador impulso emocional que había intentado emerger borboteando. Ahora, sin embargo, me habían sacudido tanto que la explosión era solo cuestión de tiempo. Solo esperaba que no fuese en ese momento y que no llegara en forma de lágrimas y sollozos. No pude decir una palabra.

—Joyita... Por Dios.

Cole me puso una mano sobre el hombro, tranquilizándome mientras chasqueaba los dedos. Una llama parpadeó en la yema de uno de ellos e inundó el atestado espacio de luz.

—Regresaba... —conseguí decir, empleándome a fondo—. He oído a Sen y a los otros... No van a... No vamos al Rancho. Miré dentro de su cabeza y... lo que harán es..., van a...

—Comienza por el principio —dijo Cole—. Ve despacio. Dime todo lo que les has oído decir a los agentes. Lo que has visto.

Se lo repetí palabra por palabra. Le conté cómo iban a meter a uno o dos chicos en cada coche, cómo planeaban esperar una o dos horas, hasta que nos hubiéramos alejado, antes de entregar a cada chico. El intercambio de carne y hueso por dinero manchado de sangre. Las armas que comprarían, los explosivos que colocarían... Y luego irían en busca de Gray al lugar al cual lo creían lo bastante idiota como para ir: la recién reconstruida Washington D. C.

La expresión de Cole era inescrutable, de un hermetismo imposible hasta para Liam. Si no hubiera visto el espasmo de su mano, no habría sabido que estaba furioso, hasta que habló. Sin embargo, durante un largo rato no dijo nada. Noté un hilillo de sudor que me bajaba por la cara y, por un momento, me sentí tentada de abrir la puerta y dejar entrar el aire fresco. Finalmente, dijo:

—Yo me encargaré.

—Nos encargaremos. Pero debes decidirte —le dije—. Ahora mismo. No puedes seguir navegando entre dos ríos, intentando tener un pie a cada lado. Decide si estás con nosotros o con ellos.

—Por supuesto que estoy contigo —replicó ásperamente, como si lo irritara que yo hubiese sugerido lo contrario—. Sabes que yo... Esto también me afecta. Te hice una promesa allá en Los Ángeles, ¿no es verdad? ¿Estás intentando hacerme parecer un mentiroso?

—No, yo solo... —respiré hondo—. No les has dicho a los demás lo que eres. Ni siquiera a Liam. No le has echado un vistazo a la investigación sobre la cura desde aquella primera noche.

—Oh, vaya, ¿no podría ser que intentaba no llamar la atención sobre el hecho de que tengo un interés personal en deshacerme de ciertos poderes deliciosamente monstruosos? —Dejó que la llama se apagara por un momento y luego volvió a encenderla, como si quisiera poner énfasis—. No puedo mostrar interés en algo sin que los agentes se pregunten por qué o sin que lo quieran para sí mismos solo porque yo tengo interés. Es un juego al que he jugado durante años.

—Esto no es un juego, nada de esto lo es —respondí—. Ahora no nos devolverán la investigación.

—Soy muy consciente de ello y he tomado mis precauciones. Sus nombres son Blair y Sara.

Eran las dos chicas Verdes. Con memoria fotográfica.

—¿Se la diste para que la memorizaran?

—Las he puesto a prueba. Hice que reprodujeran un diagrama y un gráfico, y ambas lo han clavado. Creo que deberíamos dejar que los agentes conserven la mochila: nos ayudará a convencerlos de lo que queremos hacer —dijo.

Erguí la espalda y miré más allá de su rostro, donde no tuviera que oír aquel acento sureño ni ver aquella sonrisa, marca Stewart.

—Tengo una idea, pero también tengo la sensación de que no va a gustarte.

—Magnífica introducción.

—Ahora lo digo en serio, Joyita. Esto tiene que quedar entre tú y yo, ¿comprendido? Si no es así, no funcionará. Prométemelo. Es la única manera de deshacernos de ellos antes de que ellos se deshagan de nosotros.

Cole me ofreció una mano y yo dudé antes de cogerla. La sostuve el tiempo suficiente como para sentir cómo su calor natural, innato, entibiaba el aire a nuestro alrededor. Clancy me había dicho una vez que debía existir una jerarquía natural entre las personas con aptitudes psi: que quienes poseían mayor poder debían liderar a los demás, sencillamente porque no había nadie lo bastante poderoso como para cuestionarlos. Y ahora, sosteniendo la mano de Cole, comprendí que eso era cierto, pero por una razón diferente. Nosotros éramos los que veíamos el espectro completo de todo lo bueno y todo lo malo que tenían los poderes que se nos habían otorgado; se nos había temido y odiado, y habíamos temido y odiado. Ninguno de nosotros deseaba eso que poseíamos; jamás habíamos intentado conservar nuestros poderes ni abusar de nuestra posición más de lo que nos resultaba absolutamente necesario. Y, en un nivel básico, quienes tenían más poder debían estar en el frente, aunque solo fuera porque teníamos más oportunidades de proteger a los demás.

Le apreté la mano. Una mirada de gratitud y alivio le recorrió las facciones antes de que pudiera recuperar su expresión habitual de arrogante indiferencia.

—Entonces, ¿cuál es nuestro siguiente paso? —pregunté—. ¿Cómo conseguiremos hacer algo sin disponer de fuerzas entrenadas? ¿Adónde iremos?

—Nosotros al Rancho —dijo Cole—. Ellos irán al cuartel general de Kansas, con el resto de los agentes. Así lograrán deshacerse de nosotros, pero no obtendrán el maldito Rancho. Eso es nuestro.

—¿Cómo lo conseguirás? —pregunté.

—Joyita, la mejor pregunta es: ¿cuánto tardarás en convencerlos de que el Rancho está..., eh..., en ruinas..., de que carece de cualquier cosa útil... y de que es imposible de defender?

Al comprenderlo, me quedé helada por dentro.

—Quieres que influya en ellos. Hay más de doce agentes...

—Y dispones de tres horas antes de irnos —dijo Cole, dejando que la llama se apagara otra vez—. Así que te sugiero que te des prisa.