Ilustraciones de Jeremy Ley

Ilustraciones adicionales de Annie Jie

Traducción de Núria Saurina Eudaldo

ANH DO

LA HUIDA

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Título original inglés: Wolf Girl 2. The Great Escape.

Autor: Anh Do.

Publicado originalmente en inglés por Allen & Unwin

en Australia en 2019.

© del texto: Anh Do, 2019.

© de las ilustraciones: Jeremy Ley, 2019.

© de la traducción: Núria Saurina Eudaldo, 2020.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2020.

Avda. Diagonal, 189. 08018 Barcelona.

rbalibros.com

realización de la versión digital · el taller del llibre, s. l.

Primera edición: septiembre de 2020.

rba molino

ref.: obdo759

isbn: 978-84-272-2290-8

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ÍNDICE

1 Capturada7

2 El patio20

3 Entre rejas40

4 Reconocimiento médico51

5 Oros chicos61

6 Cruce de caminos71

7 Amabilidad78

8 Otra entrada94

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9 Un aullido en la noche107

10 Clic120

11 Buen chico124

12 ¡Cataplam!132

13 La puerta158

14 Los cazadores166

15 Los adultos184

16 Hacia delante202

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capturada

Me aferré a los barrotes de la parte trasera del camión y aullé a mis perros mientras se queda-ban más y más atrás.

1

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1 Capturada

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Amanecer, Brutus, Rayo, Trufo y Mini corrían con todas sus fuerzas, pero de ningún modo podrían seguirnos el ritmo.

Mi manada era todo lo que me quedaba en el mundo. Habían transcurrido cuatro años desde que mi familia había huido de nuestro hogar. Cuatro años desde que había entrado en el bos-que corriendo y los había perdido. Si no fuera por mis animales, no si hubiera sobrevivido.

Y ahora también los iba a perder a ellos.

Aullé de nuevo, tan fuerte como fui capaz.

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9

—¡Silencio! —espetó Hombre Bigotes.

Aquella mañana, al abandonar de repente el bosque, no cabía en de alegría. Estaba de-sesperada por volver a encontrar a gente, de modo que no había sido tan precavida como hubiera debido. Mi manada me había enseñado a andar con pies de plomo, a interpretar a las otras criaturas y a anticiparme a su próximo movimiento, pero me había dejado llevar por la emoción. Por un estúpido instante, había ac-tuado de forma... humana.

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10

Me pregunté si tenían algo que ver con el ata-que a nuestro pueblo cuatro años ntes. Proba-blemente, constituían un ejército.

Ahora mis perros no eran más que una forma borrosa en medio de una nube de polvo. El vien-to sopló, el polvo se arremolinó... y, al cabo de un momento, mi manada había desaparecido.

Aquellos hombres me habían empujado a su camión, se habían puesto en marcha y habían dejado a mis perros atrás.

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Me pregunté si los volvería a ver algún día.

un alarido y alcé la vista al cielo. ¡Águila! Estaba solo un poco por encima de nosotros, pero todavía nos seguía. ¡No había camión lo suficientemente veloz como para dejarla atrás!

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12

Un manto de ramas que se entrecruzaba se cerró por encima del camión formando una cortina glauca y dejé de ver a Águila. Me di la vuelta y vi que nos adentrábamos en lo que pa-recía un largo túnel verde de árboles.

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Observé y aguardé, buscando un claro entre las ramas. Perdí la noción del tiempo mientras reseguíamos curvas y más curvas, serpentean-do por el bosque. Al fin se abrió una brecha en el follaje, y estiré el cuello al máximo para ver el cielo.

Ni rastro de Águila.

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14

Me dejé caer en mi asiento. Sabía que mis perros eran leales. Estaba convencida de que vendrían a por mí. Podían no ser tan veloces como un camión, pero eran unos rastreadores excelentes, sobre todo Trufo. Además, solo era una carretera larga; todo lo que debían hacer era seguirla.

Pero entonces se me cayó el alma a los pies. Más adelante apareció una intersección, y la carretera se dividió en tres.

Gruñí en voz alta.

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15

El conductor giró la cabeza para echarme un vistazo, un tanto nervioso.

—¿Tal vez deberíamos atarla?

Hombre Bigotes se burló.

—Es solo una chiquilla.

Torcimos por la carretera de la derecha. ¿Cómo sabrían mis perros qué dirección habíamos to-mado? Debía hacer algo para echarles un cable, quizás ofrecerles un olor que seguir. Lo único que se me ocurrió fue arrancarme unos cabe-llos y echarlos por los barrotes.

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16

Los pelos salieron volando detrás del camión, y en un abrir y cerrar de ojos ya habían desapa-recido. No parecía mucho, pero esperaba que dejaran un rastro. ¿Sería suficiente para mos-trar el camino a los perros?

Intenté tener fe en el asombroso sentido del olfato de Trufo. Ya me había sorprendido sobra-das veces.

Mientras avanzábamos, me arranqué más cabellos y los fui soltando uno a uno.

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De repente, Hombre Bigotes se volvió en su asiento.

—Bueno, y a todo esto, ¿qué hacías en el bos-que?, ¿eh?

Le lancé una mirada furiosa. No iba a decir-le nada.

—¿Me has oído, chiquilla? ¡Te he hecho una pregunta!

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Le clavé los ojos del mismo modo que se los clavaba a Brutus cuando me desafiaba.

Al cabo de un momento, se sorbió la nariz y se dio la vuelta.

—Qué más da que hables o no. De todos mo-dos, Fran sacará algún provecho de ti.

Me metí la mano bajo la camisa y estreché mi honda. Me proporcionó algo de esperanza.

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Aquellos hombres pensaban que era una chica normal y corriente.

—Me está... ¡enseñando los colmillos! —dijo el conductor.

—No le hagas caso —respondió Hombre Bi-gotes—. Hemos llegado.

Salimos del túnel verde a la luz del sol.

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el patio

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2 El patio

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Nos detuvimos en una zona despejada rodeada de tocones. Enfrente había una pared alta patru-llada por soldados.

Se abrió una puerta inmensa y el camión la franqueó. Alcé la vista hacia las paredes. Eran demasiado altas para que ningún perro pudie-ra treparlas o saltarlas.

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Entramos en un gran patio y arrugué la nariz. Distinguí el olor a sudor y a otros materiales que no había percibido en años: caucho, gasolina, serrín. Estaba tan acostumbrada al aire fresco y a las hojas de los helechos que ahora aquellos olores me confundían y desorientaban.

Pero también me transportaron a años atrás, al garaje, con mi papá. Solía arreglar coches y yo le ayudaba, pasándole un destornillador o una lla-ve inglesa cuando me lo pedía. En aquel instante caí en la cuenta de cuánto le echaba de menos. De cuánto echaba de menos a toda mi familia.

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Alcé la vista y vi un edificio de madera tras el cual se alzaba una montaña rocosa. Un ex-traño ruido percutía sus laderas... clonc, clonc, clonc.

La puerta hizo un tipo distinto de clonc cuando se cerró detrás de mí, uno que parecía rebotar por mi alma. «Estás atrapada», decía.

Me deshice de aquel sentimiento. ¡Iba a salir de allí!

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Hombre Bigotes apareció por uno de los la-dos del camión. Dio unos golpecitos a la venta-na y esbozó una sonrisa repugnante. Entonces se encaminó hacia un grupo de soldados que venían a su encuentro liderados por una mujer enjuta con el pelo negro azabache.

Agucé los oídos. Probablemente no creían que pudiera oírlos, pero tras años estando aten-ta a ver si advertía lagartos en el sotobosque, una conversación cercana ni siquiera represen-taba un reto.

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—... parecía que la seguían a todas partes, Fran —iba diciendo Hombre Bigotes.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Fran.

—Yo, esto... —masculló Hombre Bigotes.

—¿Estaba con una manada de perros?

—Tuvimos que marcharnos deprisa y corrien-do o nos hubieran atacado —añadió el conduc-tor—. Creo que uno de ellos era un lobo.

—¿Un lobo? —Fran arqueó sus cejas recor-tadas a la perfección.

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—Sí —dijo el conductor, asintiendo con la cabeza—. Y otro era un chihuahua.

—¿Un lobo y un chihuahua? —dijo Fran.

Echó una mirada a sus soldados y soltó una carcajada. Enseguida se sumaron.

—Pues eso eran —protestó el conductor.

Fran hizo un gesto con la mano y los solda-dos se callaron.

—¿Crees que esa chica ha podido escaparse de uno de los otros campos?

—No parece que haya vivido en un campo —respondió Hombre Bigotes—. Parece... salvaje.