Por tan to, resulta evidente que , cuando los hombres viven sin un poder común que los atemorice, se hallan en un estado que denominamos guerra; y se trata de una guerra de todos contra todos.
THOMAS HOBBES , Leviatán (1651)
El estado de naturaleza tiene una ley de naturaleza que lo rige y que concierne a todos; esa ley es la razón, y enseña a toda la humanidad que desee consultarla que, siendo todos iguales e independientes, nadie debe perjudicar a otro en lo que atañe a su vida, su salud, su libertad o sus posesiones...
JOHN LOCKE , Segundo tratado sobre el gobierno (1689)
El hombre nace libre; pero siempre va cargado de cadenas.
JEA N - JACQUES ROUSSEAU , El contrato social (1762)
Dulce es el saber de la naturaleza;
nuestros entrometidos intelectos
sus hermosas formas alteran:
para diseccionar, matamos.
WILLIAM WORDSWORTH , «Cambian las tornas»
Baladas líricas (1798)
Pensé en las prometedoras virtudes que había demostrado al principio de su existencia, antes de que la aversión y el desdén de sus protectores erradicaran sus bondadosos sentimientos.
MAR Y SHELLEY , Frankenstein (1818)
Coriolanus dejó caer el puñado de col en la olla de agua hirviendo y juró que llegaría el día en que aquella verdura no volvería a tocar sus labios. Sin embargo, el día todavía no había llegado. Necesitaba comerse un cuenco enorme del anémico vegetal y beberse cada gota de la sopa para que no le gruñera el estómago durante la ceremonia de la cosecha. Era una de las precauciones de la larga lista que preparaba para ocultar el hecho de que su familia, a pesar de residir en el ático del edificio de viviendas más opulento del Capitolio, era más pobre que la escoria de los distritos. Que, a sus dieciocho años, el heredero de la casa de los Snow, antes tan grandiosa, no contaba más que con su ingenio para sobrevivir.
Le preocupaba el estado de su camisa para la cosecha. Contaba con un par de pantalones oscuros bastante aceptables, comprados en el mercado negro el año anterior, pero la gente se fijaba en la camisa. Por suerte, la Academia proporcionaba los uniformes que debía llevar a diario. Sin embargo, habían pedido a los estudiantes que, para la ceremonia, se vistieran con elegancia, sin olvidar la solemnidad que requería la ocasión. Tigris le había pedido que confiara en ella, y él así lo hacía, ya que la habilidad de su prima con la aguja lo había salvado hasta ese momento. Aun así, no esperaba un milagro.
La camisa que habían desenterrado del fondo del armario (de su padre, recuerdo de tiempos mejores) estaba manchada y amarillenta por el paso del tiempo, le faltaban la mitad de los botones y tenía una quemadura de cigarrillo en uno de los puños. Una prenda que estaba en tan malas condiciones que ni siquiera la habían vendido cuando les acució la necesidad, esa era su camisa para la cosecha. Aquella mañana, al entrar en el dormitorio de su prima, no estaban ni ella ni la camisa. No era buena señal. ¿Acaso Tigris se había rendido y había decidido aventurarse en el mercado negro, en un último intento desesperado por encontrarle una vestimenta? ¿Y qué demonios poseía que pudiera entregar a cambio? Solo una cosa: ella misma, y la casa de los Snow todavía no había caído tan bajo. ¿O acaso lo estaba haciendo mientras él salaba la col?
Pensó en la gente que podría ponerle precio. De nariz larga y puntiaguda, y extrema delgadez, Tigris no era una gran belleza, aunque su dulzura y su vulnerabilidad invitaban al abuso. Encontraría compradores si decidía buscarlos. La idea le revolvió el estómago, se sentía impotente y se despreciaba por ello.
Desde el interior del piso oyó que sonaba la grabación del himno del Capitolio, La joya de Panem . La trémula voz de soprano de su abuela se unió a ella y rebotó por las paredes.
Joya de Panem,
poderosa ciudad
resplandeciente desde el albor.
Resultaba doloroso oírla desafinar y cantar siempre desacompasada. El primer año de la guerra ponía la grabación los días festivos para inculcar el patriotismo en Coriolanus, que entonces tenía cinco años, y en Tigris, que tenía ocho. El recital diario no había dado comienzo hasta aquel negro día en que los rebeldes de los distritos rodearon el Capitolio, dejándolo sin suministros durante los dos años siguientes de la guerra. «Recordad, niños —solía decirles—: nos han sitiado, pero ¡no vencido!». Entonces cantaba el himno por la ventana del ático, mientras las bombas llovían sobre ellos. Su pequeño acto de desafío.
Humildes nos arrodillamos
ante tu ideal,
Y las notas que nunca lograba alcanzar...
y te prometemos nuestro amor.
Coriolanus esbozó una mueca. Los rebeldes llevaban una década guardando silencio, no así su abuela. Todavía quedaban dos estrofas para terminar.
Joya de Panem,
corazón de la justicia,
coronado tu mármol de sabiduría.
Se preguntó si sería posible absorber parte del sonido añadiendo más muebles a la casa, aunque se trataba de un planteamiento puramente teórico. En aquel momento, su ático era un microcosmos del Capitolio en sí, marcado por las cicatrices de los implacables ataques rebeldes. Las grietas recorrían las paredes de seis metros de altura, las molduras del techo estaban salpicadas de agujeros dejados por fragmentos de yeso caído y unas feas tiras de cinta aislante negra sujetaban los cristales rotos de las ventanas en arco que daban a la ciudad. A lo largo de la guerra y la década posterior, la familia se había visto obligada a vender o trocar muchas de sus posesiones, de modo que algunas de las habitaciones estaban completamente vacías y cerradas, y, en las demás, pocos muebles quedaban. Y, lo que era peor, durante el frío intenso del último invierno del asedio habían tenido que sacrificar elegantes enseres de madera labrada e innumerables volúmenes de libros para alimentar la chimenea y evitar morir congelados. Había llorado cada vez que veía las coloridas páginas de sus libros ilustrados (los mismos que había leído junto a su madre con tanta atención) reducidas a cenizas. Pero mejor triste que muerto.
Como había estado en los pisos de sus amigos, Coriolanus sabía que la mayoría de las familias ya habían empezado a reparar sus hogares, pero los Snow ni siquiera se podían permitir unos metros de lino para una nueva camisa. Pensó en sus compañeros de clase, que estarían examinando sus armarios o poniéndose sus nuevos trajes a medida, y se preguntó durante cuánto tiempo podría mantener las apariencias.
Tú nos das la luz,
tú nos unes de nuevo,
y a ti te entregamos nuestra vida.
Si la camisa remozada por Tigris resultaba inservible, ¿qué haría? ¿Fingir que tenía la gripe y avisar de que estaba enfermo? Lo tacharían de débil. ¿Presentarse con la camisa del uniforme? Lo considerarían irrespetuoso. ¿Embutirse en la camisa roja que le quedaba pequeña desde hacía dos años? Lo tildarían de pobre. ¿La opción aceptable? Ninguna de las anteriores.
Puede que Tigris hubiera ido a pedir ayuda a su jefa, Fabricia Loque, una mujer tan ridícula como su nombre, pero con evidente talento para la moda reciclada: ya se pusieran de moda el cuero, las plumas, el plástico o la felpa, ella encontraba la forma de incorporarlos a un precio razonable. Como a Tigris no se le daban bien los estudios, había renunciado a la universidad tras graduarse en la Academia para perseguir su sueño de convertirse en diseñadora. Se suponía que era una aprendiza, pero Fabricia la trataba casi como a una esclava, y le exigía masajes en los pies y que quitara sus largos cabellos de color magenta, que obstruían los desagües. No obstante, Tigris no se quejaba nunca, y no permitía que nadie criticara a su jefa porque estaba encantada y muy agradecida de haber conseguido un puesto dentro de la industria de la moda.
Joya de Panem,
reflejo del poder,
fuerza en la paz, escudo en la guerra.
Coriolanus abrió el frigorífico con la esperanza de encontrar algo con lo que darle más sabor a la sopa. La única ocupante del electro doméstico era una sartén metálica. Cuando levantó la tapa, una pastosa papilla de patatas ralladas le devolvió la mirada. ¿Acaso su abuela por fin había decidido cumplir su amenaza de aprender a cocinar? ¿Sería comestible aquella porquería? Tapó de nuevo la sartén hasta tener más información que analizar. Menudo lujo habría sido tirarla a la basura sin pensárselo dos veces. Menudo lujo tener basura. Recordó, o creyó hacerlo, cuando era muy pequeño y veía los camiones de la basura de los que se encargaban los avox (los obreros sin lengua eran los más cumplidores, según su abuela) zumbar por las calles, vaciar las enormes bolsas de basura, los contenedores, los artículos domésticos viejos. Hasta que llegó el momento en que nada era desechable, todas las calorías eran buenas y cualquier objeto podía cambiarse por algo, quemarse para protegerse del frío o pegarse a la pared a modo de aislamiento. Todos habían aprendido a despreciar el despilfarro, aunque empezaba a ponerse de moda otra vez, insidioso. Señal de prosperidad, como una camisa en condiciones.
Con tu mano acorazada
protege nuestro Capitolio, nuestra vida,
La camisa. La camisa. Su mente a veces se obsesionaba así con un problema (con cualquier cosa, en realidad) y no lo soltaba. Como si controlar un elemento de su mundo lo salvara de la ruina. Era una mala costumbre que le impedía ver otros posibles riesgos. La tendencia a la fijación estaba programada en su cerebro, y era muy probable que acabara con él si no aprendía a superarla.
La voz de su abuela graznó el crescendo final.
¡nuestra tierra!
La vieja loca todavía se aferraba a los días anteriores a la guerra. La adoraba, pero hacía muchos años que había perdido el contacto con la realidad. Siempre que se sentaban a comer, parloteaba sobre la legendaria grandeza de los Snow, incluso cuando su dieta consistía en sopa aguada de alubias y galletas saladas rancias. Y oyéndola hablar se diría que les esperaba un futuro glorioso, sin lugar a dudas. «Cuando Coriolanus sea presidente...», solía comenzar sus frases. «Cuando Coriolanus sea presidente» todo se corregiría como por arte de magia, desde la cochambrosa fuerza aérea del Capitolio hasta el desorbitado precio de las chuletas de cerdo. Era una suerte que el ascensor roto y sus piernas artríticas le impidieran salir mu cho de casa, y que sus escasas visitas estuviesen tan fosilizadas como ella.
La col rompió a hervir y perfumó la cocina con el aroma de la pobreza. Coriolanus la apuñaló con una cuchara de madera. Tigris seguía sin aparecer. Pronto sería demasiado tarde para llamar y poner una excusa. Ya estarían todos reunidos en el Salón Heavensbee de la Academia. Tendría que enfrentarse al enfado y a la decepción de su profesora de comunicaciones, Satyria Click, que había hecho campaña para que le concedieran uno de los veinticuatro codiciados puestos de mentor de los Juegos del Hambre. Además de ser el favorito de Satyria, era su asistente, y seguro que lo necesitaría aquel día. La profesora era impredecible, sobre todo cuando bebía, y eso se daba por hecho el día de la cosecha. Lo mejor sería llamar y avisarla, decirle que no paraba de vomitar o algo así, pero que haría todo lo posible por recuperarse. Se preparó mentalmente y, cuando se disponía a coger el teléfono para alegar enfermedad extrema, se le ocurrió otra cosa: si no aparecía, ¿dejaría la profesora que lo sustituyeran como mentor? Y, en tal caso, ¿mermaría eso sus posibilidades de conseguir uno de los premios que entregaba la Academia a los graduados? Sin ese premio no podría permitirse ir a la universidad, lo que significaba quedarse sin carrera, lo que a su vez significaba decirle adiós a su futuro, y a saber qué pasaría con su familia, y...
La puerta principal, combada, se abrió entre raspones y gruñidos.
—¡Coryo! —lo llamó Tigris, y él colgó el teléfono de golpe. Se había quedado con el apodo que su prima le había puesto de pequeño.
Salió corriendo de la cocina, chocó contra ella y a punto estuvo de derribarla, pero la muchacha estaba demasiado emocionada para regañarlo.
—¡Lo conseguí! ¡Lo conseguí! Bueno, al menos he conseguido algo. —Dio unos cuantos pasos rápidos sin moverse del sitio mientras levantaba una percha envuelta en una vieja funda para trajes—. ¡Mira, mira, mira!
Coriolanus abrió la cremallera de la funda y sacó la camisa.
Era preciosa. No, mejor aún: era elegante. El grueso lino ya no era ni del blanco original ni amarillento por el paso de los años, sino de un delicioso color crema. Había sustituido los puños y el cuello por terciopelo negro, y los botones eran cubos de oro y ébano. Teselas. Cada una de ellas tenía dos agujeritos diminutos para introducir el hilo.
—Eres un genio —le dijo con total sinceridad—. Y la mejor prima del mundo. —Procurando mantener un brazo estirado para proteger la camisa, la abrazó con el otro—. ¡Los Snow siempre caen de pie!
—¡Los Snow siempre caen de pie! —se pavoneó Tigris. Era el dicho que los había ayudado a sobrevivir a la guerra, cuando cada día era una lucha constante por no acabar bajo tierra.
—Cuéntamelo todo —le pidió, sabiendo que su prima estaría deseando hacerlo; le encantaba hablar de ropa.
Tigris alzó las manos y dejó escapar una risa entrecortada.
—¿Por dónde empiezo?
Y empezó por la lejía. Le comentó a Fabricia que las cortinas blancas de su dormitorio parecían sucias y, al dejarlas en remojo con lejía, metió también la camisa. La prenda había reaccionado muy bien, pero, por mucho que la empapara, era imposible eliminar las manchas. Así que la había hervido con un puñado de caléndulas marchitas que había encontrado en el contenedor de basura de la vecina de Fabricia, y las flores habían teñido el lino lo justo para ocultar las manchas. El terciopelo de los puños procedía de una enorme bolsa de terciopelo con cordones en la que guardaban una de las placas, ya inservibles, de su abuelo. Las teselas las había arrancado del interior de un armario del baño de la doncella. Le había pedido al encargado de mantenimiento del edificio que les taladrara unos agujeros a cambio de arreglarle el mono de trabajo.
—¿Eso ha sido esta mañana? —le preguntó Coriolanus.
—No, no, ayer. El domingo. Esta mañana... ¿Has encontrado mis patatas? —La siguió a la cocina, donde abrió el frigorífico y sacó la sartén—. Me quedé despierta hasta las tantas sacándoles el almidón. Después fui corriendo a casa de los Dolittle para usar una plancha en condiciones. ¡Estas las he reservado para la sopa!
Tigris volcó el revoltijo de la sartén sobre la col que hervía al fuego y lo removió todo con la cuchara.
Su primo se fijó en los círculos violáceos bajo sus ojos de color castaño dorado y no pudo reprimir una punzada de culpa.
—¿Cuánto hace que no duermes? —le preguntó a Tigris.
—Bah, estoy bien. Me comí las peladuras de patata. Dicen que ahí están las vitaminas. Además, hoy es la cosecha, ¡así que podríamos decir que es día de fiesta! —añadió alegremente.
—No con Fabricia.
En realidad, no lo era en ninguna parte. El día de la cosecha era algo horrible en los distritos, pero tampoco se celebraba mucho en el Capitolio. Como a él, a casi nadie le agradaba recordar la guerra. Tigris se pasaría el día pendiente de Fabricia y de su variopinto grupo de invitados, que intercambiarían lúgubres historias de las privaciones pasadas durante el sitio y beberían hasta perder el conocimiento. Lo peor vendría al día siguiente, cuando le tocara ayudarlos con sus resacas.
—Deja de preocuparte. Toma, ¡date prisa y come!
Tigris sirvió sopa en un cuenco y lo dejó sobre la mesa.
Coriolanus le echó un vistazo al reloj, se tragó la sopa sin importarle que le quemara la lengua y corrió a su dormitorio con la camisa. Ya estaba duchado y afeitado, y, por suerte, no le había salido ninguna espinilla que afeara sus pálidas facciones. La ropa interior y los calcetines negros que le proporcionaba la Academia estaban bien. Se subió los pantalones de vestir, que eran más que aceptables, y se calzó un par de botas de cuero con cordones. Le quedaban demasiado pequeñas, pero podía soportarlo. Después se puso la camisa con mucha cautela, se la remetió y se volvió hacia el espejo. No era tan alto como debiera. Como había ocurrido con muchos de los de su generación, lo más probable era que la pobreza de su dieta hubiera frenado su crecimiento. Sin embargo, tenía un cuerpo atlético, un porte excelente, y la camisa enfatizaba los puntos fuertes de su físico. No lucía un aspecto tan regio desde que era pequeño, cuando su abuela lo paseaba por las calles vestido con su traje de terciopelo morado. Se alisó los rizos rubios mientras le susurraba a su imagen con un tono de burla:
—Coriolanus Snow, futuro presidente de Panem, yo te saludo.
A modo de agradecimiento a Tigris, realizó una entrada triunfal en la sala de estar, extendiendo los brazos mientras daba una vuelta completa para presumir de camisa.
Ella chilló, encantada, y aplaudió.
—¡Estás fantástico! ¡Guapísimo y a la moda! ¡Ven a verlo, abuelatriz!
Era otro de los apodos acuñados por la pequeña Tigris, para la que «abuela» o, peor aún, «yaya», no estaban a la altura de alguien tan imperial.
Su abuela apareció con una rosa roja recién cortada acunada en tre las trémulas manos. Vestía una túnica larga y suelta, de color negro, de las que eran tan populares antes de la guerra y se habían quedado ya tan anticuadas que daban risa, y un par de babuchas bordadas con las puntas en curva que habían pertenecido a un disfraz. Algunos mechones de fino cabello blanco le asomaban por el borde de un turbante de terciopelo enmohecido. Eran los restos de lo que antes fuera un armario fastuoso; las pocas prendas decentes se guardaban para las visitas o para sus escasas incursiones en la ciudad.
—Toma, niño. Póntela. Recién cortada de mi jardín de la azotea —le ordenó.
Al aceptar la rosa de las temblorosas manos de su abuela, se pinchó con una espina. La sangre brotó de la herida de la palma, así que mantuvo la mano alejada del cuerpo para no mancharse su preciada camisa. La anciana parecía perpleja.
—Solo quería que estuvieras elegante —le dijo.
—Claro que sí, abuelatriz —repuso Tigris—. Y así será.
Mientras conducía a Coriolanus a la cocina, él se recordó que el autocontrol era una habilidad esencial y que debía sentirse agradecido por las oportunidades que su abuela le ofrecía todos los días para practicarlo.
—Las heridas de punción no sangran mucho —le aseguró Tigris mientras se la limpiaba y vendaba a toda prisa. Después cortó el tallo de la rosa, dejó unas cuantas hojas y se la prendió en la camisa—. Sí que estás elegante. Ya sabes lo importantes que son para ella las rosas. Dale las gracias.
Eso hizo. Les dio las gracias a las dos y se fue disparado hacia la puerta, bajó a toda velocidad los doce tramos de recargadas escaleras, cruzó el vestíbulo y salió al Capitolio.
La entrada principal del edificio daba al Corso, una avenida tan amplia que, en los viejos tiempos, cuando el Capitolio organizaba sus demostraciones de pompa militar para regocijo de la multitud, cabían cómodamente ocho carros en paralelo. Coriolanus recordaba verlas de pequeño desde los balcones del piso, mientras los invi tados a la fiesta se jactaban de tener asientos de primera fila para los desfiles. Entonces llegaron los bombarderos y, durante mucho tiempo, su bloqueo fue infranqueable. Aunque las calles ya estaban despejadas, los escombros todavía se apilaban en las aceras y había edificios enteros tan destrozados como el primer día. Diez años después de la victoria, todavía tenía que rodear fragmentos de mármol y granito para llegar a la Academia. A veces, Coriolanus se preguntaba si los dejaban allí para recordarles a los ciudadanos lo que habían sufrido. La gente tenía muy mala memoria. Era necesario que esquivaran escombros, que arrancaran los mugrientos cupones de racionamiento y asistieran a los Juegos del Hambre para mantener la guerra viva en su recuerdo. El olvido daba lugar al exceso de confianza, y entonces volverían todos a la casilla de salida.
Cuando dobló por la calle de los Sabios intentó controlar su ritmo. Quería llegar a tiempo, pero fresco y sereno, no hecho un espantajo sudoroso. Aquel día de la cosecha, como la mayoría, prometía ser abrasador. ¿Qué se podía esperar del cuatro de julio? Agradecía el perfume de la rosa de su abuela porque su camisa, cada vez más caliente, despedía un tenue aroma a patatas y caléndulas marchitas.
La Academia, la mejor escuela del Capitolio, educaba a la progenie de los ciudadanos destacados, ricos e influyentes. Con sus más de cuatrocientos alumnos en cada curso, Tigris y Coriolanus habían logrado entrar sin muchas dificultades gracias a la larga historia de su familia en la institución. A diferencia de la universidad, era gratuita, y ofrecía la comida de mediodía y el material escolar, además de los uniformes. Todo el que era alguien asistía a la Academia, y Coriolanus necesitaba esos contactos para cimentar su futuro.
La majestuosa escalera que daba entrada a la Academia tenía cabida para todo el alumnado, así que había espacio de sobra para el flujo constante de autoridades, profesores y estudiantes que acudían a las festividades del día de la cosecha. Coriolanus la subió despacio, intentando moverse con una dignidad natural, por si alguien lo miraba. La gente lo conocía (o, al menos, habían conocido a sus padres y abuelos), y de los Snow se esperaba un mínimo estándar. Aquel año, empezando por ese mismo día, esperaba lograr también el reconocimiento personal. La mentoría en los Juegos del Hambre era su proyecto final antes de la graduación de la Academia en verano. Una actuación impresionante como mentor, sumada a su excelente expediente académico, le aseguraría un premio en metálico lo bastante cuantioso como para pagar su matrícula universitaria.
Habría veinticuatro tributos —un chico y una chica por cada uno de los doce distritos derrotados—, elegidos mediante sorteo para luchar a muerte en la arena de los Juegos del Hambre. Estaba todo recogido en el Tratado de la Traición que había acabado con los Días Oscuros de la rebelión de los distritos, uno de los muchos castigos impuestos a los insurgentes. Como en el pasado, meterían a los tributos en el Estadio del Capitolio —un anfiteatro que se usaba para los deportes y el entretenimiento antes de la guerra—, y se les proporcionarían armas con las que asesinarse entre ellos. El Capitolio animaba a sus ciudadanos a ver el espectáculo, pero mucha gente lo evitaba. El reto consistía en convertirlo en un acontecimiento más atractivo.
Con esto en mente, por primera vez se había decidido que los tributos contaran con mentores. Veinticuatro de los mejores alumnos de último curso de la Academia eran los elegidos para el trabajo, aunque todavía se estaban concretando los detalles de lo que eso suponía. Se hablaba de preparar a cada uno de los tributos para una entrevista personal, quizá incluso mostrarlos acicalados ante las cámaras. Todo el mundo coincidía en que, para que continuaran los Juegos del Hambre, debían evolucionar hasta convertirse en una experiencia significativa, y emparejar a la juventud del Capitolio con los tributos de los distritos intrigaba a los ciudadanos.
Coriolanus cruzó una entrada adornada con pendones negros, recorrió un pasillo de techo abovedado y entró en el cavernoso Salón Heavensbee, desde donde verían la retransmisión de la ceremonia de la cosecha. No llegaba tarde, ni mucho menos, pero el salón ya estaba repleto de profesores y estudiantes, además de unos cuantos encargados de los Juegos cuya presencia no era necesaria para retransmitir el día de la inauguración.
Los avox circulaban entre la multitud con bandejas de posca, un brebaje de vino aguado mezclado con miel y hierbas. Se trataba de una versión alcohólica del ácido mejunje del que había dependido el Capitolio durante la guerra y que, supuestamente, protegía de las enfermedades. Coriolanus cogió una copa y se enjuagó la boca con la esperanza de que borrara cualquier rastro del aliento a col. Sin embargo, solo se permitió un trago. La bebida era más fuerte de lo que pensaba la mayoría, y en los años anteriores había visto al alumnado de último curso ponerse en ridículo por ingerir demasiada.
El mundo todavía pensaba que Coriolanus era rico, aunque su única moneda de cambio era su encanto, que procuraba repartir con generosidad mientras se paseaba entre la gente. Los rostros se iluminaban cuando saludaba con simpatía a unos y a otros, preguntando por miembros de la familia y soltando algún que otro cumplido.
—No me quito de la cabeza su clase sobre la represalia de los distritos.
—¡Me encanta tu flequillo!
—¿Cómo fue la operación de espalda de tu madre? Bueno, dile que es mi heroína.
Dejó atrás las sillas acolchadas dispuestas para la ocasión y siguió hasta la tarima, donde Satyria regalaba los oídos de un grupo de profesores de la Academia y responsables de los Juegos con una de sus alocadas historias. Aunque solo logró escuchar la última frase («Bueno, le dije, siento lo de su peluca, pero ¡fue usted el que insistió en que llevara un mono!»), se unió obedientemente al coro de risas posterior.
—Ah, Coriolanus —dijo Satyria arrastrando las palabras mientras le hacía señas para que se acercara—. Aquí está mi pupilo estrella.
Él le dio el consabido beso en la mejilla y se fijó en que la profesora ya le llevaba varias copas de posca de ventaja. Lo cierto era que tenía que empezar a controlar su problema con la bebida, aunque lo mismo cabía decir de la mitad de los adultos que conocía. La automedicación era una epidemia que asolaba la ciudad. A pesar de todo, Satyria era graciosa y no demasiado estirada, uno de los pocos profesores que permitía que los alumnos la llamaran por su nombre de pila. La mujer se retiró unos pasos y lo examinó.
—Una camisa preciosa. ¿De dónde la has sacado?
Él se miró la prenda como si le sorprendiera su existencia y se encogió de hombros, como un joven con opciones ilimitadas.
—Los Snow tenemos armarios con mucho fondo —respondió alegremente—. Intentaba conseguir un aspecto respetuoso pero festivo.
—Y lo has conseguido. ¿Qué son esos ingeniosos botones? — preguntó Satyria mientras tocaba uno de los cubos del puño—. ¿Teselas?
—Ah, ¿sí? Bueno, eso explica por qué me recuerdan al baño de la doncella —respondió él, lo que provocó las risas de los amigos de la profesora.
Aquella era la impresión que se esforzaba por dar: un recordatorio de que era una de las pocas personas del Capitolio con un cuarto de baño para la doncella (y, encima, uno con mosaicos de teselas), templado por la chanza sobre su camisa.
Señaló a Satyria con la cabeza.
—Un vestido precioso. Es nuevo, ¿verdad?
Le había bastado un vistazo para saber que se trataba del mismo vestido que siempre lucía en la ceremonia de la cosecha, al que había añadido unos penachos de plumas negras. No obstante, ella había validado su camisa, así que tenía que devolverle el favor.
La profesora recibió la pregunta con los brazos abiertos.
—Lo encargué especialmente para la ocasión —respondió—. Por ser el décimo aniversario y tal.
—Elegante —dijo Coriolanus.
La verdad es que no hacían mal equipo.
Su deleite se interrumpió en seco al ver a la encargada del gimnasio, la profesora Agrippina Sickle, que usaba sus musculosos hombros para abrirse camino entre la multitud. A su lado se encontraba su asistente, Sejanus Plinth, que cargaba con el escudo decorativo que la profesora Sickle insistía en llevar todos los años para la fotografía de grupo. Se lo habían concedido al final de la guerra por el éxito obtenido en la supervisión de los simulacros de seguridad de la Academia durante los bombardeos.
Sin embargo, lo que llamó la atención de Coriolanus no fue el escudo, sino la ropa de Sejanus: un suave traje de color gris oscuro, con una camisa de un blanco cegador compensado por una corbata de cachemira, ajustado para aportar elegancia a su figura, alta y angulosa. El conjunto era moderno y nuevo, y olía a dinero. A especulación en tiempos de guerra, en concreto. El padre de Sejanus era un fabricante del Distrito 2 que había tomado partido por el presidente. La fortuna que había amasado con las municiones le permitió comprarle una vida a su familia en el Capitolio. Los Plinth disfrutaban de los privilegios que las familias más antiguas y poderosas se habían ganado tras varias generaciones. Era algo sin prece dentes que Sejanus, un chico nacido en los distritos, fuera alumno de la Academia, pero la generosa donación de su padre había pagado gran parte de la reconstrucción de la escuela tras la guerra. Un ciudadano nacido en el Capitolio habría esperado que bautizaran un edificio con su apellido, pero el padre de Sejanus solo había pedido una educación para su hijo.
Coriolanus consideraba que la gente como los Plinth suponía una amenaza para todo lo que valoraba. Los arribistas nuevos ricos del Capitolio socavaban el viejo orden con su mera presencia. Era más molesto, si cabe, porque el grueso de la fortuna de la familia Snow también se había invertido en munición... en el Distrito 13. Tras las bombas, su enorme complejo, los innumerables edificios de fábricas e instalaciones de investigación habían quedado reducidos a polvo. Habían destruido el Distrito 13 con armas nucleares, y la zona aún emitía unos niveles de radiación incompatibles con la vida humana. El centro de fabricación militar del Capitolio se había trasladado al Distrito 2, donde había caído en manos de los Plinth. Cuando las noticias de la desaparición del Distrito 13 llegaron al Capitolio, la abuela de Coriolanus le había restado importancia en público, afirmando que, por suerte, tenían muchos otros activos. Pero no era cierto.
Sejanus había llegado al patio del colegio diez años antes; era un niño tímido y sensible que examinaba con cautela a los demás críos con unos enternecedores ojos castaños demasiado grandes para su fatigado rostro. Cuando se corrió la voz de que procedía de los distritos, el primer impulso de Coriolanus fue unirse a la campaña de sus compañeros para convertir la vida del nuevo en un infierno. Tras pensárselo con calma, decidió que lo mejor era no hacerle caso. Mientras los demás niños del Capitolio lo interpretaron como que cebarse del mocoso de los distritos era indigno de él, Sejanus lo tomó por decencia. Ninguna de las dos explicaciones era del todo correcta, aunque ambas reforzaban la imagen ejemplar que Coriolanus deseaba ofrecer.
La profesora Sickle, una mujer de formidable estatura, se plantó en el círculo de Satyria y desperdigó a sus inferiores a los cuatro vientos.
—Buenos días, profesora Click.
—Ah, Agrippina, bien. Te has acordado de tu escudo —respondió Satyria tras aceptar un firme apretón de manos—. Me preocupa que la juventud olvide el verdadero significado de este día. Sejanus, qué elegante estás.
Sejanus intentó hacer una reverencia y le cayó un mechón de pelo rebelde sobre los ojos. El engorroso escudo le dio en el pecho.
—Demasiado elegante —comentó la profesora Sickle—. Le he dicho que, de querer un pavo real, habría llamado a la tienda de mascotas. Deberían ir todos de uniforme. —Miró a Coriolanus—. Ese no es del todo horrendo. ¿La antigua camisa del uniforme de gala de tu padre?
¿Lo era? Coriolanus no tenía ni idea. Le vino a la cabeza el borroso recuerdo de su padre con un impecable traje de gala repleto de medallas. Decidió aprovechar la oportunidad.
—Gracias por fijarse, profesora. Encargué los arreglos para dejar claro que yo no he luchado en el frente. Pero quería que él estuviese hoy conmigo.
—Muy apropiado —respondió la profesora Sickle, que después se concentró en Satyria y en sus opiniones sobre el último despliegue de tropas de agentes de la paz, los soldados de la nación, al Distrito 12, donde los mineros no cumplían sus cuotas.
Como las profesoras estaban a lo suyo, Coriolanus señaló el escudo con la cabeza.
—Hoy te toca entrenamiento, ¿eh?
—Siempre es un honor ser de ayuda —respondió Sejanus sonriendo con ironía.
—Se ve que te has esforzado mucho en darle brillo —contestó Coriolanus. Sejanus se tensó por si insinuaba... ¿Qué? ¿Que era un lameculos? ¿Un lacayo? Permitió que la situación se volviera incómoda antes de suavizarla—. Sé lo que me digo: yo me encargo de todas las copas de vino de Satyria.
—¿En serio? —preguntó Sejanus, más relajado.
—No, qué va. Pero solo porque todavía no se le ha ocurrido — respondió Coriolanus, que oscilaba entre el desdén y la camaradería.
—La profesora Sickle siempre piensa en todo. No duda en llamarme, ya sea de día o de noche. —Daba la impresión de que Sejanus quería continuar, pero al final se limitó a dejar escapar un suspiro—. Y, por supuesto, ahora que voy a graduarme, nos mudamos más cerca de la escuela. Una sincronización perfecta, como siempre.
—¿Adónde? —preguntó su compañero, receloso.
—A algún sitio del Corso. Dentro de poco sacarán a la venta muchas de esas viviendas tan lujosas. Los propietarios no pueden permitirse los impuestos o algo sí, según me contó mi padre. —El escudo arañó el suelo, así que Sejanus volvió a levantarlo.
—En el Capitolio no se pagan impuestos por las propiedades. Eso solo pasa en los distritos.
—Es una ley nueva. Para recaudar dinero con el que reconstruir la ciudad.
Coriolanus intentó reprimir el pánico. Una ley nueva. Que establecía un impuesto por su piso. ¿A cuánto ascendería? Apenas sobrevivían con el miserable sueldo de Tigris, la irrisoria pensión militar que recibía la abuela por los servicios prestados por su marido a Panem, y su retribución como dependiente y huérfano de un héroe de guerra, y que se acabaría en cuanto se graduase. Si no podían pagar los impuestos, ¿perderían el piso? Era lo único que tenían. Venderlo no ayudaría; sabía que su abuela había pedido prestado hasta el último centavo que valía. Si lo vendían, se quedarían prácticamente sin nada. Tendrían que mudarse a algún barrio perdido y unirse a las mugrientas filas de los ciudadanos corrientes, sin estatus, sin influencia, sin dignidad. La deshonra mataría a su abuela. Sería más humano tirarla por la ventana de su ático; al menos, sería rápido.
—¿Estás bien? —le preguntó Sejanus, desconcertado—. Acabas de quedarte blanco como la cal.
—Creo que es la posca —respondió Coriolanus tras recuperar la compostura—. Me revuelve el estómago.
—Sí. Ma siempre me obligaba a beberla durante la guerra.
¿Ma? ¿Acaso a Coriolanus le iba a usurpar el puesto alguien que se refería a su madre como «Ma»? La col y la posca amenazaban con reaparecer. Respiró hondo y obligó a su estómago a retenerlas; nunca antes había odiado tanto a Sejanus desde la primera vez que el rechoncho niño de los distritos se le acercó con su palurdo acento y una bolsa de gominolas en la mano.
Coriolanus oyó una campana y vio que sus compañeros se reunían frente al estrado.
—Supongo que ha llegado el momento de asignarnos tributos —dijo Sejanus con tristeza.
El otro chico lo siguió a una sección especial de asientos, de seis filas por cuatro, que habían preparado para los mentores. Intentó quitarse de la cabeza la crisis de la vivienda para centrarse en la tarea crucial que tenía entre manos. Era más importante que nunca que destacara y, para ello, debían asignarle un tributo competitivo.
El decano Casca Highbottom, el hombre al que se le atribuía la creación de los Juegos del Hambre, supervisaba en persona el programa de mentorías. Se presentó al alumnado con el ímpetu de un sonámbulo, con la mirada perdida, como siempre, dopado de morflina. Su cuerpo, antes esbelto, se había encogido y cubierto de pliegues de piel sobrante. La precisión de su reciente corte de pelo y el traje nuevo no servían más que para poner de relieve su deterioro. Todavía conservaba a duras penas su puesto gracias a la fama obtenida como inventor de los Juegos, pero se rumoreaba que la Junta de la Academia empezaba a perder la paciencia.
—Hola a todos —dijo arrastrando las palabras mientras agitaba por encima de la cabeza un trozo arrugado de papel—. Voy a leer esto. —Los estudiantes guardaron silencio para intentar oírlo por encima del ruido del salón—. Os leeré un nombre y después a quién le toca, ¿vale? De acuerdo. El chico del Distrito 1 es para... —El decano Highbottom examinó el papel con los ojos entornados, intentando enfocarlo—. Mis gafas —masculló—, se me han olvidado. —Todo el mundo se quedó mirando sus gafas, que ya llevaba puestas, y esperó a que sus dedos las encontraran—. Ah, eso es. Livia Cardew.
La carita puntiaguda de Livia se iluminó con una sonrisa antes de alzar un puño al aire, victoriosa, y gritar un «¡Sí!» estridente. Tenía tendencia a regodearse. Como si le hubieran asignado aquel tributo tan goloso por sus méritos y no porque su madre dirigía el banco más grande del Capitolio.
La desesperación de Coriolanus aumentó a medida que el decano Highbottom bajaba a trompicones por la lista y asignaba un mentor al chico y a la chica de cada distrito. Al cabo de diez años, había acabado por establecerse un patrón: los distritos 1 y 2, mejor alimentados y en mejores términos con el Capitolio, producían más vencedores, seguidos de cerca por los tributos del 4 y el 11, los distritos de la pesca y la agricultura. Coriolanus había esperado que le tocara uno del 1 o del 2, pero no fue así, lo que le resultó aún más insultante cuando a Sejanus le asignaron el chico del Distrito 2. El Distrito 4 pasó sin que se mencionara su nombre, y su última oportunidad de conseguir un posible vencedor (el chico del Distrito 11) se perdió al recibirlo Clemensia Dovecote, hija del secretario de Energía. A diferencia de Livia, Clemensia recibió la buena noticia con tacto, y se echó la larga melena negro cuervo por encima del hombro mientras anotaba meticulosamente el nombre del tributo en su carpeta.
Algo iba mal cuando un Snow, que además resultaba ser uno de los mejores alumnos de la Academia, no recibía el merecido reconocimiento. Coriolanus empezaba a pensar que se habían olvidado de él (¿acaso pensaban concederle un puesto especial?) cuando, horrorizado, oyó que el decano balbuceaba:
—Y, por último, pero no por ello menos importante, la chica del Distrito 12... pertenece a Coriolanus Snow.
¿La chica del Distrito 12? No se le ocurría un insulto peor. El Distrito 12, el más pequeño de todos, un distrito de chiste, con sus críos desnutridos y artríticos que siempre morían durante los primeros cinco minutos. Y, encima..., ¿la chica? Las chicas podían ganar, claro, pero en su cabeza los Juegos del Hambre premiaban la fuerza bruta, y las chicas eran, por naturaleza, más pequeñas que los chicos y, por tanto, partían con desventaja. Coriolanus nunca había estado entre los favoritos del decano Casca Highbottom. De hecho, lo había apodado Cascajo Highbottom, y así lo llamaba cuando estaba con sus amigos. Sin embargo, no se esperaba una humillación pública de ese calibre. ¿Acaso se había enterado de lo del apodo? ¿O no era más que la constatación de la insignificancia de los Snow en el nuevo orden mundial?
Notó que se le subía la sangre a las mejillas a pesar de que intentaba mantener la compostura. Casi todos los alumnos se habían levantado y charlaban entre ellos. Tenía que unirse al grupo, fingir que aquello carecía de importancia, pero no lograba moverse. Lo único de lo que se veía capaz era de girar la cabeza a la derecha, donde Sejanus seguía sentado a su lado. Coriolanus abrió la boca para felicitarlo, pero se detuvo al percatarse de la tristeza apenas disimulada que se reflejaba en el rostro del muchacho.
—¿Qué te ocurre? —le preguntó—. ¿No estás contento? El Distrito 2, un chico... Es lo mejor del grupo.
—Se te olvida que yo formo parte de ese grupo —replicó con voz ronca Sejanus.
Coriolanus tomó nota: diez años en el Capitolio y Sejanus había desperdiciado los privilegios de aquella vida. Todavía se consideraba un ciudadano de los distritos. Tonterías sentimentales.
Sejanus arrugó la frente, consternado.
—Seguro que es cosa de mi padre. Siempre está intentando enderezarme.
«No me cabe duda», pensó Coriolanus. Aunque no se respetara el linaje del viejo Strabo Plinth, su riqueza y su influencia eran otra cosa. Y, aunque se suponía que se elegía a los mentores por sus méritos, resultaba evidente que se había movido más de un hilo.
El público ya se había sentado. En la parte trasera del estrado, las cortinas se abrieron para dejar al descubierto una pantalla que iba del suelo al techo. La cosecha se emitía en directo desde cada distrito, empezando por la costa este y avanzando hacia la oeste, y se retransmitía a todo el país. Eso significaba que el Distrito 12 inauguraría la jornada. Todos los presentes se levantaron cuando el emblema de Panem ocupó la pantalla, acompañado por el himno del Capitolio.
Joya de Panem,
poderosa ciudad
resplandeciente desde el albor.
Algunos estudiantes tenían dudas sobre la letra, pero Coriolanus, que había escuchado a su abuela masacrarla a diario desde hacía años, cantó los tres versos con voz potente y recibió algunos gestos de aprobación. Era lamentable, pero necesitaba cada migaja que pudiera reunir.
El sello desapareció y dio paso al presidente Ravinstill; de cabello entrecano, vestía su uniforme militar anterior a la guerra, como recordatorio de que controlaba los distritos desde mucho antes de los Días Oscuros de la rebelión. Recitó un breve pasaje del Tratado de la Traición, en el que se instauraban los Juegos del Hambre como reparación tras la victoria: las vidas de los jóvenes del distrito para compensar las muertes de los jóvenes del Capitolio. El precio de la traición de los rebeldes.
Los Vigilantes de los Juegos pasaron a la imagen de la desoladora plaza del Distrito 12, donde habían erigido un escenario temporal, ahora lleno de agentes de la paz, justo frente al Edificio de Justicia. El alcalde Lipp, un hombre achaparrado y pecoso con un traje completamente pasado de moda, estaba de pie entre dos sacos de arpillera. Metió la mano hasta el fondo en el saco de su izquierda, sacó un trozo de papel y apenas lo miró.
—La tributo del Distrito 12 es Lucy Gray Baird —dijo al micrófono.
La cámara barrió la multitud de rostros grises y hambrientos, vestidos con prendas grises e informes, en busca de la tributo. Hizo zoom en una zona en la que había movimiento porque las chicas se apartaban de la desafortunada elegida.
El público murmuró, sorprendido, al verla.
Lucy Gray Baird permanecía muy erguida, con un andrajoso vestido de volantes multicolores que en algún momento tuvo que haber sido precioso. Llevaba el pelo, oscuro y rizado, recogido en un moño decorado con flores silvestres mustias. Su colorido con junto llamaba la atención, como una mariposa deslucida en un campo de polillas. No se dirigió directamente al escenario, sino que se dedicó a pasearse entre las chicas de su derecha.
Sucedió deprisa. Metió la mano en los volantes de la cadera, algo de color verde chillón y en movimiento pasó de su bolsillo al cuello abierto de la blusa de una sonriente pelirroja, y la tributo se alejó con un susurro de su falda. La atención pasó a la víctima, cuya satisfacción se tornó en horror; entre chillidos, cayó al suelo sacudiéndose la ropa. El alcalde empezó a gritar. Y, de fondo, su agresora seguía paseándose entre la gente, todavía camino del escenario, sin volver la vista atrás ni una vez.
El Salón Heavensbee cobró vida, todos dándose codazos.
—¿Has visto eso?
—¿Qué le ha metido en el vestido?
—¿Un lagarto?
—¡Yo he visto una serpiente!
—¿La habrá matado?
Coriolanus examinó a la multitud y sintió una chispa de esperanza. El tributo con menos posibilidades, el descarte que le habían echado a la cara, aquel insulto, había captado la atención del Capitolio. Eso era bueno, ¿no? Quizá lograra conservar esa atención si él la ayudaba, lo que podría transformar su deshonra en un espectáculo respetable. De un modo u otro, sus destinos estaban unidos sin remedio.
En la pantalla, el alcalde Lipp bajó volando los escalones del escenario y apartó a empujones a las chicas reunidas para llegar a la que estaba en el suelo.
—¿Mayfair? ¿Mayfair? —gritaba—. ¡Mi hija necesita ayuda!
A su alrededor se había despejado un círculo, pero los escasos in tentos de ayudar, además de poco entusiastas, habían resultado in fruc tuosos porque la chica seguía retorciéndose en el suelo. El alcalde llegó a su lado justo en el momento en que una pequeña serpiente verde iridiscente salía disparada de entre los pliegues del vestido de su hija y se perdía entre la multitud, provocando gritos y carreras para evitarla. La huida de la serpiente calmó a Mayfair, que pasó en un segundo del miedo a la vergüenza. Miró a la cámara y se dio cuenta de que todos los ciudadanos de Panem tenían los ojos puestos en ella. Con una mano intentó enderezarse el lazo del pelo mientras que, con la otra, se adecentaba la ropa, sucia por la carbonilla que lo cubría todo y desgarrada por sus tirones. Cuando su padre la ayudó a levantarse, resultó evidente que se había orinado encima. Él se quitó la chaqueta para envolverla con ella y le pidió a un agente de la paz que se la llevase. Después se volvió hacia el escenario y lanzó una mirada cargada de odio a la nueva tributo del Distrito 12.
Coriolanus observaba la subida al escenario de Lucy Gray Baird un tanto alarmado. ¿Estaría perturbada? La muchacha tenía algo que le resultaba vagamente familiar, aunque inquietante. Las hileras de volantes de color frambuesa, azul intenso y amarillo narciso...
—Es como una artista circense —comentó una de las chicas. Los demás mentores asintieron para darle la razón.
Eso era. Coriolanus hurgó en sus recuerdos hasta dar con los circos de su infancia. Malabaristas y acróbatas, payasos y bailarinas con vestidos acampanados dando vueltas, mientras el cerebro se le empachaba de algodón de azúcar. Que su tributo hubiera elegido un atuendo tan festivo para el acontecimiento más oscuro del año evidenciaba algo que iba más allá de un simple error de juicio.
El tiempo asignado para la cosecha del Distrito 12 ya había pasado, sin duda, pero todavía les faltaba el tributo masculino. Aun así, cuando el alcalde Lipp retomó su lugar en el escenario, en vez de dirigirse a los sacos con los nombres se fue directo a por la tributo y le propinó una bofetada que la hizo caer de rodillas. Levantó la mano para pegarle otra vez, pero un par de agentes de la paz intervinieron, lo agarraron por los brazos e intentaron que retomara el asunto que lo había llevado hasta allí. Sin embargo, su resistencia los obligó a llevarlo en volandas al Edificio de Justicia y detener todo el proceso.
La atención se concentró de nuevo en la chica del escenario. La cámara tomó un primer plano de ella; Coriolanus cada vez albergaba más dudas sobre la salud mental de Lucy Gray Baird. No sabía de dónde habría sacado el maquillaje, ya que en el Capitolio hacía poco que podía conseguirse, pero llevaba sombra azul y lápiz negro en los ojos, colorete en las mejillas y los labios de un rojo oleoso. En el Capitolio habría sido un estilo atrevido. En el Distrito 12 resultaba desmesurado. Era imposible apartar la vista de ella, sentada en el escenario, alisándose compulsivamente los volantes de la falda con la mano. Cuando por fin los consideró correctamente ordenados, levantó una mano para tocarse la marca de la mejilla. Le tembló un poco el labio inferior y le brillaron los ojos, rebosantes de lágrimas que pugnaban por brotar.
—No llores —susurró Coriolanus.
Se dio cuenta de que había hablado en voz alta y miró a su al rededor, nervioso; los demás alumnos estaban cautivados, preo cupados por ella. Se había ganado su simpatía, a pesar de ser tan extraña. No tenían ni idea de quién era ni por qué había atacado a Mayfair, pero todos coincidían en que la muchacha de sonrisita satisfecha era odiosa y que su padre era un bruto capaz de golpear a una chica a la que acababan de condenar a muerte.
—Seguro que lo han amañado —dijo Sejanus en voz baja—. Su nombre no estaba en ese papel.
Justo cuando la chica estaba a punto de perder su batalla contras las lágrimas, sucedió algo inusual. Alguien entre la multitud empezó a cantar. Era una voz joven que tanto podía pertenecer a un chico como a una chica, pero con la potencia suficiente como para oírse por toda la plaza.
No podéis robarme el pasado.
No podéis robarme mi historia.
Una ráfaga de viento recorrió el escenario, y la chica alzó la cabeza poco a poco. Entre la gente, en alguna parte, una voz claramente masculina y más grave cantó:
A mi padre os lo regalo,
pero no sé el nombre de esa escoria.
La sombra de una sonrisa bailó en los labios de Lucy Gray Baird. De repente, se puso en pie, caminó hasta el centro del escenario, agarró el micrófono y se dejó llevar.
No hay nada que robar que merezca la pena guardar.
Metió la mano libre entre los volantes de la falda, la agitó de un lado a otro, y entonces todo empezó a cobrar sentido: el disfraz, el maquillaje, el pelo. Fuera quien fuera, se había vestido desde el principio para asistir a una representación. Tenía una voz bonita, alegre y clara en las notas agudas, ronca y profunda en las graves, y se movía con aplomo.
No podéis robarme el encanto
ni tampoco el humor.
Dinero no tengo tanto,
es solo un rumor.
No hay nada que robar que merezca la pena guardar.
Al cantar se transformaba, y a Coriolanus dejó de parecerle tan desconcertante. Tenía algo emocionante, incluso atractivo. La cámara bebía de Lucy Gray Baird mientras la chica avanzaba al frente del escenario y se inclinaba hacia el público, dulce e insolente.
Crees que eres lo mejor,
crees que me puedes quitar lo mío,
crees que tienes el control,
crees que puedes cambiarme, crees que puedes arreglarme.
Olvídate, cariño mío,
porque...
Y entonces se apartó y empezó a contonearse por el escenario, pasando por delante de los agentes de la paz, a algunos de los cuales les costaba reprimir la sonrisa. Ninguno hizo ademán de detenerla.
No podéis robarme el descaro.
No me podéis callar.
Me podéis besar el culo
y luego echar a andar.
No hay nada que robar que merezca la pena guardar.
Las puertas del Edificio de Justicia se abrieron de golpe, y los agentes de la paz que se habían llevado al alcalde regresaron al escenario. La chica miraba al frente, aunque estaba claro que se había percatado de su llegada. Se dirigió al otro extremo del estrado para su gran final.
No, señor,
no tengo nada que merezca la pena quitar.
Para vosotros, os lo doy gratis, qué más da.
No hay nada que robar que merezca la pena guardar.
Se las apañó para enviar un beso a los presentes antes de que cayeran sobre ella.
—¡Mis amigos me llaman Lucy Gray! ¡Espero que vosotros también! —gritó.
Uno de los agentes de la paz le quitó el micrófono de la mano mientras otro la llevaba en volandas de vuelta al centro del escenario. Ella saludó con la mano como si la hubieran recompensado con un sonoro aplauso en vez de con un silencio sepulcral.
El Salón Heavensbee también enmudeció durante unos segundos. Coriolanus se preguntaba si, como él, el resto esperaba que siguiera cantando. Entonces todos se pusieron a hablar a la vez, primero sobre la chica, después sobre la persona que había tenido la suerte de conseguirla. Los demás alumnos estiraban el cuello para buscarlo con la mirada y felicitarlo levantando el pulgar, aunque algunos lo contemplaban con celos. Él sacudió la cabeza, como si estuviera perplejo, pero por dentro estaba encantado. Los Snow siempre caen de pie.
Los agentes de la paz sacaron de nuevo al alcalde y se plantaron a ambos lados del hombre para evitar más conflictos. Lucy Gray hizo caso omiso de su regreso; al parecer, había recuperado el aplomo gracias a la actuación. El alcalde miraba con rabia a cámara mientras metía la mano en la segunda bolsa, la sacaba y tiraba por el suelo varios trozos de papel en el proceso. Leyó el que le quedaba en la mano.
—El tributo masculino del Distrito 12 es Jessup Diggs.
Los niños de la plaza se movieron y abrieron paso a Jessup, un chico con un flequillo negro aplastado contra una frente prominente. Para ser un tributo del 12, era un buen ejemplar, más grande que la media y de aspecto fuerte. Mugriento, lo que indicaba que ya trabajaba en las minas. Un intento de limpieza poco entusiasta le había dejado al descubierto un óvalo relativamente limpio en el centro del rostro, circundado de negro, y tenía carbonilla bajo las uñas. Ascendió los escalones con torpeza para colocarse en su sitio. Al acercarse al alcalde, Lucy Gray dio un paso adelante y alargó la mano. El chico vaciló y después se la estrechó. Lucy Gray se colocó frente a él, cambió la mano derecha por la izquierda, y los dos quedaron de pie hombro con hombro, con los dedos entrelazados. La chica hizo una profunda reverencia tirando del chico para que se inclinara. Se oyeron unos aplausos dispersos y un hurra en la plaza antes de que los agentes de la paz se acercaran y la transmisión pasara al Distrito 8.
Coriolanus fingió estar absorto en el espectáculo cuando llamaron a los tributos de los distritos 8, 6 y 11, aunque su cerebro daba vueltas a causa de las repercusiones de haber recibido a Lucy Gray Baird. Era un regalo, lo sabía, y debía tratarla como tal. Pero ¿cómo aprovechar mejor aquella entrada triunfal? ¿Cómo convertir un vestido, una serpiente y una canción en un éxito? Los tributos tendrían muy poco tiempo con el público antes del inicio de los Juegos. ¿Cómo conseguir que la gente se preocupara por ella y, por extensión, por él, con tan solo una entrevista? Estuvo pendiente a medias del resto de los participantes, criaturas lamentables en su mayoría, y tomó nota de los más fuertes. Sejanus recibió a un tipo imponente del Distrito 2, y Livia, a un chico del Distrito 1 que también parecía prometedor. La chica de Coriolanus presentaba un aspecto bastante saludable, aunque su constitución menuda resultaba más apropiada para el baile que para el combate cuerpo a cuerpo. Por otro lado, seguro que era capaz de correr bastante deprisa, y eso era importante.
Cuando la cosecha llegaba a su fin, el olor a comida del bufé flotó hasta los asistentes. Pan recién horneado. Cebollas. Carne. Coriolanus no lograba impedir que le rugiera el estómago, así que se arriesgó a beber otros dos tragos de posca para calmarlo. Estaba en tensión, mareado y hambriento. Cuando la pantalla se fundió en negro, tuvo que emplear toda su disciplina para no correr al encuentro de la comida.
El interminable baile con el hambre había definido su vida. No los primeros años, antes de la guerra, pero todos los días posteriores habían sido una batalla, una negociación, un juego. ¿Cuál era el mejor modo de mantener el hambre a raya? ¿Comérselo todo de una sola vez? ¿Repartirlo a lo largo del día, con cuentagotas? ¿Engullirlo todo o masticar cada bocado hasta licuarlo? No era más que un juego mental para distraerse del hecho de que nunca tenía suficiente. Nadie le permitiría nunca tener suficiente.
Durante la guerra, los rebeldes se habían quedado con los distritos que producían alimentos. Siguiendo el ejemplo del Capitolio, habían intentado matar de hambre a los ciudadanos para someterlos, usando la comida (o la falta de ella) como un arma. Ahora se volvían las tornas de nuevo, de modo que el Capitolio controlaba el suministro, y lo habían llevado un paso más allá al crear los Juegos del Hambre para retorcer el cuchillo que previamente habían clavado en el corazón de los distritos. En medio de la violencia de los Juegos se palpaba una agonía silenciosa que todo Panem había experimentado: la desesperación por conseguir el sustento suficiente para sobrevivir hasta el siguiente amanecer.
Aquella desesperación había convertido en monstruos a los habitantes del Capitolio. La gente que caía muerta de hambre en las calles formaba parte de una horripilante cadena alimenticia. Una noche de invierno, Coriolanus y Tigris habían salido con mucho sigilo del piso para recoger unas cajas de madera que habían visto en un callejón. Por el camino pasaron junto a tres cadáveres y reconocieron a uno: la joven doncella que servía tan bien el té en las reuniones vespertinas de los Crane. Empezaba a caer una manta de nieve y creían que las calles estarían desiertas, pero, de camino a casa, vieron una figura cubierta y corrieron a esconderse detrás de un seto. Observaron a su vecino, Nero Price, un titán de la industria ferroviaria, amputarle una pierna a la doncella con un cuchillo aterrador; aserró adelante y atrás hasta que la extremidad se separó. La envolvió en la falda que le había arrancado de la cintura y salió corriendo por el callejón que conducía a la parte de atrás de su casa. Los primos nunca sacaron el tema, ni siquiera entre ellos, pero se había grabado en la memoria de Coriolanus. El rostro de Price, desfigurado por el salvajismo; el calcetín corto blanco y el zapato negro rozado que coronaban la pierna cercenada, y el horror absoluto de saber que, en aquel momento, a él también podrían considerarlo comestible.
Coriolanus atribuía su salvación, tanto literal como moral, a la previsión de la abuelatriz en cuanto se inició el conflicto. Sus padres estaban muertos, Tigris también se había quedado huérfana, y los dos niños vivían con su abuela. Los rebeldes avanzaban, lentos pero seguros, hacia el Capitolio, aunque la arrogancia evitaba que el grueso de los habitantes aceptara aquella realidad. La escasez de comida obligaba a todos, incluso a los ricos, a recurrir al mercado negro en busca de algunos suministros. Así fue como Coriolanus se encontró una noche de octubre en la puerta trasera de lo que antes fuera un club de moda con una mano agarrada a una carretilla roja y la otra a la mano enguantada de la abuelatriz. El intenso frío del aire amenazaba ya a invierno, y una manta de nubes grises y plomizas ocultaba el cielo. Habían ido a visitar a Pluribus Bell, un hombre de edad avanzada que llevaba gafas con cristales color limón y una peluca blanca empolvada que le llegaba hasta la cintura. Él y su pareja, Cyrus, un músico, eran los propietarios del club cerrado, y en aquel momento se ganaban la vida traficando con mercancía en su callejón trasero. Los Snow habían ido a buscar una caja de leche en lata (la fresca había desaparecido hacía semanas), pero Pluribus les dijo que no le quedaba. Lo que acababa de llegar eran varias cajas de alubias secas que estaban apiladas frente al espejo del escenario que tenía detrás.
«Aguantarán muchos años —le prometió Pluribus a la abuelatriz—. Voy a quedarme con unas veinte para usarlas nosotros».
«Qué horror», había respondido la abuela de Coriolanus entre risas.
«No, querida. El horror es lo que sucede sin ellas», repuso Pluri bus.
No entró en detalles, pero la abuelatriz dejó de reír. Echó un vistazo a Coriolanus y le dio un apretón a su mano. En apariencia fue algo involuntario, semejante a un espasmo. Después miró las cajas mientras le daba vueltas a algo. «¿De cuántas puedes prescindir?», le preguntó al dueño del club. Coriolanus se llevó una caja a casa en la carretilla, y las veintinueve restantes llegaron en plena noche porque, técnicamente, acaparar comida era ilegal. Cyrus y un amigo subieron las cajas por las escaleras y las amontonaron en medio de la lujosa sala de estar. En lo alto de la pila colocaron una única lata de leche, cortesía de Pluribus, y les dieron las buenas noches. Coriolanus y Tigris ayudaron a la abuelatriz a esconder las alubias en despensas, en elegantes armarios e incluso en el viejo reloj.
«¿Quién se va a comer todo eso?», preguntó el niño. En aquel momento, en su vida todavía había beicon, pollo y, de vez en cuando, un asado. No quedaba mucha leche, pero sí queso de sobra, y siempre podía contar con un postre en la cena, aunque no fuera más que pan con mermelada.
«Una parte nos la comeremos nosotros. Quizá podamos cambiar el resto por otras cosas —respondió la abuelatriz—. Será nuestro secreto».
«No me gustan las alubias —se quejó Coriolanus—. O eso creo».
«Bueno, le pediremos al cocinero que busque una buena receta», respondió la abuelatriz.
Pero al cocinero lo llamaron a filas y murió de una gripe. Al final resultó que la abuelatriz no sabía ni encender la hornilla, así que menos aún seguir una receta. La responsabilidad de hervir las alubias para preparar un denso estofado recayó sobre la pequeña Tigris, que por entonces contaba ocho años de edad; después se vieron obligados a tomar sopa y, por último, el caldo aguado que los había mantenido durante la guerra. Alubias. Col. La ración de pan. De eso vivieron día sí, día no, durante unos cuantos años. Sin duda, había afectado a su crecimiento. Sin duda, habría sido más alto y más ancho de hombros de haber tenido más comida. Pero su cerebro se había desarrollado bien; al menos, eso esperaba. Alubias, col, pan integral. Llegó a odiar las tres cosas, aunque fueran las que los habían mantenido vivos sin pasar vergüenza ni canibalizar los cadáveres de las calles.
Coriolanus se tragó la saliva que le llenaba la boca al coger el plato de borde dorado con el sello de la Academia. Incluso en los peores días, al Capitolio no le habían faltado las vajillas elegantes, y el chico había comido más de una hoja de col en la delicada porcelana de su casa. Cogió también una servilleta de lino, un tenedor y un cuchillo. Cuando levantó la tapa de plata de la primera bandeja caliente, el vapor le bañó los labios. Cebollas con crema. Se sirvió una modesta ración e intentó no babear. Patatas hervidas. Calabaza de verano. Jamón asado. Panecillos calientes y una porción de mantequilla. Pensándolo mejor, dos. Un plato lleno pero no exagerado, al menos para un adolescente.
Dejó el plato en la mesa, al lado de Clemensia, y fue a por un postre del carro, porque el año anterior se les habían acabado y se perdió la tapioca. Le dio un vuelco el corazón cuando vio las hileras de tarta de manzana, cada pedazo decorado con una bandera de papel que lucía el sello de Panem. ¡Tarta! ¿Cuándo las había probado por última vez? Estaba a punto de coger una ración mediana cuando alguien le metió debajo de la nariz un plato con una porción enorme.
—Venga, llévate una grande. Un chico en pleno crecimiento, como tú, puede con ella.
Los ojos del decano Highbottom estaban legañosos, aunque habían perdido el aspecto vidrioso de aquella mañana. De hecho, estaban clavados en Coriolanus y parecían muy despiertos.
El joven aceptó el plato de tarta con una sonrisa que, esperaba, fuera infantil a la par que campechana.
—Gracias, señor. Siempre hay hueco para la tarta.
—Sí, nunca cuesta demasiado encontrarles un sitio a los placeres. Nadie lo sabe mejor que yo.
—Supongo que no, señor.
Eso sonaba mal. Su intención era coincidir con la parte de los placeres, pero le había salido como si fuera un comentario despectivo sobre la personalidad del decano.
—Supones que no —repitió Highbottom mientras entornaba los ojos sin dejar de mirar al chico—. Entonces, ¿qué planes tienes para después de los Juegos, Coriolanus?
—Espero ir a la universidad —contestó.
Qué pregunta tan extraña. Viendo su expediente académico, re sultaba evidente.
—Sí, ya he visto tu nombre entre los aspirantes al premio —repuso el decano Highbottom—. Pero ¿y si no lo obtienes?
—Bu... Bueno —tartamudeó Coriolanus—, entonces ten... tendremos que pagar la matrícula, claro.
—Ah, ¿sí? —El decano rio—. Mírate, con tu camisa remendada y tus zapatos apretados, intentando mantener las apariencias. Pavoneándote por el Capitolio, cuando a los Snow no debe de quedarles ni una escupidera. Incluso con un premio, ya sería complicado, y todavía no tienes ninguno, ¿verdad? ¿Qué pasará contigo entonces? ¿Eh? —Coriolanus no pudo evitar mirar a su alrededor para ver quién más había oído aquellas horribles palabras, pero casi todos charlaban sentados a la mesa—. No te preocupes —siguió diciendo el decano—. Nadie lo sabe. Bueno, casi nadie. Disfruta de la tarta, muchacho.
El decano Highbottom se alejó sin molestarse en llevarse un pedazo de tarta para él.
Coriolanus sintió el impulso de soltar el postre y huir de allí, pero procuró dejar con mucha delicadeza el plato en el carro. El apodo. Estaba claro que el apodo había llegado hasta el decano, junto con el nombre de su creador. Había sido una estupidez por su parte. A pesar de no estar en su mejor momento, el hombre seguía siendo demasiado importante para ridiculizarlo en público. Pero ¿de verdad había sido una ocurrencia tan horrible? Todos los profesores tenían, como mínimo, un mote, y muchos de ellos eran aun menos compasivos. Y Cascajo Highbottom tampoco se esforzaba demasiado por ocultar su adicción, como si invitara al escarnio. ¿Tendría alguna otra razón para odiar tanto a Coriolanus?
Fuera lo que fuera, necesitaba solucionarlo. No podía arriesgarse a perder su premio por algo así. Después de la universidad tenía pensado embarcarse en una profesión lucrativa. Sin una educación, ¿qué puertas se le abrirían? Intentó imaginar su futuro en un puesto de baja categoría en la ciudad... ¿Haciendo qué? ¿Gestionando la distribución de carbón a los distritos? ¿Limpiando las jaulas de los monstruos genéticos del laboratorio de las mutaciones? ¿Recaudando los impuestos de Sejanus Plinth, en su piso palaciego del Corso, mientras él vivía en un agujero mugriento cincuenta manzanas más allá? ¡Eso si tenía suerte! Costaba encontrar trabajo en el Capitolio, y él sería un graduado de la Academia sin dinero, nada más. ¿Cómo iba a vivir? ¿De créditos? Las deudas con el Capitolio solían saldarse con el ingreso en el cuerpo de agentes de la paz, y eso suponía un compromiso de veinte años quién sabía dónde. Seguro que lo enviaban a un espantoso distrito atrasado en el que sus habitantes serían poco más que animales.
El día, tan prometedor al comienzo, se derrumbaba a su alrededor. Primero, la amenaza de quedarse sin piso; después, la asignación del peor tributo del lote (quien, ahora que lo pensaba mejor, estaba mal de la cabeza), y, para terminar, la revelación de que el decano lo odiaba lo suficiente como para arrebatarle la posibilidad de obtener un premio y condenarlo a pasar el resto de su vida en los distritos.
Todo el mundo sabía lo que ocurría si uno se mudaba a los distritos. Te daban por perdido. A ojos del Capitolio, estabas muerto.
A solas en el andén, Coriolanus aguardaba la llegada de su tributo sujetando una rosa blanca de tallo largo en delicado equilibrio entre el pulgar y el índice. Llevarle un regalo había sido idea de Tigris. La joven había vuelto a casa muy tarde la noche de la cosecha, pero él había querido esperarla levantado para hablarle de sus humillaciones y sus temores. Tigris se había negado a dejar que la conversación adquiriese tintes desesperados. Él obtendría su recompensa, seguro, y gozaría de una carrera brillante en la universidad. En cuanto al piso, lo principal era averiguar todos los detalles. Cabía la posibilidad de que el impuesto no les afectara y, aunque así fuese, quizá se demorara algún tiempo. De una forma o de otra, se las apañarían para poder pagarlo. Pero él no debía pensar en eso. Tan solo en los Juegos del Hambre y en cómo salir victorioso.
En la fiesta de la cosecha de Fabricia, le contó Tigris, todo el mundo estaba como loco con Lucy Gray Baird. La tributo de Coriolanus poseía «madera de estrella», habían declarado sus amistades, ebrias de posca. Los primos coincidieron en la necesidad de causarle una buena impresión a la chica para que esta se mostrase dispuesta a colaborar con él. No debía tratarla como a una prisionera condenada a muerte, sino como a una invitada. Coriolanus, por tanto, había decidido adelantarse y recibirla en la estación de ferrocarril. Eso le concedería ventaja en su cometido, además de una oportunidad de ganarse su confianza.
«Imagínate lo aterrada que debe de estar, Coryo —había dicho Tigris—. Lo sola que debe de sentirse. Si me encontrara en su lugar, cualquier gesto tuyo que me indicase que te importa mi bienestar me animaría a seguir. No, más que eso. Me haría sentir valorada. Llévale cualquier cosa, aunque sea algo simbólico; algo que le transmita cuánto la aprecias».
Coriolanus se había acordado de las rosas de su abuela, tan estimadas aún en el Capitolio. La anciana las cultivaba con mimo en el jardín de la azotea del ático, tanto al aire libre como en un pequeño invernadero equipado con paneles solares. Las atesoraba como si se tratara de diamantes, por lo que había tenido que emplear todas sus dotes de persuasión para que le permitiera llevarse esa preciosidad. «Necesito establecer una conexión con ella. Y las rosas, como tú siempre me repites, pueden abrir cualquier puerta». El hecho de que su abuela hubiese accedido atestiguaba lo preocupada que estaba por la situación.
Habían transcurrido dos días desde la cosecha. En la ciudad se había instalado un calor sofocante y, aunque acababa de salir el sol, la estación comenzaba a parecer un horno. La presencia de Coriola nus en aquel andén tan grande y desierto quizá levantara suspica cias, pero prefería no arriesgarse a que el tren hiciese acto de presencia antes que él. La única información que había logrado sonsacarle a su vecino de abajo, el Vigilante de los Juegos en prácticas Remus Dolittle, era que su llegada estaba programada para el miércoles. La familia de Remus, cuya graduación en la universidad aún era un hecho reciente, había recurrido a todos los favores que se le debían para garantizarle ese puesto, el cual conllevaba un sueldo decente y representaba un trampolín profesional de cara al futuro. Coriolanus podría haber preguntado en la Academia, pero ignoraba si recibirla en la estación estaría mal visto. Aunque no existiese ninguna norma sobre ese particular en concreto, presentía que la mayoría de sus compañeros de clase esperarían a conocer a sus respectivos tributos en la sesión supervisada por la Academia que se celebraría al día siguiente.
Pasó una hora, que se transformó en dos, y allí seguía sin aparecer tren alguno. El sol caía a plomo sobre las cristaleras del techo de la estación. Regueros de sudor se deslizaban por su espalda, y la rosa, tan majestuosa aquella mañana, empezaba a agachar la cabeza con actitud resignada. Asaltado por la sospecha de que la idea había sido un disparate, Coriolanus se preguntó si obtendría alguna palabra de agradecimiento por haber ido a recibir a su tributo de esa manera. Quizá cualquier otra chica, una chica normal, pudiera sentirse impresionada, pero Lucy Gray Baird no encajaba en absoluto con la definición de «normal». De hecho, había algo de intimidatorio en alguien capaz de improvisar una actuación tan atrevida con el asalto al alcalde aún tan reciente. Y, poco después, colarle una serpiente venenosa por el vestido a otra muchacha. En realidad no estaba claro que fuese venenosa, de acuerdo, pero eso era lo primero que pensaba uno, ¿verdad? La chica le infundía pavor. Y allí estaba él, de uniforme, aferrado a su rosa como un escolar enamorado, esperando que ella..., ¿qué? ¿Que le tomase cariño? ¿Que se fiara de él? ¿Que no lo matase en cuanto lo viera?
Su cooperación era fundamental. La jornada anterior, Satyria había convocado una asamblea de mentores para detallar en qué consistiría su primera misión. En el pasado, tras haberse reunido en el Capitolio, los tributos acudían directamente al estadio a la mañana siguiente, pero los plazos se habían ampliado ahora que también los alumnos de la Academia estaban involucrados. Se acordó que, tras haberse entrevistado con su tributo, cada mentor dispondría de cinco minutos para presentárselo a Panem en un programa de televisión en directo. Si la gente tuviera algún favorito, quizá aumentase su interés por ver los Juegos del Hambre. Con un poco de suerte, se transformaría en un espectáculo de máxima audiencia; quizá in vitaran incluso a los mentores para que hablasen de sus tributos durante los Juegos. Como le concedieran alguna vez esos cinco minutos de gloria, Coriolanus se prometió hacer todo lo posible por convertirlos en la atracción principal de la noche.
Ya se disponía a tirar la toalla, después de haber transcurrido otra hora interminable, cuando al fondo del túnel resonó el pitido de un tren. Durante los primeros meses de la guerra, ese silbato anunciaba la llegada de su padre, procedente del campo de batalla. Su padre opinaba que, como magnate de la industria armamentística, servir en el frente reforzaba la legitimidad del negocio familiar. Con sus prodigiosas dotes de estratega, sus nervios de acero y su imponente presencia, había subido como la espuma en el escalafón. A fin de exhibir en público su entrega a la causa del Capitolio, los Snow en pleno se acercaban a la estación, Coriolanus engalanado con un elegante traje de terciopelo, para aguardar el regreso del venerable cabeza de familia. Hasta el día en que el tren solo trajo la noticia de que una bala rebelde había dado en el blanco. En el Capitolio era difícil encontrar un rincón que no estuviese ligado a algún recuerdo espantoso, pero este costaba especialmente evitarlo. Aunque el muchacho no podía decir que le hubiese profesado un cariño tremendo a aquel hombre tan distante y estricto, lo cierto era que se había sentido protegido por él. Asociaba su muerte a un miedo y una vulnerabilidad que jamás había conseguido sacudirse por completo de encima.
El pitido volvió a sonar cuando el tren entró en la estación y frenó con un estrepitoso chirrido. Era modesto, con tan solo dos vagones enganchados a la locomotora. Coriolanus buscó algún atisbo de su tributo en las ventanillas antes de percatarse de que no había ninguna. La máquina no estaba diseñada para transportar pasajeros, sino mercancías. Unos candados de antigua factura enganchados a recias cadenas metálicas aseguraban las puertas.
«Este no es el tren que esperaba —pensó—. Será mejor que me vaya a casa». En ese momento, sin embargo, un grito inconfundiblemente humano escapó de uno de los vagones de mercancías y lo dejó petrificado en el sitio.
Se imaginaba que los agentes de la paz acudirían en tromba, pero el tren permaneció inmóvil e ignorado durante veinte minutos antes de que unos pocos se acercasen a las vías. Cruzaron unas cuantas palabras con un maquinista invisible y un juego de llaves salió volando por la ventana. El agente de la paz que las recogió se dirigió remoloneando al primero de los vagones, examinó el manojo de llaves antes de seleccionar una, la introdujo en su cerradura y giró. El candado y las cadenas cayeron al suelo, y el hombre abrió la pesada puerta corredera. El vagón daba la impresión de estar vacío. El agente de la paz sacó su porra y le propinó unos cuantos golpes al marco.
—¡Venga, todos, en marcha!
Un chico alto, de piel muy morena y vestido con harapos de arpillera, apareció en la puerta. Coriolanus reconoció en él al tributo de Clemensia, del Distrito 11, desgarbado pero musculoso. Detrás de él salió una muchacha de tez también bronceada, aunque esquelética y estremecida por una tos perruna. Los separaba del suelo una caída de un metro y medio, por lo que ambos se sentaron en el borde del vagón antes de arrojarse al andén con torpeza. Una niña paliducha y menuda, con un vestido de rayas y una bufanda roja, llegó gateando a la puerta, pero parecía incapaz de dilucidar cómo salvar la distancia hasta el suelo. El agente de la paz tiró sin miramientos de ella, que aterrizó de cualquier manera y a duras penas logró usar las manos atadas para mitigar el impacto. A continuación, el hombre introdujo los brazos en el vagón para sacar a rastras a un pequeño que no aparentaba más de diez años, aunque debía de tener doce, por lo menos, y también lo arrojó al andén.
Llegado ese punto, el fuerte olor a estiércol y humedad que emanaba del interior del vagón había llegado ya a Coriolanus. Estaban transportando a los tributos en coches para el ganado, y no demasiado limpios, además. Se preguntó si les habrían dado algo de comer y permitido salir a respirar aire fresco, o si llevarían encerrados desde sus respectivas cosechas. Acostumbrado como estaba a ver a los tributos en la pantalla, no se había preparado adecuadamente para este encuentro en carne y hueso; le sobrevino una oleada de conmiseración y asco. Eran criaturas de otro mundo, sin duda. Un mundo caracterizado por la brutalidad y la desesperanza.
El agente de la paz pasó al segundo vagón y quitó las cadenas. La puerta se deslizó para revelar a Jessup, el tributo masculino del Distrito 12, con los párpados entornados frente a la luz cegadora de la estación. Coriolanus notó una sacudida eléctrica de expectación y enderezó la espalda. Seguro que ella lo acompañaba. Jessup bajó al suelo de un salto, envarado, y se volvió de nuevo hacia el tren.
Lucy Gray Baird salió con las manos esposadas cubriéndole a medias los ojos mientras se acostumbraban al resplandor. Jessup le tendió los brazos, con las muñecas separadas tanto como se lo permitía la cadena que las ceñía, y ella se dejó caer hacia delante, confiando en él para que la sujetase por la cintura y la depositara en el suelo con un movimiento sorprendentemente elegante. La muchacha le dio una palmadita de agradecimiento en la manga e inclinó la cabeza hacia atrás para empaparse del sol que bañaba la estación. Usó los dedos para peinarse el cabello ensortijado, deshaciendo nudos y retirando briznas de paja.
La atención de Coriolanus se volcó por un momento en los agentes de la paz, que vociferaban con gesto amenazador dirigiéndose al interior del vagón. Cuando se volvió, Lucy Gray lo miraba fijamente. Se sobresaltó un poco, pero después recordó que era la única persona presente en el andén, aparte de los agentes de la paz. Los soldados maldecían en esos instantes mientras aupaban a uno de los suyos al interior del vagón para sacar a los tributos más reticentes.
Ahora o nunca.
Se acercó a Lucy Gray, le tendió la rosa e inclinó la cabeza.
—Bienvenida al Capitolio —dijo. Su voz sonaba ligeramente ronca después de tantas horas sin hablar, pero pensó que eso le confería una madurez agradable.
La muchacha lo miró de arriba abajo, y por un momento Coriolanus temió que fuese a marcharse o, peor aún, a reírse de él. Sin embargo, estiró el brazo y arrancó con delicadeza un pétalo de la flor que él sostenía aún en la mano.
—Cuando era pequeña, solían bañarme en suero de leche y pétalos de rosa —dijo de un modo que, pese a lo improbable de su aseveración, resultaba completamente plausible. Deslizó el pulgar por la superficie blanca y lustrosa, se metió el pétalo en la boca y cerró los ojos para paladearlo—. Sabe a buenas noches.
Coriolanus aprovechó la ocasión para examinarla. No lucía el mismo aspecto que durante la cosecha, salvo por las pecas dispersas. Le habían quitado el maquillaje y, sin él, parecía más joven. Tenía los labios agrietados, el pelo suelto y su vestido arcoíris estaba arrugado y cubierto de polvo. La marca que le había dejado la bofetada del alcalde había dado paso a una magulladura violácea. Pero no solo se trataba de eso. Volvió a tener la impresión de estar presenciando una actuación, aunque, en esta ocasión, era privada.
Lucy Gray le dedicó toda su atención cuando abrió los ojos.
—Sospecho que no deberías estar aquí.
—Probablemente no —admitió él—. Pero soy tu mentor, y quería conocerte cuando controlara yo la situación, no los agentes de la paz.
—Ah, un rebelde.
Esa palabra era veneno en boca de los ciudadanos del Capitolio, pero ella la había pronunciado con aprobación, como si pretendiese hacerle un cumplido. ¿O se burlaba de él? Coriolanus recordó que llevaba serpientes escondidas en el bolsillo y que las reglas habituales no se aplicaban a ella.
—¿Y qué va a hacer por mí mi mentor, aparte de regalarme rosas?
—Haré todo lo posible por cuidar de ti.
Ella miró de reojo por encima del hombro a los agentes de la paz que arrojaban al andén a dos niños medio desfallecidos de hambre. La pequeña de la pareja se partió un diente contra el suelo, mientras que el chico recibió una lluvia de violentas patadas al aterrizar.
—Pues buena suerte, guapo —replicó Lucy Gray a modo de despedida, con una sonrisa, antes de regresar junto a Jessup, dejándolos atrás a él y a su rosa.
Mientras los agentes de la paz agrupaban a los tributos y los obligaban a cruzar la estación, camino de la entrada principal, Coriolanus notó que su oportunidad se le escurría entre los dedos. No se había asegurado la confianza de la muchacha. Estaba claro que lo tenía por un incompetente, y quizá estuviera en lo cierto; pero, con todo lo que había en juego, debía intentarlo. Echó a correr y alcanzó a la manada de tributos cuando estos ya estaban llegando a la puerta.
—Con permiso —le dijo al agente de la paz al mando—. Soy Coriolanus Snow, de la Academia. —Ladeó la cabeza en dirección a Lucy Gray—. Se me ha asignado esa tributo para los Juegos del Hambre. Me pregunto si sería posible acompañarla a su alojamiento.
—¿Por eso te has pasado toda la mañana dando vueltas por aquí? ¿Para conseguir un viajecito gratis al espectáculo? —El soldado apestaba a licor y tenía los ojos enrojecidos—. Bueno, cómo no, señor Snow. Únase a la fiesta.
En ese preciso instante, Coriolanus vio la camioneta que esperaba a los tributos. Una jaula con ruedas, más bien. La caja estaba rodeada de barrotes metálicos y cubierta por un techo de acero. Lo asaltó de nuevo el recuerdo del circo de su niñez, donde había visto animales salvajes (osos y grandes felinos) confinados en transportes parecidos. Siguiendo órdenes, los tributos levantaron sus grilletes para que se los quitaran y subieron a la jaula.
Coriolanus se había quedado atrás, pero entonces vio que Lucy Gray lo observaba y supo que era la hora de la verdad. Si se echaba atrás, todo habría acabado. La muchacha lo tomaría por un cobarde y se olvidaría de él. Respiró hondo y se encaramó a la jaula.
La puerta se cerró de golpe a su espalda y la camioneta arrancó con una sacudida que le hizo perder el equilibrio. Se agarró a los barrotes con la mano derecha en un acto reflejo y terminó con la cabeza encajada entre dos de ellos cuando un par de tributos se ca yeron encima de él. Empujó con fuerza hacia atrás y se contorsionó hasta quedar de cara a sus compañeros de viaje. Todo el mundo se había sujetado ya a algún barrote, excepto la niña con el diente partido, que se aferraba a la pierna del chico de su distrito. Empezaron a acomodarse mientras la camioneta traqueteaba por una amplia avenida.
Coriolanus tuvo la certeza de que había cometido un error. Incluso al aire libre, el hedor era abrumador. Los tributos habían absorbido la peste del vagón de ganado y esta se mezclaba con un tufo a humanidad sin lavar que le provocaba arcadas. De cerca se distinguía mejor la mugre que los recubría, sus ojos inyectados en sangre, los moratones de sus extremidades. Lucy Gray, que se había apretujado contra una esquina en la parte delantera, usaba el arrugado dobladillo de su vestido para limpiarse el rasponazo que se acababa de hacer en la frente. Aunque ella parecía indiferente a su presencia, los demás no le quitaban la vista de encima, como una manada de fieras acechando a un perrito faldero.
«Por lo menos estoy en mejores condiciones que ellos —pensó, apretando el tallo de la rosa que sostenía en el puño—. Si me atacan, tendré alguna oportunidad». Pero ¿la tendría realmente? ¿Contra tantos de ellos?
La camioneta aminoró la marcha para ceder el paso a uno de los coloridos carromatos callejeros, atestado de pasajeros. Pese a encontrarse en la parte trasera, Coriolanus se encorvó para evitar que alguien lo reconociera.
El carromato pasó de largo, la camioneta reanudó la marcha y él se atrevió a enderezarse. Los tributos se reían de él, o por lo menos unos cuantos sonreían de oreja a oreja, divertidos por su evidente incomodidad.
—¿Qué pasa, cara bonita? ¿Te has equivocado de jaula? —le preguntó el chico del Distrito 11, cuyo tono de voz no denotaba ni sombra de humor.
El odio indisimulado que destilaban sus palabras sorprendió a Coriolanus, pero procuró no mostrarse impresionado.
—No, esta es justo la jaula que estaba esperando.
Las manos del muchacho recorrieron como centellas la distancia que los separaba, rodearon el cuello de Coriolanus con sus largos dedos cubiertos de cicatrices y lo empujaron hacia atrás. Sus antebrazos le inmovilizaron el cuerpo contra los barrotes. Vencido, Coriolanus recurrió a la única maniobra que no le había fallado nunca en las escaramuzas del patio del colegio y proyectó la rodilla contra la entrepierna de su adversario. El chico del distrito jadeó y se dobló por la cintura, liberándolo.
—Ahora puede que te mate —le tosió a la cara la tributo del Distrito 11—. Ya se cargó a un agente de la paz en el 11. Nunca encontraron al culpable.
—Cállate, Dill —gruñó el aludido.
—¿Y ahora qué más da? —replicó ella.
—Matémoslo entre todos —sugirió con crueldad el canijo—. Ya no pueden hacernos nada peor.
Algunos tributos asintieron entre murmullos y dieron un paso adelante.
Coriolanus se quedó paralizado de miedo. ¿Matarlo? ¿De verdad pretendían molerlo a palos allí mismo, a plena luz del día, en el corazón del Capitolio? De repente, comprendió que esa era su intención. Al fin y al cabo, ¿qué tenían que perder? Con el corazón martilleándole desbocado en el pecho, flexionó las rodillas y esgrimió los puños ante él, preparándose para repeler el asalto inminente.
Desde su esquina, la melodiosa voz de Lucy Gray rompió la tensión.
—A nosotros tal vez no, pero ¿nadie tiene familia en casa? ¿Seres queridos que podrían sufrir represalias?
Aquello aplacó los ánimos de los otros tributos. Lucy Gray se abrió paso para interponerse entre Coriolanus y ellos.
—Además —dijo—, es mi mentor. Se supone que debería ayudarme. Quizá lo necesite.
—¿Cómo es que tú tienes un menda? —preguntó Dill.
—«Mentor». Todos tenéis uno —explicó Coriolanus, que se esforzaba por aparentar que era dueño de la situación.
—¿Y dónde están? —lo desafió Dill—. ¿Por qué no ha venido nadie más?
—Falta de motivación, supongo —dijo Lucy Gray, guiñándole un ojo a Coriolanus mientras le daba la espalda a la niña.
La camioneta se internó en una bocacalle estrecha y continuó avanzando, bamboleándose, hasta lo que parecía ser un callejón sin salida. Coriolanus no lograba orientarse. Intentó recordar dónde se habían alojado los tributos en ediciones anteriores. ¿En los establos, tal vez, donde se guardaban los caballos de los agentes de la paz? Sí, le sonaba haber oído alguna mención de pasada. En cuanto llegaran, buscaría a un soldado y aclararía las cosas; quizá solicitara protección, dado lo hostil de las circunstancias. Después del guiño de Lucy Gray, cabía la posibilidad de que hubiera merecido la pena quedarse.
Se acercaban marcha atrás a un edificio tenuemente iluminado, tal vez algún almacén. Coriolanus aspiró una combinación almizcleña de pescado podrido y heno viejo. Desconcertado, intentó hacerse una idea mejor de su entorno; al forzar la vista distinguió dos puertas metálicas que se abrían en esos momentos. Un agente de la paz abrió la puerta trasera de la camioneta y, antes de que nadie pudiera apearse, la jaula se inclinó y los volcó sobre una losa de cemento frío y mojado. No una losa, sino más bien una especie de rampa, pues describía un desnivel tan extremo que Coriolanus empezó a resbalar de inmediato junto con los demás. Se le cayó la rosa cuando sus manos y sus pies se esforzaron por encontrar sin éxito un asidero. El grupo recorrió al menos seis metros antes de aterrizar en una pila desmadejada sobre una superficie de grava. El resplandor del sol deslumbró a Coriolanus mientras se revolvía para liberarse de la maraña. Trastabilló unos cuantos metros, se irguió y se quedó petrificado. Aquello no era ningún establo. Recordaba con nitidez ese sitio, aunque llevara años sin visitarlo. La franja de arena. Las formaciones rocosas artificiales que se elevaban a gran altura como columnas retorcidas. La hilera de barrotes metálicos graba dos como enredaderas curvadas, en forma de arco, para proteger a los espectadores. Entre las rejas, las caras de niños del Capitolio que lo observaban boquiabiertos.
Estaba en la casa de los monos del zoo.