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MITOS
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criaturas
y
LEGENDARIAS
LEGENDARIAS
dioses,
dioses,
HÉROES
HÉROES
RBA MOLINO
JAIME MORENO DELGADO
Ilustraciones de Cuchu
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MITOS
MITOS
criaturas
y
LEGENDARIAS
LEGENDARIAS
dioses,
dioses,
HÉROES
HÉROES
Texto: Jaime Moreno Delgado.
Ilustraciones: Sonia González Arévalo.
© RBA Libros, S.A., 2019.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
rbalibros.com
Cubierta: Lookatcia.com.
Realización de la versión digital: El Taller del Llibre, S.L.
Primera edición: noviembre de 2019.
rba molino
ref.: obdo626
isbn: 978-84-272-2081-2
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito
del editor cualquier forma de reproducción, distribución,
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Todos los derechos reservados.
ÍNDICE
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ÍNDICE
El origen de los mitos 8
Introducción 11
DIOSES Y TITANES
Afrodita. La diosa que surgió del mar 14
Apolo. El arquero del Olimpo 16
Ares. El guerrero brutal 18
Ártemis. La diosa de la caza 20
Asclepio. El dios de la medicina 22
Atenea. La protectora de las artes y la sabiduría 24
Atlas. El pilar del mundo 26
Caronte. El barquero de los infiernos 28
Cibeles. La Gran Diosa Madre 30
Circe. La poderosa hechicera 32
Cronos. El señor del tiempo 34
Deméter. La diosa de los cereales y la agricultura 36
Deucalión y Pirra. La pareja más justa de la tierra 38
Dionisio. El alegre dios del vino 40
Eolo. El guardián de los vientos 42
Eos. La que anuncia la mañana 44
Eris. La diosa de la discordia y del enfrentamiento 46
Eros. El juguetón dios del amor 48
Gea. La madre de todos los dioses 50
Hades. El señor de los infiernos 52
Hebe. La joven copera de los dioses 54
Hécate. La reina de la noche y la magia 56
Hefesto. El gran herrero y señor del fuego 58
Hera. La reina de los dioses 60
Hermes. El mensajero de los dioses 62
Hestia. La protectora del hogar 64
Iris. La mensajera del arcoíris 66
Morfeo. El dios que aparece en los sueños 68
Pan. El dios de los pastores 70
Perséfone. La reina del inframundo 72
Poseidón. El señor del mar y los océanos 74
Prometeo. El defensor de la humanidad 76
Selene. La diosa lunar 78
Zeus. El rey de los dioses 80
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HÉROES, SEMIDIOSES Y HUMANOS
Acteón. El cazador cazado 84
Amazonas. Las valientes guerreras 86
Andrómeda. La princesa etíope 88
Aquiles. El héroe de la terrible mirada 90
Aracne. La tejedora orgullosa 92
Belerofonte. El héroe que intentó volar hasta el cielo 94
Dafne. La ninfa del laurel 96
Dánae. La Rapunzel griega 98
Dédalo. El gran arquitecto 100
Dioscuros. El amor fraternal 102
Eco. La voz de las montañas 104
Eurídice. La fuerza de un gran amor 106
Europa. La joven que dio nombre a un continente 108
Ganímedes. El copero de los dioses 110
Helena de Troya. Una mujer atrapada por el destino 112
Heracles. El héroe más poderoso de todos los tiempos 114
Hespérides. Las guardianas de las manzanas de oro 116
Ícaro. El sueño de volar 118
Jasón. El viajero incansable 120
Leda. La princesa y el cisne 122
Lotófagos. El sueño del olvido 124
Medea. La hechicera valiente 126
Narciso. El joven que se enamoró de sí mismo 128
Ninfas. Las protectoras de la naturaleza 130
Odiseo. El más astuto de los griegos 132
Orfeo. El músico que amansaba las fieras 134
Pandora. La primera mujer 136
Paris. El juez de las diosas 138
Pasífae. La madre del Minotauro 140
Penélope. La paciencia personificada 142
Perseo. El héroe que vino del mar 144
Sísifo. El castigo eterno 146
Teseo. El gran héroe de Atenas 148
Tiresias. El adivino de Tebas 150
CRIATURAS LEGENDARIAS
Amaltea. La nodriza de Zeus 154
Aves de Estínfalo. La plaga de los pájaros metálicos 156
Basilisco. El rey de las serpientes 158
Caribdis. La ninfa hambrienta 160
Centauros. Los hombres caballo 162
Cerbero. El perro de los infiernos 164
Cíclopes. Los monstruos de un solo ojo 166
7
Erinias. Las divinidades de la venganza 168
Escila. El monstruo del arrecife 170
Esfinge. El enigma alado 172
Galatea. La nereida siciliana 174
Gerión. El gigante de tres cabezas 176
Harpías. La pesadilla alada 178
Hidra de Lerna. La serpiente de nueve cabezas 180
Hipocampos. Los veloces dueños del mar 182
Jabalí de Erimanto. El azote de Arcadia 184
León de Nemea. El león de la piel impenetrable 186
Medusa. La doncella de la terrible mirada 188
Minotauro. El guardián del Laberinto de Creta 190
Moiras. Las tejedoras del destino 192
Musas. Las protectoras de las artes y la belleza 194
Orión. El gigante de las estrellas 196
Pegaso. El caballo alado 198
Pitón. La serpiente adivina 200
Polifemo. El cíclope cruel 202
Proteo. El Viejo del Mar 204
Sátiros. Los alegres acompañantes de Dionisio 206
Sirenas. Los monstruos de bella voz 208
Talos. El primer robot 210
Tifón. El azote de los dioses olímpicos 212
Toro de Creta. El toro de Poseidón 214
Yeguas de Diomedes. Los caballos carnívoros 216
Genealogía divina 218
Los dioses y héroes griegos y sus equivalentes romanos 220
EL ORIGEN DE LOS MITOS
ÁFRICA
ITALIA
GRECIA
Roma
Cumas
Nápoles
Monte Circeo
SICILIA
Lípari
Estrecho de Mesina
Ítaca
Circe
Hefesto
Sirenas
Lotófagos
Hestia
Jabalí de Erimanto
Polifemo
Galatea
Eolo
Odiseo
Escila
Penélope
Caribdis
Medea
Sísifo
El origen de los mitos
MAR NEGRO
MAR EGEO
MAR MEDITERRÁNEO
ASIA MENOR
Monte Olimpo
TRACIA
Corinto
Epidauro
Sérifos
Arcadia
CRETA
Atenas
Frigia
Delos
Naxos
Eleusis
CHIPRE
Tebas
Troya
Yolcos
Quíos
Afrodita
Perseo
Atenea
Deméter
Dionisio
Aracne
Orión
Helena
de Troya
Teseo
Paris
Talos
Zeus
Jasón
Orfeo
Yeguas de Diomedes
Aves de Estínfalo
Minotauro
Apolo
Ártemis
Cibeles
Asclepio
Esfinge
INTRODUCCIÓN
Cuando a alguien le preguntan si sabe qué es la mitología clásica, seguramen-te pensará que es una pregunta fácil de responder: son las leyendas griegas y romanas sobre los dioses, los héroes, los semidioses y diversas criaturas monstruosas. Pero para la mayoría de los antiguos griegos los mitos no eran simples cuentos o leyendas, sino que explicaban muchas cosas de su pasado y su presente y sobre cómo debíamos comportarnos con los demás. Para ellos, la guerra de Troya no era una narración inventada, sino un hecho histórico real que había enfrentado a griegos y troyanos; y las ninfas no eran tan solo personajes en pinturas y poemas, sino que se creía que vivían con nosotros en los bosques y ríos.
Tal vez no fueran fáciles de ver, pero los antiguos griegos notaban la pre-sencia de muchos de esos seres mitológicos. Por ello, un ruido en un bosque podía significar que quizás alguna ninfa estuviera observando lo que hacía un humano en sus dominios, o bien que los juguetones sátiros estuviesen prepa-rando alguna fiesta. Y si Eco se encontraba en la montaña podía devolver las últimas palabras pronunciadas por los viajeros. Y a menudo, tras una tormen-ta, Iris viajaba hasta los confines del mundo, armada con su famoso arco, para transmitir un mensaje de los dioses. Y cuando veáis una araña, recordad que desciende de la misma Aracne, la artesana traicionada por su propio orgullo. Y, de ese modo, en este mismo instante, quizás algún terrible monstruo acecha escondido en cualquier abismo para atacar a los seres humanos o a los dioses, como el terrible Tifón. ¿Volverá Heracles a ayudar a la humanidad si ello su-cede? Estad atentos, nunca se sabe cuándo un dios anda cerca...
Introducción
Antes de que el tiempo fuese tiempo y de que naciera la primera estrella, solo existían los titanes Gea, Urano y sus hijos, liderados por Cronos. Pero incluso los dioses más poderosos podían perder su lugar en el cielo y, de ese modo, los titanes fueron sustituidos por los dioses olímpicos y su soberano, Zeus. Sus vidas dieron lugar a los mitos más célebres jamás conocidos, increíbles historias sobre el amor, el odio, la envidia y el ansia de poder.
DIOSES
DIOSES
y
TITANES
TITANES
DIOSES Y TITANES
afrodita
afrodita
Afrodita nació en el mar, entre la espuma de las olas, muy cerca de la isla de Chipre. De hecho, su nombre contiene la palabra griega para «espuma», afros. Y tal como numero-sos cuadros e imágenes de la historia del arte nos la muestran, surgió del océano siendo ya una joven en todo su esplendor. Representante de la belleza y del amor, tanto los seres mortales como los inmortales eran conscientes de su gran poder, y muchos se vieron arrastrados por la fuerza irresistible que ella inspiraba: la pasión amorosa.
Fue la protagonista del que se conoce como juicio de Paris, en el cual compitió con Atenea, diosa de la sabiduría, y Hera, la esposa de Zeus. Todo comenzó cuando Eris, diosa de la discordia, no fue invitada a la boda de Peleo y Tetis. Irritada, se quiso vengar de los dioses provocando el enfrentamiento entre ellos. Se presentó en la boda y dejó caer una manzana de oro, la llamada «manzana de la discordia», con un breve escrito en ella: «Para la más bella». Afrodita, Atenea y Hera reclamaron para sí la manzana. Como Zeus no quería hacer de juez para no enfadar a las que perdieran, se escogió al troyano Paris. En la competición, ninguna de ellas jugó limpio, pues las tres intentaron que Pa-ris las escogiera ofreciéndole un regalo, es decir, sobornándolo. Hera le dijo que le haría soberano de un gran reino; Atenea le ofreció la sabiduría y salir siempre victorioso en las batallas. Pero, finalmente, Paris le dio la manzana a Afrodita, ya que esta le prometió a cambio el amor de la mujer griega más hermosa: Helena.
Varios dioses se enamoraron de ella. Se casó primero con Hefesto, pero ella no lo amaba y lo engañó con otras divinidades. Más tarde se unió con Ares, con quien tuvo varios hijos, entre ellos el travieso Eros, pero también Deimos y Fobos, terribles divini-dades que acompañaban a su padre en la guerra. También tuvo un hijo con un mortal, Anquises, que fue el padre de Eneas, un héroe troyano que los romanos relacionaban con los orígenes míticos de Roma. De aquí que los romanos la veneraran tanto, aunque con el nombre latín de Venus. ¡Incluso la familia del famoso general romano Julio César se consideraba descendiente de la diosa!
La diosa que surgió del mar
Los griegos dieron el nombre de algunos de sus dioses a los cinco planetas que conocían (Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno). El segundo recibió el nombre de Venus por su luminosidad y belleza.
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Afrodita. La diosa que surgió del mar
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apolo
Apolo
Hijo de Zeus y Leto, Apolo era hermano gemelo de la diosa de la caza, Ártemis. Su naci-miento fue un poco complicado ya que Hera, celosa por los engaños de su marido Zeus, no quería que Leto diera a luz en tierra firme. Finalmente, los niños nacieron en la isla de Delos, que flotaba en medio del mar. Como muestra de agradecimiento, Apolo fijó la isla en su posición actual mediante cuatro gigantescas columnas.
Igual que su hermana, era un excelente arquero, y su aspecto era el de un joven de gran belleza con el cabello rizado. Su primera hazaña fue matar a la serpiente Pitón, un ser monstruoso que protegía el oráculo de Temis en el monte Parnaso. Hera había enviado esta serpiente para perseguir a Leto e impedir que diera a luz. Como venganza por los sufrimientos de su madre, al cuarto día de nacer, Apolo la mató con sus flechas. En ese lugar, en Delfos, el dios creó un gran santuario donde él mismo transmitía sus oráculos a través de una sacerdotisa llamada «pitonisa». Este santuario llegó a ser tan importante que los griegos lo consideraban el «ombligo» del mundo y a él acudían enviados de todas las ciudades griegas (y también de los reinos bárbaros) para consultar a la pitonisa.
Los griegos tanto lo temían como lo adoraban, pues era una divinidad sanadora y el padre del dios de la medicina, Asclepio, pero al mismo tiempo enviaba epidemias a los mortales que no lo honraran. Había que hacerle caso. Durante la guerra de Troya, Apo-lo mandó una plaga a los griegos porque el rey Agamenón no quería devolver a Crisei-da, joven a la que había raptado, a su padre Crises, que era uno de sus sacerdotes.
También protegía las artes y la música. Él mismo era tan buen músico que no sopor-taba que nadie afirmara que tocaba mejor que él. Si alguien se atrevía a desafiarlo, po-día acabar muy mal, como le pasó al sátiro Marsias. Este, que era un excelente flautista, retó a Apolo a tocar con su lira música tan bonita como él. Ambos tocaron ante las Musas, escogidas como jueces, que no se decidían a quién dar la victoria. Entonces Apolo impuso que ganaría quien pudiera tocar girando boca abajo su instrumento. Como Marsias no lo pudo hacer, Apolo se consideró vencedor y lo mató.
El arquero del Olimpo
El laurel es un árbol consagrado a Apolo. Con sus hojas se preparaban coronas para los vencedores en muchas competiciones de la Antigüedad. Hoy día, la corona de laurel sigue siendo un símbolo de victoria.
Apolo. El arquero del Olimpo
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ares
Ares
El guerrero brutal
Marte, como se conocía a Ares en Roma, dejó embarazada a Rea Silva, que dio a luz a dos gemelos, Rómulo y Remo. Cuando crecieron fundaron la ciudad que llegaría a ser la dueña de todo el Mediterráneo: Roma.
Ares formaba parte del restringido círculo de los doce dioses olímpicos, puesto que era hijo de Zeus y de Hera, los reyes de todas las divinidades. Era el dios de la guerra, pero su brutalidad y sed de sangre a menudo provocaban que muy pocos seres humanos y dioses lo apreciaran.
Pese a su fuerza y terrible aspecto, en muchas ocasiones fue derrotado por dioses más inteligentes que él, como Atenea, la diosa de la sabiduría, que, aunque también era guerrera, sabía utilizar la astucia mucho mejor que él. Por ejemplo, esta le ganó en dos ocasiones en Troya. En la primera, Ares luchaba junto con el troyano Héctor contra el héroe griego Diomedes, cuando este, con la ayuda de Atenea, esquivó la lanza de Ares y consiguió herir al propio dios, que lanzó un grito desgarrador que retumbó en el cam-po de batalla, obligándole a refugiarse en el Olimpo. Y en la segunda ocasión, lo venció tras dejarlo aturdido de una pedrada. Parece que ambos dioses no se llevaban muy bien y eso que eran hermanastros. Los griegos lo tenían claro: la astucia y el valor podían derrotar la fuerza bruta.
Junto con Afrodita fue padre de Eros y también de dos divinidades muy cercanas a él por carácter: los terribles Fobos y Deimos, que lo acompañaban en la guerra. El nom-bre de ambos era un reflejo claro de lo que representaban: Fobos significa «miedo» y Deimos, «espanto». Ambos acompañaban a Ares a todas las contiendas, y Fobos se en-cargaba de provocar el miedo en los guerreros para que huyeran del campo de batalla. Como por separado perdían gran parte de su poder de intimidación, siempre actuaban juntos en la lucha. En su honor, los dos pequeños satélites del planeta Marte fueron bautizados con sus nombres.
Los romanos apreciaban a Ares mucho más que los griegos, ya que este dios se vin-culaba con los orígenes legendarios de Roma. De hecho, se le consideraba el padre de Rómulo y Remo, los fundadores de la ciudad.
Ares. El guerrero brutal
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ártemis
Ártemis
Ártemis, conocida entre los romanos como Diana, era hija de Leto y Zeus, y hermana gemela de Apolo. Solía ir vestida siempre con una túnica corta e iba armada con un arco y flechas.
Justo después de nacer, ayudó a su madre para que diera a luz a Apolo. Fue, por tan-to, un bebé precoz, por lo que muchas mujeres la invocaban en el momento del parto. También aprendió muy pronto a manejar el arco y llegó a ser una excelente cazadora, de forma que se convirtió en la diosa de la caza y de los animales salvajes.
Era la más joven de las divinidades olímpicas, pero, antes que quedarse en el Olim-po, prefería irse de caza por los bosques en compañía de su séquito de ninfas. Valiente e independiente, decidió no casarse ni tener demasiado trato ni con hombres ni con dioses.
A veces se mostraba excesivamente severa, incluso cruel. Siendo muy joven, se ven-gó junto con su hermano de Níobe, una mortal que se había enorgullecido de tener más hijos que Leto, que solo había concebido a Ártemis y Apolo. Para castigarla, mataron a sus doce hijos, Ártemis a las seis chicas y su hermano a los seis chicos. En otra ocasión, convirtió a Acteón, un joven cazador, en ciervo, provocando que sus propios perros lo mataran. ¡Pobre Acteón! Su única falta había consistido en ver a la diosa desnuda mien-tras se bañaba en un manantial. Él había ido a beber agua y se topó con ella involunta-riamente, pero las excusas no valían para esta diosa. Y también castigó al gigante Orión, que se atrevió a desafiarla en el lanzamiento de disco y presumió ante ella de ser un gran cazador. ¡No sabía la que se le venía encima! Ártemis le envió un gigantesco escorpión cuya picadura lo mató.
A su grupo de ninfas también les exigía que no tuvieran ninguna relación amorosa. No dudó en castigar a Calisto, una joven que se había puesto a su servicio. Seducida por Zeus, Calisto quedó embarazada. Cuando Ártemis se dio cuenta de lo que había suce-dió, la expulsó de su séquito y la convirtió en una osa.
La diosa de la caza
Zeus se compadeció del triste final de Calisto y la convirtió en la constelación de la Osa Mayor.
Ártemis. La diosa de la caza
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asclepio
asclepio
El dios de la medicina
La vara de Asclepio está compuesta por dos elementos. El primero, el bastón, es un símbolo que también llevan otros dioses. Alrededor de él se enrosca una serpiente, un animal que, al realizar varias mudas a lo largo de su vida, simbolizaba el rejuvenecimiento y la resurrección. Por ello, su veneno a veces también se comparaba con las medicinas, que pueden ser mortales si no se toma la dosis adecuada.
Asclepio era hijo de Apolo y de una mortal, Corónide, que murió justo antes de que él naciera. Fue el propio Apolo quien sacó al niño de su vientre y, poco después, encargó al centauro Quirón, un ser mitad humano mitad caballo, que lo cuidara y le enseñara el arte de la medicina. Asclepio llegó a ser tan buen médico que incluso superó a su maestro. Entre otros logros, consiguió, con la sangre de la Medusa (un terrible mons-truo al que un héroe llamado Perseo había cortado la cabeza), resucitar a los muertos. Esa sangre tenía unas propiedades muy especiales: la que le había salido por la vena izquierda era un veneno mortal, pero la que había perdido por la vena derecha podía curar cualquier enfermedad. Zeus no podía consentir que Asclepio se saltara tan a la ligera las leyes de la naturaleza, por lo que decidió fulminarlo con un rayo. Tras su muerte, Asclepio se convirtió en una constelación, la de Serpentario, también conoci-da como Ofiuco.
Pese a estar muerto, no dejó de ayudar a los seres humanos: en su santuario de Epi-dauro, mostraba a los enfermos que allí acudían el camino de su curación mediante un curioso ritual: estos pasaban una noche en unos dormitorios subterráneos y, durante el sueño, el propio Asclepio se les aparecía y les recetaba el tratamiento. A veces los sue-ños eran de fácil comprensión, pero en otras ocasiones debían ser interpretados por los sacerdotes de Epidauro. Sus dos hijos, Podalirio y Macaón, también fueron médicos y acompañaron a los griegos en la expedición contra Troya. Su función era tan importan-te que, como los médicos en los ejércitos modernos, no tenían que combatir.
Asclepio, el Esculapio romano, se representaba como un varón adulto y de porte distinguido que llevaba una vara con una serpiente enroscada, símbolo que sigue re-presentando la salud y que podemos encontrar en la bandera de la Organización Mun-dial de la Salud.
Asclepio. El dios de la medicina
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atenea
atenea
La protectora de las artes y la sabiduría
A menudo el nombre de Atenea iba acompañado del adjetivo glaucopis, que a veces se traduce como «de ojos brillantes» y otras «de ojos de mochuelo», un ave nocturna que se convirtió en símbolo de la diosa. Es probable que en alguna ocasión hayáis visto un ave representada en las monedas griegas de un euro: se trata de la reproducción del mochuelo de Atenea que aparecía en una moneda de plata ateniense del siglo v a. C.
El nacimiento de Atenea, diosa de la sabiduría, las ciencias y las artes, fue extraordina-rio. Su padre, Zeus, tras devorar a Metis, que estaba embarazada de Atenea, sufría unos terribles dolores de cabeza. No es que Zeus tuviera unos gustos gastronómicos peculia-res, simplemente se la comió para evitar que naciera un hijo varón, pues, según un oráculo, este le arrebataría el poder. Para aliviar su dolor, buscó un remedio bastante drástico y poco recomendable si no eres un dios: pidió a Hefesto que le abriera la cabe-za. De modo que este cogió un hacha y golpeó con ella a Zeus. De su cabeza salió enton-ces Atenea, y lanzó un terrible grito de guerra.
Atenea dio muy pronto muestras de su valentía. Fue, junto con Zeus, quien más desta-có en la lucha contra unos gigantes que querían expulsar a los dioses del Olimpo. Pero siempre que podía prefería utilizar la inteligencia y la astucia para conseguir lo que se proponía. Por ejemplo, logró que las divinidades aceptaran el regreso a Ítaca de Odiseo, el mortal al que más apreciaba, pese a que Poseidón, el dios del mar y el segundo más poderoso, se negaba a ello. Aprovechando que Poseidón no se encontraba en el Olimpo, supo convencer con un buen discurso a los demás para que permitieran dicho retorno.
Con Poseidón no hacía muchas migas, la verdad. En otra ocasión, cuando los dioses se estaban repartiendo el mundo, Poseidón y Atenea se disputaban la región de Atenas. Quien otorgara el mejor don a la ciudad se convertiría en su patrón. El primero hizo surgir una fuente en la Acrópolis, en la parte alta de la ciudad. Un buen regalo si no fuera porque era una fuente... ¡de agua salada! En cambio, Atenea ofreció el olivo, que proporcionaba madera, aceite, sombra y fruto, árbol que se convertiría en uno de sus símbolos. El pueblo, que actuaba como juez, tuvo claro cuál era el mejor presente y Ate-nea pasó a estar ligada para siempre a la que sería su ciudad, Atenas.
Atenea. La protectora de las artes y la sabiduría
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