Ilustraciones de Ben MantleTraducción de Ángela Esteller García
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Título original inglés: The Land of Roar.Autora: Jenny McLachlan.© del texto: Jenny McLachlan, 2019.© de las ilustraciones: Ben Mantle, 2019.Todos los derechos reservados. Publicado originalmente en inglés en 2019 con el título The Land of Roar por Egmont UK Limited, The Yellow Building, 1 Nicholas Road, London, W11 4AN © de la traducción: Ángela Esteller García, 2020.© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2020.Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelonarbalibros.comPrimera edición: marzo de 2020.RBA MOLINOREF.: ODBO696ISBN: 978-84-272-2190-1PLECA DIGITAL • PREIMPRESÓNComposición digital: Newcomlab S.L.L.Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito deleditor cualquier forma de reproducción, distribución,comunicación pública o transformación de esta obra, que serásometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirsea Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos,www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmentode esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados
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A mis chicas, que nunca dejaron de creer en Rugido
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MITCHARCHI PLAYGOBOSQUE ENMARA
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por RUTHY GIDOEL LADOMALOEL FIN
RUGIDO
EL NIDO DEL CUERVOMASMORAAN~ADO
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9CAPÍTULO 1
H
ay un mago en el desván del abuelo.Estoy sentado en el jardín, mirando hacia la ventana del des-ván, y puedo distinguir claramente una sombra oscura en pie justo detrás del cristal.—¡Mira, Ruth, hasta se ve su sombrero puntiagudo! —le digo a mi hermana, dándole un codazo.
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10Ruth desliza los dedos por la pantalla de su móvil.—Gido, no hay ningún mago en el desván. Déjame en paz, estoy ocupada.Miro por encima de su hombro y veo que lo que la mantiene tan ocupada es dar un likea la foto de un charco de agua que alguien ha subido. Cuando vuelvo a mirar hacia la ventana, la extraña sombra todavía está allí. Mis ojos trazan el contorno de unos hombros, una cabeza y un sombrero ligeramente torcido mientras trato de imaginar qué puede ser: ¿un reflejo de los árboles?, ¿algún trasto que el abuelo ha dejado tirado allí arriba?Lo que veo a continuación me pone la piel de gallina: una peque-ña marca blanca empaña el cristal, como si fuera la respiración de alguien. Cierro los ojos con fuerza y me los restriego. Cuando los abro de nuevo, la marca blanca ha desaparecido. Sonrío con nervio-sismo. Mamá siempre me dice que tengo una imaginación desbor-dante.—Probablemente sea el esqueleto inflable —digo—, el que trajo el abuelo para Halloween, y el sombrero podría haber salido de la caja de disfraces…—Cállate, Gido —dice Ruth—. Me estás incordiando.Suspiro, dándome por vencido, y empiezo a vagabundear por el jardín. Raspo la corteza de un árbol, le pego un puntapié a una pelo-ta de fútbol deshinchada y la envío a un seto, y luego me cuelgo de una rama. Ruth sigue con su teléfono: tap, tap, tap. Me dejo caer al suelo y miro de nuevo hacia la ventana del desván.—Todavía sigue allí —digo.—Gido —espeta Ruth—, ¿puedes cerrar el pico y dejar ese rollo de los magos? ¡No pienso jugar contigo!Refunfuño y me tumbo boca arriba en el césped. Todos los vera-
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11nos, papá y mamá nos dejan aquí, a cargo del abuelo, mientras ellos se van de camping. Solía ser una pasada. Ruth y yo hacíamos lo que nos daba la gana durante una semana entera: construíamos cabañas, nadábamos en el mar, comíamos cereales tres veces al día…, pero des-de que tiene móvil, Ruth se ha vuelto superaburrida.—Om, pom, pom. —El abuelo, medio encorvado, sale cantando del cobertizo. Su cabello y la barba grises destacan sobre su piel oscu-ra. Me sonríe y después empieza a cortar un arbusto con un par de tijeras de podar oxidadas.—Abu, ¿has puesto un maniquí o algo parecido en el desván?El abuelo ríe ante la ocurrencia.—No, amigo, yo no he sido.Me vuelvo hacia Ruth. No puede pasarse todo el día con los ojos clavados en la pantalla de su teléfono.—¿Qué te parece si primero miramos en el desván y después vamos a coger cangrejos al embarcadero?—No.—¿Un pimpón?—No.—¿Y si nos acercamos al salón recreativo, fingimos que somos pira-tas y tratamos de encontrar las monedas que se han caído de las tra-gaperras?—¡Ni hablar! —dice alarmada, negando con la cabeza.—¡Pero si te solía encantar…!—Te solía encantar a ti, Gido. Yo ya lo he superado.De pronto, Ruth se pone en pie de un salto y guarda el teléfono enel bolsillo. Mazen Bailey, la vecina que vive en la casa contigua a la del abuelo, acaba de aparecer sobre la cama elástica que tiene instalada ensu jardín. Mazen Bailey es una persona horrible, pero Ruth la adora
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12porque tiene trece años, dos más que nosotros, y un canal propio en YouTube que se llama «¡Mazen total!».Ruth corre a encaramarse al cubo de la basura con ruedas y se in-clina por encima de la tapia.—¡Hola, Mazen!—¿¡Qué te has hecho en el pelo!? —grita Mazen. A continuación, se aproxima hasta la tapia y ella y Ruth empiezan a cuchichear, mirándome de vez en cuando.—Gido —dice Ruth—, ¿qué es lo que has visto en el desván?Durante un instante, vacilo. Ambas sonríen, esperando que suel-te alguna estupidez, así que respondo:—Una sombra.—Sí, pero ¿a qué se parecía?—A un mago —musito, haciendo que estallen en carcajadas. Noto que las mejillas se me sonrojan y señalo hacia la ventana—. ¡No me lo estoy inventando! ¡Mirad!Y las dos lo hacen, pero Ruth niega con la cabeza.—¡Allí no hay nada, Gido!—Sí que hay… —protesto, pero entonces me doy cuenta de que tie-ne razón. La ventana es, sencillamente, un cuadrado vacío—. Tienes que estar en el sitio correcto para verlo y asegurarte de que el sol no se refleja en el cristal —digo, moviéndome de lado a lado.Sin embargo, haga lo que haga, no consigo que la silueta re- grese.Con una risita final, Mazen anuncia que tiene que marcharse.—Vuelve más tarde, Ruth. Te dejaré probar la cama elástica.—¿De verdad? ¡Gracias!Mazen desaparece en el interior de su casa y Ruth baja del cubo de basura de un salto.
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13—«¿De verdad? ¡Gracias!» —repito, imitando el entusiasmo conque lo ha pronunciado.Rápida como un relámpago, Ruth me rodea las piernas con los brazos y me tumba en el suelo. Quizás ella sea muy buena en el rugbi, pero yo soy mejor escabulléndome. Sin embargo, no lo consigo: aun-que trato de escapar revolviéndome y contorneándome como una serpiente, ella me oprime todavía más con su llave de tenaza.—¡Suéltame! —grito.—¡No hasta que pares de incordiar!—¡Pararé de incordiar…! —Trato de zafarme, pero no lo consigo—. ¡Cuando tú dejes de ser una aburrida, algo que no sucederá JAMÁS!Ruth me apretuja todavía más, tanto que las piernas se me empie-zan a dormir.—Consúmete —dice lentamente con una voz profunda—. CONSÚ-METE… CONSÚÚÚMETE… Esto es algo que solíamos hacernos el uno al otro: fingir que po-díamos consumir la energía del otro sujetándolo y estrujándolo. Sor-prendentemente, aunque Ruth no me lo ha hecho durante años, la técnica sigue siendo muy efectiva. Ya empiezo a sentir las piernas dé-biles y pesadas, como si fueran de cemento.—¡Mellizos! Alzamos la mirada a un tiempo y vemos al abuelo en pie sobre nuestras cabezas.—No es mi intención interrumpir vuestro jueguecito, pero he pen-sado que quizás os gustaría saber que en el desván os espera una sor-presa.Ambos nos incorporamos de un salto.¡Sabía que había visto algo allí arriba! Las sorpresas del abuelo son legendarias: nos ha construido una cabaña en un árbol, unos karts
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14con luces que funcionaban de verdad e incluso una balsa que nos lle-vamos al río. Me apuesto algo a que, sea lo que sea lo que haya en el desván, ¡seguro que está relacionado con ese mago!—¡Te echo una carrera! —grito, saliendo disparado hacia la puerta trasera.Ruth me alcanza cuando no he dado ni tres pasos. Me rebasa dán-dome un empujón y por encima del hombro exclama:—¡Hasta luego, pringado!Trato de que mis cortas piernas vayan más rápido, pero Ruth es tan buena corredora y me ha «consumido» tan bien que no consigo atraparla, así que, en lugar de eso, la provoco repitiendo el insulto que sé que más aborrece. Lo grito por toda la casa y mientras subo la escalera:—¡Te pareces a mí! ¡Te pareces a mí! ¡TE PARECES A MÍ!
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15CAPÍTULO 2—¡
G
uau! —exclamo desde el umbral de la puerta del desván.Aunque no he subido aquí arriba desde hace unos años, el desorden es mayor de lo que recuerdo. En el suelo hay pilas de bolsas y de cajas por todos los lados y juguetes esparcidos por todas partes. Hay bicicletas rotas y canoas ensartadas entre las vigas de madera y apenas puedo ver el viejo sofá, enterrado bajo un montón de mantas. Es un auténtico vertedero, pero el simple hecho de estar aquí, en esta habitación caótica y polvorienta, me hace feliz. Aquí es donde Ruth y yo solíamos jugar a… a los mejores juegos durante horas y horas.—No veo ninguna sorpresa por ningún lado —dice Ruth, hus-meando detrás del sofá.Yo dirijo los ojos de inmediato hacia la ventana, esperando ver el esqueleto inflable o quizás una pila de cajas…, pero no: allí no hay nada. Aunque durante unos segundos me siento decepcionado —es-taba tan seguro de que el mago formaría parte de la sorpresa del abue-lo—, al instante un estremecimiento de miedo me recorre la espalda: estoy convencido de que he visto algo aquí arriba.Justo en este momento, el abuelo entra jadeando en la habita-ción.—Bueno, ¿qué os parece mi sorpresa? —pregunta.
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16—No logramos encontrarla —respondo yo, apartando la mirada de la ventana.El abuelo se ríe y extiende los brazos de lado a lado.—¡Eso es porque estáis justo en ella!Ruth pestañea.—¿Qué quieres decir, Abu?—El desván es vuestra sorpresa. ¿A que es fantástico?Ruth y yo intercambiamos una mirada de desconcierto. El abuelo ha hecho cosas bastante raras en el pasado, ente ellas teñirse la barba de verde por Navidad, pero nunca nos ha ofrecido el desván como regalo.—¿Os gusta? —nos pregunta, observándonos con impaciencia.Yo asiento.—Sí, es una auténtica… sorpresa.Ruth es menos diplomática.—Es una broma, ¿no?El abuelo se pasea por la habitación desordenada, apartando con un puntapié los objetos que va encontrando a su paso. —Ya sé que ahora no tiene muy buen aspecto, pero una vez que lo hayáis vaciado lo convertiré en una estupenda sala de juegos para vo-sotros. Pondré una tele aquí, cambiaré el viejo sofá por uno nuevo, colocaré una máquina de hacer palomitas en esa esquina… Lo que queráis. ¡Y será todo vuestro!Sonrío al imaginarme lo fantástico que quedará. Incluso los ojos de Ruth se iluminan, transgrediendo su regla número uno: jamás mostrar que siente interés por algo. —Siempre he deseado tener un refugio en condiciones —dice—, no como aquellos que Gido y yo solíamos construir con mantas. ¿Podre-mos poner pufs?
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17El abuelo ríe.—¿Con forma de hamburguesa?Y es justo en este preciso instante cuando me doy cuenta de lo que Abu acaba de decir.—Un momento…, ¿qué quieres decir con eso de «una vez que lo hayáis vaciado»?—¡Bueno, contemplad vuestro alrededor! ¿Cómo queréis que se convierta en una fabulosa sala de juegos con toda esta basura de por medio? —Empuja una inestable pila de cajas—. Me encantaría ayuda-ros, pero el asma no me lo permite. Como para dar fe de ello, se dobla y estalla en una tos de perro.—El inhalador —le digo, y él, obedientemente, saca su inhalador para el asma y lo pulsa una vez.—Nada grave —dice mientras se yergue—. Después de que ha- yáis vaciado el desván, podemos emplear el resto de la semana en pin-tarlo.—¿De verdad tenemos que hacerlo, Abu? —refunfuña Ruth.En esta ocasión, estoy de acuerdo con ella. Solo falta una semana para que vayamos al instituto Langton, una escuela de educación se-cundaria enorme, repleta de adolescentes grandes y espantosos ycuya norma es «nada-de-cháchara-en-los-pasillos»… No, no deseo pa-sar mis últimos días de libertad haciendo bricolaje.—Sí, si queréis una sala de juegos —dice Abu. A continuación, re-coge una pila de cómics y se dirige hacia la puerta—. Estaré en el co-bertizo.Durante unos minutos, Ruth y yo nos quedamos inmóviles, con-templando el caos a nuestro alrededor. Luego, Ruth toma una regla de medir, la cual, por algún motivo desconocido, está envuelta en papel de aluminio, y empieza a abrirse paso por entre toda la basura.
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18—Esta es mi mitad —dice, y después arroja la regla hacia la parte más desordenada del desván—. Y esa es la tuya.A continuación, abre un armario y empieza a sacar libros. Tras unos segundos, añade: —Aquí no hay magos, Gido.Con un suspiro, me hago con una bolsa de deporte y comienzo a llenarla de viejos ejemplares del National Geographic. —¡Espera! ¡Creo que he encontrado uno! —exclama Ruth de re-pente con la voz entrecortada.No puedo evitar mirar.Sonriendo con socarronería, Ruth sostiene un libro enorme y polvoriento.—Oh, vaya, me he equivocado. No es un mago, sino un dicciona-rio de francés.Regreso a las revistas. Algo me dice que va a ser un día muy largo.
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19CAPÍTULO 3
R
uth decide que lo pondremos todo en el jardín y allí seleccio- naremos qué irá al vertedero y qué llevaremos a la tienda de beneficencia. Pronto, la frase «¡Date prisa, Gido!» se convierte en su favorita. Pero es difícil ir rápido cuando uno se topa con tantas cosas chulas.Descubro un juego de magia, una funda de almohada repleta de piratas de Playmobil e incluso un sombrero de mago colgado de un remo. Me pregunto si no habrá sido esto lo que he visto en la venta-na, pero está justo en el otro extremo del desván. Es imposible que haya podido verlo desde el jardín.Me pongo el sombrero y me acerco a Ruth con sigilo, para asustar-la, pero cuando se da la vuelta simplemente me mira con los ojos en-tornados y dice:—¿No tenías un amigo imaginario que era un mago?Tiene razón, así es. Se llamaba Wininja, y era muy reservado y un poco mágico.—Era un mago ninja, Ruth. Hay una gran diferencia.Ruth sonríe.—¿Y no estará por casualidad a tu lado en este preciso momento, Gido, susurrándote cosas al oído?
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20Nada más terminar la frase, tengo la extraña sensación de que alguien podría estar en verdad a mi lado y me obligo a controlar el deseo de mirar. Ruth regresa a sus libros y yo echo un vistazo por el desván, deteniéndome en los rincones y esquinas más sombríos.—Date prisa, Gido —suelta Ruth.Mientras Ruth carga con su bolsa escaleras abajo, yo decido em-prenderla con la caja de los disfraces. Saco un montón de ropa y la dejo caer al suelo. Mientras trato de desenredar una maraña de bar-bas veo que en el fondo de la caja hay una lata de bombones de Qual- ity Street.La levanto y la sopeso. Es redonda, está abollada y en la tapa tiene el dibujo de un soldado y una distinguida dama. Al agitarla, oigo que MITCHARCHI PLAYGOBOSQUE ENMARA
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21algo repiquetea en su interior. Me siento y trato de abrirla haciendo palanca hasta que, con una lluvia de herrumbre, la cubierta cede. Todo lo que contiene es el envoltorio de una chocolatina y un gran papel doblado con la palabra «¡CECRETO!» escrita de mi puño y le-tra en la parte delantera.Conteniendo la respiración, contemplo ese grueso papel amari-llento mientras me pregunto qué debía de ser aquello tan secreto para mí en el pasado. Con cuidado, lo desdoblo y lo extiendo sobre el suelo del desván. Se trata de un mapa trazado a mano, repleto de pequeños dibujos y de unas etiquetas escritas con esmero, que con toda seguridad Ruth y yo pintamos años atrás.El mapa representa un territorio irregular dividido en dos mita-por RUTHY GIDOEL FIN
RUGIDO
EL NIDO DEL CUERVOAN~ADO
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22des por un río. Una de esas mitades es tan colorida como los dibujos animados, con árboles de tonalidades verde esmeralda y lagos de un azul brillante. La otra mitad apenas tiene color. Está cubierta demontañas negras, acantilados grises y abruptos y bosques con árboles que parecen palos. En la parte superior del mapa, escrito de nuevo con mi letra picuda, hay una palabra: «RUGIDO».—Rugido… —digo en voz alta.Y, al pronunciarla, me resulta muy familiar.Sigo con la mirada el zigzag de olas que uno de nosotros dibujó sobre el mar, y de pronto recuerdo el modo en que esas olas rompían contra los acantilados, tan numerosas y encrespadas que el mar pare-cía hervir. Justo cuando estoy pensando en que para hacer el mapa quizá nos inspiráramos en algún lugar al que mamá y papá nos lleva-ron de vacaciones, recuerdo algo más: Ruth y yo entrando con prisas en el desván y gritando: «¡Juguemos a Rugido!».Sonrío. Rugido no es un lugar de verdad. Es un juego con el que Ruth y yo nos entreteníamos, uno tan bueno que incluso dibujamos un mapa.Mientras lo observo, el juego regresa poco a poco a mi memoria. Veo cordilleras que se extienden entre los pliegues del papel y un lito-ral sinuoso salpicado de acantilados y calas. Hay un conjunto de islas con forma de postre de gelatina con la etiqueta «Archi Playgo», un castillo que surge del mar y tres dragones que planean en el cielo. Ma-riposas, o quizás hadas, revolotean por doquier, y unos unicornios con aire astuto observan por entre los troncos de los árboles. No con-sigo acordarme del preciso momento en que Ruth y yo, sentados el uno junto al otro, dibujamos todas estas cosas, pero, aun así, siento queen mi mente se enciende la chispa del recuerdo y algo más. Algo que no puedo identificar.
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23Las pisadas de Ruth me traen de vuelta al desván.—¿Qué es eso? —pregunta, arrodillándose a mi lado.—Es un mapa que dibujamos de Rugido.—¿Qué es Rugido? —dice, frunciendo el ceño.—Ese juego al que solíamos jugar. ¡Seguro que te acuerdas!—Pues la verdad es que no… Aquí arriba jugamos a muchas cosas.—Pero Rugido era nuestro juego favorito. Había magos y sirenas, y luchábamos y corríamos aventuras. ¡Jugamos un montón de veces!Ruth me mira con los ojos como platos y una expresión divertida en el rostro.—Si tú lo dices, Gido…Le indico el castillo ennegrecido que parece surgir del mar. Enci-ma de él está escrito «El Nido del Cuervo».—Ahí vivía el malo, y mira —digo, señalando un círculo negro—, esa es la cueva de mi mago ninja. ¡Allí está! —Un rostro sonriente aso-ma del interior de la cueva, con un sombrero puntiagudo sobre la cabeza—. Estoy seguro de que tú también tenías un amigo…Ruth examina el conjunto de islas con forma de gelatina hasta que por fin localiza algo: la cabeza de una muchacha que asoma del mar. Tiene el pelo arremolinado alrededor del rostro y junto a la pun-ta de su cola plateada pone «Mitch».—Mitch… —dice Ruth, y a continuación su ceño fruncido se trans-forma en una sonrisa—. ¡Era una sirena-bruja!—Con muy mal genio…—¡Y con los dedos palmeados y una cola mágica!Los rayos de sol se cuelan a raudales por la ventana y fuera los pá-jaros cantan. Durante un momento todo vuelve a ser como cuandoéramos pequeños, como cuando uno solía acabar la frase que decía elotro y nos inventábamos cosas más rápido de lo que las pensábamos.
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24Nos quedamos contemplando el mapa uno al lado del otro. Pero Ruth de repente niega con la cabeza y se incorpora con un brinco. Toma una bolsa de basura llena hasta los topes y la arrastra hasta la puerta.—Date prisa, Gido —me ordena por encima del hombro—, o nun-ca tendremos nuestra sala de juegos.En el momento en que oigo los golpes que da la bolsa al bajarla por la escalera, regreso al mapa. No puedo evitarlo.Mis ojos vagabundean por caminos, arroyos y pasos de montañas, y empiezo a perderme en este extraño lugar que salió de nuestra ima-ginación. Pero, entonces, algo capta mi interés: un destello de movi-miento, una ráfaga de luz…, y me sorprendo mirando fijamente hacia el Nido del Cuervo. Veo algo que antes había pasado por alto. Un rostro pálido, de ojos redondos y finos labios con una mueca torcida mira por la ventana. Es un espantapájaros, un chico, y puedo distin-guir dos alas que salen de su espalda.—Crowky…El nombre me ha venido fácilmente a la mente. Clavo mis ojosen los suyos, negros y en forma de botones, y su sonrisa parece ex-tenderse.—Casi me había olvidado de ti —susurro.
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25CAPÍTULO 4
D
espués de comer, Ruth se encierra en nuestra habitación y el abuelo sube al desván para comprobar nuestros progresos.—Nos está costando un montón bajar todas las cosas por la escale-ra —me quejo, tambaleándome bajo una pila de revistas—. Tenemos que encontrar una manera más rápida.Abu se asoma a la ventana del desván.—Quizá podríais utilizarla.Me uno a él y veo que el jardín está justo debajo de nosotros.—Supongo que podríamos bajar las cosas con una cuerda…—O quizás… —Abu toma un puñado de revistas—. ¡Podríais sim-plemente tirarlas!Pero antes de que pueda contestarle con un «qué idea tan absur-da», el abuelo ya ha lanzado por la ventana las revistas, que descien-den aleteando por el aire y aterrizan sobre el césped. A continuación, se vuelve hacia mí con un brillo en los ojos.—¡Te toca, Gido!—¿No es un poco peligroso?—No si solo lo hacemos con los objetos pequeños. Y nada de me-tal o de vidrio, ¿de acuerdo?—De acuerdo —asiento con seriedad.
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26Entonces, con un grito, tiro por la ventana el resto de las revistas, haciendo reír al abuelo de puro contento.A continuación, nos ponemos manos a la obra con la seria ta- rea de lanzar el contenido del desván por la ventana. Armamos un poco de escándalo, gritando de alegría y chillando al ver cómo las bolsas se abren a medio camino en el aire y las cajas explotan nada más tocar el suelo de la terraza.Al final, y como era de esperar, Ruth aparece y nos fastidia la fiesta.—Abuelo, tus calzones están colgados de la rama de un árbol —gri-ta—. ¿Para qué los has guardado?—Pensaba hacer trapos para el polvo con ellos —explica.Y, a continuación, quizá porque Ruth tiene pinta de sentir mucho asco y vergüenza, sale disparado hacia la escalera para recogerlos, to-siendo al bajar.—¡El inhalador! —le recordamos Ruth y yo al mismo tiempo. Ruth se deja caer sobre el sofá, coloca un pequeño piano sobre su regazo y empieza a tocar teclas al azar.—¿Te apetece tirar algo? —le pregunto, arrastrando una bolsa hasta la ventana—. Esta de aquí está llena de muñecos de peluche.—No.Así que, mientras la espeluznante música de Ruth inunda el des-ván, arrojo los muñecos de peluche por la ventana. Abu aparece justo abajo y trata de atraparlos. Cuando un Winnie-the-Pooh le da en la cara, empieza a luchar con él. Es muy divertido. Me doy la vuelta para decirle a Ruth que se acerque a verlo, pero entonces cambio de opi-nión. No hay forma de sacarla de ese sofá.Antes Ruth era buena compañía. No, era mucho mejor que bue-na compañía. Era divertida, se reía de mis bromas y no le tenía miedo
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27a nada, excepto a la oscuridad. Fue Ruth la que un verano saltó el muro del puerto delante de todos aquellos chicos adolescentes, ytambién a la que se le ocurrió que podíamos utilizar unas tablas para bajar por las dunas como si fueran trineos. En la escuela íbamos al mismo curso y siempre jugábamos juntos en el recreo. Yo pensaba que a ella le gustaba tanto como a mí, hasta que en quinto curso la directora decidió mezclar a los alumnos.Nos dieron un papel y nos dijeron que escribiéramos los nombres de las tres personas con las que nos gustaría estar. Yo solo anoté un nombre: «Ruth». No necesitaba a nadie más. Pero entonces, cuando la profesora dejó los papeles sobre su escritorio, pude ver la lista de Ruth. Había escrito:Ruth estaba muy contenta en su clase de 5.º A con sus tres amigas. Al otro lado del pasillo, en 5.º B, yo no estaba tan contento. Después llegó el móvil y se enganchó a YouTube, al maquillaje y a sus amigas, y la Ruth que yo conocía, de algún modo, desapareció.Me vuelvo de nuevo hacia la ventana y vacío el resto de la bolsa de peluches. Abu está tumbado de espaldas, dejando que caigan encima de él. Después de que el último osito le haya rebotado en el estóma-go, voy a despejar la esquina más oscura del desván.Al empujar una televisión bastante voluminosa, me encuentro
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28frente a frente con los ojos brillantes de un caballito de madera. Se balancea ligeramente, con los ojos abiertos de par en par y enseñando los dientes, como si estuviera enfadado por haber estado abandona-do en ese sombrío rincón durante tanto tiempo.Agarro las riendas y lo arrastro hacia fuera.—¡Ruth, mira a quién he encontrado!Ruth alza los ojos.—¿Y qué? Solo es el viejo caballito de madera.—Sí, pero es tu viejo caballito de madera, ¿no? Tú lo pintaste de negro y lo cubriste con purpurina, y después dijiste que era tuyo y que yo no podía montarlo. ¿Qué nombre le pusiste?—Prosecco —dice de manera inexpresiva—. Será mejor que lo pon-gas en la pila para la tienda de beneficencia. Igual a alguien le gusta.De repente me entran ganas de obligar a Ruth a admitir que le encantaba este caballito de madera. Quiero que lo mire, que se inte-rese por él y que deje de comportarse de este modo tan guay e indi- ferente, al menos durante un segundo…—Eh, Ruth, ¿crees que a Prosecco le gustaría volar? —digo, arras-trándolo hacia la ventana.Ruth alza de nuevo los ojos.—¿Qué estás tramando?—Ha estado encerrado en el ático durante tanto tiempo… Estoy seguro de que le encantaría sentir el viento entre sus pezuñas —res-pondo, ya desde la ventana.Ruth se levanta de un brinco del sofá y lo agarra por las riendas.—No puedes lanzarlo por la ventana, Gido. ¡Prosecco es una anti-güedad!—¿Prosecco? —digo—. ¿¡Prosecco!?Ruth me mira de reojo.
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29—¿Crees que todavía puedes hablar con Prosecco, Ruth?De un tirón, acerca el caballito de madera hacia ella.—¿Qué te parece si lo comprobamos? —En cuclillas, con su oreja delante del hocico del caballo, dice—: ¿Cómo, Prosecco? Sí…, ajá… Está bien. —Ruth levanta la mirada hacia mí—. Prosecco quiere que te diga que hueles igual que el pasillo que hay delante del lavabo de chi-cos. De hecho, Prosecco cree que el pasillo que hay delante del lavabo de chicos en realidad huele «como Gido». —Sonríe con dulzura—. Bueno, parece que todavía puedo hablar con él.—Ah, ¿sí? Pues a lo mejor yo también puedo hablar con él. —Pego la oreja a su hocico—. ¿Perdona, Prosecco? Ah, así que piensas que la colonia de Ruth huele a caca seca de gato. Vale, ahora se lo digo.Ahora es el turno de Ruth, que planta su oreja ante el hocico del caballito.—Ajá, sí, lo he entendido. —Alza los ojos—. Para ser exactos, lo que te ha dicho Prosecco es que tú hueles a caca seca de gato. Lo has en-tendido mal porque, al contrario que yo, no dominas el idioma de los caballos de la raza Luz de Luna.El idioma de la raza Luz de luna… ¡Ja! ¡Sabía que a Ruth aún le gustaba Prosecco! Solía aparecer de repente en un montón de nues-tros juegos, y recuerdo perfectamente que siempre se sentaba sobre él cuando jugábamos a Rugido.Rugido. Como si fuera un relámpago, una imagen me viene a la cabeza: Ruth sentada en lo alto de Prosecco, mangoneándome y tra-duciendo los insultos que me lanza el caballo.Prosecco se balancea hacia delante y de nuevo tengo la sensación de que me mira. Lo cojo de la cola y lo arrastro hacia la ventana, sú-bitamente desesperado por escapar de esos brillantes globos oculares que no dejan de observarme.
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30—Todavía le apetece volar —digo—. Me lo ha dicho.Ruth agarra la cola con las manos.—Yo que tú lo soltaría.—¿Por qué?—Porque… —Ruth baja el tono de su voz hasta convertirlo en un susurro teatral— durante el tiempo en que no has visto a Prosecco, alguien le ha envenenado la cola y cada una de sus hebras pincha como si fuera una abeja. El dolor es realmente intenso, Gido, ¡y te picará como si fueran mil aguijones atravesándote la piel!—¿Y qué? ¡Tú también tienes las manos en la cola!Con un brillo en los ojos, Ruth acerca su rostro al mío y me su- surra:—¡El veneno solo afecta a LOS CHICOS!Una risita hace que alcemos la mirada. Abu está en pie en el um-bral de la puerta, sosteniendo una taza de café.—Es maravilloso veros jugar de nuevo. No hay nada que me haga más feliz. —No estamos jugando, Abu —dice Ruth, soltándole la cola a Pro-secco—. Nos estamos peleando. Es muy distinto.—Pues a mí sí que me lo ha parecido —dice, y, a continuación, se sienta en el sofá y apoya los pies en una maleta—. Bueno, seguid tra-bajando. Este desván no se va a vaciar solo.
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31CAPÍTULO 5
E
s divertido que Abu esté aquí con nosotros en el desván. Tocamelodías en el teclado y se entusiasma con todo lo que encon- tramos.Abu y Nani crecieron en Mauricio, y cuando descubro algo que creo que viene de allí, se lo enseño: una botella vacía de ron Labour-donnais, uno de los viejos saris de Nani, una lata de hojalata que en el pasado estuvo llena de té Bois Cheri.—El olor del hogar —dice el abuelo tras hundir la nariz en la lata y aspirar profundamente.Toda esta nostalgia hace que Abu se ponga a entonar salomas en francés, y Ruth y yo nos tranquilizamos al oír su voz profunda, que se propaga por toda la habitación. Solo hemos estado en una ocasión en Mauricio, cuando éramos pequeños, y apenas lo recuerdo. Tam-poco me acuerdo mucho de Nani. Falleció cuando teníamos tresaños. Ruth y yo empezamos a colocar cualquier objeto que podría haber pertenecido a Nani sobre el sofá, al lado del abuelo, que baja la vista hacia los abalorios, pañuelos y cajas sin dejar de cantar, hasta que de repente se interrumpe cuando Ruth, en medio de la estancia, levanta un bote medio desinflado.No es el bote en sí lo que le interesa, sino lo que hay detrás.
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32Abu desaparece entre las sombras que proyectan las vigas de ma-dera del desván y regresa arrastrando una cama plegable.—¿Os acordáis de esto? —pregunta.Contengo la respiración. Se trata de una antigua cama plegable, una de esas con ruedas que se pliegan en el centro, como si fueran unamesa de pimpón. Tiene un colchón de color naranja de aspecto mo-hoso, los muelles oxidados y un cabecero de plástico… Está hecho un asco, pero solo con mirarlo el corazón se me acelera porque a Ruth y a mí nos encantaba jugar con él. Lo dejábamos cerrado, y nos retába-mos a arrastrarnos hasta el otro lado del túnel oscuro y húmedo que formaba el colchón doblado. Recuerdo perfectamente cómo se me ponía la piel de gallina cuando metía la cabeza para adentrarme en la oscuridad.—Gido se hizo pis una vez sobre el colchón —dice Ruth.—¡No es verdad! Se me derramó un zumo… —Lo que tú digas —suelta con una sonrisa exasperante.Abu pasa la mano por encima de la repisa-cabecero, que está cu-bierta de polvo.—Bueno, lo que está claro es que uno de los dos sí hizo algo. ¡Mi-rad! Aquí pone algo.En el cabecero de plástico veo que alguien ha grabado unas pala-bras.—«Entrada a la Tierra del Rugido» —leo en voz alta, aunque lo que en realidad pone es:Deslizo la mano hacia mi bolsillo y palpo una de las esquinas del mapa.—¿Qué es la Tierra del Rugido? —pregunta Abu.—Un juego al que solíamos jugar —responde Ruth.
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33De pronto, sé exactamente por qué grabamos esas palabras en el cabecero. —Así es como llegábamos allí… —digo—. Nos metíamos por el cen-tro de la cama, gritábamos: «Escuchad mi rugido», y, cuando salíamos del otro lado, ¡estábamos en Rugido!—Estábamos en el desván, Gido —refunfuña Ruth.—Ya lo sé —respondo con rapidez—. Me refiero a que así es como empezaba siempre el juego.Abu propina varios golpecitos a la cama.—Bueno, mellizos, ¿qué os parece? ¿Os apetece atravesar de nuevo el colchón y disfrutar de una última aventura en Rugido?Ruth lo mira horrorizada.—Abu, no hemos jugado a esa clase de juegos en años. Además, no pienso acercarme a ese maloliente y viejo colchón lleno de pis —dice, moviendo la cama—. Cómo pesa. ¿Quieres que te ayude a bajarlo para llevarlo al vertedero?—No —me apresuro a decir—. Las cosas voluminosas las guarda-mos para el final, ¿verdad, abuelo?Abu asiente.—Sin embargo, sí he visto una cosa bastante grande que ya pode-mos tirar… —Recoge el bote del suelo y se acerca con él a la ventana—. ¡Vamos a ver hasta dónde puede volar este pequeñín!Introduce medio bote a la fuerza por el hueco de la ventana y le da un gran empujón. Ruth y yo llegamos justo a tiempo para ver cómo el bote, volando por encima de la tapia del jardín, aterriza en el inver-nadero de los Bailey.—Oh, cielos… —dice el abuelo—. Será mejor que vaya a buscarlo.—Ya iré yo —grita Ruth, saliendo disparada del desván.Un instante después veo a Ruth que corre por el jardín, se encara-
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34ma al cubo de basura con ruedas y baja con dificultad al jardín de los vecinos. Mazen está en su cama elástica. La saluda gritando un «¿qué llevas puesto?», y después hace una voltereta hacia atrás.—¿Y bien, Gido? —Abu me está observando—. ¿Estás listo para una última visita a Rugido?¿Es una broma? Daría lo que fuera por volver a jugar a Rugido con Ruth. Solo ella y yo, un montón de dragones y unicornios, y sin pen-sar en que pronto comenzará el instituto. Pero eso es imposible. Soy demasiado mayor y no podría hacerlo sin ella. El entusiasmo que he sentido al ver la cama plegable se ha transformado en un agujero lleno de decepción.—No, gracias, Abu. Ruth tiene razón. Ya no jugamos a esa clase de juegos.Desde el exterior nos llegan las voces de Ruth y de Mazen, y des-pués los chirridos de la cama elástica cuando saltan.—¿Quién ha dicho algo de jugar? —Abu sonríe con socarronería y después se da la vuelta—. Vamos, antes he visto una bolsa de pelo- tas de tenis. Probemos a ver si alcanzamos la cama elástica de Mazen con ellas.
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35CAPÍTULO 6
A
l final del día, el desván está vacío.Bueno, casi vacío. La cama plegable, vigilada por Prosecco, se ha quedado en medio de la habitación, pero el resto de las cosas han desaparecido: los disfraces, las armas de plástico, los Playmobil y los muñecos de peluche. Incluso la lata de Quality Street está abajo, en el jardín, en el montón destinado al vertedero.Tras echarle un último vistazo a la habitación, apago la luz.Abu parece haber olvidado la comida que se conoce comúnmente como cena, así que Ruth y yo calentamos una pizza que encontramos en el fondo del congelador y después nos vamos a la cama solos. Nos vemos obligados a hacerlo. Ya es medianoche y Abu está en el jardín, bailando alrededor de una fogata hecha con periódicos viejos y hue-veras de cartón.Al parecer, la pizza y los saltos en la cama elástica han puesto de buen humor a Ruth, que empieza a dar patadas a la litera, levantando mi colchón y distrayéndome del libro que estoy leyendo. La única pega de quedarse en casa del abuelo es tener que compartir la habita-ción con ella.Al cabo de un rato, las patadas se detienen y trato de continuar la lectura. Pese a que la limpieza del desván me ha dejado con una sen-