¡SaLvE!*

¿Crees en la magia? Hola. Sí, te hablo a ti. ¿Y bien? ¿Crees en la magia?

Si te pareces, aunque sea un poco, al chico de este libro, quizá digas que no. Pero te aseguro que hay magia por todos lados. De verdad. ¿No me crees? ¡Tú sigue erre que erre y dime que no ves magia!

rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr rrrmrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrarrrrrrrrrrrrrrrrrgrrrrrrrrr rrrrrrrrrrrrrrrirrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrarrrrrrrrrrrrrrrrrrr rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr

¿Has visto lo que acabo de hacerr? Erre que erre... rrr...

(Ya puedes parrarr de rreírr. No ha sido tan grracioso, ¿verrdad?)

Pongámonos serios un momento.

La magia puede significar cosas distintas para personas distintas. Para algunos, es sacar un conejo de un sombrero de copa o partir a una persona por la mitad y entonces (con suerte) volver a pegarla. Para otros, la magia es un frío día de otoño o el tierno abrazo de un ser querido. Para mí, la magia puede ser una historia, un juego, un rompecabezas o una sorpresa que me deja sin respiración de un fiero golpe.

Verás, la magia puede tener cualquier forma y tamaño y color y sabor y olor y sensación. La magia hasta puede tomar la forma de un libro (quizás el mismo que tienes ahora en las manos). O no. No quiero adelantarme.

Pero a veces puede resultar complicado acordarse de buscar la magia del mundo, como le pasa al chico de este libro. Puedes estar demasiado ocupado dando vueltas a un algodón de azúcar o demasiado distraído con los pájaros que descansan sobre el alféizar de la ventana o demasiado cansado de ordenar el desván para darte cuenta... Pero te aseguro que la magia sí existe. Solo tienes que saber adónde mirar. (¡Usa la nariz! ¡O la boca! ¡O los ojos! ¡O la cabeza!) Por supuesto, a veces tú mismo también puedes hacer que tenga lugar.

A ti, ¿te gustaría aprender a hacer magia? Pensé que querrías. Muy bien. Repite conmigo: ¡ABRACADABRA!

Lo siento... No creo que lo hayas dicho en voz alta de verdad. Por. Favor. Repite. Conmigo: ¡ABRACADABRA!

Más fuerte. ¡ABRACADABRA!

Fantástico. Estás demostrando tener muchas ganas de trabajar.

Ahora pasa la página...

ESPERA, ESPERA, ESPERA... UN MOMENTO... ¡PARA!

Qué tonto soy. Crreo que he debido de hipnotizarrme con todas aquellas rrr del prrincipio. Casi me olvido de una última cosa imprrescindible antes de entrrarr en el meollo de nuestrra historria mágica. (¡Rredoble de tamborres, porr favorr!) Antes de nada, tengo que explicarr...

CÓMO...

¡Leer este libro!

no te puedo decir cuándo o dónde leer este libro. al fin y al cabo, quizá lo leas en el autobús o en un avión o en la parte de atrás de un carro de Heno. Quizá lO leas mientras te cepillas Los dientes o mientrAs te cepillas el pElo o mientraS cepillas el pelaje de Tu conejo dE angora. (tienes uno de esos, ¿verdad?). quizá Lo leas en la cama, debajo de la cama o posIblemente mientras levitas un par de metros por encima de la cama. si estás inspirado, quizá lo leas en el espejo del cuarto de baño del revés o de aBajo arriba o de arRiba abajo.

no, nO puedo decirte cuándo ni dónde... y definitivamentE no puedo decirte cómo. quizá lo leas con loS ojos abierTos o quizÁ lo Leas con Los ojos cErrados (existe uN modo de hacerlO, ¿sabes?). quizá lo leas Del revés En un espejo o quizáS alguien lo está lEyendo por ti en voz alta. quizás hasta te sea útil leer las últimas letras de Ciertas palabras de una fRase. hasta hay una partE en la que querrás encontrar Todas las letras mayúsculas del fragmentO para ver qué quieren decir. (eStá bien tener opciones, ¿verdad?).

Y lo más importante, tienes que entender que en este libro hay lecciones de magia (a veces hasta escriben «magiE» con e). leer los capítulos te dará una Sensación de aventura y de Congoja y de emoción y de diversión (nO tiene por qué ser en este ordeN). leer los momentos mágicos (o toDos esos fragmentos escondidos aquí y allí) tE ayudará a desvelar los secretos de la obrA.

si lees Los dos tipos de capítulos en orden, quizá te sorprendas exclamando «¡vaya!» al descubrir una aventura y al aprender maGia. para pasarlo aún mejor, te sugiero que leas el libro del derecho y del revés, y no al tuntÚn.

bien, los secretos de los magos se tieNen que compartir si queremos Que perduren, para que las fUturas generaciones puedan realizar fantásticas proEzas y superar retos mayOres. y ¡por eso los estoy compartiendo contigo! pero Tengo que pedirte una cosa: mantén los secRetos secretOs. no puedes compartirlos con tus amigos ni con los amigos de tus aMigos. no los uses para enredar a tus vecInos. no los chilles a los cuatro vientoS por tu ciudad. confía en mí cuando digo que converTir un ceño fruncido en una sonrisa podría sEr el truco de magia más satisfactorio de todos. ¡mucho más satisfactorio que haceR lo contrario!

ay, pero mírame con tanta verborrea... vamos al lío.

¿lo tienes todo lIstO?

genial.

pasa la página...

«¡_ _ _ _! _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _...».

UNO

UNO

En la oscuridad de un patio de maniobras de trenes, en algún lugar de las afueras de la ciudad, una misteriosa figura emergió de una espesa cortina de niebla. Miró atrás una vez antes de arrancar a correr entre varias hileras de raíles vacíos.

Ahora, si te pareces en algo a mí, te habrás estremecido al imaginar una misteriosa figura emergiendo de la niebla nocturna en un patio de maniobras casi abandonado e iluminado solo por farolas lejanas. Pero no tienes nada de qué preocuparte. Solamente era un chico flacucho llamado Carter Locke.

Si tuvieras que preocuparte por alguien ahora mismo, sería por un hombre que no andaba muy lejos y que perseguía a Carter por el patio de maniobras, rugiendo:

—¡Carter! ¡Vuelve aquí! ¡No intentes huir de mí, chico! ¡No te haré daño! —Lo cual era mentira. Claro que tenía intención de hacerle daño a Carter.

Por suerte, Carter lo sabía. Así que corrió más rápido y agarró su cartera y forzó la vista para ver en la oscuridad cuál de los trenes era el que traca-traqueteaba por las vías y se alejaba del patio de maniobras. El gemido de una bocina lastimó los tímpanos de Carter, que tropezó con la vía.

Varias hileras más allá, llegó un familiar ruido metálico. Una serie de vagones oxidados pero pintados de colores pasó traqueteando a su lado, cogiendo velocidad y batiendo la niebla. Carter ya podía ver bien. Saltó a las vías y corrió para alcanzar el tren. Desde el patio, los vagones no paraban de pasar y pasar y pasar. Rojo, azul, verde, amarillo, morado, rojo más vivo, negro, naranja, rojo todavía más vivo.

El tren de colores recordó a Carter el primer truco de magia que había visto en su vida: una delicada mano acercándose a su rostro y extrayéndole del oído un pañuelo rojo de seda, que estaba atado a uno amarillo, que estaba atado a uno azul, que estaba atado a uno verde, y a otro, y a otro, y a otro, y a otro. Era uno de los pocos recuerdos que Carter conservaba de su padre.

Instintivamente, Carter se llevó la mano a la cartera, como si quisiera cerciorarse de que la cajita de madera seguía dentro. Y sí, seguía allí.

Carter corrió al lado del tren, buscando en cada vagón que pasaba un lugar donde subir. Detrás de él, sonaban pasos sobre la grava. Entonces, una voz áspera y cruel bramó:

—¡Carter! ¡No te atrevas a montarte en ese tren!

El estruendo y el traqueteo no ahogaban los gruñidos del hombre, que ahora se oía más cerca que antes, casi justo detrás de él.

—¡Tengo ojos y oídos en cada ciudad de aquí a Tombuctú! ¡No escaparás jamás! ¿Me oyes? ¡Jamás!

Carter intentó no pensar en qué pasaría si el hombre lo atrapaba. En lugar de eso, se concentró en la locomotora. Las gruesas ruedas echaban chispas al rodar por los raíles. El problema de los trenes es que están hechos de metal, y cada vagón pesa literalmente una tonelada, si no más. Una vez en movimiento, avanzan muy deprisa. Si Carter se acercaba demasiado... si trastabillaba... todo se habría acabado.

Un vagón pintado de un amarillo chillón pasaba a su lado. El amarillo recordó a Carter ese pájaro que vio una vez encerrado en una jaula, en el escaparate de una tienda de animales. ¿Acaso los pájaros no estaban hechos para volar libres? Carter se lo tomó como una señal de que ese era el que tenía que atrapar, el que lo llevaría lejos de allí. Pero la escalerilla estaba fuera de su alcance.

Subir a un tren en marcha podría parecer difícil y arriesgado, pero Carter lo había hecho ya tantas veces que le resultaba tan natural como sacar una moneda de detrás de la oreja de alguien o mezclar una baraja de cartas con una sola mano.

Por desgracia, el hombre que perseguía a Carter también lo encontraba fácil. Justo cuando Carter estaba a punto de alcanzar la escalerilla, el hombre consiguió asir la cartera de Carter y lo tiró al suelo.

—¡No! —gritó Carter.

Ambos cayeron rodando por la grava, junto a las ruedas del vagón amarillo, que avanzaba dando sacudidas sobre las desvencijadas vías, bum, bum, bum, bum, bum, bum, reproduciendo el pálpito del aterrorizado latido del corazón de Carter. No quería imaginarse qué pasaría si el tren se iba sin él.

De modo que Carter no dejó de moverse. Se retorció hasta que los giros se convirtieron en una voltereta. Mientras se lanzaba y rodaba hacia delante, Carter liberó de un tirón su cartera de las zarpas de su tío, plantó los talones en la grava y saltó hacia el último vagón del tren. Había una escalerilla en la parte trasera, cercana a una puerta abierta. Las ágiles manos de Carter agarraron el último peldaño y se sujetaron fuertemente a él tensando los tendones. Trepó por la escalerilla, levantó los pies y se aferró a la parte trasera del tren, que ya iba a gran velocidad.

Después de recuperar el aliento, siguió trepando y se sentó en el techo del vagón. El viento le sacudía el pelo. La bocina del tren rugió de nuevo desde la parte delantera.

Al mirar hacia atrás, Carter vio al hombre arrodillado en las vías, con los brazos alzados en señal de enfado, gritándole a la noche y reduciéndose a un puntito que fue alejándose hasta desaparecer en la oscuridad. Carter hizo adiós con la mano. A la ciudad. A la señora Zalewski. Y al hombre que lo perseguía, aunque a él quizás habría preferido decirle «adiablo».

El cielo cobró una preciosa tonalidad de azul cuando salió el sol. Al cabo de un rato, el familiar balanceo y repiqueteo metálico del tren apaciguaron el corazón de Carter y le llevaron un bostezo a los labios. Así que bajó hasta el interior del vagón. Dentro, cientos de cajas estaban ordenadas en palés de madera. Con un ruido sordo, se dejó caer sobre el suelo al lado de uno de los montones, se colocó la cartera debajo de la cabeza a modo de almohada y se dispuso a dormir, soñando con la esperanza y la suerte y el destino y la aventura; y por sus sueños cruzaron también fugaces pensamientos sobre la posibilidad de la magia.