Al levantarme me doy cuenta de que la falda se me ha metido entre las piernas y despego la tela de mi piel con disimulo.
—¡Venga, que tú puedes! —susurra Katie.
No le contesto. ¿Por qué me habré presentado voluntaria para esta mierda de exposición? No es que hablar en público sea mi punto fuerte. La verdad, mi punto fuerte no tiene nada que ver con el público.
—Cuando quieras, Violet —dice la señorita Thompson.
Le doy un último tirón a la tela y me sitúo delante de toda la clase. De pronto me siento muy pequeña, como si mis compañeros tuvieran rayos reductores en los ojos. Violet la Menguante. Eso me hace reír y ahora, además de nerviosa, creo que estoy desquiciada.
La señorita Thompson me sonríe desde su mesa destartalada.
—Muy bien, Violet, háblanos de tu novela favorita, que es...
—El baile del ahorcado, de Sally King —contesto.
Los chicos de la última fila lanzan un gruñido al unísono. Pero su decepción es un bulo: no hace ni un año que los vi a todos en el cine cuando se estrenó la película y recuerdo a la perfección que todos salieron con los ojos sospechosamente rojos.
Inspiro hondo y empiezo a hablar:
—Hubo un tiempo en que vivía una especie conocida como humanos.
»Los humanos eran inteligentes y con grandes aspiraciones, pero además eran codiciosos y su codicia abarcaba también una obsesión insaciable con la perfección: el cuerpo perfecto, la mente perfecta, la vida perfecta. Con la llegada del siglo XXII, esta obsesión hizo aparecer a la primera ola de humanos mejorados genéticamente.
Hago una larga pausa y recorro el aula con la mirada. Esperaba encontrármelos embelesados, con los ojos muy abiertos, pero están medio dormidos.
—Eran los gemas. Humanos mejorados genéticamente: altos, fuertes, guapos, con cocientes intelectuales por encima de 130. Los gemas no tardaron mucho en irse a vivir a las mejores zonas de la campiña a las que llamaron Los Pastos, donde no había enfermedades ni delincuencia.
Cambio de postura, me aparto el pelo de la cara y alejo a un rincón oscuro de mi mente la idea de que estoy haciendo el ridículo.
—Pero ¿qué ocurrió con los humanos que no mejoraron genéticamente, la gente normal, como vosotros y como yo? Empezaron a llamarlos los imperfectos, los «impes». Quedaron confinados a las antiguas ciudades (Londres, Manchester, París, Moscú), infestadas de enfermedades y delincuencia. Los encerraron tras murallas serpenteantes y los obligaron a aceptar la situación a fuerza de bombas. En Los Pastos solo se aceptaba a los impes más fuertes y capaces, para servir como esclavos de los gemas.
»La palabra “humano” dejó de pronunciarse, se prohibió.
»Ya solo había gemas e impes...
—O sea, que yo soy un impe —Ryan Bell me interrumpe desde la última fila—. ¿Estás diciendo eso?
Genial, justo lo que me faltaba: un follonero. Ojalá tuviera ovarios para contestarle que ya sabe la respuesta porque se pasó las dos horas de película con el clínex pegado a las narices.
—Cállate, capullo —le dice Katie.
Se gira para mirarlo y su corta melenita pelirroja azota el aire formando un arco perfecto. Aunque no la vea, sé que le está poniendo esa cara tan suya, apretando los labios y entrecerrando sus ojos color guisante.
—No tengo nada de imperfecto —dice Ryan.
Katie le dedica un ruido extraño, entre tos y carcajada. La señorita Thompson frunce el ceño.
—Creo que lo que Violet está intentando decir es que todos somos impes, Ryan. A menos que seas un superhumano del futuro... cosa que dudo bastante.
Inspiro hondo. Intento que no se note que tengo los labios paralizados.
—Para perpetuar el sometimiento de los impes, todas las semanas los gemas acudían a los grandes coliseos a ver los ahorcamientos, a los que llamaban «El baile del ahorcado». Sin embargo, algunos impes se negaron a aceptar su destino y formaron un grupo rebelde, decidido a reinstaurar sus derechos básicos. El líder del movimiento se llamaba Thorn.
Rebusco entre mis papeles y encuentro su foto, que es una imagen de la película. La señorita Thompson la coge de entre mis dedos agarrotados y la pega en la pared. La imagen de Thorn no transmite en absoluto su fuerza, su empuje. Así de pequeño parece un Action Man pirata con un rollo bondage, vestido de cuero negro de los pies a la cabeza y con un parche negro que le atraviesa sus marcadas facciones.
—Thorn concibió un plan elaborado para obtener los secretos del gobierno de los gemas y les pidió a los dos rebeldes en quienes más confiaba que reclutasen a una impe joven. Ellos reclutaron a Rose.
Rose. La heroína de esta historia: apasionada, impulsiva, valiente. Todos los días, sin excepción, deseo ser ella. Así me va hasta ahora...
Apasionada: mi apodo es Violet la Virgen.
Impulsiva: me he pasado dos días preparando esta exposición.
Valiente: toda la cara me gotea de sudor.
En realidad, lo único que tenemos en común es la piel pálida y el mismo gusto en cuanto a hombres.
Le hago un gesto a la señorita Thompson, que entiende mi señal y se acerca a la pizarra interactiva. Pone un vídeo de YouTube: la primera escena de la película. El plano se va cerrando hacia Rose, que escala el muro exterior del Coliseo. Está espectacular, con la melena oscura cayéndole por la espalda. Alcanza la cima del muro con un crescendo de violines.
La cámara enfoca a los espectadores del interior del Coliseo. Un público de gemas; sus bellas caras aúllan pidiendo sangre impe. Nueve reos son conducidos a un patíbulo de madera y les colocan la soga alrededor del cuello. Sé que los liberarán dentro de un instante, pero aun así se me revuelve el estómago de la ansiedad. Echo una mirada furtiva a mis compañeros de clase. Parecen preocupados, absortos. La comisura de la boca se me estira con una sonrisa.
En una pantalla gigante situada detrás del patíbulo aparece el presidente gema, que presenta a los condenados imputándoles los crímenes siguientes: robo, violación, asesinato. La cámara vuelve a Rose. El viento le agita el pelo oscuro ante los ojos. Sabe que los impes solo son culpables de ser pobres y tener hambre. Saca una granada del cinturón, la besa y la lanza entre el público que tiene bajo los pies.
El vídeo termina justo antes de que la bomba explote.
Me vuelvo hacia la clase, animada por su súbito interés.
—Mientras los gemas estaban distraídos con la bomba, los rebeldes se lanzaron a una misión de rescate y salvaron del patíbulo a los impes condenados. Rose se escurrió por el muro exterior, sin que nadie la viera, tras demostrar su valía como rebelde.
»Así que Thorn le encomendó a Rose la misión más peligrosa hasta entonces: la misión Harper. Rose se infiltró en la hacienda Harper, situada en plena región de Los Pastos, donde se hizo pasar por esclava para el dueño de la casa: Jeremy Harper, un poderoso funcionario gema. Rose no tardó en hacerse amiga del hijo de Jeremy con la intención de obtener información clasificada.
»El hijo de Jeremy era un gema llamado Willow.
Willow. El motivo principal por el que me gustaría ser Rose. Y, aunque todavía me tiemblan las manos y la adrenalina recorre mis venas, cojo su foto y la levanto para que toda la clase la vea. Es que no puedo soportar la idea de que una chincheta atraviese su rostro perfecto. Me he pasado horas contemplándolo, memorizando cada curva de esos rasgos, de esos pómulos y esa piel de caramelo. Se oyen un par de suspiros de las chicas y un par de silbidos, seguidos de un montón de risitas tontas. Vuelvo a guardar la imagen entre la pila de notas, en un arranque de posesividad.
—Espionaje e intimar con un gema: dos delitos que suponen la pena de muerte para cualquier impe que tuviese la desgracia de que lo pillasen. Pero Willow era bondadoso y guapo y Rose no tardó en darse cuenta de que la principal amenaza para ella eran sus fuertes sentimientos hacia él. Incapaz de traicionarlo, se marchó de la mansión sin revelarle siquiera su verdadera identidad de rebelde. Regresó a la ciudad de los impes e informó a Thorn de que la misión Harper había sido un fracaso...
—Me aburro —dice Ryan.
—Ryan —salta la señorita Thompson—, deja de interrumpir. Estás a punto de terminar el instituto, espero más de ti, te lo digo muy en serio —se vuelve hacia mí y sonríe—. Y creo que hemos llegado al giro argumental, al punto de inflexión, ¿verdad, Violet?
Asiento.
—Rose se marchó de la mansión para proteger a Willow —continúa la señorita Thompson—, puso a Willow por delante de la rebelión. Eligió el amor. Es un ejemplo de que las novelas populares actuales todavía siguen la estructura tradicional de la trama. Sigue.
—Willow se disfrazó de impe y siguió a Rose por toda la ciudad, desesperado por recuperarla, pero los rebeldes lo capturaron y acabó enterándose de que Rose planeaba traicionarlo desde el principio. Le habían roto el corazón, estaba prisionero y parecía haber perdido toda esperanza. Pero Rose le dijo que lo quería de verdad y escaparon de los rebeldes, decididos a empezar una nueva vida juntos.
»Sin embargo, a veces el amor no puede conquistarlo todo. Las autoridades gema los encontraron y se llevaron a Rose al baile del ahorcado, acusada de haber seducido a un inocente chico gema.
Otro vídeo de YouTube. Rose en el baile del ahorcado, pero esta vez es ella la que está sobre la tarima de madera en el centro del Coliseo, con una soga al cuello, rodeada por una multitud de gemas que corean pidiendo su sangre.
«¡ALTO!», Willow salta al patíbulo. «Me llamo Willow Harper y la impe que estáis a punto de colgar también tiene nombre: se llama Rose. Y es la persona más valiente y bondadosa que he conocido. Impe o gema, es un ser humano. No es una seductora ni una delincuente. Es mi mejor amiga. Y la amo con todo mi corazón». Mira a Rose a los ojos, llenos de determinación. «Te quiero, Rose».
«Yo también te quiero», exclama ella.
Sé lo que va a pasar, por supuesto, pero aun así siento el peso de las lágrimas en las pestañas, la necesidad insoportable de meter la mano en esa imagen en 2D y cortar la cuerda.
La trampilla se abre bajo los pies de Rose. Su cuerpo cae y las piernas se retuercen y patean en su baile final.
El vídeo termina y nadie dice nada.
Por fin, la señorita Thompson rompe el silencio.
—La autora ha creado un momento negro fantástico, que sin duda conducirá a alguna clase de resolución...
Asiento y paso las páginas de mis notas arrugadas hasta llegar a la última.
—Willow recogió el cuerpo inerte de Rose, lo acunó en sus brazos y le llenó la cara de lágrimas. Reprochó a los gemas que siguieran permitiendo aquellos asesinatos instrumentalizados por el gobierno y les suplicó su apoyo. La trágica escena conmovió tanto a los gemas que redujeron el patíbulo a escombros. El baile del ahorcado se prohibió. La muerte de Rose dio vida a una revolución, y los impes y los gemas volvieron a llamarse humanos.
Las paredes parecen absorber mis últimas palabras, y aun así consigo tragar saliva, aunque no tenga una sola gota en la boca. Otro silencio. Ojalá estuviera Alice aquí para aplaudir y vitorear y gritar «¡Bravo!»... y que todo el mundo la siguiera.
Cruzo la mirada con Katie un momento. Parpadea. No es precisamente la muestra de apoyo público que esperaba, pero al menos me hace sentir mejor.
—Gracias, Violet —la señorita Thompson me observa por encima de las gafas—. Ha sido una exposición magnífica.
—Gracias. Quería hacerle justicia al libro.
La señorita Thompson me sonríe.
—Serás una buena escritora. Se nota en los detalles que has puesto al delinear la historia.
Me sonrojo de placer. Escribir siempre se le ha dado bien a Alice, yo nunca me había atrevido a intentarlo hasta ahora.
—Gracias, señorita Thompson.
«Pelota». «Enchufada». Me llegan susurros desde el fondo de la clase.
Regreso a mi silla. Katie me da un codazo cómplice y murmura:
—Te ha salido genial.
Pero sigo oyendo las risitas de Ryan y sus compinches, cuyas palabras se confunden unas con otras, y otra vez empiezo a notar que me arden y me escuecen las mejillas y las puñeteras notas se me quedan pegadas a las manos. Rose no se habría venido abajo de esta forma. Me echo el pelo hacia delante para formar una cortina oscura y ondulada que me tapa la cara.
—Pues aquí lo tenemos —dice la señorita Thompson—. Nos han contado el argumento de tres novelas muy diferentes, pero hemos visto que todas siguen una estructura muy semejante.
Suena el timbre, y con él el revuelo de recoger libros, bolígrafos y mochilas.
Katie me ayuda a despegarme los papeles de las manos sudorosas.
—Mira que te gusta el puñetero libro.
—Pues sí.
—Tendrías que haberte visto la cara cuando hablabas de Willow.
—Es la que tengo.
Katie pestañea, coqueta.
—Pero Willow era bondadoso y guapo y Violet, perdón, quería decir Rose no tardó en darse cuenta de que la principal amenaza para ella eran sus hormonas descontroladas.
Frunce los labios y se le estiran las pecas de la nariz.
—Que te den —me río.
Katie siempre me hace reír. Me libero de la tensión y por fin logro meter en el bolso las notas a medio desintegrar. Katie vino a Londres desde Liverpool el verano pasado, así que no la conozco demasiado, pero conectamos enseguida. Tiene un sentido del humor afilado y dice unos tacos graciosísimos como «badulaque» y «sodomita» y habla con un poquito de acento de Liverpool que la hace parecer muy sensata. Una vez mi padre dijo que era «la sal de la tierra». Y, sin embargo, es como si acabase de salir de una novela de Jane Austen, con esos rasgos de muñeca y ese pelo pelirrojo claro. Hasta toca el celo. Yo solo sé tocar los mandos de la Xbox.
—No te preocupes por Ryan Bellaco, es que le gustas —dice.
—Sí, ya... Lo que le pasa es que le da vergüenza que Alice y yo lo pillásemos soltando el moco en el cine el año pasado.
Katie coloca la silla en su sitio.
—Venga ya, si estás buenísima.
—¡Claro! —me río—. Lo que estoy es sudando como una cerda por culpa de ese desastre.
—Eso es porque no eres rubia y no mides uno ochenta como algunas...
Se refiere a Alice. No digo nada. No mola que tu mejor amiga parezca la próxima ganadora del concurso Supermodelo del año. Albergo en el pecho una semillita de envidia y no me soporto. Nos unimos a la riada de estudiantes del pasillo que se apresura a volver a casa y cambio de tema.
—No me puedo creer que todavía no te hayas leído El baile del ahorcado; es un rito de madurez. —La multitud apaga mi voz y una vez más me siento muy pequeñita.
—No me hace falta. Deberías venir con una alerta de spoiler.
—Ni siquiera has visto la película.
—Repito. Alerta de spoiler.
Nos abrimos paso a través de un grupo de chicas de décimo curso que, al parecer, desconocen la regla no escrita de que hay que dejar paso a los veteranos. Piso sin querer queriendo a una rubita.
—Sí, pero Russell está supercachas —me refiero a Russell Jones, el actor que interpreta a Willow en la película.
—¿De verdad? Nunca me lo habías comentado. Ahí viene Alice.
La boca de Katie sigue luciendo una sonrisa, pero de sus ojos desaparece por completo. Igual que yo, ha aprendido a detectar cuando se acerca Alice fijándose en las reacciones de otras personas. Todos los chicos miran por encima del hombro, todas las chicas se quedan calladas y fruncen el ceño.
En efecto, el gentío se abre en dos como el mar Rojo, pero Moisés tiene unas piernas largas y morenas que engullen las baldosas del suelo al avanzar a grandes zancadas hacia nosotras. Una sonrisa le ilumina la perfecta cara ovalada. Siempre ha tenido esa sonrisa, desde que la conocí el primer día de primaria; una sonrisa que te obliga a perdonarla por ser tan guapa.
Se para en seco en medio del pasillo, segura de que nadie le va a dar un empujón.
—¿Qué tal ha ido?
—Ha sido una mierda —digo.
Katie me da unas palmaditas en la espalda.
—¡Qué va! Le ha salido perfecto.
—Me he salido como la mierda —replico.
Alice se retira la pálida melena del hombro.
—No te preocupes, Violet, está claro que no entienden la belleza de El baile. Ignorantes —y le lanza a Katie una mirada muy significativa.
—No es que sea Shakespeare, precisamente —murmura Katie.
Alice suspira.
—Ojalá estuviese yo también en clase de la Thompson, nosotros no hacemos nunca nada tan interesante. Yo podría haber aportado cantidad de cosas a lo de la estructura de la trama —le encanta recordarnos que es una prometedora estrella del fanfic.
Alice escribe muchas historias originales basadas en el mundo de El baile del ahorcado en las que cambia la trama y manipula a los personajes a su voluntad. Es curioso que sienta la necesidad de hacerlo cuando se le da tan bien conseguir que la gente haga lo que quiere en la vida real. A lo mejor escribe para pulir ese arte... Me vuelvo a tragar la semillita de la envidia.
—La señorita Thompson ha dicho que Violet podría ser escritora, ¿verdad, Violet? —apostilla Katie.
Alice me mira y me guiña un ojo profundamente azul.
—Y una mierda. No tienes imaginación; te dedicarías a escribir El baile del ahorcado una y otra vez. —Me rodea el hombro con un brazo y me da un achuchón—. Lo cual es bueno, evidentemente.
El aroma de su pelo, a flor de cerezo y hierba limón, me impregna las fosas nasales y de pronto me siento muy especial porque Alice me está abrazando en público.
Katie mira el reloj.
—Chicas, tengo que irme; tengo clase de chelo dentro de cinco minutos, pero nos vemos mañana, ¿vale?
—En la Comic-Con —decimos Alice y yo al unísono.
Nos miramos y sonreímos. Llevamos meses esperándolo: vamos a conocer a Russell. A Willow. Se me vuelve a secar la boca y el corazón me da un vuelco de la emoción. Tengo la sensación de que me han frotado muy fuerte toda la piel con una toalla.
—Iremos disfrazadas de personajes de El baile, ¿vale? —dice Alice.
—Sí. Nate lleva días preparando el disfraz —respondo.
Nate es mi hermano pequeño. Le gusta El baile del ahorcado incluso más que a mí, si es que eso es posible, y mi madre se ha empeñado en que venga con nosotras. Gracias, mamá.
Katie se marcha.
—Hasta mañana, súper fans —nos grita por encima del hombro.
Esta mañana, cuando me he puesto el disfraz, he comprendido de pronto por qué Clark Kent puede volar y cómo Peter Parker logra trepar muros con las palmas pegajosas de las manos. Es la sensación de que puedes ser quien quieras, hacer lo que quieras. De alguna forma me he imaginado que absorbía la fuerza y la belleza de Rose solo por llevar su ropa; esa tela de arpillera se fundía con mi piel y sentía que ya formaba parte de mí.
Este año me he tomado lo del cosplay muy en serio. Túnica marrón, leggings verdes, botas militares, y he dejado que mi pelo se rice y se encrespe. Hasta me he maquillado las mejillas con sombra de ojos verde oliva para darme un aire guerrillero. La única concesión que he hecho a la vanidad ha sido la faja roja que me he atado a la cintura, para resaltar que soy de talle estrecho. Me he sentido guerrillera, lista para la Comic-Con, lista para vérmelas con los gemas.
Pero ahora, meciéndome al ritmo del metro, solo me siento ridícula.
Los túneles van cambiando de hierro fundido a ladrillos a medida que el metro avanza a toda velocidad hacia la estación de Kensington Olympia. Siento en la espalda la presión de sesenta y tantos ojos y mis dedos se agarran un poco más en la fría barra. Pero cuando por fin dejo de escrutar el suelo mugriento del vagón me doy cuenta de que casi todos los pasajeros se han quedado pasmados mirando a Katie (que tiene peor pinta que yo) o a Alice.
Bueno, a Alice la miran siempre, claro, pero hoy, con su minivestido azul eléctrico y apoyada en la barra vertical amarilla como si fuese a ponerse a bailar, atrae incluso más atención de la habitual. El pelo suelto le cae por la espalda y veo, con una explosión de orgullo, que lleva el colgante del corazón partido. Jugueteo con la otra mitad y el borde irregular se me clava en las yemas de los dedos. Alice estudia su reflejo en la ventana y se muerde los labios pintados como si algo no acabase de cuadrarle. Eso es lo que pasa cuando eres guapa, que tienes algo que perder. Le acaricio la mano, un gesto que conservo desde que éramos pequeñas.
—Estás increíble.
—Tú también —me dedica una sonrisa perfecta.
—Parezco una raterilla
—¿No es esa la idea? Rose es una raterilla, como todos los impes —Katie refunfuña mientras contempla su figura algo masculina. Lleva un mono negro ajustado y el torso cruzado en diagonal por un montón de medias multicolores, como extrañas enredaderas abrazadas a un árbol—. Al menos a ti no se te caen las medias todo el rato —protesta, mientras se recoloca una media amarillo fosforescente bajo el brazo e intenta sujetarla con un imperdible.
Nate la mira de reojo.
—Tú sabes cómo es una espiral de ADN, ¿verdad, Katie? Pareces más bien una especie de piruleta humana.
Tiene catorce años pero aparenta doce y a veces habla como Sheldon Cooper, de La teoría del Big Bang. Está ridículo disfrazado de su héroe, Thorn. El parche le tapa la mitad de esa cara tan angulosa que tiene y su cuerpo menudo apenas llena el chaquetón de cuero. No parece tener edad ni para repartir pizzas, ya no hablemos de liderar la emancipación de los impes.
Katie mira fijamente la chaqueta de Nate, y aprieta los labios para no burlarse de él, y se limita a murmurar:
—Ya lo sé, ya. —El tren da un bandazo y se le escapa el imperdible. Se debe de haber pinchado porque gruñe—: ¡Joder! —Se chupa la sangre de la herida y se vuelve hacia Nate—. Es que no quería disfrazarme de impe, como todo el mundo. —Me mira con sus delicados rasgos empañados de culpa—. Perdona, Violet. Y tampoco podía ir de gema, como aquí Alice la amazona... no llego al metro sesenta.
Alice se atusa el pelo, como si quisiera obligar a su cerebro a tener una idea.
—Hay un montón de enanitas atractivas: Campanilla, Pitufina...
—¿A quién le va a gustar una pitufa? —dice Katie.
—A un pitufo —respondo.
El metro deja de dar bandazos un momento y Katie por fin logra cerrar el imperdible.
—Bueno, pero yo no soy una puñetera pitufa, ¿no? Soy una hélice y bien orgullosa que estoy.
—Pues deberías sentirte halagada —dice Nate y añade, señalando a Alice—: ¿Quién va a querer parecerse a la Barbie humana esta?
—¡Oooh! Gracias, Nate. —A Alice se le suben los colores a las mejillas.
Él se levanta el parche del ojo y la fulmina con una larga mirada.
—No era un piropo, repugnante engendro gema.
—¡Cómo mola! «Repugnante engendro gema». ¿Y eso no está en el original? ¿No es canon? —Siempre se refiere a El baile del ahorcado como «el canon», para recordarnos su condición de escritora de fanfic. Incluso ha empezado a llamar a su trabajo «el ahora», como si la novela original estuviese desfasada. No tiene ni idea de lo arrogante que suena. Saca el iPhone de su bolso de Michael Kors y empieza a escribir el insulto repicando la pantalla con las uñas azul celeste—. Repugnante engendro gema... Pienso usarlo en mi próxima obra.
Nate resopla, molesto.
—Escribe tu propio material.
El metro reduce la marcha y las puertas metálicas se abren. Entra en tropel la pandilla de Scooby-Doo, que destaca con su colorido como las fichas del parchís contra el gris telón de fondo del metro. Ya casi hemos llegado a la ComicCon. Inspiro hondo, temblorosa. Dentro de unas horas conoceré a Russell Jones, a Willow, y voy vestida del objeto de su deseo; Rose. La Julieta de su Romeo, la Escarlata O’Hara de su Rhett Butler. Me dan ganas de marcarme un bailecito feliz con mis botazas de impe.
—Tú te das cuenta de que hoy conocerá a cientos de Roses, ¿verdad, hermanita?
Odio que Nate siempre sepa lo que pienso.
El Olympia, simétrico y ajado, desentona por completo con el cielo luminoso de mayo y la cola de figuras dignas de una serie de dibujos animados que serpentea hacia la entrada. Nos colocamos al final.
—Creo que voy demasiado vestida —digo, incapaz de apartar los ojos de mis hectáreas de carne al descubierto. La princesa Leia, Wonder Woman, Daenerys Targaryen... todas muslos y escote y con moreno de solárium. Estudio mis pálidos antebrazos y ahogo un suspiro—. Y con demasiado vestida me refiero a poco desnuda.
—Y esas son las palabras que ningún hermano pequeño debería tener que oír jamás —dice Nate.
—¡Ay, pobre Violet! —ríe Katie—. ¿Y qué te crees que siento yo?
—Que tendrías que haber venido de Lara Croft —dice Alice—. En serio, chicas (y chico), ¿cómo es que soy la única que lleva un sujetador con relleno? —Hincha su impresionante pecho y guiña un ojo.
—Yo llevo un sujetador. Uno rojo de Sophie Wainright. —Mi hermano debe de haber visto mi cara de horror porque enseguida añade—: No es nada raro, ¿eh? Se lo robé de su lavadora por una apuesta. —Se aparta el pelo color arena de la frente. Parece más un elfo que un chico.
La cola avanza despacio. El tiempo avanza despacio. Examino todas las puntadas de los chalecos de Indiana Jones, todos los brochazos carmesí del peto de Iron Man. Me imagino la cara de Russell Jones: el arco de su labio superior, su mano rozando la mía cuando posemos juntos para la cámara. Cuando llego a la puerta, el tique casi se ha disuelto por el sudor de mis manos.
Estuve en el Olympia con Katie y Alice hace unos meses, en una excursión del colegio. Llevábamos ropa algo más normal y estábamos algo menos emocionadas. Todavía recuerdo los rayos del sol que entraban en diagonal a través de la pared de cristal, las motitas de polvo bailando en el aire hasta el techo abovedado, el entramado blanco de las vigas de metal. Era precioso, como un salón de baile inmenso y olvidado. Hoy, apretujada entre el colorido y algo desconcertante mar de cosplayers, me siento como si entrase en un plató o a un mundo diferente.
—¡Qué pasada! —exclama Katie. Es la primera vez que la veo emocionada por algo relacionado con El baile del ahorcado.
—Por fin lo pilla —digo, asintiendo con la cabeza.
Tiemblo de la emoción al intentar absorber todo esto. Ríos de fans, vestidos como sus personajes favoritos o con ropa de calle, bajan desde el anfiteatro y abarrotan la planta baja mientras hablan y se ríen y se sacan fotos. Toda esa cantidad de personas me hace sentir insignificante. Del techo caen estandartes como grandes velas de colores, en los que se ven lemas y caras retocadas con Photoshop. Juego de tronos, Star Wars, El baile del ahorcado. El aire es casi húmedo, cargado de olor a perritos calientes, a perfume y a sudor. Me rodean los flashes de las cámaras y me siento como si estuviera dentro de una inmensa bola de discoteca.
—¡Allí está Willow! —Alice me coge el brazo y sus dedos se me clavan en la carne como espolones.
Durante un segundo pienso que está viendo de verdad a Russell Jones y el corazón me da un vuelco, pero entonces me doy cuenta de que señala uno de los estandartes que cuelgan del techo: su cara nos mira desde lo alto como un ángel gigante de tez bronceada.
—Venga, vamos al estand de El baile. —Alice echa a andar delante de nosotros y, como siempre, la multitud se aparta a su paso.
Nate desliza su brazo bajo el mío como si tuviera miedo de perderse y de pronto siento el peso abrumador de la responsabilidad maternal mientras resuenan en mi cabeza las palabras de mi madre: «Cuida de tu hermano, Violet». Lo cojo de ganchete y me abro paso tras Alice, repartiendo codazos en las costillas a varios Spocks y saltando por encima de los pies de un Capitán América. Esquivo a otra Rose, que me pone mala cara, y me choco con Boba Fett. Lleva el casco bajo el brazo y el pelo oscuro pegado a la frente con fijador. Me guiña un ojo, es un guiño de verdad, como si no pareciese un gigantesco crustáceo plateado. Siento un secreto deleite porque me lo haya guiñado a mí y no a Alice. A lo mejor sí que puedo ser quien quiera, hacer lo que sea. Los labios se me ensanchan en una sonrisa.
—¿Quieres parar de pensar en Russell? —dice Katie mientras estudia mi expresión.
—Ya queda menos de una hora —digo, mirando el reloj.
—Habrá cola, claro —continúa—. Willow es el tío más bueno que ha existido jamás en un futuro distópico.
—Es evidente que será utópico, si Willow está ahí —replico.
Alice suelta una risita por la nariz.
—Gale, Cuatro... Para mí todas son utopías.
—Pero los nombres son ridículos —apostilla Nate, esquivando a Spider-Man—. Es una de las reglas no escritas de las novelas distópicas: los intereses románticos deben tener nombres ridículos.
Katie se ríe.
—Y todo tiene que empezar por mayúscula, aunque sea una cosa normal, solo para que dé miedo.
—Gran verdad —dice Nate.
—Y los malos siempre son los del gobierno —añade Katie—. No falla. Es tan predecible. Por eso no he leído El baile del ahorcado; estoy segura de que es igual que las demás.
—¡Cuánta ignorancia! —salta Alice.
—Pues Willow no es un nombre ridículo —digo, un poco dolida por el comentario—; es natural, sencillo. Suena a hojas, a hierbas azotadas por el viento, chocando unas con otras, arrastradas por una corriente.
—¡Así se habla! —me apoya Alice.
Nate me aprieta el brazo contra sus delgadas costillas.
—¡Dios, qué pena dais!
Me burlo de él, pero tiene algo de razón. En lo referente a Willow doy bastante pena, aunque sepa que es un personaje, producto de la imaginación de una autora ya muerta. Y también sé que Russell Jones es un actor engreído y borrachuzo que solo se dedica a tirarse modelos y meterse coca... pero en ausencia de Willow, posaré con su avatar.
Y hablando del rey de Roma, un avatar hace su entrada. Alto, ancho de hombros, con rasgos simétricos. Se diría que debajo de todo ese azul hay un tío muy atractivo.
—¡Madre de mi vida! —gime Katie—. ¡Un pitufo sexy!
Esperamos para conocer a Russell en una sala larga y en penumbra. La cola es más corta de lo que me esperaba, solo hay un par de adolescentes que revisan los selfies de su móvil.
Una mujer con un portapapeles en la mano nos toma el nombre y coge nuestros billetes de diez libras arrugados.
—Vale. Vamos bien de tiempo. Vuelvo enseguida.
Se va con las chicas de los selfies por una puerta que hay al fondo. Estiro el cuello para ver si logro vislumbrar a Russell, pero van demasiado rápido.
—No me puedo creer que esto sea real. —Alice me estruja la mano.
—¡Lo sé! —respondo.
—¿Estoy guapa?
—Claro que sí —respondo, sin mirarla.
—¿Crees que Russell habrá oído hablar de mí?
Nate se echa a reír.
—Ni de broma. Es una superestrella, ¿te crees que anda leyendo cualquier fanfic de una aspirante a Sally King?
—Gracias por tu opinión, pero a ti no te he preguntado nada —replica Alice en tono ácido—. Y, para que te enteres, no me interesa ser como Sally King, la pobre desgraciada se suicidó después de solo una novela. Yo escribiré una trilogía.
—¡Guau! Tienes un corazón que no te cabe en el pecho —exclama Nate—. Descanse en paz la dulce Sally King.
—Pero ¿a ti quién te ha invitado a la fiesta, mequetrefe? —Alice le pincha con un dedo en las costillas y Nate chilla como si tuviera cinco años. Cualquiera que los viera creería que son hermanos.
Vuelve Doña Portapapeles.
—Muy bien, chicos, os toca a vosotros.
Alice nos aparta y pasa primero, taconeando. La seguimos y entramos en otra sala mal iluminada. Veo a Russell Jones de pie en el fondo, las chicas de los selfies estrujan su tonificado cuerpo, y les rodea la cintura con sus fuertes dedos. Sonríe, y el flash de la cámara ilumina los andamios que hay sobre nuestras cabezas y la lona que tiene a su espalda. La banda sonora de la película, los violines y los tambores me retumban en la cabeza y siento una repentina descarga de adrenalina.
Veo a Julia Starling, la actriz que interpreta a Rose, sentada en un escritorio, charlando con unos guardias de seguridad. Bajo el resplandor esmeralda de las luces del escenario parece incluso más etérea de lo habitual. Sus manos aletean ante su cara mientras suelta risitas chillonas. El pelo le cae por la espalda como una cascada de ondas oscuras y brillantes sin signos de encrespamiento. Lleva vaqueros y una blusa blanca y de pronto me siento como un fraude, con aquella túnica, tratando de hacerme pasar por Rose. Sé que soy guapa, en mi estilo pálido y peculiar (al menos la gente me dice que soy guapa en un estilo pálido y peculiar), pero nunca podría tener la gracia y la delicadeza de los rasgos de Julia.
Las chicas de los selfies se marchan. Russell bebe un trago de agua, lo que me permite intuir la forma de la nuez, que le sube y le baja por la garganta como la punta de una espada.
—Disfrutad —dice Doña Portapapeles, acompañándonos hasta él.
Russell nos saluda con un gesto de la cabeza y de inmediato clava la vista en Alice. La semillita de la envidia se expande hasta ocupar todo mi cuerpo.
Le atraviesa la cara una sonrisa de dientes tan blancos que casi relucen.
—Una hermana gema. No es una elección muy popular, pero si te lo puedes permitir no te cortes, qué coño.
—Sí, ¿verdad? —la risa de Alice es un trino nervioso.
Russell se aparta el cabello color caramelo de los ojos y me dedica su atención.
—Ah... Rose, amor mío, me has encontrado al fin. —Sus ojos son como los de Willow; sus pupilas irradian motitas color ámbar, son como rayos de luz que escapan de una esfera negra, un eclipse solar. Pero no tienen la amabilidad de Willow—. Jules —grita—. ¡Eh, Jules! Esta es la mejor Rose que he visto en todo el día.
Jules nos mira por encima del hombro y sonríe.
—¿Me quieres quitar el trabajo, chica? —Abro la boca para contestar, pero no sale ninguna palabra. Jules se ríe—. Me estoy quedando contigo... Estás genial, de verdad. Me encanta tu faja.
—Gracias. —Mi sonrisa amenaza con partirme la cara en dos.
—Y tú debes de ser Thorn —dice Russell, tendiéndole la mano a Nate, que se la estrecha tal vez con demasiado entusiasmo.
—Soy un gran fan, un gran fan, un gran fan...
Russell señala el broche de la túnica de Nate: una flor de cardo tallada en roble.
—Bonita insignia, el símbolo de la rebelión impe.
—«Córtanos y renaceremos más fuertes». —A Nate se le ilumina la cara—. Ya sabes, como las malas hierbas.
Russell le da una palmada en la espalda, creo que para que se calle, y se vuelve hacia Katie.
—¿Y de qué vas tú?
—De hélice de ADN.
—Muy inteligente, me gusta.
Me doy cuenta de que Alice frunce el ceño y se le agrieta la base de maquillaje.
Se oye un chirrido sobre nuestras cabezas y la luz esmeralda oscila y arroja sobre nosotros una sombra gigante que cruza, veloz, los rasgos perfectos de Russell.
—¿Cómo preferís que lo hagamos, chicos? ¿En grupo o por separado?
—En grupo —decimos Katie y yo en estéreo.
Alice no debe de habernos oído, porque dice:
—Por separado, por favor.
Oigo el chirrido otra vez y recorro con la vista el andamiaje: parece bastante consistente. Los violines me están dando mucho por saco.
—Muy bien, superhumana, ven aquí. —Russell coge a Alice por la cintura, pero no me pongo celosa; solo estoy un poco mareada, como si me acabara de beber un vodka con Red Bull de un trago.
Hasta ahora no me había fijado en el fotógrafo, que parece salir de la nada, como atravesando la oscuridad. Vuelvo a oír el chirrido, la luz esmeralda vuelve a oscilar.
—¿Cómo te llamas? —pregunta Russell.
—Alice.
—Pues ahora sí que estás en el País de las Maravillas.
Willow nunca habría dicho eso. La decepción me sube por la garganta y los labios se me paralizan. Se dispara el flash y la luz les blanquea las caras y crea una sombra que se proyecta en la ondeante lona. Parpadeo unas cuantas veces.
Alice suelta una risita.
—Mi seudónimo de escritora es Anime Alice. Escribo muchísimos fanfics de El baile del ahorcado, seguro que has oído hablar de mí.
Russel parece impresionado.
—¿Tú eres Anime Alice? ¿La Anime Alice de verdad? Claro que te conozco, causas furor en internet. ¡Eh, Julia! Sácame una foto con Alice, que me irá genial para Instagram.
Alice no puede resistirse a arquear una ceja en honor a Nate, justo antes de que le estalle una sonrisa en toda la cara.
Julia saca el iPhone del bolsillo.
—Espero que te pague algo por esto. Te llamabas Alice, ¿no? —Saca la foto—. Deberías venir a la próxima ComicCon y participar en la mesa redonda de fanfic. Tienes una cara fantástica para la publicidad.
Alice abre la boca para responder, pero los tambores parecen subir de intensidad, ahogando sus palabras, y las fosas nasales se me llenan de un extraño olor a medicamentos y tela quemada. Me llevo las manos a las sienes y siento que el pulso se me desboca.
—¿Violet? —dice Katie.
Otra vez el chirrido, más agudo esta vez. No son los violines, seguro. La luz esmeralda empieza a oscilar de nuevo, como una bombilla a punto de fundirse o como si se hubieran quedado mil polillas atrapadas tras el cristal.
—¡Violet! ¿Estás bien? —repite Katie. Su cara pasa del verde al blanco, del blanco al verde.
Siento que el suelo se balancea medio metro hacia la izquierda, como si me acabase de bajar de una atracción de feria, y el desayuno me sube, denso y caliente, más allá de la garganta. Creo que oigo gritar mi nombre. Miro a Nate y lo veo con los ojos marrones abiertos como platos y la boca también abierta. Miro hacia arriba por instinto y ahí es cuando lo veo: la luz esmeralda gira colgada de un cable y los andamios se precipitan hacia abajo. Apenas tengo tiempo de taparme la cara cuando toda la estructura de metal se nos viene encima.
Despertar es como salir a rastras de una ciénaga. Cada vez que veo la superficie, o que siento el aire fresco en la piel, un espectro oscuro me arrastra de nuevo al fondo. Resulta tentador dejarse ir, pero el recuerdo de los andamios inmovilizándome y que aprisionan a Nate, Alice, Katie, incluso a Russell y Julia, me empujan a seguir adelante. No sé cómo consigo salir del fango, me fuerzo a abrir los ojos, obligo al cerebro a funcionar.
La luz que entra por la salida de incendios le da a la sala un resplandor fantasmal. Apenas distingo las barras de metal del andamio, que se entrecruzan en el suelo como una extraña escultura postmoderna. Me lloran los ojos a causa del olor a medicamentos y tela quemada, que cada vez es más intenso.
—¿Nate? —Me apoyo sobre los codos para levantarme y un latigazo de dolor me atraviesa el cráneo.
—¿Violet? —Su voz me llega, titubeante y lejana por encima de la melodía amortiguada de la banda sonora y del tintineo de metal contra metal.
Extiendo los dedos como si pudiera atraer su cuerpo hasta el mío.
—Nate, ¿estás bien?
Veo su cara, invadida por el miedo, que me busca en la penumbra.
—Violet, estás sangrando. —Me sujeta por las axilas y tira de mí para incorporarme. Me va a estallar la cabeza.
—¿Alice? ¿Katie? —Me presiono la piel húmeda de la frente.
—Estoy bien, creo —Alice se acerca tambaleándose, con el vestido y las medias manchados de cenizas—. ¿Qué coño ha pasado?
No respondo, tengo que encontrar a Katie. Me pongo a cuatro patas y empiezo a tantear el suelo. Estaba justo a mi lado, no puede estar muy lejos.
—¿Katie? ¿Katie?
Oigo un gruñido a mi derecha y giro la cabeza como un resorte. Siento otro relámpago de dolor detrás de los ojos. Sus medias fluorescentes destacan sobre el fondo negro. Nate llega antes que yo y juntos logran ponerse de rodillas tambaleándose.
—Estoy bien, estoy bien —musita, casi para sí misma.
El extraño olor se hace más intenso y oímos otro chirrido, más alto esta vez.
—La salida de incendios —dice Alice, con la voz alterada por el pánico.
Nos tambaleamos, todos a una, hacia el cartel de salida, pasando por encima de la chatarra y los restos de los equipos. Salimos en tromba, tosiendo y escupiendo y apoyándonos los unos en los otros. La luz del sol me ciega y me siento como si fuera un espectro, reculando y protegiéndose la vista. Me doy cuenta de que de pronto hace mucho frío y se me pone la piel de gallina. Resbalamos sobre el pavimento, con la espalda pegada a las frías paredes de piedra.
—¿Dónde coño estamos? —digo.
Al menos logro articular las palabras, pero lo único que oigo es un ruido ensordecedor, como si estuviera en un túnel por donde pasara un tren a toda velocidad, retumbando, rechinando y levantando polvo. Al principio pienso que tengo un caso grave de tinnitus, que mi cerebro me obliga a no moverme, pero poco a poco los ojos van definiendo formas y colores. Gente. Miles de personas. Todos altos y delgados, vestidos con trajes hechos a medida. Puños agitándose en lo alto, gritos, pies que vibran al patear el suelo y que me recorren la parte de atrás de los muslos.
—Necesitamos ayuda —grita Nate, sacando el teléfono del bolsillo. Se le debe de haber caído el parche porque veo el brillo de las lágrimas en sus ojos—. No hay cobertura.
Asiento con la cabeza y lo lamento al instante: el dolor retumba en mi cráneo como un lodo tóxico.
—Russell y Julia siguen ahí dentro.
Intento añadir «Y los guardias de seguridad y la tipa del portapapeles...», pero mi voz queda ahogada por una fanfarria de trompetas.
—¿Esto es un rollo de cosplay o qué? —grita Alice.
Me limpio la sangre de la cara con la manga y parpadeo muy rápido. Ahora reconozco la escena. Estamos en el Coliseo de El baile del ahorcado, en la planta más baja, justo al fondo. Las gradas, llenas de perfectas caras simétricas, nos rodean por todas partes, y dirigen las miradas hacia arriba, hacia la cima del muro, salpicado de guardias gemas armados. Ante nosotros, una multitud furiosa exaltada, cuerpos perfectos con cabelleras espesas y lustrosas. No los veo, pero sé que delante de nosotros se encuentran el estrado y las horcas, ocultos por el gentío.
—¡Es el mejor juego de rol de la historia! —Alicia se quita los tacones rotos y se pone de pie para ver mejor.
Tiene razón, hasta han cuidado los olores. El Coliseo se encuentra en la frontera entre la ciudad de los impes y Los Pastos y se huele el dulce aroma de Los Pastos en lucha contra la inmundicia de la ciudad. Un choque de polen y hierba recién segada con carne muerta y vinagre.
—¡Que le den al rol! —grita Katie—, tenemos que buscar a alguien de seguridad. —Abandona el amparo de la salida de incendios y echa a correr hacia la multitud.
—¡Que le den a los de seguridad! —dice Alice—, tenemos que asegurarnos de que Russell publique la foto.
Nate me ayuda a ponerme de pie y aunque tengo la cabeza a punto de estallar, pensar en Russell y Julia atrapados y heridos me obliga a moverme. Agarro un hombro ancho y alto, y al extender los dedos ante mis ojos reparo un instante en que están manchados de sangre. Un hombre se gira para mirarme. La simetría de sus rasgos hace que se me atoren las palabras en la garganta.
—Necesitamos ayuda —la voz me sale distorsionada y áspera como una vieja grabación analógica.
Me mira un momento, confuso.
—Piérdete, impe, o llamo a los guardias.
—Mira, ya sé que estás metido en el papel —le dice Nate—, pero ha habido un accidente. La sangre es de verdad.
—He dicho que te pierdas, impe —arroja a Nate al suelo sin dificultad.
—Dios, Nate, ¿te has hecho daño? —Me lanzo a su lado y le sacudo la tierra de las manos.
—Y yo pensaba que era un fanático de El baile —dice—; este fandom es muy heavy.
Me pongo en pie de un salto y paro a otra persona. Esta vez es una mujer de unos cuarenta años, tal vez algo más, me cuesta calcularle la edad. Es guapa: la piel se extiende sobre su cara como un velo, el pelo color caoba se le curva hacia un lado. Los ojos almendrados se le entrecierran de repulsión al mirarme.
—¡No me toques, impe! ¡Simia asquerosa! ¡Guardias! —se pone a gritar—. ¡Guardias! —Pero la muchedumbre y las fanfarrias y la estampida de pasos ahogan los gritos.
—Déjala —dice Nate, tirándome del brazo.
Escudriñamos la multitud, intentando encontrar a alguien, a cualquiera que tenga la más mínima pinta de autoridad. Parece que Katie tampoco tiene suerte, a juzgar por cómo aprieta la boca de pura confusión cuando una mujer rubia y esbelta se pone a gritarle en la cara. Sin embargo, un grupo de gemas con cara de preocupación se reúne alrededor de Alice, le curan un corte que tiene en el antebrazo y le apartan el cabello dorado de la cara. De hecho, Alice parece una más. Deben de haber contactado con todas las agencias de modelos de Londres... de Inglaterra, para lograr que esto pareciera real.
Con Nate a mi lado, subo unos cuantos escalones que llevan al graderío del fondo del Coliseo. Apenas logramos ver por encima de la multitud. Como es de esperar, en la parte delantera está el estrado. Una precaria construcción de madera coronada con una viga gruesa de la que cuelgan nueve sogas con sus nudos corredizos rodean los cuellos de los impes condenados. A su espalda, en una pantalla gigante, aparecen sus caras unos segundos. Se perciben todas sus imperfecciones: unos rasgos algo torcidos, un extraño bigote cano, unos dientes amarillentos... Pero su imperfección salta a la vista incluso desde lejos. No tienen un buen físico; están demasiado flacos, algo encorvados, anchos donde no deberían. La verdad es que siento cierto alivio al verme reflejada en su humanidad.
—Es la primera escena —dice Nate, emocionado—. Dios, no han escatimado detalles. Hasta los impes condenados son iguales que los actores de la película.
Tiene razón. Conozco cada una de las pecas, cada una de las líneas de esos nueve rostros. La mujer de los ojos enrojecidos que se toca una oreja todo el rato, como si ese gesto le proporcionase algún consuelo. El hombre con cardenales en los antebrazos que cierra los ojos durante casi todo el proceso. Y una chica, que no tiene más de dieciséis años, que aprieta los dientes con tanta fuerza que parece que se le vayan a fusionar las mandíbulas. Puedo describir todos los detalles de cada uno de los impes: he visto la película cuarenta y seis veces.
Trago saliva. Fuerte.
—Nate, céntrate. Tenemos que buscar ayuda.
La cara del presidente Stoneback, el presidente gema, llena la pantalla gigante que está detrás del estrado. Tiene una pinta poco natural, parece un tambor, con esa piel tan tersa sobre los rasgos perfectos, como sujetada con chinchetas invisibles. Y vistos a ese tamaño, sus ojos parecen inmensas esferas de cristal, vacías e incapaces de albergar la menor ternura o bondad. Se dirige al público con su tono atiplado, igual que en la película.
—Hermanos y hermanas gemas, nos hemos reunido aquí hoy para ser testigos de la muerte de estos impes, culpables de robo, violación y asesinato. —La multitud irrumpe en vítores—. Porque para mantener la perfección en el mundo es necesario eliminar a estos seres imperfectos... a estas alimañas.
Los redobles aumentan en intensidad. El verdugo, una figura vestida de negro, avanza hacia la palanca. Sé que solo es un espectáculo, pero me sobrecoge una sensación de incomodidad, de que algo no anda bien. Estoy a punto de apartar a Nate de los escalones cuando llega Katie corriendo hacia nosotros, agitando las manos sobre la cabeza y articulando la palabra «Jules». Levantamos la vista y vemos a Julia Starling, de pie sobre la alta cima del muro exterior, con las manos en las caderas y el pelo oscuro agitándose al viento. Impresiona verla así, recortada contra el cielo gris. Da terror. La sensación de incomodidad empieza a transformarse en pánico y el corazón me palpita en el pecho como si fuese un animal acorralado. Algo va muy mal, seguro. Julia ha salido indemne, y, no sé cómo, se las ha ingeniado para disfrazarse de Rose, lleva su túnica, sus leggings y sus botas militares. Veo cómo se besa el puño. Murmura algo y luego lanza el brazo por encima de la cabeza, y después hacia abajo, en un elegante arco.
Sé lo que es antes de verla: una granada. Pero no es de las que siembran muerte y destrucción. No: es una bomba cardo, diseñada para liberar el símbolo de esperanza de los rebeldes y, por supuesto, una distracción muy práctica. Vuela sobre el público, suspendida un instante como un ave de presa negra antes de hacer estallar el Coliseo y sembrar el aire con cientos de semillas de cardo que se elevan flotando en todas direcciones como restos de plumón. Oigo alguna exclamación, la gente señala, siguiendo el recorrido de las semillas por el cielo.
—¡Qué alucine, una bomba cardo! —grita Nate por encima de los tambores—. Es canon total.
—Un poco demasiado alucinante —replico.
El olor, los actores, la grandeza del escenario. Todo es demasiado real. Estoy empezando a marearme y el redoble de los tambores me retumba en la cabeza.
De pronto los tambores dejan de sonar. Hay paz. El público sigue cautivado, como estatuas, con sus perfectas barbillas apuntando al cielo. Este es el momento de la película en que aparecen los rebeldes impes lanzando bombas de humo y asaltando el estrado para liberar a los impes del patíbulo. Y Rose se escabulle sin que la vean, fundiéndose con el gris de la ciudad de los impes tras demostrar su valía como rebelde.
Contengo la respiración, esperando el grito de batalla de los rebeldes, pero lo que oigo es a Katie, chillando a pleno pulmón:
—¡Julia! ¡Julia! ¿Estás bien?
Lo último que nos falta es atraer la atención hacia nosotros.
—¡Katie, no! —grito.
—¡Cuidado, Julia, te puedes caer! —corre hacia las gradas, agitando los brazos por encima de la cabeza.
—¡Katie, para! —vuelvo a gritar.
Pero es demasiado tarde. En sus plataformas, los guardas se dan la vuelta, alertados por la presencia de Julia, con las armas amartilladas y dispuestas. Julia se gira y una extraña expresión, mezcla de aceptación y determinación, se apodera de su rostro. El sonido de los disparos me parte el cráneo en dos mientras varios puntos rojos se le extienden por la túnica, fundiéndose en una gran mancha como un cinturón de sangre que recuerda un poco a la faja roja que llevo. Se mira el abdomen con una sonrisa perpleja en su boca de clavel y se despeña. Las largas manos se agitan ante ella, buscando un hombre invisible, pero cae entre las gradas como una muñeca, con la capa negra de su melena flotando a la espalda. Al golpearse contra el pavimento ya es inhumana, inerte. Como un saco de arena. La vida se le escapa y dos alas de mariposa color rubí se despliegan por el hormigón.
«Esto no puede ser verdad».
Estoy a punto de saltar de las gradas, a punto de echar a correr hacia ella, cuando otro sonido capta mi atención. El sonido de nueve trampillas al abrirse. Nate me aprieta la mano tan fuerte que me hace daño. Y sé lo que estoy a punto de ver, sé que debería apartar la vista. Pero no puedo. No puedo. Nueve cuerpos caen, nueve sogas restallan al tensarse y nueve pares de piernas patean y se sacuden. El hombre del antebrazo magullado, la mujer de los ojos enrojecidos, la chica de las mandíbulas fusionadas... todos bailan su último baile.
Busco a Katie con la mirada por instinto. Está congelada, los nudillos blancos de rabia, apretados contra la cara. Luego veo a Alice, con los labios pintados abiertos de par en par y los ojos llenos de lágrimas. Nate me estruja la mano y tira de la tela de mi túnica como si tuviera cinco años.
Y sé que los cuatro compartimos un único pensamiento común: «Esto no es un cosplay».
Un hombre aparta a empujones a la multitud y corre hacia el cuerpo retorcido de Julia. Lleva el mono gris reglamentario de los esclavos impe, de los impes que trabajan en Los Pastos para los gemas. Veo lo incómodos que se ven en la vida real, con esa tela basta y mal cosida. Cae de rodillas en el charco de sangre y la aprieta contra su ancho pecho casi sin esfuerzo. Una de las manos de Julia cuelga sin vida y se estremece, como si descansara en un sueño. Vuelve a estremecerse y empiezo a preguntarme si seguirá viva, pero entonces me doy cuenta de que su cuerpo menudo se agita con las sacudidas de dolor del impe que la abraza. De pronto siento que debería apartar la vista, que les estoy robando la intimidad.
A su alrededor el suelo estalla con los disparos de los guardias. Quiero gritarle que corra, que huya, pero mis labios no se mueven. Levanta la vista y, no sé por qué, sus ojos se encuentran con los míos. Nos miramos fijamente y estudio su cara. Hasta el último recoveco de su piel caoba está sucio de tierra, y su nariz ha parado demasiados puños. Lo reconozco de la película: es Matthew; uno de los rebeldes leales a Thorn y responsable, al menos en parte, del reclutamiento de Rose. Los tendones del cuello se le tensan como varillas. Él también cree que les estoy robando la intimidad.
Los disparos hacen que algunos de los gemas vuelvan la vista hacia allí. Sus bellos rostros pasan de la alegría al horror y se cubren las mejillas con las manos. Cunde el pánico en la multitud. Unos cuantos gemas se lanzan hacia las puertas metálicas laterales del Coliseo, las que conducen a Los Pastos.
Los guardias dejan de disparar por miedo a atravesar una tripa que no deberían el tiempo justo para que una mujer, también vestida con el mono gris, caiga sobre ese hombre. Le tira del uniforme mientras sus finos labios van articulando órdenes a voz en grito. El pelo, negro como un ala de cuervo pero ya canoso, le revolotea alrededor de la cara. Es Saskia, la otra rebelde responsable del reclutamiento de Rose. Tiene el mismo rostro duro que la actriz de la película, aunque no es exactamente igual.
Matthew se pone de pie y agarra a Julia como si fuera una niña dormida. Se detiene un instante y su mirada se topa con la mía. Luego mira a Nate y no sé qué impulso lo sacude, que le provoca un cambio en sus ojos oscuros. Vuelve a tender a Julia en el suelo, en su propia sangre, le susurra algo y echa a correr hacia nosotros con los brazos extendidos. Ni siquiera me muevo, escudada en la incredulidad, pero cuando me estira de la túnica siento la sangre que le mancha las manos.
—¡Rápido! —ruge—. Venid conmigo.
Miro a Nate, esperando que se encoja de hombros como si no pasara nada, pero me mira con ansiedad. «Estamos en El baile del ahorcado», me dicen sus ojos. Casi me echo a reír. «Estamos en El baile del ahorcado».
Matthew me sujeta los hombros.
—Por el amor de Dios, no duraréis aquí dos segundos con todos estos gemas. —Me agita hasta que nuestras narices casi se tocan.
Es de mi altura, lo que me sorprende porque en la pantalla parecía muy grande... Entonces caigo en la cuenta de que estoy subida a un escalón. Sigo sin moverme, atrapada entre el shock y la risa. A esta distancia veo que también es un poco distinto que su otro yo cinematográfico: la estructura de la cara es más robusta, los ojos son de un castaño más intenso.
Me echa hacia atrás, frustrado, y me sujeta las mejillas entre los dedos calientes y resbaladizos.
—Mira.
Me obliga a contemplar el estrado, donde nueve cadáveres cuelgan, inertes, de sus respectivas sogas, con los cuellos curvados casi como si fueran cisnes, aunque sus pies ya no bailan; ahora apuntan hacia el suelo.
Saskia llega corriendo detrás de mí.
—Déjalos, Matthew. ¡Que los dejes!
Pero Matthew no se mueve.
—¿Queréis acabar como ellos? —Me aprieta las mejillas hasta que mis labios sobresalen—. Porque eso es lo que os pasará si no movéis el culo ahora mismo.
Es evidente que sus palabras hacen efecto en Nate, porque me tira de la túnica y dice:
—Vamos, Violet.
Es ese gesto lo que por fin me desbloquea las piernas. Si de verdad esto es El baile del ahorcado, entonces estamos en el lugar más peligroso imaginable, el lugar donde ahorcan a los seres humanos que no han sido mejorados genéticamente. A mí. A Nate. Me zafo de Matthew y le doy la mano mientras cojo a mi hermano con el brazo libre. Empezamos a correr por detrás de la multitud, agachándonos, esperando más balas.
—¿A dónde vamos? —grita Katie, que acaba de alcanzarnos.
Es al verla cuando recuerdo, con un pinchazo de culpa, que éramos cuatro al entrar en esta pesadilla.
—¡Alice! —grito— ¡Alice!
Pero no la veo por ninguna parte. El pánico me invade el pecho. Matthew nos arrastra entre los gemas, yo me golpeo con una figura perfecta tras otra, ellos me lanzan miradas llenas de repulsión, pero esa repulsión es lo que nos salva, porque se apartan de nosotros como si tuviéramos una enfermedad contagiosa. Se oyen un par de gritos de «Simios asquerosos». Alice sigue sin aparecer. Reduzco la marcha un momento, intentando encontrar el brillo de su melena rubia, siempre al menos una cabeza por encima del gentío; pero lo que suele distinguirla ahora hace imposible encontrarla.
—¡Guardias! —grita un gema—. ¡Guardias, hay impes rebeldes en el Coliseo!
—Vamos —dice Matthew, apretándome la mano con más fuerza.
—¡Alice! —mi voz se levanta por encima de la multitud.
Saskia corre detrás de nosotros.
—Cierra el pico, niñata. Nos van a matar a todos por tu culpa.
Entonces oigo una voz débil. Creo que lo que me atrae hacia ella es que me resulta familiar, que en mi interior algo muy profundo reconoce su timbre, su tono de voz, pero en realidad es que me llama por mi nombre. «¡Violet! ¡Violet!» Llega tambaleándose y lo único que la diferencia de los demás es el hollín y el terror en su rostro. Se me lanza a los brazos.
—¿Dónde coño estamos? ¿Qué coño pasa?
—Tenemos que irnos —respondo.
No creo que me oiga con el ruido del gentío, pero debe de haber entendido mi expresión de urgencia porque nos sigue sin decir palabra, agachada, esquivando la multitud.
Llegamos a una puerta de madera que supongo que conduce a la ciudad de los impes. El olor a carne putrefacta se hace más intenso y se me revuelve el estómago. Estamos justo al lado del Chiquero, una celda de madera donde están los familiares de los impes condenados y desde la que se les permite ser testigos de las muertes de sus seres queridos. Nos miran entre los barrotes con las caras impasibles surcadas de lágrimas.
Matthew nos conduce hacia la puerta de madera mientras se saca una pistola del cinturón, preparándose para la llegada de los guardias.
—¡Rápido!
Mis manos, temblorosas, fantasmales, se extienden ante mí, arañando la madera que rodea el pomo de la puerta. Y justo en el momento en que mis dedos rodean la esfera, oigo las marcadas vocales de un guardia gema. «¡Que no se escapen!» Puedo sentir los puntos rojos de los láseres revoloteando justo por encima de mi cuello como un enjambre de luciérnagas furiosas. Me invade una nueva oleada de pánico.
Pero no me paro a mirar. Me centro en el metal que rechina entre mis manos. Sacudo el picaporte hasta que casi se me dislocan los brazos, pero la puerta sigue bien cerrada. Saskia me aparta de un empujón y manipula el picaporte con dedos diestros y un pulso que me sorprende por su firmeza. Las puertas se abren al fin y entramos en la ciudad a trompicones.