Las flores del silencio abrían sus pétalos en la noche más larga. La ciudad al completo celebraba el día en que se desplegaban y dejaban ver su intenso color rojo; en parte, porque las flores del silencio eran la savia de la nación, y en parte, pensaba Akos, para que no se volvieran todos locos por culpa del frío.
Aquel día, el día del ritual de la Floración, sudaba dentro de su abrigo mientras esperaba a que el resto de la familia se arreglara, así que decidió salir al patio para refrescarse. La casa de los Kereseth formaba un círculo alrededor de un horno, y todas las paredes, tanto interiores como exteriores, describían una curva. Se suponía que daba buena suerte.
Al abrir la puerta, los ojos le empezaron a picar por culpa del aire helado. Se bajó las gafas de seguridad, y el calor de su piel empañó al instante el cristal. Después cogió como pudo el atizador metálico con la mano enguantada y lo metió bajo la campana del horno.Allí dentro, las piedras de quemar inmóviles parecían bultos negros antes de que la fricción las encendiera y lanzaran chispas de distintos colores, dependiendo de la sustancia con la que las hubieran espolvoreado.
Las piedras de quemar se rozaron y adquirieron un brillo de color rojo sangre. No estaban allí fuera para calentar ni para iluminar nada, sino que se suponía que eran un recordatorio de la corriente. Como si no bastara con el zumbido que le recorría el cuerpo a Akos. La corriente fluía a través de todos los seres vivos y se manifestaba en el cielo en sus múltiples colores, como las piedras de quemar; como las luces de los vehículos flotantes, que volaban en lo alto de camino a la ciudad propiamente dicha. Si los habitantes de otros planetas creían que el de Akos no era más que un manto de nieve, era porque nunca lo habían pisado.
El hermano mayor de Akos, Eijeh, asomó la cabeza.
—Tienes ganas de congelarte, ¿eh? Venga, que mamá ya casi está.
Su madre era la que más tardaba en arreglarse cuando iban al templo, ya que, al fin y al cabo, era el oráculo y todos la estarían mirando.
Akos dejó el atizador y entró en la casa mientras se quitaba las gafas y se bajaba la máscara protectora hasta el cuello.
Su padre y su hermana mayor, Cisi, estaban de pie junto a la puerta principal, envueltos en sus abrigos más gruesos.Todos tenían capucha y estaban fabricados con el mismo material, piel de kutyah, que no absorbía los tintes, así que siempre era de un gris blancuzco.
—¿Ya estás listo,Akos? Bien. —Su madre, que se estaba cerrando el abrigo, miró hacia las viejas botas de su padre—. En algún lugar, las cenizas de tu padre se estremecen al unísono al ver lo sucios que llevas los zapatos,Aoseh.
—Lo sé, por eso me empeño en ensuciarlos —respondió su padre con una sonrisa.
—Bien —repuso ella, casi canturreando, de hecho—. Me gustan más así.
—Te gusta todo lo que no le gustaba a mi padre.
—Eso es porque a ese hombre no le gustaba nada.
—¿Podemos subir al flotante antes de que se enfríe? —preguntó Eijeh casi gimoteando—. Ori nos está esperando junto al monumento conmemorativo.
Su madre terminó de abrocharse el abrigo y se puso la máscara protectora, y todos salieron al camino de entrada de la casa, que estaba climatizado, envueltos en pieles, gafas y guantes. Una nave achaparrada y redonda los esperaba, suspendida en el aire a la altura de las rodillas, justo encima del banco de nieve. La puerta se abrió al tocarla su madre, y la familia entera subió a bordo. Cisi y Eijeh tuvieron que tirar de Akos, cada uno de un brazo, porque era demasiado bajo para subir solo. Nadie se molestó en ponerse el cinturón de seguridad.
—¡Al templo! —gritó su padre alzando un puño.
Siempre lo decía cuando iban al templo, como si estuviera animando una conferencia aburrida o una cola muy larga para votar.
—Ojalá pudiéramos embotellar ese entusiasmo y enviárselo a todos los habitantes de Thuvhe. A la mayoría solo los veo una vez cada estación, y eso porque hay comida y bebida, que si no... —se quejó su madre mientras esbozaba una débil sonrisa.
—Pues esa es la solución —repuso Eijeh—: atraerlos con comida toda la estación.
—La sabiduría de los niños —dijo su madre al pulsar el botón de encendido con el pulgar.
El vehículo flotante se elevó con una sacudida e inició su camino, de modo que todos cayeron unos encima de otros. Eijeh apartó a Akos de un empujón entre risas.
Las luces de Hessa titilaban a lo lejos. Su ciudad rodeaba una colina, con la base militar a los pies, el templo en la cima y los demás edificios en medio. El templo, que era adonde se dirigían, era una gran estructura de piedra con una cúpula justo en el centro, compuesta por cientos de paneles de cristal de colores. Cuando el sol brillaba sobre ella, el pico de Hessa se iluminaba en un tono rojo anaranjado. Lo que significaba que casi nunca lo hacía.
El flotante descendió sobre la colina y se deslizó sobre la pétrea Hessa, tan antigua como su planeta nación,Thuvhe.Así era como todos lo llamaban, salvo sus enemigos: una palabra tan escurridiza que a los otros planetas se les atragantaba. La mitad de las estrechas casas estaban enterradas en ventisqueros. Casi todas estaban vacías. La población en pleno iba al templo aquella noche.
—¿Has visto algo interesante hoy? —le preguntó su padre a su madre mientras el primero viraba el vehículo para esquivar un anemómetro más alto de lo habitual que se alzaba hacia el cielo y daba vueltas en círculo.
Por el tono de voz de su padre,Akos sabía que estaba preguntándole a su madre por las visiones. Cada planeta de la galaxia contaba con tres oráculos, uno que se alzaba, uno sedente y otro que caía. Akos no entendía bien lo que significaba, pero sí que la corriente le susurraba el futuro al oído a su madre y que la gente la contemplaba con asombro.
—Puede que viera a tu hermana el otro día... —empezó a decir su madre—, aunque dudo que quiera saberlo.
—Ya sabes que ella cree que el futuro debe tratarse con el debido respeto.
Su madre paseó brevemente la mirada por Akos, Eijeh y Cisi.
—Supongo que es lo que sucede cuando te casas con alguien de una familia de militares —dijo al fin—: queréis reglamentarlo todo, incluso mi don.
—Te habrás dado cuenta de que me rebelé contra las expectativas familiares y decidí hacerme agricultor, no capitán militar —respondió su padre—. Y mi hermana no tiene mala intención, es que es un tema que la pone nerviosa, nada más.
—Ya —repuso su madre como si hubiera algo más.
Cisi empezó a canturrear una melodía que Akos había oído antes, aunque no recordaba dónde. Su hermana miraba por la ventanilla sin prestar atención a la riña, y unos cuantos segundos después, sus padres dejaron de discutir y solo se oyó el sonido del canturreo.A su padre le gustaba decir que Cisi tenía algo especial. Contagiaba paz.
El templo estaba iluminado por dentro y por fuera, con tiras de farolillos del tamaño de los puños de Akos colgadas del arco de la entrada principal. Cintas con luces de colores se enrollaban en torno a los gordos vientres de los vehículos flotantes que había por todas partes, aparcados en grupos en la ladera o dando vueltas alrededor de la cúpula en busca de un hueco en el que tocar tierra. Su madre conocía los lugares secretos que rodeaban el templo, así que indicó a su marido un rincón en sombras cercano al comedor y los condujo a la carrera hasta una puerta lateral que tuvo que abrir con ambas manos.
Recorrieron un oscuro pasillo de piedra cubierto de alfombras tan gastadas que se veía a través de ellas y pasaron frente al monumento iluminado con velas con el que se recordaba a los thuvhesitas fallecidos durante la invasión de Shotet, antes de que naciera Akos.
Frenó un poco para contemplar las titilantes velas al pasar junto al monumento. Eijeh lo agarró de los hombros por detrás, y el sobresalto le arrancó un grito ahogado. Se ruborizó en cuanto se dio cuenta de quién era, y Eijeh le clavó un dedo en la mejilla mientras se reía.
—¡Se te ve lo rojo que estás incluso a oscuras!
—¡Cállate! —repuso Akos.
—Eijeh, no te metas con tu hermano —lo riñó su madre.
Su madre debía decirlo continuamente, pues Akos tenía la sensación de que siempre se ruborizaba por todo.
—Si era una broma...
Llegaron hasta el centro del edificio, donde se había congregado una multitud en la entrada de la Sala de la Profecía. La gente se quitaba las botas y los abrigos, se ahuecaba el cabello aplastado por las capuchas y se echaba el aliento en los dedos helados para calentarlos. Los Kereseth formaron una pila con sus abrigos, gafas, guantes, botas y máscaras protectoras en un nicho oscuro, justo debajo de una ventana morada que llevaba grabado el carácter thuvhesita para designar la corriente. Justo cuando se dirigían a la Sala de la Profecía,Akos oyó una voz conocida.
—¡Eij! —gritaba Ori Rednalis, la mejor amiga de Eijeh, mientras corría hacia ellos por el pasillo.
Era desgarbada y de aspecto torpe, todo rodillas, codos y melena despeinada. Akos no la había visto antes con vestido, pero ese día se había puesto uno de tela rojo púrpura abotonado en los hombros, como si fuera un uniforme militar de gala.
Ori tenía los nudillos rojos de frío. Se detuvo frente a Eijeh.
—Por fin. Ya he tenido que aguantar dos veces las diatribas de mi tía sobre la Asamblea y estoy a punto de estallar.
Akos ya había sido antes testigo de las diatribas de la tía de Ori, en las que despotricaba contra la Asamblea (el organismo que dirigía la galaxia) porque solo valoraba a Thuvhe por su producción de flores del hielo y restaba importancia a los ataques de Shotet, que consideraba «disputas civiles». Tenía algo de razón, pero Akos siempre se sentía incómodo cuando los adultos despotricaban; nunca sabía qué decir.
Ori siguió hablando.
—Hola, Aoseh, Sifa, Cisi, Akos. Feliz Día de la Floración.Venga, vamos, Eij.
Lo había dicho todo de un tirón, sin apenas pararse a respirar.
Eijeh miró a su padre, que agitó la mano.
—Venga, vete. Nos veremos después.
—Y si te pillamos con una pipa en la boca, como la estación pasada —añadió su madre—, te obligaremos a comerte lo que tenga dentro.
Eijeh arqueó las cejas. Era un sinvergüenza, nunca se ruborizaba por nada, ni siquiera cuando los chicos del colegio se burlaban de él por su voz (que era más aguda de lo habitual en los varones) o por ser rico, algo poco popular en Hessa.Tampoco replicaba; se le daba bien protegerse del exterior y dejarlo entrar solo cuando así lo deseaba.
Agarró a Akos por el codo y tiró de él para correr detrás de Ori. Cisi se quedó con sus padres, como siempre. Eijeh y Akos persiguieron a Ori hasta la Sala de la Profecía.
Al llegar, Ori ahogó un grito, y cuando Akos vio lo que había dentro de la Sala estuvo a punto de imitarla: alguien había colgado cientos de farolillos (espolvoreados de flores del silencio para teñirlos de rojo) desde lo más alto de la cúpula hasta los muros exteriores, en todas direcciones, de modo que sobre ellos pendía un dosel de luz. Hasta los dientes de Eijeh brillaron con un resplandor rojo cuando sonrió a Akos. En el centro de la habitación, que solía estar vacía, había una plancha de hielo que medía de ancho lo que un hombre de alto. En su interior crecían docenas de capullos de flores del silencio a punto de abrirse.
Más farolillos con piedras de quemar del tamaño del pulgar de Akos flanqueaban la plancha de hielo en la que las flores del silencio esperaban la hora de eclosionar. Estas piedras emitían un brillo blanco, seguramente para que todos pudieran ver el verdadero color de las flores del silencio, un rojo más intenso que el de cualquier farolillo. Tan intenso como la sangre, decían algunos.
Había muchas personas por allí, y todas lucían sus mejores ropajes: vestidos sueltos que lo cubrían todo salvo las manos y la cabeza, cerrados con elaborados botones de cristal en distintos colores; chalecos hasta las rodillas revestidos de flexible piel de elte y bufandas con dos vueltas.Todo ello en colores intensos y oscuros, cualquier cosa menos gris o blanco, para contrastar con los abrigos. La chaqueta de Akos era verde oscuro, herencia de Eijeh, aunque todavía le quedaba demasiado grande en los hombros; la de Eijeh era marrón.
Ori los condujo directamente a la comida.Allí estaba su tía de rostro avinagrado, ofreciendo platos a los viandantes, aunque no miró a Ori.A Akos le daba la sensación de que a Ori no le gustaban sus tíos y que por eso se pasaba casi todo el tiempo en casa de los Kereseth, aunque ignoraba lo que les había sucedido a sus padres. Eijeh se metió un panecillo en la boca y estuvo a punto de ahogarse con las migajas.
—Cuidado, la muerte por pan no es nada digna —le advirtió Akos.
—Al menos moriré haciendo lo que más me gusta —respondió Eijeh con la boca llena de pan.
Akos se rio.
Ori le rodeó el cuello a Eijeh con el codo para obligarlo a acercar la cabeza.
—No mires ahora, pero os observan por la izquierda.
—¿Y? —preguntó Eijeh escupiendo migas de pan.
Sin embargo, Akos notó que el calor empezaba a subirle por el cuello y se arriesgó a mirar a la izquierda, por encima del hombro de su hermano: allí había un grupito de adultos en silencio, siguiéndolos con la mirada.
—Ya deberías estar acostumbrado,Akos —le dijo Eijeh—.Total, nos pasa siempre.
—Son ellos los que ya deberían estar acostumbrados —repuso Akos—. Llevamos aquí toda la vida y hemos sido predestinados toda la vida, así que ¿qué es lo que miran?
Todos tenían un futuro, pero no todos tenían un destino...Al menos, es lo que le gustaba decir a su madre. Solo algunos miembros de ciertas familias «privilegiadas» recibían destinos; al nacer, los oráculos de todos los planetas recitaban en secreto esos destinos. A la vez. Su madre explicaba que, cuando llegaban esas visiones, eran tan fuertes que la despertaban del sueño más profundo.
Eijeh, Cisi y Akos tenían destinos, aunque desconocían cuáles eran, a pesar de que su madre era una de las personas que los había Visto. Siempre afirmaba que no era necesario contárselos, ya que el mundo lo haría por ella.
Se suponía que los destinos determinaban los movimientos de los mundos. Si Akos pensaba demasiado en ello, se mareaba.
Ori se encogió de hombros.
—Mi tía dice que la Asamblea últimamente critica a los oráculos en los agregadores de noticias, así que será lo que todo el mundo tiene en la cabeza.
—¿Que los ha criticado? ¿Por qué? —preguntó Akos.
Eijeh no prestó atención a ninguno de los dos.
—Venga, vamos a buscar un buen sitio.
Ori se animó.
—Sí, vamos. No quiero acabar con la cara pegada a los culos de la gente, como la estación pasada.
—Creo que esta estación has crecido por encima de sus culos —repuso Eijeh—. Ahora les llegas a la mitad de la espalda, más o menos.
—Ah, estupendo, porque he dejado que mi tía me ponga este vestido para poder contemplar un puñado de espaldas —dijo Ori elevando la mirada al cielo.
Esta vez,Akos abrió la marcha entre el gentío de la Sala de la Profecía, metiéndose debajo de copas de vino y brazos gesticulantes hasta llegar al frente, justo al lado de la plancha de hielo y las flores encerradas. Y llegaron justo a tiempo, porque su madre ya se había colocado al lado del hielo y se había quitado los zapatos, aunque allí hacía un frío temible. Decía que se le daba mejor ser un oráculo cuando estaba más cerca del suelo.
Unos segundos antes había estado riendo con Eijeh, pero a medida que la multitud iba guardando silencio,Akos también lo hizo.
Eijeh se acercó para susurrarle al oído:
—¿Lo notas? El zumbido de la corriente es tremendo. Es como si me vibrara el pecho.
Akos no lo había notado, pero Eijeh tenía razón: sí que parecía que le vibraba el pecho, como si la sangre le cantara. Sin embargo, antes de poder responder, su madre empezó a hablar; no en voz muy alta, ya que no era necesario: todos conocían aquellas palabras de memoria.
—La corriente fluye por todos los planetas de la galaxia y nos ofrece su luz para recordarnos su poder.
Como si siguieran una señal, los presentes levantaron la vista hacia el flujo de la corriente, que se veía en el cielo a través del cristal rojo de la cúpula. En aquella época de la estación, casi siempre era rojo oscuro, igual que las flores del silencio. El flujo era la demostración palpable de la corriente que circulaba a través de todos ellos, de todos los seres vivos. Serpenteaba por la galaxia y unía a los planetas entre sí como si fueran cuentas de un solo collar.
—La corriente fluye a través de todo lo que tiene vida —siguió diciendo Sifa—. Crea un espacio para que la vida medre. La corriente fluye a través de todas las personas que respiran y emerge de un modo distinto tras pasar por el tamiz de cada una de esas mentes. La corriente fluye a través de todas las flores que brotan en el hielo.
No solo Akos, Eijeh y Ori, sino la sala al completo se apiñó hombro con hombro para poder ver lo que sucedía con las flores del silencio atrapadas en la plancha de hielo.
—La corriente fluye a través de todas las flores que brotan en el hielo —repitió Sifa— y les proporciona la fuerza suficiente para abrir sus pétalos en la oscuridad más profunda. La corriente presta más ayuda a la flor del silencio, la que marca nuestras horas, la que nos da la muerte y la paz.
Los presentes guardaron silencio durante un instante, y no resultó raro, como cabría haber supuesto. Era como si todos vibraran-cantaran juntos mientras percibían la fuerza que alimentaba el universo, igual que la fricción entre las partículas alimentaba las piedras de quemar.
Y, de repente, empezó el movimiento: un pétalo que se agitaba; un tallo que crujía. Un estremecimiento recorrió el pequeño campo de flores del silencio que crecía ante ellos. Nadie se movía en la sala.
Akos levantó la vista hacia el cristal rojo y el dosel de farolillos una sola vez, y estuvo a punto de perderse el momento en que todas las flores se abrían a la vez. Los pétalos rojos se desplegaron al unísono para mostrar su reluciente centro y dejarse caer sobre el tallo. La plancha de hielo rebosaba color.
Todos ahogaron un grito y aplaudieron. Akos también aplaudió hasta que le escocieron las palmas de las manos. Su padre se acercó a coger las manos de su madre y darle un beso. Para los demás era intocable: Sifa Kereseth, el oráculo, la persona a la que el flujo de la corriente le regalaba visiones del futuro. Sin embargo, su padre siempre la estaba tocando, acariciándole con la punta del dedo el hoyuelo que le aparecía al sonreír, poniéndole en su sitio los mechones de pelo rebeldes que se le escapaban del moño, dejándole huellas amarillas de harina en los hombros cuando terminaba de amasar el pan.
Su padre no podía ver el futuro, pero sí arreglar cosas con los dedos, como los platos rotos, la grieta en la pantalla de la pared o el dobladillo deshilachado de una falda vieja.A veces daba la impresión de que también era capaz de arreglar a las personas si se metían en líos, así que cuando se acercó a Akos y lo cogió en brazos, al chico ni siquiera le dio vergüenza.
—¡El más pequeño de mis retoños! —gritó su padre mientras se lo echaba al hombro—. Oooh, la verdad es que ya no es tan pequeño. Ya casi no puedo contigo.
—Eso no es porque yo sea grande, sino porque tú eres viejo —contestó Akos.
—¡Menuda respuesta! De mi propio hijo —dijo su padre—. Me pregunto qué castigo se merece una lengua tan afilada...
—No...
Pero era demasiado tarde: su padre ya lo había echado hacia atrás y lo había dejado resbalar hasta sujetarlo por los tobillos. Colgado cabeza abajo,Akos se sujetó la camisa y la chaqueta contra el cuerpo, pero no pudo evitar reírse. Aoseh lo bajó y solo lo soltó una vez el chico estuvo a salvo en el suelo.
—Que te sirva de lección por ser tan insolente —le dijo su padre inclinado sobre él.
—¿La insolencia hace que se te suba la sangre a la cabeza? —preguntó Akos mientras parpadeaba con aire inocente.
—Exacto —repuso Aoseh sonriendo—. Feliz Día de la Floración.
Akos le devolvió la sonrisa.
—Igualmente.
Aquella noche se quedaron levantados hasta tan tarde que Eijeh y Ori se durmieron con la cabeza apoyada en la mesa de la cocina. Su madre llevó a Ori hasta el sofá de la sala, donde últimamente pasaba la mitad de las noches, y su padre despertó a Eijeh. Cada uno se fue por su lado, salvo Akos y su madre, que siempre eran los últimos en subir.
Su madre encendió la pantalla para tener de fondo el murmullo del agregador de noticias de la Asamblea. Había diez planetas nación en la Asamblea, los más grandes o más importantes.Técnicamente, cada planeta nación era independiente, pero la Asamblea regulaba el comercio, las armas, los tratados y los desplazamientos, y aplicaba las leyes en el espacio sin regular. Las noticias repasaban un planeta nación tras otro: restricciones de agua en Tepes, una nueva innovación médica en Othyr, piratas que habían asaltado una nave en la órbita de Pitha.
Su madre abría latas de hierbas secas.Al principio,Akos creyó que iba a preparar una bebida relajante para ayudarlos a ambos a descansar, pero se dirigió al armario del vestíbulo para sacar el tarro de flores del silencio, que se encontraba en el estante más alto para que no lo cogiera nadie.
—Se me ha ocurrido que esta noche podría darte una lección especial —dijo Sifa.
Akos pensaba en ella por su nombre, y no como «mamá», cuando le enseñaba cosas sobre las flores del hielo. Hacía dos estaciones que ella había empezado, de broma, a llamar «lecciones» a aquellas sesiones de preparación de brebajes a las que se dedicaban a altas horas de la noche, pero, en aquel momento, a Akos le pareció que hablaba muy en serio. Costaba saberlo con una madre como la suya.
—Saca una tabla de cortar y pícame un poco de raíz de harva —le pidió mientras se ponía unos guantes—. Ya hemos usado la flor del silencio otras veces, ¿verdad?
—En el elixir somnífero —respondió Akos.
Después hizo lo que le pedía: se colocó a su izquierda con la tabla de cortar, el cuchillo y la polvorienta raíz de harva, que era de un blanco pálido y estaba cubierta de una fina capa de pelusilla.
—Y en aquel mejunje recreativo —añadió ella—. Creo haberte dicho que te resultaría útil algún día en las fiestas. Cuando seas mayor.
—Lo hiciste —respondió Akos—. Y entonces también dijiste lo de «cuando seas mayor».
Sifa curvó un poco la comisura de los labios hacia el interior de la mejilla. Era lo más parecido a una sonrisa que se le podía sacar la mayoría de las veces.
—Los mismos ingredientes que una versión mayor de ti podría usar con fines recreativos, también pueden utilizarse para preparar un veneno —explicó ella seria—. Siempre que dobles la cantidad de flores del silencio y reduzcas a la mitad la raíz de harva. ¿Entendido?
—¿Por qué...? —empezó a preguntar Akos, pero su madre ya estaba cambiando de tema.
—En fin —dijo mientras colocaba un pétalo de flor del silencio en su propia tabla de cortar.Todavía estaba rojo, pero arrugado, y era del tamaño de su pulgar—, ¿qué ocupa tus pensamientos esta noche?
—Nada —respondió Akos—. Bueno, puede que la gente que nos miraba en el ritual de la Floración.
—Es la fascinación que provocan los agraciados con un destino. Me encantaría poder decirte que dejarán de observarte algún día —añadió suspirando—, pero me temo que tú...Tú siempre atraerás todas las miradas.
Quería preguntarle por qué precisamente él, pero procuraba tener cuidado con su madre durante sus lecciones: si le planteaba la pregunta equivocada, ella daba por concluida la lección de repente. Si le planteaba la correcta, descubría cosas que se suponía que no debía saber.
—¿Y tú? —le preguntó él—. Me refiero a qué ocupa tus pensamientos esta noche.
—Ah —dijo ella mientras picaba con precisión las hierbas y golpeaba rítmicamente con el cuchillo la tabla; él estaba mejorando, aunque todavía cortaba trozos que no pretendía cortar—. Esta noche no dejo de pensar en la familia Noavek.
Iba descalza, y los dedos de los pies se le encogían de frío. Los pies de un oráculo.
—Son la familia regente de Shotet —añadió—. La tierra de nuestros enemigos.
Los shotet eran un pueblo, no un planeta nación, y su ferocidad y brutalidad eran de sobra conocidas. Cada vez que arrebataban una vida, se grababan una línea en el brazo y entrenaban en el arte de la guerra incluso a los niños.Además, vivían en Thuvhe, el mismo planeta que Akos y su familia (aunque los shotet no llamaban así al planeta, ni se consideraban thuvhesitas), al otro lado de una vasta extensión de hierba pluma. La misma hierba pluma que se asomaba a las ventanas de la casa de la familia de Akos.
Su abuela por parte de padre había muerto en una de las invasiones de los shotet, armada tan solo con un cuchillo de pan, o eso decían las historias que contaba su padre. Y la ciudad de Hessa todavía lucía las cicatrices de la violencia invasora: los nombres de las víctimas tallados en bajos muros de piedra; ventanas rotas remendadas en vez de sustituidas, de modo que todavía se veían las grietas.
Justo detrás de la hierba pluma. A veces, los shotet parecían estar lo bastante cerca como para tocarlos.
—La familia Noavek también está predestinada, ¿lo sabías? Igual que tú y tus hermanos —siguió explicando Sifa—. Los oráculos no siempre ven los destinos de ese linaje, solo ha sucedido durante mi tiempo. Y los Noavek usaron esa ventaja sobre su gobierno para hacerse con el control de los shotet, que está en sus manos desde entonces.
—No sabía que eso pudiera ocurrir. Me refiero a que una nueva familia obtenga destinos, de repente.
—Bueno, los que recibimos el don de ver el futuro no decidimos quién resulta agraciado con un destino —respondió su madre—.Vemos cientos de futuros, de posibilidades, pero un destino es algo que sucede a una persona concreta en todas las versiones del futuro que vemos, lo que resulta muy poco frecuente. Y son esos destinos los que determinan quiénes son las familias agraciadas con ellos, no al revés.
Nunca lo había visto de ese modo. La gente siempre decía que los oráculos concedían los destinos como si fueran regalos a las personas especiales o importantes, pero, según explicaba su madre, era al revés: los destinos convertían en importantes a ciertas familias.
—Así que has visto sus destinos. Los destinos de los Noavek.
Ella asintió.
—Solo del hijo y de la hija: Ryzek y Cyra. Él es el mayor; ella es de tu edad.
Akos ya había oído antes sus nombres, junto con algunos rumores ridículos: historias en las que se aseguraba que echaban espuma por la boca, que guardaban los ojos de sus enemigos en tarros o que las marcas de sus asesinatos ya les cubrían desde la muñeca hasta el hombro. Bueno, quizá aquel último rumor no fuera tan ridículo.
—A veces resulta sencillo ver por qué la gente se convierte en lo que es —dijo su madre en voz baja—. Ryzek y Cyra, hijos de un tirano. Su padre, Lazmet, hijo de una mujer que asesinó a sus propios hermanos. La violencia infecta a una generación tras otra. —Empezó a mover la cabeza arriba y abajo, y su cuerpo la acompañó, meciéndola—. Y yo lo veo. Lo veo todo.
Akos le cogió la mano y se la sostuvo.
—Lo siento,Akos —añadió ella, y el chico no supo bien si sentía haber dicho demasiado u otra cosa, pero tampoco importaba.
Los dos permanecieron allí un rato, escuchando el murmullo del agregador de noticias, y la noche más oscura pareció, de algún modo, incluso más oscura que antes.
—Sucedió en plena noche —decía Osno mientras sacaba pecho—. Tenía un arañazo en la rodilla y, de repente, empecé a sentir una quemazón... Cuando aparté las mantas, ya no estaba.
El aula tenía una pared en curva y dos rectas. En el centro había un gran horno lleno de piedras de quemar, y la profesora siempre daba vueltas a su alrededor mientras les impartía una clase, haciendo rechinar las botas en el suelo.A veces,Akos contaba cuántas vueltas daba a lo largo de una clase. Nunca eran pocas.
Alrededor del horno había sillas metálicas con pantallas de cristal fijadas frente a ellas en ángulo, como si fueran tableros de mesas. Brillaban, listas para la lección del día, pero su profesora todavía no había llegado.
—Pues enséñanoslo —le dijo otra compañera, Riha, que siempre llevaba bufandas con mapas de Thuvhe bordados, como una verdadera patriota, y nunca confiaba en la palabra de nadie. Cuando alguien afirmaba algo, ella arrugaba su pecosa nariz hasta que esa persona demostraba su afirmación.
Osno se acercó una navajita al pulgar y se pinchó con ella. La sangre formó una burbuja en la herida, e incluso Akos, sentado solo al otro lado del aula, vio que la piel empezaba a cerrarse como una cremallera.
Todo el mundo obtenía un don de la corriente al hacerse mayor, cuando el cuerpo empezaba a cambiar; a juzgar por lo pequeño que era Akos a sus catorce estaciones, eso significaba que todavía le quedaba un tiempo para recibir el suyo.A veces los dones iban por familias y a veces no.A veces eran útiles y a veces no. El de Osno era útil.
—Asombroso —dijo Riha—. Estoy deseando que llegue el mío. ¿Te imaginabas lo que sería?
Osno era el chico más alto de la clase y, cuando hablaba con alguien, procuraba acercarse mucho para que su interlocutor no olvidara ese detalle. No hablaba con Akos desde la última estación y, en aquel momento, la madre de Osno había comentado mientras se alejaba: «Para ser uno de los agraciados con un destino, no es gran cosa, ¿no?».
Osno había contestado: «Es bastante agradable».
Pero Akos no era «agradable»; así llamaba la gente a las personas que hablaban poco.
Osno echó un brazo sobre el respaldo de la silla y se apartó de los ojos un mechón de pelo oscuro.
—Mi padre dice que cuanto mejor te conoces, menos te sorprende tu don.
Riha asintió con la cabeza para darle la razón, y la trenza se le deslizó por la espalda.Akos apostaba lo que fuera a que Riha y Osno empezarían a salir antes de que acabara la estación.
En aquel momento, la pantalla que estaba colgada cerca de la puerta parpadeó y se apagó. Las lámparas de la habitación se apagaron, también, al igual que las del pasillo, cuya luz entraba por debajo de la puerta.A Riha se le quedó la frase paralizada entre los labios.Akos oyó una voz alta que procedía del pasillo, además del chirrido de su silla cuando la echó hacia atrás.
—¡Kereseth...! —le susurró Osno a modo de advertencia.
Sin embargo,Akos no entendía por qué debía darle miedo asomarse al pasillo; tampoco es que le fuera a saltar un monstruo encima.
Abrió la puerta lo justo para pasar y se inclinó para ver lo que había en el pasillo de fuera. El edificio era circular, como muchos de los edificios de Hessa: los despachos de los profesores estaban en el centro y las aulas alrededor de la circunferencia; el pasillo servía como separación entre ambas zonas. Cuando se apagaron las luces, estaba tan oscuro que Akos solo veía gracias a las luces de emergencia, que despedían un resplandor naranja en lo alto de cada una de las escaleras.
—¿Qué está pasando?
Reconoció la voz: era Ori. La chica entró en el círculo de luz naranja junto a la escalera este. De pie frente a ella estaba su tía Badha, más desaliñada de lo que Akos la había visto nunca: varios mechones de pelo, que se le habían soltado del moño, le colgaban a ambos lados de la cara y llevaba los botones del jersey mal abrochados.
—Estás en peligro —dijo Badha—. Ha llegado el momento de hacer lo que hemos estado practicando.
—¿Por qué? —quiso saber Ori—.Vienes aquí, me sacas de clase, y quieres que lo deje todo y a todos...
—Todos los predestinados están en peligro, ¿lo entiendes? Te han descubierto y debes irte.
—¿Y los Kereseth? ¿Es que ellos no corren peligro?
—No tanto como tú —respondió Badha mientras agarraba a Ori por el codo y la conducía al rellano de la escalera este.
Akos no le veía la cara a Ori, así que no pudo distinguir su reacción. Sin embargo, justo antes de que doblara la esquina, Ori se volvió, el pelo le cayó sobre la cara y el jersey se le deslizó por el hombro, dejando la clavícula al descubierto.
Estaba bastante seguro de que entonces Ori lo había mirado con los ojos muy abiertos y temerosos, pero costaba saberlo con certeza. Entonces, alguien llamó a Akos por su nombre.
Cisi salió corriendo de una de las oficinas centrales. Llevaba un grueso vestido gris y botas negras, y apretaba los labios.
—Vamos —dijo—, nos han ordenado acudir al despacho del director. Papá va a venir a recogernos y podemos esperarlo allí.
—¿Qué...? —empezó a preguntar Akos, pero hablaba demasiado bajo, como de costumbre, y casi nadie lo escuchaba.
—Vamos —insistió Cisi mientras se metía de nuevo por la puerta de la que acababa de salir.
La mente de Akos corría en mil direcciones distintas. Ori era una predestinada. Se había ido la luz. Su padre iba a recogerlos. Ori estaba en peligro. Él estaba en peligro.
Cisi no dejaba de desaparecer y reaparecer bajo las luces naranjas de emergencia. Y entonces: una puerta abierta, un farol encendido y Eijeh, que se volvía hacia ellos.
El director estaba sentado frente a él.Akos desconocía su nombre; lo llamaban simplemente «el director», y solo lo veían cuando le tocaba anunciar algo o cuando iba de camino a otra parte.Akos no le prestaba ninguna atención.
—¿Qué está pasando? —le preguntó a Eijeh.
—Nadie me lo quiere decir —respondió él mientras miraba al director.
—La política de este colegio estipula que dejemos este tipo de situaciones en manos de los padres —comentó el director.
Los críos a veces bromeaban diciendo que el director tenía maquinaria por dentro, en vez de carne; que, si alguien lo abriese, saldrían cables volando.Al menos, es lo que parecía cuando hablaba.
—¿Y no nos puede decir de qué tipo de situación se trata? —le preguntó Eijeh como habría hecho su madre de haber estado allí.
«¿Y dónde está mamá?», pensó Akos. Su padre iba a ir buscarlos, pero nadie había comentado nada sobre su madre.
—Eijeh —dijo Cisi con un susurro que tranquilizó a Akos.
Era como si hablara directamente al zumbido de la corriente de su interior para devolverle el equilibrio. El embrujo duró un momento, y el director, Eijeh, Cisi y Akos guardaron silencio, a la espera.
—Empieza a hacer frío —comentó Eijeh al fin.
Una corriente entraba por debajo de la puerta y le estaba dejando los tobillos helados a Akos.
—Lo sé, he tenido que cortar la electricidad —dijo el director—. Pretendo esperar hasta que estéis a salvo en vuestra casa antes de volver a conectarla.
—¿Ha cortado la luz por nosotros? ¿Por qué? —preguntó Cisi con un tono de voz dulce.
Era la misma voz mimosa que utilizaba cuando quería quedarse despierta hasta tarde o una golosina más de postre. No funcionaba con sus padres, pero el director se derritió como una vela; a Akos no le habría extrañado ver aparecer un charco de cera debajo de su escritorio.
—El único modo de apagar las pantallas durante las alertas de emergencia de la Asamblea es cortar la luz —respondió el director en voz baja.
—Así que ha habido una alerta de emergencia —dijo Cisi con el mismo tono.
—Sí, la ha ordenado el líder de la Asamblea esta misma mañana.
Eijeh y Akos se miraron. Cisi sonreía, tranquila, con las manos cruzadas sobre las rodillas. Con aquella luz y los rizos enmarcándole el rostro, era la hija de Aoseh, simple y llanamente. Su padre también era capaz de conseguir lo que deseaba mediante sonrisas y carcajadas, y siempre ponía paz en los corazones de las personas y en las situaciones difíciles.
Un fuerte puño aporreó la puerta del director y evitó que el hombre de cera se siguiera derritiendo.Akos sabía que era su padre porque el pomo de la puerta cayó al suelo con el último golpe, y la placa que lo sujetaba a la madera se resquebrajó por el centro. No podía controlar su genio, y su don lo dejaba claro: su padre siempre estaba arreglando cosas, pero la mitad de las veces era porque él mismo las había roto.
—Lo siento —masculló Aoseh al entrar en el cuarto.
Colocó de nuevo el pomo en su sitio y recorrió la grieta con la punta de un dedo. La placa se quedó un poco torcida, pero estaba casi como nueva. Su madre insistía en que no siempre arreglaba bien las cosas y prueba de ello eran todos los platos cojos y tazas con el asa torcidas que tenían.
—Señor Kereseth —empezó a decir el director.
—Gracias por reaccionar con tanta rapidez, director —lo interrumpió su padre.
No sonreía en absoluto. Más que los pasillos a oscuras, los gritos de Ori o los labios apretados de Cisi, fue su seriedad lo que asustó a Akos. Su padre siempre sonreía, incluso cuando no pegaba; su madre decía que era su mejor armadura.
—Venga, retoño pequeño, retoño más pequeño y retoño menor —dijo Aoseh sin mucho entusiasmo—.Vámonos a casa.
Se pusieron en pie y marcharon hacia la entrada del colegio en cuanto oyeron que decía «casa». Fueron directos a las perchas de los abrigos para buscar entre aquellas bolas de pelo grises, idénticas entre ellas, las que tenían grabado su apellido en el cuello: Kereseth, Kereseth, Kereseth. Cisi y Akos se confundieron un segundo y tuvieron que cambiarse los abrigos; el de Akos le quedaba a Cisi un poco corto de brazos, y el de ella era demasiado largo para la estatura de su hermano.
El vehículo flotante esperaba fuera con la puerta todavía abierta. Era un poco más grande que la mayoría, aunque también achaparrado y circular, y el exterior de metal oscuro estaba manchado. El agregador de noticias, que solía disparar su chorro de palabras dentro de los flotantes, no estaba encendido, como tampoco lo estaba la pantalla del navegador, así que fue el mismo Aoseh quien tuvo que pulsar los botones, mover las palancas y encargarse de los controles sin que el vehículo le dijera lo que estaba haciendo. No se pusieron los cinturones; a Akos le parecía que era una estupidez perder el tiempo con eso.
—Papá —empezó a decir Eijeh.
—Esta mañana, la Asamblea ha decidido anunciar los destinos de las familias agraciadas —explicó su padre—. Los oráculos informaron a la Asamblea de los destinos hace ya varias estaciones, en secreto, como gesto de buena voluntad. Normalmente, el destino de una persona no se hace público hasta que muere; solo lo conocen esa persona y su familia. Pero ahora... —Los miró a todos, uno a uno—. Ahora todo el mundo conoce vuestros destinos.
—¿Cuáles son? —preguntó Akos en un susurro, justo cuando Cisi preguntaba:
—¿Por qué es eso peligroso?
Su padre respondió la pregunta de su hermana, no la de él.
—No es peligroso para todos los predestinados, pero algunos destinos son más... reveladores que otros.
Akos pensó en la tía de Ori, que se la había llevado a rastras por el codo hasta las escaleras: «Te han descubierto y debes irte».
Ori tenía un destino, un destino peligroso. Sin embargo, por lo que recordaba Akos, no había ninguna familia Rednalis en la lista de familias agraciadas. Debía de ser un apellido falso.
—¿Cuáles son nuestros destinos? —preguntó Eijeh, y Akos lo envidió por su voz clara y alta.
A veces, cuando pretendían quedarse despiertos hasta más tarde de lo permitido, Eijeh intentaba susurrar, pero su padre o su madre aparecían enseguida en la puerta para ordenarles que se callaran. No como Akos: él procuraba mantener los secretos bien cerca, como si fueran una segunda piel, y por eso no les había contado todavía a los demás lo de Ori.
El vehículo flotante pasó volando sobre los campos de flores del hielo que cuidaba su padre. Se extendían a lo largo de varios kilómetros en todas direcciones, divididos por alambradas bajas: amarillas flores de celos, purezas blancas, verdes enredaderas de harva, marrones hojas de sendes y por último, protegidas por una jaula metálica atravesada por la corriente, las rojas flores del silencio. Antes de que las metieran en la jaula, la gente solía quitarse la vida corriendo al interior de los campos de flores del silencio para morir entre los relucientes pétalos, pues el veneno producía una soñolienta muerte al cabo de unos cuantos alientos. En realidad, no parecía una mala forma de marcharse, pensó Akos: quedarse dormido entre flores, bajo el blanco cielo.
—Os los contaré cuando estéis a salvo —respondió su padre, que intentaba sonar alegre.
—¿Dónde está mamá? —preguntó Akos, y esta vez su padre lo oyó.
—Vuestra madre...
Aoseh apretó los dientes, y una enorme raja se abrió en el asiento que tenía debajo, como cuando la parte de arriba del pan se resquebrajaba en el horno. Soltó una palabrota y pasó la mano por encima del asiento para arreglarlo.Akos parpadeó, asustado: ¿por qué se había enfadado tanto?
—No sé dónde está vuestra madre —dijo Aoseh al fin—. Seguro que se encuentra bien.
—¿No te advirtió de esto? —preguntó Akos.
—Quizá no lo supiera —susurró Cisi.
Pero todos sabían lo equivocada que estaba: Sifa siempre lo sabía todo.
—Vuestra madre tiene sus razones para todo lo que hace.A veces no llegamos a conocerlas —explicó Aoseh algo más calmado—. Pero debemos confiar en ella, aunque cueste.
Akos no estaba seguro de que su padre se lo creyera, ya que lo estaba diciendo como si quisiera recordárselo a sí mismo.
Aoseh guio el flotante hasta su patio de entrada, aplastando las matas de hierba y los tallos moteados de hierba pluma que había debajo. Detrás de su casa, la hierba pluma llegaba hasta donde alcanzaba la vista de Akos. A la gente a veces le ocurrían cosas raras en la hierba. Oían susurros o veían formas oscuras entre los tallos; se alejaban del camino y se los tragaba la tierra. De vez en cuando oían historias sobre el tema o alguien veía un esqueleto completo desde su vehículo flotante. Como Akos vivía muy cerca de la hierba, se había acostumbrado a no hacer caso de los rostros que corrían hacia él por todas partes, susurrando su nombre.A veces eran tan claros que los lograba identificar: sus abuelos muertos; su madre o su padre, con el rostro retorcido como si fueran cadáveres; chicos que se portaban mal con él en el colegio, burlándose.
Sin embargo, cuando Akos salió del flotante y fue a tocar las matas de hierba, se dio cuenta, sobresaltado, de que ya no veía ni oía nada.
Se detuvo y examinó la hierba en busca de algún rastro de las alucinaciones, pero no había ninguna.
—¡Akos! —lo llamó Eijeh.
«Qué raro».
Siguió a Eijeh hasta la puerta principal. Aoseh abrió con la llave y todos entraron de golpe en el vestíbulo para quitarse los abrigos. En cuanto respiró el cálido aire del interior, Akos se dio cuenta de que algo iba mal. Su casa siempre olía a especias, como el pan que a su padre le gustaba hacer para desayunar en los ciclos más fríos, pero en aquel momento olía a aceite de motor y sudor. Las entrañas de Akos se habían convertido en una tensa cuerda que se retorcía por momentos.
—Papá —dijo cuando Aoseh pulsaba un botón para encender las luces.
Eijeh chilló. Cisi ahogó un grito. Y Akos se quedó paralizado.
Había tres hombres en su salón. Uno era alto y delgado; otro, más alto y más ancho de hombros; y el tercero, bajo y corpulento. Los tres vestían armaduras que brillaban a la luz amarillenta de la piedra de quemar: eran tan oscuras que parecían negras, aunque en realidad se trataba de un azul muy oscuro. Blandían hojas de corriente; llevaban los cuchillos bien sujetos en el puño, y los negros tentáculos de la corriente se les enroscaban en las manos, uniéndolos a sus armas.Akos ya había visto antes armas como aquellas, pero solo en las manos de los soldados que patrullaban Hessa. En su casa no tenían hojas de corriente, ya que era el hogar de un agricultor y de un oráculo.
Akos lo supo sin saberlo de verdad: aquellos hombres eran shotet, enemigos de Thuvhe. Sus enemigos. Personas como ellos eran las responsables de todas y cada una de las velas encendidas en el monumento que se había erigido en homenaje a los caídos en la invasión de los shotet; habían dañado los edificios de Hessa, habían reventado sus cristales hasta fracturar sus imágenes; habían sacrificado a los más valientes, a los más fuertes y a los más feroces, y habían dejado a sus familias para llorarlos. La abuela de Akos y su cuchillo de pan entre ellos, por lo que contaba su padre.
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Aoseh tenso.
La sala parecía intacta: los cojines todavía estaban colocados alrededor de la mesa baja y la manta de pelo seguía enrollada junto al fuego, donde Cisi la había puesto para leer. El fuego se había convertido en ascuas que todavía brillaban y el aire era frío. Su padre se situó de modo que su cuerpo cubriera a los tres chicos.
—No está la mujer —dijo uno de los tres hombres a sus compañeros—. ¿Dónde se habrá metido?
—Es un oráculo —respondió otro—. No es tan fácil cogerlos.
—Sé que habláis nuestro idioma —dijo Aoseh esta vez más serio—. Dejad de parlotear como si no me comprendierais.
Akos frunció el ceño. ¿Es que su padre no los había escuchado hablar sobre su madre?
—Qué desafiante, este —dijo el más alto;Akos se percató de que tenía los ojos dorados, como el metal fundido—. ¿Cómo se llamaba?
—Aoseh —respondió el más bajo.
Tenía cicatrices por toda la cara, pequeños cortes en una y otra dirección. La piel que rodeaba la cicatriz de mayor tamaño, junto al ojo, estaba arrugada. El nombre de su padre sonaba torpe en sus labios.
—Aoseh Kereseth —dijo el hombre de ojos dorados, y esta vez su voz sonó... distinta. Como si de repente hablara con un fuerte acento, cosa que antes no había ocurrido. ¿Cómo era posible?—. Me llamo Vas Kuzar.
—Sé quién eres —repuso Aoseh—. No vivo con la cabeza enterrada en un agujero.
—Cogedlo —ordenó el hombre llamado Vas, y el más bajo se abalanzó sobre Aoseh.
Cisi y Akos dieron un salto hacia atrás cuando su padre y el soldado shotet iniciaron el forcejeo, agarrándose por los brazos.Aoseh apretó los dientes. El espejo de la sala se rompió y los fragmentos salieron volando; después, el marco de la foto que se hallaba sobre la chimenea, el del día de la boda de sus padres, se partió por la mitad. Sin embargo, el soldado shotet consiguió agarrar a Aoseh, meterlo en la sala y dejar expuestos a los tres chicos.
El soldado más bajo obligó a su padre a hincarse de rodillas mientras le ponía una hoja de corriente en el cuello.
—Asegúrate de que los niños no escapen —le dijo Vas al delgado.
Justo entonces,Akos recordó la puerta que tenía detrás, de modo que cogió el pomo y lo giró, pero cuando empezaba a tirar de la puerta, unas bastas manos lo sujetaron por los hombros y el shotet lo levantó en el aire con un brazo.Akos sintió un pinchazo en el hombro; le dio una fuerte patada al soldado en la pierna, pero el hombre se limitó a reírse.
—Niñito de piel fina —le escupió el shotet—. Será mejor que tanto tú como el resto de tu lamentable familia os rindáis ya.
—¡No somos lamentables! —exclamó Akos.
Era una estupidez, algo que diría un niño pequeño cuando no sabía qué otra cosa decir para ganar una discusión, pero, por algún motivo, todos se quedaron helados. No solo el hombre que le sujetaba el brazo, sino también Cisi, Eijeh y Aoseh. Todos se quedaron mirando a Akos («maldita sea») y el chico sintió que el calor le subía al rostro; el rubor menos oportuno que había sufrido en su vida, que ya era mucho decir.
Entonces,Vas Kuzar se rio.
—Tu hijo menor, supongo —le dijo a Aoseh—. ¿Sabías que hablaba shotet?
—Yo no hablo shotet —contestó Akos con voz débil.
—Acabas de hacerlo. Me pregunto cómo es que la familia Kereseth tiene un hijo por cuyas venas corre sangre shotet...
—Akos —susurró Eijeh, sorprendido, como si le estuviera preguntando algo.
—¡No tengo sangre shotet! —exclamó Akos, y los tres soldados se rieron al unísono.
Entonces fue cuando Akos lo oyó: oyó las palabras que salían de su boca, su claro significado y las duras sílabas, con sus pausas repentinas y sus vocales cerradas. Estaba hablando shotet, un idioma que nunca había aprendido y que no se parecía en nada al elegante thuvhesita, que era como el viento que se llevaba los copos de nieve hacia el cielo.
Estaba hablando en shotet. Hablaba igual que los soldados, pero ¿cómo? ¿Cómo podía hablar un idioma que nunca había aprendido?
—¿Dónde está tu mujer, Aoseh? —le preguntó Vas volviendo a concentrar su atención en el padre. Después le dio la vuelta al cuchillo y los tentáculos negros se movieron sobre su piel—. Podríamos preguntarle si tuvo un devaneo con un shotet o si comparte nuestro excelente linaje y no le pareció oportuno comentártelo. Seguro que un oráculo sabe que su hijo menor domina la lengua profética.
—No está aquí —respondió Aoseh con brusquedad—, como ya habréis observado.
—¿El thuvhesita se cree muy listo? —preguntó Vas—. Diría que hacerse el listo delante de tus enemigos te acaba matando.
—Seguro que dirías muchas estupideces —repuso Aoseh y, de algún modo, a pesar de ser el que estaba en el suelo a sus pies, consiguió que fuera Vas el primero en apartar la mirada—. Criado de los Noavek, eres como la porquería que me saco de las uñas.
Vas golpeó a su padre en la cara con tanta fuerza que cayó de lado. Eijeh gritó e intentó acercarse, pero lo interceptó el shotet que todavía sujetaba a Akos por el brazo. Sujetaba sin esfuerzo a los dos hermanos, de hecho, como si no le costara nada, aunque Eijeh, con dieciséis estaciones, casi había alcanzado ya el tamaño de un adulto.
La mesa baja de la sala se rajó por el centro, de un extremo al otro, y los dos pedazos cayeron al suelo. Todas las cosas que tenía encima (una taza vieja, un libro, unas astillas de madera de algo que tallaba su padre) se desperdigaron por todas partes.
—Yo en tu lugar mantendría ese don bajo control, Aoseh —le advirtió Vas en voz baja.
Aoseh se llevó las manos a la cara un instante, pero después se abalanzó sobre el soldado más bajo, el de las cicatrices, que estaba a un lado, y le retorció con fuerza la muñeca hasta que soltó un poco el arma. Entonces aprovechó para coger el cuchillo por el puño y quitárselo, y después volverlo contra su dueño, arqueando las cejas.
—Adelante, mátalo —dijo Vas—. Hay muchos otros como él, pero tú tienes un número limitado de hijos.
Aoseh tenía el labio hinchado y ensangrentado, pero se lamió la sangre con la punta de la lengua y volvió la vista para mirar a Vas.
—No sé dónde está —dijo—. Deberíais haberla buscado en el templo. Este es el último sitio por el que aparecería si supiera que ibais a venir.
Vas sonrió mirando el cuchillo.
—Supongo que da igual —dijo en shotet mirando al soldado que sujetaba a Akos con una mano mientras con la otra empujaba a Eijeh contra la pared—. Nuestra prioridad es el niño.
—Sabemos quién es el menor —contestó el soldado en el mismo idioma, al tiempo que volvía a tirarle del brazo a Akos—. Pero ¿cuál de los otros dos es el segundo?
—Papá —dijo Akos desesperado—, quieren saber quién es el retoño más pequeño. Quieren saber cuál de ellos es el menor...
El soldado soltó a Akos, pero solo para pegarle un bofetón con el dorso de la mano en el pómulo. Akos retrocedió dando tumbos y se estrelló contra la pared, y Cisi ahogó un sollozo antes de inclinarse sobre él y acariciarle la cara.
Aoseh gritó entre dientes y después atacó a Vas con el cuchillo robado y se lo clavó en el cuerpo, justo bajo la armadura.
Vas ni parpadeó. Se limitó a esbozar una sonrisa torcida, agarrar la empuñadura del cuchillo y sacárselo.Aoseh estaba demasiado pasmado para detenerlo. La sangre manaba de la herida y le empapaba a Vas los pantalones oscuros.
—¿Me conoces por mi nombre, pero ignoras mi don? —preguntó Vas en voz baja—. No siento dolor, ¿recuerdas?
Agarró de nuevo a Aoseh por el codo, le tiró del brazo y le clavó el cuchillo en la parte carnosa para después bajar, haciéndole gruñir de un modo que Akos no había oído nunca. La sangre salpicó el suelo. Eijeh gritó de nuevo y pataleó, y a Cisi se le torció el rostro, pero no emitió sonido alguno.
Akos no soportaba ver aquello. Se levantó de un salto, aunque todavía le dolía la cara, aunque no tenía sentido moverse y no podía hacer nada al respecto.
—Eijeh —dijo tranquilo—, huye.
Y entonces se abalanzó sobre Vas, dispuesto a meterle los dedos en la herida cada vez más hondo, hasta arrancarle los huesos y el corazón.
Forcejeos, gritos, sollozos. Todas las voces se mezclaban en los oídos de Akos, preñadas de horror. Le propinó un inútil puñetazo a la armadura que cubría el costado de Vas. El golpe le dejó la mano palpitando, y el soldado de las cicatrices fue a por él y lo lanzó al suelo como si fuera un saco de harina. Después le pisó la cara con la bota; el chico notó el roce de la tierra en la piel.
—¡Papá! —gritaba Eijeh—. ¡Papá!
Akos no podía mover la cabeza, pero cuando levantó la mirada vio a su padre en el suelo, a medio camino entre la pared y la puerta, con el codo doblado en un ángulo extraño. La sangre formaba una especie de halo alrededor de su cabeza. Cisi estaba agachada al lado de Aoseh, y sus manos temblorosas flotaban sobre la herida de su cuello.Vas estaba junto a ella con un cuchillo ensangrentado en la mano.
Akos se quedó sin fuerzas.
—Deja que se levante, Suzao —ordenó Vas.
Suzao, el que le pisaba la cara a Akos, levantó el pie y tiró de él para levantarlo.Akos no lograba apartar la vista del cuerpo de su padre, de su piel abierta como la mesa de la sala, de la cantidad de sangre que lo rodeaba (¿cómo podía una persona llevar dentro tanta sangre?) y de su color, de un oscuro tono entre marrón, rojo y naranja.
Vas todavía sostenía el cuchillo manchado de sangre junto al costado, y tenía las manos mojadas.
—¿Todo despejado, Kalmev? —le preguntó Vas al shotet alto.
Kalmev gruñó a modo de respuesta. Había agarrado a Eijeh para ponerle unas esposas en las muñecas. Si su hermano se había resistido antes, ya no lo hacía; simplemente contemplaba a su padre, que seguía tirado sobre el suelo de la sala.
—Gracias por responder a mi pregunta sobre cuál era el hermano que buscábamos —le dijo Vas a Akos—.Al parecer, vosotros dos vendréis con nosotros, gracias a vuestros destinos.
Suzao y Vas flanquearon a Akos y lo empujaron para que avanzara. En el último segundo, el chico se liberó, cayó de rodillas al lado de su padre y le tocó la cara.Aoseh estaba caliente y húmedo.Todavía tenía los ojos abiertos, pero la vida se le escapaba por segundos, como el agua por un desagüe. Dirigió brevemente la mirada hacia Eijeh, que estaba casi en la puerta, apremiado por los soldados shotet.
—Lo traeré de vuelta a casa —dijo Akos mientras le movía un poco la cabeza a su padre de modo que lo mirara—. Lo haré.
Akos no estaba allí cuando la vida abandonó por fin a su padre. Akos estaba entre la hierba pluma, en manos de sus enemigos.

Solo tenía seis estaciones cuando partí en mi primera travesía.
Cuando salí al exterior, esperaba encontrarme con la luz del sol. En vez de eso, caminaba bajo la sombra de la nave de la travesía, que cubría por completo la ciudad de Voa, capital de Shotet, como una nube enorme. Era más larga que ancha, con el morro acabado en una suave punta con paneles de cristal irrompible por encima. Su vientre cubierto de metal estaba machacado tras diez estaciones de viajes espaciales, pero parte de las planchas superpuestas brillaban en aquellos puntos en los que se habían sustituido. Pronto estaríamos dentro, como comida masticada en el estómago de un gran animal. Cerca de los reactores traseros se encontraba el extremo abierto por el que subiríamos a bordo.
La mayoría de los niños shotet tenían permiso para ir en su primera travesía (nuestro rito más significativo) al llegar a las ocho estaciones. Sin embargo, como hija del soberano, Lazmet Noavek, yo estaba preparada para mi primer viaje por la galaxia dos estaciones antes. Seguiríamos el flujo de la corriente a lo largo de los límites de la galaxia hasta que adquiriera el más oscuro de los azules y entonces descenderíamos a la superficie del planeta para nuestra búsqueda, la segunda parte del rito.
La tradición dictaba que el soberano y su familia entraran primero en la nave de la travesía o, al menos, así había sido desde que lo instaurara mi abuela, la primera Noavek que se convertía en líder de nuestro pueblo.
—Me pica el pelo —le dije a mi madre mientras me daba toquecitos con la punta del dedo en las apretadas trenzas que me habían sujetado a un lado de la cabeza. Solo había unas cuantas, tirantes y entretejidas para que el pelo no me cayera en la cara—. ¿Qué tiene de malo mi pelo normal?
Mi madre me sonrió. Llevaba un vestido hecho de hierba pluma, en el que los tallos se cruzaban sobre el corpiño y seguían subiendo para enmarcarle el rostro. Otega (mi tutora, entre otras cosas) me había enseñado que los shotet plantaron un mar de hierba pluma entre nuestros enemigos, los thuvhesitas, y nosotros, para evitar que invadieran nuestra tierra. Con su vestido, mi madre estaba conmemorando aquel ingenioso ardid. Mi madre procuraba que todos sus actos nos recordaran nuestra historia.
—Hoy es el primer día que te verá la mayoría de los shotet, por no mencionar el resto de la galaxia. Es preferible que no se concentren en tu pelo. Al recogerlo de este modo, lo hacemos invisible, ¿lo entiendes?
No lo entendía, pero no insistí en el tema. Estaba observando el pelo de mi madre: era oscuro, como el mío, aunque con una textura distinta; el de ella era tan tupido que atrapaba los dedos, mientras que el mío era lo bastante resbaladizo como para escapar de ellos.
—¿El resto de la galaxia?
En teoría, sabía lo grande que era la galaxia, que contenía nueve planetas importantes e incontables planetas periféricos, además de estaciones incrustadas en los impasibles peñones de las lunas rotas y naves en órbita que eran tan grandes como planetas nación. Sin embargo, para mí, los planetas siempre parecían tan grandes como la casa en la que había pasado casi toda mi vida, nada más.
—Tu padre autorizó que se enviara el vídeo de la Procesión al agregador de noticias general, al que acceden todos los planetas de la Asamblea —contestó mi madre—.Todo el que sienta curiosidad por nuestras ceremonias estará observándonos.
A pesar de mi corta edad, no daba por sentado que el resto de los planetas fuera como el nuestro. Sabía que éramos los únicos que perseguíamos la corriente por la galaxia, que nuestro desapego por lugares y posesiones era singular. Por supuesto, los demás planetas sentían curiosidad por nosotros; puede que incluso envidia.
Los shotet salían de travesía una vez por estación desde el principio de su existencia. Otega me había dicho una vez que la travesía honraba la tradición, mientras que la búsqueda, que venía después, era un canto a la renovación: el pasado y el futuro, todo en el mismo ritual. Pero yo había escuchado decir a mi padre que «sobrevivíamos gracias a la basura de los otros planetas». Mi padre sabía cómo arrebatarles la belleza a las cosas.
Mi padre, Lazmet Noavek, caminaba delante de nosotros. Fue el primero en cruzar las grandes puertas que separaban la mansión de los Noavek de las calles de Voa y, al hacerlo, levantó una mano para saludar. La enorme multitud enfebrecida que se había reunido junto a nuestra casa prorrumpió en vítores al verlo; era una muchedumbre tan densa que no podía ver la luz entre los hombros de las personas que teníamos delante, ni tan siquiera oír mis pensamientos a través de la cacofonía de gritos. Allí, en el centro de la ciudad de Voa, a pocas calles del anfiteatro donde se celebraban los desafíos en la arena, las calles estaban limpias y las piedras, intactas bajo mis pies. Los edificios de aquella zona eran un mosaico que mezclaba lo nuevo y lo viejo: mampostería sencilla y puertas estrechas y altas combinadas con intrincada artesanía en metal y cristal. Era una combinación ecléctica que me resultaba tan natural como mi propio cuerpo. Sabíamos cómo mantener la belleza de lo antiguo frente a la belleza de lo nuevo, sin perder ninguna de las dos cosas.
Fue mi madre, no mi padre, la que arrancó los gritos más potentes del mar de súbditos.Acercaba las manos a las personas que intentaban tocarla y les rozaba las puntas de los dedos con las suyas mientras sonreía. Yo la observaba, desconcertada, viendo que a la gente se le empañaban los ojos con tan solo mirarla y que las voces canturreaban su nombre: «Ylira, Ylira, Ylira». Se arrancó un tallo de hierba pluma de los bajos de su falda y se lo puso detrás de la oreja a una niñita. «Ylira, Ylira, Ylira».
Corrí para alcanzar a mi hermano, Ryzek, que era diez estaciones mayor que yo. Llevaba una armadura de pega, ya que todavía no se había ganado la de piel de Blindado, que era un símbolo de estatus entre los nuestros, de modo que parecía más corpulento de lo normal, seguramente a propósito. Mi hermano era alto, pero delgado como un junco.
—¿Por qué repiten su nombre? —pregunté a Ryzek mientras daba tumbos por la calle, intentando seguirle el ritmo.
—Porque la adoran —respondió Ryz—. Como nosotros.
—Pero si no la conocen...
—Cierto —reconoció—, pero creen que la conocen, y a veces basta con eso.
Los dedos de mi madre estaban manchados de pintura tras tocar decenas de manos extendidas y decoradas. Pensé que a mí no me habría gustado tocar a tanta gente a la vez.
Estábamos flanqueados por soldados con armadura que nos abrían un estrecho pasillo entre los cuerpos, pero, en realidad, no los necesitábamos: la multitud se apartaba para que pasara mi padre, como si él fuera un cuchillo que los atravesara. Quizá no gritaran su nombre, pero sí que inclinaban la cabeza ante él y apartaban los ojos. Por primera vez, me di cuenta de lo fina que era la línea que separaba el miedo del amor, la reverencia de la adoración: era la línea que dividía a mis dos progenitores.
—Cyra —dijo mi padre.
Tensé el cuerpo y me quedé casi paralizada cuando se volvió hacia mí. Después me ofreció la mano y se la di, aunque no quería; mi padre era de esa clase de hombres a los que hay que obedecer sin más.
Entonces me cogió en volandas, deprisa y con fuerza, arrancándome una carcajada. Me sostuvo contra su costado con un brazo, como si yo no pesara nada.Tenía el rostro muy cerca del mío, y el suyo olía a hierbas y a quemado; la barba de la mejilla me rozaba. Mi padre, Lazmet Noavek, soberano de Shotet. Mi madre lo llamaba Laz cuando pensaba que nadie la oía y hablaba con él usando poemas en shotet.
—Supuse que querrías ver a nuestra gente —me dijo mi padre mientras me hacía rebotar un poco al pasar mi peso al hueco de su codo.
En el otro brazo, que dejó caer al costado, exhibía marcas de cicatrices desde el hombro a la muñeca, teñidas con tinte oscuro para que resaltaran. Una vez me había contado que aquellas marcas eran un registro de vidas, pero entonces yo no sabía lo que significaba. Mi madre también tenía unas cuantas, aunque ni la mitad que mi padre.
—Esta gente anhela la fuerza —añadió mi padre—. Y tu madre, tu hermano y yo se la proporcionaremos algún día. Y tú también, ¿verdad?
—Sí —respondí en voz baja, aunque no tenía ni idea de cómo iba a hacer semejante cosa.
—Bien; ahora, saluda.
Un poco temblorosa, levanté una mano e imité a mi padre. Me quedé mirando, asombrada, cuando la multitud me devolvió el saludo.
—Ryzek —dijo mi padre.
—Vamos, pequeña Noavek —me llamó mi hermano.
No hacía falta que mi padre le pidiera que me cogiera en brazos: lo comprendió por su postura, igual que yo lo sentí en cómo cambiaba el peso de sitio, inquieto. Rodeé con los brazos el cuello de Ryzek y me subí a su espalda mientras apoyaba las piernas en las correas de su armadura.
Miré abajo, hacia su mejilla salpicada de granos, que lucía el hoyuelo de una sonrisa.
—¿Lista para correr? —me preguntó alzando la voz para que lo oyera por encima del ruido de la multitud.
—¿Correr? —pregunté agarrándome con más fuerza.
A modo de respuesta, me apretó las rodillas contra sus costados y salió disparado, entre risas, por el camino que nos habían abierto los soldados. El rebotar de sus pasos me arrancó una risita, y entonces toda la gente que nos rodeaba (nuestra gente, mi gente) se unió a nosotros; veía sonrisas por todas partes.
Vi una mano extendida hacia mí más adelante y la rocé con los dedos, como habría hecho mi madre. Se me humedeció la piel de sudor y descubrí que no me importaba tanto como temía. Me sentía plena.
En la mansión de los Noavek había pasadizos ocultos en las paredes, construidos por los criados para ir de un lado a otro sin molestarnos ni a nosotros ni a nuestros invitados.A menudo caminaba por ellos y aprendía los códigos que empleaban los criados para orientarse, grabados en las esquinas de las paredes y en la parte de arriba de las entradas y salidas.A veces, Otega me regañaba por llegar a sus lecciones cubierta de telarañas y suciedad, pero, en general, a nadie le importaba lo que hacía con mi tiempo libre, siempre que no molestara a mi padre.
Con siete estaciones recién cumplidas, mis andaduras me llevaron hasta las paredes del despacho de mi padre. Había llegado hasta allí siguiendo un ruido metálico, pero al oír la airada voz de mi padre me detuve en seco y me agaché.
Por un momento contemplé la idea de dar media vuelta y salir corriendo por donde había venido para estar a salvo en mi cuarto. Cuando mi padre alzaba la voz no se podía esperar nada bueno. La única capaz de calmarlo era mi madre, y ni siquiera ella lograba controlarlo.
—Repítemelo —decía mi padre; pegué la oreja a la pared para oírlo mejor—. Repíteme exactamente lo que le dijiste.
—Cre-creía...
Reconocí la voz de Ryz, que temblaba como si estuviera a punto de echarse a llorar. Eso tampoco era bueno, ya que mi padre odiaba las lágrimas.
—Creía que, como está entrenado para ser mi criado, sería de confianza...
—¡Que me repitas lo que le dijiste! —ordenó mi padre.
—Le dije que... Le dije que mi destino, el anunciado por los oráculos, era... era ser derrotado por la familia Benesit. Que es una de las dos familias thuvhesitas. Nada más.
Me aparté de la pared. Una telaraña se me pegó a la oreja. Hasta entonces desconocía el destino de Ryzek. Sabía que mis padres se lo habían explicado cuando se lo contaban a la mayoría de los predestinados: cuando desarrolló su don. Yo lo descubriría unas cuantas estaciones más adelante, pero conocer el de Ryzek, saber que su destino era caer derrotado ante la familia Benesit, que se había mantenido oculta durante tantos años que ni siquiera conocíamos sus alias ni su planeta de residencia... Era un regalo poco habitual. O una carga.
—Imbécil. ¿Cómo que «nada más»? —se burló su padre—. ¿Crees que puedes permitirte confiar en alguien con un destino como el tuyo? ¡Debes mantenerlo en secreto! ¡Si no, sucumbirás a tu debilidad!
—Lo siento —respondió Ryz aclarándose la garganta—. No lo olvidaré. No lo haré nunca más.
—En eso no te equivocas. No lo harás. —Mi padre hablaba en un tono más profundo, aunque sin alzar la voz. Eso era casi peor—.Tendremos que encontrar el modo de evitarlo, ¿verdad? De los cientos de futuros que existen, encontraremos uno en el que no seas una pérdida de tiempo. Y, mientras tanto, trabajarás con ahínco para parecer lo más fuerte posible, incluso ante tus conocidos más íntimos. ¿Lo entiendes?
—Sí, señor.
—Bien.
Me quedé allí agachada, escuchando sus voces amortiguadas a través de las paredes, hasta que el polvo del túnel me dio ganas de estornudar. Me pregunté cuál sería mi futuro, si me alzaría al poder o me haría caer. Sin embargo, aquella conversación hizo que lo temiera más que antes. Lo único que deseaba mi padre era conquistar Thuvhe, y Ryzek estaba destinado al fracaso, abocado a decepcionar a mi padre.
Era muy peligroso hacer enfadar a mi padre por algo que no podías cambiar.
En aquel túnel, mientras buscaba a tientas el camino de vuelta a mi dormitorio, lo sentí mucho por Ryz. Lo sentí por él, aunque no por mucho tiempo.
Una estación después, cuando tenía ocho, mi hermano irrumpió en mi cuarto sin aliento y empapado de lluvia. Yo acababa de terminar de colocar la última de mis figuritas en la alfombra que tenía delante de la cama. Las había encontrado en la búsqueda de la travesía a Othyr de la estación anterior, un planeta en el que gustaban mucho los objetos pequeños e inútiles. Derribó algunas al cruzar la habitación hacia mí. Yo protesté con un grito, ya que había destrozado la formación de mi ejército.
—Cyra —me dijo al agacharse a mi lado.
Tenía dieciocho estaciones, los brazos y las piernas demasiado largos, y granos en la frente, pero el terror lo hacía parecer más joven. Le puse una mano en el hombro.
—¿Qué te pasa? —le pregunté mientras se lo apretaba.
—¿Alguna vez te ha llevado nuestro padre a alguna parte solo para... enseñarte algo?
—No. —Lazmet Noavek nunca me llevaba a ninguna parte; apenas me miraba cuando estábamos en la misma habitación juntos. Pero no me molestaba. Incluso entonces, sabía que ser el blanco de las miradas de mi padre no era buena cosa—. Nunca.
—Eso no es muy justo, ¿no crees? —me preguntó Ryz ansioso—. Tanto tú como yo somos hijos suyos, así que debería tratarnos igual, ¿no te parece?
—Su... supongo. Ryz, ¿qué...?
Pero Ryz se limitó a ponerme una mano en la mejilla.
Mi dormitorio, con sus cortinas azul intenso y sus paneles de madera oscura, desapareció.
—Hoy,Ryzek —decía la voz de mi padre—,tú darás la orden.
Yo estaba en un cuartito oscuro de paredes de piedra y tenía una enorme ventana delante.Mi padre estaba junto a mi hombro izquierdo,pero parecía más bajo de lo normal... En realidad, yo solo le llegaba hasta el pecho, pero en aquel cuarto lo estaba mirando a la cara.Tenía las manos apretadas frente a mí,y mis dedos eran largos y finos.
—Quieres... —Tenía la respiración entrecortada y rápida—. Quieres que...
—Contrólate —gruñó mi padre mientras me agarraba por la pechera de la armadura y me empujaba hacia la ventana.
A través de ella vi a un anciano arrugado y de cabello grisáceo. Estaba demacrado y tenía la mirada vacía; llevaba las manos esposadas. Cuando mi padre dio la señal, los guardias de la habitación de al lado se acercaron al prisionero. Uno de ellos le sujetó por los hombros para mantenerlo inmóvil, mientras que el otro le ponía una cuerda alrededor del cuello y le hacía un nudo en la nuca. El prisionero no se revolvió ni protestó; era como si todas sus extremidades le pesaran más de lo normal, como si le corriera plomo por las venas,en vez de sangre.
Me estremecí,y ya no pude parar.
—Este hombre es un traidor —dijo mi padre—.Conspira contra nuestra familia. Propaga mentiras sobre nosotros, afirmando que robamos la ayuda extranjera para los hambrientos y los enfermos de Shotet. Cuando alguien habla mal de nuestra familia, no basta con matarlo: debe morir despacio.Y tú debes estar dispuesto a ordenarlo.Incluso debes estar dispuesto a matarlo tú mismo,aunque esa lección llegará más tarde.
El miedo me culebreaba en el estómago como un gusano.
Mi padre dejó escapar un gruñido de frustración y me puso algo en la mano:era un frasco sellado con cera.
—Si no puedes calmarte tú solo, esto lo hará por ti —dijo—. Pero de un modo u otro,harás lo que te digo.
Busqué con los dedos el borde del sello de cera, lo retiré y me eché el contenido del frasco en la boca. El tónico calmante me quemó la garganta, pero los latidos de mi corazón tardaron pocos segundos en ralentizarse, a la vez que se diluía un poco el pánico.
Asentí con la cabeza a mi padre, que encendió los amplificadores de la habitación de al lado.Tardé un momento en encontrar la palabra correcta entre la bruma que me abotargaba la mente.
—Ejecutadlo —ordené con una voz que no reconocí como mía.
Uno de los guardias dio un paso atrás y tiró del extremo de la cuerda, que atravesaba un aro de metal colgado en el techo, como si fuera un hilo en el ojo de una aguja.Tiró de ella hasta que los dedos de los pies del prisionero apenas rozaban el suelo.Me quedé contemplando la cara del hombre,que al principio se volvió roja y después morada. Se agitaba. Quería apartar la vista de la escena,pero no pude.
—Para que algo sea efectivo, no siempre debe hacerse en público —dijo mi padre como si nada, mientras apagaba de nuevo los amplificadores—. Los guardias susurrarán sobre lo que estás dispuesto a hacer con los que hablan mal de ti, y los que escuchen esos susurros lo susurrarán a su vez a otros, de modo que tu fuerza y tu poder serán conocidos por todo Shotet.
Un grito crecía en mi interior y se me atragantó en la garganta, como un trozo de comida demasiado grande para tragarlo.
El cuartito oscuro se fue desdibujando.
Me encontraba en una calle iluminada por el sol, repleta de gente. Estaba junto a la cadera de mi madre, aferrándome a su pierna con un brazo. A nuestro alrededor, el polvo se levantaba del suelo: en la capital del planeta nación de Zold (que respondía al aburrido nombre de Ciudad Zoldia), que habíamos visitado en mi primera travesía, todo estaba cubierto por una fina capa de polvo gris en aquella época de la estación. No procedía ni de la roca ni de la tierra, como yo había supuesto, sino de un enorme campo de flores que crecían al este de allí y se desintegraban con el fuerte viento de la estación.
Conocía aquel lugar, aquel momento. De los recuerdos que conservaba de mi madre y de mí,aquel era uno de mis favoritos.
Mi madre inclinaba la cabeza para saludar al hombre que se había reunido con nosotras en la calle y me rozaba el pelo con la mano.
—Gracias, excelencia, por acoger con tanta gentileza nuestra búsqueda —le dijo mi madre—. Haré todo lo que esté en mi mano para asegurarme de que nos llevamos solo aquello que ya no necesitan.
—Se lo agradezco. Durante la última búsqueda me llegaron informes que hablaban del pillaje de los soldados shotet. En un hospital, ni más ni menos —respondió el hombre con brusquedad.
El polvo hacía que le brillara la piel, y casi parecía lanzar destellos a la luz del sol. Yo lo miraba, maravillada. El hombre vestía una larga túnica gris,casi como si quisiera parecer una estatua.
—La conducta de esos soldados fue inadmisible, y fueron castigados en consonancia —respondió mi madre con firmeza. Después se volvió hacia mí—. Cyra, cariño, este es el líder de la capital de Zold. Excelencia, esta es mi hija,Cyra.
—Me gusta el polvo —respondí—.¿Se le mete en los ojos?
El hombre pareció ablandarse un poco.
—Continuamente. Cuando no tenemos visita, llevamos gafas de seguridad.
Se sacó unas del bolsillo y me las ofreció. Eran grandes, con lentes de pálido cristal verde. Me las probé, pero se me caían hasta el cuello, así que tuve que sujetarlas con una mano. Mi madre se rio, una risa fácil y ligera, y el hombre la imitó.
—Haremos todo lo que podamos por honrar sus tradiciones —le dijo a mi madre—,aunque confieso que no las entiendo.
—Bueno, lo que más nos interesa es la renovación —respondió ella—. Y encontramos material para renovar en lo que los demás desechan. Nada de valor debería malgastarse,seguro que ambos estamos de acuerdo en eso.
Y, de repente, sus palabras empezaron a sonar al revés, las gafas de seguridad se me volvieron a subir hasta los ojos, se me salieron por encima de la cabeza y regresaron a la mano del hombre. Era mi primera búsqueda, y estaba rebobinándose, deshaciéndose en mi mente. Vi el recuerdo entero marcha atrás hasta que desapareció.
Estaba de vuelta en mi dormitorio, con las figuritas a mi alrededor, y supe que había ido en una primera travesía y que había conocido al líder de Ciudad Zoldia, pero no lograba recuperar las imágenes. En su lugar tenía las del prisionero con la cuerda al cuello y la voz de mi padre en los oídos.
Ryz me había robado uno de mis recuerdos y me había dejado el suyo.
Había visto cómo se la hacía una vez a Vas, su amigo y mayordomo, y otra a mi madre. En ambas ocasiones había salido de una reunión con mi padre con aspecto de estar destrozado y le había puesto una mano encima a su mejor amigo o a nuestra madre: un segundo después, se le veía más fuerte, más erguido y más sereno que antes, mientras que ellos parecían... más vacíos, por decirlo de algún modo. Como si hubieran perdido algo.
—Cyra —dijo Ryz con lágrimas en las mejillas—, es lo más justo. Es justo que ambos compartamos esta carga.
Intentó volver a tocarme, pero algo dentro de mí empezó a arder. Cuando me rozó la mejilla con la mano, unas venas oscuras se me extendieron bajo la piel como insectos con muchas patas, como redes de sombras. Se movían y me reptaban por los brazos. Notaba el calor en la cara. Y el dolor.
Grité más fuerte de lo que había gritado en toda mi vida, y la voz de Ryz se me unió, casi en armonía. Las venas negras eran portadoras de dolor; la oscuridad era dolor, y yo estaba hecha de ella, yo era el dolor.
Mi hermano apartó la mano de un tirón, pero las sombras de la piel y el horrible dolor se quedaron conmigo; aquel era mi don, que había despertado antes de tiempo.
Mi madre entró corriendo en mi cuarto con la camisa a medio abotonar y el rostro chorreando de agua que no le había dado tiempo a secarse. Vio las manchas negras en mi piel y corrió hacia mí para ponerme las manos en los brazos, pero al instante tuvo que apartarlas con una mueca: ella también había sentido el dolor. Grité de nuevo e intenté arrancarme las venas negras de la piel.
Mi madre tuvo que medicarme para que me tranquilizara.
Como a Ryz nunca se le había dado bien soportar el dolor, no volvió a ponerme una mano encima, a no ser que no le quedara más remedio. Nadie más volvió a tocarme.