2

Anna está dormida otra vez.

Me quedo tumbada a los pies de su cama para no despertarla, mientras dibujo en el dorso de los panfletos de guerra que la hermana Constance acumula junto a la chimenea para que Thomas, el encargado de mantenimiento, los utilice como yesca para prender la leña que ha cortado. Hay un espejo dorado, sobre la cómoda de Anna, que proyecta el reflejo de mi yo del espejo. De la Anna del espejo, que ronca. De la habitación del espejo, con sus mantas de lana atadas sobre la ventana para ocultar nuestras luces del exterior por la noche. Y en el marco del espejo, hay un caballo alado que brilla por su ausencia en la habitación de Anna. El animal está husmeando la taza de té a medio terminar que Anna ha dejado sobre su mesilla de noche. Tiene un hocico suave y gris, perlado de gotitas de té, unas pezuñas de azogue y unas alas blancas como la nieve, firmemente plegadas. Es complicado plasmar con un lápiz la forma, al mismo tiempo redondeada y puntiaguda, de las orejas de un caballo.

Benny entra y se burla de mi dibujo. Su pelo ralo y rojizo, peinado hacia atrás con una amplia raya en medio, y sus ojos ávidos y perspicaces me recuerdan a los perros de caza escuálidos que siempre buscan algo para convertirlo en su almuerzo.

—Los caballos no tienen cuernos —asegura.

—Son las orejas.

—Tampoco tienen alas.

Tenso los dedos alrededor del lápiz.

—Algunos sí.

Benny pone los ojos en blanco.

—Claro, y en realidad Lodo es un dragón, aunque parece un collie viejo y pulgoso.

Anna se despierta en ese momento y le dice a Benny que se vaya; él obedece, porque ella es la mayor y porque se lo pide con educación.

—Ven aquí, Emmaline —me llama Anna—, y enséñame lo que has dibujado.

Cuando me acurruco en la cama a su lado, me cubre los hombros con su chaqueta de lana y me estruja con fuerza, tan acogedora como si estuviera en casa.

—¡Qué criaturas tan hermosas! —exclama mientras examina mi dibujo—. Tienes mucha imaginación.

Sonríe con calidez, pero huele a rancio, como la leche cuando la dejas fuera demasiado tiempo. Tiene la cara muy pálida, excepto en las zonas donde la piel está tan enrojecida que parece agrietada, aunque hace muchas semanas que no sale al exterior.

Echo un vistazo al espejo.

El caballo alado se ha aburrido del té de Anna y abandona la habitación del espejo caminando hacia atrás. Se golpea la grupa contra los recovecos estrechos del pasillo del espejo. Me tapo la boca para contener una risita. Anna no ve los caballos alados de los espejos.

Nadie los ve; excepto yo.

Llegué a Briar Hill cuando el verano estaba a punto de acabar. La hermana Constance me condujo directamente a su despacho y me quitó la tarjeta de identificación que llevaba sujeta al abrigo. Mientras ella tomaba notas en un libro de registro, yo intenté alisarme los pocos mechones de pelo que tenía mirándome en el espejo que colgaba sobre su escritorio. Entonces, surgiendo de la nada más absoluta, y sin avisar, un caballo alado atravesó el umbral del espejo trotando, muy altivo, con la cola enhiesta, como si el despacho de la hermana Constance fuese el lugar que estaba buscando.

—¡Un caballo! —grité señalando el espejo. Estaba olisqueando el escritorio de la hermana Constance—. ¡Con alas! ¡Y se está comiendo una regla!

La hermana Constance me miró como si hubiera dicho que Winston Churchill estaba sujetando un paraguas rosa mientras atravesaba la Francia ocupada a lomos de un elefante.

—¡Ahí! —Señalé de nuevo el espejo—. ¡Ahora ha cogido un lápiz!

Se volvió hacia el espejo.

Me miró de nuevo.

Llamó al médico.

El doctor Turner vino y me tocó la frente. Después, ambos conversaron en voz baja junto a las ventanas mientras yo daba golpecitos con el dedo en el espejo una vez, y luego otra, y otra más, como solía hacer en los acuarios de la pescadería que contenían peces vivos. El caballo en ningún momento se dio la vuelta ni me miró. Se apoyó en la pizarra y se quedó dormido. Entretanto, al otro lado de la puerta de la hermana Constance, oía cómo los demás niños susurraban sobre mí.

—¿Emmaline? —me pregunta Anna—. ¿A qué vienen esas risitas?

Aparto la mirada del caballo alado con té en el hocico. Anna tose llevándose el pañuelo a la boca. Algo se agita también en mis pulmones, sigiloso y espeso como el agua de las ciénagas. Me recuerda a la expresión que mi madre utiliza cuando mi padre se burla de mí por ser tan callada. Levanta la vista de su libro con una sonrisa y dice: «Déjala tranquila, Bill. Hay misterio en las personas silenciosas. Las aguas estancadas de la superficie pueden ser bravas en las profundidades».

Y esto —este líquido, esta enfermedad—, nada en el mundo podría ser más bravo en las profundidades.

—¿Emmaline?

Anna me presiona ligeramente el hombro.

—No es nada.

Me devuelve el dibujo. Con mi goma de borrar rosa, hago desaparecer las orejas, que me han quedado mal.

—Te gustan los caballos, ¿verdad? —me pregunta.

A pesar de la tos, su voz sigue siendo suave.

Soplo para eliminar los restos de goma. Empiezo a dibujar la oreja otra vez. Benny es tonto si cree que parece un cuerno.

—Teníamos caballos de tiro en la panadería —contesto, y añado un mechón que le sale de la oreja—. Uno castrado grande y dos yeguas alazanas. Especia, Nuez Moscada y Jengibre. Eran bonitos. Tenían el pelaje castaño claro y las crines oscuras. Nunca acudían cuando los llamaban los empleados de la panadería, pero jamás huían de mí.

—Supongo que los caballos perciben muchas cosas de las personas —dice Anna.

Levanto la mirada hacia ella. Tiene las cejas fruncidas. Es la misma expresión que adopta la hermana Constance cuando entra en la despensa de la cocina para hacer inventario de las latas de jamón polvorientas. Cada semana quedan menos.

—Debes de echarlos muchísimo de menos —agrega Anna, al tiempo que me aparta el pelo de la cara—. Estoy segura de que en cuanto vuelvas a casa se acercarán de inmediato a las puertas de sus establos para pedirte una manzana.

Empieza a toser otra vez, pero finge que no es más que un carraspeo y toma un sorbo de té.

—Puedes contarles historias sobre estos caballos voladores de tus dibujos. A lo mejor, hace mucho tiempo, fueron primos.

Dejo de dibujar.

Anna está mirando hacia la ventana, como si algo le hubiera llamado la atención. Cuando el doctor Turner le dijo que no podía volver a levantarse de la cama, las hermanas doblaron hacia atrás una de las esquinas de la manta de lana colgada en la ventana para que le entrara un poco de aire fresco. En el espejo de mano que descansa sobre su mesilla se aprecia un atisbo de movimiento. Un caballo alado pasa por delante del mundo exterior del espejo. Solo lo vislumbro un segundo en la ventana reflejada. Despliega las alas como si llevara toda la mañana durmiendo. Anna desvía con rapidez la mirada hacia el espejo. Vuelve a fruncir las cejas, esta vez con mayor curiosidad.

¿Lo ha visto? ¿Ha visto el caballo alado?

Tras aquel primer día en el despacho de la hermana Constance, no he vuelto a mencionar a los caballos alados —excepto en secreto, solo alguna vez, a Anna—. Todos los demás se ríen de mí a mis espaldas, pero ella jamás haría una cosa así.

Y durante un instante, mientras examina el espejo, creo que es posible que también Anna vea el caballo.

Pero entonces suspira, se ajusta el pasador que lleva en el pelo y abre su Manual de la flora y la fauna para el joven naturalista por una de sus muchas páginas manoseadas. Alza la cabeza y entonces Anna me regala una de sus sonrisas cálidas y suaves. Pero esta vez no consigue mitigar la tos con un pañuelo. Hace que toda la cama tiemble.

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3

La hermana Constance ha creado una regla nueva. Sucedió después de que Benny encontrara a una de las gallinas despedazada justo tras el desayuno. Entró gritando en la cocina con el ave muerta, haciendo batir sus alas muertas y sacudiendo su cabeza muerta, lo que obligó a la hermana Mary Grace a marcharse a la sala de las conservas convertida en un mar de lágrimas. La hermana Mary Grace es la monja más joven, y se encarga de cocinar y limpiar. No es mucho mayor que Anna, quien también lloraría si viera una gallina muerta y ensangrentada. Entonces, la hermana Constance regañó a Benny y le dijo a Thomas que enterrara el ave en el terreno repleto de hierba de detrás del granero. Después, ella comenzó a golpear una tetera de hojalata durante la hora de la comida para captar nuestra atención.

—No se permite que ningún niño vaya más allá de la terraza de la cocina debido a la presencia de los zorros —anunció.

Pero de todos modos, después de comer, yo me escabullo más allá de la terraza.

Quiero ver a Thomas enterrar la gallina. Los demás le tienen miedo, pese a que solo tiene veinte años y apenas es un hombre. Benny dice que es un monstruo. Pero la hermana Constance afirma que Dios le dio a Thomas un único brazo por una razón, que así no podría ir a combatir contra los alemanes como el resto de los jóvenes del pueblo, que de esta forma se quedaría aquí, en el hospital, con nosotros, y cuidaría de las gallinas, de las ovejas y del huerto de nabos para que tengamos vitaminas que nos mantengan fuertes. Sé que la hermana Constance no puede mentir porque es monja, pero a veces yo también tengo miedo de Thomas. Y por eso me escondo detrás del montón de la leña mientras lo observo enterrar la gallina muerta.

Estamos a principios de diciembre y la tierra está dura; debe resultarle difícil cavar con un solo brazo, pero se las arregla bien. Donde debería estar el otro brazo únicamente hay una manga sujeta al hombro con un enorme imperdible de plata. Introduce el ave muerta en el hoyo. Cuando piensa que nadie lo está mirando, acaricia con los dedos las plumas blanquísimas de la gallina, y me pregunto si provocan en sus dedos la misma sensación que despertarían en los míos, si las plumas suaves tienen el mismo tacto para Benny, para Anna, para la hermana Constance, para Thomas y para mí, o si las gallinas parecen cálidas y vivas, como piedras al sol, solo bajo mis manos.

Entonces Thomas entierra el ave bajo la tierra roja y la gallina desaparece.

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4

El doctor Turner viene todos los miércoles a administrarnos los medicamentos en la salita donde antaño se guardaba la vajilla.

—Dime, ¿cómo te encuentras, Emmaline? —pregunta con mucha educación.

El doctor Turner es muy amable, sobre todo cuando calienta el estetoscopio antes de ponérmelo sobre la piel, por las chocolatinas que me entrega cuando la hermana Constance no mira y por el guiño que me dedica con sus cejas de oruga peluda y gris.

El doctor Turner es como Thomas: no está completo. Solo los hombres completos pueden ir a la guerra a combatir contra los alemanes. Pero lo que le falta al doctor Turner no es un brazo o una pierna, ni siquiera un dedo. Es una parte del corazón. Son la esposa y la hija que perdió a causa de las bombas. La parte ausente que hace que se crispe cuando truena, como aquella vez, cuando un rayo impactó en el tejado y él se metió a gatas bajo la mesa de la cocina y emitió un gemido extraño, como el de un perro, hasta que las hermanas Constance y Mary Grace lo convencieron de que saliera con té aguado, y tenía las axilas de la bata blanca empapadas de sudor.

El doctor Turner me apoya el extremo del estetoscopio en la espalda y escucha mientras respiro. La sala está revestida de estanterías que antes contenían platos elegantes y ahora están atestadas de botes de pastillas, bastoncillos con yodo y depresores linguales.

—¿Te estás tomando los medicamentos, Emmaline?

En el espejo de exploración de cuerpo entero que hay detrás de él, un caballo alado se rasca la oreja contra el marco de la ventana.

—Sí, doctor.

Frunce el ceño como si no me creyera y después saca un bloc de notas y un lápiz que humedece con la lengua. Me da la espalda para apoyarse en la vitrina mientras escribe, y yo le hago una mueca al caballo, que sigue rascándose la oreja. Me pregunto qué ve cuando, a través del espejo, me devuelve la mirada. Me gustaría saber si en el mundo del espejo las sensaciones son distintas a las del nuestro: si allí el frío sigue siendo frío y el calor sigue siendo calor, y si las reglas del despacho de la hermana Constance son tan apetitosas como los caballos hacen que parezcan.

El doctor Turner termina de escribir, dobla la nota por la mitad y me la entrega.

—Dale esto a la hermana Constance para que se lo lleve al farmacéutico de Wick.

—Sí, doctor.

—Y pega esto en la parte exterior de tu puerta. Me he fijado en que la última se ha caído.

Me entrega una tarjeta azul. Las utiliza para que las hermanas sepan qué tratamiento necesitamos cada semana. Hay tres colores: azul para los pacientes que están lo bastante bien para salir al exterior a hacer ejercicio y tomar el aire; amarillo para los que deben limitar sus actividades al interior; y rojo para los que —la que, porque solo es Anna— están demasiado enfermos para salir de la cama.

El doctor Turner hace ademán de marcharse, distraído, y yo me aclaro la garganta con fuerza para asegurarme de que lo oye. Se da unas palmaditas en el bolsillo de la chaqueta.

—Ah. Casi me olvido.

Me ofrece una chocolatina envuelta en papel de aluminio, igual que las que les dan a los soldados en sus raciones.

—Nuestro pequeño secreto, ¿no es así?

Sonrío.

Se me dan muy bien los secretos. No le he contado a nadie lo de aquella vez que vi a Jack haciendo pis sobre un erizo junto a la leñera y me dejó jugar con su tren si no decía nada.

Bueno, ahora lo sabes tú, pero tú también eres capaz de guardar un secreto. Lo intuyo.

El doctor Turner consulta su lista.

—Dile a Kitty que venga.

Bajo de la camilla de exploración y asomo la cabeza al aula de la hermana Constance, donde está dando clase de ortografía a los pequeños, para decirle a Kitty que es su turno. Después me alejo por el pasillo. Los mayores no tenemos clases hasta la tarde, así que mi tiempo me pertenece, al menos durante un rato. Aquí, los espejos están vacíos, pero los suelos tiemblan, y me pregunto si los caballos alados estarán caminando por ellos en su mundo de detrás de los espejos o si solo son los golpes de Thomas en la caldera que hay debajo. Acompaso el pum, pum, pum con mis pisadas hasta que llego a la escalera estrecha. Vuelvo la cabeza por encima del hombro y echo un vistazo hacia atrás para ver si descubro a algún perro salvaje pelirrojo con raya en medio. Despejado. Subo los escalones a toda velocidad, dejo atrás la planta de los dormitorios, sigo ascendiendo hacia el desván, empiezo a desenvolver la chocolatina del doctor Turner, y estoy a punto de darle un mordisco, cuando una cara sale brincando de las tinieblas.

Grito.

Benny ríe con su habitual estridencia. Jack sale del otro lado de los travesaños, soltando risotadas, sujetándose los costados como si asustarme fuera tan divertido que le dolieran las costillas a cuenta de ello.

—¡No podéis estar aquí! —exclamo—. ¡Deberíais estar ayudando en la cocina hasta las clases de la tarde!

Benny apoya una mano en la barandilla de la escalera y se inclina hacia mí.

—Lo mismo vale para ti, piojo.

Me llevo una mano al pelo.

—Yo no tengo piojos.

El tebeo de Popeye que más le gusta a Benny descansa en la escalera junto a sus pies. Hay un leve tufo a humo. No sé dónde habrán conseguido Benny y Jack un cigarrillo. Ni siquiera el doctor Turner es capaz de encontrar tabaco en Wick.

Dejo caer la mano, furiosa.

—La hermana Constance os despellejará vivos cuando le diga que habéis estado fumando aquí arriba.

A Benny se le oscurecen los ojos y su nariz adquiere un aspecto aún más parecido al hocico de un sabueso. Yo empiezo a encogerme un par de centímetros o tres, pero entonces baja la mirada y levanta algo que había junto al tebeo.

—¿Qué es esto?

Un destello de envoltorio plateado. «¡Mi chocolatina!».

—¡Devuélvemela!

La sujeta en alto y se le iluminan los ojos al tiempo que niega con la cabeza.

—¿A quién se la has birlado, piojo?

—¡No la he robado! Me la ha dado alguien, pero no puedo decirte quién.

—¿Otro secreto? —pregunta con desdén—. Se te da fatal guardar secretos.

—¡Mentira! —Trato de arrebatársela—. ¡Devuélvemela!

Pero tiene los ojos en llamas. El chocolate significa para él lo mismo que para mí, que para todos nosotros. Un descanso del pan seco y las alubias caldosas. Un recuerdo dulce, algo solo para ti, algo de antes.

De pronto, Benny me pellizca justo por debajo de la manga de la camisa. Aúllo, pero él se limita a apretar con más ganas. Está delgado para tener trece años, pero es fuerte.

—Promete que no le contarás a la hermana Constance lo del cigarrillo.

—¡Ay!

—Dilo.

—¡Es mía! ¡Dámela o me chivaré!

Oigo a Jack caminando de un lado a otro al borde de la escalera, como un perro salvaje. Estira una mano serpenteante y me pellizca en el otro brazo; después, suelta una risita.

—Promete que no se lo dirás y te devolveré tu chocolatina —dice Benny.

—¡Ay! Vale.

Me da otro doloroso pellizco y luego me suelta. Me aparto frotándome los hematomas rojos del brazo. Jack sonríe mostrando los dientes amarillentos; está tan entusiasmado que comienza a toser y tiene que doblarse sobre sí mismo.

Tiendo la mano.

Benny esboza una sonrisa lenta.

Retira el resto del envoltorio y se la mete en la boca.

—¿Qué shocoladina? —masculla mientras regueros de saliva marrón le resbalan por la barbilla.

Ahora crezco un par de centímetros o tres, o incluso cuatro, hasta que mi furia se encumbra sobre él.

—¡Te odio!

Lo empujo, pero él se limita a reírse y yo bajo la escalera a toda prisa. Paso ante la vieja salita de la vajilla del doctor Turner, donde el pequeño Arthur, que nunca habla, está derramando lágrimas silenciosas porque están a punto de ponerle una inyección, y continúo hasta la cocina. La hermana Mary Grace está encorvada sobre una olla de cobre cuyo contenido hierve sobre la estufa de leña. Levanta un rostro agotado que reluce gracias al vapor.

—Emmaline, tráeme una cebolla de la alacena. Si rebuscas bien, todavía hay algunas buenas cuando les quitas las capas exteriores...

Abro la puerta de atrás con brusquedad y salgo corriendo a la terraza de la cocina. Los niños se pasan nabos unos a otros y tratan de hacer malabarismos. Cuando me dan la espalda, doblo la esquina a gran velocidad y corro hasta el muro del jardín, aunque alejarse tanto va contra las normas.

No me importan las normas.

Me la jugaré con los zorros.

5

5

Fuera hace frío y todavía hay niebla en las partes más bajas de los campos. Corro en línea recta hasta que llego a la grandiosa verja de entrada del jardín, que Thomas cerró con un candado hace tiempo. Ya nadie va más allá del muro del jardín. Antes de la guerra, el hospital no tenía nada que ver con una institución de salud, sino que era la casa de una princesa hermosa y rica, aunque era vieja. Probablemente estés pensando que eso no es muy habitual en las princesas, pero es verdad. Cuando empezaron las bombas, la princesa se fue a vivir con unos parientes y entregó la casa a las Hermanas de la Misericordia, que añadieron más camas en todas las habitaciones y taparon las ventanas con mantas. Después llegaron las monjas y los niños, todos en trenes. Retumbando, retumbando, mientras las bombas estallaban en el exterior. A mis vecinos los evacuaron a Dorset en los primeros trenes. Ellos no tenían las aguas estancadas. Benny y Anna sí. Y yo también. Todos los niños del hospital Briar Hill tenemos las aguas estancadas y por eso estamos aquí; no podemos contagiarnos unos a otros porque ya estamos contagiados.

La hermana Mary Grace me contó un día que cuando la princesa vivía aquí, los terrenos que rodeaban la casa eran preciosos. Que jóvenes de lugares tan lejanos como Londres venían a pasear por los jardines amurallados, entre los rosales, las estatuas y las fuentes gorjeantes. Solían abrir de par en par las puertas del salón de baile para que la música se oyera en los extensos prados, donde los invitados de la princesa jugaban al croquet. Pero ella disponía de un ejército de jardineros, y ahora nosotros solo tenemos a Thomas, que cuenta con un solo brazo. Así que por eso está cerrada la verja del jardín, y por ese motivo los pequeños escaramujos trepadores crecen más y más cada día.

Pero la hiedra forma una escalera retorcida y es fácil trepar por el muro del jardín. Solo tengo que recogerme la falda entre las piernas. Al otro lado, me dejo caer en un lugar olvidado. Hay bancos que la madreselva está haciendo desaparecer poco a poco y estatuas ruinosas de dioses griegos con musgo en los rostros. Deambulo por el laberinto de muros y encuentro un jardín más pequeño, oculto en un rincón. En el centro se eleva una columna que me llega a la altura de los hombros, y encima hay un reloj de sol. Tiene una base circular con un brazo triangular que apunta al cielo para proyectar una sombra que muestra la hora. Parece de oro o de latón, y quizás una vez fuera lo bastante reflectante para mostrar los caballos del espejo, pero ahora está demasiado deslustrado. Me siento en un banco, aplastando las enredaderas, y me soplo las manos.

Oigo un crujido y me pongo tensa.

No me he olvidado de los zorros.

Contengo el aliento para que no forme una nube en el aire y me delate, y presto atención. Otra vez. Más crujidos, justo a la vuelta de la esquina. Algo que se mueve. ¿Es posible que sea solo un zorro? Y de nuevo. En dirección opuesta a las estatuas. De repente, tiemblan las enredaderas que trepan por el muro del jardín y cojo aire, sobresaltada.

Es demasiado grande para ser un zorro.

Me quedo completamente inmóvil, excepto por la respiración y por los latidos del corazón. ¿Es esto lo que siente mi padre en el frente? ¿Que las balas podrían agujerear las paredes en cualquier momento? ¿Que el gas podría invadirlo todo como la niebla matutina?

Clonc.

Chillo. La hiedra se estremece con violencia. ¿Debería echar a correr?

Clonc, clonc.

¡Se está acercando! Me dejo caer sobre la tierra helada. Me arrastro ayudándome de los codos para avanzar a través de las trincheras de hierba muerta. Benny nos contó una vez una historia de un avión alemán que se perdió en una tormenta y se estrelló en suelo británico. ¿Y si es un piloto alemán, perdido y enfadado? El corazón me retumba en el pecho. Una rama de sauce se quiebra bajo mi codo y suelto un alarido.

Clonc, clonc, clonc.

¡Es un piloto alemán, lo sé, y va a tener un arma y no va a escucharme cuando le diga que solo soy una niña porque no habla mi idioma y no tiene forma de saber que no soy una espía!

Clonc.

Ya está justo a la vuelta de la esquina. Se ha agotado el tiempo. Agarro la rama de sauce partida y la empuño tras ponerme en pie. Fueran zorros o pilotos alemanes, mi padre sería valiente. Yo también debo serlo.

Un resoplido.

Un clonc, clonc, clonc pesado.

Un caballo asoma la cabeza por la esquina. Es casi por completo blanco: tiene largas cuerdas de crines blancas y sedosas, y un hocico suave y gris, y alas, unas alas blancas como la nieve, unas alas que son suaves, gigantes y reales.

Suelto la rama de sauce.

—¡Tú no eres un soldado alemán! —grito.

El caballo parpadea.

—¿Qué eres?

Pero ya sé lo que es. Vaya si lo sé.

La hierba seca hace que me piquen los tobillos y el viento me aguijonea la nariz, pero soy incapaz de hacer nada que no sea mirar al caballo. Es del mundo del espejo. Pero ¿cómo ha llegado a este? ¿Y por qué? Los caballos alados jamás abandonan su mundo, ¡si a duras penas me miran cuando doy golpecitos en los espejos del hospital!

El caballo, con cautela, da un paso hacia un lado, con la mirada de ojos oscuros clavada en mí.

Echo un rápido vistazo al reloj de sol dorado, pero aunque continuara con su reflejo, el caballo es demasiado grande para haberse colado a través de él. Y si hubiera atravesado cualquiera de los espejos del hospital, no cabe duda de que habríamos oído el estrépito de los cristales rotos. Tal vez haya cruzado por el agua reflectante de la fuente... pero no, el caballo no está empapado de agua helada.

Me tapo la boca con la mano muy despacio.

¿Y si...? ¿Y si el caballo no ha pasado a nuestro mundo? ¿Y si he sido yo quien ha entrado en el suyo?

Me palpo el vestido, el pelo, la hiedra. No, estamos en nuestro mundo. El cielo es gris, como la tierra y mi ropa. El mundo de detrás del espejo, creo yo, no sería tan gris.

El caballo alado me observa desde el otro extremo del jardín, con la fuente congelada entre ambos. Resopla con fuerza y, después, patea el suelo con una pezuña del color del azogue. Una lluvia de tierra rojo óxido cae sobre los escaramujos. Pienso en cuando Benny me persigue y corro a la cocina, cuya mesa es una isla que lo mantiene alejado.

Pero este caballo no es Benny. Tiene unas patas y unos dientes fuertes, y una fuente no lo detendrá.

Cojo la rama de sauce y vuelvo a blandirla.

Nos estudiamos mutuamente. Mi corazón está desbocado: pum-pum, pum-pum. La cabeza me da vueltas. No puedo creerme que el caballo esté aquí. No puede ser real, ni siquiera después de observar a sus congéneres en los espejos.

Suelta otro bufido, que rompe el empate, y carga hacia delante. Me aferro a la rama de sauce como si fuera una espada, pero no me ataca. Agacha la cerviz. Husmea la fuente. Una vez. Y otra.

Bajo la rama.

No, no es una criatura sedienta de sangre salida de una de las historias de Benny.

Solo está intentando beber.

Me mira y esta vez veo con mayor claridad. Es una hembra. Es por algo que transmiten sus ojos, cierta dulzura. Lo noto, sin más.

La fuente ya no funciona, pero la taza está llena de agua de lluvia congelada. El animal patea, patea, patea con su pezuña de azogue. Entre los ojos tiene una mancha de pelo oscuro con forma de estrella; no, de chispa. Siento un hormigueo por todo el cuerpo. Durante todo este tiempo, la hermana Constance y el doctor Turner estaban equivocados. Los caballos alados no estaban en mi imaginación. Son reales. Esta yegua es real. Quiero regresar corriendo al hospital, con alas en los pies, para contárselo a todos, para anunciarlo a voz en grito, y traerlos aquí...

Pero no.

No.

Recuerdo la expresión de la hermana Constance. Y también la del doctor Turner. Y los cuchicheos de los demás niños.

No me creyeron entonces, y no me creerán ahora. No pasa nada. Se me da muy bien guardar secretos, diga Benny lo que diga. Y este secreto —este caballo— es mi secreto. Algo solo para mí.

La yegua patea de nuevo y sacude el hocico contra el hielo con nerviosismo. Doy un paso al frente, con cuidado, y levanto la rama de sauce. El animal se aparta, receloso, como un ciervo en el límite de un bosque. Utilizo la rama para romper el hielo de la fuente, paf, paf, paf, con todas mis fuerzas, y después retrocedo a toda prisa hasta la pared. Mi corazón late con fuerza: pum, pum. Cuando miro al animal, se me llena la boca de un ligerísimo, casi imaginario, regusto a ceniza.

Avanza un paso. Y otro. Precavida. Y después agacha la cabeza y bebe larga y ávidamente del agua que hay bajo el hielo. Creo que tiene mucha sed y que hace mucho tiempo que no bebe hasta saciarse.