Dos meses antes
En el piso 103 de la Torre, entre los estrechos confines de su dormitorio, Mariel Valconsuelo cruzó las piernas encima del cubrecama acolchado. Había innumerables personas a su alrededor, separadas de ella por tan solo unos metros de distancia y un par de paredes de acero: su madre en la cocina, el grupo de niños que correteaba por el pasillo, los vecinos de la puerta de al lado, que estaban discutiendo acaloradamente otra vez, aunque fuese en voz baja. Pero Mariel bien pudiera haber estado sola en Manhattan en esos momentos, por la atención que les dedicaba.
Se inclinó hacia delante, estrechando su viejo conejito de peluche con fuerza contra su pecho. Bañaba su rostro la claridad delicuescente de un holo transmitido casi sin señal, iluminando su nariz aguileña y su prominente mentón, además de sus ojos oscuros, anegados de lágrimas.
Ante ellos parpadeaba la imagen de una chica de cabellos cobrizos con la mirada penetrante jaspeada de destellos dorados. En sus labios aleteaba una sonrisa, como si conociera un millón de secretos que nadie sería capaz de adivinar nunca, lo cual quizá no se alejara demasiado de la verdad. En la esquina de la proyección, un diminuto logotipo blanco rezaba: international times: esquelas.
—«Hoy lamentamos la pérdida de Eris Dodd-Radson» —comenzaba la narración de la esquela, interpretada por la actriz joven favorita de Eris. Mariel se preguntó qué absurda suma de dinero habría pagado el señor Radson por eso. El timbre de la actriz era inapropiadamente animado, teniendo en cuenta las circunstancias; podría haberlo utilizado para explicar cuál era su rutina de ejercicios preferida y no habría desentonado—. «Eris nos ha sido arrebatada por culpa de un trágico accidente. Tan solo tenía diecisiete años».
«Trágico accidente. ¿Eso es lo único que se os ocurre decir cuando vuestra hija se despeña desde lo alto de la azotea en circunstancias extrañas?». Los padres de Eris probablemente se conformaban con que la gente supiera que no había saltado. Como si a cualquiera de los que la habían conocido en vida se le pudiese pasar semejante disparate por la cabeza.
Mariel había perdido la cuenta de las veces que había visto el mismo videobituario desde que lo sacaron, hacía ya un mes. Se sabía el discurso de memoria. Aunque lo cierto era que lo detestaba (el vídeo era demasiado chic, la producción era exagerada y le constaba que casi todo lo que se decía en él era mentira), le quedaban pocas cosas más con las que recordar a Eris. De modo que abrazó al viejo peluche raído contra su pecho y siguió torturándose, contemplando el vídeo de su novia, que había fallecido tan joven.
El holo dio paso a una serie de secuencias que mostraban a Eris en distintas edades: poco más que un bebé, bailando con un tutú magnaléctrico que se iluminaba con el resplandor de un neón; de niña, con unos brillantes esquís amarillos, bajando a toda velocidad por la ladera de una montaña; de adolescente, disfrutando de las vacaciones con sus padres en una playa espectacular bañada por el sol.
Nadie le había regalado nunca un tutú a Mariel. Solo había estado en la nieve cuando se aventuraba a salir a los distritos, o en las terrazas públicas de aquí abajo, en los niveles inferiores. Su vida era radicalmente distinta de la de Eris, y, sin embargo, cuando estaban juntas, eso carecía por completo de importancia.
—«Eris deja a sus queridos padres, Caroline Dodd y Everett Radson; además de a su tía, Layne Arnold; su tío, Ted Arnold; sus primos, Matt y Sasha Arnold, y su abuela paterna, Peggy Radson». —Ninguna mención a su novia, Mariel Valconsuelo, pese a ser la única de aquel hatajo de miserables (a excepción hecha de su madre) que la había querido de veras.
—«El servicio en su memoria tendrá lugar este jueves, 1 de noviembre, en la iglesia episcopal de St. Martin, en el piso 947» —continuó recitando la actriz del holo, consiguiendo imprimirle un tono más sombrío por fin a su voz.
Mariel había asistido al servicio. Se había quedado al fondo de la iglesia, sujetando un rosario, esforzándose para que no se le escapara ningún grito ante la presencia del féretro junto al altar. Era tan implacable y definitivo.
El vídeo mostraba ahora una instantánea de Eris sentada a su pupitre, con las piernas pulcramente dobladas bajo la falda de cuadros escoceses del uniforme, riéndose con la cabeza echada hacia atrás.
—«Quienes deseen realizar un donativo en memoria de Eris pueden contribuir a subvencionar el nuevo fondo de estudios de la Academia Preparatoria de Berkeley, el Eris Dodd-Radson Memorial Award, para los estudiantes desfavorecidos que cumplan con unos requisitos de cualificación especiales».
«Requisitos de cualificación especiales». Mariel se preguntó si estar enamorada de la difunta que prestaba su nombre a la beca contaría a la hora de cumplir con los requisitos. Dios, incluso se le había pasado por la cabeza presentar una solicitud, tan solo para demostrar lo podrida que estaba esa gente bajo la pátina dorada que le conferían su dinero y sus privilegios. Cómo se habría reído Eris, quien nunca había mostrado el menor interés por los estudios. Una fiesta de graduación habría encajado mucho más con su estilo. A Eris nada le gustaba más que un vestido atrevido a la par que elegante, salvo quizá los zapatos a juego.
Mariel se inclinó hacia delante y extendió una mano, como si quisiera tocar el holo. Los últimos segundos del panegírico consistían en más imágenes de Eris divirtiéndose con sus amigas, la rubia llamada Avery y unas cuantas chicas más de cuyo nombre Mariel no se acordaba. Le encantaba esta parte de la grabación porque Eris parecía feliz, al tiempo que lamentaba no formar parte de ella.
El logotipo de la productora se deslizó rápidamente sobre el último fotograma, y el holo se apagó.
Allí estaba la historia oficial de la vida de Eris, marcada con el sello de aprobación del puñetero International Times, y Mariel no aparecía por ninguna parte. La habían borrado de la trama discretamente, como si Eris y ella ni siquiera se hubiesen conocido jamás. Una lágrima muda se deslizó por su mejilla ante aquel pensamiento.
A Mariel la aterraba olvidar a la única chica de la que había estado enamorada. No sería la primera vez que se despertaba en plena noche, angustiada por ser incapaz ya de visualizar el modo exacto en el que se curvaban los labios de Eris cuando sonreía, o el chasqueo vivaz de sus dedos cuando se le acababa de ocurrir una idea. Por eso no dejaba de ver este vídeo. No podía separarse de su último nexo de unión con Eris, para siempre.
Se recostó, hundiéndose entre los cojines, y empezó a recitar una plegaria.
Rezar tranquilizaba a Mariel, por lo general, apaciguaba el nerviosismo que la atenazaba. Pero hoy se sentía dispersa. Sus pensamientos no paraban de saltar en todas direcciones, tan escurridizos y veloces como los deslizadores que circulaban por las vías exprés, y Mariel se sentía incapaz de concentrarse en uno solo de ellos.
Tal vez debería leer la Biblia, mejor. Cogió la tableta y abrió el documento, pinchando en la rueda azul que buscaría un versículo al azar; sorprendida, parpadeó varias veces seguidas ante el texto seleccionado. El Deuteronomio.
«No tendrás piedad: vida por vida, ojo por ojo y diente por diente... Mía es la venganza y la retribución».
Mariel se inclinó hacia delante, con las manos crispadas sobre los bordes de la tableta.
La muerte de Eris no se había debido a ningún accidente en el que hubiera intervenido el alcohol. Eso ella lo sabía con una certidumbre atávica, visceral. Eris ni siquiera estaba bebiendo aquella noche; le había dicho a Mariel que tenía que hacer «una cosita por un amigo», según sus propias palabras. A continuación, por algún inexplicable motivo, había subido a la azotea que se extendía sobre el apartamento de Avery Fuller.
Y Mariel no volvió a verla.
¿Qué había ocurrido realmente en aquel vacío helado, en aquellas alturas inconcebibles? Mariel conocía la existencia de supuestos testigos presenciales que corroboraban la teoría oficial de que Eris estaba borracha y había resbalado en el filo del edificio, precipitándose así al encuentro con la muerte. Pero ¿quiénes eran esos testigos? Avery estaría entre ellos, sin duda, pero ¿cuántos más había?
«Ojo por ojo y diente por diente». La frase no dejaba de repetirse en su mente, resonando tan atronadora como el entrechocar de unos címbalos.
«Y caída por caída», añadió una voz dentro de su cabeza.
¿Qué configuración te gustaría que tuviese hoy la consulta, Leda?
Leda Cole reprimió el impulso de poner los ojos en blanco y se limitó a quedarse sentada con la espalda rígida en el diván de color marrón topo, en el cual se negaba a tumbarse por mucho que el doctor Vanderstein se empeñara en invitarla a hacerlo siempre que la veía. Deliraba si creía que reclinándose se iba a animar a sincerarse con él.
—Está bien así. —Leda giró la muñeca para cerrar la ventana holográfica que se había abierto ante ella, en la cual se desplegaban decenas de opciones con decoraciones distintas para las paredes de colores cambiantes (un jardín de rosas británico, un abrasador desierto sahariano, una biblioteca acogedora), dejando la habitación con su insulsa configuración básica, consistente en cuatro muros en tonos de beige y una moqueta de color vómito. Sospechaba que esta debía de ser una prueba que no terminaba de superar, pero le producía un placer malsano obligar al psicólogo a pasarse una hora encerrado en aquel espacio tan deprimente. Si ella tenía que aguantarse y soportar estas sesiones, él también.
El doctor Vanderstein, como de costumbre, se abstuvo de comentar su decisión. En vez de eso, le preguntó:
—¿Cómo te sientes?
«¿Que cómo me siento?», pensó Leda, furiosa. Para empezar, la habían traicionado su mejor amiga y el único chico por el que alguna vez había sentido algo realmente, con el que había perdido la virginidad; y los dos estaban juntos ahora, pese a ser hermanos adoptivos. Para colmo de males, había descubierto que su padre le ponía los cuernos a su madre con una de sus compañeras de clase. (Leda se negaba a calificar a Eris de amiga.) Ah, y encima Eris ahora estaba muerta, después de que ella la empujara sin querer desde la azotea de la Torre.
—Estoy bien —respondió enfurruñada.
Sabía que tendría que responder con algo más descriptivo que un simple «bien» si quería escapar de esta sesión cuanto antes. Leda había estado en rehabilitación; se sabía el guion de memoria. Respiró hondo y lo intentó de nuevo.
—Lo que quería decir es que me estoy recuperando, dadas las circunstancias. No es fácil, pero doy gracias por contar con la ayuda de mis amigos. —Como si a Leda le importaran un pimiento sus amigos en estos momentos. Había aprendido por las malas que no podía fiarse de ninguno de ellos.
—¿Habéis hablado de lo ocurrido Avery y tú? Sé que estaba contigo allí arriba cuando Eris se cayó...
—Sí, Avery y yo hemos hablado al respecto —se apresuró a interrumpirlo Leda.
«Y un cuerno». Avery Fuller, su supuesta amiga del alma, había resultado ser la peor de todos. Además, a Leda no le gustaba escuchar lo que había sucedido con Eris.
—¿Y te sirve de ayuda?
—Sí.
Leda esperó a que el doctor Vanderstein le preguntase algo más, pero el hombre había arrugado el entrecejo y tenía los párpados entornados, concentrada su mirada a media distancia mientras observaba alguna proyección que solo él podía ver. De repente, le sobrevino una arcada. ¿Y si aquel psicólogo estaba sometiéndola a algún tipo de detector de mentiras? Que no pudiera verlos no significaba que la consulta no estuviera repleta de innumerables escáneres de constantes vitales. Quizá en ese preciso momento estuviese midiéndole la presión arterial o contando sus pulsaciones, las cuales debían de haberse disparado hasta el techo.
El doctor exhaló un suspiro cansado.
—Leda, llevo viéndote desde que falleció tu amiga, y todavía no hemos llegado a ninguna parte. ¿Qué crees tú que haría falta para conseguir que te sintieras mejor?
—Pero ¡si ya me siento mucho mejor! —protestó Leda—. Y todo gracias a usted. —Le dedicó una sonrisa dubitativa a Vanderstein, pero este seguía sin parecer convencido.
—Veo que no estás tomándote la medicación —dijo el psicólogo cambiando de estrategia.
Leda se mordió el labio. Llevaba un mes sin tomar nada, ni un solo xemperheidreno ni un antidepresivo, ni siquiera una pastilla para dormir. No se atrevía a consumir nada artificial después de lo que había pasado en la azotea. Puede que Eris fuese una zorra destrozahogares a la que solo le importaba el dinero, pero Leda nunca había querido...
«No», se recordó, apretando los puños a los costados. «Yo no la maté. Fue un accidente. No es culpa mía. Yo no tengo la culpa de nada». No dejaba de repetirse esa frase, como los mantras de yoga que solía entonar en Silver Cove.
Quizá se hiciera realidad si se lo repetía lo suficiente.
—Intento recuperarme por mis propios medios. Dado mi historial y todo eso.
Detestaba sacar a relucir el tema de la rehabilitación, pero empezaba a sentirse acorralada y no sabía qué más decir.
Vanderstein asintió con la cabeza. Su expresión denotaba algo parecido al respeto.
—Lo comprendo. Pero este año es muy importante para ti, con la universidad en el horizonte, y no me gustaría que esta... situación influyera en tu rendimiento académico.
«Caray con la “situación”», pensó Leda con amargura.
—Según el ordenador de tu cuarto —añadió Vanderstein—, no estás durmiendo bien. Me preocupa.
—¿Desde cuándo controla el ordenador de mi habitación? —exclamó la muchacha olvidando por un momento su tono impasible y calmado.
El psicólogo, que por lo menos tuvo el decoro de mostrarse azorado, se apresuró a responder:
—Los registros de tus horas de sueño, nada más. Tus padres firmaron todos los permisos... Supuse que te habrían informado al respecto.
Leda asintió en silencio, sucinta. Ya hablaría ella con sus padres más tarde. Que siguiera siendo menor de edad no les daba permiso para invadir su intimidad.
—Estoy bien, se lo aseguro.
Vanderstein volvió a quedarse callado. Leda se quedó esperando. ¿Qué más podría hacer aquel médico? ¿Autorizar al retrete para que empezase a analizar su orina, como hacían los de rehabilitación? Pues bien, que lo hiciera; no encontraría ni rastro de nada.
El psicólogo dio unos golpecitos con el dedo en uno de los dispensadores de la pared, que escupió dos pastillas diminutas. Eran de un rosa chillón; el color de los juguetes infantiles, o del helado de cereza preferido de Leda.
—Somníferos sin receta, la dosis mínima imprescindible. ¿Por qué no te tomas una esta noche, si te cuesta conciliar el sueño?
Vanderstein frunció el ceño, contemplando las ojeras de Leda y las aristas de sus facciones, más acusadas que de costumbre.
No le faltaba razón, por supuesto. Lo cierto era que Leda no estaba durmiendo bien por las noches. Le daba miedo cerrar los ojos y procuraba mantenerse despierta el mayor tiempo posible, atemorizada por las espantosas pesadillas que sabía que la aguardaban. Cada vez que daba una cabezada se despertaba casi de inmediato empapada de un sudor frío, atormentada por los recuerdos de aquella noche, de lo que les había ocultado a todos...
—Vale. —Agarró las pastillas y las metió en su bolso.
—Me encantaría que tuvieras en consideración alguna de nuestras otras opciones, como el tratamiento de reconocimiento de luz, o quizá la terapia de reinmersión traumática.
—Me extrañaría mucho que revivir el trauma sirva de algo, dado cuál fue —le espetó Leda.
Nunca se había tragado la teoría de que volver a sufrir una experiencia dolorosa en la realidad virtual ayudara realmente a superarla; y tampoco le apetecía que ninguna máquina le hurgara en el cerebro en ese momento, por si acaso encontraba algo en su memoria que no le apeteciera desenterrar.
—¿Qué me dices de tu atrapasueños? —persistió el médico—. Podríamos preprogramarlo con unos cuantos recuerdos clave de aquella noche, a ver cómo reacciona tu subconsciente. Ya sabes que los sueños no son más que el mecanismo del que se vale el nivel más profundo de la consciencia para poner orden en las experiencias vividas, agradables y dolorosas por igual...
Continuó hablando, refiriéndose a los sueños como el «espacio seguro» del cerebro, pero Leda ya había dejado de prestarle atención. Se había retrotraído a una imagen de Eris cuando estaba en noveno; su amiga se jactaba de haber burlado el control parental de su atrapasueños para acceder a toda una gama de sueños de «contenido adulto». «Sale incluso una opción para que aparezcan celebridades», había anunciado Eris ante su embelesado público, con una sonrisita traviesa. Leda rememoró lo desplazada que se había sentido al enterarse de que Eris ya estaba inmersa en calenturientas fantasías oníricas con estrellas de los holos mientras que a ella todavía le costaba imaginarse incluso cómo era el sexo.
Se levantó de repente.
—Tenemos que acabar la sesión un poco antes. Acabo de acordarme de que tenía que hacer una cosa. Lo veré la semana que viene.
Mientras se apresuraba a salir por la puerta de flexiglás esmerilado de la Clínica Lyons, emperchada en el ala oriental de la planta 833, en sus audiorreceptores empezó a resonar un estridente tono metálico. Su madre. Sacudió la cabeza para rechazar el toque entrante. Ilara querría preguntarle qué tal había ido la sesión y cerciorarse de que estuviera dirigiéndose ya a casa, para llegar a tiempo para la cena. Pero en esos momentos Leda no estaba de humor para someterse a esa clase de normalidad, tan animada como forzada. Necesitaba pasar un momento a solas, aquietar los pensamientos y los pesares que se perseguían por el interior de su cabeza, provocando un tumulto ensordecedor.
Montó en el ascensor C local y se bajó unas pocas paradas antes de llegar a la Cima de la Torre. No tardó en encontrarse frente a un enorme arco de piedra, trasladado hasta allí pieza a pieza desde alguna antigua universidad británica; en las grandes letras de molde que había grabadas en él se podía leer: escuela berkeley.
Leda suspiró aliviada cuando pasó por debajo del arco y sus lentes de contacto se apagaron de forma automática. Antes de la muerte de Eris, nunca se habría imaginado que alguna vez pudiese agradecer la existencia de la tecnorred de su instituto.
Sus pasos despertaban ecos en los pasillos desiertos. El ambiente era espeluznante de noche, con todo cubierto de tenues sombras azuladas y grises. Apretó el paso para dejar atrás el estanque de nenúfares y el complejo deportivo, sin detenerse hasta llegar a la puerta azul que había en la linde del campus. Por lo general esa habitación estaba cerrada con llave fuera de las horas de clase, pero Leda gozaba de acceso a todas las instalaciones gracias a su puesto en el consejo de estudiantes. Avanzó, dejando que el sistema de seguridad le escaneara las retinas, y la puerta se abatió obedientemente hacia dentro.
No había vuelto al observatorio desde que eligió astronomía, la primavera pasada, pero seguía estando exactamente tal y como lo recordaba: una gigantesca sala circular repleta de telescopios, pantallas de alta resolución y montañas de procesadores de datos cuyo funcionamiento Leda nunca se había tomado la molestia de averiguar. Sobre su cabeza se extendía una cúpula geodésica, y en el centro de la habitación se encontraba la joya de la corona: un rutilante jirón del firmamento nocturno.
El observatorio era uno de los pocos enclaves de la Torre que sobresalía por encima del piso que lo sostenía. A Leda siempre se le había escapado cómo era posible que la escuela hubiese obtenido los permisos necesarios para construir algo así, pero ahora se alegró de que lo hubiera hecho, porque eso significaba que podían disfrutar del Ojo Ovalado: una concavidad practicada en el suelo, de unos tres metros de largo por dos de ancho, hecha de triple flexiglás reforzado. Un atisbo de la altura a la que se encontraban realmente en ese lugar, tan cerca de la cúspide de la Torre.
Leda se acercó al Ojo Ovalado. Reinaba la oscuridad allí abajo, solo había sombras, interrumpidas por unas pocas luces errantes que pululaban por los jardines públicos del piso 50. «Pero ¿qué narices...?», pensó desconcertada, y se situó encima del flexiglás.
Esta clase de conducta estaba terminantemente prohibida, pero Leda sabía que la estructura aguantaría su peso. Se asomó abajo. Entre sus zapatillas de bailarina no había nada más que vacío, la nada inabarcable que mediaba entre ella y las tinieblas de abajo, muy a lo lejos. «Esto es lo que vio Eris cuando la empujé», reflexionó Leda, y se aborreció por ello.
Se sentó de golpe, sin importarle que lo único que la protegía de una caída de más de tres mil metros fuesen unas pocas capas de carbono fundido. Recogió las rodillas contra el pecho, apoyó la frente en ellas y cerró los ojos.
Un rayo de luz penetró en la sala. Leda levantó la cabeza de golpe, aterrada. Nadie más tenía acceso al observatorio, salvo el resto del consejo de estudiantes y los profesores de astronomía. ¿Qué podría decir para justificar su presencia?
—¿Leda?
Se le encogió el corazón al comprender de quién se trataba.
—¿Qué haces aquí, Avery?
—Lo mismo que tú, supongo.
La sorpresa había pillado a Leda desprevenida. No había vuelto a estar a solas con Avery desde aquella noche, cuando le echó en cara que estuviese con Atlas, y Avery la convenció para subir a la azotea y todo se salió violentamente de madre. Quería reaccionar de alguna manera, con todas sus fuerzas, pero su mente se había quedado paralizada. ¿Qué podría decirle a Avery, además, después de todos los secretos que tenían, que habían enterrado juntas?
Transcurridos unos instantes, Leda se sobresaltó al oír unos pasos que se aproximaban. Avery se acercó hasta sentarse en el filo opuesto del Ojo Ovalado.
—¿Cómo has entrado? —preguntó, sin poder evitarlo.
Puede que Avery todavía mantuviera el contacto con Watt, el hacker de los niveles inferiores que la había ayudado a ella a descubrir el secreto de su amiga. Leda tampoco había vuelto a hablar con él desde aquella noche. Con el ordenador cuántico que ocultaba, Watt podía piratearlo prácticamente todo.
Avery se encogió de hombros.
—Le pedí al director que me dejase acceder a esta sala. Me hace sentir bien estar aquí.
«Por supuesto», pensó Leda con amargura, debería haberse imaginado que la explicación sería así de sencilla. Para Avery Fuller, tan perfecta ella, nada quedaba prohibido.
—Yo también la echo de menos, ¿sabes? —añadió Avery en voz baja.
Leda bajó la mirada a la silenciosa vastedad de la noche para protegerse de lo que había visto en los ojos de Avery.
—¿Qué pasó aquella noche, Leda? ¿Qué te habías metido?
Leda pensó en todas las pastillas que se había tomado aquel día, consumida como se sentía por una furiosa y abrasadora vorágine de pesar.
—Fue un día duro para mí. Descubrí la verdad acerca de un montón de personas... personas en las que confiaba. Personas que estaban utilizándome —concluyó, al cabo, y experimentó una perversa punzada de satisfacción al ver que Avery hacía una mueca.
—Lo siento —replicó Avery—. Pero, Leda, por favor. Habla conmigo.
Nada en el mundo le gustaría más a Leda que contárselo todo: cómo se había enterado de que la escoria infiel de su padre tenía una aventura con Eris; lo espantosamente mal que se había sentido al comprender que Atlas solo se acostaba con ella en un retorcido intento por olvidarse de Avery. Cómo había drogado a Watt para obtener esa información en particular.
Lo malo de la verdad era que, una vez descubierta, resultaba imposible olvidarla. Daba igual cuántas pastillas se tomara Leda, aún seguía allí, agazapada en los recovecos de su mente como un huésped impertinente. No había suficientes pastillas en el mundo para conseguir que se fuera. De modo que Leda se había encarado con Avery, se había desgañitado en lo alto de la azotea sin saber del todo qué estaba diciendo, sintiéndose mareada y desorientada a causa de la falta de oxígeno. Después Eris había subido por la escalera para pedirle «perdón», como si una puta disculpa bastase para reparar todo el daño que le había ocasionado a la familia de Leda. ¿Por qué había seguido Eris acercándose a ella cuando Leda le ordenó que se detuviera? Si había intentado apartarla de un empujón, ella no tenía la culpa.
El empujón había sido demasiado fuerte, eso era todo.
Lo único que le apetecía hacer a Leda en esos momentos era confesárselo todo a su mejor amiga, desahogarse y llorar como una niña.
Pero el orgullo apagó las palabras antes de que brotaran de su garganta, mantuvo los párpados entornados y la cabeza obstinadamente alta.
—No lo entenderías —dijo con voz fatigada. Además, ¿qué más daba? Eris ya no existía.
—Pues ayúdame a entenderlo. No hace falta que estemos así, Leda..., que mantengamos esta actitud amenazadora la una con la otra. ¿Por qué no le dices a todo el mundo que fue un accidente? Sé que nunca quisiste hacerle daño.
Aquellas eran las mismas palabras que ella misma se había dicho a sí misma en infinidad de ocasiones, pero oírlas pronunciadas por Avery despertó en su interior un pánico helado que la atenazó como un puño.
Avery no lo entendía porque para ella todo era siempre muy fácil, pero Leda sabía lo que ocurriría si intentaba contar la verdad. Probablemente se abriría una investigación y se celebraría un juicio, todo ello con el agravante de que Leda había intentado encubrirlo; además, sería inevitable que el hecho de que Eris hubiera estado acostándose con su padre saliera a la luz. Sería un infierno para su familia, para su madre, y Leda no era tonta. Sabía que aquello parecería un móvil más que suficiente para inculparla por haber empujado a la muerte a Eris.
Por otra parte, ¿qué derecho se creía Avery que tenía a presentarse ante ella de sopetón y concederle su absolución, como si de una especie de deidad se tratara?
—Ni se te ocurra decírselo a nadie. Como lo hagas, te juro que lo lamentarás.
La amenaza cayó como una losa en medio del silencio que las envolvía. A Leda le dio la impresión de que incluso la temperatura había descendido unos grados.
Se puso en pie atropelladamente, desesperada por irse de allí. Al salir a la moqueta que rodeaba el Ojo Ovalado, Leda notó que algo se le caía del bolso. Las dos pastillas para dormir de color rosa, relucientes.
—Me alegra ver que algunas cosas no han cambiado.
La voz de Avery carecía por completo de entonación.
Leda no se tomó la molestia de explicarle hasta qué punto se equivocaba. Avery siempre vería el mundo como a ella le daba la gana.
Se detuvo en la puerta para mirar atrás de soslayo. Avery se había puesto de rodillas en el centro del Ojo Ovalado, con las manos apoyadas en la superficie de flexiglás, concentrada en algún punto a sus pies, a lo lejos. Su gesto tenía algo de siniestro y fútil, como si estuviera rezando en un intento por resucitar a Eris.
Leda tardó un momento en darse cuenta de que Avery estaba llorando. Debía de ser la única chica del mundo que, de alguna manera, se ponía aún más guapa cuando lloraba; sus ojos se volvían de un azul todavía más brillante, y las lágrimas que rodaban por sus mejillas aumentaban la deslumbrante perfección de su rostro. Y así, de golpe y porrazo, Leda recordó todos los motivos por los que la detestaba tanto.
Giró sobre los talones y dejó a su antigua mejor amiga allí sola, llorando sobre un diminuto fragmento de cielo.
Mientras estudiaba su reflejo en los espejos inteligentes que cubrían las paredes a lo largo de todo el pasillo, los labios de la muchacha, de un rojo intenso, se curvaron en unafina sonrisa de aprobación. Llevaba puesto un mono de color azul marino que debía de llevar por lo menos tres años sin volver a estar de moda, pero lo había elegido a sabiendas; disfrutaba con las miraditas cargadas de envidia que lanzaban las otras mujeres del hotel a sus largas piernas bronceadas.
Se atusó el pelo, consciente de que el cálido oro de los pendientes realzaba los destellos acaramelados de sus cabellos, y batió las pestañas postizas; no implantadas, sino genuinamente orgánicas, cultivadas a partir de las suyas propias tras un interminable y doloroso procedimiento de reparación genética en
Suiza.
Toda ella exudaba un aire de sensualidad natural, una suerte de glamur descuidado. «Más Calliope Brown, imposible», pensó con un placentero estremecimiento.
—Esta vez seré Elise. ¿Y tú? —le preguntó su madre, como si estuviera leyéndole el pensamiento.
Tenía el pelo rubio oscuro y la piel artificialmente tersa y lustrosa, lo que dificultaba precisar su edad. Cuando las veían juntas, nadie sabía muy bien si era la madre o sencillamente una hermana mayor con más experiencia.
—Estaba pensando en Calliope.
La muchacha pronunció el nombre como quien se echa una sudadera vieja por la cabeza, arrullándose en su comodidad. Calliope Brown siempre había sido uno de sus alias preferidos y, aunque no supiera por qué, le parecía que encajaba con Nueva York.
Su madre asintió con la cabeza.
—Ese me encanta, aunque sea siempre tan difícil de recordar. Me suena a... no sé, a filete de pescado o algo por el estilo.
—Podrías llamarme Callie —le sugirió Calliope, a lo que su madre asintió con expresión distraída, aunque ambas sabían que solo iba a usar apelativos cariñosos con ella.
Ya se había equivocado de alias en una ocasión, estropeándolo todo. Desde entonces, su temor a cometer el mismo error otra vez rayaba en la paranoia.
Calliope paseó la mirada por el lujoso vestíbulo del hotel, fijándose en los elegantes divanes iluminados con hilos de oro y azul que imitaban el tono del cielo; corrillos de personas de negocios que murmuraban órdenes verbales a sus lentes de contacto; el delator destello en una esquina que señalaba la presencia de una cámara de seguridad. Reprimió el impulso de guiñarle un ojo.
Sin previo aviso, la punta del pie se le enganchó con algo y Calliope se estrelló violentamente contra el suelo. Aterrizó sobre una cadera, sosteniéndose apenas con las muñecas y sintiendo cómo se le irritaba la piel de las palmas de las manos, rasguñadas con el impacto.
—¡Ay, Dios santo!
Elise replegó las piernas debajo del cuerpo para arrodillarse junto a su hija.
Calliope dejó escapar un gemido, lo cual no fue difícil, dado que no todo el dolor que sentía era fingido. Le latían furiosamente las sienes. Se preguntó si se habría cargado sin remisión los tacones de aguja de sus zapatos.
Su madre sacudió la cabeza y Calliope gimió de nuevo, más alto, con los ojos anegados de lágrimas.
—¿Está bien?
Un hombre, por su voz, y joven. Calliope se arriesgó a ladear la cabeza lo justo para echarle una ojeada con los párpados entrecerrados. Con aquellas mejillas tan bien rasuradas y la brillante holoetiqueta identificativa azul que llevaba prendida en el pecho, solo podía tratarse de uno de los encargados del mostrador
principal. Calliope había estado en suficientes hoteles de cinco estrellas como para saber que la gente importante no iba por ahí anunciando su nombre a los cuatro vientos.
El dolor ya había empezado a remitir, pero así y todo Calliope no pudo resistirse a gemir un poquito más fuerte y levantar una rodilla contra su pecho, tan solo para exhibir las piernas. Se vio recompensada por la fugaz mezcla de confusión y atracción, casi de pánico, que se reflejó en la expresión del muchacho.
—¡Pues claro que no está bien! ¿Dónde está el gerente? —se encrespó Elise.
Calliope guardó silencio. Le gustaba dejar que su madre tomara la iniciativa cuando todavía estaban reconociendo el
terreno; además, se suponía que estaba lastimada.
—D-disculpe, enseguida lo aviso —tartamudeó el joven.
Calliope volvió a lamentarse en voz baja, por si las moscas, aunque en realidad no hacía falta. Podía sentir cómo eran ya el blanco de todas las miradas en el vestíbulo, donde la gente comenzaba a agolparse. Un halo de nerviosismo envolvía al recepcionista como una nube de colonia barata.
—Soy Oscar, el director. ¿Qué ha ocurrido?
Un individuo con sobrepeso, vestido con un sencillo traje oscuro, se acercó trotando hasta ellas. Calliope se fijó, complacida, en que al menos sus zapatos parecían muy caros.
—Lo que ha ocurrido es que mi hija acaba de darse un golpe en su vestíbulo. ¡Por culpa de la bebida que ha derramado alguien! —Elise señaló un charco que había en el suelo, con su rodaja de lima desamparada en el centro y todo—. ¿Es que no tienen servicio de limpieza en este lugar?
—Mis más sinceras disculpas. Le garantizo que nunca había pasado nada por el estilo, señora...
—Señorita —lo corrigió Elise con un resoplido—. Brown. Mi hija y yo pensábamos quedarnos aquí una semana, pero ya no estoy tan segura de eso. —Se agachó un poco—. ¿Puedes moverte, cariño?
Esa era la señal convenida.
—Me duele un montón —jadeó Calliope negando con la cabeza.
Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla, estropeando sus facciones (perfectamente maquilladas, por lo demás). Un murmullo de solidaridad se propagó entre la multitud de curiosos.
—Permitan que yo me encargue de todo —les imploró Oscar, con los carrillos colorados de preocupación—. Insisto. Ni que decir tiene, su habitación corre a cuenta de la casa.
Quince minutos después, Calliope y su madre se encontraban firmemente instaladas en una suite panorámica. La joven estaba tendida en la cama (con el tobillo apoyado en una diminuta pirámide de cojines), inmóvil, mientras el botones descargaba sus maletas. Se quedó con los ojos cerrados incluso después de oír cómo se cerraba la puerta tras él, esperando hasta que los pasos de su madre hubieron vuelto al dormitorio.
—Ya no hay moros en la costa, tesoro —anunció Elise.
La chica se incorporó con un movimiento fluido, dejando que la torre de cojines se desparramara por el suelo.
—¿En serio, mamá? ¿Por qué me pusiste la zancadilla sin avisar?
—Perdona, pero sabes de sobra que siempre se te ha dado fatal fingir las caídas. Tu instinto de conservación es demasiado fuerte, eso es todo —respondió Elise desde el armario, donde ya estaba colocando su vasta colección de vestidos, cada uno de ellos guardado en su correspondiente bolsa de viaje etiquetada por colores—. ¿Qué podría hacer para resarcirte?
—Pedir tarta de queso sería un buen comienzo.
Calliope estiró el brazo junto a su madre para descolgar el esponjoso albornoz blanco que había en la puerta, bordado con una N azul y una nube en miniatura en el bolsillo delantero. Se envolvió en él, dejando que los hilos del lazo se entretejieran por sí solos para dejarlo cerrado.
—¿Qué me dices de tarta de queso y vino? —Elise ejecutó una serie de movimientos secos con las manos para conjurar las imágenes holográficas del menú del servicio de habitaciones. Utilizó un dedo para seleccionar varias pantallas y encargó salmón, tarta de queso y una botella de Sancerre. El vino se materializó en la habitación en cuestión de segundos, transportado por el sistema de conductos de aire de temperatura controlada del hotel—. Te quiero, cariño. Lamento que hayas estado a punto de partirte los morros por mi culpa.
—Ya lo sé. Gajes del oficio —se encogió de hombros Calliope, restándole importancia al asunto.
Su madre sirvió dos copas y levantó la suya para brindar con la chica.
—Por esta vez —dijo.
—Por esta vez —repitió Calliope con una sonrisa mientras las palabras le provocaban un estremecimiento de emoción que se propagó por toda su espalda.
Su madre y ella siempre pronunciaban la misma frase cuando llegaban a un sitio nuevo, y no había nada que le gustase más a Calliope que empezar de cero.
Entró en la sala de estar y se acercó a las ventanas de flexiglás curvo que dominaban la esquina del edificio, con unas vistas espectaculares de Brooklyn y la cinta oscura del East River.
Unas pocas sombras que debían de ser embarcaciones danzaban todavía en su superficie. El anochecer se había instalado ya sobre la ciudad, suavizando todos sus contornos. Unas motas de luz dispersas parpadeaban como estrellas olvidadas.
—Así que esto es Nueva York —musitó en voz alta Calliope.
Tras años de dar tumbos por todo el mundo con su madre, asomándose a ventanas parecidas en innumerables hoteles de lujo para contemplar otras tantas ciudades distintas (la cuadrícula de neón que era Tokio, el exuberante y bullicioso desorden de Río, los rascacielos abovedados de Mumbai, que relucían como huesos a la luz de la luna), por fin había recalado en Nueva York.
Nueva York, la primera de las grandes supertorres, la ciudad del cielo original. Calliope empezaba ya a encariñarse con ella.
—Una vista maravillosa —dijo Elise situándose junto a ella—. Casi me recuerda a la del puente de Londres.
Calliope dejó de restregarse los ojos, que aún le escocían un poco después del último implante de retina, y giró bruscamente la cabeza hacia su madre. Muy rara vez hablaban de su vida anterior. Elise, sin embargo, no añadió nada más. Se limitó a probar un sorbo de vino con la mirada perdida en el horizonte.
Qué hermosa era, pensó Calliope. Aunque ahora su belleza tenía algo de acartonado y artificial: el inevitable resultado de las distintas operaciones a las que había tenido que someterse para cambiar de apariencia y pasar inadvertida cuando se trasladaban a un sitio nuevo. «Hago esto por nosotras —le decía siempre a Calliope—, y por ti, para que no tengas que hacerlo tú. Todavía no, al menos». Nunca le pedía a su hija que representara nada más que un papel secundario en cualquiera de sus actuaciones.
Calliope y su madre llevaban saltando constantemente de un lugar a otro desde hacía ya siete años, cuando salieron de
Londres. Nunca se quedaban en el mismo sitio el tiempo suficiente para que las pillaran. La pauta era la misma en todas las ciudades: empleaban cualquier estratagema para colarse en el hotel más lujoso del barrio más caro y dedicaban unos días a explorar los alrededores. Después Elise seleccionaba un objetivo: alguien con demasiado dinero para su propio bien y lo suficientemente crédulo como para creerse la historia que ella decidiera contarle. Para cuando su víctima se daba cuenta de lo que había pasado, Elise y Calliope siempre hacía tiempo que ya se habían ido.
Calliope sabía que algunas personas se referirían a ellas como farsantes, timadoras o estafadoras. Ella, por su parte, prefería calificarse de mujeres tan inteligentes como encantadoras que habían descubierto la manera de equilibrar la balanza. Después de todo, como le gustaba decir a su madre, la gente rica obtenía cosas gratis constantemente. ¿Por qué no iban a poder hacerlo ellas también?
—Antes de que se me olvide, esto es para ti. Acabo de cargarlo a nombre de Calliope Ellerson Brown. Es lo que querías, ¿verdad?
Su madre le dio un reluciente ordenador de pulsera sin estrenar.
«Aquí yace Gemma Newberry, adorable ladrona —pensó Calliope, entusiasmada, enterrando su alias más reciente con una floritura silenciosa—. Tan sinvergüenza como bonita».
Tenía la espantosamente morbosa costumbre de componer epitafios cada vez que se desembarazaba de una identidad, aunque nunca los compartía con su madre. Abrigaba la sospecha de que a Elise no le harían tanta gracia como a ella.
Calliope dio un golpecito en el nuevo ordenador de pulsera para abrir su lista de contactos (vacía, como cabía esperar) y vio, para su sorpresa, que el acta de matriculación que esperaba encontrar no aparecía por ninguna parte.
—¿No vas a obligarme a ir al instituto esta vez?
Elise se encogió de hombros.
—Ya tienes dieciocho años. ¿Quieres seguir estudiando?
Calliope titubeó. Había ido a tantas escuelas distintas, representando siempre el papel específico que le hubiera sido asignado por la actuación del momento: una heredera desaparecida hacía tiempo, o la víctima de alguna conspiración, u ocasionalmente la hija de Elise, sin más, cuando esta necesitaba valerse de ella para volverse más atractiva a los ojos de su víctima. Había estado en un internado británico de lo más pijo, en un convento francés y en un primitivo colegio público de Singapur, y en todos y cada uno de ellos había bostezado hasta desencajarse la mandíbula de aburrimiento.
Motivo por el cual Calliope había terminado protagonizando sus propias estafas. Nunca tan grandes como las de Elise, que constituían su verdadera fuente de ingresos, pero le gustaba hacer algo por su cuenta cuando se le presentaba la oportunidad. A su madre no le parecía mal, siempre y cuando los proyectos de Calliope no le impidieran echarle una mano siempre que lo necesitara. «Te vendrá bien adquirir algo de práctica», decía Elise, y dejaba que Calliope se quedara con todo lo que ganaba por sus propios medios; lo cual contribuía a ampliar considerablemente su guardarropa.
Por lo general Calliope intentaba llamar la atención de algún adolescente adinerado y se lo camelaba para que le regalase un collar, o un bolso nuevo o las últimas botas de ante de Robbie Lim. En ocasiones especiales conseguía embolsarse algo más gordo y recaudaba dinero fingiendo estar en graves problemas o averiguando los secretos de alguien para chantajearlo. A lo largo de los años Calliope había aprendido que las personas ricas hacían un montón de cosas por las que estaban dispuestas a pagar con tal de que nadie las sacara a la luz.
Contempló fugazmente la posibilidad de matricularse en algún instituto y hacer lo mismo de siempre, pero enseguida descartó la idea. Esta vez le apetecía apuntar un poco más alto.
Ah, había tantas maneras de enganchar a un incauto (el tropezón «por casualidad», la miradita de soslayo, la sonrisa de complicidad, el coqueteo, la confrontación, el accidente), y en todas ellas Calliope era una experta. Todas las actuaciones que había iniciado se habían saldado con éxito.
Menos con Travis. El único objetivo que alguna vez había dejado a Calliope, en vez de al revés. Nunca había averiguado por qué y le seguía escociendo, siquiera un poquito.
Pero él era una sola persona, y ahí fuera había millones de ellas. Calliope pensó en la muchedumbre que había visto antes, entrando y saliendo en tromba de los ascensores, corriendo en dirección a sus hogares, al trabajo o a la escuela. Todas ellas ensimismadas en sus insignificantes preocupaciones particulares, aferradas a sus sueños inalcanzables.
Ninguna de ellas sospechaba siquiera de su existencia, y, aunque así fuera, a nadie le importaría. Pero eso era lo que hacía que este juego fuese tan divertido: porque Calliope estaba a punto de conseguir que al menos a una sí le importara, y mucho. Experimentó una oleada de deslumbrante trepidación, gloriosamente temeraria y embriagadora.
No veía el momento de encontrar a su próxima víctima.
Avery Fuller se abrazó con fuerza a sí misma. El viento tironeaba de sus cabellos, alborotándolos en una ingobernable madeja dorada. Los pliegues de su vestido restallaban como estandartes a su alrededor. Comenzaron a caer unas pocas gotas de lluvia, tan finas como alfileres, que parecían clavársele en la piel allí donde esta estaba desnuda.
Pero Avery no estaba dispuesta a marcharse de la azotea. Este era su refugio secreto, adonde se retiraba cuando el feroz asalto de las luces y el estruendo de ahí abajo, en el resto de la ciudad, se volvía insoportable.
Dejó vagar la mirada por la neblina morada del horizonte, que se extendía hasta perderse de vista en la oscuridad insondable de las alturas. Le encantaba el modo en que se sentía aquí arriba, distante, sola y a salvo con sus secretos. «Solo que no estás a salvo», le recordó un presentimiento insidioso al mismo tiempo que llegaba hasta sus oídos el ruido de unos pasos tras ella. Avery se giró en redondo, inquieta... y sonrió al ver que se trataba de Atlas.
Pero la trampilla volvió a abrirse de golpe y apareció Leda, congestionada de rabia. Se veía enflaquecida, amenazadora y en tensión. Su misma piel parecía una armadura.
—¿Qué quieres, Leda? —preguntó tentativamente Avery, aunque en realidad no hacía falta; conocía ya la respuesta.
Lo que quería Leda era separarlos a Atlas y a ella, solo que Atlas era lo único a lo que Avery no estaría dispuesta a renunciar jamás. Dio un paso para colocarse frente a él, en actitud protectora.
A Leda no le pasó inadvertido su gesto.
—Cómo te atreves —escupió, y se abalanzó sobre ella para empujarla...
A Avery le dio un vuelco el estómago mientras sus brazos giraban como aspas inútiles, esforzándose a la desesperada por agarrarse a algo, pero todo estaba demasiado lejos, incluso Atlas, y el mundo había degenerado en una madeja de color, sonidos y gritos, el suelo volaba cada vez más deprisa a su encuentro...
Se sentó de repente, con la frente perlada por una fina pátina de sudor. Tardó un momento en reconocer el mobiliario del dormitorio de Atlas en la penumbra informe que la rodeaba.
—¿Aves? —murmuró Atlas—. ¿Estás bien?
La muchacha replegó las rodillas contra el pecho en un intento por apaciguar los erráticos latidos de su corazón.
—Solo era una pesadilla —respondió.
Le gustaría hablar de ello, pero no podía. De modo que se dio la vuelta para acallarlo con un beso.
Llevaba colándose en la habitación de Atlas todas las noches desde que murió Eris. Aunque sabía que estaba jugando con fuego, ver al chico al que amaba (conversar con él, besarlo, incluso el mero hecho de aspirar su fragancia) era lo único que le impedía volverse loca de un tiempo a esta parte.
Y ni siquiera aquí, con Atlas, estaba completamente a salvo de sí misma. Detestaba la red de secretos que no dejaba de estrecharse a su alrededor, creando una brecha invisible entre ambos, aunque Atlas no lo sospechase siquiera.
Él ignoraba por completo el delicado equilibrio al que había quedado reducida la relación entre Avery y Leda. Un secreto a cambio de otro. Leda sabía que estaban juntos, y si aún no lo había proclamado a los cuatro vientos era porque Avery la había visto empujar a Eris desde lo alto de la azotea aquella noche. Ahora, la amenaza de que Leda pudiese sacar su romance a la luz evitaba que Avery desvelase la verdad sobre la muerte de Eris.
No lograba obligarse a confesárselo todo a Atlas. Aquella información solo le haría sufrir, y lo cierto era que Avery tampoco quería que descubriera lo que había sucedido realmente aquella noche. Si supiera lo que había hecho, corría el riesgo de dejar de profesarle el amor ciego y la devoción que le dispensaba ahora.
Enroscó los dedos con más fuerza en los rizos que cubrían la nuca de Atlas, deseando ser capaz de detener el tiempo, de desvanecerse en este momento y vivir en él para siempre.
Cuando Atlas se apartó por fin, Avery percibió su sonrisa sin necesidad de verla.
—Se acabaron los malos sueños. Mientras esté yo aquí, al menos. Los mantendré a raya, prometido.
—He soñado que te perdía —replicó ella de repente, con un dejo de trepidación imbricado en la voz.
Quedarse sin Atlas era el mayor de sus temores ahora que, contra todo pronóstico, al fin estaban juntos.
—Avery. —El muchacho apoyó un dedo bajo su barbilla para levantársela con delicadeza, a fin de mirarla directamente a los ojos—. Te quiero. No pienso irme a ninguna parte.
—Lo sé.
Sabía que lo decía de corazón, pero su camino estaba sembrado de tantos obstáculos, eran tantas las fuerzas confabuladas en su contra, que a veces el desafío se le antojaba insuperable.
Se recostó junto a su cuerpo, cálido y suave, pero sus pensamientos se obstinaban en mantenerse dispersos. Se sentía tan en tensión como un muelle comprimido, incapaz de saltar.
—¿Nunca has deseado que te hubiera adoptado otra familia? —susurró expresando de viva voz algo que ya había pensado en innumerables ocasiones. Si Atlas hubiera acabado con otra familia cualquiera, si fuese otro chico el que se hubiera criado en el papel de su hermano adoptivo, amarlo no le estaría prohibido. Se preguntó cómo habría sido conocerlo en la escuela, o en alguna fiesta; traerlo a casa para presentárselo a los Fuller.
Todo sería mucho más fácil.
—Por supuesto que no —contestó Atlas sobresaltándola con la vehemencia que denotaba su tono—. Aves, si me hubiera adoptado otra familia, lo más probable es que no te hubiese conocido jamás.
—Es posible... —dijo Avery dejando la frase inacabada flotando en el aire, aunque lo cierto era que, en su opinión, estaban predestinados.
El universo habría conspirado para reunirlos de un modo u otro, atrayéndolos con una fuerza gravitacional exclusiva de ambos.
—Es posible —convino Atlas—, pero no estaría dispuesto a correr ese riesgo. Para mí eres lo más importante del mundo. El día en que tus padres me trajeron a casa..., el primer día que te vi..., fue el segundo día más feliz de mi vida.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál fue el primero? —preguntó Avery con una sonrisa.
Esperaba que Atlas respondiera que el día más feliz de su vida había sido cuando se confesaron el amor que sentían el uno por el otro, pero el muchacho la sorprendió.
—Hoy. Pero solo durará hasta mañana, y entonces mañana será el día más feliz de mi vida. Porque cada día que paso contigo es mejor que el anterior.
Se inclinó sobre ella para besarla con ternura, pero de improviso sonó un golpe en la puerta.
—¿Atlas?
Por un instante espantoso, hasta la última célula del cuerpo de Avery se quedó paralizada. Al mirar a Atlas, vio el mismo terror que ella sentía reflejado en sus apuestas facciones.
La puerta estaba cerrada con llave, pero ahí (al igual que en el resto del apartamento), los Fuller gozaban de la autorización necesaria para sortear todas las medidas de seguridad.
—Un segundo, papá —exclamó Atlas quizá con demasiado ímpetu.
Avery salió de la cama de un salto, vestida con su conjunto de ropa interior de satén de color marfil, y corrió sin aliento hacia el armario de Atlas. En su precipitación, sus pies descalzos estuvieron a punto de tropezar con un zapato abandonado en el suelo.
Acababa de cerrar la puerta corredera tras ella cuando Pierson Fuller entró con decisión en el cuarto de su hijo adoptivo. Activadas por sus pasos, las luces del techo se encendieron con un parpadeo.
—¿Va todo bien por aquí?
¿Había una nota de suspicacia en su voz o serían imaginaciones suyas?
—¿Qué ocurre, papá?
Típico de Atlas, responder a una pregunta con otra. Como táctica evasiva era estupenda.
—Acabo de hablar con Jean-Pierre LaClos, de la oficina de París —dijo el padre de Avery despacio—. Parece que los franceses por fin podrían dejarnos construir algo al lado de esa antigualla suya tan fea.
Avery solo conseguía entreverlo a través de los listones de la puerta del armario. Se quedó completamente inmóvil, con la espalda pegada a un abrigo de lana gris y los brazos cruzados sobre el pecho. Los latidos de su corazón eran tan erráticos que estaba segura de que su padre los terminaría oyendo.
El armario de Atlas era mucho más pequeño que el suyo. No tendría donde esconderse si Pierson abría la puerta. Como tampoco tendría ninguna explicación que ofrecerle para justificar su presencia allí, sin nada más que el sujetador y un pantaloncito de pijama, salvo, claro está, la verdadera razón.
Su blusa rosa yacía abandonada en el suelo del dormitorio, tan llamativa como la luz deslumbrante de un faro.
—Vale —replicó Atlas, y Avery oyó la pregunta implícita en su respuesta.
¿Qué hacía su padre presentándose allí en plena noche, por algo que no daba la impresión de ser especialmente urgente?
Tras un silencio que se dilató sin duda en exceso, Pierson carraspeó y añadió:
—Mañana tendrás que presentarte temprano en la reunión de desarrollo. Habrá que elaborar un estudio completo de sus calles y vías de agua para iniciar los preparativos.
—Allí estaré —dijo Atlas sucinto.
Se había puesto de pie directamente encima de la blusa, esforzándose por cubrirla discretamente con un pie. Avery rezó para que su padre no se percatara del movimiento.
—Me parece bien.
Instantes después, Avery oyó que la puerta de la habitación de su hermano se cerraba con un chasquido.
Se inclinó hacia atrás y se dejó resbalar contra la pared hasta quedarse sentada como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos. Notaba la piel recubierta de diminutos alfilerazos, como aquella vez que el médico la había sometido a un análisis para comprobar cómo andaba de vitaminas, solo que esta vez el efecto se complementaba con una descarga de adrenalina. Se sentía alterada, preocupada y extrañamente exultante, todo a la vez, como si se hubiera caído en un pozo de arenas movedizas y de alguna manera hubiese conseguido escapar ilesa de él.
Atlas abrió la puerta de golpe.
—¿Estás bien, Aves?
Las luces del armario se encendieron de forma automática, pero, durante un instante extraordinariamente fugaz, Avery se quedó sumida en la oscuridad mientras Atlas parecía iluminado desde atrás; el resplandor que lo envolvía, coloreando en tonos dorados los contornos de su silueta, le confería una apariencia casi sobrenatural. Se le antojó imposible, de repente, que fuera real y estuviera aquí, que fuese suyo.
Y lo era, en realidad. Toda su relación demostraba ser imposible a las primeras de cambio, y, sin embargo, de alguna manera, habían conseguido materializarla a fuerza de voluntad.
—Estoy bien.
Se incorporó para deslizar las manos por sus brazos hasta apoyarlas por fin en sus hombros, pero Atlas dio un paso atrás en un acto reflejo y recogió su blusa, que seguía estando tirada allí, en el suelo.
—Ha estado cerca, Aves.
Le tendió la prenda con una expresión preocupada.
—No me ha visto —protestó Avery, aunque sabía que esa no era la cuestión.
Ninguno de los dos mencionó lo que su padre podría haber visto ya: el dormitorio de la muchacha, en la otra punta del apartamento, su prístina ropa de cama blanca revuelta pero inconfundiblemente vacía.
—Debemos tener más cuidado. —Atlas parecía resignado.
Avery se puso la blusa por la cabeza y lo miró, constreñido el pecho ante lo que el muchacho se resistía a decir.
—Se acabó el dormir aquí, ¿verdad? —preguntó, aunque conocía ya la respuesta.
No podían seguir arriesgándose, ya no.
—Sí. Aves, tienes que irte.
—Lo haré. Mañana —le prometió, y acercó la boca a la suya.
Ahora más que nunca Avery sabía lo peligroso que era, pero eso solo conseguía que cada momento con Atlas fuese infinitamente más valioso. Conocía los riesgos. Sabía que caminaban por la cuerda floja; que caerse sería lo más fácil del mundo.
Si esta iba a ser la última noche que pasaban juntos, haría que mereciese la pena.
Desearía poder decirle a él todas esas cosas y más, pero se conformó con transmitírselo con sus besos: todas las disculpas mudas, las confesiones, las promesas de amor eterno. Si no podía expresarlo de viva voz, esta era la única forma que tenía de demostrárselo.
Tiró de Atlas hacia delante, aferrada a sus hombros, y el muchacho la siguió al interior del armario mientras las luces del techo volvían a apagarse con un suave chasquido.
Watzahn Bakradi se repantigó en la rígida silla del auditorio mientras observaba el tablero de ajedrez que ocupaba su campo de visión en esos momentos. «Mueve la torre tres casillas hacia la diagonal izquierda». El tablero, proyectado en espectral blanco y negro sobre las lentes de contacto de alta resolución que siempre llevaba puestas, se modificó en consonancia.
—Un movimiento desafortunado —susurró Nadia, el ordenador cuántico incrustado en el cerebro de Watt.
Su caballero voló de inmediato hacia delante para capturar el rey del muchacho.
A Watt se le escapó un gemido sin poder evitarlo, lo cual le granjeó unas cuantas miraditas extrañadas de los amigos y compañeros de clase sentados a su alrededor. Se apresuró a guardar silencio y concentrar la mirada hacia el frente, donde había un hombre con una americana carmesí en lo alto de un podio, enumerando la oferta de artes liberales que se impartían en la universidad de Stringer West. Watt desconectó, como había hecho con todos los demás oradores de esa reunión obligatoria de alumnos de primer curso. Como si después de haber terminado el instituto tuviera la menor intención de matricularse en historia o en inglés otra vez.
—Llevas perdiendo conmigo una media de once minutos más deprisa de lo habitual —señaló Nadia—. Sospecho que estás distraído.
«¿Tú crees?», replicó Watt, irascible. De un tiempo a esta parte tenía motivos de sobra para estar distraído. Había aceptado lo que parecía un trabajo de pirateo sencillo para una encumbrada llamada Leda, tan solo para enamorarse de la mejor amiga de esta, Avery. Hasta que descubrió que Avery en realidad estaba colada por Atlas, la misma persona que debía espiar para Leda. Después, por accidente, le había confesado ese secreto directamente a Leda, quien se había marchado hecha una furia, colocada y sedienta de venganza. Todo lo cual le había costado la vida a una chica inocente. Y Watt se había quedado de brazos cruzados, sin hacer nada por evitarlo ni por impedir que Leda saliera de rositas..., porque la asesina conocía la existencia de Nadia.
Ignoraba cómo se las habría apañado, pero lo cierto era que había desenterrado el secreto más peligroso de Watt. Leda podría delatarlo cuando quisiera, acusándolo de posesión de un ordenador cuántico ilegal. Nadia, por supuesto, acabaría siendo destruida para siempre. En cuanto a él, se pudriría en la cárcel de por vida. Con suerte.
—¡Watt! —siseó Nadia enviando una pequeña descarga eléctrica por su sistema.
El representante de Stringer estaba abandonando el estrado, sustituido por una mujer con el pelo castaño por los hombros y cara de pocos amigos. Vivian Marsh, directora del departamento de admisiones del MIT.
—Pocos de vosotros solicitaréis ingresar en el Instituto de Tecnología de Massachusetts. Menos todavía tendréis las notas necesarias para conseguirlo —empezó sin preámbulos—. Pero quienes logréis matricularos descubriréis que nuestro programa se sostiene sobre tres pilares fundamentales: la exploración, la experiencia y la evolución.
Watt oyó el suave tamborileo de numerosos dedos sobre las tabletas. Miró de reojo a su alrededor; varios alumnos de su clase de matemáticas avanzadas estaban tecleando frenéticamente, pendientes de cada una de las palabras de Vivian. Su amiga Cynthia (una chica medio japonesa, medio americana, muy guapa, que llevaba compartiendo aula con Watt prácticamente desde la guardería) se había sentado en el filo de la silla, con un brillo soñador en la mirada. Ni siquiera sabía que a Cynthia le interesase el MIT. ¿Tendría que competir con ella para obtener una de sus plazas, tan limitadas?
Nunca había pensado realmente qué haría si no entraba en el MIT. Llevaba años soñando con formar parte del programa de ingeniería de microsistemas, que era tremendamente competitivo. El equipo de investigación de ese mismo departamento había inventado el milichip, el software de entrelazamiento y los superimanes de temperatura ambiente que evitaban la decoherencia cuántica.
Watt siempre había dado por sentado que entraría. Caray, pero si a los catorce años ya había inventado un ordenador cuántico sin ayuda de nadie. ¿Cómo iban a rechazarlo?
Solo que no podía hablar de Nadia en su solicitud. Mientras observaba a los demás estudiantes, Watt se vio obligado a afrontar la más que factible posibilidad de que no lo aceptaran, al fin y al cabo.
«¿Debería hacer alguna pregunta?», pensó para Nadia, nervioso. Lo que fuese con tal de que Vivian se fijara en él.
—Aquí no hay ronda de preguntas y respuestas, Watt —respondió Nadia.
De improviso, demasiado pronto, el representante de Stanford salió a la palestra y se aclaró la garganta.
Watt se puso de pie como impulsado por un resorte, sin pensar, maldiciendo mientras avanzaba a trompicones entre los asientos. «¿En serio?», silabeó Cynthia cuando pasó por encima de ella, pero a Watt le traía sin cuidado; necesitaba hablar con Vivian. Además, Stanford era su segunda opción, a lo sumo.
Cruzó la doble puerta del fondo del auditorio como una exhalación, haciendo como que no veía todas las miradas de reproche que se habían vuelto hacia él, y dobló corriendo la esquina tras la cual se encontraba la salida del centro.
—¡Señorita Marsh! ¡Espere!
La mujer se detuvo con una mano en la puerta y una ceja enarcada. En fin, por lo menos conseguiría que se acordara de él.
—He de decir que no todos los días me persiguen al salir del auditorio de una escuela. No soy ninguna celebridad, ¿sabe usted, jovencito?
A Watt le pareció oír una nota de humor seco en su voz, aunque tampoco podría jurarlo.
—Sueño con asistir al MIT desde que tengo uso de razón y quería... solo quería hablar con usted, nada más. —«¡Tu nombre!», le recordó Nadia—. Watzahn Bakradi —se apresuró a presentarse el muchacho, extendiendo una mano.
Vivian se la estrechó tras unos instantes de vacilación.
—Watzahn Bakradi —repitió ella poniendo los ojos en blanco; Watt sabía que estaba introduciendo su nombre en el buscador de sus lentes de contacto. La mujer parpadeó y volvió a concentrarse en él—. Veo que has participado en nuestro programa de verano para jóvenes ingenieros, con una beca. Y que no volvimos a invitarte.
Watt hizo una mueca. Sabía perfectamente por qué no le habían pedido que regresara: porque una de sus profesoras lo había descubierto construyendo un ordenador cuántico ilegal. Había prometido no avisar a la policía, pero aquel error le había costado caro, a pesar de todo.
Nadia había proyectado el currículo de Vivian sobre sus lentes de contacto, pero no le servía de mucho; lo único que le decía a Watt era que se había criado en Ohio y que había estudiado psicología en la universidad.
Recordó que debería decir algo más.
—Hace cuatro años de aquel programa. He aprendido mucho desde entonces, y me encantaría poder demostrárselo.
Vivian ladeó la cabeza para aceptar un toque.
—Estoy hablando con un estudiante —le dijo a quienquiera que fuese, seguramente algún asistente—. Lo sé, lo sé. Dame un momento. —Mientras se recogía un mechón de cabello detrás de la oreja, Watt atisbó el destello de un caro ordenador de muñeca de platino. Se preguntó de repente qué opinión le merecería a alguien así tener que bajar hasta la planta 240 para dar una charla, aunque fuese en una escuela de enfoque especializado. Era comprensible que tuviese tanta prisa por largarse de allí—. Señor Bakradi, ¿por qué es su primera opción el MIT?
Nadia había abierto el plan de estudios y la guía de objetivos del MIT, pero Watt no quería ofrecerle una respuesta insulsa y prefabricada. En vez de eso, se armó de valor y dijo con toda franqueza:
—Ingeniería de microsistemas. Me gustaría trabajar con cuants.
—Vaya, vaya. —La mujer lo miró de arriba abajo; Watt se dio cuenta de que había despertado su curiosidad—. Como ya sabe, ese programa recibe miles de solicitudes todos los años, pero solo se seleccionan dos aspirantes.
—Lo sé. Sigue siendo mi primera opción. —«Mi única opción», pensó Watt, dedicándole su sonrisa más deslumbrante, la que dedicaba a las chicas cuando Derrick y él salían de fiesta. Presintió que estaba empezando a predisponerla a su favor.
—¿Alguna vez ha visto usted un cuant, jovencito? ¿Sabe lo increíblemente poderosos que son?
«Adornar la verdad sería la estrategia óptima en este caso», le sugirió Nadia, pero Watt sabía que podría eludir la pregunta.
—Sé que solo quedan muy pocos —dijo. Había cuants en la NASA, por supuesto, y en el Pentágono; aunque Watt sospechaba que debía de haber muchos más ordenadores cuánticos ilegales sin registrar (como Nadia) de los que al gobierno le gustaría reconocer—. Sin embargo, creo que debería haber más. Necesitamos ordenadores cuánticos en tantos lugares...
«¿Como tu cerebro, por ejemplo? Un poco de sensatez, Watt», lo reconvino Nadia, pero el muchacho no la estaba escuchando.
—Los necesitamos ahora más que nunca. Podríamos revolucionar los sistemas agrícolas a escala internacional para erradicar la pobreza, podríamos terminar con los accidentes mortales, podríamos terraformar Marte...
La voz de Watt resonaba estridente en sus propios oídos. Se dio cuenta de que la mujer estaba observándolo fijamente, con las cejas arqueadas, y se calló.
—Habla usted asombrosamente como los escritores de ciencia ficción del siglo pasado, señor Bakradi —dijo Vivian al cabo—. Me temo que su opinión goza de escasa popularidad en los tiempos que corren.
Watt tragó saliva con dificultad.
—Creo que el Incidente con la IA de 2093 se podría haber evitado. El pobre cuant en cuestión no tuvo la culpa de nada. Aún no se habían instalado las medidas de seguridad indicadas, hubo problemas con su programación base...
Cuando los cuants aún eran legales, el programa de todos ellos contenía la misma orden fundamental: no perjudicar a ningún ser humano con sus acciones, con independencia de cuáles fuesen las instrucciones posteriores que se les impartieran.
—¿El «pobre» cuant? —repitió Vivian, y Watt cayó demasiado tarde en la cuenta de que estaba hablando del ordenador como si este fuese una persona. No dijo nada. La mujer suspiró—. En fin, debo reconocer que no me importaría revisar su solicitud en persona.
Cruzó la puerta y montó en el deslizador que la estaba aguardando.
«Nadia, ¿qué narices hacemos ahora?», pensó el muchacho, con la esperanza de que al cuant se le ocurriera alguna solución deslumbrante. Solía percibir sutilezas y matices concretos que a él siempre se le escapaban.
«Ahora solo puedes hacer una cosa», respondió Nadia. «Escribir el mejor trabajo que Vivian Marsh haya visto en su vida».
—Ahí estás —exhaló aliviada Cynthia cuando Watt hubo llegado por fin a la taquilla que compartían.
Técnicamente, era de ella: a Watt le habían asignado una, pero estaba al final del pasillo de artes, y, entre que nunca pasaba por allí y que no solía acarrear muchas cosas, se había acostumbrado a utilizar la de Cynthia. También su mejor amigo se encontraba allí, Derrick, con la frente surcada de arrugas de preocupación.
—Eso, ¿qué ha pasado? Dice Cynthia que te escaqueaste antes de que acabaran las charlas.
—Quería hablar con la directora del departamento de admisiones del MIT antes de que se fuese.
—¿Qué le has dicho? —preguntó Cynthia mientras Derrick sacudía la cabeza, mascullando un «debería habérmelo imaginado» o algo por el estilo.
—No estoy seguro de que haya ido bien —suspiró Watt.
Cynthia se compadeció de él con una mirada de reojo.
—Lo siento.
—Bueno, si la pifio, por lo menos así aumentarán vuestras probabilidades de que os acepten —bromeó Watt, quizá con excesiva condescendencia; el sarcasmo siempre había sido su mecanismo de defensa.
—Yo nunca pensaría algo así —dijo Cynthia dolida—. La verdad, esperaba que los dos pudiéramos asistir juntos al MIT. Estaría bien tener un amigo, estando tan lejos de casa...
—¡Y yo iría a visitaros y os daría la lata a todas horas! —exclamó Derrick rodeándoles los hombros con los brazos a ambos en un gesto jovial.
—Nos lo pasaríamos genial —musitó Watt receloso, observando a Cynthia por el rabillo del ojo.
Ignoraba que compartiesen el mismo sueño. La muchacha tenía razón: sí que estaría bien. Pasear juntos por el campus cubierto de hojas secas, camino de clase; trabajar hasta las tantas en el laboratorio de ingeniería, codo con codo; almorzar en el inmenso comedor abovedado que Watt había visto en la i-Net...
Por otra parte, ¿qué harían Cynthia y él si al final solo consiguiera entrar uno de los dos?
«No va a pasar nada», se dijo, aunque tenía el presentimiento de que esta era otra de las muchas cosas en su vida que podrían acabar en desastre.
Comenzaba a acumular una preocupante colección de ellas.