CAPÍTULO

UNO

ESTA NOCHE ES SEIS QUIEN PROTAGONIZA MI FUGA IMAginaria. Hay una horda de mogadorianos plantada entre ella y mi celda, lo cual no es muy realista, porque hasta ahora los mogos no han destinado ni a uno de sus hombres a vigilarme. Pero, bueno, esto es un sueño, así que no importa. Los guerreros mogadorianos desenfundan sus dagas y las hunden en el aire tratando de alcanzarla, aullando. Seis responde echándose la melena hacia atrás y volviéndose invisible. Desde detrás de los barrotes de mi celda, la veo deslizarse entre los mogadorianos, apareciendo y desapareciendo de manera intermitente y arrebatándoles sus propias armas para atacarlos. Serpentea a toda velocidad a través de una nube creciente de cenizas, hasta que acaba con todos los mogos.

—Esto ha estado muy bien —le digo cuando se acerca a la puerta de mi celda.

Ella me sonríe, despreocupada, y me pregunta:

—¿Estás listo para marcharte?

Y entonces me despierto. O salgo de mi estado de ensoñación. A veces me resulta difícil saber si estoy despierto o dormido; cuando llevas semanas aislado, vives en un continuo estado de aletargamiento. Bueno, diría que han sido semanas. La verdad es que me cuesta determinar cuánto tiempo ha transcurrido desde que me encerraron: la celda no tiene ni una triste ventana. De lo único de lo que estoy seguro es de que todas esas imágenes sobre fugas que me vienen a la cabeza no son reales. A veces ocurre como esta noche, y Seis acude a rescatarme; otras es John; y, en ocasiones, sueño que he desarrollado mis propios legados y que, una vez consigo salir de la celda, me cargo a todos los mogadorianos que se interponen en mi camino.

Pero todo es fruto de la imaginación. Debe de ser uno de los modos que mi mente ansiosa tiene de pasar el tiempo.

Y ¿qué hay del colchón empapado en sudor y de los muelles rotos que se me clavan en la espalda? Eso es real. ¿Y los calambres que me recorren las piernas y el dolor de espalda que me martiriza? Esos también son reales.

Alargo el brazo para coger el cubo de agua que hay en el suelo, al lado de la cama. Un vigilante me lo trae una vez al día, junto con un bocadillo de queso. No es precisamente como el servicio de habitaciones de un hotel, a pesar de que, por lo que yo sé, soy el único prisionero encerrado en este edificio: no estamos más que yo y un sinfín de celdas vacías dispuestas una tras otra y conectadas por una pasarela de hierro.

El vigilante siempre deja el cubo en el suelo, justo al lado del inodoro de acero inoxidable, y yo lo arrastro hasta tenerlo cerca de la cama: este es todo el ejercicio que hago. Y el bocadillo me lo zampo enseguida. Ya no recuerdo lo que se siente cuando no se pasa hambre.

Queso manufacturado con pan duro, un inodoro sin asiento y un estado de aislamiento absoluto. Esa es mi vida desde hace un tiempo.

Cuando llegué aquí, traté de controlar las visitas del vigilante para poder llevar la cuenta de los días que transcurrían, pero me temo que a veces se olvidaban de mí. O me ignoraban a propósito. El peor de mis miedos es que me abandonen en esta celda para que me consuma en ella, para que acabe perdiendo el conocimiento, víctima de la deshidratación, sin siquiera darme cuenta de que estoy viviendo mis últimos momentos. La verdad es que preferiría morir en libertad, luchando contra los mogadorianos.

Y aún me gustaría más no morir.

Tomo un trago de agua, este líquido tibio con sabor a óxido. Es asqueroso, pero al menos me permite volver a sentir algo de humedad en la boca. Estiro los brazos por encima de la cabeza y mis articulaciones crujen en señal de protesta. Siento además una punzada de dolor en las muñecas: al hacer este gesto, el tejido de mi tierna cicatriz se resiente. Y entonces mi mente se pone en marcha de nuevo; esta vez, sin embargo, no se aventura en el terreno de la fantasía, sino en el de los recuerdos.

Pienso en Virginia Occidental a diario. Lo revivo todo.

Me recuerdo recorriendo esos túneles sin aliento, agarrando con fuerza la piedra roja que Nueve me había prestado e iluminando con su luz alienígena una celda tras otra. Cada vez que me acercaba a unos nuevos barrotes, albergaba la esperanza de encontrar allí a mi padre, pero me llevé una decepción en todos.

Entonces llegaron los mogadorianos y me impidieron reunirme con John y Nueve. Recuerdo que me atenazó el miedo cuando me vi separado de los demás: tal vez sus legados les habían permitido deshacerse de esa horda de mogadorianos y piken. Por desgracia, yo solo contaba con un cañón mogo.

Hice todo lo que pude y traté de encontrar el camino que me condujera junto a John y Nueve mientras disparaba a todos los mogos que se me acercaban demasiado.

A pesar del estruendo de la pelea, oí a John gritando mi nombre. Estaba cerca; el problema era que nos separaba una horda de bestias alienígenas.

La cola de un monstruo restalló entre mis piernas y mis pies saltaron hasta casi la altura de mis orejas. La piedra de Nueve se me escapó entre los dedos y rodó por el suelo. Caí de bruces y me hice un corte encima de la ceja. La sangre enseguida me empapó los ojos. Medio ciego, me arrastré en busca de un lugar donde cobijarme.

Teniendo en cuenta la suerte que había tenido desde mi llegada a Virginia Occidental, no es de extrañar que acabara a los pies de un guerrero mogadoriano. Me apuntó con el arma. Pudo haberme matado allí mismo, pero se lo pensó mejor y, en lugar de apretar el gatillo, me asestó un culatazo en la sien.

Todo se volvió negro.

Me desperté colgado del techo, sujeto por gruesas cadenas. Aún estaba en la cueva, pero tenía la sensación de que me habían trasladado a un lugar más profundo, a una zona más protegida. Se me encogió el corazón cuando me di cuenta de que la cueva aún estaba en pie y que me habían hecho prisionero: ¿qué implicaciones tenía eso para John y Nueve? ¿Habían escapado?

Casi no tenía fuerza en los miembros, pero, aun así, traté de librarme de las cadenas. No hubo modo. Estaba desesperado y una sensación de claustrofobia me atenazaba. Justo cuando iba a echarme a gritar, un mogadoriano entró en la sala. Era el más imponente que había visto hasta entonces: tenía una horrible cicatriz morada en el cuello y sus manos descomunales agarraban un extraño bastón dorado. Era un ser realmente espeluznante, como sacado de una pesadilla, pero me resultaba imposible apartar la mirada de él. De algún modo, sus ojos negros y vacíos me tenían atrapado.

—Hola, Samuel —me dijo mientras se me acercaba, acechante—. ¿Sabes quién soy?

Negué con la cabeza. De pronto, tenía la boca totalmente seca.

—Soy Setrákus Ra, comandante supremo del Imperio Mogadoriano, ingeniero de la Gran Expansión, líder querido y respetado. —Me enseñó los dientes, y entonces me di cuenta de que estaba tratando de esbozar una sonrisa—. Etcétera.

El artífice de un genocidio planetario y la mente que estaba detrás de la inminente invasión de la Tierra acababa de dirigirse a mí y me había llamado por mi nombre. ¿Qué haría John en una situación como esa? Él nunca se habría amedrentado ante su mayor enemigo. Yo, en cambio, había empezado a temblar, y las cadenas que me sujetaban las muñecas repiqueteaban con un sonido metálico.

Creo que Setrákus percibió mi miedo.

—Esto no tendría por qué ser doloroso, Samuel. Has elegido el bando equivocado, pero, tranquilo, yo sé ser indulgente. Dime lo que quiero saber y te dejaré libre.

—¡Jamás! —tartamudeé, y me puse a temblar aún más, consciente de lo que me esperaba.

Oí un sonido siseante procedente de más arriba y levanté la cabeza: una sustancia negra y viscosa se deslizaba por las cadenas. Tenía un olor punzante y químico, como de plástico caliente. Seguro que ese pringue iba dejando marcas de óxido a su paso; pronto me alcanzó las muñecas y entonces me eché a gritar. El dolor era insoportable, y esa cosa era tan pegajosa que no hacía más que empeorarlo; era como si tuviera las muñecas cubiertas de savia hirviente.

Justo cuando estaba a punto de desmayarme de dolor, Setrákus me acercó su báculo al cuello y me levantó la barbilla con él. Un frío helado se apoderó de mi cuerpo y lo dejó totalmente adormecido; de pronto, me di cuenta de que el dolor que me abrasaba las muñecas se había aplacado. Ese alivio, sin embargo, tenía algo de perverso; el báculo de Setrákus producía un entumecimiento mortífero, como si me hubieran extraído la sangre del cuerpo.

—Tú limítate a responderme —gruñó Setrákus— y todo esto acabará.

Sus primeras preguntas fueron acerca de John y Nueve: adónde podían haber ido, qué harían a continuación. Me sentí aliviado al enterarme de que habían escapado, y aún más al recordar que no sabía dónde podían haberse ocultado. Yo era el que llevaba encima las instrucciones de Seis, lo que significaba que John y Nueve habrían tenido que idear un nuevo plan, uno del que yo no pudiera decir una palabra si me torturaban. Ya no tenía el papel encima, así que parecía razonable pensar que los mogos me habían registrado mientras estaba inconsciente y habían confiscado la dirección. Esperaba que Seis actuara con cautela.

—Estén donde estén, no tardarán en volver para patearte el culo —le dije a Setrákus.

Y ese fue mi gran momento heroico, porque el líder mogadoriano soltó un ronquido e inmediatamente apartó de mí su vara dorada. El dolor volvió a mis muñecas; era como si ese pringue modagoriano me estuviera devorando la carne hasta los huesos.

Jadeaba y gritaba cuando Setrákus volvió a tocarme con su báculo y me concedió una prórroga. La lucha, por muy leve que hubiese sido hasta entonces, ya no estaba en mis manos.

—Y ¿qué me dices de España? —me preguntó—. ¿Qué puedes decirme de eso?

—Seis... —musité, y enseguida me arrepentí de haber dicho nada. Tenía que mantener la boca cerrada.

Siguió con las preguntas. Después de España, fue la India, y luego me interrogó acerca de la localización de las piedras de loralita, algo de lo que ni siquiera había oído hablar. Al final me preguntó por «el décimo», un tema en el que Setrákus parecía especialmente interesado. Recordé que, en la carta que le había escrito a John, Henri decía algo acerca de la existencia de un décimo guardián y explicaba que ese último miembro de la Guardia no había conseguido escapar de Lorien. Cuando le conté eso a Setrákus (una información que esperaba que no fuera a perjudicar a ese décimo), se puso como una furia.

—Me estás mintiendo, Samuel. Sé que está aquí. Dime dónde.

—No lo sé —seguí repitiendo.

La voz me temblaba cada vez más. Con cada respuesta, o falta de ella, Setrákus retiraba su báculo y dejaba que ese dolor abrasador me atenazara de nuevo.

Al final, se dio por vencido y se limitó a mirarme a los ojos, visiblemente disgustado. Yo deliraba. Como si tuviera mente propia, la masa pringosa fue remontando por la cadena hasta desaparecer en el agujero oscuro del que había salido.

—No sirves para nada, Samuel —me dijo con desprecio—. Está claro que los lóricos solo te valoran como chivo expiatorio; para ellos no eres más que una maniobra de distracción a la que recurrir en situaciones de fuga.

Una vez dicho esto, Setrákus salió de la sala como una exhalación. Más tarde, después de llevar ahí colgado un buen rato, durante el que perdí y recuperé la conciencia varias veces, uno de sus soldados vino a rescatarme y me arrojó a una celda oscura. Estaba seguro de que iban a abandonarme allí hasta que muriera.

Al cabo de unos días, los mogadorianos me sacaron de la celda y me entregaron a un par de tipos vestidos con un traje oscuro; llevaban el pelo cortado casi al ras y armas escondidas bajo el abrigo. Vaya, que tenían la misma pinta que los hombres del FBI, la CIA o algo así. No se me ocurre por qué razón un humano querría trabajar para los mogos. Me hierve la sangre con solo pensarlo: esos agentes traicionando la confianza de la humanidad... A pesar de ello, fueron más amables que los mogadorianos, e incluso hubo uno que musitó una disculpa al ponerme unas esposas sobre la piel quemada de las muñecas. Luego me cubrieron la cabeza con una capucha y ya no volví a verlos más.

Durante dos días permanecí encadenado a la parte trasera de una camioneta que no se detuvo ni un momento. Después, me arrojaron dentro de otra celda (mi nuevo hogar), alojada en un edificio carcelario de alguna base gigantesca cuyo único prisionero era yo.

Me echo a temblar cuando pienso en Setrákus Ra; es algo que, cada vez que veo las cicatrices y las ampollas que tengo en las muñecas, no puedo evitar, por mucho que me empeñe. He tratado de borrar de mi mente ese encuentro escalofriante, y me he repetido una y otra vez que lo que Setrákus dijo no era cierto. Sé muy bien que John no me utilizó como maniobra de distracción para poder escapar, y también sé que no soy un inútil que no sirve para nada. Puedo ayudar a John y a los demás guardianes, tal como lo estuvo haciendo mi padre antes de desaparecer. Tengo un papel que desempeñar en todo esto, aunque no esté del todo claro cuál va a ser.

Cuando salga de aquí —si es que salgo algún día—, mi objetivo en la vida será demostrarle a Setrákus Ra que estaba equivocado.

Me siento tan frustrado que descargo toda mi rabia contra el colchón en el que estoy echado. Al hacerlo, una nube de polvo se desprende del techo y un débil estruendo recorre el suelo. Es casi como si mi puñetazo hubiera sacudido la celda, como en un terremoto.

Bajo la mirada y me contemplo la mano, maravillado. Después de todo, puede que esos sueños en los que desarrollaba mi propio legado no fueran tan descabellados. Trato de recuperar el recuerdo del patio trasero de John, en Paradise, cuando Henri le enseñaba cómo concentrar su poder. Entorno los ojos y levanto el puño, apretándolo con fuerza.

A pesar de que me parece una locura y de que además me siento algo ridículo, golpeo el colchón de nuevo, solo para ver qué pasa.

Nada. Simplemente me duelen los brazos: hace demasiado tiempo que no uso estos músculos. No estoy desarrollando ningún legado. Eso es algo imposible cuando se es humano: lo sé perfectamente. Lo que ocurre es que empiezo a estar desesperado. Y también un poco loco.

—Muy bien, Sam —me digo a mí mismo con voz ronca—. No te desmorones.

En cuanto me acuesto, resignado a pasar otra siesta interminable solo con mis pensamientos, un segundo impacto sacude el suelo. Y este es mucho más violento que el anterior; lo siento en mis propios huesos. Más pedazos de yeso se desprenden del techo. Me cubren el rostro y alguno incluso se me mete en la boca: tiene un sabor amargo, como calcáreo. Al cabo de un instante, oigo el redoble amortiguado de un tiroteo.

No estoy soñando. En absoluto. Llegan a mis oídos los sonidos lejanos de una lucha que debe de estar librándose en algún lugar de la base, bajo tierra. El suelo sufre otra sacudida: otra explosión. Desde que estoy aquí, los mogos no han hecho ningún tipo de entrenamiento. Pero ¡si lo único que he oído ha sido el eco de los pasos del vigilante que me traía la comida! ¿Y ahora este alboroto repentino? ¿Qué estará pasando?

Por primera vez (¿en días?, ¿en semanas?), me permito sentir un atisbo de esperanza. Son los miembros de la Guardia. Tienen que ser ellos. Han venido a rescatarme.

—Eso es, Sam —me digo a mí mismo, disponiéndome a moverme.

Me levanto y me dirijo con el cuerpo tembloroso hacia la puerta de la celda. Las piernas apenas me sostienen. No he tenido motivos para usarlas desde que me trajeron aquí. Con solo cruzar la corta distancia que me separa de la reja, ya empieza a rodarme la cabeza. Presiono la frente contra el metal frío de los barrotes con la esperanza de que se me pase el mareo. Siento las reverberaciones de los disparos a través del metal; son cada vez más fuertes y más intensas.

—¡John! —grito con voz ronca—. ¡Seis! ¿Hay alguien? ¡Estoy aquí! ¡Estoy aquí!

Una parte de mí piensa que es una tontería gritar: ¿cómo van a oír los miembros de la Guardia mis gritos en medio de la lucha encarnizada que están librando? Es la misma parte que me empujaba a tirar la toalla, a quedarme en esa celda hecho un ovillo y esperar a que llegara el destino final. Es esa parte que piensa que los guardianes serían estúpidos si trataran de venir a rescatarme.

Es la parte de mí que creyó a Setrákus Ra. No puedo rendirme a ese sentimiento de desesperación. Debo demostrar que ese desgraciado estaba equivocado.

Tengo que hacer algo de ruido.

—¡John! —grito de nuevo—. ¡Estoy aquí, John!

A pesar de lo débil que me siento, descargo los puños sobre los barrotes de hierro tan fuerte como puedo. El sonido resuena por todo el edificio, pero seguro que los disparos que retumban en las paredes impedirán que los miembros de la Guardia lo oigan. Es difícil saberlo con certeza, con el estruendo creciente de la lucha, pero me parece que oigo pasos avanzando sobre la pasarela de metal que comunica una celda con otra. Es una lástima que solo pueda ver lo que ocurre delante de los barrotes. Si hay alguien, tendré que captar su atención: solo espero que no sea un guardia mogadoriano.

Cojo el cubo de agua y vacío lo que me quedaba para el resto del día. Mi plan (el mejor que tengo) consiste en golpear con él los barrotes de mi celda.

Pero, cuando me vuelvo, veo a un tipo de pie delante de mi reja.

CAPÍTULO DOS

CAPÍTULO

DOS

ES ALTO Y FLACO, TAL VEZ UNOS POCOS AÑOS MAYOR que yo, y un mechón de pelo negro le cae encima de la cara. Parece como si acabara de pelearse: tiene la piel del rostro cubierta de sudor y de mugre. Me lo quedo mirando con los ojos muy abiertos: hace una eternidad que no veo a nadie. Parece casi tan sorprendido de verme como yo a él.

Hay algo extraño en ese chico. Algo que no me cuadra.

Su piel es demasiado pálida. Y luego está esa sombra que le rodea los ojos. Es uno de ellos.

Me retiro al fondo de la celda, ocultando el cubo detrás de la espalda. Si entra, le voy a golpear con él con todas las fuerzas que me queden.

—¿Quién eres? —le pregunto, tratando de hablar con aplomo.

—Estamos aquí para ayudar —responde el tipo.

Parece algo incómodo, como si no supiera muy bien qué decir.

Antes de que me dé tiempo a preguntarle qué significa ese «estamos», un hombre lo empuja hacia un lado. Tiene las arrugas de la cara muy marcadas, y lleva una barba larga y desaliñada. Me quedo con la boca abierta, sin dar crédito, y retrocedo otro paso más, de nuevo sorprendido, pero esta vez por una razón muy distinta. No sé por qué esperaba que tuviera el mismo aspecto que en las fotos que colgaban de las paredes del salón de casa, pero el momento es exactamente tal como me lo había imaginado siempre. Han pasado muchos años; sin embargo, bajo esas arrugas profundas aún reconozco a ese hombre, especialmente cuando me sonríe.

—¿Papá?

—Estoy aquí, Sam. He vuelto.

Me duele el rostro y tardo unos instantes en darme cuenta del porqué. Estoy sonriendo. De oreja a oreja. Es la primera vez que uso estos músculos desde hace semanas.

Nos abrazamos a través de los barrotes de hierro, que se nos clavan dolorosamente en las costillas. Pero no me importa. Está aquí. Está aquí de verdad. Había fantaseado un montón de veces con que los miembros de la Guardia venían a rescatarme, pero nunca, ni en el más descabellado de mis sueños, se me había ocurrido que fuera mi padre quien acudiera a sacarme de este lugar. Creo que siempre había pensado que iba a ser yo quien lo rescataría a él.

—Te... te he estado buscando —le digo.

Me paso el antebrazo por los ojos; ese extraño mogadoriano sigue merodeando por allí y no quiero que me vea llorar.

Mi padre me estrecha contra los barrotes.

—Cuánto has crecido —murmura con una nota de tristeza en la voz.

—Chicos —lo interrumpe el mogo—, tenemos compañía.

Los oigo acercarse. Varios soldados penetran en el edificio carcelario desde la parte de abajo, y la pasarela metálica resuena bajo el peso de sus botas a medida que van subiendo las escaleras hacia nosotros. Al final he encontrado a mi padre; está justo delante de mí: ¡todavía no me lo creo!

El mogadoriano lo aleja de delante de la reja, se vuelve hacia mí y me dice con voz autoritaria:

—Quédate de pie en el centro de la celda y cúbrete la cabeza.

Mi instinto me dice que no es de fiar. Es uno de ellos. Claro que ¿para qué uno de los mogadorianos habría traído a mi padre hasta aquí? ¿Por qué querría tratar de ayudarnos? Ahora no hay tiempo de pensar en eso: otros mogadorianos (unos que sin duda no están aquí para ayudar) nos están rodeando.

Hago lo que me ha ordenado.

El mogadoriano mete las manos entre los barrotes de mi celda y se concentra en la pared que tengo detrás. Tal vez sea porque he estado pensando en ello, pero, por alguna razón, me vienen a la cabeza esos primeros días en los que probábamos los legados de John en el patio trasero. Algo me resulta familiar en la actitud que adopta este mogadoriano a la hora de concentrarse: la determinación de sus ojos diezmada por el temblor de sus manos, como si no supiera muy bien lo que hace.

Un temblor recorre rápidamente el suelo en el que estoy plantado, como una ola de energía. Y entonces, con un chasquido ensordecedor, la pared del fondo de la celda se viene abajo. También cede una parte del techo, que va a estrellarse encima del inodoro. El suelo tiembla, se agita bajo mis pies, y yo acabo cayendo al suelo. Es como si un pequeño terremoto hubiera sacudido el edificio entero. Todo está torcido. Tengo el estómago revuelto, y no es únicamente por el temblor del suelo. Es el miedo. Ese mogadoriano acaba de derribar una pared solo con la fuerza de su mente. Es como si hubiera empleado un legado.

Pero eso es imposible, ¿no?

Mi padre y el mogadoriano se han golpeado la espalda contra la barandilla de la pasarela que discurre delante de la celda. La puerta de la reja es ahora algo absurdo: el metal está retorcido y hay espacio suficiente para que cualquiera se cuele entre los barrotes.

Mientras empuja a mi padre hacia el interior de la celda, el mogadoriano me señala la abertura que ha hecho en la pared que tengo a mis espaldas.

—¡Vamos! —me grita—. ¡Corre!

Vacilo unos instantes, y le lanzo una mirada a mi padre, que ya está pasando entre los barrotes. Me tranquiliza pensar que viene detrás de mí.

Toso. Supongo que el polvo que ha levantado la pared al derrumbarse se me ha metido en los pulmones. A través del boquete de la pared, veo las entrañas de la base: tuberías, conductos de ventilación, puñados de cables y material de aislamiento.

Rodeo una de las tuberías más largas con las piernas y, poco a poco, voy dejándome caer. Siento como si alguien me clavara alfileres en mis piernas debilitadas y, por un momento, temo acabar soltándome y precipitándome en el vacío. Pero entonces la adrenalina me espolea y me agarro más fuerte. La salida está tan cerca que hago de tripas corazón.

Veo la sombra de mi padre en el boquete que tengo por encima. Está dudando.

—¿Qué haces? —le grita mi padre al mogo—. ¿Adam?

—Vete con tu hijo, ¡vamos! —oigo que le responde el mogadoriano, ese tal Adam, con voz decidida.

Mi padre empieza a bajar por la tubería, detrás de mí. Yo, sin embargo, me he detenido. Pienso en lo que supondría que te abandonaran en un lugar como este. Mogadoriano o no, Adam me ha sacado de la celda y ha vuelto a reunirme con mi padre. No debería enfrentarse solo a esos soldados.

Levanto la cabeza y le grito a mi padre:

—¿Vamos a dejarlo ahí, sin más?

—Adam sabe muy bien lo que se hace —responde papá, pero detecto cierta inseguridad en su voz—. ¡Vamos, sigue bajando, Sam!

Otra vibración: he estado a punto de caer. Justo cuando levanto la mirada para comprobar que mi padre está bien, otra sacudida le hace perder el arma que llevaba metida en la parte de atrás de los pantalones. Estoy tan bien agarrado a la tubería que no soy capaz de cogerla, y la pistola acaba cayendo en picado hasta perderse en la oscuridad.

—¡Mierda! —lo oigo gruñir.

Los mogos deben de haber rodeado a Adam y se está defendiendo. Poco después de la sacudida, se oye un sonido metálico estremecedor, un estruendo que solo puede ser una cosa: el derrumbe de la pasarela metálica. Me la imagino desprendiéndose de la parte exterior de las celdas y arrastrando con ella toda la estructura. Un par de ladrillos sueltos caen desde arriba, y papá y yo escondemos la cabeza hasta que volvemos a estar a salvo.

Al menos, Adam les está poniendo las cosas difíciles a los guardias mogadorianos. Pero tenemos que movernos deprisa si no queremos que, cuando acabe derrumbándose la planta, nos caigan todos los escombros encima.

Sigo deslizándome hacia abajo. El espacio que queda entre las paredes es escaso: es una pesadilla claustrofóbica, con tornillos y cables sueltos que me rasgan la ropa.

—Sam, sube aquí. Ayúdame con esto.

Mi padre se ha detenido delante de una salida de ventilación que se me había pasado por alto. Resbalo un poco cuando trato de escalar tubería arriba, pero papá alarga el brazo para sujetarme. Juntos, introducimos los dedos en la rejilla de metal y tiramos de ella hasta que se suelta.

—Por aquí deberíamos llegar al exterior.

En cuanto empezamos a arrastrarnos por el conducto de respiración, una violenta explosión nos sacude. Nos detenemos en seco mientras el tubo de metal rechina y chirría; ambos estamos convencidos de que cederá, pero finalmente aguanta.

Oímos gritos y sirenas a través de las paredes de la base. El combate que habíamos oído antes no ha hecho más que intensificarse.

—Parece que se está librando una guerra ahí fuera —observa mi padre, arrastrándose de nuevo por el conducto.

—¿Has traído a los miembros de la Guardia? —le pregunto, esperanzado.

—No, Sam. Estamos solo Adam y yo.

—Qué oportuno, papá. ¿Tú y la Guardia siempre os las arregláis para aparecer al mismo tiempo?

—Creo que esta familia necesitaba un poco de buena suerte —repone mi padre—. ¡La verdad es que nos han servido de maniobra de distracción! Limitémonos a estar agradecidos y salgamos de aquí de una vez.

—Estoy seguro de que son ellos los que están luchando. Lo sé. Son los únicos lo bastante valientes como para atreverse a atacar una base mogadoriana. —Hago una pausa y, olvidándome por un momento del peligro que corremos, caigo en la cuenta de que mi padre acaba de asaltar una base mogo y no puedo evitar sonreír—. Papá, estoy muy contento de verte y todo eso, pero tienes que explicarme muchas cosas.

CAPÍTULO TRES

CAPÍTULO

TRES

UNA DESAGRADABLE NUBE DE HUMO NEGRO SE ELEVA hacia el cielo desde la base militar. El sonido agudo de las sirenas prácticamente ahoga el crepitar del fuego. Pasos contundentes avanzan con premura por el pavimento cercano, y voces humanas y mogadorianas gritan órdenes a diestro y siniestro. Es un auténtico caos. Y, a juzgar por las explosiones que se oyen a lo lejos, me atrevería a asegurar que la batalla no se limita únicamente a nuestra sección de la base. Algo muy gordo está sucediendo... y eso solo puede querer decir una cosa.

Es perfecto. Ahora mismo están demasiado distraídos para perseguirnos.

—¿Dónde demonios estamos? —pregunto soltando un suspiro.

—En Dulce —responde mi padre—. Una base secreta que el Gobierno tiene en Nuevo México y que comparte con los mogadorianos.

—¿Cómo me has encontrado?

—Es una historia muy larga, Sam. Te la contaré cuando hayamos salido de aquí.

Poco a poco, avanzamos bordeando un muro por detrás, tratando de mantenernos apartados del tumulto. Caminamos por la sombra, por si a alguno de los guardias se le ocurre alejarse de la locura que se está desatando en el interior de la base. Mi padre va delante, agarrando con la mano el acero retorcido de la rejilla del conducto de ventilación del que hemos salido. No es gran cosa como arma, pero algo es algo. De todos modos, lo mejor será evitar las peleas. No sé cuánta energía me queda después de lo que acabamos de pasar.

Mi padre señala un punto en la oscuridad, hacia el desierto, más allá del montón de ruinas de lo que antes era la torre de vigilancia.

—Nuestro vehículo está aparcado ahí —me dice.

—¿Quién ha echado abajo la torre de vigilancia?

—Nosotros —responde mi padre—. Bueno, Adam.

—¿Cómo...? ¿Cómo es posible? Se supone que no tienen poderes como este...

—No sé cómo es posible, Sam, pero puedo asegurarte que él es distinto de los demás. —Mi padre alarga la mano y, estrechándome cariñosamente el brazo, añade—: Me ha ayudado a encontrarte. Y bueno... Ya te contaré el resto cuando hayamos salido de aquí.

Me froto la cara: los ojos me escuecen por culpa del humo, y, además, me cuesta creer lo que está sucediendo. Mi padre y yo merodeando alrededor de una base del Gobierno, escapando de alienígenas hostiles. Es como un sueño hecho realidad. Seguimos avanzando con cautela, dirigiendo nuestros pasos hacia una zona de sombras desde la que solo tendremos que correr un último tramo para alcanzar la cerca y, finalmente, el desierto.

—No sé cómo os las habéis arreglado para llegar al mismo tiempo que los miembros de la Guardia.

—Nada nos asegura que se trate de la Guardia.

—Vamos, papá —digo levantando el pulgar hacia las llamas que se elevan al cielo—. Has dicho que esto es una base mogo y que el Gobierno está conchabado con los mogadorianos, así que sabemos que no se trata del ejército. ¿Quién sino la Guardia podría haber provocado todo esto?

Mi padre se me queda mirando fijamente, al parecer algo asombrado.

—Los conoces. No puedo creer que los conozcas —susurra sacudiendo la cabeza con una expresión de culpabilidad en el rostro—. Nunca quise meterte en todo esto.

—Y no lo has hecho, papá. No es culpa tuya que mi mejor amigo resultara ser un alienígena. En cualquier caso, ahora ya estoy metido y tenemos que ayudarlos.

A pesar de la oscuridad y el humo que nos envuelve, estoy casi seguro de que mi padre me está viendo tal como soy por primera vez. Diría que en nuestro encuentro apresurado en el interior de la base aún ha visto en mí al niño que era cuando él desapareció. Pero ya no soy ese niño. Y, a juzgar por su mirada (en la que adivino una mezcla de tristeza y orgullo), se acaba de dar cuenta de ello.

—Te has convertido en un muchacho muy valiente —me dice—, pero supongo que te das cuenta de que no podemos volver ahí dentro, ¿verdad? Aunque los miembros de la Guardia estén aquí, no pienso arriesgarme: no voy a ponerte en peligro.

Y entonces emprende el camino de nuevo. Yo le sigo. Ambos avanzamos con la espalda bien pegada al muro, esperando alcanzar una esquina de la muralla exterior de la base. Mis pies se mueven perezosamente, pero no es por cansancio: el corazón me dice que no deberíamos huir, y mi cuerpo reacciona como protesta. El caos que reina en la base me recuerda a la cueva de Virginia Occidental y también a lo que ocurrió después (las cadenas, la tortura); y pienso que eso mismo podría sucederle a Adam si lo dejamos ahí, o a los miembros de la Guardia, si es que realmente están metidos en la pelea. Quiero hacer algo, algo que no sea huir.

—¡Podemos ayudarlos! —le suelto a mi padre de pronto—. ¡Tenemos que hacerlo!

Él asiente con la cabeza.

—Y lo haremos. Pero no ayudaremos a nadie dejando que nos maten mientras regresamos a ciegas a una base militar fuertemente fortificada que, además, resulta que está en llamas.

El discurso me resulta familiar. Tardo solo un segundo en darme cuenta de que es exactamente el tipo de consejo que yo solía darle a John cada vez que pretendía hacer algo valiente y estúpido.

Mientras me esfuerzo para contraatacar con algún argumento sensato que lo convenza a volver a la base, mi padre asoma la cabeza por la esquina del muro con prudencia y la retira de inmediato. Al cabo de un segundo, oigo los pasos de dos personas que se acercan a la carrera.

—Mogos —susurra mientras se agacha—. Son dos. Probablemente están vigilando el perímetro.

Cuando el primer guardia mogadoriano aparece corriendo por la esquina, mi padre balancea la rejilla de metal cerca del suelo y la descarga directamente contra la espinilla de su víctima. El mogo se tambalea y acaba cayendo de bruces contra el suelo.

El segundo guardia trata de levantar el cañón, pero mi padre se abalanza sobre él y los dos empiezan a luchar por el arma; mi padre tiene la ventaja de la sorpresa y la adrenalina, pero el mogadoriano es más fuerte y lo arroja contra el muro de un empujón, sin soltar el arma. Con el impacto, papá deja escapar el aire de golpe.

Me apresuro a alcanzar el primer guardia antes de que tenga tiempo de recomponerse y le asesto una patada en la sien con tanta fuerza que enseguida siento que los dedos de los pies se me hinchan en el interior de las deportivas gastadas. Le arrebato el cañón mogadoriano, doy media vuelta y disparo.

El rayo perfora el muro con un ruido crepitante, muy cerca de la cabeza de mi padre. Apunto de nuevo y vuelvo a disparar.

Mi padre escupe cenizas negras cuando el mogadoriano se desintegra delante de él. Para no correr ningún riesgo, disparo también al mogadoriano que yace a mis pies. Su cuerpo explota formando una nube de hollín que se esparce por el suelo. Es una visión bastante agradable.

Cuando levanto la mirada, descubro a mi padre contemplándome con una mezcla de orgullo y asombro en los ojos.

—Buen disparo —dice. Recoge el cañón del segundo mogadoriano y de nuevo asoma la cabeza por la esquina—. No hay moros en la costa, pero seguro que vendrán más mogos. Será mejor que nos movamos.

Le echo un vistazo a la base y me pregunto si mis amigos aún seguirán allí, luchando por sus vidas. Mi padre se da cuenta de que vacilo y me coge suavemente del hombro.

—Sam, ya sé que lo que voy a decirte no te servirá de mucho ahora, pero tienes mi palabra de que haremos todo lo que esté en nuestra mano por la Guardia. Salvarlos, proteger la Tierra... es el motivo por el que vivo.

—También el mío —respondo, y al hacerlo me doy cuenta de que esas palabras son ciertas.

Vuelve a asomar la cabeza y enseguida me hace señales para que me mueva. Corremos a toda prisa por el espacio abierto hacia lo que queda de la torre de vigilancia, donde, según dice mi padre, encontraremos un paso en la valla de la base. Tengo la sensación de que, de un momento a otro, algún arma abrirá fuego a nuestras espaldas, pero no es así. Contemplo por encima del hombro el humo que se arremolina hacia el cielo. Espero que los miembros de la Guardia y Adam salgan de esta con vida.

El viejo Chevy Rambler de mi padre está aparcado justo donde había dicho. Conducimos a través del desierto, hacia el este, hasta que entramos en Texas. No nos encontramos con ninguna barricada y tampoco nos persigue ninguno de esos lóbregos coches patrulla del Gobierno; las carreteras están oscuras y vacías hasta que nos acercamos a Odessa.

—Bueno —empieza a decir papá con aire relajado, como si fuera a preguntarme cómo me ha ido el día en la escuela—, ¿cómo acabaste haciéndote tan amigo de uno de los miembros de la Guardia?

—Se llama John —respondo—. En realidad, su cêpan fue a Paradise a buscarte a ti. Nos conocimos en la escuela y, bueno, teníamos amigos en común.

Miro por la ventana y veo pasar Texas. Hacía mucho tiempo que no pensaba en el instituto, en Mark James, en el estiércol que metieron en mi taquilla y en ese paseo psicótico en el vagón de heno. Ahora me cuesta creer que considerara que Mark y su pandilla eran la gente más peligrosa del mundo. Se me escapa una sonrisa y papá me mira.

—Cuéntamelo todo, Sam. Tengo la sensación de que me he perdido tantas cosas...

Y así lo hago. Empiezo con mi primer encuentro con John en la escuela, luego le cuento lo de la pelea en el campo de fútbol, y acabo con la huida y mi captura. Tengo montones de cosas que preguntarle, pero la verdad es que me hace sentir muy bien conversar con él. No es solo que haya pasado semanas sin compañía alguna en esa celda; echaba de menos hablar de tú a tú con mis padres.

Es tarde cuando nos detenemos en un motel en las afueras de la ciudad. A pesar de que tanto papá como yo vamos hechos unos zorros (tenemos pinta de haber escapado de alguna cárcel arrastrándonos por un túnel, cosa que en realidad hemos hecho), el viejo de aspecto fatigado que alquila las habitaciones no nos hace preguntas.

Nuestra habitación está en el segundo piso y tiene vistas a la olvidada piscina del motel, llena a partes iguales de agua turbia y oscura, hojas secas y envoltorios de patatas fritas. Antes de subir las escaleras, volvemos un momento al coche para recoger algunas cosas. Mi padre saca una mochila del maletero y me la entrega.

—Esto era de Adam —me dice, algo incómodo—. Dentro debe de haber algo de ropa limpia.

—Gracias —respondo escrutándolo con la mirada. Descubro cierta preocupación en su rostro—. Se lo guardaré para cuando vuelva.

Papá asiente con la cabeza, pero me doy cuenta de que piensa lo peor. Está preocupado por ese muchacho mogadoriano y, de pronto, me pregunto si se habrá preocupado tanto por mí todos estos años que hemos estado separados.

Con un gruñido, me cuelgo la mochila de Adam a la espalda y me dirijo a la habitación del motel. Me doy cuenta de que entre mi padre y Adam había un vínculo que no acabo de entender, y una parte de mí empieza a sentirse algo celosa. Pero entonces, mientras caminamos juntos, me pone la mano en el hombro y recuerdo todo el tiempo que he estado buscándolo, así como el pequeño detalle de que ha venido a salvarme y ha dejado allí a Adam para conseguirlo. Ha abandonado al mogadoriano que ha desarrollado un legado para liberarme. Aparto de mi mente esos pensamientos sin importancia y trato de pensar racionalmente en lo que todo eso significa.

—¿Cómo conociste a Adam? —le pregunto mientras abre la puerta de la habitación.

—Me rescató. Los mogadorianos me tenían prisionero. Experimentaban conmigo.

La habitación del motel es pequeña y tan cutre como me esperaba. Al encender la luz, una cucaracha desaparece a toda prisa de nuestra vista. La estancia huele a moho. Hay un pequeño cuarto de baño y, a pesar de que la bañera está salpicada de islas de moho, me muero de ganas de pegarme una ducha. Comparado con tener que lavarme con el agua helada de ese cubo de metal, este lugar es el paraíso.

—¿Qué tipo de experimentos?

Mi padre se sienta a los pies de la cama. Yo me acomodo junto a él y ambos contemplamos nuestro reflejo en el espejo malogrado del motel. Formamos una pareja curiosa: ambos sucios y demacrados por nuestro reciente encarcelamiento. Padre e hijo.

—Trataban de penetrar en mi mente para conseguir cualquier información útil que pudiera tener acerca de la Guardia.

—Porque eras uno de los que entraron en contacto con los guardianes cuando llegaron a la Tierra, ¿verdad? Encontramos el búnker en el patio trasero. Encajé algunas piezas.

—Los anfitriones —dijo mi padre con voz triste—. Conocimos a los lóricos cuando aterrizaron, y los ayudamos a recuperarse del viaje y también a huir. Esos nueve niños estaban todos muy asustados. Y, sin embargo, debo reconocer que el aterrizaje de esa nave es una de las cosas más asombrosas que he visto nunca.

Sonrío al pensar en la primera vez que descubrí a John usando sus legados. Fue como correr una cortina detrás de la que se escondía un universo de posibilidades. Todos esos curiosos libros sobre extraterrestres que había leído durante años y que tanto había deseado que fuesen verdad... de pronto lo eran.

—Supongo que nosotros éramos más fáciles de atrapar que los miembros de la Guardia. Teníamos familias. Vidas que no podían desarraigarse así, sin más. Los mogadorianos nos encontraron.

—¿Qué les ocurrió a los demás?

Vi que a mi padre le temblaban un poco las manos.

—Los mataron a todos, Sam. Yo soy el último que queda —dijo con un suspiro.

Contemplo en el espejo la mirada asustada que tiene en el rostro. Encarcelado por los mogadorianos durante todos esos años... Me siento mal por hacerle revivir todos esos recuerdos horribles.

—Lo siento —digo—. No tenemos por qué hablar de ello.

—No —responde, resuelto—, te mereces saber por qué no... por qué no he estado en tu vida todo lo que debería.

Mi padre frunce el rostro, como si tratara de recordar algo. Le dejo que se tome su tiempo y me agacho para desabrocharme los zapatos. Después de darle a ese mogo esa patada en la cara, se me han puesto los dedos como chorizos. Me los froto con suavidad, para asegurarme de que no me he roto ningún hueso.

—Trataban de conseguir información de nuestros recuerdos. Cualquier cosa que pudiera servirles de ayuda para atrapar a la Guardia. —Se pasa la mano por el cabello y luego se rasca la cabeza—. Lo que me hicieron... me dejó lagunas. Hay cosas que no consigo recuperar. Son cosas importantes..., cosas que sé que debería recordar, pero que no puedo.

Le doy una palmadita en la espalda.

—Encontraremos a los guardianes y tal vez ellos tengan, no sé, algún modo de reparar lo que te hicieron los mogos.

—Optimismo —dice mi padre, sonriéndome—. Hacía tanto tiempo que no lo sentía.

Se pone en pie y coge su mochila. Saca uno de esos teléfonos móviles de plástico de pinta barata que se venden en las estaciones de servicio y se queda mirando la pantalla tristemente.

—Adam tiene este número —me explica—. A estas alturas ya debería haber hecho la llamada de control.

—La base era un caos. Puede que haya perdido el teléfono.

Mi padre empieza a teclear un número. Sostiene el aparato junto al oído y escucha. Al cabo de unos segundos de silencio, cuelga.

—Nada —dice, sentándose de nuevo—. Creo que esta noche me han matado a ese chico, Sam.

CAPÍTULO CUATRO

CAPÍTULO

CUATRO

EN ESE CUARTO DE BAÑO INMUNDO ME DOY LO QUE creo que será la mejor ducha de toda mi vida. Ni siquiera el moho oscuro que se extiende desde el desagüe hasta los extremos levantados de la moqueta de goma puede empañar esta experiencia. Es una sensación increíble la del agua caliente llevándose a su paso semanas de cautividad mogadoriana.

Después de desempañar el espejo agrietado del baño, me quedo contemplando mi propio reflejo durante un buen rato. Se me marcan las costillas, y el aspecto lamentable de mi estómago deja muy claro que he pasado hambre. Tengo ojeras oscuras y llevo el cabello más largo que nunca. Bueno, esta es la pinta de los que luchan por la libertad de la humanidad.

Me pongo una camiseta y unos tejanos que he encontrado en la mochila de Adam y, a pesar de que uso el último agujero del cinturón, los pantalones me quedan a la altura de las caderas. Mi estómago no para de quejarse, así que hago una pausa para preguntarme qué tipo de servicio de habitaciones tendrá un motel sórdido como este. Estoy convencido de que el viejo que se ocupa de la recepción estaría encantado de mandarnos un bocadillo de colillas y queso fundido.

Al salir del baño, veo que mi padre ha montado parte de su equipo. Hay un ordenador portátil abierto encima de la cama y un programa está repasando los titulares de las noticias: mi padre ya trata de decidir cuál será nuestro próximo movimiento. Yo, sin embargo, a pesar de lo mucho que deseo trabajar con la Guardia, querría que nuestro siguiente movimiento no fuera más que un montón de tortitas para cenar.

—¿Has encontrado algo? —pregunto, entornando los ojos ante la pantalla del ordenador.

Papá no presta atención al programa. Está sentado junto a la pared, con esa baratija de móvil en la mano y una expresión indecisa en el rostro.

—Aún no —responde tras dedicarle al ordenador una mirada lánguida—. Todavía tengo que hacer otra llamada. Llevo pensando qué decir desde que te has metido en la ducha, y aún no lo sé.

Su pulgar describe un recorrido familiar por encima del teclado del móvil, como si estuviera preparándose para marcar de verdad. Estoy tan obsesionado con la idea de encontrar a los miembros de la Guardia y luchar contra los mogadorianos que al principio no se me ocurre de quién está hablando. Cuando por fin me viene a la cabeza, me dejo caer en la cama y me quedo tan paralizado como él.

—Tenemos que llamar a tu madre, Sam.

Asiento con la cabeza. Estoy de acuerdo, pero la verdad es que no sé qué puedo decirle a mi madre a estas alturas. La última vez que me vio, yo acababa de tener un enfrentamiento con los mogadorianos, en Paradise, y huí a la carrera en plena noche con John y Seis. Creo que mientras me alejaba le grité por encima del hombro que la quería. Ya sé que no fue mi despedida más emotiva, pero lo cierto es que creía que estaría de vuelta muy pronto. Nunca me imaginé que una horda de extraterrestres hostiles pudiera hacerme prisionero.

—Estará muy enfadada, ¿verdad?

—Está enfadada conmigo —puntualiza mi padre—. No contigo. Se alegrará mucho de oír tu voz y saber que estás bien.

—Un momento... ¿La has visto?

—Nos detuvimos en Paradise antes de dirigirnos a Nuevo México. Así me enteré de que habías desaparecido.

—Y ¿está bien? ¿Los mogadorianos no fueron tras ella?

—Al parecer, no, pero eso no significa que esté bien. Fue muy duro para ella asumir que te habías ido. Me culpó a mí, y no estaba del todo equivocada. No me dejó entrar en la casa, cosa que entiendo, así que tuvimos que dormir en el búnker.

—¿Con el esqueleto?

—Sí. Es otra de las lagunas de mi memoria: no tengo ni idea de a quién pertenecen esos huesos. —Mi padre me mira entornando los ojos y añade—: No me cambies de tema.

Una parte de mí teme que mi madre me eche la bronca y a la otra le preocupa que, al oír el sonido de su voz, me entren ganas de olvidarme de toda esta guerra y volver a casa inmediatamente. Trago saliva y le digo a mi padre:

—Ya es muy tarde. Tal vez deberíamos esperar a mañana...

Él niega con la cabeza.

—No. No podemos postergarlo más, Sam. ¡Quién sabe lo que va a sucedernos mañana!

Y entonces hace de tripas corazón y marca el número de casa. Sostiene el teléfono junto al oído, visiblemente nervioso, y espera. Tengo recuerdos de mis padres juntos, viejos recuerdos anteriores a la desaparición de papá. Eran felices. Me pregunto qué le estará pasando por la cabeza ahora que tiene que decirle a mi madre que aún no volvemos a casa. Probablemente se sentirá tan culpable como yo.

—Sale el contestador —me dice al cabo de un instante. Casi parece aliviado. Luego tapa el teléfono con la mano y me pregunta—: ¿Crees que debería...?

Se calla cuando oye el pitido. Mueve la boca en silencio mientras trata de encontrar las palabras.

—Beth, soy... —tartamudea pasándose la mano libre por el pelo—. Soy Malcolm. No sé por dónde empezar; supongo que dejarte el mensaje en el contestador no es lo mejor, pero estoy vivo. Estoy vivo, y te pido perdón, y te echo muchísimo de menos.

Mi padre levanta la mirada hacia mí, con los ojos empañados en lágrimas.

—Nuestro hijo está conmigo. Está... Te prometo que lo mantendré a salvo. Un día, si tú me lo permites, te lo explicaré todo. Te quiero.

Me tiende el teléfono con la mano temblorosa. Lo cojo.

—¿Mamá? —empiezo a decir, tratando de no pensar demasiado lo que le voy a explicar, dejando simplemente que las palabras fluyan—. Al... al final he encontrado a papá. O más bien él me ha encontrado a mí. Estamos haciendo algo asombroso, mamá. Algo para mantener el planeta a salvo, y, bueno, no es nada peligroso, te lo prometo. Te quiero. Pronto estaremos en casa.

Cuelgo el teléfono y me quedo contemplándolo durante unos instantes antes de levantar la mirada hacia mi padre. Aún le brillan los ojos. Entonces alarga el brazo para tocarme la rodilla con la mano y me dice:

—Eso ha estado muy bien.

—Me gustaría que fuera cierto —le respondo.

—Y a mí también.