Netly Cottage, Biddington, Dorsetshire, 1818

No vas a casarte conmigo? —repitió la señorita Talbot, incrédula.

—Me temo que no —respondió el señor Charles Linfield, con la expresión congelada en una especie de mueca de disculpa animada, del tipo que uno esbozaría al confesar que no podía asistir a la fiesta de cumpleaños de un amigo en lugar de al poner fin a un compromiso de dos años.

Kitty se quedó mirándolo confusa. Katherine Talbot —Kitty para la familia y los más allegados— no estaba acostumbrada al desconcierto. De hecho, era bien conocida entre sus más próximos y en Biddington en general por su agilidad mental y su talento para resolver problemas prácticos. En ese momento, no obstante, se sintió perdida. Charles y ella iban a casarse. Hacía años que lo sabía... ¿y ya no ocurriría? ¿Qué se decía, qué se sentía ante una noticia semejante? Todo había cambiado. Y, aun así, Charles parecía el mismo, vestido como lo había visto mil veces, con ese estilo desaliñado que solo podían permitirse los ricos: con un chaleco de bordado intrincado mal abotonado y una corbata de colores chillones que, más que anudada, llevaba aplastada. Qué menos que haberse vestido para la ocasión, pensó Kitty mientras miraba fijamente aquella horrible corbata con creciente indignación.

Debió de traslucir parte de esa ira, porque Charles cambió de golpe aquel aire condescendiente y arrepentido por el de un colegial enfurruñado.

—Oh, no hace falta que me mires así —le soltó—. Tampoco es que nuestro compromiso haya sido oficial en ningún momento.

—¿Que no ha sido oficial? —Kitty se recompuso de golpe y descubrió que, de hecho, estaba furiosa. Canalla incorregible—. Llevamos dos años hablando de casarnos. ¡Si lo hemos retrasado tanto ha sido por la muerte de mi madre y la enfermedad de mi padre! Me lo prometiste. Me prometiste tantas cosas...

—No eran más que chiquilladas —protestó él, antes de añadir con terquedad—: y, además, tampoco es que pudiera anularlo con tu padre a las puertas de la muerte. No habría resultado nada apropiado.

—Ah, y supongo que ahora que ha muerto, ni un mes lleva bajo tierra, ¿por fin puedes dejarme plantada? —replicó ella con tono iracundo—. ¿Eso resulta mucho más «apropiado»?

Charles se pasó una mano por el pelo y desvió la vista hacia la puerta.

—Escucha, no tiene sentido que lo hablemos si te pones así —respondió, adoptando el tono de un hombre cuya paciencia estaba siendo puesta a prueba—. Quizá sea mejor que me marche.

—¿Que te marches? No puedes soltar una noticia así sin dar explicaciones. Te vi la semana pasada mismo y hablamos de casarnos en mayo, dentro de menos de tres meses.

—Quizá debería haberme limitado a escribir una carta —murmuró Charles para sí, sin dejar de mirar la puerta con aire anhelante—. Mary me dijo que esta era la mejor forma de hacerlo, pero creo que habría sido más sencillo con una carta. No puedo pensar con claridad contigo chillándome.

Kitty apartó sus numerosas irritaciones y, con el instinto de una verdadera cazadora, se concentró tan solo en la información destacada.

—Mary —soltó con aspereza—. ¿Mary Spencer? ¿Qué tiene que ver exactamente la señorita Spencer en esto? No sabía que hubiera vuelto a Biddington.

—Ah, sí, sí, bueno, está aquí, quiero decir —tartamudeó el señor Linfield; unas gotas de sudor aparecieron en su frente—. Mi madre la invitó a quedarse con nosotros una temporada. Es bueno que mis hermanas hagan otras amistades femeninas.

—¿Y has hablado con la señorita Spencer de poner fin a nuestro compromiso?

—Ah, sí, bueno... Se ha mostrado muy comprensiva con la situación, con la de los dos, y he de decir que me ha sentado bien poder... hablar con alguien de ello.

El silencio se prolongó unos instantes.

—Señor Linfield —dijo Kitty a continuación, intentando parecer despreocupada—, ¿tiene intención de pedir en matrimonio a la señorita Spencer?

—¡No! Bueno, es decir, ya hemos... A ver, creí que sería mejor... venir aquí...

—Entiendo —le cortó Kitty, y era cierto—. Bueno, supongo que debo alabarle por su seguridad, señor Linfield. Es toda una proeza pedir en matrimonio a una mujer cuando se está comprometido con otra. Bravo, sin duda.

—¡Esto es justo lo que haces siempre! —se quejó Linfield, armándose de valor por fin—. Lo retuerces todo hasta que uno no sabe ni por dónde tirar. ¿Has pensado que quizá no deseaba herir tus sentimientos? ¿Que no quería tener que contarte la verdad: que si pretendo labrarme una carrera en la política, no puedo hacerlo casado con alguien como tú?

El tono burlón la impresionó.

—¿Y qué se supone que significa exactamente? —preguntó.

Charles abrió los brazos, como si la invitara a echar un vistazo alrededor. Kitty no lo satisfizo. Sabía lo que vería, porque había estado en esa habitación todos los días de su vida: los sillones desgastados apiñados delante de la chimenea en busca de calor; la alfombra, otrora elegante, raída y apolillada; estantes donde tiempo atrás hubo libros, ahora vacíos.

—Puede que vivamos en el mismo pueblo, pero somos de mundos distintos. —Volvió a agitar las manos a su alrededor—. ¡Soy el hijo del señor de las tierras! Y mi madre y la señorita Spencer me han ayudado a ver que no puedo permitirme un matrimonio por debajo de mis posibilidades si quiero llegar a ser alguien.

Kitty nunca había sido tan consciente del sonido de los latidos de su propio corazón, que aporreaba un tambor en sus oídos. ¿Eso era ella, un matrimonio por debajo de sus posibilidades?

—Señor Linfield —dijo, en voz baja pero mordaz—, no nos engañemos. No tuvo usted ningún problema con nuestro compromiso hasta que volvió a encontrarse con la bonita señorita Spencer. ¡El hijo de un señor, dice! Esta no es la conducta poco caballerosa que habría esperado que aprobase su familia. Quizá debería estar contenta de que haya demostrado su absoluta falta de decoro antes de que fuera demasiado tarde.

Asestó cada golpe con la precisión y la fuerza de un boxeador de la talla de Gentleman Jackson, y Charles —desde entonces, y para siempre, el señor Linfield— retrocedió tambaleante.

—¿Cómo puedes decir tal cosa? —preguntó él, pasmado—. No es impropio de un caballero. Te estás poniendo histérica. —El señor Linfield ya había empezado a sudar profusamente y se retorcía incómodo—. Deseo que sigamos siendo buenos amigos, tienes que entender, Kit...

—Señorita Talbot —le corrigió ella con fría cortesía. Un grito de rabia se abría paso con fuerza en su interior, pero lo contuvo; en cambio, hizo un gesto seco con la mano señalando la puerta—. Me perdonará si no le acompaño a la salida, señor Linfield.

Tras una breve inclinación de la cabeza, el señor Linfield huyó ansioso de ella sin mirar atrás.

Kitty se quedó inmóvil unos instantes, conteniendo el aliento como si con ello pudiera evitar que aquel desastre siguiera extendiéndose. A continuación se acercó a la ventana, por la que entraba a raudales el sol de la mañana, apoyó la cabeza en el cristal y exhaló despacio. Desde allí tenía una vista ininterrumpida del jardín: de los narcisos que justo empezaban a florecer, del pequeño huerto, todavía lleno de malas hierbas, y de las gallinas sueltas que lo recorrían en busca de larvas. La vida seguía en el exterior, pero en su lado del cristal, sin embargo, todo se hallaba en ruinas.

Estaban solas. Total y absolutamente solas, sin nadie a quien acudir. Sus padres habían fallecido, y en ese momento de necesidad extrema, cuando más deseaba pedirles consejo, no podía hacerlo. No le quedaba nadie a quien recurrir. El pánico iba creciendo en su interior. ¿Qué iba a hacer?

Podría haber seguido en esa postura durante horas si no la hubiera interrumpido su hermana menor, Jane, de diez años, que irrumpió en la sala apenas unos minutos después con la presunción de un mensajero real.

—Kitty, ¿dónde está el libro de Cecily? —preguntó.

—Ayer estaba en la cocina —contestó ella sin apartar la vista del jardín. Debían desherbar la parcela de la alcachofa esa misma tarde, tendrían que sembrar en breve. Distraída, oyó que Jane llamaba a Cecily para trasladarle sus palabras.

—Ya ha mirado —fue la respuesta.

—Bueno, pues volved a mirar. —Kitty la despachó con impaciencia, agitando la mano.

La puerta se abrió y se cerró de un portazo.

—Dice que no está allí y que si lo has vendido se disgustará mucho, porque fue un regalo del pastor.

—Oh, por el amor de Dios —soltó Kitty—, puedes decirle a Cecily que no estoy de humor para buscar el estúpido libro del pastor porque acaban de plantarme y necesito unos minutos de respiro, ¡si no es mucho pedir!

Jane no había hecho más que entregar ese mensaje inusual a Cecily cuando la familia al completo —las cuatro hermanas de Kitty y Bramble, el perro— entró en tromba en el salón y lo llenó de ruido al instante.

—Kitty, ¿qué es eso de que el señor Linfield te ha plantado? ¿De verdad lo ha hecho?

—A mí nunca me gustó, solía darme palmaditas en la cabeza como si fuera una niña.

—Mi libro no está en la cocina.

Kitty les contó lo ocurrido con la mayor brevedad que pudo, sin despegar la cabeza del cristal. Después, sus hermanas, indecisas, se miraron en silencio. Al cabo de unos instantes, Jane —que ya se había aburrido— se acercó al chirriante pianoforte y rompió la calma con una melodía alegre. Nunca había recibido clases de música, pero compensaba la falta de talento tanto con fervor como con volumen.

—¡Qué horror! —exclamó por fin Beatrice, que, con diecinueve años, era la hermana más cercana a Kitty en edad y en temperamento—. Oh, Kitty, querida, lo siento. Debes de tener el corazón roto.

Kitty volvió la cabeza con brusquedad.

—¿El corazón roto? Beatrice, eso no tiene importancia. Si no me caso con el señor Linfield, estamos todas en la ruina. Puede que papá y mamá nos dejaran la casa, pero también hemos heredado una cantidad pasmosa de deudas. Contaba con la fortuna de Linfield para salvarnos.

—¿Ibas a casarte con el señor Linfield por su dinero? —preguntó Cecily, con un tono crítico en la voz.

—Bueno, sin duda no era por su integridad ni por su honor de caballero —respondió Kitty con amargura—. Solo desearía haber tenido la suficiente cabeza para dejarlo todo cerrado antes. No deberíamos haber pospuesto la boda cuando murió mamá, sabía que un compromiso tan largo podía traer problemas. ¡Y pensar que papá creía que estaría mal visto!

—¿Cómo de malo es? —preguntó Beatrice.

Kitty la miró unos instantes. ¿Cómo iba a contárselo? ¿Cómo iba a explicarles lo que estaba a punto de ocurrir?

—Es... serio —respondió con cuidado—. Papá rehipotecó la casa con una gente de muy mala reputación. Lo que he vendido, los libros, la cubertería de plata y algunas joyas de mamá, ha bastado para mantenerlos a raya un tiempo, pero el 1 de junio volverán. En menos de cuatro meses. Y si no tenemos suficiente dinero, ni pruebas de que podemos empezar a pagarles, entonces...

—... ¿Tendremos que marcharnos? Pero esta es nuestra casa. —A Harriet le tembló el labio. Era la segunda más joven, pero se mostraba más sensible que Jane, quien al menos había dejado de tocar para observar en silencio, sentada en la banqueta.

Kitty no tuvo el valor de decirles que sería peor, que la venta de Netley Cottage apenas cubriría las deudas, con lo que no quedaría nada para su manutención. Sin lugar adonde ir ni fuente de ingresos evidente, el futuro se presentaba aciago. No tendrían más remedio que separarse, por supuesto. Si tenían suerte, Beatrice y ella podrían encontrar algún empleo en Salisbury o en alguna de las ciudades cercanas más grandes, quizá como criadas o doncellas. Cecily... Bueno, no se imaginaba a Cecily dispuesta o capaz de trabajar para nadie, pero con su educación podría probar en una escuela. Harriet —oh, era tan joven— tendría que hacer lo mismo en algún sitio que proporcionase casa y comida. Y Jane... La señora Palmer, que vivía en el pueblo, pese a su mezquino carácter siempre había sentido cierto afecto por Jane. Tal vez pudieran convencerla de que la acogiera hasta que tuviera edad suficiente para buscar trabajo.

Kitty se imaginó a todas sus hermanas separadas y abandonadas a su suerte. ¿Volverían a estar juntas alguna vez, como entonces? ¿Y si era mucho peor que ese escenario ya desolador? Ante sus ojos pasaron imágenes fugaces de cada una de ellas sola, hambrienta y desesperada. Kitty aún no había derramado una sola lágrima por el señor Linfield, no las merecía, pero en ese momento notó un dolor intenso en la garganta. Ya habían perdido tanto... Fue Kitty quien tuvo que explicarles que su madre no iba a ponerse mejor y quien les dio la noticia del fallecimiento de su padre. ¿Cómo iba a contarles ahora que lo peor aún estaba por llegar? No encontraba las palabras. Kitty no era su madre, capaz de tranquilizarlas como por arte de magia; ni su padre, que podía decir que todo iría bien con una seguridad creíble. No, Kitty era la solucionadora de problemas de la familia; sin embargo, ese obstáculo era demasiado importante como para superarlo solo con fuerza de voluntad. Deseó con todo su ser que alguien la ayudase a soportar esa carga, pesada para la tierna edad de veinte años, pero no había nadie. Los rostros de sus hermanas la miraban fijamente, segurísimos incluso entonces de que ella lo arreglaría todo. Como había hecho siempre.

Como siempre haría.

El tiempo para ceder a la desesperación había pasado. No pensaba dejarse vencer con tanta facilidad, no podía permitírselo. Se tragó las lágrimas y enderezó los hombros.

—Tenemos más de cuatro meses antes del 1 de junio —dijo con tono firme, apartándose de la ventana—. Creo que es tiempo suficiente para conseguir algo extraordinario. Fui capaz de atrapar a un prometido rico en un pueblo como Biddington. Aunque ha resultado ser una comadreja, no hay razón para pensar que yo no pueda repetir la maniobra.

—No creo que haya más hombres ricos cerca —señaló Beatrice.

—¡Exacto! —respondió Kitty alegre, con un brillo extraño en los ojos—. De ahí que deba viajar a un terreno más fértil. Beatrice, considérate al mando, porque me voy a Londres.

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No es insólito toparse con gente dada a realizar declaraciones extravagantes. Más extraño es encontrar a quien también tenga por costumbre cumplirlas, y era a este segundo grupo al que pertenecía la señorita Kitty Talbot.

Menos de tres semanas después de aquella triste mañana en el salón de Netley Cottage, Cecily y ella viajaban en una traqueteante diligencia camino a Londres. Era un trayecto incómodo, tres días dando tumbos en los asientos acompañadas de una mezcla de personas y aves de corral, con el campo de Dorsetshire desapareciendo poco a poco de la vista a medida que atravesaban un condado tras otro. Kitty pasó la mayor parte del tiempo mirando por la ventana; hacia el final del primer día, ya se hallaba más lejos de su casa de lo que había estado nunca.

Hacía mucho que sabía que tendría que casarse con un hombre rico, pero había contado con que el matrimonio con Linfield, orquestado y ejecutado en compañía de su madre, le permitiría no alejarse de Biddington y de su familia. En las semanas y meses que siguieron a la muerte de su madre se había sentido muy agradecida de tener tan bien cerrado su futuro con el señor Linfield, que vivía cerca. En los momentos de mayor oscuridad, saber que no necesitaba alejarse de su familia ni un momento era en efecto un regalo y, sin embargo, acababa de dejar a la mayoría de sus hermanas atrás. Con cada kilómetro que la diligencia ponía entre ellas y Biddington, crecía el nudo que sentía en el pecho. Era la decisión correcta, la única que Kitty podía tomar por su familia, pero no tenerlas cerca le producía una sensación terrible.

Menuda tonta había sido al confiar en el honor de Linfield; no obstante, seguía sin comprender cómo se había desenamorado él tan rápido. Además, creía que el resto de los Linfield no tenían a la señorita Spencer en muy alta estima. ¿Qué se le escapaba?

—Menuda tonta —dijo de nuevo, esta vez en voz alta. A su lado, Cecily le lanzó una mirada ofendida, así que añadió—: Tú no, yo. O mejor dicho, menudo tonto el señor Linfield.

Cecily resopló y devolvió su atención al libro. Una vez que hubo encontrado el grueso volumen que le regaló el pastor, insistió en llevarlo consigo, a pesar de que Kitty había señalado que un libro de ese tamaño y ese peso quizá no fuera el mejor compañero en un viaje de ciento sesenta kilómetros.

—¿Pretendes hundirme en todos los sentidos, Kitty? —le había preguntado Cecily con gesto teatral.

La respuesta sincera en ese momento —de pie, con el rostro acalorado, ante la maleta de su hermana— era sí, pero se había rendido y se resignó a arrastrar aquella carga absurda hasta el mismísimo Londres. Volvió a maldecir la cara y ridícula decisión de su padre de enviar a Cecily al Seminario para Jóvenes Damas de Bath durante dos años para que recibiera una educación. La razón oculta era su deseo de mantener el contacto con la clase alta —los Linfield en particular—, pero lo único que parecía haber sacado Cecily de su época allí era una idea exagerada de su propia superioridad intelectual. No obstante, pese a su defensa apasionada del libro, Cecily no le había prestado mucha atención, sino que importunaba a Kitty con las mismas preguntas que la habían obsesionado durante todo el viaje.

—¿Estás completamente segura de que has entendido bien la carta de la tía Dorothy? —le susurró entonces, siguiendo por fin el consejo de Kitty de no compartir sus asuntos privados con el carruaje entero.

—¿Cómo iba a entenderla, si no? —siseó Kitty en respuesta, furiosa. Suspiró, relajó el tono y se lo explicó de nuevo en una imitación pasable de la paciencia—: La tía Dorothy conoció a mamá cuando las dos trabajaban en el Teatro Liceo. Eran muy amigas: mamá solía leernos sus cartas en voz alta, ¿recuerdas? Le escribí para pedirle ayuda, y la tía Dorothy se ha ofrecido a presentarnos en sociedad en Londres.

Cecily carraspeó.

—¿Y cómo puedes estar segura de que la tía Dorothy es una mujer respetable, con buenos valores morales cristianos? ¡Por lo que sabes, podríamos ir directas a un antro de iniquidad!

—Debo decir que creo que el tiempo que has pasado con el pastor no te ha hecho ningún bien —le respondió Kitty con severidad.

Para sus adentros, sin embargo, ella también albergaba ciertos temores acerca de la tía Dorothy, aunque su madre siempre había insistido en que era muy respetable. Pero no serviría de nada contárselo a Cecily, cuando aquella mujer era en verdad su única opción.

—La tía Dorothy es la única persona que conocemos con una residencia en Londres —añadió Kitty—. Toda la familia de papá está ahora en el continente, aunque tampoco creo que nos hubieran ayudado, y ella ha sido lo bastante amable como para pagarnos el viaje también. No podemos rechazar su ayuda.

Cecily no parecía muy convencida, y Kitty se recostó en su asiento con un suspiro. Las dos habrían preferido que fuese Beatrice quien acompañase a Kitty en aquella misión, pero la carta de la tía Dorothy concluía con una instrucción clara: «Tráete a tu hermana más guapa». Y Beatrice era —como ella misma había reconocido— mitad chica, mitad frente, mientras que Cecily estaba en posesión de una belleza dulce muy opuesta a su carácter malhumorado, de modo que era la opción evidente. Kitty esperaba que el hecho de que fuera un absoluto aburrimiento no importara demasiado. Se consoló pensando que era mucho mejor dejar el cuidado de la casa y las más pequeñas a Beatrice, bajo la mirada atenta de la esposa del pastor. Si se hubiese quedado Cecy en su lugar, para cuando regresaran no habría casa que salvar.

—Sigo pensando que haríamos mejor en dedicar nuestros esfuerzos a encontrar un empleo honrado —estaba diciendo Cecily en ese momento—. Con mi educación sería una gran institutriz.

Se produjo una pausa mientras Kitty contemplaba el horror de dejar la responsabilidad de la economía familiar en manos de Cecily.

—De todas maneras —respondió en voz baja y cuidadosa—, el salario actual de una institutriz no supera las cinco libras y media al año. No basta ni de lejos, me temo. Casarme con alguien rico es la forma más rápida de salir de este embrollo.

Cecily abrió la boca —era de suponer que se disponía a pronunciar otro comentario crítico aunque del todo inútil—, pero antes de que pudiera hablar se vieron interrumpidas por un niño que exclamó en el asiento de delante:

—¡Mamá, ya hemos llegado!

Se asomaron por la ventanilla y, como suponían, descubrieron la gran extensión de Londres en el horizonte. Largos penachos de humo ascendían hacia el cielo como faros. Kitty había oído muchas historias de Londres, se las habían contado sus padres con aire melancólico, como si mencionaran a un gran amigo al que habían perdido. Le habían hablado de su magnitud, su belleza y su majestuosidad, de su bullicio y sus oportunidades; la reina de las ciudades, la habían llamado. Hacía mucho que Kitty deseaba ver por sí misma ese país extraño que parecía el primer amor —y hogar verdadero— de sus padres. Sin embargo, cuando empezaron a adentrarse en la ciudad, su primera impresión fue que era... sucia. Había hollín por todas partes, el humo ascendía de las chimeneas, muy arriba, y los excrementos de los caballos se quedaban en medio de la calle. Sucia y caótica, con calles que colisionaban entre sí antes de alejarse zigzagueando en otra dirección. Los edificios se inclinaban en ángulos raros y no siempre eran cuadrados o rectangulares, sino que parecían trazados de cualquier manera, como si los hubiese diseñado un niño. Estaba animado, eso sí, pero de forma ruidosa, ¡muy ruidosa!, con el sonido incesante de las ruedas y los cascos traqueteando por la calzada, los gritos de los vendedores ambulantes y una sensación de prisa por todas partes. La ciudad exigía atención y respeto, y era ruidosa, caótica, sucia y...

—Magnífica —dijo en voz baja—. Cecily, por fin hemos llegado.

En Piccadilly cambiaron la diligencia por un carruaje que las llevó a la residencia de la tía Dorothy, en Wimpole Street. Kitty aún no distinguía entre los barrios de moda y los pasados de moda en Londres, pero le gustó que, pese a que la calle de la tía Dorothy no era ni de lejos tan imponente como algunas de las de altas mansiones por las que habían pasado, parecía lo bastante acomodada como para evitarle cualquier sonrojo. El carruaje se detuvo delante de una casa adosada y estrecha, apretujada entre otras dos. Kitty se despidió de una preciada moneda, subieron los escalones de entrada y llamaron a la puerta. Respondió una doncella pelirroja que las condujo al pequeño salón en el que se encontraba su tía honoraria. Se emocionó al comprobar que la tía Dorothy tenía servicio de verdad.

A pesar de la despreocupación con la que Kitty había despachado las dudas de Cecily durante el viaje, había abrigado el temor secreto de que pudiera recibirlas una mujer muy maquillada, con una peluca cómica, una risa grosera y enaguas humedecidas incluidas, lo cual no serviría en absoluto para lo que Kitty tenía en mente. Se sintió aliviada, pues, al encontrarse con una mujer imponente y a la moda, con su generosa figura enfundada en un vestido de día de un color gris paloma. Llevaba los tirabuzones castaños sin cubrir, pero el estilo informal le quedaba bien: tenía un brillo inteligente en los ojos que no encajaría con un tocado formal o un sombrerillo. La tía Dorothy se levantó de su silla y se quedó allí plantada, estudiándolas un momento desde debajo de aquellas cejas oscuras. Kitty y Cecily contuvieron el aliento, las dos inusitadamente nerviosas. Entonces... esbozó una sonrisa y extendió dos manos enjoyadas.

—Queridas, os parecéis muchísimo a vuestra madre —dijo.

Ellas cayeron en sus brazos.

La tía Dorothy había vivido muchas vidas e interpretado muchos papeles en sus cincuenta y un años. Como actriz había disfrutado de una carrera rutilante y variada en los escenarios, mientras que lejos de los mismos había dedicado su tiempo a recibir a una selección de los hombres más generosos de Londres. Tras acumular una suma de dinero nada desdeñable de ese modo, en cuanto cumplió los cuarenta y uno, se tiñó el pelo, pasando de un rojo encendido al castaño oscuro, y adoptó un nuevo nombre y una nueva conducta. Como la acaudalada viuda señora Kendall, comenzó a disfrutar de un estilo de vida distinto en los márgenes de la buena sociedad, pasando sus días en casas en las que —cuando era joven— solo había pasado noches. Aunque a Kitty le preocupaba que el ilustre pasado de la tía Dorothy pudiera ser más un obstáculo que una ayuda —después de todo, las actrices no se consideraban precisamente respetables—, su porte dejaba claro que su transformación en una dama distinguida era infalible. Al verla, Kitty se sintió más segura de que la tía Dorothy sería capaz de guiar sus siguientes pasos en Londres y aconsejarla en su búsqueda de una fortuna. Pero, aunque tenía mil preguntas que formularle, durante las primeras horas que pasaron juntas lo único de lo que hablaron fue de su madre.

—Me habría gustado ir al funeral —les aseguró la señora Kendall con vehemencia—. Quiero que sepáis que yo habría ido, pero vuestro padre pensó... que no sería prudente.

Kitty comprendió perfectamente aquella vaga explicación. En un mundo mejor habría sido estupendo que la tía Dorothy estuviera allí con ellas, para compartir historias de la vida anterior de su madre y que descubrieran cosas de ella aunque hubiera fallecido. Pero su presencia podría haber suscitado preguntas, y algunas cosas era mejor dejarlas en el pasado.

—Fue un día precioso —le contó Kitty tras carraspear—. Fresco y soleado. Le habría encantado.

—No había forma de retenerla dentro si el cielo estaba despejado —añadió la tía Dorothy con una sonrisa afligida pero sincera—. Daba igual el día.

—Hice una lectura —intervino Cecily—. De El libro de la duquesa, su favorito.

Kitty recordó que nadie había entendido una sola palabra, por supuesto, pero Cecily había leído alto y claro.

Pasaron muchas horas más intercambiando recuerdos, con las sillas cada vez más cerca, juntando las manos en algunos momentos, acercándose de ese modo seguro e inexorable en que lo hace la gente que comparte una pérdida así. Para cuando la conversación viró por fin hacia el compromiso roto de Kitty, fuera había oscurecido.

—Habéis hecho bien en venir —la tranquilizó la tía Dorothy, que sirvió tres vasos generosos de ratafía—. Londres es el lugar perfecto; sería un desastre que te internaras en Bath o Lyme Regis en un momento así. Consideradme vuestra hada madrina, queridas. Estoy casi segura de que podremos arreglar un compromiso excelente para cada una de vosotras en apenas unas semanas.

La atención de Cecily —que se había desviado un poco— regresó de golpe al presente. Miró a Kitty con los ojos muy abiertos y expresión acusadora.

—Tía Dorothy, solo yo voy a buscar marido —la corrigió Kitty con firmeza—. Cecily es demasiado joven.

La tía Dorothy parecía sorprendida.

—¿Estás segura? ¿No sería aconsejable buscaros marido a las dos?

—Segurísima —afirmó Kitty.

Cecily suspiró aliviada.

La tía Dorothy parecía poco convencida, pero se recompuso casi de inmediato.

—¡Bueno, supongo que puede ayudarnos a atrapar a las moscas! —declaró—. Ojo, primero tenemos mucho que hacer. Debemos encargarnos de vuestra ropa, del pelo, de... —Hizo un gesto con la mano con el que parecía abarcarlo todo—. Y no hay un solo día que perder, la temporada está a punto de empezar.

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A la mañana siguiente se despertaron antes que su anfitriona, que Kitty imaginó que seguía un horario de ciudad, pero cualquier sombra de indolencia se vio refutada enseguida por el brío con que la tía Dorothy organizó la jornada.

—No hay tiempo que perder —exclamó, mientras les hacía ponerse las capas para salir y encontrar un carruaje de alquiler.

La primera parada, a petición de Kitty, fue en un edificio discreto en Bond Street, donde vendió las joyas que le quedaban de su madre por un total de diez libras para cubrir sus gastos en Londres. Eran sus últimos fondos y se estremeció al pensar que diez libras —que desaparecerían bastante rápido— era lo único que las separaba de una cárcel para morosos. Hizo un esfuerzo para ahuyentar aquel pensamiento. Podía parecer imprudente gastar sus preciadas monedas en perifollos, pero el día de indulgencia que tenían por delante era tan necesario como las reparaciones de las goteras del tejado de Netley del año anterior.

—Vestido de día, vestido de noche, sombreros, guantes, zapatos, combinaciones... Necesitamos de todo —explicó la tía Dorothy, mientras traqueteaban por los adoquines—. En la alta sociedad tienen a la señora Triaud para los vestidos; Hoby’s para las botas; Lock’s para los sombreros. Pero, en nuestro caso, Cheapside nos irá bien para todo.

A pesar de que aquel nombre aludía a algo barato, Kitty encontró Cheapside resplandeciente: era un mar de pañeros, confiterías, platerías, librerías, calceteros, sombrererías, zapateros; una tienda tras otra en una calle tras otra y un kilómetro tras otro. Encabezadas por la tía Dorothy como su guía imperturbable, arrasaron en todos ellos: les tomaron las medidas para vestidos de día, de paseo, de noche y de baile; se probaron sombreros y acariciaron medias de una suavidad imposible; se despidieron de un chelín tras otro en aras de la inversión. Era bien entrada la tarde cuando regresaron a Wimpole Street, muy cansadas. La tía Dorothy, sin embargo, distaba mucho de haber terminado.

—Los vestidos son la parte fácil —dijo con aire sombrío—. Resulta mucho más difícil actuar como jóvenes distinguidas. ¿Habéis pasado mucho tiempo con la buena sociedad?

—Hemos cenado muchas veces en Linfield Manor —respondió Kitty, aunque no estaba segura de que eso contase.

El señor Talbot y el señor Linfield habían sido grandes amigos incluso antes del compromiso de sus hijos —compartían el interés por el brandy caro y el juego—, de modo que los Talbot habían asistido a menudo a las cenas en la imponente mansión.

—Bien —aprobó la tía Dorothy—. Para empezar quiero que os imaginéis que, cada vez que salís de esta casa, estáis en una cena de los Linfield. Manteneos erguidas y tranquilas, caminad despacio, nada de ir y venir ajetreadas, todos los movimientos deben ser lánguidos y elegantes. Debéis hablar en voz baja y pronunciar con claridad, nunca con jerga o vulgaridades, y si no estáis seguras, no digáis nada.

Durante tres días, la tía Dorothy las instruyó en la forma adecuada de caminar y de arreglarse el pelo a la última, de sujetar un abanico, un tenedor, un bolso. Convertirse en una dama, como pronto empezó a comprender Kitty, consistía en contenerse tanto que no se podía respirar: todo su cuerpo tenía que convertirse en un corsé, en cuyo interior debía encerrarse cualquier muestra de carácter, descortesía y falta de decoro. Kitty escuchaba con atención cada pizca de información y controlaba que Cecily hiciera lo mismo, ya que su hermana tenía por costumbre abstraerse en cuanto una conversación no le interesaba. Para cuando llegaron los primeros vestidos, aún estaban recuperándose de la instrucción.

—Gracias a Dios —declaró la tía Dorothy cuando les entregaron los paquetes—, al menos ahora podéis salir de casa sin sonrojaros.

Kitty y Cecily llevaron las cajas arriba, donde las abrieron maravilladas. Descubrieron que la moda iba mucho más rápido en Londres que en Biddington, de manera que los vestidos que tenían ante sus ojos tan solo guardaban un ligero parecido con aquellos a los que estaban acostumbradas. Había vestidos de día de bonitos tonos azules y amarillos, vestidos largos de muselina, capas gruesas, jubones de satén y, lo más impresionante de todo, dos vestidos de noche más elegantes que nada de lo que Kitty hubiera visto nunca. Tuvieron que ayudarse la una a la otra con sumo cuidado para poder ponérselos. Se arreglaron el pelo como les había enseñado la tía Dorothy, adornándolo con esmero con flores recién cortadas. Cuando acabaron, tenían un aspecto bastante distinto.

De pie frente al espejo de cuerpo entero del dormitorio de la tía Dorothy, Kitty se quedó de piedra ante el reflejo de las dos. Estaba acostumbrada a que Cecily siempre pareciese recién levantada de un sueño profundo, pero en ese momento semejaba un ángel: las faldas ondeantes, de un blanco resplandeciente, daban la impresión de que estaba a punto de desaparecer; el cabello rubio, peinado en tirabuzones a ambos lados de la cabeza, le suavizaba aún más los rasgos. Kitty también iba de blanco, lo habitual para una joven dama en su primera temporada. La palidez del vestido contrastaba con su cabello oscuro, liso natural pero domesticado a juego con el de su hermana, y resaltaba la forma llamativa de sus brillantes ojos. Las chicas del espejo tenían un aspecto imponente, pensó Kitty. Daban la impresión de que Londres era su sitio.

—¡Muy guapas, desde luego! —La tía Dorothy dio una palmada, encantada—. Creo que estáis listas. Empezaremos esta noche.

Llegaron al Teatro Real, en Covent Garden, al anochecer. A la luz de las velas, el teatro tenía un aspecto hermoso, con sus techos altos y abovedados y su interior ricamente decorado. Pese a que aún no estaba tan lleno como lo estaría en temporada alta, reinaba un murmullo de excitación.

—Mirad a toda esta gente —dijo la tía Dorothy con admiración—. ¿Percibís las oportunidades en el ambiente, queridas?

—Señales de debilidad, señales de aflicción —recitó Cecily con aire sombrío, en lo que Kitty reconoció como su tono para las grandes frases.

La tía Dorothy la miró con recelo. Cuando avanzaban por el enorme vestíbulo de entrada susurró al oído de Kitty, para que Cecily no la oyera:

—¿Está loca?

—Es una intelectual —explicó Kitty en voz baja.

La tía Dorothy suspiró.

—Me lo temía.

Se abrieron paso despacio hasta sus asientos. La tía Dorothy iba mirando con atención a su alrededor y saludaba con la mano a los conocidos entre la multitud.

—Hemos tenido mucha suerte —aseguró en voz baja cuando entraban en la galería superior—. No esperaba ver a tantos solteros cotizados tan pronto.

Kitty asintió y se acomodó en su asiento, aunque estaba distraída. Había atisbado a la familia más regia que había contemplado nunca, y su atención se vio cautivada inmediata y totalmente. Sentados muy por encima de ellas, en su palco privado, los tres desconocidos, incluso para el ojo inexperto de Kitty, parecían sobresalir en medio de la multitud. Bellos e impecablemente vestidos, un joven, una joven y una mujer muy atractiva y elegante que debían de ser familia, una familia que, a juzgar por cómo sonreían y se reían juntos, no tenía una sola preocupación más allá de su propio disfrute. La tía Dorothy siguió la dirección de la mirada de Kitty y chasqueó la lengua con desaprobación.

—No tiene sentido alzar la vista ahí arriba, querida. Admiro tu ambición, por supuesto, pero no olvidemos nuestra posición.

—Ícaro —apostilló Cecily con aire distraído, ya fuera para mostrarse de acuerdo o sencillamente para aportar un toque intelectual a la conversación, no estaba claro.

—¿Quiénes son? —preguntó Kitty sin dejar de mirar hacia arriba.

La tentación de cotillear enseguida se impuso a la desaprobación de Dorothy.

—Los De Lacy —respondió inclinándose hacia ella—. La condesa viuda, lady Radcliffe, y sus dos hijos menores, el señor Archibald de Lacy y lady Amelia de Lacy. Toda la familia es tan rica como la realeza. Por supuesto, es el hijo mayor, el conde de Radcliffe, quien se llevará el mejor pedazo del pastel, pero los dos pequeños recibirán una bonita fortuna cada uno también: al menos ocho mil al año, calculo yo. Se espera que todos ellos se casen muy bien.

Kitty se recostó en su asiento en el momento en que empezó la función, pero incluso cuando la gente comenzó a reírse y dar gritos ahogados, no pudo apartar los ojos de los De Lacy. ¿Cómo será saber desde que naces que tu futuro será sin duda seguro y feliz? ¿Sobresalir del resto de la sociedad en ese palco exclusivo? Kitty tenía que admitir que daban la impresión de encontrarse en su sitio, muy por encima de los demás. ¿Podría haber existido un mundo en el que ella misma habría estado en su sitio ahí arriba? Después de todo, su padre había nacido noble, y antes de casarse se habría mezclado con damas y caballeros como ellos sin pensarlo. Si los acontecimientos se hubiesen desarrollado de otra manera... Kitty sintió una punzada de celos absurdos ante aquella versión alternativa de sí misma, pensando que habría podido compartir aquel palco dorado con la familia De Lacy. No apartó la vista hasta que la tía Dorothy le dio un leve codazo.

En el descanso, su tía mantuvo ocupadas a Kitty y a Cecily, presentándoles a todo tipo de hombres y mujeres, comerciantes ricos y sus hijos, hijas y esposas, abogados, militares vestidos con uniformes elegantes y las mujeres con bonita vestimenta que llevaban del brazo. Era más gente en una sola noche que la que Kitty había conocido en su vida hasta la fecha, y no pudo evitar sentirse un poco intimidada, como si volviera a tener quince años y se acercara a la mansión de los Linfield para su primera velada allí, aterrorizada por si cometía algún error. Recordó a su madre susurrándole al oído para tranquilizarla esa noche; el aroma de su perfume de agua de rosas le cosquilleó en la nariz. «Ver y oír, queridas —les había dicho—. Prestad atención y haced lo que hagan ellos, no es tan difícil».

Kitty inspiró tan hondo que imaginó que podía percibir ese aroma a agua de rosas en el aire. Luego reunió valor y se dispuso a impresionar. Igual que se moldea un sombrero para seguir una moda, se moldeó a sí misma para adaptarse a su interlocutor: una risa rápida para los hombres que se creían muy listos; admiración para los vanidosos; y a los tímidos les sonreía a menudo y hablaba más. Dorothy estaba exultante en el camino de vuelta a casa.

—El señor Melbury cuenta con mil al año —les informó en el carruaje—. El señor Wilcox parecía bastante prendado de Cecily y...

—Y acordamos que Cecily no está aquí para buscar un buen partido —la interrumpió Kitty.

A su lado, Cecily volvió a relajar los hombros.

—Vale, vale. —La tía Dorothy hizo un gesto de desdén con la mano—. El señor Pears era algo más difícil de interpretar, pero cuando fallezca su padre contará con una bonita fortuna de dos mil al año. Y el señor Cleaver...

—¿Tiene muchos conocidos que valgan más de dos mil al año? —volvió a interrumpirla Kitty.

—¿Más de dos mil al año? —preguntó Dorothy—. ¿Qué esperas, hija mía?

—El señor Linfield tenía una fortuna de cuatro mil al año —respondió Kitty con el ceño fruncido.

—¿Cuatro? —repitió Dorothy con incredulidad—. Madre mía, al dueño de las tierras debió de irle bastante bien. Pero no podéis esperar que se repita un milagro así, queridas. Sería complicado contar con una fortuna semejante sin tierras, cielo, y no encontraréis muchos terratenientes en mis círculos.

Kitty asimiló la desagradable noticia. Sabía que el señor Linfield era rico, lo bastante para pagar sus considerables deudas sin problema, pero había dado por sentado que serían capaces de encontrar a muchos más como él en Londres.

—¿No debería esperar encontrar a hombres de fortuna equivalente? —quiso aclarar Kitty, con un nudo amargo en el estómago.

—No en mi ambiente. —La tía Dorothy se rio.

Kitty se sintió acalorada y estúpida. Deseó estar de vuelta en Wimpole Street para poder sentarse con papel y tinta y hacer números con calma. ¿Servirían dos mil al año, cuando tenía que mantener a sus hermanas y, a la larga, pagar sus dotes? ¿Era suficiente?

—¿A cuánto asciende vuestra deuda? —preguntó Dorothy, sagaz.

Kitty se lo dijo. Cecily —quien Kitty no creía que estuviera escuchando— dejó escapar un grito ahogado, y la tía Dorothy se permitió la indulgencia de un silbido nada propio de una dama.

—Madre mía —exclamó, con los ojos como platos—. Entonces tendrá que ser el señor Pears.

—Sí —coincidió Kitty, aunque con algunas dudas.

Dos mil libras al año era mejor que nada, por supuesto, pero no era solo cuestión de saldar la deuda. ¿Bastaban dos mil libras al año para pagar sus cuentas, nada desdeñables, mantener Netley y garantizar después el futuro de sus hermanas también? Porque ¿y si una de ellas necesitaba una dote para asegurar el matrimonio con el hombre que había escogido? ¿Y si la necesitaban todas? ¿Y si, en cambio, una necesitaba fondos para casarse con un hombre pobre? O Cecily, que seguramente sería más feliz sin marido, pero con un gran número de libros en su poder. Esperaba que el señor Linfield se encargara de todo eso, pero el hombre más amable del mundo, con una renta de tan solo dos mil libras al año, no sería capaz de prometerle lo mismo.

—¿Sería... Almack’s el tipo de sitio que frecuentan los hombres de mayor fortuna? —preguntó con aire reflexivo.

—¿Las Salas de Reuniones de Almack’s? Kitty, estarías intentando alcanzar las estrellas —respondió Dorothy, exasperada—. Hay una gran diferencia entre la buena sociedad y la alta sociedad. La alta sociedad (el mundo de los nobles, las tierras y las grandes fortunas) no es un lugar al que yo pueda proporcionarte acceso. Debes haber nacido en ese mundo, y no hay ninguna otra forma de conseguir una invitación. Aparta esas peligrosas ideas de tu cabeza y concentra tu atención en hombres como el señor Pears; sin duda tendrías suerte de conseguir un marido así.

Habían llegado a Wimpole Street. Kitty subió a su habitación sin decir nada más. Sumida en un estado de cierta melancolía, reflexionó acerca de las palabras de Dorothy mientras se lavaba para acostarse, y aún seguía pensando cuando Cecily apagó la vela y se metió en la cama junto a ella. Su hermana se quedó dormida al instante, y Kitty escuchó su respiración en la oscuridad, celosa de la facilidad con la que Cecily podía dejar a un lado las preocupaciones del día.

Dos mil al año no supondría el fin de sus problemas e inquietudes, pero al menos ayudaría. Después de todo, su madre se había conformado con mucho menos. De hecho, era una suma muy superior a lo que el señor y la señora Talbot habían recibido a cambio de marcharse juntos de Londres tantos años atrás. A ellos no les había bastado, por supuesto, sobre todo porque su padre nunca había sido capaz de adaptar del todo su estilo de vida como caballero soltero y acaudalado al de padre de cinco hijas con unos ingresos anuales de quinientas libras que menguaban rápidamente. Puede que Kitty no disfrutara del juego o del oporto de cien años, pero seguía teniendo cuatro hermanas a las que mantener y, a diferencia de su padre y de su madre, no gozaría del lujo de un matrimonio por amor para consolarse cuando llegaran las vacas flacas.

Por enésima vez deseó poder hablar con su madre. Estaba agradecida por tener a la tía Dorothy como guía experta en Londres, pero no era lo mismo. Quería desesperadamente hablar con alguien que la conociera de manera íntima, alguien que quisiera a sus hermanas tanto como ella, que se sintiera tan atormentada como ella por las visiones de Jane, Beatrice, Harriet y Cecily solas y desamparadas en rincones oscuros y desagradables del país, y alguien que comprendiera que no había ningún obstáculo insalvable en la persecución de su felicidad, como haría su madre. Ella sabría lo que debía hacer a continuación, Kitty estaba segura de que no se preocuparía por tonterías tan limitadoras como la jerarquía o las distinciones sociales; al fin y al cabo había sido ella, y no la tía Dorothy, quien había tenido las agallas de enamorarse de un caballero muy por encima de su posición.

Kitty se giró de lado e intentó poner en orden sus pensamientos rebeldes. Era inútil dar vueltas a asuntos que nunca podría cambiar. Su madre no estaba, y tenía que llevar esa carga sola. La tía Dorothy era la única consejera con la que contaba y se había reído cuando le había preguntado por hombres más ricos que el señor Pears. No lo había hecho con malicia, lo había considerado sinceramente absurdo, y quizá Kitty debía tenerlo en cuenta.

Esa noche le costó dormir, y cuando lo logró, lo hizo a ratos, mientras el agotamiento luchaba con la ansiedad por el control. E incluso dormida seguía preguntándose: ¿se equivocaba tanto al desear que, si tenía que venderse por el bien de su familia, al menos fuera a un mejor postor que el señor Pears?