Capítulo 1

Con la muerte en los talones

Thiago

Tengo las caderas encajadas en el peor asiento que te puede tocar cuando te subes a un Binter —el que se encuentra justo al lado del motor—, hay un par de tortolitos haciéndose arrumacos delante de mis narices y un tipo con demasiado alcohol en la sangre duerme la mona a mi derecha. Diría que sufre aerofobia y se ha marcado un Melendi para sobrellevar el trayecto, pero creo que hasta el Rey Misterio mancharía los calzoncillos si tomara un vuelo interinsular en estos aviones de aluminio. Por si fuera poco, se me están acumulando los mensajes de Celia en las nubes de notificaciones que saltan en la pantalla del móvil, tan rajada por las caídas libres que parece que la utilice de tabla de corte.

La verdad, solo se me ocurre un espectáculo más desolador ahora mismo. El que me espera una vez aterrice en Tenerife.

O, mejor dicho, la que me espera.

—Mi niño.

Ahí está la azafata de turno, ofreciéndome con su mejor sonrisa las que serán mis armas para sobrevivir al trayecto: un vasito de plástico con agua y una Tirma. Se los acepto con educación, pero alguien debería decirle a la plantilla de Binter que, para esta tortura, sería mucho más apropiado servir un chupito de Jägermeister y una galletita de cianuro para morder en caso de urgencia.

O un tiro en la pierna.

A falta de alguna de mis propuestas para distraernos de la muerte súbita por aterrizaje forzoso que nos espera, me toca vaciar el vaso y darle un mordisco a la barrita de chocolate. Es la manera que tiene la cabin crew de pedirte disculpas por trasladarte al aeropuerto de Los Rodeos en una trampa mortal.

«Si la palmas, pues por lo menos tenías la barriga llena. Te irás a quejar, chico».

Odio la ruta que Airam tiene por costumbre forzarme a hacer: de Madrid a Gran Canaria, para saludar a sus amigos que estudian allí, y luego de Gran Canaria a Tenerife.

La voz de Leire me llega desde el asiento delantero a la vez que el clic del cinturón, que a buen seguro se abrocha con dedos trémulos.

—Estoy un poco nerviosa, si te digo la verdad.

Es la pasajera situada en el 23B, también conocida como la novia de mi mejor amigo, la empollona de la clase de quinto de Medicina o la pamplonesa. El que se beneficia de los encantos de Leire, como sus medidas de 90-60-90 o sus ojos de muñeca Nancy, está sentado justo a su izquierda. Aparte de ser un tío con mucha suerte, Airam es un temerario orgulloso, o bien un verdadero canario. Solo un asiduo a los viajes de la compañía Binter habría rechazado un agradable paseo en barco de cuarenta y cinco minutos y lo habría sustituido por planear sin control alguno sobre el Atlántico.

Aunque, a decir verdad, los ferris tampoco son el yate de Bill Gates.

—Les vas a encantar —le promete Airam, estrechando su mano con buen ánimo—. Mi familia es muy peculiar, lo admito. Tendrás que ser paciente con ellos, pero son legales.

—Al menos la mayoría —contesto por lo bajo—. El negocio de los bungalows que tiene tu padre en Adeje, legal, lo que se dice legal, no lo es mucho.

Y su matrimonio tampoco debió de serlo, porque no creo que haya un alma en toda la isla que no sepa que se está cepillando a un estudiante de doctorado de la Universidad de La Laguna. Ni siquiera sus hijos, de los cuales una estudia allí. Esa «una» que espero que se quede en el norte, encerrada en su piso de estudiante. Lo más lejos de mí que permita la situación geográfica sin que se caiga al Atlántico.

Aunque... ¿y si se cayera al Atlántico?

—Pero a mi padre lo vamos a ver más bien poco. En estas fechas abunda el turismo y tiene que ir de un lado para otro pendiente de que todo marcha bien.

—Entonces pasaremos el rato con su madre, Jimena. —Apoyo los codos sobre los respaldos de sus asientos y me asomo con una sonrisita que Airam censura en el acto. «No me toques las palmas, que me conozco», parece decir—. No ocurrirá nada malo siempre y cuando mantengas tu monedero a buen recaudo. Lo único que a Jimena le gusta más que jugar al póquer es ponerse a su familia en contra sacándole los ahorros del cerdito.

Leire mira a Airam, dudosa.

—Ahora que me acuerdo, sí que me dijiste que tu madre es un poco competitiva cuando se echa unas partidas.

¿«Un poco competitiva»? Es la hooligan de los juegos de mesa, una adoradora pagana de la baraja de cartas. Yo no la llamaría «ludópata», pues el prefijo «ludo» significa «juego» y ella se toma sus ganancias más a pecho que su trabajo. Y no es que nadie se tome en serio el trabajo de Jimena, porque, aunque haber hecho sus pinitos en un par de telenovelas en su tierra natal, Venezuela —es una Oramas adoptada—, le ha pagado las facturas, talento interpretativo no es algo de lo que ande sobrada.

Salvo cuando se tira faroles al póquer. Por eso podría haber ganado un Oscar.

—Tú tranquila —se apresura a responder Airam—. Le dices que solo llevas cinco, diez perras en la cartera, que no puedes apostar más, la dejas ganar y santas pascuas.

Exacto, eso es lo que hay que hacer. Alimentar al monstruo. Echar más gasolina al fuego.

—Además, piensa que mi abuela estará en la casa. Eso la frenará un poco. Otra cosa no, pero mi madre respeta a la yaya tanto como a Dios.

—Tengo ganas de conocer a tu abuela —reconoce Leire, seguramente pensando en la suya—. Seguro que es un encanto.

Está claro que Leire no ha tenido el dudoso placer de tratar con una abuela gomera. Estoy deseando ver su cara cuando se acerque a ella para darle un beso y Candelaria la agarre de la coleta y le diga que «esas cosas no se practican en su casa». En su casa se practican la ley del hielo, los concursos de mugidos como asentimientos y el tercer grado, aunque esto último solo se aplica como medida extrema cuando desaparecen sus postres por arte de magia.

—Es un encanto, sí... al estilo de La Gomera —puntualizo en voz baja.

Airam me advierte con la mirada una vez más, lo que suma la decimocuarta advertencia en lo que llevamos de viaje.

Por algún motivo que escapa a mi entendimiento, quiere presentar a Leire ante su familia cuando las probabilidades de que se case con ella siendo su novia universitaria son más bien escasas. No lo digo yo, que, a mi parecer, hablo con propiedad en lo que se refiere a lo que es mejor para mi colega, sino la estadística. La pareja de los dieciocho es la pareja de los dieciocho, no la madre de tus hijos. No existe el futuro en estos casos.

Por otra causa que me extraña más aún, quiere mantener en secreto que su familia de histéricos la volverá loca sin tregua durante todas las fiestas. Jamás he padecido el martirio de responsabilizarme de una pareja, pero no le señalaría un campo minado y le diría que no pasa nada si se marca un desfile.

Airam no es de los que allanan el camino, parece. Confía en que Leire será lo bastante fuerte para soportarlo, y yo albergo mis serias dudas. Leire cree que lo ha visto todo porque salió de su pueblo navarro para estudiar en la gran capital, pero hay cosas para las que ni Madrid te prepara.

Una abuela gomera, como digo.

—¿A quién más conoceré?

No sabe que seguir preguntando será su perdición.

—A mi abuelo Manuel.

—¿En qué trabajaba?

Esa pregunta permite respirar a Airam. La conjugación es perfecta, porque puede trasladarse a un pasado más o menos cercano para decir la verdad, que es lo que hace:

—Se encargaba de levantar los hoteles más exclusivos de la zona de Los Cristianos.

Si le hubiera preguntado en qué trabaja o en qué trabajó después, la respuesta habría sido más complicada de trasladar a una cuadriculada estudiante de Medicina.

No tengo nada en contra del Gran Mencey Guanche Manuel Oramas, Hijo Verdadero Del Volcán, y tampoco tuvo que tenerlo el director de casting de los documentales de La 2, porque lo consideraron perfecto para plantarle un taparrabos y ponerle a disertar sobre los pueblos indígenas canarios. Desde entonces, algo le pasó al abuelo Manuel, porque desaparece por temporadas para honrar a la diosa Chaxiraxi en las islas vírgenes y vuelve con una pierna gangrenada por no haberse pasado por el hospital después de que un panal de abejas se cebara con él.

Pero el abuelo Manuel es un tío legal, y no dudo que honrará a Leire con su amplia sabiduría sobre los guanches, que no es poca.

—También estará mi tío Jaime, el eterno soltero —medita Airam en voz alta—. Todos los veranos se trae a una mujer diferente, a cada cual más rara que la anterior.

Sobre tío Jaime no tengo nada que decir. De mayor me gustaría ser como él.

—Luego estaría mi tía Jana. Es una mística del horóscopo... En realidad, de todas las modas espirituales que van surgiendo, entre otras cosas porque su novia está metida en todas esas movidas y la acaba contagiando.

—Tía Jana está en esa etapa juvenil en que las personas son verdaderas esponjas. Absorbe todo lo que ve —explico con tiento.

—También está la niña que adoptaron hace un par de años, Margarita...

—¿Esa es la que dices que es la única mujer a la que Thiago le responde siempre los wasaps? —Leire me lanza una miradita divertida.

—Yo respondo siempre los mensajes.

—Sí, pero como el ibuprofeno: cada ocho horas. Antes no, no vaya a ser que te dé un derrame cerebral.

—Eso es falso.

Leire enarca las cejas, esas cejas que revelan que no es rubia de nacimiento.

—¿Quieres que llamemos a Celia y le preguntemos?

—De Celia prefiero encargarme yo, cariño. Y no tendrá tanto problema con mis respuestas intercaladas si sigue escribiéndome. —Le enseño la pantalla del móvil. Leire entorna los ojos sobre los cortes con aire socarrón.

—¿Cómo es posible que todavía funcione esa basura de carcasa que tienes? En fin. Seguro que sí tiene problemas, Thiago, pero hay mujeres que no saben cuándo parar. —A continuación, se gira en el asiento para prestar atención a su novio, al que le tiende una mano y la estrecha alegremente—. Me parece muy bonito que tengas una familia tan grande, y me pare­ce más bonito aún que nos dejes a Thiago y a mí formar parte de ella.

Está entusiasmada con eso de introducirse en la boca del lobo, de tratar con la familia disfuncional pero sin duda divertida con la que mi amigo ha sido bendecido. He estado ahí, así que la entiendo. Yo mismo me interpondría entre una bala y todos y cada uno de los mencionados.

—Thiago lleva siendo parte de ella desde hace años. —Los expresivos ojos castaños de Airam me buscan—. ¿Cuántos veranos y Navidades has pasado ya con nosotros?

—No los suficientes para acostumbrarme al Binter. ¿Ya está? ¿Ya has terminado las descripciones? Está claro que te estabas reservando lo mejor para el final, ¿o es que la estrella de la fiesta no nos va a honrar este año con su presencia?

Eso lo pregunto echando un vistazo desentendido por la ventana, no vaya nadie a creer que me importa un bledo la respuesta.

El avión ha empezado a moverse por la pista para iniciar el despegue. Lo único que me consuela es que, si nos estrellamos, no tendré que encontrarme con ella.

—¿A qué te refieres con reservarme lo mejor para...? Ah, ya. —Airam sacude la cabeza, molesto por la mención. Pero no le molesta que se la hayan mencionado sutilmente, porque quiere con locura a la «estrella de la fiesta». Lo que le da rabia es que lo haya hecho yo—. Sí, claro, mi hermana Da también estará allí.

—¡Tu hermana Da! ¡Qué ganas tengo de conocerla! —La sonrisa tierna de Leire muta a una de regocijo interior. Incluso me parece un poco perversa al mirarme de soslayo—. Sobre todo después de que me contaras que es la única persona capaz de cabrear a Thiago.

—Mi hermana es encantadora —replica a la defensiva.

—De serpientes —apostillo.

—No le hace justicia la cantidad de tonterías que Thiago dice de ella en cuanto se le presenta oportunidad. Te caerá bien enseguida. Tiene mucha energía, te partes de la risa con ella y hace el mejor polvito uruguayo de Canarias.

—¿El polvito uruguayo es el postre famoso? No me gusta mucho el dulce.

—Pues es una pena —me lamento con dramatismo—, porque significa que no vas a poder disfrutar de la única ventaja que tiene pasar el rato con Dácil.

—No empieces —me advierte Airam, enarcando las cejas.

Yo levanto las manos en señal de rendición.

—No tenía la intención, porque si empiezo, no termino nunca.

—A mí me interesa su opinión —replica Leire—. Es obvio que el hermano de la criatura se desharía en halagos a la hora de describirla, pero ¿qué opina el hermano postizo?

¿Que qué opina el hermano postizo? Pues que Dácil es esa manzana podrida que arruina todo el frutero, la culpable de que mis estupendas vacaciones veraniegas, rodeado de gente con la que es imposible aburrirse, nunca sean del todo espectaculares porque me tocará aguantar sus desvaríos.

Se supone que su nombre hace referencia a la leyenda de la princesa Dácil, pero lo único que tiene de princesa es el egocentrismo y la volubilidad. Si Dácil fuera parte de la monarquía de verdad, me metería en un sindicato anarquista. Y menos mal que es una simple plebeya, porque como alguien le diera el menor puesto de poder, viviríamos en una dictadura a pan, agua y huevo duro. O peor: una dictadura de aguacates, su comida preferida.

¿Cómo no iba a ser una fanática de los aguacates una auténtica aberración?

—En el caso de ser su hermano postizo de verdad, nuestra historia sería la de Caín y Abel.

Leire levanta las cejas.

—¿Quién mataría a quién?

Ni siquiera tengo que pensarlo para responder.

—Ella a mí, y solo le haría falta la lengüeta de una lata.

—¿Y te sorprendería que lo intentara? —bufa Airam—. Te recuerdo que le arruinaste un ligue cogiéndole el móvil y escribiéndole «de su parte» toda una serie de barbaridades.

—Solo porque ella se hizo una foto en topless y se la mandó a mi rollo del momento —le sigo contando a Leire, la única persona en este cuadrante que mantendrá una visión objetiva—. Le escribió a Celia como si me hubiera equivocado de conversación y en realidad quisiera enviar esa fotito a mi grupo de amigos.

Leire me concede el punto ganador cabeceando hacia mí.

—Quedabas como un infiel y, a la vez, como un asqueroso.

—Exacto.

—¿Por qué no cuentas toda la historia? —brama Airam—. ¡Fuiste tú quien empezó a ponerle las cucarachas muertas en el dormitorio sabiendo que le dan un pánico horrible!

—¿En serio vas a salir en su defensa con esa bromita ridícula?

—Puedo defenderla desde muchísimas vertientes, Thiago. Da gracias que he empezado por las cucarachas.

—Muy bien, pero yo puedo replicarte sin pensar demasiado. Así, a bote pronto, te recuerdo que, para el cumpleaños de tu abuela, le encargaron a Dácil que me dijera de recoger la tarta. No me informó para dejarme de capullo irresponsable y, ya de paso, arruinarle la fiesta a Candelaria.

Cosa que jamás le voy a perdonar, porque Candelaria se merece lo mejor.

A Airam no le queda otro remedio que callarse.

—Esa fiesta fue todo un fiasco porque a Dácil no le dio la gana de que yo fuera el encargado de tan noble tarea —continúo, mirando a Leire—. O eso creo yo, que todo vino de los celos. Pero ¿cómo se la iban a encomendar a ella, si tiene pies de pato, manos de mantequilla y lengua venenosa? Si fuera a recoger una tarta, se le caería por los dos lados y se las apañaría para que el pastelero acabara poniéndole una demanda judicial.

Leire suelta una carcajada.

—¿En serio?

—No sé cómo, pero lo conseguiría, lo juro.

—Mira, eso es lo que pasa cuando llevas años haciéndole la vida imposible a una persona, que dedica sus días a idear planes para joderte —insiste Airam—. ¿Qué te crees, que no iba a tener consecuencias que la dejaras sin toalla, sin ropa y sin móvil en los baños de la piscina durante todo el verano y tuviera que esperar a que fuera de noche para salir sin que la vieran?

—Eso no es nada comparado con que no me avisara de la llamada de la Complutense y se inventara que «no estaba interesado en la beca». Por su culpa casi pierdo la oportunidad de entrar en el máster —le cuento a Leire, poniendo mi carita de perro apaleado—. Tuve que rogar en secretaría durante días diciendo que fue un malentendido.

—Madre mía —musita Leire—. Parece que me conviene tener a Dácil como aliada.

—No sé yo. ¿Quieres aliarte con las potencias del Eje? Nada bueno salió de la Alemania nazi. De su única heredera, menos todavía.

Airam elige el momento en que las azafatas comienzan su baile con el chaleco del capitán Pescanova para perder la paciencia. Se encarama al respaldo de su asiento y me advierte una última vez, con esa solemnidad que a ratos consigue darme escalofríos.

—Mi hermana puede tener el carácter más complicado del mundo, pero es suavita como la seda cuando no estás en medio.

—Yo también soy un cielo cuando no me calientan las narices.

—Pues no le pongas las narices delante y verás como ni se acerca a tocártelas.

—Eso te crees tú. Las polillas van a la luz y Dácil, a la oscuridad. Todos sus caminos conducen a arruinarme la vida.

—No será para tanto —interviene Leire, tratando de calmar los ánimos.

Le hago una dramática caída de ojos.

—Leire, ¿has visto aquel cuadro de Goya llamado Saturno devorando a su hijo? Pues Dácil...

—Ni siquiera lo insinúes —me advierte Airam.

—Oye, no tengo la culpa de que tu hermana haga que Hulk parezca un gato en coma.

A Leire le da la risa tonta, y Airam, que no está de humor cuando se trata de Dácil, la fulmina con una mirada que le corta el rollo bien rapidito.

—Chacho, no voy a discutir esto otra vez. No te des tanta importancia, ¿vale? —Finge que me lo está pidiendo, pero es una orden inapelable—. Si la dejas en paz, ella te dejará en paz.

Medito esa posibilidad rescatando una imagen de Dácil de mi memoria.

La niña de las bambas y los rasgos saharauis, como las trenzas africanas de gorgona y la piel heredada de su madre mestiza; la larguirucha de la cara llena de lunares, la que tiene tantas perforaciones en las orejas como en el alma; ese manojo de nervios que nunca lleva los calcetines iguales, la que se pinta las uñas pero no le gustan hasta que están descascarilladas. La gótica del tinte negro que combina sus gargantillas y sus medias de rejilla de Miércoles Addams con una cadenita de la Virgen de la Candelaria y los abalorios más excéntricos que uno pueda imaginar. No cree ni en Dios ni en la muerte porque ella triplica en coraje a todas las fuerzas de la naturaleza, pero ahí está ella siempre, invocándolos en todas sus maldiciones.

Dácil, en definitiva. Me dan ganas de reírme solo de imaginarla quietecita y hablándome como una persona normal.

—Dácil no ha conocido la paz en su vida. Como se encuentre al dalái lama por la calle, le da una patada en las pelotas, estoy seguro.

—Ese no es ni el tema ni el mensaje. Si te importo, aunque sea un fisco,[1] estas vacaciones intentarás que tengamos la fiesta en paz. Quiero que todo salga bien con Leire, y teniéndoos a Dácil y a ti fabricando bombas caseras en la cocina o ahogándoos en la piscina, dudo que eso vaya a ser posible.

—¿Y se lo has dicho a ella, que fue la que me dejó inconsciente jugando al waterpolo?

Nunca olvidaré su sonrisa perversa al decirme que «había sido sin querer» cuando podría anotar veinte puntos desde el otro lado de la piscina y con los ojos cerrados.

La única virtud que estoy dispuesto a reconocerle.

—Tendré esta conversación también con ella, sí.

—Bueno, entiendo que hayas empezado por mí y no por Dácil. A ella no se le puede aplicar eso de «las damas primero» —comento con inocencia, mirando a Leire con el rabillo del ojo—, porque si a alguna dama se parece, que lo dudo, sería a la de hierro. ¿Sabíais que a la Thatcher le dedicaron tiernas melodías como How Does It Feel (To Be the Mother of a Thousand Dead)?[2] y a su muerte se multiplicaron las escuchas de un tema tan adorable como Ding-Dong! The Witch Is Dead[3]?

Claro que mi bruja, dama de hierro o como se la quiera llamar, está muy viva. Está tan tan viva, que nos va a enterrar a todos.

A mí el primero.

—Dácil no merecería menos que eso. —Me pongo la mano en el pecho, asegurando que hablo desde el corazón.

—Joder, Thiago —se ríe Leire—. La chica te inspira. No para bien, eso seguro, pero es innegable que saca tu lado creativo.

—Thiago —se mete Airam—, estoy hablando en serio.

—No es la primera vez que me hace esta advertencia. Es el discursito de introducción a la casa de los Oramas. Al igual que las directrices de los azafatos en caso de accidente, se repite cada vez que me monto en este avión —le explico a Leire, quien se ha activado con esta historia de muerte y destrucción entre Dácil y yo, y me escucha con verdadera curiosidad—. Desde que tengo uso de razón, Airam me ha rogado de rodillas que finja que Dácil no existe. No entiende que yo lo haría encantado, pero no se puede ignorar la presencia del Maligno.

—Thiago —repite Airam en tono fúnebre—. Te estás arriesgando a que te rompa la cabeza.

Alzo las manos en un gesto de rendición. Y si cedo, no es porque me dé miedo, sino porque esta vez es diferente. Es importante, si no crucial, que Dácil y yo nos portemos como adultos. Su relación con Leire está en juego y Airam no es ningún noviete desprendido que se toma a sus parejas como una vía para pasarlo bien. Airam se responsabiliza, se toma la vida todo lo en serio que no se la toman sus familiares —de ahí que se convirtiera en el elemento unificador y sea considerado, a la vez, la oveja negra— y le gustaría que los demás lo hiciéramos igual.

Pero no es tan fácil. Si, como se dice, el aleteo de una mariposa puede generar un huracán en la otra punta de la Tierra, juro por Dios que los berrinches que coge Dácil por mi culpa pueden ser los causantes indirectos de que los países de Oriente vivan en perpetuo conflicto armado. Siempre nos las apañamos para no solo salpicar a los demás con nuestras discusiones, sino para obligarlos a tomar partido y recoger luego los platos rotos.

Airam no quiere que Leire se corte tirando a la basura la vajilla que ha volado por los aires. Lo entiendo. Y solo por eso, porque es primordial para mi amigo y no porque mi vida corra peligro cerca de una Dácil furiosa —ante nadie admitiré que haya conseguido habituarme a esta vieja y legendaria costumbre de arruinarnos las vacaciones—, estoy dispuesto a hacer un gran esfuerzo.

—Te lo digo en serio —concluye él, determinante—. Como arméis uno de vuestros pleitos, no respondo de mí.

Sé a lo que se refiere con esa coletilla, y ni siquiera la locura de Dácil en sus peores días es equiparable al miedo que da Airam Oramas enfadado.

Todo aclarado ya, mi amigo entrelaza los dedos con su novia para disfrutar del despegue.

Que le aproveche, porque será la última vez que lo haga.

Yo cierro los ojos, bien agarrado a los reposabrazos. Por un segundo desaparece el pánico que me inunda cada vez que me subo a un medio de transporte. Estamos solos yo, mi promesa de allanarle el camino a Airam y mi plena conciencia de que, pase lo que pase en este Binter —es decir, sobreviva o la palme—, el destino será el infierno.

Y en el caso de poder elegir cuál de ellos, preferiría recibir el dulce abrazo de la muerte a la engañosa bienvenida de la niña de las bambas.

Al menos, en el infierno bíblico no me esperará Dácil.

solo_un_verano-3

Capítulo 2

La palabra que empieza por «D»:

¿Dácil o diablo?

Dácil

—Dácil, ¿estás segura de que Thiago no viene este año a casa?

Todas las miradas de las viajeras —tía Jana, su novia Salma y Maday— se posan sobre mí con desconfianza. Yo tengo el descaro de girar la cabeza hacia la ventanilla, por la que entra la ventolera fresquita de La Laguna, y encogerme de hombros como si el tema no fuera conmigo.

Y es que «el tema», «la cosa» o, si queremos llamarlo por su nombre, Thiago, no va en absoluto conmigo. Si es por no ir, no va ni a venir en este vehículo.

Me he asegurado de ello.

—Que yo sepa, no —respondo en tono inocentón—. Airam me dijo que iba a pasar las vacaciones con su novia.

—Siempre dices que Thiago no formalizaría una relación con una chica aunque le diera ventajas tributarias —replica mi tía Jana.

Sus ojos delineados con sombra verde me persiguen a través del espejo retrovisor.

Para dedicarse a coser abalorios y así crear la joyería de mercadillo más monstruosa del archipiélago, tiene tan perfeccionada su mirada de interrogatorio que cualquiera diría que su vocación es la abogacía.

—Pues parece que me equivocaba y vosotras teníais razón al decirme que mi visión de Thiago, o del miedo al compromiso de Thiago, o de la cobardía y la falta de agallas de Thiago, no tiene por qué corresponderse con la verdad de Thiago. Ha sentado la cabeza. —Me encojo de hombros.

—¿Ah, sí? ¿Y con quién, si puede saberse?

—¿Tengo cara de dedicar mi tiempo a stalkearle en redes sociales? Ni lo sé, ni me importa.

Pero salía con una pijita madrileña que lleva náuticos y se hace el alisado japonés.

Digo «salía» porque lo etiquetó en una foto durante veinticinco segundos —así fue como la encontré: Celia Lorente— y seguro que Thiago entró en pánico tras su atrevimiento y la bloqueó, porque enseguida dejó de salir en su feed de Instagram.

Tía Jana enarca las cejas en modo de sospecha máxima, la misma que tuerce la expresión conspiradora de su pareja y la aterrada de mi mejor amiga.

Maday suele estar al tanto del objetivo maligno detrás de mis pequeñas bromas pesadas, pero esta vez he creído prudente ocultarle el plan. No creo que se enfade cuando sepa que no le he rogado que nos acompañe al aeropuerto para darle la bienvenida a Airam. Con lo buena que es y lo mucho que la alegra reencontrarse con su mejor amigo, estoy segura de que ni se le pasará por la cabeza que he metido cuatro personas en un coche para que Airam y Leire, uno encima del otro —o una encima del otro, como lo prefieran— ocupen el único asiento restante.

Maday se inclina sobre mí para apoyar la barbilla en mi hombro, pegajosa como es, y me susurra:

—¿Me prometes que no has hackeado las notas de la Complutense de Madrid para que le suspendieran asignaturas por error y así tuviera que quedarse estudiando para recuperar?

Apoyo la mano solemnemente sobre mi pecho.

—Te lo prometo. Mis habilidades de hacker no llegan tan lejos.

Llegan MÁS lejos.

—Tampoco te las habrás apañado para que alguno de los chavales que lo sustituyen en el trabajo en vacaciones se parta una pierna y Thiago deba reemplazarlo, ¿no?

—¿Por qué partirle la pierna a un compañero pudiendo partírsela a Thiago?

—¿Por qué partirle la pierna en singular a Thiago pudiendo partirle las dos? —Maday suspira, entre exasperada y soñadora.

—Me gusta cómo piensas, mi niña.

—Dácil... —Hace una pausa dramática—. No compraste todos los vuelos de Gran Canaria a Tenerife para que Thiago tuviera que quedarse fuera del viaje, ¿verdad?

—Pero, chacho, ¿por qué piensas tan mal de mí?

—Quizá sea porque te conoce —se adelanta tía Jana, enarcando su poblada ceja de Frida Kahlo—. No me fío ni un pelo de ti, Dácil Oramas.

—Pues no soy mucho menos fiable que tus horóscopos. Mira, si Thiago aparece al final, tenemos suerte de que el maletero sea grande.

—Si Thiago aparece al final, vas a ser tú la que se meta en el maletero.

Y tras esta advertencia, tía Jana aprovecha que no hay guaguas esperando a la entrada del aeropuerto y planta su Renault de juguete en plena línea amarilla. Se convertirá en una interesante línea roja cuando el conductor de los autobuses de Los Rodeos empiece a pitarle y mi tía amenace su vida con lo que tenga más a mano. La última vez fue un desodorante de espray que guardaba en su bolso. Estaba medio vacío, pero consiguió abrirle la cabeza al chófer.

Estilo Oramas, qué puedo decir.

—Thiago ni siquiera va a venir y ya le estáis dando un trato preferente sobre mí —mascullo de mala gana.

—No se trata de preferencia, sino de sentido común —me corrige tía Jana—. No vas a meter a un metro noventa de pibe en un maletero lleno de sombrillas. Tú eres una machanguita[4] plegable, por suerte.

Pongo los ojos en blanco.

—Y tú eres una pasajera prescindible. Cualquiera de las aquí presentes mejoraría tu conducción temeraria, y eso que ninguna tiene el carnet.

Tía Jana sube el volumen de la radio para no tener que espetarme que me calle. Me pregunto cuánto tardarán Los 40 Principales en minar su paciencia. La última vez que la acompañé en su viaje al Médano, llamó por teléfono al programa de radio y les soltó que estaba hasta las narices de la cancioncita de Harry Styles y les preguntó si habían oído hablar de algo denominado «variedad musical».

Acto seguido, arrancó la radio del coche y la arrojó por la ventana.

Todavía no sé cómo lo consiguió.

Por supuesto, su novia no estaba delante, o habría procurado actuar como la persona zen que «Salma le ha ayudado a ser». Cuando Salma está trabajando, en cambio, Jana se permite comportarse como la neurótica que Salma le ayuda a reprimir a base de viajes al continente asiático con una mochila al hombro, clases de taichí y visitas a un chamán que le hace la correspondiente limpieza de aura. Todavía no me perdona que me doblara de la risa cuando entró por la puerta, toda sonriente, y dijo que sentía los chakras restablecidos.

En el caso de que los chakras sean algo real, me siento como si me los hubiera alterado una nube negra en cuanto echo una miradita a la salida del aeropuerto. Las tres figuras de Leire, mi hermano y Tarado aparecen por las puertas automáticas, risueñas por una idiotez que el último acaba de decir.

Ah, sí. Ahí está Tarado. Y ahí están también el nudo de angustia y el subidón de adrenalina que le suelen preceder.

¿Algún día me acostumbraré a esta reacción?

Tía Jana aferra el volante para contener uno de sus arranques de ira, y espeta entre dientes:

—¡Si es que lo sabía!

La mano de su novia vuela de inmediato a su muslo.

—Tranquila. Mantén la calma, serena, siempre al mando de ti misma.

—¡Vaya! —exclamo, aparentando inocencia—. Parece que al final sí que venía. A lo mejor quiere darle una sorpresa a mamá.

—O darte a ti una irritación, ¿no? —Tía Jana se frota las sienes, al borde de la crisis—. ¿Dónde vamos a meter ahora a estas tres criaturas? Por Dios, Dácil, ¿por qué haces estas cosas? ¿Cuál es tu problema?

¿Que cuál es mi problema? ¿Acaso no lo está viendo, con sus caminares chulescos y sus Ray-Ban —porque tienen que ser Ray-Ban, pijodeldemonio— prendidas del puente de la nariz? ¿Con esa sonrisilla desaprensiva que intenta ocultar lo muchísimo que se habrá cagado encima al montarse en el Binter?

Todo en él es irritante hasta la exasperación. La manera en que ladea la cabeza para que las mujeres que lo acompañan, incluso si se trata de la novia de su mejor amigo, tengan que ponerse de puntillas y hablarle al oído, porque si no, «no te oye bien»; el modo en que sus músculos de nadador llenan las camisas de narcotraficante miamense que le gusta ponerse, siempre complementadas con un par de cadenitas brillantes que resaltan en su cuello esbelto; la forma en que se muerde el labio después de soltar unas cuantas carcajadas de cortesía y luego niega con la cabeza, como si acabara de descubrir que no tenía sentido reírse, que aquello no era tan gracioso. Odio su mullet de Úrsula Corberó, con esa coletilla de la que penden un puñado de abalorios; odio su colmillo derecho torcido, los tatuajes de los que nunca habla, la cicatriz que le atraviesa media cara, los dos lunares ámbar del ojo izquierdo y el misterioso gesto de tirarse del lóbulo de la oreja disimuladamente cuando piensa, como incitando en secreto a Pepito Grillo —o a su única neurona— a espabilar y echarle una mano.

No hay nada en él, nada, ni siquiera su acento de Madrid, su música en portugués o sus pies griegos —en especial sus pies griegos— que no me haga arder en deseos de darle un mordisco. Uno que le deje una herida con costra y cicatrice mal. Uno con el que se acuerde de mí para siempre.

—Qué guapo está —murmura Maday, mirando en la misma dirección que yo.

—Lo está hasta que abre la boca.

Maday ladea la cabeza hacia mí con cara rara, como si no entendiera de qué hablo. Un segundo después está empujándose al otro lado del coche para salir a saludar sin tener que pasar por encima de mí. Salma sale también, pero con parsimonia, no vaya a alterar su calma de monje tibetano. En cuanto a tía Jana, baja todas las ventanillas que dan a la acera para que hasta los viajeros que esperan en la parada la oigan con claridad al chillar «mi niño». Abre la puerta del conductor y se arroja hacia Airam con los brazos extendidos. Él la recibe con su sonrisa descomunal, esa que cuando le da un ataque de risa parece que le va a desbordar la cara, y da comienzo a un bailecillo sobre las cholas desgastadas que lleva reutilizando seis años.

Es mi hermano. Se me había olvidado por un momento que él también venía.

Que ÉL era el que venía, mejor dicho.

—¡Bienvenido a casa! —exclama tía Jana.

El corazón me da un vuelco al verlo tomar de la mano a tía Jana y darle una vuelta galante. Hablando atropellado, aleganchín[5] como es desde siempre, le dice lo estupenda que está, lo mucho que ha adelgazado, lo bien que le quedan los pantalones cagados y lo maravillosos que son sus pendientes de abalorios —mentira— en la misma fracción de segundo. Luego, cuando le toca el turno de saludar a Maday, su sonrisa se atenúa. Maday va a abrazarlo y él va a darle dos besos, lo que genera un traspié por parte de los dos, un momento de incomodidad y, al fin, el abrazo que se debían. Maday se agarra a su cuello; mi hermano solo le rodea la cintura con un brazo.

—¿Qué tal? —la saluda él, algo vacilante.

La distancia que impone entre los dos me hace arrugar el ceño.

¿A estos qué les pasa? ¿Se pelearon y no me he enterado?

Iba a impulsarme desde el asiento para saltar a sus brazos acogedores y regoler,[6] a ver cuál es el problema, pero antes de poder apearme del coche, una cara pálida aparece para taparme el sol. Y así, de sopetón, es como no me queda otro remedio que acordarme de que el regalo de mi hermano siempre viene con letra pequeña: su mejor amigo.

Thiago apoya el codo sobre la ventanilla bajada y se asoma para sonreírme de lado, con ese tinte socarrón que le estira la gruesa cicatriz de la cara. La brisilla hace ondear su camisa como una bandera y trae hasta mis fosas nasales un recuerdo de menta y camomila.

Se baja las gafas de sol con un dedo para clavar en mí una mirada gris que me altera la sangre en el acto.

—Pero si la niña de las bambas ha venido a recibirme. —Le echa una miradita lánguida a mis piernas, desnudas por el corte de los shorts, y la sube hasta posarla un segundo en mi top sin mangas—. No llevarás explosivos por ahí, ¿no?

—¿Quién te has creído que eres para que tenga que recibirte con fuegos artificiales?

—No ese tipo de explosivos. Pensaba más bien en una bomba atómica.

—Vaya, ¿tan transparente soy? Esa te espera en el chozo, no te preocupes.

—¿Cómo que en casa? ¿Serías capaz de inmolarte y acabar con los Oramas si con eso me arrastraras contigo?

Alzo la barbilla para quedar a la altura de sus ojos, que siguen escudriñándome con su burla habitual.

—Mi amor por ti es así de sacrificado.

Thiago se agacha un poco más. Mira a un lado y a otro, la mano apoyada sobre el pecho en un gesto solemne, y enseguida vuelve a perforarme con sus iris de hielo.

La sensación siempre es de frío y calor.

—¿Qué habré hecho yo para merecer el honor de tu bienvenida? —Suspira, risueño.

—Lo mismo que hiciste para merecer mi desprecio eterno. Nacer.

—¿Debo entender con eso que tu aparición en el aeropuerto tiene truco?

—Como si no me conocieras. ¿Ya se te ha olvidado que soy una hechicera imprevisible?

—No es tan fácil olvidar a la única bruja que a los medievales se les pasó quemar. ¿Cómo piensas hacerme desaparecer por arte de magia en esta ocasión?

—Con un pase vip al maravilloso transporte público de esta isla. No he venido a darte la bienvenida, godo, sino esto. —Ignorando el alegueteo[7] de mi familia, me saco del bolsillo el bono de transportes de TITSA, que Thiago acepta entre los dedos índice y corazón con las cejas enarcadas. Apenas puedo contener la emoción que me estalla en el pecho al decir, en tono indiferente—: Feliz viaje de hora y media hasta Los Cristianos, patrocinado por la guagua de Santa Cruz. Como ya te habrás imaginado, tenemos los asientos completos y ni tu metro noventa ni tu ego legendario entran en este humilde cochecito.

Thiago sacude la cabeza, aguantando la sonrisa crispada.

—Así que me has planeado el viaje de ida. ¿Tanto has estado pensando en mí y en mi comodidad todos estos días?

—Yo siempre pienso en nuevas formas de sorprenderte. Es la única manera de mantener viva una relación, pero claro, qué vas a saber tú, que la única relación estable que tienes es con el canal Deportes.

Thiago sigue mirando el bono mientras niega con la ca­beza.

—Tú siempre tienes que hacerte notar con tus sabotajes. Incluso mientras estoy volando, ¿eh?

—¿Sabotajes? ¿Así me agradeces que te haya pillado el bono? A ver si crees que otra mujer haría estas cosas tan bonitas por ti.

—Si es que eres mi ángel de la guarda.

Nos dirigimos una mirada que en un primer momento puede parecer encantadora, incluso coqueta, pero que esconde una dosis de veneno más que suficiente para tumbar a un mamut.

Sin esperar a que se aparte de la puerta, la abro de un empujón y le obligo a reclinarse, frotándose el codo, que casi pierde con el golpe. Lo rodeo sin mayor dilación y apenas localizo a mi hermano, vigilándonos de lejos con el rostro tenso, me dirijo a él.

El corazón me galopa en el pecho cuando al fin extiende sus brazos y me coge en volandas al grito de «chinija».

Mi hermano está aquí. Ese larguirucho acañado y medio abamballado[8] de dos metros con el metabolismo más agradecido que uno se pueda imaginar; el niño de los flamantes hoyuelos, el bronceado y esos rasgos exóticos por los que lo toman por cubano. Pero sigue siendo isleño hasta la médula, porque ni cinco años en Madrid le han cambiado la guagua por «el autobús», las cotufas por las «palomitas» ni han corrompido su acento de aspiraciones y vocales abiertas, y eje central sobre el que se sustenta la familia de locos que nos ha tocado en suerte.

La oveja negra de mis amores.

—Chinija —me dice cariñosamente, cubriéndome el pelo de besos. Aprovecha que su boca queda oculta entre mis trenzas para mascullar—: Dime, por favor, que tía Jana solo ha tenido un lapsus mental y no has sido tú la que ha metido a cuatro personas en el coche.

—Tía Jana tiene muchos lapsus mentales desde que sale con Siddharta. —Hago un gesto hacia Salma.

—Sabías que veníamos los tres, Da.

—He pensado que a Leire no le importaría ir sobre tus rodillas.

—Incluso si llevara un collie sobre las rodillas, de un viaje de aquí a Los Cristianos se me gangrenarían las dos piernas. ¿Y dónde pensabas meter a Thiago?

—Con suerte, en un avión de vuelta a su casa.

—Da...

Antes de que empiece a darme la chapa con mi comportamiento infantil, del que soy plenamente consciente y me enor­gullezco a ratos cortos, giro en redondo y me dirijo a Leire.

La había visto en fotos, como es obvio, pero no le hacen justicia a la belleza que tengo delante.

A veces me pregunto por qué no puedo ser tan guapa como estas chicas. Enseguida me respondo a mí misma: porque si tuviera esa melena rubia saneada hasta la cintura, me la cortaría por debajo de las orejas y la donaría a alguna asociación contra el cáncer, y si tuviera su figura delgada, aprovecharía que aún me quedan diez kilos de margen para hartarme a Tirmas, helado de polvito y papadums.

—Tú debes de ser Dácil —me dice, acercándose con timidez.

—¡Exacto! ¡Dácil! ¡Con «s»! —Me giro hacia Thiago, que de alguna manera ya sabía que encontraría apoyado en el capó del coche mirándonos a todos como si fuéramos sus sujetos de es­tudio—. Podrías aprender algo de tu amiga, ¿sabes? Acaba de demostrar que algunos godos respetan la herencia canaria y aceptan sesear los nombres guanches.

—¿De qué te quejas, si yo nunca te llamo por tu nombre? No voy a correr el riesgo de invocar a un espectro malévolo pronunciando la palabra que empieza por «D».

—«Dásil» tiene más carácter que «Dácil», y ya me han dicho que eres una chica con personalidad, así que... —Leire encoge un hombro—. Encantada de conocerte por fin. Tu hermano no para de hablar de ti.

—Seguro que Thiago se encarga de callarlo cuando se pone pesado.

—Qué va, siempre se une a la conversación. Dirá mucho de espectros malévolos, pero yo creo que el único al que invoca la palabra que empieza por «D» es a él mismo.

Miro por encima del hombro a Thiago, que ni se inmuta. Permanece recostado contra el coche, cruzado de brazos, mientras tía Jana y Salma tratan de llamar su atención. Pero su atención es mía. Me lo he currado durante años para que aprenda a no perderme de vista si no quiere sufrir una violenta embos­cada.

—No me digas. Así que de eso me pitan tanto los oídos, ¿eh? De que se habla de mí por Madrid.

—A lo mejor te pitan los oídos de lo mucho que les duele tener que escucharte todo el día —responde, cortante. Luego suspira con aire de mártir, agitando el bono de la guagua—. Bueno, si quiero llegar a casa antes de que anochezca, tendré que coger el autobús, así que...

—De ninguna manera —zanja tía Jana—. La que se va en guagua es Dácil, que para eso nos ha puesto en este brete. Además, ya está acostumbrada de las veces que baja de la facultad a casa de sus padres.

Se me desencaja la mandíbula.

—Estás de coña, ¿no?

—¿Me ves cara de estar de coña? —Tía Jana señala su poderoso entrecejo, arrugado de una manera perturbadora—. Subid al coche. Y tú, Thiago, dale el bono a Dácil. Que se busque la vida. Esta no es manera de empezar unas puñeteras vacaciones —masculla por lo bajo.

Tengo que hacer un esfuerzo para no patear el suelo y embarracarme como una cría.

Más allá de que me divierta tocarle las narices al personal, este no es mi estado normal. El de loca playa aquejada de cabezoneritis aguda, digo. Hablan del influjo de la luna llena en el ser humano porque todavía no se ha estudiado el efecto que este engendro de la naturaleza produce en mi sangre.

Cómo no, tiene que componer una de sus muecas de héroe sacrificado y salvar el día.

—No, hombre. Seguro que nos podemos apañar. Si Jana conduce, Salma ocupa el asiento de copiloto y Maday va detrás, yo creo que los otros cuatro cabemos si nos repartimos. Dácil puede sentarse en mi regazo.

El estómago me da un vuelco, seguramente preparando la bilis para escupirla sobre sus zapatillas de El Ganso.

—No es tu plan más brillante para deshacerte de mí. Se te nota a leguas que me quieres sentada de forma ilegal para que, cuando la señorita Fast and Furious pegue un frenazo, salga volando.

Thiago me dedica una dulce sonrisa.

—Créeme, he tenido suficiente de ti como para encima querer ver tus sesos desparramados en el parabrisas. Te hago sitio en las rodillas y de paso vas practicando para cuando le hagas tu petición a Papá Noel, que, por el bien de todos, espero que sea un bozal.

Todos se echan a reír. Excepto...

—No te pases ni un pelo —le advierte Airam. Justo cuando creo que he ganado (al menos, el respeto de mi hermano), se gira hacia mí y me suelta—: O su regazo o el maletero, lo que tú prefieras. Y creo recordar que la última vez que se limpió ese maletero el Teide acababa de entrar en erupción.[9]

—No es que tu amigo vaya a estar más limpio —refunfuño por lo bajo, dirigiéndome al coche—. En el maletero me puede picar una araña, pero seguro que no pillo una ETS.

Thiago aprovecha que paso por su lado para inclinarse sobre mí y susurrar:

—¿De qué otra manera pillarías una ETS? No debes de estar acostumbrada a los regazos ni a los chavales de tu edad si te pones tan colorada con la sugerencia, mi niña.

Llamarme «Dásil», como debe ser, no. Ahora bien, sí que captó muy rápido que el «mi niña» se utiliza en esta isla para hablarle de mala manera al primero que te vacila.

—No te creas que has ganado.

Pero sí que ha ganado. Siempre lo hace. Se saca de la manga esa sonrisa de inocente, ofrece una salida a las consecuencias de mis numeritos y ya tiene al público metido en el bolsillo. Con tal de ganarse los afectos de mi familia es capaz hasta de compartir el baño conmigo —tremenda actividad de riesgo—, lo que me deja a mí a la altura del betún, como la problemática, y a él, como el indiscutible hijo perfecto. Porque si solo fuera un invitado, incluso si fuese un invitado honorífico, no pasaría nada, pero la familia Oramas subió de rango a Thiago en el preciso momento en que descubrió que no tenía con quien pasar las vacaciones. Ha sido desde el primer día el niño adoptivo al que cubrir de mimos y regalos, como si se le fuera a olvidar cómo respirar en cuanto le diesen la espalda.

No me extrañaría, la verdad. Con ese síndrome de Campanilla que se gasta —si no le hacen caso durante dos segundos, se podría morir de pena—, hay que andarse con cuidado con él.

Tengo que tolerar la sonrisa petulante que sé que está escondiendo tras su careto de príncipe aburrido cuando ya se ha acomodado en el asiento de la ventanilla. Maday va en medio, y espero contar con ella para mantener una charla que excluya deliberadamente a Thiago. Pero no vamos a tener esa suerte, porque Maday tiene muy interiorizado su trabajo en hostelería y está acostumbrada a atender a los extranjeros, esta vez encarnados en Leire.

Durante un instante me quedo mirando las piernas en las que pasaré sentada un buen rato, y creo que me alegro de haber engordado tres kilos desde la última vez que nos vimos, porque se va a arrepentir de haberse hecho el galán.

Me lanzo sobre él, esperando hacerle un poquito de daño, solo un poquito, pero de un tiempo a esta parte —desde que Thiago apareció en Tenerife por primera vez— no soy muy afortunada, y él ni se inmuta. Lo vigilo con el rabillo del ojo, notando su aliento cálido en la nuca mientras tira del cinturón y me abraza con él para abrocharlo.

—Ni se te ocurra aprovechar para meterme mano —le advierto en voz baja, esperando que la conversación de locos que da comienzo en el coche amortigüe mi comentario.

Si llegara a oídos de mi hermano, sospecho que no saldríamos vivos del vehículo.

—No la desperdiciaría de una manera tan tonta. —Lo siento sonreír pegado a mi oreja—. Necesitaré las dos para defenderme si se te ocurre atacarme.

—Apuesto a que antes de conocerme no contabas con tener que defenderte de una chica.

—Error. Antes de conocerte no contaba con que querría defenderme del descaro de una chica. En cualquier otra circunstancia, con cualquier otra, estaría disfrutando de esto, ¿sabes? Pero tú siempre tienes que complicarlo todo.

No sé cómo interpretar este último comentario, así que decido desecharlo y quedarme con la parte del mensaje que justificaría una venganza en el futuro. Nada exagerado. Procuro estar a la altura de sus sabotajes. ¿Que él intenta minar mi autoestima a base de comentarios que hieren mi vanidad femenina? Pues yo ridiculizo su masculinidad en público hasta sacarle los colores, en concreto mencionando que llora como un bebé con Un monstruo viene a verme, Big Fish y todas esas películas en las que la diña un familiar. ¿Que él planta cadáveres de insectos en mi dormitorio porque sabe que los detesto? Pues yo le sirvo el queso fundido de las arepas mezclado con mayonesa, porque me consta que odia todo tipo de salsas. ¿Que él me deja encerrada en casa y se inventa que «no me encuentro bien para salir» cuando el plan es asistir a un concierto de mi Maikel Delacalle? Ah, amigo, prepárate entonces, porque voy a asegurarme de que te cueste un poco más entrar en tu bienamado máster.

Toda acción tiene su reacción, pero debe existir cierto equilibrio entre ambas.

Si no lo sabré yo, que soy la gurú de las venganzas.

—Seguro que si Maday hubiera ocupado mi lugar, estarías saltando de alegría —contesto, ladeando la cabeza hacia la ventanilla para que pueda ver el movimiento de mis labios. Cambio de postura sobre sus rodillas y empujo las caderas hacia atrás hasta que noto la hebilla de su cinturón—, pero si puedo evitar que te lo pases de lo lindo, créeme, voy a dar lo mejor de mí.

—No esperaba menos de ti, princesa Dácil.

Ya estaba tardando en llegar el mote, que más irónico no puede ser. Sí, me llamo como la princesa, pero es obvio que, para él, me parezco más al dragón del cuento.

Vuelvo a reacomodarme en su regazo, tratando de encontrar la maldita postura que me haga más fácil este viaje.

—No sé en qué estabas pensando cuando se te ocurrió lo del autobús. Solías ser más lista al idear tus conspiraciones. ¿No se te pasó por la cabeza que podría darle la vuelta, o que Jana te echaría la bronca?

—No se puede ser brillante todo el tiempo, y no necesito que me des lecciones sobre cómo arruinarte el viaje. Tengo toda clase de anotaciones en mi Death Note para hacer de tu verano algo inolvidable.

—Sospecho que no incluye tu receta maestra para elaborar la reina pepiada.

—Solo si le echara un ingrediente secreto: veneno de escorpión.

—Eres un encanto. —Y sopla en mi oído.

Espero a reponerme de un repentino escalofrío para contestarle.

—Y tú eres...

Pero no puedo vacilar de vuelta, porque al removerme una tercera vez, noto el relieve de un bulto extraño. Me contoneo para discernir de qué se trata, si es que se le ha bajado la bragueta, estoy tocando el móvil que guarda en el bolsillo o es de nuevo la hebilla del cinturón.

Aunque no soy una lumbreras, acabo llegando a una conclusión que me hiela por dentro y hace que me suban los colores hasta la raíz del pelo.

—¡Eres un cerdo! —exclamo por lo bajo, fulminándolo tanto como me lo permite el movimiento de cabeza.

No atino a ver la expresión de Thiago, pero no suena alterado al contestar:

—Es una reacción biológica. No tiene nada que ver contigo.

Eso me sienta como una patada en el vientre. Pero claro, el propio Thiago es un virus estomacal, o por lo menos te provoca los mismos síntomas, porque la sensación de dolor en el abdomen nunca se va del todo.

—¡Pues claro que sí! ¿Cómo iba a tener nada que ver conmigo? —Meneo las caderas de forma disimulada pero firme, haciendo notar su erección—. No es como si fuera la tía que tienes encima, ¿eh?

—¿Qué es lo que haces? —Intenta sonar neutral, pero responde con voz ahogada.

—Humillarte un fisquito.[10] Nada nuevo. ¿Vas a usar las manos para defenderte, o vas a esperar a estar cerca de mancharte el pantalón?

—Estamos en un coche con tu familia.

Aparto la mirada del cristal, que usaba solo para intentar adivinar el reflejo de Thiago, y confirmo que nadie nos está prestando atención. Tía Jana habla a voces con Airam y Leire sobre el máster que acaba de empezar el primero y las expectativas del viaje de la segunda; de fondo suena, cómo no, la dichosa canción de Harry Styles.

A toda leche, por cierto.

—Yo estoy en un coche con mi familia. Tú estás en una situación complicada, mi niño.

—No más complicada que la tuya, que seguro que no sabes qué hacer en estos casos.

—En estos casos en general, no, pero contigo la respuesta siempre es la violencia. Hay que ver, Thiago —chasqueo la lengua—, sí que te ignoran las madrileñas si se te sienta una chica cualquiera encima y te pones contento.

Se me corta la voz al notar las cosquillas de un roce muy cerca de mi rodilla. Me cuesta enfocar la vista sobre la palma caliente que ha apoyado sobre mi muslo, y que desliza hacia el lateral para recorrerlo con los bordes de las uñas.

—¿Q-qué haces?

—Ponerte contenta a ti. Dicho de otra manera, devolvértela. Esto funciona así, ¿no? —Su respiración me acaricia la oreja—. Tú me arruinas el día, yo te lo arruino a ti. Si me pongo duro por tu culpa, te aseguro que tú no vas a ser menos.

Su advertencia me pone la piel de gallina, y él demuestra que lo ha notado pasando las yemas de los dedos por los vellos erizados hasta detenerse en el deshilachado de los vaqueros.

Justo donde se encuentra mi ingle.

—Incluso si no me dieras asco y consiguieras lo impensable —logro articular—, no se me notaría tanto como a ti.

—¿Ah, no? Pues ya te estoy viendo el moflete colorado, princesa Dácil. Llámame loco, pero me da a mí que eso significa algo. Tanto asco no te daré.

—«Tanto» no. Muchísimo más que «tanto».

—No dudo que te parezca antipático, pero tu cuerpo dice otra cosa. ¿Por qué no te callas y escuchas lo que te pide?

—Lo único que pide es tu sangre —gruño.

Thiago reposa la mano justo sobre mi bragueta. El calor me estalla en las mejillas, me sube hasta las puntas de las orejas y siento como si se me estuviera extendiendo por todo el cuerpo.

—Vaya... Parece que te has puesto un poco nerviosa —susurra con los labios pegados a mi cuello—. ¿Es aquí donde guardas los explosivos? ¿O es por aquí, más arriba...?

De pronto me sobreviene un vértigo insoportable. El nudo que me aprieta el estómago pide auxilio y no puedo sino so­correrlo.

—¡Para el coche!

Tía Jana, asustada por el repentino aullido, da un frenazo cuando está a punto de entrar en la rotonda, y se acuerda de mis ancestros uno a uno, todos ellos culpables de que una menda esté aquí ahora. Todos nos precipitamos hacia delante, pero Leire es la única que se golpea la cabeza contra el techo del coche y gime de dolor.

—¿Se puede saber qué pasa? —ladra tía Jana, girándose para mirarme con los ojos en llamas—. ¿Es que quieres que nos matemos?

—Solo quiere matarme a mí, pero parece que llegará a cualquier extremo para conseguirlo —acota Thiago como si nada—, incluso si debe arrastrar a su familia.

—¡Arráyate un millo![11] —le espeto, deshaciéndome del cinturón a base de golpes y tirones.

Antes de que tía Jana retome el camino, y mientras Airam palpa la cabeza de Leire en busca de un chichón y se deshace en disculpas en mi nombre, salto del coche, doy un portazo con la esperanza de cercenarle un brazo a Thiago y lo rodeo para abrir el maletero.

—Pero ¡¿cuál es tu problema?! —aúlla tía Jana, a punto de tirarse del pelo.

Salma vuelve a estirar el brazo hacia ella.

—Chis, Jana... Relájate. Recuerda que la paz comienza con una sonrisa. —Acto seguido, la veo seguir su consejo y, mirándome sonriente a través del retrovisor, me pregunta—: ¿Qué haces, Dácil?

—Ponerme cómoda para el viaje.

—¿Es que no estabas cómoda antes? —pregunta Thiago, fingiendo desorientación. Aunque consigue poner cara de no haber roto un plato, el brillo perverso en sus ojos delata que se está divirtiendo a mi costa.

Lo fulmino con la mirada y le hago un corte de mangas, ya sin importarme un carajo los sentimientos de mi hermano. Busco un sitio entre las maletas de los viajeros, las sombrillas, sillas plegables, neveras de playa y otros útiles del Paleolítico para hacerme un ovillo. Cierro el maletero, ardiendo de rabia y por algo más, y grito:

—¡Ya nos podemos ir!

—Al infierno nos vamos a ir con esta puta tronada de la cabeza —oigo que masculla tía Jana.

Y no puedo estar más de acuerdo. Si el hogar es donde está el corazón, estoy segura de que el averno es dondequiera que esté Thiago.